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El monje negro - Anton Chéjov (Parte 1)

1

Andrei Vasilievich Kovrin, Magíster, estaba agotado, tenía los nervios deshechos. No hacía nada por seguir el tratamiento médico. Algunas veces, mientras tomaba una copa con su amigo el doctor, este le aconsejaba pasar una temporada en el campo, mejor dicho, toda la primavera y el verano, pero Andrei nunca le hacía caso. Pocos días después, recibió una extensa carta de Tania Pesotski, que le invitaba a pasar unos días en la casa de su padre en Borisovka. Kovrin decidió ir.

Pero antes de hacerlo –era el mes de abril– se marchó a su tierra nativa, Kovrinka, y pasó allí tres semanas en absoluta soledad. Cuando llegó el buen tiempo, se dirigió a la casa de campo de su antiguo tutor y pariente, Pesotski, el famoso horticultor ruso. Desde Kovrinka a Borisovka había una distancia de unos setenta y cuatro kilómetros, y el viaje en la magnífica y cómoda calesa a lo largo de aquellos caminos, tan excelentes durante la primavera, prometía ser muy placentero.

La casa de Pesotski, en Borisovka, era muy grande, con una fachada repleta de columnas y adornada con esculturas de leones, a las que se les estaba cayendo el estuco. En la entrada principal había un sirviente de librea. El viejo parque, lúgubre y oscuro, era de estilo inglés, y se extendía desde la mansión hasta el río en una distancia de un kilómetro, donde terminaba en un talud arcilloso cubierto de pinos, cuyas raíces desnudas parecían garras peludas. 

Más abajo se deslizaba un arroyuelo solitario, y el murmullo de sus aguas rivalizaba con el trinar de los pájaros. En una palabra, todo invitaba al visitante a sentarse y escribir una balada. Pero los jardines y los huertos, que junto con los viveros ocupaban una extensión de unos ochenta acres, inspiraban sensaciones muy distintas. Incluso durante el mal tiempo eran esplendorosos y alegres. Aquellas hermosas rosas, los lirios, camelias, tulipanes y tantas plantas floridas de toda clase y colores nunca habían sido contempladas por los ojos de Kovrin. 

La primavera acababa de comenzar, y las variedades de flores exóticas aún estaban protegidas por campanas de cristal, pero a simple vista se veía que pronto brotarían por todas partes, formando un imperio de delicadas sombras. Pero lo más encantador de todo este esplendoroso cuadro era contemplar, en las primeras horas de la mañana, las gotas cristalinas de rocío sobre los pétalos y hojas de aquella exuberante vegetación.

Durante su infancia la parte decorativa del jardín, llamada despectivamente por Pesotski «el estercolero», había producido en Kovrin una impresión fabulosa. ¡Cuántos milagros de arte, cuántas estudiadas monstruosidades, cuántas burlas de la Naturaleza! Los espalderos de árboles frutales, ese peral que parecía un álamo de forma piramidal, aquellas encinas y tilos de abundante follaje, las bóvedas formadas por los manzanos, todo tenía el sello característico del dominio de la floricultura de que hacía gala su amigo Pesotski; incluso en los ciruelos estaba grabada la fecha 1862, para conmemorar el año en que su amigo se consagró al arte del cultivo de plantas y flores. 

Había también unas hileras de árboles erectos, simétricos, cuyos troncos se alzaban verticales como palmeras, pero que, vistos de cerca, resultaban ser árboles vulgares. Pero lo que más alegría y vida daba a los jardines y huertos era el constante quehacer de los jardineros de Pesotski. Desde el alba hasta la puesta del sol, aquellos hombres parecían infatigables y activas hormigas, trabajando entre los árboles, arbustos y planteles, unos regando, otros excavando la tierra, otros sembrando.

Kovrin llegó a Borisovka a las nueve. Encontró a Tania y a su padre muy alarmados. Aquella noche clara y estrellada predecía que habría una helada, y el jefe de los jardineros, Iván Karlich, se había ido al pueblo, por lo que no tenían a ningún responsable en quien confiar. Durante la cena sólo se habló de la inminente helada; y se decidió que Tania no se acostaría, sino que permanecería despierta hasta la una de la madrugada. Iría a inspeccionar los jardines para ver si todo estaba en orden, mientras que Igor Semionovich, por su parte, se levantaría a las tres de la madrugada o quizá aún más temprano.

Kovrin estuvo con Tania toda la noche, y al llegar las doce, la acompañó al jardín. El aire tenía un olor muy fuerte, como si estuviera ardiendo. En el huerto más grande, llamado «huerta comercial», ya que cada año producía millares de rublos de beneficios a Igor Semionovich, había una fina y negra capa de estiércol que cubría todas las hojas jóvenes, con el fin de salvar las plantas. 

Los árboles estaban alineados como jugadores de ajedrez en rectas hileras, como filas de soldados; y esta pedante regularidad, junto con el peso de la uniformidad, hacía parecer monótono y fastidioso al jardín. Kovrin y Tania se movían de un lado para otro, arriba y abajo, por los senderos y por todos los vericuetos del jardín, comprobando el buen estado del estiércol, las pajas y las coberturas de parihuelas. 

En raras ocasiones se encontraron con los trabajadores, que se movían como sombras entre aquella humareda. Sólo los cerezos, los ciruelos y algunos manzanos estaban floreciendo, pero el jardín entero se hallaba envuelto en aquella densa humareda producida por el estiércol fermentado, causa por la cual Kovrin sólo se halló en condiciones de poder respirar aire puro al llegar a los viveros.

–Me acuerdo de que, cuando era niño –dijo Kovrin–, siempre me hacía estornudar el humo, pero no comprendo cómo puede salvar a las plantas de la helada.

–El humo es un buen sustituto cuando no hay nubes –respondió Tania.

–¿Para qué quiere las nubes?

–Cuando el tiempo es nuboso y suave no se producen las heladas mañaneras.

–¿Es cierto eso?

Kovrin se echó a reír y cogió de la mano a Tania. Su rostro serio, frío; sus finas y negras cejas; el rígido cuello de su chaqueta, que le dificultaba girar la cabeza; su vestido bien arropado para defenderse del helado rocío; y toda su figura, esbelta y ligera le agradaban mucho.

–¡Santo cielo, cuánto ha crecido esta criatura! –dijo Kovrin–. La última vez que estuve aquí, hace unos cinco años, era usted aún una niña. Era delgada, de piernas largas y desaliñada, y yo siempre me estaba metiendo con usted. ¡Cuánto cambió en cinco años!

–Sí, cinco años –repitió Tania–. ¡Muchas cosas han pasado desde entonces! Dígame con sinceridad, Andrei –continuó ella, mirándole burlonamente–, ¿cree que durante todos estos cinco años se ha olvidado de nosotros? No sé cómo me he atrevido a hacerle esta pregunta. Además, después de todo, usted es un hombre libre de hacer lo que quiera, de llevar la vida que desee. Sí, tiene que ser de este modo; es natural. Pero, de todas formas, quiero que sepa una cosa: hayan cambiado o no sus relaciones con mi familia con el paso de los años, en esta casa se le considera como un miembro más. Tenemos derecho a ello.

–Estoy completamente convencido de que así me consideran, Tania –respondió Kovrin.

–¿Palabra de honor?

–Palabra de honor.

–Antes me di cuenta de que se sorprendió al ver tantas fotografías suyas en nuestro hogar –prosiguió Tania–. Sin embargo, bien sabe cuánto le adora mi padre, cuánto le estima. Usted es un erudito, no un hombre vulgar y corriente. Sí, se ha labrado una brillante carrera. Pues bien, mi padre cree que a él le debe usted su triunfo. ¡Deje que siga creyéndolo!

Empezaba a amanecer. Cambió la tonalidad del cielo, y el follaje y las nubes comenzaron a mostrarse cada vez más claros. Los ruiseñores empezaron a cantar y procedente de los campos llegó el grito de las codornices.

–Ya es hora de irnos a la cama –dijo Tania–. Además, también hace mucho frío.

Luego se acercó a Kovrin, le cogió la mano y dijo:

–Gracias, Andrei, por haber venido. En este lugar no estamos acostumbrados a los grandes sucesos. Aquí la vida transcurre apacible y monótonamente, sin ningún acontecimiento descollante. Siempre los jardines, sólo los jardines y nada más que jardines. Sí, una existencia muy monótona. Bosques, madera, camuesas, cardos lecheros, esquejes, podar, hacer injertos, trasplantar... Toda nuestra vida se limita a esto, ni siquiera soñamos con otra cosa que no sea manzanas y peras. Desde luego, todo esto es muy útil y muy bueno, pero algunas veces no puedo resistir la tentación de desear un cambio en mi vida. Recuerdo aquella época en que usted solía visitarnos, cuando venía a pasar aquí las vacaciones, cómo cambiaba toda la casa; parecía más fresca, más alegre, como si alguien hubiese quitado las telas que cubrían los muebles. Yo era entonces una niña, pero comprendía...

