Ningún ser viviente habitaba en el territorio
de Rahoringhast.
Desde una era antes de esta era estaba el
muerto dominio vacío de sonido, aparte del restallar de los truenos y el espit-espit-espit
de las gotas de lluvia al rebotar en la piedra de los edificios y en las
rocas.
Las torres de la Ciudadela de Rahoring seguían en pie; el gran arco, al
que le habían arrancado las puertas, continuaba abierto, como una boca
paralizada en un aullido de dolor y sorpresa de muerte; el campo que rodeaba el
lugar se asemejaba al estéril paisaje de la luna.
El jinete siguió el Camino de los Ejércitos,
que terminaba en el arco de entrada y se adentraba en la Ciudadela. Tras él
quedaba una sinuosa senda que descendía y descendía y retrocedía hacia el sur y
hacia el oeste. Atravesaba frígidas siluetas de niebla matutina que se
aferraban, entumecidas, al oscuro terreno lleno de agujeros, igual que
escuadrones de gigantescas sanguijuelas.
La senda se curvaba en torno a las
viejas torres, que seguían en pie únicamente en virtud de los encantamientos
que pesaban sobre ellas desde tiempos pasados. Negras e impresionantes, muy
elevadas y perfiladas en la claridad de una pesadilla, las torres y la
Ciudadela eran las últimas prolongaciones visibles del carácter de su fallecido
constructor: Ho-horga, Rey del Mundo.
El jinete, el jinete de las botas verdes que
no dejaba huellas al andar, debió sentir parte del siniestro poder que aún
quedaba en el lugar, porque se detuvo y permaneció en silencio, contemplando
largo rato las rotas puertas y las altas almenas. Luego dijo una palabra a la
negra criatura parecida a un caballo que era su montura, y avanzó lentamente.
Al acercarse, vio que algo se movía en las
sombras del arco de entrada.
Él sabía que ningún ser viviente habitaba en
el territorio de Rahoringhast...
La batalla había ido bien, teniendo en cuenta
el número de defensores.
El primer día, los emisarios de Lylish se
acercaron a los muros de Dilfar, solicitaron parlamento, pidieron la rendición
de la ciudad y obtuvieron una negativa. Siguió una breve tregua para permitir
el combate entre Lance, el Segundo de Lylish, y Dilvish, llamado el Maldito,
Coronel del Oriente, Libertador de Portaroy, vástago de la Casa Elfa de Selar y
de la Casa Humana eliminada.
La lid duró menos de un cuarto de hora, hasta
que Dilvish, cuya herida en la pierna provocó su caída, arremetió con la punta
de su espada sin dejar de protegerse con el escudo. La armadura de Lance,
considerada invencible, cedió entonces, porque el arma de Dilvish golpeó uno de
los dos dibujos del peto, los que tenían forma de hendidas marcas de casco.
Los
soldados murmuraron que esas marcas no estaban allí anteriormente e intentaron
hacer prisionero al coronel. Pero el caballo de Dilvish, que permanecía apartado
cual estatua de acero, fue en su auxilio de nuevo y lo condujo a la seguridad
de la ciudad.
El asalto se inició entonces, pero los
defensores estaban preparados y defendieron bien los muros. Dilfar estaba
perfectamente fortificada y provista. Combatiendo en posición de fuerza, los
defensores lanzaron enorme destrucción sobre los hombres del Occidente.
Al cabo de cuatro horas, el ejército de
Lylish se retiró con los enormes arietes que no había podido usar. Los soldados
del Occidente iniciaron la construcción de plataformas de asalto mientras
aguardaban la llegada de catapultas de Bildesh.
En los muros de Dilfar, en lo alto del
Torreón de las Águilas, dos hombres observaban.
—No irá bien, lord Dilvish —dijo el rey, que
se llamaba Malacar el Poderoso, aunque su estatura era escasa y sus años
abundantes—. Si completan las torres que caminan y traen catapultas, nos
atacarán desde lejos. No podremos defendernos de eso. Luego las torres se
pondrán en marcha, cuando estemos debilitados tras el bombardeo.
—Es cierto —dijo Dilvish.
—Dilfar no debe caer.
—No.
—Hemos pedido refuerzos, pero se hallan a
muchas leguas de distancia. Nadie estaba preparado para el asalto de lord
Lylish, y pasará mucho tiempo antes de que se reúnan tropas suficientes y
acudan a la batalla.
—Eso también es cierto, y por entonces podría
ser demasiado tarde.
—Afirman algunos que sois el mismo lord
Dilvish que liberó Portaroy hace largo tiempo.
—Soy ese Dilvish.
—Si es así, aquel Dilvish era de la Casa de
Selar de la Espada Invencible.
—Sí.
—¿También es cierto, pues, lo que se dice de
la Casa de Selar y de las campanas de Shoredan en Rahoringhast?
