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El montón de arena - John Keefauver

Los primeros que llegaron a la playa vieron el montón de arena e imaginaron que lo había hecho alguien al amanecer. Alguien que, quizá, lo había abandonado para irse a desayunar y que regresaría más tarde, durante el transcurso de la mañana, para terminar la escultura y poder participar así en el concurso de castillos de arena de aquel día. 

Aquello parecía una buena explicación (al menos así se pensó más tarde) sobre la existencia del gigantesco montón de arena de por lo menos siete metros de altura, quizá ocho y pico, con una base proporcionada, situado en la playa, no muy lejos del agua, y que ya estaba allí a las nueve de la mañana, sin nadie a su alrededor.

Parecía haber sido hecho con extraordinaria rapidez o, de todos modos, sin ningún diseño, como si se tratara del primer paso para construir una gigantesca escultura cuya arena habría salido de aquel enorme montón. No hubo extrañeza al principio; eso apareció más tarde, cuando toda la ciudad estaba hablando ya de la pequeña colina de arena.

Al principio, nadie prestó mucha atención al montón (solo algunos se preguntaron quién podría haber pensado en crear una escultura tan gigantesca; alguien que tendría que haberla empezado a construir al amanecer), porque todo el mundo estaba más preocupado por construir su propia escultura para participar en el concurso.

Pero a medida que fue avanzando la mañana y nadie apareció para continuar el trabajo en la montaña de arena, empezó a hablarse más sobre el extraño montón, sobre todo después de que llegaran los jueces alrededor del mediodía y empezaran a preguntar a unos y a otros si alguien sabía a quién pertenecía la colina de arena.

—¿Era una inscripción en el concurso? —Naturalmente, nadie sabía más de lo que pudieran saber los jueces.

Así es que aquella cosa quedó allí, sin que nadie la atendiera ni la trabajara, mientras las horas pasaban y los padres les decían a sus hijos que no subieran sobre ella, ni que la tocaran siquiera, porque podría tratarse del comienzo de una escultura. Aquella resultaba una orden muy difícil de cumplir para los chicos, porque la gran montaña de arena era el lugar más tentador donde poder jugar. 

De hecho, uno de los chicos subió a la colina para terminar bajando, con lágrimas en los ojos, cuando su padre le amenazó gritándole. Entonces, el padre trató de alisar las pisadas de su hijo, refunfuñando todo el tiempo contra el loco —más bien locos, por el tamaño de la montaña— que hizo aquello y luego se marchó, dejándolo sin vigilancia.

A las dos de la tarde, los jueces empezaron a recorrer el largo centenar de creaciones de arena, arriba y abajo de la playa en una extensión aproximada de quinientos metros: había castillos, desde luego, de todos los tamaños; animales (cocodrilos, tortugas y ballenas); creaciones excéntricas como el VW, la hamburguesa y el trozo de tarta («Almuerzo»), una bañera con una mujer dentro, un ratón aproximándose a una ratonera con un trozo de queso en ella, las pirámides y esculturas relacionadas con el programa espacial. Y el montón de arena.

A las tres y media, los jueces ya habían comparado sus notas y concedido el primer premio a «Apolo 12». El segundo premio fue para el VW, y el ratón, la ratonera y el queso consiguieron el tercero. Los jueces ignoraron el montón de arena; lo consideraron como tarea de unos muchachos que habían terminado por cansarse.

Tradicionalmente, después de haber concedido los premios y cuando ya la gente empezaba a marcharse a casa, se permitía a los niños destruir las esculturas. De todos modos, la marea las cubriría y se podía conceder aquel placer a los chicos. Los niños se lanzaron salvajemente contra las creaciones, gritando de placer, mientras los padres les observaban casi con el mismo gusto. 

Ocasionalmente, algún adulto se unía a su hijo en la tarea de destrozar una de las esculturas de arena. Pero los pequeños no podían hacer mucho para destruir la montaña de arena. Corrieron arriba y abajo de ella, dándole patadas, pero habrían necesitado una pala mecánica para haberla destrozado por completo. O eso, o haber trabajado durante horas para aplanarla. Los adultos ignoraron el montón de arena.

Cuando empezó a caer la neblina de la tarde y el tiempo se hizo más frío, se produjo un rápido abandono de la playa, que tenía ahora el aspecto de haberse producido allí una verdadera batalla campal. Únicamente el gran montón de arena permaneció intacto. Sin embargo, la marea alta de la noche se encargaría de ella. ¿Qué locos podrían haber realizado todo aquel trabajo para no volver a aparecer y terminar su tarea? ¿Qué tontos podrían haber sido?

Al oscurecer, la marea lamía ya la base de la montaña de arena. Poco después del amanecer, un madrugador que vivía frente a la playa se dio cuenta de la presencia de un coche de la policía aparcado frente a su casa. Cuando salió para investigar, vio a uno de los policías en la playa, observando el montón de arena. Cuando el policía regresó a su coche, le dijo al residente que se había acercado a él:

—Esa maldita colina de arena aún sigue ahí. Parece como si la marea no le hubiera quitado ni un solo centímetro.

Y cuando el residente se dirigió a la playa, él mismo pudo comprobar que la marea alta había aplanado y alisado todos los restos de las esculturas de arena del día anterior durante la noche y la madrugada, dejando únicamente el gigantesco montón de arena que, en cualquier caso, parecía ser aún más grande que el día anterior. La base de la montaña aparecía plana allí donde la marea la había rodeado, pero, extrañamente, la marea parecía no haber aplanado ni derribado ninguna parte de la base.

A media mañana, una buena cantidad de niños estaban jugando sobre el enorme montón, pero este era de tal tamaño que el único daño que le hicieron fue el de dejar una gran cantidad de pisadas sobre él. Los adultos miraban la montaña con curiosidad, pero entonces ninguno de ellos trató de mantener a sus hijos alejados de ella.

Mientras el mismo residente almorzaba en la terraza de su casa frente a la playa, vio un coche de la prensa aparcado en la calle de enfrente. Un fotógrafo se acercó a la playa y sacó algunas fotografías de la colina de arena, y en el periódico local de aquella tarde apareció una fotografía de la «Misteriosa montaña de arena que desafía al mar». La historia contada bajo la fotografía estaba redactada con bastante atrevimiento.

Aquella misma tarde, y según pudo estimar el residente, unas cien personas se encontraban alrededor de la montaña de arena esperando que subiera la marea. Los niños jugaban sobre ella y, en esta ocasión, estaban acompañados por algunos muchachos mayores. Sin embargo, un hombre le gritó a su hijo diciéndole que bajara de la montaña:

—¿Por qué? —quiso saber el niño.

—No discutas conmigo. ¡Baja de ahí!

Cuando la marea rodeó poco a poco el gran montón, todos los padres hicieron bajar a sus hijos de la montaña, sobre la que solo quedaron los jóvenes de mayor edad, aquellos que habían acudido allí sin sus padres. 

Gritaban y reían a medida que la marea rodeaba el montón por completo, hasta que uno de ellos, algo más joven, se quedó en silencio y finalmente saltó desde el montón de arena al agua y echó a correr hacia la parte seca de la playa. 

Después, los otros le siguieron, uno tras otro, hasta que la montaña de arena, llena de pisadas, se quedó aislada en medio del agua, que fue subiendo milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que avanzó la noche.

Algunos mirones habían traído linternas, pero, a medida que se iban viendo forzados a apartarse de la montaña, sus luces fueron perdiendo efectividad gradualmente. Sin embargo, cuando un coche patrulla que había en la calle contigua a la playa encendió sus luces y las enfocó sobre el montón de arena, todos pudieron ver que la montaña seguía incólume, como si una ola fuera quitándole arena y otras aportándole más.

Al día siguiente, una multitud más numerosa rodeaba el montón de arena. El propio residente que vivía frente a la playa pudo ver en las primeras informaciones locales de la televisión un informe sobre la «montaña de arena» que «sobrevivió a la noche». 

