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El cerebro rojo - Donald Wandrei

 

Al alcance de la mano yace la muerte tibia del universo. ¿Podría el frío intelecto subsistir, o...?

Una tras otra, las pálidas estrellas que poblaban el firmamento titilaron cada vez más débilmente, hasta desaparecer. Una tras otra, aquellas luces llameantes se atenuaron y oscurecieron. Una tras otra se habían desvanecido para siempre, y en su lugar se formaron como enormes manchas de tinta que emborronaban inmensas áreas del cielo que en otro tiempo estuviera iluminado por las estrellas.

Transcurrieron años; siglos enteros huyeron hacia el pasado; los milenios se acumularon hasta convertirse en millones, y también ellos se perdieron en el olvido de la Eternidad. La Tierra había desaparecido. El Sol se había enfriado y endurecido y se disolvió en el polvo de su tumba. 

Tanto el sistema solar como otros innumerables sistemas se desmenuzaron y desaparecieron, y sus fragmentos se convirtieron en nubes de polvo que fueron tragándose el universo entero. 

A lo largo de billones de años, y barriéndolo todo hacia un destino común, los inmensos cuerpos, en otro tiempo incontables, que habían salpicado el firmamento desplazándose a través de distancias inconmensurables en el espacio, fueron disminuyendo en número a medida que se desintegraban, hasta que en el negro dosel del firmamento quedaron unos pocos y aislados puntos de luz tenue, que cada vez se iba haciendo más débil y macilenta.

Nadie sabía cuándo empezó a concentrarse el polvo, pero lejos, en el aura olvidada de los tiempos, los mundos muertos desaparecieron sin que nadie volviera a recordarlos ni lo lamentara.

Aquéllos fueron los embriones del polvo. Fueron los progenitores de la disolución universal que ahora tocaba a su fin. Fueron las primeras estrellas que se consumieron, murieron y se desperdigaron en miríadas de átomos. Fueron el primer cultivo que se redujo a la nada convertido en una mota de polvo.

Poco a poco, los claros enjambres se transformaron en nubes, las nubes en mares, y los mares en monstruosos océanos de polvo que lentamente se iba acumulando, polvo que procedía de mundos muertos y agonizantes, de colisiones interestelares causadas por los astros en su caída, de meteoros y cometas que, envueltos en llamas, llegaban del vacío para precipitarse en el abismo.

El polvo se extendía más y más. La apagada luminosidad de los cielos siguió debilitándose a medida que en las profundidades del espacio iban apareciendo grandes tachaduras negras.

A lo largo de los millones, billones y trillones de años que habían huido hacia el pasado, el polvo cósmico siguió agrupándose y la grey estelar se vio cada vez más diezmada. 

Hubo un tiempo en que el universo estaba formado por centenares de millones de estrellas, planetas y soles; pero eran tan efímeros como la vida o los sueños, y se apagaron y desvanecieron uno tras otro.

En primer lugar fueron destruidos los mundos más pequeños; les siguieron los mayores, y así en una escala que ascendía hacia los gigantes que jamás sufrieron desafío alguno y que, alzándose en medio de la noche frente al empuje conquistador del polvo, bramaron su furia e hicieron resplandecer su claridad. 

En su infernal e implacable guerra contra el universo, el Polvo Cósmico jamás concedió tregua; ahogó a los pequeños aerolitos; engulló a los satélites indefensos; se arremolinó en torno a los cometas, que, lanzados como cohetes, saltaban de un oscuro extremo del universo al otro, dejando un espléndido rastro de llamas, abriendo sendas de salvaje aventura a través de un infinito sin horizontes que el polvo había ya sometido; clavó sus garras en los planetas y sorbió su esencia; cargado de odio y rencor, fue barriendo a los monarcas y asolando sus tierras y desiertos.

Cada vez más y más denso, el Polvo Cósmico fue creciendo hasta que a los gigantes les resultó ya imposible avizorarse mutuamente en sus giros a través del vacío. Por ello, alzaron sus voces tonantes a través del desierto, solitarios, sin esperanza y perdidos. En solitaria grandeza, consumieron en llamas su brillante hermosura. En solitaria derrota y muerte, desaparecieron.

De todas las estrellas de las incontables miríadas que una vez salpicaron los cielos, solamente quedaba Antares. Sólo subsistía Antares, la más inmensa de las estrellas, el último cuerpo del universo, habitado por la última raza que aún poseía conciencia, que aún poseía vida. 

Esta raza, sumida en una compasión sin esperanza, había asistido al oscurecimiento de los cielos y, con cicatería, llevo la cuenta de las estrellas que todavía resistían. Se les desgarraba el corazón cada vez que una dejaba de titilar; cada una que abandonaba la lucha y era engullida por la marea de polvo, añadía un nuevo acento en el himno nacional, esa melodía indescriptible, esa salmodia a la fatalidad infinitamente sombría que arrancaba solemnes armonías de cada corazón de aquella raza agonizante. 

Los habitantes de Antares habían construido una gran cúpula de cristal alrededor de su mundo a fin de impedir que penetrase el polvo y la atmósfera se dispersara; protegidos por esta cúpula, los vigías mantenían su observación silenciosa. 

Las sombras llegaban avasalladoras, con más ímpetu cada vez, desde los lejanos reinos de la oscuridad, engullendo apresuradamente a la última de las estrellas. 

La tarea de los astrónomos se había convertido en la más sencilla, y al propio tiempo la más triste, de Antares: observar a la Muerte y el Olvido extendiendo un palio de oscuridad sobre cuanto era, sobre cuanto pudo ser.

La última estrella, Mira, la segunda después de Antares, había brillado con palidez glacial, su titilar se oscureció... y se desvaneció. En el espacio quedó tan sólo una extensión ilimitada de polvo que se expandía más y más en todas direcciones; sólo esto y Antares. 

Ya no volvieron los astrónomos a escudriñar los cielos par ver cómo una estrella moribunda sucumbía antes que ellos. No volvieron a explorar los más lejanos confines. Por todas partes se arremolinaba el polvo, envolviendo el espacio en una oscuridad sofocante. 

Hubo un tiempo a través de los abismos, en que fueron sembradas multitud de hermosas estrellas de blanco, casi enfermizo resplandor... Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que existió luz en el cielo. Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que se veía una tenue fosforescencia en la bóveda Ahora sólo había un pesado crespón de ébano un lóbrego reino huérfano de radiación, algo sofocante constituido por una oscuridad eterna e infinita.

—Nos reunimos otra vez en esta Mansión de la Niebla, no con la esperanza de haber encontrado un remedio sino para ver cuál es la mejor forma de aceptar nuestra muerte. Nos reunimos, no en la vana esperanza de que podamos controlar el polvo, sino en la esperanza d que podamos triunfar aun cuando seamos destruidos. Sólo podemos ganar la batalla aceptando nuestra muerte heroicamente.

El orador hizo una pausa. A su alrededor se desplegaba una extraña sala del Espacio. A gran altura se extendía un vago techo cuyos bordes ondulantes se diluían pedidos en la distancia; un techo sustentado por paredes invisibles y poderosas columnas que, separadas por largos intervalos, emergían ondulantes del liso suelo de mármol. 

Una vaga neblina parecía flotar en el aire, debido a las dimensiones inconmensurables de aquella colosal arquitectura. Difuminado por la distancia, el orador se reclinó en la plataforma de metal que se alzaba por encima del mar de seres que se extendía frente a él. Aun que en realidad no era un orador, ni tampoco un ser como los que una vez habitaron el mundo llamado Tierra.

