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Sentencia de muerte para la grosería - Jack Ritchie

-¿Qué edad tiene usted? -pregunté.
Sus ojos no se separaban del revólver que yo sostenía en la mano.
-Escuche señor, no hay mucho dinero en la registradora pero lléveselo todo. No le proporcionaré dificultades.
-No me interesa en absoluto su asqueroso dinero, al menos desde su punto de vista. Podría usted haber vivido otros veinte o treinta años más si se hubiera tomado la más mínima molestia de ser cortés.
El hombre no me comprendió.
-Vaya matarle -añadí- por culpa del sello de cuatro centavos y por el dulce.
El hombre no sabía lo que yo quería decir con aquello del dulce, pero sí parecía caer en la cuenta sobre lo del sello.
El pánico se exteriorizó en sus facciones.
-Usted debe estar loco. No puede matarme a causa de eso.
-Sí que puedo.
Y así lo hice.
Cuando el doctor Briller me dijo que solamente me quedaban cuatro meses de vida me sentí, por supuesto, muy perturbado.
-¿Está usted seguro de que no se han mezclado las radiografías mías con otras? He oído que a veces sucede eso.
-Me temo que no, señor Turner.
Luego lo pensé un poco mejor. Los informes del la¬boratorio... quizá mi nombre figuraba equivocadamente en alguno de ellos...
El médico movió lentamente la cabeza.
-Lo he comprobado detenidamente, cosa que hago siempre en estos casos. Es práctica de seguridad, ¿comprende usted?
Era la última hora de la tarde y la hora en la que el sol estaba cansado. Yo tenía esperanzas de que cuando me llegara la hora de morir realmente, fuese por la mañana. Indudablemente sería mucho más alegre.
-En casos como éste - añadió el doctor - un médico se enfrenta siempre a un dilema. ¿Debe o no decirle la verdad a su paciente? Yo siempre acostumbro a decir la verdad a los míos. Eso les da tiempo para arreglar sus asuntos y correrla un poco, por decirlo así.
El doctor hizo una pausa y atrajo hacia sí un bloc de papel que descansaba sobre la mesa de despacho. Luego añadió:
-También estoy escribiendo un libro. ¿Qué intenta usted hacer con el tiempo que le queda?
-Realmente no lo sé. Ya sabe usted que lo estoy pensando desde un minuto o dos.
-Desde luego - dijo Briller -. Por ahora no hay prisa. Pero cuando usted decida sobre ese aspecto, hágamelo saber, ¿lo hará? Mi libro menciona las cosas que hace la gente que sabe tiene sus días contados...
Briller hizo otra pausa y apartó hacia un lado el bloc de papel, añadiendo tras una pausa de silencio:
-Visíteme cada dos o tres semanas. Eso servirá para medir el progreso de su descenso.
A continuación Briller me acompañó hasta la puerta diciendo:
-Ya tengo anotados veintidós casos como el suyo...
Luego el médico pareció mirar hacia la lejanía, adoptando una actitud de total reflexión y murmuró:
-Podría llegar a ser un best seller, ¿comprende usted?

Mi vida siempre fue dulce, una vida muelle. No vivida sin inteligencia, pero sí dulce.
No he contribuido con nada al progreso del mundo... y en ese aspecto me parece que tengo mucho en común con la mayoría de los seres humanos que pueblan la tierra... pero, por otra parte tampoco me he apoderado de nada. En resumen pedí a la vida que me dejara solo. La vida ya es lo suficientemente difícil sin tener que vivirla en una no deseada asociación con otras personas.
¿Qué es lo que uno puede hacer con los cuatro meses que le quedan de vida muelle?
No tenía la menor idea de lo que había caminado y pensado sobre este tema cuando de repente me encontré atravesando el largo puente curvo que, en suave pendiente, desciende hasta la carretera del lago. El sonido de una música mecánica interrumpió mis pensamientos y miré hacia abajo.
Un circo, o quizá se celebraba algún festejo de carnaval, pensé.
Era el mundo de la magia donde el oro es dorado, donde el maestro de ceremonias, el maestro o director de pista es tan caballero como auténticas son las medallas que adornan su pecho, y donde las rosadas damas que montan a caballo tienen duras facciones y peor carácter. Era el dominio de los vendedores de ásperas voces y de los mil cambalaches.
Siempre tuve la impresión de que la desaparición de los grandes circos podía considerarse como uno de los avances culturales del siglo xx, y, sin embargo, en aquellos momentos descubrí que sin darme cuenta descendía hasta el pie del puente y al cabo de unos momentos me encontraba a medio camino del circo entre unas filas de barracas donde se exhibían las mutaciones humanas para entretenimiento de los niños.
Pronto llegué hasta la entrada principal del circo y contemplé perezosamente al aburrido taquillero que se hallaba cómodamente situado en una elevada cabina junto a la puerta principal.
Un hombre de agradable aspecto, acompañado por dos niñas se aproximó a él y le entregó varios rectángulos de cartulina que parecían ser pases.
El portero recorrió con un dedo una lista impresa que tenía a su lado. Sus ojos se endurecieron y miró despreciativamente, durante un momento, al hombre y a las niñas. Luego, lenta y deliberadamente, rasgó los pases en mil pedazos y dejó caer al suelo los fragmentos.
-No son buenos - murmuró.
El hombre se sonrojó y replicó:
-No lo comprendo.
-¡No dejó usted los carteles colocados! - gritó el hombre -. Y ahora..., ¡lárguese de aquí!
Las niñas miraron a su padre con expresión de desconcierto. ¿Haría su papá algo por solucionar aquello?
El hombre permaneció inmóvil durante un momento a la vez que la ira hacia palidecer su rostro. Parecía que estaba a punto de decir algo, pero luego miró a las dos niñas. Cerró los ojos durante un momento como si hiciese un terrible esfuerzo por controlar su cólera, y luego dijo:
-Vámonos, nenas, vámonos a casa.
El hombre se alejó con ellas y éstas miraron por dos veces hacia atrás, asustadas, pero sin decir nada.
Me aproximé inmediatamente al portero y le pregunté:
-¿Por qué ha hecho usted eso?
El hombre me miró desde lo alto de su cabina. -¿Qué le importa a usted eso? - inquirió a su vez. -Quizá mucho.
El portero me estudió durante un momento con gesto de irritación y luego respondió:
-Porque no dejó los carteles colocados.
-Ya lo escuché antes. Ahora explíqueme qué es eso.
El hombre respiró con tanta dificultad como si le costara dinero y dijo:
-Nuestro agente avanzado va de ciudad en ciudad semanas antes de que nosotros lleguemos, un par de semanas antes todo lo más. Deja en todos los sitios carteles anunciando el espectáculo que traemos, y los deja en donde puede... en las abacerías, zapaterías, mercados... cualquier lugar donde el propietario pueda adheridos a su escaparate para dejados allí hasta que el espectáculo llegue a la ciudad. Por el servicio se le regalan dos o tres pases. Pero algunos de estos tipos no saben que el servicio se comprueba, o mejor dicho que lo comprobamos. Si los carteles no están en el escaparate cuando llegamos a la ciudad entonces los pases quedan sin validez alguna.
-Comprendo - dije secamente -. Y por eso usted rompe los pases en sus mismas narices y delante de los niños. Evidentemente ese hombre quitó los carteles de su establecimiento demasiado pronto. O quizá esos pases se los ha regalado otro hombre que quitó los carteles de su establecimiento.
-¿Y qué diferencia hay? Los pases no sirven. -Quizá no haya diferencia alguna en eso. Pero, ¿se da usted perfecta cuenta de lo que acaba de hacer?
Los ojos del hombre se entornaron tratando de estudiarme y de calcular el poder que podría tener yo. Luego añadí:
-Ha cometido usted uno de los actos humanos más crueles. Ha humillado usted a ese hombre delante de las niñas, de sus hijas. Les ha infligido usted una herida cuya cicatriz perdurará a lo largo de todas sus vidas. Ese hombre se llevará a casa a las niñas y su camino será largo, muy largo. ¿Y qué podrá decirle a sus hijas?
-¿Es usted polizonte?
-No, no soy polizonte. Los niños de esa edad consideran a su padre como el mejor hombre del mundo. Le consideran el más amable, el más cariñoso, el más valiente de todos. Y ahora siempre recordarán que un hombre, otro hombre, se portó mal con su padre... y él no pudo hacer nada.
-De acuerdo, rompí sus pases, ¿por qué no compró entradas corrientes? ¿Es usted algún inspector de la ciudad? .
-No, tampoco soy un inspector de la ciudad. ¿Y esperaba usted que ese hombre comprara entradas después de la humillación que acababa de sufrir? Usted dejó al hombre sin recursos morales. No podía comprar entradas y no podía tampoco crear una bien justificada escena porque estaban los niños delante. No pudo hacer nada. Nada en absoluto sino retirarse con las dos niñas que deseaban ver su miserable circo y ahora ya no pueden hacerlo.
Miré al pie de su cabina. Allí estaban todavía los fragmentos de muchos más sueños... las ruinas de otros hombres que habían cometido el crimen capital de no dejar en sus escaparates los carteles el tiempo suficiente. Luego añadí:
-Pudo usted decir: "Lo siento, señor, pero sus pases no son válidos". Y luego explicar cortés y pacÍficamente por qué.
-No me pagan para ser cortés - dijo el hombre en¬señando una dentadura amarillenta -. Y, señor..., me gusta romper pases. Me produce satisfacción. ¿Comprende?
Allí estaba. Aquel elemento era un hombrecillo al que se le había concedido un pequeño poder y lo empleaba como un César.
El hombre se levantó a medias de su asiento y añadió: -Ahora lárguese de aquí, señor, antes de que baje y se lo haga comprender de otra manera.
Sí. Era un hombre dotado de crueldad, una especie de animal nacido sin sentimientos ni sensibilidad y destinado en el mundo a hacer todo el daño que pudiese mientras existiera. Era una criatura que debía ser eliminada de la faz de la tierra.
Si yo tuviese el poder de... Miré durante un momento hacia aquel retorcido rostro y luego giré sobre mis talones para alejarme. En la parte alta del puente, tomé un autobús y me apeé en una tienda de artículos para deporte que había en la calle 37.
Compré un revólver del calibre 32 y una caja de munición.
¿Por qué no asesinamos? ¿Porque no sentimos la justificación moral de tal acto final? ¿O quizá se debe más a que tememos las consecuencias si nos descubren... lo que nos pueda costar, a nuestras familias o a nuestros hijos?
Y así sufrimos las humillaciones y los insultos con tremenda docilidad, las soportamos porque eliminados nos costaría aun más sufrimientos de los que ya padecemos.
Pero yo no tenía familia ni amigos íntimos. Y solamente me quedaban cuatro meses de vida.
El sol se había puesto y las luces de la feria brillaban cuando me apeé del autobús en el puente. Miré hacia la cabina del circo y allí estaba todavía el hombre sentado en su garita.
"¿Cómo debía hacerlo?", me pregunté. Vi cómo otro hombre le relevaba en su puesto... al parecer con gran alivio del primero. Encendió un cigarrillo y comenzó a caminar lentamente hacia el oscuro frente del lago.
Me acerqué a él al doblar una curva oculta por unos altos arbustos. Era un lugar solitario, pero lo suficientemente cercano a la feria para que sus diferentes ruidos llegaran todavía a mis oídos.
El hombre oyó mis pasos y dio media vuelta. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios y con una mano se frotó los nudillos de la otra al mismo tiempo que decía:
-Está usted buscándoselo, señor.
Sus ojos se abrieron enormemente cuando vio el revólver que yo sostenía en la mano.
-¿Qué edad tiene usted? - pregunté.
-Escuche, señor - dijo el hombre rápidamente-. Solamente tengo en el bolsillo un par de billetes de diez dólares.
-¿Qué edad tiene usted? -repetí.
Sus ojos parpadearon nerviosamente al responder: -Treinta y dos años.
Moví la cabeza tristemente y comenté:
-Podía haber vivido usted hasta los setenta y tantos quizá. Cuarenta años más de vida si se hubiera tomado la simple molestia de actuar como un ser humano.
El hombre palideció y preguntó:
-¿Está usted loco, amigo?
-Es posible.
Y en aquel momento apreté el gatillo.
El ruido del disparo no fue tan fuerte como yo esperaba o quizá su eco se perdió entre los demás ruidos de la feria.
El hombre se tambaleó y luego cayó muerto en el borde del sendero que conducía al lago.
Tomé asiento en un cercano banco del parque y esperé. ¿Acaso nadie había oído el disparo?
Repentinamente me di cuenta de que sentía apetito. No había comido nada desde el mediodía. El pensamiento de que me llevaran a una comisaría y me hiciesen preguntas durante largo tiempo me parecía cosa intolerable. Y además me dolía mucho la cabeza.
Arranqué una página de mi libreta de notas y comencé a escribir:

