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Juego del crepúsculo - August Derleth

Al anochecer quedaba una preciosa hora de juego antes de acostarse, y, como de costumbre, Donald entró corriendo en el parque, en el sector de los hoyos y montones de tierra donde la oscuridad escarnecía ya a los últimos vestigios de luz del sol.

—¡Halcón! —llamó en voz baja—. ¡Halcón!

Nadie le contestó. En el centro de un roble, una lechuza aullaba suavemente, con una voz débil y solitaria. Allá en los campos gorjeaban las alondras y los petirrojos; en las orillas del parque sollozaban tres palomas que estaban de luto. El chiquillo se sentó en el montículo del ave de tormenta y aguardó.

La noche iba entrando. Las largas sombras del parque se volvían más oscuras; casi le escondían. El canto de las alondras y el gorjeo de los petirrojos disminuían, y un chotacabras se levantó a trazar círculos y a lanzarse en línea recta hacia las alturas del firmamento, para calarse luego con un áspero zumbido de aire en las alas. Las farolas se encendían en las esquinas de las calles; pero ninguna luz se extraviaba hacia aquella parte del parque.

—¡Halcón! —volvió a llamar, impaciente—. Sé que estás escondido. Ven.

Y Halcón estaba allí, como siempre, acercándose como una sombra salida de la oscuridad. Sus luminosos ojos brillaban en la noche, asustando a Donald.

—Siempre te sale bien —dijo Donald, admirado.

Al cabo de un momento estaban jugando... montando imaginarios caballos alrededor de los montículos, bailando juntos las danzas especiales de Halcón: la danza guerrera, la de la luna, la del ave nocturna y la del ave de tormenta... con profunda solemnidad, interrumpida solo de vez en cuando por un grito de entusiasmo de Donald. 

La noche invadía el terreno tras los reflejos naranja y magenta de poniente, y dentro de pocos momentos Donald y Halcón tendrían que retirarse a sus casas. Pero el juego continuaba, a pesar de que hasta el aire parecía estar esperando la voz de la madre de Donald llamando al hijo.

Desde la valla norte de los montecillos, que separaba el parque de los arbolados céspedes y la casa distante, se elevó la odiosa voz de Archer Connelly:

—¡Eh, Falditas Carstair! ¿Qué crees que estás haciendo?

—Nada que te importe —contestó Donald, tartamudeando.

Archer manoseaba una piedra angulosa.

—¡No me hables así, golfillo!

—Déjame en paz y cuídate de tus asuntos —replicó Donald.

Estaba enojado y con sobrada razón. Cuatro de cada seis noches, Archer Connelly salía en plan de dueño y señor. Archer, que tenía todo lo que el dinero de sus padres podía comprar, era demasiado señor para jugar con niños pobres, pero no podía dejarlos en paz. 

Cuando los encontraba por la calle, los ponía en fuga; en el colegio, los atormentaba, y, como su padre formaba parte de la junta de educación, los profesores procuraban no ver las malas acciones de Archer. Ni siquiera aquí, en el parque, sabía abstenerse de fastidiarlos por todos los medios a su alcance.

—Tienes los pantalones agujereados, Carstair el Falditas —dijo.

—Van muy bien para jugar —replicó Donald.

—Porque no tienes otros; por eso van tan bien —se burló Archer.

Se oyó el golpe de una puerta vidriera y alguien gritó:

—¡Archer!

El señorito dirigió una mirada hacia la casa. Luego se volvió y disparó la piedra que tenía en la mano, y que acertó a Donald en los lomos. El atacado dio un grito y tropezó. Al enderezarse se topó de narices con la carcajada de Archer. Instintivamente, cogió un palo para arrojárselo; pero luego vio a la madre de Archer que venía en dirección a la valla.

—Apártate de ahí, Archer —decía—. ¿No te he dicho mil veces que no te juntes con esos niños?

Donald soltó el palo, acobardado.

—Yo no jugaba con él. Solo miraba. Juega como un tipo raro —dijo Archer, alejándose con ella.

Donald miró a su entorno; pero Halcón se había marchado. Ya lo sabía de antemano. Casi cada vez que Archer salía, Halcón se marchaba. Donald se decía tristemente que Halcón no quería quedarse a oír las palabras de Archer, ni a esperar la piedra, el palo o lo que fuese que el otro quisiera tirarles. Halcón se marchaba. Tenía amor propio. 

Donald estaba viendo el moreno rostro de Halcón, apretados los labios y levantados los negros ojos, volviéndose y marchándose. Donald se avergonzaba de sí mismo. Pero también él era terco. ¿Por qué tenía que huir de Archer Connelly? ¿Por qué?

—¡Donaaald!

—¡Voy!

Se levantó y buscó en vano por las sombras.

—Buenas noches, Halcón. Hasta mañana —dijo. La lechuza del roble gimió y Donald corrió hacia su casa, cruzando el montecillo del oso, por el del ave de tormenta, dejando atrás la espesura de encinas, a lo largo de las filas de arces y olmos, corriendo junto al pabellón de la banda y el puesto de los helados, y cruzando el camino hasta la casita de la esquina, que era su hogar.

—¿Te has divertido? —le preguntó su madre.

—Sí, excepto por el maldito de Archer.

—Bah, no le hagas caso.

—No se lo hago, si no fuese porque tira piedras y esta noche me ha dado... y Halcón le tiene miedo y se va —añadió como una idea de última hora.

—¿Quién es Halcón?

—Ya lo sabes; te lo conté.

—Ah, sí, aquel chico cuyo padre le compró un hermoso atuendo indio.

—Ese, ése —Donald se puso a charlar animadamente—. Hasta tiene un tomahawk y dice llamarse Halcón Rojo; ese es su nombre, y sabe contar historias y bailar danzas...

—¿Qué clase de historias?

—Pues como cuentos de hadas. Que puede transformarse en un gran halcón y salir de caza...

—¿Es mayor que tú?

—Es más recio. Es mucho más corpulento. Pero ¿sabes una cosa? Entra en el parque y no hace el menor ruido. Lo mismo que un verdadero indio. Sabe venir y plantarse detrás de mí sin que yo me entere; de modo que a veces me asusta, de tan repentinamente que aparece. ¡Y su madre nunca le llama!

—¿Dónde vive?

—No lo sé. Nunca estuve en su casa.

—Bueno. Ahora vete corriendo a la cama. Mientras sea un buen chico, supongo que está bien que juegues con él. Acaso un día tu padre también te compre un traje indio.

—¡Oh! ¿De veras, madre? ¿De veras?

—Si eres bueno, puede que sí. Veremos. Quizá por Navidad...

—Seré bueno, madre. Seré bueno.

—Y es bueno; lo es —le decía mistress Carstair a su marido mucho rato después de haberse acostado Donald, seguido de sus dos hermanas—. Me gustaría poder comprarle un traje indio.

—No sé cómo. Bastante trabajo nos cuesta atender a lo más necesario. Por lo demás, no sé qué chico de la población posee un equipo como el que dices. Y no estamos en un pueblo tan grande como para que no pudiera enterarme. Con un nombre así, además... Halcón Rojo.

—Así se llamaba el hijo de un viejo cabecilla sauk. Ya sabes, tenían el poblado por estas cercanías. ¿No encontraron sus huesos en una excavación que hicieron por ahí?

—Ah, sí; eso pertenece a la historia de la población. Te lo cuentan cada dos por tres.

—Sí, un traje indio es exactamente lo que a un chiquillo le gustaría tener y lucir. Y ayuda a poner de relieve la multitud de cosas que no podemos proporcionarle; ese es el caso. —La mujer se encogió de hombros—. Ojalá hubiera quien supiera escarmentar al tal Connelly.

—No vale la pena sacar el asunto a colación otra vez. Sus padres le ayudan y encubren, y no podemos hacer nada contra ellos.