Malacar desvió la mirada mientras lo
preguntaba.
—Eso no lo sé —dijo Dilvish—. Jamás he
intentado despertar a las legiones malditas de Shoredan. Mi abuela me explicó
que sólo dos veces en todas las épocas del Tiempo se ha hecho eso. También lo
he leído en los Libros Verdes del Tiempo del alcázar de Mirata. Pero no lo
sé.
—Sólo a un miembro de la Casa de Selar
responderán las campanas. De lo contrario oscilan sin hacer ruido, se dice.
—Eso se dice.
—Rahoringhast se halla lejos, al norte y al
este, y penoso es el camino. Pero con una montura como la vuestra se puede
hacer el recorrido, conseguir que suenen las campanas, convocar a las legiones
malditas. Se dice que esas legiones acompañarán a la batalla a un miembro de
Selar.
—Cierto, también yo he pensado en ello.
—¿Podéis intentarlo?
—Sí, señor. Esta noche. Ya estoy preparado.
—Arrodillaos pues y recibid mi bendición,
Dilvish de Selar. Supe que erais él en cuanto os vi en el campo ante estos
muros.
Y Dilvish se arrodilló y recibió la bendición
de Malacar, llamado el Poderoso, Señor del Dominio Oriental, cuyo reino
abarcaba Dilfar, Bildesh, Maestar, Mycar, Portaroy, Princeaton y Poind.
El camino era difícil, pero el transcurso de
leguas y horas se asemejaba al movimiento de las nubes. La puerta occidental de
Dilfar tenía en la parte interior una salida más pequeña, una puerta que
permitía el paso de un hombre, claveteada y con ranuras para disparar flechas.
Cual postigo al viento, esa puerta se abrió y
se cerró. Agazapado, a lomos de un fragmento de la noche, el coronel cruzó la
abertura y corrió por la llanura, entrando un instante en los lindes del
campamento enemigo.
Hubo un grito mientras Dilvish pasaba, y
resonaron armas en la oscuridad.
Brotaron chispas de desherrados cascos de
acero.
—¡Toda la velocidad a tu disposición, Black,
mi montura!
Cruzó el lugar del campamento y se alejó
antes de que la primera flecha estuviera dispuesta en su arco.
En lo alto de la colina, hacia el este, una
pequeña hoguera tremolaba al viento. Estandartes, montados en altos palos,
aleteaban en la noche; estaba demasiado oscuro para que Dilvish leyera los
emblemas, pero sabía que se hallaban ante las tiendas de Lylish, Coronel del
Occidente.
Dilvish pronunció las palabras en el lenguaje
de los malditos, y al pronunciarlas los ojos de su montura brillaron como
ascuas en la noche. La pequeña hoguera de la cumbre de la colina, una gran
fronda de llamas, se alzó hasta la altura de cuatro hombres. Pero no alcanzó la
tienda. Y después no hubo ninguna hoguera, sólo las brasas de todos los leños
consumidos en un instante.
Dilvish siguió cabalgando, y los cascos de
Black produjeron iluminación en la ladera.
Persiguieron a Dilvish solamente un rato.
Después el coronel se alejó solitario.
Toda esa noche cabalgó cruzando parajes de
roca. Siluetas se alzaron y cayeron ante él, igual que tambaleantes gigantes
sorprendidos en plena borrachera. Dilvish se notó lanzado, en innumerables
ocasiones, por vacuo aire, y al mirar hacia abajo en tales momentos, sólo vio
vacuo aire.
Con la mañana llegó la nivelación del camino,
y el distante borde de la Llanura Oriental quedó primero ante Dilvish, luego
bajo él. Comenzó a dolerle la pierna debajo de la ropa, pero él había vivido en
las Casas de Dolor diez veces más que las vidas de los hombres, y apartó la
sensación de sus pensamientos.
Cuando el sol se alzó sobre el irregular
horizonte a su espalda, Dilvish hizo un alto para comer y beber, para estirar
las piernas.
Luego vio en el cielo las siluetas de nueve
palomas negras que debían circundar el mundo eternamente, sin posarse jamás,
para ver todas las cosas del mar y la tierra pasando sobre ellas.
—Un augurio —dijo Dilvish—. ¿Es un buen
augurio?
—No lo sé —replicó la criatura de acero.
—Entonces apresurémonos a saberlo.
Dilvish montó de nuevo.
Durante cuatro días atravesó la llanura,
hasta que las onduladas hierbas amarillas y verdes quedaron atrás y el terreno
se extendió arenoso ante el jinete.
