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Óscar - Amparo Dávila


La joven dio la contraseña al empleado y esperó pacientemente a que le entregaran su equipaje. Se sentó en una banca y encendió un cigarrillo, tal vez el último que iba a fumar durante el tiempo que pasara con su familia. Sus ojos revisaban cuidadosamente el local tratando de descubrir si, en esos años de ausencia, había habido algún cambio. Pero todo estaba igual. Sólo ella había cambiado, y bastante. 

Recordó cómo iba arreglada cuando se fue a la capital: el vestido largo y holgado, la cara lavada y con su cola de caballo, zapatos bajos y medias de algodón... Ahora traía un bonito suéter negro, una falda bien cortada y angosta, pegada al cuerpo, zapatillas negras y gabardina beige; pintada con discreción y peinada a la moda, era una muchacha atractiva, guapa, ella lo sabía; es decir, lo fue descubriendo a medida que aprendió a vestirse y a arreglarse... El empleado le llevó sus dos maletas y le dijo:

—Si usted quiere, el coche del correo la puede llevar al pueblo, sólo cobra dos pesos, porque el camión tarda mucho en pasar.

La muchacha tomó asiento junto al gordo chofer del correo y le dio la dirección de su casa.

—¿A la casa de don Carlos Román? — preguntó sonriente el chofer—. Yo toco con él en la banda municipal los domingos en la tarde, y después lo acompaño hasta su casa. Si me permite voy a detenerme en el correo a dejar el saco de la correspondencia, no me tardo nada.

El hombre entró a la oficina de correos con el saco de la correspondencia casi vacío. Ella pudo ver desde allí la vieja parroquia del pueblo con sus esbeltas torres, la Plaza de Armas con su quiosco y sus bancas de fierro y, al lado de la parroquia, la notaría de su padre. Sin duda estaba ahora inclinado sobre algún papel de oficio, escribiendo con pluma de manguillo sus letras tan bonitas y uniformes.

La muchacha pagó al chofer los dos pesos convenidos y se quedó un momento, antes de decidirse a tocar, contemplando la casa del notario, su propia casa. Viniendo de la capital parecía pequeña y modesta, pero allí era una buena casa pues tenía dos pisos y un sótano, cualidades raras en el pueblo. La pintura se veía maltratada, las ventanas y la puerta descoloridas, sin duda hacía tiempo que no se preocupaban por la casa. Tocó por fin la puerta y esperó, mientras el corazón le latía apresuradamente.

— ¡Mónica! —gritó al verla Cristina y la estrechó cariñosamente. Los pasos de alguien que llegaba las hicieron separarse, y Mónica corrió a abrazar a su madre, a aquella mujercita flaca, de rostro ceniciento y ojos hundidos y sin brillo. Al abrazarla, Mónica se dio cuenta de la extremada delgadez de la mujer, de su rostro tan marchito y acabado, y se apretó a ella con ternura y dolor.

—¡Qué bueno que regresaste, hija! —decía la madre mientras se limpiaba una lágrima.

—¿Y papá? ¿Y Carlos?

—Papá está en la notaría, y Carlos sigue en la escuela. Ahora tiene a los niños de quinto.

-¿Y... Óscar...?

—Como siempre —dijo lacónicamente la mujer y suspiró. Su rostro parecía en ese momento más ceniciento y sus ojos más hundidos.

Al entrar a la recámara que había compartido con Cristina, durante tantos años, Mónica sintió remordimientos y dolor de haber dejado a su hermana languideciendo, consumiéndose en aquel encierro, y no habérsela llevado con ella cuando se fue a la capital. La habitación estaba igual: las dos camas de latón con sus colchas tejidas de hilaza blanca, nítidas y estiradas, como acabadas de poner; el viejo ropero de madera de ojo de pájaro que ellas habían heredado de la abuela; el tocador con su plancha de mármol, y el aguamanil y la jarra de porcelana; el buró con su candelero dorado y su vela lista para ser encendida, y el florero con jazmines que Cristina había cortado para recibirla sabiendo cuánto le gustaba su perfume.

—Cristina, hermana, ¡cómo te he extrañado, no sabes cuánto! —Y era sincera Mónica. En ese momento supo claramente que había extrañado a Cristina más que a nadie: la familia, la casa, el pueblo, todo era Cristina: esbelta, pálida, callada siempre, hacendosa y sufrida, resignada.

—Y yo, ¡no te puedes imaginar, cuánto! —y sus ojos se empañaron—, Sólo me consolaba pensando que volverías, pero, ¿te vas a quedar?, ¿no te vas a volver a ir?

—Ya platicaremos, Cristina.

—Tienes razón. Voy a ayudar a mamá a terminar de hacer la comida, descansa un poco, te ves fatigada.

Mónica se miró en el espejo del tocador-lavabo. Tenía razón Cristina, se veía fatigada y lo estaba. El temor a enfrentarse con todos los de la familia, la había puesto muy nerviosa y tensa. Pero era preciso correr el riesgo porque necesitaba mucho el afecto y la cercanía de los suyos. 

Empezó a sacar la ropa de las maletas y a colgar sus vestidos en el viejo ropero, al lado de los de Cristina. Aquellas prendas allí colgadas, unas al lado de otras, hablaban claramente de las dos mujeres que las usaban y del medio en que se movían.

Como a las dos de la tarde llegaron el padre y el hermano. El recibimiento fue cortés, pero frío. Mónica no había esperado nada distinto. Inmediatamente después de lavarse las manos se sentaron a la mesa. El padre rezó una breve oración, como acostumbraba hacerlo, y comenzaron a comer. 

Qué buena le supo a Mónica la comida de su casa, hecha con tanto cuidado y esmero por su madre. Poco se hablaba durante las comidas, al padre le molestaba y lo ponía de mal humor. Mónica le observaba, de reojo, en realidad casi no había cambiado, tal vez estaba algo más grueso y más calvo, pero continuaba igual de callado y metódico, de bueno y ordenado; con su servilleta puesta desde el cuello seguía sorbiendo la sopa, como siempre lo había hecho. 

En la otra cabecera de la mesa la madre servía la comida en silencio. "Ella no sólo ha cambiado", se dijo Mónica, "se acabó por completo". Enflaquecida en extremo, con la cara afilada y cenicienta y los ojos hundidos y sin brillo, más que un ser humano parecía una sombra dolorosa. 

Cristina, agobiada por el silencio, la soledad y la desesperanza, era una joven vieja, una flor marchita. Y Carlos, abstraído, encerrado en sí mismo, se veía más grande, representaba más edad que la que tenía. Mónica sintió una gran ternura y mucho dolor por todos ellos y gusto también por haber regresado. Un ruido, como de trastos que caen por el suelo, hizo estremecer a Mónica. Los demás se miraron sin asombro.

