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El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 7)

Encontró el anillo y, poniéndoselo en el dedo, corrió de nuevo junto a Olimpia. Al subir las escaleras, y cuando se encontraba ya en el vestíbulo, oyó un gran estrépito que parecía venir del estudio de Spalanzani. Pasos, crujidos, golpes contra la puerta, mezclados con maldiciones y juramentos:
—¡Suelta! ¡Suelta de una vez!
—¡Infame!
—¡Miserable!
—¿Para esto he sacrificado mi vida? ¡Este no era el trato!
—¡Yo hice los ojos!
—¡Y yo los engranajes!
—¡Maldito perro relojero!
—¡Largo de aquí, Satanás!
—¡Fuera de aquí, bestia infernal!

Eran las voces de Spalanzani y del horrible Coppelius que se mezclaban y retumbaban juntas. Nataniel, sobrecogido de espanto, se precipitó en la habitación. El profesor sujetaba un cuerpo de mujer por los hombros, y el italiano Coppola tiraba de los pies, luchando con furia para apoderarse de él. 

Nataniel retrocedió horrorizado al reconocer el rostro de Olimpia; lleno de cólera, quiso arrancar a su amada de aquellos salvajes. Pero al instante Coppola, con la fuerza de un gigante, consiguió hacerse con ella descargando al mismo tiempo un tremendo golpe sobre el profesor, que fue a caer sobre una mesa llena de frascos, cilindros y alambiques, que se
rompieron en mil pedazos. 

Coppola se echó el cuerpo a la espalda y bajó rápidamente las escaleras profiriendo una horrible carcajada; los pies de Olimpia golpeaban con un sonido de madera en los escalones. Nataniel permaneció inmóvil. Había visto que el pálido rostro de cera de Olimpia no tenía ojos, y que en su lugar había unas negras cavidades: era una muñeca sin vida.

Spalanzani yacía en el suelo en medio de cristales rotos que lo habían herido en la cabeza, en el pecho y en un brazo, y sangraba abundantemente.

Reuniendo fuerzas dijo:
—¡Corre tras él! ¡Corre! ¿A qué esperas? ¡Coppelius me ha robado mi mejor autómata! ¡Veinte años de trabajo! ¡He sacrificado mi vida! Los engranajes, la voz, el paso, eran míos; los ojos, te he robado los ojos, maldito, ¡corre tras él! ¡Devuélveme a mi Olimpia! ¡Aquí tienes los ojos!

Entonces vio Nataniel en el suelo un par de ojos sangrientos que lo miraban fijamente. Spalanzani los recogió y se los lanzó al pecho. El delirio se apoderó de él y, confundidos sus sentidos y su pensamiento, decía:
—¡Huy… Huy…! ¡Círculo de fuego! ¡Círculo de fuego! ¡Gira, círculo
de fuego! ¡Linda muñequita de madera, gira! ¡Qué divertido…!

Y precipitándose sobre el profesor lo agarró del cuello. Lo hubiera estrangulado, pero el ruido atrajo a algunas personas que derribaron y luego ataron al colérico Nataniel, salvando así al profesor. 

Segismundo, aunque era muy fuerte, apenas podía sujetar a su amigo, que seguía gritando con voz terrible:
—Gira, muñequita de madera —pegando puñetazos a su alrededor.

Finalmente consiguieron dominarlo entre varios. Sus palabras seguían oyéndose como un rugido salvaje, y así, en su delirio, fue conducido al manicomio.

Antes de continuar, ¡oh amable lector!, con la historia del desdichado Nataniel, puedo decirte, ya que te interesarás por el mecánico y fabricante de autómatas Spalanzani, que se restableció completamente de sus heridas.

Se vio obligado a abandonar la universidad porque la historia de Nataniel había producido una gran sensación y en todas partes se consideró intolerable el hecho de haber presentado en los círculos de té —donde había tenido cierto éxito— a una muñeca de madera. 

Los juristas encontraban el engaño tanto más punible cuanto que se había dirigido contra el público y con tanta astucia que nadie (salvo algunos estudiantes muy inteligentes) había sospechado nada, aunque ahora todos decían haber concebido
sospechas al respecto. 

Para algunos, entre ellos un elegante asiduo a las tertulias de té, resultaba sospechoso el que Olimpia estornudase con más frecuencia que bostezaba, lo cual iba contra todas las reglas. Aquello era debido, según el elegante, al mecanismo interior que crujía de una manera distinta, etcétera. 

El profesor de poesía y elocuencia tomó un poco de rapé y dijo alegremente:
—Honorables damas y caballeros, no se dan cuenta de cuál es el quid del asunto. Todo ha sido una alegoría, una metáfora continuada. ¿Comprenden? ¡Sapienti sat!

Pero muchas personas honorables no se contentaron con aquella explicación; la historia del autómata los había impresionado profundamente y se extendió entre ellos una terrible desconfianza hacia las figuras humanas. 

Muchos enamorados, para convencerse de que su amada no era una muñeca de madera, obligaban a esta a bailar y a cantar sin seguir los compases, a tricotar o a coser mientras les escuchaban en la lectura, a jugar con el perrito… etc., y, sobre todo, a no limitarse a escuchar, sino que también debía hablar, de modo que se apreciase su sensibilidad y su pensamiento. En algunos casos, los lazos amorosos se estrecharon más; en otros, esto fue causa de numerosas rupturas.

—Así no podemos seguir, decían todos.
Ahora en los tés se bostezaba de forma increíble y no se estornudaba nunca para evitar sospechas.
Como ya hemos dicho, Spalanzani tuvo que huir para evitar una investigación criminal por haber engañado a la sociedad con un autómata.

Coppola también desapareció. Nataniel se despertó un día como de un sueño penoso y profundo, abrió los ojos, y un sentimiento de infinito bienestar y de calor celestial lo invadió. Se hallaba acostado en su habitación, en la casa paterna. Clara estaba inclinada sobre él y, a su lado, su madre y Lotario.

—¡Por fin, por fin, querido Nataniel! ¡Te has curado de una grave enfermedad! ¡Otra vez eres mío!
Así hablaba Clara, llena de ternura, abrazando a Nataniel que murmuró entre lágrimas:
—¡Clara, mi Clara!
Segismundo, que no había abandonado a su amigo, entró en la habitación. Nataniel le estrechó la mano:
—Hermano, no me has abandonado.

Todo rastro de locura había desaparecido, y muy pronto los cuidados de su madre, de su amada y de los amigos le devolvieron las fuerzas. La felicidad volvió a aquella casa, pues un viejo tío, de quien nadie se acordaba, acababa de morir y había dejado a la madre en herencia una extensa propiedad cerca de la ciudad. 

Toda la familia se proponía ir allí, la madre, Lotario, y Nataniel y Clara, quienes iban a contraer matrimonio. Nataniel estaba más amable que nunca. Había recobrado la ingenuidad de su niñez y apreciaba el alma pura y celestial de Clara. Nadie le recordaba el pasado ni en el más mínimo detalle. Sólo cuando Segismundo fue a despedirse de él le dijo:
—Bien sabe Dios, hermano, que estaba en el mal camino, pero un ángel me ha conducido a tiempo al sendero de la luz. Ese ángel ha sido Clara.

Segismundo no le permitió seguir hablando, temiendo que se hundiera en dolorosos pensamientos. Llegó el momento en que los cuatro, felices, iban a dirigirse hacia su casa de campo. Durante el día hicieron compras en el centro de la ciudad. La alta torre del ayuntamiento proyectaba su sombra gigantesca sobre el mercado.
—¡Vamos a subir a la torre para contemplar las montañas! —dijo Clara.

Dicho y hecho; Nataniel y Clara subieron a la torre, la madre volvió a casa con la criada, y Lotario, que no tenía ganas de subir tantos escalones, prefirió esperar abajo. Enseguida se encontraron los dos enamorados, cogidos del brazo, en la más alta galería de la torre contemplando la espesura de los bosques, detrás de los cuales se elevaba la cordillera azul, como una ciudad de gigantes.

—¿Ves aquellos arbustos que parecen venir hacia nosotros? —preguntó Clara. Nataniel buscó instintivamente en su bolsillo y sacó los prismáticos de Coppola. Al llevárselos a los ojos vio la imagen de Clara ante él. Su pulso empezó a latir con violencia en sus venas; pálido como la muerte, miró fijamente a Clara. 

Sus ojos lanzaban chispas y empezó a rugir como un animal salvaje; luego empezó a dar saltos mientras decía riéndose a carcajadas:
—¡Gira muñequita de madera, gira! —y, cogiendo a Clara, quiso
precipitarla desde la galería; pero, en su desesperación, Clara se agarró a la barandilla. Lotario oyó la risa furiosa del loco y los gritos de espanto de Clara; un terrible presentimiento se apoderó de él y corrió escaleras arriba.

La puerta de la segunda escalera estaba cerrada. Los gritos de Clara aumentaban y, ciego de rabia y de terror, empujó la puerta hasta que cedió.
La voz de Clara se iba debilitando:
—¡Socorro, sálvenme, sálvenme! —su voz moría en el aire.
—¡Ese loco va a matarla! —exclamó Lotario. También la puerta de la galería estaba cerrada. La desesperación le dio fuerzas y la hizo saltar de sus goznes. 

¡Dios del cielo! Nataniel sostenía en el aire a Clara, que aún se
agarraba con una mano a la barandilla. Lotario se apoderó de su hermana con la rapidez de un rayo. Golpeó en el rostro a Nataniel, obligándolo a soltar la presa. Luego bajó la escalera con su hermana desmayada en los brazos. Estaba salvada.

Nataniel corría y saltaba alrededor de la galería gritando:
—¡Círculo de fuego, gira, círculo de fuego!
La multitud acudió al oír los salvajes gritos y entre ellos destacaba por su altura el abogado Coppelius, que acababa de llegar a la ciudad y se encontraba en el mercado. Cuando alguien propuso subir a la torre para dominar al insensato, Coppelius dijo riendo:
—Sólo hay que esperar, ya bajará solo —y siguió mirando hacia arriba como los demás.

Nataniel se detuvo de pronto y miró fijamente hacia abajo, y
distinguiendo a Coppelius gritó con voz estridente: 

—¡Ah, hermosos ojos, hermosos ojos! —y se lanzó al vacío.
Cuando Nataniel quedó tendido y con la cabeza rota sobre las losas de la calle, Coppelius desapareció.

Alguien asegura haber visto años después a Clara, en una región apartada, sentada junto a su dichoso marido ante una linda casa de campo. Junto a ellos jugaban dos niños encantadores. Se podría concluir diciendo que Clara encontró por fin la felicidad tranquila y doméstica que correspondía a su dulce y alegre carácter y que nunca habría disfrutado junto al fogoso y exaltado Nataniel.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 6)

 

—¡Separarnos, separarnos! —exclamó furioso y desesperado Nataniel.

Besó la mano de Olimpia y se inclinó sobre su boca; sus labios ardientes se encontraron con los suyos helados. Se estremeció como cuando tocó por primera vez la fría mano de Olimpia, y la leyenda de la novia muerta le vino de pronto a la memoria; pero al abrazar y besar a Olimpia sus labios parecían cobrar el calor de la vida.

El profesor Spalanzani atravesó lentamente la sala vacía, sus pasos resonaban huecos y su figura, rodeada de sombras vacilantes, ofrecía un aspecto fantasmagórico.
—¿Me amas? ¿Me amas, Olimpia? ¡Sólo una palabra! —murmuraba Nataniel.
Pero Olimpia, levantándose, suspiró sólo:
—¡Ah…, ah…!
—¡Sí, amada estrella de mi amor! —dijo Nataniel—, ¡tú eres la luz que alumbrará mi alma para siempre!
—¡Ah…, ah…! —replicó Olimpia alejándose.
Nataniel la siguió, y se detuvieron delante del profesor.
—Ya veo que lo ha pasado muy bien con mi hija —dijo este sonriendo —: así que, si le complace conversar con esta tímida muchacha, su visita será bien recibida.
Nataniel se marchó llevando el cielo en su corazón.

Al día siguiente la fiesta de Spalanzani fue el centro de las conversaciones. A pesar de que el profesor había hecho todo lo posible para que la reunión resultara espléndida, hubo numerosas críticas y se dirigieron especialmente contra la muda y rígida Olimpia, a la que, a pesar de su belleza, consideraron completamente estúpida; se pensó que esta era la causa por la que Spalanzani la había mantenido tanto tiempo oculta.