Los vientos del desierto le hirieron los
ojos. Dispuso su pañuelo a modo de embozo, pero no pudo frenar la totalidad del
asalto. Para toser y escupir tenía que bajar el pañuelo, y la arena penetraba
nuevamente. Parpadeó y sintió arder su cara, y maldijo, pero ningún hechizo
conocido podía dejar el desierto entero como un tapiz amarillo, liso y sin
arrugas bajo él. Black era un viento contrapuesto, y los vientos del territorio
se apresuraron a combatir su paso.
El tercer día en el desierto, un loco ser
voló invisible y disparatado detrás de Dilvish. Ni siquiera Black logró dejarlo
atrás, y la criatura hizo caso omiso de las más inmundas imprecaciones en
mabrahoring, el lenguaje de demonios y malditos.
Al día siguiente, más criaturas se unieron a
la primera. No cruzaron el círculo protector donde Dilvish reposaba, pero
llenaron de chillidos sus sueños —fragmentos sin sentido en una decena de
idiomas— y perturbaron su descanso.
El jinete los dejó atrás al dejar el
desierto. Los dejó atrás al entrar en el territorio de piedra, rebordes,
guijos, oscuros estanques y siniestras aberturas en la tierra donde brotaban
los vahos de los infiernos.
Dilvish había llegado a la frontera de
Rahoringhast.
Un territorio húmedo y gris, por todas
partes.
Había niebla en algunos puntos, y el agua
rezumaba de las rocas, surgía del suelo.
No había árboles, arbustos, flores, hierba...
Ningún pájaro cantaba, ningún insecto zumbaba... Ningún ser viviente habitaba
en el territorio de Rahoringhast.
Dilvish siguió cabalgando y atravesó las
quebradas fauces de la ciudad.
El interior era sombras y ruina.
El jinete prosiguió por la Senda de los
Ejércitos.
En silencio estaba Rahoringhast, una ciudad
de los muertos.
El lo percibió, no como el silencio de la
nada, sino como el silencio de una paralizada presencia.
Sólo las hendidas patas de acero sonaban en
la ciudad.
No había ecos.
Sonido... Nada. Sonido... Nada. Sonido...
Fue como si algo invisible se desplazara para
absorber cualquier evidencia de vida en cuanto se manifestaba mediante el
ruido.
Rojo era el palacio, igual que ladrillos
recién sacados del horno y enrojecidos por el temple de su fabricación. Pero
los muros eran uniformes. Ninguna juntura, ninguna división en la capa de rojo.
Una construcción sólida, imponderable, de amplia base, y con sus trece torres
alcanzaba más altura que cualquier edificio visto por Dilvish, aunque él había
morado en el mismo torreón de Mirata, donde los Señores de la Ilusión
dominaban, retorciendo el espacio a su voluntad.
Dilvish desmontó y contempló la enorme
escalera que se alzaba ante él.
—Nos orientaremos dentro de eso.
Black inclinó la cabeza y tocó el primer
escalón con su casco. Brotó fuego de la piedra. El caballo de acero retiró la
pata y el humo formó rizos en ella. No quedó señal en la escalera indicativa
del punto de contacto.
—Temo no poder entrar en este lugar y
conservar mi forma —afirmó Black—. Como mínimo, mi forma.
—¿Qué te lo impide?
—Un antiguo encantamiento para defender este
lugar del asalto de cualquiera como yo.
—¿Puede deshacerse?
—No por ninguna criatura que ande en este
mundo o vuele sobre él o se retuerza bajo él, o yo soy un caballo. Aunque un
día los mares suban y cubran la tierra, este lugar existirá en el fondo. Fue
arrancado del Caos por el Orden en los tiempos en que estas normas dominaban el
territorio pelado, al otro lado e las montañas. Quienquiera que fuera el
causante, fue uno de los Primeros, y poderoso incluso desde el punto de vista
del Poderoso.
—En ese caso debo continuar solo.
—Tal vez no. Se acerca alguien ahora mismo al
que será mejor que aguardes y escuches.
Dilvish aguardó, y un solitario jinete salió
de una distante calle y avanzó hacia los recién llegados.
—Saludos —dijo el jinete con la mano derecha
levantada, abierta.
—Saludos. —Dilvish hizo el mismo gesto.
El jinete desmontó. Su vestimenta era de
color violeta oscuro, la capucha echada hacia atrás, la capa tapándole por
completo. No llevaba armas visibles.
—¿Qué hacéis aquí ante la Ciudadela de
Rahoring? —preguntó.
—¿Qué hacéis vos preguntándome, sacerdote de
Babrigore? —dijo Dilvish, y no apremiantemente.
—Paso el tiempo de una luna en este lugar de
muerte, para extenderme en los hábitos del mal. Es para prepararme como
superior de mi templo.
—Sois joven para ser rector de un templo.
El sacerdote se encogió de hombros y sonrió.
—Pocos vienen a Rahoringhast —observó.
—No es muy extraño —replicó Dilvish—. Confío
en no quedarme mucho tiempo.