—Ya debe de haber terminado de comer —dijo la madre levantándose de la mesa. Salió apresuradamente y desapareció por la puerta que conducía al sótano. A los cuantos minutos regresó trayendo una charola con pedazos de platos y vasos. Jadeaba un poco y su rostro tenía un leve color.

—Está muy nervioso, creo que es por... —y sus ojos se fijaron en Mónica—. Deberías darle algo, papá.

El padre terminó de comer rápidamente, se limpió la boca con la servilleta, sirvió un poco de agua en un vaso y se dirigió al sótano. El hermano se levantó de la mesa, cogió unos libros y se marchó.

Al día siguiente de su llegada Mónica comenzó a hacer la parte de los quehaceres de la casa que le correspondía, como antes de que se marchara para la capital. La misma rutina de siempre: a las seis y media de la mañana se levantaban; la madre daba de comer a los pájaros y limpiaba las jaulas; las dos hermanas ponían la mesa del comedor y preparaban el desayuno, y a las ocho se sentaban todos a la mesa. 

Pero antes se le llevaba el desayuno a Óscar porque pasaba el día de muy mal humor si no era atendido primero y él, desde el sótano, tenía gran conocimiento de los ruidos de la casa y de las horas; sabía cuándo se levantaban, cuándo entraban a la cocina, cuándo salían, todo. 

A las ocho y media se iba Carlos a la escuela y el padre, un poco más tarde, a abrir la notaría. Entonces las tres mujeres limpiaban la casa cuidadosamente. Cristina se encargaba de arreglar la cocina y de lavar la loza, la madre sacudía la sala y el comedor y Mónica se dedicaba a las recámaras y al baño. 

Mientras la madre salía a hacer la compra para la comida, las muchachas barrían y trapeaban el patio y el zaguán. Después, cuando la mujer regresaba con el mandado, Cristina le ayudaba a preparar la comida y a arreglar la mesa y Mónica lavaba la ropa sucia. En aquella casa siempre había algo que hacer: al terminar de comer se levantaba la mesa y la cocina, se remendaba y planchaba la ropa, y sólo después de la cena, cuando ya todo estaba recogido y acomodado, y el padre se ponía a estudiar en el violonchelo las piezas que se tocaban en la serenata de los domingos y el hermano corregía los trabajos de sus alumnos, las tres mujeres hacían alguna labor de tejido o de bordado.

Desde el sótano Óscar manejaba la vida de aquellas gentes. Así había sido siempre, así continuaría siendo. Comía primero que nadie y no permitía que nadie probara la comida antes que él. Lo sabía todo, lo veía todo. Movía la puerta de fierro del sótano con furia, y gritaba cuando algo no le parecía. 

Por las noches les indicaba con ruidos y señales de protesta cuando ya quería que se acostaran, y muchas veces también la hora de levantarse. Comía mucho, con voracidad y sin gusto, con las manos, grotescamente. A la menor cosa que le incomodaba aventaba los platos con todo y comida, se golpeaba contra las paredes y cernía la puerta. Raras veces permanecía silencioso, siempre estaba monologando entre dientes palabras incomprensibles. 

Cuando todos se habían retirado a sus habitaciones Óscar salía del sótano. Sacaba entonces el agua del pozo y regaba las macetas cuidadosamente y, si estaba enojado, las rompía estrellándolas contra el piso; pero el día siguiente había que reponer todas las macetas rotas, pues él no soportaba que disminuyeran, siempre tenía que haber el mismo número de macetas. Cuando terminaba de regar las macetas entraba a la casa y subía la escalera que conducía a las habitaciones. 

Hacia la media noche se escuchaba el crujir de la vieja madera de la escalera bajo el tremendo peso de Óscar. A veces abría la puerta de una de las recámaras y tan sólo se asomaba, volvía a cerrar la puerta y se regresaba al sótano. Pero otras veces entraba a todos los cuartos y se acercaba hasta las camas y allí se quedaba un rato, inmóvil, observando, y sólo su brusca y fuerte respiración rompía el silencio de la noche. 

Nadie se movía entonces, todos permanecían rígidos y paralizados ante su presencia, pues con Óscar nunca se sabía qué podía suceder. Después, en silencio, salía de la habitación, bajaba pesadamente la escalera y entraba al sótano a acostarse. 

En aquella casa nadie había dormido jamás tranquila ni normalmente, su sueño era ligero, atento siempre al menor ruido. Pero, nadie se quejaba nunca, resignados ante lo irremediable, aceptaban su cruel destino y lo padecían en silencio. En los días de luna llena Óscar aullaba como un lobo todo el tiempo del plenilunio y se negaba a comer.

Podía decirse que la familia Román era una de las familias más acomodadas del pueblo: tenían casa propia y grande, una notaría, un hijo maestro de escuela y, sin embargo, apenas les alcanzaba el dinero que el padre y el hijo ganaban para solventar los gastos de aquella casa; es decir, los muchos gastos que originaba Óscar. 

Con bastante frecuencia había que reponer cinco, diez, muchas macetas, y ni qué decir de la loza, continuamente se compraban platos, tazas, vasos, y además la ropa que desgarraba y hacía jirones: camisas, pantalones, sábanas, colchas, cobertores; también destrozaba sillas y muebles y, agregado a todo esto, las medicinas que constantemente se le administraban y que eran bastante caras.

Contadas eran las visitas que se recibían en la casa del notario, tan sólo algunos familiares o amigos muy íntimos cuyas voces Óscar conocía muy bien, desde pequeño, los cuales iban muy de tiempo en tiempo a saludarlos y a tomar un chocolate mientras platicaban un rato a la caída de la tarde. Una persona desconocida nunca hubiera podido entrar en aquella casa, Óscar no lo hubiera soportado ni tolerado. 

Las mujeres sólo salían a lo indispensable: el mandado, las varias compras, la misa de los domingos y alguna vez entre la semana al Rosario, algún pésame o entierro, algo verdaderamente muy especial, pues estas cosas lo excitaban sobremanera, él no admitía nada que rompiera o alterase el ritmo y la rutina de su vida y de sus hábitos. Cuando ellas salían, el padre o el hermano se quedaban en la casa porque Óscar temía a la soledad hasta un punto increíble y conmovedor y, además, existía el peligro de que pudiera escaparse.

Mónica había perdido la costumbre de acostarse temprano y pasaba largas horas despierta escuchando la leve respiración de Cristina y pensando en tantas y tantas cosas, hasta que oía las sordas pisadas de Óscar. Entonces Mónica se quedaba muy quieta y cerraba los ojos para que él creyera que dormía. Óscar permanecía junto a su cama algunos minutos, que a Mónica le parecían interminables, eternos. Iba todas las noches a observarla, tal vez extrañado de verla de nuevo allí o queriendo cerciorarse de si era ella. Los años vividos en la ciudad la habían hecho olvidar aquella pesadilla que no terminaba nunca.