Debido a las insólitas condiciones de Antares, la evolución se desarrolló, según esquemas completamente distintos a los que siguió en cuerpos que habían poblado el firmamento cuando, en un pasado remoto, el infinito estaba salpicado de estrellas. 

Antares fue el sol más intenso de cuantos surgieron del caos primitivo. Cuando se enfrió, lo hizo mucho más lentamente que los demás, y cuando en él apareció la vida, tenía por delante una existencia, no de miles ni de millones de años, sino de millardos.

Esta vida, en sus comienzos, había evolucionado desde las formas más simples a las de la edad de las primeras sociedades humanas, y siguió recorriendo la escala paso a paso. Las civilizaciones de otros mundos alcanzaron su cenit y los propios mundos se enfriaron y murieron cuando la poderosa civilización de Antares no hacía más que empezar. 

La estrella pasó entonces por un período de guerras, hasta que se vio azotada por espantosas destrucciones, de tal magnitud, que, en la Guerra de los Dos Días, produjeron siete billones de víctimas de los ocho billones y medio de habitantes con que contaba el planeta. Aquellos dos días de carnicería terminaron con la guerra para siempre.

A partir de entonces empezó la edad de oro. La mente de los pobladores de Antares aumentó más y más, al tiempo que sus cuerpos se reducían proporcionalmente, hasta que el ciclo se completó. Cada ser situado frente al orador era un montón monstruoso de sustancia negra y viscosa, cada masa un enorme cerebro, un ente sin sexo que vivía sólo para el Pensamiento. 

Mucho tiempo atrás se descubrió que la vida podía crearse artificialmente mediante tejidos formados en los laboratorios químicos. Entonces se destruyó el sexo y los habitantes dejaron de consumir su tiempo ocupándose de la familia. 

Casi todas las incontables horas que de esta forma se ahorraron, fueron dedicadas al desarrollo científico, con el resultado de que la estrella experimentó un salto prodigioso hacia una era de progreso sin parangón.

En su rápida transformación en cerebros, los seres descubrieron que mediante la exterminación de los parásitos y las bacterias de Antares y modificando su propia estructura orgánica, y por medio de la voluntad de vivir se aproximaban a la inmortalidad. 

Descubrieron los secretos del tiempo y del espacio; conocieron la extensión del universo y supieron que el espacio, en sus límite extremos, se convierte en autoaniquilante. Supieron que la vida se creó a sí misma y controlaron su propio período de duración. 

Aprendieron que cuando, cansada de la existencia, una vida se daba muerte a sí misma, estaba muerta para siempre; no podría vivir de nuevo, pues la muerte era el último cambio químico de la vida.

Esas eran las formas que se desparramaban en vasto mar ante el orador. Eran formas porque podían adoptar cualquier apariencia que desearan. Sus mentes todopoderosas tenían un absoluto control de sí mismas. 

Cuando los Cerebros deseaban viajar, se relajaban, abandonando su habitual semirrigidez, y fluían de un lugar a otro como un reguero de tinta deslizándose cuesta abajo; cuando estaban cansados, se aplanaban hasta convertirse en discos; al exponer sus ideas, se convertían en arrogantes columnas de rígida exudación; y cuando se sumían en la abstracción o se perdían en una placentera contemplación de mundos sin límites creados en sus mentes, mundos por entre los que a menudo vagaban, ofrecían el aspecto de enormes pelotas durmientes.

Ningún sonido había emitido el orador pese a que impartió sus pensamientos a la sensitiva asamblea. Cuando sus mentes lo permitían, los pensamientos de los Cerebros fluían instantáneamente hacia quienes les rodeaban, lo mismo que ondas eléctricas. Antares era un mundo de silencio jamás quebrantado.

Los pensamientos del Gran Cerebro siguieron fluyendo:

—Hace mucho tiempo llegó a conocimiento de todos nosotros el destino que nos esperaba. Nada podíamos hacer. Ello no importaba mucho, desde luego, pues la existencia es algo inútil que a nadie beneficia. Sin embargo, en aquella reunión celebrada en fecha ya olvidada, solicitamos que quien quisiera ocuparse de ello, intentara pensar en alguna posible forma de salvación para nuestra propia estrella cuando menos, si no para las demás. 

No se ofreció ninguna recompensa porque no existía para ello recompensa adecuada. El Cerebro recibiría tan sólo la gloria de ser uno de los mayores que jamás se hubieran producido. En cuanto al resto de nosotros, recibiría solamente los efectos de esta gloria mediante el conocimiento de que habíamos dominado el Destino, considerado en aquel entonces, y todavía hoy, como inexorable; el placer que de ello obtendríamos se debería tan sólo al hecho de que nosotros, que nos hemos autocreado pero que no somos supremos, nos habríamos convertido a nosotros mismos en supremos por la conquista de la más poderosa amenaza que jamás haya atacado a la vida, el tiempo y el universo: el Polvo Cósmico.

"Nuestros cerebros más inteligentes estuvieron pensando en este tema durante incalculables millones de años. Excluyeron de sus pensamientos cualquier cosa que no fuera la pregunta: ¿cómo es posible dar jaque al polvo? Elaboraron innumerables planes, que se probaron concienzudamente. Todos fallaron. 

Lanzamos al vacío descargas de rayos imposibles de controlar, llamadas interplanetarias con la esperanza de poder fundir masas de polvo y convertirlas en nuevos mundos incandescentes. 

Hemos anclado en el espacio inmensos imanes con la esperanza de atraer el polvo, que es ligeramente magnético, y de esta forma solidificarlo o extraer de él gran parte de los escombros. 

Provocamos espantosas perturbaciones haciendo estallar nuestros compuestos más poderosos en las regiones que nos rodean, con la esperanza de agitar tan violentamente el polvo que, en el seno de las tempestades así formadas, se conmocionarán las tormentas de la creación. 

Con nuestros rayos aniquiladores hemos abierto billones de brechas a través del incesante flujo de polvo. Destruimos la vida en Betelgeuse y emplazamos allí titánicos generadores de vacío, descomunales máquinas zumbantes destinadas a succionar el polvo del espacio y amontonarlo en aquella estrella. 

Liberamos enormes cantidades de gas, lo incendiamos y lanzamos el fuego ardiente y furioso en enloquecidas llamaradas, a través del polvo estremecido. 

En nuestra desesperación, llegamos a llamar en nuestra ayuda a los Devoradores de Éter. Finalmente, sí, utilizamos nuestra Voluntad-Potente para barrer las oleadas arrolladoras ¡Fue en vano! ¿Qué ocurrió? El polvo, que por un momento había cedido terreno, se tomó un respiro y volvió a lanzarse adelante, en oleadas. Retornó triunfante, en silencio, y de nuevo colgó su palio de oscuridad sobre un Espacio acosado por el temor y cabalgado por las pesadillas.

Henchidos de silenciosa aflicción, los pensamientos del Gran Cerebro seguían fluyendo y esparciéndose por la Mansión de la Niebla:

—Con una amarga tenacidad que jamás antes habían desplegado, nuestros químicos dedicaron su tiempo a la producción de Supercerebros, con la esperanza de llegar a obtener uno que fuera capaz de vencer al Polvo Cósmico. 

Cambiaron los componentes utilizados en nuestra génesis; experimentaron con moldes y formas, ensayaron todas las posibilidades. ¿Cuál fue el resultado? Salieron monstruos rabiosos, locas abominaciones, horrores satánicos y asquerosos entes devoradores que chillaban salvajemente bajo el influjo de los innúmeros e indescriptibles fantasmas que atestaban sus mentes. 

