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Más allá del muro del sueño - H. P. Lovecraft

 «Entonces, el sueño se desplegó ante mí».

SHAKESPEARE

 

Con frecuencia me he preguntado si el común de los mortales se habrá parado alguna vez a considerar la enorme importancia de ciertos sueños, así como a pensar acerca del oscuro mundo al que pertenecen. 

Aunque la mayoría de nuestras visiones nocturnas resultan quizás poco más que débiles y fantásticos reflejos de nuestras experiencias de vigilia —a pesar de Freud y su pueril simbolismo—, existen no obstante algunos sueños cuyo carácter etéreo y no mundano no permite una interpretación ordinaria, y cuyos efectos vagamente excitantes e inquietantes sugieren posibles ojeadas fugaces a una esfera de existencia mental no menos importante que la vida física, aunque separada de esta por una barrera infranqueable. 

Mi experiencia no me permite dudar que el hombre, al perder su conciencia terrena, se ve de hecho albergado en otra vida incorpórea, de naturaleza distinta y alejada a la existencia que conocemos, y de la que solo los recuerdos más leves y difusos se conservan tras el despertar. 

De estas memorias turbias y fragmentarias es mucho lo que podemos deducir, aun cuando probar bien poco. Podemos suponer que en la vida onírica, la materia y la vida, tal como se conocen tales cosas en la tierra, no resultan necesariamente constantes, y que el tiempo y el espacio no existen tal como lo entienden nuestros cuerpos de vigilia. 

A veces creo que esta vida menos material es nuestra existencia real, y que nuestra vana estancia sobre el globo terráqueo resulta en sí misma un fenómeno secundario o meramente virtual.

Fue tras un ensueño juvenil colmado de especulaciones de tal clase, al despertar una tarde del invierno de 1900-1901, cuando ingresó en la institución psiquiátrica en la que yo servía como interno, un hombre cuyo caso me ha vuelto a la cabeza una y otra vez. 

Su nombre, según consta en el registro, era Joe Slater, o Slaader, y su aspecto resultaba el del típico habitante de la zona de la montaña Catskill; uno de esos vástagos extraños y repelentes de los primitivos pobladores campesinos, cuyo establecimiento durante tres siglos en esa zona montañosa y poco transitada les ha sumido en una especie de bárbara decadencia, en vez de avanzar al compás de sus iguales, más afortunados, asentados en distritos más populosos. 

Entre esa gente peculiar, que se corresponde con exactitud a los decadentes elementos de la «basura blanca» del Sur, no existen ley ni moral, y su nivel intelectual se halla probablemente por debajo del de cualquier otro grupo de la población nativa americana.

Joe Slater, que llegó a la institución bajo la atenta vigilancia de cuatro policías estatales, y que era descrito como de un carácter sumamente peligroso, no dio, sin embargo, muestras de tal peligrosidad la primera vez que lo vi. 

Aunque muy por encima de la talla media y de fornida constitución, mostraba una absurda apariencia de estupidez inofensiva debido a la mirada de sus ojillos acuosos de azul pálido y somnoliento, su rala, desatendida y jamás afeitada mata de barba amarillenta, y la apatía con que colgaba su grueso labio inferior. Se desconocía su edad, ya que entre su gente no hay registros familiares o lazos estables; pero por su calvicie frontal y por el mal estado de su dentadura, el cirujano le inscribió como hombre de unos cuarenta.

Por los documentos médicos y jurídicos supimos cuanto había recopilado sobre su caso. Este hombre, vagabundo, cazador y trampero, siempre había resultado un extraño a ojos de sus primitivos paisanos. 

Habitualmente solía dormir durante las noches más de lo normal, y tras el despertar acostumbraba a pronunciar palabras desconocidas en una forma tan extraña como para inspirar miedo aun en los corazones de aquella chusma sin imaginación. 

No es que su forma de hablar resultase totalmente insólita, ya que no hablaba sino en la decadente jerga de su entorno; pero el tono y el tenor de sus expresiones poseían una cualidad de misterioso exotismo, y nadie era capaz de escucharlas sin sentir aprensión. 

Él mismo se veía tan aterrado y confuso como su auditorio, y una hora después de despertar había olvidado todo lo dicho, o al menos qué le había llevado a decirlo, volviendo a la bovina y medio amigable normalidad del resto de los montañeses.

Según envejecía Slater, al parecer, sus aberraciones matutinas fueron aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que alrededor de un mes antes de su ingreso en la institución se desencadenó la estremecedora tragedia que había llevado a su arresto por parte de las autoridades. 

Un día, alrededor del mediodía, tras un profundo sueño en el que se había sumido tras una borrachera de whisky, en torno a las cinco de la tarde anterior, el hombre se había levantado con gran brusquedad, prorrumpiendo en aullidos tan terribles y ultraterrenos que atrajeron hasta su cabaña a varios vecinos… una sucia pocilga donde moraba con una familia tan impresentable como él mismo. 

Abalanzándose hacia el exterior, a la nieve, había alzado los brazos para comenzar una serie de saltos hacia el aire, al tiempo que vociferaba su decisión de alcanzar alguna «gran, gran cabaña con resplandores en techo y muros y suelos, y la sonora y extraña música de allá a lo lejos». 

Cuando dos hombres de respetable tamaño intentaron contenerlo, se había debatido con furia y fuerza maníaca, gritando su deseo y su necesidad de encontrar y matar a cierto «ser que brilla, se estremece y ríe». Al fin, tras derribar de momento a uno de quienes le sujetaban con un súbito golpe, se había lanzado sobre el otro en una demoníaca explosión de sed de sangre, vociferando infernalmente que «saltaría alto en el aire y se abriría paso a sangre y fuego entre quienes intentaran detenerlo». 

Familia y vecinos huyeron entonces presos del pánico y, cuando los más valientes regresaron, Slater se había ido, dejando tras de sí una pulpa irreconocible del que fuera un hombre vivo una hora antes. Ningún montañés había osado perseguirlo, y probablemente hubieran acogido con agrado su muerte en el frío; pero cuando varias mañanas más tarde oyeron sus gritos en un barranco lejano, comprendieron que se las había ingeniado de alguna forma para sobrevivir, y que era necesario neutralizarlo de una u otra forma. 

Entonces habían formado una patrulla armada de busca, cuyo propósito (fuera el que fuese) acabó convirtiéndose en pelotón del sheriff cuando uno de los pocas veces bien recibidos policías del estado descubrió casualmente a los buscadores, los interrogó y finalmente se unió a ellos.

Al tercer día hallaron inconsciente a Slater en el hueco de un árbol y lo condujeron a la cárcel más próxima, donde alienistas de Albany lo examinaron apenas recuperó el sentido. Él les contó una historia muy sencilla. Había, dijo, ido a dormir una tarde, hacia el anochecer, tras ingerir gran cantidad de licor. 

Se había despertado para descubrirse plantado, con las manos ensangrentadas, en la nieve ante su cabaña, el cadáver mutilado de su vecino Peter Sladen a los pies. Espantado, había huido a los bosques en un vano esfuerzo para escapar a la imagen de lo que debía tratarse de su propio crimen. 

Aparte de eso no parecía saber nada, sin que el experto examen de sus interrogadores pudiera suministrar hechos adicionales. Esa noche Slater durmió tranquilo y despertó a la mañana siguiente sin otros rasgos particulares que cierta alteración del gesto. 

El doctor Barnard, que mantenía en observación al paciente, creyó descubrir en sus ojos azul pálido cierto brillo de peculiar cualidad, y en los labios fláccidos una tirantez real, aunque casi imperceptible, como de inteligente determinación. Pero al ser interrogado, Slater se refugió en la vacuidad habitual de los montañeses, y tan solo abundaba en lo ya dicho el día anterior.

La tercera mañana tuvo lugar el primero de los ataques mentales del hombre. Tras algunas muestras de intranquilidad durante el sueño, estalló en un ataque tan terrible que se necesitó la fuerza combinada de cuatro hombres para embutirle una camisa de fuerza. 

Los alienistas escucharon con suma atención sus palabras, ya que su curiosidad se veía aguzada hasta un alto grado a través de las sugestivas, aunque en su mayor parte contradictorias e incoherentes, historias de familia y vecinos. Slater deliró alrededor de unos quince minutos, balbuciendo en su dialecto campesino acerca de grandes edificios de luz, océanos de espacio, extrañas músicas y montañas sombrías y valles. 