La tarde siguiente Halcón vino un poco antes. Había una hoz de luna nueva muy baja en el horizonte oeste y formaba un hermoso cuadro entre las oscuras siluetas de los árboles recortadas sobre el cielo del atardecer. 

Donald confiaba y ansiaba que sus padres le comprasen un traje indio; no tan bonito y completo como el de Halcón, no; pero sería un traje indio a pesar de todo. Y entonces podrían jugar más a gusto a los juegos que Halcón le enseñaba.

También Archer llegó más temprano.

—¿Quién es ese compañero de juegos que tienes? —le preguntó recelosamente, apoyado en la valla.

—Es mi amigo.

—Es mi amigo —remedó Archer, burlón—. ¿Cómo se llama?

—Su nombre soy yo quien debe saberlo, y tú quien debe averiguarlo.

—Será mejor que me lo digas, Falditas Carstair; si no, ya sabes lo que te pasará.

—Prueba de obligarme —le retó Donald.

—Halcón —dijo Halcón, con voz como un breve ladrido.

—Eso no es un nombre —dijo Archer.

—Claro que lo es, Archer Connelly —replicó Donald.

—No lo es.

—Sí lo es.

—Yo estoy más enterado. Dile a ese Halcón amigo tuyo que todos los chicos nuevos en el pueblo tienen que venir a verme.

Halcón emitió un profundo sonido gutural, como un perro furioso.

—Será mejor que tengas cuidado, Archer Connelly, si no quieres que Halcón se ponga furioso. Y cuando se pone furioso, te aseguro que se pone de veras, terriblemente. Lo lamentarías mucho.

—Lo lamentarías mucho —remedó de nuevo, en son de burla, Archer—. ¿Es otro pobretón como tú?

—¿Qué tiene de malo el ser pobre? —preguntó Donald.

—Tú deberías saberlo. ¿Me oyes, Halcón? ¿También eres pobre?

Halcón emitió una especie de gruñido.

—Me figuro que si no fueses pobre no jugarías con Falditas Carstair. —Y volvió la vista hacia Donald—. ¿A qué jugabais?

—A la danza de la lluvia.

—¿Qué clase de juego es?

—Es un juego; es el juego de Halcón —respondió Donald.

—¡Vaya qué ridículos estabais saltando por ahí de ese modo! Sencillamente estás loco, Donald Carstair. Y ese tal Halcón también lo está.

—No tienes necesidad de mirarnos.

—Yo puedo mirar todo lo que me plazca. Esta valla es nuestra. Si no os gusta, podéis iros a otra parte, y veréis si me importa mucho.

La inevitable mistress Connelly emergió de la oscuridad y cogió a Archer por el brazo, parándose lo suficiente nada más para regañar a Donald y Halcón por «tener a Archer fuera de casa».

Donald miró a su amigo. Hoy, por primera vez, Halcón no había huido. Los ojos de Halcón le devolvieron la mirada brevemente. Eran unos ojos extraños, encendidos, como poblados de llamas. Halcón no decía nada; pero permanecía sentado, muy tenso, como tratando de descubrir qué pensaba, sin preguntárselo.

—Si soy pobre, no puedo remediarlo —argumentó Donald—. ¿Puedes tú?

Halcón meneó la cabeza con aire comprensivo. Pero podía recomendar una cosa: sabía un juego que le había enseñado el anciano brujo de la tribu, explicó. Era el juego para saldarles las cuentas a chicos como Archer. Hacías como si le tuvieras indefenso, a tu merced; allí estaba él, atado a unos postes hundidos en el suelo; luego imaginabas que eras un halcón y él era un ratón o algo por el estilo, y tú bajabas del cielo y le hacías pedazos. Podían imaginar que el ratón era Archer.

En un momento, Donald olvidó la ofensa y se ensimismó en el maravilloso pasatiempo de imaginar que Archer Connelly estaba atado en un poste en el monte del ave de tormenta y que Halcón y él, que también era un halcón, le hacían pedazos, y Archer le pedía que le salvase la vida, prometiendo que no volvería a portarse más de aquel modo. 

Pero no importaba, le hacían pedazos igualmente, lo cual le estaba muy bien. A este juego se entregaron diligentemente, hasta que mistress Carstair llamó a Donald para que regresara a casa, abandonando el parque invadido por la noche.

—Buenas noches, Halcón —dijo Donald, volviendo la cabeza. Por un momento pudo ver a su amigo allí sobre el montecillo del ave de tormenta; pero un momento después había desaparecido. Donald reventaba de admiración por el arte de Halcón de moverse sin hacer el menor ruido.

La tercera noche, Archer Connelly —removido en las profundidades de su alma angosta y egoísta por la envidia de la patente y manifiesta dicha de Donald— decidió vengarse de ambos muchachos. Les daría una medida colmada de juegos indios. Había asaltado la colección de puntas de flechas indias que tenía su padre y cogido las más puntiagudas. 

Desechó el arco y las flechas, prefiriendo la honda, que hasta entonces no había servido para nada más peligroso que abatir los pajarillos canoros que se extraviaban por el parque. Salió temprano y se tendió detrás de una jeringuilla que crecía en el límite, junto a la valla, desde donde podía ver claramente los montecillos.

Archer vio llegar a Donald; pero este no le vio a él. Archer aguardaba, rencoroso.

—¡Halcón! —llamaba Donald en voz baja—. ¡Halcón!

No hubo respuesta. «No había que extrañarlo», pensaba Archer, «yo mismo casi no le oía». Pero tenía paciencia y aguardaba con su presunta víctima. Quería ver de qué dirección venía el muchacho llamado Halcón; pero el crepúsculo oscurecía los montecillos rápidamente, a pesar de que el sol seguía luciendo bermejo en las montañas distantes del este. Y de pronto Archer vio que Halcón había llegado, vestido otra vez con aquel estúpido traje indio, con las plumas y la piel de un ave en la espalda.

El agresor cambió levemente de posición, estiró la honda de goma y apuntó con la cabeza de flecha más afilada. El primer proyectil le dio a Donald en el hombro. El agredido se volvió a medias, buscando a Archer con la mirada. La segunda cabeza de flecha le dio sobre una ceja, rasgándole la piel de forma que la sangre empezó a descenderle sobre el ojo.

—¡Archer! —gritó Donald—. Me has hecho daño.

La tercera punta de flecha se le clavó en el costado. Donald cayó, llorando.

—Falditas Carstair no puede resistir un asalto indio —gritó Archer. Diciendo lo cual colocó otra punta de flecha en la honda y apuntó contra Halcón—. Como tampoco puede Falditas Halcón —gritó.

La punta de flecha silbó a través de la oscuridad, por encima del montecillo, en línea recta hacia Halcón, quien la recibió sin hacer el menor movimiento para evitarla. La punta de flecha le acertó en mitad del vientre y le atravesó de parte a parte.

Donald gritaba:

—¡Halcón! ¡Halcón! ¡Estás herido!

Pero algo terrible estaba ocurriendo en Halcón. Ya no era Halcón el que estaba allí. Era un ave grande. Donald pensó que sucedía como si aquella piel de ave que Halcón llevaba en la espalda hubiera crecido y le hubiese cubierto. Un instante después el ave se había remontado y volaba hacia el agresor. Luego se abatió sobre Archer, el cual profería unos gritos horribles. Donald cerró los ojos y corrió a ciegas hacia su casa.

Era cerca de medianoche cuando Frank Carstair llegó a su hogar. Su esposa continuaba levantada.

—Por fin han podido acostar a mistress Connelly. Le han administrado un sedante capaz de tumbar a un caballo. ¡Uf! —Y se estremeció.

—Yo también he tenido que darle algo a Donald. ¿Qué ha pasado, Frank?

—¿Donald sigue firme en su versión?

—Sí. Era un ave muy grande, mayor que un hombre, decía. Le han interrogado una y otra vez, hasta que he tenido que interrumpirlos. Y él ha repetido siempre lo mismo. ¿Has visto a Archer?

