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La renta espectral - Henry James (Parte 3 y última)

No voy a negar a estas alturas que en aquel momento mi corazón brincaba locamente dentro del pecho. Y sin embargo, no puedo dejar de reconocer que el anciano se dirigió a abrirme la puerta con toda tranquilidad, no exenta de cierto aire solemne. Hasta llegué a pensar, dada la extraña concesión del anciano, que este también era un fantasma. 

Pensé que una vez que preparase mi ánimo para enfrentarme a un ser misterioso, un espectro, o lo que fuera, lo demás ya no podría causarme ningún pavor. Todo esto fue lo que pasó por mi mente antes de penetrar en aquella oscura y misteriosa mansión. 

El capitán Diamond metió la llave en la cerradura, dio la vuelta y abrió, mientras me decía en voz baja que ya podía pasar. Quedé envuelto en la oscuridad y oí cómo la puerta se cerraba detrás de mí. Durante unos instantes no me atreví a mover ni un solo dedo de la mano ni de los pies; permanecí inmóvil, valientemente, en aquellas espantosas tinieblas. 

Como no veía ni oía nada, me decidí a encender un fósforo. En la mesa, tal como me había dicho el anciano, había dos antiguos candelabros con sendos cirios. Los encendí e inicié mi visita de exploración.

Ante mí se elevaba una escalera con una balaustrada, de estilo muy antiguo, cuya madera estaba grabada a la usanza de las viejas casas de New England. Desistí momentáneamente de subir por ella, y me dirigí hacia la habitación situada a mi derecha. 

Se trataba de un salón parcamente amueblado y con esa atmósfera típica de las estancias donde nunca ha habido vida humana. Levanté aún más los candelabros y solo pude ver unas cuantas sillas y los muros desnudos. A continuación estaba la habitación desde cuya ventana baja había espiado en dos ocasiones, y que se comunicaba con la sala, tal como imaginé, mediante una puerta plegable. Aquí tampoco encontré la amenaza de ningún espectro. 

Volví a cruzar el salón y recorrí las habitaciones situadas al otro lado; un gran comedor, donde podría haber escrito mi nombre en la mesa situada en el centro, dada la gran cantidad de polvo que la cubría; una ruinosa cocina provista de cacerolas y sartenes siempre frías, ya que el sol jamás penetró en aquella húmeda y helada estancia; y otras dos habitaciones desprovistas de todo mobiliario. 

Todo esto me pareció extraño, pero no sorprendente. Regresé al vestíbulo y me dirigí al pie de las escaleras, sosteniendo en alto los candelabros. El subir por ellas exigía gran cuidado ya que, a pesar de la débil luz que arrojaban los dos cirios, la oscuridad era profunda. 

De repente tuve la extraña sensación de que las tinieblas tenían vida, que estaban animadas por algo que no veía ni oía; parecía que la oscuridad y la «cosa» dentro de ella se movían al unísono, una junto a la otra.

Lentamente —digo lentamente porque en aquel momento los segundos me parecieron siglos— «aquello» adoptó la forma de una sombra alargada, puntiaguda y definida, que avanzó hacia la parte alta de la escalera. 

Debo admitir que en aquel instante era consciente de que me hallaba dominado por una sensación a la que, en honor a la verdad, debo aplicar el nombre de miedo. Podía exagerar y especificar que lo que yo sentía era Espanto (sí, con mayúscula); mas para no confundir al lector, me limitaré a decir que experimenté eso que puede hacer perder el conocimiento a un hombre hecho y derecho. 

Observé cómo aumentaba de tamaño aquella sombra macabra, y sentí un miedo irresistible dentro de todo mi cuerpo, ya que crecía de una forma tan misteriosa que parecía confundirse con la oscuridad que nos rodeaba. Reflexioné durante unos instantes, pues gracias a Dios, aún podía razonar, y me dije a mí mismo: «Siempre pensé que los fantasmas eran blancos y transparentes; esto debe ser un juego de luces y de sombras densas y opacas». 

Me esforcé en convencerme a mí mismo de que aquello era un efecto óptico momentáneo y que no debía dejarme llevar por los nervios y sentir miedo, pues entonces todo se habría perdido. De modo que empecé a bajar de espaldas la escalera, escalón por escalón, con lentitud y sumo cuidado, y los ojos fijos en la misteriosa figura negra que permanecía allá arriba. 

Evidentemente hubo un momento, muy breve por cierto, durante el cual pensé que debía subir la escalera con resolución y enfrentarme cara a cara con aquella misteriosa sombra movible y negra, pero las suelas de mis zapatos me parecieron de puro y pesado plomo. Había conseguido lo que me había propuesto, ver al fantasma; ya no tenía nada que hacer allí. 


Entonces decidí observar aquella extraña «cosa» desde otro ángulo, con el fin de poder luego recordarla con el mayor número de detalles posible, y, sobre todo, convencerme a mí mismo de que no era fruto de mi imaginación. Incluso me pregunté cuánto tiempo tendría que estar allí, clavado al suelo, contemplando fijamente al espectro, para que mi retirada no pudiera ser considerada como huida a causa del miedo, lo que habría mermado mi dignidad de hombre sensato y valiente.

Todo esto, desde luego, pasó por mi mente con extremada rapidez, lo que comprobé al observar un movimiento del espectro. En aquella horrible oscuridad aparecieron de repente dos manos blancas, elevándose hacia una altura que deduje debía ser a nivel de su cabeza. Allí se juntaron, frente a lo que debía ser su rostro, y luego se separaron, dejando al descubierto el semblante. Este era confuso, blanco, extraño; en una palabra, espectral. 

Durante unos instantes me estuvo mirando, después de lo cual volvió a elevar una de las manos, lenta y suavemente, hacia atrás y hacia delante. Era un movimiento bastante raro, confuso; parecía denotar resentimiento y, al mismo tiempo, indicar que me marchase. Sin embargo, también era un movimiento trivial, familiar. Familiaridad que no había entrado en mis cálculos, y que, por añadidura, no me agradó lo más mínimo, máxime viniendo de parte de la Presencia Espectral. 

Ahora comprendía lo que el capitán Diamond quería decirme al comentar que aquel fantasma era «infernalmente desagradable». De improviso sentí un impulso incontenible de salir corriendo lo antes posible de aquella misteriosa mansión embrujada, pero, por dejar en buen lugar mi dignidad, decidí hacerlo en forma galante, sin denotar pavor alguno, dado que se trataba de un espectro femenino. 

Y lo único galante que se me ocurrió fue apagar los cirios. De modo que me volví y los apagué. Acto seguido me dirigí hacia la puerta, me detuve ante ella y la abrí. La luz exterior, rayana en la oscuridad, entró en la vieja mansión, iluminó su atmósfera oscura y me hizo ver con más nitidez aquella horrible y sólida sombra.

Al salir, encontré al capitán Diamond sentado sobre la hierba y apoyado en su bastón, bajo el parpadeo de las primeras estrellas de la noche. Me contempló fijamente durante unos instantes, pero no me hizo ninguna pregunta; luego se dirigió a cerrar la puerta. 

Cumplida esta formalidad, llevó a cabo la otra, es decir, aquellas inclinaciones que solía hacer ante la vieja mansión. Luego, sin tomarse siquiera la molestia de avisarme, echó a andar por el mismo camino que ambos habíamos tomado, e instantes después, desapareció de mi vista.

Al cabo de pocos días suspendí mis estudios y me marché fuera para pasar mis vacaciones de verano. Estuve ausente durante varias semanas, en las cuales tuve tiempo suficiente para analizar todas mis experiencias acerca de los fenómenos sobrenaturales. 

Estuve orgulloso de mí mismo al recordar que no sentí miedo alguno en la mansión encantada del viejo Diamond; ni tuve escalofríos, ni temblé, ni eché a correr como un galgo asustado. De todas formas, fue un gran alivio verme a treinta millas de distancia de la escena de mi primer encuentro con el espectro; tanto, que durante mucho tiempo preferí la luz del día a la oscuridad de la noche. 