Tania siguió hablando durante cierto tiempo, expresando sus sentimientos y recuerdos. De repente a la mente de Kovrin vino la idea de que era muy posible que durante aquel verano se sentiría tan atraído hacia aquella criatura vivaraz y parlanchina, que podía llegar a enamorarse de ella. Dadas las circunstancias, nada más natural y posible. Aquel pensamiento le agradó y divirtió, y mientras dirigía su mirada hacia Tania, a su mente acudieron aquellos versos de Pushkin:


                        Oniegin, no ocultaré
                   que amo a Tatiana locamente


Cuando llegaron a la mansión, Igor Semionovich ya se había levantado. Kovrin no sentía ningún deseo de dormir; se puso a hablar con el anciano, y volvió con él al jardín. Igor Semionovich era alto, ancho de hombros y grueso. Padecía de dificultad respiratoria, y sin embargo, caminaba a un paso tan rápido, que era difícil seguirle de cerca. La expresión de su rostro era siempre la de un hombre preocupado, como si pensase que de retrasarse un minuto en hacer las cosas, todo el mundo se vendría abajo.

–Y ahora, hermano, le voy a revelar un misterio –dijo Igor, deteniéndose para recuperar el aliento–. En la superficie de la tierra, como puede ver, hay escarcha, está helada, pero eleve el termómetro unas yardas y verá que hay calor... ¿A qué se debe este misterio?

–Confieso que no lo sé –dijo Kovrin, riendo.

–¡No! Usted no puede saberlo todo. El cerebro más privilegiado de todo el mundo no puede comprender todo. ¿Todavía sigue estudiando filosofía?

–Sí –respondió Kovrin–; siempre estoy estudiando filosofía y psicología.

–¿Y no se aburre?

–Al contrario, no puedo vivir sin ello.

–Alabado sea Dios –respondió Semionovich, mientras se retorcía las puntas de su poblado bigote–. Alabado sea Dios; sí, todo eso le será útil en la vida... Me alegro mucho, hermano, muchísimo...

De repente se calló y se puso a escuchar. Sus facciones se endurecieron, echó a correr por el sendero y pronto desapareció entre los árboles, en medio de una nube de polvo y arena.

–¿Quién ha sido el que ha trabado este caballo al árbol? –gritó con voz desesperada–. ¿Quién de ustedes, ladrones y asesinos, se atrevió a atar este caballo al manzano? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Arruinado, destruido, estropeado! ¡El jardín está arruinado, el jardín está destruido! ¡Oh, Dios mío!

Cuando regresó junto a Kovrin, su rostro reflejaba una expresión de lástima e impotencia.

–¿Qué se puede hacer con esta clase de gente? –le preguntó a Kovrin con voz quejumbrosa, mientras se retorcía las manos–. Anoche Stepka trajo una carga de abono y dejó atado al pobre animal al árbol. Y lo ató con tanta fuerza que ha producido unos daños irreparables en la corteza del manzano. ¿Qué se puede hacer con hombres de esta calaña? Acabo de hablarle y se ha limitado a bajar los ojos a tierra, igual que un estúpido. ¡Este miserable debería ser ahorcado!

Cuando al fin se calmó, abrazó a Kovrin y le besó en la mejilla.

–Bueno, ¡bendito sea Dios...! ¡Bendito sea Dios! –murmuró–. Me alegro de que haya llegado, hermano Kovrin. No tengo palabras para expresarle lo contento que estoy porque vino a vernos, gracias.

Luego, con la misma expresión ansiosa, y caminando con paso rápido, se puso a dar vueltas por todo el jardín, enseñando a Kovrin los naranjos, los viveros de temperatura constante, los cobertizos y dos colmenas a las que describió como el milagro del siglo.

A medida que caminaban, el sol empezó a despuntar, iluminando el jardín y calentando la tierra y el aire. Cuando Kovrin pensó que si aquel hermoso sol se mostraba ya a principios de la primavera, dedujo los numerosos días soleados y felices que le esperaban durante todo un largo verano. Y de repente experimentó la misma alegría y felicidad que sintiera durante su infancia en aquel jardín. 

Entonces se sintió dominado por una profunda emoción y abrazó al anciano, besándole con ternura. Ambos se dirigieron a la casa y tomaron té en antiguas tazas de porcelana de China, además de galletas y crema; y esto también le recordó a Kovrin sus días de infancia y juventud. Durante aquel pequeño ágape, las reminiscencias brotaron en la mente de ambos hombres, y un sentimiento de intensa felicidad inundó sus corazones.

Esperó a que Tania se despertase, y después de tomar café con ella, se fue a pasear al jardín. Luego se dirigió a su habitación y se puso a trabajar. Leyó con atención, tomando notas de todo lo que creía importante. Sólo levantaba la vista cuando creía sentir la necesidad de mirar a través de la ventana o contemplar las rosas, frescas aún por el rocío, colocadas en un florero sobre su mesa. Kovrin creyó sentir por un instante que todas las venas de su cuerpo temblaban de alegría.

II

Pero en el campo, Kovrin siguió con aquella nerviosa e intranquila vida que había llevado en la ciudad. Leía y escribía mucho, estudió lengua italiana, y cuando salía a dar un paseo, al rato ya pensaba en regresar y ponerse a trabajar. Dormía tan poco que todo el mundo en la casa estaba desconcertado; si alguna vez, por pura casualidad, descansaba media hora durante el día, por la noche no podía hacerlo. Sin embargo, al día siguiente de estas involuntarias vigilias, se sentía alegre y dinámico.

Hablaba mucho, bebía vino y fumaba caros puros. A menudo, casi todos los días, algunas muchachas de las casas de los alrededores venían a la mansión de Vasilievich, tocaban el piano con Tania y cantaban. Algunas veces también venía un vecino, un hombre joven, quien tocaba muy bien el violín. Kovrin oía con agrado su música y canciones, pero había llegado a un extremo en que todo aquello le abrumaba; tanto, que algunas veces sus ojos se cerraban involuntariamente, adormilándose.

Una tarde, después de la hora del té, se sentó en la terraza para dedicarse a la lectura. Mientras, en el salón, Tania, una amiga soprano, otra contralto y el ya citado violinista, ensayaban la conocida serenata de Braga. Kovrin atendió a la letra, y aunque esta era en ruso, no logró entender su significado. Al final dejó el libro, se puso a escuchar con atención y logró comprenderla. 

Una chica de imaginación febril oyó durante la noche unos sonidos misteriosos en su jardín; un sonido tan maravilloso y extraño que se vio forzada a admitir su armonía y «santidad», que para nosotros los mortales son incomprensibles; luego aquellos sones se elevaron al cielo, desapareciendo. Kovrin despertó. Se dirigió al salón y luego al vestíbulo, donde comenzó a pasearse.

Cuando cesó la música, cogió de la mano a Tania y la llevó a la terraza.

–Durante todo el día –le dijo Kovrin– he tenido metida en la cabeza una extraña leyenda. No sé si la he leído o se la he escuchado contar a alguien; no lo recuerdo. Se trata de una leyenda muy curiosa, aunque no muy coherente. Antes de contársela, quiero advertirle de que no está muy clara. Hace mil años, un monje, vestido de negro, erraba por unos parajes solitarios, no sé si en Siria o en Arabia. A unas millas de distancia de aquel lugar unos pescadores vieron a otro monje negro caminando lentamente sobre la superficie del agua de un lago. El segundo monje era un espejismo. 

-Tenga usted en cuenta que las leyendas prescinden de las leyes de la óptica, como es lógico, y escuche lo que viene a continuación. Del primer espejismo se produjo otro espejismo; del segundo espejismo se produjo un tercero, de forma que la imagen del Monje Negro se refleja eternamente desde un estrato de la atmósfera a otro. En cierta ocasión fue visto en África, luego en la India, en otra ocasión en España, luego en el extremo norte. Al fin, se eclipsó de la atmósfera de la Tierra, pero nunca se presentaron las condiciones necesarias como para que desapareciera del todo. 

-Quizá hoy sea visto en Marte o en la constelación de la Cruz del Sur. Ahora bien, la esencia de todo esto, su verdadero meollo, por emplear esta palabra vulgar, radica en una profecía que sostiene que exactamente mil años después de que el monje se retirara a aquellos parajes desiertos, el espejismo volverá a ser captado en la atmósfera de la Tierra y se mostrará a todos los hombres del mundo. Este plazo de mil años, según mis cálculos, está a punto de expirar. Según la leyenda, debemos ver al Monje Negro hoy o mañana.

–Es una historia muy extraña –dijo Tania, a quien no le había agradado.

–Pero lo más sorprendente de todo –dijo Kovrin riéndose– es que no recuerdo cómo esta leyenda se me ha metido en la cabeza. ¿La he leído? ¿Me la han contado? ¿Se trata simplemente de un sueño? No lo sé. Pero me interesa. Durante todo el día no he podido pensar en otra cosa; la tengo clavada en la mente.

