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El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 1)

La historia que voy a contar es verdadera. Yo respondo personalmente de ello: conocí a todos sus actores y mi relato será lo más fiel posible al sucesivo desarrollo de los acontecimientos que perturbaron y enlutaron a una honorable familia de Dublín. 

A finales del siglo pasado, es decir, a finales de 1790, un tal capitán Barton se instaló en nuestra ciudad, de la que su familia era oriunda. Había servido muy honorablemente en los rangos de la marina real, y durante la guerra de América comandó una fragata. 

Cuando se retiró tenía poco más de cuarenta años y los que le conocían bien estaban de acuerdo en afirmar que era de trato agradable, aunque sujeto a veces a ciertos cambios de humor.

Sea lo que fuere, tenía la reputación de un perfecto gentleman y ni su tono ni sus modales recordaban su historia de marino. Por el contrario, iba siempre elegantemente vestido y se expresaba como un hombre de mundo. Físicamente, era buen mozo, sólido, con un rostro grave, serio, reflexivo, una amplia frente que denotaba una gran inteligencia. De este modo, la perfecta honorabilidad de su nombre, su excelente reputación, así como su fortuna, le daban acceso a los medios más aristocráticos de Dublín.

A pesar de la importancia de sus ingresos, el capitán Barton vivía con sencillez: moraba al sur de la ciudad, en un barrio elegante. El servicio de su casa estaba compuesto por un caballo y un solo sirviente. Se sabía que era ateo, pero su existencia estaba muy lejos de la de un libertino: no practicaba ninguno de los vicios de moda, bebía moderadamente, jamás tocaba las cartas y pasaba la mayor parte de su tiempo en casa, leyendo o soñando. No se le conocían compañeros favoritos como tampoco amigos íntimos, y cuando aceptaba una invitación, se le veía pasear por los salones observando a la gente como un filósofo. Raramente participaba en las conversaciones.

Tenía, pues, la reputación de una persona honesta, ordenada, nada malversadora, poco inclinada a los placeres de la sociedad. Se decía que, dada su prudente conducta, lograría desbaratar las trampas que le tendían las madres con hijas casaderas. Añadían que, por lo que a esto respecta, llegaría a viejo, moriría muy rico y dejaría sus bienes a una obra de caridad.

Pongamos en claro que todos los que se dedicaban a predecir el futuro se equivocaban fundamentalmente en cuanto a las intenciones del excelente capitán Barton. Tuvieron la prueba de ello cuando miss Montague, muchacha cabal y de la mejor sociedad, hizo su entrada en el gran mundo. Esto ocurrió, recuerdo, en casa de la vieja lady L..., tía de miss Montague.

La muchacha era encantadora, y, además, poseía una inteligencia poco común en las jóvenes de su condición. La mimaron, pero su popularidad no pasaba de ahí y, si bien esto halagaba agradablemente su vanidad, no acababa de solucionar sus problemas, y ya empezaba a preguntarse si se convertiría en una solterona. 

En efecto, no poseía nada aparte de sus atractivos personales y ningún pretendiente se le declaraba. Así estaba la situación cuando el capitán Barton le pidió la mano. Es fácil adivinar la sorpresa que esta novedad causó, tanto debido a la pobreza de miss Montague como a la famosa misoginia del antiguo marino.

Naturalmente, lady L... admitió a Barton y extendió por todas partes la noticia de los esponsales: su sobrina aceptó con la sola condición de que el general Montague, su padre, consintiera en ello. El general era aguardado de una semana a otra, de regreso de las Indias. No era equivocado suponer la poca importancia de esta demora, pues el viejo Montague, se decía, sería muy feliz de casar a su hija sin dote, y Barton era muy aceptable como futuro esposo. Así se llegó a considerar al capitán y a la muchacha decididamente prometidos.

En consecuencia, lady L..., que respetaba el viejo código de la costumbre, sacó a su sobrina del torbellino de la vida mundana; es sabido, en efecto, que está muy bien visto enseñar por todas partes a las muchachas casaderas, llevarlas de baile en baile y de fiesta en fiesta hasta que un joven, o un hombre no tan joven, gentleman, se propone desposarlas. A partir de este momento se encierra a la muchacha hasta el día de su boda. 

Sin ser adivino, podemos suponer lo que opinan las damiselas de este trato. Es muy posible que miss Montague no fuera la excepción de la regla y que en el fondo de su corazón maldijera a su tía por alejarla de placeres a los que, a fe mía, empezaba a estimar. Pero como era una chica bien educada, lo aceptó sin protestar. Y desde entonces, Barton tomaba a menudo el camino de la mansión de lady L... A veces almorzaba allí y se le atendía con todos los cuidados con que se trata a un novio... por el miedo a que no cambie de opinión.

Lady L... vivía en una bonita casa situada en el norte de la ciudad, en el lado opuesto al lugar en que vivía el capitán. La distancia que separaba las dos casas era considerable, pero el capitán la recorría, por placer, a pie. Y en particular cuando regresaba a su casa al atardecer. Se marchaba solo, en el calmo anochecer, y tomaba el camino más corto, lo que le obligaba a pasar por una calle nueva, larga y desierta, cuyas casas estaban en su mayoría por terminar.

Una noche, pocos días después de ser admitido oficialmente como novio de miss Montague, el capitán Barton permaneció más tiempo de lo acostumbrado en casa de lady L... Más tarde supe que la discusión había versado sobre cuestiones religiosas y, en especial, sobre las pruebas de la existencia de Dios. Por lo que a esto respecta, Barton mantenía las opiniones de los filósofos franceses ateos y las dos damas no estaban lejos de seguirlo; si bien no compartían totalmente su falta de religión, no veían en ello un motivo suficiente para romper los proyectos matrimoniales. Y, de todas formas, lady L... estaba demasiado empeñada en casar a su sobrina para detenerse ante problemas tan secundarios como entonces le parecían los problemas metafísicos.

La conversación se había desviado hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Ante estos temas, Barton había aplicado el mismo escepticismo distinguido que a los precedentes. En este punto debo decir que el capitán era completamente sincero, que su ateísmo y su incredulidad eran para él como una fe negativa y que, en suma, lo menos curioso de la curiosa aventura que he empezado a relatar, no es realmente el hecho de que le ocurriera precisamente a Barton, que negaba cualquier influencia sobrenatural.