Mis nervios habían sufrido una gran excitación, y aquella estancia junto al mar durante mis vacaciones acabó por calmarlos del todo. Una vez tranquilizado, me dispuse a estudiar en detalle todas las experiencias sobrenaturales que había sentido en mi espíritu y comprobado en mi cuerpo. 

Cierto que había visto algo —aquello no fue fruto de mi imaginación, no—, pero ¿qué había visto yo? Entonces lamenté no haberme acercado más aún a aquel espectro. Pero es muy fácil hablar; cualquier otro hombre en mis circunstancias habría hecho exactamente lo mismo que yo; en realidad, subir por la escalera hasta llegar junto al fantasma era una auténtica imposibilidad física. 

¿Acaso no fue esta paralización de mis facultades una influencia sobrenatural? Quizá no en forma necesaria, ya que un fantasma falso o fingido puede causar el mismo terror que uno auténtico. ¿Pero cómo pude haber visto al fantasma levantar sus manos? ¿Cómo podía explicarse el que me impresionara tanto? Sin duda alguna, auténtico o falso, se trataba de un fantasma muy inteligente. 

A decir verdad, prefería que fuese un fantasma real, ya que me habría avergonzado el haberme dejado impresionar por uno falso; por otro lado, el haber visto un fantasma auténtico era algo que, tal como estaban las cosas, podría compararse a una pluma en el sombrero de un hombre. Así pues, dejé que mis pensamientos se apaciguaran, cesando de atormentarme con mil conjeturas. 

Pero por más esfuerzos que hacía, de vez en cuando volvían a mi mente, haciendo brotar una y mil preguntas. Debía dejar por descontado que aquel espectro era la hija del capitán Diamond; y si era ella, entonces aquello era su espíritu. ¿Pero no sería su espíritu y algo más? Este era el problema que me trastornaba la mente.

A mediados de septiembre volví a la Facultad de Teología, una vez pasadas las vacaciones, pero no me apresuré a visitar la casa encantada.

Se aproximaba el final del mes, es decir, el último día del trimestre, en que el capitán Diamond, como siempre, debería recoger la renta del espectro. Pero esta vez no me sentí en condiciones de trastornar el peregrinaje del anciano militar; aunque también he de confesar que sentí mucha compasión al imaginarme al anciano capitán avanzando en la oscuridad por aquel solitario, polvoriento y siniestro camino, apoyándose penosamente en su vetusto bastón. 

El día treinta de septiembre, mientras me hallaba estudiando, oí de repente un suave golpear en mi puerta. Me dirigí a ella y la abrí. Delante de mí se presentó una anciana negra, con un turbante rojo envolviendo sus cabellos y parte de su frente, y un gran pañuelo blanco cubriéndole el pecho. La mujer me miró en silencio; tenía aquel aire de gravedad y decencia que suelen tener las personas entradas en años de su raza. 

Yo permanecí inmóvil, en una postura interrogativa, y la pobre negra introdujo una de sus manos en el amplio bolsillo de su delantal y extrajo un librito. Era aquel ejemplar de los Pensamientos, de Pascal, que yo había regalado a su amo.

—Perdone usted, señor —me dijo con voz tenue—. ¿Conoce este libro?

—Lo conozco perfectamente —contesté—, mi nombre está escrito en la contraportada.

—¿Este nombre es el suyo? Quiero decir si no es el de otra persona que se llame igual que usted.

—Si lo duda, puedo escribir mi nombre al lado de este y lo podrá comparar.

La negra permaneció callada durante unos instantes. Luego dijo con tono solemne:

—No serviría para nada la prueba que me propone, pues no sé leer. Pero si me da su palabra de honor, ello me bastará. Vengo de parte del caballero a quien le dio este libro. Me dijo que se lo trajera a usted como prueba... bueno, creo que esa fue la palabra que empleó, para que no dudara usted de que era él quien me enviaba. Está muy enfermo y desea verlo.

—¿El capitán Diamond está enfermo? —contesté—. ¿Es grave su enfermedad?

—Está enfermo, muy enfermo —contestó sollozando la pobre negra—. Yo no entiendo de enfermedades, pero creo que de esta no sale mi amo.

Inmediatamente dije a la mujer que iría a verle en el acto, siempre que tuviese la bondad de esperarme para indicar el camino. La negra asintió con un gesto de cabeza, y momentos después ambos caminábamos por aquellas soleadas calles, yo detrás de ella, como un personaje de Las mil y una noches, conducido por un esclavo a una misteriosa mansión. 

Mi guía me llevó hasta la orilla del río, a una casita pintada de amarillo situada en una calle costera. Abrió la puerta con rapidez y me dejó entrar, y me encontré frente a mi viejo y buen amigo. Estaba en la cama, en una habitación oscura, y, evidentemente, en muy mal estado. 

Se hallaba recostado sobre una almohada, con sus tiesos cabellos más erectos que nunca, y los brillantes ojos de siempre dominados por la fiebre. El piso estaba limpio como una patena, lo que me hizo comprobar cuán excelente ama de casa era la anciana negra. 

El capitán Diamond, pálido y rígido sobre aquellas sábanas tan blancas, parecía una de esas figuras grabadas en la losa sepulcral de una tumba gótica. Me miró en silencio, y la anciana sirvienta se marchó, dejándonos solos.

—Sí, es usted —me dijo, haciendo un esfuerzo—; ya veo que es usted. Al fin ha venido. Es un excelente muchacho. Sí, un buen muchacho. ¿Verdad que no me equivoco al decir que es bueno?

—Espero que no —contesté, mientras le dirigía una mirada bondadosa—. Siempre he creído que era un buen muchacho. Pero dejemos esto ahora y hablemos de usted. Observo que se encuentra muy enfermo, bastante enfermo. ¿Qué podría hacer yo por su persona?

—Me encuentro muy mal, gravemente enfermo —repuso mientras hacía un esfuerzo para volverse y dirigir su rostro hacia donde yo me hallaba—. ¡Me duelen tanto mis viejos y pobres huesos!

Le pregunté sobre la naturaleza de su enfermedad, y el tiempo que llevaba postrado en cama, pero pareció no oírme o no querer hacerlo; estaba impaciente por hablarme de algo. Me cogió por la manga, me atrajo hacia sí, y luego dijo casi en un susurro:

—Ha llegado mi hora.

—Oh, desde luego que no —le dije para animarle—. Estoy convencido de que pronto, muy pronto, volveré a verlo andar sobre sus piernas, y tomaremos el sol en aquel romántico banco rodeado de flores, escuchando su siempre amena conversación.

—¡Eso solo Dios lo sabe! —respondió—. Pero no he querido decir que me estoy muriendo; no, todavía no, por ahora. Lo que pretendo decirle es que ha llegado la hora de ir a la vieja mansión y recoger la renta del espectro. Hoy es el día en que debo ir.

—Ah, sí, es cierto —le contesté—. Pero no puede ir hallándose enfermo.

—No, no puedo ir, es verdad. Perderé mi dinero. Es horrible. Aunque me estuviera muriendo, desearía ir por ese dinero, pues durante toda mi vida he sido un hombre honorable, y deseo esa renta espectral para pagar al médico todo lo que le debo, y para ser enterrado como un hombre respetable.

—¿Era esta tarde?

—Sí, a la hora del crepúsculo, en punto.

Luego se recostó de nuevo sobre la almohada y se quedó mirándome con insistencia. Entonces comprendí por qué me había mandado llamar. Moralmente, según mi forma de pensar, no debía oponerme a la última voluntad de un moribundo. Pero, por lo visto, en mi rostro se reflejó lo que yo pensaba, pues el anciano continuó lamentándose de su triste suerte en el mismo tono.