—¿Pensabais entrar en este... lugar? —El
sacerdote señaló el palacio.
—Pensaba, y pienso.
El hombre era media cabeza más bajo que
Dilvish, y era imposible conjeturar su silueta bajo la ropa que lucía. Sus ojos
eran azules y su tez morena. Un lunar en su párpado izquierdo danzaba cuando
pestañeaba.
—Permitidme rogaros que reconsideréis esta
acción —dijo—. Sería imprudente entrar en este edificio.
—¿Por qué?
—Se dice que el interior continúa vigilado
por los antiguos guardianes de su señor.
—¿Habéis estado dentro alguna vez?
—Sí.
—¿Os causó molestias algún antiguo guardián?
—No, pero al ser sacerdote de Babrigore me
hallo bajo la protección de... de... Jelerak.
Dilvish escupió.
—Ojalá le arranquen la carne de los huesos y
conserve la vida.
El sacerdote bajó los ojos.
—Aunque él luchó contra la criatura que
habitaba en este lugar —dijo Dilvish—, después se volvió tan inmundo como ella.
—Muchos de sus actos son igual que manchas en
la tierra —repuso el sacerdote—, pero él no fue siempre así. Era un auténtico
mago que opuso sus poderes a los del Siniestro, en una época en que el mundo
era joven. No estaba bastante capacitado. Cayó. El Maléfico lo usó como siervo.
Durante siglos soportó ese cautiverio, hasta que la esclavitud lo transformó,
tal como debía ser. También él alcanzó la gloria con métodos siniestros. Pero
después, cuando Selar el de la Espada Invencible compró la vida de Hohorga con
la suya, Jel... él cayó como si estuviera muerto y así permaneció durante una
semana. Próximo al delirio, al despertar, recurrió a un contraencantamiento en
un último acto de revocación: liberar a las legiones malditas de Shoredan. Lo
probó. Lo hizo. Permaneció en esta misma escalera durante dos días y dos
noches, hasta que la sangre se mezcló con el sudor de su frente, pero no
consiguió romper el influjo de Hohorga. Aun estando muerto, la siniestra fuerza
era tremenda para él. Luego vagó enloquecido por el territorio, hasta que fue
recogido y atendido por los sacerdotes de Babrigore. Después volvió a los
hábitos que había aprendido, pero siempre ha mostrado una amable disposición
hacia la Orden que lo atendió. Jamás nos ha pedido nada. Nos ha enviado alimentos
en tiempos de hambre. No habléis mal de él en mi presencia.
Dilvish escupió de nuevo.
—Ojalá se pudra en la oscuridad de las
oscuridades por los siglos de los siglos y ojalá su nombre sea maldito por
siempre. El sacerdote apartó la mirada del repentino fulgor en los ojos de
Dilvish.
—¿Qué pretendéis hacer en Rahoring? —preguntó
por fin. —Entrar... y hacer algo. Si debéis hacerlo, os acompañaré. Tal vez mi
protección se extienda también a vos.
—No he solicitado vuestra protección,
sacerdote.
—No es preciso solicitarla.
—Perfectamente. Venid conmigo en ese caso.
Empezó a subir la escalera.
—¿Qué es eso que montáis? —inquirió el
sacerdote mientras señalaba hacia atrás—. Igual que un caballo por su forma,
pero ahora es una estatua.
Dilvish se echó a reír.
—También yo sé algo de los métodos
siniestros, pero mis relaciones son particulares.
—Ningún hombre puede tener relaciones
especiales con lo siniestro.
—Podéis decir eso a un morador de las Casas
de la Llanura, sacerdote. A una estatua. ¡A alguien que pertenezca totalmente a
la raza de los hombres! Pero no a mí.
—¿Cómo os llamáis?
—Dilvish. ¿Y vos?
—Korel. No os hablaré más de lo siniestro,
Dilvish, pero a pesar de todo entraré con vos en Rahoring.
—En ese caso no sigáis hablando. —Dilvish se
volvió y continuó subiendo.
Korel le siguió.
A medio camino, la luz que les rodeaba empezó
a apagarse. Dilvish miró hacia atrás. Sólo pudo ver la escalera que bajaba y
bajaba. No había nada en el mundo aparte de escalones. Un paso más hacia
arriba, y la oscuridad aumentó.
—¿Ocurrió esto cuando entrasteis aquí la
última vez? —preguntó Dilvish.
—No —dijo Korel.
Llegaron a lo alto de la escalera y vieron el
nebuloso portal. Por entonces parecía como si la noche cubriera la tierra.
Entraron.
Un sonido, como de música, llegaba de muy
lejos, y en el interior había una luz fluctuante. Dilvish puso la mano en el
pomo de su espada.
—No os servirá de nada —musitó el sacerdote.