Les matamos para salvarnos. ¡Y el Polvo siguió avanzando! Hemos pedido ayuda a todos los Cerebros vivientes. En los siglos remotos, cubiertos por el velo del pasado, hemos apelado a cualquier clase de ayuda. De vez en cuando se nos han propuesto planes que durante cierto tiempo han causado estragos terribles en el Polvo, pero que, por último, siempre han fracasado.

"Está a punto de producirse el triunfo del Polvo Cósmico. Nos queda ya tan poco tiempo que los esfuerzos que podamos hacer ahora serán inevitablemente vanos. Pero hoy, la esperanza de que algún Cerebro, ya sea de los viejos o de los nuevos y gigantescos, haya descubierto una posibilidad aún no ensayada, nos ha movido a convocar esta conferencia, la primera que se celebra desde hace más de doce mil años.

El silencio tenso y alerta que reinaba en el Salón se suavizó, relajándose, cuando dejaron de fluir los pensamientos del Gran Cerebro. Las ondas eléctricas que habían llenado la vasta Mansión de la Niebla se extinguieron y durante largo rato el recinto se vio invadido por una extraña tranquilidad. Pero la masa no permanecía nunca inmóvil. 

El mar que se extendía frente a la tarima se agitaba en un flujo y reflujo cuando lo atravesaban las olas de pensamiento. Pero ningún Cerebro se ofreció para hablar, y toda la extensión visible se fue aquietando a medida que transcurrían los minutos.

En forma de fina columna que emergía de la tarima, elevándose hasta gran altura, el Gran Cerebro se balanceaba- una y otra vez recorrió con la mirada todo el Salón, escudriñando entre las ondulantes formas con la esperanza de encontrar en algún punto, entre aquella multitud una que pudiera ofrecer una sugerencia. 

Pero transcurrieron los minutos y el tiempo se alargaba sin que llegara ninguna respuesta; la tristeza del fin inmutable y fijo se infiltró a través de la última raza. Y los Cerebros, absortos en su meditación, vieron cómo el Polvo presionaba sobre la concha de cristal de Antares, mostrando una mueca de triunfo.

El Gran Cerebro no había esperado obtener respuesta, ya que desde hacía siglos se consideraba inútil combatir al Polvo- así, pues, cuando su previsión, aunque no su deseo sé vio cumplida, se relajó y se dejó caer en señal de que la reunión había terminado.

Pero antes de que se hubiera completado su movimiento, en el centro de aquel mar, surgiendo de las profundidades, se produjo una violenta agitación; en un instante todo un sector se replegó y, precipitándose en tromba como un surtidor, se lanzó hacia arriba silbando al cortar el aire; el chorro ascendió en dirección al techo hasta que empezó a ondular, fino y tenue como una columna de humo- desde la oscuridad de las alturas de 1a Sala, la cúspide del Cerebro, miró fijamente hacia abajo.

—¡He encontrado un plan infalible! ¡El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo Cósmico!

Una terrible tensión cayó sobre los Cerebros entumecidos por el lamento que en oleadas silenciosas se extendía desde la Mansión de la Niebla hasta el sepulcro vacío y huérfano de sueños hecho de mármoles exóticos. El Gran Cerebro, apenas relajado, se irguió de nuevo. Y, formando un curioso torbellino, la multitud reunida se volvió repentinamente.

En el acto, el Cerebro Rojo quedó suspendido sobre el centro de un mar que había adoptado la disposición de un anfiteatro; todos los Cerebros tenían la mirada puesta en el centro. Una expectación y esperanza difícilmente contenidas electrizaban el aire.

El Cerebro Rojo era una de las últimas creaciones de los químicos, y se había obtenido durante los experimentos que se realizaron para producir cerebros más perfectos. En el pasado, todos habían sido negros, pero quizá debido a impurezas en los componentes químicos éste había evolucionado hacia un color rojo mate muy oscuro. 

Sus compañeros sintieron admiración por él sobre todo cuando descubrieron que muchos de sus pensamientos no podían ser captados por ellos. De entre las cosas que pasaban por su interior y que él permitía a los demás conocer, había una considerable porción que les resultaba incomprensible. Nadie sabía cómo juzgar al Cerebro Rojo, pero muchos pusieron sus esperanzas en él.

Por lo tanto, cuando el Cerebro Rojo lanzó su anuncio, los demás formaron un ancho círculo alrededor de él, con las mentes pasivas y abiertas hacia la explicación. Así, pues, se tendieron silenciosamente, a la espera del descubrimiento, y se recostaron, completamente desprevenidos para lo que iba a suceder.

Ya que, en cuanto el Cerebro Rojo se halló suspendido en el aire inició un lento pero incansable balanceo; a medida qué se balanceaba, sus pensamientos se verían en forma de canto rítmico. 

Descollaba en lo alto por encima de todos, igual que una columna lisa y tenue cuyo altivo capitel se moviera cada vez más rápidamente a medida que un estremecimiento nervioso recorría toda su extensión en oleadas que subían y bajaban. 

El tono del extraño canto se fue haciendo cada vez más y más fuerte, hasta convertirse en un salvaje y ditirámbico salmo, dedicado a la belleza del pasado, a la gloria del presente y al esplendor del futuro. Y la balada se convirtió en una quejumbrosa loa, en una exaltación; ramalazos de furiosa alegría la recorrieron, repitiendo:

El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo. Otros fracasaron, pero él no. Cantemos el himno nacional en honor del Cerebro Rojo, porque él ha triunfado. Exaltémosle, porque ha demostrado ser el más grande de todos. Veneremos al que es más grande que Antares, más grande que el Polvo Cósmico, más grande que el Universo.

De repente se detuvo. Los Cerebros, perplejos, miraron hacia lo alto. Por un momento, el Cerebro Rojo había detenido su cabeceo, acercando a ellos sus pensamientos. Pero, a lo largo de toda su extensión, inició un giro vertiginoso, que fue acelerándose hasta alcanzar una increíble velocidad. 

De pronto, algo antagónico emanó de él y antes de que los Cerebros lograran captar la situación, antes de que pudieran protegerse cerrando sus mentes, los impulsos de voluntad del Cerebro Rojo, cargados de odio y muerte, latieron sobre ellos y penetraron en sus mentes abiertas. 

Como un remolino, el Cerebro Rojo giraba arrastrándoles a su destino. Igual que balones semihinchados, los demás Cerebros yacían a su alrededor; durante un segundo se pusieron rígidos como burbujas de vidrio al enfriarse; y a medida que sus pensamientos, y por lo tanto, sus vidas, ya que Pensamiento era Vida, iban siendo aniquilados, quedaban instantáneamente aplastados como globos pinchados, disolviéndose en charcos de limo evanescente. Sucumbían por decenas y por centenares, destruidos por los pensamientos devastadores, imparables, del Cerebro Rojo, que llenaba todo el Salón; por grupos, por secciones, por doquier.

Alrededor del círculo caían los cerebros sentenciados por el destino en aquel único momento de descuido, mientras fluía una espesa tinta que formaba charcos, que se arrastraba y se convertía en ríos de brea que se precipitaban por el suelo de mármol pulido con un suave siseo sedoso.

La esperanza del universo se había cifrado en el Cerebro Rojo.

Y el Cerebro Rojo estaba loco.

Ese Hombre - Rodolfo Walsh


El guardia civil pregunta el nombre, consulta su lista, abre la puerta del parque. El tenue sol madrileño quita de las rodillas la lluvia de París, funde la nieve de Praga. 

En la casa me recibe el secretario discreto, urgido por irradiación cotidiana. Yo sé que debería estar observando los detalles pero no veo más que la alfombra, el artesonado, la penumbra de la sala donde enseguida aparece el Viejo, su voz tranquila. Me estaba esperando. 