El capitán se retiró bastante más tarde de las doce y se fue solo en la noche. Al fin llegó a la nueva calle de la que he hablado. La atmósfera estaba impregnada de una niebla que la luna hacía lechosa; todo era calma y silencio. Barton sentía una punzante sensación de aventura y hacía sonar sus tacones fuerte y claro sobre el pavimento. Quizá hacía cinco minutos que andaba por la calle desierta cuando oyó un ruido de pasos tras de sí.

Barton era un hombre valiente, muchas veces lo había demostrado, pero es muy incómodo sentirse seguido cuando uno camina, por la noche, en un lugar apartado. Se volvió para ver quién le seguía. Ya lo he dicho, había luna llena y se podían distinguir sin dificultades los objetos en esa pálida luz. Pero Barton no alcanzó a distinguir nada, ni hombre, ni animal, y ni siquiera una forma indefinida.

Por un momento pensó que debía ser el eco de sus propios pasos; quiso experimentarlo y martilló el suelo con el tacón, pataleó. Inútil. El aire de la noche no le devolvía ruido alguno. Podía inquietarse, pero no lo hizo e imaginó simplemente, como persona de carácter que era, que había creído oír algo que en realidad no había oído. No era muy propio de él, pero a falta de mejor explicación, aceptó esta como la más racional y reemprendió el camino. Y volvió a empezar, tap-tap-tap, el ruido de pasos volvía a oírse tras de sí.

El capitán Barton, como era persona bien educada, no renegó y se contentó con aguzar más el oído. Los pasos aumentaban o disminuían según un ritmo muy distinto de la marcha del capitán. Comprendió que no podía tratarse del eco, y furioso a la vez que desconcertado, Barton se volvió de nuevo, pero como la primera vez, la calle estaba totalmente desierta. 

Entonces volvió sobre sus pasos, escrutando cada zona de sombras con la esperanza de descubrir al bromista de mal gusto que se burlaba de esta manera de él y de hacerle sentir el peso del bastón en sus espaldas. Pero fue inútil dar vueltas, girar, buscar; no descubrió nada, absolutamente nada.

Por más racional y librepensador que fuera, el excelente Barton sintió que un ligero terror supersticioso le empezaba a dominar. Esto le desagradaba profundamente, pero nada podía contra la angustia misteriosa e incómoda que ahora le atrapaba por el cuello. Dio media vuelta y reemprendió el camino hacia su casa. El silencio le acompañó hasta que llegó al mismo lugar donde se había detenido anteriormente. Desde allí, los pasos volvieron a oírse. El invisible perseguidor parecía correr como si deseara alcanzar al capitán, que cada vez entendía menos lo que pasaba y se inquietaba más por ello.

Volvió a inmovilizarse, se sentía demasiado incómodo y cedió a las absurdas ganas que tenía de gritar:

—¡Dejaos ver, por todos los diablos! —gritó.

El silencio fue la única respuesta y Barton empezó a dudar seriamente de sus sentidos. Se puso nervioso y tuvo que hacer un violento esfuerzo para no ponerse a correr y continuar caminando al mismo paso. Para mayor alivio, su misterioso seguidor le abandonó al final de la calle, y pudo, sin más problemas, volver a su casa.

Una vez sentado tranquilamente en un buen sillón al lado de la chimenea, en la que quemaba un buen fuego, se puso a reflexionar sobre aquella aventura. Progresivamente recuperaba su equilibrio y determinó que había sido el juguete de una alucinación. Por otra parte, estaba demasiado orgulloso de su incredulidad para aceptar la hipótesis de una intervención sobrenatural.

El capitán se levantó bastante tarde a la mañana siguiente y, saboreando su desayuno, pensaba en su aventura con la indiferencia divertida que a veces sentimos, durante el día, cuando evocamos nuestros temores nocturnos. Su sirviente entró sin hacer ruido —tenía órdenes muy severas a este respecto—, puso cerca de su plato una carta y se retiró tan silenciosamente como había entrado.

Barton observó el sobre unos minutos; no tenía nada de particular, la escritura no le recordaba a nadie, aunque parecía expresamente disfrazada. El capitán dudó unos momentos y luego abrió el sobre y leyó la carta que decía lo siguiente:

«Queremos prevenir al capitán Barton, antiguo comandante del Dolphin, que un gran peligro le amenaza. Si es prudente renunciará a pasar por la calle nueva; de no ser así se arriesga a caer en una trampa. Es importante que el señor Barton haga caso seriamente de esta carta, pues puede temerse cualquier cosa del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS.»

Barton hizo una mueca de incomprensión, se encogió de hombros, volvió a leer la carta y la observó detenidamente. Su examen no le descubrió nada nuevo y el sello que había cerrado el sobre no le reveló ningún indicio; sólo era un trozo de cera con la huella de un pulgar.

El capitán, incitado por este desagradable misterio, elaboró mil suposiciones. Realmente no se imaginaba quién podía haber escrito esta incoherente misiva, cuyo autor, al mismo tiempo que le ponía en guardia, le daba a entender que era a él, el firmante, a quien debía temer. Por otra parte, el hecho de que el mensaje le recordara su penosa aventura nocturna acababa por inquietar al excelente Barton. No obstante, no dijo nada de ello a nadie, ni siquiera a su prometida. Podemos suponer con toda lógica que era su orgullo de librepensador el que le hacía callar. 

El capitán Barton podía suponer que, después de sus profesiones de fe de ateísmo, de racionalismo y de librepensamiento, miss Montague tendría fundamento para burlarse de sus terrores nocturnos y del miedo supersticioso que se amparaba de él cuando pensaba en la carta del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Y no quería ser el objeto de las burlas de la muchacha, primero porque tenía fama de criticona y luego porque ello habría disminuido, sin duda, el prestigio del futuro esposo.

Con el transcurso del tiempo, acabó por considerar todo aquello como una broma de mal gusto, aunque, no obstante, no podía volver a encontrar la tranquilidad de espíritu que, no hacía mucho, le era propia. Por otra parte, durante muchos días, evitó la nueva calle... Una semana más tarde, aconteció un nuevo incidente que despertó en Barton las desagradables sensaciones que había sufrido.

Aquella noche volvía del teatro, había acompañado a lady L... y a su sobrina al coche y caminaba en compañía de algunas personas conocidas. Se despidió de ellas cerca de los austeros edificios de la Universidad y continuó solo el camino. Quizá era la una de la madrugada; todo estaba quieto y desierto alrededor de Barton, que andaba de prisa. 