Pero sobre todo se explayó acerca de alguna entidad misteriosa y brillante que se estremecía, reía y burlaba de él. Esta vasta, vaga entidad, parecía haberle infligido un daño terrible, y su deseo supremo residía en matarla en venganza triunfante. Para lograrlo, decía, debía remontarse a través de abismos de vacío; abrasando cuantos obstáculos se interpusieran a su paso. Ese era su discurso, hasta que cesó de la forma más abrupta. 

El fuego de la locura se esfumó de sus ojos, y con asombro turbio observó a sus interrogadores y les preguntó por qué estaba atado. El doctor Barnard le retiró el arnés de cuero y no se lo colocó hasta la noche, cuando consiguió convencer a Slater de que lo aceptara por propia voluntad, por su propio bien. El hombre ya había admitido que a veces hablaba de forma extraña, aunque no sabía por qué.

En el transcurso de una semana se desencadenaron otros dos ataques, aunque los doctores aprendieron muy poco de ellos. Especularon ampliamente sobre la fuente de las visiones de Slater, ya que, no sabiendo leer ni escribir, y aparentemente nunca habiendo escuchado leyendas o cuentos de hadas, su prodigiosa imaginería resultaba inexplicable. Que no procedía de ningún mito o leyenda quedaba especialmente de manifiesto por el hecho de que aquel desdichado lunático se expresaba acerca de sí mismo tan solo en su sencillo lenguaje. 

Desvariaba sobre cosas que ni entendía ni podía interpretar; cosas que pretendía haber experimentado, pero que no podía haber aprendido a través de cualquier narración normal o coherente. 

Pronto, los alienistas decidieron que en esos sueños anormales residía la clave del problema; sueños tan vívidos que durante ciertos lapsos de tiempo podían dominar por completo a la mente despierta de ese ser humano, básicamente inferior. Slater fue enjuiciado por homicidio, siguiendo las debidas formalidades, absuelto gracias a su locura y recluido en la institución donde yo prestaba mis modestos servicios.

Ya he admitido ser un incansable especulador sobre la vida onírica, y por eso puede juzgarse con qué impaciencia me lancé al estudio del nuevo paciente apenas tuve pleno conocimiento de los hechos que rodeaban al caso. Parecía sentir alguna simpatía hacia mí, despertada sin duda por el interés, que yo no podía ocultar, así como por el modo amable en que yo lo interrogaba. 

Aunque nunca llegó a reconocerme en el transcurso de sus ataques, en los que yo me veía suspendido sin aliento sobre sus caóticas aunque cósmicas descripciones de su mundo, me reconocía en sus horas tranquilas, cuando podía sentarse junto a su ventana barrada tejiendo cestos de paja y sauce, y quizás añorando una libertad en las montañas que nunca recobraría. Su familia jamás intentó verlo; seguramente habían ya hallado otro cabeza de familia temporal, según las costumbres de esos degenerados montañeses.

Poco a poco comencé a sentir una subyugante admiración por las locas y fantásticas creaciones de Joe Slater. En sí mismo, el personaje era patéticamente inferior, tanto en intelecto como en forma de expresarse; pero sus rutilantes y titánicas visiones, aun cuando descritas en una jerga bárbara y deslabazada, eran sin duda algo que tan solo una mente superior o incluso excepcional podía concebir. 

¿Cómo, me preguntaba a menudo, podía la estulta imaginación de un degenerado de Catskill conjurar visiones cuya sola existencia indicaba la presencia de una chispa oculta de genialidad? ¿Cómo podía aquel gañán de las Chimbambas hacerse siquiera idea de esas regiones resplandecientes de brillos y espacios sobrehumanos sobre los que Slater divagaba durante sus furiosos delirios? 

Cada vez más iba haciéndome a la idea de que, en el penoso individuo que se acurrucaba ante mis ojos, se albergaba el núcleo trastornado de algo que trascendía mi comprensión, algo que se hallaba definitivamente más allá de la comprensión de mis colegas médicos y científicos, más experimentados pero menos imaginativos.

Y a pesar de todo yo no lograba obtener nada definitivo del personaje. El resultado de toda mi investigación residía en que, en un estado de vida onírica semiincorpórea, Slater vagabundeaba o flotaba a través de resplandecientes y prodigiosos valles, praderas, jardines, ciudades y palacios de luz; en una región prohibida y desconocida para el hombre. 

Que allí ya no era un labriego y un degenerado, sino una criatura de vida importante y activa; moviéndose orgullosa y dominante, y tan solo preocupada por cierto enemigo mortal que parecía tratarse de un ser de estructura visible aunque etérea, y que no parecía tener forma humana, ya que Slater jamás se refería a él como hombre, sino como un ser. 

El ser había causado a Slater algún daño odioso, aunque no formulado, del que el maníaco (si de un maníaco se trataba) había jurado vengarse. Por la forma en que Slater se refería a sus relaciones, apostaría a que él mismo y el ser luminoso se habían encontrado en igualdad de condiciones; que en esa existencia onírica el hombre era un ser luminoso de la misma estirpe que su enemigo. Esta impresión se sustentaba en las frecuentes referencias a vuelos por el espacio y a calcinar cuanto se opusiera a su avance. 

Sin embargo, tales conceptos eran formulados mediante rústicas palabras, completamente inadecuadas para expresarlos, algo que me hizo colegir que, si un mundo onírico existía realmente, el lenguaje oral no constituía el medio de transmisión de las ideas. 

¿Podría ser que el alma del durmiente que habitaba ese cuerpo inferior luchase desesperadamente tratando de decir cosas que la simple y titubeante lengua de la torpeza no podía proferir? ¿Estaría quizás frente a emanaciones intelectuales capaces de explicar el misterio, a condición de ser capaz de aprender a descubrirlas y leer en ellas? 

No comenté tales cosas con los viejos médicos, ya que la madurez resulta escéptica, cínica y mal predispuesta a las nuevas ideas. Además, el director de la institución últimamente me había llamado la atención, con sus maneras paternales, acerca de que yo estaba trabajando demasiado y que mi mente necesitaba algún reposo.

Yo había sostenido durante largo tiempo la creencia de que el pensamiento humano consiste básicamente en movimientos atómicos y moleculares, transformables en ondas etéreas de energía radiante, tales como el calor, la luz y la electricidad.

Tal creencia me había llevado muy pronto a contemplar la posibilidad de comunicación telepática o mental a través de aparatos adecuados, y en mis días de universidad había preparado un juego de instrumentos de transmisión y recepción, parecidos en cierta forma a los aparatosos mecanismos utilizados por la telegrafía sin hilos durante aquel tosco periodo previo a la radio. 

Los había probado con un compañero de estudios, pero, al no lograr resultado alguno, pronto los había arrinconado, en compañía de otras extravagancias científicas, con miras a su posible uso futuro. 

Ahora, llevado de mi intenso deseo de penetrar en la vida onírica de Joe Slater, acudí de nuevo a dichos instrumentos y empleé algunos días poniéndolos a punto. En cuanto estuvieron operativos de nuevo, no perdí oportunidad de probarlos. 

A cada ataque de violencia en Slater, acoplaba el transmisor a su frente y el receptor a la mía, realizando delicados ajustes para varias e hipotéticas longitudes de onda de la energía intelectual. Yo tenía muy poca idea de en qué forma las impresiones mentales, de tener lugar la comunicación, despertarían respuesta inteligente en mi cerebro; pero poseía la certeza de que podría detectarlas e interpretarlas. Así que proseguí con mis experimentos, aunque sin informar a nadie de su naturaleza.

Finalmente, todo ocurrió el 21 de febrero de 1901. Años después, mirando atrás, comprendo cuán irreal puede parecer, y a veces me pregunto a medias si el anciano doctor Fenton no tendría razón al achacar todo a mi imaginación sobreexcitada. 

Recuerdo que escuchó con gran amabilidad y paciencia cuanto le conté, pero acto seguido me suministró unos sedantes y dispuso para mí unas vacaciones de medio año que inicié a la semana siguiente. Aquella fatídica noche yo me encontraba agitado y perturbado en grado sumo, ya que, a pesar del excelente trato dispensado, Joe Slater agonizaba sin remisión. 

Quizás se trataba de la perdida libertad de montañés, o quizás el desorden de su cerebro se había vuelto excesivamente acusado para su organismo, perezoso en demasía; en todo caso, la llama de la vida se apagaba en aquel cuerpo degradado. Hacia el final se encontraba adormecido y, al caer la oscuridad, se sumió en un sueño inquieto. 