—No puedo perder mi dinero —repitió una y otra vez—. Lo necesito. Alguien debe ir. Se lo he pedido a Belinda, pero ella no quiere ir porque le da mucho miedo, como a todas las mujeres.

—¿Cree que el espectro no tendrá ningún inconveniente en pagarle a otra persona que no sea usted? ¿Está seguro de ello? —insinué.

—Al menos podemos intentarlo. Nunca me ha ocurrido el verme en esta situación, y por ello no puedo asegurarle nada. Pero si le dijera al espectro que estoy gravemente enfermo, que mis viejos huesos me duelen horriblemente, que me estoy muriendo, entonces, quizá se fíe de usted. Creo conocer a mi hija, y no pienso que deje morir a su padre de esta manera.

—¿Quiere que vaya en su lugar?

—Usted ya ha estado allí una vez; sabe lo que es. ¿Es que le da miedo?

Dudé en contestar a su pregunta.

—Denme tres minutos para que lo piense —repuse— y le daré mi respuesta.

Me puse a meditar, mientras dirigía mi mirada por todos los rincones de la estancia, fijándome en los objetos testigos de la decente pobreza de su ocupante. Parecía respirar una atmósfera de súplica en aquella habitación, y hasta me pareció oír una voz rogándome que fuera. Al fin, pensé acceder a la petición del capitán.

—Estoy seguro de que le ha agradado a mi hija como a mí, ya que es un excelente muchacho —continuó hablando el capitán Diamond, sin hacer caso de que yo estaba entregado a mis meditaciones—. Sí, ella confiará en usted lo mismo que lo he hecho yo. Le gustará su rostro, y comprobará que es incapaz de hacer daño a nadie. Son ciento treinta y tres dólares. Procure ponerlos en lugar seguro.

—Sí, iré, tranquilícese —le respondí al capitán Diamond—. Y puede estar seguro de que haré todo lo que esté en mis manos para que tenga su dinero, la renta del espectro. Estaré de regreso alrededor de las nueve de la noche.

Mis palabras hicieron brillar de gozo las pupilas del anciano. Me cogió la mano y la apretó gentilmente, con suma delicadeza, mientras unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Momentos después me marché. Durante el resto del día intenté olvidar la labor que me esperaba a la hora del crepúsculo, pero fue en vano, ya que esta idea acudía a mi mente como atraída por un poderoso imán. No voy a negar que estaba muy nervioso, pues, en realidad, me dominaba una gran excitación. 

Pero si por un lado confiaba en que todo sucediera de la manera más inofensiva para mi seguridad personal, por el otro también temía que todo no fuera tan tremendo, y resultase algo de lo más trivial. Las horas pasaron con lentitud, pero cuando las primeras sombras del crepúsculo empezaron a caer, emprendí inmediatamente mi misión. 

De camino me detuve en la casita del capitán, no solo para interesarme por su salud, sino por si tenía que darme algunas instrucciones que antes hubiera olvidado. La vieja negra me abrió la puerta. Su aspecto era grave y la expresión de su rostro era inescrutable. Me dejó entrar en la casa, y, como respuesta a mis preguntas sobre el estado del enfermo, se limitó a contestarme que el capitán Diamond estaba peor que por la mañana.

—Tiene usted que ser muy astuto y rápido —me dijo— si pretende ir a la mansión del espectro y retornar antes de que él esté ya muerto.

Me bastó una mirada para percibir que la negra sirvienta estaba al corriente de lo que yo haría aquella noche, aunque no vi ninguna muestra que traicionara lo que pensaba en sus negras pupilas.

—¿Por qué se va a morir el capitán Diamond? —pregunté—. Ya sé que se encuentra muy débil y enfermo, pero no como para asegurar que va a morirse. ¿Qué grave enfermedad cree que tiene nuestro excelente amigo?

—Su enfermedad se llama vejez.

—Pero no es tan viejo, mi buena mujer. A lo sumo tendrá sesenta y siete o sesenta y ocho años.

La negra permaneció silenciosa. Luego contestó con voz solemne y grave:

—El capitán Diamond ha llegado al fin; está gastado; no durará mucho.

—¿Puedo verle un instante?

La anciana Belinda asintió con un gesto y me condujo a la habitación de mi amigo.

Este seguía en la misma posición en que le había dejado al marcharme horas antes, exceptuando que ahora tenía los ojos cerrados. Pero me di cuenta que estaba más grave. Le tomé el pulso y comprobé que era muy lento. A pesar de todo, la anciana negra me dijo que el médico había venido a visitarle horas antes aquella tarde y no consideró grave su estado.

—Este médico es un ignorante —dijo ella—, y no ha visto nunca a un moribundo.

En aquel instante mi viejo amigo se movió en su lecho, abrió los ojos, miró alrededor suyo y al cabo de cierto tiempo me reconoció.

—En este momento me disponía a marchar —le dije—. Voy por su dinero. ¿Tiene algo más que decirme antes de que me vaya?

El viejo capitán se incorporó en la cama, apoyándose en la almohada después de hacer un gran esfuerzo con sus huesudos y flácidos brazos. Pareció no oírme o no haber entendido mi pregunta, por lo que insistí:

—Le estoy hablando de la casa, mi querido amigo, de su hija, ¿me comprende?

El capitán Diamond se frotó la frente durante un buen rato, y, al fin, me contestó:

—¡Ah, sí! Confío en usted... ciento treinta y tres dólares en monedas antiguas, todo en monedas antiguas —al llegar a este punto enmudeció por unos instantes, para luego proseguir—. Sea muy respetuoso, muy gentil, si no... —y calló otra vez.

—Oh, no se preocupe, mi buen amigo, seré muy respetuoso y gentil con el espectro de su hija —repuse sonriendo forzadamente—. Pero..., ¿qué me ha querido decir con eso de «si no»?

—¡Si no, me enteraré de ello! —respondió con suma gravedad. Al decir esto, volvió a cerrar sus ojos, y se desvaneció sobre la almohada.

Salí de la casa de mi amigo y me encaminé resueltamente a cumplir mi misterioso encargo. Cuando me hallé frente a la vieja casa, me detuve ante la puerta e hice las reverencias que había visto hacer al capitán. Había calculado mis pasos en forma que pudiera llegar a la mansión a la hora indicada. 

La noche acababa de caer. Saqué la llave, abrí la puerta y la cerré una vez dentro del edificio. Encendí un fósforo y apliqué su llama a los cirios de los dos candelabros que había sobre la mesa. Luego cogí cada uno en cada mano y penetré en el vestíbulo. Estaba vacío, no había nadie, y aunque esperé cierto tiempo, siguió tan vacío como al principio. 

Entonces me dirigí a otra habitación de la planta baja, pero tampoco apareció ninguna sombra negra a detener mis pasos. Al fin me dirigí al gran salón, me detuve al pie de la escalera, y me pregunté si debía o no subirla, con la mirada fija en la parte alta y mi mano apoyada en la barandilla. 

La ansiedad y la angustia me agarrotaban la mente, y tenía motivos para ello; aquella sombra negra que ya había visto antes apareció en las profundas tinieblas del piso superior. No era ninguna ilusión; se trataba de una figura, la misma que viera la primera vez que entré en aquella siniestra mansión. 

Permanecí inmóvil, confiando en que la sombra se perfilaría aún más, mientras mis ojos comprobaban que estaba tan quieta como yo, mirándome desde la escalera con su rostro oculto. Entonces me decidí, desaté la ligadura con que el temor había sujetado mi lengua y hablé.

—He venido en nombre del capitán Diamond. Está muy enfermo, y es incapaz de abandonar su lecho. Me rogó que viniera a recoger su dinero, el cual le llevaré de inmediato, apenas salga de aquí.

Aquella sombra negra no hizo la menor señal, permaneciendo completamente inmóvil. Por ello creí oportuno volver a insistir.

—El capitán Diamond se encuentra muy enfermo. Habría venido de hallarse en condiciones de hacerlo, pero apenas puede moverse de la cama.