Nataniel escuchaba estas cosas con rabia, pero callaba; pues pensaba que aquellos miserables no merecían que se les demostrara que era su propia estupidez la que les impedía conocer la belleza del alma de Olimpia.
—Dime, por favor, amigo —le dijo un día Segismundo—, dime, ¿cómo es posible que una persona sensata como tú se haya enamorado del rostro de cera de una muñeca?
Nataniel iba a responder encolerizado, pero se tranquilizó y contestó:
—Dime, Segismundo, ¿cómo es posible que los encantos celestiales de Olimpia hayan pasado inadvertidos a tus clarividentes ojos? Pero agradezco al destino el no tenerte como rival, pues uno de los dos habría tenido que morir a manos del otro.

Segismundo se dio cuenta del estado de su amigo y desvió la conversación diciendo que en amor era muy difícil juzgar, para luego añadir:
—Es muy extraño que la mayoría de nosotros haya juzgado a Olimpia del mismo modo. Nos ha parecido —no te enfades, amigo— algo rígida y sin alma. Su talle es proporcionado, al igual que su rostro, es cierto. Podría parecer bella si su mirada no careciera de rayos de vida, quiero decir, de visión. 

Su paso es extrañamente rítmico, y cada uno de sus movimientos parece provocado por un mecanismo. Su canto, su interpretación musical tiene ese ritmo regular e incómodo que recuerda el funcionamiento de una máquina, y pasa lo mismo cuando baila. 

Olimpia nos resulta muy inquietante, no queremos tener nada que ver con ella, porque nos parece que se comporta como un ser viviente pero que pertenece a una naturaleza distinta.

Nataniel no quiso abandonarse a la amargura que provocaron en él las palabras de Segismundo. Hizo un esfuerzo para contenerse y respondió simplemente muy serio:
—Para ustedes, almas prosaicas y frías, Olimpia resulta inquietante. Sólo al espíritu de un poeta se le revela una personalidad que le es semejante. Sólo a mí se han dirigido su mirada de amor y sus pensamientos, sólo en el amor de Olimpia he vuelto a encontrarme a mí mismo. 

A ustedes no les parece bien que Olimpia no participe en conversaciones vulgares como hacen las gentes superficiales. Habla poco, es verdad, pero esas pocas palabras son para mí como jeroglíficos de un mundo interior lleno de amor y de conocimientos de la vida espiritual en la contemplación de la eternidad. Ya sé que esto para ustedes no tiene ningún sentido, y es en vano hablar de ello.

—¡Que Dios te proteja, hermano! —dijo Segismundo dulcemente, de un modo casi doloroso—, pero pienso que vas por mal camino. Puedes contar conmigo si todo… no, no quiero decir nada más.

Nataniel comprendió de pronto que el frío y prosaico Segismundo acababa de demostrarle su lealtad y estrechó de corazón la mano que le tendía. Había olvidado por completo que existía una Clara en el mundo a la que él había amado; su madre, Lotario, todos habían desaparecido de su memoria. 

Vivía solamente para Olimpia, junto a quien permanecía cada día largas horas hablándole de su amor, de la simpatía de las almas y de las afinidades psíquicas, todo lo cual Olimpia escuchaba con gran atención.

Nataniel sacó de los lugares más recónditos de su escritorio todo lo que había escrito, poesías, fantasías, visiones, novelas, cuentos, y todo esto se vio aumentado con toda clase de disparatados sonetos, estrofas, canciones que leía a Olimpia durante horas sin cansarse. Jamás había tenido una oyente tan admirable. 

No cosía ni tricotaba, no miraba por la ventana, no
daba de comer a ningún pájaro ni jugaba con ningún perrito, ni con su gato favorito, ni recortaba papeles o cosas parecidas, ni tenía que ocultar un bostezo con una tos forzada; en una palabra, permanecía horas enteras con los ojos fijos en él, inmóvil, y su mirada era cada vez más brillante y animada. 

Sólo cuando Nataniel, al terminar, cogía su mano para besarla, decía:
—¡Ah!, ¡ah! —y luego—. Buenas noches, mi amor.
—¡Alma sensible y profunda! —exclamaba Nataniel en su habitación —: ¡Sólo tú me comprendes!

Se estremecía de felicidad al pensar en las afinidades intelectuales que existían entre ellos y que aumentaban cada día; le parecía oír la voz de Olimpia en su interior, que ella hablaba en sus obras. Debía ser así, pues Olimpia nunca pronunció otras palabras que las ya citadas. 

Pero cuando Nataniel se acordaba en los momentos de lucidez, de la pasividad y del mutismo de Olimpia (por ejemplo, cuando se levantaba por las mañanas y en ayunas) se decía:
—¿Qué son las palabras? ¡Palabras! La mirada celestial de sus ojos dice más que todas las lenguas. ¿Puede acaso una criatura del Cielo encerrarse en el círculo estrecho de nuestra forma de expresarnos?

El profesor Spalanzani parecía mirar con mucho agrado las relaciones de su hija con Nataniel, prodigándole a este todo tipo de atenciones, de modo que cuando se atrevió a insinuar un matrimonio con Olimpia, el profesor, con gran sonrisa, dijo que dejaría a su hija elegir libremente.

Animado por estas palabras y con el corazón ardiente de deseos, Nataniel decidió pedirle a Olimpia al día siguiente que le dijera con palabras lo que sus miradas le daban a entender desde hacía tiempo: que sería suya para siempre. 

Buscó el anillo que su madre le diera al despedirse, para ofrecérselo a Olimpia como símbolo de unión eterna. Las cartas de Clara y de Lotario cayeron en sus manos; las apartó con indiferencia.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 5)

 

Lotario apareció en el cenador y Clara tuvo que contarle lo que había sucedido; como amaba a su hermana con toda su alma, cada una de sus quejas caía como una chispa en su interior de tal modo que el disgusto que llevaba en su corazón desde hacía tiempo contra el visionario Nataniel se transformó en una cólera terrible. 

Corrió tras él y le reprochó con tan duras palabras su loca conducta para con su querida hermana, que el fogoso Nataniel contestó de igual manera. Los insultos de fatuo, insensato y loco, fueron contestados por los de desgraciado y vulgar. El duelo era inevitable.

Decidieron batirse a la mañana siguiente detrás del jardín y conforme a las reglas académicas, con afilados floretes. Se separaron sombríos y silenciosos. Clara había oído la violenta discusión, y al ver que el padrino traía los floretes al atardecer, presintió lo que iba a ocurrir.

Llegados al lugar del desafío se quitaron las levitas en medio de un hondo silencio, e iban a abalanzarse uno sobre otro con los ojos relampagueantes de ardor sangriento cuando apareció Clara en la puerta del jardín. Separándolos, exclamó entre sollozos:
—¡Locos, salvajes, tendrán que matarme a mí antes que uno de ustedes caiga! ¿Cómo podría seguir viviendo en este mundo si mi amado matara a mi hermano o mi hermano a mi amado?

Lotario dejó caer el arma y bajó los ojos en silencio; pero Nataniel sintió renacer dentro de sí toda la fuerza de su amor hacia Clara de la misma manera que lo había sentido en los hermosos días de la juventud. El arma homicida cayó de sus manos y se arrojó a los pies de Clara diciendo:
—¿Podrás perdonarme alguna vez tú, mi querida Clara, mi único amor? ¿Podrás perdonarme, querido hermano Lotario?

Lotario se conmovió al ver el profundo dolor de su amigo. Derramando abundantes lágrimas se abrazaron los tres y se juraron permanecer unidos por el amor y la fidelidad.

A Nataniel le pareció haberse librado de una pesada carga que lo oprimía, como si se hubiera liberado de un oscuro poder que amenazaba todo su ser. Permaneció aún durante tres felices días junto a sus bienamados hasta que regresó a G., donde debía permanecer un año más antes de volver para siempre a su ciudad natal.

A la madre de Nataniel se le ocultó todo lo referente a Coppelius, pues sabían que no podía pensar sin horror en aquel hombre a quien, al igual que Nataniel, culpaba de la muerte de su esposo.

¡Cuál no sería la sorpresa de Nataniel cuando, al llegar a su casa en G., vio que esta había ardido entera, y que sólo quedaban de ella los muros y un montón de escombros! El fuego había comenzado en el laboratorio del químico, situado en el piso bajo. 

Varios amigos que vivían cerca de la casa incendiada habían conseguido entrar valientemente en la habitación de Nataniel, situada en el último piso, y salvar sus libros, manuscritos e instrumentos, que trasladaron a otra casa donde alquilaron una habitación en la que Nataniel se instaló. 

No se dio cuenta al principio de que el profesor Spalanzani vivía enfrente, y no llamó especialmente su atención observar que desde su ventana podía ver el interior de la habitación donde Olimpia estaba sentada a solas. Podía reconocer su silueta claramente, aunque los rasgos de su cara continuaban borrosos. 

Pero acabó por extrañarse de que Olimpia permaneciera en la misma posición, igual que la había descubierto la primera vez a través de la puerta de cristal, sin ninguna ocupación, sentada junto a la mesita, con la mirada fija, invariablemente dirigida hacia él; tuvo que confesarse que no había visto nunca una belleza como la suya, pero la imagen de Clara seguía instalada en su corazón, y la inmóvil Olimpia le fue indiferente, y sólo de vez en cuando dirigía una mirada furtiva por encima de su libro hacia la hermosa estatua, eso era todo.

Un día estaba escribiendo a Clara cuando llamaron suavemente a la puerta. Al abrirla, vio el repugnante rostro de Coppola. Nataniel se estremeció; pero recordando lo que Spalanzani le había dicho de su compatriota Coppola y lo que le había prometido a su amada en relación con el Hombre de Arena, se avergonzó de su miedo infantil y reunió todas sus fuerzas para decir con la mayor tranquilidad posible:
—No compro barómetros, amigo, así que ¡váyase!

Pero Coppola, entrando en la habitación, le dijo con voz ronca, mientras su boca se contraía en una odiosa sonrisa y sus pequeños ojos brillaban bajo unas largas pestañas grises:
—¡Eh, no barómetros, no barómetros! ¡También tengo bellos ojos…, bellos ojos!

Nataniel, espantado, exclamó:
—¡Maldito loco! ¡Cómo puedes tú tener ojos! ¡Ojos!… ¡Ojos!…

Al instante puso Coppola a un lado los barómetros y empezó a sacar del inmenso bolsillo de su levita lentes y gafas que iba dejando sobre la mesa.
—Gafas para poner sobre la nariz. Esos son mis ojos, ¡bellos ojos! —y, mientras hablaba, seguía sacando más y más gafas, tantas que empezaron a brillar y a lanzar destellos sobre la mesa.

Miles de ojos centelleaban y miraban fijamente a Nataniel, pero él no podía apartar su mirada de la mesa, y Coppola continuaba sacando cada vez más gafas y cada vez eran más terribles las encendidas miradas que disparaban sus rayos sangrientos en el pecho de Nataniel.

Este, sobrecogido de terror, gritó:
—¡Detente, hombre maldito! —cogiéndolo del brazo en el momento en que Coppola hundía de nuevo su mano en el bolsillo para sacar más lentes, por más que la mesa estuviera ya cubierta de ellas.

Coppola se separó de él suavemente con una sonrisa forzada, diciendo:
—¡Ah, no son para usted, pero aquí tengo bellos prismáticos! —y recogiendo los lentes empezó a sacar del inmenso bolsillo prismáticos de todos los tamaños.

En cuanto todas las gafas estuvieron guardadas Nataniel se tranquilizó, y acordándose de Clara se dio cuenta de que el horrible fantasma sólo estaba en su interior, ya que Coppola era un gran mecánico y óptico, y en modo alguno el doble del maldito Coppelius. 

Por otra parte, las lentes que
Coppola había extendido sobre la mesa no tenían nada de particular, y menos de fantasmagórico, por lo que Nataniel decidió, para reparar su extraño comportamiento, comprarle alguna cosa. Escogió unos pequeños prismáticos muy bien trabajados, y, para probarlos, miró a través de la ventana. 