Ese día, seis de agosto, Óscar había estado insoportable desde el amanecer. Una de las medicinas que tomaba, y que lo tranquilizaba bastante, se encontraba agotada y el médico la había suplido con otra, que no le surtía gran efecto. Durante horas había estado gritando, aullando, vociferando, rompiendo todo lo que tenía a su alcance en el sótano, moviendo con furia la puerta de fierro cerrada con candado, aventando los muebles contra ella. 

Había botado la charola del desayuno, la de la comida; no oía ni atendía a nadie. "Óscar está peor que nunca", dijo la madre cuando llegaron a comer su marido y su hijo. "Yo no sé qué vamos a hacer", seguía diciendo la mujer y se apretaba las manos, agobiada por la angustia: "se ha negado a comer, lo ha roto todo..."

Sin decir una palabra más se sentaron a la mesa, entre aquel insoportable ruido y gritos y aullidos y carcajadas; abatidos por aquella tortura que les estrujaba el alma. La madre se limpiaba con los dedos, las lágrimas que no lograba contener. Ni siquiera se escuchaba ahora el acostumbrado sonido que hacía el padre al sorber el caldo.

—Se ha negado a probar bocado, no quiso desayunar ni comer —volvió a decir la madre, como si no lo hubiera comentado ya cuando llegaron el notario y su hijo.

—Ha despedazado todo lo que ha podido —comentó Cristina.

—Creo que sería conveniente ir a avisarle al doctor del estado en que se encuentra —dijo Carlos.

La angustia había logrado romper aquel silencio que el padre había impuesto en las comidas, durante tantos años.

—si será prudente aumentarle la dosis

—pero... a lo mejor...

—¡qué hacer, Dios mío, qué hacer!

—yo creo que es efecto de la luna

—o de la canícula

—sólo Dios sabe, ¡sólo Dios sabe!

—ésta es la peor de las crisis

—tiene los ojos enrojecidos y como saltados

—se ha golpeado mucho y sangrado

—ha estado tratando de abrir el candado

—yo creo que la medicina lo ha puesto así

—a veces los médicos no saben ni qué recetan

—estaba tan calmado, tan bien

—ayer estuvo cantando, la misma canción  todo el día y toda la noche, pero cantaba

—sí, pero, anoche  rompió todas las macetas

—¡ay Dios mío, Dios mío!

—dicen que hay un yerbero en Agua Prieta que es muy bueno

—a veces son puros charlatanes que roban tiempo y dinero —intervino el padre—, yo creo que lo mejor será inyectarlo y que se duerma, ojalá y cuando despierte ya haya pasado la crisis, voy a preparar la jeringa. —Y se levantó de la mesa.

—Tengo miedo, papá —dijo la madre acercándose a su esposo y tomándolo de un brazo—, mucho miedo.

 —Ya lo he inyectado en otras ocasiones y no ha pasado nada, tranquilízate mujer, ten calma.

—Ya está lista la lámpara —dijo Carlos. Y los dos hombres bajaron al sótano. Las mujeres se quedaron allí, inmóviles y mudas, como tres estatuas.

Gritos inarticulados, ruidos de lucha, de golpes, de cuerpos que caen, gemidos, exclamaciones... De pronto todo cesó, sólo se oían las respiraciones jadeantes de los dos hombres, que bañados en sudor salían del sótano, agotados y maltrechos como si hubieran luchado con una fiera.

Aquel tremendo esfuerzo fue excesivo para el cansado corazón del notario, que se paró de pronto, al día siguiente, cuando se encontraba copiando una escritura en su Protocolo. Ya estaba muerto cuando lo llevaron a su casa. Lo velaron en la sala toda la noche. A pesar de ser un hombre tan querido y respetado en el pueblo, sólo pudieron asistir al velorio los pocos familiares y amigos que frecuentaban a los Román y cuyas voces Óscar conocía. 

El dolor de la familia fue enorme, destrozados por la pena permanecieron todo el tiempo junto a su muerto llorando en silencio. Al día siguiente fue el entierro después de la misa de cuerpo presente, y a la parroquia y al cementerio sí asistió todo el pueblo. Sus compañeros de la banda municipal lo despidieron tocándole sus valses favoritos: Morir por tu amor y Tristes jardines.

Desde ese día en que murió don Carlos Román empeoró la vida de aquellas gentes: la casa con sus crespones negros en la puerta y en las ventanas, las ventanas entrecerradas, las mujeres enlutadas, silenciosas, ensimismadas o ausentes, especialmente la madre que más que un ser vivo parecía un espíritu, una figura fantasmal o la sombra de otro cuerpo, y Carlos, cabizbajo, amordazado por la angustia y el sufrimiento, sabiéndose caminar en un callejón sin salida, acorralado, sin encontrar ni solución ni esperanza para aquel infortunio, que venían padeciendo y arrastrando penosamente a través de la vida. La fatalidad se imponía y eran sus víctimas, sus presas, no había salvación.

A la semana de haber muerto el notario la madre cayó enferma, un día no se levantó más aquella mujer que se había consumido por completo. Y ni siquiera el médico podía entrar a la casa a recetarla, Óscar no lo hubiera permitido. Carlos le informaba diariamente cómo se encontraba su madre y compraba las medicinas que ordenaba. Pero todo esfuerzo era inútil, aquella vida se apagaba lentamente, sin una queja ni un lamento. Pasaba el día entero sumida en un profundo sopor, sin moverse, sin hablar, yéndose.

Pocos días vivió la madre, sólo un suspiro y nada más; ni estertores, ni convulsiones, ni estremecimientos, ni gritos de dolor, nada, solamente un suspiro y se fue a seguir al compañero con quien había compartido la vida y la desdicha. Fue velada en el mismo lugar donde lo había sido don Carlos, enterrada también junto a él. Esa noche, la del entierro, Óscar la pasó en la recámara vacía aullando y rechinando los dientes.

Siguieron pasando los días de aquel verano luminoso y perfumado, días largos, noches interminables, los tres hermanos encerrados dentro de sí mismos, sin atreverse a hablar, a comunicarse, tan ensimismados y huecos como si los pensamientos y las palabras se les hubieran extraviado o se los hubieran llevado los que se fueron. Cada domingo, después, de asistir a misa, Cristina y Mónica iban al cementerio a llevarles flores a sus queridos muertos. 