No le puse camisa de fuerza, tal como solía hacer cuando él iba a dormir, ya que veía que se encontraba demasiado débil como para resultar peligroso, aun si recaía en el desorden mental otra vez antes de expirar. Pero coloqué en su cabeza y la mía los dos terminales de mi «radio cósmica»; buscando, contra cualquier esperanza, lograr un primer y último mensaje del mundo onírico en el escaso tiempo que restaba. 

Con nosotros, en la celda, se encontraba un enfermero; un tipo mediocre que no comprendía el propósito del aparato, ni pensó en cuestionarse mis movimientos. Con el pasar de las horas, vi cómo su cabeza se vencía desmayadamente en el sueño, pero no lo molesté. Yo mismo, acunado por la rítmica respiración del sano y del agonizante, debí comenzar a cabecear poco después.

El sonido de una melodía lírica y extraña fue lo que me despabiló. Acordes, vibraciones y éxtasis armónicos resonaban apasionados por doquier mientras ante mi mirada hechizada se abría el formidable espectáculo de la belleza suprema. Muros, columnas y arquitrabes de fuego viviente llameaban refulgentes en torno al sitio en el que me parecía flotar por los aires, remontándose hasta una bóveda inconmensurablemente alta, de indescriptible esplendor. 

Entremezclado en ese despliegue de espléndida magnificencia, o más bien suplantándolo a veces en una calidoscópica rotación, había destellos de amplias llanuras y valles encantadores, altas montañas y grutas sugerentes, dotados con cualquier adorable atributo de imaginería que mis ojos deslumbrados pudieran concebir, aunque modelado por completo en alguna materia reluciente, etérea, plástica, cuya consistencia parecía tan espiritual como material. 

Según observaba, descubrí que la clave de esta encantadora metamorfosis se hallaba en mi propio cerebro, ya que cada panorama que aparecía ante mí era el que mi voluble mente deseaba contemplar. En estos jardines elíseos yo no resultaba un extraño, ya que cada imagen y sonido me resultaba familiar, tal como fuera durante incontables eones de eternidad en el pasado, tal como sería durante las eternidades del porvenir.

Luego, el aura resplandeciente de mi hermano en la luz se me allegó y mantuvo un coloquio conmigo, alma con alma, en silencio y perfecta comunión de pensamientos. Aquella hora era la de un próximo triunfo, ya que, ¿no iba mi compañero a escapar al fin de una degradante esclavitud transitoria, escapar por siempre y prepararse a perseguir al maldito opresor incluso hasta los supernos campos del éter, sobre los que lanzaría una incendiaria venganza cósmica que haría estremecer a las esferas? 

Flotamos así durante un tiempo, hasta que noté cierta turbiedad y desvanecimiento en los objetos circundantes, como si alguna fuerza me reclamase hacia la tierra… el lugar al que menos deseaba yo ir. El ser cercano a mí parecía sentir asimismo algún cambio, ya que gradualmente llevó su discurso a una conclusión, y él mismo se preparó para abandonar el lugar, esfumándose ante mis ojos de forma algo menos rápida que los demás objetos. 

Cambiamos unos pocos pensamientos más y supe que el ser luminoso y yo éramos reclamados por nuestras ataduras, aunque aquella sería la última vez para mi hermano en la luz. El doliente cascarón planetario hallaría su fin en menos de una hora y mi compañero se vería libre para perseguir al opresor a través de la Vía Láctea y más allá de las últimas estrellas, hasta los mismos confines del universo.

Un choque muy definido separa mi última impresión sobre la evanescente escena de luz de mi despertar repentino y algo avergonzado, así como de mi levantamiento de la silla al ver que la agonizante figura del camastro se removía inquieta. Joe Slater, de hecho, se despertaba, aunque probablemente por última vez. 

Al observarlo más detenidamente, vi que en la superficie de sus mejillas brillaban manchas de color que antes no tenía. Los labios, también, se veían diferentes, firmemente apretados por la fuerza de un carácter más decidido que el que poseyera Slater. 

Finalmente, todo el rostro fue tensándose, y la cabeza giró intranquila, con los ojos cerrados. No desperté al enfermero, sino que reajusté el dispositivo de cabeza, ligeramente desajustado, de mi «radio» telepática, intentando captar cualquier mensaje de partida que pudiera emitir el soñador. Todo a un tiempo, la cabeza giró bruscamente hacia mí y los ojos se abrieron de repente, causándome un gran desasosiego al contemplarlo. 

El hombre que fuera Joe Slater, el degenerado de Catskill, me miraba ahora con ojos luminosos, abiertos de par en par; ojos cuyo azul parecía haberse tornado en más profundo. No resultaban visibles ni manía ni degeneración alguna en tal mirada, y supe sin duda alguna que estaba frente a un rostro tras el que subyacía una mente activa y de primer orden.

En tal tesitura, mi cerebro comenzó a abrirse a una lenta influencia externa que operaba sobre mí. Cerré los ojos para concentrar más mis pensamientos y me vi recompensado por el conocimiento real de que el mensaje mental, por tanto tiempo esperado, llegaba por fin. 

Cada idea transmitida se formaba con rapidez en mi mente y, aun cuando no se utilizaba ningún idioma actual, mi habitual asociación de conceptos y expresiones resultaba tan grande que me parecía recibir el mensaje en inglés vulgar.

Joe Slater está muerto —así me llegó la impactante voz, o el agente de más allá del muro del sueño. Con los ojos abiertos busqué el lecho del dolor, lleno de miedo inexplicable; pero los ojos azules aún me contemplaban calmosos, y las facciones todavía mostraban una inteligencia animada—. Está mejor muerto, ya que no era adecuado para albergar la activa inteligencia de una entidad cósmica. 

Su tosco cuerpo no podía sobrellevar los ajustes necesarios entre la vida etérea y planetaria. Era mucho más que un animal, mucho menos que un hombre, aunque gracias a sus defectos has llegado a descubrirme, ya que, en verdad, las almas cósmicas y planetarias no debieran nunca llegar a encontrarse. 

Fue mi tormento y mi prisión durante cuarenta y dos de vuestros años terrestres. Yo soy una entidad igual a la que tú mismo asumes en la libertad que da el sueño sin sueños. Soy tu hermano de luz y he flotado contigo por los valles resplandecientes. No me está permitido hablarle a tu ser terrestre despierto acerca de tu ser real, pero somos vagabundos de los amplios espacios y viajeros por multitud de eras. 

El año próximo quizás esté morando en el oscuro Egipto que tú llamas antiguo, o en el cruel imperio de Tsan-Chan que se alzará dentro de tres mil años. Tú y yo hemos ido a la deriva entre los mundos que danzan en torno al rojo Arturo y habitado los cuerpos de los filósofos insectoides que se arrastran altaneros sobre la cuarta luna de Júpiter. ¡Cuán pequeño es el conocimiento del ser terrestre sobre la vida y su amplitud! ¡Cuán pequeño debe ser, asimismo, para garantizar su propia tranquilidad! 

Del opresor no puedo hablar. Vosotros, en la Tierra, habéis notado inconscientemente su lejana presencia… vosotros, que sin conocimiento, despreocupados, disteis a su parpadeante faro el nombre de Algoz la estrella del demonio. Es para hallar y vencer al opresor que me he esforzado en vano durante eones, retenido por ataduras corpóreas. 

Esta noche partiré como una Némesis, llevando justa y ardiente venganza cataclísmica. Contémplame en el cielo próximo a la estrella del demonio. No puedo hablar mucho más, ya que el cuerpo de Joe Slater se está volviendo frío y rígido, y el grosero cerebro cesa de vibrar como yo deseo. 

Has sido mi hermano en el cosmos; has sido mi único amigo en este planeta —la única alma en sentirme y buscarme dentro de la repelente forma que yace en este camastro. Volveremos a encontrarnos… quizás en las resplandecientes brumas de la Espada de Orión, quizás en una desierta meseta del Asia prehistórica. Quizás en un sueño esta misma noche, imposible de recordar; quizás en otra forma, en los eones por venir, cuando el sistema solar ya no exista.

