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El encuentro inesperado - Johann Peter Hebel

En Falun, Suecia, hace ya sus buenos cincuenta años y quizá más, un joven minero le dio un beso a su joven y hermosa novia diciéndole así:

“En el día de Santa Lucía, nuestro amor será bendecido por la mano del sacerdote. Entonces seremos marido y mujer y construiremos nuestro nido nupcial.”

Y le dijo la novia hermosa con una dulce sonrisa:

“Y en él habrán de morar la paz y el amor, pues tú eres mi único y mi todo, y sin ti preferiría estar en la tumba y no en otro lugar.”

Pero cuando, antes del día de Santa Lucía, el sacerdote hubo de preguntar por segunda vez en la iglesia:

“¿Alguien sabe de algún impedimento para que estas personas realicen su unión conyugal?”

La muerte se presentó. Pues cuando el joven pasó, a la siguiente mañana, con su negro traje de minero ante la casa de su amada –y el minero lleva siempre su vestimenta mortuoria–, tocó en verdad una vez más a su ventana y le dijo:

“Buenos días”

pero sin decirle ya más:

“Buenas noches”

Él nunca volvió de la mina y ella bordó inútilmente esa misma mañana su negra bufanda de cenefas rojas; y como nunca más volviese, ella guardó la prenda y lloró por él sin jamás olvidarlo.

Por ese tiempo la ciudad de Lisboa, en Portugal, fue destruida por un terremoto, y pasó la guerra de Siete Años, y el emperador Francisco I murió, y la orden de los jesuitas fue suprimida, y Polonia fue repartida, y la emperatriz Maria Teresa murió y Struensee fue ajusticiado.

América se liberó, y los poderes unidos de Francia y España no pudieron conquistar Gibraltar. Los turcos enclaustraron al general Stein en la cueva de los Siete Veteranos, en Hungría, y el emperador José también murió. El rey Gustavo de Suecia conquistó la Finlandia rusa, y la revolución francesa y la larga guerra dieron comienzo, y el emperador Leopoldo II bajó también a su tumba. 

Napoleón conquistó Prusia, y los ingleses bombardearon Copenhague, y los campesinos sembraban y segaban. El molinero molía, y los herreros forjaban, y los mineros cavaban en busca de filones metalíferos en su taller subterráneo.

Pero cuando los mineros de Falún, en el año de 1809, poco antes o después del día de San Juan, quisieron excavar entre dos pozos de mina un boquete, sacaron de entre escombros y agua vitriolada, desde sus buenas trescientas varas bajo el suelo, a un joven envuelto por completo en un bloque de vitriolo, incorrupto e inalterado pese a ello, por lo que aún podían reconocerse plenamente los rasgos de su rostro y su edad, tal como si hubiera muerto una hora antes o se hubiese quedado dormido durante el trabajo.

Pero cuando hubo de ser puesto a la luz del día, su padre y su madre, sus amigos y sus conocidos habían muerto hacía ya largo tiempo, y ningún individuo quiso conocer al joven durmiente o saber algo acerca de su desgracia hasta que acudió la antigua enamorada del minero que un día bajó a los túneles y nunca más regresó. 

Canosa y arrugada, fue al lugar ayudada de una muleta y reconoció a su novio; y más con jubiloso entusiasmo que con dolor, se inclinó ante el amado cuerpo y en seguida de que se hubo repuesto de una prolongada y vehemente conmoción, dijo por último:

“Es mi amado por el cual he llorado por largos cincuenta años y que Dios me ha permitido ver de nuevo antes de mi muerte. Ocho días antes del día de la boda, se fue a la mina sin volver nunca más.”

Entonces los sentimientos de todos los presentes fueron conmovidos hasta la tristeza y las lágrimas al ver a la anciana novia convertida entonces en la imagen de una anciana sin fuerzas y al novio todavía en su juvenil hermosura, y cómo resucitaba una vez más en su pecho, después de cincuenta años, la llama de su amor juvenil.

Pero él nunca abrió la boca para sonreír ni los ojos para reconocer; y ella, finalmente, pidió a los mineros que lo llevaran a su cuartito, hasta que fuese cavada su sepultura en el cementerio monacal, por ser ella la única a quien le pertenecía y tener derecho a él.

Al día siguiente, cuando fue cavada la tumba en el cementerio y los mineros fueron a recogerlo, ella abrió un cofrecillo y le envolvió el cuello con la bufanda negra ribeteada de rojo y lo acompañó con sus ropas de domingo como si fuese el día de su boda y no el de su entierro. Entonces, cuando fue puesto en la tumba del cementerio, ella dijo:

“Duerme bien ahora, un día o diez, en tu frío lecho nupcial; el tiempo no te será largo. Yo ya tengo poco que hacer y pronto vendré, y pronto será nuevamente de día.”

Le dijo al marcharse y volver a mirarlo una vez más.

Las campanas de Shoredan - Roger Zelazny

Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Desde una era antes de esta era estaba el muerto dominio vacío de sonido, aparte del restallar de los truenos y el espit-espit-espit de las gotas de lluvia al rebotar en la piedra de los edificios y en las rocas. 

Las torres de la Ciudadela de Rahoring seguían en pie; el gran arco, al que le habían arrancado las puertas, continuaba abierto, como una boca paralizada en un aullido de dolor y sorpresa de muerte; el campo que rodeaba el lugar se asemejaba al estéril paisaje de la luna.

El jinete siguió el Camino de los Ejércitos, que terminaba en el arco de entrada y se adentraba en la Ciudadela. Tras él quedaba una sinuosa senda que descendía y descendía y retrocedía hacia el sur y hacia el oeste. Atravesaba frígidas siluetas de niebla matutina que se aferraban, entumecidas, al oscuro terreno lleno de agujeros, igual que escuadrones de gigantescas sanguijuelas. 

La senda se curvaba en torno a las viejas torres, que seguían en pie únicamente en virtud de los encantamientos que pesaban sobre ellas desde tiempos pasados. Negras e impresionantes, muy elevadas y perfiladas en la claridad de una pesadilla, las torres y la Ciudadela eran las últimas prolongaciones visibles del carácter de su fallecido constructor: Ho-horga, Rey del Mundo.

El jinete, el jinete de las botas verdes que no dejaba huellas al andar, debió sentir parte del siniestro poder que aún quedaba en el lugar, porque se detuvo y permaneció en silencio, contemplando largo rato las rotas puertas y las altas almenas. Luego dijo una palabra a la negra criatura parecida a un caballo que era su montura, y avanzó lentamente.

Al acercarse, vio que algo se movía en las sombras del arco de entrada.

Él sabía que ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast...

La batalla había ido bien, teniendo en cuenta el número de defensores.

El primer día, los emisarios de Lylish se acercaron a los muros de Dilfar, solicitaron parlamento, pidieron la rendición de la ciudad y obtuvieron una negativa. Siguió una breve tregua para permitir el combate entre Lance, el Segundo de Lylish, y Dilvish, llamado el Maldito, Coronel del Oriente, Libertador de Portaroy, vástago de la Casa Elfa de Selar y de la Casa Humana eliminada.

La lid duró menos de un cuarto de hora, hasta que Dilvish, cuya herida en la pierna provocó su caída, arremetió con la punta de su espada sin dejar de protegerse con el escudo. La armadura de Lance, considerada invencible, cedió entonces, porque el arma de Dilvish golpeó uno de los dos dibujos del peto, los que tenían forma de hendidas marcas de casco. 

Los soldados murmuraron que esas marcas no estaban allí anteriormente e intentaron hacer prisionero al coronel. Pero el caballo de Dilvish, que permanecía apartado cual estatua de acero, fue en su auxilio de nuevo y lo condujo a la seguridad de la ciudad.

El asalto se inició entonces, pero los defensores estaban preparados y defendieron bien los muros. Dilfar estaba perfectamente fortificada y provista. Combatiendo en posición de fuerza, los defensores lanzaron enorme destrucción sobre los hombres del Occidente.

Al cabo de cuatro horas, el ejército de Lylish se retiró con los enormes arietes que no había podido usar. Los soldados del Occidente iniciaron la construcción de plataformas de asalto mientras aguardaban la llegada de catapultas de Bildesh.