"Una palabra descuidada puede perdonarse. Pero una vida de cruel grosería no. Este hombre merece la muerte."

Estaba a punto de firmar con mi nombre pero entonces decidí que mis iniciales serían suficientes por el momento. No deseaba que me detuvieran antes de comer algo y tomar unas aspirinas.
Doblé la hoja y la coloqué en el interior del bolsillo superior de la americana del portero muerto.
No me encontré con nadie cuando retrocedí por el sendero y ascendí luego hacia el puente. Caminé hasta llegar a Weschler's, probablemente el mejor restaurante de la ciudad. Los precios, en circunstancias normales, iban más allá de mis posibilidades económicas, pero en aquellos momentos opiné que podía permitirme el lujo de hacer un extraordinario.
Después de cenar decidí que no estaría nada mal dar un paseo nocturno en autobús. Me gustaba aquella forma de excursión a través de la ciudad y, después de todo, también comprendía que mi libertad de movimientos muy pronto quedaría restringida.
El conductor del autobús era claramente un hombre impaciente y aún estaba mucho más claro que los pasajeros eran sus enemigos. Sin embargo la noche era hermosa y el autobús no estaba muy lleno de gente.
En la calle 68, una mujer de aspecto frágil, cabellos muy blancos y rasgos de camafeo esperaba en la curva. El conductor, gruñendo, detuvo el vehículo y abrió la portezuela.
La mujer sonrió e hizo un movimiento de cabeza, asintiendo, a los pasajeros cuando puso el pie en el primer escalón. Se podía observar que la vida de aquella mujer era de suave felicidad y de muy pocos viajes en autobús.
-¡Bien! - gritó el conductor -. ¿Va usted a tardar todo el día en subir?
La mujer se sonrojó y tartamudeó:
-Lo siento, señor...
Y al mismo tiempo le entregó un billete de cinco dólares.
El hombre abrió los ojos asombrado.
-¿No tiene usted cambio? - preguntó.
La mujer se sonrojó aún más y murmuró:
-No lo creo. Pero miraré...
Era evidente que el conductor iba adelantado en su itinerario y esperó.
Y otra cosa estaba muy clara. Que estaba disfrutando enormemente con la escena.
La mujer encontró un cuarto de dólar y lo sostuvo entre los dedos tímidamente.
-¡En la máquina! - bramó el conductor.
La mujer dejó caer la moneda en la máquina automática del cambio.
El conductor arrancó el vehículo violentamente y la mujer casi cayó al suelo. Se las pudo arreglar para asirse a tiempo a una de las barras de los asientos.
Sus ojos se posaron sobre los pasajeros como si tratara de disculparse... por no haberse movido más rápidamente, por no tener cambio, y por casi haberse caído. Una sonrisa tembló en sus labios y luego tomó asiento.
En la calle 82, la mujer hizo presión sobre el botón de aviso, se puso en pie y avanzó hacia la parte delantera del vehículo.
El conductor miró hacia atrás al mismo tiempo que detenía al autobús.
-¡Por la parte de atrás! - gritó -. ¿Por qué no se acostumbrará la gente a usar la parte de atrás?
Yo siempre fui partidario de usar las portezuelas posteriores de los autobuses especialmente cuando éstos van llenos de gente. Pero en aquel momento ocupaban el coche una media docena de pasajeros que leían sus periódicos con terrible indiferencia.
La mujer se volvió, palideciendo, y se dirigió a la portezuela trasera.
La tarde que había pasado o la que pensaba pasar había quedado arruinada. Y quizá muchas más tardes al acordarse de aquélla.
Yo seguí en el autobús hasta el final de la línea.
Era el único pasajero cuando el conductor dio la vuelta al vehículo y lo aparcó.
Se trataba de un lugar desierto, una esquina mal iluminada y no había pasajeros esperando en el pequeño refugio de la curva. El conductor lanzó una ojeada a su reloj, encendió un cigarrillo y luego se dio cuenta de mi presencia.
-Si piensa usted seguir en el coche, señor, ponga otros veinticinco centavos en la máquina. Aquí no se da nada gratis - aclaró.
Me levanté de mi asiento y caminé lentamente hacia la delantera del vehículo.
-¿Qué edad tiene usted? -pregunté.
-Eso no le interesa.
-Unos treinta y cinco años, imagino - dije -. Aún le quedaban por delante quizá unos treinta años más...
Y al pronunciar estas últimas palabras extraje el revólver del bolsillo.
El conductor dejó caer al suelo el cigarrillo. -Llévese el dinero - dijo.
-No me interesa el dinero. Estoy pensando en una dama muy educada y también en otros cientos de damas más y en muchos hombres inofensivos y niños que sonríen. Usted es un criminal. No existe justificación para lo que usted hace con ellos. Ni tampoco existe justificación para que usted siga viviendo.
Y le maté.
Tomé asiento y esperé.
Al cabo de diez minutos aún estaba sentado solo en compañía del cadáver.
Me di cuenta de que tenía sueño. Un sueño increíble. Sería mejor dormir durante toda una noche y luego entregarme a la policía.
Escribí mi justificación sobre la muerte del conductor en otra hoja de papel, añadí mis iniciales, y se la metí en un bolsillo.
Tuve luego que caminar a lo largo de cuatro manzanas de casas antes de encontrar un taxi que me llevara a mi apartamento.
Dormí profundamente y quizá soñé. Pero si lo hice, mis sueños fueron agradables e inocuos. Eran casi las nueve de la mañana cuando desperté.
Después de ducharme y desayunar calmosamente, elegí mi mejor traje. Recordé que aún no había pagado la factura mensual del teléfono. Extendí un talón y luego lo metí en un sobre en el que escribí la adecuada dirección. Luego descubrí que no tenía sellos. "No importa -me dije-, compraré uno de camino a la comisaría."
Casi había llegado a esta última cuando de nuevo recordé el sello. Me detuve en un almacén de la esquina más próxima. Era un lugar en el que jamás había entrado antes.
El propietario, ataviado con americana blanca, se hallaba sentado tras el mostrador leyendo el periódico y un vendedor a comisión hacía notas en un libro de pedidos.
El dueño del establecimiento ni siquiera miró cuando yo entré en la tienda y dijo al vendedor:
-Tienen ya sus huellas dactilares a causa de las notas, conocen su escritura, y también sus iniciales, ¿qué le pasa a la policía?
El vendedor se encogió de hombros y replicó:
-¿ Y para qué sirven las huellas dactilares si el asesino no figura en los archivos de la policía? Lo mismo ocurre con la escritura si no se la puede comparar con otra. ¿Y cuántas personas en la ciudad tienen esas mismas iniciales L. T.?
El vendedor cerró su libro y dijo a continuación:
-Volveré la semana que viene.
Cuando se fue, el propietario de la tienda continuó leyendo el periódico.
Yo aclaré la garganta.
El hombre terminó de leer un largo párrafo y luego alzó la cabeza.
-Dígame... -murmuró.
-Un sello de cuatro centavos, por favor.
El hombre adoptó la misma expresión que si en aquel momento yo le hubiese propinado una bofetada. Me miró durante quince segundos, luego abandonó su taburete y lentamente se dirigió hacia la parte posterior de la tienda donde había una pequeña ventana enrejada.
Yo estaba a punto de seguirle, pero en aquel momento llamó mi atención una pequeña exposición de pipas que había a mi izquierda.
Al cabo de un rato sentí que unos ojos se posaban sobre mí. Alcé la cabeza.
El dueño de la tienda se halla en pie al final del establecimiento, apoyando una mano en la cadera y sosteniendo en la otra el sello. Al cabo de un par de segundos, preguntó:
-¿Acaso espera que yo se lo lleve ahí?
Y en aquel preciso momento recordé a un pequeño muchacho de seis años de edad que poseía cinco centavos. Cinco centavos de aquellos tiempos, en los que se vendían tantos dulces de infinitas variedades.
El chico, que en tal caso había sido yo, acababa de entrar en el establecimiento arrastrado por el atractivo escaparate donde se exhibían varias clases de dulces, y ya en el interior del establecimiento había luchado con la indecisión. ¿Cuál elegir? Bueno, le gustaban todos, pero no aquellas guindas escarchadas. No, aquello no le gustaba.
Y entonces se había dado cuenta de que el tendero se hallaba en pie al lado del escaparate, golpeando con un pie sobre el suelo lleno de impaciencia. Los ojos del tendero resplandecían de irritación... No, había sido algo más que eso, brillaban de cólera.
«-¿Es que piensas estar aquí todo el día con esa piojosa moneda en la mano?», le había preguntado el hombre.
Aquel niño era un niño muy sensible y las palabras del tendero le habían sentado tan mal como si en aquel momento alguien le hubiese golpeado. Sus preciosos cinco centavos no valían nada. Aquel hombre le había despreciado, y en él despreciaba a todos los niños.
Luego había señalado con la mano hacia el escaparate para casi tartamudear:
-Cinco centavos de eso...
Cuando abandonó el establecimiento descubrió que en la bolsa sólo llevaba guindas escarchadas.
Pero aquello no importaba realmente. Aun cuando hubiese llevado otra cosa, tampoco habría podido comerla.
Ahora miré al propietario del establecimiento y al sello de cuatro centavos y a aquella expresión de odio hacia todo ser humano que no contribuyese debidamente al aumento de sus beneficios. No me quedaba la menor duda de que inmediatamente sonreiría si me decidía a comprarle una de sus pipas.
Pero volví a pensar en el sello de cuatro centavos y en aquel paquete de guindas que había arrojado a la basura hacía muchos años.
Avancé hacia el fondo del almacén y saqué el revólver del bolsillo.
-¿Qué edad tiene usted? - pregunté.

