En varias ocasiones había oído decir que por la mente de quien está muriendo ahogado desfilan con vertiginosa rapidez los principales acontecimientos de su vida y siempre le había parecido absurda tal afirmación, hasta que un día ocurrió que estaba muriendo y mientras moría se acordó de cosas olvidadas, de la noticia del periódico según la cual en su infancia pobre él usaba zapatos agujerados, sin calcetines y se pintaba el dedo del pie para disimular el hoyo, pero él siempre había usado calcetines y zapatos sin hoyo, calcetines que su madre zurcía cuidadosamente, y se acordó del huevo de madera muy liso y suave que ella metía en los calcetines y zurcía, zurciendo todos los años de su infancia, y se acordó de que desde niño no le gustaba beber agua y si se bebía un vaso lleno se quedaba sin aire, y por eso permanecía el día entero sin beber una gota de líquido pues no tenía dinero para jugos o refrescos, y que a veces a escondidas de su madre hacía refresco con la pasta de dientes Kolynos, pero no siempre tenían pasta de dientes en su casa, y en el momento en que moría también se acordó de todas las mujeres que amó, o de casi todas, y también del piso de madera roja de una casa en la que había vivido, aunque angustiado no logró recordar qué casa era aquélla, y también del reloj de bolsillo ordinario que rompió el primer día que lo usó, y también del saco de franela azul, y del dolor que lo había hecho arrastrarse por el suelo, y del médico que decía que necesitaba hacerle una radiografía de las vías urinarias, y cuanto más lo cercaba la muerte más se mezclaban los recuerdos antiguos con los recientes, él llegando atrasado al consultorio del médico que ya estaba vestido para salir, ya hasta había permitido que se fuera la enfermera, y el médico con prisa, ansioso como alguien que va a encontrar a una novia muy deseada, mandándole que se quitara el saco, se levantara las mangas de la camisa y que se acostara en una cama metálica, explicándole que a fin de cuentas la radiografía no se tardaría mucho, sólo había que inyectar el contraste y sacar las placas, y el médico se inclinó sobre la cama para aplicar el contraste en la vena del brazo y él sintió el olor delicado de su perfume y pudo observar su corbata de bolitas, y no pasó mucho tiempo cuando empezó a sentir que la laringe se le cerraba impidiéndole respirar y él intentó alertar al médico pero no logró emitir sonido alguno y todas las reacciones vinieron a su mente, la noticia del periódico, el saco azul, el piso de madera, las mujeres, el huevo liso de madera de su madre, mientras el médico en una esquina del consultorio hablaba por teléfono en voz baja, y como sabía que se estaba muriendo golpeó en la cama de metal con fuerza, el médico se asustó y después muy nervioso sacaba los cajones de los armarios, maldiciendo, culpando a la enfermera y diciéndole a él que se calmara, que iba a ponerle una inyección antialérgica, pero no encontraba dónde estaba el maldito medicamento, y él pensó me estoy muriendo sofocado, la vida y la muerte corriendo al parejo, y consciente de que su muerte era inminente e inevitable, se acordó de las palabras de un poema, debo morir pero eso es todo lo que haré por la Muerte, pues siempre se había rehusado a tener el corazón atormentado por ella, y en ese momento en que moría no iba a dejar que ella se hiciera cargo de su alma, pues lo más que la Muerte haría de él sería un muerto, así es que pensó en la vida, en las mujeres que había conocido, en su madre zurciendo calcetines, en el huevo liso de madera, en la noticia del periódico, y golpeó con fuerza la mesa de metal, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, estoy pensando en las mujeres que amé, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, pensando en mi madre, y en ese momento el médico, sin saber qué hacer, atormentado y sobresaltado por los ruidosos golpes que él descargaba en la cama metálica, lo miró con gran conmiseración y tristeza, y él gritó nuevamente ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba al médico, ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba a todo el mundo, mientras su mente recorría velozmente las reminiscencias de la vida, y el médico, ahora entregado a su impotencia, desesperado y confundido, le quitó los zapatos y le levantó la cabeza y vio sus pies vestidos con calcetines negros, y vio en el calcetín del pie derecho un hoyo que dejaba aparecer un pedazo del dedo grande, y se acordó de cuán orgullosa era su madre y de que él también era muy orgulloso y que eso siempre había sido su ruina y su salvación, y pensó no voy a morirme aquí con un hoyo en el calcetín, no va a ser esa la imagen final que le voy a dejar al mundo, y contrajo todos los músculos del cuerpo, se curvó en la cama como un alacrán ardiendo en el fuego y en un esfuerzo brutal logró que el aire penetrara en su laringe con un ruido aterrador, y cuando el aire era expelido de sus pulmones hizo un ruido aún más bestial y horrible, y se escapó de la Muerte y ya no pensó en nada. El médico, sentado en una silla, se limpió el sudor del rostro. Él se levantó de la cama metálica y se puso los zapatos.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Terror en el espacio (Capítulo 5) - Leigh Brackett
Capítulo 5
El
tembloroso Lundy empezó a sudar copiosamente. Cerró los ojos para no
ver. Pero era inútil: la veía igualmente. No podía dejar de verla. Trató
de luchar mentalmente, pero estaba muy cansado...
Ella
estaba oculta casi por completo bajo su propia cabellera, negra como la
noche y brillante como un rayo de luna y tornasolada como el pecho de
un colibrí. Una cabellera de ensueño. Una cabellera con la que se
hubiera estrangulado muy gustoso.
Ella
levantó lentamente la cabeza, apartando de su cara aquel velo de
cálidas tinieblas. Tenía los ojos ocultos por espesas y sedosas
pestañas. Tendió ambas manos hacia Lundy, como una niña implorante.
Pero no era una niña. Era una mujer, desnuda como una perla y tan encantadora que Lundy sollozó, presa de un éxtasis tembloroso.
–No –dijo roncamente–. No. ¡No!
Ella le tendió los brazos implorando que la liberase, sin moverse.
Lundy
se arrancó la red del cinto y la tiró sobre el altar de piedra.
Levantándose, se dirigió cautelosamente hacia la puerta, pero ante ella
las voraces rayas seguían acechando. Volvió a sentarse en el rincón mas
alejado de los dos sitios que pudo hallar, y tomó un poco de bencedrina.
Esto
constituyó un craso error. Había alcanzado ya casi el limite de
saturación. La droga se le subió a la cabeza. Se sintió incapaz de
luchar contra ella, de desoír sus ruegos. Ella se arrodilló sobre el
altar tendiéndole los brazos, mientras un rayo de luz dorada la
iluminaba como si se hallase en el interior de un templo.
–Abre los ojos –le suplicó Lundy–. Abre los ojos y mírame.
«Suéltame. ¡Suéltame!»
Aquella
criatura hablaba a Lundy de una libertad que éste desconocía, la
libertad del espacio interplanetario, con toda la Vía Láctea como campo
de juegos, sin nada que constituyese una traba o un estorbo. Y con
aquella añoranza se mezclaba el temor. Un pánico ciego, cerval...
–¡No! –gritó Lundy.
La mente de éste se ofuscó. De pronto se halló ante el altar, desatando la red con dedos temblorosos.
Se apartó tropezando y regresó tambaleándose a su rincón. Temblaba de pies a cabeza como un perro asustado.
–¿Por
qué tienes que hacerlo? ¿Por qué tienes que torturarme y volverme loco
por algo imposible... por algo que me matará? Igual haces con todos.
«¿Torturar? ¿Locura? ¿Matar? No entiendo. Todos me rinden culto. Es muy agradable sentirse objeto de un culto.»
–¿Agradable?
–vociferó Lundy, casi sin darse cuenta–. ¿Agradable, dices? De modo que
matas a un buen hombre como Farrell y ahogas a Jackie Smith...
«¿Matar? Espera... piensa de nuevo esta palabra...»
Algo
en el interior de Lundy se volvió frío y quieto, conteniendo el
aliento. Le envió de nuevo aquel pensamiento. Muerte. Final. Silencio.
Tinieblas...
La
pequeña figura resplandeciente que se erguía sobre el altar de piedra
negra se postró de nuevo de hinojos, y su aspecto fue más triste que el
grito de un ave marina en el crepúsculo.