—Todo lo que pude resistir aquella visión. ¡Dios mío, cariño... era espantoso! Descuartizado, simplemente descuartizado. Los dos brazos arrancados... la cabeza también. —El hombre tuvo un escalofrío e hizo una mueca—. ¿De dónde habrá sacado Donald esa idea? —preguntó—. Serán los cuentos que aquel otro chico le contaba, supongo.

—Sí, por supuesto —concluyó luego—. Habremos de retenerlo en casa un poco más. —Y miró especulativamente hacia el parque—. Donald ha escuchado bastantes cuentos indios para que le duren años enteros. ¿Cómo soporta el golpe Connelly?

—Es un hombre duro.

—Pero ¡qué cosa tan terrible! No entiendo cómo ha podido ocurrir. ¿Ha sido un tiro esto?

—Sí. Unos cuantos hombres han salido de caza.

—¿De caza? ¿A estas horas?

—Sí. A cazar pájaros. Aves muy grandes.

—Acostémonos, Frank. Estoy rendida. Apaga la luz, ¿quieres? Aves. ¿Por qué diablos querrán cazar aves?

—Porque el forense ha dicho que Archer ha muerto atacado por un ave. Las señales del cuerpo parecían hechas por un ave de presa... aunque mucho mayores. Señales de garras, concretamente. Dijo que eran exactamente las huellas... solo que mayores, por supuesto... (no te figurarás que se topó con el amigo de Donald, ¿verdad que no?)... las huellas de un halcón.

La luz se apagó.

Mancha - Iban Zaldua

Era como un chancro que se extendía semana tras semana, casi imperceptiblemente, entre negro y gris, homogéneo, compacto. No lo creerán ustedes, pero al principio casi ni me enteraba: echaba un poco de lejía de la amarilla, un chorrito de limpiahogar con olor a pino, frotaba con más fuerza la escobilla y tiraba de la bomba, fundiendo todo el fondo de la taza del váter en una explosión de espuma, burbujas y agua limpia. 

No es una labor de esas que me entusiasmen mucho, la de limpiar el cuarto de baño, así que creo que se me puede excusar por no haber tenido suficiente cuidado cuando todo comenzó. Procuraba terminar cuanto antes para ver el programa de las tardes, ese en el que salen esas señoras tan simpáticas y tan, tan inteligentes, y luego esos invitados… 

En fin, que no me fijaba y me volvía enseguida para limpiar el suelo de azulejo, que es lo último que hago —con agua bien calentita— después de repasar a míster Roca. Lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que antes de tomar conciencia del problema ya había visto la mancha, pero que no le había dado ninguna importancia, tratándola como a otra mancha cualquiera. Fue, sin duda, un error.

El caso es que me iba poniendo cada vez más nerviosa. Es difícil de explicar. José volvía muy tarde del trabajo y no traía ganas de nada, solo de sentarse delante del aparato y mirar algún programa concurso de Tele 5. Ahora me doy cuenta de que ya entonces sabía que la mancha estaba avanzando, que lo sabía inconscientemente o así, pero que no acababa de hacerme cargo. Es verdad que notaba algo raro. 

Me demoraba cada vez más limpiando la taza. Incluso le pregunté a Jesús, mi hijo, si no notaba nada extraño en el cuarto de baño, pero como siempre que viene a casa después de pasar uno o dos meses en Madrid creo que ni me escuchó; para pedir dinero por teléfono cuando se le acaba a fin de mes ya se preocupa más, claro, entonces hasta me pregunta a ver qué tal estoy, que si mis varices me están dando mucha lata, que si he ido a la peluquería… y yo caigo como una tonta, normal. 

También se lo pregunté a José, pero sin ninguna esperanza; en eso es como mi hijo o peor, aunque quizás debería decir que es el hijo el que ha salido al padre. Hacía tiempo que no hablábamos de otra cosa que de facturas o de la tele y, durante los periodos electorales, de si iba a votar al partido, que el partido nos necesita ahora que las cosas están más difíciles que nunca, que hay que pararles los pies a esos chupatintas; así durante veinte o treinta días más o menos. Pero yo ya me había acostumbrado.

A lo que no terminaba de acostumbrarme era a la sensación de extrañeza que percibía en el baño. Tengo que decir que yo era la que más horas pasaba allí, pintándome por ejemplo —me gusta salir guapa a la compra— y no podía pasarlo por alto. 

El 13 de junio de 1993 —recuerdo perfectamente la fecha— la vi y supe. Se estaba extendiendo desde el fondo de la taza, desde la derecha, desde ese punto en que la curva se pierde de vista y se adivina el comienzo de la cañería de plomo que conduce al abismo. 

Aquel día froté como loca. Me pasé dos horas intentando limpiarla, abandonando incluso mi «tradicional» técnica de la escobilla, rebajándome a ponerme los guantes de goma —que no me gustan nada porque se pegan y luego no hay manera de quitárselos y hasta hacen daño—, a utilizar el Scotch-Brite, a arrodillarme. 

Inútilmente. José ni me hizo caso a la noche. Aún no estaba nerviosa, pero la verdad es que aquel lamparón que iba como corroyendo el esmalte me preocupaba, así que a la mañana siguiente lo primero que hice fue bajar al ultramarinos de la esquina a por algo más fuerte —y más caro— que mi limpiahogar habitual. Compré tres botellas de un producto muy espeso, alemán, de «eficacia probada», ecológico. 

Olía muy mal, pero en la propaganda decía que no había germen que se resistiera a su potencia limpiadora, y que con una gota bastaba para que una pudiera prepararse allí mismo el té con pastas que tomaba a la tarde con sus amigas. 

Fuera bromas, porque esa propaganda estaba mal e igual valía para Alemania o algún otro de esos países de Europa, que aquí lo más nos juntamos para charlar en torno a una taza de chocolate, acaso con churros, si alguna de nosotras comprueba que el de la caravana no se ha pasado con el aceitorro que suele utilizar; fuera bromas, digo, me apliqué en la tarea nada más llegar a casa, no sin apercibirme, con horror, de que la mancha había crecido más que considerablemente y cubría, como si fueran unos labios amoratados, todo lo que es la boca que se abre a la cañería y luego va a la cloaca y luego al colector y al río y vaya usted a saber si a algún mar. Daba miedo. 

Yo, desde luego, dejé de hacer mis necesidades allí: pensaba que de un momento a otro una rata o algún bicho horrible iba a salir de aquellas profundidades y me iba a morder, o peor todavía, que el propio orificio se alargaría, alargaría, negro como la pez, para pegárseme y absorberme y engullirme con un sonido como chuufff. Gasté los tres litros de producto alemán aquella misma mañana. Para que luego digan.

A la tarde no intenté nada, estaba demasiado cansada. Ni me atreví a acercarme al cuarto de baño. No podía dejar de pensar en que aquella mancha se estaba extendiendo, sin que nada pudiera impedirlo, taza arriba. Pensé en esa película horrorosa que pasaron el otro día por la tele, La invasión de los ultracuerpos, o algo así, donde una especie de sandías espaciales van tomando la forma de los seres humanos que tienen la desgracia de estar cerca de ellas… me estoy liando otra vez, vaya. Pero era una posibilidad. Un virus extraterrestre o similar. 

Se me ocurrió que podía mirar en alguno de los libros de Benítez —los tengo todos—, pero me dio tanto miedo encontrar algo que preferí dejarlo para cuando estuviera menos alterada, así que pasé el tiempo viendo la tele. 

Lo más que hice fue llamar a Jesús a la residencia, pero me dijeron que había salido, y no juzgué oportuno contárselo al padre Alonso, siempre atendiendo las llamadas, siempre tan amable, preguntándome si estaba preocupada por algo, que lo decía por mi tono de voz. Esperé a la noche para hablar con José, pero como si nada, que si la agrupación local esto, que si en la oficina aquello… 

El jueves por la mañana —¿o fue el viernes?— fui a la droguería a por salfumán. «Es lo más potente que hay», me dijo la dependienta, pero por si acaso me dio también unas sales «muy corrosivas. Mientras no le agujereen la tubería… ¿Es de plomo? Son las peores», y continuó con una interminable disquisición acerca de fontaneros, peritos, facturas y seguros, a la que procuré hacer el menor caso posible. 