Nunca en su vida había utilizado unos prismáticos con los que pudieran verse los objetos con tanta claridad y pureza. Involuntariamente miró hacia la estancia de Spalanzani. Olimpia estaba sentada, como de costumbre, ante la mesita, con los brazos apoyados y las manos cruzadas.

Por primera vez podía Nataniel contemplar la belleza de su rostro. Sólo los ojos le parecieron algo fijos, muertos. Sin embargo, a medida que miraba más y más a través de los prismáticos le parecía que los ojos de Olimpia irradiaban húmedos rayos de luna. Creyó que ella veía por primera vez y que sus miradas eran cada vez más vivas y brillantes. Nataniel permanecía como hechizado junto a la ventana, absorto en la contemplación de la belleza celestial de Olimpia…

Un ligero carraspeo lo despertó como de un profundo sueño. Coppola estaba detrás de él:
—Tre Zechini. Tres ducados.

Nataniel, que había olvidado al óptico por completo, se apresuró a pagarle:
—¿No es verdad? ¡Buenos prismáticos, buenos prismáticos! —decía Coppola con su repugnante voz y su odiosa sonrisa.
—Sí, sí —respondió Nataniel contrariado—. Adiós, querido amigo. 

Coppola abandonó la habitación, no sin antes lanzar una mirada de reojo sobre Nataniel, que lo oyó reír a carcajadas al bajar la escalera.
—Sin duda —pensó Nataniel— se ríe de mí porque he pagado los prismáticos más caros de lo que valen.

Mientras decía estas palabras en voz baja le pareció oír en la habitación un profundo suspiro que le hizo contener la respiración sobrecogido de espanto. Se dio cuenta de que era él mismo quien había suspirado así.

«Clara tenía razón —se dijo a sí mismo— al considerarme un visionario, pero lo absurdo, más que absurdo, es que la idea de haber pagado a Coppola los prismáticos más caros de lo que valen me produzca tal terror, y no encuentro cuál puede ser el motivo».

Se sentó de nuevo para terminar la carta a Clara, pero una mirada hacia la ventana le hizo ver que Olimpia aún estaba allí sentada, y al instante, empujado por una fuerza irresistible, cogió los prismáticos de Coppola y ya no pudo apartarse de la seductora mirada de Olimpia hasta que vino a buscarlo su amigo Segismundo para asistir a clase del profesor Spalanzani.

A partir de aquel día la cortina de la puerta de cristal estuvo totalmente echada, por lo que no pudo ver a Olimpia, y los dos días siguientes tampoco la encontró en la habitación, si bien apenas se apartó de la ventana mirando a través de los prismáticos. Al tercer día estaba la ventana cerrada. Lleno de desesperación y poseído de delirio y ardiente deseo, salió de la ciudad. 

La imagen de Olimpia flotaba ante él en el aire, aparecía en cada arbusto y lo miraba con ojos radiantes desde el claro riachuelo. El recuerdo de Clara se había borrado, sólo pensaba en Olimpia y gemía y sollozaba:
—Estrella de mi amor, ¿por qué te has alzado para desaparecer súbitamente y dejarme en una noche oscura y desesperada?

Cuando Nataniel volvió a su casa observó una gran agitación en la de Spalanzani. Las puertas estaban abiertas, y unos hombres metían muebles; las ventanas del primer piso estaban abiertas también, y unas atareadas criadas iban y venían mientras carpinteros y tapiceros daban golpes y martilleaban por toda la casa. 

Nataniel, asombrado, se detuvo en mitad de la calle. Segismundo se le acercó sonriente y le dijo:
—¿Qué me dices de nuestro viejo amigo Spalanzani?
Nataniel aseguró que no podía decir nada, puesto que nada sabía de él, y que le sorprendía bastante que aquella casa silenciosa y sombría se viera envuelta en tan gran tumulto y actividad. 

Segismundo le dijo entonces que al día siguiente daba Spalanzani una gran fiesta con concierto y baile a la que estaba invitada media universidad. Se rumoreaba que Spalanzani iba a presentar por primera vez a su hija Olimpia, que hasta entonces había mantenido oculta, con extremo cuidado, a las miradas de todos. 

Nataniel encontró una invitación, y, con el corazón palpitante, se encaminó a la hora fijada a casa del profesor, cuando empezaban a llegar los carruajes y resplandecían las luces de los adornados salones. La reunión era numerosa y brillante. Olimpia apareció ricamente vestida, con un gusto exquisito. Todos admiraron la perfección de su rostro y de su talle. 

La ligera inclinación de sus hombros parecía estar causada por la oprimida esbeltez de su cintura de avispa. Su forma de andar tenía algo de medido y de rígido. Causó mala impresión a muchos, y fue atribuida a la turbación que le causaba tanta gente.

El concierto empezó. Olimpia tocaba el piano con una habilidad extrema, e interpretó un aria con voz tan clara y penetrante que parecía el sonido de una campana de cristal. Nataniel estaba fascinado; se encontraba en una de las últimas filas y el resplandor de los candelabros le impedía apreciar los rasgos de Olimpia. Sin ser visto, sacó los lentes de Coppola y miró a la hermosa Olimpia. 

¡Ah!… entonces sintió las miradas anhelantes que ella le dirigía, y que a cada nota le acompañaba una mirada de amor que lo atravesaba ardientemente. Las brillantes notas le parecían a Nataniel el lamento celestial de un corazón enamorado, y cuando finalmente la cadencia del largo trino resonó en la sala, le pareció que un brazo ardiente lo ceñía; extasiado, no pudo contenerse y exclamó en voz alta:
—¡Olimpia!

Todos los ojos se volvieron hacia él. Algunos rieron. El organista de la catedral adoptó un aire sombrío y dijo simplemente:
—Bueno, bueno.
El concierto había terminado y el baile comenzó. «¡Bailar con ella…, bailar con ella!», era ahora su máximo deseo, su máxima aspiración, pero ¿cómo tener el valor de invitarla a ella, la reina de la fiesta?

Sin saber ni él mismo cómo, se encontró junto a Olimpia, a quien nadie había sacado aún; cuando comenzaba el baile, y después de intentar balbucir algunas palabras, tomó su mano. La mano de Olimpia estaba helada y él se sintió atravesado por un frío mortal. La miró fijamente a los ojos, que irradiaban amor y deseo, y al instante le pareció que el pulso empezaba a latir en su fría mano y que una sangre ardiente corría por sus venas. 

También Nataniel sentía en su interior una ardorosa voluptuosidad. Rodeó la cintura de la hermosa Olimpia y cruzó con ella la multitud de invitados. Creía haber bailado acompasadamente, pero la rítmica regularidad con que Olimpia bailaba y que algunas veces lo obligaba a detenerse, le hizo observar enseguida que no seguía los compases. 

No quiso bailar con ninguna otra mujer, y hubiera matado a cualquiera que se hubiese acercado a Olimpia para solicitar un baile. Si Nataniel hubiera sido capaz de ver algo más que a Olimpia, no habría podido evitar alguna pelea, pues murmullos burlones y risas apenas sofocadas se escapaban de entre los grupos de jóvenes, cuyas curiosas miradas se dirigían a Olimpia sin que se pudiera saber por qué.

Excitado por la danza y por el vino, había perdido su natural timidez. Sentado junto a Olimpia y con su mano entre las suyas, le hablaba de su amor exaltado e inspirado con palabras que nadie, ni él ni Olimpia, habría podido comprender. O quizá Olimpia sí, pues lo miraba fijamente a los ojos y de vez en cuando suspiraba:
—¡Ah…, ah…, ah…!
A lo que Nataniel respondía:
—¡Oh, mujer celestial, divina criatura, luz que se nos promete en la otra vida, alma profunda donde todo mi ser se mira…! —y cosas parecidas.

Pero Olimpia suspiraba y contestaba sólo:

—¡Ah…, ah…!

El profesor Spalanzani pasó varias veces junto a los felices enamorados y les sonrió con satisfacción. Aunque Nataniel se encontraba en un mundo distinto, le pareció como si de pronto oscureciera en casa del profesor Spalanzani. Miró a su alrededor y observó espantado que las dos últimas velas se consumían y estaban a punto de apagarse. Hacía tiempo que el baile y la música habían cesado.

Peligro - Sara María Larrabure

A toda carrera salí hacia el campo. Había un lugar donde no me encontraría. Era un escondrijo que me había tardado largo tiempo hallarlo.

Quedaba en una huerta, o lo que quedaba de lo que antes fuera una huerta. Nadie se  ocupaba ahora de hacer crecer en ella plantas verdes, pegadas a la tierra, alineadas correctamente; solo algunas matas de fresas ocupaban un minúsculo rincón del gran terreno. En el resto, las hierbas espurias, los matorrales salvajes, habíanla cubierto casi en su totalidad. 

En partes existían claros en los que emergía algún árbol y para llegar a estos yo tenía que arrastrarme por entre el matorral, siguiendo un túnel sombrío, pero perfecto; una obra de ingeniería hecha tal vez por un conejo o una vizcacha. 

El túnel no seguía una línea derecha, se retorcía sinuosamente hasta que llegaba al claro cuyo centro era el árbol. Luego había que buscarlo nuevamente, ya que la entrada se hallaba disimulada, pero yo la distinguía porque la cubrían matas sospechosas. No lo había recorrido todavía en toda su extensión, solo una parte y esta me había costado una paciente labor de días, quizás meses. 

Mis excursiones eran sigilosas, secretas, y cuando volvía de ellas me costaban reprimendas pues mi aspecto era desastroso: arañazos en la cara, brazos, piernas y el traje desgarrado. Pero no importaba, me había obstinado en recorrerlo y descubrir su secreto, tal vez conduciría a un país encantado donde no hubiese castigos ni exigencias. 

Lo que yo más temía era algún encuentro con algo monstruoso que podía ser desde una serpiente hasta el dragón guardián de ese otro mundo misterioso.

Mi carrera se detuvo ante el matorral. Si entraba a rastras en el túnel, mi traje nuevo se rasgaría, pero podía con cuidado remangarlo en la cintura y meterlo en el calzón asegurándolo con el elástico; la parte del corpiño se ensuciaría, pero podía sacudirlo más tarde. 

De todos modos, tal vez no volvería más, me quedaría en ese nuevo mundo al que, sin lugar a dudas, debía conducir el túnel. Tenía que ser un mundo bueno, en el que todos me querrían y sería bienvenida. La entrada del túnel se me aparecía tentadora, era, además, «mi túnel», yo lo había descubierto y ya lo quería, era un túnel bueno. 

El problema eran los zapatos, eran los más nuevos que tenía: me descalcé, introduje la falda en el calzón y me escabullí en el matorral de plantas parduscas y verde sucio. 

El piso estaba cubierto de pastos suaves que defendían imperfectamente de la humedad del suelo. Un olor dulce, de vegetación corrompiéndose, invadía la estrecha bóveda que había sido agrandada por mis anteriores incursiones. Me sentía enorme para la angosta galería y avanzaba cautelosamente, mirando, deteniéndome, investigando dónde ponía las manos y las rodillas. Un silencio completo me rodeaba.

El tener las piernas pegadas al suelo me daba la impresión de estar más segura. No importaba que estuviera la hierba húmeda; para mí la humedad era parte de mí misma, de todo lo que me rodeaba, fuera y dentro de mí.

El primer tramo era fácil. No tuve sino que levantar mis planas rodillas y depositarlas quedamente. Mis pobres rodillas ardían de tanto haber sido sobadas; habían sido demasiado castigadas. Nada importaba ya, el país estaba cerca.

El túnel viraba a la derecha, un corto paso, luego una hendidura en el terreno, quizá una brecha, un corto salto y al otro lado. Entonces venía la parte más difícil, era muy angosta
y tendía más y más a estrecharse. El traje se había deslizado hasta toparme las rodillas. Me detuve para volverlo a colocar dentro del calzón.

Era pavoroso fijarse en otra cosa que no fuese mi derredor, y odié el traje, odié el calzón, odiaba todo lo que me obstaculizara en mi designio. Ir hacia la aventura, no importaba qué fuera. Tratar, tratar, tratar.

¡Qué túnel!, casi no valía la pena. Aquí tantas ramas. Una me hirió en el brazo desgarrándome parte de la manga. La pobre manga soportaba ahora la sangre. Pero peor el traje desgarrado: no se podía reemplazar. Así se decía allá, acá nadie preguntaba. Esto es lo real: mi túnel y nadie más.