«Así
estaré yo pronto. Así estaremos todos nosotros. ¿Porqué este planeta
nos arrebató al espacio? El peso, la gravedad y la presión nos oprimen y
nos aplastan, y no podemos liberarnos. En el espacio no existía la
muerte, pero aquí moriremos...»
Lundy permanecía absolutamente inmóvil, mientras la sangre tamborileaba en sus sienes.
–¿Quieres
decir que tú y todos tus semejantes del espacio vais en camino de
morir? ¿Que... que esta ola de locura cesará por si misma?
«Pronto.
Muy pronto. ¡En el Espacio no existía la muerte. ¡Ni el dolor! No los
conocíamos. Aquí todo era nuevo, queríamos saborearlo todo, jugar con
todo. No sabíamos...»
–¡Es espantoso! –exclamó Lundy, y miró a los monstruos que trataban de forzar la puerta de piedra. Luego se sentó.
«Tu también morirás.»
Lundy alzo lentamente la cabeza. Sus ojos tenían un terrible brillo.
–Te
gusta que te rindan culto –murmuró–. ¿Te gustaría que te rindiesen
culto después de tu muerte? ¿Te gustaría que te recordasen siempre como
algo bueno y hermoso... como una diosa?
«Esto sería preferible a caer en el olvido.»
–¿Harás
entonces lo que yo te pida? Si quieres, puedes salvarme la vida. Puedes
salvar la vida de muchos de esos pequeños seres vegetales. Yo me
ocuparé de que todos conozcan tu verdadera historia. Ahora te odian y te
temen, pero después de esto te amarán y te reverenciarán.
«¿Quieres librarme de esta red?»
–Lo haré si antes me prometes hacer lo que te pido.
«Si he de morir, profiero hacerlo libre de esta red.»
La pequeña figura tembló y se echó hacia atrás el velo de su cabellera, negra como ala de cuervo.
«Apresúrate. Dime que...»
–Aparta
a esos monstruos de la puerta. Llévatelos, con todos los que merodean
por la ciudad, hasta el fuego de la montaña, donde perecerán.
«Me reverenciarán. Vale más esto que morir en una red. Te lo prometo.»
Lundy
se levantó y se dirigió hacia el altar. Caminaba con paso incierto. Le
temblaban las manos al desatar la red. El sudor le corría a raudales por
el rostro, metiéndosele en los ojos. Quizás ella no mantendría su
promesa. Quizás ella...
La
red se abrió. Ella se irguió sobre sus piececitos sonrosados.
Lentamente, como un jirón de niebla arrastrado por la brisa. Levantó la
cabeza y sonrió. Tenía la boca roja y carnosa, los dientes eran dos
ristras de níveas perlas. Sus pestañas bajas tenían sombras débilmente
azuladas.
Empezó
a crecer bajo el rayo de áurea luz, como una columna de niebla
alzándose hacia el sol. El corazón de Lundy cesó de latir. El claro
brillo de su tez, la armoniosa línea de su garganta y de su seno joven,
la suave y modelada curva de su cadera y de su flanco...
«Tú también me rindes culto...»
Lundy dio dos pasos vacilantes hacia atrás.
–Te rindo culto... te adoro –susurró–. Déjame ver tus ojos.
Ella
le sonrió y volvió la cabeza. Descendió del pétreo altar, y pasó
flotando junto a él en las negras aguas. Estaba hecha de la materia de
los sueños, sin peso ni substancia, pero era más deseable y atractiva
que todas las mujeres que Lundy había conocido en su vida o visto en sus
sueños.
El la siguió, tambaleándose. Trató de asirla.
–¡Abre los ojos! ¡Te lo ruego, ábrelos!
Ella
siguió flotando y pasó por la puerta de piedra entreabierta. Las
feroces rayas no la vieron. Unicamente veían a Lundy que avanzaba hacia
ellas.
–¡Abre los ojos!
Ella
se volvió entonces, en el preciso instante en que Lundy iba a
precipitarse a una muerte cierta en la sala contigua. Lundy se detuvo, y
vio cómo ella alzaba sus largas pestañas.
Lanzó un solo grito penetrante, y cayó de bruces sobre el piso de piedra negra.
Nunca
supo cuánto tiempo permaneció allí postrado. Debió de ser mucho tiempo,
porque cuando volvió en si apenas le quedaba el oxígeno suficiente para
alcanzar la costa. Las rayas vegetales habían desaparecido.
Pero
aquel tiempo fue una eternidad para Lundy... una eternidad de la que
salió con el cabello canoso, amargas arrugas en torno a su boca, y una
tristeza que jamás dejó su mirada.
Su
sueño fue fugaz. Duró un breve instante, para verse ensombrecido al
punto por la muerte. Tenía el cerebro embotado por las drogas y cansado,
y no sentía las cosas con la suficiente fuerza y claridad. Eso fue lo
que le salvó.
Pero
ya sabía lo que vio Jackie Smith antes de ahogarse. Sabía lo que había
hecho enloquecer para siempre a tantos hombres, cuando veían los ojos de
su sueño, y al verlos, lo destruían.
Porque tras aquellas largas y sedosas pestañas, no había... nada.
Terror en el espacio (Capítulo 4) - Leigh Brackett
Capítulo 4
Lundy
les vio desde muy lejos. Por un momento no quiso dar crédito a sus
ojos, tomándolos por sombras arrojadas por los destellos de luz que
surgían de la fisura. Se apoyó en la pared de un edificio y se dedicó a
observarlos.
Los
observó mientras la corriente impetuosa los impelía hacia él. No se
movió entonces. Sólo abrió afanosamente la boca tratando de respirar.
Recordaban vagamente las rayas gigantes que él había visto en la Tierra, con la diferencia de que éstas eran plantas.
Grandes y esbeltos bulbos
vegetales con sus hojas extendidas como alas para aprovechar la fuerza
de la corriente. Su largos cuerpos en forma de lágrima terminaban en un
reborde semejante a una cola de pez que hacía las veces de timón. En
lugar de brazos tenían una especie de tentáculos.
Su
color era rojo pardusco obscuro, el color de la sangre seca. El áureo
resplandor de la fisura prestaba un extraño brillo a sus fríos ojos.
Mostraba asimismo sus bocas redondas revestidas de agudas espinas, y las
mortíferas ventosas que cubrían la parte interior de sus enormes
tentáculos.
Aquellos
brazos eran lo suficientemente largos y fuertes para desgarrar la tela
de su escafandra. Lundy no sabía sí aquellos seres comían carne, pero
esto poco importaba. Una vez uno de aquellos tentáculos le hubiese
golpeado, de nada le serviría ya saberlo.
La
red que contenía a ella se alejaba de él, y los otros se acercaban cada
vez más. Aunque hubiese deseado renunciar entonces a su misión, no
había ningún sitio para ocultarse en aquellos edificios arruinados y sin
puertas.
Lundy
llenó su traje de oxígeno, hinchándolo y confundiéndose con los seres
que aquella negra corriente arrastraba hacia los infiernos.
La
corriente le arrastró como una burbuja entre los muertos torreones,
pero no con la suficiente celeridad. No llevaba bastante delantera a las
algas caníbales. Trató de nadar, para aumentar su velocidad, pero
aquello era como si un bote de remos quisiese competir con una flotilla
de lanchas rápidas a plena marcha.
Ante
él distinguía el grupo de hombrecillos vegetales. No habían cambiado de
posición. Daban volteretas en el agua, y perdían lastimosamente el
tiempo en correrías sin sentido, por lo que Lundy consiguió fácilmente
darles alcance.
Pero
no corría lo bastante. Lo peor era que no sabría qué hacer cuando los
alcanzase. La red estaba en el centro del enjambre de hombrecillos, y
éstos no le permitirían llegar hasta ella. Y aunque consiguiese
arrebatársela, ¿de qué le serviría? Los hombrecillos-alga se irían
igualmente tras ella, pues se hallaban tan ofuscados que no se daban
cuenta de la proximidad de sus terribles enemigos.
A menos que...
Se
le ocurrió a Lundy de repente. Una esperanza, una solución. Se le
ocurrió claramente cuando el alga que iba delante le dio alcance y le
abrazó con sus alas de hoja, estrechándole fuertemente.
