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El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 2)


Hallé mi habitación suficientemente agradable. Habían decidido —por indicación del doctor Maradick, me figuro— que dormiría en la casa, y después de la austera cama del hospital tuve una agradable sorpresa ante el alegre aspecto de la habitación en que me introdujo la doncella. 

El papel de las paredes lucía un dibujo de rosas y en la ventana había una cortina de quimón floreado. La ventana daba sobre un cuidado jardincito de la parte trasera de la casa. Esto lo supe por la doncella, porque la oscuridad era demasiado densa para que yo pudiera distinguir algo más que un surtidor de mármol y un abeto que parecía viejo, aunque luego supe que habían de replantarlo casi todos los años.

A los diez minutos, me había puesto ya el uniforme y estaba en disposición de acudir al lado de mi paciente; pero por no sé qué motivo —en el día de hoy todavía no he averiguado la causa que la volvió contra mí en el principio— Mistress Maradick se negó a recibirme. Mientras permanecía delante de la puerta, oía cómo, dentro, la enfermera de día probaba de persuadirla de que me dejase entrar. 

Pero fue completamente inútil, y al final me vi obligada a regresar a mi dormitorio y aguardar hasta que a la pobre señora se le hubiera pasado el antojo y consintiera en verme. Lo cual sucedió bastante después de la comida —estarían ya más cerca las once que las diez— y Miss Peterson se sentía completamente agotada cuando vino a buscarme.

—Me temo que pasará usted una mala noche —me decía mientras bajábamos las escaleras juntas. Pronto vi que este era el estilo de Miss Peterson: esperar lo peor de todo y de todos.

—¿Y la tiene a usted así, en vela, muy a menudo?

—Oh, no, habitualmente es muy considerada. Jamás vi un carácter más amable. Pero sigue siempre con esa alucinación...

Y una vez más, igual que en la escena con el doctor Maradick, comprendí que la explicación solo había servido para hacer más impenetrable el misterio. Evidentemente, la alucinación de Mistress Maradick, fuese cual fuere la forma que asumiera, era una fuente de evasivas y subterfugios en aquella casa. 

Ya tenía yo en la punta de la lengua la pregunta de: «Pero ¿en qué consiste esa alucinación?» cuando he ahí que llegamos delante de la puerta de Mistress Maradick, y Miss Peterson me indicó con un ademán que guardara silencio. La puerta se abrió un poquitín para dejarme paso, y vi que Mistress Maradick estaba acostada ya y todas las luces apagadas, excepto una lamparilla de noche encendida sobre un candelabro, al lado de un libro y una botella de agua.

—Yo no entraré —dijo en un susurro Miss Peterson. Por mi parte, estaba a punto de cruzar el umbral cuando vi a la chiquilla, con su vestido escocés plisado, deslizándose a mi vera desde las sombras de la habitación hacia el pasillo iluminado eléctricamente. Llevaba una muñeca en brazos, y al pasar se le cayó en el umbral una cestita de labor de muñeca. 

Sin duda, Miss Peterson recogió prestamente el juguete, porque cuando me volví, al minuto, buscándolo con la mirada, hallé que había desaparecido. Recuerdo que pensé que era muy tarde para que una niñita continuara levantada, y una niña que parecía delicada, además, pero, al fin y al cabo, no era asunto mío, y los cuatro años de estancia en el hospital me habían enseñado a no mezclarme en cosas que no me incumbieran. 

La primera lección que aprende, y muy pronto, una enfermera es la de no querer enderezar el mundo en un solo día.

Cuando crucé la habitación hasta la silla al lado de la cama de Mistress Maradick, esta se volvió sobre el costado y me dirigió la sonrisa más dulce y triste.

—Usted es la enfermera de noche —dijo con voz afable, y apenas abrió los labios comprendí que su manía..., o su alucinación, como la llamaban, no tenía nada de histérico ni de violento—. Me han dicho cómo se llama usted; pero he olvidado el nombre.

—Randolph... Margaret Randolph. —Le cogí afecto desde el primer instante, y creo que ella debió de darse cuenta.

—Parece usted muy joven, Miss Randolph.

—Tengo veintidós años; pero supongo que no los represento. La gente suele considerarme más joven.

Ella permaneció callada un minuto, y mientras me sentaba en la silla, junto a la cama, pensaba en cuán extraordinariamente se parecía a la chiquilla que había visto aquella tarde por primera vez, y, luego, cuando salía de la habitación unos momentos antes. 

Ambas tenían la cara en forma de corazón y con un color levísimo y delicado; el mismo cabello lacio y suave, entre castaño y blondo; y los mismos ojos grandes, graves, muy separados bajo unas arqueadas cejas. Sin embargo, lo que más me sorprendía era que ambas me miraban con aquella expresión enigmática y vagamente meditativa..., solo que en la faz de Mistress Maradick la vaguedad parecía transformarse de vez en cuando en un miedo definido, un chispazo, habría dicho yo casi, de estremecido horror.

Permanecí muy quieta en mi silla, y hasta que llegó la hora de que Mistress Maradick tomase la medicina no se cruzó ni una sola palabra entre nosotras. Luego, cuando me incliné sobre ella con el vaso en la mano, Mistress Maradick levantó la cabeza de la almohada y dijo en un susurro de contenida vehemencia:

—Usted parece bondadosa. Me pregunto si no habrá visto a mi hijita...

Mientras deslizaba el brazo bajo la almohada probé de dirigirle una sonrisa alegre.

—Sí, la he visto dos veces. Y la conocería en cualquier parte por lo mucho que se parece a usted.

Una hermosa luz brilló en sus ojos, y pensé en lo bonita que debía de ser cuando la enfermedad no se había llevado aún la vida y la animación de sus rasgos.

—En esto conozco que usted es buena. —Lo decía con una voz tan fatigada y baja que apenas la oía—. Si no fuese buena, no habría podido verla.

Me pareció un comentario bastante raro; pero me limité a decir:

—Tiene un aspecto delicado para continuar levantada a estas horas.

Un temblor pasó por sus finos rasgos, y por un minuto temí que fuera a estallar en llanto. Cuando se hubo tomado la medicina, dejé el vaso en el estante, me incliné sobre la cama y le alisé el cabello, fino y suave como seda hilada, apartándoselo de la frente. Aquella mujer tenía un algo —no sé qué sería— que hacía que bastaba que te mirase para que la amaras.

—Siempre ha tenido ese aire ligero y etéreo; pero no ha estado enferma ni un solo día en su vida —respondió sosegadamente después de una pausa. Luego, buscando mi mano a tientas, susurró apasionadamente—: ¡No se lo diga a él..., no se lo diga a nadie que la ha visto!

