Si
ustedes no sienten escrúpulos necios contra el apostar sobre seguro, he
ahí una predicción en la que pueden aventurar hasta el último cuarto: a
Roderick le espera un futuro color de rosa.
No
me entiendan mal. A mí no se me humedecen los ojos de admiración por la
brigada joven de «pantalones tejanos y goma de mascar». A los chavales
lo mismo puede ser que los acepte, como que los deje en paz... y suelo
preferir lo último.
No
abrigo el menor deseo de que ninguna organización juvenil me tome por
una persona muy importante; el parloteo de las voces muchachiles se me
antoja mucho más tolerable si sale a través de sendas mordazas, y la
idea que tengo de un Movimiento Juvenil ideal es la de que será tanto
más ideal cuanto más ligero y constante el paso con que se aleje de mis
proximidades.
Pero
Roderick... es un caso distinto. He ahí un zagal con algo en el
puchero. Tardé cierto tiempo en convencerme del hecho; pero hoy soy un
verdadero creyente. ¡Qué me hablen a mí de genio juvenil...! Permitan
que se lo explique.
La
primera vez que vi al muchacho no supe reconocer el áureo destello del
genio. La pura verdad es que mi impresión inicial fue la de que se
trataba, pura y simplemente, de un descarado. Por supuesto, las
circunstancias en que nos conocimos no eran las más apropiadas para que
yo me formase lo que ustedes llamarían una opinión serena, nada
tendenciosa...
Vean
ustedes, hace muy poco que nos hemos trasladado —Molly y yo— aquí, a
los suburbios, y después de haber llevado a cabo la mayor parte de
tareas adicionales del interior de nuestra nueva casa, salí a
desencadenar el ataque inicial sobre un trecho de césped al que se le
había permitido acumular reservas veraniegas detrás de una lozana
cosecha primaveral de tropas de asalto de pelargonios.
Como
acababa de invertir mi dinero en una nueva y resplandeciente segadora
mecánica, la perspectiva de jugar a barbero rasurador de prados no me
espantaba. Bien entendido, no me espantó hasta que la emprendí de veras.
Entonces descubrí, con gran enojo por mi parte, que ni siquiera una
come-hierbas y bebe-gasolina le puede arreglar las trenzas a Mamá
Naturaleza si uno no logra, en primerísimo lugar, ponerla en marcha. ¡Y
yo no conseguía arrancar el maldito artefacto!
El
mecanismo de arranque era lo que me tenía atascado. El librito de
instrucciones afirmaba que si yo enrollaba la cuerda A alrededor del
volante B y tiraba con fuerza, mis esfuerzos se verían recompensados con
un rugido sonoro, reconfortante. Pero yo enrollé y tiré hasta ponerme
morado, y negro incluso, de cara, de ánimo y de vocabulario, y lo único
que le arrancaba a mi renuente instrumento era un jadeo débil, asmático y
momentáneo.
Por
consiguiente, me hallaba en el estado de espíritu menos amistoso que
imaginarse pueda cuando una sosegada voz muchachil sonó allí, muy cerca:
—Hola, señor. ¿Tratando de poner en marcha la segadora?
El
autor de esta pregunta idiota era un jovenzuelo rechoncho, pelirrojo,
subido a la escalinata de la casa vecina. Le dirigí una mirada de
aborrecimiento.
—¿Quién,
yo? Claro que no, hijo mío. Sólo trataba de cultivar un buen apetito.
Un problema —comenté en tono cáustico—, que, evidentemente, tú no
podrías entender.
La
ironía no hizo mella en el chaval, que continuó mordisqueando la esfera
—en rápido cuarto menguante— de una manzana con bendita
despreocupación. Cuando no quedó casi más que un husito, arrojó el
corazón de la fruta a un desventurado petirrojo que andurreaba por
nuestros jardines, y volvió a tomar la palabra:
—Porque si lo quiere, no quiere, ya sabe —dijo. Yo medité brevemente la frase. Tiempo perdido.
—¿Lo repites? —sugerí.
—¿Qué dice usted?
—Ese último comentario que has hecho. ¿Qué necesito para descifrarlo? ¿Un libro de claves?
Por un momento fue él quien pareció desconcertado. Luego sonrió.
