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El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 2)


Al principio, Barton indicaría los síntomas de su mal de un modo tan desenvuelto que podría pensarse que le interesaba muy poco su salud y que había problemas mucho más graves que le preocupaban. Particularmente, habría dicho que sufría trastornos cardíacos y dolores de cabeza, pero lo habría dicho de una manera como si él no tuviera nada que ver con el enfermo.

Entonces el médico le preguntó, según se cree, si no tenía razones para inquietarse por alguna cosa, si había algo que le preocupaba de una manera especial. Barton, parece, que habría respondido como forzado, que todos sus asuntos marchaban bien, gracias, y que no había nada en concreto que lo preocupara. Se pretende que el doctor habría diagnosticado trastornos estomacales, que habría prescrito remedios anodinos y que, en el momento de marcharse, el capitán le habría dicho:

—Doctor, me olvidaba de lo que quería preguntaros; se trata de algo relacionado con vuestra profesión. Os parecerá ridículo, me imagino, pero como se trata de una apuesta, os estaré muy agradecido si me queréis contestar.

El médico aceptó; en este momento parece que Barton se sintió incómodo y que al final se decidió como aquel que se lanza al agua:

—En primer lugar, querría haceros algunas preguntas sobre el tétanos. Esto os parecerá idiota, ya os lo he dicho, pero como se trata de una apuesta... Veréis: un hombre atacado por el tétanos parece morir, un médico competente constata su muerte y, no obstante, el enfermo se cura. ¿Es esto posible?

—En absoluto, y pretender lo contrario sería un contrasentido científico.

—De acuerdo, pero si el médico es un impostor, es posible que se equivoque y que confunda la muerte con uno de los estadios de la enfermedad.

—Fantasías, mi querido señor, no hay nada más muerto que un muerto de tétanos y nadie se equivocaría sobre esto.

—Veamos la otra pregunta. Es posible que en el extranjero, Nápoles, por ejemplo, los registros de un hospital estén mal llevados y que pueda inscribirse una defunción que no ha existido. Un error material, en fin...

—Esto no lo sé. En todo caso, en nuestro país jamás oí nada parecido.

—No os voy a entretener más, apreciado doctor, sólo un último problema que someto a vuestra sagacidad. No os riáis demasiado a expensas mías si mi pregunta os parece demasiado estúpida, y decidme simplemente si existe una enfermedad cuyos efectos principales serían la reducción de las dimensiones del paciente, la contracción de su cuerpo, pero respetando las proporciones. Aunque existan muy pocos casos de ella, incluso si se trata de una rarísima enfermedad, decídmelo.

—No conozco la existencia de una enfermedad tal, jamás existió y sin duda alguna no creo que exista jamás.

Barton acogería esta última información con un aire alucinado y habría preguntado entonces al doctor Rowlands si era posible pedir que arrestaran a un loco que amenaza a una persona honesta. El médico debió responder que creía que era posible, pero que para estos asuntos era mejor consultar a un abogado. Luego se habría marchado. El sirviente del capitán explicó más tarde que, al llegar al vestíbulo, el doctor exclamó, golpeándose la frente:

—Olvidé mi bastón en la habitación, voy a buscarlo.

Se dice —pero qué es lo que no dice la gente— que al entrar en la habitación en la que se encontraba Barton, el médico habría visto cómo su receta se quemaba en la chimenea. También se fijaría en que su cliente parecía huraño y muy desgraciado. Deduciría entonces que el capitán sufría del espíritu, no del cuerpo.

Explico todo esto como simples comentarios sin pruebas, puesto que naturalmente el doctor Rowlands se negó siempre a dar el más mínimo detalle sobre esta entrevista, refugiándose en el secreto profesional. No obstante, lo que puedo asegurar es que, una semana más tarde, los periódicos de la ciudad publicaron un anuncio que decía así:

«M. Sylvestre Yolland, antiguo marinero a bordo del Dolphin, o a falta de él, su pariente más próximo, tenga la bondad de presentarse urgentemente a la oficina del señor Hubert Smith, abogado, Dame Street, para enterarse de ciertos hechos susceptibles de su mayor interés. Discreción absoluta. Las puertas del estudio permanecerán abiertas hasta la medianoche».

Más arriba he dicho que Barton había sido comandante del Dolphin y fue este detalle el que hizo pensar a la gente que quizá él estaba detrás de este anuncio. Todavía esto no es más que una hipótesis, puesto que Smith, el abogado, se negó a decir el nombre de su cliente. Tampoco se supo si el anuncio había dado algún resultado.

Poco a poco pareció que el capitán Barton volvía a reemprender sus costumbres; ya era hora, pues se empezaba a murmurar a sus espaldas que se volvía misántropo y que su mujer sería muy desgraciada al lado de un hombre así. 

Naturalmente, el rumor público exageraba, como siempre, e incluso en los peores problemas Barton había demostrado tener un equilibrio de carácter ejemplar. Como máximo se le notaba un aire desconfiado e inquieto que no desapareció de su persona hasta pasadas unas semanas. 

Una noche, la del gran banquete de la logia filosófica a la que pertenecía, se mostró muy alegre, bebió más de lo que tenía por costumbre, quizá para evadirse de sus problemas; estuvo hablador, incluso excitado. Sus comensales apenas le reconocían.

Se marchó de la reunión hacia las diez y media, todavía bajo los efectos de su ficticia alegría, y determinó acabar la noche en casa de lady L... para charlar agradablemente en compañía de su prometida. Con esta intención se dirigió a casa de estas damas. Ya he dicho que este excelente personaje había bebido; que se me entienda bien, Barton no estaba borracho, ni siquiera achispado, simplemente algo alegre. No obstante, era dueño de sí mismo y su cortesía era la de siempre.

El único efecto importante de sus libaciones era una especie de profundo desprecio por sus antiguos terrores, una altiva indiferencia ante todo lo que, algunas horas antes, le parecía inquietante. No obstante, en la medida en que pasaba el tiempo y los efectos del vino se disipaban, el capitán notó cómo sus angustias volvían a apoderarse de él tanto más fuertes cuanto más débiles las había creído.

Cuando dejó a las damas estaba preso de no sabía qué extraño presentimiento; se daba cuenta de que podía temerlo todo del camino de vuelta a su casa. Pero a Barton le gustaba dominarse, no quería verse despreciado ante sus propios ojos, se negaba a dar importancia a lo que, razonaba, no tenía la más mínima. Y lo que le ocurrió aquella noche fue sin duda alguna la consecuencia directa del miedo que experimentaba a tener miedo por nada.

Estaba cansado y con gusto habría mandado llamar un coche para volver a su casa, pero no quiso hacerlo: pensaba que su fatiga no era más que una excusa para sus terrores, que calificaba de supersticiosos. Por ello determinó volver a pie. Podía escoger entre dos calles, pero con una obstinación incomprensible, decidió tomar aquella en la que le acechaba el peligro misterioso del que le habían amenazado. Andando hacia la calle nueva, se decía que esta vez tendría la conciencia limpia y que descubriría si los temores eran absurdos o estaban fundamentados.

Barton era valiente, ya lo he dicho, pero esa noche, mientras sus pasos se acercaban al punto crítico, tenía que recurrir a todas las fuerzas de su voluntad para no volver atrás. Sabía demasiado bien, a pesar de su escepticismo, que un ser malévolo lo acechaba escondido en las sombras, y, con el corazón oprimido por el angustioso dilema, penetró en la calle en construcción.

Andaba rápido. Temblaba de miedo, pero se tranquilizó poco a poco: ningún ruido de pasos tras de sí. Cuando había recorrido dos tercios de la calle estaba casi a punto de reírse de sus temores, pero lo que aconteció en aquel momento acabó con su seguridad: oyó la detonación de un arma de fuego al mismo tiempo que una bala le pasó rozando las orejas. 

