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Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 2 y última)

Roderick se fue, y yo me sumí de nuevo en el estéril santuario de mis libros. Esto sucedía a las dos. A eso de las cuatro, cansado de dar cabezazos contra una muralla de piedra, decidí salir a respirar un poco de aire puro.

Era un día brillante, claro, sin nubes. Por ello lo que vino luego fue una sorpresa completa. Yo había dado sólo una docena de pasos por el patio delantero cuando vino una especie de silbido líquido y me encontré chorreando por todas partes en medio de un chaparrón veraniego torrencial. O, mejor dicho, eso fue lo que creí al principio. 

Luego alboreó en mi mente el hecho de que el camarada Roderick había dado el agua de la boca de riego del otro lado de la esquina de la casa. ¡Y de que yo me había plantado exactamente sobre el tubo de salida del aspersor!

Con un aullido de rabia salté fuera de su alcance, dando furiosos manotazos a mis empapadas ropas. El muchacho, que había regresado a la escena del crimen, me miraba atónito.

—¡Diantre, míster Evans! ¡Cómo se ha mojado!

—¿Y me lo dices tú? ¡So pequeño idiota!, ¿cómo no me has advertido que te disponías a poner en marcha la manguera? ¡Mírame! ¡Calado hasta los huesos! Por menos de dos cuartos te...

Pero entonces mi furor se duplicó, triplicó, cuadruplicó, se multiplicó por cien. Porque mis inquietos ojos descubrieron algo que hasta entonces les había pasado desapercibido. Abandonada en el centro del prado, devastadoramente expuesta al diluvio incontenible del aspersor, estaba...

—¡Mi segadora! —gemí—. ¡Dios te confunda, Roderick! ¡Te dije que tuvieras mucho cuidado con ese objeto!

Me lancé hacia la boca de riego que alimentaba la manguera; pero Roderick se me adelantó en tres saltos. Mientras nuestras manos se encontraban en el grifo, me dijo en tono tranquilizador:

—No pasa nada, míster Evans. No hay por qué excitarse. Sólo estoy poniendo a prueba...

—Poniendo a prueba, ¿qué? ¿Mi paciencia?

—Mi telaraña mágica —contestó Roderick—. Aquella sustancia que le dije. Y va bien. ¡Venga y véalo!

Me cogió la mano y tiró. Me dejé arrastrar a través del empapado césped hasta mi maltratada segadora. El agua aparecía en su antiguamente prístina superficie formando perlas... charcos... brillantes, centelleantes estanques. Yo gemía, viendo con la imaginación en cada gota una futura ampolla de herrumbre. Pero Roderick sacó tranquilamente un pañuelo del bolsillo y dijo:

—¿Ve? Se va.

Pasó el cuadrado de tela por la superficie cubierta de agua de la segadora. Y tanto si ustedes lo creen como si no, ¡el agua desapareció! Tan suave y fácilmente como jamás agua pura alguna se deslizara fuera del dorso del pato del proverbio. Yo me quedé contemplando aquel inexplicable fenómeno, y luego a su antecitado creador, con pasmado asombro.

—¿Cómo lo has hecho? —grazné.

—Con el pañuelo —contestó Roderick.

—Ya lo sé. Pero quiero decir, ¿cómo ha sido que el agua se haya marchado de ese modo de la superficie metálica?

—Ah, es que jamás estuvo realmente sobre ella. Es un problema de cohesión molecular. Mire usted, hace un minuto rocié la segadora con eso que llamo mi «telaraña mágica».

—¿Qué hiciste? —De pronto, el peligro de la herrumbre pareció casi sin importancia. La idea de que el jovencito hubiese cubierto mi adorada segadora con cierta composición de ingredientes de su equipo químico me aterraba—. ¿Qué hiciste? —grité angustiado.

—No pasa nada, míster Evans —insistió Roderick—. Mi espuma la ha protegido del agua. Y puedo quitar la espuma en cosa de segundos. Mire, se lo enseñaré.

Echó a correr hacia su casa y regresó inmediatamente con un pulverizador. Lo apuntó a la segadora, y después hizo una pausa.

—Ah, de paso —sugirió—, quizá usted desee palpar la segadora. Sólo para asegurarse de que ha quedado recubierta.

Como persona que se mueve en una pesadilla, toqué la superficie metálica. Estaba suave y resbaladiza como con una capa de fina seda. La denominación con que había bautizado el chico aquel producto no era desacertada. Tenía realmente el tacto de una telaraña untada de aceite... si saben imaginarse ustedes semejante cosa.

—He aquí la espuma protectora —dijo Roderick—. He invertido unos diez segundos en aplicarla. Ahora, ahí ve con qué rapidez se quita.

Y se puso —flush, flush— a manejar el pulverizador. Sofoqué el impulso de soltar un alarido. Porque ante mis asombrados ojos la capa aceitosa del metal se levantó, se convirtió en una niebla fina y se evaporó bajo los cálidos rayos del sol. Segundos después, cuando toqué la superficie de la segadora, ¡el metal estaba seco como los huesos!

Y en aquel momento fue cuando me erigí en el primer miembro honorario del Club Americano de Admiradores de Roderick Fenton...

Bien, no es preciso que enuncie punto por punto todo lo demás, ¿verdad que no? Para explicar en pocas palabras una larga historia, vi cómo Roderick componía una nueva provisión de su espuma de la telaraña mágica. Era precisamente lo que yo estaba buscando desde largos, muy largos meses, con angustia en el corazón: un compuesto sencillo, hecho a base de ingredientes corrientes, baratos.

Me llevé al chico conmigo a la fábrica. Y regresó a su casa con una ancha sonrisa y un contrato asegurándole unos derechos de inventor que habían de tenerle nadando en la abundancia por todo el resto de su vida natural. A cambio, mi compañía obtuvo la exclusiva sobre el descubrimiento, y, con ella, la seguridad de conseguir dinero suficiente del Gobierno para pagar el impuesto sobre el exceso de beneficios.

Pero todavía quedaba otra cosa. Y para solucionarla fui a ver al padre de Roderick. Es un científico, como también lo soy yo. De modo que no malgasté palabras, sino que fui directamente al grano.

—Creo que ya lo sé —dije llanamente—. Pero dímelo de todos modos. Me refiero al chico ¿Es él?

—¿Si es agradecido? ¿Si te está agradecido? —esgrimió Walter Fenton—. Pues, por supuesto, Tom. Y también lo estoy yo. Has sido enormemente bondadoso al...

—¡Bah! —le interrumpí—. ¡Tonterías! Soy yo quien está en deuda hasta las rodillas con él, y tú lo sabes. Y ahora deja de andarte por las ramas. Sé cuándo y dónde nació. Y sé lo que sucedía allí por aquellas fechas: experimentos atómicos. Estos son dos y dos. ¿Qué te parece si me hicieras la suma?

Fenton suspiró.

—Veo que estás ya muy cerca de la solución. Y me creo en el deber de explicarte el resto. —Meneó la cabeza despacio, gravemente—. Mira, Roderick no es hijo mío, en realidad. Sarah y yo lo adoptamos. Su verdadero padre era uno de nuestros físicos más destacados. Su madre murió en el parto. El padre falleció un año después. La radiación acabó con él.