—¿No debo decírselo a nadie? —De nuevo tuve la impresión que había experimentado por primera vez en el estudio del doctor Maradick y luego en las escaleras, con Miss Peterson, de estar buscando un rayo de luz en medio de la oscuridad.

—¿Está segura de que no nos escucha nadie..., de que no hay nadie a la puerta? —me preguntó, apartándome el brazo e incorporándose en las almohadas.

—Segura, completamente segura. Han apagado las luces del pasillo.

—¿Y no se lo contará a él? Prométame que no se lo contará. —En la vaga extrañeza de su expresión se encendió de nuevo el chispazo de horror—. No le gusta que vuelva, porque la mató él.

«¡Porque la mató él!» Entonces se hizo la luz dentro de mí, como en una llamarada. ¡De manera que aquella era la alucinación de Mistress Maradick! Creía que su hijita había muerto..., la niñita a quien yo había visto, con mis propios ojos, salir de la habitación; y creía que su marido, el gran cirujano a quien todos los del hospital idolatrábamos, la había asesinado. 

¡No era extraño que envolviesen en misterio aquella espantosa obsesión! ¡No era raro que ni la misma Miss Peterson hubiera querido sacar a la luz el horrible problema! Simplemente, era una de esas alucinaciones con las que nadie tiene valor suficiente para enfrentarse.

—No sirve de nada contarle a la gente cosas que nadie cree —resumió ella pausadamente, siempre sujetándome la mano con una fuerza que me habría causado dolor si ella no hubiera tenido los dedos tan frágiles—. Nadie cree que la mató. Nadie cree que ella vuelve a casa todos los días. Nadie lo cree..., y, sin embargo, usted la ha visto...

—Sí, la he visto... Pero ¿por qué la habría matado su marido? —Se lo dije con acento apaciguador, tal como se habla a una persona que está loca de remate. Pero no estaba loca; mientras la miraba, habría jurado que no lo estaba, en absoluto.

Por un momento la mujer gimió inarticuladamente, como si el horror de sus pensamientos fuese demasiado grande para convertirse en palabras. Luego disparó los delgados, desnudos brazos en un gesto desesperado.

—¡Porque nunca me amó! —explicó—. ¡Porque no me ha amado nunca!

—Pero se casó con usted —le encarecí dulcemente, al mismo tiempo que le acariciaba el cabello—. Si no la hubiese amado, ¿por qué se habría casado con usted?

—Quería el dinero..., el dinero de mi niña. Cuando yo muera, pasará todo a sus manos.

—Pero él es rico. Ha de amasar una fortuna con su profesión.

—No le basta. Quería millones. —Se había puesto seria y trágica—. No, no me amó nunca. Amaba a otra persona desde siempre..., desde antes de conocerme a mí.

Vi que sería perfectamente inútil querer razonar con ella. Si no estaba loca, se hallaba en un estado de terror y desconfianza tan negros que casi cruzaban la frontera de la demencia. Por un momento tuve la idea de subir al cuarto de la niña y bajársela; pero después de un momento de vacilación comprendí que Miss Peterson y el doctor Maradick debían de haber ensayado ya desde mucho tiempo atrás estas medidas. 

Evidentemente no podía hacer nada, excepto tranquilizarla y sosegarla cuanto pudiese, y así lo hice hasta que se sumió en un sueño ligero que se prolongó hasta bien entrada la mañana.

A las siete, yo estaba exhausta; no a causa del trabajo, sino de la tensión de mis sentimientos de ternura por aquella mujer, y cuando entró una doncella a traerme una taza de café, lo agradecí de veras.  

Mistress Maradick seguía durmiendo —le había administrado una mezcla de bromuro y cloral— y no se despertó hasta que Miss Peterson entró de servicio, una o dos horas después. Luego, cuando bajé, encontré el comedor desierto a excepción de la vieja ama de llaves, que estaba repasando el servicio de plata. Al cabo de un rato me explicó que el doctor Maradick se hacía servir el desayuno en la «sala de la mañana», en la otra parte de la casa.

—¿Y  la niña? ¿Come siempre en su habitación? —La mujer me dirigió una mirada alarmada. Más tarde me pregunté si era de desconfianza o de aprensión.

—No hay ninguna niña. ¿No está enterada?

—¿Enterada? No. ¡Caramba, si ayer la vi! —La mirada que me dirigió la mujer, sí, estaba segura, rebosaba de alarma.

—La niña..., que era la criatura más dulce que he visto en mi vida..., murió de pulmonía hace dos meses exactamente.

—Pues no es posible que muriera. —Yo hacía una tontería al insistir de este modo; pero la sorpresa me había enervado por completo—. Le digo que ayer la vi. —La alarma del rostro de la mujer subió de punto.

Ese es el mal que padece Mistress Maradick. Cree que sigue viéndola.

—¿Y usted no la ve? —Disparé la pregunta sin rodeos.

—No. —La mujer puso los labios muy tirantes—. Yo nunca veo nada.

De modo que yo me equivocaba, después de todo, y la explicación, cuando llegó, solo acentuaba el terror. La niña había muerto... falleció de pulmonía dos meses atrás... y, sin embargo, yo la había visto con mis propios ojos jugando con la pelota en la biblioteca; la había visto salir sigilosamente de la habitación de su madre con una muñeca en brazos.

—¿Hay alguna otra niña en la casa? ¿Podría tratarse de la hija de algún sirviente? —Un rayo de luz se abría paso entre la bruma por la cual yo avanzaba a tientas.

—No, no hay ninguna más. El doctor probó de traer una; pero la pobre señora se puso de tal forma que por poco muere. Además, no se hallaría otra niña tan sosegada y dulce como Dorothea. El verla saltar por ahí con su vestido escocés plisado me hacía pensar en un hada, aunque digan que las hadas solo visten de blanco o de verde.

—¿No la ha visto nadie más...? A la niña, quiero decir... ¿Ningún criado?

Solo Gabriel, el mayordomo de color, que vino con la madre de Mistress Maradick de Carolina del Sur. Me ha contado que es frecuente que los negros posean una especie de segunda visión..., aunque no sé si ese es el nombre que ustedes le darían, exactamente. Pero parece que creen en lo sobrenatural por instinto, y Gabriel está tan viejo y chocho... ya no trabaja; solo acude cuando tocan el timbre de la puerta y limpia la plata, que nadie hace mucho caso de lo que vea...

—El cuarto de la niña, ¿lo tienen igual como cuando vivía?