La tentativa de asesinato de que acababa de ser víctima provocó en el capitán el deseo de lanzarse a la persecución del tirador, pero muy pronto renunció a este proyecto; primero por la oscuridad reinante y luego porque las construcciones existentes a lo largo de toda la calle ofrecían demasiados escondites. Por otro lado, todo estaba en calma y ningún ruido podía orientar a Barton en su búsqueda. Reemprendió su camino.

Algunos segundos después surgió el espantoso hombrecillo que había encontrado anteriormente. Pasó muy de prisa por delante de Barton, que le oyó murmurar con furia:

—¿Todavía vivo? ¿No ha muerto aún? ¡Ah, esto ya...!

Desde entonces, los tormentos del capitán empezaron a reflejarse en sus conversaciones y en su rostro; los que le conocían notaron que parecía sufrir una cruel enfermedad. No había denunciado la tentativa de asesinato e incluso no dijo nada sobre ello durante varias semanas. 

No obstante, el pobre hombre, que no podía justificar el enfriamiento de su relación con miss Montague, tuvo que hacer un considerable esfuerzo para intentar presentar a su novia un aspecto alegre y despreocupado. 

Dada la discreción que conservaba sobre las persecuciones de que era víctima, se podía suponer que sabía qué pensar acerca de la identidad de su verdugo. Pero no es posible mantener impunemente una larga tensión nerviosa, y por ello el capitán se hacía cada día más impresionable y menos capaz de soportar las furtivas apariciones de su enemigo.

Un día decidió confesar lo que le atormentaba a un célebre capellán, el reverendo Zorling, que le había conocido en otra ocasión. Es muy fácil de adivinar cuánto costaba al orgullo racionalista del capitán semejante determinación. El pastor estaba en su habitación de trabajo y se dedicaba a su ocupación favorita, el estudio de la teología, cuando Barton fue a verle. Zorling consideró por unos instantes la confusión de su visitante, la palidez de su rostro, el desorden en sus vestidos y se preguntó qué cosa debía preocupar al capitán para dejarlo en aquel estado.

Después de las banalidades acostumbradas, Barton empezó a hablar:

—Debéis considerar muy extraña mi visita; en realidad, la naturaleza de nuestras relaciones no me autorizaba propiamente hablando a ella; de hecho sólo la justifican las extraordinarias circunstancias que la han provocado. Me atrevo a pensar que perdonaréis mi intrusión cuando conozcáis exactamente el motivo.

El reverendo Zorling le aseguró que no le molestaba lo más mínimo, que era bien recibido, que podía confiar en él y que esperaba justificar la confianza de la que era merecedor. Barton continuó; hablaba con una voz entrecortada, sus ojos miraban al vacío:

—Quiero pediros consejo, reverendo, y solicito... vuestra bondad..., vuestra paciencia, más que otra cosa. Sufro hasta tal punto...

El pastor dijo, dulcemente:

—Amigo mío, haré todo lo que esté a mi alcance, pero temo que...

Barton le interrumpió:

—Sé lo que me vais a decir, que como la ayuda que me podéis brindar es de tipo espiritual, no me será provechosa porque... no soy creyente. Pero, reverendo, no estéis tan seguro de mi falta de fe. De momento, puedo adelantaros que desde hace bastante tiempo los problemas de religión retienen todo mi interés. He llegado a pensar de este modo después de ciertas circunstancias de una naturaleza extremadamente particular.

El fuego brillaba alegremente en la chimenea; Zorling acercó sus viejas manos deformadas por la artritis a las llamas y murmuró:

—Supongo que os preguntáis acerca de las pruebas de la existencia de Dios.

Barton pareció algo confuso, se mordió los labios, abrió la boca, la cerró y al fin se decidió:

—No, realmente, esto no... No me he preguntado a este respecto y no he llegado todavía a discutir estos asuntos... Sólo...

Balbuceaba, murmuraba entre dientes, y el pastor le rogó que hablara con mayor claridad. El capitán se echó hacia atrás sobre su silla, pareció tomar una enérgica resolución y empezó:

—Sabréis, todo el mundo sabe hasta qué punto desconfío de lo que se denomina la revelación, pero hay una cosa de la que estoy convencido y es que existe más allá de nosotros un mundo sobrenatural del que no tenemos normalmente conciencia, felizmente sin duda... Sea como fuere, sé que existe y que un Dios terrible es su dueño. También sé que castiga nuestras faltas de una manera indirecta, pero espantosa. Lo sé, reverendo, porque yo soy la víctima de la cólera de este Dios, porque sufro, en vida, los horrores del infierno y un demonio se ha empeñado en mi perdición.

A medida que Barton hablaba, el ritmo de su discurso se aceleraba, parecía estar al borde de la crisis nerviosa y el reverendo Zorling estaba muy preocupado por esta actitud tan distinta de la acostumbrada calma del capitán. Se recogió unos minutos, y luego dijo:

—Me doy cuenta de que sufrís enormemente, querido capitán, pero ante todo querría sugeriros que los trastornos a los que atribuís un origen celestial puedan deberse a males estrictamente fisiológicos, aunque esto pueda pareceros muy banal. Podría ser que un cambio de aires y algunos tonificantes os devuelvan la alegría de vivir. La gente se ha burlado de Hipócrates y de su teoría de los humores según la cual los trastornos del espíritu provenían la mayoría de las veces de la afección de alguno de nuestros órganos. Me parece que encierra mucha más sabiduría que la mayor parte de las teorías actuales. Sea como fuere, estoy convencido de que un régimen adecuado, un cambio de aires, es decir, mucho ejercicio, serán el remedio más seguro para vuestros males.

El capitán se encogió de hombros con una especie de furor desesperado:

—No estoy en condiciones de engañarme con falsas esperanzas, reverendo, y la única oportunidad que tengo es combatir al ser sobrenatural que me persigue por medio de otro, más poderoso y que esté completamente a mi favor.

—¡Oh! ¡Oh, capitán, no caigáis en el maniqueísmo! ¿Cómo podéis determinar la naturaleza de lo que os atormenta? Otras personas han sufrido tanto o más que vos sin por ello...

Barton le interrumpió; parecía estar a punto de estallar:

—No, no, yo no soy supersticioso, muy al contrario, e incluso quizá fui demasiado tiempo escéptico. De todas formas, no hago más que fiarme del testimonio constante y repetido de mis sentidos, no puedo rechazar hechos materialmente verídicos que otras personas han podido constatar en mi compañía. Lo que no tengo más remedio que admitir es que no puedo ponerlo en duda porque tengo cantidad de pruebas materiales de ello, y es que estoy perseguido por un DIABLO.

El rostro del capitán estaba dominado por un indescriptible terror, y Zorling se estremeció:

—¡Que Dios os ampare! ¡Que Dios os ampare! —exclamó.

—¿Lo hará? ¿Creéis que lo hará?

—Si le rezáis...

—No puedo, lo he probado, mi fe en Él es insuficiente y no puedo pronunciar palabras sin creer.

—Perseverad y obtendréis lo que buscáis.

—Imposible, cada vez que he intentado rezar, una angustia insondable y misteriosa se ampara de mi ser. Yo no puedo soportar la idea de la eternidad y de un creador. Mi espíritu se niega a ello, es así, no puedo hacer nada más y si tengo algún modo de salvarme, no será precisamente con plegarias.

El reverendo Zorling dijo:

—Entonces, no veo la manera de ayudaros, mi pobre amigo; decidme lo que esperáis de mí.

Barton se esforzaba en mantenerse tranquilo.

