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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 6 y última)

Dilvish se detuvo una vez para apoyar la mano en el muro.

—¿Está lejos? —preguntó.

—Sí. ¿Por qué?

—Sigo notando las vibraciones con mucha fuerza —dijo Dilvish—. Debemos estar muy por debajo del nivel del castillo... metidos ya en la montaña.

—Cierto —replicó Reena, dando otra vuelta.

—Al principio he temido que nos echaran el castillo en la cabeza...

—Seguramente destruirán el castillo si esto dura mucho más —dijo la joven—. Estoy muy orgullosa de Ridley... a pesar de las inconveniencias.

—No me refería exactamente a eso —dijo Dilvish, mientras continuaban la huida hacia abajo—. ¡Eh! ¡Esto empeora! —Extendió una mano para conservar el equilibrio mientras la escalera temblaba con una pasajera onda de choque—. ¿No os parece que toda la montaña está temblando?

—Sí, así es —replicó Reena—. Debe ser cierto.

—¿El qué?

—Oí decir que hace siglos, en la cumbre de su poder, el ma... Jelerak creó esta montaña con un conjuro.

—¿Y?

—Si él está suficientemente arraigado en este lugar, supongo que podrá recurrir a esos viejos hechizos suyos para obtener más fuerza. En cuyo caso...

—La montaña podría derrumbarse igual que el castillo.

—Existe esa posibilidad. ¡Oh, Ridley! ¡Buena suerte!

—¡No será tan buena si seguimos debajo!

—Cierto —dijo Reena, que de pronto avanzó más deprisa todavía—. Puesto que él no es vuestro hermano, entiendo vuestra opinión. Sin embargo, debéis estar complacido viendo a Jelerak tan apremiado.

—Así es —admitió Dilvish—, pero debéis prepararos para cualquier contingencia.

Reena guardó silencio unos instantes.

—¿La muerte de Ridley? —preguntó por fin—. Sí. Hace tiempo que comprendí que había grandes posibilidades de esto, fuera cual fuese la naturaleza de su encuentro. De todas formas, desaparecer con tanto estrépito... Eso también impresiona, ¿sabéis?

—Sí —replicó Dilvish—. Yo también lo he pensado muchas veces.

De pronto, llegaron al rellano. Reena lo cruzó inmediatamente y condujo a Dilvish hacia un túnel. El rocoso suelo tembló bajo sus pies. La luz danzó de nuevo. En alguna parte hubo un lento ruido rechinante que duró tal vez diez segundos. Entraron corriendo en el túnel.

—¿Y vos? —dijo Reena, mientras se adentraban presurosos en el túnel—. Si Jelerak sobrevive, ¿continuaréis buscándole?

—Sí —dijo Dilvish—. Sé con certeza que él tiene como mínimo otras seis ciudadelas. Conozco la localización aproximada de varias. Las buscaré igual que busqué este lugar.

—Yo he estado en tres —replicó Reena—. Si sobrevivimos a esto, os explicaré algo de ellas. Tampoco será fácil asaltarlas.

—Eso no importa —dijo Dilvish—. Nunca pensé que fuera fácil. Si él vive, iré a visitarlas. Si no consigo localizarle, las destruiré una a una hasta que él tenga que verme por fuerza.

El ruido rechinante se produjo otra vez. Fragmentos de roca cayeron alrededor de la pareja. Mientras esto ocurría, la luz flotante desapareció.

—Quedaos quieto —dijo Reena—. Haré otra.

Varios instantes después, otra luz brilló entre las manos de la joven. Siguieron avanzando y los ruidos de la roca cesaron un rato.

—¿Qué haréis si Jelerak muere? —preguntó Reena.

Dilvish guardó silencio unos momentos.

—Visitaré mi patria —dijo por fin—. Ha pasado mucho tiempo desde que me fui. ¿Qué haréis vos si conseguimos salir de aquí?

—Tooma, Ánkyra, Blostra —replicó Reena—, como ya he dicho, si encuentro algún caballero deseoso de escoltarme hasta alguna de esas ciudades.

—Creo que eso podría arreglarse —dijo Dilvish.

Al acercarse al final del túnel, un intenso temblor recorrió la montaña entera. Reena se tambaleó; Dilvish la sujetó y fue arrojado contra el muro. A través de los hombros, notó las potentes vibraciones de la roca. Detrás de la pareja se inició un constante estruendo al caer piedras.