En este momento, las ondas mentales cesaron bruscamente y los pálidos ojos del soñador —¿o debo decir el muerto?— comenzaron a vidriarse como los de un pez. Medio sumido en estupor, me acerqué al camastro y tomé su muñeca, pero la descubrí fría, rígida, sin pulso. Las fláccidas mejillas volvieron a palidecer, y los labios tensos se abrieron, descubriendo la repugnante dentadura podrida del degenerado Joe Slater. Me estremecí, pasé una manta sobre aquella cara espantosa y desperté al enfermero. Luego abandoné la celda y volví en silencio a mi cuarto. Necesitaba imperiosa e inexplicablemente dormir un sueño cuyos sueños no debo recordar.

¿El clímax? ¿Qué sencillo relato científico puede alardear de tal efecto retórico? Sencillamente he consignado algunos hechos que yo creo reales, permitiéndoos interpretarlos a vuestro antojo. Como ya he admitido, mi superior, el viejo doctor Fenton, niega la realidad de cuanto he dicho. Afirma que me hallaba colapsado por la tensión nerviosa y sumamente necesitado de las largas vacaciones con sueldo completo que tan generosamente me concedió. 

Jura por su honor profesional que Joe Slater no era sino un paranoico incurable, cuyas fantásticas concepciones debían proceder de la tosca herencia de cuentos populares que circulan aún en la más decadente de las comunidades. 

Todo eso dice… aunque no puedo olvidar lo visto en el cielo tras la noche de Slater. Para evitar que me creáis un testigo parcial, será otra pluma la que de este último testimonio, que quizás pueda suplir el clímax que esperabais. Reseñaré el siguiente informe sobre la estrella Nova Persei, extraído de las notas de esa eminente autoridad astronómica, el profesor Garrett P Serviss.

«El día 22 de febrero de 1901, una nueva y maravillosa estrella fue descubierta por el doctor Anderson, de Edimburgo, no lejos de Algol. Ningún astro era antes visible en ese lugar. En veinticuatro horas, la desconocida había alcanzado brillo suficiente como para opacar Capella. En una semana o dos había aminorado visiblemente, y con el paso de unos pocos meses apenas era visible a simple vista».

 

Recomendación: "El juego más antiguo" de Alberto Chimal por Sivela Tanit

Este es uno de mis cuentos favoritos. La historia narra el enfrentamiento épico entre dos poderosas bruja, ambas se odian con profundidad. Es un combate de magia de transformación, donde ambas comienzan a cambiar de forma y naturaleza.

Es un cuento muy breve pero interesante porque se la batalla, que es lo atractivo, se desarrolla con ingenio, la fuerza para que cada una pueda ganar depende de su astucia. El final es magnífico, porque en realidad no se espera una transformación así, como lector esperas tener un descenlace cotidiano, una sobre la otra, sin embargo, el autor juega con la idea de una tercer escape, y eso es lo maravilloso, que Alberto Chimal lo introduce casi como de casualidad, le da esa sensación de imposibilidad, pero lo logra, encuentra la salida para la batalla y le queda muy bien.

Es un cuento muy recreativo y muy bello en todas sus partes. 

Recomiento su lectura, es breve, pero emocionante. Pueden encontrarlo en el enlace de abajo.

Disfruten de su lectura.

https://sivela.blogspot.com/2009/04/alberto-chimal.html

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 4)

         17

La señora Warwick guardó silenció unos instantes antes de responder con tono brusco:

-Voy a hacerle una pregunta, señor Stark­wedder. ¿Puede entender que una persona que haya concebido una vida se sienta con el derecho de acabar con esa vida?

Starkwedder se paseó por la habitación pen­sando en esas palabras hasta que finalmente de­claró:

-Se conocen casos de madres que han matado a sus hijos, sí, pero suele ser por alguna razón sórdida (un seguro, por ejemplo) o quizá tienen ya dos o tres hijos y no quieren los problemas de otro niño. -Se volvió hacia ella-: ¿Le beneficia económicamente la muerte de Richard?

-No.

Starkwedder asintió.

-Disculpe mi franqueza -comenzó, pero la señora Warwick le interrumpió al preguntar con aspereza:

-¿Comprende lo que intento decirle?

-Creo que sí. Dice que es posible que una mujer mate a su hijo. -Se dirigió al sofá y se in­clinó sobre él-. Y usted me está diciendo, para ser más exactos, que mató a su hijo. ¿Es sólo una teoría? ¿Debo entender que se trata de un hecho?

-No estoy confesando nada -respondió la señora Warwick-. Simplemente estoy mos­trándole cierto punto de vista. Es posible que surja una emergencia cuando yo ya no esté aquí para solucionarla. Si ello sucediera, quiero que tenga esto y que lo utilice. -Sacó un sobre del bolsillo y se lo tendió.

Starkwedder lo tomó no sin puntualizar:

-Todo esto me parece muy bien, pero yo tampoco estaré aquí. Regreso a Abadan para continuar con mi trabajo.

Ella hizo un ademán, como si considerara insignificante la objeción.

-Supongo que no estará desconectado de la civilización -comentó-. Habrá periódicos, ra­dio y otras cosas en Abadan.

-Sí -convino-, disponemos de todos esos lujos occidentales.

-Entonces guarde ese sobre. ¿Ve a quién está dirigido?

El echó un vistazo.

-Al comisario. -Se acercó al sillón-. Pero no tengo muy claro qué tiene usted en mente.

Para ser mujer, sabe guardar muy bien un secre­to porque, o bien cometió el asesinato usted mis­ma o sabe quién lo hizo. Se trata de eso, ¿verdad?

Ella apartó la mirada al responder:

-No es mi intención discutir este asunto. Él se sentó en el sillón.

-Aun así -insistió-, me gustaría saber qué tiene en mente.

-Me temo que no se lo voy a decir. Como usted bien dice, soy una mujer que sabe guardar bien un secreto.

Starkwedder decidió cambiar de táctica y dijo:

-El asistente, el hombre que cuidaba de su hijo... -Hizo una pausa como si intentara re­cordar su nombre.

-Angell -le dijo la señora Warwick-. ¿Qué sucede con él?

-¿Es de su agrado?

-No, la verdad es que no -respondió-. Pero es eficiente, y Richard no era una persona fácil de tratar.

-Supongo que no. Pero Angell lo soporta­ba todo, ¿no es así?

-Valía la pena -fue la seca respuesta de la señora Warwick.

Starkwedder se incorporó y comenzó a pa­searse por el estudio. Después se volvió hacia la señora Warwick para obtener más información.

-¿Tenía Richard algo contra él?

-¿Algo contra él? ¿Qué quiere decir? Ah, ya veo; ¿me pregunta si Richard sabía algo que pudiera perjudicar a Angell?

-Sí, eso quiero decir. ¿Tenía algún tipo de control sobre él?

La señora Warwick reflexionó un instante antes de responder:

-No, creo que no.

-Me estaba preguntando...

-Se pregunta si Angell mató a mi hijo. Lo dudo, lo dudo mucho.

-Ya veo que no le convence esta teoría -comentó él-. Es una lástima, pero así es.

La señora Warwick se puso en pie: -Gracias, señor Starkwedder, ha sido usted muy amable. -Y le tendió la mano.

Divertido por su actitud brusca, él le estre­chó la mano. A continuación se acercó a la puer­ta y la abrió. La señora Warwick salió por ella y Starkwedder la cerró. Con una sonrisa, se dirigió al escabel. Vaya, ¡que me zurzan!, pensó mien­tras contemplaba el sobre de nuevo. ¡Menuda mujer!

La señorita Bennett entró en el estudio. Starkwedder introdujo apresurado el sobre en un bolsillo mientras ella cerraba la puerta tras de sí y se acercaba al sofá. Parecía disgustada y preo­cupada.

-¿Qué le ha contado? -preguntó. Sorprendido, él intentó ganar tiempo.

-¿Qué quiere decir? -respondió.

-La señora Warwick, ¿qué le ha dicho? A fin de evitar una respuesta directa, Stark­wedder simplemente respondió:

-Parece disgustada.

-Claro que lo estoy -replicó-. Sé de lo que esa mujer es capaz.

Starkwedder miró al ama de llaves con dete­nimiento antes de preguntar:

-¿De qué es capaz? ¿De asesinato?

La señorita Bennett dio un paso en su direc­ción.

-¿Es eso lo que ha intentado que usted cre­yera? Pues no es cierto.

-Bueno, uno nunca puede estar seguro; después de todo, podría ser verdad.

-Pero no es así -insistió ella.

-¿Cómo puede saberlo?

-Lo sé. ¿Acaso cree que hay algo que yo no sepa de las personas de esta casa? Hace años que trabajo para ellos -se sentó en el sillón-, y los aprecio mucho a todos.

