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El secreto de Lena - Michael Ende

 La puerta estaba allí así, sola, y en el dintel aparecía un gran número 7 pintado de color negro. Debajo había una placa de latón con la siguiente inscripción:

A la segunda consulta,
Si lo tienes a bien.


La puerta se abrió por sí sola y una ráfaga de viento empujó a Lena dentro. Bajó a trompicones unos cuantos escalones que conducían al sótano, y cuando llegó abajo, a punto estuvo de resbalar, pues se encontró con una capa de hielo lisa como un espejo.

El lago, que ya conocía de la primera visita, también estaba allí esta vez, pero ahora helado. La barca también aparecía, pero ahora inmovilizada. Allí era invierno, y los alrededores conformaban un paisaje nevado.

Esta vez Lena tuvo que recorrer a pie el largo camino hasta la isla, y además con mucho cuidado, paso a paso, no sólo por lo resbaladizo que era, sino también porque no sabía si el hielo sería capaz de resistir su peso en todos los sitios; de vez en cuando crujía y restallaba de la manera más sospechosa.

Cuando, por fin, ya medio congelada, puso el pie en la isla, se volvió a encontrar de repente sobre la alfombra de la habitación del hada, con Francisca Interrogaciones sentada ante su mesita redonda de tres patas. Ahora, curiosamente, entraba por la ventana un sol de mediodía, y el cuco que con tanto ímpetu salía del reloj de pared esta vez sí que era un cuco de verdad: cantó doce veces: “¡Cucú!”

Todos los números del reloj eran, también en esta ocasión, doces.
 
La segunda consulta –dijo sin preámbulos Francisca Interrogaciones– tiene lugar siempre y por principio a las doce del mediodía. Así debe ser.

Lena se abstuvo de preguntar por qué razón o motivo era así.
 
Ahora tienes que decidirte –prosiguió el hada–. ¿Cómo quieres que evolucione el asunto? El tiempo en el que aún se puede dar marcha atrás a los acontecimientos se va a acabar enseguida. Lo comprendes ¿no?
 
No del todo –admitió Lena.
 
¿Te lo has pasado bien, hija mía? –preguntó el hada.
 
Sí… –dijo, titubeante, Lena–, por lo menos al principio.
 
Bueno, pues si tú quieres –declaró el hada–, de ahora en adelante seguirá siendo siempre así. Tus padres se irán haciendo cada vez más y más pequeños. Podría, por ejemplo, hacer que vivieran en una caja de cerillas. Más tarde, probablemente, ya sólo podrías verlos a través de un cristal de aumento, o con un microscopio. Todo muy divertido, ¿no te parece?

Lena, desconcertada, no dijo nada y se encogió de hombros.
 
El caso –añadió el hada– es que te tienes que decidir ya, pues, a partir de un determinado momento, habrá transcurrido demasiado tiempo como para poder volver al principio. El que ha llegado demasiado lejos tiene que seguir adelante. Eso es lo que ocurre a menudo en la vida. Lo comprendes, ¿no? Pero ¿te gustaría realmente seguir adelante? Eso eres tú la única que tiene que decidirlo, hija.

Lena miró indecisa al hada.
 
¡Oh! Yo, de verdad, no quiero influir sobre ti, querida mía –aseguró Francisca Interrogaciones–. Debes decidir única y exclusivamente en virtud de lo que tú consideres oportuno. Yo sólo quería decir, ateniéndome a la verdad, lo que se derivaría de ello. Lo comprendes, ¿no?
 
Sí –contestó Lena, y tragó saliva– ¿Y cuál sería la otra posibilidad?
 
La otra posibilidad –repuso el hada arrastrando las palabras y mirando misteriosamente a la niña– me temo que no te va a gustar. Es muy desagradable…, por lo menos para ti. No creo que te interese en absoluto.
 
Aún así, dígamelo –le rogó Lena.
 
Bien; yo ahora –le explicó el hada– aún podría darle marcha atrás al tiempo transcurrido desde nuestra primera consulta…, o sea, para ser más exactos, hasta el instante justo antes de que les echaras a tus padres los terrones de azúcar en sus tazas. Entonces, para todos los demás, sería como si entre tanto no hubiera ocurrido absolutamente nada. Tampoco hubieras hecho jamás la foto, naturalmente, no habría absolutamente ninguna prueba de toda esta historia. Sólo tú sabrías lo que ha ocurrido…, o más bien lo que iba a ocurrir, pues en ese instante también para ti misma volvería a ser todo futuro. Lo comprendes ¿no? Entonces, naturalmente, tú podrías tomar la decisión contraria y no echar los terrones de azúcar en el té. 

¿De verdad? –preguntó Lena–. ¿Sería posible?
 
Segurísimo –contestó el hada–, pero la cosa tiene su pequeño intríngulis; claro que en estas historias de magia no cabe esperar que sea de otra manera. Ya te dije desde el principio que la segunda consulta te iba a resultar cara…, hagas lo que hagas.

Francisca Interrogaciones tamborileó, expectante, con sus doce dedos en el tablero de la mesa.
 
¿Y cuál es el intríngulis? –quiso saber Lena.
 
Bueno, pues… –dijo el hada arqueando significativamente las cejas–, tendrías que tomarte tú misma los terrones de azúcar y además en el acto. Ésa sería la única posibilidad.
 
¿No podría sencillamente tirarlos?
 
No, desgraciadamente no, hija mía. No serviría de nada. Volverían a ir a parar siempre a aquél al que estaban destinados. Incluso si los tiraran al mar a cien mil kilómetros de distancia, en el mismo momento de tirarlos estarían ya otra vez en la taza de té de tus padres. ¡Es que no son terrones de azúcar vulgares y corrientes! Lo comprendes, ¿no?
 
Sí, pe… pero… –balbuceó Lena–, si me los trago, entonces me pasará lo mismo que a papá y a mamá. Entonces sería yo quien me iría haciendo cada vez más y más pequeña.
 
Irremediablemente –contestó el hada–, a no ser que…
 
A no ser que… ¿qué?
 
A no ser –repitió Francisca Interrogaciones– que tú jamás les llevaras la contraria. 

Entonces, naturalmente, tampoco te pasaría nada. Así de sencillo.
 
¡Ah, vaya…! –dijo Lena.

Se quedó callada durante un rato, lo mismo que el hada.

Por fin Lena sacudió la cabeza y dijo:
 
Imposible. Eso, sencillamente, es demasiado difícil para mí.
 
Ya me lo figuraba yo –observó el hada–. Bueno, pues entonces dejémoslo todo como está. A mí, al fin y al cabo, me da exactamente igual. No pretendo convencerte de nada.

Miró el reloj y añadió:
 
Justo en este momento quedan todavía diez segundos. Después, ya estará todo decidido y será demasiado tarde.

Lena libraba una terrible batalla consigo misma.
 
¡Por favor! –gritó de repente– ¡De marcha atrás al tiempo! ¡Por favor, hágalo! ¡Ahora mismo!

Francisca Interrogaciones se levantó de un salto, y estirando el dedo, comenzó a girar hacia atrás las manecillas del reloj. Eso fue lo último que Lena le vio hacer.

Oyó de nuevo aquel extraño ruido –“¡flop!”–, como cuando se saca el tapón de una botella, y después se encontró de nuevo en el cuarto de estar de su casa, justo en el momento en que su madre se había ido a la cocina por las pastas, y su padre al dormitorio a ponerse su cómodo batín.

En su mano tenía los dos terrones de azúcar que le demostraban que todo había sido realidad. Se los metió en la boca, los masticó bien y se los tragó.
 
Lena –dijo su madre, entrando en ese momento–, no comas tanta azúcar, que eso te daña los dientes.
 
Sí, mamá –contestó Lena.
 
Me gustaría ver las noticias. ¿Tiene alguien algo en contra? –preguntó su padre sentándose en el sillón.
 
No, papá –dijo Lena.

Sus padres intercambiaron una mirada de asombro.
 
¿Qué te pasa, Lena? –preguntó su padre–. ¿Estás enferma?

Ella sacudió la cabeza.
 
Ven, tómate una taza de té con nosotros –propuso su madre–. Te sentará bien.
 
Sí, gracias –dijo Lena.

Y a partir de entonces todo siguió así. De allí en adelante la vida para los padres resultó mucho más fácil, claro. “La niña poco a poco se está volviendo razonable”, decían.

Pero cuál era el verdadero motivo nunca lo supieron: eso seguía siendo el secreto de Lena. O, al menos, lo siguió siendo durante una temporada increíblemente larga… para ser más exactos, hasta el viernes siguiente.

Aquel día dijo su padre: 
 
Hija, no puedes seguir así.
 
Sí, papá –contestó obediente Lena.
 
A ti… –opinó la madre–, a ti te pasa algo. Estás muy rara. Ya no pareces nuestra Lena.
 
Cualquier niño normal lleva la contraria de vez en cuanto –continuo su padre–. ¿Es que ya no tienes ninguna opinión propia?
 
No, papá.
 
¡Estamos preocupados! –exclamó su madre–. ¿no podrías llevar la contraria un poco, al menos de vez en cuando? Simplemente por darnos la alegría de tener una hija normal…

Ahora Lena ya no sabía qué decir. Si decía que no, les llevaba la contraria y las consecuencias serían inevitables, y si decía que sí, estaba admitiendo que les iba a llevar la contraria, lo cual conducía exactamente a lo mismo. En lugar de responder, rompió a llorar. 
 