—Ah,
comprendo. He sido un poco nebuloso, ¿verdad? Quise decir —aclaró
cuidadosamente—, que si trata de poner la máquina en marcha, no lo hace
como debe. Al menos eso es lo que se me figura a mí.
Ya
es bastante lamentable que no sepas hacer bien una cosa; pero es peor
todavía que un chaval que no tiene ni la cuarta parte de tus años hurgue
en tu incompetencia con dedo atormentador. Yo saqué las uñas, dispuesto
al ataque, con una sonrisa subyugadora.
—Oye, jefe... —dije.
—Roderick —puntualizó él—. Roderick Fenton.
—Dime, Roderick, ¿cuántos años tienes?
—Ocho —contestó—. Y voy por los nueve.
—Ocho
—le corregí—, y vas ya con tiempo prestado. Oye, niño: hay leyes contra
los adultos que destrozan menores de edad antes de tiempo. Pero no sé
que el Código Penal prohíba que uno tire hacia lo alto un objeto pesado y
deje que la ley de la gravedad actúe como suele hacerlo. Es posible que
yo no sepa manejar esta máquina; pero creo que, haciendo un esfuerzo
decidido, sería capaz de levantarla. De manera que, o cierras esa
asquerosa bocina que tienes por boca, o hago que un montón de piezas
metálicas, inútiles para cualquier otra finalidad, se desplome sobre tu
puchero.
—¡Oh,
rediantre! —se quejó el chiquillo—. Si quiere tomárselo así... —Se
levantó y cogió con mano aturdida la empuñadura de su puerta—. Yo sólo
trataba de serle útil.
—¡Grrr! —proferí con la mayor cortesía.
—Al fin y al cabo, ese motor es de gasolina. Si no abre ese grifito encarnado del tubo de alimentación...
—¡Largo!
—bramé, herido hasta lo insoportable. Y se largó. Precipitadamente. La
puerta se cerró de golpe tras él. Yo aguardé hasta que la roja niebla
que me cubría los ojos se disipó; en ese momento volví a meditar el
problema de aquel dolor de cabeza que me costaba cien dólares.
Dos
veces más malgasté las energías en el truquito de la cuerda, con
resultados tan fútiles como los anteriores. Luego, con rencorosa
desgana, hice una pausa y estudié el mecanismo que tenía delante. No
faltaba más, allí estaba —tal como había señalado Roderick— un grifito
en la base del tubo de alimentación. Lo toqué. Se movió. Murmuré:
—¡Humm!
—y dirigí una rápida mirada oblicua a la casa de Roderick. No tenía
público alguno. Di un giro de noventa grados a la espita. Luego enrollé,
una vez más, la cuerda de arranque alrededor del volante y tiré.
Se
oyó una explosión sorda, un rugido y enseguida un clamor trepidante.
Los pies se me fueron de debajo del cuerpo mientras la despertada
segadora emprendía la marcha a través del prado, llevándome a remolque. Y
la hierba verde volaba por todo mi alrededor, por todo mi alrededor...
Un
par de noches después, mientras lavábamos en mares de espuma los platos
de la comida, mi mujer, alegría de mi vida, me informó:
—Ah, de paso, esta noche vamos a jugar al bridge.
—Estupendo. ¿Con quién?
—Con
los vecinos —respondió Molly—. Se llaman Fenton. Ella es muy simpática.
Y —añadió pensativamente—, él es físico. Quizá pueda ayudarte a
resolver el problema.
Hice
una mueca de dolor. Había llegado a la época en que la mención
incidental de aquel asunto hacía que mis destrozados nervios vibrasen
como una orquesta de cuerda oriental.
—Por
favor, cariño —supliqué—, no hablemos de estas cosas ahora, ¿quieres?
Las veladas son para descansar y relajarse. Es decir... —todo mi ser se
estremeció conmovido por una repentina y negra sospecha—, teóricamente,
al menos. ¿Dónde hemos de jugar? ¿Aquí?
—No. En su casa.
—Eso me temía. ¿Antes o después?
—¡Pero, Tom!, ¿de qué estás hablando? ¿Antes o después... de qué?
—Antes o después de que hayan atado a la cama, con cadenas, al odioso monstruo pequeño que tienen por hijo.