—Es lo que me figuraba, más o menos —dije asintiendo con la cabeza—. Trabajaba en el Proyecto Manhattan, ¿no? ¿Cerca de la pila?

—Demasiado cerca. Los escudos que teníamos a la sazón no eran demasiado efectivos. La radiación asó para siempre a unos cuantos muchachos. A otros, como, por ejemplo, el padre de Roderick... pues, sencillamente, no sabemos nada. Pero algo debió de ocurrir. Rayos gamma duros... mutación de los genes. Roddy...

—Ya sé. A los ocho años lee a Lobachevsky y a Bolyai por diversión. ¿Cuándo empezó a leer?

—A los dos años —confesó Fenton—. A los dos años, inglés. Desde entonces ha aprendido francés y alemán y unas nociones de griego y latín. Se aficionó a la física y las matemáticas a los cuatro años. En la actualidad me ha adelantado de tal modo que ya no puedo ni leer sus notas siquiera. Utiliza símbolos que no entiendo. ¡Y piensa que tengo un coeficiente intelectual de 140!

—¿Andando? ¿Y el del muchacho? ¿Lo has medido?

—Sí. Pero no me creerías.

—Quizá sí. Prueba.

—Pasa de 400 —dijo Fenton—. No hay manera de medirlo con exactitud. Sencillamente, no existen pruebas ideadas para mentes como la suya. —Después de un momento de pausa, continuó—: Eres la primera persona con la cual hablo de este tema. Exceptuando a Roddy, por supuesto. Cuando cumplió los seis años, tuvimos una larga conversación de hombre a hombre. Él sabe que es diferente... y sabe por qué. Pero yo le aconsejo que lo esconda a la gente todo lo posible. A ciertas personas quizá no les gustase. Podrían sentir nacer en su espíritu un resentimiento. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Moví la cabeza afirmativamente.

—O hasta un miedo. Aunque no hay motivo especial alguno para que abriguen tales sentimientos. Era inevitable. Desde Darwin sabíamos que llegaría el día en que el hombre daría otro paso adelante en su eterna lucha hacia la perfección de la especie. Una mutación repentina, una alteración de los genes... así es como se produce. Los experimentos de Muller con rayos gamma sobre la mosca de la fruta lo demostraron. Y las radiaciones de una pila atómica como aquella con la que trabajaba el padre de Roddy en Oak Ridge hace mi nueve años, eran rayos duros. Rayos gamma.

—Entonces tú crees, lo mismo que yo, que Roderick es...

—Sí —le dije—. Mentalmente. Pero en todos los demás aspectos, absolutamente normal ¡gracias a Dios! Roddy es el signo de los tiempos venideros. Aunque no volando por los aires, raudo, con malla azul y una capa color rosa. No, un hombre de verdad. Aunque un tipo de hombre mejor, más sabio.

Con intencionada delicadeza, ninguno de ambos empleó la otra palabra, la expresión popular del tipo humano del cual el hijo adoptivo de Walt Fenton era precursor. Superhombre...

Acaso parezca extraño, pero el día que conversé con Walt Fenton no me preocupaba lo más mínimo la condición de homo superior de Roddy. La pura verdad era que más bien me complacía el habérmela figurado, fundándome en unos cuantos hechos que había ido observando. No fue hasta que hubieron pasado unos cuantos días que se me ocurrió el otro aspecto, y empezó a roerme una duda creciente, atormentadora.

Una cosa es un niño de nueve años de una raza de superhombres... pero ¿qué pasaría con un adulto de esa misma raza? ¿Qué podíamos esperar de Roderick Fenton dentro de diez o veinte años? ¿Qué papel puede figurarse uno que representará en la vida una criatura con un coeficiente intelectual tres veces mayor que el de la mayoría de sabios?

Transcurrieron varias semanas antes de que yo descargase esta incertidumbre cada día más inquietante y onerosa sobre los hombros de Walt Fenton. Él arrugaba la frente y se pellizcaba el labio inferior al contestarme:

—Tus suposiciones valen tanto como las mías, Tom. Me he pasado noches enteras despierto, preocupado por ese mismo problema. A juzgar por lo que hace ahora, puede convertirse en el mayor benefactor del género humano: infinitamente dulce, amistoso y bueno, y dotado de inteligencia suficiente para mejorar de mil maneras nuestra mal ensamblada civilización... O bien —concedió luego—, puede ocurrir exactamente al revés. Podría adueñarse de él la ambición, un afán desmesurado de dinero, poder, dominio. Si un día utilizase su poderoso intelecto para fines malos, los hombres no podrían resistirse. Si lo deseara, podría gobernar toda la tierra.

—Existe una tercera posibilidad —añadí—. El superhombre no tiene necesidad de ser benigno ni maligno para resultar perjudicial. Nietzsche nos lo enseñó. El ser humano futuro podría ser tan fríamente lógico en sus razonamientos que, sin proponérselo conscientemente, llegara a ser total, completamente despiadado.

—Situado más allá del bien y del mal —asintió Fenton—. Sí. Supongo que también existe esa posibilidad. ¡Maldita sea, Tom! ¡Ojalá hubiera alguna solución para este problema! Una solución segura, rápida, suave...

Y mientras nosotros continuábamos sentados allí, mirándonos fijamente con aire sombrío, Roddy llevó a cabo una de sus entradas más ruidosas y entusiasmadas. Cogió a su padre adoptivo por una mano y tiró de él, al mismo tiempo que me hacía señas con gesto excitado.

—¡Vamos! —gritaba—. ¡Vengan a verla! Ya está casi terminada.

Le seguimos hasta el garaje de los Fenton para quedarnos parados allí, mientras mis ojos de hombre de mediana edad se clavaban en el artefacto más estrambótico que hayan contemplado nunca. Por una parte tenía el aspecto de una caja, y por otra el de una jaula de pájaros, y en conjunto semejaba uno de los sueños más dementes de Rube Goldberg. 

Estaba compuesto de toda suerte de piezas recogidas de aquí y de allá; era un conglomerado ridículo de tubos, pernos, ruedas y tablas recogidos en los montones colectivos de trastos de desecho de la vecindad. Colocado en la parte central de aquel revoltijo había un asiento en forma de cubo equipado con una almohadilla sacada de un viejo banco-columpio de porche. 

Montadas en un panel improvisado con un guardabarros se veía cierto número de esferas y aparatitos, la naturaleza de los cuales nos resultaba totalmente incomprensible. Yo miré el aparato, y luego a Fenton. Este se encogió de hombros. Ambos miramos a Roddy. El muchacho sonreía de oreja a oreja.

—¿Qué opinan? —preguntó.

—Magnífico, hijo —respondió con cautela Fenton—. Sólo que...

—¿Sólo qué?

—Precisamente —intervine yo con voz cantarina—. ¿Sólo qué...? O, para ser más concreto, ¿qué diablos?

—¡Ah, canastos! —exclamó Roddy estirando el cuello—. ¿No se lo había contado? Quizá no. ¡Pues, vean ustedes, es una máquina del tiempo!

Fenton me dedicó una sonrisa débil.

—Cuánta imaginación, ¿eh, Tom? —dijo—. Últimamente ha leído muchas cosas de H. G. Wells.