-¿Incluido el difunto Richard Warwick? La señorita Bennett parecía ensimismada, pero contestó.

-Solía apreciarle... hace tiempo.

Hubo un silencio. Starkwedder, sentado en el escabel, la contempló antes de murmurar: -Prosiga.

-Cambió -dijo ella-. Se le torció el carácter, cambió totalmente, a veces podía ser un de­monio.

-Sí, parece que todos están de acuerdo en eso.

-Pero si le hubiera conocido antes... Starkwedder la interrumpió:

-Yo no creo que las personas cambien.

-Richard sí -insistió ella.

-No es así -le contradijo él. Se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación-. Creo que se equivoca, estoy convencido de que siem­pre tuvo un demonio en su interior. Yo diría que era una de esas personas que necesitaba ser feliz y tener éxito, porque si no era así... Esas perso­nas esconden su verdadera personalidad todo el tiempo que sea necesario hasta conseguir lo que quieren pero, en el fondo, esa veta mezquina siempre está allí. -Se volvió hacia la señorita Bennett-. Apostaría a que su crueldad siempre estuvo allí. Seguramente era un bravucón en el colegio. Resultaba atractivo para las mujeres, como es natural, pues a éstas les atraen los tipos duros. Yo diría que la caza mayor era una vía de escape para su sadismo. -Starkwedder señaló los trofeos de caza que colgaban de la pared y se acercó a los ventanales.

»Richard Warwick debió de ser un gran egoísta -continuó-. Esa es la impresión que tengo por la forma en que todos hablan de él. Disfrutaba haciéndose pasar por un hombre bondadoso, generoso, con éxito, encantador y todo lo demás. Pero esa veta cruel estaba allí, y cuando tuvo el accidente se arrancó la másca­ra y pudieron verle como era en realidad.

La señorita Bennett se puso en pie.

-No creo que sea asunto suyo -exclamó indignada-. Usted es un extraño y no sabe nada.

-Quizá no, pero he oído muchas cosas -objetó Starkwedder-. Por algo, todo el mun­do acude a mí.

-Sí, supongo que sí. De hecho, aquí estoy yo hablando con usted, ¿verdad? -reconoció-. Eso es porque no nos atrevemos a hablar entre nosotros. -Le miró con expresión suplicante-. Ojalá no tuviera que marcharse.

Starkwedder sacudió la cabeza.

-Realmente no he ayudado en nada, lo úni­co que hice fue entrar y descubrir el cadáver.

-¿No fue Laura quien descubrió a Richard? -repuso la señorita Bennett. Y añadió-: ¿O es que Laura y usted...?

 

18

Starkwedder miró a la señorita Bennett y sonrió.

-Es usted muy astuta -observó.

Ella clavó los ojos en él. -Usted la ayudó, ¿verdad? -preguntó con tono acusador.

Starkwedder se alejó de ella. -Se está imaginando cosas -respondió.

-No, no es así. Quiero que Laura sea feliz, no sabe cuánto lo deseo.

Starkwedder se volvió hacia ella y exclamó:

-Maldita sea, yo también.

Ella le miró sorprendida.

-En ese caso, tengo que... tengo -dijo Starkwedder, que había posado la vista en la te­rraza por casualidad y había descubierto al joven Jan con una pistola en la mano; indicó al ama que guardara silencio. Se acercó a los ventanales, abrió la puerta y gritó-: ¿Qué estás haciendo?

En ese instante, la señorita Bennett vio a Jan en el jardín blandiendo una pistola. Corrió hacia los ventanales y gritó:

Jan, ¡dame esa arma!

Pero Jan salió corriendo mientras gritaba:

-¡Ven a buscarla!

La señorita Bennett corrió tras él, gritando desesperada:

-Jan! ¡Jan!

En ese momento entró Laura en la habita­ción.

-¿Dónde está el inspector? -preguntó. Starkwedder negó con la cabeza. Laura se acercó a él.

-Michael, tienes que escucharme -le im­ploró-, Julian no ha matado a Richard.

-¿Es eso cierto? -respondió Starkwedder con frialdad-. Te lo ha dicho él, ¿no es así?

-No me crees, pero es cierto -replicó ella con tono desesperado.

-Eso significa que tú le crees.

-No. Sé que es verdad -replicó Laura-. Verás, él pensaba que yo había matado a Ri­chard.

-No me sorprende -repuso él con morda­cidad-. También lo creía yo, ¿no?

Laura pareció todavía más desesperada al in­sistir:

-Él pensaba que yo había matado a Ri­chard, era incapaz de asimilarlo, le hacía... le hacía verme de una manera diferente.

Starkwedder la observó con frialdad.

-Pero, cuando pensaste que había sido él quien había matado a Richard ¡ni te inmutaste! -Starkwedder sonrió-. ¡Las mujeres son maravillosas! -murmuró. Se acercó al sofá y se apoyó en el brazo-. ¿Qué es lo que hizo que Farrar se perjudicara a sí mismo dicien­do que estuvo aquí anoche? ¿No me digas que se debe a un puro y simple amor a la verdad?

-Fue Angell -respondió Laura-. Angell vio, o dice haber visto, a Julian aquí.

-Sí -comentó él con una risita amarga-, creí detectar cierto hedor a chantaje; es un mal bicho ese Angell.

-Dice que vio a Julian justo después del dis­paro. ¡Estoy asustada! El círculo se está estre­chando, tengo miedo.

Starkwedder la cogió por los hombros.

-No tienes por qué estar asustada -le ase­guró-, todo saldrá bien.

Laura sacudió la cabeza.

-No es verdad -gimió.

-Todo saldrá bien, créeme -insistió sacu­diéndola ligeramente por los hombros.

Ella le observó con ojos inquisidores. -¿Sabremos alguna vez quién mató a Ri­chard? -preguntó.

Starkwedder la miró sin responder. Se acer­có a los ventanales y contempló el jardín.

-Tu señorita Bennett está segura de cono­cer todas las respuestas.

-Siempre está segura de todo, pero a veces se equivoca -replicó Laura.

Starkwedder vislumbró algo en el exterior e hizo señas a Laura para que se acercara. Ella co­rrió hacia él y tomó la mano que le tendía.

-Mira, Laura -exclamó observando el jar­dín-. ¡Me lo imaginaba!

-¿Qué sucede?

-¡Sssh! -le advirtió.

En ese preciso instante entró la señorita Ben­nett desde el pasillo.

-¡Señor Starkwedder! -dijo-. ¡Vaya a la siguiente habitación, el inspector está allí! ¡Rá­pido!

Starkwedder y Laura salieron al pasillo. Tan pronto como se hubieron marchado, la señorita Bennett se dirigió al jardín, donde la luz del día comenzaba a desvanecerse.

-Vamos, Jan -llamó-, no juegues más. ¡Entra!

 

19

La señorita Bennett esperó a Jan junto a los ventanales. Jan entró con aspecto iracundo y triunfante a la vez, y con una pistola en la mano.

-Veamos, Jan, ¿de dónde has sacado eso? -preguntó ella.

-Te creías muy lista, ¿eh, Benny? -respon­dió él, beligerante-. Muy lista porque habías guardado las pistolas de Richard allí, bajo llave. -Señaló el pasillo con un gesto-. Pero encontré una llave que abría el armario de las pistolas. Ahora tengo una pistola, igual que Richard. Ten­dré muchas pistolas y dispararé a cosas. -Alzó la que llevaba y apuntó a la señorita Bennett, que se estremeció-. Ten cuidado, Benny -conti­nuó con una risita-, quizá te dispare.

Ella intentó no parecer demasiado asustada mientras decía con el tono más suave de que era capaz:

_ Tú no harías una cosa semejante, Jan. Sé que no lo harías.

Él continuó apuntándola, pero después bajó el arma.

La señorita Bennett se relajó levemente y tras una pausa, Jan exclamó con dulzura y cierta ansiedad:

-No, no lo haría. Claro que no lo haría. -Después de todo, tú no eres un niño insensato -dijo ella con tono tranquilizador-.

Ahora eres un hombre, ¿verdad?

Jan esbozó una amplia sonrisa. Se acercó al escritorio y se sentó en la silla.

-Sí, soy un hombre -convino-. Ahora que Richard ha muerto, soy el hombre de la casa.

-Por eso sé que no me matarías. Sólo matarías a un enemigo.

