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La séptima víctima - Robert Sheckley

Sentado ante su escritorio, Stanton Frelaine se esforzaba en aparentar el aire atareado que se espera de un director de empresa a las nueve y media de la mañana. Pero era algo que estaba más allá de sus fuerzas. Ni siquiera conseguía concentrarse en el texto del anuncio que había redactado el día anterior; no lograba dedicarse a su trabajo. Esperaba la llegada del correo..., y era incapaz de hacer nada más.
Hacía ya dos semanas que tendría que haberle llegado la notificación. ¿Por qué la Administración no se apresuraba un poco?
La puerta de cristal con el rótulo: Morger & Frelaine, Confección se abrió, y E. J. Morger entró cojeando, un re¬cuerdo de su vieja herida. Era un hombre cargado de espaldas, pero eso, a la edad de setenta y tres años, suele tener poca importancia.
—Hola, Stan —dijo—. ¿Dónde está esa publicidad?
Hacía dieciséis años que Frelaine se había asociado con Morger. Tenía por aquel entonces veintisiete años. Juntos habían convertido la sociedad «El Traje Protector» en una empresa cuyo capital alcanzaba el millón de dólares.
—Echa una ojeada al proyecto —dijo Frelaine, tendiéndole la hoja de papel. Si tan sólo el correo llegara un poco antes, pensó.
Morger acercó el papel a sus ojos y leyó en voz alta:
—«¿Tiene usted un Traje Protector? El Traje Protector Morger y Frelaine, de corte insuperable en el mundo ente¬ro, es el atuendo del hombre elegante —Morger carraspeó, echó una ojeada a Frelaine, sonrió y prosiguió—: Es a la vez el traje más seguro y más chic. Se presenta con un bolsillo para revólver especial extraplano. Ningún bulto aparente. Sólo usted sabrá que va armado. El bolsillo para revólver, fácilmente accesible, le permitirá aventajar fácilmente a su contrincante sin la menor incomodidad.»
Levantó de nuevo los ojos.
—Excelente —comentó—. Sí, muchacho: excelente.
Frelaine inclinó la cabeza sin excesiva convicción.
—«El Traje Protector Especial —continuó leyendo Morger— posee un bolsillo para revólver eyector, la última palabra en defensa individual. Una simple presión sobre un botón disimulado, y el arma salta a la mano de su propietario, con el seguro fuera, lista para hacer fuego. ¿Qué espera usted para informarse en nuestro concesionario más próximo? ¿Qué espera usted para afianzar su propia seguridad?»
Dejó el papel sobre la mesa.
—Excelente —repitió—. Muy bueno, muy conciso. —Reflexionó por unos instantes, tironeándose su canoso bigote—. ¿Pero por qué no precisar que el Traje Protector se fabrica en varios modelos, recto o cruzado, con uno o dos botones, entallado o no?
—Sí, es cierto. Lo había olvidado —Frelaine tomó el borrador e hizo una anotación al margen. Se levantó, tironean¬do de su chaqueta para disimular su incipiente barriga. Tenía cuarenta y dos años, un poco más de peso del requerido, y un pelo que empezaba a clarear. Era un hombre de apariencia agradable, pero su mirada era gélida.
—Relájate —dijo Morger—. Llegará con el correo de hoy.
Frelaine hizo un esfuerzo por sonreír. Sentía deseos de echar a andar de un lado a otro, pero se contuvo y se sentó en una esquina de su escritorio.
—Cualquiera diría que es mi primer homicidio —dijo con forzada ironía.
—Sé lo que es eso —le tranquilizó Morger—. Cuando yo aún no había renunciado, pasaba a menudo más de un mes sin poder pegar ojo por la noche mientras esperaba mi notificación. Comprendo en qué estado te sientes.
Los dos hombres callaron. El silencio llegó a hacerse insoportable, hasta que la puerta se abrió y un empleado depositó el correo sobre la mesa.
Frelaine se arrojó sobre las cartas y las fue pasando febrilmente. Por fin halló la que tanto deseaba..., el largo sobre blanco de la OCP, lacrado con el cuño oficial.
—¡Por fin! —exclamó, con un suspiro de alivio—. Aquí está.
—Felicidades —dijo Morger. Y su tono era sincero.


Morger estudió el sobre con ojos ávidos, pero no le pidió a su socio que lo abriera. Hubiera sido una falta de educación, y además estaba prohibido por la ley. Nadie podía conocer el nombre de la Víctima, a excepción del Cazador.
—Te deseo buena caza —dijo Morger.
—Eso espero —respondió Frelaine, con convicción.
La oficina estaba al corriente y en orden. Lo estaba desde hacía una semana. Frelaine tomó su cartera portadocumentos.
—Un buen homicidio te hará un gran bien —dijo Morger, palmeando su enguatado hombro—. Has estado tan febril últimamente.
Frelaine sonrió y estrechó la mano de Morger.
—Pagaría lo que fuera por tener cuarenta años menos —dijo Morger, mirando divertido su pierna impedida—. Ver¬te así me hace sentir deseos de descolgar mi revólver.
Frelaine agitó la cabeza. Morger había sido un famoso Cazador en su juventud. Diez homicidios superados con éxito le habían abierto las puertas del muy exclusivo Club de los Diez. Y puesto que, naturalmente, tras cada uno de ellos había tenido que jugar diez veces el papel de Víctima, su palmares era de veinte asesinatos en total.
—Espero que mi Víctima no sea alguien que tenga tu temple —hizo notar Frelaine, medio en serio, medio en broma.
—¡Ni pienses en ello! ¿Por cuál vas ahora?
—Por la séptima.
—Es una buena cifra. ¡Vamos, anda! Muy pronto te abriremos los brazos en el Club de los Diez.
Frelaine hizo un gesto con la mano y se dirigió hacia la puerta.
—Pero ándate con cuidado —advirtió Morger—. Un solo error, y me veré obligado a buscar un nuevo socio. Si no tienes ningún inconveniente, preferiría conservar el que tengo ahora.
—Iré con cuidado —prometió Frelaine.


En vez de tomar el autobús, regresó a su casa a pie. Necesitaba tiempo para calmarse. ¡Era ridículo comportarse como un chiquillo que va a cometer su primer homicidio!
Se obligó a mantener los ojos fijos ante él. Mirar a alguien equivalía prácticamente a una tentativa de suicidio. Cualquier persona a la que mirara podía ser una Víctima, y había Víctimas que disparaban sin pensárselo contra cualquiera que posara sus ojos en ellas. Había tipos muy nerviosos... Prudentemente, Frelaine mantuvo su mirada por encima de las cabezas de los transeúntes.
Observó un gigantesco anuncio. Era una oferta de servicios de J. F. Donovan. «¡Víctimas!», proclamaba con enormes letras, «¿por qué correr riesgos? Utilicen los servicios de nuestros Rastreadores acreditados. Nosotros nos encargaremos de localizar al homicida que le ha sido asignado. ¡Usted no pagará nada hasta después de haber dado cuenta del Cazador!»
Por cierto, pensó Frelaine, tengo que llamar a Ed Morrow apenas llegue.
Apresuró el paso. Se sentía terriblemente nervioso. Ardía en deseos de estar ya en su casa para abrir el sobre y conocer el nombre de su Víctima. ¿Sería alguien diabólicamente astuto o un simple estúpido? ¿Alguien rico como su cuarta presa, o pobre como la primera y la segunda? ¿Estaría rodeado de un equipo de rastreo organizado, o se las arreglaría por sus propios medios?
La excitación de la caza era algo maravilloso, que hacía hervir la sangre en las venas y aceleraba los latidos del co¬razón. De repente oyó el resonar de unas lejanas detona¬ciones. Dos disparos rápidos y luego, tras una pausa, el ter¬cero. El último.
—Ese ha terminado con el suyo —se dijo a sí mismo Frelaine, en voz alta—. ¡Felicidades!
¡Era tan maravilloso sentirse vivir de nuevo!
Lo primero que hizo al entrar en su casa fue llamar a Ed Morrow, su rastreador. Morrow trabajaba en un garaje en sus horas libres.
—¿Ed? Aquí Frelaine.
—Oh, buenos días, señor Frelaine.
Frelaine observó en la pantalla el rostro de su interlocutor: un rostro obtuso, manchado de grasa, de protuberantes labios casi pegados al aparato.
—Me voy de caza, Ed.
—Buena suerte, señor Frelaine. Supongo que desea usted que esté preparado.
—Exacto, Ed. No creo estar fuera más de una o dos semanas. Probablemente recibiré mi designación como Víctima dentro de los tres meses siguientes a mi regreso.
—Puede usted contar conmigo, señor Frelaine. Le deseo buena caza.
—Gracias, Ed. Hasta pronto.
Colgó. Garantizarse los servicios de un rastreador de primera clase era una buena medida. Cuando hubiera cometido su homicidio, Frelaine pasaría a ser a su vez Víctima..., y entonces, una vez más, Ed Morrow sería su seguro de vida.
Era un magnífico rastreador. De acuerdo: de hecho, Morrow era un ignorante, un idiota; pero tenía ojo clínico. Des¬cubría a los extraños al primer golpe de vista. Tenía una habilidad diabólica para preparar una emboscada. Era un hombre indispensable.
Echándose a reír ante el recuerdo de algunos de los re¬torcidos trucos que Morrow había inventado para sus clientes, Frelaine sacó el sobre de su bolsillo, hizo saltar el sello, lo abrió, y examinó los documentos que contenía.
Janet-Marie Patzig.
Su Víctima era una mujer.


Se levantó, y paseó arriba y abajo por la habitación. Volvió a tomar la carta. Leyó: Janet-Marie Patzig. No había ningún error: se trataba de una mujer. Los documentos anexos contenían tres fotografías, el domicilio del sujeto y los informes habituales que permitían identificarlo.
Frelaine frunció el ceño. Nunca había matado a una mujer.
Tras vacilar unos instantes, tomó el teléfono y marcó el número de la OCP.
—Aquí la Oficina de Catarsis Pasional —dijo una voz masculina—. ¿Dígame?
—Acabo de recibir mi notificación —dijo Frelaine—. Me ha correspondido una mujer. ¿Es eso normal? —Dio al empleado el nombre de la Víctima.
El hombre verificó sus archivos microfilmados.
—Todo está en regla —dijo tras unos instantes—. Esta persona nos presentó una solicitud, actuando con pleno co¬nocimiento de causa. En términos legales, goza de los mis-mos derechos y los mismos privilegios que un hombre.
—¿Puede decirme cuántas muertes tiene en su activo?
—Lo lamento, señor, pero las únicas informaciones que está usted autorizado a obtener son la situación legal de la Víctima y la información descriptiva que le han sido remitidas.
—Comprendo. —Frelaine reflexionó unos instantes, y luego preguntó—: ¿Puedo solicitar me sea adjudicada otra Víctima?
—Naturalmente, dispone usted de la posibilidad legal de rechazar la caza que le ha sido propuesta, pero no le será adjudicada otra Víctima hasta después de haber sido designado usted mismo. ¿Desea declinar la oferta que se le ha hecho?
—Oh, no, por supuesto —se apresuró a responder Frelaine—. Le he preguntado esto tan sólo por pura curiosidad. Muchas gracias.
Colgó, se hundió en el más mullido de sus sillones, y se soltó el cinturón. Aquello precisaba un poco de reflexión.
—¿Qué buscan esas malditas mujeres queriendo inmiscuirse siempre en los asuntos de los hombres? —rezongó para sí mismo—. ¿Por qué diablos no pueden quedarse tranquilamente en sus casas?
Pero eran también ciudadanos libres. Aunque Frelaine encontrara aquello demasiado poco... femenino.


De hecho, la Oficina de Catarsis Pasional había sido crea¬da originalmente para los hombres, y exclusivamente para ellos. Había nacido al término de la Cuarta Guerra Mundial..., o de la Sexta, según la cuenta de un cierto número de historiadores.
Por aquella época, se hacía sentir imperiosamente la necesidad de una paz duradera, de una paz permanente. Por una razón práctica. Una razón tan práctica como la inspiración de los hombres que crearon las bases de la prolongada paz.
Una razón muy sencilla: el mundo estaba al borde de la aniquilación.
En el transcurso de las guerras anteriores, la amplitud, la eficacia y la potencia destructiva de las armas empleadas habían ido en aumento. Los soldados, que se habían acostumbrado a ellas, vacilaban cada vez menos en utilizarlas.
Hasta alcanzar el punto de saturación.
Un nuevo conflicto bélico pondría definitivamente fin a todas las guerras, y esta vez de una forma absoluta: no quedaría nadie para poder iniciar la siguiente.
Era preciso pues que aquella paz fuera una paz eterna. Pero los hombres que la organizaron no eran soñadores. Eran conscientes del hecho que siempre existen tensiones, desequilibrios, que son el caldero donde bullen las guerras futuras. Y se preguntaron por qué hasta entonces nunca había existido una paz duradera.
—Porque a los hombres les gusta luchar —fue la respuesta.
—¡Oh, no! —exclamaron los idealistas.
Pero aquellos que establecieron la paz se vieron obliga¬dos, muy a pesar suyo, a tener en cuenta el postulado según el cual una fracción importante de la Humanidad es movida por la violencia.
Los hombres no son seres celestiales. Tampoco son monstruos infernales. Sencillamente, son seres humanos que manifiestan un elevado grado de agresividad, de combatividad.
Con los conocimientos científicos y los medios de los que disponían en aquellos momentos, los hombres con mentalidad práctica hubieran podido eliminar esta característica de la raza humana. De hecho, ahí es donde muchos pensaban que residía la solución.
Pero los hombres con mentalidad práctica no eran de esta opinión. Consideraban que la competencia, el amor a la lucha, el valor frente al adversario, eran valores positivos. Creían incluso que representaban virtudes admirables y la garantía de la perpetuación de la especie. Sin ellos, la raza terminaría fatalmente degenerando.
El gusto por la violencia, descubrieron, estaba inextricable¬mente unido a la ingeniosidad, a la adaptabilidad, al dinamismo humanos.
Los datos del problema, pues, eran los siguientes: a) organizar la paz, una paz que les sobreviviera, y b) impedir a la raza humana que se destruyera a sí misma, sin amputar por ello las características que hacían de los hombres unos seres responsables.
Para ello, se decidió que era necesario canalizar la violencia, proporcionarle una válvula de escape, una posibilidad de exteriorizarse.
El primer paso fue la autorización legal de los combates de gladiadores, combates reales, donde la sangre era derramada. Pero aún era insuficiente. La sublimación es válida sólo hasta cierto punto. La gente quería otra cosa más que derivativos.
No existe ningún derivativo para el homicidio.
Así pues, el homicidio fue institucionalizado, sobre una base estrictamente individual, y únicamente para aquellos que realmente desearan matar. Los gobiernos fueron invitados a crear sus respectivas Oficinas de Catarsis Pasional.
Tras un período de ensayo, se instauró una reglamentación única:
Cualquier ciudadano deseoso de cometer un homicidio tenía la posibilidad de inscribirse en su OCP. Tras aceptar y firmar un dossier que comportaba un cierto número de advertencias y compromisos, se le garantizaba una Víctima.
La persona que presentaba legalmente una solicitud de asesinato debía a su vez aceptar el papel de Víctima unos meses más tarde..., si sobrevivía.
Este era el principio fundamental. Un individuo dado podía cometer tantos homicidios como quisiera, pero, entre cada uno de sus homicidios, era designado a su vez obligatoriamente como Víctima. Si la Víctima conseguía matar a su Cazador, podía o retirarse de la competición, o proponer su candidatura para un nuevo homicidio.
Al cabo de diez años, se calculaba que un tercio de la población civilizada del mundo había solicitado cometer al menos un homicidio. Más tarde, la proporción se estabilizó en un veinticinco por ciento.
Los filósofos clamaban al cielo, pero los hombres con mentalidad práctica estaban satisfechos. La guerra había dejado de ser un problema colectivo: ahora era un asunto individual, tal como convenía.
Por supuesto, la institucionalización del homicidio se ramificó y se complicó. Una vez autorizado, como sucede con todas las cosas, el homicidio se convirtió en un negocio y una fuente de beneficios. Inmediatamente se crearon organizaciones, tanto para ofrecer sus servicios a las Víctimas como a los Cazadores.
La Oficina de Catarsis Pasional elegía el nombre de las Víctimas al azar. El Cazador disponía de dos semanas para cometer su homicidio, y debía actuar solo y sin ayuda. Se le proporcionaban el nombre, el domicilio y la descripción de su Víctima; tenía derecho a utilizar una pistola de calibre estándar; le estaba prohibido llevar ningún tipo de protección corporal.
La Víctima era avisada una semana antes que el Cazador. Simplemente, se le comunicaba su designación. Ignoraba el nombre de su Cazador. Estaba autorizada a utilizar cualquier tipo de protección corporal, así como los servicios de los rastreadores que creyera necesarios. Un rastreador no podía matar, ya que el homicidio era privilegio de la Víctima y del Cazador. Pero un rastreador podía detectar la presencia de un extraño en el círculo de la Víctima, o descubrir a un tirador nervioso.
La Víctima podía planear todas las emboscadas que deseara con el fin de abatir a su Cazador.
Matar o herir a alguien por error —cualquier otro tipo de muerte estaba prohibido— era sancionado con una gravosa indemnización; el homicidio pasional estaba castigado con la pena de muerte, al igual que el homicidio por interés.
Lo más admirable de aquel sistema era que la gente que sentía deseos de matar podía hacerlo, y aquellos que no sentían el menor deseo —de hecho representaban la mayor parte de la población— no se veían obligados a convertirse en homicidas. Por fin ya no había ninguna guerra, ni siquiera la amenaza de una guerra. Tan sólo pequeñas, muy pequeñas guerras..., centenares de miles de guerras individuales.


La idea de matar a una mujer no cautivaba en absoluto a Frelaine. Pero había firmado. No podía hacer nada. Y no sentía el menor deseo de renunciar a su séptima caza.
Consagró el resto de la mañana a aprenderse de memo¬ria los datos que le había proporcionado la OCP acerca de su Víctima, y luego archivó la carta. Janet Patzig vivía en Nueva York. Frelaine se sentía feliz por ello: le gustaba cazar en una gran ciudad, y siempre había sentido deseos de visitar Nueva York. No le precisaban la edad de su Víctima, pero, a juzgar por las fotos, no debía tener mucho más de veinte años.
Reservó por teléfono una plaza en el avión, se duchó, se vistió su Protector Especial cortado especialmente para aquella ocasión, eligió una pistola de su arsenal, la limpió escrupulosamente, la engrasó, la deslizó en el bolsillo especial del traje, y luego preparó su equipaje.
Se sentía tan excitado que parecía que su corazón quisiera saltársele del pecho. Es extraño, pensó: cada nuevo homicidio me produce un estremecimiento distinto. Es algo de lo que uno no se cansa nunca: como la repostería francesa, las mujeres, las buenas bebidas... Es algo siempre nuevo y siempre distinto.
Cuando estuvo listo, examinó su biblioteca para elegir los libros que se llevaría consigo. Poseía todas las mejores obras que trataban del tema. No iba a necesitar aquellas destinadas a las Víctimas, como La Táctica de la Víctima de Fred Tracy, que insistía en la necesidad de un medio ambiente rigurosamente controlado, o ¡No piense usted como Víctima!, del doctor Frisch. Aquellos manuales le interesarían dentro de unos meses, cuando le llegara su turno de ser, una vez más, la presa. Por ahora necesitaba libros de Cazador.
La obra clásica y definitiva era Estrategia de la Caza del Hombre, pero se la sabía ya casi de memoria. El Acecho y la Emboscada no era muy adecuado para las actuales circunstancias.
Escogió La Caza en las Grandes Ciudades de Mitwell y Clark, Rastrear al Rastreador de Algreen, y La Táctica de Grupo de la Víctima del mismo autor.
Todo estaba a punto. Dejó unas líneas al lechero, cerró su apartamento y tomó un taxi hacia el aeropuerto.