Yo me dije que quedaba todavía una cuarta posibilidad que Walt y yo no habíamos tomado en cuenta. El supercráneo de Roderick podía excederse a sí mismo. Lo cierto es que parecía una suposición razonable la de que se había excedido ya. Y seguramente no había que temer grandes males de un superimbécil...

—Miren —gorjeó Roderick contentísimo—. ¡Se lo enseñaré!

Metió la mano dentro del instrumento, hizo girar levemente una esfera del cuadro de mandos, y luego nos miró sonriendo.

—Dos minutos —proclamó—. Voy a enviarla a dos minutos en el futuro. ¡Fíjense!

Dio un tirón a la palanca de una especie de aparato de engranajes y sacó prestamente el brazo. Se oyó un sonido repentino de maquinaria en movimiento, entre un resoplido, un bufido y un rugir sordo. Por un instante retumbó en mis oídos una aguda vibración supersónica. Y luego...

—¡Dios santo! —exclamó Walter Fenton—. ¡Ha desaparecido!

En efecto. Delante de nosotros el espacio estaba tan vacío como los bolsillos del contribuyente después de pagar los impuestos. Y mientras Fenton me contemplaba y yo correspondía con vivo interés a su mirada de imbécil, llegó hasta nosotros otro sonido. 

Como antes, percibí un breve ruido de timbre. Luego escuché un choque sordo y extenso... y el fantástico vehículo de Roddy se materializó bruscamente de la nada para posarse en el suelo delante de nosotros. Roderick levantó la vista, que tenía fija en el reloj de pulsera.

—Un minuto cincuenta y seis segundos —anunció—. Casi perfecto. Bastará ajustarlo un poco y estará en disposición de...

—Hijo —dijo Walter Fenton con voz ahogada—, ¿lo... lo dices en serio? ¿No se trata, simplemente, de una broma? ¿Funciona de veras?

—¡Pues, canastos! ¡Claro que funciona! Ustedes lo han visto, ¿verdad?

—¿Cómo? —pregunté, aturdido.

Roderick se mordió el labio.

—Pues no sé si podré explicárselo, míster Evans. Quiero decir... perdóneme... pero si no entiende usted bien el combamiento del tiempo y la mecánica continua...

—No, no los entiendo —le contesté llanamente.

—Entonces no sé si podré hacérselo comprender. —Y se revolvió en un gesto como de pedir excusas—. Pero no importa. Aun en el caso de que la mayoría de humanos... —Aquí observó la mirada de su padre adoptivo y se corrigió prestamente—. Aun en el caso de que la mayoría de personas no sepan cómo funciona, podemos utilizar esa máquina. Podemos viajar hacia el futuro y estudiar aquella civilización... y traernos los inventos necesarios para adelantar y mejorar la nuestra... podemos acelerar el progreso de la humanidad hacia una cultura superior.

Fenton preguntó pausada, cuidadosamente:

—¿Será bueno eso, hijo?

—¿Bueno? ¡Claro que será bueno!

—Me extraña. Quizá fuese mejor que los hombres progresaran más despacio. Quizá conviniera que el hombre se ganara los progresos descubriéndolos por sí mismo. Quiero decir: ¿no es una forma de esclavitud el situarse uno de modo que dependa de la sabiduría de otros?

Un leve ceño alteró las cejas de Roderick. Se me antojó que en su réplica había cierto deje de irritación.

—¡No sea ridículo, papá! El género humano necesita que lo guíen y lo instruyan. Los cerebros inferiores han de depender de aquellos que son capaces de dirigirlos y orientarlos. Hasta ustedes pueden ver...

Se interrumpió bruscamente, disgustado de haberse delatado con una franca exposición de sus convicciones. Otra vez, prestísimamente, volvía a ser el niño Roddy Fenton, sonriente y sociable, deseoso de agradar.

—Lo que quise decir es que con eso ¡podríamos aprender tanto...!

—Acaso —aventuré yo—, anduviéramos más seguros utilizándolo solamente para viajar hacia el pasado. También ahí podríamos encontrar muchas cosas que beneficiarían a la humanidad. Podríamos aprender los secretos que se han perdido con el paso de los siglos, refundiríamos nuestros libros de historia, hallaríamos la solución a un millar de misterios desconcertantes.

—Sí, sería muy divertido —admitió Roderick—. Pero es imposible, de momento. Esta máquina —añadió, señalándola— no puede viajar para atrás en el tiempo; sólo adelante. En pura realidad no sé si se podrá construir nunca una máquina que retroceda en el tiempo. Ello implicaría demasiadas paradojas inexplicables. Como, por ejemplo, que unas personas estuvieran donde no estuvieron jamás... ¿Comprenden?

—Comprendo —respondió Walter Fenton, que estaba cavilando en silencio desde la breve pero impetuosa expresión de desdén por el género humano que había pronunciado Roddy. Ahora Walter tenía un semblante pensativo, grave, decidido—. Entonces, esa máquina ¿sólo anda en un sentido?

—En efecto, papá. Adelante.

—¿Y hasta qué distancia, hijo?

—Oh, puede recorrer una larga, larga distancia. Naturalmente, no lo he ensayado. Pero esta esfera de aquí...

Roddy subió a la máquina para mostrarnos mejor sus mecanismos. Fenton y yo nos inclinábamos sobre el costado del aparato.

—Esta esfera de aquí —continuó Roderick— designa la era hacia la cual ha de viajar. Sencillamente, uno sitúa la esfera en concordancia con el número deseado de años, días o minutos.

—Entonces, esa cifra —preguntó Fenton— ¿la dirigiría hasta una fecha situada a doscientos años de este momento? —Y colocó la manecilla en posición.

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Es cierto. ¡Cuidado, papá! Si alguien bajase esta palanca mientras yo estoy aquí dentro no volveríamos a vernos jamás.

—¿Quieres decir que morirías? —le pregunté.

—¡Oh, no! Estaría perfectamente a salvo. Pero desaparecería de aquí y aparecería súbitamente en el mundo que existirá dentro de doscientos años. Un mundo en el que quizá... —y sonrió tímidamente a su padre adoptivo—, la gente se parezca más a mí. ¿Quién sabe? En todo caso, no sufriría ningún daño. Lo único es que ya no podría regresar.

—Sí —asintió Fenton—. Es lo que me figuraba. Bien, pues... ¡buena suerte, hijo!

Roddy lo miró con ojos muy abiertos.

—¿Eh? ¿Buena suerte? ¡Ah!, ¿se refiere a vender este invento? Claro, papá. Podemos ganar una fortuna para todos.

—No, Roddy —dijo Fenton—. No es eso precisamente lo que quise decir. Quise decir que aquel mundo está preparado para recibirte; y este no. Todos te amamos entrañablemente. Todos reconocemos tus grandes facultades y las aplaudimos. Pero, francamente, Roddy, nos das miedo. Nos da miedo lo que tu bienintencionada insensibilidad pudiera acarrearnos a nosotros y a otras gentes de nuestro tiempo. De modo que, buena suerte, Roddy. Y... ¡adiós!

Los ojos de Roddy se abrieron todavía más; la mandíbula se le cayó.

—¡Pero, papá! —gritó—. Tú no puedes pensar en...