En los muros de Dilfar, en lo alto del Torreón de las Águilas, dos hombres observaban.

—No irá bien, lord Dilvish —dijo el rey, que se llamaba Malacar el Poderoso, aunque su estatura era escasa y sus años abundantes—. Si completan las torres que caminan y traen catapultas, nos atacarán desde lejos. No podremos defendernos de eso. Luego las torres se pondrán en marcha, cuando estemos debilitados tras el bombardeo.

—Es cierto —dijo Dilvish.

—Dilfar no debe caer.

—No.

—Hemos pedido refuerzos, pero se hallan a muchas leguas de distancia. Nadie estaba preparado para el asalto de lord Lylish, y pasará mucho tiempo antes de que se reúnan tropas suficientes y acudan a la batalla.

—Eso también es cierto, y por entonces podría ser demasiado tarde.

—Afirman algunos que sois el mismo lord Dilvish que liberó Portaroy hace largo tiempo.

—Soy ese Dilvish.

—Si es así, aquel Dilvish era de la Casa de Selar de la Espada Invencible.

—Sí.

—¿También es cierto, pues, lo que se dice de la Casa de Selar y de las campanas de Shoredan en Rahoringhast?

Malacar desvió la mirada mientras lo preguntaba.

—Eso no lo sé —dijo Dilvish—. Jamás he intentado despertar a las legiones malditas de Shoredan. Mi abuela me explicó que sólo dos veces en todas las épocas del Tiempo se ha hecho eso. También lo he leído en los Libros Verdes del Tiempo del alcázar de Mirata. Pero no lo sé.

—Sólo a un miembro de la Casa de Selar responderán las campanas. De lo contrario oscilan sin hacer ruido, se dice.

—Eso se dice.

—Rahoringhast se halla lejos, al norte y al este, y penoso es el camino. Pero con una montura como la vuestra se puede hacer el recorrido, conseguir que suenen las campanas, convocar a las legiones malditas. Se dice que esas legiones acompañarán a la batalla a un miembro de Selar.

—Cierto, también yo he pensado en ello.

—¿Podéis intentarlo?

—Sí, señor. Esta noche. Ya estoy preparado.

—Arrodillaos pues y recibid mi bendición, Dilvish de Selar. Supe que erais él en cuanto os vi en el campo ante estos muros.

Y Dilvish se arrodilló y recibió la bendición de Malacar, llamado el Poderoso, Señor del Dominio Oriental, cuyo reino abarcaba Dilfar, Bildesh, Maestar, Mycar, Portaroy, Princeaton y Poind.

El camino era difícil, pero el transcurso de leguas y horas se asemejaba al movimiento de las nubes. La puerta occidental de Dilfar tenía en la parte interior una salida más pequeña, una puerta que permitía el paso de un hombre, claveteada y con ranuras para disparar flechas.

Cual postigo al viento, esa puerta se abrió y se cerró. Agazapado, a lomos de un fragmento de la noche, el coronel cruzó la abertura y corrió por la llanura, entrando un instante en los lindes del campamento enemigo.

Hubo un grito mientras Dilvish pasaba, y resonaron armas en la oscuridad.

Brotaron chispas de desherrados cascos de acero.

—¡Toda la velocidad a tu disposición, Black, mi montura!

Cruzó el lugar del campamento y se alejó antes de que la primera flecha estuviera dispuesta en su arco.

En lo alto de la colina, hacia el este, una pequeña hoguera tremolaba al viento. Estandartes, montados en altos palos, aleteaban en la noche; estaba demasiado oscuro para que Dilvish leyera los emblemas, pero sabía que se hallaban ante las tiendas de Lylish, Coronel del Occidente.

Dilvish pronunció las palabras en el lenguaje de los malditos, y al pronunciarlas los ojos de su montura brillaron como ascuas en la noche. La pequeña hoguera de la cumbre de la colina, una gran fronda de llamas, se alzó hasta la altura de cuatro hombres. Pero no alcanzó la tienda. Y después no hubo ninguna hoguera, sólo las brasas de todos los leños consumidos en un instante.

Dilvish siguió cabalgando, y los cascos de Black produjeron iluminación en la ladera.

Persiguieron a Dilvish solamente un rato. Después el coronel se alejó solitario.

Toda esa noche cabalgó cruzando parajes de roca. Siluetas se alzaron y cayeron ante él, igual que tambaleantes gigantes sorprendidos en plena borrachera. Dilvish se notó lanzado, en innumerables ocasiones, por vacuo aire, y al mirar hacia abajo en tales momentos, sólo vio vacuo aire.

Con la mañana llegó la nivelación del camino, y el distante borde de la Llanura Oriental quedó primero ante Dilvish, luego bajo él. Comenzó a dolerle la pierna debajo de la ropa, pero él había vivido en las Casas de Dolor diez veces más que las vidas de los hombres, y apartó la sensación de sus pensamientos.

Cuando el sol se alzó sobre el irregular horizonte a su espalda, Dilvish hizo un alto para comer y beber, para estirar las piernas.

Luego vio en el cielo las siluetas de nueve palomas negras que debían circundar el mundo eternamente, sin posarse jamás, para ver todas las cosas del mar y la tierra pasando sobre ellas.

—Un augurio —dijo Dilvish—. ¿Es un buen augurio?

—No lo sé —replicó la criatura de acero.

—Entonces apresurémonos a saberlo.

Dilvish montó de nuevo.

Durante cuatro días atravesó la llanura, hasta que las onduladas hierbas amarillas y verdes quedaron atrás y el terreno se extendió arenoso ante el jinete.

Los vientos del desierto le hirieron los ojos. Dispuso su pañuelo a modo de embozo, pero no pudo frenar la totalidad del asalto. Para toser y escupir tenía que bajar el pañuelo, y la arena penetraba nuevamente. Parpadeó y sintió arder su cara, y maldijo, pero ningún hechizo conocido podía dejar el desierto entero como un tapiz amarillo, liso y sin arrugas bajo él. Black era un viento contrapuesto, y los vientos del territorio se apresuraron a combatir su paso.

El tercer día en el desierto, un loco ser voló invisible y disparatado detrás de Dilvish. Ni siquiera Black logró dejarlo atrás, y la criatura hizo caso omiso de las más inmundas imprecaciones en mabrahoring, el lenguaje de demonios y malditos.

Al día siguiente, más criaturas se unieron a la primera. No cruzaron el círculo protector donde Dilvish reposaba, pero llenaron de chillidos sus sueños —fragmentos sin sentido en una decena de idiomas— y perturbaron su descanso.

El jinete los dejó atrás al dejar el desierto. Los dejó atrás al entrar en el territorio de piedra, rebordes, guijos, oscuros estanques y siniestras aberturas en la tierra donde brotaban los vahos de los infiernos.

Dilvish había llegado a la frontera de Rahoringhast.

Un territorio húmedo y gris, por todas partes.

Había niebla en algunos puntos, y el agua rezumaba de las rocas, surgía del suelo.

No había árboles, arbustos, flores, hierba... Ningún pájaro cantaba, ningún insecto zumbaba... Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Dilvish siguió cabalgando y atravesó las quebradas fauces de la ciudad.

El interior era sombras y ruina.

El jinete prosiguió por la Senda de los Ejércitos.

En silencio estaba Rahoringhast, una ciudad de los muertos.

El lo percibió, no como el silencio de la nada, sino como el silencio de una paralizada presencia.

Sólo las hendidas patas de acero sonaban en la ciudad.

No había ecos.

Sonido... Nada. Sonido... Nada. Sonido...

Fue como si algo invisible se desplazara para absorber cualquier evidencia de vida en cuanto se manifestaba mediante el ruido.

Rojo era el palacio, igual que ladrillos recién sacados del horno y enrojecidos por el temple de su fabricación. Pero los muros eran uniformes. Ninguna juntura, ninguna división en la capa de rojo. Una construcción sólida, imponderable, de amplia base, y con sus trece torres alcanzaba más altura que cualquier edificio visto por Dilvish, aunque él había morado en el mismo torreón de Mirata, donde los Señores de la Ilusión dominaban, retorciendo el espacio a su voluntad.

Dilvish desmontó y contempló la enorme escalera que se alzaba ante él.

—Nos orientaremos dentro de eso.