—Oh, no. El doctor hizo enviar todos los juguetes al hospital de niños. Esto le causó muchísima pena a Mistress Maradick; pero el doctor Brandon creyó, y todas las enfermeras estuvieron de acuerdo con él, que a Mistress Maradick le convenía más no conservar el cuarto como cuando Dorothea vivía.

—¿Dorothea? ¿Así se llamaba la niña?

—Sí. Significa «regalo de Dios», ¿verdad? Se lo pusieron porque era el nombre de Mistress Ballard, madre del primer marido de Mistress Maradick. Ese primer marido era un hombre serio, callado... No se parecía en nada al doctor.

Yo me pregunté si la otra espantosa obsesión de Mistress Maradick había llegado también, por conducto de las enfermeras o las criadas, a oídos del ama de llaves; pero esta no hizo la menor alusión al tema, y, tratándose como se trataba, a mi parecer, de una persona muy charlatana, me pareció más cuerdo suponer que dicha habladuría no había llegado a su conocimiento.

Un poco más tarde, terminado el desayuno y antes de subir a mi cuarto, tuve la primera entrevista con el doctor Brandon, el famoso alienista que atendía a la enferma. Yo no le había visto nunca; pero desde el primer momento de verle hice su valoración casi intuitivamente. 

Era, supongo, suficientemente honrado, cualidad que le he reconocido siempre a pesar del resentimiento que me ha inspirado. Si le faltaba sangre roja en el cerebro, y si por un prolongado contacto con fenómenos anormales había adquirido el hábito de mirar la vida entera como una enfermedad, no era culpa suya. 

Era uno de esos médicos —y todas las enfermeras entenderán qué quiero decir— que trata instintivamente con grupos y no con individuos. Era alto y solemne; tenía la cara muy redonda, y no había hablado yo ni diez minutos con él que ya sabía que se había educado en Alemania, y que allá había aprendido a tratar todo sentimiento como una manifestación patológica. 

Yo solía preguntarme qué sacaba él de la vida, qué sacaba de la vida todo aquel que a fuerza de análisis lo hubiera eliminado todo excepto la estructura descarnada.

Cuando, por fin, llegué a mi cuarto estaba tan cansada que apenas podía recordar ni las preguntas que me había hecho el doctor Brandon ni las instrucciones que me había dado. Me quedé dormida —lo sé— tan pronto como la cabeza tomó contacto con la almohada, y la doncella que entró a ver si quería tomar algo prefirió dejar que terminase el sueño.

Por la tarde, cuando vino de nuevo, trayéndome una taza de té, me encontró todavía pesada y soñolienta. Aunque estaba acostumbrada a las guardias de noche, me sentía como si hubiera bailado desde la puesta del sol hasta la llegada de la aurora. 

Mientras tomaba el té, me decía que era una suerte que no todos los casos afectaran los sentimientos de una tan vivamente como la alucinación de Mrs. Maradick había afectado los míos.

Durante el día no vi al doctor Maradick; pero a las siete, cuando subía, después de comer temprano, a ocupar el puesto de Miss Peterson, que se había quedado de servicio una hora más que de costumbre, me encontró en el vestíbulo y me pidió que entrase en su estudio. 

A mí me pareció más guapo que nunca, con su traje de noche y luciendo una flor blanca en el ojal. Tenía que asistir a un banquete, me dijo el ama de llaves; aunque lo cierto era que siempre asistía a esta u otra solemnidad. Creo que aquel invierno no cenó en casa ni una sola noche.

—¿Ha pasado bien la noche Mrs. Maradick? —Había cerrado la puerta detrás de nosotros, y al volverse dirigiéndome la pregunta, me sonreía amablemente, como si quisiera hacerme sentir a mis anchas desde el comienzo.

—Después de tomar la medicina, ha dormido muy bien. Se la di a las once.

Estuvo un minuto mirándome en silencio, y me di cuenta de que enfocaba sobre mí su personalidad, su hechizo. Era casi como si yo me encontrase en el centro de unos rayos convergentes de luz, tan viva era la impresión que me causaba.

—¿Aludió de alguna forma a su... su alucinación? —preguntó él.

Jamás he sabido de qué forma recibí la advertencia, qué invisibles ondas de percepción sensorial me transmitieron el mensaje; pero mientras permanecía allí, de cara al esplendor de la presencia de aquel hombre, todas las intuiciones de mi espíritu me decían que había llegado el momento en que me debía de pronunciar en favor de uno u otro bando, en aquella casa. Mientras permaneciera allí, o había de estar con Mrs. Maradick, o contra ella.

—Habló con mucha cordura —respondí al cabo de un momento.

—¿Qué dijo?

—Me explicó cómo se encontraba, que echaba de menos a la niña y que todos los días paseaba un rato por la habitación.

La cara del doctor Maradick cambió..., aunque primero no supe determinar en qué sentido.

—¿Ha visto al doctor Brandon?

—Ha venido esta mañana a darme instrucciones.

—Le ha parecido encontrarla peor. Me aconseja que la envíe a Rosedale.

Jamás he intentado, ni aun en secreto, explicarme la conducta del doctor Maradick. Es posible que fuese sincero. Yo solo cuento lo que sé, no lo que creo o imagino, y lo humano es, a veces, tan inescrutable, tan inexplicable, como lo sobrenatural.

 

(CONTINUARÁ...) 


El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 1)

Recuerdo que después de la conversación me aparté del teléfono como en un revoloteo romántico. Aunque solo había hablado una vez con el gran cirujano, Roland Maradick, aquella tarde de diciembre pensaba yo que el hablar con él, aunque fuese una sola vez..., el verle en la sala de operaciones una hora nada más... era una aventura que dejaba sin color ni interés todo el resto de la vida. 

Después de tantos años de trabajar en casos de tifoidea y pulmonía, todavía siento el delicioso temblor de mis jóvenes latidos; aún veo los rayos del sol invernal cayendo oblicuamente, a través de las ventanas del hospital, sobre las batas de las enfermeras.

—No ha pronunciado mi nombre. ¿No podría tratarse de una equivocación? —Yo estaba de pie, incrédula, pero estática, delante de la inspectora del hospital.

—No, no ha habido ningún error. Estuve hablando con él antes de que usted bajara. —La enérgica faz de Miss Hemphill se suavizaba al mirarme. Era una mujer alta, decidida, pariente lejana de mi madre, y una de esas enfermeras —esto lo había descubierto yo durante el mes que hacía desde que llegara de Richmond— que los hospitales del Norte, aunque quizá no los pacientes del Norte, parecen preferir y elegir instintivamente.

Desde el primer momento, y a pesar de su aspereza, había concebido cierto aprecio —no me atrevería a llamar «cariño» a una preferencia tan impersonal— por su prima de Virginia. Al fin y al cabo, no todas las enfermeras del Sur, recién terminados sus estudios, pueden presumir de parentesco con una inspectora de un hospital de Nueva York.