Cuando murió no esperé más qué el tiempo suficiente para escribir una nota. Esta vez había matado para vengar unas horas de mi infancia y realmente necesitaba un trago.
Caminé a lo largo de varias casas de la misma calle y entré en un pequeño bar. Pedí un coñac y un vaso de agua.
Al cabo de diez minutos escuché el ulular de la sirena de un coche patrulla.
El dueño del bar se acercó a la ventana.
-Es en esta misma calle - dijo al mismo tiempo que se quitaba la americana blanca-. Voy a ver qué es lo que ocurre. Por favor, señor, si viene alguien diga usted que regreso en seguida.
Luego colocó la motella de coñaz sobre el mostrador y añadió:
-Sírvase usted mismo..., pero dígame luego cuántas ha tomado.
Sorbí pacíficamente el coñac y contemplé desde mi taburete la llegada de más coches patrulla y a continuación la de la ambulancia.
El dueño del bar regresó al cabo de diez minutos seguido por un cliente.
-Una cerveza corta, Joe -pidió este último. -Este es mi segundo coñac -advertí yo.
Joe recogió las monedas que yo deposité en el mostrador, y dijo:
-Han asesinado al abacero de ahí abajo. Parece que ha sido el hombre que mata a la gente que no es cortés.
El cliente observó cómo Joe servía la cerveza en el vaso y preguntó:
-¿Cómo sabes eso? Bien pudo ser un atraco... Joe movió la cabeza negativamente.
-No. Fred Masters, el que tiene la tienda de televisión al otro lado de la calle, encontró el cadáver y leyó la nota.
El cliente depositó cinco centavos en el mostrador, y comentó:
-Me parece que no voy a llorar su muerte. Yo siempre compraba en cualquier otro lado. Ese tipo te vendía como si te estuviera haciendo un gran favor.
Joe asintió con un movimiento de cabeza y replicó:
-Si. No creo que nadie de la vecindad vaya a echarle mucho de menos. Era bastante inaguantable.
Yo estaba a punto de salir del bar y acercarme hasta el almacén para entregarme, pero entonces pedí otro coñac y saqué del bolsillo mi libreta de notas. Comencé a extender una lista de nombres.
Era sorprendente como un nombre seguía inmediatamente al otro. Eran recuerdos amargos, algunos grandes y otros más pequeños, algunos que yo había experimentado y otros que había presenciado... y que quizá me habían sentado mucho peor que a las víctimas.
Nombres. ¿Y el de aquel almacenista? No lo recordaba, pero también debía incluido.
Recordé el día y a la señorita Newman. Eramos sus alumnos de sexto grado y nos había llevado a otra de sus excursiones... Esta vez a los almacenes que había a lo largo del río, donde nos iba a enseñar "cómo trabajaba la industria".
La señorita Newman siempre proyectaba sus excursiones por adelantado y pedía permiso para visitar los lugares adonde pensaba llevarnos, pero esta vez quizá se perdió o desorientó y llegamos al almacén... ella y los treinta chiquillos que la adoraban.
Y el almacenista la había expulsado groseramente. Había empleado un lenguaje que nosotros no entendíamos, pero que sí comprendíamos en su sentido, palabras dirigidas tanto a la señorita Newman como a nosotros.
La señorita Newman era una mujer de baja estatura que en aquel momento sintió un pánico terrible y todos nos retiramos. Al parecer, se sintió tan humillada ante nosotros que al día siguiente no apareció por la escuela ni volvió a hacerlo más, hasta que supimos que había solicitado un traslado.
Y yo, que la adoraba, sabía por qué. No podía ponerse delante de nosotros después de aquello.
¿Viviría todavía aquel individuo? Pensé que por entonces debía andar por los veintitantos años de edad.
Cuando abandoné el bar media hora más tarde, me di cuenta de que tenía por delante mucho trabajo.
Los días siguientes fueron muy atareados, y entre otros, encontré al almacenista. Le dije por lo que moría porque el hombre ni siquiera lo recordaba.
Y cuando terminé aquella labor entré en un restau¬rante situado no muy lejos de mi última ejecución.
La camarera suspendió su conversación con la cajera y se acercó a mi mesa.
-¿Qué desea usted? -preguntó.
Pedí un buen filete y tomates.
El filete resultó lo que se podía esperar de aquella vecindad. Cuando extendí la mano para tomar la cucharilla del café, la dejé caer al suelo accidentalmente. Luego la recogí.
-Camarera -llamé -, ¿puede traerme otra cucharilla, por favor?
La mujer se acercó airadamente a mi mesa y me arrebató la cucharilla de la mano.
-¿Qué le pasa, señor? -interrogó-. ¿Sufre de temblores o algo parecido?
Regresó al cabo de unos momentos y estaba a punto de depositar otra cucharilla sobre la mesa con énfasis considerable cuando de repente se alteró la dura expresión de sus facciones. Disminuyó el descenso del brazo y cuando la cuchara tocó el mantel de la mesa lo hizo suavemente, muy suavemente.
Luego la mujer se echó a reír nerviosa.
-Siento haber sido tan grosera, señor.
Se trataba de una disculpa, y por eso repliqué: -No tiene importancia, olvídelo.
-Quiero decir que puede usted dejar caer al suelo la cucharilla siempre que guste. Me alegrará servirle otra limpia.
-Gracias - murmuré, atendiendo a mi café.
-No se habrá ofendido usted, ¿verdad, señor? -No. En absoluto.
La mujer tomó un periódico de una cercana mesa y dijo:
-Aquí tiene usted, señor, puede usted leerlo mientras come. Quiero decir que es de la casa. Gratis.
Cuando la mujer se retiró, la cajera la miró con los ojos muy abiertos, y preguntó:
-¿Qué significa todo esto, Mable?
Mable me miró de reojo con cierta incomodidad.
-Nunca se puede decir... no podemos asegurar quién es ese hombre. En estos días será mejor mostrar más cortesía.
Mientras comí estuve leyendo y hubo una noticia que me llamó sumamente la atención. Un hombre maduro había calentado unos centavos en una sartén puesta al fuego y luego se los había arrojado a unos cuantos niños que estaban jugando frente a Halloween, y naturalmente se había producido graves quemaduras en las manos. El hombre había sido multado con veinte miserables dólares.
Inmediatamente anoté su nombre y dirección en mi libreta.
El doctor Briller terminó su examen.
-Ya puede usted vestirse, señor Turner.
Recogí mi camisa de encima de una silla y comenté:
-Supongo que no habrá salido ninguna nueva droga milagrosa desde la última vez que estuve aquí, ¿verdad?
El doctor se echó a reír con toda naturalidad, y contestó:
-No, me temo que por ahora no.
Luego contempló en silencio cómo me abotonaba la camisa, y añadió:
-Y a propósito, ¿ha decidido usted lo que va hacer con el tiempo que le queda?
Yo ya lo había pensado, pero creí conveniente responder:
-No, todavía no.
El médico pareció asombrarse profundamente y replicó:
-Ya debía haberlo hecho. Sólo le quedan tres meses.
Y, por favor, hágamelo saber cuando lo decida.
Mientras terminaba de vestirme el doctor se sentó ante su mesa de despacho y lanzó una ojeada al periódico que descansaba sobre ella.
-El asesino parece estar muy ocupado estos días, ¿eh? Luego volvió la página y añadió:
-Pero lo curioso del caso, lo sorprendente de todo cuanto está ocurriendo en estos crímenes es la reacción pública ante los mismos. ¿Ha leído usted las Cartas del Pueblo que se han publicado recientemente?
-No.
-Estos asesinatos parece que encuentran apoyo casi universal. Parece que hay mucha gente que los aprueba. Algunas de las personas que escriben esas cartas dan la impresión de que estarían dispuestas a suministrar al asesino unas cuantas víctimas más, si eso pudiese ser.
Pensé en que tendría que comprar un periódico.
-Y no solamente eso - añadió el doctor Briller-, sino que en toda la ciudad ha estallado una verdadera ola de cortesía.
Me puse el abrigo y pregunté:
-¿He de volver dentro de dos semanas?
El doctor dejó el periódico a un lado y respondió:
-Sí. Y trate de considerar su caso en la forma más alegre posible. Piense que todos hemos de seguír el mismo camino, antes o después.
Pero ya tenía la impresión de que para el doctor Briller siempre habría un "después" mejor que un "antes", en el futuro.