Ya antes de despedirse de sus compañeros había tenido la impresión de que le seguían. Furtivamente había mirado hacia atrás, más o menos consciente de que aquello volvía a empezar, que volvería a ser perseguido sin saber por quién. Esperaba ver algo, lo que le habría tranquilizado, pero no había visto nada.

Y ahora que estaba solo, se sentía cada vez más nervioso, cada vez más aterrorizado. Dado que el ruido de pasos era cada vez más fuerte, más insistente. Durante todo el rato que siguió a los muros que rodean el parque de la Universidad, los pasos le siguieron. Muchas veces se volvió sin ver tras de sí nada más que el creciente de luna que parecía provocarle.

Barton estaba bajo una tensión nerviosa tan intolerable que incluso cuando llegó a su casa no pudo calmarse y permaneció en pie toda la noche, recorriendo su mesa de trabajo de arriba abajo. 

Hasta el amanecer no se acostó; durmió muy mal, con un pesado sueño entrecortado por horribles pesadillas, y fue despertado por su sirviente, que le traía el correo. Una de las cartas llamó su atención; conocía demasiado bien la escritura del sobre. La abrió temblando:

«Os será tan difícil huir de mí como de vuestra sombra. Os veré tantas veces como me plazca, cuando y allí donde yo quiera, y no podréis hacer nada para evitarlo. Y también usted, capitán Barton, me verá: no me escondo como parece que creéis. De todas formas, esto no debe impediros dormir, ya que si tenéis la conciencia tranquila, ¿por qué habríais de tener miedo del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS?»

Me parece completamente inútil insistir sobre lo que debería pensar en estos momentos el excelente Barton. Durante los siguientes días, la gente se dio cuenta de que el capitán parecía terriblemente sombrío y preocupado, y ello se atribuyó a su futura boda y a la angustia que podría sentir por pensar en su casi difunta tranquilidad de soltero. Naturalmente se equivocaban, y era desconocer por completo a Barton atribuirle estas absurdas ideas, pero la explicación pareció suficiente y no se habló más de ello.

En cuanto a la causa de estas suposiciones gratuitas, estaba terriblemente preocupado, pues se decía si era posible hacer el ruido de pasos gracias a una ilusión cualquiera de los sentidos debida, por ejemplo, a un abuso de té verde; de todos modos, tenía que ser una mano tan real como malévola la que escribió las dos cartas. 

Y, por otra parte, el hecho de que las cartas en cuestión llegaran inmediatamente después del ruido de pasos parecía algo más complicado que una pura y simple coincidencia. Cuando pensaba en ello, Barton se acordaba confusamente de ciertos episodios de su vida pasada que asociaba, a pesar de todo, a la inexplicable serie de acontecimientos que se cernían sobre él.

Felizmente (¿es exacta la palabra?) para el pobre hombre, un importante asunto llegó en el momento adecuado para distraerle, junto con la idea de su próximo matrimonio, de una preocupación que amenazaba con convertirse en idea fija. Se trataba de un asunto inmobiliario que se demoraba desde hacía tiempo y que, de repente, parecía que iba a resolverse muy de prisa. De este modo, Barton se encontró sumergido en un torbellino de visitas, de gestiones, de reivindicaciones que lo alejó de sus problemas. Su mal humor cedió el puesto a su acostumbrada ecuanimidad.

No obstante, durante este feliz período, volvió a escuchar los pasos que no hacía mucho le habían trastornado, pero como sólo se oían débilmente y no recibió ninguna carta, se rió de sus antiguos terrores y se ocupó únicamente de las cosas serias.

No conozco mucho a Barton, pero teníamos un amigo común que era diputado, y una noche nos dirigimos los tres al Parlamento. Esta fue una de las raras veces que tuve ocasión de encontrarme con el capitán. Parecía preocupado y contestaba al margen las preguntas que le hacía el diputado respecto a su asunto. Lanzaba furtivas miradas hacia atrás y mantenía una hosca expresión. Mucho más tarde, me enteré de que había oído los misteriosos pasos que le siguieron a lo largo de nuestro camino. También supe que en aquella ocasión, por última vez, fue la desgraciada víctima de aquella persecución.

Pero esto lo supe el mismo día, y no comprendí en absoluto de qué podía tratarse. Llegábamos a los alrededores de la Universidad cuando un individuo, al que recuerdo muy mal, se acercó a nosotros murmurando algo sin cesar. Me acuerdo de que era bajo, de que parecía extranjero y de que llevaba un gorro de marino de piel y de que lo tomé por un loco al ver la extrema agitación que parecía poseerle. El hombre se dirigió a Barton, se detuvo ante él, lo miró malévolamente y luego se marchó a paso rápido. 

Lo que me sorprendió de esta escena no fue tanto el físico vulgar del individuo ni su insolencia ante el capitán, sino la especie de impresión malhechora y peligrosa que se desprendía de su persona. Pero, e insisto en este punto para que se me entienda bien, todo esto me afectó muy poco... como si esta maledicencia y peligro no me concernieran lo más mínimo. Sólo me quedaba la impresión de haberme encontrado con un enfermo mental.

Por ello me quedé muy sorprendido del efecto que este encuentro había producido en el bueno de Barton, del que conocía su reputación de valiente y de persona con sangre fría. Se puso a temblar de arriba abajo, me cogió del brazo y dio un paso atrás cuando el otro se detuvo ante él. Los dedos del capitán se hundían en mi carne; me hacía un daño espantoso. El desconocido se marchó, Barton me soló, se lanzó tras de él, pareció cambiar de idea y se sentó en un banco. Una espantosa expresión de horror dominaba sus rasgos.

Nuestro amigo, el diputado, se precipitó hacia él:

—Por todos los diablos, amigo mío, ¿qué os sucede? ¿No os encontráis bien?

Barton pareció no oírle, y murmuró:

—¿Qué decía? ¿Qué decía? No le pude oír...

El miembro del Parlamento se encogió de hombros:

—Me pregunto qué pueden importarnos las palabras de este individuo; está completamente loco, es evidente, y usted, Barton, no está bien. Voy a llamar un coche...

El capitán hacía visiblemente grandes esfuerzos para recuperar su equilibrio y, cuando habló, fue con una voz casi anormal:

—Ya ha pasado, amigos míos, estoy mucho mejor... ¡Demasiado trabajo por culpa de este asunto de propiedades! No sé lo que me ha pasado. Los nervios, sin duda. Continuemos el camino.