Carlos se quedaba en la casa cuidando a Óscar. Por la tarde se sentaban las dos hermanas a tejer junto a la ventana de la sala, y desde allí miraban pasar la vida, como los prisioneros a través de los barrotes de su celda. Carlos aparentaba leer y se mecía en la mecedora de bejuco, donde su padre dormía unas breves siestas antes de irse a tocar a las serenatas de la Plaza de Armas.

Inmensa se veía la luna esa noche de plenilunio en agosto, había hecho bastante calor durante el día y continuaba aún en la noche, apenas si se soportaba una sábana sobre el cuerpo. Óscar aullaba como siempre lo hacía en las noches de luna llena y nadie lograba conciliar el sueño, aullaba y rompía macetas, subía y bajaba las escaleras, vociferaba, aullaba, gritaba, subía y bajaba... Agobiados por el calor que había aumentado fueron dejándose caer poco a poco en el sueño, en un sueño rojo, ardiente como una llamarada abrasadora, que los envolvía, hasta que llegó la tos, una tos seca y obstinada que los despertó. 

Con ojos desorbitados contemplaron las lenguas de fuego que llegaban ya hasta las habitaciones subiendo desde la planta baja, y el humo denso y asfixiante que los hacía toser, llorar, toser, y los aullidos de Óscar, que estaba sin duda abajo en el sótano, aullidos y carcajadas, carcajadas de júbilo como nunca las habían oído, y las llamas entrando, casi alcanzándolos. 

No podían perder tiempo, la escalera había sido devorada por el fuego, sólo quedaban las ventanas. Anudando sábanas Carlos bajó a Cristina, después a Mónica y por último él se descolgó. Cuando Carlos tocó pisó la casa estaba completamente invadida por las llamas que salían por las ventanas, por la puerta, por todos lados. Aún se escuchaban las carcajadas de Óscar cuando los tres tomados de la mano, empezaron a caminar hacia la salida del pueblo. Ninguno volvió la cabeza para mirar por última vez la casa incendiada.

Cordero asado - Roald Dahl

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.

De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

—¡Hola, querido! —dijo ella.

—¡Hola! —contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. 

Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. 

Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

—¿Cansado, querido?

—Sí —respondió él—, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.

—Siéntate —dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.

—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.

El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

—No —dijo él.

—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.

—No quiero —dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

—No me apetece —dijo él.

—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.

—Vamos —dijo él—, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

—Tengo algo que decirte.

—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.

—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

—¿Quiere carne, señora Maloney?

—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

—¡Oh!

—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

—Magnífico —dijo ella—, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

—Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.

—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

—¿Quién habla?

—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

—Iremos en seguida —dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O'Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

—¿Está muerto? —preguntó ella.

—Me temo que sí... ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O'Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

«..., parecía normal..., muy contenta..., quería prepararle una buena cena..., guisantes..., pastel de queso..., imposible que ella...»

Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

—No —dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

—Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.

—No —dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.

La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.

—¿Y un atizador?

—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?

—Sí, claro. ¿Quiere whisky?

—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!

—¿Quiere que vaya a apagarlo?

—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

—Jack Nooan —dijo.

—¿Sí?

—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

—Si está en nuestras manos, señora Maloney...

—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.

—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

—¿Quieres más, Charlie?

—No, será mejor que no lo acabemos.

—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

—Bueno, dame un poco más.

—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

—Por eso debería ser fácil de encontrar.

—Eso es lo que a mí me parece.

—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:

—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

Armiño - José Luis Zárate

Nadie comentó sobre el traje nuevo del emperador, debido a la férrea costumbre de fusilar a todo aquel que lo contradecía. No, no, no. Sonrieron, alabaron el armiño sutil, y lo llevaron a pasear afuera, a admirar la nieve que seguía cayendo, la helada mortal que, seguramente no podría notar, su majestad, en medio de tanta tela, brocal y piel abrigadora.

El vínculo - Yu Jae-yong

No creo que sean muchos los que hayan cambiado de trabajo tanto como yo. No me alcanzan los dedos de las manos y de los pies para contarlos. Y, claro está, en todos esos lugares me han pasado infinidad de cosas -cosas extrañas, cosas absurdas, cosas increíbles. Lo que me ocurrió en la casa del señor Chang Hyeon-sam es una de ellas.

Estaba de nuevo sin trabajo ese verano y como al viejo de la inmo­biliaria le dio lástima verme holgazaneando y dando vueltas por allí me hizo señas para que me acercara.

-Oye, Man-bok, ya que estás sin hacer nada, ¿no te gustaría entrar a trabajar en una casa, aunque sea por algunos días? Al menos, te darán de comer.

-¿Se trata de cuidar una casa vacía mientras están de vacaciones?

-No te pases de listo. No intentes juzgar por ti mismo; sólo di si quieres trabajar o no.

Contesté que aceptaría el trabajo con tal de que me dieran de comer por algunos días.

-Ya que dices que vas a aceptar el trabajo, te adelanto que todavía no están determinados con precisión los días que vas a trabajar. Si lle­gas a complacer los gustos del dueño, te podrás quedar varios años.

Añadió que el trabajo consistía en atender a alguien con las dos piernas paralizadas. Pero el asunto era que todo el que entraba a tra­bajar en esa casa no aguantaba mucho tiempo y salía corriendo.

-No sólo te dan de comer y donde dormir, sino que además te proporcionan un buen sueldo. La verdad es que no sé por qué no se quedan más tiempo tratando de complacer al dueño y se precipitan a salir de allí.

A los pocos días de haber enviado a alguien ya le pedían de nuevo que les consiguiera otra persona, porque el anterior ya se había marchado. Supuse que podría ser porque se podían conseguir fácil­mente trabajillos por ahí, ya fuera en fábricas o en construcciones, y también porque trabajar de mozo en una casa ajena no les agradaba para nada.

-Yo también soy malísimo en eso de complacer a alguien.

Yo no tenía talento alguno para percibir los dolores de los demás y satisfacer sus necesidades.

-Eso de complacer a alguien no es gran cosa. Todo lo que tienes que hacer es obedecer dócilmente sus órdenes y, aunque te fastidie o te irrite alguna cosa, te aguantas con mucha paciencia.

Si era eso lo que había que hacer, me sentía más capaz que nadie de lograrlo. Mi única fortuna era mi cuerpo fuerte y la paciencia que tenía.

-De cualquier manera, vete a trabajar a esa casa y si no resistes, te sales así no más. Al fin y al cabo, ¿acaso no eres de esos que abandonan el trabajo fácilmente?

