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La caja en la obscuridad - Úrsula K. Le Guin

Un niño pequeño caminaba por la arena suave de la orilla del mar sin dejar huellas. Las gaviotas chillaban en el cielo luminoso y sin Sol, las truchas saltaban en el océano sin sal. 

En el horizonte lejano apareció por un momento la serpiente marina, formando siete arcos enormes, y luego, con un bramido, se sumergió. El niño silbó, pero la serpiente marina, ocupada en la caza de ballenas, no volvió a emerger. 

Caminó sin echar sombra ni dejar huellas sobre la arena extendida entre los acantilados y el mar, frente al que se erguía un promontorio con césped sobre el que una choza se sostenía sobre sus cuatro patas. Mientras subía por un sendero al acantilado, la choza brincó y se frotó las patas delanteras como lo hubiese hecho un abogado o una mosca; pero las manecillas del reloj que había en su interior no se movieron nunca.

–¿Qué es lo que llevas allí, Dick? –le preguntó su madre mientras agregaba perejil y una pizca de pimienta en el guiso de conejo que hervía en un alambique.

–Una caja, mamá.

–¿Dónde la encontraste?

El familiar de mamá saltó desde las vigas adornadas por guirnaldas de cebolla, y mientras le rodeaba el cuello como una piel de zorro dijo:

–En la orilla del mar.

–Sí... –asintió Dick–. El mar la rechazó.

El familiar ronroneó y no dijo nada.

–¿Y qué tiene dentro? –la bruja se volvió para mirar la cara redonda de su hijo–. ¿Qué tiene dentro? –repitió.

–Obscuridad.

–¿Sí? Déjame ver –cuando se inclinó para mirar, el familiar, sin dejar de ronronear, cerró los ojos; el niño apretó la caja contra el pecho y levantó muy cuidadosamente la tapa apenas un par de centímetros–. Tienes razón –dijo su madre–. Ahora guárdala, no permitas que ande rodando por allí. Me pregunto qué habrá sido de la llave. Ve a lavarte las manos. ¡Mesa, ponte!

Y mientras el niño maniobraba la pesada bomba de agua del patio y se mojaba la cara y las manos, la choza resonaba con el estruendo de los platos y cubiertos que hacían su aparición. Después de la comida, mientras mamá dormía su siesta matutina, Dick cogió del estante de los tesoros la caja blanqueada por el agua e incrustada de arena y se fue con ella por las dunas, lejos del mar. El familiar negro iba pegado a sus talones y trotaba pacientemente por la arena y el césped áspero; era su única sombra.

 

En la cúspide del desfiladero el príncipe Rikard se volvió sobre la silla de montar para contemplar, más allá de los pendones y penachos de su ejército, más allá del largo camino descendente, los muros fortificados de la ciudad de su padre. Bajo el cielo sin Sol, resplandecía débilmente en la planicie, tan frágil y sin sombra como una perla. Al verla, supo que nunca podría ser tomada, y su corazón cantó de orgullo. Dio a sus capitanes la orden de marcha ligera y espoleó su caballo, que se encabritó y salió a galope mientras el grifo planeaba y chillaba en lo alto. 

Atormentaba al caballo blanco lanzándose hacia él en picado abriendo y cerrando el pico y elevándose justo a tiempo; el caballo, que no llevaba freno, amagaba furiosas dentelladas a la cola escamosa o se erguía intentando golpearla con sus cascos de plata. El grifo cacareaba y rugía, volaba sobre las dunas y luego, con un chillido, recomenzaba el juego. Rikard, temiendo que se cansase antes de la batalla, acabó por atraillarlo, y entonces el animal voló serenamente a su lado, ronroneando y gorjeando.

El mar se extendía por delante de él; en algún lugar allende los acantilados se escondían las tropas enemigas que acaudillaba su hermano. El camino descendía sinuoso, la arena cada vez más blanda; el mar, ya a la derecha ya a la izquierda, aparecía más y más cercano. El camino terminaba bruscamente; el caballo saltó los tres metros de la pendiente y siguió galopando por la playa. Al salir de las dunas, Rikard vio una larga fila de hombres en la playa, y detrás, tres naves de negra proa. 

Sus hombres venían saltando la pendiente, pululaban en las dunas; las banderas azules flameaban en el viento marino, las voces sonaban débiles por el ruido del mar. Sin parlamentar ni advertirse mutuamente, ambos ejércitos se encontraron, espada contra espada, hombre contra hombre. 

El grifo se remontó con un estridente chillido, y al hacerlo arrancó la traílla de la mano de Rikard; luego, con el pico y las garras extendidos como los de un halcón, se lanzó sobre un hombre alto de gris, el jefe enemigo. Pero la espada del hombre alto ya estaba fuera de la vaina. Y mientras el pico de acero mordió el hombro tratando de llegar a la garganta, la espada de acero punzó arriba y abajo y tajeó la barriga del grifo, que se dobló en el aire, volteó con un golpe de su gran ala al hombre, cayó gritando y ennegreció la arena con su sangre. 

El hombre se levantó tambaleándose y le cortó la cabeza y las alas, y medio enceguecido por la sangre y la arena, se volvió en el preciso instante en que Rikard le caía encima. Sin pronunciar palabra, levantó la espada humeante para rechazar el ataque. Trató de herir las patas del caballo, pero le era imposible porque el animal retrocedía y se encabritaba y lo embestía, mientras que la espada de Rikard lo atacaba desde arriba. 

El hombre alto levantó la espada una vez más, arremetió y recibió en pleno rostro el zumbante tajo del arma de su hermano. Se desplomó en silencio. Sobre su cuerpo cayó una llovizna de la arena marrón desprendida de los cascos del caballo cuando Rikard lo espoleó y dirigió al centro de la lucha. 

Los atacantes pelearon tenazmente pero cada vez había menos de ellos, y los pocos que quedaban iban siendo obligados a retroceder paso a paso hacia el mar. Cuando sólo quedaba un grupo de más o menos veinte, se rindieron y corrieron hacia sus barcos con desesperación, los empujaron en el agua, se encaramaron en ellos. 