Las hierbas se hacían más tupidas, el pasaje más angosto, las plantas, yo creo, se cerraban. Lo importante era estar alerta. Alerta con los ojos, los oídos, el tacto. El peligro se podía esconder debajo del lecho de hojas húmedas sobre las que yo gateaba, o detrás del espeso matorral que se extendía a ambos lados del pasaje y arriba. Mis movimientos eran cautos, me detenía a cada avance escudriñando delante mío. Lo desagradable era mirar atrás, pues entonces tenía que volver la cabeza y perder de vista lo que me esperaba delante.

De pronto me hallé contemplando hojas verdes y a través de ellas un claro. En este, al centro, crecía un árbol de tronco angosto algo retorcido. Desde mi posición no podía distinguir la copa del árbol. Un temblor nervioso me paralizó: algo se había movido, algo subrepticio que se arrastraba y luego silencio. 

Agucé mis oídos esperando más que ver, oír de dónde venía. La sangre se deslizaba como un hilillo desde la manga desgarrada, cerca del hombro, por el brazo hasta mi mano derecha, plana contra el suelo y rojo azulácea por la posición y la inmovilidad. 

De nuevo repitióse el ruido. Esta vez sin temor ni interrupciones, aunque diferente del primero que había escuchado. Era monótono, como si alguien rastrillara golpeando levemente en la tierra. ¿Alguien trabajaba un jardín en un sitio tan abandonado?

Me froté la mano sucia contra el traje antes de separar las ramas frescas. El roce sonó como un vendaval en la quietud del lugar y a este le respondió un violento, furioso rasqueteo seguido por un batir de alas que se alejaron en el espacio. Nada más sino silencio nuevamente.

Al retirar las ramas tuve delante de mí una visión perfecta del espacio abierto que rodeaba al árbol. No era muy grande, lo suficiente para que una persona le diera vuelta cómodamente,
y el matorral se retiraba haciéndole cerco. La luz del día hería la vista si se paraba una y miraba al cielo. 

Di un brinco y emergí del matorral. Tenía que enfrentarme con lo que allí había y de pie lo podría hacer mejor que en mi torpe postura a rastras. Junto al árbol, a unos tres metros míos, yacía un bulto alargado, unos insectos pequeñísimos, en gran número, le zumbaban encima; era lo único que se movía. 

Un animal muerto, ¿qué otra cosa podía ser? Yo nunca había visto nada muerto, pero lo había oído contar. Siempre tenían los ojos abiertos como desorbitados y la lengua colgando, el cuerpo tieso como un mármol y no oían, no veían, ni tenían miedo (los que miraban al muerto sí tenían miedo), así se quedaban para siempre, muy tiesos e inmóviles.

Me acerqué. Ahí en el suelo no había nada tieso, solo un cuerpo tan chato y flaco que parecía de papel. En un extremo de este, en donde arrancaba el largo rabo, se podían ver los intestinos que se estremecían. La cabeza yacía tendida de lado con las dos grandes orejas muy juntas, pero el único ojo no estaba abierto, era un hueco, y la lengua no pendía del hocico pues este estaba cerrado. 

Lo único tieso eran los bigotes largos, tersos y brillantes, que partían de la abertura diminuta pegada a la línea fina y corta —en forma de v de vaca— que formaba el hociquito. 

Era una vizcacha muerta. Por primera vez veía yo a la vizcacha y la encontraba muerta. Muerta cruelmente sabe Dios por quién. ¿Es que este mundo también sería cruel? Quizás en torno mío se agazapaba el que había matado a la vizcacha de los tiernos bigotitos y la había dejado así abierta.

Ahora tenía que hallar la otra entrada del túnel. Hasta donde había llegado conocía el recorrido, lo que venía era la verdadera aventura, llena de peligros, pero tal vez algo bueno me esperaría al final. ¿Y el animal que había matado a la vizcacha?, ¿sería una serpiente o algún monstruo?, ¿y si me mataba a mí también? No, a mí no me mataría porque yo no podía morir, yo había nacido para la vida y esta todavía no había venido; viene cuando uno llega a hacer algo y yo no había hecho nada todavía. 

Recogí un palo seco y duro del suelo y me sentí con coraje nuevo para proseguir mi expedición. ¿El traje?, ¿el mundo de allá?, qué importaban. Nunca más regresaría. Quizás me esperaba lo que debía hacer, quizás ya estaba creciendo y pronto, antes de lo que yo creía, llegaría a ser muy grande. Me enderecé cuanto pude e inspeccioné el tupido matorral.

Allá, a mi derecha, las ramas crecían menos fuertes. Apenas ocultaban a los largos tallos que se cimbraban detrás formando la hendidura del túnel. Las separé y comprobé no haberme equivocado, salvo que el pasaje era mucho más estrecho y bajo. Lo mismo había pasado con el que yo acababa de recorrer y con mi cuerpo lo había agrandado.

Era como una puerta pequeñita, una puerta abierta hacia un pasaje sin nadie, nadie sino yo. Y también era trabajoso retirar la vegetación que lo cubría. La parte alta se hacía compacta al espesarse; los pastos silvestres habían ido cediendo a medida que crecían, doblándose, enredándose. Encima y por entre ellos, las innumerables trepadoras, sin control ni intención, formaban una maleza tupida, pero no imposible de abrir. 

Una y otra vez mi mano derecha empujó lo verde y mi izquierda palpó. Era bien oscuro allí dentro, y tan solo que provocaba ser siempre un habitante de esas regiones. Tan solitario, tan libre, que sin duda debía conducir a alguna parte.

Comencé a ascender. Mis manos ya no palpaban grama húmeda, sino piedras que las hicieron sangrar. Tenía que estar próxima al final de mi aventura. ¡Estaba tan fatigada! Las piedras rodaban a medida que yo trepaba, ¿por qué se siente tanto sueño cuando estamos por llegar? 

Ya el traje no tenía importancia. Tampoco la sangre. Ese estaba muy roto de modo que sería mejor que lo usara para limpiarme. Me senté. La oscuridad se volvía densa y yo estaba muy sucia. A mi lado observé una especie de lecho en el que se ensanchaba el pasaje. Un descanso de seguro preparado para los expedicionarios. 

Dudé si echarme pues resultaba bastante pequeño para mí. Me arrimé hasta el fondo. Sí, encogiéndome entraría, por lo demás era mi habitual posición para dormir; solamente las piernas sobresalían. Estas gentes debían ser sumamente pequeñas o esperarían visitantes más chicos que yo. 

En último caso yo las convencería, les diría que no les iba a hacer daño hablándoles que no era feo que fuese yo tan grande, insistiría que... bueno que... yo quería ir adonde ellos. ¿Y si eran malos? Si no fueran malos no hubiesen matado a la vizcacha. 

¿De dónde venía ese ruido? La luz apenas se colaba por entre las ramas. El ruido se repitió como un rastreo sobre la tierra. Mi mano palpó una cosa ovalada, ligera, y la apreté. Sentí un líquido pegajoso que me empapó los dedos. Claro que era un huevo, ¡como si yo no conociera lo que es un huevo! Vaya, era un amigo, una gallina seguramente. 

La verdad es que si estaba rodeada por una gallina entonces no había aventura. Se repetía lo de siempre: me había metido en la casa ajena y pronto me cogerían. A correr, pero ¿adónde?, ¿de regreso? No, eso no, nunca más. Seguiría adelante. Yo les explicaría; si se explica a los extraños siempre comprenden.

Me incorporé y seguí trepando. Otra vez el ruido rastreador de la gallina. Ojalá no se diera cuenta de su huevo. Las gallinas son estúpidas y miedosas. Quizás era la misma que había batido sus alas cuando salí al claro en el que encontré a la vizcacha muerta. Pero eso quedaba muy lejos. 

El túnel iba volviéndose tan angosto que tuve que echarme boca abajo, pues las ramas eran tan fuertes que ya no podía separarlas. Ahora estaba segura de que ese mundo albergaba
a gentes sumamente pequeñas. Ojalá me pudieran ver en mi totalidad. Es cierto que si me daban la vuelta me podrían ver hasta los pies. Mis pies, mis pies sangraban. La culpa la tenían
las piedras. 

Otra vez la gallina. Son asustadizas y persistentes. ¿Por qué no iba donde sus huevos a sentarse a hacer pollos? ¿Y si era su único huevo el que yo había roto? Siendo uno solo no tenía por qué molestarse tanto. Aunque un huevo debe ser muy importante para una gallina. Mañana pondrá otro y se olvidará. Las gentes se llevan sus huevos y las gallinas no se molestan.

Esta vez el ruido viene muy cerca de mí. Ninguna gallina camina así. Además, las gallinas hacen «clú clú». Esto no es gallina. Esto es otra cosa. 

Frente a mí se extendía el túnel tan estrecho y tan bajo que mi cabeza apenas podía pasar por él, pero yo sé que por donde pasa la cabeza pasa el resto del cuerpo; ya lo había experimentado muchas veces. 

La dificultad era el no poder moverme con rapidez. Las uñas mochas no ayudaban, ¿para qué me comería las uñas? Felizmente no podía ser un monstruo. Los monstruos son enormes y lanzan fuego por los ojos y por la boca, y no había nada chamuscado en ese túnel.

Esta vez lo sentí. Vino después del ruido. Sobre mi pierna izquierda. Pasó cuando la tenía quieta porque trataba de ver frente a mí en medio de la casi completa oscuridad. Se deslizó
con un toque leve un cuerpo resbaloso y se fue. 

No podía ser una culebra. Las culebras no existen sino en la imaginación, cuando no se puede dormir y se les ve enroscarse. No se había enroscado, luego no había nada que temer. 

Seguí adelante. Tenía que estar cerca. Me arrastré sin descanso mientras la noche se hundía en la maleza. La oscuridad no hizo que me perdiera. No tenía sino que seguir el mismo camino y las hierbas se habían ido separando más y más hasta dejarme pasar en cuclillas. Aquello que se había deslizado por mi pierna se había ido. Dicen que los animales salvajes le temen al hombre. Lo que fuera, no era «mi monstruo», era algún animal curioso. 

Estaba tan cansada que la cara me dolía, lo mismo que las rodillas, las manos, las piernas.

El monstruo se encontró con la gallina y la pulverizó con su aliento de fuego. Yo quise  decirle que la gallina estaba allí porque, por un descuido mío, se le había roto un huevo, pero él me miró con ojos inyectados y extendió una de sus patas que tenía uñas de garra y me alisó el cabello desgreñado. Tenía brazo de hombre y garras de fiera, sin embargo, su caricia era tan dulce que yo le dejé hacer sin protestar.

Levanté la cabeza. No vi sino sus ojos idiotas e insensibles de reptil, más arriba de mi cabeza, a pocos centímetros de mi frente. Permanecí hipnotizada con la cabeza ligeramente levantada sobre la tierra donde yacía tendida. Mis manos, ¿dónde estaban mis manos? Ahora no las sentía, las había perdido. 

Los ojos sin pestañas no parpadeaban; en la penumbra permanecían suspendidos sin contornos. El silencio me había encajonado: los gritos de las lechuzas y el viento barriendo los campos me llegaban sordamente. 

Un aliento fétido cayó sobre mi cara. Eso jadeaba. Sus pupilas hacia arriba dejaban una distancia protuberante y blanca en la parte baja del globo del ojo. No parecían verme y, sin embargo, yo sabía que me observaban. 

Las pupilas desaparecieron, pero ahí estaban esperando sin moverse. El aliento fétido se hizo menos soportable. Mis músculos comenzaron a existir, tuve conciencia de mi mano izquierda debajo de mi cuerpo, la derecha crispada sobre la tierra, arañándola, pidiéndole ayuda. 

Fue un movimiento instintivo y brutal. Los ojos volvieron a emerger de la penumbra cuando el puñado de tierra se escapó de mi mano cayendo certero sobre ellos. Un bulto enorme me aplastó, buscándome, estrujándome, mientras me debatía tratando de escurrirme. 

Sus miembros buscaban mis miembros tratando de definirme. El aliento fétido mareaba, me pedía que me abandonase. Hallé una piedra y golpeé, golpeé donde encontraba resistencia hasta que oí el jadeo aminorarse. Seguí golpeando contra algo duro, seguí aun cuando el líquido tibio se deslizó por mis manos, seguí golpeando hasta que no oí ya nada más sino los nítidos chillidos de las lechuzas triunfantes, apaciguando al viento. 