Decía eso porque no estaba bien informado. Es cierto eso de que anduve cambiando de trabajo sin cesar, pero ninguna de las veces fui yo el que lo abandonó. Tampoco se ha dado el caso de que me echa­ran los jefes porque se hubieran disgustado por mi causa. Siempre fue por algo irremediable, como por ejemplo la muerte del patrón, la emi­gración, la bancarrota o que el trabajo en sí tuviera una fecha límite de duración.

Cuando vi por primera vez al señor Chang Hyeon-sam, no tuve la impresión de que fuera él la persona para la que tenía que trabajar. Me parecía que el verdadero jefe iba a aparecer por alguna parte y me diría algo así como:

-Hyeon-sam es mi hijo y te pido que lo atiendas bien.

El señor Chang Hyeon-sam era pequeño y delgado, y estaba sen­tado, totalmente sumergido en su sillón. Su cuello, brazos y piernas, que estaban al descubierto por el calor, eran tan pálidos y delgados que daba lástima verlos. Se veían tan frágiles que causaba la impresión de que incluso le costaba trabajo estar sentado cómodamente en el sillón.

-Señor Lee Man-bok... Tiene usted un nombre muy fácil de memorizar. Pero me pregunto, ¿cuánto tiempo permanecerá en nues­tra casa?

A diferencia de su apariencia física, hablaba con firmeza y en tono solemne. Me enderecé en el asiento. Al escuchar su voz, me pare­ció que el señor Chang Hyeon-sam podría desempeñar muy bien su papel de jefe. Es preferible que un jefe inspire respeto antes que menosprecio.

-Me quedaré hasta que me diga que me vaya porque ya no me necesita.

Lo dije muy respetuosamente, con la cabeza inclinada. Una lige­ra sonrisa, como la sombra de una ondulación, se vislumbró en las comisuras de sus labios, se reflejó en sus ojos por unos momentos y desapareció. Al desaparecer la sonrisa, surgió de sus ojos una luz fría como el hielo.

El señor Chang Hyeon-sam me preguntó de paso: -¿Cuánto le dio al de la inmobiliaria de comisión por conseguirle el trabajo?

-Quedé en invitarle a unas copas cuando recibiera el primer salario. -¡Salario, dice...! Claro que le pagaré su salario. Como estamos a quince de julio, le daré el primer salario el quince de agosto. Téngalo en cuenta. Será una suma con la que, estoy seguro, no se sentirá decepcionado. Pero, ¡quién sabe si el señor Lee Man-bok aguantará hasta tener en sus manos el primer salario!

El resplandor de los ojos del señor Chang Hyeon-sam era muy agudo, como si quisiera penetrar en el fondo de mi corazón. Tenía, además de una voz firme y solemne, unos ojos fríos e incisivos. -Si me considera de alguna utilidad...

No sé por qué pero dejé inconclusa la frase. Quizá por la frialdad en el resplandor de sus ojos; Pensé en las personas que, antes que yo, habían estado aquí algunos días y se habían ido. ¿Se habrían ido por voluntad propia o los habría echado?

-Vamos a ver si el señor Lee Man-bok llega a tener en sus manos el primer salario.

Volvió de nuevo a las comisuras de sus labios y a sus ojos esa sonrisa parecida a la sombra de una ondulación, y desapareció al momento.

En los extremos de sus ojos, de donde se había borrado la sonrisa, se traslucía una mirada gélida como el hielo.

Además del señor Chang Hyeon-sam y yo, estaba la señora Park, una empleada de hogar de unos cincuenta años, que sólo se ocupaba de los quehaceres de la cocina, se movía silenciosamente como si fuera una sombra y no hablaba mucho. La señora Park no molestaba a nadie. El trabajo que yo hacía, tal como me lo habían explicado, era ser­vir de manos y pies, de brazos y piernas al señor Chang Hyeon-sam. 

Lo que en realidad tenía inutilizado era únicamente las dos piernas, pero sus dos manos y brazos sanos también estaban como si permanecieran atados. Había oído decir que cuando a alguien le faltaban fuerzas en las piernas, le aumentaban las de los brazos, pero el señor Chang Hyeon-sam tampoco tenía mucha fuerza en los brazos. Desde que se despertaba por la mañana hasta que se dormía por la noche tenía que estar a su lado, sirviéndole de piernas y brazos.

El señor Chang Hyeon-sam se levantaba de madrugada. Era muy extraño que, sin haber cumplido los treinta años, se levantara tan tem­prano. Yo, como siempre había vivido trabajando en casas ajenas, me había acostumbrado a salir de la cama a las seis de la mañana, pero el señor Chang Hyeon-sam se levantaba una hora antes que yo. Cuando me despertaba, asustado por el sonido estruendoso del timbre instala­do en mi habitación, eran entre las cinco menos veinte y las cinco de la mañana.

Me vestía apresurado y salía de mi pieza con la llave de la habita­ción contigua que tenía guardada debajo de la manta sobre la que dor­mía. La puerta de la habitación del señor Chang Hyeon-sam había que abrirla siempre con llave. La luz de la habitación estaba encendida. Me ponía al lado de su cama y esperaba de pie. Sus riñones debían estar inflamados. Yo sabía lo que debía hacer, pero esperaba las órdenes.

El señor Chang Hyeon-sam decía:

-Orinal.

Levantaba la tapa del orinal, le bajaba el pantalón del pijama, lo llevaba en brazos para sentarlo sobre el orinal, esperaba hasta que terminara de hacer sus necesidades para llevarlo de nuevo a acostar en la cama, tapaba el orinal y regresaba para estar parado, en el mismo sitio, al lado de la cama. Era la hora de dar un paseo por el jardín. Sin embargo, pacientemente, yo esperaba de pie la orden siguiente.

Un día el señor Chang Hyeon-sam dijo con fastidio:

-El orden ya está casi establecido. ¿Es necesario que se lo repita para que se mueva?

-Disculpe.

Le respondí parado, como estaba.

-Parece usted un autómata. Si está dispuesto a servirme como una máquina, me parece estupendo. Es la hora de tomar el aire fresco de la mañana en el jardín.

Habló mirándome con dureza, como si quisiera penetrar en el fondo de mi corazón. No más escuchar la orden, me acerqué y, des­pués de quitarle el pijama y vestirlo con el traje de diario, lo senté en la silla de ruedas. Su cuerpo era tan ligero como una sábana. Cada vez que levantaba ese cuerpo tan liviano sentía que disminuían dentro de mí el miedo y el respeto que me producían el tono de su voz y su fría mirada. 

Con sus propias manos movía las ruedas de la silla e iba, desde la habitación hasta el salón, rodando como un escarabajo. La silla de ruedas se paraba antes de llegar a la puerta principal; le cogía entre mis brazos para trasladarlo a otra silla de ruedas que solía usar al aire libre, colocada al lado de la puerta. Entre la puerta y el jardín había unas escaleras. 