¡Cielo Santo! –exclamaron sus padres–, ¿Tan malo es? Si hay algo que te preocupe, habla, hija. A nosotros puedes contárnoslo todo. 

Y entonces Lena les explicó, entre sollozos, lo que sucedía con los terrones de azúcar y todo lo demás.
 
¡Eso es inaudito! –exclamó su madre–. ¡Esa hada es una persona repulsiva!
 
Sí –corroboró su padre–, habría que prohibir su oficio por ley.
 
¡Pobrecita niña mía! –la consoló su madre cogiendo a Lena en brazos–; tú no te preocupes, que tu padre que es muy listo, seguro que encuentra una solución. ¿No es verdad, Kurt, querido? La vas a encontrar, ¿a qué sí?

¡Por supuesto! –contestó su padre carraspeando–. Pero primero vamos a pensarlo.

Caminó por la habitación arriba y abajo, mientras su mujer y su hija lo seguían con la vista.
 
¡Ya lo tengo! –dijo al dar la vuelta por quinta vez–. En el fondo la cosa es muy sencilla… el cuerpo consume el azúcar igual que el motor de un coche consume gasolina. Eso está científicamente demostrado, los terrones de azúcar sólo pueden hacer efecto mientras están en tu cuerpo. Al azúcar los músculos lo consumen muy deprisa. Así que hace ya mucho que no lo tienes dentro…

Lena dejó de llorar y se limpió la nariz.
 
¿Lo crees de verdad?
 
¡Claro! –aseguró su padre–. Llévame la contraria. Merece la pena intentarlo.
 
Sí, papá –dijo obediente Lena–, pero ¿y si sale mal? 

No –dijo su madre–tienes que llevarnos la contraria de verdad. No sólo a medias…
 
Pues entonces primero tienen que ordenarme algo de verdad– dijo Lena sorbiéndose los mocos.

Su padre se puso tieso y adoptó una cara severa.
 
Está bien; entonces te ordeno que des ahora mismo una voltereta.
 
No –dijo vacilante Lena–, no quiero. No tengo ninguna gana de dar volteretas.

Los tres esperaron expectantes… y no ocurrió nada. Entonces se abrazaron entre gritos de alegría. Su padre tenía razón.

Realmente era un hombre muy listo.

Así se daba por concluido tan azaroso asunto. Peo al final todo aquello sí que había servido para una cosa, a partir de entonces, Lena sólo les llevaba la contraria a sus padres, y sus padres se la llevaban a Lena, cuando era verdaderamente necesario, y no como antes, sin ton ni son. 

Y por eso de allí en adelante la familia vivió en perfecta armonía, y recordando, a pesar de todo, al hada Francisca Interrogaciones con cierta gratitud.

¡Ah, por cierto! Lena dio después muchas volteretas, unas veces ordenándoselo y otras sin que se lo ordenaran. 

El Largo Camino de la Venganza - Clark Dalton

 Extracto de la Enciclopedia Universal de Bernard, edición de 2176:

«Ya en el siglo XIX describió el escritor in­glés H. G. Wells una máquina del tiempo. Sin embargo, hasta el año 2145 fracasaron todos los intentos de construir semejante ingenio. Después, el genial físico Karel Dekker desarro­lló un aparato de base hiperenergética que hizo posible el traslado de objetos y seres vivientes al pasado. Lo que por desgracia no se ha logrado todavía es hacer volver a nuestra época presente la materia enviada entonces unos qui­nientos años atrás. Un viaje al futuro se con­sidera imposible, en general, ya que éste no existe todavía.»

 

El juez Jenner estaba plenamente convencido de haber actuado con justicia y según las leyes. Desde el comienzo del proceso compartió la opinión del fiscal, incluso de manera abierta, pese a que no po­día hacer tal cosa. Por ello surgieron diferencias de opinión con el abogado defensor, que tuvo que resignarse a ver perdida la causa de su cliente. No era el cobro de sus honorarios lo que preocu­paba a éste. Aunque el barón Edmond von Klarenbach desapareciera para siempre del círculo de los actualmente vivientes, el abogado obtendría su re­muneración. Von Klarenbach era hombre acaudala­do y debería pagar a su defensor antes de abandonar definitivamente su época.

Porque en eso consistía la condena del juez Jenner.

Hacía tiempo que se había abolido la pena de muerte. Dado que, según Dekker, no podía existir un contrasentido cronométrico (afirmación compro­bada por él a través de experimentos), se había adop­tado el simple método de enviar al pasado, con ayu­da de la máquina inventada por Dekker, a los con­denados a la última pena. Allí desaparecían a perpetuidad y ahorraban dinero y disgustos al mundo actual. Era un sistema humano de sacarse de enci­ma a los elementos indeseables.

En el fondo, el barón Edmond von Klarenbach era inocente. También Jenner lo sabía. No obstante, había pronunciado la sentencia que, en realidad, te­nía ya decidida antes de iniciarse el proceso.

La cosa se remontaba a los tiempos de su padre, antes de la invención de la máquina del tiempo. Propiamente, todo había empezado por una insigni­ficancia fácil de solucionar mediante una discusión sensata, pero tanto el concejal Jenner como el barón Clavius von Klarenbach eran unos testarudos.

El concejal era un apasionado cazador, y un día, persiguiendo a un magnífico venado de doce puntas, se adentró sin querer en los terrenos del barón. Allí tuvo suerte y cobró pronto la pieza, pero el barón Clavius le acusó de caza furtiva. Se llegó a una con­ciliación, como era de esperar. Sin embargo, Jenner ya no pudo prosperar en su carrera política y nunca pudo quitarse del todo el mal sabor que el desagra­able suceso dejara en él. Murió pocos años des­pués, cuando tenía ya próxima la jubilación.

Su único hijo, Richard Jenner, había estudiado Derecho, y a él le confió el viejo su último deseo: que se vengara del barón Clavius von Klarenbach o del descendiente de éste.

Al principio, Richard no se avenía a la idea de hacer daño a un desconocido, por lo que decidió visitar al anciano barón en su propiedad. Encontró al señor del castillo de un pésimo humor y, al darse a conocer, fue echado sin miramientos de la mansión por el joven Edmond von Klarenbach y un lacayo.

Este suceso quedó grabado en la mente de Ri­chard Jenner, que algunos años más tarde fue nom­brado juez. Y llegó el día en que determinó cum­plir la oscura última voluntad de su padre.

La ocasión no había de tardar en presentarse, ya que la reforma agraria descubrió ciertas cosas que no arrojaban una luz nada favorable sobre los manejos del joven barón. 

Edmond von Klarenbach había forzado a varios pequeños terratenientes y campesinos a renunciar a sus derechos con el objeto de conservar íntegra la propiedad que desde hacía siglos había pertenecido a su familia. 

Una historia complicada, como bien sabía el juez Jenner, pero cuando le fue confiado el caso, empezó a buscar y estudiar todo el material de información que fue posible obtener. Y aunque halló algunas incongruencias a lo largo de su minuciosa labor, no dejó que le apartaran de su decisión. 

Su deber consistía en eliminar de una vez para siempre al odiado barón. Poco le importaba, para lograrlo, ayudar a que se hiciera justicia a los acreedores o favorecer a bribones. Lo único que an­siaba era cumplir el deseo de su padre.

En el siglo XXII, y pese a todas las innovaciones sociales y sus correspondientes leyes, el sentido de la tradición había renacido con inusitada fuerza. El hijo seguía los negocios del padre y se ocupaba de terminar lo que la muerte había impedido a éste llevar a cabo.

Entre estas cosas figuraba la venganza.

***** 

Cuando el juez Jenner hubo repasado todo el ma­terial, supo por dónde agarrar al barón Edmond von Klarenbach. Firmó una orden de arresto por extorsión.

No fue difícil para Jenner reunir pruebas. Sacri­ficando buena parte de su propia fortuna, movió a aquellos terratenientes perjudicados por von Kla­renbach a formular su denuncia de manera más dura. La coacción se transformó en exacción, y con ello el aristócrata estuvo perdido.

El juez Jenner le condenó a ser trasladado, me­diante la máquina del tiempo, a una época indeter­minada: más o menos, a quinientos años atrás.

Y eso, aunque no lo fuera, equivalía a una con­dena a muerte.

Durante su última noche en la celda, Edmond von Klarenbach llegó a la conclusión que existía un camino para revisar un día esa sentencia.

Y se juró seguirlo.

***** 

Richard Jenner respiró aliviado cuando al día siguiente, al término de su trabajo, regresó al ho­gar y se sentó dispuesto a repasar la corresponden­cia. Su ama de llaves estaba de vacaciones, y él era soltero.

Comenzó por leer las cosas de poca importancia y dejó para el final el grueso sobre que ya le llama­ra la atención desde el principio. La empinada le­tra resultaba anticuada y un poco pedante, pero no le pareció del todo desconocida.

El sobre no llevaba indicación del remitente.

Jenner lo rasgó y quedó sorprendido al hallar en su interior una serie de páginas escritas a máquina. Iban éstas acompañadas de una carta que presen­taba la misma letra inflexible.

Decía ésta:

 

«17 de abril de 2199.

»Al juez Richard Jenner.

»Ni usted ni yo podremos olvidar esta fecha. Pero si manda analizar la tinta de mi escrito en un laboratorio, le confirmarán que tiene una antigüedad de quinientos años. Y eso es exac­to. Escribo esta carta en el año 1699 y soy el fundador de la estirpe de los von Klarenbach: el barón Edmond von Klarenbach.