Las imágenes demostraban claramente que la montaña seguía siendo tan grande aquella mañana como lo había sido el día anterior. Y aquella tarde apareció en el periódico local otra fotografía y otro comentario sobre la montaña de arena, aunque en esta ocasión se publicó en la portada.

La historia seguía contándose con ligereza y un oceanólogo dijo que la montaña permanecía como consecuencia de la «presión ejercida por la mole de arena». Más adelante, se incluía el comentario de un geólogo: «La arena del mar se amontona de diversas formas..., especialmente con la ayuda de algunos bromistas locales dotados de muchas palas y un verdadero aguante».

Durante aquella noche, la gente era mucho más numerosa que la noche anterior, aunque hubo más padres que mantuvieron a sus hijos alejados del montón. Se habló de excavar la montaña para aplanarla o, al menos, para ver qué demonios había en su interior. Pero ninguna de aquellas conversaciones era seria. Sería realizar una gran cantidad de trabajo para nada. Sería algo tonto. Que el agua se encargara de deshacerse de ella.

A medida que la marea fue rodeando la montaña de arena, las conversaciones disminuyeron cuando pareció evidente que, una vez más, la montaña iba a resistir la marea alta de aquella noche. Los mirones, incluyendo a algunos que permanecían en la calle, se quedaron en silencio. Las luces de un coche patrulla iluminaron, también esta vez, la montaña de arena a medida que iba subiendo el nivel del agua, como si la montaña fuera un monumento. 

Muchos espectadores permanecieron allí incluso hasta que la marea alcanzó su punto más alto y, justo poco antes del amanecer, cuando la marea volvió a subir un poco, dos ancianos permanecieron junto al coche patrulla que había vuelto al lugar, deteniéndose y volviendo a dirigir sus faros hacia la playa. La montaña de arena continuaba allí. Según dijo uno de los hombres, era como si se tratara de la única escultura real que hubiera habido allí jamás.

Al cuarto día de existencia de la montaña de arena, solo unos pocos padres permitieron a sus hijos jugar sobre ella. Desde luego, hubo chicos de mayor edad que acudieron a la playa solos, sin sus padres, y que subieron y bajaron de la montaña. 

Pero al quinto día solo siete chicos ascendieron a la montaña, aunque fue un día hermoso y soleado y la playa se vio abarrotada de gente. Un hombre se había traído una pala e iba de un lado a otro de la playa preguntando a la gente si había algún otro voluntario con palas. No hubo nadie. 

Así es que el hombre se dirigió solo hacia la montaña de arena y, divertidamente, empezó a introducir su pala en la arena; pero se tuvo que detener cuando uno de los jóvenes que estaban sobre el montón empezó a gritar para terminar bajando a la playa, seguido de los demás, como si cada uno de ellos tuviera miedo de quedarse solo sobre la montaña.

—¿Qué ocurre? —se le preguntó al niño que lloraba.

Pero todo lo que hizo el muchacho fue balbucear que se había «asustado». Y el hombre de la pala regresó a donde estaba su familia, en la misma playa, y le dio la espalda al montón de arena.

Al séptimo día de la montaña de arena, un sábado, tres coches cargados de hombres que llevaban varias cajas de cerveza acamparon cerca de la colina de arena a primeras horas del atardecer. Cada uno de ellos llevaba una pala. Inmediatamente, una multitud se congregó a su alrededor para preguntar si iban a aplanar la montaña de arena y que, si era así, se dieran prisa.

—¡Claro que lo vamos a hacer! —dijo uno de los hombres que, al parecer, era su jefe; un hombre de unos treinta años, corpulento y peludo—. En cuanto nos tomemos unas cuantas cervezas.

La multitud esperó con impaciencia mientras los hombres, gastándose bromas entre ellos, recostándose sobre las espaldas, mirando hacia la montaña de arena, bebían lentamente sus cervezas. Ante los gritos de «¿Qué estáis esperando?», «¡Vamos!» y «¡No se puede hacer nada ahí tumbados!», los hombres se echaron a reír y miraron a su jefe, que dijo:

—No hay prisa, muchachos. Ese montón de arena no se va a marchar a ningún lado. Y si hay algo dentro, tampoco va a desaparecer.

Después, al ver que una media docena de hombres que no pertenecían a su grupo se habían marchado para regresar provistos de sus propias palas, se levantó y dijo:

—Vamos. Ahí está nuestro trabajo.

Pero después, viendo que los seis hombres provistos de palas tampoco tenían prisa por empezar a excavar la montaña, se volvió a tumbar y abrió otra lata de cerveza. Los otros hicieron lo mismo. A medida que cada uno de ellos terminaba su lata de cerveza, la colocaba cuidadosamente en un montón que, toscamente y en miniatura, se parecía a la montaña de arena. Ninguno de los hombres ofreció una cerveza a nadie que no formara parte de su grupo, y ninguno de ellos llevaba puesto el bañador.

A primeras horas de la noche, cuando ya se habían bebido casi toda la cerveza y la marea empezaba a lamer la montaña de arena, el jefe se levantó y, deliberada y dramáticamente, mirando primero a su alrededor para comprobar que estaba siendo observado, destruyó el montón de latas de cerveza de un fuerte puntapié.

—¡Está bien! —gritó—. ¡Vayamos a por ese maldito montón de arena!

Y animados por algunos —aunque la mayor parte de los mirones permanecían silenciosos—, los hombres hundieron sus palas en la montaña de arena. Empezaron a excavar furiosamente, arrojando la arena tan lejos como podían. Eran unos doce, que rodearon el montón de arena a varios niveles y, dirigidos por su jefe, cantaron mientras trabajaban:

—Montaña, montaña, excávala. Montaña, montaña, remuévela. Montaña, montaña, alcanzad su corazón. Montaña, montaña...

Los mirones se acercaron al montón de arena tanto como pudieron, hasta el punto adonde iba a parar la arena arrojada por las palas, mientras que, tras ellos, al ver la gente cómo se atacaba a la montaña, acudía hacia ella desde todas las partes de la playa y desde la calle que corría paralela al mar. Los coches se detenían y sus ocupantes bajaban para observar.

—... remuévela —los mirones se sumaban ahora al canto—, alcanzad su corazón.

Al cabo de unos momentos, algunos de los espectadores provistos de palas preguntaron a los bebedores de cerveza si podían ayudar y, una vez obtenido el permiso, subieron también a la montaña y empezaron a excavar.

—... remuévela.

Los hombres que no tenían palas subieron a la colina para ir quitando arena con las manos, cantando al mismo tiempo. Después, subieron las mujeres, y los jóvenes, y los niños.

—... remuévela.

Finalmente, el montón de arena quedó cubierto de gente que cantaba, excavaba furiosamente, apartaba arena con las manos, sin reírse, apretándose cada vez más a medida que los bebedores de cerveza trabajaban en la base y mientras la parte superior de la montaña iba siendo aplanada.

—... alcanzad su corazón.

Ahora, el nivel del agua estaba aumentando alrededor de la montaña decapitada, humedeciendo la arena arrojada desde la altura del montón que quedaba, aplanándola, volviendo a llevársela hacia el océano. Aumentando milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que el sol descendía más y más, el agua fue invadiendo la zona hasta que algunos hombres y mujeres recogieron a sus hijos más pequeños y vadearon desde la base de la montaña hasta la playa seca. 

Una de las mujeres se cayó y su hija gritó de terror cuando, alcanzada por detrás por una poderosa palada de arena, cayó al agua. Un policía los sacó rápidamente de allí. Su coche patrulla estaba listo para iluminar la escena en el caso de que se hiciera completamente de noche antes de que hubiera podido ser destruida la montaña. Sus luces ya estaban encendidas y dirigidas hacia el montón de arena.

Poco a poco, el nivel de arena de la montaña fue descendiendo, hasta que solo siguieron excavando los primeros hombres, ahora más lentamente y cantando menos, aunque los mirones seguían cantando con fuerza, casi con furia. 