—¡Deprisa! —dijo Dilvish, empujando a la joven.

La luz avanzó ebriamente ante ellos. Llegaron a una fría caverna.

—Este es el lugar —dijo Reena, señalando con el dedo—. El trineo está allí.

Dilvish vio el vehículo, cogió del brazo a Reena y se dirigió hacia él.

—¿A qué altura de la montaña estamos? —preguntó.

—Dos tercios del camino, más o menos —dijo Reena—. Estamos un poco por debajo del punto donde la pendiente se hace muy escarpada.

—De todas formas, la pendiente no será suave —dijo Dilvish. Se detuvo junto al vehículo y apoyó una mano en el borde—. ¿Cómo proponéis sacarlo fuera?

—Esa será la parte difícil —replicó la joven. Metió la mano en su corpiño y sacó un pergamino doblado—. He arrancado esta hoja de uno de los libros de la torre. Cuando ordené a los criados que construyeran este trineo, sabía que necesitaría algo fuerte para arrastrarlo. Se trata de un encantamiento bastante complejo, pero hará venir a un animal demoníaco que obedecerá nuestras órdenes.

—¿Puedo verlo?

Reena le dio la hoja. Dilvish la desdobló y la sostuvo cerca de la luz flotante.

—Este hechizo requiere preparativos bastante largos —dijo instantes después—. No creo que nos quede tanto tiempo, a juzgar por la forma en que tiembla y se desmorona todo.

—Pero es la única posibilidad que tenemos —dijo Reena—. Necesitaremos estas provisiones. Yo no podía saber que la maldita montaña iba a desmoronarse. Tendremos que arriesgarnos a esa demora.

Dilvish sacudió la cabeza y le devolvió la hoja.

—Aguardad aquí —dijo—, ¡y no iniciéis ese hechizo todavía!

Dilvish dio media vuelta y se abrió paso por el túnel, donde soplaban heladas ráfagas. Cristales de nieve yacían en el suelo. Tras doblar un breve recodo, vio la amplia boca de la cueva, débilmente iluminada. El suelo tenía una gruesa capa de nieve encima del hielo. 

Dilvish se acercó a la entrada, asomó la cabeza, miró hacia abajo. Era posible pasar el trineo por el borde del saliente hasta un punto no muy alto a la izquierda. Pero luego el vehículo simplemente caería como un cohete, alcanzando una velocidad suicida mucho antes de llegar al pie de la montaña.

Dilvish avanzó hasta el mismo saliente, miró hacia arriba. Una proyección rocosa le impidió ver más arriba. Avanzó cinco pasos a la izquierda, observó, miró alrededor. Luego se aproximó al extremo derecho del saliente y volvió a mirar, protegiendo sus ojos de la ráfaga de helados cristales con una mano.

—¿Qué era aquello...?

—¡Black! —gritó Dilvish a un retazo de sombra más oscuro situado más arriba y a un lado—. ¡Black!

La sombra pareció agitarse. Dilvish ahuecó las manos a ambos lados de su boca y gritó de nuevo.

—¡Diiil... viish! —La respuesta bajó la pendiente hacia el guerrero en cuanto se apagó su grito.

—¡Aquí abajo! —Agitó las manos por encima de la cabeza.

—¡Ya... te... veo!

—¡¿Puedes llegar hasta aquí?!

No hubo réplica, pero la sombra se movió. Bajó del saliente donde estaba e inició un lento descenso con las patas rígidas hacia Dilvish, que siguió donde estaba, bien visible, agitando los brazos. 

La silueta de Black no tardó en aclararse entre los remolinos de nieve. Avanzaba con paso firme. Pasó por la mitad del recorrido, continuó. Al llegar junto a Dilvish, Black irradió calor varios segundos y la nieve se fundió y goteó a ambos lados.

—Están ocurriendo asombrosas brujerías en lo alto —dijo Black—. Vale la pena observarlas.

—Mucho mejor que lo hagamos de lejos —replicó Dilvish—. La montaña entera podría venirse abajo.

—Sí, se vendrá abajo —dijo Black—. Algo que hay arriba está recurriendo a viejos encantamientos muy elementales incrustados por todo el lugar. Es muy instructivo. Monta y te llevaré abajo.