En Nueva York, escogió un hotel céntrico no muy lejos del barrio donde vivía su víctima. El trato sonriente y lleno de atenciones del personal del hotel le puso nervioso: le intranquilizaba ser reconocido tan fácilmente como un homicida recién llegado a la ciudad.
Lo primero que vio al penetrar en su habitación fue, cuidadosamente colocado en su mesilla de noche, junto con la bienvenida de la dirección, un folleto titulado: Cómo sacarle el máximo partido a la Catarsis Pasional. Frelaine sonrió mientras lo hojeaba.
Puesto que se trataba de la primera vez que venía a Nueva York, ocupó el resto de la tarde en pasear por el barrio de su Víctima y en contemplar escaparates.
Martinson & Black le fascinó.
Visitó el Salón de la Caza, donde se exhibían chalecos antibalas ultraligeros y sombreros blindados para uso de las Víctimas. Se interesó en la vitrina donde se presentaban los últimos modelos calibre 38. Un cartel publicitario proclamaba: «¡Utilicen el Malvern de tiro directo, aprobado por la OCP! Cargador de doce balas. Desviación garantizada inferior a 0.02 milímetros en un blanco situado a trescientos metros. ¡Acierte a su Víctima! ¡No arriesgue su vida teniendo a su alcance la mejor arma! ¡Malvern es seguridad!»
Frelaine sonrió. Era una buena publicidad, y el pequeño revólver pavonado daba una impresión de eficacia total. Pero el Cazador estaba contento con su propia pistola.
Existían también en el mercado falsos bastones que albergaban cuatro balas listas para ser disparadas. La publicidad los anunciaba como algo disimulado, práctico y seguro. Cuando era joven, Frelaine se había sentido apasionado por todas aquellas novedades que se sucedían de año en año, pero ahora estimaba que los viejos métodos tradicionales eran generalmente los que prestaban un mejor servicio.
Cuando salió del Salón, cuatro empleados del servicio de limpieza se alejaban con un cadáver aún caliente. Suspirando, Frelaine lamentó no haber estado allí para contemplar el espectáculo.


Cenó en un buen restaurante, y se acostó temprano.
A la mañana siguiente se paseó por los alrededores del domicilio de su Víctima, cuyos rasgos estaban profundamente grabados en su memoria. No miraba a nadie, y avanzaba a paso rápido, como si se dirigiera a un lugar muy concreto. Era así como actuaban los Cazadores experimentados.
Entró en un bar a beber algo, y reanudó su camino en dirección a Lexington Avenue.
La vio al pasar ante la terraza de un café. Era imposible equivocarse: se trataba de Janet. Sentada ante una mesa, con los ojos perdidos en el vacío, ni siquiera levantó la cabeza cuando él pasó cerca de ella.
Frelaine continuó hasta la esquina, sin detenerse. Allí, se detuvo y dio media vuelta. Sus manos temblaban. Exponer¬se así, sin ninguna protección... ¡Aquella chica estaba loca! ¿Acaso creía que gozaba de una protección sobrenatural?
Detuvo un taxi, y ordenó al conductor que diera la vuelta a la manzana. Cuando volvió a pasar por delante, ella se¬guía en el mismo lugar. Frelaine la examinó atentamente. Parecía más joven que en las fotografías, pero era difícil hacerse una idea precisa de su edad. De todos modos, no tendría mucho más de veinte años. Su negro cabello, peinado con raya en medio y enrollado a cada lado formando como una concha sobre sus orejas, le daban el aspecto de una monja. Frelaine se estremeció al darse cuenta que su expresión era de tristeza y resignación. Se preguntó si es¬taba dispuesta a hacer algún gesto para defender su vida.
Frelaine pagó al conductor y se metió en un drugstore. Había una cabina telefónica libre. Entró y llamó a la OCP.
—¿Están seguros que una Víctima llamada Janet-Marie Patzig ha recibido su notificación? —preguntó.
—Un momento, por favor.
Frelaine tamborileó nerviosamente el cristal de la puerta mientras el funcionario buscaba la microficha correspondiente.
—Sí, señor. Tenemos su acuse de recibo. ¿Alguna impugnación?
—Oh, no. Tan sólo quería verificar.
Después de todo, se dijo, si aquella chica no quería defenderse, allá ella. Eso no era asunto suyo. El tan sólo estaba autorizado a matarla. Era su turno de caza.
De todos modos, decidió aplazarlo todo hasta el día siguiente e irse al cine. Cenó, regresó a su habitación, leyó el folleto de la OCP, y se acostó. Todo lo que tenía que hacer, pensó, con los ojos fijos en el techo, era meterle una bala en el cuerpo. Tomar un taxi, y disparar a través de la ventanilla.
—Pero así no es muy emocionante —se dijo tristemente antes de dormirse.


Al día siguiente, por la tarde, Frelaine regresó al mismo lugar. Llamó a un taxi y le dijo al conductor:
—Dé la vuelta a la manzana, pero muy lentamente.
—De acuerdo —respondió el hombre, con una sonrisa tan sardónica como perspicaz.
Desde su asiento, Frelaine se esforzó en descubrir algún rastreador. Aparentemente, no había ninguno. La joven tenía las manos ostensiblemente apoyadas sobre la mesa.
Un blanco fácil, inmóvil.
Frelaine rozó uno de los botones de su chaqueta cruza¬da. Un desgarrón se abrió en la tela, y no tuvo que hacer más que cerrar su mano sobre la culata del revólver. La hizo oscilar, comprobó el cargador, deslizó una bala en la recámara.
—Más lento —dijo al conductor.
El taxi pasó a velocidad de paseo ante el café. Frelaine apuntó cuidadosamente. Su dedo se crispó en el gatillo. Lanzó una maldición.
Un camarero acababa de interponerse entre la joven y el cañón del arma, y Frelaine no sentía el menor deseo de herir a nadie.
—Dé otra vuelta a la manzana —ordenó.
El conductor sonrió de nuevo y se arrellanó en su asiento. ¿Se sentiría tan alegre si supiera que me dispongo a matar a una mujer?, se dijo Frelaine.
Esta vez no había ningún camarero en su campo de tiro. La chica estaba encendiendo un cigarrillo, con sus apagados ojos clavados en el encendedor. Frelaine apuntó a la frente de su víctima, exactamente entre los dos ojos, y retuvo el aliento.
Pero agitó la cabeza, bajó el arma y la metió de nuevo en su bolsillo para revólver.
¡Aquella idiota estaba impidiendo que extrajera todo el provecho de su catarsis!
Pagó al conductor, bajó del taxi y echó a andar.
Es demasiado fácil, se dijo a sí mismo. Estaba acostumbrado a cazas auténticas. Sus seis homicidios anteriores habían sido complicados. Las Víctimas habían intentado todos los trucos posibles. Una de ellas había contratado al menos una docena de rastreadores. Pero Frelaine había ido modificando su táctica de acuerdo con las circunstancias, y los había descubierto a todos. Una vez se había disfrazado de lechero, otra de cobrador. Se había visto obligado a seguir a su sexta Víctima hasta Sierra Nevada. Había sudado con ella, pero al fin la había conseguido.
¿Qué satisfacción podía extraer de una Víctima que se le ofrecía? ¿Qué pensaría de ello el Club de los Diez?
Encajó los dientes ante la idea del Club de los Diez. Que¬ría formar parte de él. Incluso si renunciaba a matar a aquella chica, debería enfrentarse obligatoriamente a un cazador. Y, si sobrevivía, necesitaría añadir aún cuatro Víctimas más a su palmares. ¡A aquel ritmo, jamás podría presentar su candidatura al Club!
Se dio cuenta que estaba pasando ante el café. Obedeciendo a un súbito impulso, se detuvo.
—Buenos días —dijo.
Janet Patzig lo miró con unos ojos desbordantes de tristeza, pero no respondió.
Frelaine se sentó.
—Escuche —dijo—. Si la molesto, no tiene más que decirlo, y me iré. No soy de aquí. He venido a Nueva York para asistir a un Congreso. Y siento la necesidad de una presencia femenina junto a mí. Ahora bien, si la aburro, yo...
—No importa —dijo Janet Patzig con voz neutra.
Frelaine pidió un coñac. El vaso de su compañera estaba aún medio lleno.
La observó con el rabillo del ojo, y su corazón empezó a latir fuertemente. Tomar unas copas con su propia Víctima..., ¡eso al menos era algo emocionante!
—Me llamo Stanton Frelaine —dijo, sabiendo que revelar su identidad no significaba nada.
—Yo, Janet.
—¿Janet qué?
—Janet Patzig.
—Encantado de conocerla —dijo él, con un tono perfectamente natural—. ¿Tiene algo especial que hacer esta noche?
—Seguramente esta noche estaré muerta —dijo ella con voz suave.
Frelaine la contempló atentamente. ¿Acaso no comprendía quién era él? Como menos, debería estarle apuntando con un revólver por debajo de la mesa. Apoyó un dedo en el botón que accionaba la extracción de su arma.
—¿Es usted una Víctima?
—Esa es la palabra exacta —dijo ella irónicamente—. En su lugar, yo no me quedaría aquí ni un segundo más. ¿De qué sirve recibir una bala perdida?
Frelaine no podía comprender cómo estaba tan tranquila. ¿Acaso pretendía suicidarse? Quizá se estaba burlando de todo. Quizás estaba deseando morir.
—¿No tiene usted rastreadores? —preguntó, con el tono justo de sorpresa en su voz.
—No —ella le miró directamente a los ojos, y Frelaine se dio cuenta de algo en lo que hasta entonces no se había fijado: era muy hermosa. Hubo una pausa.
—Soy una estúpida —dijo finalmente ella, en tono intrascendente—. Un día me dije que me gustaría cometer un homicidio, y me inscribí en la OCP. Y luego..., luego no pude hacerlo.
Frelaine asintió con simpatía.
—Sin embargo, el contrato es inflexible —continuó ella—. No he matado a nadie, pero pese a todo debo jugar mi papel de Víctima.
—¿Por qué no ha contratado usted a ningún rastreador?
—Soy incapaz de matar a nadie. Absolutamente incapaz. Ni siquiera tengo revólver.
—¡Y sin embargo, para salir así, como lo hace usted, se necesita una condenada dosis de valor! —en su fuero inter¬no, Frelaine se sentía asombrado ante tanta estupidez.
—¿Y qué quiere usted que haga? —dijo ella con indiferencia—. Una no puede ocultarse cuando es perseguida por un Cazador..., un auténtico Cazador. Y no soy lo suficientemente rica como para desaparecer.
—Yo, en su lugar... —comenzó Frelaine.
—No —le interrumpió ella—. He reflexionado mucho sobre ello. Todo esto es absurdo. El sistema entero es absurdo. Cuando tuve a mi Víctima ante mi punto de mira, cuando vi que podía tan fácilmente..., que podía... —se interrumpió y sonrió—. ¡Bah! No hablemos más de ello.
Frelaine se sintió impresionado por su deslumbrante son¬risa.


Hablaron de muchas cosas. Él le habló de su trabajo, y ella le habló de Nueva York. Tenía veintidós años. Era actriz. Una actriz que nunca se había visto favorecida por la suerte.
Cenaron juntos, y cuando ella aceptó su invitación a un combate de gladiadores, Frelaine se sintió inundado de absurda alegría.
Llamó a un taxi —tenía la impresión que pasaba todo su tiempo en taxi desde que había llegado a aquella ciudad—, y le abrió la puerta. Tuvo un instante de vacilación mientras ella se sentaba. Le hubiera podido disparar una bala en el corazón. Hubiera sido tan fácil.
Pero no lo hizo. Esperemos, pensó.
Los combates eran los mismos que podían verse en cualquier parte, y los gladiadores no exhibían un mayor talento que en cualquier otro lugar. Las reconstrucciones históricas eran las habituales: el tridente contra la red, el sable contra la espada. Por supuesto, la mayor parte de los duelos eran a última sangre. Hubo combates de hombres contra toros, de hombres contra leones, de hombres contra rinocerontes, se¬guidos de escenas más modernas: barricadas defendidas por arqueros, encuentros de esgrima sobre la cuerda floja.
Fue una agradable velada. Frelaine llevó a la joven a su casa. Las palmas de sus manos estaban húmedas por el sudor. Nunca había experimentado una atracción así hacia una mujer. ¡Y debía matarla!
No sabía qué actitud tomar.
Ella le propuso que subiera a tomar una copa. Se sentaron en el diván. Ella encendió un cigarrillo con un enorme encendedor y se recostó en el mullido respaldo.
—¿Se quedará aún mucho tiempo en Nueva York? —preguntó ella.
—No lo creo —dijo él—. Mi Congreso termina mañana.
Hubo un largo silencio. Finalmente, Janet dijo:
—Lamento que tenga que irse.
Callaron de nuevo. Luego, la joven se levantó para preparar las bebidas. Frelaine la siguió con la mirada mientras se alejaba hacia la cocina. Este era el momento. Se irguió, apoyó la mano en el botón... Pero no, el momento había pasado..., irrevocablemente. Sabía que no iba a matarla. Uno no puede matar a quien ama. Y él la amaba.
Fue una revelación tan brusca como conmovedora. Había venido a Nueva York para matar, y en cambio...
Ella regresó con la bandeja y se sentó, con ojos ausentes.
—Te quiero, Janet —dijo él.
Ella se volvió a mirarle. Había lágrimas en las comisuras de sus ojos.
—No es posible —musitó—. Soy una Víctima. No voy a vivir mucho.
—Vivirás. Yo soy tu Cazador.
Ella le estudió unos instantes en silencio, luego se echó a reír nerviosamente.
—¿Vas a matarme?
—No digas tonterías. Quiero casarme contigo.
Repentinamente, ella se refugió en sus brazos.
—¡Oh, Dios mío! —sollozó—. Esta espera... Tenía tanto miedo...
—Todo ha terminado. Date cuenta de lo irónico de la situación: ¡Vengo para asesinarte, y regreso casado contigo! Es algo que habremos de contar a nuestros hijos.
Ella le besó. Luego se echó hacia atrás en el diván y encendió otro cigarrillo.
—Apresúrate a hacer tus maletas —dijo Frelaine—. Quiero...
—Un momento —interrumpió ella—. No me has preguntado si yo te amo a ti.
—¿Qué?
Ella seguía sonriendo, con el encendedor apuntando hacia él. Un encendedor en cuya base había un negro orificio..., un orificio cuyo diámetro correspondía exactamente al ca-libre 38.
—No te burles de mí —dijo él—, levantándose.
—Estoy hablando en serio, querido.
Por una fracción de segundo, Frelaine se sorprendió de haberle calculado veinte años a Janet. Ahora que la veía bien —ahora que podía verla realmente—, se daba cuenta que estaba rozando la treintena. Su rostro reflejaba una existencia febril, tensa.
—Yo no te amo, Stanton —dijo ella en voz muy baja, con el encendedor apuntando todavía hacia él.
Frelaine tragó saliva. Una parte de sí mismo permanecía aún fríamente objetiva y se maravillaba de las extraordinarias dotes de actriz de Janet Patzig. Ella lo había sabido desde un principio.
Apretó compulsivamente el botón, y el revólver saltó en su mano, listo para disparar.
El impacto le alcanzó en pleno pecho. Con aire de intenso asombro, se derrumbó sobre la mesa. El arma escapó de sus manos. Jadeando espasmódicamente, a medias consciente, la vio apuntar cuidadosamente para el golpe de gracia.
—¡Por fin voy a poder entrar en el Club de los Diez! —dijo ella. Su voz reflejaba todo el éxtasis del mundo.

Proceso - Alfred E. Van Vogt

Bajo la brillante luz de aquel lejano sol, el bosque respiraba y estaba vivo. Era consciente de la nave que acababa de aparecer, tras atravesar las ligeras brumas de la alta atmósfera. Pero su automática hostilidad hacia cualquier cosa alienígena no iba acompañada inmediatamente por la alarma.
Por decenas de miles de kilómetros cuadrados, sus raíces se entrelazaban bajo el suelo, y sus millones de copas se balanceaban indolentemente bajo miles de brisas. Y más allá, extendiéndose a lo ancho de las colinas y las montañas, y más allá aún, hasta el borde de un mar casi interminable, se extendían otros bosques, tan fuertes y poderosos como él mismo.
Desde un tiempo inmemorial el bosque había guardado el suelo de un peligro cuya comprensión se había perdido. Pero ahora empezaba a recordar algo de este peligro. Provenía de naves como aquella que descendía ahora del cielo. El bosque no llegaba a determinar exactamente cómo se había defendido a sí mismo en el pasado, pero sí recordaba claramente que aquella defensa había sido necesaria.
A medida que iba siendo más y más consciente de la aproximación de la nave a través del cielo gris-rojo que había sobre él, sus hojas susurraron un eterno relato de batallas libradas y ganadas. Los pensamientos recorrían su lento camino a lo largo de canales de vibraciones, y las ramas madres de cientos de árboles temblaron casi imperceptiblemente.
Lo vasto de tal temblor, afectando poco a poco a todos los árboles, creó gradualmente un sonido y una tensión. Al principio fue casi impalpable, como una suave brisa soplan¬do a través de un verdeante valle. Pero aumentó de intensidad.
Adquirió sustancia. El sonido llegó a envolverlo todo. Y la totalidad del bosque aguardó, vibrando su hostilidad, esperando la cosa que se le acercaba a través del cielo.
No tuvo que esperar mucho.


