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Hotel K. - José Luis Zárate

    Cuando Gregorio Samsa despertó, con un horrible sabor en la boca, se encontró en un hotel de tercera, junto a una desnuda desconocida. Se quedó mirando el techo recordando que su esposa lo esperaba para festejar su aniversario.

    -Soy un insecto- se dijo.

Rincón de la poesía: Mies Del Dolor - Blind Guardian

 

Ella partió
Y el bosque durmió
La doncella nunca volverá

El sello del olvido se ha roto
Y en pecado un amor tornará

Nuestra vida sola baila
Esperanza gritos cubrirá
La verdad en el pasado
Sueños mentiras mostrarán
La noche vendrá
Dolor quedará

De repente todo se aclaró
La venda de los ojos cayó

Sus ojos cerró
Y mi nombre gritó
Ella nunca nunca mas fue vuelta
A ver

Mies del dolor
Tu fruto creció
En helada tierra de pesar
Cuando muera la luz
La noche invernal
Vendrá

Ella partió
Y yo pierdo la fe
Mis heridas no podrán sanar

Traeré al ocaso
Pese a que seré burlado yo
Por la vida y el juicio final

Amanece en la vida y sé
Que pronto todo pasará
Y enfrento las sombras de pie en soledad

Mies del dolor
Tu fruto creció
En helada tierra de pesar
Cuando muera la luz
La noche invernal
Vendrá

La muñequita - Juan Valera

Hace ya siglos que en una gran ciudad, capital de un reino, cuyo nombre no importa saber, vivía una pobre y honrada viuda que tenía una hija de quince abriles, hermosa como un sol y cándida como una paloma.

     La excelente madre se miraba en ella como en un espejo, y en su inocencia y beldad juzgaba poseer una joya riquísima que no hubiera trocado por todos los tesoros del mundo.

     Muchos caballeros, jóvenes y libertinos, viendo a estas dos mujeres tan menesterosas, que apenas ganaban hilando para alimentarse, tuvieron la audacia de hacer interesadas e indignas proposiciones a la madre sobre su hermosa niña; pero ésta las rechazó siempre con aquella reposada entereza que convence y retrae mil veces más que una exagerada y vehemente indignación. 

    Lo que es a la muchacha nadie se atrevía a decir los que suelen llamarse con razón atrevidos pensamientos. Su candor y su inocencia angelical tenían a raya a los más insolentes y desalmados. La buena viuda además estaba siempre hecha un Argos, velando sobre ella.

     Aconteció, pues, que la fama de las rarísimas y altas calidades de la muchacha llegó a oídos del rey, el cual, como mozo y apasionado, quiso verla, y, habiéndola visto, se enamoró locamente. Su majestad se valió, según costumbre, de su primer chambelán o gentilhombre, persona muy discreta, sigilosa e insinuante, para que interviniese en este negocio y allanase obstáculos; pero toda la habilidad de aquel experimentado paraninfo y todo el mar de dinero en que prometía hacer nadar a la viuda y a su hija fueron a estrellarse contra la inaudita virtud de ambas, más firme que una roca. 

    El ultimátum con que se terminaron tan importantes negociaciones estaba concebido y expresado en estos términos por la buena de la viuda: «Si S. M. quiere venir a mi casa con el cura, que venga cuando guste; mi hija tendrá a mucha honra ser la reina, su esposa; pero si S. M. piensa que ha de lograr algo de otra suerte, se equivoca muy mucho.»

     En una época de severas virtudes, ya que no de virtudes severas, de sentimientos democráticos, aquella contestación hubiera sido aplaudida; mas entonces había tal corrupción en las costumbres y era tal el espíritu aristocrático y de subordinación a las altas jerarquías sociales, que el rey, los cortesanos, las damas y pueblo todo, para no indignarse de los humos de la viuda y de su hija, determinaron reírse y declararlas tonti-locas, llamándolas las cogotudas hambrientas, las reinas andrajosas, las pereciendo por su gusto y otros dictados y títulos de escarnio. 

    No podían las tristes tocar siquiera el ándito de la casa en que vivían sin verse poco menos que silbadas y abochornadas. Cuando iban a misa los domingos, decían las comadres al verlas pasar:

     -Ahí va la reina; miren qué majestad y qué entono. ¿Cómo puede ir tan tiesa con el estómago vacío?

     Con lo cual y con otras frases del mismo género apuraban y hacían llorar a la chica, que era más bendita que el pan, y que no sabía soltar la lengua y contestarles su merecido.

     Ella y su madre tenían una paciencia y una dulzura a toda prueba y nunca se exacerbaban con los malos tratamientos, ni se arrepentían de haber despreciado tan buena ocasión de hacerse ricas.

     La muchacha, no contenta con ser sufrida y perdonar las injurias, era en extremo amorosa para con todos. A los mismos seres inanimados o al parecer inanimados se extendía su caridad. Amaba las flores, los árboles, las estrellas, las nubes y hasta las chinitas del río. A nadie le hacía daño, antes procuraba hacer todo el bien posible. Mas esto no mejoraba, sino empeoraba su suerte. 

    No teniendo ya quién le diese qué hilar para mantenerse, tuvo que ir a trabajar al campo en compañía de su madre, donde ora cogiendo aceitunas, ora espigando, ora en otras más recias faenas, se tostaba su linda cara con los rayos del sol, se encallecían sus blancas y delicadas manos y se entristecía su alma, oyendo que de continuo la llamaban por mofa la reina.

     Un día, esta infeliz, que estaba escardando en una haza, sacó de la tierra, al revolverla con el almocafre, una muñequita muy vieja, estropeada, sucia y desnuda; pero, en vez de despreciar a la muñequita y apartarla de sí con asco, la miró con la más tierna compasión la tomó en sus brazos, la hizo mil cariños y se la llevó a su casa. 

    Allí la lavó y la peinó con el mayor esmero, la cosió o curó las roturas o heridas que tenía en diferentes partes de su pequeño cuerpo y la dejó como nueva. Con los harapos más limpios y vistosos que pudo hallar a mano le hizo, por último, un vestido si no elegante, aseado y garbosito.

     La muñeca casi estaba bonita con sus recientes adornos y se diría que sonreía agradecida a su señora, la cual seguía queriéndola mucho, abrazándola y hasta acostándola consigo en la misma cama.

     Animada la muñeca con los repetidos y extraordinarios favores que le prodigaba su ama, acabó de perder la cortedad, y por las noches, con mucho recato y cuando la viuda estaba durmiendo (porque la viuda dormía en el mismo cuarto que su hija), rompía a hablar y tenía con la muchacha las más agradables e inocentes conversaciones.

     La muñeca pedía a veces algo de comer, y la muchacha buscaba para ella lo mejorcito que había en la casa.

     Es innegable que todo esto tenía bastante de sobrenatural; mas para la candidez de la chica, única persona que lo sabía, lo natural y lo sobrenatural eran una misma cosa, que no despertaba en su espíritu ni sobresalto ni extrañeza.

     Por dicha, la viuda, su madre, que sabía mucho más de las cosas del mundo, se quedó desvelada una noche, oyendo con asombro y admiración que hablaba la muñeca y, conjeturando que debía ser obra del diablo, determinó pegarla fuego en cuanto amaneciese.

     La viuda hubiera indudablemente realizado tan cruel proyecto si su hija, con lágrimas y ruegos, no la hubiese disuadido. La muchacha no consiguió, sin embargo, quedarse con la muñeca en casa. La viuda no la había perdonado del todo, sólo había conmutado la pena de muerte, que en un principio impuso, en la de destierro perpetuo.

     La muñeca salió, pues, desterrada y fue a parar a casa de una primita de nuestra heroína, a quien ésta se la confió, rogándole que la cuidase mucho, que hablase con ella y que la diese de comer. 

    La primita prometió hacerlo así, mas no por eso dejó de estar a la mira su verdadera dueña, que iba, de vez en cuando, a visitar a la muñeca que estaba en la nueva casa, cuando tuvo lugar un suceso, si no del todo inesperado, un poco extraordinario.

     Ya se sabía que la muñeca se alimentaba, lo cual no deja de ser singularísimo en una muñeca; pero no se sabían las consecuencias que pudieran derivarse de la prima, pidió, con voz clara e inteligible, lo que no siempre piden los niños pequeñuelos y lo que tanto se agradece y celebra que tomen la costumbre de pedir. 

    Hizo, en efecto, lo que pedía, donde a la prima le pareció más conveniente que lo hiciera, y ésta se quedó pasmada cuando advirtió que era oro purísimo en no muy menudos granos lo que la muñeca acababa de hacer.

     A la mañana siguiente supo la novedad la madre de la prima, vio el oro, se inflamó su codicia y determinó no decir a sus parientes nada de lo acontecido, aprovechándose de la excelente propiedad de la muñequita para hacerse poderosa. 

    Con este propósito fue al mercado, compró de las mejores cosas que había de comer y atracó de lo lindo a su encantada huéspeda. Aquella noche no le dejó dormir con su hija, sino que la acostó consigo, adornando la cama con una rica colcha de damasco que ponía en el balcón los días de procesión y con sábanas finas de farfalaes bordados.

     A media noche pidió la muñequita lo que había pedido la noche anterior. La mujer, que esperaba el oro con impaciencia y que para verlo había dejado el candil encendido, le contestó: «Hazlo ahí, mis amores», y no bien lo dijo, la muñequita empezó a hacerlo en gran abundancia. Pero, ¿cuál no sería la ira de aquella avarienta mujer, cuando notó, vio y olió, en vez de la materia que esperaba, otra del todo diversa y desagradable al olfato? 

    En su furor, agarró por una pierna a la muñequita y la dio de golpes contra las paredes. Abriendo, por último, la ventana de su alcoba, la tiró por ella con violencia tan prodigiosa, que la pobre muñequita anduvo por el aire más de tres o cuatro minutos y fue al cabo a dar con su magullado cuerpo en el corral de palacio.

     Llegó en esto la mañana, y el rey, que solía entregarse a los mayores excesos sin respeto a Dios ni a los hombres, se despertó harto mal de salud, y, como es natural, bajó al corral a desahogarse un poco. Se ignora si fue casualidad o providencia, pero es lo cierto que el rey se puso a hacer lo que era necesario justamente encima de la muñeca.

     Allí fue ella. La muñequita, incomodada, le agarró un bocado feroz. Su majestad creyó que era algún bicho y salió corriendo y gritando, porque le dolía lo que no es decible. 

    Vinieron todos los cirujanos de cámara y no pudieron conseguir que la muñequita soltase su presa. El rey ponía el grito en el cielo y a cada momento se sentía peor. La reina madre estaba tan desconsolada, que se la podía ahogar con un cabello. Todos empezaron a temer por la vida del rey.

     Entonces no hubo más remedio que publicar un bando en el cual se decía que se darían los premios más exorbitantes al hombre que curase al rey y que éste, arrepentido ya de su mala vida, quería casarse, si Dios le sacaba con bien de aquella enfermedad, y prometía su mano de esposo, no morganáticamente, sino con todas las prerrogativas anejas, a cualquiera mujer que tuviese virtud bastante para libertarle de aquella odiosa muñequita, que no le dejaba tomar asiente en el trono y que le tenía postrado en la cama echando espumarajos por la boca, como hombre entregado a todos los diablos.

     No hay que jurarlo para que todos lo crean. Era un diluvio de personas de ambos sexos las que, incitadas de tan enormes recompensas, vinieron a curar al rey; pero fue en vano; ninguna lo consiguió. Al fin, nuestra pobre amiga, la escarnecida ama de la muñeca, más por caridad y singular afecto que al rey tenía, a pesar del delito de éste en quererla seducir y en burlarse de ella, no habiéndolo logrado, que con intención de llegar a ser reina vino a palacio como un ángel bienhechor, tocó a la muñequita, la habló cariñosamente y la muñequita soltó lo que tan apretado tenía.

     Agradecido el rey, a tanto favor, se casó con nuestra amiga. Así triunfó su virtud y su inocencia. Los que por burla la llamaban reina, tuvieron que llamarla reina de veras. A la excelente viuda la hicieron princesa de la sangre, con título de alteza serenísima. 

    Al primer chambelán o gentil-hombre lo pasearon por la ciudad, caballero en un burro y emplumado. Y en cuanto a la muñequita, sólo tenemos que añadir que, cumplida ya su misión, dejó de hablar, de morder y de hacer las demás operaciones impropias de una muñeca. La reina, sin embargo, la conservó cuidadosamente vestida con riquísimos trajes.

     Aun en el día, después de tantos siglos como han pasado, la muñeca se custodia y muestra a los viajeros en el museo de antigüedades de la capital en que estas cosas acontecieron.

La canción de Thelinde - Roger Zelazny


A través del atardecer, al otro lado de la montaña, bajo una luna enorme y dorada, Thelinde estaba cantando.

En el elevado salón brujesco de Caer Devash, circundado por completo de pinos y reflejado muy por debajo de las rocas en el plateado río denominado Denesh, Mildin oyó la voz de su hija y las palabras del canto:

 

«Los hombres del Oeste son fuertes,

los hombres del Oeste son valientes,

pero Dilvish el Maldito regresó

e hizo de su sangre fríos torrentes.

Mientras lo perseguían de Portaroy

a Dilfar, en la zona oriental,

Dilvish montaba una criatura traída del Infierno:

un negro y metálico animal.

No lograron herir ni detener a su montura,

el caballo que los hombres llaman Black,

porque el coronel adquirió enorme sabiduría

con la maldición de Jelerak...»

 

Mildin se estremeció, cogió su reluciente capa de bruja (ella era Dama del Aquelarre) y tras echársela a la espalda y atársela al cuello con la ahumada Piedra de la Luna, se transformó en un pájaro gris plateado, atravesó la ventana y sobrevoló el Denesh.

Cruzó la montaña donde estaba Thelinde, con la mirada fija en el sur, y se posó en la rama más baja de un árbol cercano. —Hija mía —dijo con su garganta de pájaro—, deja de cantar.

—¡Madre! ¿Qué ocurre? —preguntó Thelinde—. ¿Por qué vienes en forma alígera? —Y sus ojos eran de un color profundo, porque seguían el cambio de la luna, y su cabello era el plateado fuego de las brujas del norte. Tenía diecisiete años y era cimbreña, y le encantaba cantar.

—Has cantado un nombre que no debe pronunciarse, ni siquiera aquí, en la fortaleza de nuestro hogar —dijo Mildin—. ¿Dónde aprendiste esa canción?

—La cantaba una criatura de la cueva —respondió Thelinde—, donde el río llamado Medianoche forma un estanque al pasar bajo tierra.

—¿Qué era esa criatura de la cueva? —Ya se ha ido —replicó Thelinde—. Era un viajero oscuro, de la especie de las ranas, creo, que descansaba allí camino del Consejo de los Animales.

—¿Te explicó el significado de esa canción? —preguntó la madre.

—No, dijo que es muy reciente, sobre las guerras en el sur y en el este.

—Eso es cierto —dijo Mildin—, y la rana no teme cantarla, porque es de la especie oscura y no tiene ninguna importancia para el poderoso. Pero tú, Thelinde, tú debes ser más precavida. Todos los que tienen poder, a menos que sean muy temerarios, temen mencionar ese nombre que empieza con «J». —¿Por qué?

La forma gris plateada revoloteó hasta el suelo. Luego la madre apareció junto a su hija, alta y pálida a la luz de la luna; su cabello estaba recogido y retorcido en lo alto de su cabeza formando corona del aquelarre, como así se denominaba.

—Ven conmigo ahora dentro de mi capa e iremos al Estanque de la Diosa, mientras los dedos de la luna tocan su superficie —dijo Mildin—, y verás algo de lo que has cantado.

Fueron montaña abajo hasta el lugar donde el riachuelo, que nace en lo alto en primavera, cruza el estanque con apenas un escarceo. Mildin se arrodilló junto al agua en silencio e, inclinada hacia adelante, respiró sobre la superficie. Luego llamó a Thelinde junto a ella y ambas miraron hacia abajo.