—Os lo voy a explicar todo, todo lo que me ha ocurrido y que todavía me ocurre, todo lo que me hace odiar la muerte y detestar la vida.

Entonces narró detalladamente todo lo que el lector ya conoce, y concluyó:

—Esto es todo. Ahora estas persecuciones son constantes y sólo estoy en calma algunos momentos. ¡Oh! Naturalmente, no siempre veo a mi torturador, pero oigo cosas muy extrañas, risas sardónicas, llamadas innombrables. Cuando camino por las calles, me siguen. Voces me gritan a los oídos que mis crímenes son imperdonables, que claman venganza y que seré condenado.

De pronto, palideció:

—Escuchad, escuchad, esto vuelve a empezar. ¿Os dais cuenta de que no estoy loco?

El viento se había calmado bruscamente y en medio de su susurro le pareció o imaginó oír plañidos, gritos de rabia y risas demoníacas.

—¿Qué pensáis de esto? —gritó Barton, que parecía sobreexcitado.

El pastor, superando poco a poco el terror que se había amparado de sí, murmuró:

—No era más que el viento. ¿Qué veis de extraordinario en ello?

No estaba muy convencido de lo que acababa de decir, pero quería calmar a su visitante. Su falsa tranquilidad no logró el resultado que había previsto, pues Barton gemía:

—Era el diablo, reverendo, el Maligno, Satán, todo lo que queráis menos el viento; no, ¡el viento seguro que no!

Zorling estaba mucho menos convencido de lo que quería dar a entender, y el capitán se daba cuenta de ello. Dijo:

—Sé lo que me vais a decir, pero... ¿cómo resistir lo irresistible? ¿Qué debo hacer, qué puedo hacer?

—Poner freno a vuestra imaginación y dejar de atormentaros.

Barton se levantó y se puso a dar vueltas alrededor de la mesa a grandes zancadas:

—Yo no me imagino nada. ¿He imaginado lo que vos mismo habéis oído, he imaginado la criatura maldita que dos de mis amigos han visto tan bien como yo mismo?

El reverendo Zorling estaba confundido; no sabía exactamente qué decir y acabó por aconsejar al capitán:

—Según lo que comentáis, habéis visto a menudo a la... persona que os persigue. ¿Por qué no intentáis hablar claramente con ella? Sabéis que, reflexionando bien, todo puede explicarse, absolutamente todo, sin por ello tener que utilizar la intervención de factores sobrenaturales.

—¡Sí, claro que sí! —dijo pensativamente Barton—. Lo que pasa es que yo sé, debido a ciertos hechos que me parece inútil contaros, sé que esta aparición procede del diablo. Si quisierais os podría dar mil pruebas irrefutables de ello. Me aconsejáis hablar con él... él..., en fin, esta persona, pero no puedo, es más fuerte que yo. Cuando estoy en su presencia, sufro todos los tormentos del infierno, pierdo el uso de todas mis facultades; querría no morir jamás —sé demasiado bien lo que me espera cuando esto ocurra— sino fundirme en una nada absoluta. Cómo queréis que hable en semejantes condiciones... ¡Oh! Sufro demasiado, Dios mío, sed misericordioso, no me atormentéis más.

El capitán, después de pronunciar estas palabras, se había desplomado sobre una silla y parecía poseído por horribles sufrimientos. Al cabo de unos minutos, prosiguió:

—Sé que haréis lo imposible por mí, puesto que ahora sabéis la naturaleza y la causa de mis sufrimientos. Creo que habéis comprendido la impotencia en ayudarme a mí mismo y os ruego que recéis por mí. Quizá vuestra acción tenga cierta influencia, no sé... En todo caso, reverendo, dejadme ilusionar con que interpondréis vuestros rezos entre mí y mi perseguidor, dejad que crea que Dios os escuchará... Desearía tanto lograr un poco de tranquilidad...

El pastor aseguró a su visitante que rogaría por él y lo condujo hasta su coche. Una vez solo, Zorling meditó mucho tiempo sobre la extraña confesión que le había hecho el capitán Barton.

En lo sucesivo, los tormentos del capitán fueron tan visibles que el rumor público se amparó de ellos y les atribuyó mil causas distintas: se hablaba de dificultades económicas o de pesares por haber decidido casarse tan pronto. 

Algunos sugerían, al fin, que en última instancia el excelente Barton podía sufrir una enfermedad mental. En verdad debo decir que esta hipótesis parecía la más digna de crédito y se daba por verdadera en los salones de la ciudad.

La joven miss Montague se había dado cuenta muy pronto de cómo se había modificado el carácter de su prometido, pero a pesar de su intuición femenina, no pudo adivinar la razón que empujaba a Barton a no verla más que en raras ocasiones. 

Su tía, lady L..., extrañada primero, inquieta luego, alarmada al fin, resolvió preguntar a Barton qué es lo que le ocurría. El capitán se resignó a hablar y si la certidumbre de que no era nada que las afectara tranquilizó primero a las damas, se alarmaron enseguida por las consecuencias fatales que parecían tener sobre su salud e incluso la razón del desgraciado hombre.

Poco tiempo después, el general Montague llegaba de las Indias. Conocía a su futuro yerno desde hacía muchos años, no ignoraba nada de su situación financiera ni de sus relaciones y lo consideró como un partido más que honorable para su hija. El general fue puesto al corriente de las «visiones» del capitán, lo que hizo mucha gracia al excelente militar que corrió a casa de Barton:

—Querido amigo —le dijo—, mi hermana lady L... me ha explicado que sois presa de Dios sabe qué diablos de una clase nueva. ¿Qué es esta fantasía?

El capitán suspiró; parecía abrumado. Montague continuó:

—¡No os entiendo, amigo! Tenéis una cara de muerto cuando estáis a punto de contraer matrimonio.

—Por favor, cambiemos de tema, general.

—¡Oh, no! —dijo el otro, con esa obstinación testaruda y esa falta de tacto que forman el patrimonio exclusivo de los militares de carrera cuando han llegado a un alto grado—. ¡Oh, no! Por el contrario, hablemos de ello. Quiero comunicaros lo que pienso de este absurdo problema: un bromista de mal gusto os ha puesto en ridículo, de muy mal gusto, en esto estoy de acuerdo, pero no vale la pena preocuparse. Para hablar claro, lo que me han contado me ha afligido; en fin, querido amigo, basta con hacer una pequeña investigación para esclarecer este supuesto misterio. Necesitaríamos una semana...

Barton suspiró, tristemente:

—General, ignoráis...

—Pero no, santo Dios, sé que es un asqueroso hombrecillo, casi un enano, el que os atormenta. Lleva un gorro y una levita y un chaleco rojo. Tiene una espantosa cabeza y os sigue por todas partes, burlándose de vos y buscando cualquier ocasión para asustaros. Pues bien, palabra de Montague, que lo atraparé a este farsante y le quitaré las ganas de continuar. Lo haré azotar en la plaza pública, le...

—Es lo que os decía, no sabéis nada. Si tuvieseis las mismas pruebas que yo, mi general, comprenderíais que es imposible hacer lo que decís...

—Esto lo veremos cuando os traiga, debidamente atado, al responsable de vuestros temores. ¿Os apostáis algo?

De repente se interrumpió. Barton acababa de saltar lejos de la ventana por donde hacía unos instantes estaba mirando. Estaba pálido y balbuceaba señalando la calle:

—¡¡Lo he visto, está... está... allí!!

 

(CONTINUARÁ...) 

El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 1)

La historia que voy a contar es verdadera. Yo respondo personalmente de ello: conocí a todos sus actores y mi relato será lo más fiel posible al sucesivo desarrollo de los acontecimientos que perturbaron y enlutaron a una honorable familia de Dublín. 