—¿Y le ha dado a entender claramente que se refería a mí? —Sencillamente, aquello era tan maravilloso que no podía creerlo.

—Ha preguntado particularmente por la enfermera que estaba con Miss Hudson la semana pasada, cuando él operó. Creo que ni se acordaba siquiera de que tengas un nombre. Cuando le he preguntado si se refería a Miss Randolph, me ha repetido que quería la enfermera que estuvo con Miss Hudson. Era bajita, me ha dicho, y de aspecto vivaracho. Las características, por supuesto, concordarían con otras dos o tres chicas; pero ninguna de ellas estuvo con Miss Hudson.

—Entonces, supongo que es cierto, realmente cierto. —Y los pulsos me cosquilleaban—. ¿Y tengo que estar aquí a las seis?

—Ni un minuto más tarde. La enfermera de día deja el servicio a dicha hora, y a Mistress Maradick no la dejan sola ni un instante.

—Es cosa mental, ¿verdad que sí? Con lo cual resulta más extraño todavía que me haya elegido a mí, porque yo he tenido muy pocos casos mentales.

—Muy pocos casos de cualquier clase. —Miss Hemphill estaba sonriendo, y yo me preguntaba si cuando sonreía las demás enfermeras la reconocían—. Cuando ya estés habituada a la marcha de los asuntos en Nueva York, Margaret, habrás perdido muchísimas cosas, además de la inexperiencia. Me pregunto cuánto tiempo conservarás la simpatía y la imaginación que te caracterizan. Al fin y al cabo, ¿no habrías sido mejor novelista que enfermera?

—No puedo dejar de entregarme en cuerpo y alma a mis casos. Supongo que no debería hacerlo...

—No se trata de lo que uno debería, sino de lo que debe hacer. Cuando hayas agotado hasta el último vestigio de simpatía y entusiasmo y no hayas recibido nada a cambio por ello, ni siquiera que te den las gracias, entenderás por qué trato de evitar que te eches a perder.

—Pero seguramente en un caso como este..., para el doctor Maradick...

—Ah, sí, naturalmente, para el doctor Maradick. —Debió de percibir que solicitaba su confianza, porque al cabo de un minuto dejó caer un rayo de luz sobre la situación—. Sí, es un caso muy triste, si uno piensa en cuán encantador y gran cirujano es el doctor Maradick. —Yo sentí que la sangre se me agolpaba a las mejillas, más arriba del almidonado cuello del uniforme.

—He hablado con él una sola vez —murmuré—, pero es realmente encantador... y tan bondadoso y guapo..., ¿verdad?

—Sus pacientes le adoran.

—Ah, sí. Lo he visto. Todo el mundo frecuenta sus visitas.

Como los pacientes y las demás enfermeras, yo también me había acostumbrado, deliciosa, paulatina y casi imperceptiblemente, a procurar asistir a las visitas diarias del doctor Maradick. Supongo que aquel hombre había nacido para ser idolatrado por las mujeres. 

Desde mi primer día en el hospital, desde el momento que le vi, por entre los semientornados postigos, cuando él bajaba del coche, jamás dudé de que le habían asignado el papel de protagonista de la función. Si no hubiese estado enterada ya de su encanto, del hechizo que ejercía sobre aquel hospital, lo habría percibido en el silencio expectante, como un aliento contenido, que se produjo después de haber pulsado él el timbre de la puerta y que precedió a sus imperiosas pisadas por las escaleras. 

Aun después de los terribles acontecimientos del año siguiente, la primera impresión que conservo de él consiste en un recuerdo a la vez despreocupado y magnífico. 

En aquel instante, mientras estaba mirando por las rendijas de los postigos y le veía con su abrigo de piel oscura, cruzando la acera sobre los pálidos rayos de sol, comprendí más allá de toda duda, lo supe por una especie de presentimiento infalible, que en el futuro mi hado estaría indisolublemente unido al suyo. 

Lo sabía, repito, a pesar de que Miss Hemphill siguiera insistiendo en que esta premonición nacía de una recolección sentimental e indiscriminada efectuada en toda suerte de novelas. Pero no; no fue un flechazo amoroso, por muy impresionable que mi pariente me pudiera considerar. Era solamente la figura de aquel hombre. 

Y aún más que su aspecto, más que el negro brillante de aquellos ojos, el castaño plateado del cabello, el fulgor moreno de su rostro, aún más que su hechizo y su majestad, creo que lo que me ganó el corazón fue la hermosura y simpatía de su voz. Era una voz que, tal como oí más tarde decir a no sé quién, hubiera debido estar recitando siempre poemas.

De modo que ustedes verán por qué... —¡si no puedo hacérselas comprender desde el principio, jamás podré confiar en que comprendan cosas imposibles!—, de modo que ustedes verán por qué acepté la llamada, cuando llegó, como una orden imperativa. No habría podido permanecer alejada, después de haberme llamado él. Por más que hubiese intentado no ir, sé que al final habría acudido. 

Por aquellos días, cuando aún tenía la esperanza de escribir novelas, solía hablar mucho del «destino»; desde entonces he aprendido ya lo tontas que son esa clase de digresiones y supongo que era mi «destino» el verme cogida en la tela de araña de la personalidad de Roland Maradick. Pero no soy la primera enfermera enferma de amor por un médico que jamás se fijó en ella.

—Me alegra que te llamase, Margaret. Puede significar muchísimo para ti. Trata únicamente de no ser demasiado emocional. —Recuerdo que mientras hablaba, Miss Hemphill tenía en la mano un pelargonio —una paciente suya se lo había dado— de una maceta que tenía en el cuarto, y el olor de la flor persiste en mi olfato..., o en mi recuerdo. Desde entonces..., oh, sí, muchísimas veces desde entonces... me he preguntado si también se había dejado coger en la tela de araña.

—Me gustaría estar más enterada del caso. —Yo insistía en que me iluminasen—. ¿Ha visto usted alguna vez a Mistress Maradick?

—Oh, sí, querida. Hace poco más de un año que se casaron; y al principio ella solía venir al hospital y aguardaba fuera mientras el doctor hacía las visitas. Entonces era una mujer de aspecto dulce..., no bonita, precisamente, pero rubia y esbelta, con la sonrisa más adorable, creo yo, que haya visto en mi vida. 