—Observa ahora la imagen de la luna reflejada en el agua —dijo a su hija—. Observa atentamente. Escucha...

»Hace mucho tiempo, casi antes de que empezáramos a medir el paso del tiempo, hubo una Casa que fue anulada de la dignidad del Oriente, porque varias generaciones se habían unido por matrimonio con la especie de los elfos. Los elfos son altos y es hermoso observarlos, rápidos de pensamiento y acción, y aunque su raza es mucho más antigua, el hombre no reconoce en general la dignidad elfa. 

Una pena... El último hombre de esta Casa especial, privado de tierras y títulos, volvió su mano hacia numerosas ocupaciones, del mar a las montañas, y finalmente entró en la soldadesca, durante las primeras guerras con el Occidente, hace varios siglos. Luego se distinguió en la gran Batalla de Portaroy, librando esa ciudad de las manos de sus enemigos, y por eso lo llamaron Dilvish el Libertador. ¡Mira! ¡La imagen se aclara! Es la entrada de Dilvish en Portaroy...

Y Thelinde observó el estanque, donde se había formado una imagen.

Alto era él, y más moreno que la raza de los elfos, con unos ojos que reían y relucían reflejando el orgullo del triunfo. Montaba un garañón pardo, y su armadura, aunque mellada y arañada, brillaba a pesar de todo con el sol matutino. Cabalgaba al frente de sus tropas, y los habitantes de Portaroy permanecían a los lados de la senda y lanzaban vítores, y las mujeres echaban flores ante el jinete. Cuando llegó por fin a la fuente de la plaza, Dilvish desmontó y bebió el vino de la victoria. A continuación los Ancianos pronunciaron discursos de agradecimiento y se celebró un gran banquete al aire libre en honor a los libertadores.

—Parece ser un buen hombre —dijo Thelinde—. Pero... ¡qué espada tan grande lleva!... ¡Le llega hasta las botas!

—Sí, un arma para dos manos llamada Libertadora aquel día. Y sus botas, como observarás, son del cuero verde de los elfos, que los hombres no pueden comprar, aunque a veces se ofrecen como presente, como muestra de favor por parte de los Grandes... Y se dice que esas botas no dejan huellas. Es una pena que al cabo de una semana del festín que ves desplegado, la Libertadora quedara destrozada y Dilvish dejara de estar entre los vivos.

—¡Pero él todavía, vive!

—Sí... vive otra vez.

Hubo una turbulencia en el estanque, y brotó otra imagen.

Una oscura ladera... Un hombre, con capa y capucha, en el interior de un círculo tenuemente brillante... Una joven atada a un altar de piedra... Un cuchillo en la mano derecha del hombre, un bastón en la otra...

Mildin notó que los dedos de su hija aferraban su hombro.

—¡Madre! ¿Quién es él?

—Es el Ser que jamás debes nombrar.

—¿Qué va a hacer?

—Una cosa siniestra que requiere la sangre vital de una virgen. Él ha aguardado una eternidad a que las estrellas ocuparan las posiciones precisas para este rito. Ha hecho un largo viaje para llegar a ese antiguo altar de las montañas de Portaroy, el lugar donde debe realizarse el acto.

«Fíjate en las criaturas que danzan alrededor del círculo... Murciélagos, fantasmas y fuegos fatuos... ¡Sólo ansían una gota! Pero no tocarán el círculo.»

—Naturalmente que no...

—Ahora, mientras las llamas de ese brasero se elevan y las estrellas adoptan la posición correcta, él se dispone a matar a la virgen...

—¡No puedo mirar!

¡Mira!

—Es el Libertador, Dilvish, que se acerca.

—Sí. Siguiendo el hábito de los Grandes, él apenas duerme. Ha salido a tomar el aire en las montañas de Portaroy, ataviado con su traje de batalla tal como la gente espera de los libertadores.

—Ha visto a Je... ¡Ha visto el círculo! ¡Se aproxima!

—Sí, y cruza el círculo. Siendo de Sangre Grande, él sabe que es diez veces más inmune a la magia que un hombre. Pero no sabe de quién es el círculo que ha cruzado. A pesar de todo, eso no lo mata. Pero está debilitado... ¡Fíjate cómo se tambalea! Tal es el poder de ese Ser.

«Golpea al mago con su mano, lo tira al suelo y vuelca el brasero. Se vuelve para soltar a la muchacha...»

En el interior del estanque, la sombra que era el mago se alzó del suelo. Su rostro era invisible debido a la capucha, pero había levantado el bastón. De pronto pareció crecer enormemente, y su bastón se alargó y retorció igual que una serpiente. Estiró el brazo y tocó a la joven, suavemente, con la punta de la vara.

Thelinde chilló.

Ante sus ojos, la virgen estaba envejeciendo. Aparecieron arrugas en su cara y su cabello se volvió cano. Su piel se tino de amarillo y todos sus huesos sobresalieron bajo ella.

Por fin la joven dejó de respirar, pero el encantamiento no cesó. La criatura del altar se marchitó y un polvo fino, igual que humo, se alzó en la piedra.

Había un esqueleto en el altar.

Dilvish atacó al mago, con la espada Libertadora en alto.

Pero al descargar el golpe, el Siniestro tocó el arma con el bastón y la espada se hizo añicos y cayó al suelo. Dilvish dio un paso hacia el mago.

De nuevo el bastón se movió suavemente, y una aureola de fuego danzó alrededor de la silueta del Libertador. Al cabo de un rato el fuego se apagó. Pero a pesar de todo, Dilvish estaba allí, inmóvil.

La imagen desapareció.

—¿Qué ha pasado?

—El Siniestro —dijo Mildin— le castigó con una terrible maldición, contra la cual ni siquiera la Sangre Grande servía. Mira.

El día dominaba la ladera. El esqueleto yacía en el altar. El mago se había ido. Dilvish se hallaba solo, todo el mármol al sol, cubierto de rocío matutino, y su mano derecha seguía alzada, a punto de golpear a un enemigo.

Más tarde llegó un grupo de niños y miraron fijamente la estatua durante largo tiempo. Después volvieron corriendo a la ciudad para dar la noticia. Los Ancianos de Portaroy subieron a las montañas y, considerando la estatua como un presente de los numerosos desconocidos que tenían por amigos de su Libertador, la bajaron en un carro hasta la ciudad y la colocaron en la plaza, junto a la fuente.

—¡Él lo transformó en piedra!

—Sí, y permaneció en la plaza más de dos siglos, su propio monumento, con el puño alzado contra los enemigos de la ciudad que había liberado. Nadie sabía qué se había hecho de él, pero sus amigos humanos envejecieron y murieron, y la estatua perduró.

—...Y él durmió convertido en piedra.

—No, el Siniestro no maldice con tanta amabilidad. Mientras su cuerpo permanecía rígido, con atavío de batalla, su espíritu fue desterrado al pozo más profundo del Infierno que el Siniestro pudo disponer.

—Oh...

—...Y tal vez el efecto del encantamiento fuera ése, o quizá la Sangre Grande prevaleció en un momento de necesidad, o bien algún poderoso aliado de Dilvish supo la verdad y logró finalmente liberarlo. Nadie lo sabe. Pero un día, hace poco, mientras Lylish, Coronel del Occidente, barría el territorio, todos los hombres de Portaroy se reunieron en la plaza para preparar la defensa de la ciudad.

La luna se había desplazado lentamente hacia el borde del estanque. Bajo ella surgió otra imagen.

Los hombres de Portaroy estaban armándose y haciendo ejercicios en la plaza. Eran muy pocos, pero parecían dispuestos a vender sus vidas al precio más costoso. Muchos miraron la estatua del Libertador aquella mañana, como si recordaran una leyenda. Luego, mientras el sol la envolvía en color, la estatua se movió...

Durante un cuarto de hora, despacio y con obvio esfuerzo, los brazos cambiaron de posición. Toda la muchedumbre de la plaza observó, paralizada en esos momentos. Por fin Dilvish bajó del pedestal y bebió en la fuente.

La gente le rodeó entonces, y él se volvió hacia los de Portaroy.

—¡Sus ojos, madre! ¡Han cambiado!

—Después de lo que ha visto con los ojos de su espíritu, ¿es extraño que los ojos externos lo reflejen?

La imagen desapareció. La luna se alejó flotando.

—...Y en alguna parte consiguió un caballo que no era tal, sino un animal de acero parecido a un caballo.

Por un instante apareció una figura oscura y al galope en el interior del estanque.

—Ese es Black, su montura. Dilvish lo llevó a la batalla, y aunque también luchó largo rato a pie, lo sacó de allí mucho después: fue el único superviviente. En las semanas anteriores a la batalla había entrenado bien a sus hombres, pero éstos eran muy pocos. 

Sus soldados le llamaron Coronel del Oriente, el título opuesto al que ostenta lord Lylish. Todos cayeron, a pesar de todo, excepto él, pero señores y ancianos de otras ciudades del este se han alzado en armas y también ellos reconocen el rango de Dilvish. Este mismo día, me han dicho, Dilvish estaba ante los muros de Dilfar y venció a Lance, el de la Armadura Invencible, en singular combate. Pero la luna está bajando ya y el agua se oscurece...

—Pero ¿y el nombre? ¿Por qué no debo mencionar el nombre de Jelerak?

Nada más pronunciarlo, hubo una especie de murmullo, como de enormes y secas alas batiendo el aire en lo alto, y la luna quedó oscurecida por una nube, y una oscura silueta se reflejó en las profundidades del estanque.

Mildin metió a su hija en la capa de bruja.

El susurro se hizo más fuerte y una tenue niebla brotó alrededor de las dos mujeres.

Mildin hizo la Señal de la Luna y se puso a hablar en voz baja.

—Vuelve a ti... En Nombre del Aquelarre, del que yo soy Señora, te ordeno regresar. Vuelve al lugar de donde viniste. No deseamos tus siniestras alas en Caer Devash.

Hubo una corriente descendente de aire, y un liso e inexpresivo rostro quedó suspendido sobre las dos mujeres, recogido entre amplias alas de murciélago. Sus garras relucían tenue, rojamente, como metal recién calentado en la forja.

El murciélago voló alrededor de Mildin y Thelinde, y la primera apretó más la capa y alzó una mano.

—Por la Luna, nuestra Madre, en todos sus disfraces, te ordeno marchar. ¡Ahora! ¡En este instante! ¡Aléjate de Caer Devash!

El murciélago se posó en el suelo junto a ellas, pero la capa de Mildin cobró brillo y la Piedra de la Luna destelló cual lechosa llama. El monstruo se apartó de la luz, volvió a la niebla.

Entonces apareció una brecha en la nube y un dardo de luz lunar pasó a través del hueco. Un rayo de luna tocó a la criatura, que chilló una vez, como un hombre atormentado, y se lanzó al aire en dirección suroeste.

Thelinde alzó la mirada hacia el semblante de su madre, que de pronto parecía muy afligido, más viejo...

—¿Qué era eso? —preguntó Thelinde.

—Era un siervo del Siniestro. Traté de advertirte, de la forma más gráfica posible, de su poder. Su nombre se ha usado durante tanto tiempo para conjurar y dominar a espíritus malignos y criaturas siniestras que se ha convertido en un Nombre de Poder. 

Sus siervos vuelan para localizar al que lo pronuncia, en cuanto oyen pronunciarlo, por miedo de que haya sido él mismo y se encolerice por su tardanza. Pero también se rumorea que si su nombre es pronunciado con frecuencia por una persona, él se entera y condena a esa persona. En cualquier caso, no es prudente ir por ahí cantando esas canciones.

—Yo no lo haré, nunca. ¿Cómo puede ser tan fuerte un mago?^

—Él es tan viejo como las montañas. En tiempos fue un mago benigno y cayó en hábitos siniestros, cosa que lo hace particularmente malicioso. Como sabes, raramente cambian para bien. Y ahora se le tiene como uno de los tres magos más poderosos, tal vez el más poderoso de todos los magos de todos los reinos de todas las tierras. El sigue vivo y es muy fuerte, aunque la historia que has visto ocurrió hace siglos. Pero ni siquiera él está libre de problemas...

—¿Cómo es eso? —preguntó la hija de la bruja.

—Porque Dilvish vive otra vez, y creo que está un poco enfadado.

La luna salió de detrás de la nube, era enorme, se había transformado en oro en bruto durante su ausencia.

Mildin y su hija se dirigieron en ese momento montaña arriba, hacia Caer Devash y el anillo de pinos, muy por encima del Denesh, el río de plata.

Rincón de la poesía: Sweet Curse - ReVamp

It's a burden for wrong reasons
But I keep hold of this pain
No more tears but common sorrow
Yet it wears of day by day
Letting go: I never could but I surely need to heal
Sweet curse, my hell

You bare our memories like staining scars within your mind
You lose all that you knew of me, gone deep inside
Lost love, my hell

Sweet is the curse of hearts entwined but lost, detached but bound
Sad is their fate without relief
Cruel is the curse of love, so luscious yet so dangerous
Sweet curse, our hell

Words weren't made to tell this story
For I can't describe the ache
No remorse for your betrayal
Yet though I find that hard to take
How can beauty change unseen into a monster, I don't know
Lost love is my hell

Sweet is the curse of hearts entwined but lost, detached but bound
Sad is their fate without relief
Cruel is the curse of love, so luscious yet so dangerous
Sweet curse, our hell

Lost hope and lost dreams
Killing you slowly
New scars and new cravings take control
New desires, new despair

Losing you was more than I could bear
Losing us, a dive in water deep
Losing you

Sweet is the curse of hearts entwined but lost, detached but bound
Sad is their fate without relief
Cruel is the curse of love, so luscious yet so dangerous
Sweet curse, our hell

Rincón de la poesía: Anubis - Elizabeth Barrette

    Anubis es la noche previa al día,
la  sombra oculta de la sabiduría y de la luz, 
de sus ojos suavemente brillantes
que reflejan la luna y las estrellas.

    Anubis es quien los dioses obedecen, 
respetando tanto su ladrido
como su mordisco.
Las palabras mesuradas 
y sus mandíbulas prestas a triturar.
 
    Anubis es el que vigila desde lejos,
el que controla cuando el momento ha llegado
para pesar un alma, y juzgar su vida, como errónea o correcta.
 
    Anubis nos conoce a todos por lo que somos.
Ni nos ama, ni nos odia, tampoco se da un respiro
en su eterno recuento de puntuaciones.

    Él cuida la balanza y de las leyes,
porque él es el chacal que tiene el conocimiento de la justicia.

Todo - José Luis Zárate

    Nadie puede reconocer a simple vista un hombre que lo ha perdido todo. Frente a la basta mesa del hostal quien estuvo en las más ricas mesas de Europa, frente a doctores, filósofos y científicos, bebe su cerveza agria de soledad.

    Una algarabía allá afuera, voces temerosas, llantos, desesperación, notas de música discordante que conoce bien.

    -Viene, ahí viene- grita la gente del pueblo que duda entre enfrentar la amenaza o huir. Huyan, piensa el hombre que una vez fue doctor. No lo pierdan todo. Como yo.

    Una silueta terrible a lo lejos

    La gente dispersa, gritando el nombre del terror:

    -¡Frankenstein! ¡Frankenstein!

    El doctor suspira. El monstruo le quitó todo. Incluso el nombre.

 

El mudo - Eraclio Zepeda

    Cuando lo llegaron a sacar de la casa que le servía de calabozo, la madrugada estaba apareciendo. De un salto se incorporó del camastro al sentir la llegada de los cuatro soldados y del teniente Cástulo Gonzaga. Allí estaban ya. 

    La última noche había terminado y era el mero día. Recorrió con la vista a los soldados y hubiera querido que se desaparecieran y que todo quedara como un susto. Pero los cuatro hombres, con sus sombreros de palma, la carrillera chimuela de cartuchos y las recias carabinas seguían allí frente a él, listos para cumplirle lo ofrecido. 

    La noche anterior le habían dicho que se echara su último sueño porque a las seis de la mañana lo iban a fusilar. Así, pelón y de golpe se lo habían hecho saber.