Después, cuando el océano empezó a lamer la parte superior de lo que quedaba del montón de arena, los trabajadores fueron abandonando el agua, hasta que solo quedó en ella su jefe, sudando, trabajando duro y limitando su canto a un «¡excava, remueve, corazón!».

Se apartó del agua en el momento en que el océano cubrió finalmente la montaña, sintiéndose desilusionado y farfullando:

—¡Demonios! No había una maldita cosa en ese montón de arena.

El residente que vivía frente a la playa se levantó al amanecer. Cuando miró hacia la playa desde la ventana de su sala de estar, no supo si sentirse desilusionado o aliviado al ver que la montaña había desaparecido. Supuso que sintió un poco de ambas cosas, pero sobre todo se sintió aliviado.

Desde la distancia no pudo ver cómo comenzaba a formarse una nueva montaña de arena, no muy lejos de la que había sido destruida. Sin embargo, ya avanzado el día, tanto él como otros pudieron verla a medida que la marea de la mañana apilaba más y más arena. 

Y también pudo ver la segunda pequeña montaña, cerca de la primera, mientras ambas crecían a una velocidad similar. A las nueve de la mañana siguiente, las dos eran más grandes que la antigua montaña de arena.

Los años amargos - Dana Lyon

La mujer terminó de limpiar la cocina, después de su solitaria comida —la pechuga de pollo hervida con vino, la refrescante ensalada de aguacates y las galletas tostadas que ella misma se había hecho, y de las que dejó suficientes para el desayuno—, y ahora la pequeña casa estaba en perfecto orden. 

El sol, sobre el rústico pueblo de montaña que había elegido como hogar permanente, no tardaría en desaparecer tras las colinas boscosas, pues el atardecer nunca era un período demasiado prolongado, y ahora sólo quedarían unos pocos momentos antes de que todo quedara envuelto en la oscuridad. Así pues, debía dar el último vistazo del día al terreno preparado para plantar su nuevo césped de jardín.

Mañana, le había dicho Samuel; mañana, el suelo estaría preparado para recibir la semilla y después, con la voluntad de Dios, podría tener un césped decente para variar. Él se sentía orgulloso de sus trabajos; nadie había sido capaz aún de hacer crecer un césped adecuado en esta zona rocosa de las colinas. Muchos lo habían intentado y sólo habían obtenido unas pocas briznas de hierba. 

Pero ella estaba decidida a conseguir un césped exuberante detrás de la casa, y después compraría un toldo y algunos muebles de jardín y hasta quizá haría instalar una pequeña fuente; y cuando regresara de su viaje podría sentarse en el exterior durante todo el verano, tomando el sol y disfrutando de la belleza y la tranquilidad conseguida en la vida gracias a sus propios esfuerzos. 

Durante los inviernos viajaría —México, América del Sur, el Mediterráneo—, pero durante los veranos disfrutaría de la casa, del césped y del jardín por los que había esperado tanto tiempo.

Mirando todavía por la ventana, vio algo blanco que saltaba rápidamente sobre la marga oscura de la tierra preparada. Se puso inmediatamente alerta y salió corriendo por la puerta de atrás, gritando:

—¡«Nemo»! ¡«Nemo»!

El pequeño gato negro no le prestó la menor atención porque se había hundido hasta el vientre en la tierra blanda. Sin pensarlo, dándose cuenta únicamente de que el gato se podía hundir por completo como si fueran arenas movedizas, saltó sobre la tierra abonada y se encontró hundida en ella casi hasta las rodillas, antes de que sus pies pudieran posarse sobre la dureza rocosa del suelo que había debajo.

—¡Maldita sea! —exclamó, y se echó a reír—. Soy una vieja tonta.

Se abrió paso por la reblandecida tierra, de unos cuarenta y cinco centímetros de profundidad, rescató al gato que maullaba, y regresó a la casa para quitarse la ropa y ducharse.

A pesar de aquello, se sintió complacida al haber comprobado por sí misma la profundidad del nuevo terreno. Samuel había hecho muy bien su trabajo; evidentemente, había roturado el suelo rocoso lo mejor que pudo y después había extendido sobre él carretadas de tierra blanda, fertilizada y libre de malas hierbas, que ahora estaba lista para recibir al día siguiente las semillas de hierba. 

No le había engañado. No se había limitado, como podrían haber hecho otros jardineros, a extender una fina capa de abono sobre el suelo rocoso, sino que realmente había preparado el suelo para que la hierba creciera durante toda la vida. A pesar de ello, había seguido sacudiendo la cabeza, refunfuñando, al estilo pesimista de estas gentes de la montaña, que parecían demasiado acostumbradas a la desilusión para tentar al destino con la esperanza.

—Las semillas de hierba no quieren crecer aquí —había murmurado mientras rastrillaba y alisaba, alisaba y rastrillaba—. El suelo está vacío. El aire es demasiado ligero y los inviernos demasiado crudos.

Pero había seguido rastrillando y alisando, prometiendo un desastre, pero manteniendo la esperanza, a pesar de sí mismo.

La mujer sonrió, salió de la ducha, se secó, se puso un camisón y una bata encima, lavó al gato a pesar de su enfurecimiento (quien parecía decirle, ¿es que alguien puede lavar a un gato mejor que él mismo?) y tomó asiento en el cómodo sillón que había frente al aparato de televisión.

Estaba sola. Y segura. Segura, al fin. Feliz y cómoda. Descansada. Descansada por primera vez en su vida y con ese maravilloso crucero mundial esperándola, después de sus muchos años de trabajo sin vacaciones. Sólo le faltaban unas pocas semanas, el tiempo suficiente para ver crecer un poco la hierba recién plantada, sabiendo que a su regreso, varios meses después, estaría alta y hermosa. Nunca se había sentido tan contenta, tan excitada como una joven, como se sentía ahora. Los años amargos quedaban atrás; los años excitantes la esperaban delante.

Se cansó y se exasperó con la televisión porque en estas intrincadas montañas sólo se podían captar dos canales y en uno de ellos estaba cantando un grupo de rock, llenando el aire con los gritos y el vocerío de los sonidos modernos; en el otro canal ofrecían una vieja película del Oeste, produciendo también sonidos fuertes, aunque éstos eran del pasado, disparando, gritando y galopando de un lado a otro.

Apagó la televisión y se dirigió a la mesa de despacho, abriendo un cajón. Apartó un pequeño revólver que tenía allí porque estaba viviendo sola, y cogió un montón de folletos de vivos colores para volverlos a mirar, soñando e imaginando su vida en el futuro, ignorando el pasado: el magnífico barco en el que dispondría de una cabina exterior, toda para ella sola, y donde podría pasar días y noches de tranquilo placer; Inglaterra, con su magnífica historia; el continente —París, Venecia y muchas partes más, incluso Creta—, un crucero que iba a durar casi un año completo. Al fin y al cabo, iban a ser las primeras vacaciones después de tantos años que ni siquiera los podía contar.

Se recreó contemplando las imágenes, las vistosas y casi imposibles descripciones y una vez más, al igual que había hecho antes una docena de veces, cogió el voluminoso billete, las direcciones, el recibo, la fecha de partida, los folletos donde se indicaba el tipo de ropa que podía llevar..., todo lo que antes no había sido más que un sueño para ella. Ahora, todo estaba arreglado: Samuel se encargaría de cortar y regar el nuevo césped y cuidaría a «Nemo»; la oficina de correos le guardaría la correspondencia —¿qué correspondencia?—; míster Prescott, el único policía del lugar, daría periódicamente un vistazo a su casa.

Todo estaba en orden, todo estaba esperando. Y finalmente —puro placer—, haría el viaje para bajar de las montañas en el desvencijado y viejo autobús diario, el vuelo aéreo a la ciudad, la noche que pasaría en uno de los grandes hoteles y después, al día siguiente, el trayecto en taxi hasta el gran barco blanco y todo lo que prometía...

Al principio no escuchó la llamada en la puerta. La casa estaba en silencio y el único sonido era el de «Nemo» ronroneando a sus pies; pero ella se hallaba perdida en otro mundo, y el sonido de la primera llamada no le llegó.