Sí, sí podía. Con tranquilo propósito, Fenton estiró el brazo y empujó la palanca de arranque...

De modo que, como dije antes, si ustedes no sienten escrúpulos necios por apostar sobre una partida ganada ya, ahí tienen una en la que pueden arriesgar hasta el último céntimo: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

¡Dentro de doscientos años, entiéndase bien!

Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 1)

Si ustedes no sienten escrúpulos necios contra el apostar sobre seguro, he ahí una predicción en la que pueden aventurar hasta el último cuarto: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

No me entiendan mal. A mí no se me humedecen los ojos de admiración por la brigada joven de «pantalones tejanos y goma de mascar». A los chavales lo mismo puede ser que los acepte, como que los deje en paz... y suelo preferir lo último. 

No abrigo el menor deseo de que ninguna organización juvenil me tome por una persona muy importante; el parloteo de las voces muchachiles se me antoja mucho más tolerable si sale a través de sendas mordazas, y la idea que tengo de un Movimiento Juvenil ideal es la de que será tanto más ideal cuanto más ligero y constante el paso con que se aleje de mis proximidades.

Pero Roderick... es un caso distinto. He ahí un zagal con algo en el puchero. Tardé cierto tiempo en convencerme del hecho; pero hoy soy un verdadero creyente. ¡Qué me hablen a mí de genio juvenil...! Permitan que se lo explique.

La primera vez que vi al muchacho no supe reconocer el áureo destello del genio. La pura verdad es que mi impresión inicial fue la de que se trataba, pura y simplemente, de un descarado. Por supuesto, las circunstancias en que nos conocimos no eran las más apropiadas para que yo me formase lo que ustedes llamarían una opinión serena, nada tendenciosa...

Vean ustedes, hace muy poco que nos hemos trasladado —Molly y yo— aquí, a los suburbios, y después de haber llevado a cabo la mayor parte de tareas adicionales del interior de nuestra nueva casa, salí a desencadenar el ataque inicial sobre un trecho de césped al que se le había permitido acumular reservas veraniegas detrás de una lozana cosecha primaveral de tropas de asalto de pelargonios.

Como acababa de invertir mi dinero en una nueva y resplandeciente segadora mecánica, la perspectiva de jugar a barbero rasurador de prados no me espantaba. Bien entendido, no me espantó hasta que la emprendí de veras. Entonces descubrí, con gran enojo por mi parte, que ni siquiera una come-hierbas y bebe-gasolina le puede arreglar las trenzas a Mamá Naturaleza si uno no logra, en primerísimo lugar, ponerla en marcha. ¡Y yo no conseguía arrancar el maldito artefacto!

El mecanismo de arranque era lo que me tenía atascado. El librito de instrucciones afirmaba que si yo enrollaba la cuerda A alrededor del volante B y tiraba con fuerza, mis esfuerzos se verían recompensados con un rugido sonoro, reconfortante. Pero yo enrollé y tiré hasta ponerme morado, y negro incluso, de cara, de ánimo y de vocabulario, y lo único que le arrancaba a mi renuente instrumento era un jadeo débil, asmático y momentáneo.

Por consiguiente, me hallaba en el estado de espíritu menos amistoso que imaginarse pueda cuando una sosegada voz muchachil sonó allí, muy cerca:

—Hola, señor. ¿Tratando de poner en marcha la segadora?

El autor de esta pregunta idiota era un jovenzuelo rechoncho, pelirrojo, subido a la escalinata de la casa vecina. Le dirigí una mirada de aborrecimiento.

—¿Quién, yo? Claro que no, hijo mío. Sólo trataba de cultivar un buen apetito. Un problema —comenté en tono cáustico—, que, evidentemente, tú no podrías entender.

La ironía no hizo mella en el chaval, que continuó mordisqueando la esfera —en rápido cuarto menguante— de una manzana con bendita despreocupación. Cuando no quedó casi más que un husito, arrojó el corazón de la fruta a un desventurado petirrojo que andurreaba por nuestros jardines, y volvió a tomar la palabra:

—Porque si lo quiere, no quiere, ya sabe —dijo. Yo medité brevemente la frase. Tiempo perdido.

—¿Lo repites? —sugerí.

—¿Qué dice usted?

—Ese último comentario que has hecho. ¿Qué necesito para descifrarlo? ¿Un libro de claves?

Por un momento fue él quien pareció desconcertado. Luego sonrió.

—Ah, comprendo. He sido un poco nebuloso, ¿verdad? Quise decir —aclaró cuidadosamente—, que si trata de poner la máquina en marcha, no lo hace como debe. Al menos eso es lo que se me figura a mí.

Ya es bastante lamentable que no sepas hacer bien una cosa; pero es peor todavía que un chaval que no tiene ni la cuarta parte de tus años hurgue en tu incompetencia con dedo atormentador. Yo saqué las uñas, dispuesto al ataque, con una sonrisa subyugadora.

—Oye, jefe... —dije.

—Roderick —puntualizó él—. Roderick Fenton.

—Dime, Roderick, ¿cuántos años tienes?

—Ocho —contestó—. Y voy por los nueve.

—Ocho —le corregí—, y vas ya con tiempo prestado. Oye, niño: hay leyes contra los adultos que destrozan menores de edad antes de tiempo. Pero no sé que el Código Penal prohíba que uno tire hacia lo alto un objeto pesado y deje que la ley de la gravedad actúe como suele hacerlo. Es posible que yo no sepa manejar esta máquina; pero creo que, haciendo un esfuerzo decidido, sería capaz de levantarla. De manera que, o cierras esa asquerosa bocina que tienes por boca, o hago que un montón de piezas metálicas, inútiles para cualquier otra finalidad, se desplome sobre tu puchero.

—¡Oh, rediantre! —se quejó el chiquillo—. Si quiere tomárselo así... —Se levantó y cogió con mano aturdida la empuñadura de su puerta—. Yo sólo trataba de serle útil.

—¡Grrr! —proferí con la mayor cortesía.

—Al fin y al cabo, ese motor es de gasolina. Si no abre ese grifito encarnado del tubo de alimentación...

—¡Largo! —bramé, herido hasta lo insoportable. Y se largó. Precipitadamente. La puerta se cerró de golpe tras él. Yo aguardé hasta que la roja niebla que me cubría los ojos se disipó; en ese momento volví a meditar el problema de aquel dolor de cabeza que me costaba cien dólares.

Dos veces más malgasté las energías en el truquito de la cuerda, con resultados tan fútiles como los anteriores. Luego, con rencorosa desgana, hice una pausa y estudié el mecanismo que tenía delante. No faltaba más, allí estaba —tal como había señalado Roderick— un grifito en la base del tubo de alimentación. Lo toqué. Se movió. Murmuré:

—¡Humm! —y dirigí una rápida mirada oblicua a la casa de Roderick. No tenía público alguno. Di un giro de noventa grados a la espita. Luego enrollé, una vez más, la cuerda de arranque alrededor del volante y tiré.

Se oyó una explosión sorda, un rugido y enseguida un clamor trepidante. Los pies se me fueron de debajo del cuerpo mientras la despertada segadora emprendía la marcha a través del prado, llevándome a remolque. Y la hierba verde volaba por todo mi alrededor, por todo mi alrededor...