    Las caras de los soldados relumbraban en la penumbra del cuartucho. Parecía como si se hubieran untado manteca en los pómulos y en la barba. Tenían los ojos fijos y cansados, rojos, como si les hubiera entrado tierra en una polvareda o se hubieran puesto a llorar; tenían los ojos duros y quietos, casi cerrados. —Han de haber estao velando toda la noche; de guardia —pensó.

    — Apuráte Vaquerizo —le dijo el Cástulo Gonzaga, que era también del pueblo pero se había ido a buscar fortuna hacía dos años y ahora venía resultando teniente de la tropa aquella—. Apuráte que nomás por vos nos estamos retrasando. Nomás te cumplimentamos la condena y nos vamos con la música pa otra parte. 

    Vaquerizo se quedó sentado en el camastro. Con las dos manos se limpió los ojos, frotándolos igual que si estuviera echándose agua en la cara, allá en el arroyo. Dirigió la mirada hacia la puerta abierta; entre las siluetas de los soldados pudo ver que ya la mañana estaba comenzando. 

    Sentía que el aire estaba corriendo afuera; que por el lado del cerro las nubes estarían poniéndose coloradas, y que las chachalacas iban a cantar de gusto en todos los árboles de la cañada; pensó que ahorita los venados estaban bajando al río para beber por última vez, antes de ir a buscar un matorral para dormirse. 

    Todo esto se lo estuvo imaginando el Vaquerizo viendo la luz que ya estaba corriendo en el potrero; y le daba rabia que todo esto pasara el día en que lo iban a fusilar, así como si fuera de juguete, y él ya no iba a volver a ver todo lo que se sabía de memoria y que le llenaba las venas de recuerdos.

    —Apuráte Vaquerizo... No lo pensés tanto. Si no es cuestión de pensamiento. Vos no tenés nada que hacer. Tu compromiso acaba en el inter que te pongás onde yo te diga. Ahí te quedás quietecito; el resto es por nuestra cuenta —dijo el Cástulo Gonzaga.

    Vaquerizo no movió la vista de la puerta. Le parecía que toda esta situación era de a mentiras, de puro vacilón. Eso de que le digan a uno que ya mañana no va a hacer nada más que ir a poner el pecho para que lo venadeen sin oportunidad de que se defienda, como si fuera un coyote matrero, era a lo que no podía acostumbrarse el Vaquerizo. 

    Hubiera querido que le entendieran, que le dejaran explicar las cosas, que le creyeran que de veras no podía sacar una palabra, porque parecía que el gañote se le hubiera secado y por más esfuerzos que hacía no lograba hablar. Todo esto hubiera querido hacer el Vaquerizo. ¡Pero ya de intentos estaba bueno! 

    Hasta de querer defender la vida se llega uno a aburrir, a veces, cuando nadie nos quiere dar la mano. Con los pies buscó los zapatos en el suelo, debajo del camastro, hasta que los sintió con el dedo gordo; los pateó para afuera y se agachó a recogerlos.

    —Bueno, muchachos, de aquí a cinco minutos nos pelamos a alcanzar a la tropa de mi general pa incolporarnos. Hay que apuntarle bien a este mi amigo, para que no haya urgencia de echarle otra carguita. Hay que estimar la cartuchada. —comentó Cástulo Gonzaga sin darle mucha importancia a sus palabras, como si estuviera hablando de caballos o coreando el alabado en una iglesia.

    Vaquerizo tomó los zapatos y trató de calzárselos. Estaba tranquilo; casi no tenía miedo; pero las manos las sentía como engarrotadas. No le querían obedecer. Los zapatos no entraban. Por más esfuerzos que hacía no lograba metérselos.

    —Dejá en paz el botín ese. Total: pa lo que vas a caminar. Y ya pa en después no más te van a servir de estorbo. En el otro mundo no hay piedras, ni espinas; ni siquiera los vas a extrañar. Déjalos —volvió a hablar el Cástulo y su grueso bigote se levantó mostrando los dientes en una sonrisa.

    Vaquerizo ni siquiera lo volteó a ver. Logró calzarse el pie derecho, pero ya con el otro no pudo hacerlo. Se levantó poquito a poco y con el zapato en la mano se fue renqueando entre los cuatro soldados. Ni siquiera esperó a que le dijeran algo; ni les miró a la cara, ni le temblaron las piernas, nada. El Cástulo Gonzaga escupió en el piso; con el huarache corrió la saliva, para disimularla, y se puso a caminar detrás de ellos.

    Al Vaquerizo se lo iban a fusilar. De eso ya ni duda, cabía. Y no porque fuera gente de armas, o de peligro, o enemigo de la causa. Por nada de esto. Las cosas eran de otra forma, de muy distinta manera. Venían por otro camino.     

    El Vaquerizo vivía aquí, en este pueblo de la Frailesca, que nombran La Garza. Aquí nació y aquí nació también el Cástulo Gonzaga que ahora vino apareciendo de teniente, con sus dos barras doradas en el sombrero, tan naturales, que parecía que le hubieran salido allí, igual que los primeros cuernos de un venado. 

    De aquí, de La Garza, eran los dos; ahora, en una vuelta del mundo, venían a quedar como fusilador y fusilado, pero de chamacos fueron compañeros, jugaban siempre, y juntos iban a espiarles los pechos a las lavanderas en el arroyo. Hasta que un día, el Cástulo agarró camino, a los catorce años, y no se le volvió a ver nunca, más que antier que regresó a La Garza con mando de tropas y a las órdenes del general Isidro Alcántara. 

    Cuando ocuparon el pueblo, después del combate, ya no había nadie en las calles ni en las casas, así que el Cástulo no pudo saber que de su familia ya no quedaba ni el recuerdo desde aquella maldita semana en que el cólera pegó con ganas allá en La Garza.

    —Ya pa andar de necio en el relajo estuvo bueno, Vaquerizo. Dejá de hacerte guaje y decínos lo que queremos saber. No querés entender que eso de no decir palabra, ni sí, ni no, es de peligro con nosotros. Dejá el vacilón y ponéte a hablar —dijo desde atrás del grupo el Cástulo Gonzaga; pero el Vaquerizo siguió caminando cojo por la falta del zapato y no dio señales de haber oído nada. 

    Sólo sintió que la cabeza le rebotaba del coraje. Después de muerto, quemado, pensó. Ya había perdido toda esperanza de hacerse entender. Jamás le creerían que de pronto se había quedado sin poder hablar, como si le hubieran robado el habla con un maleficio. 

     El Cástulo recordaba que de chamacos, el Vaquerizo era bueno para las bromas. Sabía hacerlas y le gustaban. En las calles se hacía pasar por ciego, y algunos fuereños, que no le conocían las mañas, le creían y hasta la regalaban un centavo o dos, para que se pusiera contento y olvidara su desgracia por un rato. 

    También se acordaba de cuando fueron juntos a Santa Catarina la Grande, y el Vaquerizo decidió hacerse pasar por mudo, nada más porque sí, para divertirse, y bien que les tomaron el pelo a toda la gente de por allá. De esto se acordaba muy bien el Cástulo Gonzaga.

    Las piedritas, sueltas, de la calle principal de La Garza, crujían al paso de los soldados, haciendo un ruido como el que hacen los lombricientos con los dientes cuando están dormidos, o como cuando se raja una rama verde. 

    El Vaquerizo, en medio de los cuatro soldados, iba con la cara levantada y mirando a todos lados como queriendo despedirse de los del pueblo. Pero las casas y las calles estaban desiertas y sólo de vez en cuando un perro ladraba como si hubiera latido a un ánima penando. Algunas puertas estaban rotas, arrancadas, y en las calles se encontraban tirados restos de sillas, mesas, ropa y algunos santos quebrados. Los soldados estuvieron saqueando propiedades todo el día anterior.

    —Todavía podés salvarte, Vaquerizo. Te podés arrepentir. Decí onde anda la gente. ¿Pa qué jijos te empeñas en morir? Lástima.

    Vaquerizo hubiera deseado decirle algo al Cástulo; explicarle, hablarle. En fin, convencerlo de que lo que le estaban haciendo no era derecho, no era justo. Lo intentó nuevamente, pero no pudo soltar palabra; hacía esfuerzos por arrojar algo, lo que fuera, pero su boca seguía muerta, movía los labios como si fuera a escupir, sólo consiguió producir un ruido sordo. Ya ni modo; me tocaba... 

    Cuando pasaron por la casa de la Rosenda, Vaquerizo hubiera querido que ella estuviera allí, detrás del balcón, para que se pusiera triste porque se lo llevaban para el paredón; deseaba que la Rosenda saliera y le dijera adiós, y le hiciera señas con una cruz o que rezara, o ya de malas que cuando menos se pusiera a llorar. 

    La Rosenda siempre se hizo la desentendida cuando el Vaquerizo le habló de sus cosas; nunca decía ni que sí ni que no; tan solo torcía la boca en un gesto de coquetería, pero nada que la comprometiera. A veces, Vaquerizo llegó a odiar a la Rosenda por su falta de decisión. Pero ahora, en el último jalón, le hubiera gustado verla. Pero en la casa de la Rosenda todo estaba quieto y no había nadie; sólo un cerdo cebado estaba durmiendo en la puerta; era lo único. El Cástulo llamó a uno de los soldados:

    —Amarrálo ese cochi y jalátelo. Lo vamos a requisar pa la causa. Hace falta provisión.
    —¿Con qué lo amarramos?
   —Con la faja del Vaquerizo. Al cabo que él ya pa qué la quiere.

    El Vaquerizo no trató de oponerse; al contrario. El solito, se quitó el cinturón y lo entregó al soldado. Se agarró los pantalones con la mano izquierda para que no se le fueran a caer, llevando en la otra mano el zapato que no logró calzarse, y continuó la marcha cojeando.

    —Amarrálo bien... El cerdo empezó a gritar. Chillaba de puro miedo. El soldado, a jalones, lo arrastró. Los chillidos aumentaron.

    Vaquerizo al contrario del Cástulo, nunca salió de La Garza. A él no le gustaban los ruidos; no le llamaba la atención eso de andar rodando tierras. En La Garza se hizo hombre y allá hubiera muerto de viejo si no le hubieran adelantado la hora las tropas del Cástulo Gonzaga, con eso de fusilarlo.

    Cuando empezó la revolución, Vaquerizo nunca pensó en incorporarse a las tropas que pasaban por La Garza, pegando gritos y disparando al aire, rumbo a Santa Catarina la Grande o a Tuxtla. Nunca se decidió a seguirlos. Al contrario, procuraba esconderse para que no se lo fueran a llevar de pasada, en la leva. Deseaba estar tranquilo en su tierra, en su casa, con los ojos puestos en la Rosenda.

    El cerdo chillaba con todas sus fuerzas. Parecía que a él era a quien llevaban al paredón, y que venía pidiendo clemencia, como el Luciano que fue al que fusilaron la vez pasada, porque escondió tres carabinas que se había robado, quién sabe con qué intenciones; cuando se lo llevaron, iba llorando por toda la calle, diciendo a gritos cosas que ni se le entendían por la lloradera. 

    Con tanto escándalo que armó ni siquiera causaba lástima de que se lo quebraran; hasta daba risa verlo suplicar, y tirarse al suelo, y abrazarse a las piernas de los soldados. Igual que el Luciano, venía el cerdo pegando chillidos; a cada jalón que le daba el soldado parecía que lo habían abierto de una cuchillada. 

    Vaquerizo en cambio iba serio, con la boca cerrada, y con los pantalones agarrados y rengueando, pero sin soltar un pujido, ni voltear para ningún lado. Desde que pasaron por la casa de la Rosenda ya no le interesó ver a nadie. De vez en cuando, con la punta del botín que llevaba en la mano izquierda, se rascaba la cabeza. 

    —Arrepentíte, Vaquerizo. Yo soy tu cuate, pero Primero que nada soy soldado. No me puedo hacer guaje. Tengo que cumplimentar con mi obligación que es pegarte de balazos. Ese es mi deber. Pero vos te podés salvar si querés. No querés hablar y te la pasás haciéndote el mudo como en Santa Catarina cuando éramos chamacos. 

    Hablá: decíme onde es que están las armas, del cabildo, y pa dónde agarró camino la gente de La Garza: Vos sos el único que jallamos en el pueblo y lo tenés que saber. Decílo, bruto, que ya vamos llegando al lugar onde vas a quedar.

    El Vaquerizo siguió cojeando como si no hubiera oído nada. Ya para qué le buscaba. Era claro que no le iban a creer. Ya el día anterior había tratado de convencerlos a señas y pujidos. Pero ellos nada mas se reían como si fuera chiste, y después se aburrían y le mentaban la madre y al último le pegaron. No le iban a creer nunca. Eso ya estaba demostrado. 

    Vaquerizo era gente de paz. Tres días antes, cuando sonaron los primeros disparos en la cañada, la gente empezó a correr y a desalojar el pueblo; entre los retumbos de los 30—30 y la quebrazón de la ametralladora que llegaban desde allá, de por aquel rumbo, rebotando de piedra en piedra, el Vaquerizo ensilló su caballo y se decidió a seguir a los que huían. Quiso que la bola no lo fuera a maniatar, que no lo obligaran a irse a los campos de combate. El no era para estas cosas.

    —Vámonos pa la montaña pa que no nos vayan a encontrar—, le dijeron y él a gritos, desde el fondo de su casa, les dijo que sí.

    El pueblo quedó desierto. Los balazos siguieron tronando por la cañada. No cabía duda que era un combate entre las tropas del Gobierno y las del General Isidro Alcántara, aquel que se había levantado en armas hacía más de un año en Tonalá, y que les decía a sus soldados que aunque todavía no habían logrado pelear por una razón precisa, había que defender la causa para que cuando encontraran bandera ya anduvieran matreros y entrenados.

    Vaquerizo detuvo a su caballo sobre la loma que está enfrentito de La Garza. Esperó que pasara el último de los habitantes del pueblo; vio cómo avanzaban todos con paso rápido y nervioso, cogiendo camino para la montaña. Los estuvo observando hasta que se perdieron en la vereda, atrás de unas lomas largas. —Al rato los alcanzo; al cabo que ando montado— se dijo. 

    Los ecos de los disparos aumentaron. Parecía que ya estaban más cerca. De vez en cuando se oían gritos de gusto, como los que se escuchan en las ferias; y la tronadera de la ametralladora no descansaba nunca. Se quedó un rato más sobre la loma; contempló al pueblo, vacío, tirado en el suelo como una gran mancha de humedad. 

    Recordó su vida en aquellas calles de La Garza, antes llenas de alegría y animación y que ahora parecían las piernas y los brazos de un muerto. Así estaban de quietas y silenciosas. Allí se estuvo recordando. Le empezó a llegar una tristeza que le partió la vista. Sentía como si le rompieran los huesos del pecho. El estaba allí, solo, viendo las casas y escuchando los tiros. Sintió que el corazón se le iba a romper de la tristeza encerrada. De plano, el Vaquerizo no era para estos asuntos.
     

    De pronto vio cómo los soldados del Gobierno pasaban huyendo. Estaban en plena desbandada. Los tiros se hicieron más sonoros por la cercanía. Primero pasaron unos cuantos, pero al momento la retirada fue general. Iban corriendo como conejos los federales; algunos habían dejado tirada la carabina para que nada les estorbara la carrera. 

    Cada vez, pasaban más cerca del Vaquerizo, por debajo de la loma en que se encontraba. Los vio clarito; hasta las caras amarillas por el miedo les pudo ver. Los gritos de susto y súplica le llegaban muy bien a las orejas. Vaquerizo quería irse de allí pero algo le tenía sembrado en la loma con todo y su caballo. 

    Al ratito... —se decía— pero nunca le agarraba la decisión para darle el chicotazo al caballo, y encajarle las espuelas para largarse de esa matazón. Los soldados ya ni se preocupaban de contestar el fuego; ponían las espaldas a los balazos con tal de escaparse lo más pronto. 