Al oír mis últimas palabras, aquella figura retiró el velo que cubría su rostro con lentitud y me mostró una máscara blanca y opaca. Luego empezó a descender la escalera. El espanto se apoderó de mí. Instintivamente, di unos pasos hacia atrás, y me dirigí hacia una salita de estar situada frente a mí. Con los ojos fijos en aquella siniestra figura, anduve de espaldas en dirección a la puerta. Me detuve en el centro de la estancia y puse los cirios en el suelo. 

La figura seguía avanzando hacia mí; parecía corresponder a una mujer de elevada estatura, vestida con extrañas gasas negras. Cuando estuvo cerca de mí comprobé que tenía un rostro perfectamente humano, aunque pálido y triste en extremo. Nos quedamos mirándonos el uno al otro; mi temor había desaparecido; en aquel instante solo estaba muy intrigado.

—¿Está gravemente enfermo mi padre? —preguntó la misteriosa aparición.

Al oír aquella voz tan gentil, temblorosa y humana, anduve unos pasos hacia atrás, me puse a temblar, cogí aliento y di una especie de grito. Lo que tenía delante no era un espíritu ni un fantasma, sino una hermosa mujer, una excelente actriz que se había estado riendo de mi credulidad infantil. 

Instintivamente, sin poder contenerme, le arranqué el velo que cubría su cabeza, enfurecido. Entonces me di cuenta de quién era aquella persona. Su largo vestido negro, su rostro apesadumbrado, pintado en forma que pareciera más pálido aún, sus ojos agudos y penetrantes —del mismo color que los de su padre—, todo me lo confirmaba. Incluso aquel gesto ofendido cuando le arranqué el velo corroboraba todo.

—Supongo que mi padre no le ha enviado aquí para que me insulte —gritó.

Acto sucedido se volvió con rapidez, cogió uno de los cirios y se encaminó hacia la puerta. Al llegar allí se detuvo, me volvió a mirar, dudó un instante, y luego, sacó una bolsa llena de monedas, que arrojó al suelo.

—Ahí tiene usted el dinero —me dijo majestuosamente.

Permanecí inmóvil, entre avergonzado y confuso, viendo cómo ella cruzaba el vestíbulo. Cogí la bolsa de las monedas. En ese instante oí un ruido misterioso, y al poco rato vi aparecer de nuevo a aquella hermosa dama, mas sin llevar el cirio en la mano.

—¡Mi padre...! ¡mi padre! —gritó, mientras le temblaban los labios; sus ojos estaban desorbitados y sus gestos eran los de una persona dominada por un espantoso pavor.

—¿Su padre? ¿Dónde está? —pregunté.

—En el vestíbulo, al pie de la escalera.

Hice el gesto de dirigirme hacia aquel sitio, pero ella me retuvo del brazo.

—Está vestido de blanco —gritó la hermosa dama—, en camisa. ¡No es él!

—Pero, ¿qué dice usted? Su padre está en su casa, en su cama, muy enfermo.

Me miró fijamente, con ojos inquisidores.

—¿Agonizando?

—Espero que no —murmuré.

De pronto, dio un profundo suspiro y se cubrió el rostro con las manos.

—¡Oh, cielos! —gritó profundamente aterrorizada—, entonces he visto su espíritu.

Aún seguía sujetándome el brazo, espantada, incapaz de soltarse de él, como si temiera que algo grave le sucedería de un momento a otro.

—¡El espíritu de su padre! —exclamé intrigado y confuso, sin comprender lo que quería decirme.

—Este es el castigo que merezco por haber cometido aquella locura —continuó hablando.

—¡Ah! —exclamé—. ¡Este es el castigo por mi indiscreción, por mi violencia!

—Lléveme lejos de aquí, lléveme lejos de aquí —me repetía, gritándome al oído—. No, en esa dirección, no —añadió al ver que la conducía hacia la puerta del vestíbulo—. ¡En esa dirección, no! ¡Se lo suplico, por Dios! Huyamos por aquí, por la puerta posterior.

Cogió el otro candelabro y me condujo por una habitación hasta la parte oscura de la mansión. Aquí había una puerta, en una especie de fregadero que daba al huerto. Descorrí el mohoso cerrojo que la tenía cerrada y la atravesamos. Acto seguido nos encontramos respirando aire fresco, bajo una bóveda plagada de estrellas. 

La hermosa dama cogió una capa negra que llevaba y se envolvió en ella, permaneciendo dubitativa durante unos instantes. Yo estaba aturrullado, infinitamente confundido, pero la curiosidad que ella despertó en mí era mucho mayor. Agitada, pálida, pintoresca, con gráciles encantos femeninos, me pareció, bajo la luz de las estrellas, más hermosa que antes.

—Ya veo que ha estado desempeñando un bonito papel durante estos últimos años —le dije, algo ofendido ya—. Un juego extraordinario.

Ella me miró sombríamente, sin intención de contestar.

—Sin embargo, yo me presté a este juego con toda mi buena fe —proseguí—. La última vez que vine, hace unos tres meses, como recordará muy bien, me asustó en grado sumo; sí, muchísimo. ¿Se acuerda, verdad?

—Desde luego que se trataba de un juego extraordinario —contestó al fin la hermosa dama—. Pero era el único remedio que había.

—¿No la perdonó él?

—Mientras creyó que estaba muerta, sí —respondió la extraña dama—. Hubo cosas en mi vida que él no podía perdonar.

Durante unos instantes estuve dudando qué preguntarle; es decir, quería hacer una pregunta importante, pero no sabía cómo. Al final me decidí.

—¿Y dónde está su esposo?

—No tengo marido... —repuso—. Nunca he tenido marido.

Hizo un gesto como indicándome que no le hiciera más preguntas, y echó a caminar con rapidez. Yo salí corriendo detrás de ella, rodeamos la casa y al fin salimos a la carretera. Ella no dejaba de murmurar aterrorizada: «Era él..., era él». Una vez en el camino, se detuvo y me preguntó qué senda iba a tomar yo. Yo le indiqué la ruta por la que había venido.

—Entonces, yo cogeré el otro camino —contestó—. ¿Piensa usted dirigirse a la casa de mi padre?

—Directamente —respondí.

—¿Sería tan amable de decirme mañana cómo lo encontró?

—Con mucho gusto. Pero, ¿cómo me comunicaré con usted?

—Escriba unas cuantas palabras en un papel, y deposítelo bajo esa piedra —repuso, indicándome una de las muchas que bordeaban el viejo pozo del huerto.

Le di mi palabra de que así lo haría, y se dispuso a marcharse.

—Sé lo que debo hacer y conozco el camino —dijo—. Todo está arreglado. Es una historia muy antigua.

Se alejó de mí con extraordinaria rapidez, y mientras desaparecía en la oscuridad, con sus velos negros flotando en el viento, aquellos tules fantasmagóricos con los que iba envuelta la primera vez que la vi, acudió de nuevo a mi mente la impresionante aparición de una oscura noche de invierno en esa tenebrosa mansión solitaria. Me alejé de allí y regresé al pueblo, dirigiéndose directamente a la casita pintada de amarillo junto al río.

Sin pensarlo, me tomé la libertad de entrar en la casa del capitán Diamond sin llamar a la puerta. Una vez dentro, al comprobar que no había nadie en el vestíbulo, me dirigí con resolución al dormitorio de mi anciano amigo. Junto a la puerta, sobre una silla baja se hallaba sentada Belinda, con los brazos cruzados.

—¿Cómo se encuentra el enfermo?

—Se ha ido al cielo.

—¿Muerto? —pregunté.

Se levantó, con una especie de risa trágica en los labios.

—¡Ahora ya es un fantasma tan importante como cualquiera de ellos! —exclamó la negra sirvienta.