»Le envío este documento para que los ex­pertos en grafología puedan comprobar que no es usted víctima de una mixtificación. Cual­quiera le garantizará que se trata de la letra de un hombre al que usted mismo lanzó qui­nientos años atrás mediante la máquina del tiempo..., y que acaba de volver a su época para vengarse.

»¿O esperaba usted escapar sin castigo?

»El manuscrito adjunto contiene la historia de mi vida, de esta segunda vida que le debo a usted. Sólo entonces, cuando lo haya leído todo, se dará cuenta del castigo que le reservo.

»Y comprenderá también el lema de mi es­tirpe, que reza así: “nada en este mundo sucede sin motivo”.

»Barón Edmond von Klarenbach.»

 

Cuando Richard Jenner hubo leído la carta, se recostó contra el respaldo de su sillón con el mis­terioso escrito sobre sus rodillas y los ojos cerrados. Se negaba a aceptar lo que parecía la única explica­ción lógica... Era imposible que un hombre muerto hacía quinientos años volviera de repente a la actua­lidad. El barón Edmond von Klarenbach había de­jado de existir aquella mañana —y, con ello, hacía casi quinientos años— al penetrar en la cámara de la máquina del tiempo.

Nadie había regresado todavía.

¿Por qué iba a hacerlo, entonces, el barón?

El juez abrió los ojos y se cercioró de hallarse aún en su acogedor cuarto de trabajo. Con manos temblorosas dejó la carta encima de la mesa y tomó las hojas mecanografiadas, que eran diez. Los carac­teres de la máquina de escribir eran modernos, sin duda alguna, y procedían de sus días.

Una conclusión que a la vez tranquilizó e intran­quilizó a Jenner.

Por fin, el hombre se animó a empezar la lec­tura...

***** 

«No sentí miedo cuando, por la mañana, los guar­dianes vinieron a buscarme. No me conducirían a la cámara de gas ni a la silla eléctrica, sino a aquel cuarto que albergaba la máquina del tiempo. Desde un principio estuve convencido que ella funcionaría, terminando así mi vida en la época presente. Sin embargo, ello no significaba la muerte absoluta ni el final definitivo.

No, yo no experimentaba temor, pero sí un ren­cor incontenible cuando pensaba en el triunfo del hombre que había realizado de manera tan horrible su mezquina venganza. Por un motivo poco menos que ridículo —yo era entonces todavía un chiquillo— me desterró de mi presente. Con ello me obligó a cavilar durante toda una noche: la noche anterior a mi «ejecución». Y mis reflexiones dieron resultados sorprendentes.

Detrás de mí se cerró la cámara del tiempo, y me vi solo. Ni siquiera pude oír cómo manejaban el ingenio, pero me importó poco. Quinientos años, había calculado Dekker. ¿Por qué debía equivo­carse? Además, en aquella época, medio milenio atrás, se habían producido muchos descubrimientos científicos que fácilmente podían relacionarse con la influencia de hombres preclaros enviados al pasado con ayuda de la máquina de Dekker en el transcurso de los úl­timos veinte o treinta años.

Galileo inventó el telescopio.

Kepler estableció las leyes del movimiento.

Newton presentó luego sus leyes sobre la gravita­ción.

No faltaba mucho para que William Harvey des­cubriera la circulación sanguínea.

Y Pascal tuvo la idea de emplear el barómetro co­mo altímetro.

Fue la época en que los hombres descubrieron su mundo y empezaron a ampliar su horizonte. Compren­dí que eran unos tiempos a mi medida, pero supe también, en seguida, lo cauto que debía ser si no que­ría acabar en un calabozo por hereje o brujo.

En la cámara del tiempo reinaba la oscuridad. De pronto tuve la sensación de flotar en el aire y perder el suelo bajo mis pies. Caí, caí muy abajo, hacia el pa­sado, a través de los siglos, hasta que súbitamente se cortó la corriente. La sacudida de la llegada al nuevo nivel de tiempo fue tan brusca, que me hizo chocar con violencia contra el suelo. No obstante, apenas sentí el dolor, porque mis ojos percibieron luz. Una luz débil, plateada y muy familiar...

Encima de mí lucía el límpido cielo nocturno con sus estrellas y una luna llena, medio cubierta por unas paredes. Cuando me incorporé la pude contemplar entera. No se había transformado.

Permanecí acurrucado y con el oído tenso. Aparte del susurro de las hojas secas y del aullido del viento al pasar por los huecos abiertos en las paredes, no se percibía nada. Mis manos estaban tan frías y húmedas como el suelo sobre el que me hallaba. Dado que no tenía techo sobre mi cabeza, supuse que había ido a parar a unas ruinas. ¿Aterrizarían todos los delincuen­tes en aquel mismo lugar?

Noté que me estaba quedando aterido, pues no llevaba más que el delgado traje que era costumbre en las cárceles del siglo XXII. Con esa vestimenta iba a llamar bonitamente la atención, a finales del siglo XVII, si no procedía con un cuidado tremendo. Y eso era imprescindible para realizar con éxito mi plan.

Un plan de quinientos años.

A pesar del frío me situé en un rincón protegido del viento, y pensé... Según mis cálculos debía ser poco después de la medianoche. La hora de los es­píritus. En cierto aspecto yo también era una espe­cie de espíritu, y como tal tenía que mirarme cual­quier persona que casualmente pasara en aquellos momentos junto a las ruinas y me viese surgir de la nada.

Sí, se trataba de un edificio en ruinas. No tuve duda de ello cuando miré detenidamente a mi alre­dedor. En el mismo lugar donde más tarde se debería alzar el Palacio de Justicia, se derrumbaba hoy, quizá en el año 1699, un viejo castillo.

Si mi plan surtía efecto, mañana no esperaría allí inútilmente...

Pasé la noche lo mejor que pude y, cuando empe­zó a clarear, examiné los aposentos aún intactos de las ruinas, y descubrí, en una cámara escondida, al­gunas ropas desechadas que me prestaron gran ser­vicio. Gracias a ellas pude esconder mi delatora ropa y establecer un primer contacto con la gente.

Al anochecer volví a un escondrijo, en espera del hombre que había de confirmar el acierto de mi ac­tuación. Mi mano empuñaba la espada que también encontrara en la antigua armería de las ruinas.

Pero ahora quiero dar un salto adelante en mi relato, para que se entienda mejor lo ocurrido aque­lla noche.

Cuando supe que mi plan había dado resultado antes que pudiese llevarlo a cabo, abandoné las ruinas y me encaminé a la ciudad más próxima. Me hice pasar por un artesano que viajaba para cono­cer mundo y, como nunca fui precisamente torpe en lo referente a la agricultura, no tardé en encontrar un amo que me convenía. No me resultó nada fácil acostumbrarme a las nuevas circunstancias, pero mi capacidad de adaptación y mi férrea voluntad me ayudaron a ganarme la confianza e incluso la ad­miración de mi patrono. Yo estaba en situación de darle unos consejos que no podía recibir de nadie más, de modo que pronto fui su mano derecha y, por fin, su amigo.

Corrían tiempos inquietos.

Los turcos habían sitiado Viena para ser después derrotados.

Atlasov descubrió la península de Kamchatka.

Los Países Bajos se habían convertido en la pri­mera potencia comercial del mundo y los ingleses se disponían a fundar Calcuta a través de su com­pañía de las Indias Orientales.

El príncipe Eugenio se batía en los Balcanes.

En nuestra tierra reinaban la paz y la tranquilidad. A mí me constaba que llegarían épocas tempes­tuosas, pero nunca había sido un buen alumno en Historia. Pero eso tal vez fue una suerte para mí, ya que de otra forma hubiese intentado intervenir en los sucesos. Acababa de comprender de cuán diminutas casualidades e insignificantes acontecimien­tos dependía el cuadro del futuro.

Murió la mujer de mi amigo y, dos años más tarde, yo me casé con su hija, que de este modo se convirtió en la ascendiente de nuestra estirpe. Ella ignoraba por completo el secreto que yo arrastraba conmigo, y nunca llegó a conocerlo. Al morir su pa­dre diez años después de nuestro matrimonio, yo obtuve el dominio ilimitado sobre todos sus bienes y sabía, además, que en mi familia siempre existiría un hijo que siguiera llevando mi nombre.

Mi primogénito, Jesco, tenía ahora ocho años. A él le confesaría un día el secreto de mi proceden­cia, para que, cuando a su vez fuera padre, lo trans­mitiera a su hijo mayor. Así durante quince o veinte generaciones, quizá, hasta que nuestra estirpe con­tase quinientos años de existencia.

Tampoco para mí se había detenido el tiempo. Si ahora pudiera verme, juez Jenner, quedaría asombrado. Soy un hombre anciano que camina encor­vado y tiene los cabellos blancos. Mi testamento es­tá hecho, por si acaso la muerte me sorprendiera antes de lo que espero.

He aquí mi última voluntad:

En el año 2199, el penúltimo descendiente de nuestra familia será condenado por un juez llama­do Richard Jenner a volver a nuestra época median­te la máquina del tiempo. Su hijo, Robert von Klarenbach, debe visitar al juez Jenner en la noche del 17 al 18 de abril de 2199, después de haberle en­viado mi carta y el manuscrito. Luego le conducirá al Palacio de Justicia para mandarle exactamente quinientos años atrás con ayuda de los técnicos Gremmel y Randolph. Yo le aguardo.