Lundy
lanzó un aullido de terror animal y pataleó desesperadamente,
inyectando más aire en su traje. Ascendió con rapidez y las alas rozaron
sus botas, pero no consiguieron apresarle. Volviéndose, Lundy descargó
su pistola desintegradora contra el terrible ser, alcanzándole de pleno
entre los ojos.
La
voraz criatura empezó a debatirse, mientras caía desordenadamente, como
un ave herida. Las que venían detrás chocaron con ella, y se detuvieron
para devorarla. Muy pronto una docena de ellas se entrelazaban en lucha
mortal, peleándose como una bandada de gaviotas por un pez. Lundy nadó
furiosamente, maldiciendo su engorroso traje.
Pero
muchas de las gigantescas rayas vegetales no se detuvieron, y las otras
no estarían paradas por mucho tiempo Lundy movía brazos y piernas,
fatigándose y sudando Estaba medio muerto de miedo. Le parecía vivir una
pesadilla, en la que son vanos todos los esfuerzos por avanzar.
La
corriente parecía ser más rápida allá arriba. Reunió todos sus
pensamientos en un apretado haz, que arrojo hacia el corazón del grupo
de hombrecillos-planta, tratando de alcanzar el ser encerrado en la red.
«Puedo libertarte. Soy el único que puede hacerlo.»
Una
voz le respondió en el interior de su cerebro. Era la voz que había
oído ya una vez en el interior de la cabina de la nave voladora hundida.
Una voz tan dulce y tenue como la flauta de Pan que resonaba en las
umbrías de la Arcadia.
«Lo sé. Mis pensamientos se han cruzado con los tuyos...»
Aquella voz de elfo se interrumpió de pronto, como si experimentase un acceso de dolor. Muy débilmente, Lundy oyó:
«¡Qué peso! ¡Qué peso! Me cuesta moverme...»
Un
desesperado anhelo por algo que él no podía comprender atravesó la
mente de Lundy como el grito de un niño asustado. Y entonces el enjambre
de hombrecillos vegetales se abrió y se dispersó como barrido por un
huracán.
Lundy contempló como todos se despertaban de su sueño.
Ella
había desaparecido, y los pequeños hombrecillos verdes no sabían por
qué estaban allí ni qué hacían. Tenían el recuerdo conmovedor de una
belleza inalcanzable, y eso era todo. Se sentían perdidos y asustados.
Y entonces vieron a los otros.
Fue
como si les hubiesen asestado un tremendo golpe. Permanecieron
inmóviles, dejándose llevar por la corriente, con sus ojos dorados muy
abiertos y sorprendidos. Sus brillantes pétalos se plegaron sobre sí
mismos y desaparecieron, y sus verdes cuerpos adquirieron un color casi
negro.
Las
rayas vegetales desplegaron sus alas y se abalanzaron sobre ellos como
grandes pájaros negros. Y más allá, bajo el opaco brillo dorado, Lundy
distinguió los distantes edificios de la colonia. Algunas de las puertas
aún estaban abiertas, y frente a ellas esperaban grupos de diminutas
figurillas.
Lundy
aún conservaba cierta ventaja sobre las primeras rayas. Se apoderó de
la red flotante y se la sujetó al cinto, para dirigirse luego con torpes
movimientos hacia una torre en ruinas que se alzaba a su derecha.
Dio
una perentoria orden telepática a los hombrecillos vegetales, tratando
de obligarles a volverse y emprender la huida, asegurándoles al propio
tiempo que él plantaría cara a los otros. Los pobrecillos estaban
demasiado asustados para entenderle. Casi llorando, él los apostrofó. Al
tercer intento consiguió hacerse comprender y entonces todos huyeron
apresuradamente, con toda la velocidad que les fue posible.
Lundy, entre tanto, se había hecho fuerte entre las ruinas para hacer frente a sus primeros atacantes.
Empuñaba
una pistola en cada mano y redujo a cenizas a muchas de las feroces
rayas. Las aguas que le rodeaban pronto estuvieron llenas de cuerpos que
se agitaban convulsivamente, y de vivos que devoraban a los muertos o
se peleaban entre sí. Pero no podía detenerlas a todas, y algunas rayas
llegaron hasta él.
Casi
sin volver la cabeza podía ver las enormes siluetas rojas semejantes a
grandes pájaros que se abatían sobre los moribundos, para envolverías en
sus anchas alas, y permanecer luego quietas en el centro de la
corriente, entregadas a su espantoso festín.
Entre
tanto, la algas femeninas mantenían abiertas las puertas de sus casas.
Así esperaron hasta que el último de sus compañeros regresó, y entonces
cerraron las puertas de oro en las narices romas de las feroces rayas.
Sólo perecieron unos pocos de los hombrecillos verdes. Solamente unas
cuantas viudas tendrían que ocultar sus pétalos y llevar su azul
grisáceo de luto. Lundy se alegró de ello.
Más
valía que Lundy se alegrase de algo, porque uno de aquellos feroces
seres había hecho presa sobre los hombros del terrestre. Las voraces
algas habían conseguido descubrir finalmente a su atacante. Además,
Lundy era entonces la única presa visible.
Se
reunieron para dar el asalto final, después de describir una apretada
curva en las negras aguas. Lundy consiguió aniquilar a dos más antes de
que una de sus pistolas se quedase sin carga. Poco después, la otra se
encasquilló.
Lundy,
solo en la torre arruinada, veía cómo la muerte giraba en círculos a su
alrededor. Y entonces le habló de nuevo la dulce voz del ello encerrado
en la red:
«Suéltame. ¡Suéltame!»
Lundy
apretó fuertemente las mandíbulas y tomó la única alternativa que le
quedaba. Deshinchó su traje y saltó, para hundirse en las negras
profundidades del edificio en ruinas.
Las rayas plegaron sus alas como un pájaro al caer como una piedra y descendieron tras él, impeliéndose con enérgicos coletazos.
Por las hendiduras de los muros y por las ventanas penetraban destellos intermitentes. Lundy descendió largo rato. No necesitaba escaleras. Además, los terremotos habían hundido casi todos los pisos.
Las
rayas le seguían implacablemente. Sus largos cuerpos sinuosos eran tan
ágiles como el de un tiburón, y avanzaban con celeridad increíble.
Y la vocecilla no cesaba de gritar en su mente, pidiéndole que la soltase.
Así llegó Lundy al fondo.
Le
rodeaban allí unos muros solidísimos, y reinaba una profunda
obscuridad. Se hallaba en un lugar lleno de ruinas y cascotes. Avanzó a
tientas. La luz del casco se había averiado, y además tampoco la hubiera
utilizado para no atraer a sus perseguidores.
Notaba
la presencia de éstos, girando veloces a su alrededor. Echó a correr
sin rumbo determinado y tropezando en las piedras. Por tres veces le
rozaron unos grandes cuerpos musculosos, derribándole, pero no pudieron
apresarle en la obscuridad, porque chocaban entre sí y se confundían.
Lundy
cayó de pronto en una gran sala, contigua a la estancia en que se
hallaba y a un nivel algo inferior al de ésta. Apenas recibió daño en la
caída. Las áureas puertas se abrían hacia las aguas libres, y reinaba
bastante claridad.
Bastante
claridad para que Lundy viese algunas cabezas de rayas que trataban de
entrar, y también bastante para que éstas viesen a Lundy.
La vocecilla insistía:
«¡Suéltame ¡Suéltame!»
A
Lundy no le quedaba aliento para maldecir. Volviéndose, echó a correr,
pero las rayas movieron lánguidamente sus colas y le alcanzaron antes de
que hubiese podido recorrer diez metros. Hubiérase dicho que se reían
de él.
Lo
único que salvó de momento a Lundy fue que cuando desplegaron sus
grandes alas para envolverle en ellas, chocaron con las que venía del
otro lado. Esto las detuvo por unos segundos. Aunque ello bastó para que
Lundy viese la puerta.
Era
una portezuela de piedra negra sin ningún ornamento, que permanecía
entreabierta sobre sus goznes de oro, a unos tres metros de distancia.
Lundy
se precipitó hacia ella. Esquivó una enorme ala que se abatía sobre él,
dio un tremendo salto que casi partió su espinazo, y asió el borde de
la puerta con ambas manos, tirando frenéticamente de él.