Volvió a sonar de nuevo y, en esta ocasión, la escuchó. Sintiéndose aún perdida, sin preguntarse siquiera quién podría estar llamando una vez que había caído la noche, se dirigió hacia la puerta y la abrió, viendo ante ella a un hombre pequeño.

—¿Sí? —preguntó, sorprendida, pero sin sentir aún ningún recelo.

—¿Miss Kendrick?

Preparada o no, consiguió mantener la más completa disciplina física. No vaciló, y en su rostro tampoco apareció ninguna expresión.

—No —dijo tranquilamente—. Debe haberse equivocado.

—Creo que no —dijo el hombre. Era una persona completamente mediocre: de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de un pelo rojizo y espeso, con un traje del mismo color y unos ojos azul pálidos.

—Mi nombre es Stella Nordway —afirmó ella— Mistress Stella Nordway.

—¡Oh! —exclamó el hombre, sonriendo—. ¿Se ha casado hace poco?

—Soy viuda desde hace diez años —contestó—. Como ve, está en un error.

—¿Puedo entrar?

—No —y ella empezó a cerrar la puerta.

El rostro del hombre se alteró ligeramente. Primero expresó un ramalazo de furia y después, casi instantáneamente, una máscara de mediocridad que podría hacerle pasar completamente inadvertido entre una multitud.

—Soy investigador privado —dijo—, para la Halmut Bonding Company. Me han contratado para encontrar a una mujer llamada Norma Kendrick que desfalcó más de cien mil dólares en la empresa donde trabajaba durante los últimos siete años. La quieren atrapar, miss Kendrick. Y el dinero.

—Puede entrar —dijo ella, y abrió la puerta un poco más.

Se introdujo en la casa e instantáneamente encontró la silla más incómoda de la habitación, de respaldo corto y recto, y se sentó en el borde, como si el haberse sentado en el cómodo sofá le hubiera hecho perder su estado de alerta.

—Está usted equivocado —volvió a decir ella, aunque esta vez casi con indecisión—. Yo no soy...

—He trabajado como investigador durante los últimos veintitrés años. Y sé de usted lo siguiente: trabajó como contable principal para la Sharpe Wholesale Hardware Company. Un establecimiento grande y próspero. Usted era una persona competente y digna de confianza Sólo había una pequeña peculiaridad con usted: durante los últimos siete años se negó a tomarse las tres semanas de vacaciones a que tenía derecho cada año...

—Pero yo... —le interrumpió ella, pero se mordió las palabras, pues lo que iba a expresar habría significado admitir lo que le decía el hombre, así es que se corrigió rápidamente—. Pero yo no tengo nada que ver con todo eso, así es que como ve...

—Es usted Norma Kendrick —le interrumpió él—. No puedo dejar de admitir que siento una gran curiosidad por saber por qué se convirtió de repente en una malhechora. Se estuvo haciendo cargo durante años de su padre inválido y haciendo su trabajo y volviendo a casa todas las noches para seguir la misma rutina. Entonces, de repente, decidió usted apoderarse de una parte del dinero de la empresa. 

Al final del primer año, se dio cuenta de que no podía dejar sus libros de contabilidad... habría significado tener que admitir a un contable que la sustituyera durante su ausencia. Se me advirtió que míster Sharpe no sintió mayor curiosidad por saber por qué usted no deseaba tomarse cada año su período de vacaciones, aunque me dijo que había confiado plenamente en usted, pues era hija de un viejo amigo y siempre había demostrado su competencia y responsabilidad, que la hacían digna de toda confianza. 

Y, más aún, explicó su renuncia a las vacaciones diciendo que no podía abandonar a su padre enfermo para ir a ningún sitio, y que necesitaba desesperadamente el dinero para pagar los medicamentos de su padre, así es que si míster Sharpe, además de su salario regular, le pagaba a usted lo mismo que tendría que pagar a un contable que la sustituyera durante las vacaciones, le quedaría muy agradecida.

La mujer permaneció completamente inmóvil, temerosa de hablar, y de no decir nada. Sería mejor escuchar, pensó. Tenía que haber una escapatoria en alguna parte.

—¿De verdad? —preguntó, estimulándole.

Él quedó sorprendido, quizá porque había esperado otra negativa por parte de ella.

—Así es que en lugar de las vacaciones se tomaba frecuentemente un largo fin de semana, desde el jueves al lunes, o desde el viernes al martes. Durante esos períodos de tiempo se las arreglaba para adoptar su segunda personalidad, con el nombre de Stella Nordway. Se puso una peluca rubia, unas gafas, unas ropas más jóvenes, y compró esta casa. 

También compró un billete para realizar un crucero mundial. Hizo todas estas cosas con bastante rapidez, después de haber estado llevándose el dinero durante siete años, y no solamente porque finalmente había muerto su padre, sino también porque el propietario de la empresa estaba dispuesto a retirarse y venderla. Y esa venta, desde luego, habría significado un repaso muy cuidadoso de los libros de contabilidad. Y bien, miss Kendrick, ¿qué dice usted a todo esto?

Su mente se agitó.

—¿Me persigue la policía? —preguntó, en un abandono final ante lo inevitable.

El hombre sonrió.

—No, todavía no. Como ya le he dicho antes, trabajo primero para la compañía de seguros, y después para su antiguo jefe, aunque, desde luego, en cuanto haya sido localizada, tendrá que intervenir la ley. La policía también la está buscando, pero en una dirección diferente. La empresa de seguros quiere recuperar su dinero..., lo que quede de él... y el Estado también obtendrá su venganza. Desaparecerá su pequeña casa...

Echó un vistazo por la limpia y atractiva habitación así como por la ventana, mirando al cielo oscuro, donde las estrellas brillaban claramente en el aire de la montaña. Suspiró con placer. Aquello también sería un maravilloso retiro para él, después de toda una vida de trabajo en la ciudad.

—Su viaje alrededor del mundo... y no sabe cuánto la envidio por eso... también tendrá que ser olvidado.

Ella empezaba a sentirse confundida. ¿Por qué no estaba allí la policía? ¿Por qué aquel hombre no le había dicho a míster Prescott, el único policía del lugar, que en el pueblo había un fugitivo de la justicia? ¿Por qué se había presentado él allí, para decirle todas aquellas cosas, sin hacer nada al respecto? 

Ella se dio cuenta de que había perdido la partida, pero supo desde el principio que todo no era más que un juego. La amargura que sentía era biliosa.

El pequeño hombre volvió a hablar, medio sonriendo.

—Mistress Nordway... —empezó a decir.

—¿Mistress Nordway? —repitió ella—. Pero usted..., usted insiste en afirmar que soy Norma Kendrick...

—Puede usted ser cualquiera de las dos, como más le guste —le dijo tranquilamente—. Todo depende de usted.

Se dejó caer en el sillón, completamente confundida, siendo su confusión mucho mayor que su error.

—¿Qué quiere decir? —balbució.

—Bueno, solamente eso. Tiene usted más valor que yo. Más ingenuidad. Posee un mayor espíritu de juego. Yo he estado atado a una esposa enferma durante muchos años, del mismo modo que usted lo estuvo a su padre, y cuanto más me preocupaba por ella, tanto peor era su carácter. Odiaba tener que depender de mí. No había forma de ganar el dinero suficiente para escapar. Soy lo que soy. He ahorrado a mi empresa muchos miles de dólares, quizá millones, pero mi salario sigue siendo insignificante... Así pues, ¿cuánto vale su libertad, mistress Nordway? ¿O debo llamarla miss Kendrick? ¿Qué queda del dinero que robó?

Ella se quedó helada.      

En esta ocasión no sintió temor, sino rabia. Podía comprender la necesidad de la ley de hacerle pagar lo que había hecho..., eso era la consecuencia de haber perdido el juego; pero asistir impasiblemente al robo de todo lo que había esperado, de todo aquello por lo que había trabajado, poniendo en riesgo su libertad, y todo ello a cargo de este inconsecuente zalamero y pequeño oportunista que estaba sentado frente a ella con tanta presunción... eso no lo podía aceptar.