    Atrás venían los hombres de Isidro Alcántara tirando a matar, cazando a los federales. Uno de ellos, ya medio viejo porque debajo de la gorra le salían unas mechas canosas, pasó muy cerca de Vaquerizo; iba corriendo, dando de tropezones porque las piernas se le trababan del susto, los ojos los tenía redondos y duros y a gritos rezaba a todos los santos que recordaba. 

    Allí, a unas cuantas brazadas lo vio pasar, y luego pegar un respingo y caer sobre unos matorrales; se revolcaba de dolor y se quería sobar la espalda. Después se fue quedando quieto hasta que ya no se movió. 

    Eso estaba viendo el Vaquerizo, cuando de pronto su caballo relinchó, y con las orejas paradas se puso a cabecear y se quiso parar de manos; el pescuezo del animal estaba manchado de sangre, que manaba espesa, como si varios tábanos juntos le hubieran ido a picar en aquel lugar. El caballo siguió encabritándose y el Vaquerizo queriéndolo contener, hasta que ya no pudo sostenerse sobre la silla y cayó de espaldas resbalando por las ancas sudorosas. Su cabeza pegó, en un golpe seco, sobre una piedra.
Allí fue que lo encontraron las tropas de Isidro Alcántara. Estaba como muerto.

    —Hasta aquí nomás —ordenó el Cástulo a los cuatro soldados—. Aquí en esta barda está bueno pa que se aquiete el bruto éste. Aquí le cumplimentamos.

    Vaquerizo, sin que nadie se lo ordenara, fue a colocarse en la barda de piedras. Sintió cómo los bordes de las lajas se le incrustaban en la espalda. Frotó sus lomos sobre una arista para rascarse la comezón de una roncha de garrapata. Con la cara de frente a los soldados esperó.

    —Arrepentíte Vaquerizo. Hablá. Ya no sigás con el vacilón del mudo. Decínos de plano si sabés o no sabés, pero no te quedés callado.

    Vaquerizo siguió como si no hubiera oído nada. Ya pa que, ha de haber pensado. Con la mano derecha se subió los pantalones que se le estaban resbalando más abajo del ombligo por la falta del cinturón; con la otra mano siguió sujetando su botín izquierdo. El pie desnudo estaba manchado de lodo y lo untó sobre la otra pierna para limpiarlo. 

    El sol, ya estaba por encima dela serranía. Los zanates, en ruidosas parvadas, se dejaban caer a la playa del río. Tres palomas levantaron espantadas el vuelo, cuando un toro pasó corriendo detrás de una vaca. El Vaquerizo vio al mundo y se llenó los ojos de tristeza. Sin embargo, no pensó en que pudiera seguir  viviendo. 

    Allí estaba, con el pecho y la cara delante de las cuatro carabinas y de los bigotes del Cástulo, esperando a que éstos se movieran al dar la orden del disparo. No tenía ya esperanzas; tampoco temor; no le temblaron las piernas como dicen que les pasa a los fusilados, ni le dieron ganas de llorar. 

    No era por valentía. Nunca tuvo fama de eso; era por otra cosa. La muerte estaba allí, de cuerpo entero y para qué le daba más vueltas. El llano se abría enfrente de la barda que le servía de paredón; se iba hasta más allá de los sembrados de caña y en el camino había matorrales y piedras donde esconderse. 

    Pero el Vaquerizo no pensó en salir corriendo; en escaparse. Para qué arriesgarle que le fueran a dar la ley fuga y quedar todo lleno de agujeros en la espalda. Mejor que fuera de frente viendo a los soldados; quizás hasta les iba a temblar la mano al apuntar y él se reiría de que estuvieran nerviosos. 

    Sucede que de tanto estar oyendo lo de su fusilada, se había acostumbrado a llevar la muerte dentro de la camisa. Si ya no había remedio para qué moverle. ¡ Hasta a eso se acostumbra uno!
 

     A patadas lo hicieron despertar. Quejándose se levantó con un dolor en la cabeza que le hacía pasarse la mano a cada rato para sobarse el golpe. Los soldados de Isidro Alcántara se lo quedaron viendo y algunos, a las claras tenían ganas de cerrajarle un disparo para que no fuera a dar quehacer. 

    El quiso hablarles pero por más esfuerzos que hizo no pudo lograrlo. Se le llenó la garganta de miedo y quería hablar; la desesperación le  puso la temblorina en todo el cuerpo. Abría y cerraba la boca y movía la lengua, que sentía pesada igual que si estuviera borracho) pero sólo el aire le salía y no podía formar palabras. 

    Estoy mudo, mudo, señor, estoy mudo —quería decir, pero el miedo sólo se le veía en los ojos y en el modo como cerraba las manos y se golpeaba el pecho. Los soldados se lo llevaron ante el general.

    ¡Estoy mudo, santísima virgen, estoy mudo. Ayúdame Señor de Esquipulas! Y quería gritarlo pero las palabras se le quedaban atoradas en la garganta.

    El General Isidro Alcántara, acostado en una hamaca con las botas flojas y llenas de lodo, le preguntó qué era lo que hacia por esos lados:
—Es lugar de combate y sólo el que tira balazos o trai comisión anda por allí. A ver, qué comisión traías tú. . .
—Y con el fuete se acarició los bigotes. 

    Vaquerizo abrió los labios para explicarle, pero no pudo decirle nada. Sólo pujidos salían de su boca cuajada por el miedo. La saliva se le hacía pelotas debajo de la lengua. Quería llorar pero ni eso podía hacer del susto que traía. A señas quiso explicarle pero nadie le entendió. Al General le dio risa.

    Mudo mierda... —y se golpeó contento la bota con el fuete de cuero.

    De pronto uno de los oficiales se levantó del rincón en que estaba sentado a cuclillas, en el suelo. Se le acercó al Vaquerizo y le echó una mirada a los ojos. 

    —Es el Cástulo... —Se dijo el Vaquerizo y los ojos se le llenaron de alegría. 

    —Yo te conozco Vaquerizo. Es tu mera maña andar haciendo guaje a todos con tus vaciladas. Dejáte de hacer el mudo y decínos onde están las carabinas del cabildo. Más te conviene. Te conozco, palomita. Quién sabe qué intención trais quedándote por estos rumbos... no te sigás haciendo porque te damos cuerda —así dijo el Cástulo Gonzaga y el Vaquerizo sintió que el estómago se le sumía y el miedo le bailaba por las piernas. 

    El General de un salto se paró de la hamaca. Los ojitos le bailaban y se le habían puesto colorados de la rabia;
—¡Conque sí'!. .. cogé tu mudo. .. —y el fuete se enredó por la boca del Vaquerizo—. A ver tú, Cástulo, jalátelo a éste, y si no habla mañana tempranito te lo fusilás.—sentenció el General—. Hasta mañana en la mañanita dale para que lo piense bien y se decida. Si no quiere ya sabes. Ni vengás a preguntarme.

    Nadie quiso creerle. Trató de demostrarles que no sabía nada de esas carabinas del cabildo. Que nunca se metió en los argüendes de la bola. Que por el Niño de Atocha les juraba que estaba mudo. Pero nadie le entendió las señas y él no pudo sacar palabras. Y el Cástulo se lo llevó para una casa y  allí lo encerró y le puso centinelas. 

    —Mañana a las cinco te damos chicharrón. Pensálo; no vayás a creer que por que fuimos cuates de chamacos te voy a contemplar. Orden es orden. Buenas noches —le dijo y se fue a dormir. Allí sobre el camastro se quedó tirado el Vaquerizo. Quería llorar de desesperación, pero ni eso podía hacer del miedo que traía. 

    Él, que siempre le sacó el cuerpo a estas andanzas, que quiso quedarse en paz cuando todos jalaron a engrosar las filas de la revuelta; él, que todo lo dejó para quedarse viéndole la cara a la Rosenda; él, que no era de armas, se veía metido en una trampa, y lo iban a fusilar sin haber hecho nada. ¡Y todavía con la maldición de no poder hablar! Parecía que no era a él a quien le estaban pasando todas estas cosas. Las veía fuera de su ropa; como si estuviera viendo a otro desgraciado y hasta pudiera consolarle y llenarse de lástima por su mala suerte. 

     El cerdo chillaba como si le estuvieran arrancando el cuero. El soldado que lo sujetaba, se amarró a la pierna el cinturón con que estaba atado el animal, y se colocó, al lado de los otros tres, enfrente del Vaquerizo. Aguardaron la orden que daría el Cástulo.

    —Por última vez, Vaquerizo: ¿sí o no? El Vaquerizo abrió la boca, pero su lengua se había enroscado como si fuera una culebra; se movía igual que un ratón tierno la lengua del Vaquerizo, pero permanecía en silencio; era una campana sin badajo la palabra del Vaquerizo. 

    Abría los ojos con todas sus fuerzas, como si los quisiera empujar afuera de los párpados para que se le cayeran, y quitarse de una vez la figura de los cuatro cañones de las carabinas, que se le habían metido hasta adentro de los huesos. Pensó que sus huesos tronarían cuando le entraran las balas y le rasgarían el pellejo al saltar de su lugar. 

    Recordó el ruido que hacían los espinazos de los soldados, la tarde anterior, cuando quedaban quebrados por una rociada de la ametralladora. También le vino a los ojos las revolcadas de dolor de aquel soldado del Gobierno que se fue quedando muerto poquito a poco delante de él, el día en que se quedó mudo para su desgracia. El principio de toda esta calamidad fue el haberse quedado sin decir palabra. Y lo peor es que ni siquiera sabía cómo había sido.

    —Bueno hermano. Vos te lo buscaste. Por terco... ¡Preparen! —los soldados hicieron chirriar las palancas de los 30—30, y con un ruido como de piedra de afilar, las armas quedaron con la carga lista.

    El cerdo, al escuchar el ruido quiso salirse de allí. Jaloneó al soldado, y éste le dio un culatazo. El Vaquerizo hubiera querido que el cerdo se callara; le ponía nervioso el constante gemir del animal. Apretó el zapato que llevaba en la mano, y lo presionó contra el muslo como si quisiera enterrárselo. Estaba haciendo fuerza para que no le fueran a faltar los ánimos.

    —¡Apunten! El Vaquerizo vio las bocas de las carabinas, y a través del grano de puntería el ojo bailón de cada soldado. Se abrió la camisa con la mano que tenía sujetándose los pantalones. —Eso de mostrar el pecho es lo que debe de hacerse cuando lo van a fusilar— pensó. Los pantalones se le cayeron hasta la mitad de las piernas, porque el Vaquerizo hundía el estómago, con el esfuerzo que hacía para no gritar.  

    Cerró los ojos hasta sentir que le dolían con la presión de los párpados y ,veía una gran esfera negra; le pareció que eso estaba bueno para irse acostumbrando con la muerte. El cerdo se puso a revolver la tierra con la trompa buscando algo qué comer.

    —¡Fuego! —El Vaquerizo se dobló sin un grito; sin patalear ni revolcarse. Se quedó muerto sin hacer bulla. El cerdo chilló más que nunca; olía la muerte y se jaloneaba y el soldado tuvo que agarrar fuerte el cinturón para que no lo fuera a tirar.
—¿Le doy el de gracia?
—Ya pa qué. Quedó quieto ya...
—Qué fregado el Vaquerizo. No cualquiera ... aguanta la vacilada hasta el paredón. Siempre fue muy ingenioso pa los relajos. Bien que me acuerdo —dijo el teniente Cástulo Gonzaga, viendo al Vaquerizo con su zapato en la mano y el pecho crucificado con cuatro agujeros rojos. Se lo quedó mirando y movía la cabeza de lado a lado. Después ordenó la marcha de regreso. Todavía el cerdo iba chillando cuando volvió a decir:
—Se murió en su línea; en su mero relajo; era macho el Vaquerizo.  

La muerta enamorada - Téophile Gautier

 Hermano, tú me preguntas si conozco el amor. Pues bien, lo conozco. Se trata de una historia singular y terrible y, aunque ya cuento con sesenta y seis años, casi no me atrevo a remover las cenizas de semejante recuerdo. No me negaré a contártela, pero nunca relataría esta historia ante un alma menos noble que la tuya. 

Los hechos ocurridos son tan sorprendentes que me niego a pensar que hayan existido. Pese a ello, lo cierto es que durante más de tres años fui víctima de un espejismo único y diabólico. Yo, un mísero sacerdote de provincias, viví en sueños, noche tras noche (¡y quiera Dios que sólo fuese un sueño!), una vida disipada, una vida mundana, una vida de Sardanápalo.  

Fue suficiente que posara una mirada complaciente sobre una mujer para que arriesgase mi alma. Al final, con la ayuda de Dios y de mi santo patrón, conseguí conjurar al espíritu maligno que se había adueñado de mí. 

Mi existencia se había dividido en una existencia nocturna totalmente diferente. Durante el día era un humilde sacerdote, casto y consagrado a la oración y a sus santos deberes; al anochecer, y en cuanto cerraba los ojos, me convertía en un joven señor, agudo conocedor de mujeres, perros y caballos, amante de los dados, bebedor y blasfemo. De este modo, al amanecer, cuando despertaba, creía dormirme para soñar que me convertía en sacerdote. 

De esa vida sonámbula conservo innumerables recuerdos de objetos y expresiones y, aunque nunca abandoné los muros del presbiterio, quien me escuchara pensaría que soy un hombre ahíto de placeres mundanos, que ha buscado en la religión un modo de confiar a Dios la culminación de sus días desaforados, y no un humilde seminarista que ha envejecido en una parroquia perdida en medio del bosque, y sin relación con su tiempo.

Sí, conozco el amor: amé como nadie, con furia y tesón, y con tal fuerza que me sorprende que no haya explotado mi corazón. ¡Ah, qué noches! ¡Qué noches!

Desde mi más tierna infancia tuve vocación de sacerdote, y a ello dediqué todos mis estudios; hasta los veinticuatro años, mi vida sólo fue un largo noviciado. En cuanto hube terminado mis estudios de teología y aprobado cuando correspondía los grados menores, mis superiores me consideraron digno, a pesar de mi corta edad, de dar el último paso, el más temible. Decidieron ordenarme sacerdote en la semana de Pascua.

Yo desconocía todo sobre el mundo; éste, para mí, se limitaba al ámbito cerrado del colegio y del seminario. De forma vaga, sabía que había algo denominado «mujer», pero nunca me paré a pensar en ello; mi inocencia era completa. Sólo veía, dos veces al año, a mi frágil y anciana madre. Ésa era mi única relación con el mundo exterior.

No tenía nada de qué lamentarme y nunca vacilé ante este compromiso irrevocable; estaba lleno de impaciencia y alegría. Jamás novio alguno contó con un ardor tan febril las horas que lo separaban de su boda. Apenas dormía: soñaba que celebraba misa. Nada en el mundo me parecía más hermoso que el sacerdocio; mi ambición no lograba concebir nada más digno y me habría negado a ser rey o poeta.

Te lo digo para que comprendas que no tenía por qué haberme ocurrido lo que finalmente me ocurrió, para que te des cuenta de que fui la víctima de un inexplicable sortilegio.

Llegó el gran día. Me encaminé a la iglesia con pasos tan leves que creí estar levitando en el aire, tener alas sobre los hombros. Me consideraba un ángel y el aspecto grave y sombrío de mis compañeros —porque éramos varios— no dejó de llamar mi atención. Había dedicado la noche entera a la oración, y mi estado era cercano al éxtasis. El obispo, un anciano venerable, me parecía el propio Dios, contemplándome desde su eternidad. A través de las bóvedas de la iglesia, yo veía el cielo.

Ya conoces los detalles de la ceremonia: la bendición, la comunión de las dos formas, la unción de las palmas de ambas manos con el óleo de los catecúmenos y, por fin, el santo sacrificio que se ofrece al lado del obispo. No me entretendré en ellos. ¡Oh, cuánta razón tenía Job! ¡Qué imprudente es el que no sella un pacto con sus propios ojos! Por casualidad levanté la cabeza, que hasta entonces había tenido agachada, y vi delante de mí, a una distancia tan corta que casi habría podido tocarla —aunque en realidad estaba muy lejos, al otro lado de la balaustrada—, a una mujer extrañamente bella y espléndidamente vestida. 