El
extremo de un tentáculo chocó contra sus pies. Sus botas con suela de
plomo golpearon el suelo, y por un momento pensó que le habían roto las
piernas. Pero la onda líquida creada por el golpe le ayudó a
introducirse por la estrecha abertura.
Media
docena de romas cabezas parduscas trataron de introducirse tras él, sin
conseguirlo. Lundy se hallaba a gatas, tratando de recuperar su
aliento, pero le parecía como si su pecho soportara el peso de un
torreón de piedra. Además, su vista se debilitaba.
Avanzó
a rastras hasta arrimar su hombro a la puerta, empujándola con fuerza
para cerrarla. Pero la puerta no se movió. La construcción se había
movido, atascando para siempre la puerta en sus goznes. Ni siquiera las
poderosas rayas podían abrirla.
Pero
a pesar de ello, seguían forcejeando. Lundy se arrastró lejos de allí.
Al poco rato parte de aquel peso que oprimía su pecho desapareció, y
recuperó la visión.
Un
rayo de luz dorada, que brillaba y se apagaba intermitentemente,
entraba por una grieta situada a unos diez metros sobre su cabeza. Era
una pequeña hendidura, por la que ni siquiera hubiera podido pasar un
niño. En la estancia no había más abertura que aquélla y la puerta.
Era
una habitación de reducidas dimensiones. Sus paredes de piedra eran
completamente negras, sin adornos ni relieves, con excepción de la pared
del fondo.
Ante
ésta se alzaba un bloque cuadrado de azabache, de unos dos metros y
medio de largo por poco más de un metro de ancho, ahuecado de manera
peculiar, que hacía pensar en algo muy poco agradable. Sobre él lucía
con un rojo resplandor, que parecía preludiar el fuego del infierno, un
solo y enorme rubí, engarzado en la piedra.
Lundy
había visto cámaras parecidas en antiguas ciudades que aún se hallaban
en tierra firme. Allí era donde antaño se sacrificaban a los hombres que
habían pecado contra sus semejantes o contra los dioses.
Lundy
echó una mirada hacia los voraces monstruos que trataban de abrir más
la puerta atrancada, y se rió, a pesar de que la situación no tenía nada
de divertida. Después de disparar su último tiro, se sentó.
Aquellos
monstruos terminarían sin duda por cansarse y se marcharían. Pero si no
se iban dentro de pocos minutos, poco importaría que se quedasen. El
oxígeno de Lundy se estaba acabando, y aún le faltaba mucho para llegar a
la costa.
La vocecilla de la red gritó:
«¡Suéltame!»
–Vete al infierno –gritó Lundy. Se sentía muy cansado. Tan cansado que poco le importaba ya vivir o morir.
Se aseguró de que la red seguía bien sujeta al cinto, y el nudo que la cerraba bien apretado.
–Si vivo, irás a Vhia conmigo. Y si muero... bueno, ya no podrás hacer más daño a nadie. Habrá un diablo menos suelto en Venus.
«¡Quiero ser libre. ¡Suéltame, suéltame! Este peso agobiante.»
–Sí,
claro. Quieres ser libre para volver locos a hombres como Farrell, y
obligarles a abandonar sus mujeres e hijos para seguirte. Quieres ser
libre para matar... –miró la red con ojos abotagados–. Jackie Smith era
amigo mío ¿Y tú crees que podrás obligarme a que te suelte con tus
artimañas?
Entonces la vio.
A través de la red, como si la apretada malla metálica fuese celofan. La tenía acurrucada sobre sus rodillas, un ser diminuto de apenas medio metro de estatura, doblado sobre sus piernas. La curva de su espalda parecía esculpida por un ángel en un pedazo de cálida nube rosada, nacarada...
(CONTINUARA...)
Terror en el espacio (Capítulo 3) - Leigh Brackett
Capítulo 3
A
Lundy no le sorprendió oír aquella voz telepática. La comunicación
mental abundaba más que la oral y era mucho más sencilla que ésta, en
muchos lugares de los mundos habitados. La Policía Espacial daba
lecciones de telepatía a sus hombres.
–Sí, vivo gracias a vosotras.
Había
algo en la cualidad de aquel cerebro que sondeó que lo desconcertaba.
Era distinto de todo cuanto había conocido. Se puso en pie, no muy
firme.
–Habéis llegado a tiempo. ¿Cómo supisteis que estaba aquí?
–Nos llegaron tus pensamientos de temor. Sabemos lo que es tener miedo. Entonces, vinimos.
–No os puedo decir otra cosa sino «gracias».
–Nos alegramos mucho de haberte salvado. ¿Por qué no había de ser así? Por ello, no es necesario que nos des las gracias.
Lundy miró las flores que brillaban con apagado resplandor en las tinieblas.
–¿Cómo conseguís que os obedezcan? ¿Por qué no os...?
–¡Ellas no son caníbales! No son como... las otras.
Este último pensamiento expresaba un terror cerval.
–Caníbales...
Lundy miró a la nube de delicadas figurillas femeninas de color azul grisáceo. Sintió que se le ponía la carne de gallina.
Aquellos seres le miraron benévolamente con sus suaves ojos dorados, y le pareció como si sonriesen.
–Sí,
somos diferentes de ti, ya lo sabemos. Del mismo modo como somos
diferentes de los peces. ¿Qué piensas? En las algas... las algas
brillantes que crecen... sí, son parientes nuestras.
Parientes,
se dijo Lundy. En efecto. Como nosotros somos parientes de los
animales. Eran plantas. Las plantas vivientes no eran nada nuevo en
Venus. ¿Por qué no admitir la existencia de plantas pensantes, de
plantas que se desplazaban en sus raíces, y miraban con tristes ojos
suaves?
–Vámonos de aquí –dijo Lundy.
Salieron
del obscuro túnel y prosiguieron por la carretera, mientras las flores
abrían sus bocas como canes hambrientos tratando de morder a Lundy, pero
sin conseguir alcanzarlo.
Él empezó a atravesar la estrecha llanura, con las plantas femeninas nadando lánguidamente como una nube a su alrededor.
Eran
algas. Pequeños fragmentos de algas con los que se podía conversar
telepáticamente. Lundy se hallaba pasmado ante lo increíble de la
situación.
La
ciudad no hizo más que aumentar su pasmo. Estaba sumida en las sombras
cuando la vio desde la llanura, débilmente iluminada por el resplandor
procedente de la arena, semejante al claro de luna. Era una gran ciudad,
que se extendía a lo lejos, rodeada de sus murallas. Era grande,
silenciosa y antiquísima. Parecía esperar al final de la carretera.
En
aquella luz mortecina, por curioso que fuese, parecía más real. Lundy
se olvidó por un momento de la existencia del agua. Le parecía caminar
hacia una ciudad dormida, bañada por la pálida claridad lunar, sintiendo
su fuerza secreta y débilmente hostil domeñada y retenida hasta el
alba...
Aunque jamás habría un alba para aquella ciudad. Nunca jamás.
Lundy deseó de pronto emprender la huida.
–No temas. Nosotros vivimos aquí. Es un lugar seguro.
Lundy
movió la cabeza con irritación. De pronto la luz brillante centelleó de
nuevo por tres veces consecutivas. Parecía venir de algún lugar a la
derecha, más allá de la cordillera submarina. Lundy notó un débil
temblor en la arena. Una hendidura volcánica, probablemente, que se
abrió al hundirse la arena.
La
luz dorada hizo cambiar de nuevo el aspecto de la ciudad, que volvió a
parecer una ciudad de cuento de hadas al atardecer... un lugar de los
que se ven en sueños.
Cuando
atravesó las puertas se sentía intimidado, pero no experimentaba temor.
Y entonces, mientras permanecía en el centro de la plaza contemplando
los grandes y borrosos edificios que se alzaban a su alrededor le
alcanzó un pensamiento procedente de la nube de pequeñas criaturas
femeninas.
–Era un lugar seguro y dichoso... antes de que ella viniese.
Tras una larga pausa, Lundy dijo:
–¿Ella?
–No
la hemos visto. Pero nuestros compañeros si la vieron. Ella vino no
hace mucho y recorrió las calles, y todos nuestros compañeros nos
dejaron para irse en su seguimiento. Decían, al irse, que su belleza es
incomparable, muy superior a la de cualquiera de nosotras y que...