Sigue alto y erguido, indestructible. Se agacha un poco para darme la mano. 

-Lo estaba esperando -dice. 

-Tenía muchos deseos de conocerlo -aseguro. 

Todo es claro y ordenado en su despacho: libros en los anaqueles, un Martín Fierro a caballo, el banderín argentino, Juan XXIII bajo el vidrio del escritorio. 

Cuando se sienta, veo por primera vez la desollada cara del Viejo, la cascada de venitas rojas que no aparece en las fotos o que las fotos olvidan, lo mismo que uno. 

-¿Café? -dice-. ¿Coñac? 

Ofrece Winstons, se inclina hacia adelante para dar fuego con el encendedor de oro. Tal vez me he quedado dormido en alguna butaca de algún aeropuerto en alguna indescifrable escala nocturna y este sueño preocupado es una broma del cansancio. Pero el Viejo está allí, veo el traje pizarra, el pulóver rojo, las ideas que se ordenan en su cara, la embellecen, escucho la voz persuasiva que habla del mundo, sus grandes movimientos circulares, sus leyes inmutables. 

-A los imperios no los derriba nadie -dice-. Se pudren por dentro, se caen solos. 

Solos, pienso. 

Parece que adivina. 

-Cuando alguien los empuja -dice, recuerda-. En este continente yo los he enfrentado -dice, anulando de un golpe la distancia, regresando o no partiendo nunca, clavado a este continente que no es este, no es la muchacha que vuelve y sirve el coñac y sirve el café. 

-Café sin cafeína -dice el Viejo-. Es más sano. Mire Vietnam -dice. 

Miro Vietnam: sonrisas ambiguas, pisadas nocturnas en la selva húmeda, espaldas maternas cargando obuses, una bandera roja flameando sobre Hué bajo una lluvia incesante de napalm. 

-Los militares yanquis -explica- son muy brutos, no leen la historia, creen que la guerra se gana con el ejército. 

Otra vez el gesto circular abarca las edades, los pueblos, el orgullo pisoteado, Roma se derrumba en el espejo de la memoria y la voz del Viejo parece que gozara. 

-Líneas de abastecimiento. Lo sabe un cadete. 

Toma su café sin cafeína. 

-Ya no les quedan amigos en el mundo -dice. 

-Si estos se salvan -dice- será porque tienen dos océanos de por medio. 

-Pero a usted lo derrocaron. 

-A me derrocó la Sinarquía -aclara-. Después vinieron a buscarme. Los yanquis -dice, rememora-. Cuántas veces. 

-Y usted. 

Me pregunta si conozco el cuento del vasco. Escucho el cuento del vasco, rodeado de parientes, que no quería firmar el testamento. El índice del Viejo va y viene despacio sobre el índice izquierdo, preparando la pregunta, la pausa, el corte de manga, su porfiada respuesta. Y ahora no sé cuál es mi risa, cuál es la suya, la del Papa Juan divertido a su modo en el cromo. 

El círculo pulsa, se achica, se concentra. El Viejo desliza sobre el vidrio una caja taraceada de tabacos. Tomo uno, lo hago girar entre los dedos, aspiro su lejano aroma.  

-Me los manda Fidel -dice el Viejo-. Cómo están por allá. 

-Siempre preguntan por usted. 

Es cierto: siempre preguntan por él. 

-Esperaban su visita -digo. 

-Me hubiera gustado ir -suspira-. No ha llegado el momento. Usted sabe, había que pasar por Moscú. 

El periódico sigue inmóvil sobre el escritorio, con sus terremotos, naufragios, sobresaltos del oro, el nuevo récord de Iberia: seis horas, treinta y dos minutos, vuelo directo. No veo las manos del Viejo, tal vez el índice derecho sigue moviéndose despacito sobre el izquierdo, debajo de la mesa, una broma conjunta que podemos apreciar. 

El círculo ha vuelto a crecer, las costas se dilatan, la selva. América. Ahora hablamos de los muertos. El Viejo guarda la caja de tabacos, saca un libro abierto en la dedicatoria de -un adversario que evolucionó-, la firma brevísima del gran muerto reciente cuyas cenizas llueven sobre mil ciudades, que anda por ahí asomado a las cocinas, a los dormitorios, probando el caldo de las ollas, creciendo en los huesos de los chicos. 

-Tenía el fuego sagrado -dice el Viejo-. Lástima que no trabajara para nosotros -y la cara se le nubla, de pena, desconcierto, quién sabe. 

-El pensaba que había que apurarse. 

-Sí, pero ya ve. 

-Porque ellos creen que Vietnam se acaba, y que después caerán sobre ellos, sobre nosotros -digo-. Por eso estaban apurados. 

-La guerra es larga -responde sin apuro. 

Vuelvo a mirarlo como si yo fuera el Viejo y él tuviera un largo futuro por delante. 

Si él quisiera, pienso. 

La puerta se abre sola. Un fogonazo de alegría alumbra la cara surcada de venitas del Viejo, que se para, avanza hacia el perro lanudo que entra en dos patas. Yo miro el despliegue de mimos y festejos que corta las preguntas, acaso la entrevista. 

Pero el Viejo vuelve, se sienta. 

-Otro café -dice. 

De la manga del saco sale otra anécdota, como otro conejo. Cada vez que el general Roca recibía al embajador boliviano, ponía dos sillas. Una para el embajador, otra para la mala fe. 

-Yo le mandé decir que tuviera cuidado, que desconfiara de esa gente. No era tiempo. 

-Cuándo entonces -digo. 

-Yo he esperado mucho. 

Tal vez lo estoy fastidiando, acaso va a mirar su reloj, usar un pretexto que no necesita, la mujer que atravesó el Atlántico para conseguir su dedicatoria en una foto, el dirigente que aguarda en la sala su epifanía de palabras lejos, vestales con pinta de herederos, tahúres de doble entraña, empresarios dispuestos a compartir las pérdidas, terratenientes a socializar los caminos, clérigos a repartir el reino de los cielos, gorilas convertidos. 

El arresto del último general que casi se subleva flota sobre los pocillos de café sin cafeína. 

-Es un buen muchacho -sugiere-. Le voy a contar un chiste -sugiere. 

Las once de la mañana entran por el ventanal, aclarando la sonrisa. 

Un empresario americano fue a Brasil, donde querían comprar petróleo; fue a Kuwait: querían vender petróleo; a Grecia: les propone transportar petróleo. Armó el negocio, se quedó con la mitad. Los otros le peguntaron: ¿Pero usted qué pone? 

-¿Cómo qué pongo?-, dijo el empresario -dice el Viejo-. -Yo pongo el Atlántico.- Con este muchacho pasa lo mismo. El ejército pone las armas. Nosotros ponemos la gente. ¿Y él qué pone? ¿La patria? 

Risas. Imposible no reír cuando el Viejo cuenta un chiste, porque lo cuenta muy bien. Pero consigue que el cotejo con la realidad parezca un segundo chiste, mejor que el primero. 

Ahora sí, ha mirado su reloj. De golpe entiendo que he pasado horas sumergido en la envolvente conversación del Viejo, como quien escuchara a cualquier padre, y que al salir estaré caminando por una calle de Puerta de Hierro, de Southampton, de Martín García, con todas las preguntas sin hacer. 

-Esa mujer -digo. 

Su cara es gris. Una muralla. 

-Creo que la quemaron -dice. 

-No la quemaron -fantaseo-. Está en un jardín, en una embajada, de pie, una estatua bajo tierra, donde llueve -digo. Llueve siempre, pienso, y ella se pudre. 

-Puede ser -su cara es más remota que nunca-. Algún día se sabrá. 