Durante aquellos primeros meses, estaba tan enamorada que nosotros solíamos comentarlo y reírnos. Ver cómo se iluminaba la cara cuando el doctor salía del hospital y cruzaba la acera para subir al coche era todo un espectáculo. No nos cansábamos de observarla. Yo no era inspectora entonces, de manera que tenía más tiempo para mirar por la ventana, cuando estaba de guardia de día. Un par de veces, la dama trajo a su hijita para que viese a un paciente. La niña se le parecía tanto, que cualquier persona habría adivinado, sin que se lo dijeran, que eran madre e hija.

A mí me habían dicho que, cuando conoció al doctor, Mistress Maradick era viuda y tenía una sola hija, por lo cual pregunté, buscando una iluminación que no había hallado todavía:

—Había una gran cantidad de dinero de por medio, ¿verdad?

—Una gran fortuna. Si no hubiera sido tan atractiva, supongo que la gente habría dicho que el doctor Maradick se casaba con ella por el dinero. Solo que —y parecía hacer un esfuerzo por recordar— creo haber oído algo relativo a que estaba depositado de forma que Mistress Maradick perdía todo derecho sobre el mismo si volvía a casarse. 

Ni que me fuera la vida en ello, no podría recordar exactamente cómo era; pero se trataba de un testamento extraño, y sé que Mistress Maradick no podía entrar en posesión del dinero salvo en el caso de que la niña no llegase a mayor. Lo lamentable del caso...

Una enfermera joven entró en el despacho a pedir algo —las llaves del quirófano, creo— y Miss Hemphill se interrumpió sin terminar la frase y salió corriendo. Era una pena que hubiese cortado la narración en el punto en que la cortó. ¡Pobre Mistress Maradick! Quizá yo fuese demasiado emotiva; pero ya antes de verla había empezado a percibir su ternura y su aislamiento.

Los preparativos me costaron muy pocos minutos. Por aquellos días yo siempre tenía una maleta preparada y a punto para llamadas repentinas, y no eran todavía las seis cuando doblaba la calle Diez para entrar en la Quinta Avenida, y me paraba un minuto antes de subir los escalones a contemplar la casa en la que vivía el doctor Maradick. 

Era una casa antigua; las paredes parecían húmedas, aunque esto podía ser debido a la lluvia, y tenía una reja en forma de araña que subía junto a los peldaños de piedra hasta la puerta negra, a través de cuyo anticuado abanico percibí un leve destello de luz. 

Más tarde me enteré de que Mistress Maradick había nacido en la casa —su apellido de soltera era Calloran— y que nunca quiso vivir en ninguna otra parte. Cuando la conocí mejor, supe que era una mujer que tomaba muchísimo apego lo mismo a las personas que a los lugares, y aunque, después de la boda, el doctor Maradick probó de convencerla de que se trasladaran a las afueras de la ciudad, ella no atendió a los deseos del marido y continuó adicta a la antigua casa de la parte baja de la Quinta Avenida. 

Esas mujeres dulces, amables, especialmente si son ricas desde la infancia, resultan a veces singularmente obstinadas. Desde entonces he cuidado a tantas —mujeres de afectos muy fuertes e intelectos débiles— que he llegado a reconocer su especie con solo verlas.

Toqué el timbre y acudieron con cierto retraso. Al entrar en la casa advertí que el vestíbulo estaba completamente a oscuras salvo por el reflejo mortecino de un fuego encendido en la biblioteca. Cuando dije cómo me llamaba y añadí que era la enfermera de noche, el criado opinó, al parecer, que mi humilde persona no merecía mayores iluminaciones. 

Era un anciano mayordomo negro, heredado quizá de la madre de Mistress Maradick, quien, según supe después, era oriunda de Carolina del Sur, y mientras pasaba junto a mí para emprender el ascenso de las escaleras, le oí murmurar vagamente, en un inglés casi incomprensible, que «no iba a encender las luces hasta que la niña hubiese terminado de jugar».

A la derecha del vestíbulo, el leve resplandor me llevó hacia la biblioteca y, cruzando el umbral con paso tímido, me paré junto al fuego para que se me secara el mojado abrigo. Mientras permanecía inclinada hacia la lumbre, con la intención de erguirme en cuanto oyera una pisada, iba pensando en lo acogedora que resultaba aquella habitación después de haber visto las húmedas paredes del exterior, a las que se pegaban unas despojadas plantas trepadoras, y estaba contemplando las extrañas formas y los raros dibujos que el fuego proyectaba sobre la vieja alfombra persa, cuando los faros de un motor que giraba lentamente posaron su luz sobre mí, a través de las blancas cortinas de la ventana. 

Todavía cegada por aquel resplandor, volví la cabeza y vi venir rodando hacia mí, saliendo de la habitación vecina, una pelota de goma de colores rojo y azul. Un momento después, mientras realizaba un infructuoso intento por coger la bola que rodaba por mi vera, cruzó la puerta airosamente una niñita dotada de una ligereza y una gracia singulares; pero se detuvo de pronto, como sorprendida al ver a una persona extraña. 

Era menudita, tan pequeña y delgada que sus pasos no producían el menor ruido en el pulido suelo del umbral, y recuerdo que al mirarla pensé que tenía la cara más seria y dulce que hubiera visto en mi vida. No podía tener —esto me lo dije luego— más de seis o siete años, y, sin embargo, permanecía plantada allí con un curioso aire de dignidad remilgada, como la que habría correspondido a una persona mayor, y me miraba con ojos enigmáticos. 

Vestía una falda escocesa a pliegues, con un trocito de cinta encarnada en el pelo, que llevaba cortado formando flequillo sobre la frente y cayendo, lacio, sobre los hombros. Con todo su hechizo, desde el cabello castaño hasta los calcetines blancos y las zapatillas negras de sus piececitos, lo que recuerdo más vivamente es la mirada singular de sus ojos, que a la oscilante luz parecían de un color indeterminado. Porque lo raro de aquella mirada era que no correspondía, en modo alguno, a una niña. No era el mirar de la infancia, sino de una experiencia profunda, de un conocimiento amargo.

—¿Entrabas a buscar la pelota? —pregunté. Pero mientras tenía aún en los labios la amistosa pregunta, oí que el criado negro regresaba. En mi confusión, hice un intento inefectivo por coger el juguete, que se alejaba rodando y se perdía en las sombras de la sala de estar. Luego, al levantar la cabeza, vi que también la niña había desaparecido de aquellas habitaciones, y, sin buscarla, seguí al negro hasta el agradable estudio del piso superior, donde me esperaba el famoso cirujano.

Hace diez años, cuando el duro trabajo de enfermera no se había cobrado todavía una contribución tan onerosa de mi espíritu, yo me sonrojaba con gran facilidad, de modo que en el instante en que cruzaba el estudio del doctor Maradick me daba cuenta de que tenía las mejillas del color de las peonías. 