-Exacto -exclamó él entusiasmado. Escogiendo sus palabras con cuidado, la se­ñorita Bennett dijo:

-Durante la guerra, si pertenecías a la Re­sistencia y matabas a un enemigo hacías una muesca en la culata de tu arma.

-¿Ah, sí? -respondió Jan examinando la pistola-. ¿Eso hacían? -Miró a la señorita Bennett emocionado-. ¿Había personas que te­nían muchas muescas?

-Sí. Había personas que tenían bastantes muescas.

Jan soltó una carcajada de satisfacción. -¡Qué divertido! -exclamó.

-Claro que a algunas personas no les gusta matar, pero a otras sí.

-A Richard le gustaba.

-Sí, a Richard le gustaba matar cosas -reconoció ella. Se alejó de él con gesto tranquilo y agregó- A ti también te gusta matar cosas, ¿verdad, Jan?

El sacó una navaja del bolsillo y comenzó a grabar una muesca en la pistola.

-Matar es emocionante -comentó con cierta irritación.

La señorita Bennett lo miró.

-Tú no querías que Richard te enviara lejos de aquí, ¿verdad, Jan? -preguntó con voz queda.

-Dijo que lo haría -respondió Jan vehe­mente-. ¡Era un monstruo!

La señorita Bennett se situó detrás de la silla de Jan.

-Una vez dijiste a Richard -le recordó- que le matarías si te enviaba fuera.

-¿Ah, sí? -respondió él con indiferencia.

-¿Pero no le mataste? -preguntó ella ento­nando las palabras como si fueran un media pre­gunta.

-No, no le maté.

-Fue algo cobarde por tu parte.

-¿Ah, sí? -preguntó Jan con un brillo ma­licioso en los ojos.

-Sí, creo que sí, decir que le ibas a matar y luego no hacerlo... -La señorita Bennett caminaba alrededor del escritorio pero tenía los ojos clavados en la puerta-. Si alguien me amenazara con mandarme fuera querría matarle, y lo haría.

-¿Quién dice que no lo hice? -respondió Jan-. Quizá sí fui yo.

-Ah, no, seguro que no fuiste tu -dijo ella desdeñosa-. Sólo eres un niño, no te hubieras atrevido.

Jan se levantó de la silla.

-¿Crees que no me hubiera atrevido? -chi­lló-. ¿Es eso lo que crees?

-Claro que lo creo. -Parecía estar provo­cándolo de forma deliberada-. Está claro que nunca te hubieras atrevido a matar a Richard, para eso tendrías que ser muy valiente y ma­duro.

Jan le dio la espalda y se acercó a los venta­nales.

-Tú no lo sabes todo, Benny -dijo, heri­do-. No, Benny, no lo sabes todo.

-¿Hay alguna cosa que no sepa? ¿Te estás burlando de mí, Jan? -La señorita Bennett aprovechó ese momento para abrir ligeramente la puerta. Jan se encontraba junto a los ventanales, desde donde un haz de luz del sol poniente iluminaba la habitación.

-Sí, me estoy burlando de ti -le gritó-. Y lo hago porque soy mucho más listo que tú.

Jan se volvió y la señorita Bennett dio un respingo involuntario. -Sé cosas que tú no sabes -agregó él.

-¿Qué sabes tú que yo no sepa? -pregun­tó ella intentando no sonar demasiado ansiosa.

Jan no respondió, simplemente esbozó una sonrisa misteriosa al tiempo que se sentaba en el escabel. Ella se acercó a él.

-¿No me lo vas a decir? -preguntó de nue­vo con tono persuasivo-. ¿No me vas a confiar tu secreto?

Jan se apartó de ella.

-Yo no confío en nadie -respondió con acritud.

-Me pregunto si es cierto que has sido muy listo.

Jan soltó una risita nerviosa.

-Empiezas a darte cuenta de lo listo que soy -le dijo.

Ella le miró con expresión especulativa.

-Quizá haya muchas cosas que desconozco sobre ti -convino.

-Muchas -le aseguró Jan-. Y yo sé mu­chas cosas de todos los demás, pero no siempre las cuento. A veces me levanto por la noche y deambulo por la casa, veo muchas cosas y encuentro muchas cosas, pero no las aireo.

Con aire de complicidad, ella preguntó:

-¿Tienes algún gran secreto ahora?

Jan pasó una pierna por encima del escabel y se sentó a horcajadas.

-¡Un gran secreto! -exclamó encantado-.

Te asustarías si lo supieras -agregó con una risa casi histérica.

-¿De verdad? ¿De verdad me asustaría? ¿Tendría miedo de ti? -inquirió mientras se si­tuaba delante de Jan y le miraba fijamente.

Él alzó la vista. La expresión de júbilo se des­vaneció de su rostro y su voz sonó muy seria cuando respondió:

-Sí, tendrías mucho miedo de mí.

Ella continuó estudiándole con deteni­miento.

-No sabía cómo eras en realidad, Jan -reconoció-. Ahora empiezo a comprenderlo.

Los cambios de humor de Jan comenzaban a ser más pronunciados, y con tono desquiciado exclamó:

-En realidad nadie sabe nada de mí ni de las cosas que puedo hacer. El tonto de Richard sen­tado siempre allí disparando a los pájaros... Nunca pensó que alguien le dispararía a él, ¿verdad?

-No -respondió ella-, ése fue su error. Jan se levantó.

-Sí, ése fue su error -convino-. Pensaba que podía echarme de aquí, pero le di una lec­ción.

-¿Ah, sí? ¿Cómo?

Jan la miró con picardía, guardó silencio y fi­nalmente dijo:

-No te lo voy a decir.

-Dímelo, Jan- suplicó ella.

-No. -Se acercó al sillón y se subió enci­ma, con la pistola apoyada en la mejilla-. No, no se lo voy a decir a nadie.

La señorita Bennett se acercó a él.

-Quizá tengas razón -le dijo-. Quizá pueda adivinar lo que hiciste, pero no voy a de­cirlo, porque es tu secreto, ¿no es así?

-Sí, es mi secreto -respondió él mientras se levantaba y comenzaba a caminar nervioso por la habitación-. Nadie sabe cómo soy -exclamó alterado-. Soy peligroso, más vale que tengan cuidado, soy peligroso.

La señorita Bennett le dedicó una mirada triste.

-Richard no sabía lo peligroso que eras -dijo-, debió de sorprenderse mucho.

Jan regresó junto al sillón y la observó con detenimiento.

-Sí, sí que se sorprendió -convino-. Puso cara rara y cuando acabó todo, inclinó la cabeza hacia adelante, había sangre, y no se movía. ¡Le enseñé una lección! Ahora ya no me enviará fuera.

Jan fue hasta un extremo del sofá y se sentó mientras movía la pistola de un lado a otro de­lante de la señorita Bennett, que intentaba conte­ner las lágrimas.

-¡Mira! -exclamó Jan-. Mira, ¿ves? He hecho una muesca en la pistola. -Le dio unos golpecitos con la navaja.

-¡Vaya! -exclamó ella al tiempo que se acercaba a él-. ¡Qué emocionante! -Intentó coger la pistola de la mano tendida de Jan, pero él la apartó.

-¡Ah, no! ¡Eso sí que no! -gritó mientras se incorporaba con rapidez-. Nadie me va a quitar mi pistola. Si la policía intenta arrestarme, les dispararé.

-No será necesario hacer eso -le aseguró la señorita Bennett-. Eres tan listo que jamás sospecharán de ti.

-¡La policía es tonta! ¡La policía es tonta! -gritó Jan jubiloso-. ¡Richard es tonto! -Mien­tras blandía el arma ante la figura imaginaria de Richard vio que se abría la puerta. Con una exclamación de alarma, huyó deprisa hacia el jardín.

La señorita Bennett se derrumbó llorando sobre el sofá en el momento en el que el inspec­tor Thomas entró en la habitación seguido del sargento Cadwallader.

 

20

 

-¡Tras él! ¡Rápido! -gritó el inspector al sargento al irrumpir en el estudio.

El sargento salió corriendo a la terraza mien­tras Starkwedder entraba desde la puerta del pa­sillo seguido de Laura, que fue a otear el jardín. Angell fue el siguiente en aparecer y también se acercó a los ventanales. Detrás de él llego la señora Warwick, que permaneció de pie, erguida, en el umbral de la puerta.

El inspector Thomas se volvió hacia la seño­rita Bennett.