Retrocedí. Me encontré de nuevo en el espacio donde se alzaba el árbol ahora transparente contra la luna en el cielo. El bulto de la vizcacha era apenas una sombra junto al tronco. En una mano todavía sostenía la piedra, la otra estaba cerrada guardando un secreto áspero. 

La luz fría y blanca me mostró unas manos húmedas con manchas de tierra mojada. Levanté mi mano izquierda y la abrí: en el hueco de la palma un pedazo de piel sanguinolenta se sostenía pertinaz a unos mechones lacios y negros que se incrustaban entre mis uñas rotas, violentamente criminales.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 4)

Nadie podría imaginar algo tan extraño y maravilloso como lo que le sucedió a mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que voy a referirte, lector. ¿Acaso no has sentido alguna vez tu interior lleno de extraños pensamientos? ¿Quién no ha sentido latir su sangre en las venas y un rojo ardiente en las mejillas? 

Las miradas parecen buscar entonces imágenes fantásticas e invisibles en el espacio y las palabras se exhalan entrecortadas. En vano los amigos te rodean y te preguntan qué te sucede. Y tú querrías pintar con sus brillantes colores, sus sombras y sus luces destellantes, las vaporosas figuras que percibes, y te esfuerzas inútilmente en encontrar palabras para expresar tu pensamiento. 

Querrías reproducir con una sola palabra todo cuanto estas apariciones tienen de maravilloso, de magnífico, de sombrío horror y de alegría inaudita, para sacudir a los amigos como con una descarga eléctrica, pero toda palabra, cada frase, te parece descolorida, glacial, sin vida. Buscas y rebuscas, y balbuces y murmuras, y las tímidas preguntas de tus amigos vienen a golpear, como el soplo del viento, tu ardiente imaginación hasta acabar apagándola. 

Pero si tú, como un hábil pintor, trazas un rápido esbozo de tales imágenes interiores, del mismo modo puedes también animar con poco esfuerzo los colores y hacerlos cada vez más brillantes, y las diversas figuras fascinan a los amigos que te ven en medio del mundo que tu alma ha creado. 

Debo confesar que, a mí, querido lector, nadie me ha preguntado por la historia del joven Nataniel; pero tú sabes que yo pertenezco a esa clase de autores que cuando se encuentra en el estado de ánimo que acabo de describir se imagina que cuantos lo rodean, e incluso el mundo entero, le preguntan, «¿qué te pasa?, ¡cuéntanos!». Así, una fuerza poderosa me obliga a hablarte del fatal destino de Nataniel. 

Su vida singular me impresionaba, y por esta razón me atormentaba la idea de comenzar su historia de una manera significativa, original. «Érase una vez…» bonito principio, para aburrir a todo el mundo. «En la pequeña ciudad de S…, vivía…» algo mejor, si se tiene en cuenta que prepara ya el desenlace. 

O bien entrar in medias res:
«—¡Váyase al diablo! —exclamó colérico con los ojos llenos de furia y de espanto el estudiante Nataniel cuando el vendedor de barómetros Giuseppe Coppola…». 

Así había empezado ya a escribir cuando creí ver algo de burla en la enfurecida mirada de Nataniel, aunque la historia no es en absoluto divertida. No me vino a la mente ninguna frase que reflejara el estallido de colores de la imagen que brillaba en mi interior. Decidí entonces no empezar. Toma, querido lector, las tres cartas que mi amigo Lotario me invitó a compartir como el esbozo del cuadro que me esforzaré, en el curso de la narración, en animar cada vez con más colorido, lo mejor que pueda.

Quizá consiga, como un buen retratista, dar a algún personaje un toque expresivo de manera que al verlo lo encuentres parecido al original, aun sin conocerlo, y te parecerá verlo en persona. Quizá creerás, lector, que no hay nada tan maravilloso y fantástico como la vida real, y que el poeta se limita a recoger un pálido brillo, como en un espejo sin pulir.

Para que desde el principio quede claro lo que es necesario saber, hay que añadir como aclaración a las cartas que, inmediatamente después de la muerte del padre de Nataniel, Clara y Lotario, hijos de un pariente lejano también recientemente fallecido, fueron recogidos por la madre de aquel.

Clara y Nataniel sintieron una fuerte inclinación mutua, contra la que nadie tuvo nada que oponer. Estaban, pues, prometidos cuando Nataniel abandonó la ciudad para proseguir sus estudios en G. Aquí se encuentra mientras escribe su última carta y asiste al curso del célebre profesor de física Spalanzani.

Ahora podría continuar mi relato tranquilamente, pero la imagen de Clara se presenta ante mis ojos tan llena de vida que no puedo apartarla de mí, como me pasaba siempre que me miraba dulcemente. No podía decirse que Clara fuese bella, esto pensaban al menos los entendidos en belleza. Sin embargo, los arquitectos elogiaban la pureza de las líneas de su talle; los pintores decían que su nuca, sus hombros y su seno eran tal vez demasiado castos, pero todos amaban su maravillosa cabellera que recordaba a la de la Magdalena y coincidían en el color de su tez, digno de un Battoni. 

Uno de ellos, un auténtico extravagante, comparaba sus ojos a un lago de Ruisdael, donde se reflejan el azul del cielo, el colorido del bosque y las flores del campo, la vida apacible. 

Poetas y virtuosos iban más lejos y decían:
—¡Cómo hablan de lagos y de espejos! No podemos contemplar a esta muchacha sin que su mirada haga brotar de nuestra alma cantos y armonías celestes que nos sobrecogen y nos animan. ¿Acaso no cantamos nosotros también, y alguna vez hasta creemos leer en la tenue sonrisa de Clara que es como un cántico, no obstante algunos tonos disonantes?

Así era. Clara poseía la imaginación alegre y vivaz de un niño inocente, un alma de mujer tierna y delicada, y una inteligencia penetrante y lúcida.

Los espíritus ligeros y presuntuosos no tenían nada que hacer a su lado, pues ella, sin muchas palabras, conforme a su temperamento silencioso, parecía decirles con su mirada transparente y su sonrisa irónica: «Queridos amigos, ¿pretenden que mire sus tristes sombras como auténticas figuras animadas y con vida?». 

Por esta razón Clara fue acusada por muchos de ser fría, prosaica e insensible. Pero otros, que veían la vida con más claridad, amaban fervorosamente a esta joven y encantadora muchacha; pero nadie tanto como Nataniel, quien se dedicaba a las ciencias y a las artes con pasión. Clara le correspondía con toda su alma. 

Las primeras nubes de tristeza pasaron por su vida cuando se separó de ella. ¡Con cuánta alegría se arrojó en sus brazos cuando él, al volver a su ciudad natal, entró en casa de su madre, como había anunciado en su última carta a Lotario! 

Sucedió entonces lo que Nataniel había imaginado; en el momento en que volvió a ver a Clara desapareció la imagen del abogado Coppelius y la fatal y razonable carta de Clara, que tanto lo había contrariado.

Sin embargo, Nataniel tenía razón cuando escribía a su amigo Lotario que su encuentro con el repugnante vendedor de barómetros había ejercido una funesta influencia en su vida. 

Todos sintieron desde los primeros días de su estancia que Nataniel había cambiado su forma de ser. Se hundía en sombrías ensoñaciones y se comportaba de un modo extraño, no habitual en él. La vida era sólo sueños y presentimientos; hablaba siempre de cómo los hombres, creyéndose libres, son sólo juguete de oscuros poderes, y humildemente deben conformarse con lo que el destino les depara. 

Aún iba más lejos, y afirmaba que era una locura creer que el arte y las ciencias pueden ser creados a nuestro antojo, puesto que la exaltación necesaria para crear no proviene de nuestro interior sino de una fuerza exterior de la que no somos dueños.

Clara no estaba de acuerdo con esos delirios místicos pero era inútil refutarlos. Sólo cuando Nataniel afirmaba que Coppelius era el principio maligno que se había apoderado de él en el momento en que se escondió tras la cortina para observarlo, y que aquel demonio enemigo turbaría su dichoso amor, Clara decía seriamente:

—Sí, Nataniel, tienes razón, Coppelius es un principio maligno y
enemigo, puede actuar de forma espantosa, como una fuerza diabólica que se introduce visiblemente en tu vida, pero sólo si no lo destierras de tu pensamiento y de tu alma. Mientras tú creas en él, existirá; su poder está en tu credulidad.

Nataniel, irritado al ver que Clara sólo admitía la existencia del demonio en su interior, quiso probársela por medio de doctrinas místicas de demonios y fuerzas oscuras, pero Clara interrumpió la discusión con una frase indiferente, con gran disgusto de Nataniel. 

Pensó entonces que las almas frías encerraban estos profundos misterios sin saberlo, y que Clara pertenecía a esta naturaleza secundaria, por lo cual decidió hacer todo lo posible para iniciarla en tales secretos. Al día siguiente, mientras Clara preparaba el desayuno, fue a su lado y empezó a leer diversos pasajes de libros místicos, hasta que Clara dijo:

—Pero, mi querido Nataniel, ¿y si yo te considerase a ti como el
principio diabólico que actúa contra mi café? Porque, si me pasara el día escuchándote mientras lees y mirándote a los ojos como tú quieres, el café herviría en el fuego y no desayunaríais ninguno.

Nataniel cerró el libro de golpe y se dirigió malhumorado a su
habitación. En otro tiempo había escrito cuentos agradables y animados que Clara escuchaba con indescriptible placer, pero ahora sus composiciones eran sombrías, incomprensibles, vagas, y podía sentir en el indulgente silencio de Clara que no eran de su gusto. 

Nada era peor para Clara que el aburrimiento; su mirada y sus palabras dejaban ver que el sueño se apoderaba de ella. Las obras de Nataniel eran de hecho muy aburridas. Su disgusto por el frío y prosaico carácter de Clara fue en aumento, y Clara no podía vencer el mal humor que le producía el sombrío y aburrido misticismo de Nataniel; y así, sus almas se fueron alejando una de otra, sin que se dieran cuenta.

La imagen del odioso Coppelius, como el mismo Nataniel podía reconocer, cada vez era más pálida en su fantasía, y hasta le costaba a menudo un esfuerzo darle vida y color en sus poemas, donde aparecía como un horrible espantajo del destino. Finalmente, el atormentado presentimiento de que Coppelius destruiría su amor le inspiró el tema de una de sus composiciones. 

Se describía a él mismo y a Clara unidos por un amor fiel, pero de vez en cuando una mano amenazadora aparecía en su vida y les arrebataba la alegría. Cuando por fin se encontraban ante el altar aparecía el horrible Coppelius que tocaba los maravillosos ojos de Clara; estos saltaban al pecho de Nataniel como chispas sangrientas encendidas y ardientes, luego Coppelius se apoderaba de él, lo arrojaba a un círculo de fuego que giraba con la velocidad de la tormenta y lo arrastraba en medio de sordos bramidos, de un rugido como cuando el huracán azota la espuma de las olas en el mar, que se alzan, como negros gigantes de cabeza blanca, en furiosa lucha. En medio de aquel salvaje bramido oyó la voz de Clara:

—¿No puedes mirarme? Coppelius te ha engañado, no eran mis ojos los que ardían en tu pecho, eran ardientes gotas de sangre de tu propio corazón… yo tengo mis ojos, ¡mírame!

Nataniel piensa: «Es Clara, y yo soy eternamente suyo». Es como si dominase el círculo de fuego donde se encuentra, y el sordo estruendo desaparece en un negro abismo. Nataniel mira los ojos de Clara, pero es la muerte la que lo contempla amigablemente con los ojos de Clara.

Mientras Nataniel escribía este poema estaba muy tranquilo y reflexivo, limaba y perfeccionaba cada línea, y volcado por completo en la rima, no descansaba hasta conseguir que todo fuera puro y armonioso. Cuando terminó y leyó el poema en voz alta, el horror se apoderó de él y exclamó espantado:
—¿De quién es esa horrible voz?

Enseguida le pareció, sin embargo, que había escrito un poema excelente, y que podría inflamar el frío ánimo de Clara, sin darse cuenta de  que así conseguiría sobresaltarla con terribles imágenes que presagiaban un destino fatal que destruiría su amor.