A finales del siglo pasado, es decir, a finales de 1790, un tal capitán Barton se instaló en nuestra ciudad, de la que su familia era oriunda. Había servido muy honorablemente en los rangos de la marina real, y durante la guerra de América comandó una fragata. 

Cuando se retiró tenía poco más de cuarenta años y los que le conocían bien estaban de acuerdo en afirmar que era de trato agradable, aunque sujeto a veces a ciertos cambios de humor.

Sea lo que fuere, tenía la reputación de un perfecto gentleman y ni su tono ni sus modales recordaban su historia de marino. Por el contrario, iba siempre elegantemente vestido y se expresaba como un hombre de mundo. Físicamente, era buen mozo, sólido, con un rostro grave, serio, reflexivo, una amplia frente que denotaba una gran inteligencia. De este modo, la perfecta honorabilidad de su nombre, su excelente reputación, así como su fortuna, le daban acceso a los medios más aristocráticos de Dublín.

A pesar de la importancia de sus ingresos, el capitán Barton vivía con sencillez: moraba al sur de la ciudad, en un barrio elegante. El servicio de su casa estaba compuesto por un caballo y un solo sirviente. Se sabía que era ateo, pero su existencia estaba muy lejos de la de un libertino: no practicaba ninguno de los vicios de moda, bebía moderadamente, jamás tocaba las cartas y pasaba la mayor parte de su tiempo en casa, leyendo o soñando. No se le conocían compañeros favoritos como tampoco amigos íntimos, y cuando aceptaba una invitación, se le veía pasear por los salones observando a la gente como un filósofo. Raramente participaba en las conversaciones.

Tenía, pues, la reputación de una persona honesta, ordenada, nada malversadora, poco inclinada a los placeres de la sociedad. Se decía que, dada su prudente conducta, lograría desbaratar las trampas que le tendían las madres con hijas casaderas. Añadían que, por lo que a esto respecta, llegaría a viejo, moriría muy rico y dejaría sus bienes a una obra de caridad.

Pongamos en claro que todos los que se dedicaban a predecir el futuro se equivocaban fundamentalmente en cuanto a las intenciones del excelente capitán Barton. Tuvieron la prueba de ello cuando miss Montague, muchacha cabal y de la mejor sociedad, hizo su entrada en el gran mundo. Esto ocurrió, recuerdo, en casa de la vieja lady L..., tía de miss Montague.

La muchacha era encantadora, y, además, poseía una inteligencia poco común en las jóvenes de su condición. La mimaron, pero su popularidad no pasaba de ahí y, si bien esto halagaba agradablemente su vanidad, no acababa de solucionar sus problemas, y ya empezaba a preguntarse si se convertiría en una solterona. 

En efecto, no poseía nada aparte de sus atractivos personales y ningún pretendiente se le declaraba. Así estaba la situación cuando el capitán Barton le pidió la mano. Es fácil adivinar la sorpresa que esta novedad causó, tanto debido a la pobreza de miss Montague como a la famosa misoginia del antiguo marino.

Naturalmente, lady L... admitió a Barton y extendió por todas partes la noticia de los esponsales: su sobrina aceptó con la sola condición de que el general Montague, su padre, consintiera en ello. El general era aguardado de una semana a otra, de regreso de las Indias. No era equivocado suponer la poca importancia de esta demora, pues el viejo Montague, se decía, sería muy feliz de casar a su hija sin dote, y Barton era muy aceptable como futuro esposo. Así se llegó a considerar al capitán y a la muchacha decididamente prometidos.

En consecuencia, lady L..., que respetaba el viejo código de la costumbre, sacó a su sobrina del torbellino de la vida mundana; es sabido, en efecto, que está muy bien visto enseñar por todas partes a las muchachas casaderas, llevarlas de baile en baile y de fiesta en fiesta hasta que un joven, o un hombre no tan joven, gentleman, se propone desposarlas. A partir de este momento se encierra a la muchacha hasta el día de su boda. 

Sin ser adivino, podemos suponer lo que opinan las damiselas de este trato. Es muy posible que miss Montague no fuera la excepción de la regla y que en el fondo de su corazón maldijera a su tía por alejarla de placeres a los que, a fe mía, empezaba a estimar. Pero como era una chica bien educada, lo aceptó sin protestar. Y desde entonces, Barton tomaba a menudo el camino de la mansión de lady L... A veces almorzaba allí y se le atendía con todos los cuidados con que se trata a un novio... por el miedo a que no cambie de opinión.

Lady L... vivía en una bonita casa situada en el norte de la ciudad, en el lado opuesto al lugar en que vivía el capitán. La distancia que separaba las dos casas era considerable, pero el capitán la recorría, por placer, a pie. Y en particular cuando regresaba a su casa al atardecer. Se marchaba solo, en el calmo anochecer, y tomaba el camino más corto, lo que le obligaba a pasar por una calle nueva, larga y desierta, cuyas casas estaban en su mayoría por terminar.

Una noche, pocos días después de ser admitido oficialmente como novio de miss Montague, el capitán Barton permaneció más tiempo de lo acostumbrado en casa de lady L... Más tarde supe que la discusión había versado sobre cuestiones religiosas y, en especial, sobre las pruebas de la existencia de Dios. Por lo que a esto respecta, Barton mantenía las opiniones de los filósofos franceses ateos y las dos damas no estaban lejos de seguirlo; si bien no compartían totalmente su falta de religión, no veían en ello un motivo suficiente para romper los proyectos matrimoniales. Y, de todas formas, lady L... estaba demasiado empeñada en casar a su sobrina para detenerse ante problemas tan secundarios como entonces le parecían los problemas metafísicos.

La conversación se había desviado hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Ante estos temas, Barton había aplicado el mismo escepticismo distinguido que a los precedentes. En este punto debo decir que el capitán era completamente sincero, que su ateísmo y su incredulidad eran para él como una fe negativa y que, en suma, lo menos curioso de la curiosa aventura que he empezado a relatar, no es realmente el hecho de que le ocurriera precisamente a Barton, que negaba cualquier influencia sobrenatural.

El capitán se retiró bastante más tarde de las doce y se fue solo en la noche. Al fin llegó a la nueva calle de la que he hablado. La atmósfera estaba impregnada de una niebla que la luna hacía lechosa; todo era calma y silencio. Barton sentía una punzante sensación de aventura y hacía sonar sus tacones fuerte y claro sobre el pavimento. Quizá hacía cinco minutos que andaba por la calle desierta cuando oyó un ruido de pasos tras de sí.

Barton era un hombre valiente, muchas veces lo había demostrado, pero es muy incómodo sentirse seguido cuando uno camina, por la noche, en un lugar apartado. Se volvió para ver quién le seguía. Ya lo he dicho, había luna llena y se podían distinguir sin dificultades los objetos en esa pálida luz. Pero Barton no alcanzó a distinguir nada, ni hombre, ni animal, y ni siquiera una forma indefinida.

Por un momento pensó que debía ser el eco de sus propios pasos; quiso experimentarlo y martilló el suelo con el tacón, pataleó. Inútil. El aire de la noche no le devolvía ruido alguno. Podía inquietarse, pero no lo hizo e imaginó simplemente, como persona de carácter que era, que había creído oír algo que en realidad no había oído. No era muy propio de él, pero a falta de mejor explicación, aceptó esta como la más racional y reemprendió el camino. Y volvió a empezar, tap-tap-tap, el ruido de pasos volvía a oírse tras de sí.

El capitán Barton, como era persona bien educada, no renegó y se contentó con aguzar más el oído. Los pasos aumentaban o disminuían según un ritmo muy distinto de la marcha del capitán. Comprendió que no podía tratarse del eco, y furioso a la vez que desconcertado, Barton se volvió de nuevo, pero como la primera vez, la calle estaba totalmente desierta. 