Black inclinó la cabeza y tocó el primer escalón con su casco. Brotó fuego de la piedra. El caballo de acero retiró la pata y el humo formó rizos en ella. No quedó señal en la escalera indicativa del punto de contacto.

—Temo no poder entrar en este lugar y conservar mi forma —afirmó Black—. Como mínimo, mi forma.

—¿Qué te lo impide?

—Un antiguo encantamiento para defender este lugar del asalto de cualquiera como yo.

—¿Puede deshacerse?

—No por ninguna criatura que ande en este mundo o vuele sobre él o se retuerza bajo él, o yo soy un caballo. Aunque un día los mares suban y cubran la tierra, este lugar existirá en el fondo. Fue arrancado del Caos por el Orden en los tiempos en que estas normas dominaban el territorio pelado, al otro lado e las montañas. Quienquiera que fuera el causante, fue uno de los Primeros, y poderoso incluso desde el punto de vista del Poderoso.

—En ese caso debo continuar solo.

—Tal vez no. Se acerca alguien ahora mismo al que será mejor que aguardes y escuches.

Dilvish aguardó, y un solitario jinete salió de una distante calle y avanzó hacia los recién llegados.

—Saludos —dijo el jinete con la mano derecha levantada, abierta.

—Saludos. —Dilvish hizo el mismo gesto.

El jinete desmontó. Su vestimenta era de color violeta oscuro, la capucha echada hacia atrás, la capa tapándole por completo. No llevaba armas visibles.

—¿Qué hacéis aquí ante la Ciudadela de Rahoring? —preguntó.

—¿Qué hacéis vos preguntándome, sacerdote de Babrigore? —dijo Dilvish, y no apremiantemente.

—Paso el tiempo de una luna en este lugar de muerte, para extenderme en los hábitos del mal. Es para prepararme como superior de mi templo.

—Sois joven para ser rector de un templo.

El sacerdote se encogió de hombros y sonrió.

—Pocos vienen a Rahoringhast —observó.

—No es muy extraño —replicó Dilvish—. Confío en no quedarme mucho tiempo.

—¿Pensabais entrar en este... lugar? —El sacerdote señaló el palacio.

—Pensaba, y pienso.

El hombre era media cabeza más bajo que Dilvish, y era imposible conjeturar su silueta bajo la ropa que lucía. Sus ojos eran azules y su tez morena. Un lunar en su párpado izquierdo danzaba cuando pestañeaba.

—Permitidme rogaros que reconsideréis esta acción —dijo—. Sería imprudente entrar en este edificio.

—¿Por qué?

—Se dice que el interior continúa vigilado por los antiguos guardianes de su señor.

—¿Habéis estado dentro alguna vez?

—Sí.

—¿Os causó molestias algún antiguo guardián?

—No, pero al ser sacerdote de Babrigore me hallo bajo la protección de... de... Jelerak.

Dilvish escupió.

—Ojalá le arranquen la carne de los huesos y conserve la vida.

El sacerdote bajó los ojos.

—Aunque él luchó contra la criatura que habitaba en este lugar —dijo Dilvish—, después se volvió tan inmundo como ella.

—Muchos de sus actos son igual que manchas en la tierra —repuso el sacerdote—, pero él no fue siempre así. Era un auténtico mago que opuso sus poderes a los del Siniestro, en una época en que el mundo era joven. No estaba bastante capacitado. Cayó. El Maléfico lo usó como siervo. Durante siglos soportó ese cautiverio, hasta que la esclavitud lo transformó, tal como debía ser. También él alcanzó la gloria con métodos siniestros. Pero después, cuando Selar el de la Espada Invencible compró la vida de Hohorga con la suya, Jel... él cayó como si estuviera muerto y así permaneció durante una semana. Próximo al delirio, al despertar, recurrió a un contraencantamiento en un último acto de revocación: liberar a las legiones malditas de Shoredan. Lo probó. Lo hizo. Permaneció en esta misma escalera durante dos días y dos noches, hasta que la sangre se mezcló con el sudor de su frente, pero no consiguió romper el influjo de Hohorga. Aun estando muerto, la siniestra fuerza era tremenda para él. Luego vagó enloquecido por el territorio, hasta que fue recogido y atendido por los sacerdotes de Babrigore. Después volvió a los hábitos que había aprendido, pero siempre ha mostrado una amable disposición hacia la Orden que lo atendió. Jamás nos ha pedido nada. Nos ha enviado alimentos en tiempos de hambre. No habléis mal de él en mi presencia.

Dilvish escupió de nuevo.

—Ojalá se pudra en la oscuridad de las oscuridades por los siglos de los siglos y ojalá su nombre sea maldito por siempre. El sacerdote apartó la mirada del repentino fulgor en los ojos de Dilvish.

—¿Qué pretendéis hacer en Rahoring? —preguntó por fin. —Entrar... y hacer algo. Si debéis hacerlo, os acompañaré. Tal vez mi protección se extienda también a vos.

—No he solicitado vuestra protección, sacerdote.

—No es preciso solicitarla.

—Perfectamente. Venid conmigo en ese caso.

Empezó a subir la escalera.

—¿Qué es eso que montáis? —inquirió el sacerdote mientras señalaba hacia atrás—. Igual que un caballo por su forma, pero ahora es una estatua.

Dilvish se echó a reír.

—También yo sé algo de los métodos siniestros, pero mis relaciones son particulares.

—Ningún hombre puede tener relaciones especiales con lo siniestro.

—Podéis decir eso a un morador de las Casas de la Llanura, sacerdote. A una estatua. ¡A alguien que pertenezca totalmente a la raza de los hombres! Pero no a mí.

—¿Cómo os llamáis?

—Dilvish. ¿Y vos?

—Korel. No os hablaré más de lo siniestro, Dilvish, pero a pesar de todo entraré con vos en Rahoring.

—En ese caso no sigáis hablando. —Dilvish se volvió y continuó subiendo.

Korel le siguió.

A medio camino, la luz que les rodeaba empezó a apagarse. Dilvish miró hacia atrás. Sólo pudo ver la escalera que bajaba y bajaba. No había nada en el mundo aparte de escalones. Un paso más hacia arriba, y la oscuridad aumentó.

—¿Ocurrió esto cuando entrasteis aquí la última vez? —preguntó Dilvish.

—No —dijo Korel.

Llegaron a lo alto de la escalera y vieron el nebuloso portal. Por entonces parecía como si la noche cubriera la tierra.

Entraron.

Un sonido, como de música, llegaba de muy lejos, y en el interior había una luz fluctuante. Dilvish puso la mano en el pomo de su espada.

—No os servirá de nada —musitó el sacerdote.

Recorrieron el pasadizo y llegaron por fin a una vacía sala. Varios braseros vertían llamas en los elevados huecos de las paredes. El techo se perdía en la penumbra y el humo.

Cruzaron esa sala hasta el punto donde una amplia escalera conducía a una llamarada de luz y sonido.

Korel miró atrás.

—Empieza con la luz —dijo el sacerdote—, toda esta novedad. —Señaló—. El pasillo exterior sólo contenía escombros y... polvo...

—¿Y cuál es el problema aparte de eso? —Dilvish volvió también la cabeza.

Sólo una hilera de pisadas recorría el polvo hacia la sala. Dilvish se echó a reír.

—Camino con suavidad —dijo.

Korel le contempló. Luego parpadeó y su lunar se agitó sobre el ojo.

—Cuando entré aquí anteriormente —dijo el sacerdote—, no había sonidos, ninguna antorcha. Todo estaba vacío y silencioso, destrozado. ¿Sabéis qué ocurre?

—Sí —repuso Dilvish—, porque lo leí en los Libros Verdes del Tiempo y en el torreón de Mirata. Debéis saber, oh sacerdote de Babrigore, que en la sala superior los fantasmas juegan a ser fantasmas. Debéis saber, igualmente, que Hohorga muere una y otra vez mientras yo estoy aquí dentro.

Al pronunciar el nombre Hohorga, se oyó un fuerte grito en la elevada sala. Dilvish corrió escaleras arriba, con el sacerdote detrás.

De entre los muros de Rahoring brotaba un potente gemido.

Se detuvieron al final de la escalera, Dilvish como una estatua, con la espada medio desenvainada, Korel con las manos metidas en las mangas, rezando según la norma de su orden.