Nataniel y Clara se hallaban sentados en el pequeño jardín de su madre. Clara estaba muy alegre porque Nataniel, desde hacía tres días durante los cuales había trabajado en el poema, no la había atormentado con sus sueños y presentimientos. También Nataniel hablaba con entusiasmo y alegría de cosas divertidas, de modo que Clara dijo:
—Ahora vuelvo a tenerte, ¿ves cómo hemos desterrado al odioso Coppelius?

Nataniel entonces se acordó de que llevaba el poema en el bolsillo y de que deseaba leérselo. Sacó las hojas y comenzó su lectura. Clara, esperando algo aburrido como de costumbre, y resignándose, empezó a hacer punto. Pero, del mismo modo que se van levantando los negros y cada vez más sombríos nubarrones, dejó caer su labor y miró fijamente a Nataniel a los ojos. 

Este seguía su lectura fascinado, con las mejillas encendidas y los ojos llenos de lágrimas. Cuando terminó suspiró profundamente abatido, cogió la mano de Clara y sollozando exclamó desconsolado:
—¡Ah, Clara, Clara! —Clara lo estrechó contra su pecho y le dijo
dulcemente pero seria:
—Nataniel, querido Nataniel, ¡arroja al fuego esa loca y absurda historia!
Nataniel se levantó indignado y exclamó apartándose de Clara:
—Eres un autómata inanimado y maldito —y se alejó corriendo.
Clara se echó a llorar amargamente, y decía entre sollozos:
—Nunca me ha amado, pues no me comprende.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 3)

 Nataniel a Lotario

Me resulta muy penoso el que Clara, por un error que causó mi
negligencia, haya roto el sello de mi carta y la haya leído. Me ha escrito una epístola llena de una profunda filosofía, según la cual me demuestra explícitamente que Coppelius y Coppola sólo existen en mi interior y que se trata de fantasmas de mi Yo que se verán reducidos a polvo en cuanto los reconozca como tales. 

Uno jamás podría imaginar que el espíritu que brilla en sus claros y estremecedores ojos, como un delicioso sueño, sea tan inteligente y pueda razonar de una forma tan metódica. Se apoya en tu autoridad. ¡Han hablado de mí los dos juntos! Le has dado un curso de lógica para que pueda ver las cosas con claridad y razonadamente. 

¡Déjalo! Además, es cierto que el vendedor de barómetros Coppola no es el viejo abogado Coppelius. Asisto a las clases de un profesor de física de origen italiano que acaba de llegar a la ciudad, un célebre naturalista llamado Spalanzani. Conoce a Coppola desde hace muchos años y, por otra parte, es fácil observar su acento piamontés. Coppelius era alemán, pero no un alemán honesto. 

Aun así, no estoy del todo tranquilo. Tú y Clara pueden seguir considerándome un sombrío soñador, pero no puedo apartar de mí la impresión que Coppola y su espantoso rostro causaron en mí. Estoy contento de que haya abandonado la ciudad, según dice Spalanzani. 

Este profesor es un personaje singular, un hombre rechoncho, de pómulos salientes, nariz puntiaguda y ojos pequeños y penetrantes. Te lo podrías imaginar mejor que con mi descripción mirando el retrato de Cagliostro realizado por Chodowiecki y que aparece en cualquier calendario berlinés; así es Spalanzani. 

Hace unos días, subiendo a su apartamento, observé que una cortina que habitualmente cubre una puerta de cristal estaba un poco separada. Ignoro yo mismo cómo me encontré mirando a través del cristal.

Una mujer alta, muy delgada, de armoniosa silueta, magníficamente vestida, estaba sentada con sus manos apoyadas en una mesa pequeña. Estaba situada frente a la puerta, y de este modo pude contemplar su rostro arrebatador. Pareció no darse cuenta de que la miraba, y sus ojos estaban fijos, parecían no ver; era como si durmiera con los ojos abiertos. 

Me sentí tan mal que corrí a meterme en el salón de actos que está justo al lado. Más tarde supe que la persona que había visto era la hija de Spalanzani, llamada Olimpia, a la que este guarda con celo, de forma que nadie puede acercarse a ella. Esta medida debe ocultar algún misterio, y Olimpia tiene sin duda alguna tara. 

Pero ¿por qué te escribo estas cosas? Podría contártelas personalmente. Debes saber que dentro de dos semanas estaré con ustedes. Tengo que ver a mi ángel, a mi Clara. Entonces podrá borrarse la impresión que se apoderó de mí (lo confieso) al leer su carta tan fatal y razonable. Por eso no le escribo hoy.

Mil abrazos, etcétera.

El perro - Yelinna Pulliti Carrasco

La aguja del medidor cayó y el auto se detuvo.

Angello se apeó y le arreó una patada. Acababa de quedarse sin gasolina, hacía un frío endemoniado y, para colmo, estaba a cien kilómetros del área poblada más cercana.

—¡Por la grandísima...!

Intentó mantener la calma, pero ya le era bastante difícil. Estaba varado junto a un camino solitario en el que, con suerte, vería pasar a alguien después de varios días. No le gustaba la idea de estar en un lugar desconocido sin agua ni comida, rodeado apenas por la hierba seca y un aire capaz de helarle los pulmones, y todo por haberse desviado de la carretera para acortar el trayecto unas pocas horas.

—¿Por qué tenía que pasarme esto justo ahora?

Se juró nunca más aceptar entregar encomiendas en lugares remotos, sin importar cuánto dinero le ofrecieran. Según sus cálculos, debía estar de regreso en la capital en la madrugada.
Unas horas de retraso y eran capaces de acusarlo de robo.

Le dio otra patada al auto. Abrió la puerta y se recostó en el asiento de atrás intentando pensar en qué debía hacer.

Nunca debió sobreestimar el volumen de su tanque de gasolina y menos en una zona completamente despoblada. Se había pasado la mitad del camino seguro que podría llegar a la ciudad sin recargar el tanque, y la otra mitad rogando por llegar a cualquier parte donde poder adquirir gasolina y comida antes de agotar el combustible del todo.

Pasaron algunas horas después de las cuales dejó de considerar que quedarse en su auto fuera una buena idea. Se trepó sobre el techo esperando ver algo, pero todo estaba quieto y tan silencioso que empezó a sentir una extraña presión en los oídos. Ni siquiera se veían pájaros. Volvió a bajar, buscó sus mapas en la maletera y se puso a examinarlos hasta que se le cansó la vista. 

Era inútil, ninguno mencionaba el camino por el que se había desviado, no tenía ni la menor idea de dónde se encontraba. Recordaba estar al sudeste de la carretera tal antes de llegar al puente tanto, eso era todo.

Se sentó junto al volante e intentó pensar.

Si se quedaba, lo más seguro es que moriría de deshidratación antes de que alguien lo hallara. Eso lo hizo temblar, la única agua que poseía era la del radiador.

—Cómo pude ser tan estúpido…

Dejó caer los mapas que tenía en la mano y movió la cabeza.

—Si permanezco aquí, me moriré antes de que alguien me encuentre... o encuentre lo que haya quedado de mí. ¿Cuánto puede vivir una persona sin absolutamente nada de agua ni alimento?

Volvió a contemplar el horizonte.

—¿Cuatro días?, ¿acaso cinco?

Una ráfaga de viento helado le dio de lleno.

—¿Debo dejar que la suerte decida si debo caer muerto en este maldito desierto?
Salió del auto y permaneció observando el horizonte durante varios minutos.

—¿Cuánto seré capaz de esperar antes de que sea demasiado tarde?

Parecía no tener opción.

Se abrochó la casaca, cerró su auto y se alejó.

La tarde avanzaba con rapidez y Angello estaba cada vez más preocupado. Según su reloj ya llevaba casi seis horas caminando sin ver absolutamente a nadie. Por momentos, tenía la sensación de que toda la extensión del Espacio se desplegaba, plana y vacía, frente a él. Le dolía todo el cuerpo y sentía un hambre feroz. Ya la noche estaba cayendo y no tenía ninguna luz, ni linterna, ni siquiera un encendedor.

—¡Demonios!

Antes de que se diera cuenta, la oscuridad fue tal que apenas pudo ver unos metros delante. El corazón empezó a acelerársele. Se olvidó del cansancio y del hambre, solo quería escapar de esa tremenda sensación de soledad. Empezó a hablar en voz alta, a silbar y a cantar hasta que el aire frío lo dejó ronco. Por momentos se detenía, esperando oír algo, pero el silencio era completo. El cielo no tenía ni una estrella y se veía tan denso y profundo que llegó a creer que se encontraba a miles de metros por debajo del mar.  

—Tranquilízate o te dará un infarto —se decía.

A pesar de que las piernas le temblaban, se juró no detenerse. Temía que si se dejaba caer a tierra no sería capaz de volver a levantarse. Sin darse cuenta empezó a alucinar: creía ver movimiento más allá de su estrecho radio de visión e incluso, por momentos, tenía la clara sensación de que lo observaban. Más de una vez gritó, pero no recibió respuesta.

Le parecía escuchar a alguien cerca antes de darse cuenta de que era el sonido de sus propios pasos. La atmósfera tenía una presencia casi humana, aplastante. Llegó a pensar que podría coger puñados de aire.

El paisaje era tan monótono que se preguntó si no estaría caminando en círculos. En medio de su delirio, se creyó víctima de una cruel confabulación perpetrada por todos los elementos de los que dispone el Universo para hacer el mal; entonces se sentía vulnerable, como si del cielo pudiera caer un rayo y aniquilarlo, como si en cualquier instante pudiera simplemente desaparecer sin dejar rastro alguno de haber existido.

Al no poder ver su reloj, perdió la noción del tiempo y estuvo seguro de haber caminado durante siglos enteros en medio de un mar helado, a años luz de cualquier otra cosa que pudiera existir y que fuera algo más que vacío.

El alba lo sorprendió al borde de un ataque de nervios, mareado de cansancio y medio muerto de hambre y frío. Apenas notó que el cielo empezaba a clarear, las lágrimas se asomaron a sus ojos. De un golpe, la luz borró sus alucinaciones. Maravillado por el hecho de que aún hubiera un sol en el firmamento, empezó a llorar.

Pasaron varios minutos antes de que estuviera en condiciones de seguir caminando. Se pasó las manos por el rostro y su vista fue atraída por una alta colina. Se dirigió a ella y trepó esperando tener un mejor punto de observación.

Ya era de día cuando llegó a la cima. Desde allí, contempló el horizonte.

A lo lejos se distinguía una casa pequeña e insignificante en medio de la llanura. De lo que parecía una chimenea, se extendía un hilo de humo.

Angello sintió que de alguna forma era nuevamente arrojado al mundo, descendió de la colina a saltos y corrió con todas sus fuerzas hacia la casa. Ya estaba a escasos metros cuando notó que, de un costado, un enorme perro de pelaje oscuro le daba el encuentro ladrando con fuerza.

Angello se detuvo, el perro seguía ladrando y mostrándole los colmillos. Definitivamente, ese animal no permitiría que se acercara a la casa.

—Diablos…

Angello dio un paso adelante y el perro le gruñó de tal forma que solo daba a entender que lo haría pedazos si se atrevía a acercarse más. Pero Angello no podía simplemente alejarse y buscar otro sitio donde pedir ayuda, el siguiente podía estar a varios días de distancia. 

Además, estaba tan agotado que pensó que no sería capaz de huir si el perro corría a morderlo.

Intentaba pensar en alguna manera de espantarlo cuando escuchó que alguien llamaba:

—¡Tadeo! ¡Tadeo!

Angello vio a un hombre que rondaba seguramente los setenta años en el umbral de la puerta haciendo señas para atraer al perro.

Este corrió hacia su amo moviendo la cola.

El desconocido observó a Angello como si se asegurara de que no fuera peligroso.

—¡Buenos días! —dijo acercándose—. Espero que comprendas a Tadeo, no suele pasar mucha gente por aquí, suele ladrarle a todo lo que se mueve. Angello pensó que era algo muy lógico tratándose de un lugar como ese. El perro lo observaba con la cabeza baja, desconfiado. Angello deseaba desesperadamente pedirle ayuda al extraño, pero no quería arriesgarse a ser atacado por un animal capaz de derribarlo.