Naturalmente, era una tonta —nadie lo sabe mejor que yo—, pero hasta entonces nunca había estado a solas con él, ni por un instante, y para mí aquel hombre era más que un héroe; era —y ahora ya no hay motivo alguno para que me sonroje al confesarlo— casi un dios. 

Por aquellos años yo perdía el juicio ante las maravillas de la cirugía, y, en el quirófano, Roland Maradick tenía bastantes facultades de mago para hacerle perder la carta de navegar a una cabeza más madura y sensata que la mía. Añádase a su reputación y a su maravillosa pericia el hecho de ser —estoy completamente segura— el hombre más guapo, incluso a sus cuarenta y cinco años, que se pueda imaginar. 

Si se hubiera mostrado descortés conmigo, y hasta francamente grosero, yo habría seguido adorándole; pero cuando me tendió la mano y me saludó con el hechizo especial que tenía para las mujeres, comprendí que habría sido yo capaz de morir por él. 

No es raro que por el hospital corriera la voz de que todas las mujeres que operaba se enamoraban de él. En cuanto a las enfermeras..., bueno, no había ni una sola que se hubiera librado de su fascinación; ni siquiera Miss Hemphill, a pesar de que no podía faltarle ni un solo día para cumplir los cincuenta años.

—Me alegra que haya podido venir, Miss Randolph. ¿Estaba usted con Miss Hudson la semana pasada, cuando operaba yo?

Asentí con un movimiento de cabeza. Ni para salvar la vida habría podido pronunciar una palabra sin sonrojarme muchísimo más.

—Me fijé entonces en la animación de su cara. Animación, creo yo, es lo que Mistress Maradick necesita. A la enfermera de día la encuentra deprimente. —Sus ojos se posaron en mí con una expresión tan cariñosa que desde entonces he sospechado que no le pasaba por alto la adoración que yo sentía por él. El cielo sabe que era un muy pequeño motivo de halago a su vanidad, una enfermera recién salida del colegio, pero en algunos hombres no hay tributo demasiado insignificante para que no les dé placer.

—Usted hará cuanto pueda, estoy seguro. —Vaciló un instante, bastante largo solamente para que yo percibiese la ansiedad escondida bajo la sonrisa jovial de su rostro, y luego añadió gravemente—: Deseamos evitar, siempre que sea posible, el mandarla fuera de casa.

Yo solo supe murmurar unas breves frases de respuesta, y después de unas palabras cuidadosamente escogidas sobre la enfermedad de su mujer, el doctor tocó el timbre e indicó a la doncella que me acompañase arriba, a mi habitación. Hasta el momento de subir las escaleras del tercer piso no se me ocurrió que, en realidad, el doctor Maradick no me había explicado nada. Estaba tan en ayunas respecto a la naturaleza de la enfermedad de Mistress Maradick como cuando entré en la casa.

 

(CONTINUARÁ...) 

El cuento de Omar y Dilaram - Wilhelm Raabe

–Doctor Hagen, usted que peregrinó por el desierto, ¡relátenos un cuento!

–¡Bravo! –gritó el científico–. La señorita Eugenia siempre tiene las ideas más sensatas. ¡Aligere usted los caballos y alivie al camello del aburrimiento! ¡Adelante, doctor! Ya me siento como si estuviera en la costa oriental del mar Rojo... Pero por favor ningún pensamiento morboso o de muerte, ¡se lo ruego, Hashid!

–Sí, ¡cuéntenos un cuento, doctor! –dijo Lida–. Como los que usted acostumbraba relatarme antes de dormir, cuando llegaba demasiado cansada de la ópera y me quedaba tensa. Cuente, pues...

–Bien. Sucede en un fantástico país de Oriente –dijo al momento Hagen–. Escuchen ustedes: hace muchos años, se hallaba un joven en la gran ciudad de Bagdad. Sentado, bajo la luz de la lámpara, descifraba un antiguo manuscrito cuyas letras estaban escritas con los caracteres más extraños. Un amigo suyo se lo había obsequiado como recuerdo de la maravillosa e increíble ciudad de Bizancio. 

Era entonces una hermosa noche de verano. La Luna se elevaba por encima de los jardines del califa, hacia la otra orilla del Tigris; en el azul obscuro de la noche flotaba radiante y pura. Un ligero airecillo transportaba el perfume de los árboles, rebosantes de pétalos, hacia la ventana. En ocasiones, alguna góndola cruzaba velozmente sobre la superficie lustrosa del agua y por momentos se escuchaba a lo lejos una lira y, de vez en cuando, la estrofa de una canción de pescadores. 

El joven lector se sintió un tanto extraño. De los pergaminos que leía surgía un Mundo maravilloso que lo envolvía. En el momento de llegar a un pasaje borroso, imposible de leer, levantaba la vista y sentía entonces como si tuviera que bajarla otra vez de inmediato, encima del rollo que leía, para no perder ese sueño encantador. Palpitaba allí un inmenso mar de exuberantes islas con temibles desfiladeros habitados por excelentes y hermosos nativos y horripilantes monstruos. 

Un pueblo pagano había destruido una ciudad grande y magnífica situada a las orillas del mar. En la corriente, las huestes lavaban sus armas teñidas de sangre, así como sus heridas; luego subieron a sus navíos, rumbo a su patria, cada líder agrupando a los suyos, todos cargados con su botín. 

Había en aquellas tierras un rey lo mismo amado que odiado por diosas y dioses, protegido y a la vez amenazado de quedar en la ruina; y, habiendo sido expulsado de una isla por la tempestad y habiéndose tragado el mar a sus hombres, relataba a otro rey sus aventuras y desventuras: cómo lo había amado una hermosa e inmortal deidad; cómo había luchado contra los monstruos, las olas y los gigantes; cómo había descendido al Averno para visitar a sus guerreros muertos, a los hombres y mujeres del pasado. 

El joven leía por momentos en voz alta la estrofa de una canción, como si se deleitara con el agradable sonido de las palabras, semejantes al fragor ondulante y melodioso de las armas, como si fuese el murmullo de las olas o el palpitar de un corazón humano.

–Alá, Alá –exclamó–. ¡Esto es hermoso, es magnífico! ¡Ay! Y pensar que yo sólo estoy aquí sentado con el corazón desbordante. Alá, Alá. Así llevan tan lejos tu nombre y el de tu Profeta a través de todos los mares y países.

Un fuego salvaje se reflejaba en los ojos del joven. Pero muy pronto se extinguió, tan rápido como se había encendido.