Mi cita con el doctor Briller se había celebrado por la tarde y eran casi las diez de la noche cuando dejé el autobús, y emprendi el corto paseo hasta mi apartamento.
Cuando me aproximaba a la última esquina oí un disparo. Entré en la calle Milding Lane y encontré a un hombrecillo que sostenía un revólver en la mano junto a un cuerpo caído sobre la acera y que, a juzgar por su aspecto, no era más que un cadáver ya.
Miré al muerto y murmuré, asombrado: -¡Cielo santo! ¡Un policía!
El hombrecillo asintió con un movimiento de cabeza.
-Sí - dijo -. Lo que acabo de hacer parecerá un poco extremado, pero verá usted..., este agente estaba empleando un lenguaje totalmente innecesario...
-¡Ah! - exclamé.
El hombrecillo volvió a asentir con otro movimiento de cabeza y añadió:
-Tenía mi coche aparcado frente a esta bomba de incendios. Le aseguro a usted que inadvertidamente.
Y este policía me estaba esperando cuando regresé a mi coche. También descubrió que me había olvidado en casa el permiso de conducir. Yo no hubiese actuado como lo hice si el hombre se hubiese limitado a extenderme una multa, pues yo era culpable y lo admito, señor, pero no se contentó con eso. Hizo embarazosas observaciones acerca de mi inteligencia, de mi vista y sobre la posibilidad de que yo hubiera robado este coche, y finalmente puso en duda la legitimidad de mi nacimiento...
El hombrecillo parpadeó nerviosamente ante el recuerdo de esta última observación y añadió casi en voz baja:
-Y mi madre era un ángel, señor, un verdadero ángel...
Recordé inmediatamente una vez que también yo había sido detenido cuando había cruzado, inadvertidamente, un paso prohibido para peatones en una calle. Yo hubiese aceptado gustosamente la reprimenda de costumbre e incluso una multa, pero el agente insistió en pronunciar una auténtica conferencia ante un numeroso grupo de personas que se habían reunido a nuestro alrededor, y que sonreían divertidas. Fue de lo más humillante.
El hombrecillo miró a la pistola que sostenía en la mano, y dijo:
-Compré hoy mismo esto, y realmente intentaba emplearla con el superintendente de la casa donde vivo. Es un fanfarrón.
Yo comenté, asintiendo con un movimiento de cabeza:
-Insolentes individuos.
El hombrecillo suspiró hondo.
-Pero ahora supongo que tendré que entregarme a la policía, ¿no le parece?
Lo pensé un poco y el hombrecillo me miró fijamente.
Luego el hombrecillo aclaró la garganta, y añadió:
-¿No le parece a usted que debería dejar una nota sobre ese cadáver? Verá usted, estuve leyendo en el periódico acerca de...
Inmediatamente le presté mi libreta de notas.
El hombrecillo escribió unas cuantas líneas, firmó con sus iniciales, y depositó la hoja de papel entre los botones de la guerrera del agente muerto.
Luego me devolvió la libreta, diciendo:
-Tengo que recordar comprar una como ésta. Acto seguido abrió la portezuela de su coche y preguntó:
-¿Quiere que le deje en algún sitio?
-No, gracias. Hace una buena noche y prefiero pasear.
"Agradable individuo", pensé, cuando el coche se alejó.
Era una lástima que no hubiese muchos como él.