En ese instante fue como si de mis pupilas cayesen las escamas que las cubrían, y tuve la misma impresión del ciego que repentinamente recobra la vista. El resplandor del obispo se disipó, palidecieron los cirios igual que las estrellas al alba, y una oscuridad absoluta cubrió el templo. La deliciosa criatura se destacaba entre las sombras como si fuese la aparición de un ángel; parecía iluminada por su propio fulgor, del cual el día era apenas un triste reflejo.

Desvié la mirada, dispuesto a no dejarme dominar por la influencia de objetos externos, porque la progresiva distracción apenas me dejaba ser dueño de mis actos.

Un minuto después abrí los ojos de nuevo, porque a través de mis pestañas conseguía verla radiante con los colores del prisma, en medio de una penumbra púrpura, semejante a la que aparece cuando encaramos al sol.

    ¡Era tan hermosa! Los pintores más célebres, que después de buscar en el cielo la belleza ideal nos han legado el divino retrato de la Virgen, ni siquiera logran acercarse a una realidad tan maravillosa. No hay verso de poeta ni paleta de pintor capaz de describirla. 
     
    Era alta, con un talle y un porte dignos de una diosa; sus cabellos, delicadamente rubios, se deslizaban sobre sus sienes como si fuesen ríos de oro: parecía una reina con su diadema; su frente, con su traslúcida y azulada palidez, se extendía de forma serena y apacible sobre el arco de sus cejas castañas, en una característica que lograba acentuar el efecto de sus ojos verde mar, de una vivacidad y esplendor sencillamente insondables.
     
    ¡Qué ojos! Podían determinar, con un guiño, el destino de un hombre; nunca he visto otros ojos tan llenos de vida, de limpidez, de ardor, tan brillantes y rutilantes; despedían rayos que, como venablos, me alcanzaban el corazón. No sé si la llama que los encendía procedía del cielo o del infierno, pero no hay duda de que venía de alguno de estos dos lugares. Esa mujer era un ángel o un demonio; puede que ambos. Desde luego no procedía del vientre de Eva, nuestra madre común. 
     
    Una dentadura perfecta resplandecía en su sonrisa, y pequeños hoyuelos herían el delicado raso de sus adorables mejillas con cada leve gesto de la boca. Su nariz mostraba la suavidad y orgullo propios de una reina, demostrando la nobleza de su origen. 
     
    Sobre la piel tersa y reluciente de sus hombros titilaban brillantes de ágata, y le caían sobre el pecho hileras de gruesas perlas doradas, de un tono idéntico al de su cuello. A veces su cabeza se erguía con un movimiento ondulante de serpiente o de vanidoso pavo real, dotando de un ligero temblor a la alta gorguera bordada que la rodeaba como si fuese un enrejado de plata.

Lucía un traje de terciopelo nacarado, y de sus amplias mangas forradas de armiño brotaban sus manos patricias, infinitamente delicadas, con dedos largos y torneados, cuya transparencia ideal el día atravesaba como si fuese la aurora.

Recuerdo cada detalle con la misma nitidez que si lo hubiese visto ayer, y aunque me abrumaba absolutamente todo aquello, nada se me escapaba; el rasgo más leve, el pequeño lunar en el extremo de su barbilla, el imperceptible vello de la comisura de sus labios, el terciopelo de su frente, la trémula sombra que las cejas lanzaban sobre las mejillas: todo lo percibí con asombrosa lucidez.

Noté que al admirarla se abrían en mí puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas; huecos taponados se despejaban para dejar pasar una luz que bañaba ahora ignoradas perspectivas. La vida cobraba un aspecto completamente múltiple; nacía en mi interior una nueva existencia, otro orden de ideas. Una espantosa angustia me oprimía el corazón; cada minuto que transcurría me parecía, al mismo tiempo, un segundo y un siglo.

    Mientras tanto proseguía la ceremonia, y me alejaba de aquel mundo cuya entrada asediaban mis incipientes deseos. Dije «sí» aunque ansiaba decir «no», aunque todo mi ser se rebelaba y rechazaba la violencia que mi lengua ejercía sobre mi espíritu; un poder furtivo me arrancó las palabras. 
     
    Lo mismo debe de sucederles a tantas muchachas que se dirigen hacia el altar con la determinación de rechazar clamorosamente al marido que les ha sido impuesto, sin que ninguna cumpla sus intenciones. Lo mismo debe de sucederles a tantas pobres novicias que toman el hábito incluso estando dispuestas a desgarrarlo en el momento mismo de pronunciar sus votos.   
 
     No nos atrevemos a provocar semejante escándalo ante el mundo, a decepcionar tantas expectativas; tantas intenciones, tantas miradas parecen agobiarnos como una plancha de plomo; por otro lado, se han dispuesto las medidas con tanta precisión, todo ha sido tan bien preparado de antemano y de una forma tan irrevocable que el pensamiento sucumbe a la violencia de las circunstancias.

El rostro de la hermosa desconocida cambiaba de expresión conforme avanzaba la ceremonia. Su ternura y delicadeza se transformaron en desdén y frustración, como si no la hubiesen entendido.

Hice tantos esfuerzos para gritar que no deseaba ser sacerdote que habría podido arrancar una montaña. Pero no lo logré; la lengua se me clavó en el paladar y me resultó imposible traducir mi voluntad al gesto de negación más insignificante. Aunque despierto, me encontraba en un estado semejante al de esas pesadillas en que intentamos, sin conseguirlo, pronunciar aquella palabra de la que depende nuestra vida.

Ella pareció darse cuenta del martirio que padecía y, como para animarme, me envió una mirada llena de divinas promesas. Sus ojos eran un poema animado por la música de sus miradas.

Me decía:

—Si deseas ser mío, yo te haré más feliz que el propio Dios en su paraíso; los ángeles te envidiarán. Rompe ese fúnebre sudario con el que pretenden envolverte; yo soy la belleza, yo soy la juventud, yo soy la vida: si vienes, seremos el amor. ¿Qué podría ofrecerte en cambio Jehová? Nuestra existencia se deslizará como un sueño y se convertirá en un beso eterno. 

Derrama el vino de ese cáliz y serás libre. Te conduciré a islas desconocidas, dormirás a mi lado en un lecho de oro y bajo un dosel de plata; porque te amo y deseo arrebatarte a tu Dios, hacia el que tantos corazones vierten ríos de amor, sin alcanzarlo jamás.

Me pareció oír estas palabras como si estuviesen acompañadas de un acorde infinitamente dulce, porque su mirada tenía el don de la sonoridad y las frases que me lanzaban sus ojos retumbaban en el fondo de mi corazón como si labios invisibles las hubiesen encendido en mi alma. 

Estaba dispuesto a renunciar a Dios y, pese a ello, continuaba cumpliendo mecánicamente el ritual de aquella ceremonia. Con toda su hermosura, me miró con ojos tan suplicantes, tan desesperados, que aceradas lágrimas apuñalaron mi corazón.

 Yo, como si fuese una mater dolorosa, noté en mi cuerpo la hoja de infinitas espadas.

Se había consumado: era sacerdote.

Jamás vi reflejada en rostro alguno una angustia tan desgarradora como aquélla. La muchacha cuyo amante cae a su lado, repentinamente fulminado; la madre que descubre vacía la cuna de su hijo; Eva sentada a las puertas del Paraíso; el avaro que encuentra unas piedras donde antes tenía su tesoro; el poeta que ha dejado caer en el fuego el único manuscrito de su obra maestra, no pueden ofrecer un aspecto tan desolado e inconsolable. 

La sangre desapareció de su rostro encantador, que cobró una palidez de mármol. Sus hermosos brazos se dejaron caer a ambos lados del cuerpo, como si sus músculos se hubiesen aflojado, y se recostó contra un pilar, ya que sus piernas le flaqueaban. Lívido, con la frente bañada en un sudor más ardiente que el del Calvario, me encaminé con pasos vacilantes hacia la puerta de la iglesia. Estaba sofocado; las bóvedas aplastaban mis hombros, y creí notar sobre mi propia cabeza el terrible peso de la cúpula.

Estaba a punto de atravesar el umbral cuando, bruscamente, una mano aferró la mía. ¡Una mano de mujer! Nunca había tocado una. Era fría como la piel de una serpiente, y a pesar de ello su huella ardió en mi piel como si fuese una marca de hierro al rojo vivo. Era ella.

—¡Desdichado! ¡Desdichado! ¿Qué has hecho? —me susurró, e inmediatamente se perdió entre la multitud.

Pasó a mi lado el anciano obispo, dirigiéndome una mirada severa. Mi apariencia, sin duda, era extraña; tan pronto palidecía como me ruborizaba, sufría mareos. Uno de mis compañeros se compadeció, me acogió en sus brazos y me llevó con él; yo solo habría sido incapaz de regresar al seminario.

    Al rodear una callejuela, y mientras el joven sacerdote miraba en otra dirección, un paje negro, extrañamente vestido, se me acercó y me dio, sin detener su paso, una cartera pequeña, recamada en oro, haciéndome señales para que la guardase. La dejé caer dentro de la manga y esperé a encontrarme de nuevo solo en mi celda. 
     
    Hice saltar el broche; sólo tenía dos hojas, con estas palabras escritas: «Clarimonda, Palazzo Concini». Pero yo era tan ajeno a la vida mundana que no sabía nada de Clarimonda, a pesar de su fama, y desconocía por completo la ubicación del palacio Concini. Me entregué a mil conjeturas, unas más disparatadas que otras; pero lo cierto es que, con tal de volver a verla, me daba lo mismo que se tratase de una dama de alcurnia o de una cortesana.

Nada más nacer, mi amor arraigó con una energía indestructible; ni siquiera traté de arrancarlo de mí, porque no pensé que fuese posible hacerlo. Esa mujer se había adueñado de mí; una mirada le había bastado para trastornarme e imponerme su voluntad; ya no vivía en mí, sino en ella y para ella. 

Realicé mil extravagancias, besando la zona de mi mano que había estado en contacto con la suya, y repitiendo su nombre durante largas horas. Era suficiente que cerrase los ojos para que la viese con tanta nitidez como si estuviese delante de mí, pronunciando una y otra vez las palabras que me había dirigido en el pórtico de la iglesia: «¡Desdichado! ¡Desdichado! ¿Qué has hecho?». 

Me di cuenta de lo horrible de mi situación, y los aspectos funestos y terribles del estado al que me acababa de consagrar se mostraron con absoluta claridad. ¡Sacerdote! Eso quería decir ser casto, no amar a nadie, no reparar en el sexo o la edad, desviar la mirada de toda belleza, vaciando los ojos, reptar por la helada penumbra de un claustro o una iglesia, visitar únicamente a los moribundos, velar junto a cadáveres desconocidos y vestir de luto con aquella sotana negra, de forma permanente, de tal manera que el propio hábito sirviese como cortina a mi catafalco.

La vida, como un lago interior en ebullición, luchaba por desbordarme; la sangre luchaba con furia en mis arterias, y mi juventud, tanto tiempo reprimida, estalló inesperadamente como el áloe, que tarda un siglo en florecer y después irrumpe con estruendo.

¿Qué hacer para ver a Clarimonda? No tenía la menor excusa para dejar el seminario, porque no conocía a nadie en la ciudad. Tampoco podía permanecer mucho tiempo en ella, donde sólo estaría hasta que me indicasen la parroquia que iría a ocupar. 

Pensé en quitar los barrotes de mi ventana, pero ésta se encontraba a una altura tal que bajar después al otro lado sin la ayuda de una escala resultaba imposible. Por otro lado, sólo podría hacerlo de noche. ¿Cómo orientarme, entonces, por aquel laberinto de calles desconocidas? 

Estas dificultades, que quizá otros hubiesen vencido sin vacilación, me parecían insuperables; no era más que un pobre seminarista enamorado, sin experiencia ni dinero, y sin las ropas adecuadas. 

¡Ah, de no haber sido sacerdote habría podido verla todos los días! Me habría convertido en su amante, en su esposo: así me lo repetía mi ceguera; en vez de verme envuelto en aquel triste sudario, tendría trajes de seda y terciopelo, cadenas de oro, una espada y algunas plumas semejantes a las que llevaban los jóvenes caballeros. Mis cabellos, en vez sufrir el oprobio de la tonsura, caerían alrededor de mi cuello formando rizos. Luciría un bello bigote embetunado, y me transformaría en un joven apuesto.

Pero una hora pasada frente al altar, y un par de palabras mal formuladas, me habían sustraído al mundo de los vivos. Yo mismo había sellado mi sepultura con una piedra; mi propia mano había corrido el cerrojo de mi prisión.

Me asomé a la ventana. El cielo era espléndidamente azul, los árboles estaban vestidos de primavera, la naturaleza hacía gala de una irónica alegría. La plaza estaba abarrotada de gente que iba y venía; jóvenes parejas paseaban por los jardines y buscaban la sombra de las pérgolas. 

Pasaron grupos que cantaban melodías de borrachos; tanta agitación, tanta animación, tanta vida, tanta alegría no conseguía sino resaltar mi tristeza y soledad. Una madre joven jugaba con su hijo en el umbral; sonreía, le besaba su pequeña boca rosada, perlada de gotas de leche, y jugueteaba con él como sólo una madre sabe hacerlo. El padre, que permanecía en pie a cierta distancia, los miraba con dulzura, y sus brazos cruzados a duras penas lograban sujetar la alegría de su corazón. 

No conseguí soportar aquel espectáculo; cerré el ventanal y me lancé en mi lecho presa de un odio y unos celos inaguantables; mordí mis dedos y mi manta con la misma voracidad que un tigre que hubiese sufrido un prolongado ayuno.

Ignoro cuántos días soporté esta situación, pero cuando me volví, en un espasmo de furia, noté que el abad Serapione se erguía en el centro de la celda y me observaba atentamente. Sentí vergüenza de mí mismo y, dejando caer la cabeza sobre el pecho, me tapé el rostro con las manos.

—Romualdo, hijo mío, algo extraño te pasa —me dijo Serapione pasados unos minutos de silencio—. Tu conducta es realmente sorprendente. Tú, tan tranquilo, tan dulce, tan pío, te agitas en tu celda como si fueses un animal enjaulado. Ten cuidado, hermano, y desoye los consejos del diablo; el espíritu perverso, irritado porque te has consagrado a Dios para siempre, te acecha como un lobo hambriento y realiza un último esfuerzo para convertirte en su presa. 

No te dejes vencer: hazte una armadura de plegarias y un escudo de sacrificios, combate con valor al enemigo; lo vencerás. La prueba es necesaria para revelar la virtud; el oro sale más puro de la copela. No te aterrorices ni te desanimes; incluso las almas más fuertes y vigilantes han sufrido estas pruebas. Reza, ayuna, medita, y el mal espíritu se batirá en retirada.

El discurso del abad Serapione logró que volviese a mis cabales y recuperase la tranquilidad.

    —Venía a advertirte que te han designado para la parroquia de C***; el sacerdote que la tenía a su cargo ha fallecido recientemente y Monseñor me encomendó que te guiase para que te instalases en ella; prepárate para partir mañana.

Asentí con la cabeza y el abad se marchó. Abrí el misal y me consagré a leer oraciones; enseguida los renglones se confundieron, las ideas se apelotonaron en mi cabeza y el libro no tardó en deslizarse entre mis manos sin que me diese cuenta.

¡Marchar al día siguiente, sin haberla visto de nuevo! ¡Añadir un nuevo obstáculo a todos los que ya nos separaban! ¡Perder para siempre cualquier esperanza que no se basara en un milagro! ¿Escribirle? ¿Y a través de quién podría entregarle la carta? Mi sagrada investidura me impedía confiarme a nadie. Me asfixió la ansiedad. 