Rikard gritó a sus hombres. Se le acercaron por la arena, a través de cadáveres cortajeados. Los malheridos trataron de arrastrarse hacia él sobre sus manos y rodillas. Todos los que podían caminar se reunieron en fila en una hondonada detrás de la duna donde se erguía Rikard. A sus espaldas, los tres barcos negros descansaban inmóviles en alta mar.

Rikard se sentó a solas entre el áspero césped de la cima de la duna. Inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos. Cerca estaba el caballo blanco, inmóvil como un caballo de piedra. Por debajo estaban sus hombres, en silencio. Detrás, en la playa, cercano al cuerpo del grifo, yacía el hombre alto con el rostro cubierto de sangre y los demás muertos descansaban contemplando el cielo donde no brillaba ningún Sol. 

Sopló una ráfaga de viento. Rikard levantó el rostro; aunque joven, era torvo e inflexible. Hizo una señal a sus capitanes, subió de un salto a su montura y regresó al trote hacia la ciudad a través de las dunas, sin esperar a ver cómo las naves negras se dirigían hacia la playa donde las abordarían sus soldados, o cómo sus propios hombres formaban fila y marchaban a sus espaldas. 

Cuando el grifo planeó y chilló en las alturas, levantó el brazo y frunció el ceño ante la gran criatura que trataba de posarse en su muñeca enguantada y que agitaba las alas y chillaba como un gato.

–¡Grifo inútil –le dijo–, gallina, vete a tu gallinero!

El monstruo gritó al ser insultado y flotó en dirección este hacia la ciudad. Detrás del príncipe, su ejército serpenteaba, atravesando las colinas sin dejar huella. Las naves negras, con las velas desplegadas, se destacaban claramente en el mar. En la proa de la primera se erguía un hombre alto, malcarado, de gris.

Rikard tomó un camino más fácil, y no pasó muy lejos de la choza de cuatro patas que se alzaba en el promontorio. La bruja, de pie en el umbral, lo saludó. Galopó a encontrarla, frenó ante el portón del pequeño patio y la miró. Era obscura y brillante como el carbón, sus cabellos negros se agitaban al viento marino. Ella lo contempló, armado de blanco sobre un caballo blanco.

–Príncipe –le dijo–, otra vez irás a pelear más de lo prudente...

Rikard se rió.

–¿Qué iba a hacer? ¿Permitir que mi hermano acosara la ciudad?

–Sí. Permíteselo. Ningún hombre puede tomar la ciudad.

–Lo sé. Pero mi padre el rey lo ha desterrado, no debe siquiera pisar nuestras costas. Soy soldado de mi padre y lucho cuando me lo ordena.

La bruja miró el mar y luego, de nuevo al joven príncipe; su rostro obscuro se afiló, nariz y mentón se hicieron puntiagudos como los de una vieja, los ojos relampagueantes.

–Sirve y sé servido –dijo–, gobierna y sé gobernado. Tu hermano no eligió ni servir ni gobernar... Escucha, príncipe: cuídate –el rostro joven volvió a ser cálido y bello–. Esta mañana el mar trae regalos, el viento sopla, los cristales se rompen. Cuídate.

Rikard se inclinó solemnemente, agradeciendo. Hizo girar su cabalgadura y alejarse, blanca como una gaviota sobre la suave curva de las dunas.

La bruja regresó a su choza mirando aquí y allá los rincones de su única habitación para comprobar si todo estaba en su sitio: murciélagos, cebollas, calderos, alfombras, escoba, esteliones, bolas de cristal (trizadas), la delgada luna creciente colgaba de la chimenea, los Libros, el familiar... Volvió a mirar, luego salió de la choza y llamó:

–¡Dick! –el viento del oeste estaba soplando frío y hacía que la gruesa hierba se doblara–. ¡Dick...! ¡Minino, minino, minino! –pero el viento le arrebató la voz, la desgarró en pedazos y la alejó con un soplido; chasqueó con los dedos y la escoba apareció volando en la puerta, horizontal y a setenta centímetros del suelo mientras la choza temblaba y saltaba de nervios–. ¡Ciérrate! –la puerta se cerró obedientemente al sonido de un nuevo chasquido; la bruja montó en la escoba y despegó con un largo planeo sobre la playa, rumbo al sur; de vez en cuando gritaba–: ¡Dick...! ¡Aquí, minino minino minino!

El joven príncipe caminaba en grupo con sus hombres. Cuando llegaron al desfiladero y pudo ver a sus pies la ciudad en la planicie, sintió que tironeaban de su capa.

–Príncipe...

Un niño pequeño, tan pequeño que aún era gordo y mofletudo, lo miraba asustado mientras sostenía una caja estropeada y arenosa. Un gato sonriente se había sentado a su lado.

–El mar ha traído esto... Es para el príncipe del lugar –explicó el niño–, sé que lo es... Por favor, ¡ténlo!

–¿Qué tiene dentro?

–Obscuridad, señor.

Rikard cogió la caja y tras una ligera vacilación la abrió un poco, sólo una rendija.

–Dentro está pintada de negro –dijo el príncipe con un gesto adusto.

–No, príncipe, de verdad que no. ¡Ábrela más!

Con cuidado, Rikard levantó cinco centímetros más y espió, luego cerró rápidamente mientras el niño decía:

–No permitas que el viento la esparza, príncipe.

–Se la llevaré al rey.

–Pero es para ti, señor...

–Todos los regalos del mar pertenecen al rey. Pero te lo agradezco, niño –se miraron un momento, el niño pequeño y redondo y el joven recio y espléndido; luego Rikard se volvió y continuó su camino, mientras Dick, silencioso e inconsolable, vagaba por las colinas.

La voz de la madre se oyó muy lejana en el sur. El niño trató de responder, pero el viento dirigía su grito a la Tierra. El familiar no estaba allí.

 

Las puertas de bronce de la ciudad giraron sobre sus goznes y se abrieron ante el ejército que se aproximaba. Los mastines ladraron, los guardianes presentaron armas, la gente se inclinó cuando Rikard pasó galopando con estruendo por las calles de mármol que conducían al palacio. 

Al entrar, dirigió una mirada al gran reloj de bronce del campanario, la más alta de las nueve torres blancas del palacio. Las manecillas inmóviles indicaban que faltaban diez minutos para las diez.