Kovrin se despidió de Tania, quien regresó al salón, y salió de la casa para pasear por entre los planteles de flores del jardín, meditando sobre aquella extraña leyenda. El sol acababa de ponerse. Las flores recién regadas emanaban un fuerte y delicado aroma. En la mansión, la música había comenzado a sonar de nuevo, y a la distancia, el violín parecía producir el efecto de una voz humana. Mientras forzaba su memoria para recordar cómo había llegado a conocer aquella leyenda, Kovrin, ensimismado, paseaba por el parque, sin darse cuenta de que caminaba en dirección a la orilla del riachuelo.

Descendió por un sendero repleto de raíces al descubierto, espantando las agachadizas y poniendo en fuga a dos patos. En las ramas oscuras de los pinos se reflejaban los últimos rayos del sol. Kovrin pasó al otro lado del riachuelo. Ahora, delante de él, se extendía un hermoso y extenso campo cubierto de centeno. En todo lo que alcanzaba su vista no se veía un alma viviente; y le pareció que aquel sendero debía conducirle a una región enigmática e inexplorada donde aún quedaba el resplandor del sol.

«¡Qué lugar más tranquilo y bucólico! –pensó para sí–. Tengo la impresión de que en este instante todo el mundo me contempla desde arriba, esperando que yo descubra algo importante.»

Una ráfaga de aire dobló los tallos verdes de los centenos. De nuevo sopló el viento, pero esta vez con más fuerza, rivalizando con el suave murmullo de las hojas de los pinos. Kovrin se detuvo asombrado. En el horizonte, como un ciclón o una tromba de agua, algo negro, alto, se elevó del suelo. Sus formas eran indefinidas; pero, después de fijarse con atención en aquella cosa tan extraña, Kovrin se dio cuenta de que no estaba fija al suelo, sino que se movía a una velocidad increíble, en dirección a él. 

Y a medida que se acercaba, se hacía cada vez más y más pequeña. Involuntariamente, Kovrin se echó a un lado del sendero para dejarla pasar. Pasó ante él un monje vestido de negro, de cabellos grises y cejas negras, con las manos cruzadas sobre el pecho. Caminaba sobre el duro suelo con los pies descalzos. Una vez que se hubo alejado unos veinte metros, el monje volvió el rostro hacia Kovrin, le hizo una señal con la cabeza, y le sonrió con bondad. Su rostro delgado estaba pálido como la cera. Luego, a medida que se alejaba, empezó a aumentar de tamaño, cruzó el río caminando sin hundirse sobre su superficie, y atravesó sin ruido alguno el muro de piedra caliza, desapareciendo como el humo.

–Ahora comprendo –dijo Kovrin para sí– que la leyenda tenía su fundamento.

Regresó a la casa sin intentar siquiera explicarse este extraño fenómeno, pero vanagloriándose de haber visto no sólo sus ropas negras, sino su fino y pálido rostro, y la fija mirada de sus ojos.

En el parque y en los jardines de la mansión, los visitantes se paseaban tranquilamente; en el interior la música seguía sonando. De modo que sólo él había visto al Monje Negro. Sintió un inmenso deseo de contar a Tania y a Igor Semionovich lo que había visto con sus propios ojos, pero desistió al pensar que lo interpretarían como una alucinación. 

Se unió a aquella alegre compañía, rió, bebió y bailó una mazurca dominado por una inmensa alegría interna. Pero lo más curioso de todo fue que tanto Tania como los demás invitados creyeron ver en su rostro una expresión de éxtasis, lo que encontraron muy divertido.

III

Cuando terminó la cena y todos se hubieron marchado, subió a su habitación y se echó en el diván. Había decidido reflexionar sobre el monje, aclarar aquel extraño misterio; mas en aquel instante, Tania entró en su habitación, interrumpiendo sus proyectos.

–Aquí te traigo, Andrei –le dijo Tania–, los artículos de mi padre... Son muy interesantes. Mi padre escribe muy bien.

–¡Espléndida idea! –exclamó Igor Semionovich, que entró tras ella en la habitación de Kovrin–. Ahora bien, no le haga caso a esta bella muchacha. Aunque puede leerlos si desea dormirse: constituyen un espléndido soporífero.

–Pues según mi opinión –respondió Tania–, estos artículos son magníficos. Le agradeceré, querido Andrei, que los lea, y luego convenza a mi padre para que escriba con más frecuencia. Es capaz de escribir un tratado entero de jardinería.

Igor Semionovich se echó a reír, pero luego se disculpó amablemente, alabó las cualidades de su viejo amigo y dando la razón a su hija:

–Si desea leer esos artículos, querido Andrei –dijo Igor–, le aconsejo que comience con los documentos sobre Gauche y los artículos rusos, pues de otro modo no podrá entenderlos. Antes de precipitarse en valorar mis palabras, le aconsejo que las sopese detenidamente. Aunque no creo que le interesen. Bueno, ya es hora de irse a la cama, querida Tania, pues anoche dormiste muy poco.

Tania salió de la habitación. Igor Semionovich se sentó en un extremo del sofá y exclamó:

–Ah, hermano mío... Ve que escribo artículos, y exhibo en exposiciones e incluso a veces gano medallas... Pesotski, dicen ellos, tiene unas manzanas tan gordas como su cabeza; Pesotski ha hecho una gran fortuna con sus jardines y huertas... En una palabra: «Kochubei es rico y glorioso». Pero mucho me agradaría preguntarle cuál será el final de todo esto. No se trata de mis jardines y viveros; ya sé que son espléndidos, auténticos modelos entre todos los de la región. Aunque también debo confesar que me siento orgulloso de que sean en realidad una institución completa de gran importancia política, y otro paso hacia una nueva era en la agricultura rusa, como asimismo en su industria. Pero todo esto, ¿para qué? ¿Con qué fin? ¿Cuál es la meta final de una vida consagrada a mejorar la agricultura, las flores, las plantas, todo lo relacionado con la tierra?

–Esa pregunta tiene una respuesta muy fácil.

No me refiero a ese sentido. Lo que quiero saber es qué ocurrirá con mis jardines el día en que muera. Tal como están las cosas, puedo asegurarle que todo se vendría abajo si algún día yo faltara. El secreto no radica en que los jardines son grandes y en que tengo muchos trabajadores bajo mis órdenes, sino en el hecho de que adoro el trabajo, ¿me comprende? Lo quiero quizá más que a mí mismo. ¡Míreme! Trabajo desde que sale el sol hasta que se pone. Todo lo hago con mis propias manos. Siembro, trasplanto, riego, hago injertos, todo está hecho por mí. Cuando alguien trata de ayudarme me siento celoso, y me vuelvo irritable hasta el extremo de parecerle rudo a muchas personas. 

-El verdadero secreto radica en el amor, en el ojo del amo que engorda al caballo, y en estar pendiente de todo y de todos. Por eso, cuando voy a visitar a un amigo y charlamos media hora ante un buen vaso de vino, mi imaginación está en los jardines, y temo que algo pueda sucederles durante mi ausencia. Suponga que me muero mañana, ¿quién se ocupará de todo esto?, ¿quién hará el trabajo? ¿Los jefes jardineros? ¿Los trabajadores? Puede usted creerme si le digo, mi querido amigo, que todas mis preocupaciones no se centran en estas personas, sino en la idea de que esto vaya a manos extrañas el día en que yo muera.

–Pero, mi querido amigo –respondió Kovrin–, está Tania; supongo que no desconfiará de ella. Ella ama y sabe llevar esta clase de trabajo.

–Sí, Tania ama y comprende este trabajo; sabe llevarlo mejor que un ingeniero agrónomo del Ministerio de Agricultura. Si después de mi muerte yo estuviera seguro de que todo iría a parar a sus manos, de que ella sola sería la dueña y directora de todo esto, no me importaría nada, moriría a gusto. Pero suponga por un momento –Dios no lo quiera– que se casa. He aquí lo que me atormenta y mortifica, lo que me hace pasar las noches sin pegar los ojos. Porque al casarse, lo lógico es que tenga hijos y que se preocupe más de ellos que de los jardines y viveros. Eso es lo malo. Pero hay algo que temo más aún: que se case con uno de esos individuos que van en busca de una buena dote, que no tienen escrúpulos y gastan el dinero a manos llenas, y que al cabo de un año se haya ido al diablo lo que tanto me ha costado ganar durante años de sacrificio y trabajo. En un negocio como este, una mujer es el azote de Dios.

Igor Semionovich permaneció callado durante unos instantes, moviendo la cabeza de arriba abajo repetidas veces. Luego continuó:

–Quizá me considere usted un egoísta, pero no quiero que Tania se case. Me da miedo. ¿Se ha fijado en esos jóvenes que acuden constantemente a esta casa a visitarla, bajo la excusa de organizar veladas musicales? Todos vienen a lo mismo: a pescar una buena dote. Sobre todo está ese joven del violín, que no le quita la vista de encima. Pero tampoco yo se la quito a él. Me consta que Tania nunca se casaría con él, pero no puedo remediarlo, desconfío mucho... En resumen, hermano, soy un hombre de carácter, y sé lo que debo hacer.