Se levantó y, tratando de que su voz no la comprometiera en nada, dijo:

—No queda mucho dinero después de haber comprado la casa y el billete para el crucero mundial. Me quedaría en la miseria.

—Aceptaré la casa —dijo él ligeramente al ver que estaba ganando—, y también puede devolver el billete. O, mejor aún, pásemelo a mí...

—No creo que sea transferible —dijo ella, sintiéndose casi ausente—. Espere un momento, lo tengo aquí mismo...

Al dirigirse hacia la mesa, se detuvo un momento ante la ventana, mirando hacia el exterior.

—¿Cómo vino hasta aquí? —preguntó, utilizando el mismo tono de voz ausente—. No veo su coche fuera.

—Lo dejé en una calle más abajo, lejos de aquí —dijo él—, frente a la iglesia. Bajo estas circunstancias, no me pareció una buena idea dejar que alguien se enterara de que tenía usted una visita.

—Comprendo —dijo ella.

Se dirigió hacia la mesa, donde revolvió algo durante un momento, recogió lo que deseaba y lo mantuvo cerca de los pliegues de su bata. Recordó entonces, por un instante, que había vecinos no muy lejos de allí, así es que se encaminó tranquilamente, con discreción, hacia el aparato de televisión.

—¿Le gustan las películas del Oeste, míster...?

—Jordan —dijo él automáticamente—. ¿Por qué? Yo... —su voz sonó desconcertada.

¿Televisión? ¿Ahora?

Ella hizo girar el control de volumen, poniéndolo alto, y la habitación se llenó con el estridente sonido de los cow-boys, que seguían gritando, galopando y disparando. Levantó entonces el pequeño revólver que llevaba en la mano y cuando él la miró asombrado, en su último y breve momento de comprensión, ella le apuntó y le disparó una bala entre los ojos.

No había lugar donde ocultar el cuerpo. Así de simple era el problema. En esta pequeña casa no había sótano; el suelo resultaba demasiado duro y rocoso para cavar una fosa; no tenía coche, pues nunca había aprendido a conducir..., no disponía de ningún lugar donde ocultar este pequeño cuerpo que mostraba un diminuto agujero en el centro de la frente.

Se sentó. No sentía haber realizado aquella acción, sabiendo que aun cuando se hubiera dado cuenta a tiempo de las complicaciones de su acto, le habría matado del mismo modo. Le había impulsado la rabia; no la avaricia, ni el temor, ni un impulso ciego; sólo había sentido una rabiosa necesidad de matar a esta persona, a esta cosa, que estaba dispuesta a destruir toda su vida y su futuro en beneficio propio.

Le dejó allí, sobre la alfombra de la sala de estar, a la que había caído lentamente desde la silla. Había muy poca sangre. Se dirigió hacia la cocina, mirando, a través de la ventana de atrás, su querido pequeño jardín, con el suelo preparado para el nuevo césped en el que había puesto tantas esperanzas. Se sentía paralizada de dolor, al pensar que todos sus grandes planes para el futuro parecían haber quedado destruidos ahora. Se sentía desintegrada, muerta, como el pequeño hombre que estaba en la otra habitación.

Se quedó mirando fijamente a través de la ventana, hacia la negrura de la noche, inmóvil.

El césped. El suelo. Cuarenta y cinco centímetros de abono negro pulverizado sobre la dureza de la roca. Casi medio metro. En realidad, más profundo de lo que necesitaba ser. ¿Era lo bastante profundo? ¿Sería suficiente para un hombre pequeño, extendido de plano? ¿Quedaría bien con las semillas de hierba plantadas sobre él y creciendo hasta convertirse en un césped sólido?

El abono estaba muy blando y ligeramente húmedo. Esperó en la oscuridad, junto a la ventana, de modo que los vecinos pudieran pensar que ya se había acostado, y observó cómo se iban apagando una tras otra las pocas luces que aún quedaban. Era un pueblo donde la gente solía acostarse pronto y levantarse temprano, por lo que no debía esperar más tiempo del que debía...

Finalmente, la noche quedó oscura y silenciosa. Tan silenciosa como la muerte. Se dirigió entonces al terreno de la parte de atrás, y excavó un lugar en el suelo removido, con el tamaño adecuado para colocar en él al pequeño hombre —aunque, desde luego, sólo tenía cuarenta y cinco centímetros de profundidad. 

Llevó mucho cuidado para que la pala no hiciera ningún ruido contra la roca del fondo. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, cuyo único resplandor procedía de las pálidas estrellas, y sus movimientos eran tan silenciosos como la noche.

Llevó al pequeño hombre hacia el terreno y lo dejó en su tumba, con los brazos decorosamente estirados a lo largo de las piernas, y empezó a cubrirlo con la tierra. Se detuvo. El cadáver tenía que estar plano, lo más plano posible, pues Samuel podría querer rastrillar y remover el suelo una vez más, y no debía existir la posibilidad de que sus herramientas de trabajo profundizaran lo suficiente como para encontrarse con algo sólido. Por la forma en que le había colocado, creyó que los hombros del pequeño hombre estaban algo elevados. Tenía que estar más plano, más plano.

La tumba que había abierto era ancha, pero no profunda; había más espacio a ambos lados que sobre él. Lo volvió a intentar de nuevo, extendiendo los brazos del muerto, formando ángulo recto con su cuerpo... ¡Ah! ¡Eso estaba mejor! Ahora se encontraba todo lo plano que podía estar. Ahora podría cubrirlo y olvidarse de él. La hierba no tardaría en crecer sobre él, enredándole en sus propias raíces, cubriéndole para siempre, con toda su identidad, con toda su existencia perdida en otros lugares. Pero no allí.

No allí.

Regresó a la casa y se acostó a dormir. Su futuro estaba de nuevo a salvo.

 Pasó algún tiempo antes de darse cuenta de que sus planes no tenían sentido. Día tras día observó cómo crecía la hierba de su césped y esperó con ansiedad a que aparecieran las primeras hojas verdes, olvidándose casi por completo de lo que había bajo ellas. 

Y la hierba creció, aunque no lo hizo muy bien. «Era como le había dicho Samuel», pensó ella, con desesperación. En estas montañas de rocas, suelo estéril e inviernos crudos ningún césped podría crecer decentemente. Pero las hojas salieron, esforzándose por captar los rayos del sol, un pedazo de verde aquí, otro allí, de modo que, después de todo, quizá hubiera alguna esperanza.

Una mañana, tras una noche de suave lluvia de verano, miró su césped y vio que se había producido un cambio. En el centro había un gran trozo de hierba verde y brillante, muy hermosa, alta y gruesa, que crecía florecientemente entre los trozos más escasos en los que sólo había unas cuantas hojas pálidas; un trozo que crecía florecientemente, en forma de cruz, movido ligeramente por la brisa y calentado por el sol del verano. Un trozo que crecía florecientemente.

 Y así fue como la gente del pequeño pueblo se preguntó por qué aquella vieja y loca mujer segaba con tanto cuidado su césped, dos veces a la semana, todas las semanas. Desde que salieron las primeras hojas de hierba, la mujer nunca más abandonó su casa; nunca más volvió a alejarse de ella, ni siquiera para tomarse unas pequeñas vacaciones; durante el transcurso de los largos años que siguieran nunca dejó de faltar a la cita, lloviera o hiciera sol, en primavera o en otoño, cuando tenía que segar su césped.

Esculturas de Hielo - David B. Silva

 Creí que lo había olvidado.
Desde entonces, la primavera, el verano y el otoño han venido y se han marchado, y supongo que me resultó fácil engañarme y creer que el pasado era, por fin, algo que pertenecía a los fríos e imposibles días del ayer. Ojos que no ven, corazón que no siente. Pero las cosas inconclusas tienen la manía de revolotear alrededor de nuestra vida hasta que ya no podemos pasarlas por alto. Supongo que ésa fue la razón que me hizo revelar el carrete. Supongo que ésa fue la razón por la que no me sorprendió la fotografía que siempre supe que estaría allí.
El ayer jamás abandona nuestra alma. Simplemente, finge haberse marchado hasta que está listo para regresar...