Levantaba con fuerza la silla de ruedas en la que el señor Chang Hyeon-sam estaba sentado y la trasladaba escaleras abajo. El día empezaba a aclarar. Las plantas y árboles del jardín parecían despertarse y bostezar, y se dejaban ver como irguiéndose. El señor Chang Hyeon-sam hacía girar las ruedas y se movía lentamente por el jardín, dos pastores alemanes marchaban junto a él mientras yo rega­ba las plantas y empezaba a hacer la limpieza.

El tiempo que el señor Chang Hyeon-sam pasaba en el jardín antes del desayuno era como una hora y media. Luego lo llevaba al interior de la casa, al cuarto de baño. Se ponía una toalla grande en el cuello, como cuando uno va al barbero, y acercaba la silla hasta el borde del lavabo. La altura del lavabo era la adecuada para usarlo sen­tado en su silla de ruedas. Aun así, la toalla se empapaba totalmente cuando se lavaba la cara. 

Después yo lo llevaba en brazos para ponerlo en la silla del comedor. Era una silla que tenía una traviesa de madera a la altura del pecho para que le sirviera de apoyo cuando inclinaba el cuerpo hacia adelante para comer y también para que se pudiera sos­tener con las manos. Todo estaba arreglado para que el señor Chang Hyeon-sam, que no podía valerse por sí mismo, pudiera moverse con facilidad. 

Parecía un gato cuando estaba comiendo. Picaba la comida, la revolvía y la comía sin ganas. Era como si se comiera el cuenco de arroz a la fuerza, para cumplir una responsabilidad impuesta. Al termi­nar de comer sentía ganas de ir al servicio y decía:

-Ahora me toca el enema.

Yo traía la medicina del armario, el líquido ya estaba diluido en el recipiente. Le introducía la cánula en el ano, le pasaba el líquido muy despacio, lo trasladaba entre mis; brazos y lo sentaba encima del retre­te. A pesar de la cantidad de líquido que tomaba defecaba con dificul­tad. Por su garganta pasaba sin cesar todo tipo de líquidos. 

La batidora zumbaba dando vueltas para hacer zumo de zanahoria, fresa, tomate y, a veces, de ginseng. También era uno de mis quehaceres mirarle el ano para limpiarle con papel higiénico cuando terminaba de hacer sus necesidades. 

Luego trasladaba al señor Chang Hyeon-sam desde el retrete a la mecedora junto a la ventana. La silla de mimbre, aunque era fresca, no le gustaba porque era dura. Permanecía recostado, sumergido totalmente en la mecedora que tenía encima un cojín y un respaldo de verano. Como había defecado hacía unos momentos, su rostro se veía en paz. La empleada de hogar aprovechaba estos momentos para darme alguna tarea o para enviarme a un mandado.

-Joven Lee, ¿podría ayudarme un poco?

La señora Park, de esa manera, se aprovechaba de mí. Me daba tareas, pero lo hacía amablemente. Yo la ayudaba con gusto. Llegaba la hora de la comida. Después de comer, cuando había pasado alrede­dor de una hora, el señor Chang Hyeon-sam se daba un baño. Metía el cuerpo desnudo en la bañera llena de agua tibia. A pesar del calor que hacía, le fastidiaba el agua fría. 

Me daba lástima ver ese cuerpo todo huesudo sin carne en ninguna parte. Tenía vello esparcido por el pubis como un joven adolescente, pero su órgano sexual era diminu­to, como el de un niño. Nunca se lo había visto erecto. 

Al terminar de bañarse, regresaba de nuevo a la mecedora al lado de la ventana y, sen­tado, completamente sumergido en ella, penetraba en la profundidad de la tarde que pasaba lentamente. Junto al señor Chang Hyeon-sam, que a ratos leía y a ratos pensaba, yo esperaba a que me ordenaran algún trabajo o un mandado. La empleada de hogar Park me ponía a trabajar sin cesar. Al rato, se ponía el sol y la brisa de la noche acaricia­ba las hojas de los árboles del jardín.

El señor Chang Hyeon-sam se despertaba de madrugada y se iba a la cama muy temprano. Después de cenar, permanecía como una hora en el jardín y se iba directamente a dormir. Para dormir yo ocu­paba una habitación diferente, pero no por eso se me otorgaba liber­tad. En mi habitación habían instalado un timbre que sonaba estrepi­tosamente. 

Cuando el señor Chang Hyeon-sam, acostado, apretaba el botón situado en la pared, a la cabecera de su cama, el timbre de mi habitación sonaba con tanto estruendo que me rompía el sueño por completo. Me llamaba varias veces en la profundidad de la noche, cuando el mundo entero estaba sumergido en un pacífico sueño. 

Tenía la costumbre de beber agua antes de dormir. Iba a la cama des­pués de tomar dos vasos, de los grandes de cerveza, llenos de zumo hecho en la batidora, cuyo motor producía un gran ruido. Transpira­ba mucho mientras dormía. 

Cuando alguien tan delgado como él suda mucho puede deshidratarse, y al deshidratarse, puede caer en estado de coma. Si entrara en coma durante la noche, mientras dor­mía solo, eso podría significar su muerte. Para prevenir ése desastre, tenía que ingerir líquido. No podía morir así no más, sin tener todavía un descendiente que le heredara. 

Esa cantidad de líquido que ingería, aunque en dos o tres horas lo eliminaba parcialmente con el sudor, hacía que se le hinchara la vejiga. El señor Chang Hyeon-sam alzaba su cabecita para apretar el botón y entonces el timbre de mi habitación empezaba a sonar ruidosamente como si tuviera una pesadilla. Me despertaba asustado, buscaba las llaves debajo de las mantas y salía de mi cuarto. Abría con llave la puerta de su habitación y entraba.

-Orinal-, decía.

Lo levantaba en brazos y lo sentaba en el orinal. Me ponía detrás como respaldo para que no se cayera y escuchaba, reteniendo entre dientes el bostezo que estaba por salir, el chorro de orina que caía den­tro del orinal. Cuando el sonido se detenía y sentía que había derra­mado hasta la última gota, lo cogía en brazos y lo acostaba en la cama.

-Enjuague, por favor, el orinal-, me decía el señor Chang Hyeon-sam.

Me llevaba el orinal, vertía el contenido en el retrete y lo enjuagaba.

-¿Se ha lavado las manos?-, se cercioraba el señor Chang Hyeon-sam.

Regresaba al servicio, me lavaba las manos con jabón desinfectan­te y regresaba.

-Agua-, agregaba echando un vistazo a mis manos.