Recorrieron el pasadizo y llegaron por fin a
una vacía sala. Varios braseros vertían llamas en los elevados huecos de las
paredes. El techo se perdía en la penumbra y el humo.
Cruzaron esa sala hasta el punto donde una
amplia escalera conducía a una llamarada de luz y sonido.
Korel miró atrás.
—Empieza con la luz —dijo el sacerdote—, toda
esta novedad. —Señaló—. El pasillo exterior sólo contenía escombros y...
polvo...
—¿Y cuál es el problema aparte de eso?
—Dilvish volvió también la cabeza.
Sólo una hilera de pisadas recorría el polvo
hacia la sala. Dilvish se echó a reír.
—Camino con suavidad —dijo.
Korel le contempló. Luego parpadeó y su lunar
se agitó sobre el ojo.
—Cuando entré aquí anteriormente —dijo el
sacerdote—, no había sonidos, ninguna antorcha. Todo estaba vacío y silencioso,
destrozado. ¿Sabéis qué ocurre?
—Sí —repuso Dilvish—, porque lo leí en los
Libros Verdes del Tiempo y en el torreón de Mirata. Debéis saber, oh sacerdote
de Babrigore, que en la sala superior los fantasmas juegan a ser fantasmas.
Debéis saber, igualmente, que Hohorga muere una y otra vez mientras yo estoy
aquí dentro.
Al pronunciar el nombre Hohorga, se oyó un
fuerte grito en la elevada sala. Dilvish corrió escaleras arriba, con el
sacerdote detrás.
De entre los muros de Rahoring brotaba un
potente gemido.
Se detuvieron al final de la escalera,
Dilvish como una estatua, con la espada medio desenvainada, Korel con las manos
metidas en las mangas, rezando según la norma de su orden.
Los restos de un gran festín se hallaban
dispersos por toda la sala. La luz procedía de arriba, de unos globos de
colores que daban vueltas como planetas bajo la gran pintura celeste del
abovedado techo.
El trono que ocupaba el estrado junto a la pared más alejada
estaba vacío. Ese trono era demasiado grande para que alguien de la época lo
ocupara. Las paredes estaban totalmente cubiertas de antiguos emblemas, muy
extraños, sobre losas de mármol donde alternaban el blanco y el anaranjado.
En
las columnas de la pared había gemas del tamaño de puños cerrados, de ardiente
amarillo y esmeralda, infrarrubí y ultra-azul que despedían un ígneo brillo,
transparente e iluminador hasta los escalones del trono.
El pabellón del trono
era amplio y de oro blanco, trabajado a la manera de sirenas y arpías, delfines
y serpientes con cabeza de cabra; estaba sostenido por dragones alados, grifos
y pegasos sentados y erguidos. Pertenecía al ser que agonizaba en el suelo.
Con forma de hombre, aunque media talla más
alto, Hohorga yacía en las baldosas de su palacio y sus intestinos llenaban su
regazo. Lo atendían tres miembros de su guardia, mientras el resto se ocupaba
del asesino. Se decía en los Libros del Tiempo que Hohorga el Maléfico era
indescifrable. Dilvish comprobó que ello era cierto y falso al mismo tiempo.
Hohorga era hermoso y noble de facciones;
pero tan cegadoramente hermoso era que todos los ojos se apartaban de aquel
semblante arrugado entonces por el dolor. Un tenue halo azulado decrecía
alrededor de sus hombros. Incluso con el dolor de la muerte Hohorga era tan
frío y perfecto como una piedra preciosa tallada, dispuesta sobre el cojín
verdirrojo de su sangre; la suya era la hipnótica perfección de una serpiente
multicolor.
Se dice que los ojos no tienen expresión propia, y que nadie puede
meter la mano en un barril de ojos y separar los de un hombre encolerizado o
los de un ser querido. Los ojos de Hohorga eran los de un dios arruinado:
infinitamente tristes, tan altivos como un océano de leones.
Una sola mirada y Dilvish comprobó ese
detalle, aunque no logró adivinar el color de los ojos.
Hohorga era de la sangre del Primero.
Los guardias habían arrinconado al asesino.
El combatía, al parecer con las manos vacías, pero parando y asestando golpes
como si aferrara una espada. Cuando su mano se movía, había heridas.
El asesino esgrimía la única arma capaz de
herir al Rey del Mundo, que no toleraba armas en su presencia, salvo a su
guardia.
Llevaba la Espada Invisible.
Era Selar, primero de la casa elfa de ese
nombre, finado gran señor de Dilvish, que en ese momento gritó su nombre.
Dilvish sacó la espada y cruzó corriendo la
sala. Arremetió contra los atacantes, pero su hoja los atravesó como si fueran
de humo.
Superaron la posición de guardia de Selar. Un
potente golpe lanzó despedido algo invisible que resonó en la sala. Luego
despedazaron al vencido, poco a poco, a Selar de Shoredan, mientras Dilvish
lloraba y observaba.