Entré en la habitación y encontró al viejo capitán extendido en la cama, rígido e inmóvil. Esa misma tarde escribí unas cuantas líneas en un papel, pensando colocarlo a la mañana siguiente bajo la piedra del viejo pozo de Diamond; pero el destino no quiso que yo llevase a cabo mi misión. Aquella noche, debido a las emociones del día, me fue imposible dormir. 

Me levanté de la cama y me puse a pasear por mi habitación. Mientras lo hacía vi, al pasar junto a la ventana, un gigantesco resplandor rojo en el cielo, al noroeste. Alguna casa se incendiaba en el campo, y ardía con evidente rapidez. Estaba en la misma dirección que el escenario de mis aventuras de la tarde precedente. Mientras contemplaba el encendido horizonte, una idea terrible me vino a la mente. 

Yo apagué el cirio que nos había alumbrado, a mí y a mi compañera, cuando nos dirigíamos hacia la puerta por la que escapamos. No había contado con el otro cirio que se había llevado al vestíbulo, el cual había arrojado Dios sabe dónde al huir presa de espanto por ver el espíritu de su padre.

Al día siguiente, cogí la nota que había escrito y me dirigí a aquel cruce de caminos ya tan familiar para mí. La casa embrujada era un montón de restos calcinados y ardientes cenizas; la tapadera del pozo había sido arrancada para sacar agua por los pocos vecinos que habían acudido a apagar aquella gigantesca hoguera, la cual, lógicamente, debían haber considerado como una venganza del diablo. Las piedras del pozo se hallaban dispersas por el huerto, y la tierra estaba inundada de charcos.

La renta espectral - Henry James (Parte 2)

Durante varios días, pregunté discretamente a varias personas de confianza si conocían a un tal capitán Diamond. Ninguna de ellas había oído hablar nunca de él. De repente caí en la cuenta de que disponía de una fuente donde podría informarme, quizá, sobre el extraño viejecillo. 

Aquella excelente persona me había obsequiado en su mesa en numerosas ocasiones, y solía dispensar su hospitalidad a los estudiantes, a veces durante toda una semana. Tenía una hermana, tan bondadosa como él, de una conversación tan amena y variada que era un verdadero placer hablar con ella. 

Era conocida como miss Deborah, una vieja criada en el sentido más amplio del término. Tenía el cuerpo deforme y nunca salía de su casa; se pasaba todo el día sentada junto a la ventana, entre una jaula de pájaros y una maceta de flores, haciendo pequeñas labores en tela —unas misteriosas bandas y volantes—. Me constaba que era una virtuosa con la aguja, pues sus trabajos eran pagados a muy alto precio en toda la comarca. 

Por lo demás, era una mujer observadora en extremo, y no se le escapaba ningún detalle de todo lo que pasaba dentro y fuera de su casa. Le gustaba charlar con quienes le eran simpáticos. En efecto, nada le agradaba más que el que una persona —sobre todo si era un estudiante de teología— se sentara a su lado junto a la ventana y conversara con ella durante veinte minutos.

«¿Y qué, amigo mío, cuál es la última monstruosidad en crítica sobre los textos bíblicos?», acostumbraba decir siempre esta buena señora, pues se horrorizaba al comprobar que aquella época se caracterizaba por su extremado racionalismo. Pero, en su fuero interno, aquella excelente dama era un auténtico filósofo, y me constaba que era más racionalista que cualquiera de nosotros. 

Estaba seguro de que, si se lo hubiera propuesto, habría planteado más de una pregunta a problemas a los que, a la mayoría de los estudiantes de teología, nos habría costado trabajo responder. Desde su ventana se dominaba todo el pueblo, o más bien todo el campo. Se enteraba de todo lo que pasaba mientras cosía junto a su soleada ventana, hamacándose en una pequeña mecedora. 

Era la primera en enterarse de cualquier cosa y la última en olvidarla. Conocía todos los chismorreos del pueblo y sabía muchas cosas de gente que nunca había visto siquiera. Cuando en cierta ocasión le pregunté cómo sabía tantas cosas, me contestó: «¡Oh, es que estoy siempre mirando!»

—Solo tiene usted que observar detenidamente todo lo que sucede a su alrededor —me dijo—, y con ello ya tiene bastante, no importa dónde se encuentre. La única cosa que necesita es tener algo con qué comenzar; lo demás ya viene rodando; una cosa conduce a otra, y todo está vinculado. Enciérreme usted en una habitación oscura, y a la media hora podré decirle cuáles son las partes más oscuras de la misma. Y después de esto, soy capaz de indicarle, si me da tiempo, lo que cenará esta noche el presidente de los Estados Unidos de América.

En cierta ocasión, con el fin de halagarla, hice el siguiente comentario:

—Sus observaciones son tan finas como sus agujas, y sus conclusiones tan hermosas como sus bordados.

Inútil decir que miss Deborah conocía la historia del capitán Diamond. Se había hablado mucho de él hacía ya bastantes años, pero el capitán sobrevivió al escándalo en que se vio envuelto su nombre.

—¿Qué escándalo fue ese? —le pregunté.

—Mató a su hija.

—¿Mató a su propia hija? —exclamé horrorizado—. ¿Cómo lo hizo?

—¡Oh, no fue con una pistola, ni con un puñal, ni con una dosis de arsénico! La mató con su lengua. ¡Ya conoce usted lo que es la lengua de un humano! El capitán Diamond la imprecó con algún horrible juramento... y pocos días después, moría su hija.

—¿Qué hizo su hija?

—Recibió en su casa a un joven que la amaba —contestó miss Deborah bajando la voz—, y a quien su padre había prohibido la entrada.

—¿La casa? —murmuré—. ¡Ah, sí! Esa casa que está en las afueras del pueblo, a dos o tres millas de aquí, en el cruce solitario de un camino.

Miss Deborah levantó inmediatamente sus ojos, mientras cortaba el hilo con sus dientes.

—¿Conoce usted esa casa? —preguntó.

—Un poco —repuse—. La he visto. Pero quiero que me cuente más cosas.

Mas al oír mis palabras, miss Deborah adoptó un mutismo muy impropio en ella, una mujer tan charlatana.

—¿Me promete que no me calificará de supersticiosa si le digo una cosa? —dijo miss Deborah.

—¿Supersticiosa usted? Vamos, por Dios, es la persona más sensata que he conocido en toda mi vida.

—Pues bien, cada paño tiene su descosido, y cada aguja su grano de moho. Si he de ser sincera, no me gusta hablar de esa casa; no, no me gusta.

—Hágalo, por favor —respondí—; no puede imaginarse lo mucho que ha excitado mi curiosidad.

—Sí, ya lo veo, no hace falta que me lo diga, pero me pone nerviosa referirme a este tema.

—¿Qué daño puede hacerle el hablar de una cosa como esta? —contesté, animándola a proseguir.

—A una amiga mía le hizo mucho daño —respondió miss Deborah, moviendo la cabeza.

—¿Qué hizo su amiga?

—Me contó el secreto del capitán Diamond, quien le había advertido que no se lo dijera a nadie. El capitán estimaba mucho a esta amiga mía y por ello le hizo aquella confidencia. Le previno que si lo divulgaba, desobedeciendo su advertencia, algo horriblemente espantoso le sucedería.

—¿Y qué le pasó a su amiga?

—Murió.

—Todos somos mortales, mi querida amiga. ¿Acaso le hizo ella alguna promesa?

—Mi amiga no se tomó en serio las palabras del capitán, no creyó en ellas. Me contó toda la historia con pelos y detalles, y tres días después se le inflamaron los pulmones. Un mes después, aquí, junto a esta misma ventana, le cosí la mortaja. Desde entonces, no he vuelto a referirme a esa historia.

—¿Era una historia muy extraña? —pregunté.

—Sí, era muy extraña, muy misteriosa, pero, a la vez, algo ridícula. Sí, se trataba de un relato que hacía reír y estremecerse al mismo tiempo. Pero no pienso decirle nada. Estoy segura de que, si se la contara, me pincharía con la aguja en un dedo y a la semana siguiente moriría de tétanos.