Entonces volvió sobre sus pasos, escrutando cada zona de sombras con la esperanza de descubrir al bromista de mal gusto que se burlaba de esta manera de él y de hacerle sentir el peso del bastón en sus espaldas. Pero fue inútil dar vueltas, girar, buscar; no descubrió nada, absolutamente nada.

Por más racional y librepensador que fuera, el excelente Barton sintió que un ligero terror supersticioso le empezaba a dominar. Esto le desagradaba profundamente, pero nada podía contra la angustia misteriosa e incómoda que ahora le atrapaba por el cuello. Dio media vuelta y reemprendió el camino hacia su casa. El silencio le acompañó hasta que llegó al mismo lugar donde se había detenido anteriormente. Desde allí, los pasos volvieron a oírse. El invisible perseguidor parecía correr como si deseara alcanzar al capitán, que cada vez entendía menos lo que pasaba y se inquietaba más por ello.

Volvió a inmovilizarse, se sentía demasiado incómodo y cedió a las absurdas ganas que tenía de gritar:

—¡Dejaos ver, por todos los diablos! —gritó.

El silencio fue la única respuesta y Barton empezó a dudar seriamente de sus sentidos. Se puso nervioso y tuvo que hacer un violento esfuerzo para no ponerse a correr y continuar caminando al mismo paso. Para mayor alivio, su misterioso seguidor le abandonó al final de la calle, y pudo, sin más problemas, volver a su casa.

Una vez sentado tranquilamente en un buen sillón al lado de la chimenea, en la que quemaba un buen fuego, se puso a reflexionar sobre aquella aventura. Progresivamente recuperaba su equilibrio y determinó que había sido el juguete de una alucinación. Por otra parte, estaba demasiado orgulloso de su incredulidad para aceptar la hipótesis de una intervención sobrenatural.

El capitán se levantó bastante tarde a la mañana siguiente y, saboreando su desayuno, pensaba en su aventura con la indiferencia divertida que a veces sentimos, durante el día, cuando evocamos nuestros temores nocturnos. Su sirviente entró sin hacer ruido —tenía órdenes muy severas a este respecto—, puso cerca de su plato una carta y se retiró tan silenciosamente como había entrado.

Barton observó el sobre unos minutos; no tenía nada de particular, la escritura no le recordaba a nadie, aunque parecía expresamente disfrazada. El capitán dudó unos momentos y luego abrió el sobre y leyó la carta que decía lo siguiente:

«Queremos prevenir al capitán Barton, antiguo comandante del Dolphin, que un gran peligro le amenaza. Si es prudente renunciará a pasar por la calle nueva; de no ser así se arriesga a caer en una trampa. Es importante que el señor Barton haga caso seriamente de esta carta, pues puede temerse cualquier cosa del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS.»

Barton hizo una mueca de incomprensión, se encogió de hombros, volvió a leer la carta y la observó detenidamente. Su examen no le descubrió nada nuevo y el sello que había cerrado el sobre no le reveló ningún indicio; sólo era un trozo de cera con la huella de un pulgar.

El capitán, incitado por este desagradable misterio, elaboró mil suposiciones. Realmente no se imaginaba quién podía haber escrito esta incoherente misiva, cuyo autor, al mismo tiempo que le ponía en guardia, le daba a entender que era a él, el firmante, a quien debía temer. Por otra parte, el hecho de que el mensaje le recordara su penosa aventura nocturna acababa por inquietar al excelente Barton. No obstante, no dijo nada de ello a nadie, ni siquiera a su prometida. Podemos suponer con toda lógica que era su orgullo de librepensador el que le hacía callar. 

El capitán Barton podía suponer que, después de sus profesiones de fe de ateísmo, de racionalismo y de librepensamiento, miss Montague tendría fundamento para burlarse de sus terrores nocturnos y del miedo supersticioso que se amparaba de él cuando pensaba en la carta del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Y no quería ser el objeto de las burlas de la muchacha, primero porque tenía fama de criticona y luego porque ello habría disminuido, sin duda, el prestigio del futuro esposo.

Con el transcurso del tiempo, acabó por considerar todo aquello como una broma de mal gusto, aunque, no obstante, no podía volver a encontrar la tranquilidad de espíritu que, no hacía mucho, le era propia. Por otra parte, durante muchos días, evitó la nueva calle... Una semana más tarde, aconteció un nuevo incidente que despertó en Barton las desagradables sensaciones que había sufrido.

Aquella noche volvía del teatro, había acompañado a lady L... y a su sobrina al coche y caminaba en compañía de algunas personas conocidas. Se despidió de ellas cerca de los austeros edificios de la Universidad y continuó solo el camino. Quizá era la una de la madrugada; todo estaba quieto y desierto alrededor de Barton, que andaba de prisa. 

Ya antes de despedirse de sus compañeros había tenido la impresión de que le seguían. Furtivamente había mirado hacia atrás, más o menos consciente de que aquello volvía a empezar, que volvería a ser perseguido sin saber por quién. Esperaba ver algo, lo que le habría tranquilizado, pero no había visto nada.

Y ahora que estaba solo, se sentía cada vez más nervioso, cada vez más aterrorizado. Dado que el ruido de pasos era cada vez más fuerte, más insistente. Durante todo el rato que siguió a los muros que rodean el parque de la Universidad, los pasos le siguieron. Muchas veces se volvió sin ver tras de sí nada más que el creciente de luna que parecía provocarle.

Barton estaba bajo una tensión nerviosa tan intolerable que incluso cuando llegó a su casa no pudo calmarse y permaneció en pie toda la noche, recorriendo su mesa de trabajo de arriba abajo. 

Hasta el amanecer no se acostó; durmió muy mal, con un pesado sueño entrecortado por horribles pesadillas, y fue despertado por su sirviente, que le traía el correo. Una de las cartas llamó su atención; conocía demasiado bien la escritura del sobre. La abrió temblando:

«Os será tan difícil huir de mí como de vuestra sombra. Os veré tantas veces como me plazca, cuando y allí donde yo quiera, y no podréis hacer nada para evitarlo. Y también usted, capitán Barton, me verá: no me escondo como parece que creéis. De todas formas, esto no debe impediros dormir, ya que si tenéis la conciencia tranquila, ¿por qué habríais de tener miedo del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS?»

Me parece completamente inútil insistir sobre lo que debería pensar en estos momentos el excelente Barton. Durante los siguientes días, la gente se dio cuenta de que el capitán parecía terriblemente sombrío y preocupado, y ello se atribuyó a su futura boda y a la angustia que podría sentir por pensar en su casi difunta tranquilidad de soltero. Naturalmente se equivocaban, y era desconocer por completo a Barton atribuirle estas absurdas ideas, pero la explicación pareció suficiente y no se habló más de ello.

En cuanto a la causa de estas suposiciones gratuitas, estaba terriblemente preocupado, pues se decía si era posible hacer el ruido de pasos gracias a una ilusión cualquiera de los sentidos debida, por ejemplo, a un abuso de té verde; de todos modos, tenía que ser una mano tan real como malévola la que escribió las dos cartas. 

Y, por otra parte, el hecho de que las cartas en cuestión llegaran inmediatamente después del ruido de pasos parecía algo más complicado que una pura y simple coincidencia. Cuando pensaba en ello, Barton se acordaba confusamente de ciertos episodios de su vida pasada que asociaba, a pesar de todo, a la inexplicable serie de acontecimientos que se cernían sobre él.