El diputado se negó e invitó a Barton a volver a su casa para descansar. Nosotros lo podíamos acompañar, si lo deseaba. Insistí en este sentido, ya que, además, el capitán parecía dispuesto a dejarse convencer. No obstante, rehusó nuestra proposición de acompañarlo hasta la puerta de su casa y se marchó solo, todavía con pasos inseguros.

Como quizá se ha adivinado leyendo mi relato, mis relaciones con el miembro del Parlamento no eran tan familiares como para hablar de la curiosa aventura de la que acabábamos de ser testigos, pero me di cuenta, por el aire que tenía, que estaba tan intrigado como yo y que las torpes justificaciones del capitán no le habían convencido más que a mí. Por lo que a mí respecta, la cosa no me parecía nada clara.

Por educación, al día siguiente visité a Barton para preguntar por su salud. Cuando interrogué a su sirviente, me dijo que estaba todavía en cama, pero que consideraba que iba a curarse muy pronto. El mismo día, el capitán hizo llamar a un célebre médico, el doctor Rowlands. Más tarde me explicaron que la consulta fue bastante curiosa.

(CONTINUARÁ...)

Te reconocería en cualquier parte - Edward D. Hoch


16 de noviembre de 1942

Desde lo alto de la duna no se podía ver nada en ninguna dirección... nada, excepto la imperturbable y siempre cambiante monotonía del desierto africano. Contrell se limpió la arena, mezclada con el sudor de su rostro, e hizo una seña a los otros para que avanzaran. El tanque, un enorme monstruo enfermo que solo deseaba que lo abandonaran para morir, se puso lentamente en movimiento, arrojando pulverizados chorros de arena por entre sus cadenas.

—¿Has visto algo? —preguntó Grove, acercándose a él por detrás.

—Nada. No hay alemanes, ni italianos, ni siquiera árabes.

Willy Grove se descolgó la carabina de su hombro.

—Deberían estar por aquí. Nuestros aviones de reconocimiento los han localizado siguiendo este camino.

—Con la vieja «Bertha» tal y como está —gruñó Contrell—, será mejor que no nos encontremos con ellos. Seis hombres y un viejo tanque armado contra el orgulloso Afrika Korps de Rommel.

—Pero recuerda que ellos se están retirando, y nosotros no. Quizá estén dispuestos a rendirse.

—Claro que pueden estarlo —asintió Contrell dudosamente.

Solo hacía un mes que conocía a Willy Grove —su nombre completo era Willoughby McSwing Grove, imposible de pronunciar—. Lo conocía desde que lo había encontrado poco antes de la invasión del norte de África. 

Su primera impresión fue que era un hombre como él, arrojado en sus primeros veinte años a una guerra imposible que amenazaba con envolverlos a todos en sangre y llamas. Pero, a medida que transcurrieron las semanas, fue surgiendo gradualmente un Willy Grove diferente; una persona que ahora estaba cerca de él, explorando con cuidado el vacío valle lleno de arena que se extendía ante ellos.

—¡Maldita sea! ¿Dónde estarán?

—Parece como si estuvieras listo para entablar batalla. ¡Demonios! Creo que si los veo venir echaré a correr en dirección contraria —Contrell cogió los restos de un arrugado y casi vacío paquete de cigarrillos—. Una duna arenosa, cerca de la frontera con Túnez, no es el lugar más adecuado para un par de cabos.

Grove se sentó en cuclillas, dejando la carabina ligeramente apoyada contra su rodilla.

—Estás en lo cierto... al menos sobre lo de ser cabos. Ya sabes lo que he estado pensando durante estas últimas semanas... Si regreso de una pieza a Estados Unidos, voy a ingresar en la academia militar para convertirme en oficial.

—Ya has encontrado un hogar.

—Ríete si quieres. Un tipo como yo puede hacer cosas mucho peores para vivir.

—Claro. Podrías robar bancos. ¿Qué demonios hacen los oficiales de un ejército cuando no hay ninguna guerra?

Willy Grove pensó un momento en aquella pregunta.

—No te preocupes. Va a haber una guerra en alguna parte durante un largo tiempo, quizá durante el resto de nuestras vidas.

—¿Crees tú que Hitler resistirá tanto?

—Hitler, Stalin, los japoneses. Siempre habrá alguien, no te preocupes.

Contrell dio otra chupada a su cigarrillo y de repente observó con toda su atención. Había algo que se movía sobre la cima de una de las dunas, algo...

—¡Mira!

Grove sacó sus prismáticos.

—¡Maldita sea! Está bien, son ellos. Todo el podrido ejército alemán.

Contrell arrojó su cigarrillo y se dejó caer por la duna para decírselo a los otros. El oficial al mando era un capitán que conducía el moribundo tanque como si fuera su tumba. Miró hacia el suelo mientras Contrell le informaba y después dio una orden tajante.

—Llevaremos a «Bertha» a lo alto de la duna y nos dejaremos ver. Pueden pensar que tenemos muchos más por aquí y largarse.

—A la orden, señor.

Y entonces, Contrell pensó que también podían enviarle al infierno.

Cuando el herido monstruo de acero estuvo situado en posición, el primero de los tres tanques alemanes ya estaba a tiro. Contrell observó cómo los grandes cañones se enfilaban uno al otro... dos gigantes inútiles, capaces únicamente de destruir. Se preguntó cómo sería el mundo si los cañones también tuvieran el poder de reconstruir. 

Pero tuvo poco tiempo para pensar en aquello o en cualquier otra cosa antes de que el cañón alemán rebufara con un destello de fuego, seguido, un instante después, por la sorda onda de sonido que los alcanzó. Una eclosión de arena y humo llenó el aire a su izquierda cuando el proyectil cayó cerca de su objetivo.

—¡A tierra! —gritó Grove—. ¡Nos han localizado!

La vieja «Bertha» devolvió el fuego, errando el tiro por muy poco contra el tanque más cercano. Pero el número y la potencia de fuego estaban en contra de ella. El segundo proyectil alemán explotó contra las cadenas de la izquierda, y el tercero dio contra la torreta. «Bertha» estaba prácticamente muerta. Alguien lanzó un grito... Contrell pensó que podía haber sido el capitán.

Grove estaba tendido sobre la arena a unos metros de distancia.