Al oír sus palabras, consideré que no debía insistir más, me despedí de ella y me marché. Pero cada dos o tres días venía a visitarla después de la comida de mediodía, y me sentaba junto a su mecedora. No hice más alusiones al capitán Diamond, limitándome a cortar trocitos de tela con sus tijeras. Hasta que un día, miss Deborah me dijo que tenía mal aspecto y que estaba muy pálido, preguntándome si me encontraba enfermo.

—Sí, lo estoy: me estoy muriendo de curiosidad —repuse, con cierta astucia—. He perdido por completo el apetito, y hoy aún no he comido.

—Pues acuérdese de la esposa de Barba Azul —dijo, con cierta ironía en sus palabras.

Como miss Deborah permanecía callada, me levanté con aire melodramático y me dirigí hacia la salida, dándole las buenas tardes. Pero al abrir la puerta, la señora me llamó e indicó con un gesto la silla que acababa de abandonar.

—Nunca he tenido un corazón duro —dijo—. Vamos, siéntese y le contaré toda la historia. Y de este modo, si hay que morir, lo haremos los dos juntos.

En breves palabras me contó lo que sabía del secreto del capitán Diamond.

—Era un hombre muy duro, y aunque amaba con locura a su hija, su voluntad era ley. Había escogido un marido para ella, comunicándole su elección. Su madre había muerto, y ambos vivían solos en aquella casa, que había aportado como dote su difunta esposa; el capitán no tenía un céntimo. Después de casarse, ambos se vinieron a vivir a esa mansión, y el capitán se dedicó a sus tierras. 

El pobre enamorado de su hija era un joven de Boston, con un bigote de puntas. Una tarde llegó de improviso el capitán y los encontró juntos; con feos modales expulsó al joven de la casa y luego imprecó a la pobre chica con un terrible juramento. Pero el joven se volvió y le gritó al capitán que su hija era su esposa. 

Luego, dirigiéndose a ella, le exigió que corroborara lo que acababa de decir, pero la joven, aterrorizada, dijo que no era cierto. Entonces el capitán, enfurecióse más aún, repitió su maldición, la echó de la casa y la repudió para siempre. Luego el capitán se marchó del lugar.

Cuando regresó unas horas más tarde, encontró su hogar vacío. Sobre la mesa había una nota del joven enamorado, la que le decía que había matado a su hija, repetía una vez más que era su esposa y que se había reservado el derecho de enterrarla él mismo, por lo que se había llevado su cuerpo en un calesín. 

El capitán Diamond escribió una carta diciéndole que no creía que su hija estuviera muerta, pero que de todos modos, para él, sí lo estaba. Una semana más tarde, a eso de la medianoche, el capitán vio el fantasma. Supongo que entonces se convenció de su muerte. El espíritu reapareció varias veces, y, finalmente, frecuentó con regularidad la mansión. Esto amargó la vida del capitán, y la pasión que siempre había sentido por su hija dio paso a una gran pesadumbre y profunda aflicción. 

Al fin decidió abandonar el lugar, tratando de alquilarlo o venderlo, pero como la historia se había hecho del dominio público y algunas personas sostenían que habían visto al fantasma de su hija, y otras historias a cada cual más tétrica, nadie se atrevió a cerrar trato. 

Aquella casa, junto con las tierras, eran los únicos bienes que poseía el capitán, por lo que, si no podía venderlos ni alquilarlos, como tampoco habitar en ellos, no le quedaba otra alternativa que vivir de las limosnas.

Pero el fantasma de su hija no tuvo piedad de su padre, igual que él nunca la tuvo de ella y de su enamorado. Durante seis meses el capitán ocupó aquella casa mortificado por las frecuentes visitas del espectro de su hija, pero al fin ya no pudo soportarlo más. Cogió su vieja capa azul, recogió las cosas más imprescindibles y decidió acabar sus días mendigando su pan. Cuando se disponía a abandonar la casa, el fantasma de su hija cedió y le hizo una proposición. 

«Déjame la casa —dijo—; la he marcado con las tristes huellas de mi desgraciado destino. Márchate y vete a vivir a otro sitio. Mas para que tengas dinero con el cual subsistir, yo seré tu inquilina, dado que nadie se atreve a serlo, y te pagaré una renta por su alquiler». ¡Una renta espectral! Entonces el fantasma fijó una cantidad. El anciano la aprobó, y cada trimestre va a la casa a recogerla.

Me eché a reír al escuchar este relato, mas también debo confesar que me estremecí, ya que aquello corroboraba lo que había observado con mis propios ojos. ¿Acaso no había sido testigo de aquellas visitas trimestrales del capitán Diamond? 

Desde luego, yo no había visto al espectral inquilino contar el dinero y entregárselo a su padre, pero sí había visto cómo el anciano, al salir de la casa, ocultaba una bolsa de dinero en uno de los bolsillos de su raída capa azul. No dije nada de todo esto a miss Deborah, ya que temía que, de hacerlo, se horrorizaría. Así pues, decidí esperar a resolver todo este misterioso asunto, y luego tener el placer personal de relatárselo todo a la anciana señora.

—¿No tenía más bienes el capitán? —pregunté—. Otros medios de subsistencia, quiero decir.

—Nada en absoluto. No contaba con nada, absolutamente nada, excepto la renta que paga el espectro de su hija. ¡Una casa embrujada, habitada por un fantasma, es una propiedad de mucho valor!

—¿Con qué clase de moneda —pregunté sonriéndome— paga el fantasma?

—Con auténticas monedas de oro y plata de los Estados Unidos. Este dinero solo tiene una peculiaridad: está acuñado en una fecha anterior a la muerte de su hija. Como verá —prosiguió miss Deborah—, es una extraña mezcla de materia y espíritu.

—¿Es dadivoso el fantasma? ¿Es muy alta la renta que le paga al capitán?

—No lo sé; debe ser una buena cantidad, ya que el capitán Diamond vive con holgura, tiene una casita al borde del río con un jardín en la parte posterior, fuma todas las pipas que quiere y nunca le faltan unos chelines para tomarse sus buenas jarras de cerveza. En ese lugar está pasando los años que le restan de vida, con una sirvienta negra que hace las faenas hogareñas. 

Hace algunos años acostumbraba visitar con frecuencia el pueblo, donde era una persona conocida por todo el mundo, pese a que la mayoría de la gente conocía su triste leyenda. Pero últimamente se encerró en su casita, como un caracol en su concha, y allí pasa los días, sentado junto a la chimenea, olvidado por todos los habitantes del pueblo. Pero creo que su conducta presente obedece más bien a que ya ha entrado en esa edad de la chochería, a la que todos llegaremos cuando tengamos sus años. 

En lo que respecta a sus facultades físicas, estoy convencida de que aún tiene la suficiente agilidad y fuerza como para caminar hasta su vieja mansión y recoger, cada trimestre, la renta del fantasma. Aunque también es cierto, según creo recordar, que una de las condiciones que el espectro de su hija le impuso, el día que llegaron a aquel acuerdo, era que debía ir personalmente a recoger el dinero.

Aquella confesión por parte de la anciana señora no nos trajo ninguna desgracia. Los días pasaban y miss Deborah continuaba junto a su soleada ventana, cosiendo y chismorreando, sin que le acaeciera ningún maléfico percance. 

A mí tampoco me ocurrió cosa alguna por haber oído aquel secreto, pues seguí con mi vida usual sin que nada misterioso y dañino me sucediera. Volví a visitar el cementerio más de una vez, pero siempre me llevaba la desilusión de no encontrar al viejo capitán Diamond. 

Sin embargo, al final una idea luminosa cruzó por mi mente, fruto de mis observaciones: el anciano acostumbraba ir a recoger su renta al fin de cada trimestre. Y como la vez que le vi fue el 31 de diciembre, estaba seguro de que la próxima sería el último día de marzo. Esa fecha estaba ya cercana.