Igor Semionovich se levantó y paseó por la habitación. Se veía que tenía algo muy importante que decir, algo muy serio, pero, por lo visto, no encontraba las palabras exactas para expresarlo.

–Le quiero y le aprecio mucho –prosiguió Igor– y por ello creo que debo hablarle francamente y sin rodeos. En cualquier asunto de suma gravedad o importancia, siempre acostumbro decir lo que pienso, huyendo de toda mistificación. Por consiguiente, debo decirle que es usted el único hombre con el que no me importaría que Tania se casara. Es inteligente, tiene buen corazón, y me consta que no consentirá que todo esto que he labrado con mis propias manos se malogre estérilmente. Más aún, le quiero como si fuera mi propio hijo, y estoy orgulloso de usted. De modo que si usted y Tania... empezaran un romance amoroso que acabara en matrimonio, créame que merecería todas mis bendiciones. Sí, me consideraría el hombre más feliz del mundo. Se lo digo en la cara, sin rodeos, como corresponde a un hombre honrado.

Kovrin sonrió. Igor Semionovich abrió la puerta y se dispuso a abandonar la habitación, pero se detuvo en el umbral:

–Y si usted y Tania llegasen a tener un hijo, haría de él el mejor horticultor. Pero esto, de momento, es una mera hipótesis. Buenas noches.

Cuando Kovrin quedó solo, se instaló cómodamente en un sillón y se puso a leer los artículos de su huésped. El primero de ellos se titulaba "Cultivo intermedio", el segundo, "Unas cuantas palabras en respuesta a las observaciones del señor Z... sobre el tratamiento de las tierras de jardín", y el tercero, "Más sobre los injertos". Los demás artículos venían a ser lo mismo. Pero todos reflejaban desazón e irritabilidad. Incluso una simple hoja con el mero título pacífico "Los manzanos rusos" exhalaba irritabilidad. 

Igor Semionovich comenzaba este trabajo con las palabras «Audi alteram partem», y lo finalizaba con estas otras: «Sapienti sat»; pero entre las dos pacíficas frases latinas se desgranaba un torrente de palabras agrias, dirigidas contra «la aprendida ignorancia de nuestros modernos horticultores que observan a la madre Naturaleza desde sus sillones en la Academia de Ciencias Naturales», y contra el señor Gauche «cuya fama está basada en la admiración de los profanos en la materia de agricultura y dilettanti». También había un párrafo en el que Igor censuraba a aquella gente por castigar a un pobre muerto de hambre a causa de robar unas cuantas frutas en un huerto, destrozando sus espaldas a latigazos.

–Admito que estos artículos son muy buenos –dijo Kovrin para sí–, incluso excelentes, pero también veo que revelan a su autor como un hombre de temperamento duro y de lanza en ristre. Supongo que será igual en todas partes; en todas las carreras, los hombres de ideas geniales son siempre personas muy nerviosas, y víctimas de esta especie de exaltada sensibilidad. Supongo que tiene que ser así.

Pensó en Tania, tan orgullosa de los artículos de su padre, y luego en Igor Semionovich. Tania, pequeña, pálida, ligera, con sus clavículas visibles, con aquellos ojazos tan grandes que parecían estar siempre escudriñando algo. Igor Semionovich, con sus apresurados y pequeños pasos. Volvió a pensar en Tania, tan inclinada a hablar constantemente, tan amante de dialogar y discutir con todos, siempre acompañando la más insignificante frase con gestos y gesticulaciones. En cuanto a si era nerviosa, pues sí, estaba seguro de que lo era en grado sumo.

Kovrin se puso a leer otra vez, pero como no se enteraba de nada de lo que se exponía en aquellos artículos de Semionovich, los tiró al suelo. Aún perduraba en todo su ser la agradable emoción con que había bailado la mazurca y oído aquella música. Todo ello hizo acudir a su mente numerosos pensamientos. Meditó sobre lo que le había ocurrido en el campo de centeno. Si él había visto a solas aquel extraño y misterioso monje, debería estar enloquecido o enfermo, al punto de llegar a padecer alucinaciones. Aquel pensamiento le espantó, pero no por mucho tiempo.

Se sentó en el diván y apoyó la cabeza en sus manos, y se dispuso a gozar pensando en el extraño suceso del que había sido testigo durante la tarde. No podía comprenderlo, pero todo su ser se llenó de gozo. Se levantó y dio algunos pasos por su habitación, disponiéndose a iniciar su trabajo. Pero lo que leía en los libros ya no le satisfacía. Ahora sólo deseaba pensar en algo inmenso, vasto, infinito. Después, Kovrin se desnudó y se acostó, pensando que haría bien en descansar después de las emociones sentidas durante el día. Cuando al final oyó a Igor Semionovich dirigirse a trabajar al jardín, llamó a un criado y le ordenó que trajera una botella de vino. Bebió varios vasos; el vino le atontó y se quedó dormido. 


IV

Igor Semionovich y Tania discutían con frecuencia y se decían uno al otro duras palabras. Aquella mañana habían tenido un altercado, y Tania, después de haber estado llorando, se refugió en su habitación y se negó a bajar a desayunar y a almorzar. Pero Igor era testarudo. Al principio no hizo ningún caso de la conducta de su hija y se marchó con aire digno y solemne, como queriendo dar a entender a todo el mundo que era un hombre de ideas fijas, y que para él la justicia y el orden eran lo primero en la vida, lo más importante de todo. Pero Igor era incapaz de mantener aquella actitud durante mucho tiempo, pues idolatraba a Tania.

No comió nada a la hora de cenar y, durante todo el día, su mente había estado torturada por aquel suceso. Al final no pudo aguantar más y, después de un profundo «¡Dios mío!» que le brotó de lo más hondo de su corazón, se dirigió a la habitación de Tania y golpeó con suavidad la puerta, mientras gritaba con toda dulzura, casi tímidamente:

–¡Tania! ¡Tania!

A través de la puerta llegó una voz llorosa, pero firme y decidida:

–¡Déjame en paz...!, te lo ruego.

Los incidentes sentimentales entre padre e hija repercutían no sólo entre los habitantes de la casa, sino incluso entre todos los trabajadores de las plantaciones. Kovrin, como era usual en él, permaneció enfrascado en su trabajo, pero al final no pudo soportar más la situación y decidió intervenir como mediador entre padre e hija, y dispersar aquella nube negra que se había interpuesto entre ambos seres, tan queridos para él. Sin dudarlo un instante más, se dirigió a la puerta de Tania, la golpeó y fue recibido.

–Vamos, vamos, querida Tania, esto no está bien –empezó a decir en broma, pero dulcemente, mientras contemplaba aquel rostro femenino cubierto de lágrimas–. No es para tanto. Después de todo, son discusiones que se presentan todos los días, en todas las casas. Vamos, querida Tania, hay que saber perdonar. ¿De acuerdo?

–Es que usted no sabe cuánto me tortura –y al decir esto, una lluvia de lágrimas brotó de sus hermosos y grandes ojazos–. Siempre me está atormentando –continuó, mientras se retorcía las manos–. Nunca he dicho nada que pudiera ofenderle. En este caso, sólo me limité a decir que era innecesario mantener tantos trabajadores, pues resultaba un gasto que se podía evitar con facilidad. Me limité simplemente a decir que lo que había que hacer era contratar trabajadores por horas. Usted sabe que esos hombres no han hecho nada durante toda la semana. Yo... lo único que le dije fue esto. Y entonces se puso a gritarme como un energúmeno, diciéndome un montón de cosas, todas ofensivas, profundamente insultantes. Y todo por nada.

–Bueno, no hay que preocuparse por eso –trató de calmarla Kovrin–. Ha estado gritando, chillando, llorando, pataleando: ya es suficiente, ¿no le parece? No puede seguir así todo el día, no sería justo. Sabe que su padre, más que quererla, la adora, la idolatra.

–Mi padre ha arruinado toda mi vida –dijo Tania entre sollozos–. Durante toda mi existencia sólo he oído insultos de sus labios, y sufrido afrenta tras afrenta. Mi padre me considera como algo superfluo en su propia casa. ¡Pues que se quede con su casa! Mañana me marcho de ella. Él es el único responsable de mi marcha. Sí, mañana me iré de este lugar y me pondré a estudiar para luego conseguir un empleo. ¡Que se quede con su dichosa casa!

–Vamos, Tania, vamos, no se ponga así –dijo Kovrin–. Vamos, deje de llorar. Le diré lo que pienso: tanto el uno como el otro son irritables, impulsivos y, si quiere que le diga toda la verdad, los dos están equivocados; sí, los dos, pues exageran las cosas más nimias. Vamos, ya me encargaré yo de que hagan las paces.