Entonces recordé los comentarios del abad acerca de las estratagemas del diablo; lo sorprendente de aquella aventura, la belleza sobrenatural de Clarimonda, el brillo incandescente de sus ojos, la marca de fuego de su mano, la manera en que su presencia me había conturbado, el repentino cambio que se había operado en mí, la súbita desaparición de mi piedad: en todo podía intuirse la presencia del Maligno, y puede que esa mano satinada no fuese más que el guante con que escondía sus garras. Estos pensamientos me aterraron, y recogí el misal, que había caído al suelo desde mis rodillas, para sumirme de nuevo en mis oraciones.

Al día siguiente Serapione vino a buscarme; dos mulas nos esperaban frente a la puerta, cargadas con nuestro humilde equipaje; montamos en ellas como pudimos. Al avanzar por las calles de la ciudad, escudriñaba cada ventana y cada balcón, ansioso por ver a Clarimonda; pero era muy temprano y la ciudad dormía todavía. 

Mis ojos escudriñaban aquellas claraboyas veladas por las persianas, así como los cuartos de cada palacio ante el que pasábamos. Sin duda, Serapione atribuyó esta curiosidad a la admiración que debía de provocarme la belleza arquitectónica del lugar, porque refrenó un poco el paso de su montura para darme tiempo a observar. 

Finalmente llegamos a las puertas de la ciudad y empezamos a ascender la colina. ¡La ciudad donde vivía Clarimonda! Una vez en la cima, me volví para contemplarla de nuevo; la sombra de una nube la cubría totalmente: una espesa media tinta donde flotaban blancos copos de espuma —las brumas del amanecer— confundía sus tejados azules y rojos; un peculiar efecto óptico destacó un edificio dorado y brillante que, herido por los destellos matinales, sobresalía en altura entre las construcciones vecinas, que naufragaban en la niebla. 

A pesar de que estaba a más de una legua, parecía próximo. Cada íntimo detalle resultaba visible; las torres, sus plataformas, los cruceros e incluso las veletas con cola de golondrina.

 —¿Qué es ese palacio que se ve allá lejos, iluminado por un rayo de sol? —le pregunté a Serapione. Se cubrió los ojos con la mano, y después de echar una ojeada, me dijo:

—Es un viejo palacio que el príncipe Concini regaló a la cortesana Clarimonda; en él tienen lugar hechos terribles.

Todavía no sé si fue visión o realidad, pero justo en ese momento creí ver deslizarse por la terraza una figura pálida y esbelta cuyo brillo duró un segundo antes de extinguirse. ¡Clarimonda!

¿Sabía acaso que en aquel momento, desde lo alto del difícil camino que me alejaba de ella y por el que ya no habría de regresar, yo devoraba con ojos tenaces y ardientes el palacio donde vivía y que un azaroso juego de luz parecía colocarlo a mi alcance, como invitándome a entrar en él como dueño y señor? 

Es evidente que lo sabía, porque su alma estaba excesivamente unida a la mía como para no vibrar ante mis más leves emociones. Por este motivo se había asomado, sin despojarse de sus velos nocturnos, al helado rocío matinal en lo alto de la terraza.

La sombra avanzó sobre la ciudad, que enseguida se transformó en un inmóvil océano de cúpulas y tejados, del que sólo sobresalían abruptas ondulaciones. Serapione apremió a su mula, cuyos pasos la mía siguió inmediatamente, y en una curva del sendero desapareció para siempre la ciudad de S***, a la que jamás habría de volver. 

Después de tres días de marcha a través de tristes campiñas, se levantó sobre la copa de los árboles la cúpula de la iglesia donde debía servir. Recorrimos tortuosas callejuelas que penosamente esquivaban chozas y corrales hasta encontrarnos frente a la fachada del edificio y su triste magnificencia. 

Un portal decorado con algunas nervaduras, un par de pilares de arenisca toscamente tallados, una techumbre de tejas y contrafuertes del mismo material que los pilares, y nada más. A la izquierda se encontraba el cementerio, cubierto por un pastizal montaraz en cuyo centro se levantaba una cruz de hierro; a la derecha, a la sombra de la iglesia, se elevaba el presbiterio. Todo era sencillo hasta la austeridad. Entramos. 

Unas gallinas picoteaban la avena; parecían acostumbradas al hábito negro de los sacerdotes, y nuestra presencia no las asustó; se apartaron con desgana para dejarnos pasar. Nos sorprendió entonces un ladrido áspero y ronco, procedente de un viejo perro que se nos acercaba.

Era el perro de mi predecesor. Su mirada apacible, su pelaje gris y otros síntomas parecidos delataban la vejez más avanzada que puede darse en un perro. Lo acaricié ligeramente y empezó a andar a mi lado con una expresión de indescriptible satisfacción. 
 
    Una anciana, seguramente el ama de llaves del anterior párroco, vino a nuestro encuentro, y después de hacerme entrar en una sala de paredes bajas me preguntó si tenía intención de conservarla. Le dije que pensaba conservarla a ella, al perro, a las gallinas, y al mobiliario entero que su amo había dejado al morir. Experimentó una honda alegría porque, por otro lado, el abad Serapione le había pagado al momento el precio que ella había pedido.

Nada más instalarme, el abad volvió al seminario. Me quedé, pues, a solas y sin más apoyo que yo mismo. De nuevo me obsesionó el recuerdo de Clarimonda y, aunque trataba por todos los medios de ahuyentarlo, no siempre lo lograba. 

Cierta noche, mientras paseaba por los senderos flanqueados de mi pequeño jardín, me pareció ver a través de las matas una forma de mujer que estudiaba todos mis movimientos y, entre las hojas, el brillo de unas pupilas de color verde mar; no obstante, se trataba de una ilusión, y cuando cruzaba al otro lado del sendero no encontraba sino una leve huella en la arena, tan minúscula que recordaba al pie de un niño. 

Unas elevadas murallas rodeaban el jardín; yo examinaba cada uno de sus recovecos sin encontrar a nadie. Nunca pude explicarme este extremo que, por otro lado, era menos sorprendente, sin embargo, que los hechos con los que todavía habría de enfrentarme. 

De esta manera viví alrededor de un año; cumplí fielmente todos los deberes de mi condición, recé, ayuné, exhorté y cuidé a los enfermos; di limosna hasta privarme de mis necesidades más acuciantes. Pero un gran vacío reinaba en mi interior, y las fuentes de la gracia me estaban vedadas. 

No gozaba de la alegría que otorga el cumplimiento de una santa misión; mi pensamiento flotaba en otro lugar y las palabras de Clarimonda venían a mis labios como un involuntario estribillo. ¡Piensa en ello, hermano! Por haber mirado a una mujer una sola vez, por cometer una falta aparentemente tan leve, padecí durante años los tormentos más terribles; mi vida se vio perturbada para siempre.

    No me extenderé relatando cada una de mis derrotas y victorias interiores, a las que seguía, indefectiblemente, una caída todavía más profunda. Por tanto, contaré de inmediato un hecho decisivo. Cierta noche llamaron perentoriamente a la puerta. El ama de llaves fue a abrir y un hombre de piel cobriza, vestido de forma ostentosa, aunque de acuerdo con la moda extranjera, con un largo puñal, apareció a la luz de la linterna de Bárbara. 
 
    Ésta esbozó un gesto de pánico, pero el hombre la tranquilizó y le dijo que necesitaba verme inmediatamente por un asunto relacionado con mis atribuciones. Bárbara lo hizo subir. Yo estaba a punto de acostarme. El hombre dijo que su esposa, una dama de alcurnia, estaba a punto de morir, y necesitaba un sacerdote. Le contesté que estaba dispuesto a acompañarle. Cogí lo necesario para realizar la extremaunción y bajé rápidamente. 

 Frente a la puerta esperaban dos caballos negros como la noche que resoplaban con impaciencia y exhalaban espesas nubes de vaho. El hombre me sujetó el estribo, ayudándome a montar en uno de ellos; después, apoyando su mano en la perilla de la montura, saltó sobre el otro. Hincó las rodillas y aflojó las riendas de su caballo, que partió como una flecha. El mío, cuyas bridas él sujetaba, comenzó a galopar a la misma velocidad. 

Devorábamos el camino; azotábamos con los cascos la tierra mezclada e incierta, y las negras figuras de los árboles escapaban ante nosotros como un ejército en desbandada. Cruzamos un bosque cuya penumbra gélida y opaca me produjo un estremecimiento de supersticioso temor. Las herraduras arrancaban a las piedras enjambres de chispas que formaban una estela de fuego. 

Si alguien nos hubiese visto a esas horas de la noche, habría pensado que éramos un par de fantasmas montados sobre terribles diablos. Fuegos fatuos se cruzaban en nuestro camino y las cornejas graznaban quejumbrosas entre la espesura donde, desde la distancia, nos acechaban los ojos ardientes de los gatos salvajes. 

La crin de los caballos se desgreñaba, el sudor empapaba sus flancos, sus narices exhalaban un vapor denso y salvaje. En cuanto los veía desfallecer, el escudero lanzaba un alarido gutural (que no tenía nada de humano) para reanimarlos, y el galope recobraba su energía. 

Por fin se detuvo aquel torbellino: una masa negra, erizada de puntos brillantes, se elevó inesperadamente ante nosotros; los pasos de nuestras monturas resonaron sobre un camino de piedra y entramos bajo una bóveda que abría sus sombrías fauces entre dos elevadas torres. 

Una gran agitación se había adueñado de aquel castillo: criados con antorchas recorrían los patios yendo de un lado a otro, luces vacilantes subían y bajaban por los corredores. De forma confusa, logré reparar en los detalles de una construcción imponente y maravillosa, llena de gigantescas columnas, arcadas, escalinatas y rampas. 

Un paje negro, el mismo que me había dado el mensaje de Clarimonda, y al que reconocí al instante, me ayudó a bajar, y un mayordomo ataviado de terciopelo negro, con una cadena de oro alrededor del cuello y un bastón de marfil en la mano, se me acercó. Sus ojos estaban anegados en gruesas lágrimas, que inmediatamente se derramaron por sus mejillas, humedeciendo su barba blanca.

—¡Demasiado tarde! —exclamó apesadumbrado—. ¡Demasiado tarde, padre! Pero si no habéis llegado a tiempo para salvar su alma, venid al menos a velar su cuerpo.

    Me cogió del brazo y me llevó a la cámara mortuoria. Lloré igual que él, al comprender que la muerta no era otra que Clarimonda, la mujer a quien amaba con locura. Junto a su lecho había un reclinatorio; una llama azulada titilaba sobre una pátera de bronce y lanzaba en la sala una luz tenue e incierta; las aristas de los muebles o cornisas bailaban en la sombra. 
 
    Encima de la mesa, dentro de una urna cincelada, expiraba una cosa ajada, cuyos pétalos, con la única excepción de uno que todavía exhibía cierto vigor, caían como lágrimas aromáticas. Una máscara negra y rota, un abanico y toda clase de disfraces cubrían los sillones y demostraban que la muerte había irrumpido en aquella lujosa residencia de una forma imprevista e inesperada. 
 
    Me arrodillé sin atreverme a mirar hacia el lecho y empecé a recitar los salmos. Interiormente le agradecí a Dios que hubiese interpuesto el muro de la muerte entre esa mujer y yo, de modo que pude incluir en mis oraciones su nombre ya santificado. Este fervor, sin embargo, fue disminuyendo progresivamente, y la ensoñación se adueñó de mí. La sala no parecía una cámara mortuoria. 
 
    En vez del aire fétido y fúnebre que estaba acostumbrado a respirar en aquellas circunstancias, flotaba en la atmósfera tibia el lánguido aroma de perfumes orientales, y un voluptuoso olor a mujer. El pálido resplandor parecía más una media luz preparada para los placeres que el difuso reflejo que normalmente envuelve a los cadáveres. 
 
    Medité sobre el extraño azar que me propiciaba aquel nuevo encuentro con Clarimonda, justo en el momento en que la perdía para siempre, y no pude evitar exhalar un suspiro de dolor. Me pareció escuchar otro suspiro a mis espaldas, e involuntariamente me volví. Era el eco. Entonces mis ojos repararon en el catafalco que hasta entonces no había visto. 
 
    Los cortinajes de damasco rojo, cubiertos de enormes flores realzadas por entorchados de oro, permitían ver a la mujer tumbada, con sus manos unidas sobre el pecho. La tapaba un velo de lino cuyo blanco brillo no ofuscaban las colgaduras púrpuras y cuya levedad no conseguía disimular las formas seductoras de su cuerpo, porque permitía seguir sus perfectas curvas a las cuales —como al cuello de un cisne— ni siquiera la muerte lograba imponer cierta rigidez. 
 
    Recordaba una estatua de alabastro que un hábil artista hubiese tallado para levantar sobre el túmulo de una reina, o una joven dormida cuyo cuerpo se hubiese visto sorprendido por la nieve.

No conseguía sujetarme; me emborrachaba aquella atmósfera de alcoba, el aroma febril de aquella rosa semimarchita logró enturbiar mi mente y a grandes pasos recorrí la sala de un lado a otro. A cada instante me paraba ante el estrado para admirar la gracia de aquel cuerpo envuelto en un sudario transparente. 

Me acosaron extraños pensamientos; sospeché que en realidad no estaba muerta, que se trataba de un engaño con el cual había logrado atraerme a su castillo para mostrarme su amor. Me pareció notar como si un movimiento de su pie turbase la blancura de aquellos velos, mientras se agitaban imperceptiblemente los pliegues del sudario.

En ese instante me pregunté: «¿Será Clarimonda, realmente? ¿Cómo puedo saberlo? Es probable que el paje negro haya entrado al servicio de otra mujer. Es una locura desesperarse de esta forma». Pero con cada latido, mi corazón insistía: «Es ella, es ella». Me acerque a la cama y observé con mayor atención el objeto de mi incertidumbre. ¿Habré de confesarlo? 

Aquella perfección de formas, aunque purificadas y santificadas por la muerte, ejercía en mí una voluptuosa fascinación; su reposo recordaba tanto al sueño que habría resultado fácil confundirse. Olvidé que había ido a ese lugar para realizar un servicio fúnebre y me imaginé que era un joven esposo que acababa de entrar en el cuarto de su prometida y que ésta insistía en ocultarse únicamente por pudor. 

Roto de dolor, borracho de felicidad, tembloroso de miedo y placer, me recliné ante ella y cogí un extremo de las cortinas; lo levanté lentamente, mientras contenía el aliento por miedo a despertarla. Mis arterias palpitaban con tanta energía que sentía su latido en mis sienes, y mi frente brillaba de sudor como si estuviese intentando levantar una lápida de mármol. 

Era, en efecto, Clarimonda, tal como la había visto en la iglesia el día en que me ordené; no había perdido uno solo de sus encantos, y hasta la muerte se mostraba en ella casi como una coquetería más. La palidez de sus mejillas, los labios descoloridos, y las largas pestañas de un color negro que se destacaba contra la blancura de su piel, le conferían la expresión de una castidad melancólica y de un sufrimiento reflexivo cuyo poder de seducción resultaba sencillamente indescriptible. 

Flores azules languidecían sobre sus largos cabellos desparramados, que le servían de almohada y protegían sus hombros desnudos; sus bellas manos, más puras y diáfanas que una hostia, se entrelazaban en una actitud de piadoso reposo y de tácita oración que atenuaba la gran seducción que, incluso en la muerte, provocaban aquellos brazos exquisitamente torneados, blancos como el marfil, y ceñidos por brazaletes de perlas. 

Durante bastante tiempo permanecí en silenciosa contemplación, y cuanto más la miraba menos podía creer que la vida hubiese abandonado para siempre su bello cuerpo. No sé si fue una ilusión o un reflejo de la lámpara, pero se habría dicho que la sangre volvía a circular bajo aquella opaca lividez; su inmovilidad, sin embargo, era perfecta. 