Cumplido el término, me dirigí a la vieja mansión y me oculté entre los arbustos, esperando verle aparecer de un momento a otro. Había escogido la hora del crepúsculo, ya que aquella fue la oportunidad en que lo vi llegar la primera vez. No me equivoqué en mis suposiciones. 

Llevaba ya cierto tiempo esperando, cuando de repente se presentó de la misma manera que la primera vez que le vi. Avanzó hacia la casa con idénticas precauciones, se detuvo ante la puerta, hizo las reverencias, y luego penetró en el interior. 

Una luz apareció en cada rendija de las persianas, y, una vez más, volví a abrir aquella ventana baja, tal como lo hiciera antes. De nuevo contemplé la gran sombra reflejada en la pared, inmóvil, solemne. Pero no vi nada más. Al fin, el hombre reapareció, hizo las reverencias de siempre, y desapareció en el oscuro camino, mientras yo permanecía escondido.

Un día, pasado ya un mes desde este incidente, volví a encontrarme con el capitán Diamond en el cementerio de Mount Auburn. El aire estaba saturado del característico aroma primaveral; los pájaros habían regresado y piaban en las ramas de los árboles en flor, mientras el suave viento del oeste murmuraba entre las hojas de los arbustos. 

El anciano capitán se hallaba sentado en un banco, de cara al sol, envuelto en su vieja capa azul, y apenas me acerqué a él, me reconoció de inmediato. Me recibió con un gesto de cabeza idéntico al que se da al verdugo para que decapite a un reo, pero, en el fondo, intuí que se alegraba de volver a encontrarme.

—He venido muchas veces por aquí con el fin de poder verle —dije después de saludar cortésmente—. ¿No frecuenta usted este lugar?

—¿Qué desea de mí? —preguntó.

—Gozar del placer de su amena conversación —repuse con dulzura, al darme cuenta del tono de su voz—. Fue tan grato oírle la última vez que nos vimos, que siempre he guardado la esperanza de volver a encontrarle.

—¿Le pareció divertida mi conversación?

—Interesante, muy interesante.

—¿No pensó que era un viejo chiflado?

—¿Chiflado...? Mi querido señor, permítame que proteste por esa idea descabellada que...

—Soy el hombre más cuerdo del mundo —repuso el viejo capitán Diamond—. Ya sé que esto es lo que suelen decir todos los locos, pero, por suerte o por desgracia, no pueden probarlo. ¡Yo, sí puedo!

—Le creo —respondí con aire de persona plenamente convencida de lo que le dicen—. Pero me gustaría saber cómo se demuestra tal cosa.

Permaneció silencioso durante un instante.

—Se lo diré. Una vez cometí, sin intención, un crimen, un gran crimen. Ahora estoy pagando la penitencia a la que he consagrado lo que me resta de vida. Pero no escondo la cara, hago frente a la realidad de las cosas de la vida. No me he desentendido de mi delito, no lo he apartado de mi mente, ni he tratado de huir. La penitencia es terrible, pero la he aceptado tal como es. ¡He sido un verdadero filósofo! 

Si fuese católico, me habría metido a monje y habría pasado el resto de mi vida haciendo penitencia y orando; mas esto no es un castigo, sino una evasión; esto es huir de la dura y cruel realidad. Podía haberme pegado un tiro en la cabeza y hacer pedazos mi cerebro, o torturarme hasta enloquecer. No lo hice, ni lo haré. 

Sé enfrentarme a los hechos y aceptar sus consecuencias. Y estas, en mi caso, son horrorosas. Pero las he aceptado hasta el día de hoy, y las admitiré hasta mi muerte. Esto es lo que debo hacer. Por lo menos así lo considero. Es muy lógico.

—Admirablemente lógico —le respondí—. Pero despierta mi curiosidad y mi compasión.

—Sobre todo su compasión, ¿no es así? —dijo el viejo capitán—. Sí, ya lo veo en su mirada.

—Perdóneme, pero es comprensible mi postura: si supiera con exactitud qué es lo que le hace sufrir a lo mejor ya no le compadecería.

—Se lo agradezco mucho, pero no necesito su piedad; no me serviría de nada. Y ahora le voy a decir una cosa, pero no por mi bien, sino por el suyo. Sí, no ponga usted esa cara, pues le hablo con mucha seriedad.

El anciano hizo una pausa y miró alrededor suyo, como si temiera que alguien estuviera escuchando. Esperé ansiosamente su revelación, pero me desilusionó.

—¿Sigue usted estudiando teología?

—Sí, claro que sí —repuse en un tono de voz que reflejaba mi desencanto—. Es una cosa que no se puede aprender en seis meses.

—Yo pienso lo contrario —respondió—, ya que he observado que solo confía en lo que dicen los libros. Hay un refrán que dice: «Un grano de experiencia vale más que una tonelada de conceptos». ¿Conoce usted este adagio? Yo soy un gran teólogo.

—Ah, veo que ha tenido experiencias en el terreno teológico —contesté con amable sonrisa.

—Usted habrá leído mucho sobre la inmortalidad del alma, y ha estudiado las teorías de Jonathan Edwards y del doctor Hopkins sobre este mismo tema, llegando a la conclusión, después de analizar capítulo por capítulo, de que todo ello es cierto. Pero esto lo sabe usted porque lo ha leído en los libros. ¡Pero yo lo he visto con estos ojos; lo he tocado con estas manos!

Al llegar a este punto de la conversación, el capitán Diamond elevó de repente sus viejos y nudosos puños y los chocó con violencia el uno contra el otro. Luego, más calmado, prosiguió hablándome.

—Esto es mucho mejor que las teorías, mas he pagado un precio muy alto por saberlo. Sí, hace bien en aprenderlo en los libros; evidentemente, es lo mejor. Es usted un chico muy bueno, y estoy seguro, hijo mío, de que nunca tendrá un crimen sobre sus espaldas.

Le contesté, con cierta fatuidad juvenil, que, como todo ser humano, tendría mis pasiones, mis flaquezas, pero que estaba convencido de que nunca llegaría a cometer un crimen, máxime si estudiaba teología.

—Lo creo —me respondió—, pues tiene un carácter muy bueno. Yo también lo tengo ahora. Pero hubo una época de mi vida en que fui un hombre muy brutal; sí, muy brutal. Creo que tengo el deber de decirle que existe mucha maldad en este mundo. ¡Maté a mi propia hija!

—¿Que mató a su propia hija?

—La hundí en la madre tierra de un golpe y allí la dejé morir. Pero no pudieron ahorcarme porque no la golpeé con mi mano. La maté con horribles y condenables palabras. Los jueces no podían ahorcarme por esto. ¡Estas son las leyes maravillosas de nuestra amada patria! Pues bien, mi querido amigo, yo puedo garantizar que el alma es inmortal en lo que respecta a mi hija. Tenemos una cita para encontrarnos cuatro veces al año, aunque el resto del tiempo no la veo.

—¿Nunca le ha perdonado?

—Lo ha hecho de la misma manera en que perdonan los ángeles. Y esto es lo que más me tortura y enloquece. Siempre me mira con ojos tiernos y dulces, como un angelito de los cielos. Preferiría que me clavase un cuchillo en el corazón a soportar esta tortura. Dios mío. Dios mío.

Y al decir estas palabras, el capitán Diamond inclinó la cabeza sobre su bastón, profundamente abatido, apoyando la frente sobre las manos cruzadas.

Aquella escena me impresionó y emocionó, y sentí una imperiosa necesidad de hacer más inquisiciones sobre su triste situación. Antes de que pudiera formular las preguntas que bullían en mi cerebro, el capitán se levantó, y se puso su vieja capa raída. Era evidente que no estaba acostumbrado a desahogarse con nadie, ni a confesar aquellos penosos recuerdos que día y noche mortificaban su alma. Ello me hizo sentir una gran lástima por el pobre anciano.