Y ahora, juez Jenner, ¿cómo se siente? ¿No me cree? Siento decepcionarle. Mi hijo Robert, a quien transmito mis instrucciones a través de medio mile­nio, ha cumplido ya su misión. Porque yo mismo le di muerte a usted con una espada herrumbrosa, en las ruinas, en una noche de luna llena del año 1699. Y usted me reconoció.

Prácticamente, usted ya está muerto, juez Jenner. Mis hijos fueron guardando el secreto a lo largo de veinte generaciones, a través de guerras y de si­glos. Todos esperaban este día, juez Jenner, que va a ser el último para usted.

Me imagino que ahora debe estar anocheciendo en su mundo, Jenner. No volverá a ver el sol. Ni si­quiera uno que cuenta quinientos años menos. Por­que yo le espero aquí, en el pasado. No se mueva de su mesa, no... Sería inútil querer avisar a la poli­cía. Tiene que ser inútil, porque de otra forma no hubiera llegado usted ahora mismo adonde estoy yo, para que pueda matarle.

Por cierto que su cadáver es tenido por el de un extranjero venido de lejanas tierras. ¿Cómo, si no, iban a explicarse los sencillos habitantes de la aldea su curiosa indumentaria?

Y ahora, juez Jenner, le dejo solo con sus pensa­mientos.

Cuando oiga llamar a su puerta, abra.

Es mi hijo Robert...»

 

«¡Bah, todo esto no es más que un loco y maldito círculo vicioso! Nada más —se dijo el juez Jenner cuando empezó a comprender lo inevitable—. Pue­do sacar mi revólver del cajón de mi escritorio y pegar dos tiros a Robert von Klarenbach en cuanto pise mi habitación. Me acusarán de homicidio, seré condenado y..., enviado quinientos años atrás. Qui­zá con un átomo menos de energía, y me encontraré con Klarenbach. Y él me matará.»

Jenner dejó cuidadosamente los papeles sobre la mesa y se arrellanó en su sillón. De pronto com­prendió que no tenía salida.

Cuando sonó el zumbador y en la pantalla espía vio el rostro de Robert von Klarenbach, se alzó poco a poco y abrió la puerta.

—Buenas noches —dijo el joven barón, casi cortésmente—. Mi padre desea hablar con usted...

Y señaló hacia la oscuridad de la noche, en la misma dirección en que, aproximadamente, se ha­llaba el Palacio de Justicia.

El juez Jenner obedeció sin decir palabra. 

La Paz Mundial - Elvira Lindo

Hace diez días con sus diez noches mi sita Asunción entró en la clase a las nueve en punto de la mañana, sin dejarnos esos cinco minutos que tenemos todos los días para echarnos en cara lo que nos hicimos los unos a los otros el día anterior.

La sita Asunción tomó aire y casi todos bostezamos porque era muy temprano para aguantar uno de sus discursos. Nuestra sita dijo lo siguiente:

—Este año quiero que preparemos el Carnaval como si fuera el último carnaval de nuestra vida. Vamos a presentarnos a un concurso de Eurovisión de disfraces que van a hacer en una discoteca de Carabanchel el próximo sábado. Van a presentarse niños de los colegios de todo el barrio y tenéis que demostrar al mundo que sois unos niños como Dios manda y no esos delincuentes que parecéis.

No la dejamos acabar, se montó un mogollón en la clase que no veas. Yihad se levantó para decir:

—Aviso: yo me voy a disfrazar de Supermán y lo digo para que no se disfrace nadie más de Supermán porque en esta galaxia Supermán sólo hay uno y ése soy yo y no quiero tener que partirme la cara con nadie. Repito: es un aviso.

Entonces dice el Orejones:

—¿Y de qué me disfrazo yo si sólo tengo el disfraz de Supermán y mi madre no me va a querer comprar otro?

Y se empezó a oír un eco en toda la clase: «Y yo… y yo… y yo», porque todos los niños tienen el mismo disfraz de Supermán por los siglos de los siglos.

Yihad había avisado. Se tiró descontrolado a por el primero que pillara, porque a Yihad en esos momentos de alta tensión ambiental le da igual ocho que ochenta. No sé por qué tuvo que pillarme a mí; a lo mejor tiene razón mi madre cuando dice que siempre estoy en medio, como el jueves. Menos mal que soy un niño con reflejos y me defendí rápidamente:

—No hace falta que me rompas las gafas esta vez, Yihad. Todo el mundo sabe que yo prefiero ser el Hombre Araña.

Entonces salió un tío de mi clase diciendo que el Hombre Araña era él, y una niña que quería ser la Bella y pedía a gritos una Bestia… Así que, tal y como se habían puesto las cosas, no nos quedó más remedio que empezar a pegarnos, porque es la única forma que tenemos en mi clase de solucionar nuestros problemas de convivencia.

La sita Asunción, fuera de sus casillas, dio tres punterazos en la mesa y eso nos hizo acordarnos en masa de que estábamos en el colegio, en una clase y con una sita despiadada: la sita Asunción. Mi sita dice que da los punterazos en la mesa para desahogarse. En el fondo lo que a ella le gustaría sería darlos sobre cabezas humanas, lo que pasa que tiene la mala suerte de que ahora se lo prohíbe la Constitución española. «Si no fuera por la Constitución —dice a veces mi sita Asunción—, ibais a estar más tiesos que unas velas del Santo Sepulcro».

Mi sita Asunción dijo que nada de supermanes, ni de hombres arañas, ni de bellas ni de bestias; que teníamos que demostrar a Carabanchel, a España, a Estados Unidos y al planeta Tierra que éramos unos niños buenas personas, que luchábamos por la paz del Mundo Mundial y que ella había pensado que nos íbamos a vestir los treinta niños bestias que somos de palomas de la paz.

Si no hubiera sido porque la sita Asunción iba armada con su puntero y porque además es nuestra señorita y porque somos una pandilla de cobardes, le habríamos dicho a coro: «Anda vete, salmonete».

Estábamos bastante desilusionados; había sido el chasco más grande de nuestra existencia. Nos quedamos muy callados; ya nada nos hacía ilusión en este mundo mundial. Entonces mi sita continuó:

—El jurado, que es la Asociación de Vecinos, nos dará el primer premio, porque no hay jurado en España que se resista a dar el primer premio a treinta niños que van vestidos de palomas de la paz. Además nos llevaremos muchos regalos. Seremos por un día los símbolos de la paz mundial y nuestro grito de guerra hasta el sábado será: ¡Los vamos a machacar!

Eso sí que nos gustó; con un grito de guerra como ése podíamos ir hasta el fin del mundo. Íbamos a machacar a todos los niños de todos los colegios del barrio con nuestros trajes de superpalomas de la paz.

Mi madre y las madres de los treinta niños bestias que somos nos hicieron esa semana los trajes de paloma con papel cebolla. Mi madre se quejaba bastante porque dice que, para mi sita, cualquier excusa es buena con tal de tenerla gastando dinero y trabajando. Que el disfraz de Hombre Araña ella me lo había comprado para no tener problemas hasta que yo hiciera la mili y me dieran el disfraz de soldado. Que cómo se hacía un disfraz de paloma y que paz era lo que ella necesitaba, mucha paz en una playa desierta de Benidorm y sin niños, que eso era para ella la paz mundial.

Se quedó callada treinta milésimas de segundo y luego siguió protestando y diciendo que si no me estaba quieto jamás podría probarme, que conmigo hay que tener mucho cuidado porque los trajes por la cabeza nunca me entran. «Este niño —se refiere a mí— otra cosa no tendrá, pero nació con veinticinco dedos de frente». Mi abuelo la consuela a ella y me consuela a mí diciendo:

—Como Einstein. Todos los sabios han tenido siempre veinticinco dedos de frente.

Al Imbécil le tuvo que hacer otro traje de paloma porque el Imbécil es culo-veo-culo-quiero, y como no le hagan el mismo disfraz que a mí ha cogido la costumbre de no comer y mi madre dice que un día se nos va a deshidratar. A mí me da igual que se deshidrate; el que se deshidrata hoy día es porque quiere. Ah, se siente.

Total, que el día C —la C es por Concurso y por Carnaval— mi madre nos vistió con nuestros trajes de papel cebolla y nos dijo que nos fuéramos yendo para el colegio. A ella le gusta mucho ver que salimos vestidos de paz mundial y cogidos de la mano. No me preguntes por qué, nunca he podido explicármelo.

Nos encontramos a la Luisa por la escalera y la Luisa va y nos dice:

—Mira tu madre la maña que se ha dado para vestiros de pingüinos.

Así que no tuve más remedio que agarrar al Imbécil y volver a subir a mi casa para decirle a mi madre que nosotros de pingüinos no queríamos salir a la calle, ni aunque fuera por la paz mundial. Mi madre nos dijo que la Luisa no sabía distinguir entre un pingüino de su marido y entre una paloma de su madre, y que fuéramos arreando para el colegio, que siempre tenemos que llegar tarde a todas partes.

Por la calle una señora le dijo a otra:

—Mira que pingüinos tan ricos, mujer.

Pero ya no quise volver a casa porque mi madre en ciertos momentos de su vida se puede llegar a poner violenta y, al fin y al cabo, nosotros estábamos representando a la paz mundial.

Cuando llegamos al colegio nos quedamos alucinados: en la puerta estaba Yihad vestido con unas plumas que parecía una gallina, estaba el Orejones que parecía un pavo, la Susana parecía un avestruz, Paquito Medina un pelícano, y así hasta treinta y tres. No había dos pájaros iguales. Bueno, sí, el Imbécil y yo: Esos pingüinos tan ricos.