—¿Estás hablando de Roddy? ¡Vaya, yo le considero un encanto de muchachito!
—También
lo era, no cabe duda —gruñí yo—, Jack el Destripador. No, cariño mío.
Por una vez en nuestra existencia de casados, que por todo lo demás ha
sido un idilio divino, debo desautorizarte. Queda cancelada la cita. Me
niego a poner los pies en la madriguera de aquel ogrito espantoso.
—Pero, Tom, yo he prometido...
—Lo siento.
—Y sería una grosería terrible con...
—Es una pena.
—Y ellos nos están esperando...
—¡No!
—dije llana, firme, definitivamente—. ¡De una vez y para siempre, no!
Esta noche no me muevo de aquí. ¡Es mi última palabra!
De
modo que cosa de una hora después estábamos sentados en la sala de los
Fenton, trabando relación con nuestros vecinos. Y debo confesar que, a
despecho de mis enmurriadas expectativas, eran una pareja agradable:
atractivos, amables e inteligentes. Después de una ronda de vasos de
bourbon —Fenton hasta sirvió mi marca preferida— empezamos a tutearnos
como viejos amigos.
Muy
agradable todo ello. Muy impermanente. Porque todas las cosas buenas
—para recurrir a una frase sobada— han de llegar forzosamente a su fin.
Serían las nueve, poco más o menos, cuando la puerta se abrió y entró en
el dichoso saloncito, como una mosca en la salsa, Roderick.
—¡Ah! —exclamó—. ¿Invitados? Buenas noches.
Denme
un sobresaliente en Esfuerzo. Animado por el espíritu de buena
camaradería y las consecuencias de unos generosos tragos de brandy,
dominé la repugnancia que me inspiraba el fastidioso zagalillo y eché
mano de la parlotería insulsa del vecino cordial.
—Hola, Roddy —le saludé—. ¿Has ido al cine?
La mirada con que me favoreció no era exactamente desdeñosa. Más bien un tanto compasiva.
—No, señor —dijo—. A la biblioteca.
—Roddy —adujo su madre casi en tono de excusa— es un gran aficionado a la lectura.
—¿Andando?
—declamé, en una cálida efusión de nostalgia vuelta hacia mis días de
colegial—. No se me ocurre nada más agradable que enfrascarse en un buen
libro... es decir, para un chico ya un poco crecidito. ¡Oh, sí! ¡La
magnífica literatura de la juventud! Te habrás llenado la azotea con las
gestas de los grandes paladines, ¿eh, Roddy?
—¿Cómo dice usted, señor? —preguntó el niño con aire inexpresivo.
—Habrás
saciado las células grises de sangre, ¿no? Habrás estado leyendo
historias de aventuras tremendas en países lejanos. Los Caballeros de la
Tabla Redonda, los piratas del Océano Español, los indios desenterrando
el hacha guerrera.
—No, señor —replicó Roderick—. He leído a Lobachevsky sobre curvas geométricas.
—¿Eh?
—Y
a Riemann. Y a Bolyai. A los geómetras no euclidianos. —El chico se
revolvió incómodo, quizá por la aprensión que le causara el verme
boquiabierto, con la mandíbula inferior caída—. A mí... a mí las
matemáticas me interesan muchísimo —dijo—. ¿A usted no?
Agarré con fuerza el vaso, y el destrozado dominio de mí mismo, y logré soltar una risita que no me asfixió del todo.
—¡Claro
que sí! Yo siempre afirmo —dije—, que la mejor manera de abrirse camino
en este mundo consiste en tener los pies bien firmes en el suelo y
recordar que dos y dos hacen cuatro.
—O, a veces, cien —murmuró Roderick.
—¿Eh?
—En la numeración binaria, bien entendido. Bueno, será mejor que me vaya a la cama. Buenas noches a todos.
Y
besó a sus padres, y ellos le besaron a él exactamente igual que si se
hubiera tratado de un ser humano. Luego desapareció escaleras arriba. Su
padre le seguía con mirada cariñosa.
—Ese chico es algo, ¿eh, Tom? —dijo.
—Sí, en efecto, es algo —reconocí cautelosamente—. Pero ¿qué, exactamente?
—¡Sí, señor! Yo estoy orgullosísimo de mi muchacho. Es todo un pensador. ¿Tengo o no tengo razón?
