Entradas

Mostrando entradas de 2026

La leyenda de Sleepy Hollow - Washington Irving (Parte 2)

       Era, en efecto, un hombre a la vez sagaz y crédulo, incluso simplón en estos aspectos... Su apetencia de saberes acerca de lo maravilloso, su afán de conocer cosas acerca de lo sobrenatural, eran tan extraordinarios como su capacidad de digerir cuanto de todo ello tenía noticia, algo que se hizo más fuerte en él tras un cierto tiempo de estancia en Sleepy Hollow.  Ni la narración terrorífica más infame o monstruosa le revolvía las tripas o le parecía increíble. Cuando cerraba su escuela a la caída de la tarde, solía ir a tumbarse plácidamente sobre los tréboles arracimados que le ofrecían un dulce lecho a la orilla del arroyo y allí se daba a la lec­tura de las truculentas historietas narradas por el viejo Mather, hasta que la oscuridad hacía que las líneas de las páginas aparecieran borrosas ante sus ojos.  Era entonces cuando, de camino a la granja en la que se hospe­dara por aquellos días, evitando tierras de légamo y atravesando bosques tan frond...

La leyenda de Sleepy Hollow - Washington Irving (Parte 1)

Era una tierra plácida de inquieta y dulce fantasía, en la que brotaban sueños ante los ojos entornados y fantásticos castillos en las nubes que pasaban, las que jamás huyen de un cielo de verano. Castillo de la Indolencia   Encontrada entre los papeles del difunto Diedrich Knickerbocker          En lo más profundo de una de las inmensas ensenadas de playas que el Hudson acaricia en sus orillas orientales, se produce un enorme ensanchamiento al que los viejos marinos holandeses llamaron en tiem­pos Tappan Zee; para navegarlo, recogían las velas prudentemente mientras invocaban a San Nicolás.         Justo allí se alza una pequeña aldea con su puerto recoleto, a la que algunos dan el nombre de Greensburg, pero a la que la mayoría de la gente llama Tarry  Town. Recibió este nombre, por lo que sabemos, en tiempos antiguos; se lo dieron las bue­nas mujeres de un villorrio vecino, pues era en las tabernas de Tarry Town d...

Manolito on the Road - Elvira Lindo

Y aquí llega la última parte que es donde yo me pongo más nervioso cada vez que me toca contarla, y mi abuelo me dice: «No te líes, que éste es el momento más emocionante de la historia». Me lío porque sólo de acordarme se me ponen los pelos de punta. Pero el caso es que en esta parte también hay que empezar por el principio de los tiempos. El principio aquí sería que después de hacer dos o tres paradas para que mi padre fuera dejando las últimas tandas de la mercancía, volvimos al «Chohuí» a comer. Había lo menos cinco camiones aparcados en fila porque un chaval que había en el porche los estaba limpiando. A mi padre le había cambiado la cara desde que había decidido que volvíamos esa tarde a Madrid, estaba mucho más contento y me dijo que pararíamos en Cuenca para comprarle a mi madre una cosa bonita para que no se enfadara por tonterías. Me cogió en brazos y me hizo abrir la puerta del restaurante del «Chohuí» con la cabeza, como en los salones del Oeste. Dos colegas de mi padre...