-Vamos, vamos... -la tranquilizó-. No se ponga así, lo ha hecho muy bien.

Con voz entrecortada, ella respondió:

-Lo sabía desde el principio. Conozco a Jan mejor que nadie, sabía que Richard le estaba em­pujando demasiado lejos, y sabía que Jan se esta­ba volviendo peligroso.

-Jan! -exclamó Laura. Exhaló un suspiro de aflicción y murmuró-: No, no..., Jan no.

-Se acercó a la silla del escritorio y se sentó-. No puedo creerlo -dijo con voz entrecortada.

La señora Warwick fulminó a la señorita Bennett con la mirada y con desdén le dijo:

-¿Cómo has podido, Benny? Pensé que al menos tú serías fiel.

La respuesta de ella fue desafiante:

-Hay ocasiones en que la verdad es más im­portante que la lealtad. Ustedes no veían, ningu­no de ustedes, que Jan se estaba volviendo peli­groso, es un chico encantador, muy dulce, pero... -Embargada por el dolor, no pudo con­tinuar.

La señora Warwick avanzó con pasos lentos hasta el sillón, donde se sentó y permaneció con la mirada ausente.

El inspector, con tono pausado, completó la frase de la señorita Bennett:

-Pero hay veces en las que, al superar deter­minada edad, se vuelven peligrosos porque ya no comprenden lo que hacen, no disponen del juicio ni el control de un adulto. -Se acercó a la señora Warwick y le dijo-: No se preocupe, señora, me ocuparé de que le traten con considera­ción, creo que podrá establecerse con facilidad que no era responsable de sus acciones, lo cual significa que se le confinará en un lugar confor­table; usted sabe que esto hubiera sucedido pronto de todos modos. -Y tras estas palabras salió de la habitación.

-Sí, ya sé que tienes razón -reconoció la señora Warwick-. Disculpa, Benny. Dices que nadie más sabía que era peligroso, pero no es cierto. Yo lo sabía pero era incapaz de hacer nada al respecto.

-Alguien tenía que hacer algo -respondió Benny.

Se hizo el silencio en la habitación, pero la tensión aumentó mientras esperaban a que el sargento Cadwallader regresara con Jan.

Sin embargo, a un centenar de metros de la casa, junto a la carretera sobre la que poco a poco se cernía la niebla, tenía lugar una dramáti­ca escena. El sargento había acorralado a Jan frente a un muro, pero éste blandía el arma sin dejar de gritar:

-¡No se acerque, nadie me va a encerrar, le voy a disparar, no bromeo, no le tengo miedo a nadie!

El sargento se detuvo a unos seis metros de Jan.

-Vamos, muchacho -dijo con tono per­suasivo-, nadie va a hacerte daño, pero las pis­tolas son muy peligrosas. Dámela y regresa conmigo a la casa. Podrás hablar con tu familia, ellos te ayudarán.

El sargento avanzó unos pasos hacia el joven, que comenzó a gritar con histerismo.

-¡Lo digo en serio, le dispararé, no me im­portan los policías, usted no me asusta!

-Claro que no, no tienes por qué tener mie­do de mí, jamás te haría daño. Regresa conmigo a la casa, vamos.

Dio un paso más pero Jan levantó el arma y disparó dos veces. Erró el primer tiro pero el segundo alcanzó a Cadwallader en la mano iz­quierda. El sargento gimió de dolor pero se abalanzó sobre Jan y le derribó. Durante el for­cejeo, el arma se disparó accidentalmente cuando apuntaba al pecho de Jan, que soltó un grito y enmudeció.

Horrorizado, el sargento se inclinó sobre él, incrédulo.

-Oh, no -murmuró-. Pobre muchacho, ¡no! No puedes estar muerto. Por favor, Señor... -Le tomó el pulso y meneó la cabeza.

Se puso en pie y se alejó unos pasos. Sólo en­tonces notó que la mano le sangraba a borboto­nes. Se la envolvió con un pañuelo y corrió de regreso a la casa, sujetándose el brazo izquierdo al tiempo que gemía de dolor.

Llegó a la puerta de la terraza tambaleán­dose.

-¡Señor! -gritó mientras el inspector y los demás acudían corriendo a su encuentro.

-¿Qué diablos ha sucedido?

Con respiración entrecortada, el sargento respondió:

-Tengo que contarle algo terrible. Starkwedder le ayudó a entrar y, con pasos vacilantes, el sargento se sentó en el escabel. El inspector se acercó a su lado.

-¡Su mano! -exclamó.

-Yo me ocupo de eso -murmuró Stark­wedder al tiempo que cogía el brazo de Cadwa­llader, retiraba el pañuelo manchado de sangre, sacaba el suyo del bolsillo y le envolvía la mano.

-Se estaba formando una capa de niebla -comenzó a explicar Cadwallader-. Era difícil ver con claridad. Me disparó en la carretera cerca del bosquecillo.

Laura, con expresión horrorizada, se dirigió a los ventanales.

-Me disparó dos veces -dijo el sargento-, y la segunda me alcanzó en la mano.

La señorita Bennett se llevó la mano a la boca.

-Intenté arrancarle la pistola -continuó el sargento-, pero me vi limitado por la mano...

-¿Y qué sucedió? -le instó el inspector.

-Tenía el dedo en el gatillo -agregó el sar­gento-, y se disparó. La bala le atravesó el cora­zón. Está muerto.

 

21

Las palabras del sargento Cadwallader fueron recibidas con un sombrío silencio. Laura se sentó en la silla del escritorio y clavó los ojos en el suelo. La señora Warwick inclinó la cabeza y se apoyó en el bastón. Starkwedder comenzó a pasearse por la habitación.

-¿Está seguro de que ha muerto? -pre­guntó el inspector.

-Lo estoy -respondió el sargento-. Po­bre muchacho, me gritaba desafiante mientras disparaba, como si disfrutara con ello.

El inspector se dirigió a los ventanales.

-¿Dónde está? -inquirió.

-Le acompañaré para mostrárselo -contestó el sargento mientras se levantaba.

-No, usted se queda aquí -le ordenó su superior.

-Me encuentro bien -insistió el sargen­to-, puedo aguantar hasta que regresemos a co­misaría. -Salió a la terraza tambaleándose, se volvió hacia los presentes con expresión com­pungida y murmuró-: «Uno no debería tener miedo cuando está muerto.» Es de Alexander Pope. -El sargento sacudió la cabeza y se alejó con pasos lentos.

El inspector se volvió hacia la señora War­wick y el resto de los presentes.

-No puedo decirle cuánto lo siento, pero quizá fuera la mejor solución -dijo antes de se­guir al sargento al jardín.

La señora Warwick le observó mientras se alejaba.

-¡La mejor solución! -exclamó con furia y desesperación a la vez.

-Sí -suspiró la señorita Bennett-, es lo mejor. Ahora es libre, pobre muchacho. -Se acercó a la señora Warwick y la ayudó a levan­tarse-. Vamos, querida, esto ha sido demasiado para usted.

La mujer la miró.

-Iré... iré a recostarme -murmuró mien­tras la señorita Bennett la acompañaba a la puer­ta. Starkwedder extrajo un sobre del bolsillo v se lo entregó a la señora Warwick.

-Creo que es mejor que le devuelva esto -comentó.

Ella se volvió hacia él.

-Sí -respondió-, ya no será necesario.

La señora Warwick y la señorita Bennett abandonaron la habitación. Starkwedder estaba a punto de cerrar la puerta detrás de ellas cuando se percató de la presencia de Angell junto a los ventanales. El asistente se acercó a Laura, que estaba sentada frente al escritorio.

-Si me lo permite, señora, quisiera decirle cuánto lo siento. Si puedo hacer cualquier cosa, sólo tiene que...

Sin alzar la vista, Laura repuso:

-No precisamos más de su ayuda, Angell. Recibirá un cheque por sus servicios y quisiera que abandonara esta casa hoy mismo.

-Sí, señora. Gracias -contestó Angell sin mostrar ningún sentimiento, y abandonó el es­tudio.

Oscurecía en la habitación y los últimos rayos de sol proyectaban sombras sobre las paredes. Starkwedder miró a Laura.

-¿No vas a denunciarle por chantaje?

-No -replicó ella con languidez.

-Es una lástima. -Starkwedder se acer­có-. Supongo que será mejor que me marche. Voy a despedirme. -Se detuvo un instante pero Laura no se volvió hacia él-. No sufras demasiado -agregó.