Un par de noches después, mientras lavábamos en mares de espuma los platos de la comida, mi mujer, alegría de mi vida, me informó:

—Ah, de paso, esta noche vamos a jugar al bridge.

—Estupendo. ¿Con quién?

—Con los vecinos —respondió Molly—. Se llaman Fenton. Ella es muy simpática. Y —añadió pensativamente—, él es físico. Quizá pueda ayudarte a resolver el problema.

Hice una mueca de dolor. Había llegado a la época en que la mención incidental de aquel asunto hacía que mis destrozados nervios vibrasen como una orquesta de cuerda oriental.

—Por favor, cariño —supliqué—, no hablemos de estas cosas ahora, ¿quieres? Las veladas son para descansar y relajarse. Es decir... —todo mi ser se estremeció conmovido por una repentina y negra sospecha—, teóricamente, al menos. ¿Dónde hemos de jugar? ¿Aquí?

—No. En su casa.

—Eso me temía. ¿Antes o después?

—¡Pero, Tom!, ¿de qué estás hablando? ¿Antes o después... de qué?

—Antes o después de que hayan atado a la cama, con cadenas, al odioso monstruo pequeño que tienen por hijo.

—¿Estás hablando de Roddy? ¡Vaya, yo le considero un encanto de muchachito!

—También lo era, no cabe duda —gruñí yo—, Jack el Destripador. No, cariño mío. Por una vez en nuestra existencia de casados, que por todo lo demás ha sido un idilio divino, debo desautorizarte. Queda cancelada la cita. Me niego a poner los pies en la madriguera de aquel ogrito espantoso.

—Pero, Tom, yo he prometido...

—Lo siento.

—Y sería una grosería terrible con...

—Es una pena.

—Y ellos nos están esperando...

—¡No! —dije llana, firme, definitivamente—. ¡De una vez y para siempre, no! Esta noche no me muevo de aquí. ¡Es mi última palabra!

De modo que cosa de una hora después estábamos sentados en la sala de los Fenton, trabando relación con nuestros vecinos. Y debo confesar que, a despecho de mis enmurriadas expectativas, eran una pareja agradable: atractivos, amables e inteligentes. Después de una ronda de vasos de bourbon —Fenton hasta sirvió mi marca preferida— empezamos a tutearnos como viejos amigos.

Muy agradable todo ello. Muy impermanente. Porque todas las cosas buenas —para recurrir a una frase sobada— han de llegar forzosamente a su fin. Serían las nueve, poco más o menos, cuando la puerta se abrió y entró en el dichoso saloncito, como una mosca en la salsa, Roderick.

—¡Ah! —exclamó—. ¿Invitados? Buenas noches.

Denme un sobresaliente en Esfuerzo. Animado por el espíritu de buena camaradería y las consecuencias de unos generosos tragos de brandy, dominé la repugnancia que me inspiraba el fastidioso zagalillo y eché mano de la parlotería insulsa del vecino cordial.

—Hola, Roddy —le saludé—. ¿Has ido al cine?

La mirada con que me favoreció no era exactamente desdeñosa. Más bien un tanto compasiva.

—No, señor —dijo—. A la biblioteca.

—Roddy —adujo su madre casi en tono de excusa— es un gran aficionado a la lectura.

—¿Andando? —declamé, en una cálida efusión de nostalgia vuelta hacia mis días de colegial—. No se me ocurre nada más agradable que enfrascarse en un buen libro... es decir, para un chico ya un poco crecidito. ¡Oh, sí! ¡La magnífica literatura de la juventud! Te habrás llenado la azotea con las gestas de los grandes paladines, ¿eh, Roddy?

—¿Cómo dice usted, señor? —preguntó el niño con aire inexpresivo.

—Habrás saciado las células grises de sangre, ¿no? Habrás estado leyendo historias de aventuras tremendas en países lejanos. Los Caballeros de la Tabla Redonda, los piratas del Océano Español, los indios desenterrando el hacha guerrera.

—No, señor —replicó Roderick—. He leído a Lobachevsky sobre curvas geométricas.

—¿Eh?

—Y a Riemann. Y a Bolyai. A los geómetras no euclidianos. —El chico se revolvió incómodo, quizá por la aprensión que le causara el verme boquiabierto, con la mandíbula inferior caída—. A mí... a mí las matemáticas me interesan muchísimo —dijo—. ¿A usted no?

Agarré con fuerza el vaso, y el destrozado dominio de mí mismo, y logré soltar una risita que no me asfixió del todo.

—¡Claro que sí! Yo siempre afirmo —dije—, que la mejor manera de abrirse camino en este mundo consiste en tener los pies bien firmes en el suelo y recordar que dos y dos hacen cuatro.

—O, a veces, cien —murmuró Roderick.

—¿Eh?

—En la numeración binaria, bien entendido. Bueno, será mejor que me vaya a la cama. Buenas noches a todos.

Y besó a sus padres, y ellos le besaron a él exactamente igual que si se hubiera tratado de un ser humano. Luego desapareció escaleras arriba. Su padre le seguía con mirada cariñosa.

—Ese chico es algo, ¿eh, Tom? —dijo.

—Sí, en efecto, es algo —reconocí cautelosamente—. Pero ¿qué, exactamente?

—¡Sí, señor! Yo estoy orgullosísimo de mi muchacho. Es todo un pensador. ¿Tengo o no tengo razón?

—¡Usted lo ha dicho! —convine.

Mi jefe de laboratorio es miembro de un trust de cerebros con más grados que un termómetro clínico. Al día siguiente le pregunté:

—Doc, ¿qué es la numeración binaria?

—¡Ah, sí, la numeración binaria! Pues es un sistema de numeración que sólo requiere el empleo de dos cifras, o símbolos, 1 y 0, a diferencia de los diez símbolos del sistema decimal. Muy sencillo, muy eficiente. La cantidad 1 sigue siendo 1; pero 2 se convierte en 10; 3 es 11...

—¿Andando? ¿Dos más dos? ¿No hacen cuatro?

—No. Hacen 100. ¿Por qué? ¿Desde cuándo se interesa por los sistemas de numeración poco utilizados?

—No me intereso. Lo oí mencionar por casualidad.

El jefe sonrió.

—Será mejor que los chicos del gobierno no oigan estas palabras. El único lugar del mundo donde, que yo sepa, se utiliza normalmente la numeración binaria es en las zonas rurales de Rusia. Y este proyecto militar en que estamos trabajando... bueno, ya sabe usted lo desconfiados que son los «federales».

—Sí. Lo sé. ¡Si hasta dejé de emplear la defensa Petroff cuando juego al ajedrez!

—No lo digo incidentalmente, en modo alguno —continuó Doc—. ¿Qué tal le va ese trabajo de investigación?

—¿Quiere la verdad —pregunté—, o que sufra de úlceras?

—¿Tan mal está?

—Peor. Estoy llegando a ninguna parte a gran velocidad. Lo cierto es que estoy tan lejos de una solución ahora como cuando empecé; porque he eliminado una cantidad incalculable de millones de posibilidades.

Doc meneó la cabeza tristemente.

—Es difícil, ya lo sé. Pero ha de haber alguna solución. Usted se da el nombre de químico...