—Esos malditos trastos son como ataúdes de hierro —dijo, notando el olor de la carne quemada.

Contrell empezó a levantarse.

—¿Ha quedado alguien con vida?

—Nadie. ¡Échate a tierra! Vienen en esta dirección.

—¡Dios! —aquello fue como una oración en labios de Contrell—. ¿Qué hacemos?

—No te muevas. Ya saldremos de esto de algún modo.

Dos de los tanques enemigos permanecieron inmóviles en la distancia, mientras que el tercero empezó a acercarse. Sobre la parte de atrás había dos soldados alemanes, que saltaron a tierra echando a correr. Uno de ellos llevaba un rifle y el otro lo que parecía ser una pistola ametralladora. Contrell puso su cuerpo en tensión, en espera de los probables disparos, manteniendo su rostro casi enterrado en la arena.

El comandante del tanque alemán apareció en la torreta, gritando algo. El soldado que llevaba la pistola ametralladora se volvió... y de pronto Willy Grove se puso en pie. Su carabina traqueteó casi como una ametralladora, alcanzando al alemán por la espalda. Con su mano izquierda, lanzó una granada hacia el tanque y después se lanzó contra el segundo alemán antes de que este pudiera elevar su arma.

La granada explotó lo bastante cerca como para dejar fuera de combate al oficial y Contrell empezó a moverse. Corrió en zigzag hacia el vehículo alemán, sabiendo que Grove estaba justo detrás de él, corriendo.

—Los he alcanzado a los dos —gritó Willy—. ¡Quédate abajo!

Subió al vehículo, apartó al moribundo oficial de lo alto de la torreta y disparó una rociada de balas al interior del tanque. Después, hizo girar la ametralladora del calibre 50.

—¡Espera! —gritó Contrell—. ¡Se están rindiendo!

En efecto, se rendían. Las tripulaciones de los otros dos tanques estaban abandonando sus vehículos y empezaban a avanzar hacia ellos, a través de la arena, con los brazos en alto.

—Supongo que ya están hartos de guerra —dijo Grove, apuntando la ametralladora hacia ellos.

—¿No lo estamos todos?

Grove esperó hasta que los ocho hombres se encontraron a unos treinta metros de distancia. Entonces, su dedo apretó el gatillo y una repentina rociada de balas salpicó toda la zona. Los alemanes, totalmente sorprendidos, trataron de dar media vuelta y echar a correr, pero murieron así, de pie.

—Pero ¿qué demonios has hecho? —gritó Contrell, subiendo al tanque y colocándose junto a Grove—. ¡Se estaban rindiendo!

—Quizá sí; quizá no. Podían haber tenido granadas escondidas bajo los brazos o algo. No se pueden correr riesgos.

—¿Te has vuelto loco o algo así, Grove?

—Estoy vivo, y eso es lo que importa —Grove saltó del vehículo, cayendo a tierra de pie, con un movimiento fácil y seguro—. Daremos nuestra propia versión de la historia, muchacho, y terminaremos con medallas.

—¡Los has asesinado!

—Eso es lo que se hace en la guerra —dijo Grove tristemente—. Se los mata, y después se recogen las medallas.

 

 30 de noviembre de 1950

Corea era un país lleno de colinas y de sierras, con una tierra demasiado pobre para arar y en la que resultaba imposible combatir. El capitán Contrell la vio por primera vez con una mezcla de resignación y de desesperación, pensando únicamente en la facilidad con que toda su compañía podría ser eliminada sin tener la menor oportunidad de defenderse contra un ejército mucho más familiarizado con el terreno.

Ahora, mientras noviembre hacía que las fáciles victorias del otoño se convirtieran en las amargas derrotas del invierno, tuvo buenas razones para recordar aquellas primeras impresiones. Los chinos habían empezado a tomar parte en la lucha y a cada hora que pasaba llegaban nuevos informes de todo el valle de Chongchon, indicando que su número no solo se podía contar por miles, sino por cientos de miles. La palabra que estaba en la mente de todo el mundo, aunque nadie se atreviera a pronunciarla, era «retirada».

—Nos echarán al mar, capitán —le dijo a Contrell uno de sus sargentos.

—Ya está bien de hablar de eso. Reúna a los hombres por si tenemos que largarnos rápido. Compruebe la colina 314.

Las colinas eran tan numerosas y anónimas que habían tenido que numerarlas de acuerdo con su altura. Solo eran lugares para morir y, para los hombres que estaban ante sus armas, todas eran iguales.

Algunos tanques, cubiertos de barro helado, rodaban atravesando la neblina de la mañana, retirándose. Contrell se plantó ante el vehículo que iba en cabeza y le hizo señas para que se detuviera. Entonces vio que se trataba de cañones autopropulsados «Bofors» de 40 milímetros, un arma antiaérea que había sido utilizada con efectividad como apoyo a la infantería. Como consecuencia de la distancia y de la neblina, le habían parecido tanques y, en realidad, lo eran para todos los propósitos prácticos.

—¿Qué demonios ocurre, capitán? —le espetó una voz.

—¿Puede llevar a algunos hombres con usted?

El oficial saltó a tierra y Contrell observó algo en aquel movimiento que le recordó repentinamente una escena desértica, ocho años antes.

—¡Willy Grove! ¡Que me condenen si no eres tú!

Grove pestañeó con rapidez, pareciendo enfocar más nítidamente con sus ojos y, por la insignia de su cuello, Contrell se dio cuenta de que ahora era mayor.

—Bien, Contrell, ¿no es eso? Me alegro de volver a verte.

—Hace ya mucho tiempo; desde África, Willy.

—Mucho más frío aquí, ya lo sé. Pensé que habías abandonado el ejército después de la guerra.

—Lo abandoné durante tres semanas y no pude resistirlo. Supongo que esta vida militar se le mete a uno en el cuerpo al cabo de un tiempo. ¿Qué tal van las cosas por allá delante?

El rostro de Grove se ensombreció.

—Si fueran algo bien, ¿crees que estaríamos siguiendo este camino?

—¿Te retiras por el paso?

—Es el único camino que queda. He oído decir que los chinos también están a punto de cortarlo.

—¿Podemos retirarnos sobre sus vehículos?

Grove se rio entre dientes y dijo:

—Claro. Podéis coger las granadas y dejarlas aquí —se dio una palmada en la pistola del calibre 45 que llevaba al cinto, como si fuera su cartera, y añadió—: Subid a bordo.