Sacaba la botella de zumo del frigorífico, llenaba el vaso hasta el borde y lo ayudaba a sentarse. Cogía el vaso y pasaba el zumo por la garganta. Como había expulsado líquido del cuerpo sudando y ori­nando, tenía que reponerlo de nuevo. Cuando sentía que había inge­rido suficiente líquido, me dejaba tranquilo diciéndome:

-Vaya a dormir ya. Cierre la puerta con llave al salir.

Una persona que al despertar a media noche necesita estar una o dos horas dando vueltas y vueltas para dormirse de nuevo o alguien que no puede del todo conciliar el sueño de nuevo, no podría hacerlo. Por suerte, al regresar a mi habitación a acostarme, recobraba el sueño inmediatamente. Podría decir que era la capacidad de adapta­ción que se había establecido en mi cuerpo mientras vivía de un lado para otro, cambiando constantemente de patrón.

En dos o tres horas volvería a hincharse la vejiga del señor Chang Hyeon-sam, apretaría el botón de su cabecera y haría que el timbre se espantara de la pesadilla y sonara estrepitosamente como si estuviera dando alaridos. Me despertaría asustado, iría corriendo a la habitación contigua, le bajaría los pantalones, lo sentaría en el orinal para que hiciera sus necesidades, lo acostaría de nuevo en la cama, enjuaga­ría el orinal, me lavaría las manos con jabón desinfectante, sacaría la botella de zumo para llenar el vaso, presenciaría que el zumo le atrave­sara la garganta y regresaría a mi habitación para recuperar el sueño por tercera vez.

Me despertaba dos o tres veces por noche con el sonido del tim­bre y repetía la faena. Pienso que entre los que habían pasado antes que yo por esta casa y se habían marchado a los pocos días, sin poder aguantar, habría algunos que lo hicieron por no soportar el timbre por la noche. Podría también haber algunos que no soportaron el tra­bajo de meterle en el ano la jeringa para el enema. Habría otros que se habrán enfadado por los trabajos que les daba la empleada de hogar Park, aprovechándose del tiempo libre.

-Señor Man-bok, usted merece una reconsideración-, dijo, al entregarme el sobre con el salario del primer mes.

-¿No he cometido errores que le hayan molestado?-, pregunté humildemente.

-Claro que no. Ha llevado bastante bien el trabajo de servirme de brazos y piernas. Pero, ¿podrá permanecer para recibir el segundo salario?-. Lo dijo con cierto recelo.

-Mi determinación es la misma que cuando le dije que no me iría de aquí hasta que me dijera usted mismo que me fuera porque ya no me necesitaba.

-Si es así, ¿qué le parece si, en vez de darle el salario mensualmente, se lo voy ingresando en una cuenta bancaria a su nombre? Creo que no le vendrá mal por ser todavía soltero-, me preguntó como para verificar mi parecer.

-Me parece muy bien-, le respondí devolviéndole sin más el sobre del salario.

En las comisuras de los labios y en los ojos del señor Chang Hyeon-sam se vislumbró una sonrisa tenue, parecida a una ondula­ción. Sin embargo, incluso después de que se le hubiera borrado la sonrisa, no apareció aquella mirada gélida como el hielo.

El señor Chang Hyeon-sam se mostraba mucho más afectuoso. Además de las órdenes que me daba, me hablaba de diferentes cosas y hasta bromeaba conmigo. Un día me dijo lo siguiente:

-Considerando el hecho de que estamos viviendo así, el señor Man-bok y yo bajo el mismo techo, no hay duda de que tuvimos alguna relación en la vida anterior. Podría ser que en nuestra vida anterior el señor Man-bok no pudiera usar las dos piernas y yo recibiera de él un salario a cambio de ayudarle en sus necesidades.

Acariciando, mis fuertes piernas abrió de nuevo la boca:

-Podría ser que en la vida anterior el señor Man-bok envidiara mis fuertes y enérgicas piernas y con frecuencia las acariciara así con las manos. Pienso que realmente podría haber sido así, ¿no le parece, señor Man-bok?

Yo no le hice mucho caso.

-No, no. A lo mejor, en la vida anterior éramos una misma perso­na, dos almas que habitaban en un mismo cuerpo, y puede que hayan reencarnado en dos personas diferentes. ¿No sería así?

Los ojos del señor Chang Hyeon-sam parecían adormecidos, como si estuviera soñando.

-Puede que haya sido así.

Para cuando llegó la fecha de ingresar en la cuenta el segundo salario, las noches comenzaron a refrescar bastante. Tal vez porque el señor Chang Hyeon-sam sudaba ¡menos, el sonido del timbre a media­noche se redujo de dos o tres veces a una o dos, y en octubre, a una sola vez. Seguía transpirando un; sudor frío y por eso tocaba el timbre al menos una vez, y yo le cambiaba la ropa interior empapada de sudor y le suministraba el líquido que había perdido.

Desde entonces, yo comía en la misma mesa que el señor Chang Hyeon-sam. Un día, al verme devorar ruidosamente la comida, mur­muró para sí:

-En mis tiempos, yo también gozaba de gran apetito.

Al día siguiente dijo que tenía ganas de comer pollo por lo que envió a comprar uno y ordenó que lo cocieran en su caldo. Pensé que hasta el señor Chang Hyeon-sam, que nunca tenía ganas de comer y apenas probaba la comida, al llegar el otoño habría recobrado el ape­tito. Sin embargo, cuando la empleada de hogar Park cocinó el pollo y se lo puso entero en la mesa, probó sólo unos bocados y dejó los pali­llos. Luego, preguntó:

- Señor Man-bok, ¿es usted capaz de comerse el pollo entero de una sola vez?

-Un pollo, después de quitarle los huesos, no es gran cosa-, le respondí muy decididamente.

-Pues entonces, cómaselo. Si no lo hace, le cobro el precio del pollo.

Lo dijo como dándome ánimo. Para mí, no era gran cosa acabár­melo. El pollo se derretía en mi boca. En un abrir y cerrar de ojos, ese pollo grande desapareció, deslizándose dentro de mi estómago.

-Hacía mucho que no comía un pollo tan sabroso-, dijo el señor Chang Hyeon-sam chasqueando la lengua.

-¿Cómo dice que se lo ha comido, si apenas lo ha probado?-, comenté como respondiendo a su broma.

-No es broma. Cuando veo al señor Man-bok comer con tantas ganas, siento como si lo estuviera haciendo yo. Siento el sabor y siento también que se me llena el estómago. No hice más que sonreír.

Desde entonces, el señor Chang Hyeon-sam decía que tenía ganas de comer algo especial, hacía que se lo prepararan en casa u ordenaba que se lo trajeran de algún restaurante, pero apenas lo pro­baba y después de dejar los palillos, al momento, me decía que me lo comiera. 