–...Y que tiene los ojos velados y que ellos desean verlos. Si no le ven los ojos enloquecerán, y por esto la siguen.
La triste nubecilla azul grisácea se agitó entre las aguas obscuras. Varios pares de ojos dorados le miraron.
Lundy respiró profundamente. Tenía las palmas de las manos húmedas.
–Si. Sí, yo también la seguí.
–Comprendemos tu pensamiento...
Descendieron
hacia él, rodeándole, mientras sus delicadas membranas aleteaban como
las transparentes alas de los elfos. Sus grandes ojos dorados tenían una
expresión cariñosa y suplicante.
–¿Puedes
prestarnos tu ayuda? ¿Puedes hacer que vuelvan nuestros compañeros,
sanos y salvos? Lo han olvidado todo. Si los otros viniesen...
–¿Los otros?
La mente de Lundy se sumió en un espantoso temor. Se representó las más terribles imágenes. Vio engendros de pesadilla...
–Vienen
siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y
las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.
Las delicadas figurillas vagamente femeninas se echaron a temblar como hojas agitadas por el viento.
–Nos
escondemos de ellas en las casas. Así los tenemos a raya, evitando que
lleguen hasta nuestras semillas y nuestros vástagos. Pero nuestros
compañeros lo han echado todo al olvido. Si los otros vienen mientras
ellos la siguen, los encontrarán inermes y desamparados y los matarán a
todos.
Entonces nosotras nos quedaremos solas, sin simiente y sin
descendencia.
Se apretujaron a su alrededor, tocándole con sus pequeñas aletas delanteras de color azul grisáceo.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Verdad que nos ayudarás?
Lundy cerró los ojos. Cerró fuertemente las mandíbulas. Cuando abrió los ojos de nuevo, éstos eran duros como ágatas.
–Os ayudaré o moriré en la demanda.
Reinaba
la obscuridad en la enorme plaza. Por las puertas abiertas se filtraba
el débil resplandor procedente de la arena. Por un momento los pequeños
seres azul grisáceos se apiñaron a su alrededor, inmóviles, oscilando
únicamente bajo la acción del lento ritmo del océano.
De pronto todas se apartaron de él, arrebatadas por una loca esperanza... y Lundy se quedó mirándolas, boquiabierto.
Ya
no eran de color azul grisáceo. De pronto brillaron y sus alas y sus
delicados y flexibles cuerpecillos adquirieron un cálido tono verde que
latía con la vibrante palpitación de la vida.
Sus
largos y esbeltos pétalos vivientes debían de estar contraídos,
mientras llevaban su color azul grisáceo de luto. De pronto estallaron
como corolas llameantes en torno a sus cabecitas.
Eran
de color azul, escarlata y dorado, rojas como amapolas violetas y de
color de fuego, de color blanco plateado y rosado como una nube matinal,
tiñendo las negras aguas con pinceladas de color. Surgían de los
cuerpecitos verdes que hacían cabriolas y ascendían a gran altura junto a
los obscuros y ceñudos edificios, semejantes a las mariposas que habían
revoloteado ante ellos cuando la luz del sol aún no había desaparecido
para siempre.
Tan
repentinamente como habían empezado esta danza, la terminaron. Se
dejaron arrastrar inmóviles por las aguas y sus colores palidecieron.
Lundy les preguntó:
–¿Dónde están?
–En
lo más profundo de la ciudad, más allá de estas casas donde moramos...
en las calles que sólo visitan los jóvenes curiosos. ¡Haz que vuelvan,
por favor! ¡Te lo suplicamos, tráelos de nuevo junto a nosotras!
Dejándolas sobre la gran plaza obscura, penetró en la ciudad.
Recorrió
anchas calles pavimentadas marcadas por profundas roderas y desgastadas
por generaciones de pies calzados por sandalias. Las grandes
construcciones corroídas por el agua se alzaban a ambos lados, dominadas
por el resplandor intermitente de la lejana fisura volcánica.
Las
ventanas, de forma típicamente venusiana, estaban cerradas por celosías
de mármol y de piedra semipreciosa, delicadamente labrada hasta parecer
una joya complicadísima. Las grandes puertas doradas permanecían
abiertas sobre sus goznes no atacados por la corrosión. Por aquellas
puertas Lundy tuvo un atisbo de la vida de aquel pequeño pueblo vegetal.
La
planta baja de algunas de las casas se hallaba recubierta de una capa
de arena. Sobre ella se cernían con gesto protector aquellas plantas
femeninas, alisando la arena cuando el movimiento del agua la alteraba.
Lundy conjeturó que allí estaban plantadas las semillas.
En otros lugares vio colonias enteras de diminutos seres que parecían flores plantados en la arena; brillaban en la semiobscuridad con un pálido resplandor verde y primaveral. Permanecían en tranquilas hileras moviendo sus pequeñas corolas infantiles de color rosado y jugando solemnemente con pedacitos de alga de alegres colores y piedras abigarradas.
Las pequeñas flores estaban atendidas y cuidadas
solícitamente por plantas adultas.
Varias
veces Lundy pudo ver a grupos de jóvenes retoños, que ya se habían
desprendido de la arena, aprendiendo a nadar bajo la égida de las
plantas femeninas, agitándose en las negras aguas como pétalos de vivos
colores bajo el viento de la primavera.
Todas las plantas femeninas mostraban el mismo color gris azulado de luto con sus flores ocultas.
Así
seguirían a menos que Lundy pudiese dar cima a la tarea que le había
encomendado la Policía Espacial. Hasta aquel momento no había demostrado
hallarse a la altura de aquella misión.
El
pobre Farrell, casi desollado vivo y sin sentirlo porque sólo era capaz
de pensar en ella. Jackie Smith, ahogado en una esclusa estanca porque
ella quería ser libre y él tuvo que ayudarla a conseguir su propósito.
¿Sería
superior él, Lundy, a Farrell y a Smith y a todos cuantos ella había
hecho enloquecer? ¿Sería capaz de apresar a aquella diabólica vampiresa
en una red y mantenerla a buen recaudo en ella, sin perder antes la
razón?
Lundy no se sentía capaz de ello. Aquella misión era superior a sus fuerzas.
Recordaba
la primera vez que consiguió apresar a aquel ser en su red. Recordaba
también los últimos minutos antes de estrellarse, cuando lo oyó gritar
desde el interior del cofre, pidiéndole que le pusiese en libertad.
Recordó la cara de Jackie Smith cuando entró en la cabina empujado por
el agua que inundaba la esclusa, y la pregunta que entonces se hizo él
mismo... Dios mío, ¿qué vio antes de ahogarse?
Notó de nuevo que se le hacia un nudo frío en el estómago, pero esta vez aquel nudo tenía espinas que se clavaban en su carne.
Dejó
atrás la colonia de plantas y penetró en calles desiertas iluminadas
por el intermitente centelleo de la fisura volcánica. Empezó a encontrar
ruinas a su paso. Pavimentos agrietados y removidos, torres hundidas,
las celosías de piedra esculpida caídas de las ventanas. Paredes enteras
habíanse desmoronado en algunos sitios, y la mayoría de las puertas
doradas estaban rotas, abiertas violentamente o faltaban por completo.
Era
una ciudad muerta. Tan muerta y silenciosa que en ella no se podía
respirar, y tan antigua que amedrentaba el ánimo más templado.
Buen sitio para volverse loco en seguimiento de un ensueño.
Al
cabo de mucho tiempo, Lundy los vio... vio a los compañeros de las
pequeñas algas femeninas. Formaban una larga hilera... dijérase una
bandada de aves migratorias, que serpenteaba entre las obscuras torres
en ruinas.
Se
parecían a sus compañeras. Quizá eran algo mayores, un poco más
robustos, de cuerpos verdinegros fuertes y recios y brillantes colores.
Sus ojos dorados permanecían fijos en algo que Lundy no podía ver, y
hubiérase dicho que eran los ojos de Lucifer suplicando que le
franqueasen la entrada en el Cielo.
Lundy
empezó a avanzar contra la corriente, cruzando en diagonal una amplia
plaza para avanzar a la cabeza de la procesión. Entre tanto descolgó la
red de su cintura con manos semejantes a dos peces muertos.