Contrell dio una orden seca a su sargento y esperó hasta que la mayor parte de sus mermadas fuerzas encontraran hueco en los vehículos. Después, él mismo subió al «tanque» del mayor Grove. En la distancia de la mañana pudieron escuchar el loco sonar de las cornetas, lo que normalmente significaba otro avance chino.

—Están cerrando la trampa —dijo.

—Todo es como te lo dije una vez —dijo Grove, asintiendo—. La lucha nunca termina. Sin embargo, nunca supuse que tendríamos que luchar contra los chinos.

—¿No te gusta luchar contra los chinos?

—No hay ninguna diferencia —dijo el mayor, encogiéndose de hombros—. Los chinos mueren como cualquier otra persona. Incluso con más facilidad cuando están drogados con eso que suelen fumar.

La columna se introdujo en el paso, la única ruta que aún quedaba abierta hacia el sur. Pero casi inmediatamente se dieron cuenta de que las colinas y tramos boscosos que había a ambos lados de la carretera estaban llenos de enemigos que les esperaban. Contrell miró hacia atrás y vio cómo su sargento se doblaba y caía al suelo, con el cuerpo casi cortado por la ráfaga de una ametralladora camuflada. Ante ellos, la carretera aparecía cortada por un camión incendiado. Grove se puso de pie para ver mejor.

—¿Podemos rodearles? —preguntó Contrell, respirando con dificultad.

—Rodearles o pasar a través de ellos.

—Se trata de surcoreanos.

Los que aún estaban vivos y eran capaces de correr, salían a toda prisa del camión incendiado y echaban a correr hacia el vehículo de Grove.

—¡Fuera de aquí! —gritó Grove—. ¡Atrás!

Se inclinó hacia abajo y empujó a uno de los surcoreanos que trataba de encaramarse al vehículo, arrojándole sobre la polvorienta carretera. Cuando otro empezó a subir por el mismo sitio, Grove se sacó tranquilamente la pistola del calibre 45 y le metió una bala en la cabeza.

Contrell lo observó todo como si estuviera viendo una vieja película olvidada después de varios años. «Ya he estado antes aquí —pensó, recordando las mismas medallas que compartieron después del episodio de África del Norte—. Los hombres como Grove nunca cambiaban... al menos para mejorar».

—Eran surcoreanos, Willy —dijo tranquilamente, acercando su boca al oído del mayor.

—¿Y qué demonios me importa a mí eso? ¿Acaso se creen que dirijo un maldito servicio de autobuses?

No volvieron a hablar más del asunto hasta que se encontraron viajando hacia el sur, en medio del ejército norteamericano en retirada. Contrell se preguntaba dónde terminaría todo aquello, la retirada. ¿En el mar, en Tokio... o en California?

Se detuvieron a fumar un cigarrillo y Contrell dijo:

—No tenías por qué haber matado a aquel hombre, Willy.

—¿No? ¿Y qué es lo que se suponía que debía hacer? ¿Dejar que subieran ellos y que nos mataran a nosotros allí mismo? Adelante, informa si quieres. Conozco muy bien mi ley militar, y también conozco mi ley moral. Ocurre lo mismo que con el bote salvavidas cuando está abarrotado.

—Creo que lo que a ti te gusta es matar.

—¿Y a qué soldado no le gusta?

—A mí.

—¡Demonios! Entonces, ¿por qué estás aquí? ¿Por diversión o por juego?

—Creí que podría hacer algo para ayudar al mundo a mantenerse en paz.

—El único medio de mantener el mundo en paz es matando a todos los que causan problemas.

—¿Y aquel soldado causaba problemas?

—Para mí sí, aunque solo fuera en aquel momento.

—Pero tú disfrutaste haciéndolo. Casi podía verlo en tu rostro. Fue lo mismo que en el norte de África.

El mayor Grove se volvió, apartando el rostro.

—Conseguí una medalla por lo de África del Norte, compañero. Eso me ayudó a convertirme en un mayor.

—Sí, dan medallas por matar —asintió Contrell con tristeza—. Y creo que a veces no les interesa saber muchos detalles.

Alguien dio una orden y Grove arrojó el cigarrillo.

—Vamos, muchacho. No te preocupes por eso. Nos vamos.

Contrell asintió y le siguió. Y una vez, solo una vez, se volvió para mirar el camino por donde habían venido... 

 

 24 de agosto de 1961

Hacía solo tres horas que el mayor Contrell se encontraba en Berlín cuando escuchó mencionar el nombre de Willy Grove en una conversación mantenida en el club de oficiales. Quien hablaba era un capitán ligeramente borracho al que le gustaba aparentar que había estado defendiendo Berlín de los rusos desde que terminó la guerra.

—Grove —dijo, con un ligero tono de respeto en su voz—. Coronel Willoughby McSwing Grove. ¡Ese es su nombre! Dicen que se convertirá en general antes de que termine el año. ¡Si hubierais visto cómo se enfrentó a aquellos rusos la semana pasada! ¡Si lo hubierais visto!

—He oído decir que estaba en Berlín —le dijo Contrell sin mayor comentario—. Lo conozco de los viejos tiempos.

—¿Corea?

Contrell asintió y añadió:

—Y el norte de África, hace casi veinte años, cuando todos nosotros éramos un poco más jóvenes.

—No sabía que hubiera luchado en la Segunda Guerra Mundial.

—Eso fue antes de convertirnos en oficiales.

—Resulta difícil imaginarse al viejo Grove antes de que fuera oficial —dijo el capitán—. Debía haberle visto usted la semana pasada... Estaba allí, de pie, observando cómo construían aquel maldito muro y no tardó en dirigirse en línea recta hacia la línea divisoria. El oficial ruso también estaba allí y se quedaron de pie, uno frente al otro, a solo unos centímetros de distancia, mirándose, en espera de que uno u otro hiciera un falso movimiento. 

El ruso no tardó en volverse y se marchó ¡y que me condene si el viejo Grove no sacó su 45! Por un momento, todos nosotros pensamos que iba a cargarse a aquel comunista, y creo que todos habríamos estado de su parte si se hubiera decidido a hacerlo. 

Ya sabe usted, se pasa uno demasiado tiempo con todo este asunto... ese aumento y disminución de las tensiones... y al cabo de un tiempo solo se desea que surja alguien como el coronel Grove, capaz de apretar un gatillo o un botón y conseguir que todos nos dediquemos de una vez y para siempre al asunto que nos interesa.