—No es tan sencillo.

—¿Ah, no?

—Hay una mujer... y un trineo en la cueva.

Black apoyó las patas delanteras en el saliente y, tras tomar impulso, se situó junto a Dilvish.

—Entonces será mejor echar un vistazo —dijo—. ¿Cómo te ha ido arriba?

Dilvish se encogió de hombros.

—Todo eso habría sucedido igualmente sin estar yo, seguramente —dijo—, pero al menos he tenido el placer de ver a alguien poner en apuros a Jelerak.

—¿Está él arriba?

Se adentraron en la cueva.

—Su cuerpo está en otro sitio, pero la parte que muerde ha rendido visita.

—¿Con quién está peleando?

—Con el hermano de la dama que estás a punto de conocer. Por aquí.

Doblaron el recodo y entraron en la cueva más espaciosa. Reena seguía de pie junto al trineo. Se había cubierto con una piel. Los cascos metálicos de Black resonaron en la roca.

—¿Deseabais un animal demoníaco? —le dijo Dilvish—. Black, esta es Reena. Reena, os presento a Black.

Black inclinó la cabeza.

—Encantado —dijo Black—. Vuestro hermano me ha proporcionado considerable diversión mientras aguardaba fuera.

Reena sonrió y extendió una mano para tocarle el cuello.

—Gracias —dijo la joven—. Me complace conocerte. ¿Puedes ayudarnos?

Black se volvió y observó el trineo.

—Detrás —dijo al cabo de unos instantes. Y agregó—: Enganchado detrás del trineo, podría sujetarlo un poco y dejar que me precediera montaña abajo. Pero los dos tendréis que caminar... junto a mí, agarrados. No creo poder hacerlo si os ponéis en el trineo. Incluso así será difícil, pero considero que es la única forma.

—En ese caso, será mejor que lo saquemos y partamos —dijo Dilvish mientras la montaña temblaba de nuevo.

Reena y Dilvish agarraron el vehículo por ambos lados. Black se apoyó sobre la parte trasera. El trineo empezó a moverse. En cuanto llegaron a la nieve del suelo de la cueva, el avance se hizo más fácil. Finalmente, dieron vuelta al vehículo en la boca de la gruta y engancharon a Black a los arreos. 

Con cuidado, suavemente después, pasaron la parte trasera del vehículo por el saliente en la zona no muy elevada de la izquierda mientras Black avanzaba despacio, manteniendo la tensión en los arreos. Los patines golpearon la nieve de la pendiente y Black dejó caer el trineo hasta que reposó totalmente en el terreno. Luego fue detrás cautelosamente, dando rígidos tirones hacia arriba para sujetar el trineo tras dar el último salto.

—Muy bien —dijo—. Ahora bajad y agarraos a mí, uno a cada lado.

Dilvish y Reena lo siguieron y ocuparon sus respectivas posiciones. Black inició lentamente el avance.

—Difícil —dijo mientras descendían—. Un día inventarán nombres para las propiedades de los objetos, como la tendencia de un objeto a moverse en cuanto está en movimiento.

—¿De qué servirá eso? —preguntó Reena—. Todo el mundo sabe ya que eso es lo que sucede.

—¡Ah! Pero pueden aplicarse números a la cantidad de materia implicada y a la cantidad de empuje requerido, y obtener prodigiosos y útiles cálculos.

—Parece demasiado problemático para tan escaso provecho —dijo la joven—. Idear magia es mucho más fácil.

—Quizá tengáis razón.

Descendieron firmemente; los cascos de Black aplastaron la helada corteza. Más tarde, cuando por fin llegaron a un lugar desde donde se divisaba el castillo, vieron que la torre más elevada y otras no tan altas habían caído. Mientras lo observaban, una porción de muro se desmoronó. Los fragmentos rodaron por el borde y, por fortuna, bajaron la ladera muy a la derecha del grupo. 

Debajo de la nieve, la montaña temblaba constantemente, y llevaba ya largo rato así. Rocas y trozos de hielo rebotaban de vez en cuando junto a los tres fugados. Siguieron descendiendo durante lo que les pareció un tiempo interminable. Black movió el trineo hacia abajo, poco a poco, paso a paso, mientras Reena y Dilvish arrastraban sus ateridos pies junto a la montura.