Y entonces habló Hohorga, con una voz firme
aunque suave, sin inflexión, igual que el constante batido de la marea o cascos
de caballos.
—He sobrevivido al que presumía de haberme
vencido, como debe ser. Sabed que está escrito que jamás ojo alguno vería la
espada capaz de herirme. Los poderes tienen sus bromas. Mucho de lo que he
hecho permanecerá siempre así, oh hijos de los Hombres, Elfos y Salamandras. Me
llevo de este mundo, al silencio, mucho más de lo que sabéis. Habéis vencido a
lo que era más grande que vosotros mismos, pero no os enorgullezcáis. Eso ha
dejado de importarme. Nada me importa. Mis maldiciones para vosotros.
Aquellos ojos se cerraron y hubo el estampido
del trueno.
Dilvish y Korel estaban solos en las
ensombrecidas ruinas de una gran sala.
—¿Por qué apareció hoy esto? — preguntó el
sacerdote.
—Cuando uno de la sangre de Selar entra aquí
— dijo Dilvish — la escena vuelve a realizarse.
—¿Para qué habéis venido aquí, Dilvish, hijo
de Selar?
—Para tocar las campanas de Shoredan.
—Imposible.
—Si debo salvar Dilfar y liberar de nuevo
Portaroy, ha de hacerse.
«Voy a buscar las campanas ahora mismo. »
Atravesó la casi negrura de noche sin
estrellas, porque sus ojos no eran los ojos de los Hombres, y estaba
acostumbrado a mucha oscuridad.
Oyó que el sacerdote le seguía.
Pasaron por detrás de la destrozada mole del
trono del Señor de la Tierra. De haber habido suficiente luz, habrían visto que
los puntos oscuros del suelo se convertían en manchas, luego adoptaban el tono
tostado de la arena y un color verdirrojo de sangre al acercarse Dilvish, para
esfumarse de nuevo al alejarse.
Detrás del estrado estaba la puerta de la
torre central. Fevera Mirata, Reina de la Ilusión, había mostrado una vez esta
sala a Dilvish en un espejo del tamaño de seis jinetes en línea, un espejo
bordeado por un marco de atrompetados narcisos de oro que ocultaron sus cabezas
hasta que no hubo más reflejo que el de ellos mismos.
Dilvish abrió la puerta y se detuvo.
Ondulante humo le envolvió. Sufrió un ataque de tos, pero se mantuvo en
guardia.
—¡Es el Guardián de las Campanas! — exclamó
Korel — . ¡Que Jelerak nos libre!
—¡Maldito Jelerak! — dijo Dilvish — . Me
basto para librarme.
Pero al hablar, la nube formó un remolino y
dando vueltas se transformó en una reluciente torre que guardaba la entrada,
iluminando el trono y los puntos próximos. Dos ojos rojos centelleaban en el
humo.
Dilvish pasó su espada una y otra vez a
través de la nube, sin encontrar resistencia.
—Si continúas incorpóreo, pasaré a través de
ti —anunció Dilvish—. Si adoptas una forma, te haré pedazos. Elige—y dijo todo
ello en mabrahoring, el lenguaje que se habla en el Infierno.
—Libertador, Libertador, Libertador —silbó la
nube—, mi predilecto, Dilvish, criaturilla de garfios y cadenas. ¿No conoces a
tu amo? ¿Tan corta es tu memoria?
Y la nube se deshizo y se convirtió en una
criatura con cabeza de ave, las patas traseras de un león y dos serpientes
brotando de los hombros que se retorcían y reaparecían en la alta cresta de
llameantes plumas.
—¡Cal-den!
—Sí, tu antiguo atormentador, hombre Elfo. Te
he echado de menos, pocos abandonan mis cuidados. Era hora de que volvieras.
—Esta vez —dijo Dilvish— no estoy encadenado
ni desarmado, y nos encontramos en mi mundo. —Y arremetió con su espada,
arrancando la cabeza de serpiente del hombro izquierdo de Cal-den.
Un penetrante chillido de pájaro llenó la
sala y Cal-den atacó.
Dilvish le golpeó el pecho, pero la hoja
rebotó y sólo dejó un minúsculo corte del que fluyó un claro licor.
Cal-den lanzó a Dilvish contra el estrado,
agarró la espada con su negra zarpa, la partió y levantó el otro brazo para
derribarle. Dilvish atacó con lo que quedaba del arma, veinte centímetros de
mellada hoja.
La punta alcanzó a Cal-den bajo la quijada,
penetró y quedó allí, con la empuñadura arrancada de la mano de Dilvish
mientras el torturador agitaba la cabeza y rugía.