Felizmente (¿es exacta la palabra?) para el pobre hombre, un importante asunto llegó en el momento adecuado para distraerle, junto con la idea de su próximo matrimonio, de una preocupación que amenazaba con convertirse en idea fija. Se trataba de un asunto inmobiliario que se demoraba desde hacía tiempo y que, de repente, parecía que iba a resolverse muy de prisa. De este modo, Barton se encontró sumergido en un torbellino de visitas, de gestiones, de reivindicaciones que lo alejó de sus problemas. Su mal humor cedió el puesto a su acostumbrada ecuanimidad.

No obstante, durante este feliz período, volvió a escuchar los pasos que no hacía mucho le habían trastornado, pero como sólo se oían débilmente y no recibió ninguna carta, se rió de sus antiguos terrores y se ocupó únicamente de las cosas serias.

No conozco mucho a Barton, pero teníamos un amigo común que era diputado, y una noche nos dirigimos los tres al Parlamento. Esta fue una de las raras veces que tuve ocasión de encontrarme con el capitán. Parecía preocupado y contestaba al margen las preguntas que le hacía el diputado respecto a su asunto. Lanzaba furtivas miradas hacia atrás y mantenía una hosca expresión. Mucho más tarde, me enteré de que había oído los misteriosos pasos que le siguieron a lo largo de nuestro camino. También supe que en aquella ocasión, por última vez, fue la desgraciada víctima de aquella persecución.

Pero esto lo supe el mismo día, y no comprendí en absoluto de qué podía tratarse. Llegábamos a los alrededores de la Universidad cuando un individuo, al que recuerdo muy mal, se acercó a nosotros murmurando algo sin cesar. Me acuerdo de que era bajo, de que parecía extranjero y de que llevaba un gorro de marino de piel y de que lo tomé por un loco al ver la extrema agitación que parecía poseerle. El hombre se dirigió a Barton, se detuvo ante él, lo miró malévolamente y luego se marchó a paso rápido. 

Lo que me sorprendió de esta escena no fue tanto el físico vulgar del individuo ni su insolencia ante el capitán, sino la especie de impresión malhechora y peligrosa que se desprendía de su persona. Pero, e insisto en este punto para que se me entienda bien, todo esto me afectó muy poco... como si esta maledicencia y peligro no me concernieran lo más mínimo. Sólo me quedaba la impresión de haberme encontrado con un enfermo mental.

Por ello me quedé muy sorprendido del efecto que este encuentro había producido en el bueno de Barton, del que conocía su reputación de valiente y de persona con sangre fría. Se puso a temblar de arriba abajo, me cogió del brazo y dio un paso atrás cuando el otro se detuvo ante él. Los dedos del capitán se hundían en mi carne; me hacía un daño espantoso. El desconocido se marchó, Barton me soló, se lanzó tras de él, pareció cambiar de idea y se sentó en un banco. Una espantosa expresión de horror dominaba sus rasgos.

Nuestro amigo, el diputado, se precipitó hacia él:

—Por todos los diablos, amigo mío, ¿qué os sucede? ¿No os encontráis bien?

Barton pareció no oírle, y murmuró:

—¿Qué decía? ¿Qué decía? No le pude oír...

El miembro del Parlamento se encogió de hombros:

—Me pregunto qué pueden importarnos las palabras de este individuo; está completamente loco, es evidente, y usted, Barton, no está bien. Voy a llamar un coche...

El capitán hacía visiblemente grandes esfuerzos para recuperar su equilibrio y, cuando habló, fue con una voz casi anormal:

—Ya ha pasado, amigos míos, estoy mucho mejor... ¡Demasiado trabajo por culpa de este asunto de propiedades! No sé lo que me ha pasado. Los nervios, sin duda. Continuemos el camino.

El diputado se negó e invitó a Barton a volver a su casa para descansar. Nosotros lo podíamos acompañar, si lo deseaba. Insistí en este sentido, ya que, además, el capitán parecía dispuesto a dejarse convencer. No obstante, rehusó nuestra proposición de acompañarlo hasta la puerta de su casa y se marchó solo, todavía con pasos inseguros.

Como quizá se ha adivinado leyendo mi relato, mis relaciones con el miembro del Parlamento no eran tan familiares como para hablar de la curiosa aventura de la que acabábamos de ser testigos, pero me di cuenta, por el aire que tenía, que estaba tan intrigado como yo y que las torpes justificaciones del capitán no le habían convencido más que a mí. Por lo que a mí respecta, la cosa no me parecía nada clara.

Por educación, al día siguiente visité a Barton para preguntar por su salud. Cuando interrogué a su sirviente, me dijo que estaba todavía en cama, pero que consideraba que iba a curarse muy pronto. El mismo día, el capitán hizo llamar a un célebre médico, el doctor Rowlands. Más tarde me explicaron que la consulta fue bastante curiosa.

(CONTINUARÁ...)

Accidente - Agatha Christie

 —Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
 
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. 
 
Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. «Hay que actuar según la información recibida»... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
 
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
 
—Nunca pude olvidar una cara —repetía satisfecho—. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
 
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
 
—Ha pasado mucho tiempo —dijo con voz débil.
—Nueve años —replicó Evans con la precisión de siempre—. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
—Vagamente.
—Anthony resultó ser un consumidor de arsénico —dijo Evans—, y por eso la absolvieron.
—Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
—Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
—Entonces —replicó Haydock—, no veo por qué ha de preocuparse.
—¿Quién se preocupa?
—Yo creía que usted.
—En absoluto.
—El caso pasó a la historia —continuó el capitán—. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
—Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto —intervino Evans.
—Ya sabe a lo que me refiero —dijo el capitán Haydock irritado—. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
—Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
—Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
—Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
—¡Hola, hola, hola! —dijo—. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
—Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
—Bien —dijo tranquilo—; no es asunto nuestro.
—No estoy tan seguro.
—Pero, seguramente...
—Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
—Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
—Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
—Y desde luego no lo sabrá por mí —dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
—Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. «H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas.»
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
—¿Y bien?
—Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
—Es una idea horrible.
—¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
—Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
—Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
—No pensará...
—Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
—Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
—Ni yo tampoco —repuso Evans con pesar.
—Yo de usted dejaría las cosas tal como están —dijo el capitán Haydock—. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
—He hecho algunas inversiones poco acertadas —le explicó—, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
—¿Ella no se opuso? —preguntó Evans—. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
—¡Oh!, Margarita es muy práctica —repuso Merrowdene sonriendo—. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
—...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
—¿Eh...? ¿Qué es eso? —preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
—Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
—Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
—Sí.
—En ese caso —dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta—, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. «Deje las cosas como están», le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida. 
—Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene —dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
—Estoy buscando a mi esposo —dijo tranquila—. ¿Le ha visto por aquí? 
—La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
—¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció. 
—Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto. 
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
—Tenemos un té chino muy especial —explicó—. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto. 
—Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
—Lo siento, querida —dijo el profesor disculpándose—. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
—Cualquier día nos envenenarás a todos —dijo su esposa sonriendo—Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo. 
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
—Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
—Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el «accidente»? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el «accidente» él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser «demasiado pronto». Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
—Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
—Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
—¿Y bien? —dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
—Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
—A su salud y a la de su esposo —brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
—Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
—Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...

Dios, Tu y Yo… - Jean Ray


Después de más de veinte años de ausencia, regresé a Weston, mi pequeña ciudad natal, que había abandonado cargado de oprobio y pobre como una rata.

Mi vuelta no estaba dictada por ninguna llamada de campanario ni por el deseo de reconciliarme con el pasado.

Veinte años de filibusteo provechoso por los siete mares habían hecho del pobretón que yo fui todo un nabad.

Mi viejo barco de carga, el Fulmar, fue a dormir en una dársena del fondo de un puerto, y mis cuentas corrientes en los bancos de Kingston, Singapoore y Alejandría fueron transferidas al Midland-Bank, de Weston.