Los restos de un gran festín se hallaban dispersos por toda la sala. La luz procedía de arriba, de unos globos de colores que daban vueltas como planetas bajo la gran pintura celeste del abovedado techo. 

El trono que ocupaba el estrado junto a la pared más alejada estaba vacío. Ese trono era demasiado grande para que alguien de la época lo ocupara. Las paredes estaban totalmente cubiertas de antiguos emblemas, muy extraños, sobre losas de mármol donde alternaban el blanco y el anaranjado. 

En las columnas de la pared había gemas del tamaño de puños cerrados, de ardiente amarillo y esmeralda, infrarrubí y ultra-azul que despedían un ígneo brillo, transparente e iluminador hasta los escalones del trono. 

El pabellón del trono era amplio y de oro blanco, trabajado a la manera de sirenas y arpías, delfines y serpientes con cabeza de cabra; estaba sostenido por dragones alados, grifos y pegasos sentados y erguidos. Pertenecía al ser que agonizaba en el suelo.

Con forma de hombre, aunque media talla más alto, Hohorga yacía en las baldosas de su palacio y sus intestinos llenaban su regazo. Lo atendían tres miembros de su guardia, mientras el resto se ocupaba del asesino. Se decía en los Libros del Tiempo que Hohorga el Maléfico era indescifrable. Dilvish comprobó que ello era cierto y falso al mismo tiempo.

Hohorga era hermoso y noble de facciones; pero tan cegadoramente hermoso era que todos los ojos se apartaban de aquel semblante arrugado entonces por el dolor. Un tenue halo azulado decrecía alrededor de sus hombros. Incluso con el dolor de la muerte Hohorga era tan frío y perfecto como una piedra preciosa tallada, dispuesta sobre el cojín verdirrojo de su sangre; la suya era la hipnótica perfección de una serpiente multicolor. 

Se dice que los ojos no tienen expresión propia, y que nadie puede meter la mano en un barril de ojos y separar los de un hombre encolerizado o los de un ser querido. Los ojos de Hohorga eran los de un dios arruinado: infinitamente tristes, tan altivos como un océano de leones.

Una sola mirada y Dilvish comprobó ese detalle, aunque no logró adivinar el color de los ojos.

Hohorga era de la sangre del Primero.

Los guardias habían arrinconado al asesino. El combatía, al parecer con las manos vacías, pero parando y asestando golpes como si aferrara una espada. Cuando su mano se movía, había heridas.

El asesino esgrimía la única arma capaz de herir al Rey del Mundo, que no toleraba armas en su presencia, salvo a su guardia.

Llevaba la Espada Invisible.

Era Selar, primero de la casa elfa de ese nombre, finado gran señor de Dilvish, que en ese momento gritó su nombre.

Dilvish sacó la espada y cruzó corriendo la sala. Arremetió contra los atacantes, pero su hoja los atravesó como si fueran de humo.

Superaron la posición de guardia de Selar. Un potente golpe lanzó despedido algo invisible que resonó en la sala. Luego despedazaron al vencido, poco a poco, a Selar de Shoredan, mientras Dilvish lloraba y observaba.

Y entonces habló Hohorga, con una voz firme aunque suave, sin inflexión, igual que el constante batido de la marea o cascos de caballos.

—He sobrevivido al que presumía de haberme vencido, como debe ser. Sabed que está escrito que jamás ojo alguno vería la espada capaz de herirme. Los poderes tienen sus bromas. Mucho de lo que he hecho permanecerá siempre así, oh hijos de los Hombres, Elfos y Salamandras. Me llevo de este mundo, al silencio, mucho más de lo que sabéis. Habéis vencido a lo que era más grande que vosotros mismos, pero no os enorgullezcáis. Eso ha dejado de importarme. Nada me importa. Mis maldiciones para vosotros.

Aquellos ojos se cerraron y hubo el estampido del trueno.

Dilvish y Korel estaban solos en las ensombrecidas ruinas de una gran sala.

—¿Por qué apareció hoy esto? — preguntó el sacerdote.

—Cuando uno de la sangre de Selar entra aquí — dijo Dilvish — la escena vuelve a realizarse.

—¿Para qué habéis venido aquí, Dilvish, hijo de Selar?

—Para tocar las campanas de Shoredan.

—Imposible.

—Si debo salvar Dilfar y liberar de nuevo Portaroy, ha de hacerse.

«Voy a buscar las campanas ahora mismo. »

Atravesó la casi negrura de noche sin estrellas, porque sus ojos no eran los ojos de los Hombres, y estaba acostumbrado a mucha oscuridad.

Oyó que el sacerdote le seguía.

Pasaron por detrás de la destrozada mole del trono del Señor de la Tierra. De haber habido suficiente luz, habrían visto que los puntos oscuros del suelo se convertían en manchas, luego adoptaban el tono tostado de la arena y un color verdirrojo de sangre al acercarse Dilvish, para esfumarse de nuevo al alejarse.

Detrás del estrado estaba la puerta de la torre central. Fevera Mirata, Reina de la Ilusión, había mostrado una vez esta sala a Dilvish en un espejo del tamaño de seis jinetes en línea, un espejo bordeado por un marco de atrompetados narcisos de oro que ocultaron sus cabezas hasta que no hubo más reflejo que el de ellos mismos.

Dilvish abrió la puerta y se detuvo. Ondulante humo le envolvió. Sufrió un ataque de tos, pero se mantuvo en guardia.

—¡Es el Guardián de las Campanas! — exclamó Korel — . ¡Que Jelerak nos libre!

—¡Maldito Jelerak! — dijo Dilvish — . Me basto para librarme.

Pero al hablar, la nube formó un remolino y dando vueltas se transformó en una reluciente torre que guardaba la entrada, iluminando el trono y los puntos próximos. Dos ojos rojos centelleaban en el humo.

Dilvish pasó su espada una y otra vez a través de la nube, sin encontrar resistencia.

—Si continúas incorpóreo, pasaré a través de ti —anunció Dilvish—. Si adoptas una forma, te haré pedazos. Elige—y dijo todo ello en mabrahoring, el lenguaje que se habla en el Infierno.

—Libertador, Libertador, Libertador —silbó la nube—, mi predilecto, Dilvish, criaturilla de garfios y cadenas. ¿No conoces a tu amo? ¿Tan corta es tu memoria?

Y la nube se deshizo y se convirtió en una criatura con cabeza de ave, las patas traseras de un león y dos serpientes brotando de los hombros que se retorcían y reaparecían en la alta cresta de llameantes plumas.

—¡Cal-den!

—Sí, tu antiguo atormentador, hombre Elfo. Te he echado de menos, pocos abandonan mis cuidados. Era hora de que volvieras.

—Esta vez —dijo Dilvish— no estoy encadenado ni desarmado, y nos encontramos en mi mundo. —Y arremetió con su espada, arrancando la cabeza de serpiente del hombro izquierdo de Cal-den.

Un penetrante chillido de pájaro llenó la sala y Cal-den atacó.

Dilvish le golpeó el pecho, pero la hoja rebotó y sólo dejó un minúsculo corte del que fluyó un claro licor.

Cal-den lanzó a Dilvish contra el estrado, agarró la espada con su negra zarpa, la partió y levantó el otro brazo para derribarle. Dilvish atacó con lo que quedaba del arma, veinte centímetros de mellada hoja.

La punta alcanzó a Cal-den bajo la quijada, penetró y quedó allí, con la empuñadura arrancada de la mano de Dilvish mientras el torturador agitaba la cabeza y rugía.

Después Dilvish fue cogido por la cintura, de tal forma que sus huesos se afligieron y crujieron. Se sintió levantado en el aire, y la serpiente desgarró su oreja y las garras pincharon sus costados. El rostro de Cal-den se alzó hacia la víctima, con la empuñadura de la espada igual que una barba de acero.

Acto seguido lanzó a Dilvish al otro lado del estrado, como si quisiera aplastarlo contra las baldosas del suelo.

Pero el portador de las verdes botas de la Tierra Elfa no podía ser lanzado al suelo o caer de otra forma que no fuera de pie.

Dilvish se recobró, pero el choque de la caída le produjo dolor en la herida del muslo. Su pierna cedió, de modo que tuvo que apoyarse en una mano.