—Yo me he dado todos los nombres menos ese durante los meses últimos.

—Bueno, siga en la brecha. Y si necesita algo, avíseme.

—¡Magnífico! —refunfuñé malhumorado—. ¿Qué surtido tenemos de aspirinas, muñecas de papel y camisas de fuerza?

¿Se figuran quizá que el problema de marras no me tenía preocupado? Piénsenlo mejor. Puedo demostrar que estaba hundido hasta las cejas en la más negra desesperación. Hasta me llevaba el trabajo a casa los fines de semana. Porque estaba que me subía a la parra, y lo mismo estaba el jefe, y lo mismo la compañía por la cual trabajamos ambos. Y no hablemos ya del Tío Sam, que dependía de nuestros esfuerzos por descubrir una solución a su problema.

De modo que un sábado por la tarde yo estaba sentado en mi estudio, enojadamente atareado en la consulta de unos libros especializados, cuando aparecieron a mi vera treinta y tantos kilogramos de fastidio. Era el amigo Roderick.

—Hola, míster Evans —dijo.

Cerré los ojos con la esperanza de que cuando los abriese de nuevo ya se habría marchado. Pero no, continuaba allí, tranquilo y desagradablemente sociable.

—Hola —suspiré—. ¿Querías algo?

—Nada en particular. Sólo he venido a verle. Está leyendo, ¿eh?

Yo levanté unas cejas atónitas al volumen que tenía en las manos.

—¡Vaya, que me cuelguen si no es cierto! —exclamé.

—A mí mi gusta leer —dijo Roderick.

—¿De veras? Recuérdame que debo colgar un rótulo de «No estorben» en mi puerta para tu futura diversión.

—Generalmente libros de ciencia —continuó afablemente—, o de geología, o de psicología, o de historia. ¿Cuál es su personaje histórico favorito?

—El rey Herodes —le respondí—. Oye, Roddy. Estoy ocupadísimo. Si no te importase...

—¿Le molesto?

—No más que una combinación de jaqueca, fiebre del heno y el prurito de siete años. Tengo que terminar un trabajo...

—Papá me dijo que usted era químico —continuó el chaval—. ¿Es cierto?

—Estadísticamente, sí. Éticamente...

—En Oak Ridge había muchos químicos —comentó Roderick—. Es donde nací yo, ya sabe.

—¿Naciste de veras? ¿Aseguras que no te encontraron bajo un pedrusco?

Roderick o no lo entendió o prefirió pasarlo por alto. Y siguió diciendo:

—Tengo una colección de química. La grande. Un centenar de productos químicos y un libro que explica la manera de hacer una multitud de cosas.

—¿Incluso —pregunté, esperanzado—, trinitrotolueno?

—Bah, usted bromea. El trinitrotolueno es peligroso. Pero se sorprendería de la colección de cosas que he preparado con mi juego de productos químicos. Algunas no están en el libro siquiera. Inventé una que resulta curiosa de verdad. Yo la llamo la telaraña mágica. Se...

—Roddy —le dije en tono fatigado—, me encanta saber que te diviertes tanto con tus juguetes, pero no tengo tiempo para hablar de ellos ahora. Como te decía antes, he de terminar un trabajo...

—¿Qué clase de trabajo? —preguntó Roderick.

Suspiré y elegí el camino de la menor resistencia.

—Si te lo digo, ¿te irás a tu casa?

—Pues claro. Si usted quiere que me vaya...

—Muy bien, pues. Aquí está el problema. ¿Sabes que nuestra nación se enfrenta con la posibilidad de otra guerra?

—Naturalmente. Lo sabe todo el mundo.

—¿Y que parte de nuestra campaña de preparación consiste en que armemos a los amigos que tenemos en ultramar?

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Claro. Les enviamos aeroplanos y tanques y cañones...

—En efecto. ¿Y sabes cómo se lo enviamos?

—En barco, principalmente, supongo.

—Exacto. Y ahí es donde empieza el conflicto. Cargamos millares de toneladas de equipo valioso en barcos de transporte y los mandamos a un largo viaje por mar. Debido a su forma y su tamaño, buena parte de ese equipo tiene que hacer la travesía sobre cubierta, expuesto al sol, el hielo, la lluvia y la rociada incesante de agua salada. ¿Y sabes lo que le hace la sal al metal?

—Pues sí. Lo corroe.

—Cierto. De manera que para proteger nuestro equipo tenemos que recubrirlo con alguna sustancia que resista los elementos. He ahí mi tarea. Encontrar una sustancia adecuada.

—Pero ¡si ya tienen materiales así! —comentó Roderick—. Yo he visto fotografías...

—Cierto. Pero ninguna de las sustancias protectoras actuales resulta satisfactoria. O bien son viscosas y pegajosas, o bien forman una costra dura, gomosa, que cuesta horas y horas de fatiga quitarla. Pasamos días y días aplicando las sustancias protectoras y semanas y semanas quitándolas. Los soldados que deberían estar haciendo maniobras militares para ejercitarse tienen que pasarse una infinidad de horas en la dura tarea de limpiar el engrasado equipo cuando llega a su destino. Y si no crees que esa tarea es pesada, pregúntaselo a cualquier soldado raso que haya desembalado y limpiado una caja de rifles, simplemente...

—Entonces usted trata de encontrar...

—Un compuesto sencillo y barato que se pueda aplicar rápidamente, que salvaguarde el material que se transporta y luego, al final del trayecto, se pueda eliminar con gran facilidad. Una sustancia elusiva —suspiré—. Y que acaso no exista. Y ahora, hijito, yo he cumplido ya mi parte de lo pactado. Te toca, pues, cumplir la tuya.

—¿Eh? —dijo Roderick distraídamente.

—Fuera —ordené yo, empujándole suavemente hacia la puerta—. No creas que no ha sido un placer verte, porque no lo ha sido. Vuelve otro día; pero no demasiado pronto.

Roderick preguntó plañideramente:

—Bueno, diantre, no es preciso que empuje, ¿verdad que no? Míster Evans...

—¿Ahora qué, hombrecito?

—¿Le sabría mal que utilizara su segadora de césped?

—Me figuro que no. Pero cuídala bien, ¿eh? Ese trasto cuesta mucho dinero.

—Claro que sí —prometió—. Tendré cuidado. Gracias.

 

(CONTINUARÁ...) 

La transferencia - Algernon Blackwood (Parte 2 y última)

Sin saberlo, Jamie había dado la última pincelada al retrato que yo había trazado, inconscientemente. El hombre poseía, y ponía en juego, cierta callada, irresistible facultad de despojarte de todas tus reservas, para luego, rápidamente, asimilárselas él. 

Al principio te dabas cuenta de una tensa resistencia; poco a poco esta resistencia se teñía de cansancio; la voluntad se volvía flácida; y luego, o te marchabas, o cedías... aceptando todo lo que él dijera con una sensación de debilidad presionando hasta los mismos bordes del colapso. 

Con un antagonista masculino acaso fuera diferente, pero aun en este caso el esfuerzo de resistencia generaba una fuerza que absorbía él y no el otro. Él nunca cedía. Una especie de instinto le enseñaba a protegerse contra toda rendición. Quiero decir que nunca cedía ante seres humanos. 