—Perdóneme —dijo—, pero ahora tengo que marcharme, es decir, arrastrarme con este bastón por ese duro camino de la vida que aún me queda por recorrer.

—¿Puedo confiar —pregunté, inquieto— en que nos volveremos a ver en este lugar?

—Mi joven amigo, tenga en cuenta que soy un anciano decrépito y sin fuerzas. Este sitio está muy lejos de mi residencia. Debo reservar mi energía para ir a otro lugar. A veces me paso semanas enteras sentado junto a la chimenea, fumando mi pipa en un viejo aunque confortable sillón. Pero me gustaría volverle a ver.

Al llegar a este punto el viejecillo enmudeció, me dirigió una mirada fría y bondadosa al mismo tiempo, y añadió, emocionado:

—Algún día, quizá, me encontraré en condiciones de poner mi mano sobre el hombro de un joven honesto y decente como usted... Si un hombre es capaz de tener un amigo, ello significa que ha ganado algo, que ha hecho una gran conquista. ¿Cuál es su nombre?

Tenía yo en mi bolsillo un libro pequeño, los Pensamientos de Pascal, en cuya contraportada estaban escritos mi nombre y mi dirección. Lo saqué y se lo entregué a mi viejo amigo.

—Le ruego que acepte este libro. Es una de las obras que más me han gustado de todas las que he leído. Su lectura le dirá algo sobre mí.

El anciano capitán lo cogió, lo hojeó con lentitud, y luego me miró a los ojos, mientras decía:

—No soy un gran lector, pero no puedo rechazar el primer regalo que he recibido desde que me ocurrió aquella tragedia... Es probable que este sea el último obsequio que reciba en lo que me queda de vida. Gracias, mi joven amigo; no sabe cuánto se lo agradezco.

Y echó a andar con mi pequeño libro en sus manos.

Durante muchos días estuve sin verlo, imaginándolo sentado junto a la chimenea en su viejo sillón, con su pipa en la boca y leyendo mi librito. Al final se presentó la oportunidad de volver a encontrarme con él, ya que era el último día de junio, es decir, el término de otro trimestre, y, con toda seguridad, iría a la vieja mansión a recoger la renta del espectro. 

Durante el mes de junio, el sol tarda mucho en ocultarse, por lo que estaba impaciente. Por fin, hacia la hora del crepúsculo de un hermoso día de verano, me dirigí hacia la casa del capitán Diamond. Todo era verde alrededor de la mansión antigua, excepto el marchito jardín en la parte posterior. Mas aquellas tristeza y soledad en que estaba envuelta cuando la vi por primera vez bajo un cielo gris y frío de diciembre continuaban allí. 

Cuando me acerqué a la casa, comprobé que había fallado en mis propósitos, pues tenía pensado llegar antes que el capitán y rogarle que me dejara entrar con él. Esta vez el anciano se me había adelantado y ya se veía luz a través de las rendijas de las ventanas. Consideré incorrecto molestarle penetrando furtivamente por aquella ventana baja, por lo que decidí esperar a que saliera de la mansión. Al cabo de unos instantes se apagaron todas las luces, se abrió la puerta y apareció el capitán Diamond. 

Aquella tarde no hizo ninguna reverencia al salir de la casa, por la sencilla razón de que, cuando se disponía a hacerlo, vio a su joven amigo plantado ante la puerta de la mansión, en actitud correcta pero firme y decidida. Se detuvo en seco, me miró, y esta vez su rostro de mal cariz estuvo en consonancia con la imprevista situación.

—Sabía que estaba usted aquí —me dijo—. Vine a propósito.

El capitán parecía abatido, desilusionado, y miraba alrededor de la casa como si temiera algo.

—Le pido perdón —dije— si he pecado de atrevimiento, pero fue usted mismo, como recordará, quien me alentó con sus palabras y sus teorías.

—¿Cómo sabía que estaba aquí?

—Pura deducción. Usted me contó una mitad de su historia y yo adiviné la otra. Soy una persona muy observadora, y me di cuenta de las extrañas características de esta casa en cierta ocasión que pasé por aquí. Sí, me pareció una mansión encantada, que encerraba algún misterio, quiero decir. Cuando me dijo que había visto unos espíritus, deduje que solo podría haber sido en este extraño lugar.

—Ya veo que es un joven muy inteligente. ¿Anda qué le trae por aquí?

Debía eludir esta pregunta.

—Pues verá usted. Acostumbro venir muy a menudo por este lugar. Me gusta contemplar la misteriosa y antigua mansión. En una palabra, me fascina.

—Pues yo no veo nada de agradable en esta casa —dijo, mientras se volvía y contemplaba la parte exterior del edificio.

Era evidente que al capitán le era indiferente la apariencia exterior de la morada, a pesar de su aire misterioso. Esta extraña actitud suya, considerando que en aquel momento nos encontrábamos en casi plena oscuridad, hizo que yo sintiera vagos escrúpulos y cierta aprensión.

—Estaba ilusionado con ver el interior de esta casa. Pensé que lo encontraría aquí y que me dejaría entrar. Siempre he conservado la esperanza de poder ver lo mismo que usted.

El anciano pareció alarmarse al oír mis palabras, pero su rostro permaneció rígido, inmutable. Luego me puso una mano en el hombro, diciendo:

—¿Sabe acaso lo que yo veo?

—¿Cómo podría saberlo? La única forma de comprobar las cosas es, como usted ya dijo en cierta ocasión, mediante la experiencia... Deseo tener esa experiencia. Por favor, abra la puerta y déjeme entrar.

Los ojos del capitán Diamond brillaron bajo sus tupidas cejas negras, y después de contener la respiración por unos segundos, intentó disculparse por no poder complacerme. Luego se echó a reír, y su rostro adoptó una forma grotesca, como si se hubiera vuelto loco.

—¿Dejarle que entre en la casa? ¿Conmigo? Mi querido y joven amigo, no entraría en esa casa antes del tiempo que tengo concertado con el espectro de mi hija ni por una suma mil veces mayor a la que ella me da cada trimestre. Yo convine con el espíritu de mi hija que solo vendría a recoger la renta cuatro veces al año, al final de cada trimestre; solo en esas oportunidades.

Acto seguido, el anciano capitán Diamond metió la mano en uno de los bolsillos del raído manto y me enseñó un montoncito de monedas, envuelto en la punta de un viejo pañuelo de seda.

—Es muy pequeña la cantidad de dinero que me entrega, pero no deseo más, si para ello tengo que entrar de nuevo en la casa.

—La primera vez que tuve el honor de hablar con usted —le contesté rápidamente—, me dijo que la cosa no era tan terrible.

—Tampoco lo digo ahora —respondió enfurecido el capitán—; pero es muy desagradable.

La forma en que pronunció este adjetivo me hizo dudar. Mientras meditaba, oí como un murmullo en una de las persianas, acompañado de un tenue movimiento. Levanté la cabeza en el acto, pero no vi nada; todo seguía inmóvil y silencioso. El capitán, mientras tanto, también había estado reflexionando. De repente, se volvió hacia mí, e indicándome la casa dijo:

—Lo he pensado mejor: si desea entrar solo, puede hacerlo.

—¿Me esperará aquí?

—Sí; no creo que tarde mucho en salir.

—Pero es que la casa está completamente a oscuras. Usted llevaba una luz cuando entró.

El capitán Diamond introdujo la mano en uno de los bolsillos de la capa y, después de hurgar durante unos instantes, sacó algunos fósforos y me dijo:

—Tome esto. Cuando entre, encontrará dos candelabros con cirios sobre la mesa del vestíbulo. Enciéndalos, cójalos en la mano y... ¡adelante!

—¿Andó adónde me dirijo?

—A cualquier parte..., a todas partes. Ya se encargará el espectro de encontrarle.

 

 

(CONTINUARÁ...)