La nave aumentó de tamaño mientras seguía la curva de su trayectoria. Su velocidad, ahora que estaba más cerca del suelo, era mayor de lo que había parecido al principio. Planeó amenazadora, por encima de los árboles más cercanos, y descendió aún más, sin preocuparse de las copas. Algunas ramas se rompieron, algunos vástagos se incendiaron, y árboles enteros fueron barridos como si se tratara de seres insignificantes, sin peso ni fuerza.
La nave prosiguió su descenso, abriéndose camino a través del bosque que gritaba y gemía a su paso. Se posó, abriendo un profundo surco en el suelo, tres kilómetros después de tocar el primer árbol. Tras ella, la senda de árboles tronchados se estremecía y palpitaba bajo la luz del sol, un recto sendero de destrucción que —recordó repentinamente el bosque— era idéntico al que se había producido en el pasado.
Empezó amputando los sectores alcanzados. Hizo refluir su savia, y cesó su vibración en el área afectada. Más tarde enviaría nuevos brotes a reemplazar a aquellos que habían sido destruidos, pero ahora aceptó aquella muerte parcial y sufrió por ella. Conoció el miedo.
Era un miedo teñido por la rabia. Sentía la nave yaciendo sobre los troncos partidos, en una parte de sí mismo que aún no estaba muerta. Sentía la frialdad y la dureza de aquellas paredes de acero, y el miedo y la rabia aumentaron.
Un susurrar de pensamientos pulsó a lo largo de los canales vibratorios. Espera, decían, hay un recuerdo en mí. Un recuerdo de un lejano tiempo en el que vinieron otras naves parecidas a ésta.
El recuerdo se negó a precisarse. Tenso pero vacilante, el bosque se preparó a lanzar su primer ataque. Empezó a crecer alrededor de la nave.
Mucho tiempo atrás había descubierto el poder de crecimiento que poseía. Había sido en un tiempo en el que ocupaba una extensión mucho más limitada que la que cubría ahora. Y entonces, un día, se dio cuenta que estaba muy cerca de otro bosque como él mismo.
Las dos masas de árboles en crecimiento, los dos colosos de entremezcladas raíces, se acercaron mutuamente lenta, prudentemente, en una creciente pero cautelosa sorpresa y maravilla manifestando que otra forma de vida similar a la suya hubiera podido existir todo aquel tiempo. Se acercaron, se tocaron..., y lucharon durante años.
Durante aquella prolongada lucha casi nada creció en las regiones centrales, que se detuvieron. Los árboles dejaron de desarrollar nuevas ramas. Las hojas, por necesidad, se robustecieron y afirmaron sus funciones para períodos mucho más largos. Las raíces se desarrollaron lentamente. Toda la energía utilizable del bosque fue concentrada en los procesos de defensa y ataque.
Auténticas murallas de árboles se levantaban en una noche. Enormes raíces cavaban túneles en las profundidades del suelo penetrando kilómetros y kilómetros, abriéndose paso entre rocas y metales, edificando una barrera de madera viva contra el invasor crecimiento del bosque extranjero. En la superficie, las barreras se cerraron en una línea de un kilómetro o más de árboles situados tronco contra tronco. Y, bajo estas bases, la gran batalla se detuvo finalmente. El bosque aceptó el obstáculo creado por su enemigo.
Más tarde, luchó con las mismas armas contra un segundo bosque que lo atacaba desde otra dirección.
Los límites de estas demarcaciones empezaron a ser tan naturales como el gran mar salado del sur, o las heladas cúspides de las montañas que se cubrían de nieve una vez cada año.
Y como había hecho en su batalla contra los otros dos bosques, el bosque concentró toda su fuerza contra la nave invasora. Los árboles crecieron a un ritmo de treinta centímetros cada pocos minutos. Las plantas trepadoras escalaron los árboles, se proyectaron por encima de la nave. Los incontables filamentos reptaron por encima del metal, y se anudaron por sí mismos alrededor de los árboles del otro lado. Las raíces de aquellos árboles se enterraron profunda¬mente en el suelo, y se anclaron en un estrato rocoso más resistente que ninguna nave jamás construida. Los troncos se ensancharon, y las lianas engrosaron hasta convertirse en enormes cables.
Cuando la luz de aquel primer día dejó paso al gris del atardecer, la nave estaba enterrada bajo cientos de toneladas de madera, y oculta bajo un follaje tan denso que ninguna parte de ella era visible.
Había llegado el momento de pasar a la acción para la destrucción final.
Poco después de oscurecer, pequeñas raíces comenzaron a tantear por debajo de la nave. Eran infinitésimamente pequeñas; tan pequeñas que en su etapa inicial no tenían más que unas pocas docenas de átomos de diámetro; tan pequeñas que el aparentemente sólido metal parecía casi vacío para ellas; tan increíblemente pequeñas que penetraron sin ningún esfuerzo en el duro acero.
Fue en aquel momento, como si hubiera estado aguardando a que llegara aquella etapa, que la nave reaccionó, pasando a la acción. El metal empezó a calentarse, luego quemó, después se puso al rojo vivo. Era todo lo que necesitaba. Las minúsculas raíces se contrajeron y murieron. Las raíces más grandes cerca del metal ardieron lentamente a medida que el creciente calor las alcanzaba.
En la superficie se inició otro tipo de violencia. Chorros de llamas surgieron de un centenar de orificios en la superficie de la nave. Primero las lianas, luego los árboles, empezaron a arder. No era el estallido de un incontrolable fuego, ni el feroz incendio saltando de árbol en árbol en una furia irresistible. Desde hacía mucho tiempo, el bosque había aprendido a controlar los fuegos iniciados por los rayos o por la combustión espontánea. Se trataba únicamente de enviar grandes cantidades de savia al área afectada. Cuanto más verde era el árbol, cuanta más savia lo permeaba, más intenso tenía que ser el fuego para mantenerse.
El bosque no pudo recordar inmediatamente haberse hallado nunca frente a un fuego que pudiera arrasar al mismo tiempo toda una hilera de árboles dejando que cada uno de ellos derramase un líquido viscoso por cada una de las resquebrajaduras de su corteza.
Pero este fuego sí podía. Era distinto. No tan sólo poseía llama, sino que era también energía. No se alimentaba tan sólo de madera, sino que vivía con una energía contenida en sí mismo.
Finalmente, este hecho despertó los recuerdos asociativos del bosque. Era un recuerdo agudo e inconfundible de lo que había hecho hacía mucho tiempo para librar, a él y a su planeta, de una nave como aquella.
Comenzó por retirarse de las inmediaciones de la nave. Abandonó su intento de aprisionar aquella estructura alienígena con un andamiaje de madera y hojas. A medida que la preciosa savia se retiraba a los árboles que ahora debían formar la segunda línea de defensa, las llamas adquirieron amplitud, y el fuego se hizo tan brillante que toda la escena adquirió una tonalidad irreal.
Pasó cierto tiempo antes que el bosque se diera cuenta que hacía rato que los rayos de fuego ya no surgían de la nave, y que toda la incandescencia y el humo que aún quedaban eran producidos por la madera ardiendo.
Esto también coincidía con sus recuerdos de lo que había ocurrido en la anterior ocasión.
Frenéticamente pero con reluctancia, el bosque inició lo que ahora se daba cuenta que era el único medio de librarse del intruso. Frenéticamente porque se sentía terriblemente convencido que la llama emitida por la nave podía destruir bosques enteros. Y reluctantemente porque el método de defensa traía consigo el sufrir quemaduras de energía apenas menos violentas que las que pudiera producirle la máquina.
Decenas de miles de raíces crecieron hacia las profundidades en busca de formaciones que habían evitado cuidadosamente desde que había llegado la última nave. A pesar de la necesidad de apresurarse, el proceso en sí mismo era lento. Pequeñísimas raíces, estremeciéndose ante lo que tenían que hacer, se obligaron a sí mismas a abrirse camino hacia las profundidades, se enterraron en determinados estratos minerales, y a través de un intrincado proceso de ósmosis arrancaron granos de metal puro de las capas naturales de metal impuro. Los granos eran casi tan pequeños como las raíces que habían penetrado en las paredes de acero de la nave, tan pequeños como para poder ser transportados hacia la superficie, suspendidos en la savia, a través del laberinto de gruesas raíces.
Muy pronto hubo miles de granos moviéndose a lo largo de los canales, luego millones. Y, aunque cada uno de ellos era en sí mismo pequeñísimo, el suelo donde fueron depositados brilló muy pronto a la luz del agonizante fuego. Cuando el sol de aquel mundo ascendió por sobre el horizonte, el plateado reflejo formaba un círculo a treinta metros alrededor de la nave.
Fue poco después del mediodía cuando la máquina alienígena dio señales de comprender lo que estaba ocurriendo. Una docena de escotillas se abrieron, y algunos objetos flotaron fuera de ellas. Se posaron en el suelo, y comenzaron a absorber aquella mancha plateada con cosas terminadas en una boquilla que chupaban el polvo finísimo en forma continua. Trabajaban con grandes precauciones; pero una hora después de oscurecer habían recogido más de doce toneladas del finamente disperso uranio 235.
A la caída de la noche, todas las cosas provistas de dos patas desaparecieron en el interior de la nave. Las escotillas se cerraron. La larga nave en forma de torpedo se elevó suavemente del suelo y se dirigió hacia el cielo, donde el sol brillaba aún débilmente.
La primera conciencia de la nueva situación le llegó al bosque cuando las raíces debajo de la nave informaron de un súbito descenso de la presión. Pasaron varias horas antes que llegara a la conclusión que la nave enemiga había sido echada. Y varias horas más antes que se diera cuenta que el uranio que permanecía aún en el suelo debía ser retirado. Sus radiaciones se estaban extendiendo peligrosamente.
El accidente se produjo por una razón muy simple. El bosque había tomado aquella sustancia radiactiva de las rocas. Para librarse de ella, necesitaba tan solo introducirla de nuevo en las más cercanas capas rocosas, particularmente las del tipo de roca que absorbía la radiactividad. Para el bosque, la situación era tan obvia como esto.
Una hora después que iniciara la realización de su plan, la explosión lanzó su hongo hacia el espacio abierto.
Era algo que estaba mucho más allá de la capacidad de comprensión del bosque. Ni vio ni escuchó aquella colosal silueta portadora de muerte. Lo que experimentó fue sin embargo suficiente. Un huracán arrasó kilómetros cuadrados de bosque. Las ondas de calor y de radiación provocaron incendios que requirieron horas para ser extinguidos.
El miedo se apagó lentamente cuando recordó que también había ocurrido lo mismo la otra vez. Pero más aguda que este recuerdo fue la visión de las posibilidades que abría lo ocurrido..., la naturaleza de tal oportunidad.
Poco después del amanecer del día siguiente, lanzó su ataque. Su víctima era el bosque que —según su desfalleciente memoria— había invadido originalmente su territorio.
A lo largo de todo el frente que separaba a los dos colosos, entraron en erupción pequeñas explosiones atómicas. La sólida barrera de árboles que formaban las defensas exteriores del otro bosque se derrumbó ante los sucesivos ataques de tan irresistible energía.
El enemigo, reaccionando normalmente, puso en marcha sus reservas de savia. Cuando estaba plenamente dedicado a la gigantesca tarea de edificar una nueva barrera, las bombas empezaron de nuevo a actuar. Las explosiones resultantes destruyeron completamente las reservas de savia. Y el enemigo, no pudiendo comprender lo que estaba ocurriendo, estuvo perdido desde aquel momento.
En la tierra de nadie donde habían actuado las bombas, el bosque atacante lanzó una oleada de raíces. Cada vez que se manifestaba una resistencia, estallaba una nueva bomba atómica. Poco después del siguiente mediodía una titánica explosión destruyó el centro sensitivo de árboles del otro bosque..., y la batalla finalizó.
Se necesitaron meses para que el bosque creciera en el territorio de su derrotado enemigo, arrancando sus agonizantes raíces, arrasando en su empuje los indefensos árboles que habían quedado, y tomando posesión plena e indiscutida de su nuevo territorio.
Una vez terminada la tarea, se volvió como una furia contra el bosque que lo flanqueaba por el otro lado. Una vez más, atacó con el trueno atómico, e intentó abrumar a su adversario con una lluvia de fuego.
Fue respondido con igual fuerza. ¡Explosiones atómicas!
Su conocimiento se había difundido a través de la barrera de entrelazadas raíces que formaba la separación entre los dos bosques.
Los dos monstruos se destruyeron mutuamente casi por completo. Cada uno de ellos se convirtió en un vestigio, que tuvo que iniciar de nuevo el doloroso proceso de su crecimiento. A medida que pasaban los años, el recuerdo de lo que había ocurrido se fue desvaneciendo. Pero tampoco tenía importancia. Actualmente, las naves venían muy a menudo. Y de todos modos, aunque el bosque hubiera recordado, sus bombas atómicas no podían estallar en presencia de una nave.
La única forma que había de echar a las naves consistía en rodear cada nave alienígena con un círculo de fino polvo radioactivo. Entonces, la nave absorbía el material y se retiraba apresuradamente.
La victoria del bosque fue desde entonces tan simple como eso.

El flautista - Ray Bradbury

—¡Ahí está, Señor! ¡Míralo! ¡Ahí está! —cloqueó el viejo, señalando con un calloso dedo—. ¡El viejo flautista! ¡Completamente loco! ¡Todos los años igual!
El muchacho marciano que estaba a los pies del viejo agitó sus rojizos pies en el suelo y clavó sus grandes ojos verdes en la colina funeraria donde permanecía inmóvil el flautista.
—¿Y por qué hace esto? —preguntó.
—¿Qué? —el apergaminado rostro del viejo se frunció en un laberinto de arrugas—. Está loco, eso es todo. No hace más que permanecer ahí, soplando su música desde el anochecer hasta el alba.
El tenue sonido de la flauta se filtraba en la penumbra, creando apagados ecos en las bajas prominencias y perdiéndose poco a poco en el melancólico silencio. Luego aumentó su volumen, haciéndose más alto, más discordante, como si llorara con una voz aguda.
El flautista era un hombre alto, delgado, con el rostro tan pálido y vacío como las lunas de Marte, los ojos de color cárdeno; se mantenía erguido recortándose contra el tenebroso cielo, con la flauta pegada a los labios, y tocaba. El flautista..., una silueta..., un símbolo..., una melodía.
—¿De dónde viene el flautista? —preguntó el muchacho.
—De Venus —dijo el viejo. Se quitó la pipa de la boca y la atacó—. ¡Oh!, hace más de veinte años, a bordo del mismo proyectil que trajo a los terrestres. Yo llegué en la misma nave, procedente de la Tierra: ocupamos dos asientos contiguos.
—¿Cómo se llama? —la voz del muchacho era infantil, curiosa.
—No lo recuerdo. En realidad, creo que nunca he llegado a saberlo.
Les alcanzó un impreciso ruido de roces. El flautista seguía tocando, sin prestar ninguna atención. Procedentes de las sombras, recortándose contra el horizonte tachonado de estrellas, estaban empezando a llegar formas misteriosas que se arrastraban, se arrastraban.
—Marte es un mundo que se muere —dijo el viejo—. Ya no ocurre nada importante aquí. Creo que el flautista es un exiliado.
Las estrellas se estremecían como un reflejo en el agua, danzando al ritmo de la música.
—Un exiliado —prosiguió el viejo—. Un poco como un leproso. Le llamaban el Cerebro. Era el compendio de toda la cultura venusina hasta que llegaron los terrestres con sus sociedades ávidas y sus malditos libertinajes. Los terrestres lo declararon fuera de la ley y lo enviaron a Marte para que terminara aquí sus días.
—Marte es un mundo que se muere —repitió el chiquillo—. Un mundo que se muere. ¿Cuántos marcianos hay ahora, señor?
El viejo dejó oír una risita.
—Creo que tú eres tal vez el único marciano de pura raza que queda con vida, muchacho. Pero hay muchos millones más.
—¿Dónde viven? Nunca he visto ninguno.
—Eres joven. Tienes aún mucho que ver, mucho que aprender.
—¿Dónde viven?
—Allá abajo, tras las montañas, más allá de las profundidades de los mares muertos, más allá del horizonte, al norte, en las cavernas, muy por debajo del suelo.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Bueno, es difícil de explicar. Hubo un tiempo en que fueron una raza notable. Pero les ocurrió algo, se volvieron híbridos. Ahora son tan sólo criaturas sin inteligencia, bestias crueles.
—¿Es cierto que Marte es propiedad de la Tierra? —Los ojos del muchacho estaban clavados en el planeta que relucía sobre sus cabezas, el lejano planeta verde.
—Sí, todo Marte le pertenece. La Tierra tiene aquí tres ciudades, cada una de las cuales cuenta con mil habitantes. La más cercana está a dos kilómetros de aquí, siguiendo la carretera, un conjunto de pequeñas casas metálicas en forma de burbuja. Los hombres de la Tierra se desplazan entre las casas como si fueran hormigas, encerrados en sus escafandras espaciales. Son mineros. Abren con sus grandes máquinas las entrañas de nuestro planeta para extraer la sangre preciosa de nuestra vida de las venas minerales,
—¿Y eso es todo?
—Eso es todo —el viejo agitó tristemente la cabeza—. Ni cultura, ni arte, sólo los terrestres ávidos y desesperados.
—¿Y las otras dos ciudades..., dónde están?
—Hay una a ocho kilómetros de aquí, siguiendo la misma carretera. La tercera está mucho más lejos, a unos ochocientos kilómetros.
—Me siento feliz viviendo aquí contigo, los dos solos —la cabeza del muchacho estaba inclinada, como si se estuviera adormeciendo—. No me gustan los hombres de la Tierra. Son unos expoliadores.
—Siempre lo han sido —dijo el viejo—. Pero algún día hallarán su castigo. Han blasfemado demasiado, es un hecho. No pueden poseer los planetas como ellos lo hacen y esperar sacar tan sólo un avaricioso provecho para sus cuerpos blandos y lentos. Un día... —su voz se elevó de tono, al ritmo de la música salvaje del flautista.
Una música que se hacía cada vez más feroz, más demente, una música estremecedora. Una música que recordaba la salvaje naturaleza de la vida, que llamaba a realizar el destino del hombre.

Flautista de loca mirada, desde tu colina,
tú que cantas y te lamentas:
¡Llama a los seres salvajes a su venganza,
bajo las lunas de Marte agonizante!

—¿Qué es esto? —preguntó el muchacho.
—Un poema —dijo el viejo—. Un poema que escribí hace pocos días. Presiento que muy pronto va a ocurrir algo. La canción del flautista se hace cada noche más insistente. Al principio, hace veinte años, tan sólo tocaba unas pocas noches al año, pero ahora, desde hace casi tres años, toca hasta el amanecer durante todas las noches del otoño.
—«Llama a los seres salvajes...» —el muchacho se envaró—. ¿Qué salvajes?
—¡Ahí! ¡Mira!
A lo largo de las dunas relucientes bajo las estrellas, un enorme y compacto grupo de negras formas avanzaba murmurando. La música era cada vez más intensa.

¡Flautista, vuelve a tocar!
Entonces el flautista tocó,
y las lágrimas acudieron a mis ojos.

—¿Es también el mismo poema? —preguntó el muchacho.
—No... Es un viejo poema de la Tierra, de hace más de setenta años. Lo aprendí en la escuela.
—La música es extraña —los ojos del muchacho brillaban—. Despierta algo dentro de mí. Me incita a la cólera. ¿Por qué?
—Porque es una música que tiene una finalidad.
—¿Cuál?
—Lo sabremos al amanecer. La música es el lenguaje de todas las cosas..., inteligentes o no, salvajes o civilizadas. El flautista conoce su música como un dios conoce su cielo. Ha necesitado veinte años para componer su himno de acción y de odio, y ahora por fin, esta noche quizá, va a llegar el final. Al principio, hace muchos años, cuando tocaba, no recibía ninguna respuesta de los del subsuelo, tan sólo un murmullo de voces sin sentido. Hace cinco años, consiguió atraer las voces y las criaturas de sus cavernas hasta las cimas de las montañas. Esta noche, por primera vez, la horda negra va a extenderse por las planicies hasta nuestra cabaña, hasta las carreteras, hasta las ciudades de los hombres.
La música gritaba más alto, más aprisa, enviaba locamente al aire nocturno choque macabro tras choque macabro, haciendo que las estrellas se estremecieran en sus in¬mutables posiciones. El flautista se envaraba en la colina, con su altura de dos metros o más, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, con su delgada silueta envuelta en ropas de color marrón. La masa negra en la montaña descendía como los tentáculos de una ameba, contrayéndose, distendiéndose, entre susurros y murmullos.
—Ve al interior —dijo el viejo—. Eres joven, debes vivir para la multiplicación del nuevo Marte. Esta noche marca el fin del antiguo, mañana el comienzo del nuevo. Esta es la muerte para los hombres de la Tierra. —Y luego, más alto, cada vez más alto—: ¡La muerte! Acuden para aplastar a los terrestres, para arrasar sus ciudades, para tomar sus cohetes. Y entonces, en las naves de los hombres..., ¡en ruta hacia la Tierra! ¡Revolución! ¡Venganza! ¡Una nueva civilización! ¡Los monstruos reemplazarán a los hombres, y la avidez humana desaparecerá con su muerte! —Y más agudo, más rápido, más alto, con un ritmo demencial—: El flautista..., el Cerebro..., el que ha sabido esperar noche tras noche durante tantos años. ¡Volverá a Venus para restablecer su civilización en toda su gloria! ¡El regreso del arte entre los seres vivos!
—Pero se trata de salvajes —protestó el muchacho—, de marcianos impuros.
—Los hombres son salvajes —dijo el viejo, temblorosamente—. Siento vergüenza de ser un hombre. Sí, esas criaturas son salvajes, pero aprenderán gracias a la música. La música bajo tantos aspectos, música para la paz, música para el amor, música para el odio y música para la muerte. El flautista y su horda organizarán un nuevo cosmos. ¡Es inmortal!
Ahora, la primera oleada de cosas negras que recordaban seres humanos se apretujaba murmurando en la carretera. El aire estaba lleno de un olor insólito, agrio. El flautista descendía de su colina, avanzaba hacia la carretera, hacia el asfalto, hacia la ciudad.
—¡Flautista, vuelve a tocar! —gritó el viejo—. ¡Ve y mata, para que yo viva de nuevo! ¡Tráenos el amor y el arte! ¡Flautista, toca, toca, toca! ¡Estoy llorando! —Y luego—: ¡Escóndete, muchacho, escóndete aprisa! ¡Antes que ellos lleguen! ¡Apresúrate! —y el muchacho, sollozando inconteniblemente, corrió a la pequeña cabaña y permaneció oculto allí toda la noche.
Agitándose, saltando, corriendo y gritando, la nueva Humanidad avanzaba al asalto de las ciudades, de los cohetes, de las minas del hombre. ¡El canto del flautista! Las estrellas se estremecían. Los vientos se detenían. Los pájaros nocturnos no cantaban. Los ecos no repetían más que las voces de aquellos que avanzaban, llevando consigo una nueva comprensión. El viejo, arrastrado por el maelstrom de ébano, se sintió llevado, barrido, sin dejar de gritar. En la carretera, formando aterradores tropeles surgidos de las colinas, vomitados por las cavernas, avanzaban como las garras de terribles bestias gigantescas, arrasándolo todo y vertiéndose hacia las ciudades de los hombres. ¡Suspiros, saltos, voces, destrucción!
¡Cohetes zigzagueando en el cielo!
Armas. Muerte.
Y finalmente, en el pálido gris del alba, el recuerdo, el eco de la voz del viejo. Y el muchacho se despertó para iniciar un nuevo mundo en una nueva compañía.
La voz del viejo le llegó como un eco:
—¡Flautista, vuelve a tocar! Entonces el flautista tocó, ¡y las lágrimas acudieron a mis ojos!
Era el amanecer de un nuevo día.