Esta vez se trataba de una cuestión muy diferente. No tenía más posibilidad que una mofeta o una mosca ante los engranajes de un enorme motor de «atracción de feria», como solía decir Jamie.

Así era como le veía yo: como una gran esponja humana, atiborrada y empapada de vida, o de los frutos de la vida absorbidos de otros..., robados. Mi idea de un vampiro humano quedaba confirmada. Aquel hombre andaba por el mundo transportando aquellas acumulaciones de vida de los demás. En este sentido, su «vida» no le pertenecía realmente. Por cierta razón, me figuro, no la tenía tan plenamente bajo su dominio como se imaginaba.

Y dentro de una hora ese hombre estaría aquí. Me fui a la ventana. La vista se me extravió hacia el trecho vacío, negro mate, que se extendía en medio de la estupenda lozanía de las flores del jardín. Se me antojaba un borroso pedazo de vacío que bostezaba pidiendo ser llenado y alimentado. 

La idea de que Jamie jugase en torno de sus desnudas orillas se me hacía aborrecible. Yo contemplaba las grandes nubes de verano, arriba en el cielo, la quietud de la tarde, la calígine. Por el jardín se extendía un silencio recalentado, opresivo. No recordaba otro día tan sofocante, tan inmóvil. Un día tendido allí, aguardando. También el personal de la casa aguardaba; esperaba que míster Frene llegase de Londres, con su gran automóvil.

Y jamás olvidaré la sensación de encogimiento y pena glaciales con que escuché el roncar del coche. El tío Frank había llegado. Habían servido el té en el césped, bajo las limas, y mistress Frene y Gladys, de regreso de la excursión, se habían sentado en sillones de mimbre. 

Míster Frene, el menor, esperaba en el vestíbulo para dar la bienvenida a su hermano; pero Jamie —según supe más tarde— había manifestado una alarma tan histérica y ofrecido una resistencia tan desesperada que se consideró más prudente tenerle en su habitación. Quizá, después de todo, su presencia no fuese necesaria. 

Se adivinaba perfectamente que la visita tenía algo que ver con el lado desagradable de la vida: dinero, capitulaciones, o qué sé yo. Nunca me enteré bien; solo supe que los padres de Jamie estaban ansiosos y que había que ganarse la benevolencia del tío Frank. No importa. Eso no tiene nada que ver con el asunto. 

Lo que sí tuvo que ver —de lo contrario no escribiría yo esta narración— es que mistress Frene me hizo llamar, pidiéndome que bajase «luciendo mi bonito vestido blanco, si no me importaba», y que yo estaba aterrorizada, aunque al mismo tiempo halagada, porque aquello significaba que una cara bonita se consideraba una preciada adición al panorama que le ofrecían al visitante. 

Además, por raro que parezca, yo sentía que mi presencia era, en cierto modo, inevitable; que, fuese por la razón que fuere, estaba dispuesto que yo presenciara lo que presencié. Y en el instante en que llegué al prado... —titubeo antes de ponerlo por escrito, porque parece una cosa tan tonta, tan inconexa— habría jurado, mientras mis ojos se encontraban con los de aquel hombre, que se produjo una especie de oscuridad repentina; una oscuridad que robó el esplendor veraniego de todos los seres y todos los objetos, y que la producían unos escuadrones de caballitos negros salidos de su persona, que corrían en derredor nuestro, dispuestos al ataque.

Después de una primera mirada momentánea de aprobación, el hombre no volvió a fijarse en mí. El té y la conversación discurrían apaciblemente; yo ayudaba a pasar platos y tazas, llenando las pausas con comentarios intrascendentes dirigidos a Gladys. A Jamie no se le mencionó siquiera. 

Exteriormente todo parecía bien; pero interiormente todo era horrible... aquello bordeaba el límite de las cosas inenarrables, y parecía tan cargado de peligro que cuando hablaba yo no lograba dominar el temblor de mi voz.

Contemplaba la cara dura, inexpresiva del visitante; advertía su extraordinaria delgadez y el brillo raro, aceitoso, de sus ojos firmes. No centelleaban; pero le absorbían a uno con una especie de brillo suave, cremoso, como el de los ojos de los orientales. Y todo lo que decía o hacía anunciaba lo que yo osaría llamar la succión de su presencia. Con su naturaleza lograba este resultado de una manera automática. Nos dominaba a todos, aunque de una manera tan suave que, hasta que había tenido lugar el hecho, nadie lo advertía.

No obstante, antes de haber transcurrido cinco minutos, yo me daba cuenta de una sola cosa. Mi mente se enfocaba sobre ella, nada más, y con tal viveza que me maravillaba que los otros no se pusieran a gritar, o a correr, o a tomar alguna medida violenta para impedir aquello. Y aquello era esto: que, separado meramente por menos de una docena de metros, aquel hombre, que vibraba con la vitalidad adquirida de otros, estaba fácilmente al alcance de aquel punto de vacío que bostezaba y esperaba, ansiando que lo llenasen. La tierra olfateaba su presa.

Aquellos dos «centros» activos se hallaban en posición de combate; el hombre tan delgado, tan duro, tan vivaz, aunque en realidad abarcando una gran dimensión con el amplio entorno de vida de los otros que se había apropiado, tan práctico y victorioso; el otro tan paciente, profundo, con la poderosísima atracción de la tierra entera detrás, y... —¡ay!—, tan consciente de que, por fin, se le presentaba la oportunidad.

Lo vi todo tan claramente como si hubiera estado contemplando a dos grandes animales preparándose para la batalla, ambos inconscientemente; aunque en cierta inexplicable manera, aquello yo lo veía, por supuesto, dentro de mí, no fuera. El conflicto sería aborreciblemente desigual. 

Cada bando había enviado ya sus emisarios, aunque yo no pudiera decir cuánto tiempo hacía, porque la primera prueba que él dio de que algo anormal sucedía en su interior fue cuando, de pronto, la voz se le volvió confusa, se equivocaba de palabras y los labios le temblaron un momento y perdieron tono. 

Un segundo después su rostro delataba aquel cambio singular y horrible, como si adquiriese una especie de flácidez alrededor de los pómulos y creciese, creciese, de modo que yo recordé la angustiosa frase de Jamie. En aquel preciso segundo, yo adiviné que los emisarios de los dos reinos, el humano y el vegetal, se habían encontrado ya. 

Por primera vez en su larga carrera de medrar a costa ajena, míster Frene se veía enfrentado contra un reino más vasto de lo que suponía, y al descubrir esta realidad, se estremecía interiormente en aquella reducida porción que era su verdadera y auténtica persona. Advertía la llegada del enorme desastre.

—Sí, John —estaba diciendo, con aquella voz pausada, como felicitándose a sí mismo—, sir George me regaló ese coche; me lo dio para obsequiarme. ¿Verdad que fue un gesto encan...? —pero aquí se interrumpió bruscamente, balbució, tomó aliento, se puso en pie y miró, inquieto, a su alrededor. Por un segundo hubo una pausa sorprendida e incómoda. 