Durante todo este tiempo, Kovrin estuvo hablando con un tono persuasivo y suave, pero Tania seguía llorando, encogiéndose de hombros ante todo lo que él le decía, y retorciéndose las manos como si hubiera sufrido un verdadero infortunio. Kovrin trató de hacerle comprender que exageraba la cosa más de lo que debía. Le parecía mentira que por una cosa tan banal aquella criatura quisiera amargarse todo el día y quizá toda su existencia. 
 
Mientras la consolaba, pensó que excepto Tania y su padre, no había nadie en el mundo que le quisiera tanto; y que de no haber sido por ellos, él, que había quedado huérfano durante su tierna infancia, habría pasado el resto de su existencia sin una caricia, sin palabras de consuelo, y sin ese cariño que sólo pueden dar las personas que son de nuestra misma sangre. 
 
Pero también percibió que sus desequilibrados e irritados nervios estaban reaccionando como magnetos a los gritos y sollozos de aquella testaruda muchacha. Se dio cuenta de que nunca podría amar a una mujer robusta y saludable, fresca y sonrosada; pero le conmovía aquella Tania pálida, débil y desgraciada.

Kovrin sentía un gran placer al contemplar sus cabellos sedosos y sus redondeados hombros. Se acercó más a ella y le apretó la mano, mientras con su pañuelo enjugaba las lágrimas que se deslizaban por las sonrosadas mejillas. Por fin, Tania dejó de llorar. Pero siguió quejándose de su padre, censurando su conducta hacia ella, lamentándose de la vida que llevaba en aquella casa, tratando de que Kovrin comprendiese la situación en que se hallaba. 
 
Luego, poco a poco, empezó a sonreír, mientras afirmaba solemnemente que Dios la había castigado dándole aquel carácter tan impulsivo. Y al fin se echó a reír como una loca, se calificó a sí misma de atolondrada e inconsecuente y salió corriendo de la habitación.

Instantes después, Kovrin se dirigió al jardín. Igor Semionovich y Tania, como si nada hubiese pasado, paseaban abrazados por el césped, comiendo pan de centeno y sal. Ambos tenían mucha hambre.

Satisfecho por su papel de intermediario pacificador, Kovrin se dirigió al parque. Mientras se hallaba sentado en un banco, oyó el ruido de un carricoche y la risa de una mujer. De inmediato pensó que aquello significaba que llegaban nuevos visitantes. 
 
Las sombras cubrieron el jardín, y a lo lejos se podía oír algo confusamente la música de un violín, las risas de las mujeres y el alborozado jolgorio de los jóvenes participantes en aquella fiesta. Estos detalles le hicieron recordar al Monje Negro, pues fue en idénticas circunstancias cuando lo vio por primera vez. ¿A qué país, a qué planeta, habría ido aquel absurdo efecto óptico?

Trató de acordarse de aquella vez en que lo vio en el campo de centeno, detrás de los pinos situados en ese instante frente a él. De repente, y precisamente de los mismos pinos, emergió un hombre de mediana estatura, que caminaba lentamente sin hacer el más mínimo ruido. Sus cabellos grises estaban descubiertos, iba vestido de negro y tenía los pies descalzos como un mendigo. Su pálido y cadavérico rostro estaba cubierto de manchas negras. 
 
Después de saludarle con una gentil inclinación de cabeza, el extranjero o mendigo se dirigió al banco y se sentó en él. Kovrin se dio cuenta de inmediato de que era el Monje Negro. Durante un instante ambos se miraron; Kovrin, asombrado, pero el monje bondadosamente, aunque con una expresión taimada y astuta en su rostro.

–Pero si es un espejismo –dijo Kovrin–, ¿cómo es que está aquí, y cómo se sienta en este banco? Esto no está de acuerdo con la leyenda.

–Es lo mismo –respondió el monje con tono suave, volviendo su rostro hacia Kovrin–. La leyenda, el espejismo, yo mismo, todo no es más que el fruto de su imaginación exaltada. Yo soy un fantasma.

–¿Es decir –respondió Kovrin– que no existe?

–Piense lo que quiera –respondió el monje, sonriendo burlonamente–. Yo existo en su imaginación, y dado que su imaginación forma parte de la Naturaleza, es evidente que yo debo existir en la Naturaleza.

–Veo que su rostro demuestra inteligencia y distinción –dijo Kovrin–. Sin embargo, tengo la extraña impresión de que usted ha vivido más de mil años. No creía que mi imaginación fuera capaz de crear tal fenómeno. ¿Por qué me mira con tanto arrobamiento? ¿Acaso está satisfecho de haberme encontrado? ¿Le agrada mi persona?

–Sí; ya que es uno de los pocos a los que se puede llamar con toda justicia «un elegido de Dios». Usted siempre sirve y obedece a la verdad eterna. Sus pensamientos, sus intenciones, su elevada formación científica, su vida entera están marcados con el sello de la divinidad, una impronta celestial. Estas características están reservadas a lo racional y hermoso, es decir, al Eterno.

–Se refiere usted a la verdad eterna. Por consiguiente, ¿puede ser accesible y necesaria la verdad eterna para los hombres si no existe la vida eterna?

–Existe una vida eterna –respondió el monje.

–Por la forma en que me habla veo que cree en la inmortalidad de los hombres.

–Desde luego. A vosotros, los hombres, os espera un maravilloso y grandioso futuro. Y cuantos más hombres como usted tenga el mundo, más pronto llegará. Sin ustedes, ministros de los más altos principios, que viven libre y honradamente, la humanidad no sería nada; desarrollándose en su orden natural, debería esperar el fin de su vida terrena. 
 
-Pero usted ha acelerado en miles de años la llegada de este maravilloso futuro existente dentro del reino de la eterna verdad: y este es el grandioso servicio que ha sabido llevar a cabo. Usted lleva dentro de su ser aquella bendición de Dios que descansa sobre la gente buena, sobre los hombres de corazón limpio y puro.

–¿Y cuál es el objetivo de la vida eterna? –preguntó cada vez más intrigado Kovrin.

–El mismo que el de toda vida. La verdadera felicidad radica en el conocimiento, y la vida eterna presenta innumerables e inextinguibles fuentes de conocimientos. Fue en este sentido que Jesucristo dijo: «En la casa de mi Padre existen muchas moradas...»

–No puede hacerse una idea –respondió Kovrin– de la alegría tan grande que siento al oírle decir esas hermosas palabras.

–Me congratulo de ello.

–Sin embargo –respondió Kovrin– tengo la plena certeza de que apenas se marche, me veré atormentado por la incertidumbre en cuanto a su realidad. Usted es un fantasma, una alucinación. ¿Quiere decir que estoy físicamente enfermo, que mi estado no es normal?

–¿Y qué si lo está? Eso no debe preocuparle. Usted está enfermo porque ha sometido a una tensión excesiva sus poderes, porque ha ofrendado su salud en sacrificio a una idea, y está cerca el día en que sacrificará no solamente esto, sino también su vida. ¿Qué más puede desear? Es a lo que aspira todo ser noble y puro.

–Pero si estoy físicamente enfermo, ¿cómo puedo confiar en mí mismo?

–¿Y cómo sabe que todos los hombres geniales en quienes ha creído todo el mundo no han visto también visiones? Ser un genio es análogo a la demencia. Créame, las personas saludables y normales no son más que hombres ordinarios, vulgares, corrientes; un rebaño de ganado. Los temores a las enfermedades nerviosas, agotamiento y decrepitud sólo pueden tenerlos aquellos cuyos ideales en esta vida se basan en el presente; ese es el rebaño.

–Sin embargo –dijo Kovrin–, los romanos tenían por ideal aquello de mens sana in corpore sano.

–Todo lo que dijeron los romanos y los griegos no era verdad. Exaltaciones, aspiraciones, excitaciones, éxtasis, todas esas cosas que distinguen a los profetas, poetas y mártires de los hombres ordinarios, son incompatibles con la vida animal, es decir, con la salud física. Se lo repito, si quiere ser un hombre saludable y normal únase al rebaño.

–¡Qué extraño es que usted repita ahora cosas que yo pensé en tantas ocasiones! –dijo Kovrin–. Parece como si me hubiera estado espiando y hubiera llegado a enterarse de mis pensamientos secretos. Pero no hablemos de mí. ¿Qué me quiso decir con las palabras «verdad eterna»?

El monje no respondió. Kovrin le miró, pero no pudo ver su rostro. Sus formas se nublaron y desaparecieron; su cabeza y sus brazos se esfumaron; su cuerpo empezó a hacerse difuso, y llegó finalmente a confundirse con las sombras del crepúsculo.

–La alucinación se ha marchado –dijo riéndose Kovrin–. Es una verdadera lástima.