–¡Ah! –dijo, con voz sorda–. ¿No está también, al otro extremo de las márgenes del mar poniente, el gran Okbah? El condujo su blanco camello hacia el torrente de las aguas y exclamó: “Alá, tú eres testigo de que no me fue posible continuar más adelante”.

–Georg Wilhelm Friedrich Hegel y la filosofía alemana. ¡Brrr...! –dijo el científico, que se sentía muy feliz cuando podía darle una patada a la Idea absoluta.

Pero Hagen no se dejó interrumpir. Sonriente, continuó en seguida:

–¡Ah! Pero él pudo continuar –exclamó el joven lector–. ¿Acaso los jinetes del desierto no trajeron al rey noticias de los fieles, la nueva de que los soldados de Alá luchaban una vez más contra los hombres de piel blanca, lejos, muy lejos del brazo del mar en el poniente? Dios es grande... Se dirigen de nuevo hacia el Oriente, hacia el Sol naciente, y arremeten contra el enemigo. ¡Ay, y tener que estar aquí sentado marchitándose con una mujer del harem!

El joven se había sobresaltado; miraba a través de la superficie del río. Se apoyó con una mano en el borde de la ventana y unas lágrimas rodaron de sus ojos. De pronto, detrás suyo, una puerta se abrió y una muchacha entró cautamente a la habitación. 

Traía consigo un cesto con flores y frutas lleno hasta los bordes y se quedó de pie al ver al pensativo joven acodado en la ventana. Cruzó en silencio la alfombra, hizo a un lado los manuscritos extendidos sobre una tabla, depositó su aromática cesta y extrajo una rosa blanca. Sonriente, con el dedo en los labios, se acercó lo más callada que pudo al joven soñador y depositó la rosa en su mano, que él tenía puesta en el borde de la ventana. Asombrado, él se dio vuelta.

–¡Dilaram! –exclamó y entonces la hermosa niña lo abrazo.

–¿Otra vez triste, Omar? –preguntó ella–. ¿Qué te preocupa, amigo mío?

–Te equivocas, corazón, no estoy triste. ¿Qué habría de preocuparme?

–Pobres de los hipócritas en aquel Día, dice el sagrado Corán –dijo la muchacha–. ¿Habrás leído otra vez durante largas horas tus horribles y paganos libros que tratan de magia hasta olvidarte de todo lo que te rodea, y también de mí? –añadió ella, amenazándolo traviesamente con su índice.

–¿Quién te podría olvidar, niña? Eres para mí lo que el Sol para la Tierra.

–¡Tú, tú! –dijo la muchacha sonriendo y sentándose en el borde de la ventana, al lado del joven–. ¡Ven, platiquemos! ¡Qué hermosa está la noche, y cómo brillan las ondas del río! ¿Dónde tienes mi lira, pues no la veo?

–¡Aquí está! –dijo Omar.

–Gracias. ¡Pero qué cara has puesto! Avergüenzate ante mi velo... Escucha al ruiseñor... ¡bul, bul, bul! ¡Qué hermoso! ¿Quieres que cante?

–¡Canta la Alabanza al desierto, al inmenso desierto, la alabanza al inmenso mar!

–¡Ay! –dijo la muchacha, algo compungida–. No conozco el desierto ni el mar. Pero pon atención, voy a cantarte otra cosa.

Acarició con sus dedos las cuerdas del instrumento y empezó entonces con una, diáfana y tersa voz:

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué se unen los combatientes del Profeta?

¡De armas resuenan los mercados, de armas las calles!

¡El pueblo de Dios responde al llamado del gran califa!

¡A Oriente y Occidente van las multitudes de fieles!

¡El hombre deja a su mujer, el hijo a su madre!

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana!

¡En la ciudad del mar, temeroso está el rey de los francos,

y el de los persas rasga su vestido...! ¡Llora y se lamenta

la niña en la joven ciudad, a orillas del Tigris!

Los ejércitos del Profeta van a la batalla.

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana...!

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué ese regocijo en las calles de Bagdad?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¡Destrozada está la defensa de los persas y muerto el padre!

Inclinada está la cabeza del rey de los francos...

Muerto está el hermano...

Regocijo en las calles de Bagdad.

Sentada, la doncella llora...

¿Quién protege a la huérfana,

Quién consuela a la desamparada...?

 

La muchacha dejó caer la lira y su voz se perdió en apagados sollozos. Con mirada fulgurante, Omar tomó el instrumento y continuó la canción:

 

La arena de los caminos de Dios

reluce en el día del Gran Juicio...

Dichosos los combatientes en el Paraíso.

A la huérfana abandonada, la consuela ¡el amor...!

 

–¡El amor! –exclamó la muchacha entre lágrimas–. El amor, el santo amor. Es como la sombra que la palmera brinda al cansado caminante del desierto. ¡Para el niño abandonado, es como el agua para la gacela perseguida! Sagrado es el lugar donde nos encontramos, mi adorado. ¡Que la hora en la cual yo te vi por primera vez sea afortunada para todos los hombres y rebosante de bendiciones para toda la Tierra...!

–¡Dilaram! ¡Dilaram! ¡Paz de mi corazón! –exclamó el joven.

–¡Omar mío...! ¡Mira, tu frente se ha tornado alegre! Ahora tengo que irme. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches, querido!

–¿Ya quieres abandonarme? ¡Quédate conmigo!

–Notarán mi ausencia. ¡Buenas noches, buenas noches!

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Dulce soñar bajo el cielo nocturno del Oriente! ¡Grande es la ciencia de Makachefa, grande el arte de reconocer los sentimientos del corazón! ¡Poderosas las fuerzas con las que Alá se ha permitido conmover las almas de las personas...!

Omar tomó su rollo de debajo de las flores que Dilaram había llevado. Pero no volvió a leer más. Se le cerraban los párpados y su cabeza cayó sobre los almohadones del diván. Así dormitó. A través del río, el viento nocturno llegaba más fresco y más intenso. La lámpara llameaba como si estuviera próxima a apagarse. De un lado a otro, ondeaban los tapices bordados con arabescos de oro sobre sentencias coránicas...

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Grande es el poder de los que han sido creados por Alá...!

Una barca ricamente engalanada en oro cruzó velozmente la superficie del río, iluminada por la Luna. El agua refulgía en destellos de plata bajo los remos de los seis esclavos negros que la conducían. Una mujer, envuelta en amplísimos velos, descansaba sobre un hermoso almohadón en la popa de la góndola. Bajo los velos, la mirada de los negros y fulgurantes ojos asaeteaba hacia los muros de las casas y jardines próximos a la ribera del río.

La mujer se incorporó sobre su asiento bajo la ventana de Omar, y dijo:

–¡Aquí!