No que lo sirvieran en un plato aparte; no, decía que comiéra­mos del mismo plato y entonces fingía que lo comía con la cuchara y los palillos y, en realidad, dejaba que me lo comiera yo solo. Se queda­ba observando, tragando saliva, el deleite y la satisfacción con que yo comía, y cuando la comida estaba ya dentro de mi estómago decía como si eructase:

-¡Qué bien he comido! ¡Me siento tan lleno!

-Pero, si sólo ha estado viéndome comer.

-A mí también me parece extraño. Cuando veo comer al señor Man-bok, me da la impresión de que mi cuerpo penetra sin darme cuenta en el cuerpo del señor Man-bok y que su cuerpo y el mío se convierten en uno solo. Siento que formamos un solo cuerpo y que la comida entra por mi boca.

No sólo era con la comida. Un día, el señor Chang Hyeon-sam, después de ver una competición de ciclismo, hizo que me compraran una bicicleta y que yo anduviera en ella. Otro día dijo que quería aprender a conducir y por esa razón, fui con él a la autoescuela y aprendí a conducir.

De esa manera pasó un año y volvió la primavera y, un día, el señor Chang Hyeon-sam me dijo, repentinamente:

-Señor Man-bok ¿podría ir usted en mi lugar a encontrarse con una mujer?'

-¿Que qué?-, pregunté sorprendido.

-Me van a presentar a la que será mi esposa y quisiera que el señor Man-bok fuera en mi lugar.

-Si insiste en que yo vaya en su lugar podría hacerlo, pero... Dejé la frase en suspenso porque a diferencia de otros asuntos, no sabía lo que debía hacer en este caso.

-Pues bien. Entonces, empecemos a hacer los preparativos. Lo dijo muy decididamente, como si ya todo estuviera acordado. El señor Chang Hyeon-sam y yo montamos la silla de ruedas en un taxi y nos fuimos al centro. Entré en una sastrería de alta categoría del cen­tro y en presencia del señor Chang Hyeon-sam, que me observaba sen­tado en su silla de ruedas, me mandé hacer un traje de primera cali­dad. 

Visitamos una zapatería para encargar unos zapatos de primera clase y regresamos a casa, después de pasar por una tienda en la que compramos una camisa, una corbata, un cinturón y otros accesorios, siempre de la mejor calidad.

Por fin, acudí a la cita, estrenando aquel atuendo de la mejor calidad. El señor Chang Hyeon-sam vino detrás y se sentó un tanto ale­jado, desde donde observaba el encuentro que yo sostenía. La mujer era bastante bonita y atractiva. En realidad, si era bonita o fea no me concernía a mí, sino al señor Chang Hyeon-sam, sentado cerca de nosotros. 

Aunque fui presentado ante la familia de la novia con el nom­bre, la edad y la posición del señor Chang Hyeon-sam, no me preocu­paba pensando en lo que haría si se descubría la verdad o si se compli­caba el asunto.

Sin embargo, empezó a entrarme miedo cuando se celebró la ceremonia de compromiso, un mes después de que me presentaran a la novia.

-Si hasta en la ceremonia de compromiso voy yo de novio, ¿no se complicaría el asunto?-, pregunté preocupado.

-No, no, nada de eso. Si el señor Man-bok no va de novio, enton­ces sí que puede complicarse.

Esa fue su respuesta. Por lo tanto, no pude evitar ser el novio en la ceremonia de compromiso. El señor Chang Hyeon-sam participó en aquella formalidad como miembro de la familia del novio, y el sonido que producía la cámara al tomarnos fotos cuando el novio y la novia intercambiamos los regalos, hacía que me diera la impresión de que estaba sumergiéndome en un profundo pozo.

Al regresar de la ceremonia puse delante del señor Chang Hyeon-sam el reloj de pulsera que había recibido como regalo de com­promiso.

-Como lo ha recibido el señor Man-bok, puede usted ponérselo-, comentó devolviéndomelo.

-¿Qué hacemos si se descubre?

Mi voz temblaba.

-No hay de qué preocuparse. Piense que ya no es usted Lee Man-bok sino Chang Hyeon-sam. Ya sea en la ceremonia de compromiso, en la boda o haciendo algo más importante, piense que no es Lee Man-bok quien lo hace, sino Chang Hyeon-sam dentro del cuerpo de Lee Man-bok. Ahora, míreme...

Hablaba mirándome fijamente, con unos ojos penetrantes. Le miré también con la misma intensidad.

Tuve la impresión de que, de pronto, mi cuerpo era absorbido por sus ojos y que se unía en uno solo con el cuerpo del señor Chang Hyeon-sam. Cerré los ojos.

Un mes después me casé con aquella mujer. Fuimos de luna de miel y la primera noche, abracé su cuerpo desnudo y juntamos nues­tras carnes, repitiéndome constantemente: soy Chang Hyeon-sam, no Lee Man-bok, sino Chang Hyeon-sam.

Esa extraña vida matrimonial se extendió por un año. Tuve un hijo. El apellido del niño, siguiendo al señor Chang, era Chang y el nombre también se lo puso él. En el registro civil, el señor Chang Hyeon-sam y mi mujer eran cónyuges, por lo que mi hijo lo era de Chang Hyeon-sam y de mi mujer.

Tres meses después del nacimiento del niño murió la madre por complicaciones posteriores al parto. Aunque no hubiera sido nada grato para la fallecida, después de haber superado la tristeza por su muerte, empecé a recuperar mi propia persona.

Sentía que la muerte de la mujer me había salvado de la oscura cárcel en la que me encontraba.

Un día, el señor Chang Hyeon-sam me dijo:

-Deseo que vaya a mi pueblo natal y se ocupe de los sepulcros de mis antepasados.

Me dio un mes de vacaciones para que al regreso hiciera un viaje turístico. A mi hijo lo cuidaría una niñera y ya tenían a la persona que ayudaría al señor Chang Hyeon-sam en mi ausencia. Emprendí el viaje alegremente.

Cuando regresé al cabo del mes, la familia del señor Chang Hyeon-sam se había mudado. Me esperaba la libreta de ahorros que marcaba los ingresos mensuales de mi salario de todo ese tiempo y una carta en la que me decía que la casa la había registrado a mi nombre. 

Repentinamente me asaltó la soledad. Bajo aquella soledad todo mi cuerpo quedó invadido por la dolorosa añoranza de mi hijo. De haber­lo querido, fácilmente podría conseguir su nueva dirección.

Sin embargo, sumergiendo mi cuerpo en la silla mecedora, junto a la ventana en la que el señor Chang Hyeon-sam solía sentarse para ver el jardín, contuve el impulso de salir en busca de ellos. El verano comenzaba a madurar en el jardín.