El muchacho que predecía los terremotos - Margaret St. Clair

-Naturalmente, tú eres escéptico -dijo Wellman. Se sirvió agua de una jarra, se colocó una píldora en la lengua y, con ayuda del agua, se la tragó -. Es lógico y comprensible. No te culpo por ello, ni soñarlo. Aquí, en el estudio, había un buen montón de gente que, cuando empezamos a programar a ese chico, Herbert, sustentaba tu misma actitud. Y, entre nosotros, no me importa admitir que yo mismo sentía bastantes dudas respecto a que un programa de esa clase pudiera dar buen resultado en televisión.
Wellman se rascó detrás de la oreja, mientras Read le escuchaba con interés científico.
-Bueno, pues estaba equivocado - siguió Wellman, bajando la mano -. Me complace decir que erré en un mil por ciento. El primer programa del muchacho, que no fue anunciado y careció de publicidad, aportó casi mil cuatrocientas cartas. Y hoy en día recibe... -El hombre se inclinó hacia Read y susurró una cifra.
-¡Oh! - exclamó Read.
-Aún no hemos divulgado esa información, porque esos borregos de Purple no nos creerían. Pero es la verdad pura y simple. Hoy en día no existe otra personalidad en televisión que cuente con una audiencia como la del chico. El programa también se emite en onda corta, y la gente lo sintoniza en todas partes del mundo. Después de cada programa, la oficina de Correos ha de enviarnos dos camiones especiales llenos de cartas. Read, no puedo expresar lo feliz que me hace el que ustedess, los científicos, estén pensando, por fin, en hacer un estudio respecto al muchacho. Te soy franco.
-¿De qué tipo es, personalmente? - preguntó Read.
-¿El chico? Oh, muy sencillo, tranquilo y muy, muy sincero. A mí me gusta muchísimo. Su padre... bueno, es todo un carácter.
-¿Cómo se realiza el programa?
-¿Quieres decir cómo trabaja Herbert? Pues, francamente, Read, eso es algo que tendrán que averiguar tus informadores. Nosotros no tenemos ni la más mínima idea de lo que ocurre en realidad. Desde luego, puedo decirte los detalles del programa. El muchacho actúa dos veces a la semana, los lunes y viernes. No emplea guión - Wellman hizo una mueca-, y eso nos produce más de un quebradero de cabeza. Herbert asegura que los guiones le dejan sin saber qué decir. Permanece en antena durante doce minutos. La mayor parte de ellos se limita a charlar, contando a los espectadores lo que estudia en el colegio, los libros que ha leído y cosas por el estilo. La clase de conversación que uno oye de cualquier muchacho simpático y tranquilo. Pero siempre hace una o dos predicciones. Como mínimo, una, y como máximo tres. Se trata de cosas que ocurrirán durante las próximas cuarenta y ocho horas. Herbert dice que, más allá de ese plazo, no puede ver nada.
-¿Y las predicciones se cumplen? - inquirió Read, y más que una pregunta era una afirmación.
-Siempre - replicó Wellman, con leve tono de cansancio. Lanzó un bufido -. El último abril, Herbert predijo la caída del avión estratosférico en Guam, el huracán de los Estados del Golfo, y los resultados de las elecciones. También anunció el desastre del submarino en Las Tortugas. ¿Te das cuenta de que el FBI, durante cada programa, tiene un agente en el estudio, junto al muchacho? Se trata de una medida para suspender inmediatamente el espacio si el chico dice algo que sea contrario a la política pública. Así de en serio le toman.
Ayer, cuando me enteré de que la Universidad pensaba hacer un estudio sobre el tema, repasé el historial de Herbert. Hace ahora año y medio que su programa se emite, dos veces a la semana. Durante ese tiempo, el chico ha hecho ciento seis predicciones. Y cada una de ellas, sin excepción, ha resultado cierta. En estos momentos, el público en general tiene tal confianza en él que... - Wellman se humedeció los labios, buscando la comparación adecuada -, que si predijese el fin del mundo o el ganador del Derby irlandés, le creerían.
"Soy sincero por completo, Read, terriblemente sincero: Herbert es la cosa más importante que ha habido en televisión desde el invento de la célula de selenio. Resulta imposible sobreestimarle a él o a su importancia. Y ahora, ¿te parece que vayamos a presenciar su programa? Ya es casi hora de que empiece.
Wellman se puso de pie frente a su escritorio y colocó, en su lugar, la corbata, adornada con pingüinos rosa y púrpura. Luego condujo a Read a través de los pasillos de la emisora hasta la sala de observación del estudio 8-G, donde se encontraba Herbert Pinner.
Read pensó que Herbert parecía un muchacho agradable y pacífico. Tendría unos quince años y estaba muy desarrollado para su edad. Su rostro era agradable, inteligente y con cierta expresión preocupada. Realizó los preparativos para su programa con perfecta compostura, que tal vez escondiese un punto de desagrado.
-He estado leyendo un libro muy interesante -dijo Herbert a la audiencia televisiva-. Se llama El conde de Montecristo. Creo que a casi todo el mundo le gustaría - el muchacho mostró el volumen a los espectadores -. También he comenzado a leer una obra sobre astronomía escrita por un hombre llamado Duncan. Eso me ha hecho desear un telescopio. Mi padre dice que, si trabajo de firme y consigo buenas notas en el colegio, a fin de curso me regalará un pequeño telescopio. Cuando lo compremos, les diré lo que veo por él.
"Esta noche, en los Estados del Atlántico Norte habrá un terremoto. No será muy malo. Producirá considerables daños en las propiedades; pero no habrá víctimas. Mañana por la mañana, a eso de las diez, encontrarán a Gwendolyn Box, que está perdida en las sierras desde el jueves. Aunque tendrá una pierna rota, estará aún con vida.
"Cuando tenga el telescopio, espero hacerme miembro de la Sociedad de Observadores de las Estrellas Variables. Las estrellas variables se llaman así porque su brillo varía, ya sea debido a cambios internos o a causas externas...
Al final del programa, Read fue presentado al joven Pinner. El científico encontró al muchacho muy cortés y cooperativo; pero un poco distante.
-No sé cómo lo hago, señor Read - dijo Herbert, después de responder a cierto número de preguntas preliminares -. No son imágenes, como usted ha sugerido, y tampoco palabras. Sólo es que... esas cosas se me ocurren.
"He observado que no logro predecir nada a no ser que sepa, más o menos, de qué se trata. He podido anunciar el temblor de tierra porque todo el mundo sabe lo que es un terremoto. Pero no hubiera conseguido hablar de Gwendolyn Box de no saber que estaba perdida. Sólo hubiera tenido la sensación de que algo o alguien iba a ser encontrado.
-¿Quieres decir que no puedes hacer predicciones acerca de nada a no ser que, con anterioridad, conozcas la cosa conscientemente? - preguntó Read, con interés. Herbert dudó.
-Supongo que sí... -dijo-. En caso contrario se forma una especie de... borrón en mi cerebro; pero no puedo identificar lo que es. Es como mirar a una luz con los ojos cerrados. Uno sabe que existe luz, pero eso es cuanto conoce. Ese es el motivo de que lea tantos libros. Cuantas más cosas conozco, sobre más cosas puedo hacer predicciones. Algunas veces se me escapan cosas importantes. No sé a qué se debe. Como, por ejemplo, cuando estalló la pila atómica y murió tanta gente. Para aquel día, lo único que yo había anunciado era un aumento en los empleos. En realidad, no sé cómo me pasa esto, señor Read. Lo único que sé es que me pasa.
En aquel momento apareció el padre de Herbert.
Era un hombre bajo y robusto, con la persuasiva personalidad del extrovertido.
-Así que van a investigar a Herbert, ¿eh? - dijo, tras las presentaciones -. Esto está bien. Ya era hora de que lo hiciesen.
-Creo que lo haremos - respondió Read, con cau¬tela -. Primero tendrán que aprobar la subvención para el proyecto.
El señor Pinner le miró astutamente.
-Antes quiere ver si se produce un terremoto, ¿verdad? Cuando se le oye decirlo a él mismo, es diferente. Bueno, pues lo habrá. Una cosa tremenda, un terremoto - chasqueó la lengua con desagrado -. Al menos no habrá muertos, y eso es bueno. Y encontrarán a la señorita Box de la forma anunciada por Herbert.
El terremoto se produjo a eso de las nueve y cuarto, mientras Read se hallaba sentado bajo la lámpara de pie, leyendo un informe de la Sociedad de Investigaciones Físicas. Se oyó un ominoso retumbar que fue seguido por un largo y mareante temblor.
A la mañana siguiente, Read hizo que su secretaria la pusiera en contacto con Haffner, un sismólogo al que el científico conocía superficialmente. Por teléfono, Haffner se mostró definitivo y brusco:
-Claro que no existe forma de predecir un temblor de tierra - dijo, con sequedad -. Ni siquiera con una hora de anticipación. Si la hubiera, advertiríamos a la gente y haríamos evacuar las áreas donde se va a producir. Nunca se producirían muertos. En forma general, podemos adelantar los lugares donde son probables los terremotos, eso sí. Hace años que sabemos que en esta área pueden producirse temblores. Pero respecto a marcar la hora exacta... Sería lo mismo que preguntarle a un astrónomo cuándo se va a convertir en nova una estrella. No lo sabe, y nosotros tampoco. De todas formas, ¿a qué se deben sus preguntas? ¿A la predicción de ese muchacho, ese Pinner?
-Sí. Estamos pensando en observarle.
-¿Pensando? ¿Quiere decir que sólo ahora empiezan a estudiarle? ¡Señor, en qué torre de marfil deben de vivir ustedes, los psicólogos investigadores!
-¿Cree usted que lo que hace el muchacho es auténtico?
-La respuesta es un rotundo sí.
Read colgó. Cuando salió a almorzar, por los titulares de los periódicos se enteró de que la señorita Box había sido encontrada de la forma predicha por Herbert en su programa.
Sin embargo, aún dudaba. Hasta el jueves no comprendió que sus dudas no se debían al temor de malgastar el dinero de la Universidad en una impostura, sino a su excesiva seguridad de que Herbert Pinner era sincero. En el fondo, no deseaba comenzar su estudio. Estaba asustado.
Comprender aquello le conmocionó. Inmediatamente llamó al decano y le pidió la subvención. La respuesta fue que no habría dificultades para conseguirla. El viernes por la mañana, Read escogió a los dos hombres que debían ayudarle en el proyecto. Y para cuando el programa de Herbert estaba a punto de salir al aire, los tres se encontraban ya en la emisora.
Hallaron a Herbert tensamente sentado en una silla del estudio 8-G. A su alrededor, Wellman y otros cinco o seis ejecutivos de la emisora. El padre del muchacho iba de un lado a otro, dando claras muestras de excitación y retorciéndose las manos. Incluso el hombre del FBI había abandonado su habitual alejamiento e impasibilidad, e intervenía acaloradamente en la discusión. En medio de todos ellos, Herbert meneaba la cabeza y decía, una y otra vez:
-No, no. Me es imposible.
-Pero, ¿por qué, Herbie? - gimió su padre -. Por favor, dime por qué no quieres. ¿Por qué te niegas a actuar en tu programa?
-No puedo - replicó Herbert -. Por favor, no me pregunten. No puedo. Eso es todo.
Read observó lo pálido que estaba el muchacho.
-Pero, Herbie... Tendrás cuanto quieras. ¡Lo único que has de hacer es pedirlo! Ese telescopio... Mañana te lo compraré... O, mejor: esta misma noche.
-No quiero ningún telescopio - rechazó el joven Pinner, cansado -. No quiero mirar a través de él.
-¡Te compararé un pony, una lancha a motor, una piscina! ¡Herbie, cualquier cosa que pidas te la daré!
-No - dijo el muchacho.
El señor Pinner miró en torno, con desesperación. En un rincón vio a Read y corrió hacia él:
-Mire a ver si puede usted convencerle, señor Read- suplicó.
Read se mordió el labio inferior. En cierto sentido, era su deber. Se abrió paso a través de la gente y llegó junto a Herbert. Apoyando una mano sobre su hombro, preguntó:
-¿ Qué es eso que me han dicho de que no quieres hacer tu programa, Herbert?
Herbert le miró. La acusada expresión de su rostro hizo que Read se sintiera culpable y contrito.
-Me es imposible -dijo el chico-. No empiece usted también a preguntarme, señor Read.
Read volvió a morderse el labio. La técnica de la parasicología consiste, en parte, en conseguir que los sujetos cooperen.
-Herbert, si el programa no se emite, un montón de gente quedará defraudada.
El rostro del muchacho adoptó una expresión arisca.
-No puedo evitado - dijo.
-Y más aún, muchas personas se asustarán. No se explicarán por qué el programa no se emite y comenzarán a imaginar cosas. Cosas de toda índole. Si no te ven, muchas personas se alarmarán terriblemente.
-Yo... -comenzó el muchacho. Se pasó una mano por la mejilla -. Quizá tenga razón - contestó, con lentitud-. Sólo que...
-Tienes que realizar tu programa. Repentinamente, Herbert capituló:
-De acuerdo - dijo -. Lo intentaré.
Todos en el estudio lanzaron un suspiro de alivio y se produjo un movimiento general hacia la puerta de la cabina de control. Los comentarios se hacían en tono agudo y nervioso. La crisis había acabado sin que ocurriese lo peor.
La primera parte del programa de Herbert fue muy parecida a la de otras veces. La voz del muchacho sonaba un poco insegura, y sus manos mostraban cierta tendencia a crisparse, mas tales anormalidades pasarían inadvertidas al espectador normal. Cuando hubieron transcurrido unos cinco minutos, Herbert hizo a un lado los libros y diseños (había estado charlando sobre el diseño mecánico) que estaba mostrando a su audiencia y comenzó, con enorme seriedad:
-Quiero hablarles de mañana. Mañana... - hizo una pausa y tragó saliva -, mañana va a ser distinto a cuanto ha habido en el pasado. Mañana será el comienzo de un mundo nuevo y mejor para todos nosotros.
Al oír aquellas palabras, Read sintió que le recorría un escalofrío. Observó los rostros que le rodeaban. Todo el mundo escuchaba a Herbert con expresión absorta. Wellman tenía la mandíbula un poco caída y, sin darse cuenta, jugueteaba con los unicornios que adornaban su corbata.
-En el pasado ha habido etapas muy malas - seguía el joven Pinner -. Hemos tenido guerras, ¡tantas!, y hambre, y epidemias. Se han producido depresiones sin que supiésemos qué las producía; ha habido gente que pasaba hambre cuando había comida y que moría de enfermedades para las cuales conocíamos el remedio. Hemos visto malgastar la riqueza del mundo. El agua de los ríos se ha vuelto negra a causa de los desperdicios que a ella arrojaban, aproximando cada vez más el hambre a nosotros. Hemos sufrido, hemos atravesado una larga y mala época... Pero a partir de mañana - su voz se hizo más alta y más profunda -, todo esto cambiará. No habrá más guerras. Viviremos el uno junto al otro, como hermanos. Dejaremos de matar, de causar destrozos, de arrojar bombas. El mundo, de polo a polo, serán gran y fértil jardín, repleto de fruta, y nos pertenecerá a todos, para que lo disfrutemos y seamos felices. La gente vivirá mucho tiempo, será dichosa y sólo morirá de vieja. Nadie volverá a tener miedo. Por vez primera desde que los hombres existen sobre la tierra, vi¬viremos como deben hacerlo los seres humanos.
"Las ciudades serán ricas en cultura: arte, música, libros... Y todas las razas contribuirán, cada una según sus posibilidades, a esa cultura. Seremos más inteligentes, más felices y más poderosos de lo que nadie ha sido jamás. Y muy pronto... -el muchacho dudó un momento, como si temiera cometer un desliz -. Muy pronto mandaremos al espacio nuestras naves cohete. Llegaremos a Marte, a Venus y a Júpiter. Iremos hasta los límites de nuestro sistema solar para ver cómo son Urano y Plutón. Y a lo mejor desde allí, es posible, seguiremos adelante y visitaremos las estrellas... Mañana será el comienzo de todo esto. Y nada más, por ahora. Adiós. Buenas noches.
Durante unos momentos, después de que el muchacho hubo concluido, nadie se movió ni habló. Luego comenzaron a oírse voces que balbucían en tono delirante.
Read, mirando a su alrededor, advirtió lo pálidos que estaban todos y lo dilatados que tenían los ojos.
-¿Cómo repercutirá el nuevo orden en la televisión? - dijo Wellman, como para sí mismo. Su corbata aparecía totalmente desanudada y le colgaba de cualquier manera alrededor del cuello -. Seguirá habiendo TV, eso es seguro, forma parte de la buena vida. - Y en seguida, volviéndose hacia Pinner, padre, que estaba sonándose y secándose los ojos -: Sáquele de aquí inmediatamente, Pinner. Si se queda, vendrá tanta gente que se formará un tumulto.
El padre de Herbert asintió y se metió en el estudio en busca de su hijo, que se hallaba ya en medio de un corro de personas, y regresó con él. Con Read precediéndoles, se abrieron camino por el pasillo y bajaron hasta la calle para salir por la parte de atrás de la emisora.
Sin que le invitaran, Read se metió en el coche y tomó asiento, en uno de los transportines, frente a Herbert. El muchacho parecía exhausto. No obstante, en sus labios había una leve sonrisa.
-Será mejor que el chófer les lleve a un hotel tranquilo... - dijo Read al padre -. Si van a su domicilio habitual, les asediarán.
Pinner asintió.
-Al hotel Triller -ordenó al conductor del co¬che-. Vaya despacio, taxista. Queremos pensar.
El hombre deslizó un brazo en torno a su hijo y le dio un cariñoso apretón. Sus ojos brillaban de felicidad.
-Me siento orgulloso de ti, Herbie - declaró, solemnemente-. No podría sentírmelo más. Lo que dijiste... Fue algo maravilloso, maravilloso...
El conductor no había hecho nada por poner el coche en movimiento. Ahora se volvió y dijo:
-Es usted el joven señor Pinner, ¿verdad? Acabo de verle. ¿Me permite estrechar su mano?
Tras una ligera duda, Herbert se inclinó hacia adelante y extendió la suya. El chófer la aceptó casi con reverencia.
-Sólo quería darle las gracias..., sólo darle las gracias... ¡Oh, diablos! Excúseme, míster Herbert. Pero lo que ha dicho ha significado mucho para mí. Estuve en la última guerra.
El coche se apartó del bordillo. Mientras iban hacia el centro, Read observó que la petición de Pinner al taxista de que fuera lentamente había sido innecesaria. El público atiborraba las calles. Las aceras se encontraban atestadas, y la gente comenzaba a invadir las calzadas. El vehículo redujo primero su velocidad hasta ir a la de un hombre a pie. Read echó las cortinillas para evitar que reconocieran a Herbert.
En las esquinas, los vendedores de periódicos voceaban histéricamente. Aprovechando un momento en que el taxi se detuvo, Pinner abrió la portezuela y saltó a la calle. Regresó en seguida con un montón de diarios bajo el brazo.
Decía uno: "¡Comienza un nuevo mundo!". Y otro: "¡Mañana se cumple el milenio!". Y otro simplemente: "¡Alegría en el mundo!". Read abrió uno de los ejem¬plares y comenzó a leer los comentarios:

"Un muchacho de quince años ha anunciado al mundo que, a partir de mañana, sus penas habrán concluido, y el mundo se ha vuelto loco de alegría. El muchacho, Herbert Pinner, cuyas siem¬pre exactas predicciones le han ganado una audiencia mundial, ha predicho una era de paz, abundancia y prosperidad como jamás se ha conocido..."

-¿No es maravilloso, Herbert? - jadeó Pinner. Sus ojos brillaban de excitación. Meneó el brazo de su hijo-. ¿No es maravilloso? ¿No estás contento?
-Sí - dijo Herbert.
Al fin llegaron al hotel y se registraron. Se les dio una suite en el piso dieciséis. Incluso a esta altura podía oírse algo de la excitación que reinaba en la masa de allá abajo.
-Acuéstate y descansa, Herbert - dijo el señor Pinner -. Pareces rendido. Debió de resultarte difícil decir todo aquello... - recorrió la habitación a grandes pasos y luego se volvió hacia el muchacho, como disculpándose -. Me excusarás si salgo, hijo, ¿verdad? Me siento demasiado excitado para quedarme quieto. Deseo ver lo que pasa afuera - su mano estaba ya en el tirador de la puerta.
-Sí, vete - respondió Herbert, que se había hundido en un sillón.
Read y Herbert quedaron solos. Durante unos instantes, nadie dijo nada. El muchacho ocultó la cara entre los manos y lanzó un suspiro.
-Herbert - dijo Read, con suavidad -. Creí que no lograbas ver el futuro más allá de las próximas cuarenta y ocho horas.
-Es cierto - replicó Herbert, sin mirarle.
-Entonces, ¿cómo pudiste predecir las cosas que has anunciado esta noche?
La pregunta se hundió en el silencio del cuarto como una piedra arrojada a un estanque. De ella parecieron surgir ondas circulares. Herbert preguntó:
-¿De veras quiere saberlo?
Read tuvo que buscar el nombre de la emoción que sentía. Era miedo. Respondió:
-Sí.
El muchacho se puso en pie y fue hasta la ventana. Se quedó ante ella, mirando al exterior, no a las atestadas calles, sino al cielo, donde, gracias al horario de verano, aún se veía el leve resplandor del ocaso.
-De no haber leído el libro, no lo hubiera sabido - dijo. Se volvió hacia Read y continuó, precipitadamente -: Sólo hubiese tenido noción de que algo importante, muy importante, iba a ocurrir. Pero ahora lo sé. Leí sobre ello en mi libro de astronomía. Mire hacia ahí -el chico señalaba al Oeste, hacia el lugar que había ocupado el Sol-. Mañana será de otra forma.
-¿Qué quieres decir? - gritó Read. Su voz estaba trastornada por la ansiedad-. ¿Qué intentas dar a entender?
-Que mañana el Sol será distinto... Quizá sea preferible... Quise que todos fueran felices. No puede reprocharme que les mintiera, señor Read.
Read fue hacia él, furioso.
-¿Qué pasa? ¿Qué va a ocurrir mañana? ¡Tienes que decírmelo!
-Pues mañana, el Sol... He olvidado la palabra... ¿Cómo se llama una estrella cuando aumenta repentinamente su brillo y se vuelve un millón de veces más cálida de lo que era antes?
-¿Una nova? - gritó Read.
-Eso es. Mañana... el Sol estallará.