El rey lo esperaba en la Sala de Audiencia; era un hombre coronado de acero, de cabellos grises y aspecto feroz, que apretaba entre los puños las cabezas de las dos quimeras que formaban los brazos del trono. Rikard se arrodilló y narró el éxito de su incursión con la cabeza inclinada y sin levantar la mirada ni una sola vez.

–El Desterrado murió junto a la mayor parte de sus hombres; el resto huyó en las naves.

La voz que le respondió era cual una puerta de acero que gira sobre bisagras nuevas.

–Bien hecho, príncipe.

–Te traigo un regalo del mar, Señor –siempre con la cabeza inclinada, Rikard alzó la caja de madera.

–Esto me pertenece –dijo el anciano rey con tanta brusquedad que Rikard levantó la mirada por un segundo para ver los dientes desnudos de las quimeras y los ojos relampagueantes del rey.

–Por eso mismo te lo he traído, Señor.

–¡Esto me pertenece...! ¡Yo se lo di al mar, yo con mis propias manos! Y el mar escupe mi regalo –un largo silencio; el rey habló luego con más suavidad–. Bien, guárdatelo, príncipe. El mar no lo quiere, yo tampoco. Está en tus manos. Guárdala, bien cerrada. ¡Guárdala bien cerrada, príncipe!

Rikard, siempre arrodillado, se inclinó aún más en demostración de gratitud y consentimiento, luego se levantó y retrocedió de espaldas a través de la larga sala sin alzar la cabeza. 

Cuando volvió a entrar en la antesala resplandeciente, los nobles y los oficiales se reunieron a su alrededor para preguntarle sobre la batalla, reír, beber y charlar como de costumbre. Pasó entre ellos sin mirarlos ni hablarles y se retiró a solas a sus aposentos privados, llevando con cuidado la caja entre las manos. 

Cada una de las paredes de su habitación luminosa y carente de sombras y ventanas estaba decorada con estucos de oro incrustado de topacios, ópalos, cristales y la más brillante de todas las joyas: velas encendidas, inmóviles en sus candelabros dorados. 

Colocó la caja sobre una mesa de vidrio, arrojó su capa, se desembarazó del cinturón en el que colgaba su espada, y se sentó suspirando. El grifo apareció en el dormitorio al galope, raspando el suelo de mosaico con las garras, apoyó la cabeza sobre las rodillas del príncipe a la espera de que le rascase la crin plumosa. También un gato negro y bruñido rondaba por la habitación; Rikard no le prestó atención. 

El palacio estaba repleto de animales: gatos, lebreles, simios, ardillas, cachorros de hipogrifo, ratones blancos, tigres... Todas las damas tenían su unicornio, todos los cortesanos su docena de mascotas. 

El príncipe sólo poseía una: el grifo que siempre luchaba por él, su único amigo indiscutible. Mientras rascaba la crin del animal, a menudo bajaba la vista para encontrarse con la mirada dorada y amorosa de sus ojos redondos, que también se dirigían de vez en cuando a la caja que descansaba sobre la mesa. No había llave para cerrarla.

Desde una habitación lejana llegaba una música suave, un entrelazamiento continuo de notas semejante al rumor de una fuente.

Rikard se volvió para mirar el reloj que descansaba sobre la repisa de la chimenea, una ornamentada pieza enmarcada de oro y esmalte azul. Faltaban diez minutos para las diez: la hora de levantarse y ceñirse la espada, llamar a sus hombres e ir a la batalla. 

El Desterrado volvía, decidido a tomar la ciudad y reclamar su derecho al trono, su herencia; había que obligar a sus negras naves a retirarse al mar. Los hermanos debían pelear, y uno debía morir, y la ciudad, salvarse. Rikard se levantó y el grifo saltó de inmediato, azotando el aire con su cola, preparado para la lucha.

–Está bien, vamos –dijo Rikard; su voz era fría.

Cogió la espada en la vaina incrustada de perlas y se la enhebilló, y el grifo gimoteó de excitación y frotó el pico contra la mano de su amo, que no le correspondió, triste y cansado como estaba. Y anhelante, de... ¿qué? De escuchar la música que había cesado, hablar una vez con su hermano antes de luchar... No, no lo sabía. Heredero y defensor, debía obedecer. 

Se colocó en la cabeza el casco de plata y se volvió para recoger su capa, arrojada sobre una silla. La vaina perlada que colgaba de su cinturón golpeó algo detrás de él; se volvió y vio la caja, que yacía abierta en el suelo. Se agachó y la recogió, y la obscuridad le cubrió las manos.

El grifo retrocedió con un gemido. Alto y cubierto por su armadura blanca, los cabellos rubios, coronado de plata en la habitación resplandeciente y sin sombras, Rikard sostenía la caja abierta y contemplaba la densa obscuridad que se escurría del interior. El cuerpo, las manos, se cubrían de ella. Permaneció quieto. Luego levantó la caja con lentitud, por encima de su cabeza, y la dio vuelta.

La obscuridad se derramó sobre el rostro de Rikard, quien miró en torno pues la música lejana se había detenido y todo estaba en completo silencio. Las velas ardían, y ocasionales motas de luz ponían manchas doradas y reflejos violetas en el cielorraso y en las paredes. Pero todos los rincones estaban obscuros, detrás de cada silla acechaba la obscuridad, y cuando Rikard volvió la cabeza su sombra saltó a lo largo de la pared. 

Entonces se movió con rapidez y se le cayó la caja; en uno de los rincones negros había visto el resplandor rojizo de dos grandes ojos... El grifo, por supuesto. Rikard extendió la mano y le habló. El animal no se movió, pero emitió un extraño chillido metálico.

–¡Vamos! ¿Estás asustado en la obscuridad? –le dijo, y de pronto el mismo Rikard se asustó; desenvainó la espada, nada se movió.

Retrocedió un paso hacia la puerta, y el monstruo saltó.

Rikard vio las alas negras contra el cielorraso, el pico de acero, las garras; la mole le cayó encima antes de haber podido lanzarle una estocada. Forcejeó mientras el gran pico le mordía el cuello y las garras laceraban los brazos y el pecho; forcejeó hasta que pudo liberar el brazo que sostenía la espada y así comenzar a cortar, retirar el arma y volver a cortar... el segundo golpe partió a medias el pescuezo del grifo, que cayó en contorsiones en las sombras entre astillas de vidrio. Por último, yació inmóvil.