-Y los otros muertos -quiero saber-. Los fusilados, los torturados. 

Un ramaje de la vieja cólera circula por su cara, relámpago entre nubes. 

-El pueblo pedirá cuentas. 

¿Cuándo? 

-Algún día. Saldrá a la calle, como el 56, el 57. 

¿Por qué no ha vuelto a salir? 

-Porque yo no he querido -dice. 

¿Cuándo, general, cuándo?.

Nieve, manzanas y cristal azogado - Neil Gaiman


 

No sé qué clase de ser sea ella. Nadie lo sabe. Mató a su madre al nacer, pero eso no es suficiente para juzgar.

Me llaman sabia pero estoy lejos de serlo, pues todo lo que pude vaticinar fueron fragmentos, momentos congelados atrapados en pilas de agua o en la fría superficie de un trozo de cristal azogado. Si hubiera sido sabia no habría tratado de cambiar lo que vi. Si hubiera sido sabia me habría inmolado antes de encontrarla, antes de haberlo atrapado a él.

Sabia, y hechicera, es lo que ellos dicen; y yo había visto su rostro varonil en sueños y en superficies reflejantes durante toda mi vida: dieciséis años de soñar con él antes de que él atara su caballo junto al puente esa mañana y preguntara por mi nombre.

Me ayudó a subir en su alto caballo y cabalgamos juntos hacia mi pequeña cabaña, mi cara sepultada en el oro de su cabellera. Él reclamó lo mejor que yo tenía; el derecho de un Rey, hablando con propiedad.

Por la mañana su barba era de un rojo cobrizo, y lo reconocí, no como a un rey, porque no sabía nada de reyes en ese entonces, sino como mi amado. Él obtuvo todo lo que quiso de mí, el derecho de los reyes, pero volvió a mí al día siguiente y la noche después: su barba tan roja, su cabello del color del oro, sus ojos tan azules como el cielo en verano, su piel bronceada con el agradable tono del trigo maduro.

Su hija era sólo una niña: de no más de cinco años de edad cuando llegué al palacio. Un retrato de su madre muerta colgaba en la habitación de la princesa, en su torre: una mujer alta, el cabello del color de un bosque obscuro, ojos del color de la nuez. Ella era de una sangre diferente a la de su pálida hija.

La niña no comía con nosotros.

No sé en que parte del palacio comía ella.

Yo tenía mis propias recámaras. Mi esposo, el Rey, tenía sus propias habitaciones también. Cuando lo deseaba enviaba por mí y yo iba a él, y le complacía, y me complacía en él.

Una noche, muchos meses después de haber sido traída al palacio, ella vino a mis habitaciones. Tenía seis años. Yo estaba bordando a la luz de la lámpara, entrecerrando los ojos bajo el humo y la caprichosa iluminación. Cuando erguí el rostro ella estaba ahí.

- ¿Princesa?

Ella no dijo nada. Sus ojos eran negros como el carbón, negros como su cabello; sus labios, más rojos que la sangre. Me miró y sonrió. Sus dientes parecían afilados incluso entonces, bajo la luz de la lámpara.

-¿Qué haces fuera de tu recámara?

-Tengo hambre.— dijo, como cualquier niño.

Era invierno, cuando la comida fresca es un sueño de calidez y luz del sol, pero yo tenía tiras de manzanas maduras, descorazonadas y resecas, colgando de las vigas de mi recámara, y bajé una manzana para ella.

-Toma.

El Otoño es la temporada para desecar, para preservar; es un tiempo para recoger manzanas, para derretir la grasa de los gansos. El Invierno es la temporada del hambre, de la nieve, de la muerte; y es también el tiempo para el Festín del Equinoccio, cuando frotamos la grasa de los gansos en la piel de un cerdo entero, relleno con las manzanas del otoño, luego lo asuramos o doramos, y nos aprestamos a disfrutar del coscurro.

Ella tomó la manzana seca de mi mano y comenzó a mascarla con sus afilados dientes amarillos.

-¿Está buena?

Ella asintió. Yo había temido a la pequeña princesa desde el principio, pero en ese momento me ablandé y, con mis dedos, gentilmente, palmeé su mejilla. Ella me miró y sonrió (rara vez sonreía), luego hundió su diente en la base de mi pulgar, el Montículo de Venus, e hizo brotar sangre.

Yo comencé a gritar, por el dolor y la sorpresa, pero ella me miró y yo guardé silencio.

La pequeña princesa afirmó su boca en mi mano y lamió, mamó, bebió. Cuando concluyó, dejó mi recámara. Bajo mi mirada el corte que ella había hecho comenzó a cerrarse, a cicatrizar, a sanar. Al día siguiente era una cicatriz vieja: podía haberme hecho ese corte con una navaja en mi niñez.

Había sido congelada por ella, poseída y dominada. Eso me atemorizó, más que la sangre en la que se había nutrido. Después de esa noche cerré las puertas de mi recámara al anochecer, tapiándola con una viga de roble, e hice que el herrero forjara barras de hierro, que colocó en mis ventanas.

Mi marido, mi amado, el rey, enviaba por mí cada vez menos, y cuando iba hacia él lo encontraba mareado, torpe, confundido. Ya no pudo hacer el amor como un hombre lo hace, y no me permitía darle placer con mi boca: la única vez que traté, se estremeció violentamente, y comenzó a llorar. Retiré mi boca y lo abracé fuerte hasta que el llanto pasó; se quedó dormido, como un niño.

Recorrí su piel con mis dedos mientras dormía. Estaba cubierto por una multitud de cicatrices viejas. Pero no pude recordar la presencia de esas marcas en los días de nuestro cortejo, excepto una, en su costado, donde un jabalí lo había corneado cuando era joven.

Rápidamente se convirtió en la sombra del hombre que yo había conocido y amado junto al puente. Sus huesos resaltaban, blancos y azules, bajo su piel. Estuve con él hasta el final: sus manos eran frías como la piedra; sus ojos, de un azul lechoso; su cabello y barba, marchitos, débiles y opacos. Murió sin confesión, su piel arañada y picada de la cabeza a los pies por pequeñas y antiguas cicatrices.

Casi no pesaba nada. La tierra estaba endurecida por el frío, y no pudimos cavar una tumba para él, así que construimos un montículo de piedras y rocas sobre su cuerpo, como recordatorio solamente, porque quedaba muy poco de él para proteger del hambre de las bestias y las aves.

Así que fui reina.

Y era estúpida, y joven (dieciocho veranos habían ido y venido desde que vi la luz por primera vez) y no hice lo que ahora habría hecho.

Si volviera a ese día, habría hecho que le sacaran el corazón, ciertamente. Pero luego haría que le cortaran la cabeza y los brazos y las piernas también. La habría hecho desviscerar. Y luego habría contemplado en la plaza del pueblo cómo el verdugo calentaba al rojo blanco las llamas con un fuelle, contemplado sin parpadear mientras él depositaba cada uno de sus restos en el fuego.

Habría hecho colocar arqueros en torno a la plaza, con órdenes de matar cualquier ave o bestia que se acercara a las flamas, cualquier cuervo o perro o halcón o rata. Y no cerraría los ojos hasta que la princesa fuera cenizas, y el más suave viento pudiera esparcirla como la nieve.

No hice esto, y hay que pagar por nuestros errores.

Dicen que fui engañada; que no era su corazón. Que era el corazón de un animal; un ciervo tal vez, o un jabalí. Eso dice la gente, y están equivocados.