La segunda variedad - Phillip K. Dick

El soldado ruso subía nervioso la ladera, con el fusil preparado. Miró a su alrededor, se lamió los secos labios. De vez en cuando se llevaba una enguantada mano al cuello y se enjugaba el sudor y se abría el cuello de la guerrera.
Eric se volvió al cabo Leone.
—¿Lo quieres tú? ¿O lo mato yo? —ajustó el punto de mira de modo que la cara del ruso quedase encuadrada en la lente cortada por las líneas del blanco.
Leone lo pensó. El ruso estaba cerca, se movía con rapidez, casi corriendo.
—No dispares. Espera. No creo que sea necesario.
El ruso incremento su velocidad, pateando cenizas y montones de escombros a su paso. Llegó a la cima de la ladera y se detuvo, jadeando, y miró a su alrededor. Había un cielo plomizo de móviles nubes de partículas grises. Brotaban de tanto en tanto troncos de árboles; el suelo pelado y desnudo, lleno de desperdicios y de ruinas de edificios surgiendo de cuando en cuando como amarilleantes cráneos.
El ruso estaba inquieto. Sabía que algo iba mal. Miró colina abajo. Estaba ya a sólo unos pasos del bunker. Eric estaba poniéndose nervioso. Jugaba con su pistola, mirando a Leone.
—No te preocupes —dijo Leone. No llegará aquí. Ellos se encargarán de él.
—¿Estás seguro? Ha llegado muy lejos.
—Ellos andan alrededor del bunker. Está entrando por mal sitio. ¡Prepárate!
El ruso comenzó a correr colina abajo, hundiendo sus botas en los montones de ceniza gris e intentando mantener el fusil en alto. Se detuvo un momento, y se puso las gafas de campo.
—Está mirando directamente hacia nosotros —dijo Eric.
El ruso siguió avanzando. Podían ver sus ojos, como dos piedras azules. Llevaba la boca un poco abierta. Necesitaba un afeitado; en una de sus huesudas mejillas llevaba un esparadrapo, con una mancha azul en los bordes. Un punto fungoidal. Tenía la guerrera sucia y rota. Le faltaba un guante.
Leone tocó el brazo de Eric:
—Aquí llega.
Algo pequeño y metálico, cruzó el suelo relampagueando bajo la parda luz del mediodía. Una esfera metálica. Subió colina arriba hacia el ruso, dejando una estela. Era pequeña, una de las pequeñas. Llegaba los garfios fuera, dos cuchillas que se proyectaban de su masa y giraban en un torbellino de acero blanco. El ruso la oyó. Se volvió instantáneamente e hizo fuego. La esfera se disolvió en partículas. Pero ya una segunda había surgido y seguía a la primera. El ruso volvió a disparar.
Una tercera esfera saltó sobre una pierna del ruso, girando y batiendo. Subió hasta el hombro. Las girantes cuchillas desaparecieron en el cuello del ruso.
Eric se tranquilizó.
—Bueno, se acabó. Dios mío, esas malditas cosas me ponen los pelos de punta. A veces pienso que estábamos mejor antes.
—Si no las hubiésemos inventado, lo habrían hecho ellos —dijo Leone, encendiendo tembloroso un cigarrillo. Me pregunto por qué vendría hasta aquí ese ruso solo. No veo a nadie que le cubra.
El teniente Scott entraba por el túnel del bunker.
—¿Qué pasó? Algo entró en la pantalla.
—Un Ivan.
—¿Uno sólo?
Eric hizo girar la pantalla de visión. Scott miró por ella. Había ahora numerosas esferas de metal rasgando el cuerpo inerte, hoscos globos de metal que giraban y batían serrando al ruso en pequeños trozos que se llevaban.
—Qué puñado de garras —murmuró Scott.
—Vienen como moscas. No tienen mucha caza últimamente.
Scott desvió la pantalla con repugnancia.
—Como moscas. Me pregunto por qué llegaría ese ruso hasta aquí. Saben que tenemos garras por todas partes.
Un gran robot se había unido a las esferas más pequeñas. Estaba dirigiendo las operaciones, y era un largo tubo con proyecciones oculares. No quedaba mucho del soldado. Lo que quedaba iban llevándoselo ladera abajo las garras.
—Señor —dijo Leone—. Si no tiene inconveniente me gustaría salir y echarle una ojeada.
—¿Por qué?
—Puede que trajera algo.
Scott lo consideró. Se encogió de hombros.
Está bien. Pero cuidado.
—Tengo mi tab —Leone indicó la banda de metal que llevaba a la cintura—. No tendré problemas.