Los negros levantaron los remos y la barca permaneció inmóvil. De un salto, la mujer de los velos se puso de pie. Así se mantuvo, como una elevada figura, con la mirada fija en la arqueada e iluminada ventana de la casa del joven. En su duermevela, tembloroso, Omar se movió con el pecho agitado, como si buscara el alivio de una pesada carga que lo oprimía. La lámpara llameó por última vez antes de apagarse. Una lira resonó muy tenuemente a través del aire. El joven se despertó y escuchó...

¡Ésa no era la voz de Dilaram! Los tonos que llegaban hasta sus oídos eran más cálidos, más exuberantes, más salvajes y sensuales; dejaron su corazón estremecido. ¡Esa no era la paz de su alma, no eran las amorosas canciones de cuna! Era el lenguaje de la pasión, de la pasión salvaje, del instinto, que se consume como la llama.

–¡La diosa de la boca de fuego!

–¡Aquí está otra vez! –murmuró el joven–. ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¿En qué le ha perturbado mi dichoso destino, mi paz? ¡Así viene cada noche, de manera que durante el día tengo que andar como en un sueño! ¡Pobre de mí!

Una silueta de hechizo lo atrajo irresistiblemente hacia la ventana. Inmóvil, la barca permanecía a poca distancia. Mudas, las gotas de los remos de la barca caían sobre el agua. Estrechamente envuelta en su albeante vestido, con el velo echado hacia atrás, la figura de la mujer se mantenía de pie. No se movió en el momento en que Omar apareció en el marco de la ventana. A sus pies estaba la lira con la cual lo había despertado...

–¡Pobre de mí! ¿Qué quiere esa mujer? ¿Qué quiere? –se decía Omar–. ¿Le hablaré...?

–¡Habla! –se oyó una voz, como si la extraña pudiera leer los pensamientos del corazón.

–¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué perturbas mi vida?

La figura levantó el brazo en señal de saludo.

–¡Ven!

–¡No te conozco! ¿Eres una mortal? ¿Eres un hada?

–¡Ven!

–Me inspiras temor...

Como a una señal oculta, los remos se sumergieron de nuevo en el agua. La barca dio un lento viraje.

–¡Ya voy, ya voy! –exclamó el joven.

Se levantó precipitada y alocadamente, abalanzándose contra el borde de la ventana. Descendió entre las vides que circundaban el arco. La barca se acercó como una flecha hasta el muro de la casa. Vacilante, se acercó a la seductora figura, como abrazado por un vértigo...

–¡Mírame! –dijo la mujer–. ¡Yo... te amo!

Omar guardó silencio. Estaba fascinado por el destello de los ojos, que resplandecían como brasas negras, semejantes a los ojos del ángel de la Muerte.

–¡Expulsa su imagen de tu corazón! –dijo la mujer–. ¡Ella es una niña! Sígueme a mí... Me perteneces, eres mío...

–¡Paz de mi corazón, paz de mi corazón! –murmuraba Omar como en un sueño.

Un miedo infinito lo estremecía. Podría apuñalar a la hermosa mujer; tomó la empuñadura de su filosa daga en el cinturón... ¡Ella sonreía...! Dejó caer la mano, sentía como si el Mundo circundante, toda su vida anterior, todos sus esfuerzos y sus propósitos se hubiesen perdido. Estaba solo con ella. ¡Todo era... ella...!

–Has ansiado salir de tu limitado espacio –dijo la mujer–. Tú no me conoces... Sin embargo, piensa como si yo fuese el Mundo... la vida...

La barca se deslizó con lentitud hacia la corriente, pero cuando hubo llegado al centro del agua su velocidad aumentó hasta que, finalmente, se precipitó río abajo impulsada por los remos de los mudos y negros esclavos... ¡Se acabó! Perdidos estaban los pensamientos de gloria y honor. Olvidada la paz del hogar paterno... ¡Paz de mi corazón!... ¡Perdida! ¡Perdida...!

Se quedó recostado a sus pies, su cabeza descansaba en su regazo. Su mano jugaba con sus rizos, ella le susurraba palabras al oído... Con los ojos cerrados, ignoraba el destino al que ella lo conducía. En esos momentos, él únicamente vivía bajo el hechizo mágico de su voz. Al abrir los ojos, vio encima suyo el negro cielo nocturno engalanado con el esplendor de las estrellas de Oriente. 

Vio inclinarse sobre sí su hermoso y magnífico rostro, entonces pálido bajo la luz de la Luna; miró muy de cerca sus ojos negros, semejantes al destello de las estrellas. Entonces se estremeció, estaba convertido en un niño carente de voluntad. Nada de él había quedado. ¡Todo era ella!

–¡Soy tuyo! ¡Soy tuyo! –murmuró, mientras ella sonreía.

–¡Ahora te conozco! –dijo él–. Eres la mágica reina Labe, la reina de los espíritus. Tú eres la vida, la libertad. Tú eres... ¡Ay, me vas a matar, lo sé, pero me amas... una noche... una hora!

Ella sonreía mientras la barca proseguía su rumbo.

Maravillosas son las noches de verano a orillas del Tigris...

Donde el Diala del desierto mezcla sus tibias aguas con las del gran río, un pobre pescador sacaba sus redes desde la orilla; sin prestarle mucha atención a sus presas, las dejaba caer sobre la tierra. Más tarde, vio en una olla del río flotar un cadáver hasta que quedó atrapado en un juncal de la orilla...

–Alá –exclamó el hombre–. ¡Qué joven y hermoso! –meneó la cabeza al arrastrar el cuerpo hacia la orilla.

Era notorio que estaba acostumbrado a semejantes cosas. Con ávida mano, despojó al cadáver de sus vestidos y le extrajo la daga del corazón. Desvalijado de esa manera, el pescador lo devolvió a las aguas con una patada.

–¡Vete! –dijo–. ¡Que Alá guíe tu alma al lugar de la piedad!

El cadáver siguió flotando hacia Seleusis, a la cual los fieles de hoy llaman Al-Modaín. Y paz de mi corazón.

–¿Qué le ocurre, señorita Lida? –exclamó el científico, levantándose precipitadamente y un tanto asustado.

–¡Luz, luz! –gimió la cantante con un miedo indescriptible en su voz–. ¡Por Dios, enciendan la luz!

Ninguno de los allí presentes se había dado cuenta de que, durante el fantástico relato del médico, había caído por completo la noche.

–¿Qué ha hecho usted, Hagen? –exclamó Ostermeier–. ¡Oh, Isis y Osiris! Esto sucede cuando uno escucha tales cuentos de fantasmas...