Cal-den saltó sobre él y le golpeó dolorosamente en la cabeza y los hombros. Desde alguna parte, Korel lanzó una piedra que alcanzó la cresta del demonio.

Dilvish retrocedió tambaleante, hasta que su mano topó con un objeto entre los escombros, un objeto que hacía sangrar.

Una espada.

Dilvish asió el puño y lo alzó del suelo asestando un golpe de costado que alcanzó a Cal-den en la espalda, dejándolo paralizado en un aullido capaz de reventar los tímpanos a cualquiera que lo oyera. Brotó humo de la herida.

Dilvish se levantó y vio que no tenía nada en la mano.

Entonces supo que la espada de su antepasado, el arma que ojo alguno podía ver, le había llegado de entre las ruinas, donde había permanecido siglos, para ayudarle como vástago de la Casa de Selar en ese momento de apuro.

Dilvish la dirigió hacia el pecho de Cal-den.

—Conejo mío, estás desarmado y sin embargo me has herido —dijo la criatura—. Ahora volveremos a las Casas del Dolor.

Ambos se lanzaron hacia delante.

—Siempre supe —dijo Cal-den— que mi pequeño Dilvish era un poco especial —y cayó al suelo con enorme estrépito y el humo brotó de su cuerpo.

Dilvish puso el pie en el cadáver y arrancó la espada, perfilada por humeante licor.

—A ti, Selar, te debo esta victoria —dijo, y alzó un trozo de humeante nada a modo de saludo. Después envainó la espada.

Korel estaba junto a él. Vio que la criatura que estaba a sus pies se esfumaba como ascuas y hielo, dejando un hedor sumamente repugnante.

Dilvish condujo de nuevo al sacerdote a la puerta de la torre y ambos entraron, Korel siempre junto al Maldito.

El roto tirador estaba a los pies de Dilvish. Se convirtió en polvo en cuanto lo tocó con la punta del pie.

—Se dice —explicó a Korel— que el tirador de las campanas se rompió en las manos del último que lo usó, hace media eternidad.

Alzó los ojos, y sólo había oscuridad en lo alto.

—Las legiones de Shoredan partieron para asaltar la Ciudadela de Rahoring —dijo el sacerdote, como si leyera en un viejo pergamino— y la noticia de su movimiento no tardó en llegar al Rey del Mundo, que realizó un encantamiento con tres campanas fundidas en Shoredan. Al tañer estas campanas, una gran niebla surgió en el territorio y envolvió a las columnas de marchantes y jinetes. La niebla se dispersó con el segundo tañido de las campanas, y el territorio apareció vacío de tropas. Más tarde, Merde, Mago Rojo del Sur, escribió que estos marchantes y jinetes todavía avanzan en alguna parte, atravesando regiones de eterna niebla. 

«Si estas campanas vuelven a ser tocadas por una mano de la misma Casa del ejecutor del encantamiento, esas legiones saldrán de la niebla para servirle durante algún tiempo en batalla. Pero cuando hayan cumplido, desaparecerán de nuevo en los parajes de lobreguez, donde continuarán su marcha en un Rahoringhast que ya no existe. ¿Es posible liberarlas para que descansen? No lo sabemos. Alguien más poderoso que yo lo ha probado y ha fracasado.»

Dilvish inclinó la cabeza un momento y después palpó las paredes. No eran como las exteriores. Estaban formadas por bloques del mismo material, y entre dichos bloques había exiguas grietas para proporcionar punto de apoyo a los dedos.

Dilvish dio un salto e inició el ascenso. Las blandas botas verdes encontraron soportes en cualquier lugar que tocaban.

El ambiente era caluroso y viciado. Rociadas de polvo caían sobre Dilvish en cuanto levantaba el brazo por encima de la cabeza.

Continuó subiendo, hasta contar cien movimientos, y se rompió las uñas de las manos. Luego se aferró a la pared como una lagartija, para descansar, y notó los dolores de su último combate, ardientes como soles en su interior.

Dilvish respiró el fétido aire y la cabeza le dio vueltas. Pensó en la Portaroy que había liberado en otra época, hacía mucho tiempo, la ciudad amistosa, el lugar donde le habían festejado, el territorio que le había necesitado con tanta fuerza como para librarle de las Casas del Dolor y romper la presa de piedra que agobiaba su cuerpo. Y pensó en la Portaroy en manos del Coronel del Occidente, y pensó en Dilfar que se resistía a Lylish, capaz de llevarse por delante los bastiones del Oriente.

Dilvish siguió subiendo.

Su cabeza tocó el borde metálico de una campana.

Se puso encima, apoyándose en los travesaños que acababa de ver.

Había tres campanas suspendidas de un mismo eje.

Dilvish apoyó la espalda en la pared y se agarró a los travesaños para poner los pies en la campana central.

Empujó, poniendo en tensión las piernas.

El eje protestó, crujió al frotar sus puntos de apoyo.

Pero la campana se movió, despacio. No retrocedió, empero, si no que permaneció en la misma posición después del empujón.

Tras lanzar una maldición, Dilvish cruzó trabajosamente los travesaños hasta el lado opuesto del campanario.

Movió el eje, y éste dio una vuelta y quedó fijo. Pero todas las campanas se desplazaron con el eje.

Nueve veces más pasó de un lado a otro, en la oscuridad, para empujar las campanas.

Por fin los movimientos fueron más suaves.

Poco a poco las campanas fueron retrocediendo al dejar de hacer fuerza con las piernas. Dilvish dio otro empujón y las campanas retrocedieron de nuevo. Siguió empujando, sin cesar.

Hubo un ligero ruido en una de las campanas cuando el badajo tocó el metal. Luego otro. Y por fin una campana sonó.

Dilvish dio patadas cada vez más fuertes, y las campanas oscilaron libremente y llenaron la torre con un repiqueteo que hizo vibrar las raíces de los dientes del Maldito e inundaron de dolor sus oídos. Una tormenta de polvo cayó sobre él y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tosió y cerró los párpados. Esperó a que las campanas se pararan.

Creyó oír a muchísima distancia el tenue sonido de un cuerno.

Inició el descenso.

—Lord Dilvish —dijo Korel en cuanto el Maldito llegó al suelo—, he oído sonido de cuernos.

—Sí —dijo Dilvish.

—Llevo conmigo una bota de vino. Bebed.

Dilvish se limpió los labios, escupió y dio tres generosos tragos.

—Gracias, sacerdote. Salgamos de aquí.

Atravesaron la sala de nuevo y bajaron las escaleras interiores. La sala menos espaciosa carecía de iluminación en ese momento y estaba en ruinas. Salieron, sin que Dilvish dejara huellas indicativas de adonde había ido. Y mientras bajaban los escalones la oscuridad abandonó a la pareja.

A través del grisáceo día que se aferraba al suelo, Dilvish contempló la Senda de los Ejércitos. Una intensa niebla llenaba el ambiente hasta mucho más allá de los destrozados portalones, y de la niebla brotaban las notas del cuerno y el ruido de movimiento de tropas. Dilvish casi distinguió los perfiles de las columnas de marchantes y jinetes, moviéndose sin cesar pero sin avanzar.

—Mis tropas me aguardan —dijo Dilvish en la escalera—. Gracias, Korel, por acompañarme.

—Gracias a vos, lord Dilvish. Vine a este lugar para investigar los métodos del mal. Me habéis mostrado muchas cosas que debo meditar.

Bajaron los últimos escalones. Dilvish se quitó el polvo de su ropa y montó a Black.

—Una cosa más, Korel, sacerdote de Babrigore —dijo—. Si alguna vez os encontráis con vuestro protector, que os proporcionará mucho más mal para vuestras meditaciones que el que habéis visto aquí, decidle que en cuanto todas las batallas hayan sido libradas, su estatua vendrá para matarlo.

El lunar se agitó cuando Korel parpadeó ante Dilvish.

—Recordad —replicó— que él llevó en tiempos un manto de luz.

Dilvish se echó a reír, y los ojos de su montura relucieron rojamente en la penumbra.

—¡Mirad! —dijo mientras señalaba—. ¡Ahí está vuestra señal de la bondad y la luz de él!