La muchacha de oro - Ellis Peters

-Shakespeare... - dijo el sobrecargo, pensativo, mientras tomaba su segunda cerveza después de salir del teatro -. Desde luego, este año sólo se representa a Shakespeare. Sin embargo, él también plagió lo suyo. Eso de "mis ducados y mi hija"... Hubo otro tipo que escribió eso mucho mejor. Una vez la obra se llamaba El judío de Malta, y el autor era un tal Marlowe. "¡Oh, fortuna, oh, muchacha! ¡Oh, belleza! ¡Oh, mi dicha!" Esta noche, viendo El Mercader, me he acordado. Y de un caso real que conocí... sólo que ella no era su hija, ni mucho menos.
"Entonces era yo un jovenzuelo inexperto, y servía a las órdenes del viejo McLean, en el Áurea. De esto hará... bueno, unos diez años o así. Algunas veces sueño con ello, aunque ahora no me ocurre con tanta frecuencia. Ibamos a zarpar a Liverpool con destino a Bombay. Era mi tercera travesía. Aquella pareja llegó durante el bullicio anterior a la salida, y, no obstante, nadie dejó de fijarse en ellos a causa de la chica. ¡Era tan increíblemente bonita, con su cabello rubio como el oro y sus ojos azul claro! Además, ¡estaba tan enternecedoramente embarazada...! Ya saben, esos blusones sueltos, y luego los finísimos brazos colgando a ambos lados del abultado cuerpo. Y el cuidadoso y levemente desmañado andar, equilibrando el peso. Subió lentamente las escalerillas, aferrándose a la baranda. Uno podía notar que todos los hombres que había alrededor se contenían para no correr a ayudarla.
"La pareja se dirigía a Bombay, donde, probablemente, el marido iba a hacerse cargo de algún delicado empleo. El hombre tendría unos cuarenta años, contra los veintidós o así de ella. Sin embargo, en él también había algo. Al cabo de una hora de zarpar, todas las mujeres tenían los ojos fijos en él. Era un tipo alto y atractivo, moreno, silencioso y con aspecto experimentado. Mostraba hacia su mujer una actitud tan solícita que el resto de las esposas de a bordo se pusieron verdes de envidia. Inmediatamente supusieron que se trataba de un vividor reformado. Un donjuán que había encontrado su chica. ¡Que intentasen apartarle de ella! Antes de que terminase el viaje hubo muchas que trataron de hacerlo. Pero no. Por lo que a él respectaba, en el barco no había otra mujer que su esposa. Durante los diecisiete días de la travesía no se apartó de su lado, y siempre con aquella ansiosa expresión en la cara.
"A los dos días de navegación realizamos un simulacro de naufragio. Siempre lo hacíamos, aunque nunca esperábamos que colaborasen más de la mitad de los pasajeros, sobre todo en aquella época del año y con el mar tan calmado como suele mostrarse a veces. Yo era el oficial a cargo del bote salvavidas que correspondía a la pareja, y cuando sonó la primera sirena me cuidé de pasar cerca de su camarote. El hombre no estaba, había ido a la biblioteca, a buscar unos libros para su esposa. Tuve el placer de ayudarla a colocarse el chaleco salvavidas. Como la mayor parte de las mujeres, no tenía ni idea de cómo ponérselo, con instrucciones o sin ellas.
"Bajo la amplia túnica, el cuerpo de la muchacha parecía menos abultado. Sólo un poco más grueso de lo que debía de ser en circunstancias normales. Al menos, eso me pareció. Por la forma que la joven tuvo de darme las gracias hubiera estado yo dispuesto a saltar por la borda, si eso fuese a complacerla. Sí, se encontraba bien. Sí, subiría al puente y colaboraría, como los demás. Y lo hizo. Era como una niña entregada a un juego, la más alegre de todos los falsos náufragos. Su marido llegó pronto al rescate, ansioso de aislarla de nosotros y de cuidar de ella él mismo. No hubo un solo hombre que no envidiara sus derechos.
"Y así durante toda la travesía. En nuestras proyecciones cinematográficas, los dos se sentaban en un tranquilo rincón, con las manos juntas. Las mujeres suponían que no llevaban mucho tiempo casados. Sin duda él aún no se había repuesto del feliz shock de conseguirla, y casi no podía creer en su suerte.
"Casi la mitad de los pasajeros descendieron en Karachi. Como de costumbre, seguimos hacia Bombay rodeados de un ambiente más tranquilo y apagado. Y aquella noche, alrededor de las doce, estalló el fuego.
"Se estaba celebrando un baile. Para suavizar el efecto de las separaciones, siempre programamos algo divertido. Debido a la fiesta no conseguimos averiguar cómo empezó la cosa. Lo único que sé es que, de pronto, comenzaron a sonar alarmas bajo los puentes e, inexplicablemente, ninguna arriba, en los salones y bares. La música prosiguió, y en la cubierta de botes la gente continuaba en la piscina mucho después de que, abajo, casi reinase el pánico. Las comunicaciones se hicieron imposibles, ya que el sistema de altavoces se desbarató. Antes de que hubiera transcurrido el tiempo necesario para decir «amén», todo estaba lleno de humo. Diez minutos más tarde aquello era ya un caos. Nadie podía transmitir órdenes más allá del alcance de su voz. Y una vez a la gente le hubo entrado el miedo, ese alcance no abarcaba mucho.
"En realidad, no se trató de pánico. Los pasajeros formaban un conjunto bastante consciente, y se hubieran portado de maravilla si hubiese habido alguna forma de indicarles lo que debían hacer. Pero no la había, porque no disponíamos de suficientes oficiales para andar de grupo en grupo. Algunas veces la confusión y el desconcierto pueden producir los mismos resultados que el pánico. Los pasajeros más capaces y conscientes, que siempre están dispuestos a ayudar, por falta de instrucciones, hacen las peores cosas. Y los otros no lograban más que estorbarlos a ellos y a nosotros. ¿Qué medidas podían tomarse? Gracias a Dios, el mar estaba en completa calma y dos o tres barcos habían recibido nuestras llamadas de auxilio y acudían al rescate.
"Las cosas tenían que suceder como ocurrieron. El fuego se extendió a velocidad prodigiosa y el barco empezó a escorar. Empujamos a todo el mundo a cubierta, les hicimos poner los chalecos salvavidas y comenzamos a arriar los botes. Nunca olvidaré el escándalo que reinaba. Nadie se puso histérico, pero todos gritaban.
"Comencé a recorrer, entre el humo, el puente B., abriendo las puertas de los camarotes para recoger a los rezagados. Con una mano agarraba a una mujer y, a mi espalda, un camarero de Goa arrastraba a dos más. Abrí la puerta de la cabina cincuenta y seis. Allí estaba la muchacha de oro, aferrada a su marido. Sus grandes ojos parecían enormes lagos grises en los que se reflejaba un asombrado terror. Los dos estaban lidiando desmañadamente con el chaleco salvavidas de ella. El del hombre se encontraba en la litera baja. Le grité, furiosamente, que se diera prisa en ponerle a su mujer el chaleco. Luego, tan pronto como concluyó, aferré a la muchacha con mi mano libre. La chica, dando traspiés, me siguió por las escalerillas. Su paso era tan lento y dificultoso como el de una anciana. Incluso tuve tiempo de sangrar un poco interiormente ante la sola idea de que estaba maltratándola. Pero, ¡caramba!, teníamos prisa. Bajo nuestros pies, el Áurea se inclinaba cada vez más, hundiéndose en el tranquilo océano. El barco no iba a durar mucho.
"Bueno, pese al pandemonio que reinaba en cubierta, conseguí llevar a la pareja hasta su lancha. Para entonces, cerca de nuestro buque había ya un petrolero que lanzaba sus botes para acudir al rescate. Sobre las oscuras aguas brillaban las luces de los faros de búsqueda. En aquel momento el puente comenzó a ladearse, tomando una posición casi vertical que nos lanzó hacia la barandilla. Las mujeres gritaron, colgándose de lo primero que les vino a mano. Pensé que todo había acabado; pero el Áurea volvió a enderezarse en parte. Sin embargo, el bote se escurrió, deslizándose hacia popa, donde quedó trabado. Comprendí que ya no podríamos utilizarlo. Algunos de los otros estaban ya en el agua, a cierta distancia, seguros y esperando la oportunidad de ayudarnos en lo que pudieran cuando zozobrásemos. En la oscuridad, más barcos se acercaban al petrolero, dispuestos también a colaborar. Uno se había aproximado más que los restantes, y desde él nos llamaban. Les respondí a gritos, y el vapor se acercó aún más. Aferré por el brazo a la muchacha de oro. Tenía en mi mano dos vidas... ya saben lo que es eso.
"El marido de la chica, hecho una furia, lanzó un alarido y agarró con todas sus fuerzas a su mujer, gritando algo que, a causa del barullo general, no comprendí. No había tiempo de convencer a nadie de nada, así que, para apartarle, le puse la mano contra la barbilla y le di un fuerte empujón. A la fuerza, soltó a su esposa. Luego tomé en brazos a la chica, la alcé sobre la baranda y, con mucho cuidado y delicadeza, la dejé caer en el sitio donde estaría más segura: el mar, a pocos metros de los botes que habían sido arriados del barco que se encontraba más próximo. El oficial a quien yo había saludado se inclinaba ya para recoger a la muchacha.
"Entonces ocurrieron dos cosas con las que aún sueño a veces, cuando me encuentro indispuesto. Su esposo lanzó un grito digno de un alma en pena, un sonido que nunca olvidaré, y, aullando, fue hasta la baranda y saltó sobre ella. Y la muchacha, la chica de oro... ¡Dios mío...! Al caer al agua se hundió como una piedra.
"Su rostro estuvo un segundo vuelto hacia arriba, demudado, mirándome con aquellos ojos perdidos y aterrados hasta que las aguas se cerraron sobre él. La muchacha se hundió y no volvió a reaparecer.
"Me costó un minuto entero darme cuenta de lo que había ocurrido. Pueden imaginárselo. Luego me tiré al agua y me sumergí en busca de la mujer, bajando, bajando cada vez más; una y otra vez, hasta que, a la fuerza, me izaron a un bote. No pude encontrada. No obstante hubo un momento en que me pareció veda, hundiéndose mucho más abajo de donde me hallaba. Creo recordada con los cabellos erizados, de ojos llenos de horror... Su boca daba la impresión de emitir un silencioso alarido. ¿Cuál era su nombre? Sería agradable pensar que sólo imaginé todo aquello. Y, mejor aún, olvidado. El caso es que no logro hacer ninguna de las dos cosas.
"Para aquellos instantes, del marido tampoco quedaba nada, excepto el chaleco salvavidas, que flotaba mansamente en el lugar donde se lo había arrancado para bucear en busca de la joven. Si el vórtice que produjo el Áurea al hundirse no hubiera revuelto el fondo y hecho subir a la superficie cuanto había hundido, nunca hubiéramos encontrado a ninguno de los dos. El petrolero aún tenía unos cuantos botes en el agua. Uno de ellos recogió el cuerpo de la chica, aprovechando su momentánea. salida a la superficie. Al hombre nunca lo hallamos.
"Fue el encontrarla a ella y lo que llevaba sobre el cuerpo, lo que hizo intervenir en el asunto a la Interpol.
"La muchacha no estaba casada con el hombre, desde luego. Era una modelo profesional y actriz de pequeños papeles que el tipo había recogido en algún club nocturno. Tampoco estaba embarazada. Lo único que, a mi en¬tender, no era falso, era la solícita actitud del hombre hacia su compañera. Nunca la había empleado antes. Todos los cargamentos anteriores los había pasado por aire, mediante otros portadores. El último debía haber sido un trabajo fácil, un crucero de placer con una her¬mosa recompensa al final. Se trataba de un negocio muy provechoso. Creo que no pensaban repetirlo.
"Una vez acabado el primer simulacro de naufragio, el material que ella había subido a bordo metido en una bolsa oculta por su ancho traje de embarazada, pasó a quedar escondido en el chaleco salvavidas de la muchacha. ¿Un lugar absurdo? Bien, les diré una cosa: nadie cree nunca que va a necesitar imperiosamente ese maldito chaleco. Nadie. Así que, a fin de cuentas, no era un lugar tan estúpido. De esa forma, la chica podía disfrutar de comodidad hasta volver a recoger su carga, al llegar a Bombay. Una vez allí la transportaría tiernamente a tierra por entre los empleados de la aduana. La pareja dejó para la última noche el trabajo de trasladar el "paquete" a su escondite original, y el incendio les pescó desprevenidos.
"Desde luego, el hombre podía haberse quedado con el chaleco pesado y dar el suyo a la muchacha. Quizá lo hubiera hecho, de no haber intervenido yo. O puede que no. Después de todo, la chica no era más que una profesional que realizaba un trabajo para él. Una vez en el bote, se hubiera encontrado segura. Y, siguiera lo que siguiese, era ella, con su pasmosa belleza y su desarmante estado, la que hubiera recibido el mejor trato y la que hubiese tenido más posibilidades de volver a esconder la carga y de meterla en la India sin apenas arriesgarse.
"Aún me pregunto cuál fue la verdadera causa que hizo que aquel hombre se arrojara al agua, si la muchacha, o los quince kilos de oro que había en el interior del chaleco salvavidas.