—Mi nombre es Oskar —se presentó el viejo—. Tadeo se encarga de cuidar mi propiedad y avisarme si alguien se acerca.

Miró a Angello de arriba a abajo:

—Parece que necesitas ayuda.

Este asintió.

—Quedé varado a un lado del camino ayer —dijo en tono de súplica—. He pasado una noche espantosa y apenas me tengo en pie... si usted pudiera…

Oskar sonrió benevolente y le ordenó a su perro hacerse a un lado. 

Mientras devoraba lo que le diera Oskar, Angello le contó el porqué se encontraba en un lugar tan apartado y del sitio aproximado donde había abandonado su auto. Se cuidó de
omitir todo lo referente a sus padecimientos durante su caminata nocturna, especialmente porque él también quería olvidarlos.

Oskar, a su vez, le contó que vivía solo en esa casa desde hacía más de veinte años, la mitad de los cuales, Tadeo le había hecho compañía.

—Además de esta casa, tengo una huerta y algunas gallinas —dijo—. Suelo vender y comprar las cosas que necesito en el pueblo que está a un día de camino en mi camioneta.

—¿A un día en camioneta? —preguntó Angello.

—Sé lo que estás pensando —le respondió Oskar, observándolo—. Podría usarla para remolcar tu auto hasta el pueblo donde podrías comprar gasolina. Pero la tengo estropeada desde hace días, tendrás que esperar hasta que la repare.

—¿Cuánto podría tardar eso? Yo apenas tengo dinero para…

—No tienes que pagarme la estadía —lo interrumpió—. A cambio de la habitación y la comida que te dé, quiero que te dediques a limpiar un poco este lugar y hacer lo que te ordene.

—¿Qué?

—Ya me escuchaste.

—Pero yo lo único que quisiera es…

—Tú eliges: es eso o llegar hasta el pueblo por tus propios medios y, por lo que veo —señaló a Angello con la cabeza—, no creo que puedas durar lo suficiente para completar el trayecto.
Angello no respondió, temía que Oskar tuviera razón. En el fondo, habría preferido pagar por el cuarto y el alimento, o por lo menos disponer de un teléfono. Ya se imaginaba el revuelo que habría en la fábrica debido a su retraso; cuando regresara, su supervisor iba a arrancarle las orejas.

—No puedo perder más tiempo —dijo.

—Solo serán dos o tres días —insistió Oskar—, entonces podremos ir por tu auto. Además —se inclinó hacia él—, con la cara que tienes se te nota que realmente necesitas descansar un par de días.

Angello se pasó la mano por el rostro. Hasta ese momento había ignorado el aspecto que debía tener después de pasar toda una noche huyendo de ni él sabía qué. Más Oskar estaba
en lo correcto, necesitaba urgentemente reposo.

—Te prometo no demorar más que eso —le dijo, casi con lástima— y, si sucede, de todos modos intentaremos pensar en qué se puede hacer al respecto.

Angello inclinó la cabeza en gesto de resignación.

Oskar le permitió dormir en la habitación vacía del segundo piso. Cuando despertó, ya era avanzada la tarde. Sabiendo que no podría volver a conciliar el sueño, se levantó.

La casa más se asemejaba a una cueva. Las paredes parecían hechas de tierra, la habitación era oscura y no había electricidad. Angello no dejaba de sentirse incómodo, todo allí exhalaba un aura de frío abandono.

—Ideal para una persona solitaria —pensó.

Dio algunas vueltas por el cuarto sin pensar en nada en concreto, hasta que percibió que alguien estaba bajo su ventana, fue a abrirla esperando encontrar a Oskar.

Pero en su lugar estaba Tadeo, apenas este lo vio empezó a gruñir amenazante.

Al notar cómo se le erizaba el pelo, Angello empezó a inquietarse. Se preguntó, en el caso de que tuviera la oportunidad, si Tadeo podría alcanzarle el cuello de un salto y si tendría la intención de hacerlo. Lentamente retrocedió y cerró la ventana. Se oyeron varios gruñidos más y luego el rumor de patas que corrían, alejándose.

—Maldito perro —murmuró.

Trató de no pensar en él, ya bastante tenía con recordar lo que le esperaba en la fábrica después de retrasarse tanto tiempo. No era solo por el hecho de que lo despidieran, el malnacido de su supervisor no desaprovecharía la oportunidad de hacer públicas todas sus faltas.

—¡Angello!

La voz de Oskar lo regresó a la realidad. Pudo escuchar sus pasos subir las escaleras.

—¡Angello!

No quiso admitir que tenía miedo de abrirle. Por las pisadas, intentó averiguar si venía con su perro.

Oskar entró al cuarto sin avisar:

—Te he estado llamando —le dijo de mal humor.

—Ya lo sé.

—Supongo que ya habrás dormido lo suficiente.

—Sí, desperté hace un rato.

—¿Entonces por qué no bajabas?

—Tadeo me vio por la ventana y empezó a gruñir.

—¿Y qué con eso?

—Ese perro parece querer atacarme.

Oskar soltó tal carcajada que hizo que Angello se sobresaltara.

—¿De qué se ríe tanto? —le preguntó colérico.

—No seas tonto —le recriminó el viejo—, Tadeo jamás ha atacado a nadie.

—Siempre hay una primera vez.

—Mira, no quiero oír más de eso. Si Tadeo estuvo husmeando es porque no te conoce y punto.

—Gruñe de tal forma que…

—Te he dicho que no quiero oír más de ese asunto.

—Pero…

—¡Silencio! Llevo diez años viviendo con Tadeo, lo conozco mejor que a mí mismo y cuando digo que jamás atacaría a nadie es porque es cierto. Angello prefirió no seguir discutiendo. Quería creer lo que Oskar le decía, que tal vez su perro solo sabía asustar a los extraños, pero en su interior lo corroía la duda.

Esa tarde Oskar lo puso a barrer el suelo mientras él trabajaba en su camioneta. Angello se alegró que se llevara a Tadeo consigo, pues el animal no dejaba de mirarlo con ojos feroces. Mientras barría, su preocupación iba en aumento, no confiaba en Oskar. 

La razón por la que su perro no había atacado a nadie anteriormente podía deberse a que no había ninguna persona a quién atacar; y ahora que él estaba en la casa, fácilmente Tadeo podría percibir que su territorio estaba siendo invadido y defenderlo hasta las últimas consecuencias. Considerando todo esto, llegó a pensar en robarle comida a Oskar, coger algo de ropa y huir, pero al recordar que el pueblo más cercano estaba a un día en camioneta, le pareció una locura, no tenía medios para recorrer a pie una distancia tan grande. Además, ya estaba anocheciendo.

Creyó más prudente esperar.

Al día siguiente ambos se pusieron a arreglar los corrales de las gallinas. Trabajaban en silencio, Oskar aparentemente feliz de tener a un ayudante y Angello impaciente porque este volviera a ocuparse de la camioneta.

—Terminado —dijo Oskar secándose el sudor de la frente—. Voy a preparar la comida. Recoge algunos huevos y entra por la puerta de atrás. No te demores, te estaré esperando.

Entró a la casa mientras Angello lo fulminaba con la mirada:

—Un «por favor» no le habría costado nada.

De rodillas, revisaba los nidos cuando sintió que alguien lo observaba, intentó ignorarlo, pero la sensación se hizo tan fuerte que se vio obligado a mirar sobre sus hombros.

Frente a él, los profundos ojos amarillos de Tadeo aparecieron muy cerca de los suyos.

Se incorporó de un salto.

Antes de que el perro hiciera algún movimiento, Angello caminó hacia la casa intentando mantener una distancia prudencial, mas Tadeo corrió y se plantó frente a la puerta impidiéndole el paso.

Empezó a ladrar.

—¡Quítate! —le gritó.

Solo consiguió hacerlo ladrar más fuerte.

—¡Quítate, demonios!

Tadeo empezó a avanzar y Angello a retroceder, si se atrevía a atacarlo le patearía el hocico, estaba decidido, aunque después Oskar lo echara de la casa a palos.

—¡Lárgate!

Angello trató de ignorar el acelerado golpetear de su corazón, bastaba que Tadeo hiciera un mínimo movimiento para que la adrenalina inundara su sangre. Temía que el perro llegara a adivinar la superioridad que poseía ante él.

—¡Cállate!

Tadeo hizo ademán de querer atacar.

—Tendré suerte si solo me muerde un brazo —pensó.

Inconscientemente, Angello se preparó para una embestida.

Tadeo arqueó la espalda aparentemente preparándose para saltar, cuando de pronto la puerta se abrió y apareció Oskar.

—¡Tadeo! —gritó—, ¡deja de estar fastidiando! ¡Ve y métete a tu caja!

Este movió las orejas y obedeció en el acto.
Angello lo vio alejarse y respiró sintiendo cómo desaparecía la tensión de su cuerpo, iba a agradecerle a Oskar, pero este empezó a decir:

—No era necesario que gritaras de esa forma. Tadeo no obedece a la gente desconocida.

—¿Entonces qué otra cosa podía hacer?

—No hacerle caso, simplemente.

—No creo que pueda mientras me está ladrando de esa forma.

—La culpa es tuya. No debiste levantar la voz.

—¡Ese animal parecía querer lanzarse encima de mí! ¡Yo no quería gritarle, él me obligó!

—Ya te he dicho que Tadeo jamás ha atacado a nadie. Tú debes haberlo provocado de
alguna forma.

—¡Yo no lo provoqué!

Oskar lo miró enojado, era evidente que no le creía una palabra, después de arrebatarle la canasta de huevos, entró en la casa.

Desde el exterior, Angello pudo escuchar su risa. Se sintió tan humillado que, en lugar de enfurecerse, se le formó un nudo en la garganta.

—¿Por qué Tadeo, cada vez que me ve, se pone a gruñir como si quisiera cogerme del cuello? —le preguntó Angello a Oskar durante el almuerzo.

—No debes preocuparte por él, solo ataca a lo que considera su presa.

—¿Presa? ¿Es un perro cazador?

—Suele perseguir y matar a los animales que se aproximan demasiado. Aunque no lo parezca, en esta zona hay ratas.

—Es decir que... ya ha probado la sangre.

—Sí, pero ha sido sangre de animales.

—Pero aun así…

—¿No me digas que crees tener sangre de rata en las venas? —empezó a reírse—. No me sorprendería.

—No le permito que se burle, yo lo único que…

—Y yo no te permito que hables mal de mi perro y además andes imaginando cosas. ¿Me escuchaste?

—En ningún momento he hablado mal de su perro.

—Y más te vale que no lo hagas. Recuerda que estás en mi casa y por eso deberás acatar mis reglas. Si Tadeo se muestra agresivo es solo por instinto. Te lo repito: él solo mata a animales de presa, nada más.

—Pero si está defendiendo la casa de los intrusos, entonces…

—Si sigues insistiendo con este asunto te echaré de aquí y ya verás cómo te las arreglas.

—Lo que pasa es que…

—Haz el favor de cerrar la boca.

Angello prefirió obedecer a pesar de que no quedó más tranquilo después de oír lo que le dijera Oskar. Tenso como estaba, llegó a pensar que Tadeo lo había escogido como su presa, dispuesto a atacarlo en cualquier momento.

—Tal vez está escogiendo el momento adecuado, sabe que soy un animal grande, tal vez quiere atacarme por la espalda, tal vez…

Empezó a temblar. Miró a Oskar y su expresión de indiferente despreocupación le hizo entender que no podía esperar ayuda de él.

Ya era de casi de noche cuando Oskar lo mandó traer verduras de la huerta. Apenas Tadeo lo distinguió en la semioscuridad, fue tras él. Angello no notó su presencia hasta que lo tuvo a un metro de sus piernas.

—Maldita sea. ¿Qué has venido a hacer aquí?

Tadeo empezó a gruñir y Angello a ponerse nervioso. La noche caía con rapidez y las formas se hacían más confusas. Los ojos de Tadeo brillaban fantasmales.

—Lárgate —le dijo con un hilo de voz.

Los gruñidos empezaron a hacerse más salvajes. Angello trataba vanamente de no sucumbir al pánico. Si el perro lo deseaba, podía asesinarlo de una mordida bien asestada y nadie lo sabría jamás a menos que Oskar lo confesara.

—Cuando te huela el miedo estarás muerto —pensó.