En verano, Eagle Peak era una suave nube blanca colgada en el centro del universo, en algún punto entre el cielo y la tierra. Si inhalabas aquel aire, te helaba el alma. Si formabas un cuenco con tus manos y bebías el agua de su lago, te recordaba cuán vivo estabas. 

Cada soplo era el aroma de pino recién cortado; cada mirada, un brillante arco iris cargado de flores alpinas. Esa sensación de vida estival es lo que he intentado recordar de Eagle Peak. Aunque, al parecer, lo que no logro olvidar es el invierno.

El invierno es una estación fría y extraña, de sueños oscuros e hibernaciones. De suave nieve que flota desde el cielo hasta la tierra, como blancas mariposas de leche, que transforma, de ese modo tan engañoso, los tuétanos en hielo y el verano en un vago recuerdo. Como un hechizo. Deja que te arrulle hasta dormirte, y te conducirá a la muerte. Toca sus afilados carámbanos –colgados como estalactitas de los árboles y rocas, a veces goteando y a veces no–, y, antes de que te des
cuenta, el diáfano hielo se teñirá con el rojo de tu sangre.

La madre naturaleza en el colmo de su perversidad, eso es el invierno.

Cuando instalamos por primera vez el campamento en Eagle Peak fue a finales del verano del ochenta, un año en que no hubo otoño. En septiembre, un día, todo cielo azul y camisetas; al día siguiente, todo nublado, gris y abrigos de piel con capucha. Aquel mismo año, de hecho hacía unos pocos meses, el Monte St. Helens había hecho erupción, y lanzado al cielo una nube de cenizas que penetró en la atmósfera a más de veinte kilómetros de altura. Y los meteorólogos anunciaron entonces que las cenizas podrían ejercer una influencia significativa en las pautas climatológicas. Algo así como un invierno nuclear localizado; eso fue lo que pronosticaron para algunas partes del país.

Pero ¿quién escucha a los meteorólogos?
«Escalinata al Cielo.» Así llamábamos a nuestra pequeña comunidad de Eagle Peak. Un tanto esotérico y onanista de nuestra parte, pero los artistas somos así. Nos reunió una subvención del gobierno. Había que interpretar las cuatro estaciones a través de distintos medios artísticos. (Por desgracia, no fue Frankie Valli y Las cuatro estaciones. Por aquel entonces, mi perspectiva de las hojas muertas y los fríos aguaceros primaverales.) En el mejor de los casos, aquélla fue una empresa nebulosa, pero con tal de que el gobierno estuviera conforme con pagar las facturas, todos nos mostramos deseosos de llevar el proyecto adelante.

Instalamos nuestra pequeña «Escalinata» en un valle: hacia el norte, un despeñadero de roca nos protegía de los vientos que solían barrer el parque; y, hacia el sur, se extendía un sendero en el que esperábamos que el sol nos mantuviera calientes durante aquellos fríos días de enero, cuando los cielos estaban despejados.

El grupo lo componíamos doce en total; era la primera vez que nos veíamos y todos nos dedicábamos a distintas facetas del quehacer artístico: tallado de madera, marroquinería, aceites, escultura, arte dramático, escenografía, fotografía... Yo era el Hemingway del grupo. Se suponía que en nuestros trabajos debíamos introducir los recursos naturales en la medida de lo posible. Con bayas, tallos y piedras calizas hacíamos pinturas; el cuero lo obteníamos de la piel de los animales, y la madera
para las tallas la conseguíamos de los árboles recién caídos...
La creatividad desenfrenada, podríamos decir.

En mi calidad de escritor solitario, sospecho que mi presencia en la «Escalinata» no tenía otro fin que el de dejar constancia escrita de la experiencia. La subvención no era demasiado explícita en lo que a resultados obtenidos se refería. En cuanto a mis vagas intenciones (que desde entonces he abandonado), abrigaba las más altas esperanzas de reunir material para un libro sobre el folclor y la mística, los cuales pensé que, a la larga, llegarían a desempeñar un papel en nuestra experiencia de retorno a la naturaleza.

Imagino que abandoné esas intenciones cuando ya no fui capaz de entender con exactitud qué ocurría en la «Escalinata».

Desde el primer día, dos de nosotros nos unimos y formamos la pareja de intrusos. Margo McKennen, una fotógrafa, iba cargada de grados de apertura útiles, velocidades de obturador, objetivos gran angular y zooms. En cierto modo, los dos éramos más observadores que creadores, y a veces he pensado que esa leve distinción fue la que nos mantuvo a una cierta distancia del resto del grupo. 

En la escala social artística. Margo y yo estábamos con un pie en el último peldaño y otro en el aire. Creo que deberíamos haber tenido una regla no escrita (como es natural, no podía estar escrita) que estipulase que cuanto más te ensuciabas las manos en el proceso creativo de la obra de arte, más alto era el puesto que ocupabas en la escala. Margo y yo nos esforzábamos por mantenernos a bordo.

La primera vez que vi a Margo, siempre estaba ocupada con su cámara, registrando esto y aquello con su característico zumbido, y una energía nerviosa que jamás parecía satisfecha. En ciertos aspectos, yo imaginaba que la cámara era una extensión de Margo. Veía el mundo –en toda su fealdad y todo su esplendor– a través de un obturador abierto, casi como si tuviera miedo de dejar la cámara por temor a perderse algo que debía plasmar en las fotos.

–Parpadea una sola vez y un pedazo del mundo pasará ante tus ojos sin que tú te apercibas – solía decirme–. Parpadea dos veces..., y ya no te quedará nada por ver.
La primera vez que me largó aquella frase, pensé que se refería a ser uno de los que no participan en la vida. Pero ahora, cuando pienso en la tristeza que en ocasiones oscurecía su mirada en momentos como aquellos, me pregunto si acaso no estaría advirtiéndome sobre la ceguera de la muerte.
«Parpadea dos veces..., y ya no te quedará nada por ver.»

El dieciséis de septiembre, el primer copo de nieve cayó tembloroso de lo alto y se disolvió en el suelo de Eagle Peak. Después, otro copo salió susurrando del cielo, y otro más, y otro... En cuestión de nada, dejaron de disolverse al besar la tierra.

Dos días más tarde, un guardabosques del parque, vestido con su chaqueta amarilla y despidiendo nubecillas de aire caliente por la boca, subió por el sendero en su vehículo para la nieve. Iban a cerrar el parque (medida reservada, normalmente, para después del fin de semana del Día de Acción de Gracias) y quiso saber si había alguna... «petición de último momento», para expresarlo con sus mismas palabras. 

Recuerdo los esfuerzos del hombre por entrar en calor: daba palmadas y pateaba la nieve como si fuese un enorme alce que intentara poner al descubierto el esqueleto de un arbusto
oculto en la tierra. Y sus palabras ocultaban un cierto tonillo muy mal disimulado. «¡Si serán tontos! –nos decía–. Este no es sitio para estar. Y menos este invierno. Mira que quedarse aquí...»

El cierre oficial del parque se produjo el veinte de septiembre de mil novecientos ochenta. Y así comenzó el invierno más largo que he vivido jamás.

Durante aquellos primeros días invernales. Margo y yo fuimos unos observadores imparciales, vigilábamos a nuestros compañeros artistas al tiempo que observábamos, con curiosidad, el extraño clima. A Margo le fascinaba el tremendo frío de la primera tormenta de nieve. Y supongo que eso fue lo que me resultó tan atractivo en ella, su maravillosa curiosidad infantil, que la impulsaba a meter el dedo aquí o allá y a esperar el resultado.