Nueve palomas negras daban vueltas en el cielo.

Korel bajó la cabeza y no respondió.

—Me voy ahora para ponerme al frente de mis legiones.

Black se encabritó sobre sus cascos de acero y rió al mismo tiempo que su jinete.

Y se fueron, por la Senda de los Ejércitos, dejando tras de ellos en las sombras a la Ciudadela de Rahoring y al sacerdote de Babrigore.

Patrocinio Tipa - Eraclio Zepeda

    Todo iba muy bien. Todo caminaba. La risa igual que la sangre caminaba. Pero aluego fue cuando nos cayó la sal. Todo se empezó a descomponer. Yo ya lo tenía completo mi deseo: había tierra, había agua, había dos hijos; los dientes de las mazorcas estaban ya como avisando. Pero todo se echó a perder. Vino el mal y hubo que salir corriendo.

Patrocinio Tipá se vino a vivir a Juan Crispín, el mismo día en que se quemó la ceiba de la plazuela; fue que le cayó un rayo en época de secas y el árbol se quemó todito. Fue muy mala señal aquel rayo en seco, y peor cayendo sobre la ceiba; aquello fue muy mal anticipo, y Patrocinio Tipá llegó ese mero día. Fue como un aviso.

Patrocinio Tipá era de Copoya.

—Me salí de Copoya, que es mi pueblo, porque la tierra del tata ya no ajustaba pa todos los hermanos; y también porque es mi natural andar buscando caminos porque no estoy enraizado en ninguna parte.

Después de mucho caminar, recorriendo todas las riberas del rumbo fue que vino a dar a Juan Crispín. Había viajado mucho el Patrocinio. No se aguantaba en ningún lugar. Apenas se quería encariñar con las calles de algún pueblo, luego luego le empezaba a dar el ansia de seguir otro camino.

—Resulta que nací con pata de vago. Pie de chucho como dicen por allí. Me gusta andar de arriba pa abajo por todas estas tierras del diablo. Desde chiquitío era ya muy dado a pepenar el rumbo; nomás agarraba mi morralito y patas pa qué te quiero.

Patrocinio Tipá conoció tierras. Las cañadas y los valles se le fueron acomodando detrás de los ojos.

—Ya es de nacimiento el andar de andariego. Así es mi natural y ni modo. Fue culpa de mi tata si bien se analiza. Cuando nací, el viejito no se dio prisa pa enterrar mi ombligo que es como debe hacerse, que es como manda la buena crianza. 

Se descuidó el tata; fue que lo puso sobre una piedra del patio y en lo que fue por un machete, pa hacer el hoyito del entierro, vino una urraca y se llevó mi ombligo pa más nunca. Ansina fue que lo contó el viejito. Y siendo ansina, ¿onde diablos voy a estar quieto? Siempre volando como mi ombligo, que esa fue mi ganancia. 

Por eso es que no quedo quieto en ningún lugar; pepeno las ganas de jalar veredas. Si me hubieran enterrado el pellejito, otro fuera el cuento.

Por eso a Patrocinio Tipá le gritaban las huellas de todos los caminos para que él les fuera a poner los pies encima.

Sin embargo, Patrocinio Tipá echó raíces una vez. Fue aquí en Juan Crispín. Aquí vino a dejar el camino, y por eso le cayó la mala suerte; por buscar lo que no era su destino. Vino con propósito de quince días; ese era el plan que traía el Patrocinio. Pero vaya usted a saber qué fue lo que le pasó. Aquí se quedó a trabajar con ganas. Tal vez fue que le cayó ceniza de la ceiba en la cabeza, el día en que llegó, y por eso fue que ya no pudo seguir vagando.

—Me empezó a llegar la gana de tener algo. Siempre había visto las cosas como de prestado. Nunca pal morral. Por eso fue que me entró la ilusión de comprar algunas tierritas aquí en Juan Crispín. Aquí fue que me gustó pa echar las raicitas. 

Es difícil, no vaya asté a creer que no, quedarse viendo las mismas caras cuando se está acostumbrando a ser patrón de veredas. Pero yo, sin embargo, sin ombligo y sin nada, me quedé sembrado en Juan Crispín. ¡Capaz fueron las cenizas de la ceiba las que me agarraron desprevenido!

Tipá trabajó macizo. Se le había metido entre los ojos, igual que antes el paisaje de las tierras ajenas, la idea de tener algo. Y no descansó hasta hundir las manos en la tierra propia.

—No sé, vaya asté a saber por qué, pero eso de pegar de gritos y que esos gritos queden en terreno de uno, es cosa que vale la pena. Yo lo supe bien y por eso es que no me duele andar otra vez de pie de chucho. No le guardo rencor a la época esa, en que me sumí en un  mismo lugar, por que estuve contento, manque después  eso haya sido la causa de mi salazón.

Un año trabajó como baldío en el rancho de ño Pedro Galindo. Luego estuvo como mediero, y siempre trabajando fuerte. Hasta que un día hizo tratos para comprar terrenos a don Pedro.

—No es por presumir, pero me afané galán y le pagué pronto. Por vida de San Roquito que me dio mucha alegría posesionarme de La Esperanza. Son esas siete hectáreas que asté vio a pegaditos a los amates, a un ladito de la Poza del Muerto. Esas tierras que asté constató, llenas de mala yerba, eran La Esperanza; ahora, da tristeza pasar por allí. 

Pero antes, me cae de madre, que era un gusto ver lo bien labradas que estaban. Yo me enterraba hasta los tobillos en los surcos pa sentirme bien adentro de mis tierras. Pa que me pepenaran con ganas porque siempre estaba medio descontento con eso de ser fuereño.

Construyó, cerca de los amates, una casa de paredes de barro. Ahí se sentaba en la puerta a chiflar en las tardes cuando acababa el trabajo.

—De primeras como que me entraba un miedito por no seguir el camino. Tenía cisco de que me salara por no seguir en el camino, que esa era mi obligación por lo de mi ombligo; pero en después pensé que eran puras tonterías. Y eso fue lo que me perdió: andar de confiado.

Y veía contento cómo el maíz hacía canciones con el viento, mientras los clarineros volaban en parvaditas sobre la casa y los amates.

—Luego me vino el amor. Me quedé bien enamorado de la Consuela Cundapí, hija de Pablo Cundapí de oficio carpintero; es aquel que se fue a vivir a Tuxtla, tiene ya su tiempecito.

La Consuela Cundapí era muy bonita. Ella también se enamoró del Patrocinio, y buscó la manera de apalabrarse con él.

—¡Qué chula era mi Consuela! Tenía unos ojos muy negros y daba gusto vérselos y quedarse ahí viéndolos y viéndolos, como si fueran piedritas de anillo. Cuando había baile, mi Consuela se ponía a bailar solita a medio patio, y con los ojitos cerrados bailaba y bailaba, y venía y se iba, como si estuviera soñando; iba entre las parejas de novios como si fuera una tortolita. Ni se veía que moviera los pies. ¡Animas que parecía como si flotara! Bonito era verla con sus trenzas sobre el pecho y sus grandes moñotes verdes, o rojos, o amarillos.

El Patrocinio le habló a Pedro Cundapí, y tanto le dijo y tanto le habló que aquél aceptó que se casara la Consuela.

—Hubo fiesta grande. Mandé traer la marimba y hubo harto trago y harta bulla. Diez manojos de cohetes mandé a quemar ese día. Ya por esas fechas yo era el mero y cabal dueño de La Esperanza. Por allá nos fuimos a vivir; en la primera casa fue que estuvimos, porque ya la otra fue la de la mala suerte.

Aquel año del matrimonio del Patrocinio Tipá hubo una gran cosecha; y él compró una lámpara de gasolina. Luego los hijos empezaron a nacer.

—La Consuela era buena pa írmelos dando. Crecieron contentos. Dos eran: un barraquito: Floreano, y una hembrita: la Chepita. Eran dos, pero hacían bulla y alegría hasta pa aventar pa arriba.

Patrocinio no descuidó los nacimientos. En cuanto nacían tomaba los ombligos y los enterraba muy hondo, en tierra abonada, debajo de un amate, para que enraizaran fuerte en la tierra de La Esperanza, y sintieran, de grandes, la unión a estas llanadas y no fueran a salir con ánima de vago.