La espada de Rikard cayó al suelo con estruendo. Tenía las manos pegajosas por su propia sangre y apenas podía ver; el aleteo del grifo había apagado o volteado todas las velas menos una. A tientas buscó una silla y se sentó. Al cabo de un minuto hizo lo que había hecho en la duna después de la batalla: inclinó la cabeza –la respiración entrecortada– y escondió el rostro entre las manos. Reinaba un completo silencio.

La única vela vaciló en su candelabro, reflejada débilmente en un ramillete de topacios que adornaba la pared. Rikard levantó la cabeza.

El grifo yacía inmóvil; su sangre formaba un charco negro como la primera obscuridad derramada fuera de la caja. El pico de acero estaba abierto, los ojos también, como dos piedras rojas.

–Está muerto –dijo una vocecilla suave, y el gato de la bruja se aproximó, evitando cuidadosamente los fragmentos de la destrozada mesa–. De una vez por todas, ¡escucha, príncipe! –el gato se sentó y enroscó pulcramente el rabo en sus patas.

Rikard permaneció inmóvil, sin expresión, hasta que un repentino sonido lo sobresaltó; un ligero y cercano ¡ting! En lo alto de la torre estaba sonando una campanada sorda y colosal que retumbó en la piedra del suelo, en sus oídos, en su sangre. Los relojes estaban dando las diez.

Alguien aporreó la puerta, y los corredores del palacio devolvieron el eco de gritos mezclado con las últimas y estruendosas campanadas, chillidos de animales asustados, voces, órdenes.

–Llegarás tarde a la batalla, príncipe –dijo el gato.

Rikard buscó su espada a tientas entre sombras y sangre, la envainó, se cubrió con la capa y se dirigió a la puerta.

–Hoy habrá tarde –dijo el gato–, y crepúsculo, y caerá la noche. Entonces uno de vosotros regresará a la ciudad, tú o tu hermano. Pero solamente uno de vosotros, príncipe.

Rikard estaba callado. Preguntó:

–¿Brilla ahora el sol, fuera?

–Sí, está brillando.

–Bueno, entonces vale la pena –dijo el joven, que avanzó hacia el tumulto y el pánico de los salones soleados, con su sombra pegada tras él.

Rincón de la poesía: The Rest Of My Days - Autumn

 Different winds of sorrow restrain me
Every time I try to keep my head above
I'm drowning in sadness, tears become a sea
While I'm desperately searching for a key

Help me to recover the blaze
Lead me through this life
Then I can survive
The rest of my days

Take me by my clammy hands
And bring me to a world I've never seen
Far away, to unknown lands
Across paths where I have never been

Help me to recover the blaze
Lead me through this life
Then I can survive
The rest of my days

The suppression of emotions inside
Makes that I can't mention my feelings you said
While recovering from disappointments I always slide
For I know the answer is just in my head

Rincón de la poesía: A Demon's Fate - Within Temptation

 You’ll burn this time
Seeing the violence
It's feeding my mind
No one is saving you
How can you find a heaven in this hell?

Leave it behind
Hearing your silence
It screams our goodbye
Cannot believe it's an eye for an eye
Let us go to waste

Angels have faith
I don't want to be a part of his sin
I don't want to get lost in his world
I'm not playing this game

When the shadows remain
In the light of day
On the wings of darkness he'll retaliate
He'll be falling from grace
'Til the end of all his days

From the ashes and hate
It's a cruel demon's fate
On the wings of darkness
He's returned to stay
There will be no escape
'Cause he's fallen far from grace

What have you done?
Is this what you wanted?
What have you become?
Your soul's now forsaken
You're walking alone
From heaven into hell.
Now that you know
Your way in this madness
Your powers have grown
Your chains have been broken
You've suffered so long
You will never change.

Angels have faith
I don't want to be a part of his sin
I don't want to get lost in his world
I'm not playing this game

When the shadows remain
In the light of day
On the wings of darkness
He'll retaliate
He'll be falling from grace
'Til the end of all his days

From the ashes and hate
It's a cruel demon's fate
On the wings of darkness
He's returned to stay
There will be no escape
'Cause he's fallen far from grace

Angels have faith
I don't want to be a part of his sin
I don't want to get lost in his world
I'm not playing this game

When the shadows remain
In the light of day
On the wings of darkness
He'll retaliate
He'll be falling from grace
'Til the end of all his days

From the ashes and hate
It's a cruel demon's fate
On the wings of darkness
He's returned to stay
There will be no escape
'Cause he's fallen far from grace

El joven Zaphod y un trabajo seguro - Douglas Adams

 Una inmensa nave voladora se movía velozmente sobre la superficie de un mar asombrosamente bello. Desde media mañana había estado desplazándose hacia adelante y hacia atrás, describiendo grandes arcos cada vez más anchos, hasta que finalmente atrajo la atención de los isleños locales, gente pacífica y amante de los frutos de mar, que se reunieron en la playa, entre cerrando los ojos ante la cegadora luz solar, para tratar de ver qué pasaba.

Cualquier persona de conocimientos sofisticados, que hubiera viajado, que hubiera tenido alguna experiencia, probablemente habría observado cuán parecida era la nave a un archivero, a un enorme y recientemente robado archivero acostado de espaldas, con los cajones al viento y volando.

Por su parte, los isleños, cuya experiencia era de otra clase, quedaron impresionados al ver qué poco se parecía a una langosta marina.

Charlaban, excitados, acerca de su total ausencia de pinzas, su rígida espalda sin curvas, y sobre el hecho de que parecía tener grandísimas dificultades para mantenerse en el suelo. Esta última característica les parecía especialmente jocosa. Se pusieron a dar muchos saltos para demostrarle a esa estúpida cosa que ellos creían que permanecer en el suelo era lo más fácil del mundo.

Pero este entretenimiento pronto comenzó a perder la gracia. Después de todo, dado que tenían perfectamente en claro que la cosa no era una langosta, y dado que su mundo tenía la bendición de poseer en abundancia cosas que sí eran langostas (una buena media docena de las cuales se encontraba en este momento en suculenta marcha por la playa hacia ellos), no vieron más razones para seguir perdiendo el tiempo con la cosa y en su lugar decidieron organizar de inmediato un almuerzo tardío consistente en langostas.