Juntos –porque al cabo de un tiempo nos volvimos casi inseparables–, observamos cómo nuestros secuaces artísticos perdían su anonimato para convertirse en personas reales, enteras y excéntricas, con algo de Jekyll y Hyde en según qué faceta de sus personalidades. Durante aquellos primeros días invernales, cuando Margo y yo nos manteníamos en los límites de la experiencia de la «Escalinata», a nuestras anchas para tomar notas –visuales y escritas–, fue la época en la que más disfruté.

De todo el grupo, Billy Dayton, nuestro escultor residente, resultó el más extraño. Era un hombre de su época, un hijo perdido de los sesenta. Llevaba el cabello largo, recogido en una cola de caballo sujeta con una tira de piel de conejo. Una barba poblada, con bastantes toques de gris, le ocultaba el rostro y le daba aspecto de tener más edad. Y sus ojos eran tan negros como la noche sin luna.

Lo conocí un día de finales del verano, a un kilómetro del campamento. Estaba arrodillado junto a la base de una monolítica losa de piedra volcánica, tallándola con un cincel de granito.

–¿Qué es? –pregunté con inocencia, pues desconocía la respuesta.

–La revolución de la naturaleza –respondió.
Y lo hizo con una voz suave y frágil, el tipo de voz que hace creíble cada frase proferida, incluso aunque nos conste que es una tontería. Así era Billy Dayton: siempre decía tonterías que sonaban a verdad revelada. Al menos, así era como yo lo veía por aquel entonces. Ahora..., bueno, ahora no
estoy seguro. Quizá no fueran tonterías.

–Es un título sugerente –comenté.
Entonces se acercó Margo, que captaba con el «clic» de su cámara todo aquello que se interpusiera ante su objetivo. Cuando vio el monolito de Billy, le sacó cuatro o cinco fotos, y luego se detuvo, aferrando la cámara con las manos.

–¿Qué es? –le preguntó.

–La revolución de la naturaleza –contesté.
No se echó a reír, o, al menos, no en voz alta. Pero algo debió de mosquear a Dayton, porque se volvió sobre las rodillas y le miró a los ojos, como si estuviera leyéndole el pensamiento. Recuerdo que, durante un momento, creí que sus ojos ardían como el mercurio líquido. Entonces Margo se echó a temblar, y noté que algo en su interior se marchitaba, de la misma forma que se marchita la alegría de un niño cuando un adulto entra en su habitación.

–Vámonos –me dijo ella mientras me agarraba del brazo. Tenía la mano helada, como si su cuerpo se hubiera quedado exangüe.
La seguí, y Billy volvió a su «revolución». Cuando nos hubimos alejado lo suficiente para que no nos oyera, le pregunté a Margo por qué había huido tan de repente.

–Es un presentimiento –repuso.
Después, volvió a levantar la cámara y «clic» aquí, «clic» allá, comenzó a fotografiar árboles.
Aquélla fue la primera vez que me di cuenta de que la cámara de Margo no era sólo una ventana al mundo, sino también su personal manera de excluir las cosas que no deseaba ver.
Ojos (objetivo) que no ven, corazón que no siente.
A medida que las noches se fueron haciendo más frías, la «Escalinata» se dividió en grupos cada vez más reducidos, cada uno de ellos con un interés específico. 

En una tienda se producía el gran debate «arte versus artesanía, el alma de la creatividad». En otra, se compartían recetas de pintura de bayas y se hablaba de los diez grandes usos de la piedra volcánica. En la nuestra. Margo y yo –antes extraños y ahora amigos– compartíamos pequeños retales protegidos de nosotros mismos.

Una de aquellas noches frías, ella estaba envuelta en un cálido saco de dormir y la luz titilante del fuego reflejaba su brillo en sus ojos.

–La perspectiva es el mejor don que podemos ofrecerle al mundo. Allá fuera, tú ves la desolación de un duro invierno; sin embargo, yo veo castillos de hielo y hadas de nieve. Contemplamos el mismo paisaje, pero lo vemos diferente. Esa perspectiva, la tuya que es única para ti y la mía que es única para mí, es el mejor don que podemos ofrecerle al mundo.
Creí comprenderlo.

–Toma. por ejemplo, la misma idea para un relato –dije–, y dásela a cincuenta escritores distintos; obtendrás cincuenta historias distintas. Cada una con su personalidad propia. Cada una tan individual como su autor.

–¡Sí! –gritó entusiasmada, como el maestro con su mejor alumno–. ¿Y de dónde sacaremos nuestras perspectivas únicas, tú la tuya y yo la mía?

–¡Del pasado y del presente! De las delicias de nuestra infancia y de las pesadillas de nuestra adolescencia. De quedarnos mirando el espejo mientras hacemos muecas. De crecer tan de prisa que nunca dejamos de sentir que seguimos siendo niños.

¡Y de los aromas que percibimos! –exclamó ella. Se apoyó en un codo y comenzó a pronunciar las palabras con la misma rapidez con que se le ocurrían–. Y de los sonidos que oímos, y de las cosas ásperas y suaves, redondas y cuadradas que tocamos. ¡De lo que nos hace felices y de lo que nos entristece! De nuestras creencias sobre el mundo y el universo: del nacimiento y de la muerte; de las promesas y las mentiras. ¡De todo eso!

Entonces, inspiró hondo, contuvo la respiración, me sonrió y luego soltó el aire en forma de blanca nube que llenó la tienda. Había dicho mucho más de lo que en aquel momento yo logré advertir. Porque creo que eso era lo que le ocurría a Dayton. Poseía una perspectiva propia, y, en cierta forma, esa perspectiva había quedado en libertad.

–Quiero que veas esto –me dijo Margo uno de los últimos días de enero.
El sol brillaba sobre Eagle Peak y la nieve blanca resultaba casi cegadora cuando ella tiró de mí para que la acompañara.

–Es la belleza exhibida en toda su fealdad –añadió.

–Eso es una contradicción. Tendrá que ver con Dayton –dije.

–¿Con quién si no?

–¿Otra revolución?

–Algo por el estilo, supongo. –Se detuvo para sacar unas cuantas fotos a las huellas de unos ciervos en la nieve–. Adivina qué ha hecho esta vez. Di la cosa más increíble y descabellada que se te ocurra.

–Ha construido su propia escalinata al cielo –repuse. Margo bajó la cámara y me dirigió una sonrisa de lo más extraña, como si estuviera reflexionando acerca de aquella posibilidad.

–No lo sé –repuso en voz baja. Luego, volvió a subir la cámara y agregó–: Inténtalo de nuevo.

–Me doy por vencido. Ese tipo es demasiado imprevisible, incluso para la imaginación de un escritor.
–Está esculpiendo en hielo.

–¿Esculpiendo qué?
–Un autorretrato.
Había tres esculturas cinceladas en el hielo; cada una de ellas difería ligeramente de la anterior; pero de un modo no demasiado sutil que todavía ahora me cuesta describir. Algo así como una especie de progresión; lo primero que acudió a mi mente fue joven, anciano, más anciano. 

La primera ofrecía un extraordinario parecido con Dayton. La segunda era algo menos reconocible, y la tercera, estilo Picasso, aunque más suave, y de cortes y líneas menos agudas. Quizá el término «digresión» sea el que mejor defina a las tres, dado que cada una aparecía menos nítida, más oblicua que la que tenía a su izquierda.

–¿Es eso un autorretrato? –inquirí.
La obra ofrecía una extraña sensación de desproporción, algo que parecía decir: «Cuanto más sabio se vuelve el hombre, más autodestructivo es». Así era Dayton, sabio y autodestructivo.

–¿Qué otra cosa podría ser? –me contestó Margo.
Aquel invierno, Dayton nos condenó a todos, cada uno de nosotros se convirtió en imagen de sus estatuas de hielo en tres digresiones diferentes: nacimiento, vida, muerte, como si el aliento de esta última hubiera ido marchitando el hielo poco a poco. Esculpió, recortó y dio forma a cada una de las estatuas de las doce personas del grupo. 

La de Sally, a dos mil cien metros de altitud, cerca del lago Eagle. La de Hampton, a dos mil doscientos cincuenta, cerca del paso Goat Head. Las de los demás estaban en sitios ocultos que jamás logramos encontrar.