Después Dilvish fue cogido por la cintura, de
tal forma que sus huesos se afligieron y crujieron. Se sintió levantado en el
aire, y la serpiente desgarró su oreja y las garras pincharon sus costados. El
rostro de Cal-den se alzó hacia la víctima, con la empuñadura de la espada
igual que una barba de acero.
Acto seguido lanzó a Dilvish al otro lado del
estrado, como si quisiera aplastarlo contra las baldosas del suelo.
Pero el portador de las verdes botas de la
Tierra Elfa no podía ser lanzado al suelo o caer de otra forma que no fuera de
pie.
Dilvish se recobró, pero el choque de la
caída le produjo dolor en la herida del muslo. Su pierna cedió, de modo que
tuvo que apoyarse en una mano.
Cal-den saltó sobre él y le golpeó
dolorosamente en la cabeza y los hombros. Desde alguna parte, Korel lanzó una
piedra que alcanzó la cresta del demonio.
Dilvish retrocedió tambaleante, hasta que su
mano topó con un objeto entre los escombros, un objeto que hacía sangrar.
Una espada.
Dilvish asió el puño y lo alzó del suelo
asestando un golpe de costado que alcanzó a Cal-den en la espalda,
dejándolo paralizado en un aullido capaz de reventar los tímpanos a cualquiera
que lo oyera. Brotó humo de la herida.
Dilvish se levantó y vio que no tenía nada en
la mano.
Entonces supo que la espada de su antepasado,
el arma que ojo alguno podía ver, le había llegado de entre las ruinas, donde
había permanecido siglos, para ayudarle como vástago de la Casa de Selar en ese
momento de apuro.
Dilvish la dirigió hacia el pecho de Cal-den.
—Conejo mío, estás desarmado y sin embargo me
has herido —dijo la criatura—. Ahora volveremos a las Casas del Dolor.
Ambos se lanzaron hacia delante.
—Siempre supe —dijo Cal-den— que mi pequeño
Dilvish era un poco especial —y cayó al suelo con enorme estrépito y el humo
brotó de su cuerpo.
Dilvish puso el pie en el cadáver y arrancó
la espada, perfilada por humeante licor.
—A ti, Selar, te debo esta victoria —dijo, y
alzó un trozo de humeante nada a modo de saludo. Después envainó la espada.
Korel estaba junto a él. Vio que la criatura
que estaba a sus pies se esfumaba como ascuas y hielo, dejando un hedor
sumamente repugnante.
Dilvish condujo de nuevo al sacerdote a la
puerta de la torre y ambos entraron, Korel siempre junto al Maldito.
El roto tirador estaba a los pies de Dilvish.
Se convirtió en polvo en cuanto lo tocó con la punta del pie.
—Se dice —explicó a Korel— que el tirador de
las campanas se rompió en las manos del último que lo usó, hace media
eternidad.
Alzó los ojos, y sólo había oscuridad en lo
alto.
—Las legiones de Shoredan partieron para
asaltar la Ciudadela de Rahoring —dijo el sacerdote, como si leyera en un viejo
pergamino— y la noticia de su movimiento no tardó en llegar al Rey del Mundo,
que realizó un encantamiento con tres campanas fundidas en Shoredan. Al tañer
estas campanas, una gran niebla surgió en el territorio y envolvió a las
columnas de marchantes y jinetes. La niebla se dispersó con el segundo tañido
de las campanas, y el territorio apareció vacío de tropas. Más tarde, Merde,
Mago Rojo del Sur, escribió que estos marchantes y jinetes todavía avanzan en
alguna parte, atravesando regiones de eterna niebla.
«Si estas campanas vuelven
a ser tocadas por una mano de la misma Casa del ejecutor del encantamiento,
esas legiones saldrán de la niebla para servirle durante algún tiempo en
batalla. Pero cuando hayan cumplido, desaparecerán de nuevo en los parajes de
lobreguez, donde continuarán su marcha en un Rahoringhast que ya no existe. ¿Es
posible liberarlas para que descansen? No lo sabemos. Alguien más poderoso que
yo lo ha probado y ha fracasado.»
Dilvish inclinó la cabeza un momento y
después palpó las paredes. No eran como las exteriores. Estaban formadas por
bloques del mismo material, y entre dichos bloques había exiguas grietas para
proporcionar punto de apoyo a los dedos.
Dilvish dio un salto e inició el ascenso. Las
blandas botas verdes encontraron soportes en cualquier lugar que tocaban.
El ambiente era caluroso y viciado. Rociadas
de polvo caían sobre Dilvish en cuanto levantaba el brazo por encima de la
cabeza.
Continuó subiendo, hasta contar cien
movimientos, y se rompió las uñas de las manos. Luego se aferró a la pared como
una lagartija, para descansar, y notó los dolores de su último combate,
ardientes como soles en su interior.