Y algunos dicen (pero esa es su mentira, no la mía) que el corazón me fue entregado, y que yo lo devoré. Las mentiras y las medias verdades surgen como la nieve, cubriendo las cosas que recuerdo, las cosas que vi. Un paisaje, irreconocible después de una tormenta de nieve; eso es en lo que ella ha convertido mi vida.

Había cicatrices en mi amado, en las caderas de su padre, en la bolsa de sus testículos, y en su miembro viril cuando él murió.

Yo no fui con ellos. Se la llevaron en el día, mientras dormía, y estaba débil. Se la llevaron al corazón del bosque, y ahí abrieron su blusa, y extrajeron su corazón, y la dejaron muerta en una zanja, para ser tragada por el bosque. El bosque es un lugar obscuro, la frontera de muchos reinos; nadie sería tan estúpido como para reclamar jurisdicción sobre él.

En el bosque viven los forajidos. En el bosque viven los ladrones, y los lobos también. Puedes cabalgar por el bosque durante días sin ver a nadie; pero hay ojos sobre ti todo el tiempo.

Me trajeron su corazón. Supe que era el suyo: un corazón de cerda o corza no habría seguido latiendo y palpitando después de haber sido extraído.

Lo llevé a mi recámara.

No lo devoré: lo colgué de las vigas sobre mi cama, lo ensarté en un trozo de cordel que yo había llenado con bayas de serbal de cazadores, encarnados como el pecho de un petirrojo, y con cabezas de ajo.

Afuera caía la nieve, cubriendo las huellas de mis hombres, cubriendo su pequeño cuerpo en el bosque, donde yacía.

Hice que el herrero removiera las barras de hierro de mis ventanas; pasaba algún tiempo en mi habitación cada tarde de esos breves días invernales, observando el bosque hasta que caía la obscuridad. Había, como ya lo he dicho, gente en el bosque.

Algunos de ellos venían para la Feria de Primavera: gente avariciosa, feral, peligrosa; algunos eran achaparrados: enanos, pigmeos, jorobados; otros tenían dientes enormes y la mirada ausente de los idiotas; otros tenían dedos como aletas o garras de cangrejo. Salían del bosque arrastrándose cada año en la Feria de Primavera, que se llevaba a cabo cuando la nieve se había derretido.

Cuando era una joven doncella había trabajado en la feria, y ellos me habían asustado entonces, la gente del bosque. Le decía la fortuna a los transeúntes, mirando en una pila de agua, y más tarde, cuando fui mayor, en un disco de cristal azogado, su anverso bañado en plata: el regalo de un mercader cuyo caballo extraviado yo había visto a través de una pila de tinta.

Los vendedores de la feria tenían miedo de la gente del bosque; clavaban sus mercancías en las tablas de sus puestos: hogazas de pan de jengibre o cinturones de cuero clavados en la madera con grandes clavos de hierro. Si sus mercancías no estaban clavadas, decían ellos, la gente del bosque las tomaría y se las llevaría corriendo, royendo el pan de jengibre o haciendo azotar los cinturones.

Y sin embargo la gente del bosque tenía dinero: una moneda por aquí, otra por allá, algunas veces manchadas de verde por el tiempo sobre la tierra, en las monedas un rostro que resultaba desconocido hasta para los más viejos de entre nosotros.

También traían cosas para mercar, y así la feria continuaba, sirviendo a los parias y a los enanos, sirviendo a los ladrones (si eran circunspectos) que caían sobre los raros viajeros de tierras más allá del bosque, o sobre los gitanos, o sobre los venados. (Esto era latrocinio a los ojos de la ley. Los venados eran propiedad de la reina.)

Los años pasaron lentamente, y mi pueblo declaró que los gobernaba con sabiduría. El corazón colgaba aún sobre mi cama, palpitando suavemente en la noche. Si hubo alguien que guardara luto por la niña, yo no vi evidencia de ello: ella era materia de pesadillas en ese tiempo, y ellos se creían bien librados de ella.

Pasó una Feria de Primavera tras otra: cinco ferias, cada una mas triste, más pobre, más miserable que la anterior. Cada vez venía menos gente desde el bosque a comprar. Los que lo hacían parecían vencidos y ausentes. Los vendedores dejaron de clavar sus mercancías en las tablas de sus puestos. Y para el quinto año no vino sino un puñado de gente desde el bosque: una temerosa confusión de hombrecillos peludos, y nada más.

El Señor de la Feria, con su paje, vino a mí cuando la feria terminó. Lo había conocido superficialmente, antes de ser reina.

-No vengo a ti como mi reina. — dijo.

No dije nada; escuché.

-Vengo a ti porque eres sabia. —continuó— Cuando eras niña encontraste un potro extraviado observando en un receptáculo de tinta; cuando eras doncella encontraste a un niño perdido que se había alejado de su madre, observando ese espejo tuyo. Tú conoces secretos y puedes rastrear cosas perdidas.

”Reina mía—preguntó— ¿qué está llevándose a la gente del bosque? El próximo año no habrá Feria de Primavera. Los viajeros de otros reinos se han vuelto insuficientes y escasos, la gente del bosque casi ha desaparecido. Otro año como éste y todos padeceremos hambre.

Ordené a mi doncella que trajera mi cristal. Era algo simple, un disco de cristal con un reverso de plata que yo mantenía envuelto en piel de corzo en un cofre en mi recámara.

Lo trajeron entonces, y miré en él:

Ella tenía doce años y no era ya una niña. Su piel aún era pálida, sus ojos y cabello negros como el carbón, sus labios rojo sangre.

Llevaba la misma ropa que había llevado cuando partió del castillo (la blusa, la falda), sólo que estaba muy descuidada, muy raída.

Sobre ella llevaba una capucha de cuero, y en lugar de botas llevaba bolsas de cuero sobre sus pequeños pies. Estaba de pie en el bosque, junto a un árbol.

Mientras observaba, en el ojo de mi mente, la vi bordear, y hollar, y revolotear, y saltar de un árbol a otro, como un animal: un lobo o un murciélago. Estaba siguiendo a alguien.

Era un monje. Vestía arpillera, y sus pies estaban desnudos y endurecidos y llenos de costras. Su barba y tonsura eran largos, crecidos, desaliñados.

Ella le observó desde los árboles. Eventualmente él se detuvo para pasar la noche y comenzó a hacer fuego, poniendo las ramas en el suelo, rompiendo el nido de un petirrojo a manera de combustible. Tenía yesca en su manto, e hizo chocar el pedernal contra el acero hasta que las chispas hicieron presa en las ramas y el fuego ardió. Había habido dos huevos en el nido que había encontrado, y los comió crudos. No pudieron haber sido un gran alimento para un hombre de su tamaño.

Permaneció sentado a la luz de las llamas, y ella salió de su escondite. Se puso en cuclillas al otro lado del fuego, y él miró fijamente. Y luego sonrió, como si no hubiera visto otro humano en mucho tiempo, y le llamó a su lado.

Ella se levantó y rodeó el fuego, y esperó a un brazo de distancia.

Él hundió sus manos en su manto hasta que halló una moneda (una pequeña moneda de cobre), y se la arrojó. Ella lo atrapó y asintió, acercándose a él. Él jaló de la cuerda en su cintura, y su manto se abrió. Su cuerpo era tan velludo como el de un oso. Ella lo empujó sobre el musgo. Una mano se arrastró, como una araña, a través de las marañas de vello, hasta cerrarse sobre su hombría; la otra mano trazó un círculo en el pezón izquierdo de él.

Él cerró los ojos y una de sus enormes manos escudriñó bajo su falda. Ella acercó su boca al pezón que había estado acariciando, su piel blanca y lisa sobre el cuerpo lanudo de él.