Al concluir la escultura de la última imagen, a mediados de abril, cuando la nieve de las elevaciones menores comenzaba a derretirse, Dayton desapareció en el interior de su tienda y no volvió a salir. Entonces lo ignorábamos, pero la «revolución» se había puesto en marcha.

Y llegó a finales de abril. El sol tenía un brillo casi estival en los cielos del sur. Lentamente, el deshielo primaveral fue dando vida a un sinnúmero de arroyuelos, manantiales, fuentes, que fueron esculpiendo profundamente las laderas de las montañas, lo que dio un nuevo aspecto a la anatomía topográfica.

Por fin Eagle Peak renacía después de su larga invernada. Yo, por mi parte, me sentía impaciente por que llegase el día en que pudiera lanzar un suspiro sin ver que mi aliento se transformaba ante mí en un hongo blanco en el aire frío.

Con la misma intensidad que me sentía víctima de la naturaleza, sospecho que Dayton se creía su mesías. Quizá fuera eso, el mensajero de la madre Naturaleza. Habían pasado dos semanas desde que le viéramos asomar la nariz por entre los pliegues de su tienda, de modo que Margo –azuzada en su inquieta curiosidad– me convenció para que nos asomáramos a echar un vistazo.

–No es momento para sacar fotos –susurré. Nos encontrábamos ante la tienda de Dayton; Margo tenía ambas manos sobre la cámara, y yo, posadas sobre los pliegues de la abertura.

–Sólo una –me dijo con los ojos brillantes–. Anda.
Entonces, aparté los pliegues de entrada a la tienda.
Y Margo disparó dos o tres fotos.
Los dos nos quedamos en silencio durante un larguísimo instante: la cámara de Margo bajó, atónita, hasta su costado (panorama que jamás olvidaré, porque era la primera vez que la veía enfrentarse cara a cara con algo horrendo sin que intentara ocultarse tras el objetivo de una cámara).

Lo que quedaba de Dayton yacía en el suelo, oculto, en parte, bajo unas ropas y aquella tira de piel de conejo que siempre utilizaba para atarse el cabello. Toqué aquella pila con el pie y oí el entrechocar fantasmal de hueso contra hueso, noté entonces que una sustancia gelatinosa se escurría un poco más de la pila: tuve que hacer un esfuerzo para no vomitar.
Dayton, el mesías, había entregado su mensaje. En la madre Naturaleza, algo había perdido el equilibrio.

«Escalinata al Cielo» se deshizo al día siguiente, en parte por lo ocurrido a Dayton, en parte porque los largos meses de invierno habían acabado por cobrar su tributo a nuestro estado de ánimo colectivo. Incluso ante la inminencia de la primavera, se nos había vuelto a todos demasiado sencillo ver las cosas eternamente frías, congeladas y sin esperanza.

Sally y Hampton partieron a la mañana siguiente, temprano, rumbo a Mount St. Helens. Algunos de los otros se marcharon a casa; otros se dirigieron al sur, donde el clima era más benigno; los demás se escabulleron del campamento sin despedirse siquiera; Margo y yo nos quedamos.

Supongo que sentíamos curiosidad. Quizá fuera esa misma curiosidad la que nos había diferenciado del resto del grupo desde el principio. Creo que Margo se sentía responsable, en parte, por lo ocurrido a Dayton, aunque ambos tratábamos de considerar aquello como un desafortunado giro de la naturaleza; algo así como la combustión espontánea, algo que era mejor no investigar demasiado. 

No obstante, ella insistió en seguir sacando fotos hasta que aquello tuviera algún sentido, a través de los ojos de su cámara. En cuanto a mí, bueno, yo quería escribir algo más sobre Dayton y hasta qué punto se diferenciaba del resto de nosotros, sobre cómo hubieran sido las cosas en la «Escalinata» si hubiésemos intentado comprenderle mejor.
Ambos nos sentimos obligados a permanecer un poco más en Eagle Peak.

El veintiuno de mayo pasé allí mi último día.
Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una piedra, tomaba un poco el sol y anotaba ideas sueltas en mi libreta. No lograba desechar la idea de que, de alguna manera. Dayton, Mount St. Helens y las esculturas de hielo estaban relacionadas entre sí de un modo extraño y malévolo,
que había sido la causa de la muerte del escultor.

En ese momento. Margo apareció en la entrada de un pequeño valle, abierto a un sendero estrecho que ascendía hacia la cima de Eagle Peak, a tres mil seiscientos metros de altitud. La cámara descansaba contra su costado. Su paso era vacilante y recuerdo que mi primer pensamiento fue que debía haber intentado escalar la montaña hasta la cima. Bajo el sol del mediodía, todo el cuerpo le brillaba; su cabello, húmedo, se le pegaba a la frente, y tanto su rostro como sus brazos y sus piernas ofrecían un aspecto vivo que reflejaba la luz del sol. Tenía los ojos vidriosos, como de hielo, puros al igual que las ágatas cristalinas con las que de niño yo solía jugar a canicas.

–¿Margo?
Hice que se apoyara contra una piedra y descansara; me arrodillé a su lado y, por primera vez, noté que la cabeza le sangraba.

–Dios mío, ¿qué ha ocurrido? –pregunté.
Me entregó un carrete de fotos (su mano estaba fría como un arroyo de montaña a principios de mayo); luego, otro y otro más. Y cuando trató de sonreírme, me ofreció un triste gesto que no logró mantener.

– Tú sigues allí arriba –susurró–. No pude llegar hasta ti, pero estás allí.
Le aparté el cabello del sitio por el que sangraba, y donde debía haber estado la oreja, vi un agujero de color rojo oscuro.

–Oh, Margo...

–Encontré mi escultura de hielo –me dijo entre jadeos, en tanto luchaba por respirar–. Pensé que si la rompía...

–¿La estatua que hizo Dayton de ti? Asintió
–Y la tuya también. Trescientos metros más arriba. Cerca de la cima.
Se produjo un largo silencio durante el cual ambos contuvimos la respiración.

–Me muero –dijo. Fue una manifestación tan inocente y honesta como una de sus fotografías–. Y no puedo hacer nada para evitarlo. Se acurrucó contra mí.

–Te quiero –susurré y la atraje hacia mí.
La sentí blanda, demasiado blanda, como una almohada muy usada o un globo que pierde aire.
Tenía la piel húmeda, fría y resbaladiza al tacto; en algunos aspectos parecía de cera; en otros, de hielo. Supe, entonces, que iba a perderla.
La mantuve abrazada hasta que el sol se puso, hasta que no logré ver más en la oscuridad, porque quería recordar su aspecto antes de que la carne comenzara a desprendérsele de los brazos, de las piernas, del rostro; antes de que el tejido, los músculos y los cartílagos se convirtieran en aquella especie de gelatina que comenzó a formar pequeños charcos debajo de ella. 

Y cuando desde lo alto me llegó la luz de una luna pálida y distante, escuché el seco entrechocar de sus huesos y noté que
lo poco que restaba de su silueta se derretía bajo mis brazos, del mismo modo que el resto de su escultura se derretía bajo el sol de mayo, en la montaña, a seiscientos metros de altura...

Afuera llueve.
He dejado las ventanas abiertas y apagado la calefacción, y. aun así, no puedo dejar de sentirme terriblemente acalorado en este día invernal. Sé lo que me está ocurriendo, aunque el saberlo no lo haga menos doloroso, ni menos terrible.
En la fotografía, tomada desde cierta distancia, veo la imagen esculpida de mí mismo, sentada, orgulloso, a unos cientos de metros de la cima de Eagle Peak. Lo bastante alejada de la cima como para que el sol de tres estaciones la caliente, lo bastante cercana como para, de algún modo, resistir la descongelación.
En las últimas horas de la tarde de un día nublado, me siento como si fuera un carámbano, húmedo al tacto, y goteando un poco por aquí y otro poco por allá, pero agradecido como nunca de que el frío de la noche llegue por fin.