Al llegar cerca del pie de la ladera, un terrible estruendo reverberó alrededor del grupo. Tras levantar la cabeza, vieron cómo se desmoronaban y menguaban los restos del castillo, que se plegaba sobre sí mismo. Black apretó el paso arriesgadamente mientras los fragmentos caían alrededor.

—Cuando lleguemos abajo —dijo—, desatadme inmediatamente, pero poneos al otro lado del trineo mientras lo hacéis. Lo pondré de través cuando lleguemos allí. Después, si podéis engancharme delante sin perder tiempo, hacedlo. Pero si la lluvia de fragmentos es demasiado fuerte, agazapaos al otro lado del trineo. Yo me situaré delante para servir de escudo. Pero si podéis engancharme delante, subid enseguida y mantened agachada la cabeza.

Bajaron patinando buena parte del trecho final, y por un instante pareció que el trineo iba a volcar mientras Black lo manejaba. Tras incorporarse, Dilvish empezó a desenganchar rápidamente el arnés. Reena se puso detrás del trineo y miró hacia arriba.

—¡Dilvish! ¡Mirad! —gritó.

Dilvish levantó la cabeza mientras terminaba de soltar los arreos y Black se apartó. El castillo había desaparecido por completo y habían surgido grandes fisuras en la ladera. En la cumbre de la montaña, dos columnas de humo, una oscura y otra clara, se erguían inmóviles pese al viento que debía azotarlas. Black se colocó entre los arreos. Dilvish comenzó a engancharlo otra vez. Más fragmentos descendían por la ladera, a la derecha del grupo.

—¿Qué es eso? —dijo Dilvish.

—La columna oscura es Jelerak —replicó Black.

Dilvish siguió observando de vez en cuando mientras enganchaba a Black, y de pronto vio que las columnas se movían, despacio, una hacia la otra. No tardaron en entrecruzarse, aunque sin confundirse, retorciéndose y enredándose como un par de serpientes en plena pelea. Dilvish terminó de poner los arneses.

—¡Subid! —gritó a Reena mientras otra porción de la montaña se desmoronaba.

—¡Tú también! —dijo Black, y Dilvish se colocó junto a la joven.

No tardaron en correr, cobrando cada vez más velocidad. La parte alta de la masa de hielo reventó y, pese a ello, los ondulantes rivales siguieron girando en el cielo.

—¡Oh, no! ¡Ridley está debilitándose! —dijo Reena mientras continuaba la huida. Dilvish vio que la columna oscura llevaba a la otra hacia el corazón de la desmoronada montaña. Black apretó el paso, aunque todavía resbalaban. Al poco tiempo, los humeantes rivales desaparecieron en lo alto. Black más velozmente, hacia el sur.

Tal vez pasó un cuarto de hora sin cambios en el panorama que dejaban atrás, aparte de que iba menguando de tamaño. Pero Dilvish y Reena, agazapados bajo las pieles, siguieron observando. Una sensación de premonición parecía brotar del paisaje. 

Cuando se produjo la conmoción, la tierra tembló y lanzó el trineo de un lado a otro, y los temblores continuaron mucho tiempo. La cumbre de la montaña reventó, salpicando el cielo con una oscura nube expansiva. Luego, la negra mancha quedó marcada con rayas, ensanchada por el viento, y algunas porciones se alargaron hacia el oeste como dedos lentamente extendidos. Al cabo de un rato, una potente onda de choque alcanzó al grupo.

Mucho más tarde, una solitaria nube, apagada y de bordes irregulares, la nube oscura, se separó de la confusión. Arrastrando rasgadas humaredas, sacudida por el viento, avanzó igual que un viejo tambaleante, huyendo hacia el sur. Pasó muy a la derecha del grupo y no se detuvo.

—Ese es Jelerak —dijo Black—. Está herido.

Contemplaron la turbulenta nube hasta que desapareció de pronto muy hacia el sur. Luego, de nuevo volvieron la cabeza hacia las ruinas del norte. Siguieron observando hasta que el lugar dejó de verse, pero la columna blanca no se alzó. Finalmente, Reena bajó la cabeza. Dilvish le pasó un brazo por los hombros. Los patines del trineo cantaban suavemente al deslizarse por la nieve.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 2)

El último grito cesó con una apagada nota. Ridley se puso de pie y cruzó el salón hasta una ventana. Frotó el empañado vidrio con la palma de la mano, con un rápido movimiento circular. Acercó la cara a la parte que había limpiado, conteniendo el aliento.