—Tenía todo, pero nos cayó la sal. Se nos vino a meter el mal agüero hasta en la última hormiga de La Esperanza. Mala señal fue aquel rayo que me recibió la tarde que asomé por Juan Crispín.

Por el mes de agosto vino de visita la madre de la Consuela.

—Daba gusto ver a la abuela con los nietos. Jugaban al igual. Pero una mañana la viejita amaneció con calentura. Allí empezó la peste. Por la tarde le asomaron unas ronchas que luego se hicieron granitos rojos. Harta agua les salía por los agujeritos que dejaban los granos cuando reventaban. Me fui a llamar al viejo Seín que era muy buen yerbero. Llegó al otro día en la mañanita ¡Je! En cuanto vio a la vieja salió de pelada. No más nos dijo que era virgüela y salió corriendo.

A los tres días se murió la nana de la Consuela y a los ocho ella cayó enferma y al poco el hijo, el Floreanito. Yo andaba muy asustado y llevaba razón. Estaba como presintiendo. Y es que ya nos había caído la sal.

El Floreanito se murió a la semana.

—Yo, palabra, lloré sobre mi hijito. Ni vergüenza me da contarlo. Se me murió en los brazos, porque yo lo cargaba pa que también a yo me pegara la fiebre. Se me fue quedando como dormido en los brazos. Ni siquiera lo pude velar, porque me ordenaron en el cabildo que lo enterrara esa misma tarde. 

Yo, solo, me fui al panteón cargando al Floreanito porque nadie quiso ayudarme por puro miedo a la enfermedá. Ahora me doy cuenta que tenían razón, pero aquel día me hubiera gustado ahorcarlos a uno por uno. Mi Floreanito se quedó en la tierra sin tener rezos, ni música, ni cohetes. La Chepita no se contagió. La mandé con unos parientes pa que me la cuidaran. 

La Consuela pasó la enfermedá. ¡Cómo lloró cuando se vio en el espejo! Estaba toda llena de agujeros como esas carotas de piedra que a veces se encuentran en la montaña. La Consuela quedó marcada por la viruela. Sólo sus ojos negros como piedritas de anillo tenían vida. Todo lo demás se lo llevó el mal junto con las risas del Floreanito.

—Mucho lloraba la Consuela. ¡Mi Consuela! Pero yo la acariciaba y le decía que ahí estaba yo, y ahí estaba la Chepita, y ahí estaban sus siete hectáreas de La Esperanza. "Consoláte, Consuela". le decía todo el día. Y ella como que se quería reír.

Patrocinio Tipá quedó hueco. Quería alegrar a la Consuela pero en el fondo tenía una herida por la que le caía la risa igual que un cántaro roto. Por las noches iba a donde estaba entenado el ombligo del Floreanito y lloraba y hundía las manos en la tierra y luego quemaba flores de cedrón para regar sus cenizas sobre la tierra, para que el alma de su hijo no se fuera de las tierras de La Esperanza,

—Pero ya la sal estaba por todos lados. Hasta en los surcos. Ya todo estaba echándose a perder. Olía a rancio como si el viento estuviera podrido.

Todo traía recuerdos. Aire de recuerdos. Se oían pasos de recuerdos. Toda la casa recordaba las risas sembradas con cariño. 

—Ya la casa me empezó a dar rabia. Jedía de noche. Peor cuando había luna. Por eso fue que pensé que era bueno construir otra casa a un lado del amate. Y así lo hice; sólo pa que al final la desgracia acabara de llevarse a La Esperanza.

Patrocinio Tipá construyó su casa. El mismo fue haciendo las paredes. Los vecinos le ayudaron a colocar las puertas y las vigas. Porque así es la costumbre por estos lados.

Cuando la casa estuvo terminada, Patrocinio Tipá envió las tejas que deben mandarse a las madrinas de la casa. Escogió las diez mejores, las más rojas, las más pulidas, y escogió el sitio exacto en que deberían de ser colocadas cuando las madrinas las devolvieran con las figuritas de adorno, para que la casa estuviera contenta, y hubiera siempre calma bajo el techo. Y de esas diez tejas escogió la mejor, y con barro hizo un caballito que él mismo colocó sobre aquélla y la envió a la casa de la madrina mayor, porque así es la costumbre por estos lados.

—Nombré madrina mayor a ña Petra Cunjamá, para que ella llevara al borrego del bautizo. También alisté la música y el trago. Iba a ser fiesta buena como salió realmente.

A las cinco de la tarde empezaron a llegar los amigos del Patrocinio Tipá. Ya los músicos estaban esperando hacía rato. Desde San Fernando vinieron ese día para tocar en Juan Crispín, en la fiesta de la última teja de la casa del Patrocinio.

—Fue al Fidel Aquino y a sus hijos a los que traje pa que tocaran. Los mismos que hicieron la música cuando me casé con la Consuela. Quise que fueran ellos pa ver si todo volvía a comenzar como en denantes y echábamos la salazón pal otro lado. 

La Consuela se peinó sus trenzas como cuando era muchacha y se puso ropa nueva y estaba muy animada. Desde la muerte del Floreanito la risa se había pelado de su cara pero ahora estaba contenta. Como que quería gozar mucho porque estaba como presintiendo algo.

    Después llegaron las familias invitadas. Al ratito las madrinas con sus tejas arregladas con papel de China y polvo de brillo. Algunas tenían hasta palomitas besándose recortadas en cartón.

—La Consuela recibía las tejas con mucha satisfacción. La casa estaba bonita dicho sea sin presumir. Al rato asomó la madrina mayor; traía un borrego todo vestidito con listones y papel de China y con la cara pintada. Hermoso estaba el borrego pero yo desde que lo vi se me puso algo que me dio mala espina porque tenía dos patitas blancas y esa es mala cuestión. Trae sal. Y ya pa sal estaba bueno.

    La música empezó a sonar y La Esperanza reventaba de puro gusto. Las parejas salieron al patio para bailar los sones.

—Mi Consuela estaba animada. La pobrecita volvió a bailar sola en la mitad del baile, con los ojitos cerrados, como si estuviera soñando, y los brazos caídos y yendo de un lado pal otro sin que le viera mover los pies como si fuera un trompito dormido. 

A mí me tenía muy contento verla otra vez como cuando la conocí, porque desde la virgüela no había querido ser como en denantes. De vez en cuando, bailando, se reía como en sueños y todos la veían con cariño, y de verdá parecía que no tuviera marca de virgüela.

    A las seis de la tarde se empezó a abrir el agujero para el borrego en la mitad de la casa.

—Los cohetes tronaban cada poco, en tandas de a quince. El chucho brincaba tras las varas como si quisiera morder el fuego. ¡Cómo me hubiera gustado que estuviera el Floreanito!

A las seis y media paró la música. Todos se acercaron a la casa y las madrinas recogieron sus tejas vestidas y yo me subí al tejado pa recibirlas. Las madrinas me las iban dando y yo las colocaba en su lugar en el mero lomo del tejado. Al final coloqué la teja de la madrina mayor, ña Petra, que fue con la que cerró la tapa de la viga. Todos echaron aplauso. Luego le puse su cruz pa que no anduvieran rondando espantos por la casa.

    Patrocinio estaba con el gusto metido adentro de los huesos. Veía su casa nueva con el adorno de las tejas de fiesta. Levantó la cara y vio al cielo y los ojos se le llenaron con la luz anaranjada de la tarde. No había nubes. Ese año iba a llover tarde.

—Luego avisé que fuéramos pa dentro de la casa por lo del borrego. Nos amontonamos en la orilla del agujero que habíamos hecho en el piso. La ña Petra vino con el animalito y yo le volví a echar de ver las dos patitas blancas que me daban qué pensar.

La madrina tomó al borrego del pescuezo. Todos se pusieron serios. Algunos tenían hinchadas las venas de la frente.

—Yo mero le pasé el cuchillo a ña Petra. Ella rezó un Padre Nuestro y luego le clavó el cuchillo al borrego a la mitad del pescuezo y lo aventó pal hoyo. ¡Cómo bramaba el borrego! Daba de estremecimientos allá en el fondo. La gente empezó a hacer bulla y a aplaudir. Mandé que tronaran treinta cohetes. Entoavía bramando el borrego le empezamos a aventar la tierra encima.