Ella hundió sus dientes en su pecho profundamente. Sus ojos se abrieron; luego se cerraron nuevamente, y ella bebió. Se montó en él, y tomó alimento. Al hacer esto, un líquido tenue y negruzco comenzó a escurrir de entre sus piernas...

-¿Sabes qué es lo que está reteniendo a los viajeros? ¿Qué le está pasando a la gente del bosque? —preguntó el Señor de la Feria.

Guardé el espejo en la piel de corzo, y le dije que yo me encargaría personalmente de hacer del bosque un lugar seguro una vez más. Tenía que hacerlo, aunque ella me causaba terror.

Yo era la reina.

Una mujer estúpida habría ido entonces al bosque a intentar atrapar a la criatura; pero ya había sido estúpida una vez y no deseaba serlo una segunda.

Pasé el tiempo sobre viejos libros. Lo pasé con las gitanas (quienes cruzaban por nuestro país a través de las montañas del sur, en lugar de cruzar el bosque hacia el norte y el oeste) .Me preparé a mí misma y obtuve las cosas que iba a necesitar, y cuando los primeros copos de nieve comenzaron a caer, yo estaba lista.

Desnuda estaba yo, y sola en la torre más alta del palacio, un lugar abierto al cielo. Los vientos helaban mi cuerpo; mis vellos se iban erizando como piel de gallina sobre mis brazos y mis caderas y mis pechos.

Yo llevaba una cuenco de plata, y una canasta en la que había colocado un cuchillo de plata, un alfiler de plata, una tenazas, una túnica gris, y tres manzanas verdes.

Puse todo en el suelo y permanecí ahí, desvestida, en la torre, humilde frente al cielo nocturno y el viento. Si algún hombre me hubiera visto ahí de pie, yo hubiera arrancado sus ojos; pero no había nadie que me pudiera espiar. Las nubes cruzaban el cielo, ocultando y develando la luna menguante.

Tomé el cuchillo de plata y corté en mi brazo izquierdo: una, dos, tres veces. La sangre escurrió hacia el cuenco: rojo luciendo negro bajo la luz de la luna.

Agregué el polvo del frasco que colgaba de mi cuello. Era un polvo café, hecho de hierbas secas y de la piel de cierta clase de sapo, y de algunas otras cosas. Este polvo espesaba la sangre, y al mismo tiempo impedía su coagulación.

Tomé las tres manzanas, una por una, y agujeré su piel con delicadeza con mi alfiler de plata. Luego coloqué las manzanas en el tazón de plata y las dejé asentarse ahí mientras los primeros y diminutos copos de nieve del año caían lentamente sobre mi piel, y sobre las manzanas, y sobre la sangre.

Cuando la aurora comenzó a iluminar el cielo me abrigué con el manto gris, y tomé las rojas manzanas del tazón de plata, una por una, alzando cada una y dejándolas caer en mi canasta con unas tenazas de plata, cuidando de no tocarlas. No quedaba nada de mi sangre ni del polvo café en el tazón de plata, nada excepto un residuo negro, como verdín, en el interior.

Enterré el tazón en la tierra. Luego invoqué un hechizo sobre las manzanas (como una vez, años antes, junto a un puente, había invocado un hechizo sobre mí), para que ellas fueran, más allá de toda duda, las más maravillosas manzanas del mundo, y el rubor carmesí de su piel fue del cálido color de la sangre fresca.

Bajé la capucha de mi capa hasta cubrir mi cara, y tomé cintas y hermosos ornamentos de cabello, los coloqué sobre las manzanas en la canasta de mimbre, y me caminé sola dentro del bosque hasta llegar a su morada: un enorme despeñadero de piedra arenisca lleno de cavernas profundas que penetraban en la pared de roca.

Había árboles y montículos alrededor, y yo avancé ágilmente y en silencio de árbol en árbol sin tocar una sola ramilla ni hoja seca.

Eventualmente encontré un lugar para esconderme; y esperé, y observé.

Algunas horas después, un grupo de enanos salió arrastrándose del agujero en la caverna frontal: feos hombrecillos, deformes y peludos, los antiguos habitantes de este país. Se les veía sólo raramente ya.

Desaparecieron en el bosque, y ninguno de ellos me descubrió, aunque uno se detuvo a orinar sobre la roca donde yo estaba escondida. Esperé. Nadie más salió.

Fui a la entrada de la caverna y llamé con una voz vieja y quebrada.

La cicatriz en mi Montículo de Venus latió y palpitó en la medida en que ella se aproximaba, saliendo de la oscuridad, desnuda y sola. Tenía 13 años de edad, mi hijastra, y nada manchaba la perfecta blancura de su piel, excepto por la lívida cicatriz en su pecho izquierdo, donde había estado su corazón, arrancado hacía mucho tiempo.

El interior de sus muslos estaba manchado por una suciedad negra y húmeda. Ella me miró a los ojos, estando yo oculta bajo mi capa. Me miró con voracidad.

-Cintas, patroncita,— croqué —hermosas cintas para su cabello...

Ella sonrió y me atrajo hacia ella. Un tirón, la cicatriz en mi mano me llevaba hacia ella. Hice lo que había planeado hacer, pero lo hice más rápidamente de lo que había pensado: dejé caer mi canasta y chillé como la decrépita buhonera que pretendía ser, y huí.

Mi capa gris era del color del bosque, y yo era rápida; no me atrapó.

Logré volver al palacio.

No pude verlo. Pero, sin embargo, imaginémoslo por un momento, la niña volviendo, frustrada y hambrienta, a su caverna, y encontrando mi canasta abandonada en el suelo.

-¿Qué habrá hecho?

Me gusta creer que primero jugó con las cintas, las enredó en su cabello de cuervos, las enrolló en torno a su pálido cuello o a su breve cintura.

Y entonces, curiosa, revolvió la tela para ver que más había en las canasta; y vio las rojas, rojas manzanas.

Olían a manzanas frescas, desde luego; y también olían a sangre.

Y ella estaba hambrienta. La imagino escogiendo una manzana, presionándola contra su mejilla, sintiendo su fría uniformidad sobre su piel.

Y ella abre la boca y la muerde profundamente...

Cuando llegué a mis habitaciones, el corazón que colgaba de las vigas del techo, con las manzanas y el jamón y las salchichas secas, había dejado de latir. Colgaba ahí, silenciosamente, sin vida ni movimiento, y me sentí segura de nuevo.

Ese invierno las nieves fueron altas y profundas, y tardaron en derretirse.

Para la primavera todos estábamos hambrientos.

La Feria de Primavera mejoró ligeramente ese año. La gente del bosque era escasa, pero estaban ahí, y había viajeros de las tierras más allá del bosque.

Vi a los hombrecillos peludos de la caverna del bosque comprando y regateando piezas de vidrio, y bloques de cristal y de cuarzo. Pagaron por el vidrio con monedas de plata: los despojos de las depredaciones de mi hijastra. Cuando se supo qué era los que estaban comprando, la gente del pueblo se apresuró a sus hogares y volvieron con sus cristales de la suerte, y, en algunos casos, con láminas enteras de vidrio.

Consideré brevemente el hacer matar algunos de los hombrecillos, pero no lo hice. En tanto que el corazón colgara, silencioso e inmóvil y frío, de la viga de mi recámara, yo estaba a salvo, y también lo estaban la gente del bosque y, por lo tanto, eventualmente, la gente del pueblo.

Mi cumpleaños número veinticinco llegó; mi hijastra había mordido del fruto envenenado hacía dos inviernos cuando el príncipe llegó a mi palacio. Era alto, muy alto, con fríos ojos verdes y la piel atezada de aquellos que vienen de más allá de las montes.