Cogió su fusil y subió cuidadosamente hasta la boca del bunker, abriéndose camino entre bloques de hormigón y tensores de acero, retorcidos y doblados. El aire era frío arriba. Cruzó hacia los restos del soldado, caminando sobre la suave ceniza. Sopló una ráfaga y alzó su rostro un remolino de grises partículas. Cerró los ojos y siguió.
Las garras retrocedieron al acercarse él, reduciéndose algunas a la inmovilidad. Tocó su tab. ¡Cuánto habría dado por él el Ivan! Las radiaciones cortas que emitía el tab neutralizaban las garras, y hasta el gran robot retrocedió respetuoso al aproximarse. Se inclinó sobre los restos del soldado. La mano enguantada estaba cerrada con fuerza. Tenía algo dentro. Leone separó los dedos. Un recipiente sellado, de aluminio. Aun brillante.
Se lo metió en la bolsa y volvió al bunker. Tras él las garras volvieron a la vida. Se reinició la procesión, esferas metálicas cruzando la gris ceniza con sus cargamentos. Podía oír el rumor de su roce en el suelo. Se estremeció.
Scott se interesó mucho por el tubo.
—¿Tenía esto?
—En la mano —Leone desenroscó la tapa—. Quizá debiera echarle un vistazo, señor
Scott lo tomó. Vació el contenido en la palma de la mano. Un pedacito de papel de seda cuidadosamente doblado. Se sentó junto a la luz y lo desdobló.
—¿Qué dice, señor? —preguntó Eric mientras subían por el túnel varios oficiales. Apareció el mayor Hendricks.
—Mayor —dijo Scott—. Mire esto.
Hendricks leyó el papel.
—¿Vino sólo esto?
—Venía un solo hombre. Ahora mismo.
—¿Dónde está? —preguntó con voz viva Hendricks.
—Las garras le cogieron.
El mayor Hendricks lanzó un gruñido.
—Mira —se lo pasó a su compañero—. Creo que esto era lo que estábamos esperando. Desde luego se tomaron su tiempo.
—Así que quieren condiciones de paz —dijo Scott—. ¿Vamos a aceptarlo?
—Eso no hemos de decidirlo nosotros. —Hendricks se sentó. ¿Dónde está el oficial de comunicaciones? Quiero que me ponga con la base lunar.
Leone meditó mientras el oficial de comunicaciones alzaba cauteloso la antena exterior, escrutando el cielo sobre el bunker para ver si había rastros de una nave rusa de observación.
—Señor —dijo Scott a Hendricks—. Es bastante extraño que aparezcan de pronto. Llevamos utilizando las garras casi un año. Ahora de repente empiezan a ceder.
—Quizá las garras hayan conseguido entrar en sus búnkers.
—Una de las garras, de las que clavan, entró en un bunker ruso la semana pasada —dijo Eric—. Liquidó a todo un pelotón antes de que consiguieran echarla.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo un tipo. La garra volvió con... con restos.
—Base lunar, señor —dijo el oficial de comunicación.
Apareció en la pantalla la cara del monitor lunar. Su pulcro uniforme contrastaba con los uniformes del bunker. Y estaba perfectamente afeitado.
—Base lunar.
—Aquí es el comando L-Whistle. En tierra. Quiero hablar con el general Thompson.
Desapareció el monitor. Aparecieron en la pantalla los toscos rasgos del general Thompson.
—¿Qué pasa, mayor?
—Nuestras garras cogieron a un soldado ruso con un mensaje. No sabemos qué hacer... ha habido trampas como esta en el pasado.
—¿Qué dice el mensaje?
—Los rusos quieren que enviemos a un solo oficial a nivel político. Para una conferencia. No especifican el carácter de la conferencia. Dicen que cuestiones de... —consultó el papel—... cuestiones de grave urgencia hacen aconsejable que se inicien conversaciones entre un representante de las fuerzas de las Naciones Unidas y ellos.
Alzó el mensaje ante la pantalla para que el general lo examinara.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Hendricks.
—Manden un hombre fuera.
—¿No cree que sea una trampa?
—Podría serlo. Pero el emplazamiento que nos dan de su comando es correcto. De cualquier modo merece la pena probar.
—Enviaré a un oficial. Y le tendré informado a usted en cuanto regrese.
—De acuerdo, mayor. —Thompson interrumpió el contacto. Se apagó la pantalla. La antena exterior volvió a ocultarse.
Hendricks enrolló el papel, muy pensativo.
—Iré yo —dijo Leone.
—Quieren a alguien a nivel político. —Hendricks se rascó la barbilla—. Nivel político. Llevo meses sin salir. Puede que me haga bien un poco de aire.
—¿No cree que es un poco arriesgado?
Hendricks alzó la pantalla visual y miró por ella. Habían desaparecido los restos del ruso. No se veía más que una garra. Estaba plegada y se hundía en la ceniza como un cangrejo. Como un horrible cangrejo de metal...
—Eso es lo único que me inquieta —dijo Hendricks—. Sé que estoy seguro mientras tenga esto conmigo. Pero de todos modos me ponen los pelos de punta. Las odio. Me gustaría que no las hubiésemos inventado nunca. Hay en ellas algo maligno.
—Si no las hubiésemos inventado nosotros, los ivanes lo habrían hecho.
Hendricks apartó la pantalla.
—De cualquier modo, parecen estar ganando la guerra esas malditas. Supongo que esto es bueno.
—Lo dice como si estuviese del mismo lado que los ivanes.
Hendricks miró su reloj de pulsera.
—Creo que es mejor que me dé prisa si es que quiero volver antes de que anochezca.
Respiró profundamente y luego salió a aquel suelo sucio y gris. Tras un minuto, encendió un cigarrillo y miró a su alrededor. Era un paisaje muerto. Nada se movía. Podía ver kilómetros y kilómetros, una interminable extensión de cenizas y escombros, y ruinas de edificios. Unos cuantos árboles sin hojas ni ramas, con sólo los troncos. Sobre él rodaban las eternas nubes grises, que separaban la tierra del sol.
El mayor Hendricks siguió caminando. Distinguió algo a la derecha, algo redondo y metálico. Una garra que perseguía algo. Probablemente algún animal pequeño, una rata. También atacaban a las ratas. Como una especie de extra.
Llegó a la cima del montículo y miró por los prismáticos. Las líneas rusas estaban a unos cuantos kilómetros frente a él. Y había un puesto de mando adelantado en ellas. De allí procedía el soldado que había traído el mensaje.
Pasó junto a él un cuadrado robot de brazos ondulantes, moviendo sus brazos, inquisitivo. El robot siguió su camino, desapareciendo bajo unos escombros. Hendricks lo contempló. Nunca había visto robots como aquél. Cada vez aparecían nuevos tipos, nuevas variedades y tamaños de robots de las fábricas subterráneas.
Hendricks tiró su cigarrillo y se apresuró. Era interesante la utilización de formas artificiales en la guerra. ¿Cómo había empezado? Por pura necesidad. La Unión Soviética había obtenido un gran éxito inicial, como suelen obtenerlo los que inician la guerra. La mayor parte de Norteamérica quedó borrada del mapa. Pronto hubo una respuesta, desde luego. El cielo se llenó de disco-bombarderos mucho antes de que empezase la guerra. Llevaban allí años. Los discos comenzaron a caer por toda Rusia a las pocas horas del bombardeo de Washington.
Pero esto poco ayudó a Washington.
Los gobiernos del bloque americano se trasladaron a la base lunar el primer año. Era inevitable. Europa había desaparecido; era un montón de escombros con oscuros matorrales que brotaban de cenizas y huesos. La mayor parte de Norteamérica era inhabitable, no podía plantarse nada, nada podía vivir. Unos cuantos millones fueron hacia Canadá y hacia Sudamérica. Pero durante el segundo año empezaron a caer paracaidistas soviéticos, pocos al principio, y luego más y más. Llevaban el primer equipo antirradiación realmente eficaz; lo que quedaba de la producción norteamericana se trasladó a la luna junto con los gobiernos.
Todo salvo la tropa. La tropa que quedaba permanecía allí sobreviviendo a duras penas, y muy esparcida. Nadie sabía exactamente dónde se encontraba; se asentaban donde podían, vagando durante la noche, ocultándose en ruinas, en alcantarillas, en sótanos, con ratas y serpientes. Parecía que la Unión Soviética tenía casi ganada la guerra. Salvo un puñado de proyectiles que se disparaban desde la luna diariamente, apenas si se utilizaban armas contra ellos. Iban y venían a su antojo. A efectos prácticos la guerra había terminado. Nada eficaz se les oponía.
Y entonces aparecieron las primeras garras. Y la suerte de la guerra cambió en quince días.
Las garras eran torpes al principio. Lentas. Los ivanes las liquidaban casi en cuanto entraban en sus túneles subterráneos. Pero luego fueron haciéndolo mejor, más deprisa y con mayor astucia. Las fábricas de toda la tierra las fabricaban. Fábricas en su mayoría subterráneas, detrás de las líneas soviéticas. Fábricas que habían hecho antes proyectiles atómicos, ya casi olvidados.
Las garras se hicieron más rápidas y se hicieron mayores. Aparecieron nuevos tipos, unas con sensores, otras que volaban. Había unos cuantos tipos de garras saltadoras. Los mejores técnicos de la luna trabajaban en ello haciéndolas cada vez más complicadas y flexibles. Los rusos empezaron a tener graves problemas con ellas. Algunas de las garras pequeñas aprendían a ocultarse, enterrándose entre la ceniza y esperar.
Y luego empezaron a entrar en los búnkers rusos, deslizándose dentro cuando levantaban las compuertas para la entrada de aire o para echar un vistazo afuera.
Una garra dentro de un bunker, una esfera giratoria de metal y cuchillas, era suficiente. Y cuando entraba una la seguían otras. Con un arma como aquella, la guerra no podía prolongarse mucho.
Quizá hubiese terminado ya.
Quizá fuese a oír aquella noticia. Quizás el Politburó hubiese decidido tirar la toalla. Lástima que hubiesen tardado tanto. Seis años. Mucho tiempo para una guerra como aquella, tal como la habían desarrollado. Los discos de represalia automática, cayendo por toda Rusia a centenares de miles. Cristales bacteriológicos. Los proyectiles dirigidos soviéticos, silbando en el aire. Las bombas en cadena. Y ahora esto, los robots, las garras...
Las garras no eran como las otras armas. Prácticamente estaban vivas, quisiese o no admitirlo el gobierno. No eran máquinas. Eran cosas vivas que giraban y reptaban y se alzaban bruscamente de la ceniza gris y se lanzaban hacia un hombre y escalaban por él buscando su cuello. Para eso estaban diseñadas. Era su trabajo.
Hacían bien su trabajo. Sobre todo últimamente, los nuevos diseños. Se reparaban a sí mismas. Eran completamente autónomas. Los tabs de radiación protegían a las tropas de la ONU, pero si un hombre perdía su tab las garras lo cazaban sin que les importase el uniforme. Bajo la superficie, la maquinaria automática iba fabricándolas. Hacía tiempo que los seres humanos estaban al margen. El riesgo era excesivo; nadie quería estar con ellas. Se las dejó abandonadas. Y parecían arreglárselas muy bien. Los nuevos diseños eran más rápidos, más complejos. Más eficaces.
Al parecer habían ganado la guerra.
El mayor Hendricks encendió un segundo cigarrillo. Le deprimía el paisaje. Sólo ruinas y ceniza. Parecía estar solo en el mundo, como si fuese la única cosa viva que quedase sobre la tierra. A la derecha se alzaban las ruinas de un pueblo, unas cuantas paredes y montones de escombros. Tiró la cerilla apagada, avanzó más deprisa. De pronto se detuvo, alzó su fusil, el cuerpo tenso... Durante un minuto pareció como si...
De entre las ruinas de un edificio se acercaba alguien, caminando lentamente hacia él, titubeando.
Hendricks parpadeó.
—¡Alto!
El muchacho se detuvo. Hendricks bajó el fusil. El muchacho le miraba en silencio. Era pequeño, ocho años quizá. Pero resultaba difícil lo de los años. La mayoría de los chicos que quedaban estaban subalimentados y raquíticos. Llevaba un descolorido suéter azul, cubierto de barro, y pantalones cortos. Tenía el pelo largo y sucio. Pelo castaño. Le colgaba sobre la cara y sobre las orejas. Llevaba algo en brazos.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó ásperamente Hendricks.
El muchacho lo alzó. Era un juguete, un oso. Un oso de felpa. El muchacho tenía unos ojos grandes pero inexpresivos.
Hendricks se tranquilizó.
—Yo no lo quiero. Consérvalo.
El muchacho volvió a abrazar el oso.
—¿Dónde vives? —dijo Hendricks.
—Allí.
—¿En las ruinas?
—Sí.
—¿Bajo tierra?
—Sí.
—¿Cuántos hay allí?
—¿Cuan... cuántos?
—Sí, cuántos sois. ¿Cuántas personas mayores hay donde vives?
El muchacho no contestó.
—No estarás solo, ¿verdad? —dijo Hendricks, ceñudo.
El muchacho asintió.
—¿Y cómo vives?
—Hay comida.
—¿Qué clase de comida?
—Diferente.
Hendricks estudió con curiosidad al muchacho.
—¿Cuántos años tienes?
—Trece.
No era posible. ¿O lo era? El muchacho estaba delgado, raquítico. Y probablemente fuese estéril. La radiación, años recibiéndola directamente. Era lógico que fuese tan pequeño. Tenía los brazos y las piernas nudosos y flacos como palos de escoba. Hendricks acarició el brazo del muchacho. Tenía la piel seca y áspera: piel de radiación. Se inclinó y miró el rostro del muchacho. Inexpresivo. Grandes ojos, grandes y oscuros.
—¿Eres ciego? —dijo Hendricks.
—No. Veo algo.
—¿Cómo te las arreglas con las garras?
—¿Las garras?.
—Esas cosas redondas que corren...
—No comprendo.
Quizá no hubiese garras por allí. Había muchas zonas libres de ellas. Solían agruparse alrededor de los búnkers, donde había gente. Habían sido ideadas de modo que percibiesen el calor, el calor de las cosas vivas.
—Tienes suerte —Hendricks se irguió. ¿Bueno, adónde vas?
—¿Puedo ir contigo?
—¿Conmigo? —Hendricks cruzó los brazos—. Voy muy lejos. Kilómetros. Tengo prisa. —Miró su reloj—. Tengo que llegar allí al anochecer.
—Quiero ir.
Hendricks hurgó en su mochila.
—No merece la pena. Toma —le dio las latas de comida que llevaba—. Coge esto y vete. ¿De acuerdo?
El muchacho no contestaba.
—Yo volveré por aquí. Tardaré un día. Si estás por aquí cuando vuelva podrás venir conmigo. ¿De acuerdo?
—Quiero ir contigo ahora.
—Es mucho camino.
—Puedo caminar.
Hendricks se agitó inquieto. Era un blanco demasiado bueno, dos personas caminando juntas. Y el muchacho le retrasaría. Pero no podría volver por aquel camino. Y si el muchacho estaba realmente solo...
—Está bien. Vamos.
El muchacho se colocó a su lado. Hendricks empezó a caminar. El muchacho andaba silenciosamente, abrazando su oso de felpa.
—¿Cómo te llamas? —dijo Hendricks, al cabo de un rato.
—David Eduardo Derring.
—¿David? ¿Qué... qué les pasó a tus padres?
—Murieron.
—¿Cómo?
—En la desintegración.
—¿Hace cuánto?
—Seis años.
Hendricks se detuvo.
—¿Llevas solo seis años?
—No. Habían otras personas conmigo. Pero se fueron.
—¿Y desde entonces vives solo?
—Sí.
Hendricks bajó los ojos. El muchacho era extraño, por decir poco. Remoto. Pero así eran los niños que habían sobrevivido. Tranquilos. Estoicos. Les dominaba una extraña fatalidad. Nada les sorprendía. Lo aceptaban todo. No había ya nada normal, ningún curso natural de las cosas, moral o físico; habían desaparecido la costumbre, el hábito, y todas las fuerzas determinantes del aprendizaje; sólo quedaba la experiencia directa.
—¿Voy muy deprisa? —dijo Hendricks.
—No.
—¿Cuándo me viste?
—Estaba esperando.
—¿Esperando? —dijo Hendricks sorprendido. ¿Y qué esperabas?
—Coger cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas para comer.
—Oh —Hendricks frunció los labios. Un muchacho de trece años que vivía de ratas y de sabandijas y de comida enlatada medio podrida. En un agujero bajo las ruinas de una ciudad. Con estanques de radiación y garras, y las minas perforadoras rusas acechando en el cielo.
—¿Adónde vamos? —preguntó David.
—A las líneas rusas.
—¿Rusas?
—El enemigo. Los que empezaron la guerra. Los que tiraron las primeras bombas radioactivas. Ellos empezaron.
El muchacho cabeceó. Le miraba con rostro inexpresivo.
—Yo soy americano —dijo Hendricks.
El muchacho no dijo nada. Siguieron los dos, Hendricks caminando delante, David tras él, apretando contra el pecho el sucio oso de felpa.
Sobre las cuatro de la tarde pararon a comer. Hendricks hizo una hoguera en un agujero entre fragmentos de hormigón. Arrancó los matorrales y preparó leña. Las líneas rusas no estaban muy lejos. Se encontraban en lo que había sido un largo valle, hectáreas de frutales y viñedos. Ahora sólo quedaban unos cuantos tocones ennegrecidos y las montañas que se extendían en el horizonte al fondo. Y las nubes de rodante ceniza que arrastraba el viento, asentándose sobre los matorrales y los restos de edificios, paredes esparcidas, un trozo de calle.
Hendricks hizo café y calentó un poco de carnero y pan.
—Toma —dio pan y carnero a David. David se sentó al borde del fuego, las piernas cruzadas, huesudas y blancas las rodillas. Examinó la comida y la rechazó con un gesto.
—No.
—¿No? ¿No quieres?
—No.
Hendricks se encogió de hombros. Quizás aquel muchacho fuese un mutante, acostumbrado a alimentos especiales. Daba igual. Cuando tuviese hambre ya encontraría comida. Era un muchacho extraño. Pero sucedían muchas cosas extrañas en el mundo. La vida ya no era igual. Nunca volvería a serlo. La humanidad iba haciéndose a la idea.
—Allá tú —dijo Hendricks. Comió pan y carnero y café. Comía lentamente, como si le resultase laborioso digerir la comida. Cuando acabó se puso de pie y apagó el fuego.
David se levantó lentamente, observándole con sus ojos de joven viejo.
—Nos vamos —dijo Hendricks.
—Muy bien.
Hendricks reemprendió la marcha, el fusil en la mano. Estaban cerca ya, y Hendricks iba tenso, preparado para cualquier cosa. Los rusos tenían que esperar un emisario, una contestación al suyo, pero eran muy tramposos. Siempre había la posibilidad de un error. Examinó el paisaje que les rodeaba. Escombros, ceniza, unos cuantos montículos, árboles chamuscados. Muros de hormigón. Pero algo más allá estaba el primer bunker de las líneas rusas, el puesto de mando adelantado. Bajo tierra, profundamente enterrado, sólo mostrando un periscopio y unos cuantos cañones. Quizás una antena.
—¿Llegaremos pronto? —preguntó David.
—Sí. ¿Cansado?
—No.
—¿Entonces?
David no contestó. Caminaba cuidadosamente tras él, abriéndose camino entre las cenizas. Tenía pies y piernas grises de polvo. Tenía en la cara arrugas de ceniza gris que se dibujaban sobre la blanca palidez de su piel. No tenía color en la cara. Típico de los nuevos niños, criados en sótanos y alcantarillas y refugios subterráneos.
Hendricks se detuvo. Alzó sus prismáticos y estudió el terreno que tenía delante. Tenían que estar allí, en algún sitio, esperándole... ¿o le vigilaban, como habían vigilado sus hombres al emisario ruso? Se estremeció. Quizás estuviesen preparando sus armas, disponiéndose a disparar, lo mismo que sus hombres, disponiéndose a matar.
Se enjugó la cara cubierta de sudor.
—Maldita sea. —se sentía incómodo. Pero tenían que esperarle. La situación era distinta.
Siguió caminando sobre la ceniza, sujetando el fusil con ambas manos. Y detrás iba David. Hendricks miraba a su alrededor, ceñudo. En cualquier segundo podría suceder. Un relámpago de luz, un fogonazo cuidadosamente enfocado desde el interior de un profundo bunker de hormigón.
Alzó un brazo e hizo una señal en el aire.
Nada se movió. A la derecha se veía una larga cordillera, coronada de troncos muertos. Habían crecido unas cuantas vides silvestres alrededor de los árboles, de los restos de árboles. Y las eternas hierbas oscuras. Hendricks examinó el cerro. ¿Había algo allá arriba? Un lugar de observación perfecto. Se aproximó nervioso David le seguía silenciosamente. Si hubiese sido su puesto de mando habría allí un centinela vigilando a los soldados que quisiesen infiltrarse en la zona de mando. Por supuesto, si fuese su puesto de mando habría garras alrededor para una protección plena.
Se detuvo, separadas las piernas, las manos en las caderas.
—¿Ya estamos? —dijo David.
—Casi.
—¿Por qué paramos?
—No quiero correr ningún riesgo. —Hendricks avanzaba lentamente. Ahora el cerro quedaba directamente a su lado a la derecha. Por encima de él. Su inquietud aumentó. Si hubiese allí arriba un ruso estaría en sus manos. Agitó de nuevo el brazo. Tenían que esperar a alguien con uniforme de la ONU como respuesta a su nota. A menos que todo aquello fuese una trampa.
—Ven a mi lado —dijo, volviéndose a David—. No te quedes atrás.
—¿Contigo?
—A mi lado. Estamos muy cerca. No podemos correr riesgos. Ven.
—Voy bien aquí. —David continuó caminando tras él, a unos pasos de distancia, sin soltar su oso de felpa.
—Allá tú. —Hendricks alzó de nuevo sus prismáticos, súbitamente tenso. Por un momento... ¿se había movido algo? Examinó cuidadosamente el cerro. Todo estaba en silencio. Muerto. No había vida allá arriba, sólo troncos de árboles y cenizas. Quizás algunas ratas. Las grandes ratas negras que habían sobrevivido a las garras. Mutantes... construían sus refugios con saliva y ceniza. Una especie de plástico. Adaptación. Continuó caminando.
En la colina, sobre él, apareció un hombre alto de flotante capote. Verde gris. Un ruso. Tras él apareció un segundo soldado, también ruso. Ambos alzaron sus armas, apuntando.
Hendricks quedó paralizado. Abrió la boca. Los soldados estaban arrodillados, apuntando desde el borde del cerro. Se les había unido una tercera persona, una figura más pequeña, también verde gris. Una mujer. Se mantenía detrás de ellos.
Hendricks consiguió hablar por fin.
—¡Alto! —Hizo gestos frenéticos con los brazos—. Soy...
Los dos rusos dispararon. Detrás de Hendricks sonaron dos suaves pops. Sobre él cayeron oteadas de calor, que le derribaron. La cara se le llenó de ceniza y, tosiendo, se puso de rodillas. Todo era una trampa. Estaba sentenciado. Había ido a que le mataran, como a una res. Los soldados y la mujer bajaban por la ladera hacia él, deslizándose sobre la suave ceniza. Hendricks estaba conmocionado. Le palpitaba la cabeza. Torpemente, alzó su arma y apuntó. El fusil le pesaba mil toneladas; apenas podía sostenerlo. Le picaba la nariz y las mejillas. El aire estaba lleno de aquel aroma acre y amargo.
—¡No dispares! —dijo el primer ruso, en un inglés con fuerte acento.
Los tres llegaron junto a él y le rodearon.
—Deja tu rifle, yanqui —dijo el otro.
Hendricks estaba desconcertado. Todo había sucedido con demasiada rapidez. Le habían capturado. Y habían desintegrado al muchacho. Giro la cabeza. David había desaparecido. Lo que quedaba de él estaba esparcido por el suelo.
Los tres rusos le examinaron, curiosos. Hendricks permanecía sentado, conteniendo la sangre de su nariz y escupiendo fragmentos de ceniza. Movía la cabeza intentando despejarla.
—¿Por qué hicisteis eso? —murmuró—. El muchacho.
—¿Por qué? —replicó uno de los soldados que le ayudó a levantarse; mientras hacía volverse a Hendricks—. Mira.
Hendricks cerró los ojos.
—Mira —los dos rusos le empujaron hacia adelante—. Deprisa. ¡No hay tiempo que perder, yanqui!
Hendricks miró. Y lanzó un gemido.
—¿Ves ahora? ¿Comprendes?
De los restos de David salió rodando una rueda metálica. Relés, metal resplandeciente. Piezas, cables. Uno de los rusos dio una patada al montón de restos. Las piezas se desparramaron. Cayó una sección plástica medio chamuscada. Hendricks se inclinó tembloroso. Se había desprendido la parte frontal de la cabeza. Pudo ver un intrincado cerebro, cables y relés, tubos y conmutadores, miles de pequeñas piezas...
—Un robot —dijo el soldado que le tenía sujeto del brazo—. Vimos cómo te seguía. Así es como hacen. Siguen a uno para entrar en el bunker. Así es como consiguen entrar.
Hendricks pestañeó, desconcertado.
—Pero...
—Vamos. —Le condujeron hacia el cerro, resbalando al subir por la ceniza. La mujer llegó primero a la cima y los esperó allí.
—El puesto de mando adelantado —murmuró Hendricks—. Vine a negociar...