—¿Qué ves? —le preguntó por fin Reena.

—Nieve —murmuró Ridley—, hielo...

—¿Nada más?

—Mi reflejo —respondió el joven, colérico, apartándose de la ventana.

Paseó de un lado a otro. Al pasar junto al rostro del espejo, los espectrales labios se movieron.

—Ha llegado la hora —dijo el espejo.

Ridley replicó con una obscenidad. Continuó paseando, las manos aferradas a la espalda.

—¿Crees que Meg vio realmente algo abajo? —preguntó.

—Sí. Hasta el espejo ha cambiado su tonada.

—¿Qué piensas que es?

—Un hombre con una extraña montura.

—Tal vez no venga hacia aquí. Quizá va de camino a otro sitio.

Reena rió en silencio.

—De camino a la taberna más próxima para echar unos tragos —dijo ella.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡No pienso con claridad! ¡Estoy nervioso! Supongamos, solo supongamos, que él no llega aquí. Solo es un hombre.

—Con una espada. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una en tus manos?

Ridley se humedeció los labios.

—Y él debe ser bastante fuerte —dijo Reena— para haber llegado tan lejos cruzando estas inmensidades.

—Están los criados. Me obedecen. Puesto que ya están muertos, él tendrá problemas para matarlos.

—Ese será el resultado más lógico. Por otra parte, los criados son algo más lentos y torpes que la gente normal... y es posible despedazarlos.

—No haces mucho para animarme, ¿sabes?

—Trato de ser realista. Si afuera hay un hombre con botas elfas, tiene una posibilidad de llegar aquí. Si es de raza fuerte y maneja bien la espada, tiene la posibilidad de cumplir la misión para la que fue enviado.

—¿Y tú seguirás burlándote y lamentándote cuando él me rebane la cabeza? ¡Recuerda que la tuya también rodará!

Reena sonrió.

—No soy responsable en modo alguno de lo que sucedió.

—¿Realmente crees que él lo verá de esa forma? ¿Que se tomará la molestia de verlo así?

Reena apartó la mirada.

—Tuviste una oportunidad —dijo muy despacio— de ser uno de los grandes. Pero no quisiste seguir los cursos normales del desarrollo. Ansiabas poder. Precipitaste las cosas. Corriste lejos. Creaste una situación doblemente peligrosa. Pudiste explicar el cierre como un experimento que no resultó. Pudiste disculparte. Él se habría irritado, pero lo habría aceptado. Pero ahora, sin poder remediar lo que hiciste, ni hacer mucho en otro sentido, todo sea dicho, ahora él se enterará de lo que pasó. Sabrá que intentaste multiplicar tu poder hasta el punto incluso de desafiarle. Ya sabes cuál ha de ser su respuesta en estas circunstancias. Casi simpatizo con él. Si yo fuera él, tendría que hacer lo mismo: destruirte antes de que dominaras al otro. Te has convertido en un hombre sumamente peligroso.

—¡Pero si estoy impotente! ¡No puedo hacer una maldita cosa! ¡Ni siquiera hacer callar a ese simple espejo! —gritó Ridley, señalando el rostro que acababa de hablar otra vez—. ¡En este estado no constituyo amenaza para nadie!

—Aparte de que le has importunado al impedirle el acceso a una de sus fortalezas —dijo Reena—, él tendrá que considerar la posibilidad de que tú continúes aprovechándote... Es decir, que si tú te haces con el control del otro, serás uno de los magos más poderosos del mundo. Siendo su aprendiz... perdón, su exaprendiz, que al parecer ha usurpado una parte de su dominio, solo puede pasar una cosa: un duelo mágico en el que tú tienes una posibilidad de acabar con él. Ya que ese duelo aún no ha comenzado, él debe suponer que no estás preparado... o que estás recurriendo a cierto juego de espera. Por eso ha enviado un vengador humano, antes de correr el riesgo de que tú hayas transformado este lugar en alguna especie de trampa mágica.

—Todo pudo ser un simple accidente. Él también tendría que considerar esa posibilidad...