Marchaba con una pequeña comitiva: los suficientemente grande como para defenderle, los suficientemente pequeña para que otro monarca (yo, por ejemplo) no lo considerara como una potencial amenaza.

Yo fui pragmática: pensé en la alianza de nuestras tierras, pensé en un reino que se extendiera desde los bosques por todo el sur hasta el mar; pensé en mi amado de barbas y cabello dorados, muerto estos ocho años; y, en la noche, fui a la habitación del príncipe.

Yo no soy inocente, aunque mi difunto marido, quien fue una vez mi rey, fue realmente mi primer amante, no importa lo que la gente diga. Al principio el príncipe parecía excitado. Hizo que me despojara de mi camisa, y me hizo ponerme de pie sobre la ventana abierta, lejos del fuego, hasta que mi piel se puso fría como la piedra. Luego me pidió que yaciera boca arriba, con las manos dobladas sobre mis pechos, y los ojos bien abiertos, pero mirando solamente las vigas del techo.  Me dijo que no me moviera, y que respirara lo menos posible. Me imploró que no dijera nada. Separó mis piernas.

Fue entonces cuando estuvo dentro de mí.

Mientras él comenzaba embestir dentro de mí, sentí alzarse mis caderas, me sentí a mí misma moviéndome para alcanzarlo, giro por giro, empuje por empuje como piedra de molino. Gemí. No puede evitarlo.

Su virilidad se deslizó fuera de mí. Yo la alcancé y la toqué, una cosa pequeña y resbalosa.

-Por favor— dijo suavemente —No debes moverte ni hablar.

Sólo quédate quieta ahí sobre la piedra, tan fría, tan bella.

Traté, pero él había perdido esa fuerza que lo había tornado viril y, en un momento, abandoné la habitación del príncipe, sus lágrimas y maldiciones aún resonando en mis oídos.

Se marchó temprano a la mañana siguiente, con todos sus hombres, cabalgando dentro del bosque.

Imagino su entrepierna en ese momento, mientras cabalgaba, un nudo de frustración en la base de su virilidad. Imagino sus pálidos labios cerrados fuertemente. Entonces imagino su pequeña tropa cabalgando a través del bosque, llegando finalmente al montículo de vidrio y cristal de mi hijastra. Tan pálida. Tan fría. Desnuda bajo el cristal, apenas más que una niña, y muerta.

En mi imaginación, casi puedo sentir la súbita turgencia de su virilidad dentro de sus calzas, visualizar la lujuria que se apoderó de él entonces, las oraciones que murmuró por lo bajo en agradecimiento por su buena fortuna. Lo imagino negociando con los hombrecillos peludos, ofreciéndoles oro y especias por el adorable cadáver bajo el montículo de cristal.

¿Habrán tomado el oro de buena gana? ¿O habrán mirado a aquellos hombres en sus caballos, con sus afiliadas espadas y sus alabardas, dándose cuenta que no tenían alternativa?

No lo sé. No estaba ahí; no estaba observando. Sólo puedo imaginarlo...

Manos, apartando los bloques de cristal y cuarzo de su cuerpo frío. Manos, acariciando gentilmente sus frías mejillas, moviendo su brazo frío, regocijándose de encontrar el cadáver aún fresco y plegable.

¿La habrá hecho suya ahí, enfrente de todos? ¿O hizo que la llevaran a algún rincón escondido antes de montarla?

No puedo saberlo.

¿Fue él quien hizo botar la manzana fuera de su garganta? ¿O fueron los ojos de ella los que se abrieron lentamente mientras él arremetía sobre su cuerpo helado; su boca abriéndose, esos labios rojos desprendiéndose el uno del otro, esos afilados dientes amarillos cerrándose sobre su cuello moreno, mientras la sangre, que es la vida, escurría por su garganta, llevándose consigo el trozo de manzana, mi manzana, mi veneno?

Lo imagino; no los sé.

Pero sé esto: que estuve despierta toda la noche, con los ojos abiertos bajo su corazón que se agitaba y latía una vez más.

Sangre amarga goteó sobre mi rostro esa noche. Mi mano ardía y pulsaba como si hubiera estrellado la base de mi pulgar contra una roca.

Hubo golpes violentos en mi puerta. Sentí miedo, pero soy una reina, y no debo mostrar miedo. Abrí la puerta.

Primero unos hombres irrumpieron en mi recámara y me rodearon, con su espadas afiladas y sus alabardas.

Y entonces él entró y me escupió en la cara.

Finalmente, ella entró en la habitación, como lo había hecho el día en que me convertí en reina y ella era una niña de seis. No había cambiado. No realmente.

Jaló el cordel en que estaba colgado su corazón. Apartó las bayas de serbal de cazadores una a una; arrancó las cabezas de ajo, ahora bulbos secos después de todos estos años; entonces tomó lo suyo, su corazón batiente, una cosa insignificante, no más grande que el de una cabra hembra o de una osa, la sangre desbordando en su mano a intervalos.

Sus uñas deben haber sido tan afiladas como el cristal: abrió su pecho con ella, pasándolas sobre la lívida cicatriz. Su pecho se abrió, súbitamente, hueco y sin sangre. Ella lamió su corazón, una vez, la sangre escurriendo por sus manos, y metió el corazón en las profundidades de su pecho.

La vi hacerlo. La vi cerrar la carne de su pecho una vez más. Vi la cicatriz púrpura comenzar a desvanecerse.

Su príncipe lo miró todo preocupado por un instante, pero de cualquier manera la rodeó con sus brazos, y permanecieron ahí, uno junto a el otro, y esperaron.

Ella siguió fría, y las florescencias de la muerte permanecieron en sus labios, la lujuria de él no disminuyó.

Me dijeron que se iban a casar y que los reinos se unirían después de todo. Me dijeron que yo estaría con ellos el día de su boda.

Aquí la historia comienza a tornarse candente.

Le habían dicho a la gente cosas malas sobre mí; un poco de verdad para dar sabor al plato, pero mezclada con muchas mentiras.

Fui atada y aprisionada. Me mantuvieron en una pequeña celda de piedra bajo el palacio, y permanecía ahí todo el otoño. El día de hoy me sacaron; arrancaron los pocos andrajos que aún cubrían mi cuerpo, y lo lavaron, afeitaron mi cabeza y mi entrepierna, y embarraron mi piel con grasa de ganso.

La nieve caía en el momento en que me trasladaban, (dos hombres sobre cada mano, dos hombres sobre cada pierna) completamente expuesta, y despatarrada, y helada, a través de las muchedumbres del equinoccio, y me trajeron a este horno.

Mi hijastra estaba ahí con su príncipe. Me miró en mi indignidad, pero no dijo nada.

Mientras me ponían dentro, burlada y escarnecida, vi un copo de nieve caer sobre su mejilla y permanecer ahí sin derretirse.

Cerraron la puerta del horno tras de mí. Se está poniendo caliente aquí dentro, y afuera están cantando y festejando y golpeando en las paredes del horno.

Ella no se estaba riendo, ni burlándose, ni hablando. Ella no me miró de reojo ni volteó el rostro. Simplemente me miró; y por un momento me vi reflejada en sus ojos.

No voy a gritar. No les daré esa satisfacción. Tendrán mi cuerpo, pero mi alma y mi historia son mías, y morirán conmigo.

La grasa comienza a derretirse y a relucir sobre mi piel. No haré ningún sonido. No debo pensar más en esto. Debo pensar, mejor, en el copo de nieve sobre su mejilla.

Pienso en su cabello, negro como el carbón; en sus labios, rojos como la sangre; en su piel... blanca como la nieve.