—Ya no hay puesto de mando adelantado. Consiguieron entrar. Te explicaremos. —Llegaron a la cima del cerro. Sólo quedamos nosotros. Nosotros tres. Los demás estaban en el bunker.
—Por aquí. Bajemos por aquí. —La mujer abrió una compuerta oculta en el suelo. Entra.
Hendricks se agarró y entró. Los dos soldados y la mujer entraron y bajaron tras él la escalerilla. La mujer cerró la compuerta, asegurándose de que quedaba bien encajada.
—Fue una suerte que te viéramos —gruñó uno de los dos soldados—. Hubiese acabado contigo.
—Dame uno de vuestros cigarrillos —dijo la mujer—. Hace semanas que no pruebo tabaco americano.
Hendricks le dio el paquete. La mujer sacó un cigarrillo y ofreció a los dos soldados. En un rincón de la pequeña estancia brillaba una lámpara. Era una habitación de techo bajo, y apenas había sitio para que se sentaran los cuatro alrededor de una mesita de madera. A un lado se amontonaban algunos platos sucios, Tras una raída cortina se veía parcialmente una segunda habitación. Hendricks vio el extremo de un catre, algunas mantas y ropas colgadas de un gancho.
—Estábamos aquí —dijo uno de los soldados; se quitó el casco, echándose hacia atrás su rubio pelo. Soy el cabo Rudy Maxer. Polaco. Incorporado al ejército soviético hace dos años—. Extendió la mano.
Hendricks titubeó y luego se la estrechó.
—Mayor Joseph Hendricks.
—Klaus Epstein —dijo el otro soldado, bajo, moreno y de pelo tupido; Epstein se rascó nervioso la oreja—. Austriaco. Incorporado Dios sabe cuándo. No me acuerdo.
—Los tres estábamos aquí, Rudy y yo con Tasso —indicó a la mujer—. Por eso escapamos. Los demás estaban abajo en el bunker.
—Y... y les cazaron.
Epstein encendió un cigarrillo.
—Primero entró solo uno. Como el que te seguía a ti. Luego ése dejó entrar a los otros.
—¿Es que hay más de un tipo? —preguntó Hendricks alarmado.
—El muchachito. David. David con su oso de felpa. Es la tercera variedad. La más eficaz.
—¿Qué otros tipos hay?
Epstein buscó en su capote.
—Mira —sacó un montón de fotografías y las extendió sobre la mesa; iban atadas todas en una cinta—. Sírvete tú mismo.
Hendricks desató la cinta.
—Ya ves —dijo Rudy Maxer—. Por eso queríamos entablar conversaciones de paz. Quiero decir, los rusos. Lo descubrimos hace una semana. Descubrimos que vuestras garras empezaban a hacer nuevos diseños por su cuenta. Nuevos tipos. Mejores. En vuestras fábricas subterráneas detrás de nuestras líneas. Los dejasteis que se fabricaran y se repararan por su cuenta. Los hicisteis cada vez más perfeccionados. Lo que ha sucedido es culpa vuestra.
Hendricks examinó las fotografías. Habían sido sacadas precipitadamente; estaban movidas y eran confusas. Las primeras mostraban... a David. David caminando solo. David y otro David. Tres David. Todos exactamente iguales. Todos con un astroso oso de felpa.
Todos patéticos.
—Mira los otros —dijo Tasso.
La siguiente fotografía, tomada a gran distancia, mostraba a un soldado de elevada estatura herido sentado al borde del camino, con un brazo en cabestrillo, un muñón de pierna. Luego dos soldados heridos, los dos iguales. Hombro con hombro.
—Esta es la primera variedad. El soldado herido. —Klaus se inclinó y cogió las fotografías—. ¿Te das cuenta? Las garras fueron diseñadas para atrapar seres humanos. Para encontrarlos. Cada tipo mejoraba el anterior. Llegaron muy lejos, lograron superar nuestras defensas e introducirse en nuestras líneas. Pero mientras eran sólo máquinas, esferas metálicas con garras, cuernos y sensores, podíamos localizarlas y destruirlas como a cualquier otro objeto. Podían detectarse como robots mortíferos en cuanto les viésemos. En cuanto les viésemos...
—La primera variedad arrasó nuestra ala norte —dijo Rudi—. Tardamos mucho tiempo en darnos cuenta. Cuando lo hicimos, ya era demasiado tarde. Llegaban, soldados heridos, llamaban, y pedían que les dejáramos entrar. Y les dejábamos preparados contra las máquinas...
—Entonces se pensó que sólo había un tipo —dijo Klaus Epstein—. Nadie sospechaba que hubiese otro. Nos pasaron las fotografías. Cuando os enviamos el emisario, sólo conocíamos un tipo. La primera variedad. El gran soldado herido. Creíamos que no había más.
—Vuestra línea cayó con...
—Con la tercera variedad. David y su oso. Funcionó aún mejor. —Klaus sonrió amargamente—. A los soldados les gustan mucho los niños. Los trajimos e intentamos alimentarlos. Descubrimos después lo que eran. Lo descubrieron los que estaban en el bunker.
—Nosotros tres tuvimos suerte —dijo Rudi—. Klaus y yo estábamos... haciéndole una visita a Tasso cuando pasó. Esta es su casa —indicó con un gesto. Esta pequeña celda. Acabamos y subimos por la escalerilla otra vez. Lo vimos desde el cerro. Estaban allí, alrededor del bunker. Aún había lucha. David y su oso. Eran centenares Klaus sacó las fotografías.
Klaus ató de nuevo las fotografías.
—¿Y esto está pasando a lo largo de toda vuestra líneas? —dijo Hendricks.
—Sí.
—¿Y nuestras líneas? —Inconscientemente, acarició el tab de su brazo. ¿Pueden...?
—A ellos no les afectan vuestros tabs radiactivos. A ellos les da igual rusos o americanos o polacos o alemanes. Todos son lo mismo. Ellos hacen aquello para lo que están diseñados. Persiguen a la vida, donde la encuentren.
—Se orientan por el calor —dijo Klaus—. Así los construisteis desde el principio. Por supuesto, los que vosotros construisteis podéis mantenerlos a raya con los tabs radioactivos. Pero ahora han burlado esto. Estas nuevas variedades están cubiertas de capas de plomo.
—¿Cuál es la otra variedad? —preguntó Hendricks—. El tipo David, el soldado herido... ¿Cuál es el otro?
—No lo sabemos. —Klaus señaló hacia la parte superior de la pared. Había dos placas de metal, melladas en los bordes. Hendricks se levantó y las examinó. Estaban dobladas y dentadas.
—La de la izquierda procede de un soldado herido —dijo Rudi—. Cogimos uno. Iba hacia nuestro viejo bunker. Le disparamos desde el cerro, como al David que venía contigo.
En la placa había un sello: I-V. Hendricks examinó la otra placa.
—¿Y esta es del tipo David?
—Sí. —La placa también tenía un sello: III-V.
Klaus las contempló, inclinado sobre el ancho hombro de Hendricks.
—Ya ves lo que nos espera. Hay otro tipo. Quizá lo abandonasen. Quizás no funcionase. Pero tiene que haber una segunda variedad. Tenemos la uno y las tres.
—Tuviste suerte —dijo Rudi—. El David te siguió hasta aquí sin tocarte. Probablemente pensó que le meterías en algún bunker.
—Entra uno y se acabó —dijo Klaus—. Son muy rápidos. Si entra uno entran todos. Son inflexibles. Máquinas con un objetivo. Sólo fueron construidas para una cosa —se limpió el sudor del labio.
Quedaron silenciosos.
—Dame otro cigarrillo, yanqui —dijo Tasso—. Son buenos. Casi me había olvidado de cómo eran.
Era de noche. El cielo estaba negro. No se veían estrellas entre las nubes de ceniza. Klaus levantó cautelosamente la compuerta para que Hendricks pudiese mirar afuera.
Rudi señaló en la oscuridad.
—Hacia allí están los búnkers. Donde estábamos nosotros. No hay más de un kilómetro de distancia. Fue pura casualidad que Klaus y yo no estuviésemos allí cuando pasó. Debilidad. Nos salvó nuestra lujuria.
—Todos los demás deben haber muerto —dijo Klaus con voz queda—. Fue todo muy rápido. Esta mañana el politburó tomó la decisión. Nos lo notificaron... al puesto de mando. Enviamos inmediatamente un emisario. Le vimos salir hacia vuestras líneas. Le cubrimos hasta que le perdimos de vista.
—Alex Radrivsky. Los dos le conocíamos. Desapareció hacia las seis. Acababa de salir el sol. Hacia el mediodía Klaus y yo teníamos una hora de descanso. Salimos y nos alejamos de los búnkers. No había nadie observándonos. Vinimos aquí. Antes había sido un pueblo, unas cuantas casas, una calle. Esta bodega era parte de una gran casa de campo. Sabíamos que Tasso estaría aquí, oculta en su refugio. Ya habíamos venido antes. Y venían aquí otros de los búnkers. Por casualidad hoy era nuestro turno.
—Por eso nos salvamos —dijo Klaus—. Casualidad. Podrían haber sido otros. Bueno... acabamos, y cuando salimos a la superficie y miramos hacia los búnkers les vimos, a los David. Lo comprendimos inmediatamente. Habíamos visto las fotografías de la primera variedad, el soldado herido. Nuestro comisario las distribuyó con una explicación. Si hubiésemos dado otro paso nos habrían visto. Hubiésemos tenido que destruir a los David para volver. Había cientos, por todas partes. Como hormigas. Sacamos las fotos y volvimos aquí, y cerramos.
—No hay mucho problema cuando se trata de uno solo. Somos más rápidos que ellos. Pero ellos son inexorables. No son como los seres vivos. Avanzaban directamente contra nosotros. Y nosotros los desintegramos.
El mayor Hendricks se apoyó en el borde de la compuerta, ajustando sus ojos a la oscuridad.
—¿No es peligroso levantar la compuerta?
—Hay que tener cuidado. ¿Cómo podrías si no utilizar tu transmisor?
Hendricks alzó lentamente el pequeño transmisor del cinturón. Lo apretó contra su oído. El metal estaba frío y húmedo. Sopló en el micrófono y levantó la corta antena. En su oído un leve murmullo.
—Sí, desde luego.
Pero aún vacilaba.
—Te meteremos dentro si pasa algo —dijo Klaus.
—Gracias. —Hendricks esperó un momento, poniéndose el transmisor en el hombro—. Es interesante, ¿verdad?
—¿Qué?
—Esto, lo de los nuevos tipos. Las nuevas variedades de garras. Estamos completamente a su merced, ¿no es cierto? Es muy probable que a estas horas hayan alcanzado también las líneas de la ONU. Eso me hace preguntarme si no veremos pronto el comienzo de una nueva especie. La nueva especie. Evolución. La raza que sucederá al hombre.
Rudi lanzó un gruñido.
—No habrá ninguna raza después del hombre.
—¿No? ¿Por qué? Puede que estemos presenciando el fin de los seres humanos, el nacimiento de una sociedad nueva.
—No hay una raza. Son asesinos mecánicos. Los hicisteis para destruir. Sólo pueden hacer esto. Son máquinas con un trabajo.
—Eso parece ahora. Pero, ¿y después? Cuando acabe la guerra. Quizás muestren sus auténticas potencialidades cuando no haya seres humanos que destruir.
—¡Hablas como si estuviesen vivos!
—¿No lo están?
Hubo un silencio.
—Son máquinas —dijo Rudi—. Parecen personas, pero son máquinas.
—Usa tu transmisor, mayor —dijo Klaus—. No podemos quedarnos aquí eternamente.
Sujetando con firmeza el transmisor, Hendricks emitió el código del bunker de mando. Esperó, escuchando atento. Ninguna respuesta. Sólo silencio. Comprobó cuidadosamente las claves. Todo estaba en su sitio.
—¡Scott! —gritó en el micrófono. ¿Puedes oírme?
Silencio. Elevó la potencia al máximo y lo intentó otra vez. Sólo ruidos parásitos.
—No capto nada. Quizá me oigan y no quieran contestar.
—Diles que es una emergencia.
—Creerán que están obligándome a llamar. Que me obligáis vosotros. —Lo intentó de nuevo, transmitiendo brevemente lo que había descubierto. Pero sólo le respondieron ruidos parásitos.
—Las lagunas radiactivas eliminan la mayor parte de la transmisión —dijo Klaus al cabo de un rato. A lo mejor es eso.
Hendricks dejó el transmisor.
—Es inútil. No contestan. ¿Lagunas de radiación? Puede. O quizá me oigan y no quieran contestar. Yo haría lo mismo, francamente, si un emisario intentase llamar desde las líneas soviéticas. No tienen por qué creer lo que les digo. Pueden haberlo oído todo...
—O quizá sea demasiado tarde.
Hendricks asintió.
—Será mejor que cerremos —dijo Rudi, nervioso—. No tenemos por qué correr riesgos innecesarios.
Descendieron lentamente por el túnel. Klaus encajó con firmeza la compuerta. Entraron en la cocina. La atmósfera resultaba pesada y opresiva.
—¿Podrían actuar tan deprisa? —dijo Hendricks—. Salí del bunker al mediodía. Hace diez horas. ¿Cómo pudieron hacerlo tan deprisa?
—No tardan mucho. Desde que entra el primero. Ya sabes lo que pueden hacer las garras pequeñas. Estas son increíbles. Tienen cuchillas en cada dedo. Es una locura.
—Haré una cosa —dijo Hendricks, dándoles la espalda.
—¿Qué cosa? —dijo Rudi.
—La base lunar. Dios mío, si hubiesen llegado allí...
—¿La base lunar?
Hendricks se volvió.
—Es imposible que lleguen a la base lunar. No hay ninguna posibilidad. No puedo creerlo.
—¿Qué es esa base lunar? Hemos oído rumores, pero nada claro. ¿Cuál es la situación? Pareces preocupado.
—Recibimos suministros de la luna. Allí están los gobiernos, bajo la superficie lunar. Todo nuestro pueblo y nuestras industrias. Por eso podemos continuar la lucha. Si estos monstruos consiguiesen llegar a la luna...
—Basta con que llegue uno. En cuanto llega uno introduce a los demás. Cientos, todos iguales. Tendrías que haberlos visto. Idénticos. Como hormigas.
—Socialismo perfecto —dijo Tasso. —El ideal del estado comunista. Todos los ciudadanos intercambiables.
Klaus lanzó un gruñido colérico.
—Ya basta. ¿Bueno, qué hacemos?
Hendricks paseaba por la habitación. El aire olía a comida y sudor. Los otros le observaban. Tasso cruzó la cortina y entró en la habitación contigua.
—Voy a dormir un poco.
La cortina se cerró tras ella. Rudi y Klaus se sentaron a la mesa, sin dejar de observar a Hendricks.
—Es asunto vuestro —dijo Klaus—. Nosotros no conocemos vuestra situación.
Hendricks asintió.
—Es un problema. —Rudi bebió un sorbo de café, que echó en su taza de un oxidado puchero. —Estaremos seguros aquí durante un tiempo, pero no podemos quedarnos siempre. No tenemos reservas de alimentos suficientes.
—Pero si salimos fuera...
—Si salimos nos cogerán. O pueden cogernos. Sería lo más probable. No podríamos ir muy lejos. ¿A qué distancia queda el bunker de mando americano, mayor?
—¿Y si están ya allí? —dijo Klaus.
Rudi se encogió de hombros.
—En ese caso volveremos aquí.
Hendricks dejó de pasear.
—¿Qué posibilidades hay según vosotros de que hayan llegado ya a las líneas americanas?
—Es difícil saberlo. Pero es bastante probable que hayan llegado ya. Están organizados. Saben muy bien lo que hacen. En cuanto empiezan son como una plaga de langostas. Tienen que seguir moviéndose, y deprisa. Se basan en el engaño y en la velocidad. Antes de que te des cuenta ya están dentro.
—Comprendo —murmuró Hendricks.
Tasso se agitó en la otra habitación.
—¿Mayor?
Hendricks apartó la cortina.
—¿Qué?
Tasso le miró lánguidamente desde el catre.
—¿Te quedan más cigarrillos americanos?
Hendricks entró en la habitación y se sentó frente a ella en un taburete de madera. Hurgó en los bolsillos.
—No. No me queda ninguno.
—Qué lástima.
—¿De qué nacionalidad eres tú? —preguntó Hendricks tras de una pausa.
—Rusa.
—¿Cómo llegaste aquí?
—¿Aquí?
—Esto era Francia. Una parte de Normandía. ¿Viniste con el ejército soviético?
—¿Por qué?
—Pura curiosidad.
La examinó detenidamente. Se había quitado la guerrera y la había echado a los pies del catre. Era joven, unos veinte. Esbelta. Su largo pelo se derramaba sobre la almohada.
Le miraba en silencio, con unos ojos grandes y oscuros.
—¿Qué piensas? —dijo Tasso.
—Nada. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho.
Ella continuaba observándole, sin pestañear los brazos detrás de la cabeza. Llevaba pantalones y camisa del ejército ruso. Verde gris. Grueso cinturón de cuero con hebilla y cartuchera. Botiquín.
—¿Perteneces al ejército soviético?
—No.
—¿Dónde conseguiste el uniforme?
—Me lo dieron —dijo ella, encogiéndose de hombros.
—¿Qué edad tenías cuando... cuando viniste aquí?
—Dieciséis.
—¿Tan joven?
Ella achicó los ojos.
—¿Qué quieres decir?
Hendricks se rascó la barbilla.
—Tu vida habría sido muy diferente de no ser por la guerra. Dieciséis. Viniste aquí a los dieciséis. A vivir de este modo.
—Tenía que sobrevivir.
—No estoy moralizando.
—Tu vida habría sido también muy distinta —murmuró Tasso; se inclinó y se desabrochó una de las botas; se desprendió de ella de una patada—. Mayor, ¿por qué no te vas a la otra habitación? Tengo sueño.
—Va a ser un problema, los cuatro aquí. Resultará difícil vivir en este espacio. ¿Sólo hay dos habitaciones?
—Sí.
—¿Qué tamaño tenía originariamente el sótano? ¿Era mayor? ¿Hay otras habitaciones llenas de escombros? Quizá pudiéramos despejar una.
—Puede. En realidad no lo sé. —Tasso se aflojó el cinturón; se acomodó en la litera y se desabrochó la camisa—. ¿Estás seguro de que no tienes más cigarrillos?
—Sólo tenía aquel paquete.
—Qué lástima. Quizá podríamos encontrar alguno si volviésemos a tu búnker. —Soltó la otra bota; luego buscó el cordón de la luz. Buenas noches.
—Vas a dormir?
—Eso es.
La habitación se hundió en la oscuridad. Hendricks se levantó, cruzó la cortina y entró en la cocina.
Y se detuvo, rígido.
Rudi estaba contra la pared, la piel blanca y brillante. Abría y cerraba la boca, pero sin emitir ningún sonido. Frente a él estaba Klaus, que le clavaba en el estómago el cañón de su pistola. Ninguno de los dos se movía. Klaus estaba serio, sujetando con firmeza la pistola. Rudi, pálido y silencioso, pegado a la pared.
—Pero ¿qué...? —murmuró Hendricks, pero Klaus le interrumpió.
—Tranquilo, mayor. Acércate. Tu pistola. Saca tu pistola.
Hendricks sacó su pistola.
—Pero ¿qué pasa?
—Cúbrele —Klaus le empujó hacia adelante. A mi lado. ¡Aprisa!
Rudi se movió un poco y bajó los brazos. Se volvió a Hendricks, lamiéndose los labios. Sus ojos brillaban ferozmente. Tenía la frente empapada de sudor que le goteaba por las mejillas. Fijó sus ojos en Hendricks.
—Mayor, se ha vuelto loco. Deténgale la voz de Rudi era áspera y sorda, casi inaudible.
—¿Qué Pasa? —preguntó Hendricks.
Sin bajar la pistola, Klaus contestó:
—Mayor, ¿se acuerda de nuestra discusión? ¿Se acuerda de las tres variedades? Conocíamos la una y la tres. Pero no conocíamos la dos. O no la conocíamos hasta ahora. —Los dedos de Klaus se apretaron alrededor de la culata e su pistola—. No la conocíamos, pero ya la conocemos.
Apretó el gatillo. De la pistola brotó un fogonazo blanco y cálido que rodeó a Rudi.
—Mayor, esta es la segunda variedad.
—¡Klaus! ¿Qué hiciste?
Klaus se volvió, apartando los ojos de la forma chamuscada que se desmoronaba gradualmente por la pared al suelo.
—La segunda variedad, Tasso. Ahora la conocemos. Hemos identificado los tres tipos. Hay menos peligro. Yo...
Tasso contempló los restos de Rudi, los ennegrecidos y retorcidos fragmentos entre trozos de tela.
—Le mataste.
—No lo lamentes. No era un hombre. Estaba vigilándole. Tenía el presentimiento, pero no estaba seguro. Al menos, no estuve seguro antes. Pero esta tarde me convencí. —Klaus frotó la culata de la pistola, nervioso. —Tenemos suerte. ¿No os dais cuenta? Otra hora aquí y podría...
—¿Estás seguro? —Tasso se inclinó sobre los humeantes restos del suelo; su expresión se endureció—. Mayor, véalo usted mismo. Huesos. Carne.
Hendricks se inclinó también. Eran restos humanos. Carne chamuscada, fragmentos de huesos carbonizados, un trozo de cráneo. Ligamentos, vísceras, sangre. Sangre formando un estanque junto a la pared.
—No hay ninguna pieza —dijo Tasso quedamente, se levantó. No hay ruedas ni piezas ni relés. Ni garras. Nada de segunda variedad. —Cruzó los brazos—. Tendrás que explicar esto.
Klaus se sentó junto a la mesa, súbitamente pálido.
—Suéltalo de una vez —dijo Tasso, cerrando una mano sobre su hombro. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué le mataste?
—Estaba asustado —dijo Hendricks—. Todo esto, todo este asunto...
—Puede.
—¿Qué entonces? ¿Qué piensas?
—Creo que puedes haber tenido una razón para matar a Rudi. Una buena razón.
—¿Qué razón?
—Quizá Rudi descubriese algo.
Hendricks examinó su sombría cara.
—¿Sobre qué? —preguntó.
—Sobre él. Sobre Klaus.
Klaus alzó la vista rápidamente.
—Supongo que te das cuenta de lo que quiere decir. Ella cree que yo soy la segunda variedad. ¿Comprendes, mayor? Ahora quiere que creas que le maté a propósito. Que soy...
—¿Por qué le mataste, entonces? —dijo Tasso.
—Ya te lo dije —respondió Klaus—. Creí que era una garra. Creí que le había descubierto.
—¿Por qué?
—Había estado vigilándole. Tenía sospechas.
—¿Por qué?
—Porque tenía ciertos datos. Oí algo. Creí oírle... como girar de ruedas dentro de él.
Hubo un silencio.
—¿Crees eso? —dijo Tasso a Hendricks.
—Sí. Creo lo que dice.
—Yo no. Yo creo que mató a Rudi a sabiendas —Tasso cogió el fusil que había en el rincón—. Mayor...
—No —Hendricks hizo un gesto decidido. —Acabemos con esto ahora mismo. Basta con uno. Tenemos miedo, lo mismo que él. Si le matamos haremos lo que él hizo a Rudi.
Klaus le miro agradecido.
—Gracias. Tenía miedo. Lo comprendes, ¿verdad? Ahora tiene miedo ella, como lo tenía yo. Quiere matarme.
—No habrá más muertes —dijo Hendricks, dirigiéndose hacia la escalerilla—. Voy a subir y probar suerte con el transmisor otra vez. Si puedo localizarles volveremos a mis líneas mañana por la mañana.
Klaus se levantó inmediatamente.
—Subiré contigo y te echaré una mano.
El aire de la noche era frío. La tierra estaba refrescándose. Klaus respiró profundamente, llenando sus pulmones. El y Hendricks salieron del túnel y pisaron el suelo de la superficie. Klaus, plantado y con las piernas separadas, el fusil dispuesto, observaba y escuchaba. Hendricks acuclillado junto a la boca del túnel, accionando el pequeño transmisor.
—¿Hay suerte? —preguntó Klaus.
—Aún no.
—Sigue intentándolo. Diles lo que pasa.
Hendricks siguió intentándolo. Sin éxito. Por fin bajó la antena.
—Es inútil. No me oyen. O me oyen y no quieren contestar. O...
—O no existen.
—Lo intentaré otra vez —Hendricks alzó la antena—. Scott, ¿me oyes?
Escuchó. Sólo ruidos parásitos. Luego, muy desmayadamente...
—Aquí Scott.
—¡Scott! ¿Eres tú?
—Aquí Scott.
Klaus se arrodilló a su lado.
—¿Es tu puesto de mando?
—Scott, escucha. ¿Me oyes? ¿Recibiste lo de las garras? ¿Recibiste el mensaje? ¿Me oyes?
—Sí. —Desmayadamente. Casi inaudible. Apenas si podía diferenciar la palabra.
—¿Recibisteis mi mensaje? ¿Va todo bien ahí? ¿No ha conseguido entrar ninguno?
—Todo bien aquí.
La voz se hizo más débil.
—No.
Hendricks se volvió a Klaus.
—Están bien.
—¿Les han atacado?
—No. —Hendricks apretó el auricular junto a su oído—. Scott, no te oigo apenas. ¿Has notificado a la base lunar? ¿Lo saben ellos? ¿Los habéis alertado?
No hubo respuesta.
—¡Scott! ¿Me oyes?
Silencio.
Hendricks se relajó y se sentó en el suelo.
—Se fue. Deben ser las lagunas radioactivas.
Hendricks y Klaus se miraron. Ninguno de los dos dijo nada. Por fin, al cabo de un rato, habló Klaus:
—¿Era la voz de alguno de tus hombres? ¿Pudiste identificar la voz?
—Se oía muy mal.
—¿No puedes estar seguro?
—No.
—Entonces podría haber sido...
—No sé. Ahora ya no estoy seguro. Volvamos abajo y cerremos la compuerta.
Bajaron lentamente por la escalerilla y volvieron al cálido sótano. Klaus aseguró el cierre de la compuerta. Tasso les esperaba, seria y grave.
—¿Hubo suerte? —preguntó.
Ninguno de los dos contestaba.
—Bueno —dijo por fin Klaus—. ¿Qué piensas, mayor? ¿Era tu oficial, o era uno de ellos?
—No lo sé.
—Entonces estamos como antes.
Hendricks miró al suelo, apretando las mandíbulas.
—Tenemos que ir. Para asegurarnos.
—De todos modos sólo tenemos comida aquí para unas semanas. Tendremos que salir a la fuerza.
—Eso parece.
—Pero ¿qué pasa? —preguntó Tasso—. ¿Conseguisteis contacto con el bunker? ¿Cuál es el problema?
—Podía haber sido uno de mis hombres —dijo lentamente Hendricks—. O podría haber sido uno de ellos. Pero quedándonos aquí no lo sabremos nunca. —Miró su reloj—. Apaguemos y durmamos un poco. Tenemos que levantarnos temprano mañana.
—¿Temprano?
—El mejor momento para pasar entre las garras es por la mañana temprano —dijo Hendricks.