—En las circunstancias actuales, ¿correrías tú el riesgo de suponer eso y aguardar? Ya conoces la respuesta. Enviarías un asesino.

—He sido un buen siervo. Le he cuidado este lugar...

—Asegúrate de pedirle misericordia por eso la próxima vez que lo veas.

Ridley se detuvo y se frotó las manos.

—Tal vez tú podrías seducirlo. Eres muy atractiva...

Reena sonrió de nuevo.

—Me acostaría con él en un iceberg y no me quejaría —dijo—. Si eso nos sacara del apuro, le ofrecería el mejor paseo a caballo de su larga vida. Pero un mago como ese...

—No él. El vengador.

—Ah.

Reena enrojeció de pronto. Luego meneó la cabeza.

—No puedo creer que alguien que ha viajado tanto se deje disuadir de sus propósitos por un poco de coqueteo, aunque sea con alguien de mis reconocidos encantos. Por no hablar de la idea del castigo a su fracaso. No. Te desvías otra vez del problema real. Solo hay una salida para ti, y ya sabes cuál es.

Ridley bajó los ojos, manoseó el anillo de la cadena.

—El otro... —dijo—. Si controlara al otro, todos nuestros problemas terminarían...

Miró fijamente el anillo como si estuviera hipnotizado.

—Exacto —replicó Reena—. Esa es la única posibilidad real.

—Pero ya conoces mis temores...

—Sí. También son los míos.

—Si no da resultado... ¡si el otro me controla a mí!

—Bien, de cualquier forma estás condenado. Recuerda: un camino es seguro. El otro... ese camino ofrece todavía una posibilidad.

—Sí —dijo Ridley, que seguía sin mirar a la joven—. ¡Pero tú no conoces el horror de eso!

—Puedo suponerlo.

—¡Pero no tienes que sufrirlo!

—Tampoco he creado yo esta situación.

Ridley le lanzó una feroz mirada.

—Estoy harto de oírte alegar inocencia simplemente porque el otro no es tu creación. ¡Al principio hablé contigo y te expliqué todo cuanto pretendía hacer! ¿Intentaste disuadirme? ¡No! ¡Viste las ganancias que nos aguardaban! ¡Me apoyaste para hacerlo!

Reena se tapó la boca con las puntas de los dedos y bostezó delicadamente.

—Hermano —dijo—, supongo que tienes razón. Pero eso no cambia nada, ¿verdad? Nada de lo que hay que hacer...

Ridley hizo rechinar los dientes y se volvió de espaldas.

—No lo haré. ¡No puedo!

—Tal vez pienses de otra forma cuando él llame a la puerta.

—Tenemos infinidad de métodos para enfrentarnos a un solo hombre... ¡aunque sea un espadachín experto!

—¿Pero no lo entiendes? Aunque triunfaras, solo estarías posponiendo la decisión, no resolviendo el problema.

—Necesito ese tiempo. Tal vez imagine una forma de obtener una pequeña ventaja sobre el otro.

Las facciones de Reena se suavizaron.

—¿Realmente crees eso?

—Todo es posible, supongo...

La joven suspiró y se levantó. Se acercó a Ridley.

—Ridley, estás engañándote —dijo—. Jamás serás más fuerte que ahora.

—¡No es cierto! —exclamó él. Continuó yendo de un lado a otro—. ¡No es cierto!

Otro grito sonó en el pasillo. El espejo repitió su mensaje.

—¡Hazlo callar! ¡Tenemos que hacerle callar! ¡Después me preocuparé del otro!

Dio media vuelta y salió impetuosamente del salón. Reena bajó la mano que había alzado hacia Ridley y volvió a la mesa para acabar el vino. El hogar seguía dando quejidos.

Black completó el hechizo. Jinete y montura permanecieron inmóviles un rato.

—¿Ya está? —preguntó finalmente Dilvish.

—Ya está. Ahora estás protegido hasta el segundo nivel.

—No me siento distinto.

—Así debes sentirte.

—¿Debo hacer algo especial para solicitar su defensa si surge la necesidad?

—No, es totalmente automático. Pero que eso no te impida ejercitar la precaución normal respecto a cosas mágicas. Cualquier método tiene puntos débiles. Pero esto es lo mejor que podía hacer yo en el escaso tiempo disponible.