—¿El asunto de matar?

—¿Qué otra cosa puede hacer un soldado?

Contrell dejó su copa sin contestar, y preguntó:

—¿Dónde está Grove? ¿Se ha casado ya?

—Si se ha casado, no existe el menor vestigio de esposa. Vive en el edificio del cuartel general, en la base aérea.

—Gracias —Contrell dejó sobre el mostrador un billete arrugado—. Yo pago las bebidas. Me entretuve mucho con su conversación.

Encontró al coronel Grove después de haberle buscado durante una hora. No estaba en su alojamiento, sino en su oficina, observando las calles principales del Berlín Oeste. Su pelo aparecía un poco más blanco y su actitud era un poco más enérgica, pero seguía siendo el mismo Willy Grove. Un hombre que ya estaba en la cuarentena. Un soldado.

—¡Contrell! ¡Bienvenido a Berlín! He oído decir que te habían destinado aquí.

Se estrecharon las manos como dos viejos amigos. Contrell dijo:

—Tengo entendido que has conseguido dominar bastante bien la situación.

—La tenía perfectamente dominada hasta que empezaron a construir ese maldito muro la pasada semana. Casi me cargué a un oficial ruso.

—Ya lo he oído comentar. ¿Por qué no lo hiciste?

El coronel Grove sonrió.

—Me conoces demasiado bien para mentirte, mayor. Hemos pasado juntos algunas cosas. Tú eres el que siempre ha dicho que tengo una cierta debilidad por matar.

—«Debilidad» no es la palabra exacta para definirlo.

—Bueno, da igual. En cualquier caso, eres probablemente el que mejor conoce mis sentimientos en estos momentos. En aquella situación, le podía haber matado. Pero me controlé. Se dice que me van a hacer general, muchacho. Así es que estos días tengo que mantener bien limpia la nariz. Nada de disputas.

—Y yo sigo siendo un mayor. Supongo que no sigo el camino correcto.

—Tú no tienes el instinto de matar, Contrell. Nunca lo tuviste.

El mayor Contrell encendió lentamente un cigarrillo.

—No creo que un soldado necesite tener instinto de matar en estos tiempos, Willy. Pero ya hemos estado discutiendo la misma cuestión desde hace casi veinte años, cada vez que nos hemos visto.

—Y, sin embargo, no la hemos discutido a fondo —dijo Willy Grove sonriendo—. Siento no tener en esta ocasión a nadie a quien matar para ti.

—¿Qué habrías hecho en la vida civil, Willy?

—No lo sé. Nunca he pensado mucho en eso.

—De haber vivido hace cien años, probablemente te habrías convertido en un pistolero en el Oeste. Hace cuarenta años habrías sido un contrabandista de Chicago, con una ametralladora. Ahora, solo te queda el ejército.

Grove sonrió duramente, pero no pareció asombrarse. Se levantó de detrás de la mesa y se dirigió hacia la ventana. Mirando hacia la abarrotada calle, dijo:

—Quizá estés en lo cierto. En realidad no lo sé. Lo único que sé es que he matado a cincuenta y dos hombres en toda mi vida, lo que resulta ser un buen promedio. A la mayor parte de ellos les miré directamente a los ojos antes de disparar. A otros pocos les alcancé por la espalda, como estuvo a punto de pasarle a ese ruso la semana pasada.

—Con eso podrías haber iniciado una guerra.

—Sí. Y algún día quizá lo haga. Si tuviera el poder para... —se detuvo, sin terminar de pronunciar la frase.

—Gracias a Dios, no todos son como tú —dijo Contrell.

—Pero tengo a bastantes de ellos a mi lado. Hay bastantes que saben que el ejército significa guerra, y que la guerra significa muerte. No puedes escapar a ese hecho; no importa lo duramente que lo intentes. No puedes escapar.

Miró al coronel de pelo blanco y recordó al capitán con quien había hablado aquella tarde en el bar. Quizá estaban en lo cierto. Quizá era él el único que estaba equivocado. ¿Acaso había desperdiciado toda su vida persiguiendo un sueño imposible de un ejército sin necesidad de guerra ni de matar?

—De todos modos, seguiré mi camino —dijo.

—Buena suerte, mayor.

Una semana más tarde Contrell oyó decir que un guardia ruso había sido muerto junto al muro durante un intercambio de disparos con la policía del Berlín Occidental. Según una versión de los hechos, un oficial norteamericano había disparado personalmente la bala fatal. Pero a Contrell le fue imposible comprobar la veracidad de este rumor.

 

 5 de abril de 1969

Era el Sábado Santo en Washington, una ciudad expectante bajo un cálido sol primaveral. Los pasillos del Pentágono estaban más vacíos que de costumbre para ser un sábado, y solo había cierta actividad en una oficina situada en el ala occidental del edificio. El general Willoughby McSwing Grove, recientemente nombrado presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, se encontraba en sus oficinas.

El coronel Contrell lo encontró inclinado sobre los cajones de una mesa, distribuyendo y colocando en los lugares adecuados el contenido de un abultado maletín. Levantó la mirada y quedó un tanto sorprendido al ver a su visitante.

—Bien... Contrell, ¿verdad? No te he visto desde hace bastantes años. ¿Coronel? Vas saliendo adelante.

—No tan rápido como tú, general.

Grove sonrió ligeramente, aceptando el comentario como una especie de cumplido.

—Ahora estoy en la cúspide. Un buen lugar para un hombre de mi edad. Tengo todo el pelo blanco, pero me siento muy bien. ¿Tengo el aspecto de siempre, coronel?

—Te reconocería en cualquier parte, general.

—Hay mucho que hacer, muchísimo. He esperado y trabajado durante toda mi vida para alcanzar este puesto, y ahora lo he conseguido. Nuestro nuevo presidente me ha prometido rienda suelta en cuanto se refiera al tratamiento de la situación internacional.

—Pensé que lo haría así —dijo Contrell tranquilamente—. ¿Tienes ya algún plan?

—He tenido planes durante toda mi vida —se dio la vuelta en su cómodo sillón giratorio y se quedó mirando por la ventana hacia la distante ciudad—. Les voy a demostrar para qué sirve un ejército.

El coronel Contrell carraspeó, aclarándose la garganta.

—¿Sabes una cosa, Willy? Me ha costado la mayor parte de mi vida, pero al final me has convencido de que a veces puede ser necesario matar.