Era una mañana cruda y clara. El mayor Hendricks estudió el paisaje con sus prismáticos.
—¿Ves algo? —dijo Klaus.
—No.
—¿Distingues nuestros búnkers?
—¿Hacia dónde quedan?
—Allí. —Klaus tomó los prismáticos y los ajustó.
—Yo sé dónde mirar. —Miró largo rato, silencioso.
Tasso llegó a la cima del túnel y salió a la superficie.
—¿Alguna cosa?
—No. —Klaus devolvió los prismáticos a Hendricks—. Están desenfocados. Vamos. No nos quedemos aquí.
Bajaron los tres por la ladera del cerro, deslizándose sobre la suave ceniza. Tras una piedra lisa vigilaba una lagartija. Se pararon instantáneamente, rígidos.
—¿Qué fue? —murmuró Klaus.
—Una lagartija.
La lagartija echó a correr entre las cenizas. Era exactamente del mismo color.
—Adaptación perfecta —dijo Klaus—. Prueba que tenemos razón. La tiene Lysenko, quiero decir.
Llegaron al pie de la ladera y se detuvieron, muy juntos, mirando alrededor.
—Vamos —dijo Hendricks—. Hay mucho camino a pie.
Klaus se colocó a su lado. Tasso caminaba detrás, con la pistola preparada.
—Mayor, quería preguntarle una cosa —dijo Klaus—. ¿Cómo encontraste al David? El que venía contigo...
—Lo encontré por el camino. En unas ruinas.
—¿Que te dijo?
—No mucho. Dijo que estaba sólo.
—¿No pudiste percibir que era una máquina? ¿Hablaba como un ser humano? ¿Nunca lo sospechaste?
—Es extraño, esas máquinas son tan parecidas a las personas que pueden engañarle. Casi vivas. Me pregunto cómo acabará esto.
—Se dedican a hacer aquello para lo que las diseñasteis vosotros los yanquis —dijo Tasso. —Las creasteis para perseguir la vida y destruirla. La vida humana. En donde la encuentren.
Hendricks observaba atentamente a Klaus.
—¿Por qué me lo preguntas? ¿En qué piensas?
—En nada —contestó Klaus.
—Klaus piensa que tú eres la segunda variedad —dijo tranquilamente Tasso detrás de él—. Ahora ha puesto los ojos en ti.
Klaus enrojeció.
—¿Por qué no? Nosotros enviamos un emisario a las líneas yanquis y volvió él. Quizá pensara que encontraría aquí buena caza.
—Yo vine de los búnkers de la ONU —dijo Hendricks con una risa áspera—. Y allí estaba rodeado de seres humanos.
—Quizá pensaste que era una oportunidad de entrar en las líneas soviéticas. Quizá pensases que era tu oportunidad. Quizá...
—Las líneas soviéticas estaban ya invadidas. Invadieron vuestras líneas antes de que yo saliese de mi búnker. No olvides eso.
Tasso se colocó a su lado.
—Eso no prueba nada, mayor.
—¿Por qué no?
—Parece ser que hay poca comunicación entre las variedades. Todas son de fábricas distintas. No parecen trabajar conjuntamente. Podrías haber salido hacia las líneas soviéticas sin saber lo que hacían las otras variedades. O incluso cómo eran las otras variedades.
—¿Cómo sabes tú tanto sobre las garras? —dijo Hendricks.
—Las he visto. Las observé. Vi cómo tomaban los búnkers soviéticos.
—Mucho sabes tú —dijo Klaus—. En realidad viste muy poco. Es extraño que fueses tan buena observadora.
Tasso se echó a reír.
—¡No sospecharás de mí ahora!
—Olvídalo —dijo Hendricks. Siguieron caminando en silencio.
—¿Vamos a hacer todo el camino a pie? —dijo Tasso, al cabo de un rato. No estoy acostumbrada a andar:
Miró a su alrededor, contemplando la llanura cenicienta que se extendía por todas partes hasta el horizonte.
—Qué desolación —exclamó.
—Es así por todas partes —dijo Klaus.
—En cierto modo hubiese preferido que estuvieses en tu búnker cuando llegó el ataque.
—Algún otro hubiese estado contigo, en ese caso —murmuró Klaus.
Tasso se echó a reír, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Supongo que si.
Siguieron caminando, los ojos fijos en el horizonte de la vasta llanura de silente ceniza que les rodeaba.
Se ponía el sol. Hendricks avanzaba lentamente, con Tasso y Klaus detrás. Klaus se sentó, apoyando su arma contra el suelo.
Tasso encontró una losa de hormigón y se sentó exhalando un suspiro.
—Es mejor que nos tomemos un descanso.
—Silencio, estate quieta —dijo Klaus ásperamente.
Hendricks subió hasta la cima del montículo que había ante ellos. La misma cima a la que había subido el emisario ruso el día anterior. Hendricks se echó al suelo, y tumbado miró con sus prismáticos lo que había más allá.
No se veía nada. Sólo ceniza y algún árbol. Pero allí, a no más de cincuenta metros, estaba la entrada del búnker. El bunker del que él había salido. Hendricks observaba en silencio. Ningún movimiento. Ningún signo de vida. Nada revivía.
Klaus se deslizó junto a él.
—¿Dónde está?
—Allá abajo.
Hendricks le pasó los prismáticos. Nubes de ceniza cruzaban el cielo del crepúsculo. El mundo oscurecía. Aún les quedaban un par de horas de luz, como máximo. Probablemente menos.
—No veo nada —dijo Klaus.
—Aquel árbol de allí. El tocón. Junto a la pila de ladrillos. La entrada está a la derecha de los ladrillos.
—Tendré que creerlo.
—Tú y Tasso cubridme desde aquí. Yo exploraré el camino hasta la entrada del búnker.
—¿Bajarás solo?
—Con mi tab de muñeca estaré seguro. El terreno que rodea al búnker es un hervidero de garras. Se esconden en la ceniza. Como cangrejos. Vosotros, sin tabs, no podríais hacer nada.
—Quizá tengas razón.
—Caminaré lentamente. Tan pronto como esté seguro...
—Si están dentro del búnker no podrás volver aquí. Son muy rápidos. ¿Es que no te das cuenta?
—¿Qué sugieres?
Klaus se quedó pensativo.
—No sé. Lo mejor sería conseguir que subieran a la superficie. Así podrías ver.
Hendricks sacó su transmisor del cinturón, alzando la antena.
—De acuerdo, lo haremos.
Klaus hizo una señal a Tasso. Tasso subió diestramente la ladera de la colina hasta donde estaban.
—Va a bajar solo —dijo Klaus—. Le cubriremos desde aquí. En cuanto le veas retroceder, dispara. Son muy rápidos.
—No eres muy optimista —dijo Tasso.
—No, no lo soy.
Hendricks comprobó cuidadosamente su arma.
—Puede que no haya ningún problema.
—Es que no los viste. Centenares. Todos son iguales. Como hormigas.
—Podré descubrir si están ahí sin necesidad de bajar. —Hendricks montó su arma, la sujetó con firmeza y cogió el transmisor con la otra mano. En fin, deseadme suerte.
Klaus le tendió la mano.
—No bajes hasta estar seguro. Habla con ellos desde arriba. Que se muestren.
Hendricks bajó la ladera de la colina.
Momentos después caminaba lentamente hacia la pila de ladrillos y escombros junto al tronco muerto. Hacia la entrada del búnker de mando.
Nada se movía. Accionó el transmisor.
—¿Scott? ¿Me oyes?
Silencio.
—¡Scott! Soy Hendricks. ¿Me oyes? Estoy a la entrada del búnker. Tenéis que verme en la pantalla de visión.
Escuchó, apretando con fuerza el transmisor. Ningún sonido. Sólo ruidos parásitos. Siguió caminando. Una garra salió de la ceniza y corrió hacia él, lo examinó atentamente, y luego se colocó detrás, perrunamente respetuosa, siguiéndole a unos pasos de distancia. Un momento después se le unió otra gran garra. Las garras le seguían silenciosas, mientras él caminaba lentamente hacia el búnker.
—¡Scott! ¿Me oyes.? Estoy a la puerta. Aquí afuera. En la superficie. ¿Me escuchas?
Esperó, apretando contra el costado la pistola, mientras mantenía el transmisor pegado a la oreja. Se esforzaba por oír, pero sólo había silencio y vagos ruidos parásitos.
Luego, clara y metálica, sonó una voz:
—Aquí Scott.
Era una voz neutra. Fría. No podía identificarla. Pero el auricular era preciso.
—Scott, escucha. Estoy aquí arriba. Estoy en la superficie, frente a la entrada del búnker.
—Sí.
—¿Me ves?
—Sí.
—¿Por la pantalla visual? ¿Me tienes enfocado?
—Sí.
Hendricks meditó unos instantes sobre la situación. Le rodeaba un círculo de pacientes garras.
—¿Va todo bien en el bunker? ¿No ha pasado nada especial?
—Todo va bien.
—¿Podrías subir a la superficie? Quiero verte un momento. —Hendricks respiró profundamente. Sube aquí conmigo, quiero hablarte.
—Baja.
—Sube, es una orden.
Silencio.
—¿Subes? —Hendricks escuchó; no había respuesta—. Te ordeno que subas a la superficie.
—Baja.
Hendricks apretó las mandíbulas.
—Ponme con Leone.
Hubo una larga pausa. Escuchaba ruidos parásitos. Luego llego otra voz, firme, sólida, metálica. Igual que la anterior.
—Aquí Leone.
—Hendricks. Estoy en la superficie. A la entrada del búnker. Quiero que subáis uno aquí.
—Baja.
—¿Por qué? ¡Es una orden!
Silencio, Hendricks bajó el transmisor. Miró cautelosamente a su alrededor. La entrada estaba frente a él. Casi a sus pies. Bajó la antena y fijó el transmisor al cinturón. Cuidadosamente, sujetó su arma con ambas manos. Avanzó, paso a paso. Si podían verle sabían que se dirigía a la entrada. Cerró los ojos un momento.
Luego puso un pie en el primer escalón.
Dos David subieron hacia él, sus caras idénticas e inexpresivas. Los desintegró en partículas. Seguían subiendo silenciosamente, todo un ejército. Todos exactamente iguales.
Hendricks dio la vuelta y echó a correr, lejos del bunker, hacia la colina.
En la cima de la colina, Tasso y Klaus dispararon. Las garras pequeñas subían ya hacia ellos, brillantes y rápidas cual esferas de metal, surcando frenéticas las ceniza. Pero no tenía tiempo de pararse a pensar. Se arrodilló, apuntando con su pistola hacia la entrada del búnker. Los David salían en grupos, con sus ositos de felpa. sus flacas y huesudas piernas resonando al subir los escalones hacia la superficie. Hendricks disparó contra la masa principal. Estallaron, desparramando engranajes y muelles en todas direcciones. Disparó de nuevo, entre la niebla de partículas.
Una figura gigantesca surgió de la entrada del búnker, alta y vacilante. Hendricks la contempló sorprendido. Un hombre, un soldado. Con una pierna sólo, apoyándose en una muleta.
—¡Mayor! —era la voz de Tasso. Más disparos. La inmensa figura avanzaba, con los David hormigueando a su alrededor. Hendricks salió de su estupor. La primera variedad. El soldado herido. Apuntó y disparó. El soldado se dispersó en piezas, casquillos, cables y muelles por todas partes. Los David se esparcían por la llanura. Disparó una y otra vez, retrocediendo lentamente y disparando.
Desde la cima de la ladera disparaba Klaus. La ladera hervía de garras que pretendían subir. Hendricks retrocedió hacia el montículo, sin dejar de disparar. Tasso había dejado a Klaus e iba lentamente bordeando hacia la derecha, apartándose de la cima.
Un David subió hacia él, con su carita blanca e inexpresiva y su pelo marrón colgando sobre los ojos. Se inclinó súbitamente, abriendo los brazos. El oso de felpa saltó al suelo y avanzó con él a saltos. Hendricks disparó. David y el oso se disolvieron. Era como un sueño. Hendricks parpadeó.
—¡Sube aquí! —era la voz de Tasso. Hendricks se dirigió hacia ella. Estaba junto a unas columnas de hormigón, de un edificio destruido. Disparaba por encima de él, con la pistola que Klaus te había dado.
—Gracias. —Llegó junto a ella, jadeando por el esfuerzo. Ella le empujó detrás de las columnas. Sacaba algo de su cinturón.
—¡Cierra los ojos!. —Sacó una bomba de la cintura y la activó. —Cierra los ojos y tiéndete.
Tiró la bomba. Describió un arco y fue saltando hasta la entrada del búnker. Dos soldados heridos estaban apostados junto a la pila de ladrillos. Seguían saliendo más David, esparciéndose por la llanura. Uno de los soldados heridos se acercó a la bomba y se agachó para cogerla.
La bomba estalló. La explosión hizo rodar a Hendricks por el suelo. El viento caliente lo azotó. Vio a Tasso de pie tras las columnas, disparando lenta y metódicamente contra los David que salían de las ardientes nubes de blanco fuego.
Parapetado en la cima Klaus, luchaba con un anillo de garras que le rodeaban. Retrocedía, disparando contra ellas, intentando atravesar el anillo.
Hendricks se puso de pie trabajosamente. Le dolía la cabeza. Apenas veía. Todo te daba vueltas. No podía mover el brazo derecho.
Tasso se acercó a él.
—Ven. Vamos.
—Klaus... está allá arriba.
—¡Vamos! —Tasso arrastró a Hendricks, apartándole de las columnas. Hendricks movió la cabeza, intentando despejarla. Tasso andaba deprisa, los ojos duros y brillantes, temerosa de las garras que habían escapado a la explosión.
De entre las rodantes nubes de llamas salió un David. Tasso lo desintegró. No aparecieron más.
—Pero Klaus... ¿qué hacemos? —Hendricks se detuvo, vacilante—. El...
—¡Vamos!
Retrocedieron, apartándose cada vez más del búnker. Un grupo de garras les siguió durante un rato, y luego les dejó y retrocedió. Por fin, Tasso se detuvo.
—Podemos parar aquí y recuperar fuerzas.
Hendricks se sentó en un montón de escombros. Se frotó el cuello, carraspeando.
—Dejamos a Klaus allí.
Tasso no contestó. Abrió su pistola y colocó un peine nuevo.
Hendricks la miró, desconcertado.
—Le dejaste allí aposta.
Tasso cerró la recámara. Miraba los montones de escombros que les rodeaban, con cara inexpresivo. Como si buscase algo.
—¿Qué es? —preguntó Hendricks—. ¿Qué estás buscando? ¿Viene algo?
No comprendía. ¿Qué estaba haciendo ella? ¿Qué esperaba? El no veía nada. Ceniza por todas partes, ceniza y ruinas. Y de vez en cuando el tronco chamuscado de un árbol, sin hojas ni ramas.
—¿Qué...?
Tasso le interrumpió.
—Quieto. —Achicó los ojos y sacó la pistola. Hendricks se volvió, siguiendo su mirada.
Por el camino que habían seguido ellos venía alguien. Caminaba cansinamente hacia ellos. Tenía las ropas destrozadas. Cojeaba, y avanzaba muy lentamente. Se detenía de vez en cuando a descansar y tomar aliento. Una vez estuvo a punto de caer. Se detuvo un momento para recuperarse. Luego continuó.
Klaus.
Hendricks se incorporó.
—¡Klaus! —avanzó hacia él—. Cómo demonios...
Tasso disparó. Hendricks se volvió. Ella disparó de nuevo, por encima de él, un mortífero trallazo de fuego. La llama alcanzó a Klaus en el pecho. Explotó, tuercas y piezas volaron por el aire. Durante un instante continuó caminando. Luego se tambaleó y se derrumbó en el suelo. Rodaron unos cuantos tornillos más.
Silencio.
Tasso se volvió a Hendricks.
—Ahora entenderás por qué mato a Rudi, supongo.
Hendricks volvió a sentarse lentamente. Estaba conmocionado. No podía pensar.
—Te das cuenta? —dijo Tasso. —¿Comprendes? —Hendricks no dijo nada. Tenía la sensación de que todo se derrumbaba a su alrededor a gran velocidad. La oscuridad le cubría.
Cerro los ojos.