Mi abuelo, que acababa de llegar, dijo:

—Esto lo tenía que haber visto Alfred Hitchkock para hacer Los Pájaros. Segunda parte.

Todos nos quedamos mirando los unos a los otros, y muy mosqueados nos fuimos escoltados por la sita Asunción hasta la discoteca Silicona, donde se celebraba el Festival.

La sita Asunción no se quedaba atrás; también se había vestido y parecía una pata o una gansa. Moviendo las alas nos dijo que iban a retransmitir el Festival por Radio Carabanchel, que es una radio que se hace en mi barrio y que, como no tienen dinero para micrófonos, mi abuelo dice que hacen los programas por el viejo sistema indio de abrir la ventana y hablar a gritos.

La sita Asunción estaba tan contenta que no parecía la sita Asunción. Si no hubiera sido porque nosotros también íbamos de pajarracos nos habríamos partido de risa viéndola por mitad de Carabanchel vestida de paz mundial. La sita nos dijo que cuando saliéramos al escenario, ella diría:

—¡Una, dos y tres!

Y nosotros teníamos que responder moviendo las alas y gritando todos a una, hasta rompernos la garganta:

—¡Viva la paz mundial!

La sita quería que ensayáramos, así que en plena calle chilló como una loca:

—¡Una, dos y tres!

Nosotros íbamos a gritar ¡Viva la paz mundial! pero, al ir a mover las alas, nos empezamos a enredar unos con otros, y si la sita no llega a poner orden habríamos llegado a la discoteca completamente desplumados. La sita nos dijo que nos olvidáramos de mover las alas, que ya las moveríamos después de ganar el premio.

Ya estábamos en la discoteca. Nos sentamos los treinta y el Imbécil en un rincón. El presentador era el director de la Guardería El Pimpollo, que está al lado de mi casa. Iba vestido el tío de Supermán; a Yihad le rechinaban los dientes de la envidia cochina que tenía. Yo aproveché la ocasión para hacerle un poco la pelota a mi amigo el chulito Yihad. Le dije:

—Ese tío no puede ser Supermán con la barriga que tiene. Un tío con una barriga como ésa no puede sobrevolar las cataratas del Niágara, porque la fuerza de gravedad de nuestro planeta atrae a los cuerpos gordos como ése.

—Y entonces, ¿qué ocurriría? —dijo Yihad, que estaba interesadísimo en mis teorías.

—Que se espanzurraría contra el suelo.

Yihad no solamente se había quedado muy impresionado con mis altos conocimientos científicos, sino además muy contento. Lo de que «se espanzurraría contra el suelo» le había devuelto su optimismo de siempre; ya no sentía envidia, ahora miraba al presentador-Supermán por encima de las plumas, como mira un superhéroe profesional a un superhéroe de pacotilla.

Superbarriga iba anunciando a los grupos de los colegios, que iban saliendo al escenario entre los abucheos de los que estábamos sentados. Como comprenderás no íbamos a aplaudir a nuestros enemigos. Acuérdate de que nuestro lema era: ¡Los vamos a machacar!

Salieron unos disfrazados de árboles. El grupo se llamaba «El Otoño». Llevaban una cadena que colgaba de una rama, tiraban de la cadena y automáticamente caían las hojas. El público se quedó alucinado por la tontería que acababa de ver. Los padres de este grupo se habían llevado una pancarta para animar a sus hijos; fueron los únicos que les aplaudieron, claro. Los demás miramos en silencio cómo se pasaron diez minutos en el escenario recogiendo las hojas que habían tirado. Luego, salieron los clásicos superhéroes, unos niños que iban disfrazados de reality-chows con cuchillos clavados en la espalda, otros que iban de bollicaos…

Nosotros salimos los quintos, estábamos amaestrados para gritar detrás del «Un, dos, tres» de la sita Asunción eso de «¡Viva la paz mundial!», pero no nos dio tiempo a hacer nuestro número porque cuando la sita dijo «Un, dos y tres», se oyó la voz de un chaval que va a un colegio de Formación Profesional de mi barrio que se llama Baronesa Thyssen:

—¡Yihad, qué bien te sienta el traje de gallina!

Yihad se tiró del escenario para volverle la cabeza del revés al tío gracioso ése. La Susana detrás para defender a Yihad y todos los demás detrás de la Susana y de Yihad, porque si no defendemos a Yihad luego nos pega él a nosotros. El padre del chaval del Baronesa Thyssen dijo:

—Mi niño tiene parte de razón: Yihad parece una gallina y está concursando de paloma, y eso, se mire como se mire, es intolerable.

Mi sita Asunción se quedó sola en el escenario. Lloraba la pobre con su disfraz de pata. Nosotros tuvimos que separar a nuestros padres de los padres del Baronesa Thyssen porque estaban a punto de faltarse al respeto, y nosotros, al fin y al cabo, estábamos representando la paz mundial.

Aquel carnaval tenía toda la pinta de ser el peor de nuestras vidas, pero no te vas a creer lo que pasó al final, porque lo que pasó no se lo esperaban ni los chinos de Rusia.

Una vez que la pelea se calmó y se despejó el escenario, salió Superbarriga con su pinta de Supermán de la Tercera Edad y quiso hacer como que volaba. Por poco se mata el tío en uno de sus intentos por despegar del suelo. Ya ves, si eso fuera tan fácil todo el mundo sería superhéroe, no te fastidia. La verdad es que hubo que agradecerle el tropezón: fue lo que más gracia le hizo al público en toda la tarde. Yihad le estaba explicando a unos de otro colegio:

—Ese tío no puede ser Supermán con la barriga tan gorda que tiene porque la «falta de variedad» del planeta Tierra le empuja a espanzurrarse contra el suelo.

¡La falta de variedad! Qué bestia que es Yihad, la única palabra que había conseguido aprenderse bien de mi teoría era el famoso «espanzurrarse». Pero no te creas que le llamé la atención; si le llego a corregir, yo también hubiera sabido lo que era espanzurrarse contra este planeta del que tanto hablamos.

Superbarriga leyó los premios yendo del tercero al primero para hacer esos momentos más emocionantes:

—El tercer premio le corresponde ¡al grupo «Reality Chows»!, por su simpatía y originalidad.

El público en pleno se deshizo en abucheos:

—¡¡¡Fuera!!!

—El segundo premio se lo hemos concedido al grupo «El Otoño», por la belleza en la representación de una estación del año tan importante como las demás.

¿Había dicho «por la belleza»? Le dije a Yihad que aquel jurado se merecía que lo tirasen por las cataratas de Niágara, seguido de Superbarriga, claro. Una vez más estábamos de acuerdo. El más chulito de mi clase y yo estábamos de acuerdo en todo; de repente yo era su mejor amigo. Estaba muy orgulloso de mí mismo, porque cuando el tío más chulo de tu colegio es tu amigo, eso quiere decir que tienes las espaldas cubiertas; es como si tuvieras al genio de la lámpara a tu disposición, siempre dispuesto a defenderte ante cualquier enemigo.

—Y el primer premio… —Superpatoso hizo una pausa para crear más expectación. Te aseguro que se podía oír el rechinar de dientes de los espectadores ansiosos—. El primer premio se lo hemos concedido por unanimidad al grupo «Los pájaros», por su defensa de especies en vías de extinción.

Como nadie salía, el presentador lo tuvo que repetir. Nos miramos los unos a los otros: ¿Pero nosotros no habíamos venido por la paz mundial?

Se ve que de lo de la paz mundial no se había enterado nadie, así que tuvimos que admitir que éramos un grupo de pájaros en vías de extinción. No siempre uno es lo que quiere ser en esta vida.

Nos hicieron salir otra vez al escenario para recoger el premio. El premio estaba en una caja grande. Nos tiramos todos a por la caja para abrirla. El Imbécil intentaba abrirla a mordiscos. Con el follón nos estábamos quedando sin alas, pero eso ya no nos importaba; al fin y al cabo ya no teníamos la responsabilidad de representar a la paz mundial: éramos pájaros en peligro de extinción. Mi sita se abrió paso dando unos cuantos pellizcos a traición y consiguió abrir la caja con sus manos poderosas. Superbarriga pidió un gran aplauso para el premio. Era material escolar: libros, cuadernos y cosas así. ¡Todo el rollo repollo de la paz mundial para ganar libros para estudiar! El único que aplaudió fue el Imbécil; como todavía no ha estudiado en lo que lleva en este planeta, no sabe lo que es eso, hay que perdonarle por su ignorancia.

Abandonamos el escenario. Ya no teníamos nada que hacer allí. El regalo se lo podía quedar la sita Asunción y comérselo con patatas. Ella estaba encantada mirando todos los libros y seguramente planeando nuevos deberes con los que destrozarnos el cerebro. Nuestros padres estaban orgullosos de aquellos hijos en peligro de extinción.

Por la tarde me dejaron bajar al parque del Ahorcado. Me vestí con mi supertraje de Hombre Araña. Mi madre le dijo a la Luisa:

—Los niños son así. Ellos se ponen su disfraz de superhéroes y tan contentos. Lo que yo digo: Los niños son A, B y C, y de ahí no les saques.