En ese preciso momento, la nave se detuvo repentinamente en el aire, se puso vertical y se zambulló de cabeza en el océano, con un gran estrépito de espuma que obligó a los isleños a huir gritando hasta los árboles.

Cuando resurgieron, nerviosos, unos minutos después, lo único que pudieron ver fue un círculo de agua suavemente delineado y algunas burbujas gorgoteantes.

Qué raro, se dijeron el uno al otro entre bocado y bocado de la mejor langosta que se pueda comer en cualquier parte de la Galaxia Occidental, ya es la segunda vez que sucede lo mismo en un año.

 

La nave que no era una langosta buceó directamente hasta una profundidad de sesenta metros, y se detuvo allí, en el espeso azul, al tiempo que inmensas masas de agua ondulaban a su alrededor. Mucho más alto, donde el agua era mágicamente clara, una brillante formación de peces se alejó con un destello. Más abajo, donde a la luz le resultaba difícil llegar, el color del agua se perdía en un azul oscuro y salvaje.

Aquí, a sesenta metros, el sol alumbraba débilmente. Un enorme mamífero marino de piel satinada pasó perezosamente, inspeccionando la nave con una especie de interés a medias, como si hubiese estado esperando encontrarse con algo así, y luego se deslizó hacia arriba, alejándose rumbo a la luz rizada.

La nave esperó un minuto o dos, tomando lecturas, y luego descendió otros treinta metros. A esta profundidad, el panorama se estaba poniendo seriamente oscuro. Pasado un momento, las luces internas de la nave se apagaron, y en el segundo o dos que pasaron hasta que de repente se encendieron los reflectores exteriores, la única luz visible provino de un pequeño cartel rosado, vagamente iluminado, que decía Corporación Beeblebrox de Salvataje y Asuntos Realmente Disparatados.

Los enormes reflectores se movieron hacia abajo, iluminando un vasto cardumen de peces plateados, los cuales viraron y se alejaron en silencioso pánico.

En la tenebrosa sala de control, que se extendía describiendo un amplio arco en la proa sin punta de la nave, cuatro cabezas estaban reunidas alrededor de una pantalla de computadora que estaba analizando las debilísimas e intermitentes señales que emanaban de lo profundo del lecho marino.

- Ahí está - dijo finalmente el dueño de una de las cabezas.

- ¿Podemos estar totalmente seguros? - dijo el dueño de otra de las cabezas.

- Ciento por ciento seguros - replicó el dueño de la primera cabeza.

- ¿Están un ciento por ciento seguros de que la nave que se estrelló contra el fondo de este océano es la nave de la que ustedes dijeron estar un ciento por ciento seguros que con una seguridad del ciento por ciento nunca podría estrellarse? - dijo el dueño de las dos cabezas que quedaban -. Eh - dijo levantando dos de sus manos -. Sólo preguntaba.

Los dos funcionarios de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil respondieron a esto con una mirada muy fría, pero el hombre con el número de cabezas sin par, o más bien dicho par, no lo advirtió. Se recostó en el asiento del piloto, abrió dos cervezas -una para él y la otra también- , apoyó los pies sobre la consola y le dijo "Hola, nene" a un pez que pasaba del otro lado del ultracristal.

- Sr. Beeblebrox - comenzó el más bajo y menos tranquilizador de los dos funcionarios, en voz baja.

- ¿Sí? - dijo Zaphod, golpeteando una lata repentinamente vacía contra algunos de los instrumentos más sensibles ¿Listos para el chapuzón? Vamos.

- Sr. Beeblebrox, dejemos una cosa perfectamente en claro...

- Sí, hagámoslo - dijo Zaphod -. Qué tal esto para empezar: ¿por qué no me dicen lo que hay realmente en esa nave?

- Se lo hemos dicho - dijo el funcionario -. Subproductos.

Zaphod intercambió consigo mismo una cansada mirada.

- Subproductos - dijo - ¿Subproductos de qué?

- De procesos - dijo el funcionario.

- ¿Qué procesos?

- Procesos que son perfectamente seguros.

- ¡Santa Zarquana Voostra! - exclamaron a coro ambas cabezas de Zaphod -. ¡Tan seguros que tuvieron que construir una nave que es una maldita fortaleza para llevar esos subproductos hasta el agujero negro más cercano y arrojarlos allí! Sólo que no pudo llegar porque el piloto tomó un desvío... ¿estoy en lo correcto?... para recoger algunas ¿langostas...? Está bien, el tipo era muy simpático, pero... quiero decir, bastante peculiar, esto parece un chiste, esto es un almuerzo de proporciones exageradas, esto es un inodoro aproximándose a la masa crítica, esto es... esto es... ¡un fracaso total del vocabulario!

- ¡Cállate! - gritó su cabeza derecha a su cabeza izquierda -. ¡Estamos desvariando!

Para calmarse, aferró firmemente la lata de cerveza que quedaba.

- Oigan, muchachos - prosiguió, después de un momento de paz y contemplación. Los dos funcionarios no dijeron nada.

Conversar a este nivel era algo a lo que sentían que no podían aspirar

- Sólo quiero saber - insistió Zaphod - en qué me están metiendo.

 

Marcó con un dedo las lecturas intermitentes que discurrían en la pantalla de la computadora. No las entendía, pero no le gustaba para nada su aspecto.

Eran todas confusas, con montones de números largos y cosas así.

- Se está rompiendo ¿verdad? - gritó -. La bodega está llena de barras aoristas radiantes epsilónicas o algo por el estilo, que freirán todo este sector del espacio durante trillones de años, y se está rompiendo. ¿Es así la historia? ¿Es eso lo que vamos a bajar a buscar? ¿Voy a salir de esa ruina con más cabezas todavía?

- No hay posibilidad de que sea una ruina, Sr. Beeblebrox - insistió el funcionario -. Le garantizo que la nave es perfectamente segura. No es posible que se rompa.

- ¿Entonces por qué están tan interesados en ir a verla?

- Nos gusta ir a ver cosas que son perfectamente seguras.

- ¡Maldiiiciooooón!

- Sr. Beeblebrox - dijo el funcionario, con paciencia -, ¿me permite recordarle que tiene usted un trabajo que hacer?