De
pronto se tambaleó, perdió pie y cayó de bruces. Le parecía que alguien
le había empujado de un fuerte empellón. Trató de levantarse, pero algo
le empujó de nuevo. El áureo resplandor procedente de la fisura
brillaba ahora ininterrumpidamente, y era cegador.
La
hilera de figurillas vagamente masculinas se dobló de pronto como bajo
los efectos de un latigazo y Lundy comprendió lo que ocurría.
Se
alzaba una corriente en la ciudad. Era una corriente que surgía como
los vientos cálidos que antes la barrían, procedentes del mar, y que
traían las lluvias.
«Vienen
siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y
las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.»
Eran los otros... los otros, caníbales...
Ella conducía el brillante cortejo de algas masculinas entre los torreones, mientras en las calles se alzaba la corriente...
Lundy
se incorporó Después de equilibrarse para resistir el empuje de la
corriente, echó a correr en seguimiento de la procesión. Resultaba muy
difícil correr en aquel medio líquido y con sus botas de suela de plomo.
Se esforzó por calcular dónde debía de hallarse aquello –o ella– a
juzgar por el lugar hacia donde miraban los hombrecillos-plantas.
La luz cegadora brillaba ininterrumpidamente, y aún parecía hacerse más rutilante. El agua frenaba su avance, tirando de él con mil manos. Miró una vez hacia atrás, pero no pudo ver nada en las sombras que se extendían entre los torreones.
Sintió miedo.
Cuando extendió la red, el miedo le dominaba.
Aquello
–o ella– no le vio, aunque esto pueda parecer raro. Tampoco notó la
proximidad de su mente, a pesar de que él alzó barreras protectoras a su
alrededor. Pero Lundy quedaba muy empequeñecido bajo las sombras que
proyectaban los gigantescos muros y el esfuerzo de crear una ilusión
para tantas mentes debía tener muy ocupado al espantoso ser del espacio.
La suerte estaba nuevamente de su lado como cuando consiguió alcanzar a Farrell. Rogó al Cielo que la suerte no le desamparase.
Lo consiguió.
La
corriente empujó a la procesión hacia el lugar donde se hallaba
agazapado Lundy. Éste observó los ojos de las algas. Ella aun conducía a
los diminutos seres. Ella tenía un cuerpo físico, aunque él no pudiese
verlo, y notaría el influjo de la corriente, por pequeño que fuese.
Tiró la red con rapidez.
La red se hinchó en las aguas negras y entonces él tiró de ella.
Había
apresado algo. Algo pequeño, cilíndrico y que se debatía. Algo vivo.
Apretó
el lazo que cerraba la red, temblando y sudando de excitación nerviosa.
Y entonces los hombrecillos vegetales le atacaron.
Cayeron
sobre él, como una nube resplandeciente. Sus ojos dorados resplandecían
de furor. Habían perdido el juicio. Sus mentes chillaban en un solo
clamor de ira... y de temor por ella.
Le
pegaron con sus pequeñas aletas verdes. Sus corolas echaban chispas,
cálidas manchas de color, llamaradas que brillaban en las aguas
obscuras. Tiraron de la red, la sacudieron, agitando sus membranas como
alas en su esfuerzo por luchar contra la corriente.
Lundy
era un sujeto rechoncho, fuerte y musculoso. Lanzando verdaderos
rugidos, luchó para defender la red como hubiera hecho un lobo al que
intentasen arrebatar un tierno corderillo. Sin embargo, la perdió. Cayó
de bruces bajo un montón de hombrecillos vegetales, jadeando
afanosamente bajo su peso, y dando gracias a Dios de que su sólida
escafandra le salvase de morir aplastado.
Vio
como ellos se apoderaban de la red. Se apiñaron a su alrededor como un
enjambre de abejas, danzando en las aguas movedizas. Sus ojos dorados
tenían una terrible expresión de dolor.
No
podían abrir la red. Lundy la había asegurado con un fuerte nudo, y
aquellos seres no tenían dedos. La golpeaban y acariciaban con sus
aletas, pero eran incapaces de abrirla para que ella escapase.
Lundy
se puso a gatas. La corriente se hacía más violenta. Rugía entre las
torres desmoronadas como un negro vendaval y se llevó con ella el
enjambre de hombrecillos verdes, que seguían aferrando la red.
Y entonces llegaron los otros.
(CONTINUARA...)
Terror en el espacio (Capítulo 2) - Leigh Brackett
Capítulo 2
La
primera sensación que tuvo Lundy fue la de silencio e inmovilidad. Una
sensación mortal, como si todos los seres creados hubiesen dejado de
respirar.
Lo
segunda que notó fue la presencia de su cuerpo. Le dolía
espantosamente, tenía calor y además le repugnaba el aire espeso y
viciado que respiraba. Lundy se sentó penosamente y trató de hacer
funcionar su cerebro. Esto era muy difícil, porque alguien le había
abierto la cabeza con cuatro hachazos.
No
era del todo obscuro en la cabina. Una temblorosa claridad plateada
semejante al claro de luna penetraba por las portillas. Lundy podía ver
bastante bien. Distinguió el cuerpo de Farrell exánime sobre el suelo, y
un conjunto de cables y hierros retorcidos, que habían sido los mandos.
Vio también el cofre.
Lo
miró larga rato, aunque no había mucho que ver. No era más que un cofre
abierto y vacío, junto al que había un pedazo de tela negra.
–¡Dios
mío! –susurró Lundy–. ¡Oh, Dios mío! Entonces lo comprendió todo de
pronto. Su cuerpo no contenía apenas nada con excepción de su estómago, y
éste hallábase sujeto. Sin embargo, quiso salirse por su boca. Las
náuseas cesaron de pronto, y entonces fue cuando Lundy oyó que alguien
llamaba a la puerta.
Era
una llamada muy suave. Su ritmo era lento y espaciado, como si el que
llamaba dispusiese de mucho tiempo y no tuviese prisa por entrar. La
llamada procedía de la escotilla que comunicaba con la esclusa de
salida.
Lundy
se levantó lentamente, más frío que el vientre de un sapo y blanco como
éste. Contrajo involuntariamente los labios y permaneció de pie, helado
de espanto.
Las
llamadas continuaban con un ritmo somnoliento. Quienquiera que fuese
que llamaba, no tenía prisa por entrar. Sabía que tarde o temprano
aquella puerta cerrada se abriría, y a él no le importaba esperar. No
tenía prisa. Nunca tendría prisa.
Lundy
paseó la mirada por la cabina, en silencio. Dirigió una mirada de
soslayo a la portilla. Al otro lado de ella vio agua. La negra agua de
mar de Venus, clara y negra, como una noche profunda.
La
nave se había posado sobre una llanura arenosa. La luz plateada era
reflejada por la arena. Era una luz fosforescente, tan brillante como el
claro de luna y de un débil tinte verdoso.
Negras
aguas marinas. Arenas plateadas. El misterioso visitante seguía
llamando a la puerta, despaciosamente. Con paciencia. Uno... dos. Uno...
dos. Al compás del corazón de Lundy.
Este
pasó a la cabina interior, andando ya con paso firme. Miró
cuidadosamente a su alrededor antes de regresar y detenerse ante la
esclusa.
–Muy bien Jackie –murmuró–. Espera un minuto. Sólo un minuto, muchacho.
Entonces
se volvió para dirigirse rápidamente hacia el armario de babor y sacó
de él una botella de litro, que levantó después de sacarla de su soporte
antichoque. Tuvo que hacerlo con ambas manos.
Al
poco rato bajó la botella y se inmovilizó, sin mirar a ninguna parte,
hasta que dejó de temblar. Descolgó a continuación su escafandra
espacial del gancho donde estaba pendida y se la puso. Tenía la cara
cenicienta e inexpresiva.
Cargó
con todas las botellas de oxígeno que podía llevar, junto con raciones
de socorro y toda la bencedrina que contenía el botiquín. Mezcló la
dosis más fuerte posible de este estimulante con el coñac antes de
cerrar el casco. Hizo caso omiso de la pistola hipodérmica, y en lugar
de ella tomó las dos pistolas desintegradoras de reglamento... la suya y
la de Smith. Entre tanto, los suaves golpecitos no cesaban.