Estuve a punto de bajar trepando por las paredes de mi torre, pero soy un niño consciente de mis limitaciones y sé que lo único que tengo de Hombre Araña es el disfraz. Cuando llegué al parque del Ahorcado ya me estaban esperando mis amigos: Yihad, de Supermán; el Orejones, de Supermán, pero sin capa porque le tocaba ser el ayudante de Supermán; la Susana, de la Bella, aunque en cuanto estás con ella un rato te das cuenta de que es la Bestia disfrazada de la Bella; Paquito Medina, de Robín de los Bosques, y el Imbécil, que seguía con su traje de pingüino porque mi madre le había convencido de que era el más bonito del barrio (a esa edad todavía te crees las mentiras de las madres).

Jugamos a superhéroes. Hicimos dos equipos. Yihad me pidió a mí para el suyo. Le dije que si le parecía bien que nuestro lema de ataque fuera: «Los vamos a machacar por la paz mundial». Le pareció chachi. Estaba claro que yo me había convertido en su gran amigo. Jugamos al pañuelo, a la peste bubónica y al churro-mediamanga-mangaentera que es un juego que consiste en que un equipo se agacha y el otro se tira encima sin piedad, es un juego de los llamados «educativos». Yo hacía todo lo que podía, corría y aguantaba con todas mis fuerzas, pero los demás siempre conseguían ganarme. Es el único defecto que le encuentro yo a los juegos de correr y de fuerza, que siempre me ganan. Cuando Yihad se dio cuenta de que conmigo en su equipo no se comía una rosca, decidió que a partir de ese momento ya nadie iría en equipo. El único interés de Yihad era ganar como fuera a Paquito Medina. Ganarnos al Orejones, a la Susana, al Imbécil o a mí no tiene emoción para Yihad.

Cogí al Imbécil de la mano y nos fuimos para casa. En realidad me fui porque no podía aguantarme las ganas de llorar. Había pasado de ser el gran amigo de Yihad a ser una rata de alcantarilla, y eso es algo que fastidia a cualquiera. El Imbécil me vio llorar y se puso a llorar él también. A él se le contagia todo, lo bueno y lo malo. Eso es lo que dice mi madre. Tuvimos que compartir el pañuelo. Primero me soné yo y luego le puse a él el pañuelo en la nariz. Hizo lo de siempre: prepararse con mucha concentración, tomar aire y luego echarse los mocos para adentro en vez de echarlos en el pañuelo. Es su estilo. Y yo me tuve que reír aunque tenía lágrimas en los ojos porque hay que reconocer que aunque sea el Imbécil también es bastante gracioso. En algo se tenía que parecer a mí.

En esas estábamos cuando llegó corriendo Paquito Medina y nos dijo:

—¿Qué hacéis?

—Llorando de la risa —le contesté yo. A ver si te crees que le iba a confesar la verdad.

Entonces Paquito Medina me dijo que si quería ir el domingo a jugar a su casa con el ordenador. Yo le pregunté:

—¿También vas a invitar a Yihad?

—Yihad me lo puede romper. Es un bestia.

Le dije que sí. La verdad es que era un rollo repollo jugar con Paquito Medina al ordenador porque Paquito Medina gana en todo; igual que yo pierdo en todo, pero no me importaba. El tío más listo que yo había conocido en mi vida en la Tierra me quería invitar a mí solo: ¿Por qué? Porque Manolito Gafotas no rompe los ordenadores, porque Manolito Gafotas no es un bestia como otros, porque Manolito Gafotas es un tío de toda confianza. Estaba claro que Paquito Medina había decidido que yo fuera su gran amigo. Creo que fue uno de los momentos más felices de mi vida.

Me dieron ganas de subir a mi casa trepando por las paredes con mi disfraz de Hombre Araña, pero no lo hice. A mi madre no le gusta que el Imbécil suba solo las escaleras. El Imbécil y yo echamos una carrera hasta mi piso. Le gané, claro. Hay dos personas en el mundo mundial a las que gano corriendo: al Imbécil y a mi abuelo Nicolás. ¿Qué pasa? ¡Los hay peores!

Cuando nos estábamos poniendo el pijama, mi abuelo nos decía:

—Uno, dos y tres.

Y el Imbécil y yo gritábamos con todas nuestras fuerzas:

—¡Viva la paz mundial!

Lo estábamos pasando bestial hasta que vino el plasta del vecino de arriba a protestar por el follón. Estaba claro que el famoso lema de la sita Asunción siempre traía problemas a nuestras vidas.

La huella del Diablo - Kathy Reichs

 

Mi siguiente sensación consciente también fue de oscuridad; os­curidad y dolor. Me incorporé lentamente, incapaz de distinguir ninguna forma en aquella boca de lobo. Una intensa punzada de dolor me atravesó la cabeza y pensé que vomitaría. El dolor se acentuó cuando levanté las rodillas y coloqué la cabeza entre ellas.

Un momento después, la sensación de náusea desapareció. Traté de escuchar algo. No oía nada, excepto los latidos de mi corazón. Miré mis manos, pero estaban perdidas en la oscuri­dad. Respiré profundamente. Olía a madera putrefacta y tierra mojada. Extendí ambos brazos con cuidado.

Estaba sentada sobre un suelo lleno de suciedad. Detrás de mí y a ambos lados había una pared de piedras ásperas y re­dondeadas. Un metro ochenta por encima de mi cabeza mi mano se topó con una superficie de madera.

La respiración se convirtió en una rápida sucesión de breves jadeos mientras luchaba contra el pánico.

¡Estaba atrapada! ¡Tenía que salir de allí!

«¡Noooooooo!»

El grito estaba dentro de mi cabeza. No había perdido total­mente el control de la situación.

Cerré los ojos con fuerza y traté de controlar la hiperventilación. Comencé a dar palmadas para concentrarme en una cosa a la vez.

«Inspira. Exhala. Adentro. Afuera.»

El pánico comenzó a remitir lentamente. Me apoyé sobre las rodillas y extendí una mano delante de mí. Nada. El intenso do­lor que sentía en la rodilla izquierda me hizo saltar las lágri­mas, pero comencé a arrastrarme hacia el negro vacío. Medio metro. Un metro. Dos metros.

A medida que avanzaba sin encontrar ningún obstáculo, el terror fue desapareciendo. Un túnel era mucho mejor que una jaula de piedra.

Me senté con la espalda apoyada en la pared y traté de co­nectarme con alguna parte activa de mi cerebro. No tenía ni idea de dónde me encontraba, cuánto tiempo llevaba en ese lu­gar o cómo había llegado hasta allí.

Comencé la reconstrucción.

Harry. La cabaña. El coche.

¡Ryan! ¡Dios! ¡Dios mío! ¡Oh, Dios!

«¡Por favor, no! ¡Por favor, por favor, Ryan no!»

Mi estómago volvió a revolverse y un regusto amargo ascen­dió hasta la boca. Tragué.

¿Quién le había disparado a Ryan? ¿Quién me había traído hasta ahí? ¿Dónde estaba Harry?

Me latía la cabeza y el frío comenzaba a agarrotarme el cuerpo. No era una buena señal. Tenía que hacer algo. Respiré profundamente y me arrodillé nuevamente.

Con movimientos vacilantes y temerosos, comencé a avan­zar lentamente por el túnel. Había perdido los guantes y la tie­rra helada me entumecía las manos y acentuaba el dolor de mi rótula herida. El dolor me ayudó a mantener la concentración hasta que toqué el pie.

Mientras retrocedía me di un golpe en la cabeza con algo de madera y el comienzo de un grito se heló en mi garganta.

«Maldita sea, Brennan, contrólate. Eres una profesional que ha estado en centenares de escenas de un crimen y no una es­pectadora histérica.»

Permanecí agazapada, todavía paralizada por el terror. No era del espacio, que parecía una sepultura, sino de la cosa con la que lo estaba compartiendo de donde provenía el miedo. Ge­neraciones enteras nacieron y murieron mientras yo esperaba un signo de vida. Nada hablaba, nada se movía. Respiré pro­fundamente y luego extendí la mano y volví a tocar el pie.

Llevaba una bota de cuero, pequeña, con cordones como las mías. Encontré a su compañera y seguí las piernas hacia arri­ba. El cuerpo yacía de costado. Con mucho cuidado, lo hice girar y continué mi exploración: dobladillo, botones, bufanda. Sentí un nudo en la garganta cuando las puntas de mis dedos reconocieron aquella vestimenta. Antes de llegar al rostro, ya lo sabía.

¡Pero no podía ser! ¡Aquello no tenía ningún sentido!

Retiré la bufanda y toqué el pelo. Sí. Era Daisy Jeannotte.

¡Dios mío! ¿Qué estaba pasando?

«¡Sigue moviéndote!», me ordenó una porción del cerebro.

Me arrastré como lo hacen los bebés, sobre una mano y una rodilla, desplazando la palma de la otra mano sobre la pared. Mis dedos tocaban telarañas y otras cosas que no quería consi­derar en absoluto. Los desperdicios caían a tierra mientras avanzaba penosamente a lo largo de aquel túnel.

Unos metros más adelante, la oscuridad se aclaró de un modo casi imperceptible. Mi mano chocó con algo y lo seguí. Barandas de madera. Cuando alcé la vista pude ver un débil rectángulo de luz ambarina y una escalera.

Comencé a subir los peldaños, tratando de oír algún sonido. Tres peldaños me acercaron al techo. Mis manos identificaron los bordes de una trampilla, pero cuando empujé hacia arriba no se movió.

Apoyé la oreja contra la madera y los ladridos de unos pe­rros provocaron una inundación de adrenalina en todo mi cuerpo. El sonido parecía llegar desde lejos, pero no había duda de que los animales estaban excitados. Una voz les orde­nó que se callasen; luego vino el silencio, y después los ladridos comenzaron de nuevo.