- Sí, bueno, tal vez se me fueron de repente las ganas de hacerlo. ¿Qué creen que soy, uno de esos tipos que no tienen ninguna clase de no-sé-qué morales... cómo se dice... esas cosas morales...

- ¿Escrúpulos?

- ...escrúpulos, gracias, o lo que sea ¿Y bien?

Los dos funcionarios aguardaron con calma. Tosieron suavemente para ayudarse a pasar el tiempo.

Zaphod suspiró algo así como "adónde va a llegar el mundo" para autoabsolverse de toda la culpa y se hamacó en el asiento.

- ¿Nave? - llamó.

- ¿Eh? - dijo la nave.

- Haz lo que yo hago.

La nave lo pensó durante unos milisegundos y luego, después de verificar por partida doble todos los sellos de sus escotillas reforzadas, comenzó, lenta e inexorablemente, bajo el débil resplandor de sus propias luces, a hundirse en las más hondas profundidades.

 

Ciento cincuenta metros.

Trescientos.

Seiscientos.

Aquí, a una presión de casi setenta atmósferas, en las heladas profundidades donde no alcanza la luz, la naturaleza guarda su imaginería más extravagante. Dos pesadillas de treinta centímetros de largo relucieron desenfrenadamente bajo la blanca luz, bostezaron, y volvieron a esfumarse en la negrura.

Setecientos cincuenta metros.

Junto a los sombríos límites de los haces de luz de la nave, cosas secretas y culpables pasaban rápidamente con sus ojos al acecho.

Gradualmente, la topografía del distante lecho oceánico que se aproximaba se iba resolviendo con cada vez más claridad en las pantallas de las computadoras, hasta que por fin pudo adivinarse una forma separada que se distinguía de lo que la rodeaba.

Era como una enorme fortaleza cilíndrica torcida, que a partir de la mitad de su longitud se ensanchaba notablemente a fin de alojar el pesado ultrablindaje con el que estaban revestidas las cruciales bodegas de carga, cuyos constructores habían supuesto que convertían a esta nave en la más segura e inexpugnable jamás construida. Antes del lanzamiento, el material estructural de ese sector había sido apaleado, golpeado, barrenado y sujeto a todos los ataques que sus constructores sabían que podía soportar, con el objeto de demostrar que podía soportarlos.

En tenso silencio de la cabina de mando se agudizó de modo perceptible cuando quedó claro que era ese sector el que se había partido bastante prolijamente en dos.

- En realidad es perfectamente segura - dijo uno de los funcionarios -, está construida de modo tal que si la nave se rompe, no hay ninguna posibilidad de que las bodegas de carga se fisuren.

 

Mil ciento sesenta y cinco metros.

Cuatro Trajes Inteligentes Alta-Pres-A salieron lentamente por la escotilla abierta de la nave de salvataje y nadaron a través la cortina de luces hacia la monstruosa figura que se destacaba oscuramente contra la noche marina. Se movían con una especie de gracia torpe casi cercana a la ingravidez, aunque oprimidos por un mundo de agua. Con la cabeza de la derecha, Zaphod escudriñó las negras inmensidades que tenía encima y, por un momento, su mente emitió un silencioso rugido de horror.

Echó un vistazo a su izquierda y se alivió al ver que su otra cabeza estaba entretenida observando sin interés en el video del casco los pronósticos meteorológicos brockianos de UltraCricket. Algo detrás de él, hacia la izquierda, iban los dos funcionarios de la Administración de Seguridad y reaseguro Civil; algo delante de él, hacia la derecha, iba el traje vacío, llevando sus implementos y controlando el camino.

Pasaron por la enorme hendedura de la rota espalda de la Nave Bunker Billón de Años e iluminaron el interior con sus linternas. Maquinaria mutilada, entre escotillas de sesenta centímetros de espesor destrozadas y retorcidas. Ahora vivía allí una familia de grandes y transparentes anguilas que parecían gustar del sitio.

El traje vacío los precedió a o largo del lóbrego y gigantesco casco de la nave, probando las compuertas estancas. La tercera que revisó se abrió con dificultad. Se apiñaron en el interior y esperaron durante largos minutos mientras los mecanismos de bombeo se encargaban de la espantosa presión ejercida por el océano y la reemplazaban lentamente con una presión igualmente espantosa de aire y gases inertes. 

Finalmente, la puerta interior se abrió y tuvieron acceso a un oscuro sector de bodegas exteriores de la Nave Bunker Billón de Años. Tuvieron que pasar varias puertas Titan-O-Hold de alta seguridad más, las cuales fueron abiertas una a una por los funcionarios, con una variedad de llaves quark. 

Muy pronto estuvieron tan metidos dentro de los poderosos campos de seguridad que la recepción de los pronósticos de Ultra-Cricket comenzó a debilitarse y Zaphod tuvo que cambiar a una de las videoestaciones de rock, ya que no existía sitio al que éstas no pudieran llegar.

Se abrió la puerta final y emergieron en un gran espacio sepulcral. Zaphod apuntó la linterna hacia la pared opuesta e iluminó de lleno un rostro de ojos enloquecidos que gritaba.

El propio Zaphod lanzó un grito en quinta disminuida, se le cayó la linterna y se sentó pesadamente en el piso, o más bien en un cuerpo, que había estado allí tirado por unos seis meses sin ser perturbado y que reaccionó al hecho de que se le sentaran encima explotando con gran violencia. Zaphod se preguntó qué hacer al respecto, y luego de un breve pero turbulento debate decidió que lo más indicado sería desmayarse.

Reaccionó unos minutos después y fingió no saber quién era, dónde estaba o cómo había llegado allí, pero no pudo convencer a nadie. Después fingió que su memoria volvía de golpe y que la impresión causada le provocaba otro desmayo pero, muy a su pesar, el traje -por el que estaba comenzando a sentir un serio rechazo- lo ayudó a ponerse de pie, forzándolo a hacerse cargo del entorno.

El entorno estaba iluminado con luz leve y enfermiza, y era desagradable en varios aspectos, el más obvio de los cuales era la colorida distribución de partes del fallecido y lamentado Oficial de navegación de la nave en los pisos, paredes y techo, y muy especialmente en la mitad inferior de su traje, el de Zaphod. 