Hendricks abrió los ojos lentamente. Le dolía todo el cuerpo. Intentó incorporarse, pero sintió pinchazos de dolor en el brazo y en el hombro. Lanzó un gemido.
—No intentes levantarte —dijo Tasso. Se inclinó, poniendo su fría mano en la frente de Hendricks.
Era de noche. En el cielo brillaban unas cuantas estrellas, entre las nubes de ceniza. Hendricks estaba tendido y apretaba los dientes. Tasso le miraba impasible. Había hecho una hoguera. El fuego ardía débilmente alrededor de un recipiente de metal que había sobre él. Todo estaba en silencio. Inmóvil oscuridad fuera del círculo del fuego.
—Así que él era la segunda variedad —murmuró Hendricks.
—Lo supe desde el principio.
—¿Por qué no le descubriste antes?
—Me lo impediste tú. —Tasso se acercó al fuego para mirar el recipiente. —Café. Estará listo dentro de un rato.
Se sentó de nuevo a su lado. Abrió la pistola y empezó a desmontar sus mecanismos, examinándolos atentamente.
—Una hermosa pistola —dijo Tasso, medio hablando sola—. La técnica de construcción es soberbia.
—¿Y qué me dices de ellas? De las garras.
—La explosión de la bomba acabó con la mayoría. Son delicadas. Un mecanismo muy complejo, supongo.
—¿También los David?
—Si.
—¿Cómo tenías una bomba como aquélla?
Tasso se encogió de hombros.
—Nosotros la diseñamos. No deberías subestimar nuestra tecnología, mayor. Sin aquella bomba ni tú ni yo estaríamos vivos ahora.
—Es muy eficaz.
Tasso estiró las piernas, aproximando los pies al calor del fuego.
—Me extrañaba que no te dieses cuenta después de que mató a Rudi. ¿Por qué crees que...?
—Ya te lo dije. Creí que tenía miedo.
—¿De veras? Sabes, mayor, durante un tiempo sospeché de ti. Porque no me dejabas que le matase. Creí que le protegías. —Se echó a reír.
—¿Estamos seguros aquí? —preguntó de pronto Hendricks.
—Por un tiempo. Hasta que lleguen refuerzos de otras zonas. —Tasso empezó a limpiar los mecanismos de la pistola con un trapo. Terminó y la montó otra vez. Acarició con los dedos la culata.
—Tuvimos suerte —murmuró Hendricks.
—Sí. Mucha suerte.
—Gracias por ayudarme.
Tasso no contestó. Alzó los ojos hacia él, brillantes a la luz del fuego. Hendricks se examinó el brazo. No podía mover los dedos. Tenía todo el costado como dormido. Y sentía un dolor sordo y firme.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Tasso.
—Tengo el brazo herido.
—¿Algo más?
—Heridas internas.
—No te agachaste lo suficiente cuando estalló la bomba.
Hendricks no contestó. Observó a Tasso servir el café en una cazuela de metal. Se la pasó.
—Gracias. —Se esforzó en beber. Le resultaba difícil tragar; sentía vómitos, y le devolvió el recipiente. No puedo beber más.
Tasso bebió el resto. Pasó un tiempo. Las nubes de ceniza cruzaban entre ellos y el oscuro cielo. Hendricks descansaba, la mente en blanco. Al cabo de un rato se dio cuenta de que Tasso estaba de pie a su lado, y que le miraba.
—¿Qué pasa? —murmuró.
—¿Te sientes algo mejor?
—Algo.
—¿Sabes, mayor, que si no te hubiese traído hasta aquí te habrían liquidado? Estarías muerto. Como Rudi.
—Lo sé.
—¿Quieres saber por qué lo hice? Podría haberte dejado. Podría haberte dejado allí.
—¿Por qué lo hiciste?
—Porque tenemos que largarnos de aquí. —Tasso avivó el fuego con una astilla, y contempló fijamente las brasas—. Aquí no puede vivir ningún ser humano. Si vienen refuerzos no podremos resistir. He pensado en todo esto mientras estabas inconsciente. No creo que tarden más de tres horas en volver.
—¿Y esperas algo de mí?
—Eso es. Espero que encuentres un medio de salir de aquí.
—¿Por qué yo?
—Porque yo no conozco ninguno —le miró con ojos relampagueantes, firme y segura a la media luz—. Si no das con un medio de salir de aquí, nos matarán en tres horas. Yo no veo ninguna salida. ¿Qué dices tú? ¿Qué vas a hacer? He estado esperando toda la noche. Aquí sentada mientras estabas inconsciente, esperando. Va a amanecer ya. Está acabando la noche.
Hendricks lo pensó un momento.
—Es curioso —dijo al fin.
—¿Curioso?
—El que pensases que yo encontraría un medio de salir de aquí. ¿Qué creíste que podía hacer yo?
—¿No puedes hacer que nos lleven a la base lunar?
—¿A la base lunar? ¿Cómo?
—Debe haber algún medio.
—No —dijo Hendricks—. No conozco ninguno.
Tasso no dijo nada. Por un instante su firme mirada vaciló. Bajó la cabeza, apartándola bruscamente. Se levantó.
—¿Más café?
—No.
—Como quieras. —Tasso bebió en silencio. Hendricks no podía verle la cara. Estaba tendido en el suelo, ensimismado en sus pensamientos, intentando concentrarse. Le resultaba difícil pensar. Aún te dolía la cabeza. Y aún persistía la conmoción.
—Podría haber un medio —dijo de pronto.
—¿Sí?
—¿Cuánto falta para que amanezca?
—Dos horas. No tardará en salir el sol.
—Teóricamente tendría que haber una nave cerca de aquí. Yo nunca la he visto. Pero sé que existe.
—¿Qué clase de nave?
—Un crucero.
—¿Podríamos ir en él a la base lunar?
—Teóricamente sí. En caso de emergencia. —Se rascó la frente.
—¿Qué te pasa?
—La cabeza. Me resulta difícil pensar. Apenas puedo... apenas puedo concentrarme. Fue la bomba.
—¿Está cerca de aquí la nave? —Tasso se colocó a su lado, sentada—. ¿A qué distancia? ¿Dónde está?
—Estoy intentando pensar.
Ella hundió sus dedos en el brazo de Hendricks.
—¿Está cerca? —su voz era como acero. —¿Dónde crees que está? ¿Estará bajo tierra? ¿En un refugio subterráneo?
—Sí. En un hangar de almacenamiento.
—¿Cómo podemos localizarlo? ¿Hay alguna indicación? ¿Hay algún código que permita identificarlo?
Hendricks se concentró.
—No. No hay ninguna indicación. Ningún código.
—¿Qué, entonces?
Una señal.
—¿Qué clase de señal?
Hendricks no contestó. A la vacilante luz de la hoguera, se le borraba la vista, y sus ojos eran dos órbitas ciegas. Tasso hundió con más fuerza los dedos en su brazo.
—¿Qué clase de señal? ¿Qué es?
—Yo... no puedo pensar. Déjame que descanse.
—Está bien. —Tasso le dejó y se levantó. Hendricks se quedó tendido en el suelo, con los ojos cerrados. Tasso se apartó de él, con las manos en los bolsillos. Dio una patada a una piedra y se quedó mirando al cielo, la oscuridad de la noche empezaba a engrisecer. Llegaba la mañana.
Tasso apretó su pistola y se puso a caminar alrededor de la hoguera. El mayor Hendricks seguía en el suelo inmóvil, con los ojos cerrados. La línea gris fue alzándose en el cielo cada vez más. Empezó a hacerse visible el paisaje, campos de ceniza en todas direcciones. Ceniza y ruinas de edificios paredes, montones de hormigón, el tronco desnudo de un árbol.
El aire era frío y áspero. Lejos, un pájaro lanzó unos cuantos gorjeos sombríos.
Hendricks se agitó. Abrió los ojos.
—¿Amaneció? ¿Ya?
—Sí.
Hendricks se incorporó.
—Tú querías saber algo. Me preguntabas.
—¿Te acuerdas ahora?
—Sí.
—¿Qué es? ¿qué?
—Un pozo. Un pozo en ruinas. Debajo está el hangar de almacenamiento.
—Un pozo —Tasso pareció tranquilizarse—. Entonces encontraremos ese pozo. —Miró su reloj—. Nos queda más o menos una hora, mayor. ¿Crees que lo encontraremos en una hora?
—Ayúdame a levantarme —dijo Hendricks.
Tasso dejó su pistola y le ayudó.
—Va a ser dificil.
—Si, desde luego —dijo Hendricks, apretando los dientes—. No creo que lleguemos muy lejos.
Empezaron a andar. El sol del alba les calentaba levemente. El terreno era desnudo y liso, una extensión gris e inerte hasta el horizonte. Sobre ellos, muy arriba, hacían círculos silenciosos y lentos unas cuantas aves.
—¿Ves algo? —dijo Hendricks—. ¿Ves alguna garra?
—No. Aún no.
Cruzaron unas ruinas, un montículo de hormigón y ladrillos. Unos cimientos. Las ratas huían. Tasso se volvió hacia Hendricks.
—Esto era una ciudad —dijo Hendricks—. Un pueblo, más bien. Toda la zona llena de viñedos.
Salieron a una calle destruida, con el pavimento lleno de fisuras y matorrales. A la derecha brotaba una chimenea de piedra.
—Con cuidado —advirtió él.
Apareció ante ellos un pozo, un sótano abierto. Salían de él extremos mellados de tuberías, dobladas y retorcidas. Cruzaron parte de una casa, pasaron ante una bañera volcada, una silla rota, unas cuantas cucharas y restos de platos. En el centro de la calle se había hundido el suelo. La depresión estaba llena de matorrales, escombros y huesos.
—Es aquí —murmuró Hendricks.
—¿En esta dirección?
—A la derecha.
Pasaron ante los restos de un pesado tanque; el contador que llevaba Hendricks al cinturón cliqueteó lúgubremente. El tanque había sido destruido por la radiación. A unos metros del tanque había un cuerpo momificado con la boca abierta. Al otro lado de la calle había un campo liso. Piedras y matorrales y fragmentos de cristal.
—Allí —dijo Hendricks.
Se destacaba un pozo de piedra, roto y desmoronado. Tenía encima unas cuantas tablas. Hendricks caminó vacilante hacia él, con Tasso a su lado.
—¿Estás seguro? —dijo Tasso—. Parece un pozo normal.
—Estoy seguro.
Hendricks se sentó al borde del pozo, apretando los dientes. Respiraba con premura. Se enjugó el sudor de la cara.
—Estaba previsto para que pudiese escapar el oficial de mando en caso necesario. Si caía el bunker...
—¿Tú eras el oficial de mando?
—Sí.
—¿Dónde está la nave? ¿Está aquí?
—Estamos sobre ella. —Hendricks extendió sus manos sobre la superficie de la piedra del pozo—. Está programada para mí y para nadie más. Es mi nave.
Hubo un agudo clic. Luego oyeron un sonido rechinante bajo ellos.
—Volvamos atrás —dijo Hendricks. Se apartaron del pozo.
Una parte del suelo retrocedió. Una estructura metálica fue brotando lentamente de la ceniza, dispersando en su ascensión ladrillos y matorrales. La ascensión cesó al quedar al descubierto el morro de la nave.
—Aquí está —dijo Hendricks.
La nave era pequeña. Descansaba tranquila, suspendida en su soporte, como una aguja roma. Una lluvia de ceniza cayó en el interior de la cavidad oscura de la que había surgido la nave. Hendricks se acercó. Desatornilló la escotilla y la abrió. Se veían los tableros de control y el asiento de presión.
Tasso se acercó y se colocó a su lado, mirando el interior de la nave.
—No estoy habituada a pilotar cohetes —dijo al cabo de un rato.
Hendricks la miró sorprendido.
—Seré yo quien la pilote.
—¿Tú? Sólo hay un asiento, mayor. Veo que está construida para una persona sólo.
Hendricks estudió atentamente el interior de la nave. Tasso tenía razón. Sólo había un asiento. La nave estaba construida para llevar sólo una persona.
—Comprendo —dijo lentamente—. Y esa persona eres tú.
Ella asintió.
—Por supuesto.
—¿Por qué?
—Tú no puedes ir, estás herido. Probablemente no sobrevivirías al viaje. Tal vez no llegases nunca.
—Un comentario muy interesante. Pero has de saber que yo sé donde está la base lunar y tú no. Podrías estar meses volando sin encontrarla. Está muy bien escondida. Si no se sabe lo que hay que buscar...
—Tendré que correr mis riesgos. Quizá no la encuentre. Yo sola. Pero estoy segura de que me darás toda la información que necesite. Tu vida depende de ello.
—¿Cómo?
—Si encuentro la base lunar a tiempo, quizá pueda conseguir que envíen una nave a recogerte. Si encuentro la base a tiempo. Si no, no tendrás ninguna posibilidad. Supongo que en la nave hay suministros. Me durarán lo suficiente...
Hendricks actuó rápidamente. Pero le traicionó su brazo herido. Tasso le esquivó, echándose ágilmente a un lado. Y alzó su mano, rápida como el rayo. Hendricks vio la culata de la pistola. Intentó esquivar el golpe, pero ella era demasiado rápida. La culata de metal le golpeó en la cabeza, sobre la oreja. Le inundó un dolor agudo, y le cubrió de pronto una nube de oscuridad. Se derrumbó en el suelo.
Percibía confusamente que Tasso estaba a su lado, y que le empujaba con un pie.
—¡Mayor! Despierta.
Abrió los ojos, con un gruñido.
—Escúchame. —Se inclinó, apuntándole a la cara con la pistola—. Tengo prisa. No queda mucho tiempo. La nave está lista, pero tienes que darme esa información. La necesito antes de irme.
Hendricks movió la cabeza intentando despejarla.
—¡Aprisa! ¿Dónde está la base lunar? ¿Cómo puedo encontrarla? ¿Qué debo buscar?
Hendricks no decía nada.
—¡Contéstame!
—Lo siento.
—Mayor, la nave está llena de provisiones. Tengo para semanas. Acabaré encontrando la base. Y de aquí a media hora tú habrás muerto. Tu única posibilidad de supervivencia... —paró de hablar.
Por la ladera, entre las ruinas, algo se movía. Algo en la ceniza. Tasso se volvió rápidamente, apuntando. Disparó.
La pistola escupió un globo de fuego. Algo pareció huir entre la ceniza. Disparó otra vez. La garra se desintegró.
—¿Viste? —dijo Tasso. —Un explorador. No tardarán.
—¿Les harás venir a rescatarme?
—Si. Lo más pronto posible.
Hendricks alzó los ojos hacia ella. La examinó atentamente.
—¿Me dices la verdad? —había en su rostro una expresión extraña, una ávida codicia—. ¿Volverás por mí? ¿Me llevarás a la basé lunar?
—Te llevaré a la base lunar. ¡Pero dime dónde está! Queda muy poco tiempo.
—Está bien —Hendricks cogió una piedra y se sentó. —Mira.
Hendricks comenzó a dibujar en la ceniza. Tasso estaba de pie a su lado y observaba los movimientos de la piedra. Hendricks trazaba un tosco mapa lunar.
—Esta es la cordillera de los Apeninos. Aquí está el cráter de Arquímedes. La base lunar está a unos doscientos cincuenta kilómetros del final de la cordillera. No sé exactamente dónde. Nadie lo sabe en la Tierra. Pero cuando estés sobre los Apeninos, lanza una bengala roja y una bengala verde, y luego dos rojas en rápida sucesión. El monitor de la base recogerá tu señal. La base está bajo la superficie, por supuesto. Te guiará hasta abajo con garfios magnéticos.
—¿Y los controles? ¿Puedo manejarlos?
—Son prácticamente automáticos. Sólo tienes que dar la señal correcta en el momento adecuado.
—Lo haré.
—El asiento absorbe la mayor parte del impacto del despegue. El aire y la temperatura tienen control automático. La nave saldrá de la Tierra y pasará a espacio libre. Se alineará con la luna y se pondrá en órbita, a unos ciento cincuenta kilómetros de la superficie. Esa órbita te llevará sobre la base. Cuando estés en la región de los Apeninos, lanza las bengalas.
Tasso se deslizó en el asiento de presión. Los cierres de los brazos se plegaron automáticamente, rodeándola. Accionó los controles.
—Lástima que no vengas. mayor. Todo esto estaba aquí esperándote, y ahora no puedes hacer el viaje.
—Déjame la pistola.
Tasso sacó la pistola y la balanceó en el aire, pensativa.
—No te alejes mucho de aquí. Sería dificil encontrarte si lo haces.
—No. Me quedaré aquí, junto al pozo.
Tasso acarició el mecanismo de despegue.
—Una hermosa nave, mayor. Bien construida. Admiro su técnica. Su pueblo siempre ha trabajado bien. Construyen ustedes cosas excelentes. Su trabajo, sus creaciones, alcanzan su mayor logro.
—Dame la pistola —dijo impaciente Hendricks, extendiendo la mano. Intentó ponerse en pie.
—Adiós, mayor —Tasso tiró la pistola por encima de Hendricks. La pistola repiqueteo y rodó. Hendricks se lanzó tras ella. Se inclinó, cogiéndola.
La escotilla de la nave se cerró. Hendricks retrocedió. Comenzaba a sellarse la puerta interna. Alzó la pistola laboriosamente.
Hubo un estruendo estremecedor. La nave se alzó de su soporte metálico, arrojando un chorro de fuego. Hendricks retrocedió aún más. La nave se lanzó hacia las nubes de ceniza, perdiéndose en el cielo.
Hendricks se quedó observando largo rato, hasta que la estela desapareció. Nada se movía. El aire de la mañana era crudo y silencioso. Comenzó a andar sin propósito por el camino por el que había llegado. Mejor no quedarse quieto. Tardaría mucho en llegar ayuda... si llegaba.
Buscó en los bolsillos hasta que dio con un paquete de cigarrillos. Encendió uno. Todos querían fumarse sus cigarrillos. Pero los cigarrillos andaban escasos.
La lagartija se deslizó a su lado entre la ceniza. Se detuvo, rígido. La lagartija desapareció. Arriba, el sol estaba alto. Algunas moscas se posaron en una roca lisa que había junto a él. Hendricks las espantó con un pie.
Aumentaba el calor. El sudor le chorreaba por la cara y por el cuello. Tenía la boca seca.
Se detuvo y se sentó en unos escombros. Abrió su botiquín y tragó unas cápsulas narcóticas. Miró a su alrededor. ¿Dónde estaba?
Había algo en el suelo frente a él. Tendido en el suelo. Silencioso e inmóvil.
Hendricks sacó rápidamente su pistola. Parecía un hombre. Entonces recordó. Eran los restos de Klaus. La segunda variedad. Allí lo había desintegrado Tasso. Pudo ver ruedas y engranajes y cables esparcidos sobre la ceniza. Brillando y relumbrando bajo la luz del sol.
Hendricks se levantó y se acercó. Empujó con el pie la forma inerte, dándole la vuelta. Vio el casco de metal, las costillas de aluminio. Cayeron más engranajes. Como vísceras. Montones de cables, engranajes y relés. Ruedas y motores.
Se inclinó. El cráneo se había roto en la caída. Se veía el cerebro artificial. Lo examinó. Una masa de circuitos. Tubos diminutos. Cables finos como cabellos. Movió el resto del cráneo. Se fragmentó. Comprobó el sello.
Y palideció.
IV-V.
Contempló la placa largo rato. Cuarta variedad. No segunda. Se habían equivocado. Había más tipos. No eran sólo tres. Había muchos más, sin duda. Por lo menos cuatro. Klaus no era la segunda variedad.
De pronto se puso tenso. Algo llegaba, caminando entre la ceniza, más allá de la colina. ¿Qué era? Figuras. Figuras que se acercaban lentamente.
Que venían hacia él.
Hendricks se acuclilló y levantó la pistola. Le goteaba el sudor en los ojos. Se esforzó por dominar su creciente pánico al acercarse las figuras.
La primera era un David. El David le vio y aumentó la velocidad. Los otros la aumentaron también. Un segundo David. Un tercero. Tres David, todos iguales, avanzando hacia él silenciosamente, sin expresión, moviendo rítmicamente sus flacas piernas. Abrazando sus osos de felpa.
Apuntó y disparó. Los dos primeros David se disolvieron en partículas. El tercero continuo. Y la figura que había detrás. Ascendiendo silenciosamente hacia él por la ladera de gris ceniza. Un soldado herido, sobresaliendo por encima del David. Y...
Detrás del soldado herido iban dos Tasso, caminando hombro con hombro. Grueso cinturón, pantalones y camisas del ejército ruso, pelo largo. La misma imagen de la mujer que había tenido frente a sí unos minutos antes. Sentada en el asiento de presión de la nave, dos imágenes silenciosas, idénticas.
Estaban muy cerca. El David se inclinó bruscamente, soltando su oso de felpa. El oso corrió hacia él. Automáticamente, los dedos de Hendricks apretaron el gatillo. El oso desapareció, disuelto en niebla. Las dos Tasso continuaron avanzando, impertérritas, hombro con hombro, a través de la ceniza gris.
Cuando estaban casi junto a él, Hendricks alzó la pistola al nivel de la cintura y disparó.
Las dos Tasso se disolvieron. Pero ya empezaba a subir la ladera un nuevo grupo, cinco o seis Tasso, todas idénticas, una hilera de ellas avanzando rápidamente hacia él.
Y él le había dado la nave y le había revelado la señal. Por su culpa llegaría hasta la base lunar. El lo había hecho posible.
Tenía razón en el comentario que había hecho sobre la bomba. Había sido diseñada de modo que conociese a los otros tipos, el tipo David y el tipo soldado herido. Y el tipo Klaus. No diseñada por seres humanos. Sino por una de las fábricas subterráneas sin ningún contacto con los hombres.
La hilera de Tasso subía hacia él. Hendricks se cruzó de brazos observándolas tranquilamente. El rostro familiar, el cinturón, la gruesa camisa, la bomba cuidadosamente colocada.
La bomba...
Cuando las Tasso le cogieron, cruzó por su mente un último pensamiento irónico. Le alivió un poco. La bomba. Hecha por la segunda variedad para destruir a las otras. Sólo con ese fin.
Estaban empezando ya a diseñar armas para combatir entre sí...

Título Original: Second Variety © 1952.