—Bien, me alegro de que hayas venido para...

El general Grove empezó a volverse en el sillón y Contrell le disparó una sola bala en la sien izquierda.

Después de haberlo hecho y durante un instante, Contrell se quedó mirando el cuerpo, sin darse cuenta de que el arma se había ido deslizando de sus dedos hasta caer al suelo. En su mente solo había un pensamiento que desplazaba a todos los demás: ¿Cómo podría explicarlo todo en la corte marcial?

Carta a mi hermana - Sivela Tanit

¿Por qué no respondes? ¿Por qué me ignoras? ¿Qué te agravió?

Recuerdo cuando me llevabas a las plazas a comer helado; con el poquito dinero que ganabas, hacías un esfuerzo y me llevabas lejos, a una plaza bonita y nueva, y nos comprabas helados. Yo veía tus ojos orgullosos de podernos dar ese lujo.

Recuerdo cuando salía a las canchas a andar en bicicleta y me ayudabas a que no me cayera; también jugábamos a la pelota. Por ti aprendí a jugar voleibol y fui muy buena en la secundaria.

Recuerdo que me ayudabas a hacer las maquetas que tanto amaban pedir las maestras en la primaria. A veces, la tarea era titánica para mí, que nací sin habilidades manuales, y tú las terminabas y sacabas la mejor calificación.

Recuerdo que me enseñaste a iluminar; eso era algo que me gustaba hacer mucho y estabas contenta. Me explicabas la teoría de los colores y yo me divertía aprendiendo cómo, al mezclarlos adecuadamente, se hacían otros tantos.

Recuerdo los pequeños sacrificios que hacías por mí, para que mamá y papá no se enojaran tanto conmigo cuando fallaba al cumplir con sus reglas (estúpidas). Vivimos muchas cosas juntas.

Recuerdo cuando nació tu bebé, recuerdo cuando se murió tu relación, recuerdo cuando conociste al muchacho que me amaba y recuerdo cómo decidiste ser una viuda sin casarte. Y ahora no me hablas; eso me duele, ¿sabes?, que no me hables.

Mamá lo era todo para ti. Ahora que me ignoras, recuerdo que me cuidaste para que mamá tuviera tiempo de ser una buena esclava para papá: para mantener económicamente a su marido, para aprender un oficio, para cocinar, lavar, aprender a sobrevivir.

Cuando mamá se fue, cansada de todo, y nos dejó con papá, fue un golpe que no pudiste superar. Y nos quedamos a cuidar al hombre que se deshizo de mamá. No pudiste irte con ella porque a mamá no le dio tiempo de despedirse de ti, pero siempre te sentiste culpable de que ella se marchara.

Ahora vives con papá y yo me salí, me fui lejos; pero siempre quise que nos habláramos, pero dejaste de hacerlo y no entiendo por qué. ¿Será que te enteraste de que estoy con mamá? ¿Será envidia? ¿Será tristeza? ¿Será resignación? Quizá la respuesta sea muy simple: nunca me amaste. Ahora creo que entiendo: solo fui la carga que le quitaste a mamá para que tú la pudieras tener toda, toda para ti sola.

Esta vez es la última vez que te escribo, hermanita. Mamá dice que ya no te ruegue, y tiene razón. Yo estoy con mamá y eso te ha de carcomer las entrañas. Me da risa pensar que, si no fuera porque hice enfurecer a papá, jamás habría encontrado a mamá.

Ahora las dos estamos juntas; lo único que no me gusta es que, aunque nos apretamos entre nosotras, tenemos frío, porque papá nos cobijó con la tierra húmeda y pesada del llano.

Adiós, hermanita. Al final, yo fui la que me quedé con mamá.


La Botellita de Cristal - H. P. Lovecraft

—Poned la nave al pairo, hay algo flotando a sotavento.

Quien hablaba era un hombre poco fornido, de nombre William Jones. Era el capitán de una nave en la que, con un puñado de tripulantes, navegaba en el momento de comenzar esta historia.

—Sí, señor —respondió John Towers, y la nave fue puesta al pairo. El capitán Jones tendió su mano hacia el objeto, y comprobó que se trataba de una botella de cristal.

—No es más que una botella de ron que algún tripulante de algún barco ha tirado —dijo, pero, dejándose llevar por la curiosidad, le echó mano.

Era sólo una botella de ron y estuvo a punto de arrojarla, pero en ese momento se percató de que había un trozo de papel dentro. Lo sacó y leyó lo siguiente:

 

1 de enero de 1864

 

Mi nombre es John Jones y estoy escribiendo esta carta. Mi buque se hunde con un tesoro a bordo. Me hallo en el punto marcado en la carta náutica adjunta.

 

El capitán Jones le dio la hoja y vio que por el otro lado era una carta náutica en cuyo margen había escritas las siguientes palabras:

  

 

—Towers —dijo excitado el capitán Jones—, lea esto.

Towers le obedeció.

—Creo que merece la pena dirigirnos hasta ahí —dijo el capitán Jones—. ¿No cree?

Howard Phillips Lovecraft

—Coincido con usted —replicó Towers.

—Aprestaremos hoy mismo una embarcación —dijo el excitado capitán.

—Como mande —dijo Towers.

Así que fletaron una nave y siguieron la línea de puntos de la carta. En cuatro semanas habían alcanzado el lugar señalado y los buzos se sumergieron para volver con una botella de hierro. Dentro encontraron las siguientes palabras garabateadas en una hoja de papel pardo:

 

3 de diciembre de 1880

 

Estimado buscador; discúlpeme por la broma que le he gasto, pero eso le servirá de lección contra próximas tonterías...

 

—Bien —dijo el capitán Jones—, sigamos.

Sin embargo, deseo compensarle por los gastos en el lugar que ha encontrado la botella. Calculo que serán unos 25,000 dólares, así que eso es lo que encontrará en una caja de hierro. Sé dónde encontró la botella porque yo la puse allí, así como la caja de hierro y luego busqué un buen lugar para poner la segunda botella. Esperando que el dinero le compense, me despido.

 

Anónimo

 

—Me gustaría arrancarle la cabeza —dijo el capitán Jones—. Sumergíos ahora y traedme los 25,000.

Eso les compensó, pero me parece que nunca volverán a ir a un lugar misterioso dejándose guiar por tan sólo una botella misteriosa.