Volvió a la mansión, feliz y satisfecho. Lo que le había dicho el Monje Negro no sólo había halagado su amor propio, sino su espíritu, y todo su ser. ¡Qué ideal más glorioso era ser el elegido, ser ministro de la verdad eterna, poder formar en las filas de aquellos que se apresuraron durante cientos de años en entrar en el reino de Cristo, de aquellos que se sacrificaron para que la Humanidad fuese mejor, y se viera libre de pecado y de sufrimientos, el consagrarlo todo a un ideal, juventud, fuerza, salud, ¡morir por el bienestar de todos! 
 
Y cuando le vino a la mente su pasado, una vida casta y pura, consagrada completamente al trabajo, recordó todo lo que había aprendido y lo que había enseñado y, al final, tuvo que admitir que lo que le había dicho el Monje Negro no era más que la pura verdad. No, el monje aquel no había exagerado nada.

Atravesando el parque, corriendo a su encuentro, se acercaba Tania. Llevaba un vestido distinto al que le había visto la última vez.

–¿Ya regresó? –le gritó entusiasmada, pero con cierto asombro en su cristalina voz–. Estuvimos buscándole por todas partes... ¿Pero qué le ha ocurrido? –preguntó sorprendida, mirándole fijamente a los ojos, unos ojos en los que había un extraño y misterioso reflejo–. Le encuentro muy extraño.

–Estoy muy satisfecho, querida Tania –repuso Kovrin, mientras le ponía una mano sobre los hombros–. Bueno, en realidad, estoy más que satisfecho: ¡soy feliz! Tania, no encuentro las palabras exactas para decirte lo muy querida que eres para mí. Sí, Tania, estoy muy satisfecho; no puedes hacerte una idea de ello.

Besó ardorosamente sus manos, y continuó:

–Acabo de vivir los momentos más maravillosos, más felices, más encantadores de toda mi vida; algo que es imposible que pueda sucederle a un hombre sobre esta superficie terráquea... Pero no te lo puedo contar todo, ya que me tomarías por un loco, o te negarías a creerme. Deja que te hable de tu persona. Tania, te quiero. No sabes durante cuánto tiempo te he querido. El estar cerca de ti, el verte diez veces al día, ha llegado a convertirse en una necesidad para mí. No sé cómo voy a poder vivir sin ti cuando regrese a casa.

–No te creo –respondió Tania–. Estoy segura de que te olvidarás de nosotros a los dos días. Somos gente modesta, y tú eres un gran hombre.

–Estoy hablando en serio, Tania –le contestó Kovrin–. ¡Te llevaré conmigo! ¿Qué me contestas? ¿Vendrás conmigo? ¿Serás mía?

–¿Pero qué tonterías estás diciendo, Andrei? –dijo Tania, tratando de reír. Pero la risa no brotó de sus labios; en su lugar, se ruborizó. Empezó a respirar aceleradamente, y luego se puso a caminar con paso rápido por el parque–. No pienso, nunca he pensado en esto, nunca pensé que podría ocurrir esto –continuó Tania, juntando las manos como en un acto de desesperación.

Kovrin se acercó más a ella, y con aquella misma expresión extraña en su rostro, trató de convencerla, diciéndole apasionadamente:

–Yo anhelo un amor que tome posesión de todo mi ser, de toda mi alma; ¡y ese amor sólo tú puedes dármelo. ¡Soy feliz! ¡Cuán feliz soy!

Tania estaba asombrada y confusa, y no sabía qué decir. Fue tanta la emoción que le produjeron las palabras de Kovrin que parecía haber envejecido diez años. Pero Kovrin la vio más hermosa que nunca, y, arrastrado por la pasión que le dominaba, gritó como en éxtasis:

–¡Qué hermosa eres, querida Tania!

 
(CONTINUARÁ...) 

El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 3 y último)

Mientras él me miraba, yo tenía consciencia de una batalla interior, como si en algún punto de las profundidades de mi ser unos ángeles enemigos estuvieran en lucha. Cuando tomé, por fin, una decisión, comprendí yo misma que actuaba guiada menos por la razón que obedeciendo al impulso de cierta corriente secreta de pensamiento. Pero el cielo sabe que incluso entonces, mientras le desafiaba, aquel hombre me tenía cautiva.

—Doctor Maradick —dije, levantando francamente por primera vez los ojos al encuentro de los suyos—, yo creo que su esposa está tan sana como yo... o como usted.

Él tuvo un sobresalto.

—Entonces, ¿ella no le habló con franqueza?

—Puede estar equivocada, destemplada, presa de una tremenda aflicción... —lo dije sin el menor énfasis—, pero no es, y estaría dispuesta a jugarme mi futuro en ello, una paciente indicada para un asilo. Llevarla a Rosedale sería una tontería..., sería una crueldad.

—¿Una crueldad, dice? —Una expresión atormentada cruzó su rostro, y su voz tomó un acento extraordinariamente dulce—. ¿Verdad que no me cree capaz de ser cruel con ella?

—No, no le creo. —También a mí se me había dulcificado la voz.

—Dejaremos las cosas tal como están. Quizá el doctor Brandon pueda hacernos otras indicaciones. —Sacó el reloj de bolsillo y lo comparó con el de pared. Nerviosamente, observé yo, como si la acción fuese una pantalla que escondiera su desazón, o su perplejidad—. Ahora tengo que irme. Por la mañana hablaremos de nuevo.

Pero por la mañana no hablamos, y durante el mes que cuidé a Mrs. Maradick no volvieron a llamarme al estudio de su marido. Cuando le encontraba en el vestíbulo, o por las escaleras, cosa poco frecuente, se mostraba tan encantador como de costumbre; no obstante, a pesar de su cortesía, yo tenía la persistente sensación de que aquella noche me valoró suficientemente y decidió que ya no podía sacar partido alguno de mí.

A medida que pasaban los días, Mrs. Maradick parecía cobrar fuerzas. Después de aquella primera noche con ella, nunca más me habló de su hija, nunca más aludió, ni con una sola palabra, a la terrible acusación que había levantado contra su marido. Era como una mujer que se recobrara de una gran pena, excepto que se mostraba más dulce y amable. 

No es maravilla que todos los que se acercaban a ella la amasen; porque la rodeaba un encanto que era como el misterio de la luz, no de la oscuridad. Siempre he tenido la idea de que se parecía muchísimo a un ángel, todo lo que pueda parecérsele una mujer de este mundo. Y con todo, a pesar de su cualidad angélica, había ocasiones en que odiaba y temía, a la vez, a su marido. 

Aunque mientras yo estuve allí nunca entró en el cuarto de su mujer, ni escuché nunca su nombre de labios de ella hasta una hora antes del fin; la expresión de terror de la cara de la dama me advertía, siempre que las pisadas del doctor cruzaban el vestíbulo, de que el alma misma de la pobre mujer se estremecía al oírle acercarse.

En todo el mes no volví a ver a la niña, aunque una noche, al entrar repentinamente en el dormitorio de Mrs. Maradick, encontré un jardincito, de esos que los niños improvisan con chinitas y trocitos de madera, en el alféizar de la ventana. No le dije nada a Mrs. Maradick, y más tarde, cuando la criada bajó las cortinas, advertí que el jardín había desaparecido. 

Desde entonces me he preguntado con frecuencia si la niña era invisible para el resto de nosotros y solo su madre podía verla. Pero no había manera de averiguarlo, salvo preguntando, y Mrs. Maradick estaba tan bien y era tan buena que nunca tuve valor para interrogarla. 

Las cosas, por su parte, no podían marchar mejor de lo que marchaban, y yo me estaba diciendo que pronto podría salir a tomar el aire, cuando he ahí que el final se presentó repentinamente.

Era un suave día de enero, de esos que traen un sabor anticipado de primavera en mitad del invierno, y cuando bajé por la tarde, me paré un minuto junto a la ventana del final del pasillo para contemplar el laberinto de tiestos de flores del jardín. 

Había allí un antiguo surtidor con dos muchachos de mármol, riendo, en el centro del paseo engravillado, y el agua, que aquella mañana había dado para contentar a Mrs. Maradick, brillaba como plata bajo el chorro de los rayos del sol. 

Nunca en enero había encontrado una atmósfera tan tranquila y primaveral, y, contemplando el jardín, se me ocurrió que sería buena idea que Mrs. Maradick saliese a broncearse un rato bajo los rayos del sol. Me parecía raro que no le permitiesen respirar otro aire puro que el que le entraba por la ventana. 

Sin embargo, cuando entré en su habitación, hallé que ella no tenía ganas de salir. Estaba sentada, envuelta en chales, junto a la ventana abierta, que daba sobre el surtidor, y al oírme entrar levantó la vista de un librito que estaba leyendo. En el alféizar de la ventana había un tiesto de narcisos trompones. Las flores le gustaban mucho, y procurábamos que siempre tuviera algún tiesto en la habitación.

—¿Sabe qué estoy leyendo, Miss Randolph? —me preguntó con aquella voz suya, tan suave. Y me leyó una estrofa en voz alta, mientras yo me acercaba al estante para prepararle una dosis de medicina.

—«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra narcisos; porque el pan alimenta el cuerpo; pero los narcisos deleitan el alma». Esto es muy hermoso, ¿no se lo parece a usted?