Volví a casa con una mezcla de afán por limpiar aquella mácula de una maldita vez y de temor porque no sirviera de nada, de que nada sirviera. La mancha invadía ya la parte cóncava inmediatamente inferior al borde, mezclándose con los marronáceos regueros que bajaban de los lados, tan habituales en tazas con unos cuantos añitos: parecía como si la mancha los estuviera utilizando para ascender en su camino hacia Dios sabe dónde. 

Esto de los regueros lo menciono para demostrar que no soy ninguna maniática de la limpieza ni nada que se le parezca; conozco lo que es suciedad habitual, indeleble, con la que se puede convivir. La mancha era distinta, tanto que resistió también al salfumán, aunque destrocé un buen par de guantes de goma y casi, casi me asfixio en las dos horas y media que me pasé allí, frota que te frota. 

Cuando no pude más, que fue cuando se acabó mi arsenal químico, comprobé no solo que la mancha no había desaparecido, sino que había crecido hasta casi rebasar el borde. La punta de los dedos de los guantes, hechos jirones, estaban también tiznados de aquella negrura extraña. 

Era, bien mirado, como una mancha de tinta china extendiéndose con una lentitud exasperante, de forma tentacular, asquerosa. No pude más. Cerré el baño a cal y canto y esperé a que volviera mi marido.

La cosa fue mal. Llegó tarde, cansado, oliendo a tabaco y cerveza, comentando que si los renovadores, ¡ja!, los renovadores habían elevado al comité no sé qué propuesta, casi ni me atendió, esos mamones… «José», tuve que levantar la voz, «José», tuve que repetir más fuerte cuando siguió con su perorata sin mirarme siquiera, «José», y a la tercera dejó de dar vueltas por la sala y se volvió hacia mí, «¿Qué hostias pasa contigo?», no soporto que me hablen así, pero: «Es la mancha, cariño, no la puedo quitar y me da miedo…», y por supuesto, «¿Qué mancha?», hastiada: «Ya te comenté, esa del váter, la que está creciendo sin parar, hay que hacer algo…», «¿Cómo que algo? Se llama al fontanero y sanseacabó», lo que hubiera dado yo por un marido más mañoso, como pienso siempre, «Pero esto es distinto, José, que te digo yo que es muy raro, como si la mancha quisiera salirse, no sé», «Vamos a verlo», por primera vez con una voz varonil, o eso me figuré yo. 

Cuando entramos en el cuarto de baño observé que la catástrofe había adquirido, en aquellas pocas horas, proporciones verdaderamente preocupantes: la mancha engullía no solo ya el interior de la taza, sino que lanzaba sus oscuros tentáculos por encima del borde, los extendía hacia abajo, hacia la base del váter, amenazando con propagarse por el terrazo gris que cubría el piso. 

Era como si la mancha se hiciera una con la loza, como si esta adquiriera, tan naturalmente como era blanca, el color negro, brillante, amenazador de aquella. Podía imaginarme el lavabo, el bidé, la bañera, el resto del cuarto cubierto con aquella película diabólica, viva. No pude reprimir un grito. «¡¿Pero tú estás loca o qué?!», y me miraba como si allí, delante de él, no pasara absolutamente nada, como si mi grito le pareciera algo anormal. «Aquí no hay nada. Si tienes problemas con el váter y te vas a quedar más tranquila, llama a un fontanero y en paz. Déjanos vivir a los demás», y lo vi alejarse por el pasillo, despacio, exasperantemente, como si la escena se estuviera desarrollando a cámara lenta, eso es, y me lo imaginé llegando al salón y quitándose los mocasines, calzándose las zapatillas a cuadros, todo lenta, lentísimamente, sentándose, cogiendo El País y el paquete de tabaco, vociferando como siempre «¡¿Dónde está el mecherooo?!», hasta la náusea, y sentía mi boca seca, áspera, lenta también, no sé si me explico, no pude aguantarlo. 

En un suspiro atravesé el pasillo y, antes de que hubiera rebasado la puerta de nuestro cuarto, lo alcancé y no sé de dónde saqué las fuerzas, pero le hice volverse y, sin compadecerme siquiera de su carucha de sorpresa, empujé su cabeza contra la pared, una, dos, tres, cuatro veces —sonaba tan extraño: crack, crack, crack, crunch— hasta que una marca de sangre apareció sobre aquella pared que no habíamos pintado en años —no sé por qué, en ese momento, fue lo único que se me ocurrió— y resbaló junto a su cabeza y su cuerpo, inusitadamente rápida, hasta el parqué del suelo.

No supe qué hacer. Antes de llamar a la ambulancia probé a fumar uno de sus Ducados, con estilo, como en las películas, pero nunca he podido con el tabaco y la verdad es que me atraganté. El vaso de clarete me sentó bastante mejor. No di ninguna explicación a los enfermeros, no sé si me mirarían raro, pero les dije que iría un poco después al hospital; «Parece muy serio», me susurró uno de ellos a modo de reproche. 

Esperé un rato, sentada en la cocina, me serví otro vaso de vino. Estaba mucho más tranquila. Tuve una corazonada. Me acerqué sin prisa al cuarto de baño y miré. La mancha seguía allí, sí, pero había empezado a retirarse, estaba segura. Los bordes estaban otra vez inmaculados, más brillantes que nunca, y el negro del interior era como si hubiera perdido fuerza, se le veía sin brillo, casi gris. 

Me fui al hospital sin temor. Cuando volví, ya de madrugada, no quedaba prácticamente ni rastro de ella, solo una pequeña mota casi invisible, muy dentro, debajo del agua, debatiéndose, y me quedé unos minutos a ver cómo desaparecía, silenciosa y definitivamente.

¿No es sorprendente? Todo lo que les cuento es real, absolutamente verídico. Y fácil de reconstruir, me imagino, tendrán para eso técnicos buenísimos, con sus videos y todo eso; además, acabamos de cambiar los azulejos y todo, ha quedado un cuarto de baño monísimo, aunque me dirán que es una lástima que no se me ocurriera sacar ninguna foto, es que en el momento… Pero ¿a que es una historia digna de su programa? 

Mi marido ya está mucho mejor y a él también le encantará ir, ahora mismo me lo acaba de confirmar. Y si nos avisan con tiempo les prometo que también podrán ir con nosotros mi hijo y uno o los dos enfermeros de la ambulancia, no creo que sea difícil localizarlos. Llámennos, se lo ruego, en la tarjeta que le adjunto está nuestro número de teléfono. Nos encantará participar en sus Historias familiares extraordinarias. Les juro que no nos perdemos ni uno aquí, en nuestra casa.


Una ciudad dividida - Roger Zelazny

La primavera se abría paso, tortuosa y lentamente, en el País del Norte; avanzaba y retrocedía por turnos, y al final del día conservaba parte de sus conquistas. La nieve aún yacía abundante en los picos más altos, pero durante el día se fundía en las zonas inferiores, los campos quedaban húmedos, y los arroyos se hinchaban y corrían velozmente. 

Ya se veía nuevo verde en los valles, y en días despejados como aquel, el sol secaba las sendas y el ambiente se calentaba hasta el punto de ser agradable al mediodía. El viajero del extraño caballo negro, que acababa de liberar de nuevo Portaroy tras convocar a sus espectrales legiones, se detuvo en una rocosa elevación y señaló hacia el norte.

—Black —dijo—. Esa colina... a media legua de aquí. ¿No has visto algo peculiar en la cima hace un momento?

Su montura volvió su metálica cabeza y observó.

—No. Tampoco ahora. ¿Qué parecía?

—El perfil de algunas casas. Han desaparecido.

—Tal vez fuera el reflejo del sol en el hielo.