—¡Usted lo ha dicho! —convine.
Mi
jefe de laboratorio es miembro de un trust de cerebros con más grados
que un termómetro clínico. Al día siguiente le pregunté:
—Doc, ¿qué es la numeración binaria?
—¡Ah,
sí, la numeración binaria! Pues es un sistema de numeración que sólo
requiere el empleo de dos cifras, o símbolos, 1 y 0, a diferencia de los
diez símbolos del sistema decimal. Muy sencillo, muy eficiente. La
cantidad 1 sigue siendo 1; pero 2 se convierte en 10; 3 es 11...
—¿Andando? ¿Dos más dos? ¿No hacen cuatro?
—No. Hacen 100. ¿Por qué? ¿Desde cuándo se interesa por los sistemas de numeración poco utilizados?
—No me intereso. Lo oí mencionar por casualidad.
El jefe sonrió.
—Será
mejor que los chicos del gobierno no oigan estas palabras. El único
lugar del mundo donde, que yo sepa, se utiliza normalmente la numeración
binaria es en las zonas rurales de Rusia. Y este proyecto militar en
que estamos trabajando... bueno, ya sabe usted lo desconfiados que son
los «federales».
—Sí. Lo sé. ¡Si hasta dejé de emplear la defensa Petroff cuando juego al ajedrez!
—No lo digo incidentalmente, en modo alguno —continuó Doc—. ¿Qué tal le va ese trabajo de investigación?
—¿Quiere la verdad —pregunté—, o que sufra de úlceras?
—¿Tan mal está?
—Peor.
Estoy llegando a ninguna parte a gran velocidad. Lo cierto es que estoy
tan lejos de una solución ahora como cuando empecé; porque he eliminado
una cantidad incalculable de millones de posibilidades.
Doc meneó la cabeza tristemente.
—Es difícil, ya lo sé. Pero ha de haber alguna solución. Usted se da el nombre de químico...
—Yo me he dado todos los nombres menos ese durante los meses últimos.
—Bueno, siga en la brecha. Y si necesita algo, avíseme.
—¡Magnífico! —refunfuñé malhumorado—. ¿Qué surtido tenemos de aspirinas, muñecas de papel y camisas de fuerza?
¿Se
figuran quizá que el problema de marras no me tenía preocupado?
Piénsenlo mejor. Puedo demostrar que estaba hundido hasta las cejas en
la más negra desesperación. Hasta me llevaba el trabajo a casa los fines
de semana. Porque estaba que me subía a la parra, y lo mismo estaba el
jefe, y lo mismo la compañía por la cual trabajamos ambos. Y no hablemos
ya del Tío Sam, que dependía de nuestros esfuerzos por descubrir una
solución a su problema.
De
modo que un sábado por la tarde yo estaba sentado en mi estudio,
enojadamente atareado en la consulta de unos libros especializados,
cuando aparecieron a mi vera treinta y tantos kilogramos de fastidio.
Era el amigo Roderick.
—Hola, míster Evans —dijo.
Cerré
los ojos con la esperanza de que cuando los abriese de nuevo ya se
habría marchado. Pero no, continuaba allí, tranquilo y desagradablemente
sociable.
—Hola —suspiré—. ¿Querías algo?
—Nada en particular. Sólo he venido a verle. Está leyendo, ¿eh?
Yo levanté unas cejas atónitas al volumen que tenía en las manos.
—¡Vaya, que me cuelguen si no es cierto! —exclamé.
—A mí mi gusta leer —dijo Roderick.
—¿De veras? Recuérdame que debo colgar un rótulo de «No estorben» en mi puerta para tu futura diversión.
—Generalmente
libros de ciencia —continuó afablemente—, o de geología, o de
psicología, o de historia. ¿Cuál es su personaje histórico favorito?
—El rey Herodes —le respondí—. Oye, Roddy. Estoy ocupadísimo. Si no te importase...
—¿Le molesto?
—No más que una combinación de jaqueca, fiebre del heno y el prurito de siete años. Tengo que terminar un trabajo...
—Papá me dijo que usted era químico —continuó el chaval—. ¿Es cierto?
—Estadísticamente, sí. Éticamente...
—En Oak Ridge había muchos químicos —comentó Roderick—. Es donde nací yo, ya sabe.