—Sí —le contesté. Y luego le pregunté si no le gustaría bajar a dar un paseo por el jardín.

—A él no le gustaría —me respondió. Era la primera vez que mencionaba a su marido desde la noche que entré en aquella casa—. No quiere que salga.

Quise hacerle abandonar la idea, tomándola a broma; pero fue inútil, y al cabo de unos minutos renuncié a mi empeño y me puse a conversar de otras cosas. Ni siquiera entonces se me ocurrió la idea de que el miedo que Mrs. Maradick tenía a su marido fuese otra cosa que una fantasía. 

Por supuesto, veía perfectamente que no estaba loca; pero también sabía yo que a veces hay personas muy cuerdas afectadas de prejuicios inexplicables, y acepté su desafecto como un mero capricho, o una aversión. Entonces no lo entendía y —tanto da que lo confiese antes de llegar al final— hoy sigo sin entenderlo. Anoto las cosas que vi realmente, y repito que mi espíritu jamás se inclinó hacia el terreno de lo milagroso.

Las primeras horas de la tarde las pasamos en amable conversación; conversaba animadamente, cuando surgía algún tema que le interesase, y fue la última hora del día, esa hora grave y quieta en que los movimientos de la vida parecen cesar y vacilar durante unos cortos, preciosos minutos, la que nos trajo aquello que yo había temido en silencio desde mi primera noche en la casa. 

Recuerdo que me había levantado a cerrar la ventana y asomaba el cuerpo fuera para respirar unas bocanadas de aire agradable, cuando en el pasillo sonaron unas pisadas intencionadamente leves, y llegó a mis oídos la llamada habitual del doctor Brandon. 

Antes de que yo pudiera cruzar la habitación, la puerta se abrió y entraron el doctor y Miss Peterson. Yo sabía que la enfermera de día era una mujer estúpida; pero nunca me lo había parecido tanto, nunca la había visto tan acorazada y encajonada en su actitud profesional como en aquel momento.

—Me alegra verla tomando el aire. —Mientras el doctor Brandon se acercaba a la ventana, yo me preguntaba maliciosamente qué clase de contradicciones le habían convertido en un distinguido especialista en enfermedades nerviosas.

—¿Quién era el otro médico que ha traído usted esta mañana? —preguntó gravemente Mrs. Maradick. Y esto fue todo lo que jamás supe de la visita del segundo alienista.

—Una persona deseosa de curarla a usted. —El doctor se dejó caer en una silla, a su vera, y le dio una palmadita en la mano con los largos, pálidos dedos—. Estamos tan ansiosos por curarla que queremos enviarla al campo un par de semanas. Miss Peterson ha venido para ayudarla a prepararse, y yo tengo el coche abajo, esperando. No podría ofrecérsenos un día mejor para hacer un viaje, ¿verdad que no?

El momento había llegado por fin. Comprendí al instante lo que quería decir el médico, y se lo expliqué a Mrs. Maradick. Una oleada de color acudió a sus mejillas y las abandonó, y cuando me aparté de la ventana y le rodeé los hombros con el brazo, noté que su cuerpo se estremecía. 

Me di cuenta nuevamente, como me la había dado aquella noche en el estudio del doctor Maradick, de una corriente de pensamiento que penetraba en mi cerebro desde el aire de mi entorno. Aunque me costase mi carrera de enfermera y una reputación de demencia, comprendí que había de obedecer aquel aviso invisible.

—Van a llevarme a un asilo —dijo Mrs. Maradick.

El médico se escudó tras una negativa o unas evasivas tontas; pero antes de que hubiera terminado, yo me aparté de Mrs. Maradick y me enfrenté con él impulsivamente. En una enfermera, esto equivalía a una rebelión franca y clara, y sabía que el gesto arruinaba mi futuro profesional. A pesar de todo, no me importaba y no vacilé. Me impulsaba una fuerza más poderosa que yo.

—Doctor Brandon —dije—, le suplico, le imploro que espere hasta mañana. Hay cosas que debo contarle.

En la faz del médico apareció una expresión rara, y comprendí, incluso en medio de mi excitación, que estaba decidiendo mentalmente en qué grupo había de situarme, a qué clase de manifestaciones morbosas pertenecía yo.

—Muy bien, muy bien, lo escucharemos todo —contestó él en tono apaciguador. Pero vi que miraba a Miss Peterson, y esta fue al armario a buscar el abrigo de pieles y el sombrero de Mrs. Maradick.

De pronto esta, sin previo aviso, arrojó los chales lejos de sí y se puso en pie.

—Si me envían fuera —dijo—, no volveré nunca más. No viviré lo suficiente para poder regresar.

El gris del crepúsculo invadía el ambiente, y mientras permanecía plantada allí, en las sombras de la habitación, su faz brillaba, pálida y con tanto aspecto de flor como los narcisos del alféizar de la ventana.

—¡No puedo marcharme! —gritó con voz más aguda—. ¡No puedo alejarme de mi hija!

Vi su rostro claramente, oí su voz, y entonces... —¡el horror de la escena se me echa encima de nuevo!— vi que la puerta se abría lentamente y la niñita cruzaba la habitación corriendo en dirección a su madre. Vi que la niña levantaba los bracitos, y vi que la madre se inclinaba y la estrechaba contra su pecho. Tan estrechamente unidas estaban en aquel apasionado abrazo que sus formas parecían mezclarse en la penumbra que las envolvía.

—¿Y después de esto, pueden dudar? —Escupí las palabras con furia casi salvaje... y luego, al apartar la vista de la madre y la hija para fijarla en el doctor Brandon y en Miss Peterson, comprendí, desalentada... —¡oh, el sobresalto de aquel descubrimiento!— que estaban ciegos para la niña. 

Sus rostros impasibles revelaban la consternación de la ignorancia, no de la convicción. No habían visto nada, salvo los brazos vacíos de la madre y el rápido, estrambótico gesto con que se había inclinado para abrazar una presencia invisible. 

Solo mi visión, y desde entonces me he preguntado si el poder de la simpatía me permitía penetrar la telaraña de hechos materiales y ver la forma espiritual de la niña, solo mi visión no quedaba cegada por la arcilla a través de la cual miraba.

—¿Y después de esto, puede dudar? —El doctor Brandon me devolvía mis propias palabras. ¿Tenía él la culpa, pobre hombre, si la vida no le había concedido más que los ojos de la carne? ¿Era culpa suya si solo podía ver la mitad de las cosas que tenía delante?

En todo caso, ellos no veían, y como no veían, comprendí que sería inútil explicárselo. Antes de una hora, llevaban a Mrs. Maradick al asilo; y la pobre se marchó pacíficamente, aunque cuando llegó el momento de separarse de mí mostró un vestigio leve de sentimiento. Recuerdo que en el último instante, mientras estábamos paradas en la acera, se levantó el negro velo que llevaba por la niña y dijo:

—Quédese con ella todo el tiempo que pueda, Miss Randolph. Yo no regresaré ya.

Luego subió al coche y se la llevaron, mientras yo la seguía con la mirada, conteniendo los sollozos en la garganta. Con lo espantoso que me parecía el caso, no comprendía, por supuesto, todo el horror que encerraba; porque si lo hubiera comprendido, no me habría quedado allí, quieta, en la acera. 

La verdad es que no lo comprendí hasta varios meses después, cuando llegó la noticia de que había muerto en el asilo. Nunca supe de qué dolencia falleció, aunque recuerdo vagamente que se dijo algo de «fallo cardíaco»..., que es una expresión sobradamente indefinida. Por mi parte, estoy convencida de que murió de miedo a vivir.

Con gran sorpresa mía, el doctor Maradick me pidió que me quedase, después de haber llevado a su esposa a Rosedale, como enfermera oficinista suya, y cuando llegó la noticia de la muerte de Mrs. Maradick nadie habló de que yo hubiera de marcharme. 

En el día de hoy todavía no sé para qué me quería en aquella casa. Acaso pensara que si seguía viviendo bajo su techo tendría menos oportunidades de chismorrear; quizá todavía deseara poner a prueba el poder de su hechizo sobre mí. Tenía una vanidad increíble para un hombre tan realmente importante. 

Le he visto sonrojarse de placer cuando la gente se volvía para mirarle por la calle, y sé que no era incapaz de aprovecharse de la debilidad sentimental de sus pacientes. ¡Pero era guapísimo en verdad, el cielo lo sabe! Imagino que pocos hombres han sido objeto de tan estúpidos enamoramientos.

El verano siguiente, el doctor Maradick se fue un par de meses al extranjero. Mientras estuvo fuera yo pasé mis vacaciones en Virginia. Cuando regresó, tenía más trabajo que nunca —su fama no conocía límites— y mis días estaban tan llenos de citas y escapadas precipitadas hacia casos de urgencia que apenas me quedaba un minuto para recordar a la pobre Mrs. Maradick. 