—Tal vez.

Siguieron avanzando, descendieron la pendiente y continuaron. En la siguiente colina que subieron, minutos después, hicieron una nueva pausa y miraron en aquella dirección.

—¡Allí! —dijo el jinete que raramente sonreía, sonriente.

Black meneó la cabeza.

—Ahora lo veo. Parece el muro de una ciudad...

—Quizá disfrutemos allí de una buena comida... y de un baño. Y esta noche de una cama de verdad. Vamos, apresurémonos.

—Mira tus mapas, por favor. Siento curiosidad por saber cómo se llama el lugar.

—Eso lo sabremos muy pronto. ¡Vamos!

—Compláceme, en consideración a los viejos tiempos.

El jinete guardó silencio y luego metió la mano en la bolsa. Buscó algo hasta encontrar un pequeño pergamino que sacó de su funda, lo desenrolló y lo sostuvo ante él.

—Hum —dijo al cabo de unos instantes. Después, enrolló de nuevo el mapa y lo dejó en la funda.

—¿Y bien? ¿Cómo se llama el lugar?

—No puedo decirlo. No aparece.

—¡Ajá!

—Sabes que este no será el primer error que hemos descubierto en el mapa. El cartógrafo olvidó el lugar o no había oído hablar de él. O la población es nueva.

—¿Dilvish...?

—¿Sí?

—¿Te ofrezco consejo a menudo?

—Frecuentemente.

—¿Suelo equivocarme?

—Podría citar casos.

—No me gusta la idea de pasar la noche en un lugar que aparece un momento y desaparece al siguiente.

—¡Absurdo! Era simplemente el ángulo de visión, o una ilusión causada por la lejanía.

—Soy suspicaz...

—Por naturaleza, lo sé. Y yo tengo hambre. Pescado fresco cogido en uno de esos ríos, asado con hierbas...

Black bufó y dejó escapar un jirón de humo, y avanzó.

—De pronto tu estómago es un gran problema.

—También podría haber mujeres.

—¡Puf!

La senda que subía colina arriba hacia la ciudad no era amplia, y la puerta de entrada permanecía abierta. Dilvish se detuvo ante ella, pero nadie le dio el alto. Prestó atención. Los únicos ruidos eran los del viento y los pájaros.

—Adelante —dijo, y Black le llevó al otro lado de la puerta.

Las calles se extendían a derecha e izquierda, siguiendo los ángulos del muro. El camino donde se hallaba Dilvish se prolongaba en línea recta y terminaba en las casas de lo que quizá fuera una plaza. Todas las calles estaban empedradas y bien conservadas. Los edificios eran principalmente de piedra y ladrillo, limpios y de rectos ángulos. Al recorrer la calle que seguía en línea recta, Dilvish notó que ni había ni fluían desechos en la zanja lateral.

—Un lugar silencioso —dijo Black.

—Sí.

Al cabo de quizá cien pasos, Dilvish tiró de las riendas y desmontó. Entró en la tienda que estaba a su izquierda. Un instante después salió.

—¿Qué hay?

—Nada. Está vacía. Ninguna mercancía. Ni una estaca por mobiliario.

Cruzó la calle y entró en otra casa. Salió meneando la cabeza.

—Lo mismo —dijo mientras montaba de nuevo.

—¿Nos vamos? Ya sabes lo que pienso.

—Antes echemos un vistazo a la plaza. Hasta ahora no hay indicios de violencia. Podría ser algún día de fiesta.

Los cascos de Black resonaron en los adoquines.

—Una fiesta bastante muerta, en ese caso.

Siguieron avanzando, inspeccionando callejones, galerías y patios. No había actividad visible, ninguna persona en los alrededores. Por fin llegaron a la plaza. Había puestos vacíos a ambos lados, una fuentecilla que no echaba agua en el centro y una gran estatua de dos peces cerca de una esquina. Dilvish se detuvo y contempló el viejo símbolo. El pez de arriba se dirigía a la izquierda, el de abajo hacia la derecha. Dilvish se encogió de hombros.

—Tenía razón —dijo—. Vamos a...

El aire se estremeció con un solo tañido, de una campana que oscilaba en una elevada torre, a la izquierda.

—Qué extraño...

Un joven, de pelo rubio y rubicundas mejillas, con una alechugada camisa blanca, calzón verde, espada corta y un enorme braguero, salió de detrás de la estatua, sonrió y quedó inmóvil con una mano en la cadera.

—¿Extraño? —dijo—. Sí, lo es. Pero será más extraño lo que estáis a punto de contemplar, viajero. ¡Observad!

Hizo un gesto, recorriendo la calle con la mano, el mismo momento en que sonaba de nuevo la campana.

Dilvish volvió la cabeza y quedó sin aliento. Con tanto silencio como los gatos, las casas empezaron a moverse alrededor de la plaza. Dieron vueltas, avanzaron, retrocedieron. Cambiaron su orden, cambiaron de posición con respecto al resto de edificios como si ejecutaran una danza ridícula y ciclópea. La campana sonó otra vez, y otra vez, mientras Dilvish observaba.

—¿Qué clase de brujería es esta? —inquirió por fin al joven.

—Lo que veis —fue la réplica—. Brujería, ciertamente... y en curso de cambiar la disposición de la ciudad hasta que adopte la forma de un laberinto a vuestro alrededor.

Dilvish meneó la cabeza con el acompañamiento de otro tañido.

—Me impresiona la exhibición —dijo—. Pero ¿cuál es su finalidad?

—Podéis decir que es un juego —repuso el joven—. Cuando la campana deje de tocar, varios tañidos más, el laberinto estará dispuesto. Dispondréis de una hora hasta que vuelva a sonar. Si por entonces no habéis encontrado la salida de la ciudad y estáis lejos de aquí, la nueva disposición de los edificios os aplastará.

—¿Y por qué este juego? —preguntó Dilvish, esperando otro tañido hasta que oyó la réplica.

—Eso no lo sabréis nunca, Botas Elfas, tanto si ganáis como si perdéis, porque sois únicamente un elemento del juego. Pero también estoy encargado de advertiros que quizá sufráis ataques en diversos puntos de cualquier ruta que elijáis.

Los edificios siguieron danzando con el sonido de la campana.

—No me interesa este juego —dijo Dilvish, y sacó la espada—. Y tengo intención de divertirme con otro. Acabo de elegirte para que me conduzcas fuera de aquí. Niégate, y perderás la compañía de tu cabeza.

El joven sonrió y, con la mano izquierda levantada, agarró un puñado de su cabello mientras sacaba su espada con la otra mano. Blandió el arma en lo alto y la dejó caer con un rápido y duro golpe sobre su cuello. La espada atravesó la carne.

Su mano izquierda se alzó, sosteniendo la partida cabeza, que todavía sonreía, sobre sus hombros. La campana sonó de nuevo. Los labios se movieron.

—¿Creías que te enfrentabas a mortales, forastero?

Dilvish frunció el ceño.

—Entiendo —dijo—. Muy bien. Enfréntate a él, Black.

—Con mucho gusto —replicó Black, y las llamas bailaron en su boca y llenaron las cuencas de sus ojos mientras se encabritaba coincidiendo con otro tañido.

El semblante de la partida cabeza mostró repentina sorpresa mientras el ambiente cobraba un rasgo eléctrico. Los cascos de Black se lanzaron hacia adelante, cayeron en un movimiento impropio de un caballo y golpearon a la silueta acompañados por un infernal tronido que apagó el siguiente campanazo. Un chillido escapó de la criatura antes de que se esfumara en una oleada de fuego.

La campana sonó dos veces más mientras Black recuperaba la estabilidad, y montura y jinete contemplaron los chamuscados adoquines. Luego hubo silencio. Las casas habían dejado de moverse.

—De acuerdo —dijo Dilvish, por fin—. Ya me lo advertiste. Gracias por tu acción.

Black avanzó acto seguido en círculo, y pudieron ver la nueva disposición de las calles que salían de la plaza.