El efecto era tan pasmosamente asqueroso que no volveremos a referirnos a él en ninguna parte de esta narración... salvo para dejar sentado que obligó a Zaphod a vomitar dentro del traje, el cual, consecuentemente, se quitó e intercambió, luego de realizar las modificaciones correspondientes en el alojamiento de la cabeza, con el traje vacío. 

Por desgracia, el hedor del aire fétido de la nave, seguido por el panorama de su propio traje, que caminaba por ahí envuelto en intestinos en putrefacción, fue suficiente para hacerlo vomitar también en el otro traje, problema con el cual él y el traje tendrían que aprender a convivir.

Listo. Eso es todo. No hay más asquerosidades.

Por lo menos, no hay más de esa asquerosidad en particular.

El dueño del rostro que gritaba ahora se había calmado ligeramente y estaba balbuceando incoherencias dentro de un tanque con líquido amarillo: un tanque de suspensión de emergencia.

- Fue una locura - balbuceaba - , ¡una locura! Le dije que podíamos probar la langosta al volver, pero él estaba enloquecido. ¡Obsesionado! ¿Ustedes alguna vez se ponen así por las langostas? Porque yo no. Me parecen demasiado gomosas y resbaladizas para comer, y su sabor no es gran cosa, es decir, ¿tienen sabor? Prefiero infinitamente las ostras, y así se lo dije. ¡Oh, Zarquon, se lo dije!

Zaphod contemplaba esta extraordinaria aparición que se agitaba en su tanque. El sujeto tenía adosados toda clase de tubos de supervivencia y su voz salía por unos parlantes que provocaban ecos demenciales en toda la nave, retornando, fantasmales, desde profundos y distantes corredores.

- Ahí fue donde estuve mal - gritó el loco -. Dije realmente que prefería las ostras y él dijo que era porque nunca había probado una langosta en serio, como las que comían en el sitio de donde venían sus antepasados, que era aquí, y que me lo demostraría. Dijo que no había problema, dijo que por la langosta de aquí valía la pena todo el viaje, y ni qué hablar del pequeño desvío que tomaríamos para llegar aquí, y juró que podía controlar la nave en la atmósfera, pero fue una locura,

- ¡Una locura! - gritó, e hizo una pausa, moviendo los ojos de un lado a otro, como si la palabra hubiera despertado algo en su mente -. ¡La nave quedó fuera de control! Yo no podía creer lo que estábamos haciendo, nada más que para demostrar una afirmación sobre la langosta, que realmente es un alimento tan sobrestimado. Lamento mencionar tanto a la langosta. Trataré de evitarlo por un minuto, pero he estado tanto tiempo solo con mis pensamientos estos meses en el tanque... ¿pueden imaginarse lo que es encontrarse encerrado en una nave con los mismos tipos durante meses, comiendo basura mientras un sujeto habla todo el tiempo solamente de langostas, y luego pasarse seis meses flotando en un tanque, pensando en ello? Prometo que trataré de no hablar de langostas, en serio.

- Langostas, langostas, langostas... ¡basta! Creo que soy el único sobreviviente. Soy el único que logró llegar a un tanque de emergencia antes de caer. Envié una señal de auxilio y luego nos estrellamos. Es un desastre, ¿verdad? Un desastre total, y todo porque al tipo le gustaban las langostas. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo? Me resulta difícil darme cuenta.

Los miró, suplicante, y su mente pareció bajar lentamente a tierra firme como una hoja que cae. Pestañeó y los miró con expresión rara, como un mono estudiando un pez extraño. Toqueteó con curiosidad el cristal del tanque con sus dedos arrugados.

Unas pequeñas y espesas burbujas amarillas se escaparon por su nariz y su boca, quedaron brevemente atrapadas en el estropajo de sus cabellos y luego continuaron su errática marcha hacia arriba.

- Oh Zarquon, oh cielos - murmuró patéticamente para sí -. Me han encontrado. Me han rescatado...

- Bueno - dijo uno de los funcionarios rápidamente -, lo han encontrado, por lo menos.- Se dirigió hacia la computadora central que estaba en el medio de la cámara y comenzó a revisar rápidamente los circuitos de monitoreo principales de la nave buscando informes de averías -. Las bodegas de las barras aoristas están intactas - dijo.

- Santo cubil del dingo - gruñó Zaphod -, ¡hay barras aoristas a bordo...!

Las barras aoristas eran dispositivos empleados en una forma de producción de energía que ahora había sido felizmente abandonada. Cuando la búsqueda de nuevas fuentes de energía había llegado a un punto especialmente frenético, un brillante joven de pronto había localizado el único lugar que jamás había agotado sus disponibilidades energéticas: el pasado. 

Y esa misma noche, con el repentino golpe de sangre a la cabeza que tienden a inducir tales ideas repentinas, había inventado un método de explotación, y en el lapso de un año enormes trechos del pasado ya estaban siendo drenados de toda su energía, sencillamente agotándose. Los que declamaron que había que dejar al pasado intacto fueron acusados de incurrir en una forma de sentimentalismo extremadamente onerosa. 

El pasado proporcionaba una fuente de energía muy barata, abundante y limpia; siempre se podían montar algunas Reservas Naturales del Pasado, si alguien quería pagar por mantenerlas; en cuanto al reclamo de que drenar el pasado empobrecía el presente, bueno, tal vez así era, pero los efectos eran imposibles de medir y uno tenía que mantener el sentido de las proporciones.

Recién cuando se advirtió que el presente realmente estaba empobreciéndose y que la razón de esto era que los bastardos del futuro -holgazanes ladrones y egoístas- estaban haciendo exactamente lo mismo, todo el mundo se dio cuenta de que todas y cada una de las barras aoristas, y el terrible secreto de cómo se construían, debían ser completamente destruidas para siempre. Todos adujeron que era por el bien de sus abuelos y nietos, pero, desde luego, era por el bien de los nietos de sus abuelos y de los abuelos de sus nietos.

El funcionario de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil se encogió de hombros des preocupadamente.

- Son perfectamente seguras - dijo. Miró a Zaphod y de pronto dijo, con una franqueza poco característica -: Hay cosas peores que esas a bordo. O por lo menos - agregó, golpeteando una de las pantallas de la computadora -, espero que estén a bordo.