Directamente encima de mi cabeza no había sonidos de mo­vimiento, ninguna voz.

Hice presión con el hombro, y la madera cedió ligeramente, pero no se abrió. Cuando examiné las rayas de luz pude ver una sombra hacia la derecha. Traté de tocarla con las puntas de los dedos, pero la abertura era demasiado estrecha. Frustrada, metí los dedos un poco más arriba y los deslicé a lo largo de la abertura. Las astillas de madera se clavaron en la carne y me rompieron las uñas, pero no pude alcanzar el punto de sujeción de la trampilla. La abertura alrededor de los bordes no era lo bastante ancha.

«¡Mierda!»

Pensé en mi hermana, y en los perros, y en Jennifer Cannon. Pensé en mí, y en los perros, y en Jennifer Cannon. Tenía los de­dos tan fríos que ya no los sentía. Metí las manos en los bolsi­llos. Mi mano derecha tocó algo duro y plano. Confundida, ex­traje el objeto del bolsillo y lo acerqué a la débil luz de la ranura de la trampilla.

Era la hoja del escarbador que había roto al quitar el hielo de la señal. «¡Por favor!»

Con una silenciosa plegaria, metí la hoja y comprobé que encajaba. Temblando, la llevé hacia el punto que sujetaba la trampilla. El ruido que hacía la hoja parecía lo bastante es­tridente como para ser oído desde varios kilómetros a la re­donda.

Me quedé inmóvil y escuché. No se producía ningún movi­miento encima de mi cabeza. Casi sin respirar, continué mo­viendo la hoja del escarbador. A pocos centímetros de lo que es­peraba que fuese un pestillo, la hoja topó con algo, se me escapó de la mano y cayó-hacia la oscuridad. «¡Mierda! ¡Mierda! ¡Hijo de puta!»

Bajé los escalones apoyada en las manos y las nalgas, y me quedé sentada en el suelo. Maldiciendo mi torpeza, comencé una búsqueda en miniatura a través de la tierra húmeda. Un momento después, mis dedos encontraron finalmente la hoja del escarbador.

Volví a subir la pequeña escalera. Los movimientos me oca­sionaban un dolor lacerante arriba y abajo de la pierna herida. Con ambas manos, volví a insertar la hoja e hice presión con­tra el pestillo. Nada. Retiré la hoja y volví a deslizaría a lo lar­go de la estrecha ranura.

Algo cedió. Me quedé inmóvil, escuchando. Sólo me llegó el silencio. Hice fuerza con el hombro y la trampilla se abrió. Co­giendo la pequeña puerta con ambas manos por sus bordes, la levanté y luego la deposité con cuidado sobre el suelo. Con el corazón latiendo a toda pastilla, asomé la cabeza y eché un vis­tazo a mi alrededor.

La habitación estaba iluminada por una sola lámpara de aceite. Me encontraba en una especie de despensa. Tres de las paredes aparecían cubiertas de estantes y en algunos se veían botes y cajas. Delante de mí, a la derecha y a la izquierda, ha­bía pilas de cajas de cartón en los rincones. Cuando miré hacia atrás, sentí un escalofrío infinitamente mayor que el provoca­do por las bajas temperaturas.

Junto a la pared había docenas de bombonas de propano que brillaban bajo la tenue luz de la lámpara. Una imagen cru­zó mi mente; se trataba de una fotografía de la época de la gue­rra que mostraba armamento almacenado en filas perfectamente ordenadas. Con manos temblorosas, me agaché hasta quedar sentada en el último escalón.

¿Qué podía hacer para detenerlos?

Miré hacia abajo de la escalera. Un cuadrado de luz amari­llenta se filtraba hasta el suelo del sótano e iluminaba el rostro de Daisy Jeannotte. Contemplé sus facciones frías e inmóviles.

—¿Quién eres? —susurré—. Pensé que éste era tu espec­táculo.

Silencio total.

Respiré un par de veces hasta llenar los pulmones y entré en la despensa. La sensación de alivio por haber escapado del tú­nel se combinaba con el temor de lo que encontraría a conti­nuación.

La despensa se abría a una cocina cavernosa. Me acerqué renqueando hasta una puerta que había en el otro extremo. Apoyé la espalda contra la pared y traté de escuchar algún so­nido. Oía el crujir de la madera, el siseo del viento y el hielo, el ruido de las ramas heladas.

Conteniendo el aliento, atravesé la puerta y entré en un co­rredor largo y oscuro.

Los sonidos de la tormenta se fueron apagando. Olía a pol­vo, madera quemada y alfombra vieja. Avancé con cuidado, apoyándome contra la pared para no perder el equilibrio. En esa parte de la casa, no se filtraba una gota de luz.

«¿Dónde estás, Harry?»

Llegué a otra puerta y me incliné sobre ella. Nada. La rodi­lla herida temblaba y me pregunté cuánto más podría avanzar. Entonces oí unas voces apagadas.

«¡Escóndete!», gritaron todas mis neuronas al unísono.

El pomo de la puerta comenzó a girar y me deslicé hacia la oscuridad.

En la habitación había un olor dulce y desagradable, como a flores que se han dejado marchitar en un florero. De pronto, se me erizaron los pelos de los brazos y la nuca. ¿Había sido eso un movimiento? Nuevamente, contuve la respiración y clasifi­qué los sonidos.

¡Algo estaba respirando!

Tenía la boca completamente seca. Hice un esfuerzo por tra­gar y traté de percibir el más leve movimiento. Excepto por el ritmo regular de la respiración, la habitación estaba vacía de cualquier otro sonido. Comencé a avanzar Ientamente hasta que los objetos surgieron de la oscuridad. Vi una cama, una for­ma humana y una mesilla de noche con un vaso de agua y un frasco con píldoras.

Dos pasos más y vi una cabellera rubia sobre un edredón de retazos.

¿Era posible? ¿Era posible que mis plegarias recibieran una respuesta tan rápida?

Me acerqué vacilante e hice girar la cabeza para dejar el ros­tro al descubierto.

—¡Harry!

Dios, sí. Era Harry.

Su cabeza volvió a moverse y dejó escapar un débil gemido.

Extendí la mano para coger el frasco con las píldoras cuan­do un brazo me cogió por detrás. Me rodeó la garganta, aplas­tando la tráquea y cortando el suministro de aire a los pulmo­nes. Una mano me cubrió la boca con fuerza.

Mis piernas se agitaron y clavé las uñas en la mano que me sujetaba para liberarme del abrazo. De alguna manera, conse­guí aferrar la muñeca y apartar la mano de mi rostro. Antes de que volviese a presionarme la boca, alcancé a ver el anillo: un rectángulo negro, con una cruz egipcia tallada y el borde crenulado. Mientras agitaba las piernas y arañaba el brazo y la mano que me sujetaban, recordé una herida en una piel blanca y suave. Sabía que estaba en poder de alguien que no vacilaría en acabar con mi vida.

Intenté gritar, pero el asesino de Malachy me tenía cogida de modo que oprimía mi garganta y cubría completamente mi boca. Luego me sacudió la cabeza con violencia y la presionó contra un pecho huesudo. En la mortecina oscuridad, alcancé a vislumbrar un ojo pálido, una raya de pelo blanco. Pasaron años luz mientras luchaba por aspirar un poco de aire. Los pul­mones eran dos bolas de fuego, el pulso había enloquecido y perdía el conocimiento por momentos.

Oía voces, pero el mundo se alejaba cada vez más. El dolor de la rodilla remitió a medida que el aturdimiento se apodera­ba de mi conciencia. Sentí que me arrastraban. Mi hombro gol­peó contra algo. El suelo era blando y después fue duro otra vez. Pasamos a través de otra puerta. El brazo era una prensa alrededor de mi cuello. Unas manos me cogieron los brazos y

algo áspero se deslizó alrededor de mis muñecas. Mis brazos salieron disparados hacia arriba, pero la presión sobre la cabe­za y la garganta desapareció y pude respirar. Oí un gemido que salía de mi propia boca cuando los pulmones recibieron su pre­ciosa carga de aire.

Cuando pude restablecer el contacto con mi cuerpo, el dolor volvió a aparecer con toda su intensidad.

Me dolía el cuello y la respiración resultaba dificultosa. Los hombros y los codos estaban tensos por la tracción. Sentía las manos frías y entumecidas por encima de la cabeza.

«Olvídate del cuerpo. Usa el cerebro.»

La habitación era grande, de la clase que se puede ver en las cabañas y las posadas. El suelo estaba formado por anchas ta­blas de madera, las paredes eran de troncos y estaba iluminada sólo con velas. Me habían sujetado a una viga del techo y mi sombra se proyectaba como una escultura de Giacometti con los brazos sostenidos en el aire.

Giré la cabeza y la sombra ovoide del cráneo se extendió bajo la luz trémula que bañaba la estancia. Justo delante había dos puertas, y un hogar de piedra a mi izquierda y una venta­na panorámica a mi derecha. Registré la escena.

Al oír voces detrás de mí, impulsé un hombro hacia adelan­te, llevé el otro hacia atrás e hice fuerza con los pies. Mi cuer­po giró y, por una décima de segundo, pude verlos antes de que las cuerdas me hicieran girar en sentido contrario. Reconocí el pelo y el ojo rayados del hombre. Pero ¿quién era la otra per­sona?