Los Brown no tienen baño - Margot Bennet

Antes de que el agente de bienes raíces tuviera tiempo de parpadear, se encontró con que había alquilado la casa a la señora Brown. Esta la aceptó, sin verla, y firmó un contrato de arrendamiento por diez años. Mientras regresaba al cuarto sótano en el que ella y su marido vivían en aquellos momentos, la mujer depositó una libra en el sombrero de un artista que pintaba en la acera. Para la señora Brown, aquella libra marcaba el final de un año de esfuerzos por ocultar su furiosa desesperación tras una fachada de despreocupada y casi aristocrática serenidad. Ahora, al fin, había encontrado un hogar.
Al abrir la puerta delantera de su nueva casa, la mujer se sintió como Robinson Crusoe echando el primer vistazo a los que iban a ser sus dominios. El sol habría dado de lleno sobre el feo mosaico del vestíbulo de no ser por los turbios y policromos cristales de la galería. El suelo de ésta era de ladrillos, lo cual permitía que en ella se pudieran poner macetas.
-Una preciosa casita –dijo Charles, con leve tono dubitativo.
El cerebro de la señora Brown trabajaba afanosamente.
-Si compramos una alfombra de segunda mano, desde luego, podremos cubrir esas baldosas.
-¿Y cómo taparemos la vía del tren que pasa bajo la ventana del dormitorio? - preguntó Charles.
La mujer abrió una puerta de color amarillo y atisbó escaleras abajo.
-¡Charles! - dijo, excitada -. ¡Aquí hay un baño! Ambos examinaron el cuarto.
-No es muy práctico - admitió ella.
-No -dijo Charles-. Pero supongo que uno puede zambullirse desde el primer escalón de arriba y, al salir, secarse en el recibidor.
Greta corrió al piso de arriba.
-¡Mira! -llamó -. Aquí hay una habitación que, en realidad, no vale para nada. ¿No crees que podríamos trasladar el baño a este piso?
-No conseguiríamos que nadie nos lo hiciera hasta, por lo menos, dentro de seis meses.
-¡Qué tontería! Podemos hacerla nosotros mismos. Cortamos el agua, trasladamos el baño, telefoneamos a la compañía de agua y a la del gas y decimos que nuestro baño no está conectado. Entonces tendremos prioridad. Podemos hacer el trabajo con cuerdas.
-Empiezo a comprender el motivo de que esta casa estuviese por alquilar - refunfuñó Charles.
Greta dijo que había pensado explicarle el motivo de aquello. La casa perteneció a un hombre llamado Smith, cuya esposa le había dejado por otro. Al menos, eso decían los vecinos. Fuera como fuese, el caso es que la mujer había desaparecido y, siempre según decían los vecinos, su esposo quedó tan acongojado que no pudo soportar el vivir allí por más tiempo.
-Me sorprende que lo soportase alguna vez. ¿No te parece que esta casa tiene un olor muy raro?
-Probablemente, sólo son las ratas - dijo ella, con un chispazo de su viejo humor -. Mañana empezaré a fregar los suelos. Tenemos que comprar pintura para esas horribles paredes. Debes ponerte en contacto con los de los almacenes, y con los de la luz, el agua y la electricidad. También está lo de la oficina de suministros, y hemos de encontrar algún carbonero que nos acepte en su lista. ¿Crees que encontraremos a alguien que nos arregle esa ventana rota? Procura comer bien durante el día. Por las noches, sólo tendremos pan y margarina. Y no te olvides de comprar veneno para ratas. .
Durante los treinta días que siguieron, fue como si sus vidas hubieran sido guiadas por un loco. Dedicaban una parte del día a patéticas llamadas a los funcionarios de las compañías de gas, electricidad, teléfonos, suministros y combustibles; la otra parte la invertían en tratar de adquirir cosas que no había en existencia. Por las noches, fregaban los suelos, pintaban las paredes y comían pan con margarina. Todos sus amigos les decían que eran muy afortunados, y les preguntaban si podían arrendarles alguna habitación.
El desagradable olor que habían alquilado con la casa no disminuyó. Charles dijo que la señora Smith no había huido en busca de una aventura amorosa, sino para escapar de aquella pestilencia.
El señor Brown también descubrió que era imposible abrir los grifos del baño sin quitarse los zapatos y meterse dentro de la bañera. Y, cuando lo hubo hecho, se encontró con que el agua había sido desconectada. Estuvo de acuerdo con su mujer en que debían trasladar el baño al primer piso.
Tardaron cuatro horas en subir la bañera escaleras arriba; parte de ese tiempo lo invirtieron en darse consejos contrapuestos en cada recodo. De todas maneras, el trabajo fue lo bastante fatigoso como para hacer creer a Charles que su corazón se había resentido. Se sentó, tembloroso, en el borde de la bañera, mientras Greta iba a preparar té.
La mujer volvió al piso de arriba con las manos vacías, y permaneció callada tanto tiempo que su marido comenzó a sentirse nervioso.
-Creo que deberías echar un vistazo al cuarto de baño - dijo Greta, con un hilo de voz. Y aclaró -: No a éste, sino al de abajo.
Las latentes sospechas de Charles asomaron a la superficie mientras miraba a su mujer. Esta hizo un ademán de asentimiento:
-Ahora que hemos quitado la bañera, me he dado cuenta de que las baldosas que había debajo están sueltas. He levantado una... Lo mejor será que vayas a verlo.
Charles se dirigió a la planta baja. Su mujer le condujo hasta el sitio donde había estado la bañera. Efectivamente: las baldosas, en aquel lugar, habían sido levantadas y vueltas a poner. Se trataba de un trabajo bastante chapucero.
-Ese es el motivo de que los grifos estuvieran desconectados - dijo Greta, detrás de su marido -. La bañera había sido ya levantada con anterioridad y vuelta a colocar. Mira debajo de esa baldosa.
Charles lo hizo. Al enderezarse, su cara tenía un leve matiz verdoso. Acompañó de nuevo a su mujer al piso de arriba. Durante varios minutos, ninguno de los dos habló. Pensaban en agentes de bienes raíces, tiendas de muebles, empleados del gas y la electricidad, oficinas de suministros y combustibles, carpinteros, albañiles, botes de pintura, cantidades de pan y margarina. Recordaban la vida tranquila que habían llevado, sin perjudicar nunca a nadie. Meditaban sobre lo imposible que resultaría, tal como estaban las cosas, encontrar otra cosa en Londres.
Charles permanecía rígido y silencioso. Deseaba que no se le pidiese nunca que se levantara, que hablase, que hiciera algo. Por desagradable que fuera este momento, ansiaba que durase toda la vida, que no fuera seguido por ninguna clase de futuro.
-¿Crees que las tiendas estarán cerradas? - preguntó Greta -. Podríamos conseguir cemento. O algún material aislante que sea compacto. Creo que los trabajos como ése deben hacerse de forma adecuada. - Se alisó los cabellos y susurró -: Prepararé té mientras tú vas por el cemento.
Aquella noche, cuando acabaron con el resto del trabajo, volvieron a trasladar la bañera a la planta baja.
A los vecinos les intrigó el ruido, pero nunca se enteraron de la causa que lo había producido. Eso fue una suerte, ya que si a los oídos del señor Smith hubiera llegado algún rumor, se hubiera sentido enormemente inquieto.
La señora Smith, no. Ella estaba más allá de toda inquietud.

El Origen - Sivela Tanit

Sólo y con frío, el engendro chilló y sus gritos movieron la materia, se crearon mundos, se disgregó lo oscuro de lo luminoso, hubo tiempo y orden, aparecieron seres… Cansado y hambriento, el engendro murió al dar su séptimo grito.

Barba Azul - Charles Perrault

Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.
Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres.
Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.
—He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohibo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohibo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera.
Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.
Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.
De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamás se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar a la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).
Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.
Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la restregara con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.
Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.
—¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?
—Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi mesa.
—No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.
Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:
—¿Por qué hay sangre en esta llave?
—No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida corno una muerta.
—No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.
Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.
—Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.
—Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
—Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento más.
Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
—Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.
La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;
—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:
—Baja pronto o subiré hasta allá.
—Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
—Baja ya, gritaba Barba Azul, o yo subiré.
—Voy en seguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
—Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene de este lado.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.
—¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.
—En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.
—Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.
—No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...
En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.
Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.