El otro funcionario lo atacó duramente.

- ¿Qué diablos piensas que estás diciendo? - le espetó.

El primero volvió a alzar los hombros. Dijo: - No importa. Que diga lo que quiera. Nadie le creería. Esa es la razón por la que escogimos usarlo a él en vez de hacer algo oficial, ¿verdad?

Cuanto más descabellada sea la historia que cuente, más parecerá que él es sólo un bohemio aventurero que está inventándola. Hasta puede contar que nosotros dijimos esto, y quedará como un paranoico. - Sonrió amablemente a Zaphod, que estaba hirviendo en su asqueroso traje -. Puede acompañarnos - le dijo - si lo desea.

 

- ¿Lo ve? - dijo el funcionario, examinando los sellos exteriores de ultra-titanio de la bodega de las barras aoristas -. Perfectamente a salvo, perfectamente seguro.

Dijo lo mismo al pasar por las bodegas que contenían armas químicas tan poderosas que una cucharadita podía infectar fatalmente todo un planeta.

Dijo lo mismo al pasar por las bodegas que contenían compuestos zeda- activos tan poderosos que una cucharadita podía volar todo un planeta.

Dijo lo mismo al pasar por las bodegas que contenían compuestos theta- activos tan poderosos que una cucharadita podía irradiar a todo un planeta.

- Me alegro de no ser un planeta - masculló Zaphod.

- No tiene nada que temer - aseguró el funcionario de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil -, los planetas son muy seguros. Siempre y cuando... - agregó, y luego hizo una pausa. Estaban aproximándose a la bodega más cercana al punto en que la espalda de la Nave Bunker Billón de Años estaba quebrada. Aquí el corredor estaba retorcido y deformado, y el piso tenía parches húmedos y pegajosos -. Ajá - dijo -. Ajá y doble ajá.

- ¿Qué hay en esta bodega? - exigió Zaphod.

- Subproductos - dijo el funcionario, cerrándose otra vez.

- ¿Subproductos... - insistió Zaphod con calma - de qué?

Ninguno de los funcionarios le contestó. En lugar de ello, examinaron la puerta de la bodega con mucho cuidado y vieron que sus sellos habían sido retorcidos y arrancados por la misma fuerza que había deformado todo el corredor. Uno de ellos tocó ligeramente la puerta. Se abrió de par en par con el contacto. Adentro estaba oscuro, con apenas un par de débiles luces amarillas al fondo.

- ¿De qué? - siseó Zaphod.

El funcionario líder miró al otro.

- Hay una cápsula de escape - dijo - que la tripulación debía usar para abandonar la nave antes de echarla en el agujero negro - dijo -. Creo que sería bueno saber que todavía está allí. - El otro funcionario asintió y se alejó sin decir palabra.

Con un ademán, el primer oficial indicó a Zaphod que entrara. Las grandes y débiles luces amarillas fosforecían a unos seis metros de distancia.

- El motivo - dijo, en voz baja - por el cual todas las cosas que hay en esta nave son, sigo manteniéndolo, seguras, es que realmente nadie está lo bastante loco para usarlas. Nadie. Al menos, nadie que estuviera así de loco podría jamás tener acceso a ellas. Cualquiera que sea tan loco o tan peligroso hace sonar alarmas muy profundas. La gente puede ser estúpida, pero no es tan estúpida.

- Subproductos - volvió a sisear Zaphod, y tenía que sisear para que no se oyera el temblor de su voz- de qué.

- Eh... Gente Diseñada.

"Se le otorgó a la Corporación Cibernética Sirio un enorme fondo de investigaciones para diseñar y producir personalidades sintéticas por encargo. Los resultados fueron uniformemente desastrosos. Toda la "gente" y las "personalidades" resultaron ser amalgamas de ciertas características que sencillamente no podían coexistir en formas de vida de ocurrencia natural. La mayoría eran unos pobres y patéticos inadaptados, pero algunos eran profundísimamente peligrosos. Peligrosos porque no hacían sonar la alarma en las demás personas. Podían atravesar situaciones igual que los fantasmas atraviesan paredes, porque nadie detectaba el peligro.

"Los más peligrosos de todos eran tres idénticos... los pusieron en esta bodega, para ser lanzados, junto con la nave, fuera de este universo. No son malvados, en realidad son bastante sencillos y encantadores.

Pero son las criaturas más peligrosas que alguna vez hayan vivido, porque no hay nada que no hagan si se les permite, ni nada que no pueda permitírseles hacer...

Zaphod miró las débiles luces, las dos débiles luces amarillas. Cuando sus ojos se fueron acostumbrando a la iluminación, vio que las dos luces enmarcaban un tercer espacio donde había algo roto. Unas manchas húmedas y pegajosas relucían opacamente en el suelo.

Zaphod y el funcionario caminaron con cautela hacia las luces. En ese momento, estallaron cuatro palabras del otro funcionario en sus comunicadores del casco.

- La cápsula no está - dijo sucintamente.

- Rastréala - respondió de inmediato el compañero de Zaphod -. Averigua con exactitud dónde ha ido. ¡Debemos saber dónde ha ido!

Zaphod abrió una enorme puerta deslizante de vidrio esmerilado. Detrás de ésta había un tanque lleno de líquido amarillo, y flotando dentro había un hombre, un hombre de apariencia amable, con muchas marcas de sonrisa en la cara. Parecía estar flotando con bastante resignación y sonriendo para sus adentros.

Otro sucinto mensaje llegó de pronto por el comunicador del casco. El planeta hacia el cual se había encaminado la cápsula de escape ya había sido identificado. Estaba en el Sector Galáctico ZZ9 Plural Z Alfa.

El hombre de apariencia amable del tanque parecía estar murmurando suavemente para sí, igual que lo había hecho el copiloto del otro tanque. Unas burbujitas amarillas adornaron como abalorios los labios del hombre. Zaphod encontró un pequeño parlante junto al tanque y lo encendió. Oyó que el hombre balbuceaba suavemente acerca de una brillante ciudad sobre una colina.

También oyó que el funcionario de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil impartía instrucciones para que el planeta ZZ9 Plural Z Alfa fuera puesto en condiciones "perfectamente seguras"