—¿Alguna preferencia? —inquirió Black.

—Probemos por ahí —dijo Dilvish, señalando un callejón lateral a la izquierda.

—Perfectamente —dijo Black—. A propósito, he visto mejores ejecuciones de ese truco.

—¿Sí?

—Te lo explicaré en otra ocasión.

Avanzaron por el empedrado. Nada se movía alrededor.

La calle era estrecha y corta. Las casas se apiñaban a ambos lados de Dilvish. Hubo un abrupto giro hacia la derecha, luego hacia la izquierda.

—¡Psst! ¡Por aquí! —sonó una voz a la izquierda.

—La primera emboscada —murmuró Dilvish.

Volvió la cabeza y sacó la espada.

Un hombrecillo de oscuros ojos y agradable sonrisa, con el largo pelo cano recogido en un moño alto, las manos alzadas a la altura de los hombros y con las vacías palmas abiertas, les observaba desde un umbral. Vestía ropa gris muy raída.

—No temas —musitó rápidamente—. Quiero ayudarte. No es un truco.

Dilvish no bajó la espada.

—¿Quién eres?

—Del otro bando —fue la réplica.

—¿Qué quieres decir?

—Esto es un juego, tanto si te gusta como si no —dijo el hombrecillo—. Entre dos jugadores. El otro bando quiere que tú mueras aquí. El mío solo ganará si huyes. El otro bando es el responsable de la ciudad. Yo soy responsable de burlarlo.

—¿Cómo sé que dices la verdad? ¿Cómo puedo distinguir ambos bandos?

El desconocido contempló la pechera de su camisa y arrugó la frente.

—¿Puedo bajar una mano?

—Adelante.

Bajó la mano derecha y alisó la holgada prenda que cubría su pecho. Con ello se vio el emblema de un pez que nadaba hacia la derecha. El hombrecillo lo señaló.

—El del pez que nada hacia la derecha —dijo— es el que quiere verte a salvo lejos de aquí. Ahora comprueba mis palabras. Dos esquinas más, y será mejor que te prepares para un ataque desde lo alto.

Dicho esto, el hombrecillo se apoyó en la puerta, que cedió. La cerró después de entrar, y Dilvish oyó bajar una barra.

—Vamos —dijo a Black.

No había ruidos aparte de los cascos de Black al doblar la primera esquina. Dilvish siguió cabalgando con la espada desenvainada y los ojos escrutando cualquier abertura.

La segunda esquina continuaba con un arco. Dilvish fue más despacio y lo examinó antes de proseguir. Pasaron bajo el arco y continuaron por la callejuela. Una puerta con enrejado permitía ver un pequeño patio. Dilvish miró abajo y arriba pero no vio nada.

Luego escuchó el ruido de metal arañando piedra en lo alto. Miró hacia arriba.

—¡Black! ¡Black! —gritó.

Su montura invirtió su movimiento sin volverse, rápidamente, mientras una catarata de humeante aceite caía y salpicaba las piedras delante. Dilvish solo vislumbró las siluetas en el tejado de la derecha.

Hubo un terrorífico estruendo que produjo ecos y reverberó alrededor. Al volver la cabeza, Dilvish vio que habían arrojado una enorme puerta con barras desde el arco. El charco de burbujeante aceite siguió creciendo, extendiéndose hacia Black.

—No podré mantenerme en pie ahí —dijo Black.

—¡Esa puerta, a la derecha! ¡Embístela!

Black se volvió y chocó contra la puerta enrejada. La puerta quedó rota, pasaron por el hueco y llegaron a un pequeño patio enlosado con una fuentecilla seca en el centro y una puerta de madera en el extremo opuesto.

—¡Es un engaño! —sonó una voz en lo alto y a la izquierda—. ¿Te advirtieron?

Dilvish miró hacia arriba.

Allí, en un pequeño balcón de un tercer piso, había un hombre de aspecto muy similar al informante de Dilvish, aunque su cabello estaba atado con una cinta azul y en su pechera estaba el emblema de un pez que nadaba hacia la izquierda. En sus manos llevaba una ballesta, que alzó para apuntar a Dilvish.

Dilvish se deslizó hacia la derecha de Black y se acurrucó. Oyó que el dardo golpeaba el metálico costado de su montura.

—¡Por la otra puerta antes de que pueda cargarla otra vez! ¡Yo iré detrás!

Black salió como una flecha, ni siquiera se detuvo al golpear la puerta. Dilvish corrió detrás.

—¡Engaño! ¡Engaño! —resonó el grito.

La nueva calle discurría en ambas direcciones.

—A la derecha —dijo Dilvish mientras montaba.

Black galopó en esa dirección. Llegó a una bifurcación. Cogieron el camino de la izquierda, que iba ligeramente cuesta arriba.

—Quizá valga la pena arriesgarse a subir al tejado de una casa alta —dijo Dilvish—. Es posible que pueda ver la salida.

—No es necesario —sonó una voz familiar a la derecha—. Yo puedo ahorrarte tiempo y esfuerzo. Ya has encontrado un atajo... por ahí. No está muy lejos.

Dilvish miró al primer hombre a los ojos, el del moño, con el emblema del pez mirando a la derecha. Estaba en una ventana baja, a solo un brazo de distancia.

—Pero debes apresurarte. Él ya está llevando sus fuerzas a la entrada. Si llega primero, todo habrá terminado.

—Podría haberse limitado a vigilarla desde el principio y aguardar.

—No está permitido. No puede empezar allí. Coge la siguiente a la derecha, la siguiente a la izquierda y dos veces más a la derecha. Pasarás por un callejón y saldrás a un gran patio. La salida estará a la izquierda y abierta. ¡Apresúrate!

Dilvish saludó y Black partió al galope, doblando a la derecha en la siguiente esquina.

—¿Crees en él? —preguntó Black.

Dilvish se alzó de hombros.

—Debo intentarlo o correr un terrible riesgo.

—¿A qué te refieres?

—Usar la magia más potente que conozco.

—¿Una de las Frases Atroces que aprendiste en el Infierno, para el día que encuentres a tu enemigo?

—Exacto. Una de las doce sirve para arrasar una ciudad.

Black giró a la izquierda, con precaución, y continuó.

—¿Qué efecto crees que tendría contra una construcción tan mágica como esta?

—En cuanto a poder bruto, la magia terrenal no puede igualarla...

—Pero no hay avisos. No tendrás una segunda oportunidad si cometes un error.

—No hace falta que me lo digas.

Black se detuvo en la siguiente esquina, atisbó el otro lado, continuó.

—Si él ha dicho la verdad, casi hemos llegado —musitó—. Esperemos haber superado al otro jugador. Y la próxima vez, ¡confía más en tus mapas!

—De acuerdo. Ahí está la esquina. Con cuidado ahora...

Doblaron la última esquina. Había un largo callejón iluminado en el extremo opuesto.

—Hasta ahora parece que él ha dicho la verdad —murmuró Black, yendo más despacio para suavizar el sonido de sus cascos.

Se detuvieron al llegar al final del callejón, y contemplaron un patio.

El hombre que habían dejado en el balcón se hallaba en el centro del patio, sonriéndoles. En su mano derecha empuñaba el asta de una lanza.

—Me has hecho correr —dijo—. Pero mi camino era más corto... como puedes ver. —Miró a la derecha—. Ahí está la puerta.

Levantó la lanza y golpeó el suelo tres veces con ella. De inmediato, las losas que lo rodeaban se alzaron igual que trampas y diversos personajes salieron del suelo. Quizás había dos decenas de hombres. Todos blandían lanzas. Todos levantaron la mano izquierda, se agarraron el cabello y alzaron su cabeza por encima de los hombros. Todos rieron entonces, volvieron a colocarse la cabeza, agarraron las lanzas con ambas manos y avanzaron por el patio.

—¡Black! —dijo Dilvish—. ¡Nunca lo conseguiremos!