Bajé del tren a la hora en que el horizonte enrojecido se nublaba, y apenas hube franqueado la explanada cuando un individuo salió de la penumbra, sombrero en mano.

—Notario Mudgett… ¡Su notario, capitán! He recibido sus órdenes de Colombo y he podido hacer, en su nombre, la adquisición de un inmueble que, espero, responderá a sus deseos. ¡Qué feliz casualidad encontrarle a usted en el preciso momento que da sus primeros pasos por nuestra ciudad!

¡El animal! Debió de estar espiando mi llegada cada vez que entraba un tren en la estación.

—Mudgett —dije—, usted es algunos años mayor que yo; pero el Mudgett que declaró contra mí e hizo que me mandaran a la cárcel por un año era mayor aún.
—Era mi padre —dijo el notario, suspirando—. Murió y espero que Dios haya tenido piedad de su pobre alma. Lamentó toda su vida aquel momento de malhumor, capitán.
—Me gustaría tomar un trago —dije.
—Tendré el placer de ofrecérselo a manera de bienvenida, capitán. Mire: las luces se están encendiendo en el Balmoral. Es un club particular, pero estarán encantados de recibirle.

El director del Banco de Midland debía de haberse ido de la lengua, porque fui recibido por las sonrisas y los saludos de los caballeros instalados alrededor de mesas y por las reverencias de los camareros.

Reconocí algunos rostros, aunque el tiempo los había envejecido traidoramente.

En el fondo de la sala, lanzaron una cifra con voz demasiado alta para no oírse:
—¡No lejos de un millón de libras!

Mi cuenta corriente, en efecto, debía de rozarlo.
A cuya frase, a un vejete, que se llevaba la copa a la boca, le dio hipo.

Reconocí en él al director propietario del Weston-Advertirser, el libelo local que, en otra época, me había hecho una bonita reputación por algunas pillerías insignificantes.
"Tú, víbora —me dije—, dentro de ocho días vendrás a pedirme subsidios para tu asqueroso periódico. Pues bien, ¡serás servido!…"

No había terminado mi segunda copa cuando ya la mayoría de los presentes me habían recordado y se habían acercado a estrecharme la mano. A todos ellos les propiné un shake-hand que les disloqué el hombro.
 

•••
¡Infierno y maldición!
¡Yo, que contaba saborear a gusto el festín divino de la venganza!

Fue suficiente una esquina de cortina levantada por una bonita mano blanca para que la esponja pasara por encima de todos mis rencores y, entre otras capitulaciones, firmé un cheque destinado a alimentar las cajas hambrientas del Weston-Advertirser.

El destino se sirvió del amor para convertirme en un asqueroso asno, y, para colmo, por medio del flechazo, una de las cosas en que nunca he creído en mi vida.

Por la ventana de la cortina, mi vecina más cercana miraba hacia la calle y, al verme pasar, me sonrió. La mano que alzaba la tela de encaje temblaba ligeramente y, en su muñeca, un extraño brazalete de rubíes despedía chispas.

La cortina cayó, pero yo tuve tiempo de ver una figura de tanagra y unos hermosos ojos color de tempestad.

Aquella misma tarde, el notario Mudgett me informó:
—Se trata de miss Martine Messenger…, de una familia patricia del Shropshire. La muchacha vive en Weston hace solamente una quincena de años, por eso usted no pudo conocerla. Cuando vino aquí, apenas tenía veinte años. No hay, pues, indiscreción al calcular su edad.
—¿Rica?
—¡Oh, no! Hasta se pasa sin criados; claro que su casa no es grande.
Y añadió, como con pena:
—No tiene deudas…
Al día siguiente, yo llamaba a la puerta de miss Messenger.
 

•••
Me recibió en un cuadro indigno de su belleza: un salón glacial, muebles de priorato, ramitos de margaritas en jarrones de falso alabastro.

—Vengo, como vecino de usted, a visitarla—le dije.
—Me encanta su gesto, tanto más cuanto que la costumbre se ha perdido —respondió, con su sonrisa del diablo.

Yo había preparado algunas frases destinadas a cebar una demanda claramente formulada. Las frases se me quedaron a retaguardia, como los malos soldados, pero no la demanda clara y formal.
—Miss Messenger, deseo casarme con usted —le dije.
Ella tamborileó la mesa con un ademán que hizo fulgir los rubíes de su brazalete.
—Yo no lo deseo —respondió—; pero, a pesar de eso, continuaremos siendo excelentes vecinos por lo menos.

Sonrió de nuevo y me tendió la mano, rodeada de llamas. Estaba aprisionado, cogido, perdido, decidido a todo porque fuesen míos los ojos, la sonrisa, la mano de fuego…
Los habitantes de Weston ganaron con ello una paz que yo no les había destinado.
 

•••
Pocas mujeres me han negado sus favores por toda la faz de la tierra.
Al abandonar a mi vecina, tuve que recurrir a algunos highballs para poner mis ideas en equilibrio.
—Hermosa diablesa —dije—, puedo admitir que rechaces a un hombre, pero no a un millón de libras, aunque digan que no tienes deudas. A menos que tengas un chulillo…

Pero, en Weston, las bellezas masculinas no se prodigan y yo no podía imaginarme ninguna cabeza conocida mía reposando sobre la almohada de Martine Messenger.
El azar intervino lo suficiente para que los celos me mordieran el alma.

Nuestros jardines, separados solamente por un seto, estaban en la proximidad de un amplio prado comunal abandonado desde hacía muchos años y transformado en una especie de selva.

Una noche, cerca de las doce, iba a echar el cerrojo a la puerta del porche, cuando oí chirriar al portillón del jardín vecino y pude ver una forma alejarse rápidamente bajo la luna.
"La bella Martine elige un extraño camino para ir al pueblo —me dije—. ¿Será el de los gatos?"
Un instante después, la seguía a través de las zarzas, las cizañas y las ortigas.
¡Vaya!
Había estado a punto de gritar esa exclamación.

Martine había abandonado el sendero, serpenteando por entre el barbecho, y marchaba deliberadamente hacia los Groves. Era así como se llamaba un cementerio no afecto después de un proceso entre la comunidad y un caballero de la región, y después que Weston se ofreció una necrópolis moderna al otro lado del pueblo.

Miss Messenger alcanzó un trozo de muralla, último vestigio de la tapia que circundaba el campo santo, cuando una nube cubrió la luna, hundiendo en las tinieblas la siniestra extensión y robando a mi mirada la lejana figura.
—No es sitio a propósito para una cita de amor —gruñí, con desprecio.
Sin embargo, pasé dos horas de plantón en la oscuridad, esperando que miss Messenger regresara.
No la volví a ver hasta la mañana siguiente, a la puerta de su casa, cuando echaba miguitas de pan a los gorriones.
 

•••
Voy a referirme ahora a mi sueño. Como se injerta en una antigua realidad, me veo obligado a referirme a él.
Fue en Sydney.

El Fulmar se hallaba en dique seco y yo había alquilado una habitación en Vine Street. Daba al parque Victoria donde…, ¡el Señor sea alabado!…, apenas crecen los espantosos eucaliptos sin hojas ni sombra. La noche era tórrida y yo dormía mal, cuando, de repente tuve la deliciosa sensación de un abanico que me refrescaba la cara.

En mi duermevela, quise agarrar la misteriosa mano bienhechora y, en efecto, la cogí.

Inmediatamente me desperté, dándome cuenta de que tenía apresada una cosa velluda y desagradable que se debatía con furor. Logré encontrar el interruptor de la luz, instalado a la cabecera de mi cama, y una bombilla se encendió en el techo.
Estuvo a punto de que dejara escapar a mi prisionero, digamos mi prisionera para mayor exactitud.