Miró
por un momento el cofre vacío y la tela negra caída a su lado. Una
expresión cruel asomó a su rostro. Sus facciones se endurecieron, antes
de cubrirse de una terrible expresión de paciencia.
El
hecho de hallarse bajo la superficie del agua no molestaría en lo más
mínimo a un ser del espacio interplanetario. Descolgó de su gancho la
red de apretadas mallas metálicas y se la aseguró al cinto. Luego se
dirigió resueltamente hacia la escotilla para abrirla.
Las
aguas negras irrumpieran en negros remolinos en torno a sus botas
lustradas. Luego la escotilla se abrió de par en par y Jackie Smith
entró.
Había
estado esperando en la esclusa inundada, golpeando con sus botas la
escotilla interior, con el lento vaivén del mar. Entró con los pies por
delante y el agua que penetraba a presión lo levantó. Con lo que pareció
que andaba por su pie y miraba a Lundy al pasar. Era un hombre rubio y
corpulento de ojos verdes con vendas blancas que asomaban por su
guerrera negra entreabierta, mientras miraba a Lundy. No por mucho
tiempo. Solamente por un segundo. Pero fue bastante.
Lundy
se contuvo después del tercer grito de terror. Tenía que contenerse,
porque sabía que si seguía gritando ya no podría dejar de hacerlo. Las
negras aguas ya se habían llevado a Jackie Smith hasta la pared apuesta,
cubriendo piadosamente su cara.
–¡Dios mío! –susurró Lundy–. ¡Dios mío...! ¿Qué debió de ver antes de ahogarse?
Nadie
le respondió. Las negras aguas empujaban a Lundy, mientras se alzaban a
su alrededor, tratando de llevarlo hacia donde estaba Jackie Smith. La
boca de Lundy se contrajo en un rictus amargo.
Se
mordió el labio inferior con fuerza. Echó a correr torpemente, tratando
de vencer la resistencia que le oponía el agua, hasta que por último se
detuvo. Entonces empezó a andar, sin mirar hacia atrás, por la
compuerta inundada. La escotilla se cerró tras él, automáticamente.
Pisó la compacta arena de un color entre verde y plateado, mientras tragaba la sangre que le llenaba la boca y le ahogaba.
Andaba
sin apresurarse. Su caminata por el fondo del océano sería
probablemente larguísima. A juzgar por la posición de la nave cuando se
hundió, calculaba aproximadamente hacia donde se hallaría la costa... a
menos que aquello hubiese influido en su mente, haciéndole ver en las
esferas unas cifras que no existían.
Comprobó
su nimbo, ajustó la presión que reinaba en el interior de su
escafandra, y siguió avanzando por aquel sobrenatural paisaje submarino,
que parecía bañado por un fantasmal claro de luna. La marcha no era
difícil. Si no encontraba a su paso una profunda fosa oceánica, una
escarpadura imposible de franquear, o se convertía en la presa de alguna
especie de voraz alga venusiana, conseguiría sobrevivir para
presentarse ante su jefe en el cuartel general, y comunicarle que dos
hombres habían muerto, la nave se había perdido y la misión que se le
había encomendado había terminado en el más estrepitoso fracaso.
Aquel
mundo submarino que le rodeaba era bellísimo. Parecía el ensueño que
provocan las drogas o el delirio. La fosforescencia se elevaba en las
negras aguas, para danzar en temblorosas espirales de fuego frío. Los
peces, aquellos extraños seres policromados que parecían minúsculas
joyas vivas con ojos de rubí, pasaban como centellas junto a Lundy, como
ráfagas de color, o nadaban sobre las grandes extensiones de algas que
parecían selvas en miniatura, y que manchaban las negras aguas y el
brillo fosforescente de la arena con enormes y ardientes manchas azules,
violetas, verdes y plateadas.
También
había flores. Una vez, Lundy se acercó demasiado a algunas de ellas.
Estas se tendieron hacia él, abriendo unas bocas redondas llenas de
espinas, que denotaban una increíble voracidad. Los peces se mantenían a
saludable distancia de ellas. Desde entonces, Lundy les imitó.
Apenas hacía media hora que andaba, cuando descubrió la carretera.
Era
una carretera perfecta, que avanzaba en línea recta a través de la
arena. Presentaba algunas grietas y resquebrajaduras, y algunas de las
enormes losas que la formaban estaban alzadas o caídas a un lado, pero
en general estaba perfectamente conservada y era evidente que se dirigía
a alguna parte.
Lundy
la miró mientras un escalofrío recorría su espinazo. Había oído hablar
de cosas parecidas. Venus aun era un mundo casi desconocido. Era un
planeta joven, bravío, desconcertante, que daría más de una sorpresa a
los sesudos hombres de ciencia.
Mas
incluso los jóvenes planetas tienen un largo pasado, lleno de leyendas y
mitos. Todo el mundo estaba de acuerdo en que gran parte de la
superficie de Venus que hoy se hallaba sumergida no lo estuvo en otros
tiempos, y viceversa. La bella diosa cambió varias veces de maquillaje
antes de adoptar su semblante definitivo.
Ello
quería decir que, en épocas remotas, aquella carretera cruzó una
llanura bajo un cálido cielo gris perla. Por ella venían probablemente
las caravanas de la costa. Aquella carretera debió de ver el tráfico
formado por los fardos de especias y seda de araña, junto con las
ánforas de vakhi procedentes de los cañaverales de Nahali, y las
esclavas de cabellos de plata que venían de las tierras altas donde
moraba el Pueblo de las Nubes, avanzando bajo el calor bochornoso,
apenas resguardadas por los verdes árboles liha, para terminar vendidas
en el mercado.
A la sazón la carretera seguía conduciendo a alguna parte.
Lundy
iba en aquella misma dirección. Era probable que la carretera se
hubiese desviado un poco antes, la cual explicaba que él la hubiese
encontrado. Lundy se pasó la lengua par las labios cubiertos de frío
sudor y empezó a seguirla.
Andaba lenta y cuidadosamente, como el que penetra a solas en la nave de un templo vacío.
Siguió
la carretera durante largo rato. Las algas formaban una espesura a
ambas lados de ella. Parecía atravesar un denso bosque de algas que se
perdía en la distancia por ambos lados, hasta allá donde alcanzaba la
vista de Lundy. Este se alegró de haber encontrado la carretera, ya que
ésta era muy ancha y si se mantenía en el centro las flores no podían
llegar hasta él.
La
luminosidad disminuyó, debido a las algas que cubrían la arena. Fuera
cual fuese la causa de la fosforescencia, aquel apiñamiento de algas la
hacía disminuir notablemente, y pronto estuvo tan obscuro que Lundy tuvo
que encender el proyector de su casco. A las bordes de su haz luminoso
podía ver las frondas de algas moviéndose perezosamente en un lento
vaivén, al compás del mar de fondo.
Las
flores se habían hecho más bellas y de colores más vivos. Pendían como
lámparas en las negras aguas, irradiando una luz que parecía surgir de
ellas mismas. Sus colores eran rojos sombríos y amarillos violentos,
junto con azules pálidos y desvaídos.
Su vista resultaba inquietante para Lundy.
Las
algas cada vez eran más espesas y juntas. Sus raíces asomaban sobre el
borde de las losas de piedra. Las flores abrían sus brillantes bocas
voraces en dirección a Lundy.
Trataban de alcanzarle, sin conseguirlo. De momento.
Él
estaba cansado. El efecto producido por el coñac con bencedrina
empezaba a amortiguarse Cambió la botella de oxígeno por otra. Aquello
le reanimó pero no mucho. Bebió otra sorbo de la mezcla estimulante,
pero tampoco quería abusar de ella para no fatigar a su corazón. Tenía
las piernas entumecidas.
No
había dormido desde hacía muchas horas. Seguir la pista de Farrell no
fue ningún juego de niños, y apoderarse de él –y de aquello– constituyó
una verdadera hazaña, arriesgada y peligrosísima. Hay que tener en
cuenta que Lundy no era más que un ser humano. Por lo tanto era natural
que se hallase cansado. Molido. Deshecho y agotado.
Se
sentó para descansar un rato, apagando la lámpara para ahorrar las
pilas. Las flores le acechaban, brillando en la obscuridad. Él cerró los
ojos pero seguía notando su presencia, como animales de presa,
agazapadas a su alrededor.