—¿Naciste de veras? ¿Aseguras que no te encontraron bajo un pedrusco?
Roderick o no lo entendió o prefirió pasarlo por alto. Y siguió diciendo:
—Tengo
una colección de química. La grande. Un centenar de productos químicos y
un libro que explica la manera de hacer una multitud de cosas.
—¿Incluso —pregunté, esperanzado—, trinitrotolueno?
—Bah,
usted bromea. El trinitrotolueno es peligroso. Pero se sorprendería de
la colección de cosas que he preparado con mi juego de productos
químicos. Algunas no están en el libro siquiera. Inventé una que resulta
curiosa de verdad. Yo la llamo la telaraña mágica. Se...
—Roddy
—le dije en tono fatigado—, me encanta saber que te diviertes tanto con
tus juguetes, pero no tengo tiempo para hablar de ellos ahora. Como te
decía antes, he de terminar un trabajo...
—¿Qué clase de trabajo? —preguntó Roderick.
Suspiré y elegí el camino de la menor resistencia.
—Si te lo digo, ¿te irás a tu casa?
—Pues claro. Si usted quiere que me vaya...
—Muy bien, pues. Aquí está el problema. ¿Sabes que nuestra nación se enfrenta con la posibilidad de otra guerra?
—Naturalmente. Lo sabe todo el mundo.
—¿Y que parte de nuestra campaña de preparación consiste en que armemos a los amigos que tenemos en ultramar?
Roderick movió la cabeza afirmativamente.
—Claro. Les enviamos aeroplanos y tanques y cañones...
—En efecto. ¿Y sabes cómo se lo enviamos?
—En barco, principalmente, supongo.
—Exacto.
Y ahí es donde empieza el conflicto. Cargamos millares de toneladas de
equipo valioso en barcos de transporte y los mandamos a un largo viaje
por mar. Debido a su forma y su tamaño, buena parte de ese equipo tiene
que hacer la travesía sobre cubierta, expuesto al sol, el hielo, la
lluvia y la rociada incesante de agua salada. ¿Y sabes lo que le hace la
sal al metal?
—Pues sí. Lo corroe.
—Cierto.
De manera que para proteger nuestro equipo tenemos que recubrirlo con
alguna sustancia que resista los elementos. He ahí mi tarea. Encontrar
una sustancia adecuada.
—Pero ¡si ya tienen materiales así! —comentó Roderick—. Yo he visto fotografías...
—Cierto.
Pero ninguna de las sustancias protectoras actuales resulta
satisfactoria. O bien son viscosas y pegajosas, o bien forman una costra
dura, gomosa, que cuesta horas y horas de fatiga quitarla. Pasamos días
y días aplicando las sustancias protectoras y semanas y semanas
quitándolas. Los soldados que deberían estar haciendo maniobras
militares para ejercitarse tienen que pasarse una infinidad de horas en
la dura tarea de limpiar el engrasado equipo cuando llega a su destino. Y
si no crees que esa tarea es pesada, pregúntaselo a cualquier soldado
raso que haya desembalado y limpiado una caja de rifles, simplemente...
—Entonces usted trata de encontrar...
—Un
compuesto sencillo y barato que se pueda aplicar rápidamente, que
salvaguarde el material que se transporta y luego, al final del
trayecto, se pueda eliminar con gran facilidad. Una sustancia elusiva
—suspiré—. Y que acaso no exista. Y ahora, hijito, yo he cumplido ya mi
parte de lo pactado. Te toca, pues, cumplir la tuya.
—¿Eh? —dijo Roderick distraídamente.
—Fuera
—ordené yo, empujándole suavemente hacia la puerta—. No creas que no ha
sido un placer verte, porque no lo ha sido. Vuelve otro día; pero no
demasiado pronto.
Roderick preguntó plañideramente:
—Bueno, diantre, no es preciso que empuje, ¿verdad que no? Míster Evans...
—¿Ahora qué, hombrecito?
—¿Le sabría mal que utilizara su segadora de césped?
—Me figuro que no. Pero cuídala bien, ¿eh? Ese trasto cuesta mucho dinero.
—Claro que sí —prometió—. Tendré cuidado. Gracias.
(CONTINUARÁ...)