Era una enorme roussette, uno de esos murciélagos gigantes bastante corrientes en Australia y a los que se les da a voces el nombre de perros voladores.

Aturdido por la luz, el ave nocturna se puso a chillar lúgubremente y su cara me hizo pensar en la de Tina, la perrilla que fue durante mucho tiempo la mascota del Fulmar.
—Tina —dije—, estáte tranquila. No quiero hacerte daño.
Fue entonces cuando vi en el espejo mi cara roja de sangre fresca.
—¡Oh, oh! —exclamé—. Participas con algunas de tus hermanas la fea costumbre de los vampiros. ¡Satanesca bebedora de sangre! Pero esta noche eres bien recibida, porque el toubib (médico) de la Marina me ha encontrado demasiado gordo y me ha aconsejado una sangría. Acabas de evitarme un gasto de más de media corona, Tina. Si quieres un trago más, sírvete.

El pajarraco no hizo nada, pero pareció calmarse, escucharme y hasta sentir agrado por mis palabras.
—Vete, Tina, y si el corazón te lo pide, vuelve mañana.
Dicho lo cual, le devolví la libertad y la vi desaparecer en la oscuridad del parque.
—¿Lo creerán?

Tina volvió todas las noches siguientes. Me había tomado cariño, me despertaba mordiéndome la nariz y las orejas, dándome, a veces, bofetaditas con sus anchas alas membranosas y ladrando dulcemente como mi difunta perrita.
Creo que debió deplorar mi partida.
No me atreví a llevármela.
La vida de a bordo no podía convenirle.
 

•••
Ahora, vuelvo hacia mi sueño más reciente.
Me obligaba a hacer un recorrido por el pasado: estaba en Sydney, en mi habitación de Vine Street. Un abanico me enviaba un airecillo fresco al rostro y, al mismo tiempo, sentí una picadura en la garganta.
—Vamos, Tina, al fin has vuelto… Toma tu bebida, querida —exclamé para mí, alegremente, y la cogí por la pata.
Oí su grito y ella trató de desprenderse.
Me desperté. No estaba en Australia, sino en mi casa de Weston y, en la oscuridad, algo se debatía.
No tuve más que apretar un interruptor para iluminar la habitación y, entonces, fui yo quien gritó, pero con indecible estopor.
En mi puño se retorcía Martine Messenger.
 

•••
Me miraba con ojos inmensos, llenos de pena y de horror.
Una perla roja, húmeda todavía, yacía en una de las comisuras de sus labios y un espejo me devolvía mi imagen, la imagen de mi cara, empapada en sangre.
—Tina… —murmuré, creyendo, iluso aún, que me dirigía a mi roussette de Sydney.
—No me llame Tina —exclamó, con voz ronca, mi cautiva.
El sueño se desvanecía. La realidad subía a la superficie.
Recobré mi ánimo y le dije:
—Tina era una roussette que hizo amistad conmigo. Un murciélago muy grande, bebedor de sangre, un…
—Vampiro…, sí —dijo miss Messeger.
—¿Como usted?
—Sí, como yo.

Yo no había visto otros en mi vida, pero aquellos no se parecían. Sin embargo, encontré la situación de mi gusto.
¡Tanto más cuanto que la golosa era extremadamente bonita!
Llevaba una bata de seda gris que dejaba insolentemente al descubierto sus formas y, tras haber recogido la gota de sangre con la punta de la lengua, su boca me pareció sinuosa y tentadora.

—Tina —dije, siempre teniéndola agarrada por el puño—. Voy a contarte una historia, muy, muy bonita. En Marsella, sorprendí un rata de hotel que quería apoderarse de mi cartera. Hubiera podido entregarla a la Policía; pero eso no me entusiasmaba, porque era bonita y estupendamente formada. Ella encontró justo que gozara de sus caricias y, como este placer fue exorbitante, le dejé mi cartera. Mi historia ha terminado; la nuestra empieza. Rata de hotel y vampiro pagan con la misma moneda.

Dicho lo cual atraje a Martine a mi cama.
Leí tal súplica en sus ojos que detuve mi gesto.
—No… iOh, no! —gimió—. No puedo aún hacerle comprender por qué… No, no. No le negaré nada, pero…, ieso!…
Eso era la cama, que ella miraba con espanto.
—Escuche —me dijo muy bajito—, eso… no es posible… más que abajo.
Abajo…

Me hizo descender al jardín y, cogiéndome de la mano, avanzó con una velocidad tal que estuve a punto de caerme en varias ocasiones. Me hizo atravesar un prado comunal para detenerse, al fin, delante de los Groves.
 

•••
Martine contorneó algunos monumentos funerarios, negros y olvidados, y se detuvo ante una sepultura abierta.
—Eso —dijo—es todo lo que me permiten los poderes de la noche para recibir al sueño y al amor. Estoy muerta… Estaba muerta cuando vine aquí, hace quince años.
La bata de seda se abrió y un soplo ardiente subió de su pecho.
La tumba abierta nos recibió.
De las murallas de fango, que apretaban nuestros miembros como flancos de sarcófago, subía la inmensa ola de amor de los innumerables esponsales celebrados en las profundidades de la tierra…. bodas negras a las que ahora se añadía la nuestra.
 

•••
—Vete—dijo—. Déjame dormir.
Ella había puesto un dedo en sus labios y me miraba interrogadora.
—Dios, tú y yo solos lo sabremos —murmuré, para asegurarle el secreto de nuestras noches futuras.
Me icé para salir de la tumba.
Detrás de mí, una mano invisible deslizó la losa sobre la sepultura.
 

•••
Un hecho estúpido fue la causa de la ruptura fatal.
La mujer que me servía de asistenta cayó enferma y, para reemplazarla, me envió a su hija.
Era una morena magníficamente constituida y de cara provocativa. Se plantó delante de mí, con sus ojos negros fijos en los míos, sus senos puntiagudos al aire, como los de un mascarón de proa.
—¿Es verdad que usted podría pagarme un abrigo de pieles, un reloj de pulsera de oro y brillantes y medias de seda sin que mermase su fortuna? —me preguntó.
—Nada es más cierto—respondí.
—Entonces, ¿a qué espera?—cacareó.
No esperé.

Pero el día en que ella apareció en público con sus costosas prendas y el pueblo murmuró, los postigos de las ventanas de mi vecina permanecieron obstinadamente cerrados.

El carillón lanzó en vano sus notas claras en las profundidades de la casa y el muro medianero permaneció sordo a mis insistentes llamadas.

Por la tarde salté el seto del jardín; pero, apenas hube franqueado el umbral de la puerta trasera, noté el soplo helado de la ausencia y del abandono.
Por la noche, corría a los Groves.

La sepultura estaba abierta y me incliné sobre un monstruoso horror: una calavera reía repugnantemente a las estrellas, un sudario de seda bostezaba sobre una informe podredumbre; entre los huesos del esqueleto ardían los tizones de una multitud de rubíes, mientras que una gran pestilencia subía del sepulcro.

Sin embargo, permanecí allí, implorando al infierno y al cielo a la vez, hasta el momento en que, a lo lejos, cantó un gallo en el campo, anunciando la aurora.
 

•••
El Fulmer ha echado piel nueva. Eso no es más que un remiendo engañoso, pero que sirve para mis fines. Le he encontrado una tripulación, recogida en el ambiente más sórdido que se pueda imaginar. Pronto nos haremos a la mar, y es seguro que, en la próxima tempestad, mi bravo navío hará su huequecito en el inmenso océano.

Participar un secreto con Dios y los restos de un cadáver seria soportar hasta el fin de mis días un fardo demasiado pesado.