Rocé ligeramente el brazo; estaba frío, aunque tanto como su mano, aquel día en que había aferrado la mía en el portal de la iglesia. Me incliné de nuevo sobre ella y dejé caer en sus mejillas el tibio rocío de mis lágrimas. ¡Qué amarga sensación de desesperación e impotencia! ¡Qué sufrimiento! 

Habría convertido mi vida en un simple lapso, para poder entregárselo y soplar de ese modo sobre ella la llama que me consumía. Avanzó la noche y, al acercarse el momento de la eterna separación, no pude negarme la triste y suprema dulzura de depositar un beso sobre los labios muertos de la que había sido dueña de mi corazón. 

Entonces, ¡oh milagro! ¡Un leve aliento se mezcló con el mío y la boca de Clarimonda respondió con ardor a mi pasión! Sus ojos se abrieron y recuperaron la luz; suspiró y extendió los brazos para colocarlos, con un aire de éxtasis inefable, alrededor de mi cuello.

—¿Ah, eres tú, Romualdo? —dijo con voz delicada y frágil, como las últimas vibraciones de un arpa—. ¿Qué has hecho? Te esperé tanto tiempo que al final me venció la muerte; pero ahora nos pertenecemos, y podré verte y acudir a tu lado. ¡Adiós, Romualdo, adiós! Te amo; es lo único que deseaba decirte, y te entrego la vida que con tus besos has logrado traerme por un segundo. Hasta pronto.

La cabeza de Clarimonda cayó hacia atrás, a pesar de lo cual me rodeó con sus brazos en un supremo intento por retenerme junto a ella. Un torbellino de viento abrió el ventanal e irrumpió violentamente en la estancia. 

El último pétalo de la rosa blanca vaciló, como un ala que palpitase en el extremo del tallo; después el viento la arrebató y voló a través de la ventana abierta, cargando consigo el alma de Clarimonda. La lámpara se extinguió y yo caí desmayado sobre el pecho de la hermosa difunta.

Cuando recobré el conocimiento me encontraba en un lecho, en el pequeño cuarto del presbiterio, y el viejo perro de mi antecesor me lamía la mano extendida sobre la colcha. Bárbara caminaba por el cuarto presa de febril agitación: abría y cerraba cajones, cambiaba polvillos de un frasco a otro. Al verme abrir los ojos lanzó un grito de alegría. 

El perro ladró también y sacudió la cola; la debilidad no me permitió pronunciar una sola palabra o hacer el menor movimiento. Después me enteré de que había estado de semejante modo durante tres días, sin dar otra señal de vida que una imperceptible respiración. 

Esos tres días no cuentan en mi vida, y por tanto no sé dónde anduvo mi espíritu en ese tiempo, porque lo cierto es que no conservo de ellos el menor recuerdo. Bárbara me dijo que el hombre de piel cobriza que me había llamado en medio de la noche, me había devuelto al día siguiente en una litera cerrada y después se había marchado. 

En cuanto logré ordenar mis ideas, reconstruí cada detalle de aquella noche fatal. Al principio pensé que había sido víctima de alguna mágica ilusión, pero los hechos reales y concretos no tardaron en destruir semejante pensamiento. 

No podía creer que se tratara de un sueño, porque Bárbara, al igual que yo, había visto al hombre de los caballos negros, cuyo aspecto y ropajes me describió con exactitud. No obstante, nadie conocía un castillo en los alrededores cuya descripción se ajustara a la del castillo donde me había encontrado a Clarimonda.

Cierta mañana entró el abad Serapione. Bárbara le había hablado de mi enfermedad, y él había acudido rápidamente. Aunque su preocupación demostraba cariño e interés por mi persona, su visita no me agradó tanto como habría sido de esperar. Había algo en la mirada penetrante e inquisitiva del abad que conseguía preocuparme. Ante él me sentía inquieto y culpable. Había sido el primero en advertir mi turbación interior, y yo temía su clarividencia.

Mientras me preguntaba en un tono falsamente cariñoso por mi salud, sus pupilas de león se lanzaban, como una sonda, dentro de mi alma. Después me hizo otras preguntas; cómo dirigía mi parroquia, si me agradaba, qué hacía en mis ratos libres, si me había relacionado con los vecinos del lugar, cuáles eran mis lecturas predilectas y mil detalles semejantes. 

Yo contestaba con la mayor precisión posible; él, por su parte, sin esperar a que terminase la respuesta, cambiaba inmediatamente de tema. Estaba claro que la conversación no guardaba la menor relación con lo que quería decirme. 

Después, bruscamente, como si se tratase de una noticia que acababa de recordar en ese momento y que temiera olvidar, me dijo con una voz clara y estruendosa, que resonó en mis oídos como las trompetas del Juicio Final:

—La gran cortesana Clarimonda murió hace poco, después de una orgía que duró ocho días y ocho noches. En medio de un esplendor infernal, se repitieron las perversidades de los festines de Balthazar y de Cleopatra. ¡En qué tiempos vivimos, Dios mío! 

Esclavos negros que hablan una lengua desconocida, y que en mi opinión sólo son verdaderos diablos, servían a los invitados; la librea del menor de ellos habría servido de gala de un emperador. 

Sobre Clarimonda se han contado historias muy extrañas, y entre ellas la de que todos sus amantes han encontrado un final horrible o violento. Se ha rumoreado que era una ghoul, una mujer vampiro; pero yo creo que era el propio Belcebú en persona.

Se calló y me estudió con la mayor atención, para ver el efecto que me habían producido sus palabras. No pude evitar estremecerme al escuchar tanto el nombre de Clarimonda como la noticia de su muerte, aparte del dolor que me producía por la curiosa coincidencia con la escena nocturna de que había sido testigo.

Aquellas palabras me turbaron y asustaron de tal manera que no conseguí disimularlo, a pesar de todos mis esfuerzos por contenerme. Serapione se dio cuenta y, con inquietud y severidad, me dijo:

—Hijo mío, tengo que advertirte que tienes un pie al borde del abismo. Ten cuidado de no caer. Las garras de Satanás son largas, y sus tumbas no siempre son definitivas. Un triple sello debería cerrar la lápida de Clarimonda porque, según se dice, no es ésta la primera vez que muere. ¡Que Dios cuide de tu alma, Romualdo!

Después de pronunciar estas palabras, se alejó lentamente y no volví a verlo, porque partió casi al instante hacia S***.

 En cuanto logré recobrarme regresé a mis actividades normales. Permanecían en mí el recuerdo de Clarimonda y el de las palabras del viejo abad. A pesar de ello, como ningún acontecimiento inusual confirmó sus funestos presagios, supuse que mis temores eran exagerados. 

Sin embargo, cierta noche tuve un extraño sueño. Acababa de dormirme cuando escuché cómo alguien corría las cortinas de mi lecho, cuyas anillas resonaron, haciendo que me incorporase bruscamente. Vi una sombra de mujer en pie frente a mí. Inmediatamente reconocí a Clarimonda. 

Llevaba en la mano una pequeña lámpara, como la que suele colocarse en las tumbas, cuyo brillo otorgaba a sus dedos afilados una rosada transparencia que insensiblemente se extendía en la opaca palidez de su brazo desnudo. 

Por toda vestimenta llevaba el sudario de lino que había lucido en su catafalco y cuyos pliegues sujetaba contra el seno como si su ligero atavío la turbase, aunque, de todos modos, apenas conseguía taparse. Era tan blanca que, a la luz de la lámpara, el color de sus ropas se confundía con el de su piel. 

Envuelta en aquel tejido tenue, que delataba cada curva de su figura, recordaba más bien la marmórea estatua de una antigua bañista que el cuerpo de una mujer dotada de vida. El caso es que viva o muerta, mujer o estatua, cuerpo o sombra, su belleza seguía siendo la misma; apenas se había debilitado el brillo verde de sus pupilas; y sus labios, antes bermejos, aparecían teñidos únicamente de un leve color rosa muy parecido al de sus mejillas. 

Las pequeñas flores azules que yo había notado en sus cabellos aparecían totalmente secas y habían perdido casi todos sus pétalos. Todo esto no le impedía en absoluto seguir pareciendo fascinante, hasta el punto de que, a pesar de las extrañas circunstancias de aquella visión, y del modo inexplicable en que había entrado en mi cuarto, en ningún momento sentí miedo.

Depositó la lámpara sobre la mesa, tomó asiento al pie de mi lecho y, reclinándose sobre mí, me dijo con esa voz argentina y atildada que sólo en ella he conocido:

—Me he hecho esperar demasiado, querido Romualdo, y tal vez hayas pensado que me había olvidado de ti. Pero vengo de muy lejos, y de un lugar del que nadie ha regresado todavía. Vengo de un país donde no existen lunas o soles, apenas un horizonte de insondable penumbra. No existen caminos ni senderos, ni tampoco una tierra donde posar el pie, o aire donde batir las alas; sin embargo, aquí me tienes, porque el amor es más fuerte que la muerte, a la que terminará derrotando. 

¡Ah, en mi viaje he visto rostros tristes y cosas espantosas! ¡Cuánto sufrió mi alma, que sólo el poder de la voluntad ha permitido regresar a este mundo para recuperar su cuerpo e instalarse en él! ¡Cuántos esfuerzos tuve que hacer para desplazar la losa con que me sepultaron en mi tumba! ¡Fíjate! Mira mis palmas llenas de heridas. ¡Bésalas, amor mío, para que puedan curarse!

Me extendió ambas manos, sobre las que una y otra vez deposité mis labios mientras ella me contemplaba con una sonrisa de indescriptible complacencia.

Reconozco, para mi vergüenza, que me había olvidado totalmente tanto de las advertencias del abad como del hábito al que servía. Había cedido a la primera tentación sin oponer la menor resistencia. Ni siquiera había intentado rechazar al tentador; la frescura de la piel de Clarimonda penetró en la mía y una profunda voluptuosidad recorrió mi cuerpo. 

¡Pobre niña! A pesar de todo lo que he visto, todavía no puedo creer que fuese un demonio; por lo menos no tenía esa apariencia, y la verdad es que Satanás nunca escondió sus garras y cuernos con tanta delicadeza. 

Había recogido los talones y permanecía echada al borde de la cama, en una actitud llena de inocente coquetería. De vez en cuando su pequeña mano recorría mis cabellos formando bucles, como si quisiera comprobar en mí el efecto de diferentes peinados. Permití que lo hiciera, sintiendo el placer más culpable, mientras añadía los encantos de un delicioso murmullo. 

Puede destacarse aquí que no sentí el menor asombro ante un hecho tan inusitado y que —con esa tendencia a aceptar como sencillos los acontecimientos más sorprendentes que tenemos en nuestras visiones— todo me parecía completamente natural.

—Te amaba mucho antes de conocerte, querido Romualdo, y por eso te busqué por todas partes. Eras mi sueño, y cuando en ese instante fatal te encontré en la iglesia, no pude sino decirme: ¡Es él! Te lancé entonces una mirada en la que latía toda mi devoción por ti; una mirada capaz de perder a un cardenal, capaz de humillar ante mí a un rey con toda su corte. Pero tú permaneciste impasible y preferiste a tu Dios antes que a mí. 

¡No te imaginas los celos que tengo de Dios, porque sé que todavía le amas más que a mí! ¡Cuántos sufrimientos me agobian! ¡Clarimonda la muerta, a la que has resucitado con un beso, y que por ti es capaz de forzar su propio sepulcro para venir a consagrarte una vida a la que sólo ha regresado para hacerte feliz, nunca podrá ser tu única dueña!

En medio de las palabras me prodigaba frenéticas caricias, que aturdían mis sentidos y mi razón hasta tal punto que no me dio miedo proferir una gran blasfemia para consolarla, y por tanto le dije que la amaba tanto como a Dios.

Sus pupilas recuperaron la luz y brillaron como crisopacios.

—¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Tanto como a Dios! —dijo mientras me envolvía en sus hermosos brazos—. Y puesto que es cierto, vendrás conmigo y me seguirás a donde desee. Dejarás a un lado ese horrible hábito negro. Te convertirás en el más hermoso y envidiado caballero. Serás mi amante. ¡Nada menos que el amante de Clarimonda, que ya rechazó a un papa! ¡Y qué vida habremos de compartir, repleta de placeres y felicidad! ¿Cuándo partimos, mi señor?

—Mañana, mañana —exclamé en mi delirio.

—De acuerdo, mañana. De ese modo podré cambiarme de ropa; ésta es muy liviana, y no demasiado apropiada para el viaje. También debo avisar a mis criados, que realmente me creen muerta y no dejan de llorarme. Dinero, vestidos, carruaje: ¡todo estará preparado! Vendré a buscarte a esta misma hora. Adiós, mi amor.

Sus labios tocaron levemente mi frente. Se extinguió la lámpara. Se apagó la luz, y el cortinaje, al cerrarse, no me dejó ver nada más. Un pesado sueño sin sueños me derrotó y se adueñó de mí hasta el amanecer. Me desperté más tarde de lo habitual y el recuerdo de una visión tan extraordinaria me conturbó todo el día; terminé por convencerme de que no eran sino vapores exhalados por mi exaltada imaginación. 

Sin embargo, las sensaciones habían sido tan nítidas que me costaba creer que no hubiesen sido reales, de modo que me acosté, no sin miedo ante lo que pudiera pasarme, después de pedirle a Dios que apartase de mí los malos pensamientos y protegiese la castidad de mi sueño.

No tardé en dormirme profundamente, y mi sueño tampoco tardó en reaparecer. Se abrió el cortinaje y vi nuevamente a Clarimonda; ya no estaba pálida, ni envuelta en un sudario blanco y ataviada con mortuorias violetas, sino alegre, leve y jovial, vestida con un traje maravilloso de terciopelo verde recamado de oro y que, recogido en un lado, permitía ver una falda de raso. 

Sus rubios cabellos sobresalían bajo un enorme sombrero de fieltro negro repleto de plumas blancas caprichosamente colocadas; llevaba en la mano una fusta que terminaba en un silbato de oro. Me tocó ligeramente con ella y me llamó:

—Y bien, bello durmiente, ¿estáis preparado? Esperaba encontraros despierto. Levántate deprisa, porque no tenemos un segundo que perder.

Salté de la cama.

—Vamos, vístete y partamos de una vez —insistió, señalándome un pequeño paquete que traía consigo—. Los caballos muerden el freno con impaciencia ante la puerta. Ya deberíamos estar a diez leguas de aquí.

Me vestí rápidamente, mientras ella me tendía la ropa, riéndose a carcajadas de mi torpeza y señalándome, cada vez que me equivocaba, el uso correcto. Después me peinó y al terminar me alcanzó un pequeño espejo de bolsillo hecho de cristal de Venecia, con filigranas de plata, y me dijo:

—¿Qué tal estás? ¿Quieres tomarme a tu servicio como tu criada personal?

Yo ya no era el mismo, hasta el punto de que me desconocía. Me parecía a lo que había sido tanto como una estatua a su bloque de piedra original. Mi antigua figura parecía apenas el grosero bosquejo de la que ahora reflejaba el espejo. Era bello, y semejante metamorfosis halagó enormemente mi vanidad. 

Una vestimenta tan elegante, y una chaqueta con tan ricos bordados me convertían en un personaje completamente diferente. Admiré el poder que esconde un simple corte de tela. El espíritu de mi hábito me traspasó la piel, y diez minutos más tarde aquella fatuidad ya me parecería permisible.

Di un par de vueltas por el cuarto para ganar soltura. Clarimonda me miraba con maternal satisfacción: parecía complacerse en su obra.

—Basta de niñerías. ¡Vamos, querido Romualdo! Vamos muy lejos y puede que no lleguemos.

Me cogió de la mano y me llevó con ella. A su paso se abrían las puertas sin que apenas las tocase. Pasamos frente al perro sin despertarlo.

Frente a la puerta nos encontramos a Margaritone; era el escudero que yo conocía; sujetaba las bridas de tres caballos tan negros como los anteriores, uno de ellos para mí, otro para él, y el tercero para Clarimonda. 