Después de un par de minutos se levantó para proseguir la marcha.
Las algas se hicieron más espesas y altas. Estaban cargadas de flores.
Tomó
más bencedrina, sin pensar en lo que le podría ocurrir al corazón. La
luz del casco abría un túnel blanco y frío a través de las tinieblas.
Guiado por esta luz, él avanzaba, andando todo lo de prisa que le
permitía la densidad del agua. Las frondas de algas se unían y se
entretejían a gran altura sobre su cabeza, encerrándole en un
inquietante túnel. Las flores pendían sobre él. Sus pétalos casi le
rozaban. Eran unas pétalos carnosos, voraces y vivientes.
Echó
a correr, sobre los surcos abiertos por las ruedas en la piedra y las
desgastadas losas de la carretera que aún llevaba a alguna parte, en el
fondo de aquel negro océano.
Lundy
corrió torpemente durante largo rato entre la obscuras paredes cada vez
más próximas. Las flores casi le tocaban. Una vez se acercaron tanto a
él, que le sujetaron nuevamente cuando se escapaba. Empezó a hacer uso
de la pistola desintegradora.
De
esta manera redujo a cenizas un gran número de algas. Esto no parecía
gustarles. Empezaron a balancearse coléricas sobre sus raíces,
asestándole golpes desde ambos lados y desde el techo entrelazado que lo
cubría. Lundy corría penosamente, sollozando pero sin derramar
lágrimas.
Fue
la carretera quien le condujo hasta allí. Se cruzo con él de pronto,
sin previo aviso. Luego avanzó suavemente bajo el túnel de algas, hasta
terminar en una masa caótica de enormes losas y bloques, esparcidos sin
orden ni concierto como si el hijo de un gigante se hubiese cansado de
jugar con ellos.
Y las algas crecían entre aquellos bloques dispersos.
Lundy
tropezó y cayó, dándose de cabeza contra la parte posterior del casco.
Por un momento vio una luz cegadora. Luego reinaron las tinieblas y
comprendió que se había producido un falso contacto, pues su luz se
había apagado.
Se
arrastró por encima de un gran bloque inclinado. Las flores brillaban
en la obscuridad, muy cerca de él. Demasiado cerca. Lundy abrió la boca,
pero sólo salió de ella un ronco gemido animal. Aún empuñaba su
pistola. La disparó un par de veces y por último se encontró en lo alto
del bloque, tendido de bruces.
Sabía que no podía seguir avanzando. La carretera terminaba allí.
Las
brillantes flores descendieron hacia él, surgiendo de las tinieblas.
Lundy, tendido sobre la piedra, las observaba con rostro inexpresivo. En
sus ojos brillaba un odio terco y concentrado, pero nada más.
Vio
como las flores se adherían a su escafandra y empezaban a actuar.
Entonces, allá en lo alto, a través del negro túnel de algas, vio
brillar la luz.
Brilló
de pronto, como un relámpago. Una sábana de oro cálido y brillante que
restallaba como un estandarte, iluminando el final de la carretera.
Iluminando también la ciudad y la pequeña procesión que salía de ella.
Lundy
no quería dar crédito a sus ojos. Estaba ya medio muerto, con su
espíritu flotando libre de su cuerpo y envuelto a medias en negras
nubes. Contempló sin curiosidad lo que veía.
La
luz áurea es extinguió, para brillar dos veces al final del túnel,
cruzando una pequeña llanura, después de la cual se alzaba la ciudad.
Lundy
veía sólo una parte de ella, a causa de las algas. Pero parecía ser una
gran ciudad. La rodeaba una muralla, de mármol verde veteado de rosa
sombrío, y con sus bordes desgastados por siglos de erosión marina. En
la muralla se abrían amplias puertas de oro puro, no empañado por el
paso de los siglos, y que giraban sobre bisagras igualmente de oro. Por
las puertas abiertas se distinguía una gran plaza pavimentada con cuarzo
de color gris neblina, y alrededor de la plaza se alzaban unas
construcciones que recordaban a Lundy los castillos de la Tierra que
había visto en su infancia, bajo las nubes rosadas del atardecer.
Esto
es lo que aquel lugar parecía bajo los destellos de luz dorada: un país
de cuento de hadas al atardecer. Remoto, de una belleza soñadora,
cubierto por las negras aguas, como por un velo... algo indestructible,
porque era inexistente.
Los
seres que salieron por las puertas doradas y que venían por la
carretera parecían diminutos jirones de niebla desgajados por una brisa
fría y errante y apartados de la luz.
Se acercaron flotando a Lundy. A pesar de que su avance parecía lento, probablemente no lo era, porque de pronto se hallaron entre las algas. Eran muchos; tal vez cuarenta o cincuenta. No tenían más de un metro o un metro veinte de altura, y todos mostraban el mismo color mortecino, azul grisáceo. Lundy no podía ver qué eran. Su forma era vagamente humana, aunque tenían algo de pez, y algo que no alcanzaba a expresar qué era, a pesar de que intuía su naturaleza.
De
pronto, todo aquello dejó de importarle. La sombría cortina negra que
cubría su mente se rasgó, y el temor penetró gritando por la hendidura.
Notaba como las flores mordían y tiraban de su escafandra como si fuese
de su propia piel.
Un frío sudor cubría su cuerpo. Antes de un minuto agujerearían su traje y el agua de mar lo inundaría, y entonces...
Lundy
empezó a debatirse desesperadamente. Contrajo los labios pero no gimió
ni gritó. Únicamente oía su pesado resollar. Trató de luchar contra las
flores, utilizando indistintamente la pistola y la fuerza bruta. Luchaba
sin arte ni método. Era la última lucha ciega de un animal que no se
resignaba a morir.
Las
flores le sujetaban firmemente. Le aplastaban y le oprimían,
envolviéndole en mortíferos y encantadores pétalos de colores ardientes.
Él consiguió quemar a algunas de ellas, pero cuantas más quemaba más
aparecían. Lundy no siguió luchando por mucho tiempo.
Por
último permaneció postrado, con las rodillas algo dobladas hacía su
rígido estómago atenazado por un nudo, cubierto de sudor y con el
corazón latiéndole en desorden. Permanecía helado y tenso... esperando.
Hasta que las flores empezaron a apartarse.
Se apartaban a la fuerza, a regañadientes, retirándose airadas como gatos despojadas de un opíparo ratón, haciendo débiles y rápidos intentos para atacarle nuevamente. Mas terminaban por retirarse.
Lundy
estuvo a punto de desfallecer para siempre. Se sentía al límite extremo
de sus fuerzas. Su corazón dejó de palpitar; su cuerpo se contrajo
espasmódicamente. Entonces, a través de una niebla formada por su sudor y
sus lágrimas, al borde del Más Allá, vio las pequeñas criaturas azul
grisáceas inclinándose sobre él para mirarlo.
Se
cernían en una nube sobre él, sosteniéndose gracias a sus aleteantes
membranas, tan delicadas como el trino de un pájaro en un día de viento.
Estas membranas unían sus extremidades superiores e inferiores, las
cuales estaban provistas de unas pequeñas aletas natatorias planas en su
extremidad. Aquellos miembros estaban dotados de ventosas, situadas en
el lugar que hubiera correspondido a los talones si aquellos seres
hubiesen tenido pies.
Sus
cuerpos eran gráciles y esbeltos, y de aspecto marcadamente femenino, a
pesar de que no poseían características humanas muy especiales. Eran
unas hermosas criaturas, distintas a todo cuanto Lundy había visto o
había soñado.
Tenían caras. Pequeñas caritas de hadas sin nariz. Es decir: tenían una diminuta naricilla redonda, pero los ojos eran su rasgo dominante.
Eran
unas enormes ojos redondos y dorados con pupilas de un pardo obscuro.
Unas ojos suaves, curiosos, inquisitivos, que dieron ganas de llorar a
Lundy y le asustaron tanto que casi estuvo a punto de enloquecer.
Entretanto,
las flores se mantenían a cierta distancia, esperando el momento de
volver al ataque. Pero cuando una se acercaba demasiado a Lundy, uno de
los pequeños seres le daba un golpecillo cariñoso, como hacemos nosotros
con un perro inoportuno, y la ahuyentaba.
–¿Vives?
(CONTINUARA...)