-Pues sí -respondió Laura con emoción.

-¿Porque le querías? -preguntó Stark­wedder.

Laura lo miró.

-Sí, y porque ha sido por mi culpa. Richard tenía razón, tendríamos que haber enviado al pobre Jan a algún lugar, encerrarlo allí donde no pudiera hacer daño a nadie. Fui yo la que no lo permití, así que por mi culpa asesinó a Richard.

-Vamos, Laura, no dramatices -respondió Starkwedder con sequedad-. Richard murió porque se lo merecía; podría haberse mostrado amable con el muchacho, ¿no? No te tortures, lo que tienes que hacer ahora es ser feliz, feliz por siempre jamás, como dicen los cuentos.

-¿Feliz? ¿Con Julian? -contestó ella con amargura-. ¡No sé cómo! Ya no es lo mismo.

-¿Quieres decir entre Farrar y tú?

-Sí, cuando pensaba que Julian había matado a Richard las cosas no cambiaron para mí, seguía queriéndole igual. -Hizo una pausa antes de continuar-. Incluso estaba dispuesta a decir que lo había hecho yo.

-Lo sé. Qué ingenua. ¡Cómo les gusta a las mujeres hacerse las mártires!

-Pero cuando Julian pensó que lo había hecho yo -prosiguió con vehemencia-, cambió su actitud hacia mí por completo. Es cierto que intentó comportarse con decencia y no incriminarme, pero eso es todo. -Se sentó en el escabel con desilusión-. Ya no me quería.

Starkwedder se acercó a ella.

-Mira -dijo-, los hombres y las mujeres no reaccionan de la misma manera. Los hombres son más sensibles y las mujeres más duras. Un hombre no puede tomarse un asesinato a la ligera pero, al parecer, una mujer sí. Lo cierto es que si un hombre comete un asesinato por una mu­jer, la mujer le apreciará más, pero un hombre es diferente.

Laura lo miró.

-Tú no sentiste lo mismo -comentó-cuando pensaste que yo había matado a Richard. Me ayudaste.

-Eso fue diferente. -Starkwedder parecía desconcertado-. Tenía que ayudarte.

¿Por qué? -preguntó Laura.

El no contestó de inmediato. Después, con voz queda, dijo:

-Todavía quiero ayudarte.

-¿No te das cuenta de que volvemos a en­contrarnos en el punto de partida? En cierta ma­nera fui yo quien mató a Richard porque... porque me obcequé con el tema de Jan.

Starkwedder se sentó en el escabel junto a ella.

-Eso es lo que te corroe por dentro, ¿no es así? -preguntó-. Saber que Jan mató a Ri­chard, pero no tiene por qué ser necesariamente cierto.

Laura le lanzó una mirada escrutadora.

-¿Cómo puedes decir eso? -repuso-. Yo lo oí, todos lo oímos, Jan lo confesó, alardeó de ello.

-Es cierto. Sí, lo sé, pero ¿cuánto sabes acerca del poder de la sugestión? Tu querida señorita Bennett jugó con Jan muy bien, consiguió que se alterara (no puede negarse que el muchacho era muy influenciable), y le agradaba la idea, como a muchos adolescentes, de tener poder, in­cluso de ser un asesino. Benny le colocó el an­zuelo delante y él lo mordió. Había matado a Ri­chard y había grabado una muesca en la pistola, así que era un héroe. -Se incorporó-. Pero tú no sabes, nadie sabe, si lo que dijo era verdad.

-¡Dios Santo! ¡Pero si disparó al sargento!

-Sí, realmente era un asesino en potencia -reconoció Starkwedder-. Es posible que dis­parara a Richard, pero no puedes estar segura, quizá... quizá fue otra persona.

Ella le miró incrédula.

-Pero ¿quién?

Starkwedder reflexionó un instante.

-La señorita Bennett, quizá -sugirió mien­tras se sentaba en el sillón-. Después de todo, os tiene mucho aprecio. Quizá pensó que sería lo mejor para todos. Quizá incluso la señora Warwick, o tu amante Julian, que después fingió pensar que lo habías hecho tú, una estrategia muy inteligente que te embaucó por completo.

Laura se levantó.

-Realmente no crees lo que estás diciendo -le recriminó-, sólo intentas consolarme. El la miró con exasperación.

-Mi querida amiga, cualquiera pudo haber disparado a Richard, incluso MacGregor.

-¿MacGregor? Pero si está muerto.

-Claro que está muerto. Tenía que estarlo. -Se dirigió hacia un extremo del sofá-. Mira, voy a demostrarte cómo pudo haber sido MacGregor el asesino. Digamos que decidiera matar a Richard en venganza por el accidente en el que falleció su hijo. -Starkwedder se sentó en el brazo del sofá-. Pues bien, primero tiene que desprenderse de su propia identidad. No debía de ser difícil para él fingir su fallecimiento en al­gún lugar remoto de Alaska. Le costaría algo de dinero y algún testimonio falso, es obvio, pero estas cosas pueden arreglarse. Después cambia de nombre y se forja una nueva identidad en otro país, con otro trabajo.

Laura le contempló antes de sentarse en el si­llón. Cerró los ojos y respiró hondo, luego los abrió y le miró de nuevo.

Starkwedder continuó con su especulación.

-Se mantiene al día de lo que sucede aquí. Sabe que abandonaban Norfolk y que venían a esta parte del mundo. Comienza a elaborar un plan. Se afeita la barba, se tiñe el pelo y todas esas cosas. Entonces, en una noche de bruma se dirige aquí. Digamos que todo sucedió así. -Starkwedder se incorporó y se dirigió a los ventanales-. Imagi­nemos que MacGregor dice a Richard: «Tengo una pistola y tú también. Contemos hasta tres y disparemos los dos. He venido a vengar la muerte de mi hijo.»

Laura le contempló horrorizada.

-¿Sabes? -continuó él-, no creo que tu marido fuera tan buen deportista como piensas. Tal vez no hubiera esperado a contar hasta tres. Dices que tenía muy buena puntería, pero esta vez falló, y la bala salió por aquí -hizo un ade­mán mientras salía a la terraza- hacia el jardín, donde hay multitud de balas. Pero MacGregor no yerra el tiro: dispara y lo mata. -Starkwedder regresó a la habitación-. Deja caer la pistola junto al cuerpo, toma la de Richard, sale por el ventanal y regresa después.

-¿Regresa? ¿Por qué regresa?

El la contempló unos segundos sin respon­der. Después, tomando aliento, dijo:

-¿No te lo imaginas?

Laura lo miró sorprendida y sacudió la ca­beza.

-No, no tengo ni idea -replicó. Starkwedder continuó mirándola fijamente. Luego dijo:

-Bien, supón que MacGregor tiene un acci­dente con el coche y no puede huir. ¿Qué más puede hacer? Sólo una cosa: venir a la casa y descubrir el cuerpo.

-Hablas... -dijo Laura con voz entrecortada- hablas como si supieras exactamente lo que sucedió.

Starkwedder fue incapaz de contenerse.

-¡Claro que lo sé! -exclamó con vehemen­cia-. ¿No lo comprendes? ¡Yo soy MacGregor! -Y se apoyó contra las cortinas al tiempo que sacudía la cabeza con desesperación.

Laura se levantó con expresión incrédula. Se acercó a él, incapaz de comprender el significado de sus palabras.

-Tú... -murmuró-, tú...

Starkwedder se acercó a ella con lentitud.

-Jamás pensé que sucedería esto -le dijo con voz entrecortada por la emoción-. Quiero decir, encontrarte a ti y descubrir que me impor­tabas y que... ¡Dios mío! ¡Es inútil! -Mientras ella le miraba aturdida, Starkwedder tomó su mano y la besó en la palma-. Adiós, Laura -dijo con brusquedad.

Salió por el ventanal y desapareció en medio de la niebla. Laura corrió tras él gritando:

-¡Espera! ¡Espera! ¡Vuelve!

La niebla formaba volutas y la sirena de Bris­tol comenzó a sonar.

-¡Vuelve, Michael! ¡Vuelve! -No obtuvo respuesta-. ¡Vuelve, Michael! ¡Regresa, te lo suplico! ¡Tú también me importas!

Laura escuchó con atención, pero sólo dis­tinguió el motor de un coche que arrancaba y se alejaba.

La sirena de niebla continuó sonando mien­tras ella se dejaba caer contra la ventana y rom­pía a llorar.

  

FIN