Se trataba sin duda de caballos árabes españoles, nacidos de yeguas fecundadas por el céfiro, porque corrían como el viento; la luna, que a nuestra partida se había levantado para iluminarnos el sendero, rodaba en el cielo como una rueda salida del carro; la veíamos a nuestra derecha, brincando de un árbol a otro, tratando de darnos alcance. 

Enseguida llegamos a una llanura donde, tras un grupo de árboles, nos esperaba un carruaje tirado por cuatro fuertes animales; entramos en él y los postillones no tardaron en lanzarlo a una carrera desenfrenada. 

Rodeé con mi brazo el talle de Clarimonda, que apoyaba una de sus manos sobre la mía. Dejó caer su cabeza sobre mi hombro, rozándome el brazo con el cuello desnudo. Nunca había sentido una dicha como aquélla. En ese momento lo olvidé todo; recordaba menos mi vida de clérigo que la que había llevado en el seno materno, tal era la fascinación que ejercía sobre mí aquel espíritu maligno. 

A partir de esa noche, mi naturaleza en cierto sentido se desdobló y convivieron en mi interior dos hombres que se ignoraban mutuamente. A veces creía ser un sacerdote que cada noche soñaba que se convertía en un gentilhombre, y otras creía ser un gentilhombre que cada noche soñaba ser un sacerdote. No lograba discernir entre el sueño y la vigilia, y tampoco sabía dónde empezaba la realidad y dónde terminaba la ilusión. 

El joven señor, disipado y libertino, se reía del sacerdote; el sacerdote, por su parte, aborrecía a aquel joven fatuo. Dos espirales entreveradas y confundidas que, a pesar de todo, nunca se tocaban, formando una exacta representación de la vida bicéfala que llevaba. 

A pesar de lo raro de la situación, creo que nunca me vi amenazado por la locura. Nunca dejé de notar las diferencias entre una y otra vida. Sólo había un hecho absurdo que no lograba explicarme: que el sentimiento de un solo yo pudiese darse en dos hombres tan diferentes.

Jamás dejé de reparar en esta anomalía, tanto cuando me veía como un cura del pueblo de ***, como cuando me veía convertido en il signor Romualdo, conocido amante de Clarimonda.

    El caso es que vivía, o al menos eso pensaba, en Venecia; todavía no he podido distinguir qué había de real y qué de ilusión en tan sorprendente aventura. Habitábamos un enorme palacio de mármol sobre el Gran Canal, repleto de frescos y estatuas, con dos Tizianos de la mejor etapa en la cámara de Clarimonda; un palacio digno de un rey, en suma. 
 
    Cada uno de nosotros tenía a su disposición una góndola con sus propias barcarolas con nuestro sello, una cámara para escuchar música, y un poeta a nuestro servicio. Clarimonda entendía la vida según un estilo exigente, y había algo de Cleopatra en sus maneras. 
     
    En cuanto a mí, llevaba una vida de príncipe y mostraba tal orgullo que perfectamente podría haber pasado por el descendiente de la familia de alguno de los doce apóstoles o de los cuatro evangelistas de la Serenísima. 
 
    Nunca me habría apartado del camino para dejar paso al Dux y no me parece que, desde que Satán cayó al abismo, haya existido nunca nadie tan insolente y vanidoso como yo. Me dirigía muchas veces al Ridotto, donde jugaba a un juego infernal. También frecuentaba ambientes distinguidos, de señoritos caídos en desgracia, actrices de teatro, estafadores, caraduras y espadachines. 
 
    A pesar de esta vida, sin embargo, siempre le fui fiel a Clarimonda. La amaba con locura. Ella era capaz de excitar al propio hartazgo, de sujetar a la propia inconstancia. Ser el dueño de Clarimonda era como ser el dueño de veinte amantes, como ser el amante de todas las mujeres, porque era tan cambiante y polifacética como un camaleón. 
 
    Uno cometía con ella la infidelidad que hubiese cometido con otras, porque adoptaba el carácter, la apariencia y la hermosura de la mujer que en cada momento deseara. Me devolvía mi amor centuplicado, y en vano los jóvenes patricios y hasta los ancianos del consejo de los Diez le hicieron fabulosas propuestas; un Foscari llegó a pedirle su mano. Pero ella los rechazó a todos. 
 
    Estaba saturada de oro; sólo deseaba amor, un amor joven y puro que ella misma despertara a su antojo, y que fuese al mismo tiempo el último y el primero. Mi dicha habría sido perfecta de no haberlo impedido aquella maldita pesadilla que me agobiaba todas las noches y en la que me veía convertido en un sacerdote que se laceraba y hacía penitencia para purgar mis excesos diurnos. 
 
    Tanto me acostumbré a la presencia de Clarimonda que dejó de sorprenderme la extraña manera en que la había conocido. De vez en cuando, pese a ello, las palabras del abad resonaban en mi memoria y no dejaban de inquietarme.
       
        Transcurrió el tiempo y la salud de Clarimonda se resintió; el color de su rostro se iba esfumando poco a poco cada día. Los médicos que la atendían no podían hacer nada frente a su enfermedad. Recetaron medicinas insignificantes y no volvieron para comprobar sus efectos. 
 
    Ella palidecía a ojos vistas y su cuerpo se iba enfriando. Se la veía tan blanca y mortecina como aquella noche en aquel castillo desconocido. Esta decadencia me desesperaba. Ella, conmovida ante mi sufrimiento, me sonreía con dulzura y tristeza, con esa sonrisa fatal que muestran los que desconocen la cercanía de su muerte.

Una mañana me encontraba sentado junto a su lecho, desayunando frente a una mesita, y dispuesto a no abandonarla un instante. Mientras pelaba una fruta me produje accidentalmente un profundo corte en el dedo. La sangre corrió en hilillos purpúreos, y algunas gotitas salpicaron a Clarimonda. 

Sus ojos recuperaron entonces el brillo, y noté en su cara una expresión de salvaje y feroz alegría que hasta entonces nunca había notado. Saltó del lecho con agilidad animal —con la agilidad de un mono o de un gato— y se lanzó sobre mi herida, que succionó con indescriptible voluptuosidad. Sorbió despacio mi sangre, con la delectación de un gourmet que cata un vino de Jerez o Siracusa; entrecerraba los ojos, cuyas verdes pupilas no eran ahora redondas, sino oblongas. 

De vez en cuando se interrumpía para besarme la mano, después posaba mis labios sobre la herida y bebía una nueva gota. Cuando vio que la sangre cesaba de manar, se levantó con los ojos húmedos y brillantes, más rosada que una aurora primaveral, con la mano también húmeda y tibia, y más lozana y hermosa que nunca, en perfecto estado de salud.

—¡Nunca moriré! ¡Nunca moriré! —exclamó ebria de gozo, colgándose de mi cuello—. Todavía podré amarte durante mucho tiempo. Mi vida está en la tuya, y todo lo que soy viene de ti. Unas gotas de tu rica y noble sangre, más valiosa y eficaz que todos los elixires de la tierra, me han devuelto la vida.

Esta escena me preocupó enormemente y me inspiró extrañas dudas sobre Clarimonda; esa misma noche, cuando el sueño me llevó al presbiterio, vi al abad Serapione más serio y preocupado que nunca. Me contempló atentamente y me dijo:

—No contento con perder tu alma, quieres perder también el cuerpo. ¡Joven infeliz, cómo has podido caer en esa trampa!

El tono con que pronunció aquellas palabras consiguió conmoverme; mi impresión, sin embargo, se disipó enseguida y mil cosas diferentes la suplantaron. Una noche, a pesar de ello, noté en el espejo, en cuya pérfida posición ella no había reparado, que Clarimonda derramaba un polvillo en la copa de vino sazonado que normalmente me preparaba tras la cena.

Cogí la copa y fingí beber, dejándola después sobre el mueble, como si estuviese dispuesto a acabarla más tarde. Entonces, en cuanto mi amada me volvió la espalda, derramé su contenido bajo la mesa y me retiré a mis aposentos, dispuesto a no dejarme vencer por el sueño y a ver lo que ocurría. 

No tuve que esperar mucho. Apareció Clarimonda, cubierta por su bata y, despojándose de sus velos, se tumbó a mi lado. En cuanto comprobó que yo dormía me descubrió el brazo y sacó de entre sus cabellos un alfiler de oro; luego musitó:

—Una gota, sólo una gota; un minúsculo rubí en la punta de mi aguja… Ya que me amas, no debo morir… Pobre amor mío, debo beber tu sangre, cuyo color me deslumbra. Duerme, mi único bien, mi dios, mi niño; no te haré nada, sólo cogeré de tu vida lo imprescindible para que la mía no se extinga. Si no te quisiera tanto buscaría otros amantes cuyas venas dejaría secas; pero desde que te conozco los odio a todos. ¡Ah, qué hermoso brazo! ¡Qué pálido y torneado! Nunca me atreveré a pinchar esa bella venita azul.

Mientras hablaba no dejaba de sollozar, y yo notaba cómo sus lágrimas se deslizaban por mi brazo, que ella sujetaba entre sus manos. Por fin se decidió y me hizo una pequeña herida con la aguja, dedicándose a sorber la sangre que manaba de ella. Aunque sólo bebió unas gotas, la contuvo el miedo a extenuarme; me rodeó cuidadosamente el brazo con una pequeña venda y, después de aplicarle cierto ungüento a la herida, logró que ésta cicatrizase inmediatamente.

Ya estaba claro; Serapione estaba en lo cierto. Sin embargo, a pesar de esta certeza, me resultaba imposible no amar a Clarimonda, y con todo el placer del mundo le habría dado toda la sangre necesaria para mantener artificialmente su existencia. Además, tampoco sentía grandes miedos; en la mujer encontraba ahora la explicación del vampiro, y lo que había visto y oído me daba un convencimiento total sobre ello. Yo contaba además con venas fuertes y vigorosas, que no sería fácil agotar, por lo que nada me incitaba a escatimar algunas gotas de mi vida. Yo mismo me habría abierto el brazo para decir: «¡Bebe! ¡Y que mi amor entre en tu cuerpo junto con la sangre!». Evité mencionar el narcótico que había derramado en mi copa y la escena de la aguja, y desde entonces vivimos en perfecto acuerdo. Sin embargo, mis escrúpulos de sacerdote me torturaban cada día más, y ya no sabía qué tormento inventar para mortificar y herir mis carnes. Aunque estas visiones fueran involuntarias, y yo no participase en ellas, tampoco me atrevía a tocar al Cristo con unas manos tan impuras, con un espíritu ensuciado por tales excesos, reales o soñados. Para evitar tan terribles alucinaciones, trataba de esquivar el sueño, mantenía mis párpados abiertos incluso con los dedos, me sujetaba en pie contra la pared, hacía todos los esfuerzos imaginables, pero finalmente la arena del sueño me irritaba los ojos y, al ver que todo era inútil, me entregaba, preso de la lasitud y el desánimo, a esa corriente que me arrastraba hasta pérfidas orillas. Serapione me hacía los exhortos más enfáticos y recriminaba enérgicamente mi desidia y escaso fervor. Un día en que yo había estado más agitado de lo habitual, me dijo:

—Sólo existe un modo de despojarte de esta obsesión, y aunque sea extremo, debemos ponerlo en práctica. Sé dónde han enterrado a Clarimonda; es necesario desenterrarla para que veas el lamentable estado en que se encuentra tu amada. De ese modo no querrás perder tu alma por un cadáver inmundo carcomido por los gusanos y que pronto se transformará en polvo. Así volverás en ti.

Por mi parte, estaba tan cansado de mi doble vida que accedí, ansioso por saber quién era víctima de una ilusión, si el cura o el gentilhombre. Estaba dispuesto a matar en beneficio del otro, a uno de los dos hombres que convivían en mi interior, e incluso a ambos, porque semejante vida era insoportable. El abad se hizo con un pico, una palanca y una linterna, y a medianoche nos encaminamos hacia el cementerio de ***, cuya ubicación él conocía perfectamente. La luz de nuestra linterna sorda acarició las diferentes inscripciones de las lápidas, hasta que finalmente llegamos a una piedra, semiescondida por el pastizal, y devorada por musgos y plantas parásitas, donde logramos leer el inicio de la siguiente inscripción:

 AQUÍ YACE CLARIMONDA,

QUE FUE, DURANTE SU VIDA,

LA MÁS HERMOSA DEL MUNDO

 

 —Es aquí —anunció Serapione.

Dejó la luz sobre el suelo, colocó la palanca en el intersticio que dejaba la piedra y empezó a levantarla. La piedra cedió, y él empezó a trabajar con el pico. Yo, con una expresión sombría en el rostro, contemplaba sus esfuerzos. Serapione, inclinado sobre aquel macabro lugar, brillaba de sudor y respiraba entrecortadamente, con un aliento agitado que recordaba el estertor de un moribundo. Era un espectáculo extraño. Si alguien nos hubiese sorprendido nos habría tomado por profanadores de tumbas y ladrones de sepulcros, y no por ministros de Dios. Por la fuerza salvaje que exhibía en su empeño, el abad recordaba antes a un demonio que a un apóstol o un ángel, y en su rostro, cuyas facciones austeras y marcadas se destacaban con aquella tenue luz, se pintaba un gesto inquietante. Un sudor helado me perlaba los miembros y mis cabellos se erizaron hasta producirme dolor. En el fondo, reprobaba el acto del rígido Serapione como si aquél fuese un terrible sacrilegio, y habría preferido que desde las umbrías nubes que se extendían sobre nosotros cayese un triángulo de fuego capaz de abrasarle. Los búhos, alarmados por el brillo de la linterna, acudieron desde los cipreses para batir pesadamente sus polvorientas alas contra el cristal, emitiendo chillidos desgarradores. Los zorros, en la distancia, también emitían aullidos inquietantes, y otros mil ruidos siniestros herían aquel silencio. Por fin, el pico de Serapione tocó el ataúd, cuya madera resonó sordamente, con ese espantoso ruido que produce la nada al ser tocada. Entonces abrió la tapa, y pude ver a Clarimonda, pálida como el mármol, y con sus manos unidas sobre el pecho. Su blanco sudario mostraba un único pliegue desde la cabeza a los pies. Una minúscula gota púrpura brillaba como una rosa en un extremo de su boca lívida. Serapione, al verla, aulló de furia:

—¡Ah, demonio! ¡Estás aquí! ¡Cortesana maldita, bebedora de sangre y de oro!

Roció el cuerpo y el ataúd con agua bendita, trazando con su hisopo la señal de la cruz sobre ambos, En cuanto el sagrado rocío tocó el bello cuerpo de Clarimonda, éste se convirtió en polvo, dejando únicamente una mezcla terrible y difusa de cenizas y huesos corruptos.

—¡Ahí está tu amante, signor Romualdo! —exclamó aquel hombre implacable, señalando los tristes despojos—. ¿Todavía quieres pasearte por el Lido y por Fusine con esta hermosura?

Bajé la mirada; algo había cedido en mi interior. Volví al presbiterio y el señor Romualdo, amante de Clarimonda, se despidió del pobre cura al que durante tanto tiempo honrara con su extraña compañía. Sólo volví a ver de nuevo a Clarimonda en la noche siguiente, cuando me dijo, igual que el primer día en el umbral de la iglesia:

—¡Desdichado! ¡Desdichado! ¿Qué has hecho? ¿Por qué has oído a ese sacerdote necio? ¿Es que no eras feliz? ¿Qué te hice para que profanaras mi tumba y dejaras al descubierto las miserias de mi nada? Todo el diálogo entre nuestras almas y cuerpos se ha roto ahora para siempre. Adiós. Sentirás mi ausencia.

Se desvaneció en el aire, como si fuese humo, y nunca más volví a verla.

Y tenía razón: lamenté su ausencia, que todavía hoy lloro. Pagué un alto precio por la tranquilidad de mi alma, ya que el amor de Dios no me resultó suficiente para sustituir el suyo. Ésta es, querido hermano, la historia de mi juventud. Nunca mires a una mujer, y camina con los ojos fijos en el suelo, porque por casto y prudente que seas, bastará un segundo de distracción para que te pierdas para toda la eternidad.