Desde la tarde que la llevaron al asilo, la niña no había vuelto a frecuentar la casa; yo me estaba convenciendo ya, por fin, de que aquella figurita había sido una ilusión óptica, el efecto de un cambio de luces en la penumbra de las viejas habitaciones, y no la aparición que en otro tiempo creí contemplar. 

No se necesita mucho tiempo para que un espectro se borre de la memoria, especialmente si una persona lleva la vida activa y metódica que yo me vi obligada a llevar aquel invierno. Quizá..., ¿quién sabe...? —recuerdo que me decía a mí misma—, quizá los médicos tuvieran razón, después de todo, y la pobre señora no estuviera en sus cabales. 

Con esta visión del pasado, el juicio que me merecía el doctor Maradick iba cambiando insensiblemente. Creo que terminé por absolverle del todo. Pero entonces, cuando se levantaba limpio y espléndido en el veredicto que yo pronunciaba sobre él, la inversión vino tan precipitadamente que me quedo sin aliento, ahora, cuando trato de revivir aquellas circunstancias. 

La violencia del sesgo que tomaron de pronto los acontecimientos me dejó, imagino a menudo, con una desorientación perpetua de la imaginación.

Fue en mayo cuando nos enteramos de la defunción de Mrs. Maradick, y un año después, exactamente, en medio de una tarde perfumada en la que los jacintos florecían en grupos en torno del viejo surtidor, el ama de llaves entró en el despacho, donde yo me entretenía repasando unas cuentas, para traerme la noticia del próximo casamiento del doctor.

—No es sino lo que podíamos esperar —concluyó muy sensata—. La casa debe de parecerle vacía..., ¡es un hombre tan sociable! Pero yo no puedo dejar de imaginarme —añadió lentamente después de una pausa durante la cual me sentí recorrida por un escalofrío—, no puedo dejar de imaginarme que ha de ser duro para esa otra mujer el disponer del dinero que la pobre Mrs. Maradick heredó de su primer marido.

—¿Se trata, pues, de una cantidad de dinero muy grande? —pregunté con viva curiosidad.

—Muy grande. —Y movió la mano como si las palabras fueran una cosa demasiado inconsistente para expresarla—. ¡Millones y millones!

—Abandonarán esta casa, por supuesto.

—Esto ya está hecho, querida mía. El año que viene, por estas fechas, no quedará ni un ladrillo. La derribarán, y sobre el solar edificarán una casa de apartamentos.

Otro escalofrío me recorrió de nuevo. No podía soportar la idea de que el viejo hogar de Mrs. Maradick pudiera caerse a pedazos.

—No me ha dicho cómo se llama la novia —comenté—. ¿Es alguna que conoció estando en Europa?

—¡Oh, no, Dios mío! Es la misma con la cual estaba prometido antes de casarse con Mrs. Maradick; solo que, según dice la gente, le dejó porque no era bastante rico. Luego ella se casó con no sé qué lord o príncipe de ultramar; pero más tarde se divorciaron, y ahora ha vuelto a su primer amor. ¡Ahora ya es bastante rico, me figuro, hasta para una mujer como esa!

Todo aquello era perfectamente cierto, supongo; sonaba tan verosímil como un reportaje de un periódico; y, sin embargo, mientras el ama de llaves me lo explicaba, yo percibía, o creía percibir, una especie de silencio impalpable, siniestro, en el aire. 

Estaba nerviosa, sin duda; me había trastornado lo repentino con que el ama de llaves me había espetado la noticia; pero mientras permanecía sentada allí tenía, vivamente, la impresión de que la vieja casa estaba escuchando..., de que había una presencia real, auténtica, aunque invisible, en la habitación o en el jardín. 

Sin embargo, un instante después, cuando miré por la larga ventana que se abría sobre la terraza de ladrillo, solo vi la leve luz solar sobre el jardín desierto, con su laberinto de tiestos, su surtidor de mármol y sus trechos de jacintos trompones.

El ama de llaves se había marchado —creo que vino a llamarla una criada— y yo continuaba sentada detrás de la mesa cuando las palabras de Mrs. Maradick en aquella última noche emergieron en mi pensamiento. 

Los jacintos me trajeron el recuerdo de la mujer; porque mientras los miraba crecer tan tranquilos y áureos bajo la luz del sol, se me ocurrió pensar en el placer que le habría dado a ella el contemplarlos. Casi inconscientemente, me repetí la estrofa que la difunta señora me leyó:

«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra jacintos»... y fue en aquel instante, mientras tenía aún las palabras en los labios, cuando volví la vista hacia el laberinto de tiestos y vi a la niña saltando a la comba por el sendero engravillado que iba hasta el surtidor. 

Con toda claridad, con la claridad de la luz del día, la vi venir con ese andar que las niñas llaman paso de danza, entre los bajos bordes de las macetas hasta el lugar donde crecían los jacintos, junto al surtidor. Desde el lacio cabello castaño hasta el vestido escocés plisado y los piececitos que brincaban, calzados con calcetines blancos y zapatos negros, sobre la cuerda en movimiento, era para mí un ser tan real como el suelo que pisaba o los risueños muchachos de mármol apostados bajo el chapoteo del agua. 

Me levanté de la silla y di un paso hacia la terraza. Si podía alcanzarla..., si podía al menos hablar con ella..., comprendía que quizá, por fin, pudiera resolver el misterio. Pero con el primer revuelo de mi vestido en la terraza, la etérea forma se disolvió en la quieta penumbra del laberinto. 

Ni un soplo de aire agitó las flores, ni una sombra pasó sobre el disperso chorro del agua; y, no obstante, débil y estremecida en todos mis nervios, me senté en el peldaño de ladrillo de la terraza y estallé en llanto. Debía de comprender que ocurriría algo terrible antes de que derribasen la casa de Mrs. Maradick.

Aquella noche el doctor comió fuera. Estaba con la dama con quien iba a casarse, me dijo el ama de llaves, y sería casi medianoche cuando le oí llegar y subir a su cuarto. Yo estaba en el piso inferior porque no podía dormir, y aquella tarde había dejado en el despacho el libro que ahora quería terminar de leer. 

El libro —ya no recuerdo cuál era— me pareció muy interesante cuando lo empecé por la mañana; pero después de la visita de la niña, aquella novela romántica se me antojaba tan sosa como un tratado sobre cuidado de enfermos. Me resultaba imposible seguir las líneas, y estaba a punto de irme a la cama cuando el doctor Maradick abrió la puerta con el llavín y subió las escaleras.

Yo continuaba sentada allí cuando sonó el teléfono de mi mesa, de una manera que a mis nervios sobreexcitados les pareció singularmente brusca, y la voz de la inspectora me dijo apresuradamente que al doctor Maradick se le necesitaba con gran urgencia en el hospital. 

Estaba yo tan habituada a estas llamadas nocturnas de urgencia que me quedé muy tranquilizada después de haber llamado al doctor a su cuarto y haber escuchado el tono amable, cordial de su voz al responder. Todavía no se había desnudado —me dijo— y bajaría inmediatamente, mientras yo ordenaba que viniera de nuevo su coche, que debía de haber llegado apenas al garaje.

—¡Estaré ahí dentro de cinco minutos! —dijo con la misma animación que si le hubiera llamado para su boda.

Le oí cruzar su habitación, y antes de que pudiera llegar a la cima de las escaleras, abrí la puerta y salí al vestíbulo para encender la luz y esperarle con el sombrero y el abrigo preparados. El interruptor eléctrico estaba en el extremo del vestíbulo, y mientras me dirigía allá, guiada por el leve resplandor que bajaba del descansillo de arriba, levanté los ojos hacia las escaleras que ascendían en la penumbra, con la esbelta balaustrada de caoba, hasta el tercer piso. 

Y fue entonces, en el mismo momento que el doctor, tarareando alegremente, empezaba a descender a toda prisa las escaleras, cuando vi con toda claridad —y así lo juraré hasta en mi lecho de muerte— una cuerda de saltar a la comba, enrollada al descuido en el suelo, como si se hubiera caído de una manita distraída, en la curva de las escaleras. 

De un salto llegué al interruptor, inundando el vestíbulo de luz. Y en el preciso momento que encendía las luces, mientras tenía el brazo estirado todavía hacia atrás, oí que el canturreo se convertía en un grito de terror o sorpresa, y vi que la figura de las escaleras tropezaba y se desplomaba pesadamente mientras sus manos parecían buscar apoyo en el vacío. 

El grito de advertencia murió en mi garganta al mismo tiempo que veía al doctor Maradick rodando por el largo tramo de escaleras hasta llegar abajo, junto a mis pies. Antes de inclinarme sobre él, antes de limpiarle la sangre de la frente y tentar con la mano su silencioso corazón, ya sabía que estaba muerto.

Algo... —pudo ser, como cree la gente, un paso en falso en la oscuridad, o acaso fuese, como yo me siento inclinada a creer y atestiguar, un juicio invisible—, algo le había matado en el momento en que más ganas tenía de vivir.