Lo último que vi del animalito fue una de las patitas blancas. Me la quedé viendo hasta que la chupó la tierra.

Los invitados rellenaron el agujero y luego saltaron sobre la tierra para apretarla.

—Así fue como bautizamos la casa. El borrego sirve pa que no haya muertos en la casa nueva. El se lleva todo lo malo que pueda venir. El sale con la peor parte. A él le toca lo que podía ser pa un cristiano. Pero lo que es a mí, nadie me quitaba de la cabeza que aquel animal no era efectivo porque tenía dos patas blancas.

Cuando todo quedó listo dentro de la casa, las mujeres rezaron y los hombres fueron a beber aguardiente.

—Cómo me da tristeza cuando hablo de aquella fiesta. La Consuela estuvo contenta y mi hijita la Chepita, que ya caminaba, estaba como loca del gusto y corría de un rincón pal otro muerta de la risa. Tenía que acabar mal toda aquella alegría. Porque La Esperanza ya estaba muerta desde que asomó la peste, y el mal agüero andaba rondando como si fuera una lechuza buscando animalitos pa caerles encima.

A las diez se empezaron a ir los invitados. Poco a poco se fue quedando sola La Esperanza. La Consuela todavía bailó la última pieza y al final cargó a la Chepita y bailó con ella en sus brazos.

—Por ahí de las once sólo estaba el viejo Crescencio que ni siquiera podía caminar del pedo que había agarrado. Voy ir a dejar al tío Crescencio le dije a la Consuela. Y dicho y hecho, me lo llevé al viejo, casi cargado, hasta su casa. Mi Consuela se quedó sola en la casa y tocaba las paredes nuevas y miraba las tejas rojas, y las vigas olorosas a resina todavía, y con la lámpara de gasolina alumbraba las dos ventanitas de la casa.

Patrocinio acompañó al viejo hasta su casa. Allí estaba cuando vio el fogonazo de un relámpago y luego el gran retumbo de un rayo.

—Rayo en seco. .. —dijeron.

Patrocinio tuvo un estremecimiento.

—Yo no sé, pero todo aquel día había andado como sobreaviso. Algo nos estaba rondando. Cuando oí el rayo sentí un olor a cacho quemado que se me agarraba de la nariz, que es lo que siempre me pasa cuando tengo miedo de un mal pensamiento.

Patrocinio se regresó rápido para La Esperanza. A cada paso sentía que el corazón le bailaba adentro del pecho y una opresión le cegaba los ojos.

—Empecé a pensar una bola de cosas. Eran como dibujos: Miraba la urraca que se robó mi ombligo; luego la ceiba que se quemó el día en que llegué a Juan Crispín; luego vi los terrenos de La Esperanza cuando entoavía no eran míos. En seguida veía yo que mi obligación era andar caminando por todos los rumbos y que no había hecho caso, y también miraba los ombliguitos de mis hijos que los enterraba hasta el fondo de un agujero, pero los ombligos brincan al igual que el borrego de esa tarde. Vi al Floreanito muerto, todo rojo y  lleno de la sanguaza de los granos. Le piqué al paso.

Al voltear la cuesta que da para sus tierras el Patrocinio sintió que le quebraban las piernas. Su casa estaba rodeada de vecinos y otros llegaban corriendo. El palo de amate estaba desgajado. Sintió que le soplaban dentro del oído, y que un ruidito como de colmillos de jabalí le roía la cabeza. Quiso correr pero tropezó. Quedó de rodillas y temblando.

—Sentía como si el estómago se me hubiera subido a la boca y que lo masticaba, y me quedaba muy agria la lengua. Tuve mucho miedo porque como que adiviné todo lo que pasaba.

—El rayo... el rayo... rayo en seco sobre tu casa, Patrocinio —le gritaban.

—Yo sentía como si la gente estuviera muy lejos o como cuando golpeás una piedra bajo el agua. Palabra que cuando me iba acercando no podía pensar en nada. Parecía como si el alma se me hubiera salido. No la sentía.

—El rayo... la Consuela... el rayo en seco... la Chepita.... primero el relámpago... todo fue de un jalón —le llegaban los gritos al Patrocinio.

Cuando llegó a la casa vio a la Consuela muerta y entre sus brazos a la Chepita también muerta, abrazadas como si el rayo las hubiera agarrado bailando todavía.

—Yo de plano no pude hacer nada. Me quedé como un palo, sin llorar, ni afligirme, sin moverme, como si de un machetazo me hubieran echado afuera la sangre. No sé qué fue lo que me pasó. Pero todo lo veía natural. Como si ya en denantes lo hubiera visto, o como si el tata me lo hubiera platicado cuando era yo chiquitío allá en Copoya. No más me acerqué a mi gente, las abracé y las empecé a besar. Creo que ya mero lloraba pero hasta ahí me acuerdo.

El Patrocinio quedó atontado. No contestaba. No hablaba. No veía. Los vecinos prepararon todo lo necesario.

—Cuando vine a ver, ya mi Consuela y mi Chepita estaban vestidas y con las velas prendidas. Ya había gente rezándoles. Ahí fue cuando me puse a pegar de gritos. Quise salir corriendo pero mi comadre me detuvo. Tenés que quedarte, es tu obligación —me dijo—; y ahí me quedé toda la noche sin darme cuenta de nada.

Al día siguiente enterraron a los muertos del Patrocinio. El fue pero andaba como si también le hubiera tocado el rayo. Parecía que se iba a morir al rato. De vez en cuando pegaba un grito como de loco o como de borracho.

Después del entierro lo llevaron para su casa y lo tendieron en un catre. Ahí se quedó dormido.

—A la media noche me levanté. Había una luna que parecía una rodajita de caña. Ahí fue en donde me di cuenta de todo. Pero ni me maté, ni me arranqué el pellejo, ni me saqué los ojos. Sólo me fui pa donde estaba el amate. Ahí, con el machete, marqué muchas cruces y luego me oriné sobre la tierra en que estaban enterrados los ombliguitos de mis hijos. 

Y luego maldije al rayo que quemó la ceiba de la plazuela y que me echó la sal. Si tanta sal hay en La Esperanza que le caiga toda de un jalón —gritaba. Y agarré puños de sal y los iba sambutiendo en los surcos pa que nunca naciera nada en estas tierras. Y luego agarré la lámpara de gasolina y la encendí y me puse a ver todos los rincones de la casa como buscándole el paso a los espantos. Luego me acordé de las patas blancas del borrego y me puse a desenterrarlo y con el machete me lo hice picadillo y aventé los pedazos pa todos lados. Luego quemé la casa.

    —Le mentaba la madre a los santos porque me hicieron el mal, o no me quisieron hacer el bien que es lo mismo. También les eché maldición a las cenizas que me cayeron en la cabeza aquella tarde en que llegué a Juan Crispín. Luego les grité a mis piernas que no se hundieran en la tierra. Que nos fuéramos pal monte otra vez. Que nos olvidáramos de todo, de las risas, de los chiquitíos, de la Consuela, de los surcos. 

    Le grité a mi ombligo que regresara. Lo último que me acuerdo es que con el cuchillo me hice un tajo en la barriga para quitarme el agujero del ombligo, y que se me cayera, y echarlo a volar, a ver si así quedaba otra vez sin raíz. Después quién sabe qué pasó.

Vine a darme cuenta hasta en la cama del hospital de Tuxtla. Quién sabe quién me llevó.

De esto ya tiene sus años. Ahora estoy viejo. Pero nunca volví a encariñarme con un pueblo. Volví a ser pie de chucho que así es mi natural. A seguir corriendo tierras, detrás de la urraca que le ganó a mi tata allá en Copoya.

A veces, como ahora, vengo a dar a Juan Crispín. Pero sólo de pasada. Le echo una miradita a mis muertos y luego luego sigo mi camino.

Esto fue lo que me pasó. Lo que le pasó al Patrocinio Tipá nacido en Copoya y salado en Juan Crispín.

Lentamente el viejo Patrocinio se levantó de la piedra en que estaba sentado. Agarró la vereda que va para Zoquintiná. Antes de dar la vuelta para bajar al río, una urraca empezó a volar delante de él.