Apenas podía ver a Tadeo, pero sabía que este podía verlo perfectamente a él. Si Angello se movía, Tadeo mostraba sus colmillos. Angello a duras penas se obligaba a permanecer allí
y no salir corriendo.

A su mente volvieron las sensaciones de su caminata en la noche y tuvo ganas de gritar.

—... estarás muerto... —se repitió.

Tadeo se fundió en la oscuridad y solo se veían sus ojos amarillos. Estos empezaron a aproximarse, lentamente.

—No, maldición.

Los ojos parecían suspendidos en el aire. Por alguna razón, Angello no podía moverse, ignoraba si era debido al miedo o a la poderosa atracción que esos ojos ejercían en él. Eran casi hipnóticos, Angello se veía caer a través de ellos hacia la nada. Interiormente supo que estaba a merced de ese animal, a merced de lo que deseara hacer con él.

Rogó por dentro si es que Tadeo iba a matarlo, que no lo hiciera sufrir demasiado.

—¡¡Angello!!

La voz de Oskar la sintió como un latigazo en la espalda. Había roto el hechizo.

Este se acercaba con una lámpara de gas.

—¿Por qué demoras tanto?
Angello intentó responder, mas su garganta estaba seca.

—Entra a la casa. Ya veo que eres incapaz de hacer algo tan sencillo como arrancar unas cuantas plantas.

Angello, ignorando el despectivo comentario, se apresuró a obedecer. Por dentro sentía que le debía la vida a Oskar.

Esa noche permaneció contemplando la negra llanura desde su ventana, incapaz de conciliar el sueño. Para entonces habría vendido su alma al mismísimo infierno a cambio de estar en cualquier otro lugar, incluso hubiera preferido encontrarse en la fábrica recibiendo los insultos de su supervisor, cualquier cosa era preferible a permanecer en medio de un desierto a merced de un idiota y su perro.

—¿Cómo fui a meterme en esto?

Estaba considerando volver a la cama cuando, de entre las sombras, hizo su aparición Tadeo, posando su mirada sobre él. Sus ojos eran brillantes y Angello se sintió perderse en la pesada intensidad de su mirada, como si no fuera un perro el que lo observara, sino algo más grande, más demoníaco, algo que se ocultaba detrás de esos ojos encendiéndolos con un furor homicida.

Angello lanzó un gemido, Tadeo lo observaba inmóvil bajo su ventana, respirando fuertemente con el hocico entreabierto, incluso podía ver el vapor que exhalaba de sus fauces.

—Es cierto —murmuró aterrorizado—, va a cazarme, soy su presa.

Angello retrocedió alejándose de la ventana, jadeando como si lo hubieran herido de gravedad.

—¿Es que está esperando el momento adecuado para despedazarme? Entonces Tadeo se le presentó a su mente como la encarnación de todo el odio que pudiera pesar sobre él; se habían encontrado, se habían visto y se habían reconocido, y ahora uno de ellos destruiría al otro

No pudiendo soportarlo más, fue a refugiarse entre las mantas, lejos de la ventana. Desde allí podía escuchar el rumor que Tadeo producía al moverse. Se cubrió la cabeza con la almohada. Aun cuando le daba la espalda a la ventana, podía sentir sobre sí la poderosa mirada del animal, con los ojos fijos sobre él.

Apenas estaba amaneciendo cuando Angello se despertó. Ya no oía a Tadeo, pero no por eso estuvo más tranquilo. En sueños, estuvo seguro de haber sentido sus dientes alrededor de su cuello.

—Esto no puede continuar así.

Quiso comprobar que Oskar hubiera hecho algún avance en su camioneta. Procurando no hacer ruido, bajó al primer piso.

Para llegar hasta la puerta que daba a donde estaba la camioneta, primero debía atravesar el comedor y luego la cocina.

Para su mala suerte, allí se encontraba Tadeo.

Bastó que lo oliera para ponerlo en alerta. Nuevamente empezó a ladrarle.

—¡Cállate! —le gritó.

No hizo caso.

—¡¡Cállate!!

Pero mientras más fuerte gritaba Angello, más fuerte ladraba Tadeo. Apenas podían oírse, especialmente porque Angello necesitaba gritar, lanzar su miedo fuera de sí a gritos.

—¡Ya me cansaste, estúpido animal del diablo!

Alcanzó una jarra de metal dispuesto a golpearlo, mas Tadeo no se inmutó, lanzó unos ladridos tan potentes que le lastimaron los oídos a Angello.

Este sintió escalofríos, Tadeo ya estaba caminando hacia él, despacio, con la mirada encendida de odio.

Tadeo avanzaba un paso y Angello retrocedía otro, rodearon la mesa hasta llegar al umbral de la puerta de la cocina. Antes de darle más tiempo, Angello se la tiró en las narices al perro.

Este rasqueteó la puerta durante un largo rato antes de alejarse.

—Maldito animal —murmuró Angello, recostándose en la pared.
De pronto, oyó a Oskar riéndose a sus espaldas.

—¿¿Qué le parece tan divertido, eh?? —le preguntó furioso.

—No sé cómo puedes tenerle tanto miedo a Tadeo, ¡si no te ha hecho nada!

—¿¿¿Nada???

Oskar seguía riéndose, eso lo enfureció más. Si hubiera sido treinta años más joven lo habría molido a golpes.

—Su perro es una fiera —le dijo, casi gritando—. Lo único que sabe hacer es ladrar como un demonio y usted ni siquiera es capaz de reprenderlo.

— No tengo por qué reprenderlo. Ya bastante hago por ti permitiendo que te quedes, y si me veo obligado a escoger entre tu pellejo y Tadeo, creo que ya sabes cuál será mi elección.

—¿Y por qué tendría que verse obligado a hacer esa elección?

—No permitiré que lastimes a mi perro, óyelo muy bien.

Entonces Angello se dio cuenta de que aún tenía la jarra de metal en la mano. Era notorio que Oskar tomaba aquello como una declaración de guerra.

Ante enemigos tan poderosos, Angello se sintió completamente indefenso. Si permanecía con vida aún era porque inspiraba lástima, no podía haber otro motivo.

—Te lo repito —le advirtió Oskar al pasar a su costado, hacia el comedor—: si lastimas a mi perro no te lo perdonaré.

Salió.

La forma en que Oskar le había hecho esa última advertencia lo paralizó de miedo. Creyó posible que, en ese mismo momento, le estuviera enseñando a Tadeo la manera más efectiva de matar a una persona, y con solo imaginarlo, se sintió enfermo.

Desde el comedor, le llegó la risa de Oskar y creyó enloquecer.

—Mañana mismo me largo —pensó—. No sé cómo, ¡pero mañana mismo abandonaré este miserable lugar!

Aquella noche Tadeo no dejó de aullar helándole la sangre. Él ya no sabía a quién odiaba más: a Oskar o a Tadeo, pero lo que sí sabía era que no podía pasar otro día cerca de alguno
de los dos.

Por los aullidos sabía que el perro estaba bajo su ventana, incansable.

Angello se tapó los oídos intentando no escucharlo.

—Cállate —murmuró—, cállate, por Dios, cállate.

Los aullidos le eran insoportables, deseó desesperadamente que todo no fuera sino una horrenda pesadilla, que cuando despertara se hallara en su casa, para poder olvidarlo todo.

—Un sueño, una pesadilla, eso es todo —pensó al borde de la histeria—. Solo en las pesadillas suceden estas cosas.

Se preguntaba cuánto tiempo podía aullar un perro antes de cansarse. Sabiendo que no podría dormir, se levantó y buscó a tientas cualquier objeto que pudiera arrojarle a la cabeza. Oskar no le había proporcionado nada que sirviera para alumbrarse y eso lo inquietaba más. Tanteó entre los viejos muebles y de repente, tropezó con una silla cayendo pesadamente al suelo.

El golpe le sacudió los nervios. Comenzó a llorar de forma incontrolable rogándole en su mente a Tadeo que se callara.

—Tiene que ser una pesadilla, tiene que ser una pesadilla —se repetía.

Golpeó su cabeza contra el suelo varias veces, pensando que era mejor estar muerto antes de seguir oyendo los infernales aullidos de ese perro. Quiso levantarse y seguir buscando qué arrojarle, incluso llegó a pensar en arrojarse él mismo por la ventana, pero por algún motivo, su cuerpo no le respondía.

—Cállate, por favor —suplicó en voz baja.

Angello se arrastró como pudo al otro extremo de la habitación, lejos de la ventana. Tenía los miembros tan rígidos que agotó todas sus fuerzas al punto de saber que le sería imposible regresar a la cama.

Los aullidos eran tan potentes que Angello creyó tener al perro a su lado.


¡Por favor!

Llegó a convencerse de que la misma oscuridad no era más que una extensión de su cuerpo, de su poder. De que si Angello no tenía forma de levantarse y huir era porque Tadeo así lo quería, el que permaneciera en el suelo era demostración de su dominio sobre él.

—Te lo ruego, ten piedad.

Entonces un gruñido de fiera desgarró la noche, Angello dejó escapar un lamento y perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos ya era de madrugada. El silencio era absoluto. Tenía el cuerpo entumecido y le dolía la espalda. Tardó unos segundos en recordar lo que había sucedido y qué hacía tirado en el suelo.

Se pasó las manos por la cara y estiró sus miembros. Nuevamente dueño de su cuerpo, se puso de pie. No quiso perder tiempo, si Oskar y Tadeo dormían aún, era el momento
indicado para marcharse.

Angello se deslizó hasta la cocina y llenó una bolsa con comida. Quiso apoderarse también de un cuchillo, pero Oskar los guardaba bajo llave. También se apropió de una botella, la
que llenó de agua del depósito. Abrió la puerta que daba al exterior y descolgó un poco de ropa del tendedero. Pensó que esos serían los últimos segundos que estaría cerca de Oskar o Tadeo, y respiró sintiéndose libre.

Se puso la bolsa a la espalda y caminó alejándose.

Ya estaba a unos veinte metros de la casa cuando volteó a mirarla por última vez. Entonces vio a Tadeo aparecer desde un costado, igual que la primera vez, lanzar un gruñido bestial y correr a toda velocidad hacia él.

—Dios mío, ¡no!

Miró hacia la casa, Oskar debió oírlo rebuscar en la cocina, pues los observaba desde el umbral de la puerta con los brazos cruzados.

—¡Oskar! —gritó—, ¡¡llame a su perro!!

Pero parecía no escuchar.

—¡¡Llámelo!! —insistió, suplicando—, ¡¡¡llámelo!!!
No obtuvo resultado.

Tadeo ya estaba muy cerca, sin perder más tiempo Angello echó a correr.

—¡Oskar! —imploró—, ¡¡llame a su perro!!

—¡Tadeo! —oyó que gritaba.

Angello dejó caer la bolsa, corría con toda su alma intentando huir del rumor de patas que lo perseguían, del jadeo de animal enfurecido detrás de él.

—No me dejará ir. Soy su presa ¡no me dejará escapar!

Empezó a sentir que le faltaba el aliento, mas no se detuvo. Tenía el claro presentimiento de que detenerse significaría su muerte.

—¡Esperó hasta el último momento para venir a despedazarme!

Tadeo regresó con Oskar y empezó a lamerle la mano. Este le acarició la cabeza.

Ambos observaban a Angello, quien en loca carrera, se perdía en la inmensidad de la llanura.

—Me pregunto de qué estará huyendo —se dijo.

Y Angello lo sabía, sabía que Tadeo había regresado con su amo, sabía que ambos lo observaban desde la casa.

También sabía que su perseguidor corría detrás de él, haciendo sonar sus pisadas en la tierra y su respiración en el aire.

Pues sabía que lo había estado esperando desde siempre, escondido detrás de los ojos de un perro, oculto en la voz de un anciano, aterrorizándolo y acosándolo para luego darle caza.

Lo perseguiría hasta el fin del mundo, hasta el borde mismo del horizonte, hasta que le faltara totalmente el aliento y ya no pudiera seguir escapando.

Entonces le asestaría la certera mordida, haciéndole el peor daño que se le puede hacer a un ser vivo: un daño más allá de la materia.

Angello sabía y esa era su condena, aunque no pudiera ver a su perseguidor pero sí percibirlo, más allá de la razón, más allá de toda lógica, en el centro mismo de sus pesadillas.