Huyeron por el callejón y giraron a la izquierda. Oyeron detrás a los lanceros.

—Había otras calles que daban a ese patio —dijo Dilvish—. Si pudiéramos dar la vuelta...

—Otra calle...

—¡A la izquierda!

Black obedeció.

—Otra.

—¡Derecha!

La calle acababa en una plaza en un cruce, con una fuente en el centro. De pronto, varios lanceros llegaron por la izquierda y por el frente. Detrás seguía oyéndose el ruido de la persecución.

Black fue hacia la derecha y siguió en esa dirección tras un breve trecho. Calle arriba, una puerta cayó y les cerró el paso. Doblaron a la izquierda y entraron en una larga zona de arcos que bordeaba un jardín.

—¡Métete por el jardín! —sonó una voz detrás de una hilera de matorrales—. ¡Hay una puerta allí! —El otro hombrecillo se levantó y señaló—. Luego, recuerda, dos veces a la izquierda y una a la derecha, dos veces a la izquierda y una a la derecha... ¡Todo el camino así!

Los cascos de Black destrozaron el jardín cuando se dirigió hacia la puerta. Después se encabritó y se detuvo, en el mismo momento que un tañido de campana vibraba en el aire.

—Oh, oh —dijo el hombrecillo del moño.

Una casa, a la izquierda, giró noventa grados, se estabilizó y se deslizó calle abajo. Una cerca de piedra se alejó rápidamente. Una torre avanzó poco a poco. El segundo hombrecillo llegó a la zona y se situó junto al otro. Estaba risueño. El primero, no.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó Black mientras una vivienda pasaba velozmente al lado y cruzaba un arco que se dirigía hacia ellos.

—Me temo que sí —dijo Dilvish. Se irguió y alzó ambos brazos por encima de la cabeza—. Mabra, brahoring Mabra...

Descendió un intenso viento, que contenía un gemido. Formó remolinos que solamente afectaron a Dilvish con un escalofrío, y una humeante neblina brotó de las casas.

Mientras Dilvish seguía hablando, se inició un ruido de destrozo y astillamiento, seguido a los pocos instantes por el estruendo de la mampostería que se derrumbaba. En alguna parte, un campanario se tambaleó y se desplomó; un último y estridente retumbo brotó de la campana al caer y destrozarse sobre una tienda o residencia que corría velozmente.

El suelo tembló cuando el gemido se convirtió en un aullido ensordecedor. Las casas desaparecieron en sus mantos de niebla. Luego hubo un crujido como de cien árboles hendidos por rayos, y el viento cesó con la misma brusquedad con que había comenzado.

Dilvish y Black se hallaban en la cumbre de una colina bañada por el sol. Alrededor de ellos no quedaba rastro de la ciudad.

—Felicidades —dijo Black—. Muy bien ejecutado.

—Y yo debo añadir mi felicitación —sonó una voz familiar detrás del jinete.

Tras volver la cabeza, Dilvish vio al hombrecillo del moño, cuyo pez nadaba hacia la derecha.

—Mis más sinceras disculpas —prosiguió—. No tenía la menor idea de que habíamos atrapado a un hermano mago. Ha sido una Frase Atroz, ¿no es cierto? Nunca había visto una ejecutada.

—Sí, lo era.

—Por fortuna llegué rápidamente cerca de la zona protegida. Mi hermano, claro está, ha tenido que desaparecer con su ciudad. Deseo darte las gracias por eso... Muchas gracias.

—Ahora me gustaría una explicación —dijo Dilvish— de lo que ha pasado. ¿No conocíais mejores formas de diversión?

—¡Ah, buen caballero! —dijo el hombrecillo, apretándose las manos—. ¿No lo has deducido del parecido? Éramos gemelos... una situación muy desgraciada siendo ambos practicantes de las artes más sutiles. El poder está repartido. Cada uno tenía la mitad de fuerza que podía tener si...

—Empiezo a comprender —dijo Dilvish—, un poco.

—Sí. Recurrimos a duelos, pero estábamos muy igualados. Por eso, en vez de compartir una debilidad, llegamos a un acuerdo. Uno de nosotros pasaría diez años exiliado en un limbo astral mientras el otro disfrutaba de pleno poder aquí. Al final de dicho tiempo, jugaríamos a este juego para determinar quién pasaría los siguientes diez años en la tierra. Uno de los dos erigiría la ciudad, el otro apoyaría al campeón que se enfrentara al laberinto. Yo estaba bastante deprimido cuando atraje al campeón esta vez, porque la ciudad solía vencer siempre. Pero tú has sido mi buena suerte, caballero. Debimos sospechar algo al ver tu montura. ¡Pero quién podía sospechar una Frase Atroz! Aprender eso debió de ser un infierno.

—Lo fue.

—Naturalmente estoy en deuda contigo, y ahora tengo pleno poder... o casi pleno. ¿Hay alguna forma en que pueda serte útil?

—Sí —dijo Dilvish.

—Di cuál.

—Estoy buscando a un hombre... no, a un mago. Si tienes conocimiento de su paradero, quiero saberlo. Mencionarle aquí es arriesgado, porque es posible que su atención se haya visto atraída por estos actos recientes de poder. Su fuerza es potentísima, y muy siniestra. ¿Sabes de quién hablo?

—No... no estoy seguro.

Dilvish suspiró.

—Muy bien.

Desmontó y, con la punta de la espada, escribió la palabra Jelerak en la tierra.

El menudo mago se puso pálido y se frotó las manos otra vez.

—¡Oh, buen caballero! ¡Buscas tu muerte!

—No, la suya —dijo Dilvish, borrando el nombre con la punta de una bota—. ¿Puedes ayudarme?

El otro hombre tragó saliva.

—Que yo sepa, él tiene siete castillos en diferentes lugares del mundo. Están defendidos de forma distinta. Él utiliza siervos humanos e inhumanos. Se rumorea que él puede ir rápidamente de una a otra de estas fortalezas. ¿Cómo es que no conoces estos detalles?

—He estado lejos algún tiempo. Ten paciencia conmigo. ¿Dónde están situados esos castillos?

—Creo saber quién eres —dijo el mago. Se arrodilló y trazó rayas en el suelo con su dedo.

Dilvish se agachó junto a él y observó cómo iba cobrando forma el mapa.

—...Éste es el del confín del mundo, que sólo he visto en visiones. Aquí está la Fortaleza Roja... Hay otro muy al sur...

Dilvish grabó las posiciones en su memoria conforme aparecían ante él.

—...El más cercano parece ser pues el que llamas la Torre de Hielo —dijo Dilvish—. A cien leguas al noreste de aquí. He oído rumores de ese lugar. He estado buscándolo.

—Acepta mi consejo, Libertador —dijo el hombrecillo mientras se ponía en pie—. No...

La ciudad se alzaba de nuevo alrededor, pero alterada. Empezaba en un punto más bajo y se extendía colina abajo hasta el límite de la visión.

—¿No habrás... eh... invocado la ciudad para hacer una bromita, no? —preguntó el mago.

—No.

—Temía que dijeras eso. Ha aparecido con un silencio espantoso, ¿no es cierto?

—Sí.

—Mucho más extensa, además. Strodd y yo jamás habríamos podido construirla así. ¿Y ahora qué? ¿Crees que él quiere que entremos?

Una oscura mole apareció en lo alto del cielo.

—Yo entraría gustosamente, si él estuviera aguardándome dentro.

—¡No digas eso, amigo! ¡Mira!

Igual que lentos rayos, capas de fuego cayeron del cielo, en silencio, sobre la nueva ciudad. Al cabo de unos momentos las casas ardieron. Se olía a humo. Las cenizas flotaban en el aire. Dilvish y el mago no tardaron en verse rodeados por un gigantesco muro de fuego, y oleadas de calor cayeron sobre ellos.