Dilvish respiró el fétido aire y la cabeza le
dio vueltas. Pensó en la Portaroy que había liberado en otra época, hacía mucho
tiempo, la ciudad amistosa, el lugar donde le habían festejado, el territorio
que le había necesitado con tanta fuerza como para librarle de las Casas del
Dolor y romper la presa de piedra que agobiaba su cuerpo. Y pensó en la
Portaroy en manos del Coronel del Occidente, y pensó en Dilfar que se resistía
a Lylish, capaz de llevarse por delante los bastiones del Oriente.
Dilvish siguió subiendo.
Su cabeza tocó el borde metálico de una
campana.
Se puso encima, apoyándose en los travesaños
que acababa de ver.
Había tres campanas suspendidas de un mismo
eje.
Dilvish apoyó la espalda en la pared y se
agarró a los travesaños para poner los pies en la campana central.
Empujó, poniendo en tensión las piernas.
El eje protestó, crujió al frotar sus puntos
de apoyo.
Pero la campana se movió, despacio. No
retrocedió, empero, si no que permaneció en la misma posición después del
empujón.
Tras lanzar una maldición, Dilvish cruzó
trabajosamente los travesaños hasta el lado opuesto del campanario.
Movió el eje, y éste dio una vuelta y quedó
fijo. Pero todas las campanas se desplazaron con el eje.
Nueve veces más pasó de un lado a otro, en la
oscuridad, para empujar las campanas.
Por fin los movimientos fueron más suaves.
Poco a poco las campanas fueron retrocediendo
al dejar de hacer fuerza con las piernas. Dilvish dio otro empujón y las
campanas retrocedieron de nuevo. Siguió empujando, sin cesar.
Hubo un ligero ruido en una de las campanas
cuando el badajo tocó el metal. Luego otro. Y por fin una campana sonó.
Dilvish dio patadas cada vez más fuertes, y
las campanas oscilaron libremente y llenaron la torre con un repiqueteo que
hizo vibrar las raíces de los dientes del Maldito e inundaron de dolor sus
oídos. Una tormenta de polvo cayó sobre él y los ojos se le llenaron de
lágrimas. Tosió y cerró los párpados. Esperó a que las campanas se pararan.
Creyó oír a muchísima distancia el tenue
sonido de un cuerno.
Inició el descenso.
—Lord Dilvish —dijo Korel en cuanto el
Maldito llegó al suelo—, he oído sonido de cuernos.
—Sí —dijo Dilvish.
—Llevo conmigo una bota de vino. Bebed.
Dilvish se limpió los labios, escupió y dio
tres generosos tragos.
—Gracias, sacerdote. Salgamos de aquí.
Atravesaron la sala de nuevo y bajaron las
escaleras interiores. La sala menos espaciosa carecía de iluminación en ese
momento y estaba en ruinas. Salieron, sin que Dilvish dejara huellas
indicativas de adonde había ido. Y mientras bajaban los escalones la oscuridad
abandonó a la pareja.
A través del grisáceo día que se aferraba al
suelo, Dilvish contempló la Senda de los Ejércitos. Una intensa niebla llenaba
el ambiente hasta mucho más allá de los destrozados portalones, y de la niebla
brotaban las notas del cuerno y el ruido de movimiento de tropas. Dilvish casi
distinguió los perfiles de las columnas de marchantes y jinetes, moviéndose sin
cesar pero sin avanzar.
—Mis tropas me aguardan —dijo Dilvish en la
escalera—. Gracias, Korel, por acompañarme.
—Gracias a vos, lord Dilvish. Vine a este
lugar para investigar los métodos del mal. Me habéis mostrado muchas cosas que
debo meditar.
Bajaron los últimos escalones. Dilvish se
quitó el polvo de su ropa y montó a Black.
—Una cosa más, Korel, sacerdote de Babrigore
—dijo—. Si alguna vez os encontráis con vuestro protector, que os proporcionará
mucho más mal para vuestras meditaciones que el que habéis visto aquí, decidle
que en cuanto todas las batallas hayan sido libradas, su estatua vendrá para
matarlo.
El lunar se agitó cuando Korel parpadeó ante
Dilvish.
—Recordad —replicó— que él llevó en tiempos
un manto de luz.
Dilvish se echó a reír, y los ojos de su
montura relucieron rojamente en la penumbra.
—¡Mirad! —dijo mientras señalaba—. ¡Ahí está
vuestra señal de la bondad y la luz de él!
Nueve palomas negras daban vueltas en el
cielo.
Korel bajó la cabeza y no respondió.
—Me voy ahora para ponerme al frente de mis
legiones.
Black se encabritó sobre sus cascos de acero
y rió al mismo tiempo que su jinete.
Y se fueron, por la Senda de los Ejércitos,
dejando tras de ellos en las sombras a la Ciudadela de Rahoring y al sacerdote
de Babrigore.