Las voces cesaron, y luego continuaron en un susurro ape­nas audible. Alcancé a oír pasos; después se hizo el silencio otra vez. Sabía que no estaba sola. Contuve el aliento y esperé.

Cuando ella se colocó delante de mí, me sobresalté, pero no estaba sorprendida. Llevaba las trenzas anudadas sobre la ca­beza, no colgando como cuando acompañaba a Kathryn y a Carlie por las calles de Beaufort.

Extendió una mano y enjugó una lágrima que caía por mi mejilla.

—¿Tienes miedo?

Su mirada era dura y fría.

«¡El miedo la excitará como a un perro rabioso!»

—No, El; no de ti, o de tu banda de fanáticos.

El dolor en la garganta hacía que me resultase difícil hablar.

Deslizó un dedo por mi nariz y los labios. Sentí su aspereza contra mi piel.

—El no. Je suis Elle. Yo soy Ella, la tuerza femenina. Reconocí al instante la voz profunda y susurrante.

—¡La gran sacerdotisa de la muerte! —exclamé.

—Debería habernos dejado en paz.

—Deberían haber dejado en paz a mi hermana.

—La necesitamos.

—¿Acaso no tienen suficiente gente? ¿O tal vez cada una de las muertes los excita de un modo diferente? «Haz que siga hablando. Gana tiempo.»

—Castigamos a los indisciplinados.

—¿Es por eso por lo que mataron a Daisy Jeannotte?

—Jeannotte. —Su voz se tiñó de desprecio—. Esa maldita entrometida. Finalmente, él seguirá su camino.

«¿Qué es lo que tengo que decir para que continúe ha­blando?»

—Ella no quería que su hermano muriera.

—Daniel vivirá eternamente.

—¿Como Jennifer y Amalie?

—Su debilidad iba a retrasarnos.

—¿De modo que cogen a los más débiles y contemplan cómo los hacen pedazos?

Sus ojos se entrecerraron en un gesto que no supe interpre­tar. ¿Amargura? ¿Arrepentimiento? ¿Anticipación?

—Las saqué de la miseria y les mostré cómo sobrevivir. Ellas eligieron el cataclismo.

—¿Cuál fue el pecado de Heidi Schneider? ¿Amar a su espo­so y a sus bebés?

Su mirada se endureció.

—Le revelé el camino, y ella trajo veneno al mundo. ¡El mal multiplicado!

—El Anticristo.

—¡Sí! —dijo con el silbido de una serpiente. «¡Piensa! ¿Cuáles fueron sus palabras en Beaufort?»

—Recuerdo que dijiste que la muerte es una transición en el proceso de crecimiento. ¿Acaso educas a la gente asesinando a bebés y mujeres ancianas?

—No se puede permitir que los corruptos contaminen el nuevo orden.

—¡Los bebés de Heidi sólo tenían cuatro meses!

El miedo y la ira hicieron que se me quebrase la voz.

—¡Eran la perversión!

—¡Eran bebés!

Traté de lanzarme contra ella, pero las cuerdas estaban su­jetas con fuerza a la viga.

Más allá de la puerta podía oír los sonidos de los otros miembros de la secta. Pensé en los niños del complejo de Saint Helena, y se me oprimió el pecho.

«¿Dónde está Daniel Jeannotte?»

—¿A cuántos niños habéis matado tú y tu criado?

Las comisuras de sus ojos se cerraron casi imperceptible­mente.

«Haz que siga hablando.»

—¿Piensas pedirles a todos tus seguidores que mueran?

El no dijo nada.

—¿Por qué necesitas a mi hermana? ¿Acaso has perdido tu habilidad para motivar a tus seguidores?

Mi voz sonaba temblorosa y dos octavas demasiado aguda.

—Ella ocupará el lugar de otra persona.

—Ella no cree en tu Armagedón.

—Su mundo se está acabando.

—La última vez que lo vi lo estaban haciendo bastante bien.

—Matan secoyas para fabricar papel higiénico y arrojan ve­neno a ríos y océanos. ¿Es eso hacerlo bastante bien?

Acercó su cara a la mía, de modo que pude ver las venas que latían en sus sienes.

—Mátate tú si debes hacerlo, pero permite que los demás to­men sus propias decisiones.

—Debe existir un equilibrio perfecto. El número ha sido re­velado.

—¿De verdad? ¿Y están todos aquí?

Ella apartó la cabeza, pero no respondió. Vi algo que brilla­ba en su ojo, como la luz que rebota en un cristal astillado.

—No vendrán todos, El.

Sus ojos nunca la traicionaban.

—Kathryn no morirá por ti. Ella se encuentra a muchos ki­lómetros de aquí, a salvo con su bebé.

—¡Miente!

—No alcanzarás tu cupo cósmico.

—Las señales ya han sido enviadas. ¡El apocalipsis es ahora y renaceremos de nuestras cenizas!

Sus ojos eran dos agujeros negros bajo la débil luz de las ve­las. Reconocí la expresión: demencia.

Estaba a punto de contestarle cuando oí el ladrido de los pe­rros. El sonido llegaba desde el interior de la cabaña.

Me agité con desesperación, tratando de liberarme, pero sólo conseguí tensar aún más las cuerdas. La respiración se convir­tió en un frenético jadeo. Era una lucha refleja, instintiva.

¡No podría conseguirlo! ¡No podría liberarme de mis atadu­ras! ¿Y qué si lo conseguía? Estaba atrapada. —Por favor —imploré. El me miró con ojos despojados de cualquier sentimiento.

No pude reprimir un sollozo cuando los ladridos se hicieron más intensos. Continué sacudiendo el cuerpo. No me entrega­ría pasivamente, aun cuando mi resistencia fuese inútil.

¿Qué habían hecho los otros? Yo había visto la carne desga­rrada y los cráneos agujereados. Los ladridos se convirtieron en feroces gruñidos. Los perros estaban muy cerca. Me asaltó un pánico absolutamente incontrolable.

Me volví para mirar, y mis ojos barrieron la ventana pano­rámica. Mi corazón se paralizó. ¿Había visto unas figuras que se movían en el exterior de la casa?

«¡No desvíes la atención hacia la ventana!»

Aparté la vista de la ventana e hice girar el cuerpo para que­dar nuevamente delante de El; seguía luchando por liberarme de mis ataduras, pero mis pensamientos estaban entonces fue­ra de la casa. ¿Existía aún una posibilidad de que me rescata­sen?

El me observaba en silencio. Pasó un segundo, dos, cinco. Giré hacia la derecha y eché otro vistazo.

A través del hielo y la condensación de aire, vi una sombra que se movía de izquierda a derecha.

«¡Debes distraerla!»

Volví a girar y clavé mis ojos en El. La ventana estaba a su izquierda.

Los ladridos se oían cada vez más cerca.

«¡Di cualquier cosa!»

—Harry no cree en...

La puerta se abrió de par en par y oí voces.

—¡Policía!

Las botas resonaban sobre el suelo de madera.

—Haut les mains! ¡Manos arriba!

Protestas, gente que corría y gritos.

La boca de El se convirtió en un óvalo perfecto, y luego en una línea fina y oscura. Sacó una arma de entre sus ropas y la apuntó hacia algo detrás de mí.

En el instante en que apartó la mirada, me cogí con fuerza de la cuerda, lancé las caderas hacia adelante, agité los pies y me abalancé hacia ella. Un dolor lacerante recorrió mis hom­bros y muñecas mientras me balanceaba hacia adelante con los brazos totalmente extendidos. Flexioné el cuerpo a la altura de las caderas y lancé los pies hacia el frente; le golpeé el brazo con toda la fuerza de mi peso. El arma salió volando a través de la habitación y fuera de mi campo visual.

Mis pies dieron contra el suelo y me eché hacia atrás para aliviar la presión sobre los brazos. Cuando alcé la vista, El es­taba inmóvil, y un policía le apuntaba al pecho. Una de sus trenzas oscuras colgaba sobre la frente como una cinta de bro­cado.

Sentí unas manos en la espalda y oí voces que me hablaban. Un momento después estaba libre de mis ataduras y unos bra­zos fuertes me llevaron hasta un sofá. Olía a aire helado y a lana húmeda; cuero inglés.

Calmez-vous, madame. Tout va bien.

Mis brazos eran dos ramas de plomo y las rodillas parecían hechas de mermelada. Quería hundirme en la oscuridad y dor­mir para siempre, pero hice un esfuerzo por levantarme.

Ma soeur! ¡Tengo que encontrar a mi hermana!

Tout est bien, madame. —Las manos volvieron a apoyarme contra los cojines.

Más botas y puertas. Órdenes a viva voz. Vi que se llevaban esposados a El y a Daniel Jeannotte.

—¿Dónde está Ryan? ¿Conoce a Andrew Ryan?

—Cálmese, pronto estará bien —me dijo alguien en inglés.

Traté de relajarme.

—¿Se encuentra bien Ryan?

—Tranquila.

Harry estaba junto a mí. Sus ojos parecían enormes en esa penumbra nebulosa.

—Tengo miedo —murmuró con voz pastosa.

—Ya ha pasado todo. —Pasé mis brazos entumecidos alre­dedor de sus hombros—. Te llevaré a casa.

Su cabeza se apoyó en mi hombro, y yo descansé la mía sobre ella  La mantuve abrazada un momento, y luego la dejé Reuniendo los dispersos recuerdos de la educación religiosa que había recibido en mi infancia, cerré los ojos, junté las ma nos delante de. pecho y lloré en silencio mientras rezaba a Dios pidiendo por la vida de Andrew Ryan.