Fue como el chasquido que pone en marcha una enorme maquinaria, ese momento de pausa que precede al verdadero arranque. Luego, en verdad, todo sucedió con la velocidad de una máquina que rueda cuesta abajo y sin control. Yo pensé en una dinamo gigante que girase en silencio e invisible.

—¿Qué es aquello? —gritó con voz apagada y saturada de alarma—. ¿Qué es aquel horrible lugar? ¡Oh, además, alguien llora allí...! ¿Quién es?

Y señalaba el terreno desnudo. En seguida, antes de que nadie pudiera contestarle, se puso a cruzar el prado en aquella dirección, andando a cada instante con paso más rápido. Antes de que nadie pudiera moverse, había llegado al borde. Se inclinó... y fijó la mirada en el suelo.

Tuve la sensación de que transcurrían varias horas; pero en realidad fueron segundos; porque el tiempo se mide por la cualidad y no la cantidad de las sensaciones que contiene. Lo vi todo con detalle despiadado, fotográfico, grabado vivamente entre la confusión general. 

Ambos bandos desplegaban una tremenda actividad, aunque solo uno, el humano, ejercía toda su fuerza... en forma de resistencia. El otro se limitaba a extender, por así decirlo, un solo tentáculo de su vasta enorme fuerza potencial; no se precisaba más. Fue una victoria tranquila, fácil. ¡Ah, resultaba más bien lamentable! No hubo jactancia ni gran esfuerzo, en un bando al menos. 

Casi pegada a la vera del hombre, presencié la escena; pues parece que fui la única persona que se movió y le siguió. Nadie más dejó su puesto, aunque mistress Frene armaba un tremendo ruido con las tazas, realizando no sé qué impulsivos gestos con las manos, y Gladys, recuerdo, profirió un grito... como un pequeño alarido:

—¡Oh, madre, es el calor!, ¿verdad?

Míster Frene, el padre, estaba pálido como la ceniza, y mudo.

Pero en el mismo instante que yo llegaba al lado del tío Frank se vio claramente qué era lo que me había llevado allí tan instintivamente. Al otro lado, entre las hayas plateadas, estaba el pequeño Jamie. Estaba observando. 

Yo sentí —por él— uno de estos impulsos que estremecen el corazón; un miedo líquido recorrió todo mi ser, tanto más efectivo cuanto que era realmente ininteligible. Sin embargo, comprendía que si hubiera podido saberlo todo, y qué era lo que quedaba detrás, el miedo habría sido más justificado; comprendía que aquello era espantoso, estaba lleno de terror.

Y entonces sucedió —fue una visión verdaderamente perversa—, como el contemplar un universo en acción, contenido, no obstante, en una reducida superficie de terreno. Creo que el hombre comprendió vagamente que si alguien ocupara su puesto, quizá pudiera salvarse, y que este fue el motivo de que, discerniendo instintivamente el sustituto que tenía más fácilmente a su alcance, vio al niño y le llamó en voz alta, desde el otro lado del suelo desnudo:

—¡Jamie, hijo mío, ven acá!

Su voz fue como un disparo agudo, pero al mismo tiempo monótono y sin vida, como cuando un rifle falla el tiro; una voz seca pero débil, sin «estallido». En realidad era una súplica. Y, con profunda sorpresa, yo escuché mi propia voz, vibrando imperiosa y fuerte, aunque no tuviera consciencia de decir las palabras que estaba pronunciando:

—¡Jamie, no te muevas! ¡Quédate donde estás! —Pero Jamie, el pequeñín, no obedeció a ninguno de los dos. Se acercó todavía más al borde y se quedó plantado allí... ¡riendo! Yo escuchaba aquella risa; pero habría jurado que no procedía de él. Era la tierra, el trecho de suelo desnudo el que producía aquel sonido.

Míster Frene se volvió de costado, levantando los brazos. Vi su cara dura, descolorida, ensanchándose un poco, desparramarse por el aire y caer hacia el suelo. Y vi que, al mismo tiempo, le ocurría algo similar a toda su persona, porque se perdió en la atmósfera en un chorro de movimiento. 

Por un segundo, la cara me hizo pensar en esos juguetes de caucho de los que tiran los niños. Se hizo enorme. Aunque esto era solamente una impresión externa. Lo que sucedía realmente —lo comprendí con toda claridad— era que toda la vida y la energía que había absorbido de los demás durante años ahora se la quitaban y la transferían... a otra parte.

Por un momento, en el borde, se bamboleó horriblemente; luego, con aquel raro movimiento de costado, rápida pero desmañadamente, penetró en el centro del espacio desnudo y cayó pesadamente de bruces. Sus ojos, mientras caía, se apagaron de manera extraña, y por todo su rostro aparecía escrita, con claridad prístina, una expresión que yo ahora solo sabría calificar de destrucción. Se le veía completamente destruido. 

Capté un sonido —¿de Jamie?—, pero esta vez no era una carcajada. Era como una deglución; era un sonido bajo y apagado, profundamente hundido en la tierra. De nuevo pensé en unos escuadrones de caballitos negros alejándose al galope por un pasillo subterráneo, bajo mis pies, hundiéndose en las profundidades, y sus pisadas se iban debilitando más y más, enterrándose en la distancia. En mi olfato penetraba un fuerte olor de tierra.

Y luego... todo pasó. Volví en mí. Míster Frene, el menor, levantaba la cabeza de su hermano del prado donde había caído, junto a la mesa del té. En realidad no se había movido de allí. Y Jamie, según supe después, había estado todo el rato durmiendo arriba, en su cama, rendido por el llanto y la inexplicable alarma. Gladys vino corriendo con agua fría, esponja, toalla y también brandy..., en fin, multitud de cosas.

—Madre, ha sido el calor, ¿verdad? —Oí el murmullo de la niña; pero no la respuesta de la madre. A juzgar por su cara, habría dicho que, por su parte, mistress Frene estaba al borde del colapso. Luego vino el mayordomo, y entre todos levantaron al caído y le llevaron al interior de la casa. El tío Frank se recobró aun antes de que llegara el médico.

Pero lo que me extrañó mayormente fue la profunda convicción que tenía de que todos los demás habían visto lo mismo que vi yo, solo que ninguno dijo ni media palabra del suceso; ni la ha dicho nadie hasta el día de hoy. Y esto acaso fuera lo más horrendo de todo.

Desde aquel día hasta el de hoy, apenas oí nombrar jamás a míster Frene, el mayor. Pareció como si, súbitamente, hubiera desaparecido de este mundo. Los periódicos no le mencionaban. Por lo visto, sus actividades cesaron por completo. Sea como fuere, la vida que llevó luego se distinguió por su inanidad. Realmente, nunca hizo nada digno de la mención pública. Aunque también puede ser que, habiendo dejado de estar a las órdenes de mistress Frene, no tuviera yo ocasión alguna de enterarme de nada.

Sin embargo, la vida ulterior de aquel trozo estéril de jardín siguió un rumbo completamente distinto. Que yo sepa, los jardineros no procedieron a ninguna enmienda de su suelo, ni se abrió ningún desagüe, ni se trajo tierra nueva; pero ya antes de que me marchase yo, al verano siguiente, había cambiado. Permanecía inculto; pero poblado de grandes y lozanas hierbas y enredaderas, fuertes, bien alimentadas, reventando literalmente de vida.