—Una ejecución magnífica —observó el mago, enjugándose la frente con la manga—. Voy a decirte mi nombre, Strodd, en un acto de suma generosidad por mi parte, ya que quizás estemos sentenciados a muerte, de todas formas... y creo que ya he adivinado el tuyo. ¿No es cierto?

—Diría que sí.

Las llamas comenzaron a extinguirse. No había ciudad bajo ellas.

—Sí, una ejecución magnífica —comentó Strodd—. Creo que la exhibición está prácticamente terminada, pero me extraña que él no se haya limitado a desviar el fuego hacia nosotros.

Black se echó a reír, con una risa áspera, metálica.

—Hay motivos —dijo.

El fuego fluctuó y desapareció, dejando la soleada colina exactamente igual que hacía un rato.

—Bien, ya está —dijo Strodd—. De pronto estoy ansioso por emprender un largo viaje, por motivos de salud. Uno se debilita un poco con tanto errar por limbos astrales. Sigo debiéndote algo, pero temo la compañía que puedas tener. Preferiría que recurrieras a mí para pequeños problemas, y no para esa gran aventura que temo vas a correr... ¿Me entiendes?

—Lo recordaré —dijo Dilvish, risueño. Montó a Black y volvió la cabeza hacia el noreste.

Strodd se sobresaltó.

—Temía que irías por ahí —dijo—. Bien, de todas formas, buena suerte para ti.

—Y para ti.

Dilvish lanzó un saludo al hombrecillo antes de alejarse.

—¿La Torre de Hielo? —dijo Black.

—La Torre de Hielo.

Cuando Dilvish volvió la cabeza, la cumbre de la colina estaba vacía.

Todo ese día, cruzando el campo de hielo, el jinete del pulido animal negro no se enteró de que lo perseguían. Había vislumbrado la gran forma blanca que corría a medio galope muy lejos, entre la nieve arrastrada por el viento. Luego, con la luz de la luna chispeando en las tersas y níveas sombras y con un viento helado que barría las montañas y la oscurecida llanura, el jinete oyó el primer aullido de su perseguidor.

Pero las montañas ya estaban muy cerca. En algún lugar de la base, quizás habría un hueco, una cueva, un refugio fortificado... un lugar donde poder descansar con roca detrás y al lado, una hoguera delante y la espada en las rodillas.

El aullido se repitió. La gran montura negra avanzó con más lentitud. Enormes rocas yacían dispersas, primero delante, luego a los lados... El jinete prosiguió entre las rocas, con los ojos examinando los taludes en busca de indicios de una posible abertura.

—Allí, delante —sonó la baja voz, debajo y por delante del jinete. Había hablado el animal.

—Sí, la veo. ¿Cabremos?

—En caso contrario, la agrandaré. Es peligroso seguir buscando. Quizá no haya más.

—Cierto.

Se detuvieron ante la boca. El hombre desmontó, y sus botas verdes no hicieron ruido en la nieve. Su negra montura, similar a un caballo, fue la primera en entrar.

—Es más espaciosa de lo que parece, vacía y seca. Entra.

El hombre entró en la cueva, agachando la cabeza bajo el borde exterior. Se arrodilló y buscó leña a tientas.

—Unas ramitas, una rama, hojas...

Hizo un montón y se sentó. El animal seguía detrás. El jinete se quitó la espada y la dejó cerca.

Hubo otro aullido, mucho más cerca.

—Ojalá ese maldito lobo blanco tenga el valor suficiente para atacar. No podré dormir hasta que hayamos resuelto nuestras diferencias —dijo el hombre tras encontrar su pedernal—. Todo el día ha estado acechándonos, siguiéndonos, observando, aguardando...

—Creo que es a mí al que más teme —dijo la oscura silueta—. Presiente que no soy natural, y que te protegeré.

—Yo también tendría miedo de ti —dijo el hombre, riendo.

—Pero tu inteligencia es humana. ¿Y la suya?

—¿Qué quieres decir?

—Nada. De verdad. No lo sé. Come. Descansa. Yo te protegeré.

Las hojas ardieron bajo la lluvia de chispas, despidieron humo.

—Si se arriesga a las llamas, salta rápidamente y me atrapa, podría arrastrarme fuera de aquí... hasta alguna capa de nieve donde alguien de tu peso no podría caminar bien. Así lo haría yo.

—Ahora estás concediéndole demasiada sabiduría.

El hombre echó más leña, sacó sus provisiones.

—Lo veo moverse, entre las rocas. Tiene hambre, pero piensa esperar... el momento oportuno.

El jinete desenvainó su espada.

—¿Hay alguna forma especial de conocer a una bestia espectral? —preguntó.

—No, salvo si ves que cambia de forma, o la oyes hablar.

—¡Eh, ahí fuera! —gritó de pronto el hombre—. ¿Hacemos un trato? Compartiré mis provisiones contigo y te irás. ¿De acuerdo?

Sólo el viento respondió.

El jinete cogió un trozo de carne, lo espetó y lo calentó. Luego lo partió por la mitad y dejó un trozo a un lado.

—Están siendo bastante ridículos —dijo su compañero.

El hombre se encogió de hombros y empezó a comer. Fundió nieve para tener agua, la mezcló con un poco de vino, bebió.

Pasó una hora. El jinete estaba sentado envuelto en su capa y en una manta plegada, echando al fuego las últimas ramas.

En el exterior, la nívea silueta se aproximó. El hombre vio el reflejo del fuego en aquellos ojos por primera vez, pasando hacia la izquierda y hacia un punto invisible para su negro compañero. No dijo nada. Observó. Los ojos pasaron más cerca... grandes, amarillos.

Por fin los ojos se detuvieron, a poca altura, al otro lado del borde de la boca de la cueva.

—¡La carne! —sonó un jadeante susurro.

El jinete puso una mano en la pata delantera de su compañero, indicándole que permaneciera quieto. Con la otra mano, cogió el trozo de carne y lo lanzó fuera. La carne desapareció de inmediato, y el hombre escuchó el ruido de la bestia al masticar.

—¿Eso es todo? —sonó la voz al cabo de un rato.

—La mitad de mi ración, tal como prometí —musitó el jinete.

—Estoy muy hambriento. Temo que deberé comerte también. Lo lamento.

—Lo sé. Y también yo lo lamento, pero lo que me queda debe servirme de alimento hasta llegar a la Torre de Hielo. Además, tendré que matarte si tratas de capturarme.

—¿La Torre de Hielo? Morirás allí y habrás desperdiciado las provisiones. Habrás desperdiciado la misma carne de tu cuerpo. El amo de ese lugar te matará. ¿No lo sabías?

—No, si yo lo mato antes.

La bestia blanca jadeó unos instantes.

—Estoy tan hambriento... —repitió—. Dentro de poco tendré que intentar capturarte. Algunas cosas son peores que la muerte.

—Lo sé.

—¿Puedes decirme tu nombre?

—Dilvish.

—Creo haber oído ese nombre, hace tiempo...

—Es posible.

—Si él no te mata... ¡Mírame! También yo, una vez, traté de matarlo. También yo fui hombre en otro tiempo.

—No conozco el hechizo capaz de liberarte.

—Demasiado tarde. Ya no me preocupa eso. Sólo la comida.

Hubo un sonido de babeo, seguido por una brusca aspiración. El hombre dispuso la espada en su mano y aguardó.

—Recuerdo haber oído hablar de un tal Dilvish hace tiempo, llamado el Libertador —se oyeron las lentas palabras—. Era fuerte.

Silencio.

—Yo soy ese Dilvish.

Silencio.

—Deja que me acerque un poco más... ¡Y tus botas son verdes!

La blanca silueta retrocedió. Los ojos amarillos miraron los del jinete y permanecieron inmóviles.

—Tengo hambre, siempre tengo hambre.

—Lo sé.

—Sólo conozco un ser que sea más fuerte. Tú también lo conoces. Adiós.

—Adiós.

Los ojos desaparecieron. La sombría forma se alejó de la cueva. Más tarde Dilvish oyó un aullido a lo lejos. Luego, silencio.