Dilvish asintió y miró la torre de hielo. Black levantó la cabeza y también la observó.

—Supongo que todos los preliminares están resueltos —dijo Dilvish.

—Eso parece. ¿Estás listo?

—Sí.

Black inició el avance. Mirando hacia abajo, Dilvish observó que los cascos parecían de mayor tamaño, más lisos. Quiso hacer la correspondiente pregunta al respecto, pero el viento sopló con más fuerza conforme Black cobraba velocidad y el guerrero decidió economizar su aliento. La nieve le produjo picor en mejillas y manos. Entrecerró los ojos y se inclinó más hacia adelante.

Todavía en terreno plano, el paso de Black fue aumentando poco a poco, y su casco despidió un sonido casi como de campana al golpear una piedra. Pronto avanzó más velozmente que cualquier caballo. A ambos lados, todo se convirtió en una nívea mancha. Dilvish trató de no mirar al frente para proteger sus ojos y su cara. Se agarró con fuerza y pensó en el rumbo que había seguido.

Había escapado del mismo Infierno tras dos siglos de tormento. Muchos humanos que había conocido ya habían muerto y el mundo estaba algo cambiado. Pero el que le había desterrado, condenándole al hacer tal cosa, seguía vivo: el viejo mago Jelerak. 

En los meses siguientes a su regreso, Dilvish buscó a ese ser, una vez libre de la exigencia de una vieja obligación ante los muros de Portaroy. En ese momento, pensó Dilvish, solo vivía para vengarse. Y aquella torre, aquella torre de hielo, una de las siete fortalezas de Jelerak, era el punto más próximo a su enemigo al que había llegado.

Del Infierno se había llevado una colección de Frases Atroces, hechizos de mortífera potencia, tan mortíferos que el que los pronunciaba podía correr un riesgo tan grande como la víctima si su ejecución era ligeramente menos que perfecta. Dilvish solo había usado una Frase Atroz desde su regreso, consiguiendo arrasar una ciudad entera. Su escalofrío fue provocado por el recuerdo de aquel día en la cumbre de la colina, no por las heladas ráfagas que le asaltaban.

Un cambio de equilibrio le indicó que Black había llegado a la pendiente e iniciado el ascenso. El viento producía un ruido atronador. Dilvish bajó la cabeza para protegerse de la persistente caída de hielo. Notó el rápido crujido de los cascos de Black, un sonido constante, todos los movimientos extraordinariamente potentes. Si Black resbalaba, Dilvish sabía que todo habría acabado... Adiós otra vez, mundo... Y Jelerak seguiría impune...

Conforme la reluciente superficie volaba bajo él, Dilvish se esforzó en apartar de su mente los pensamientos en Jelerak, muerte y venganza. Mientras escuchaba el viento y los crujidos del hielo, sus pensamientos se libraron del presente, flotaron sobre los días de infortunio, los días de campañas y viajes, y se posaron en una húmeda mañana estival en los bosques de la lejana Tierra Elfa. 

Él iba de caza cerca del castillo de Mirata. El sol era enorme y dorado, las brisas frescas y, por todas partes... verdor. Dilvish casi olió la tierra, notó la textura de la corteza de los árboles... ¿Volvería a conocer eso alguna vez, tal como había hecho en otro tiempo?

Un grito inarticulado escapó de su garganta, lanzado contra el viento, el destino y la tarea que se había asignado. Dilvish maldijo y se agarró más fuertemente con las piernas; su equilibrio se había alterado otra vez y Dilvish comprendió que la subida era más empinada.

Los cascos de Black golpeaban el suelo quizás un poco más lentamente. Las manos, los pies y la cara de Dilvish estaban entumeciéndose. Se preguntó cuánto habrían ascendido. Se aventuró a mirar al frente, pero solo vio velocísima nieve. «Hemos recorrido un gran trecho», decidió. ¿Dónde estaría el final?

Evocó sus recuerdos de la montaña vista desde abajo, trató de juzgar su posición. Seguramente estarían cerca del punto medio. Quizás, incluso lo habían pasado... Contó los latidos de su corazón, contó las veces que caían los cascos de Black. Sí, al parecer la enorme bestia estaba yendo más despacio... Se arriesgó de nuevo a mirar al frente. 

En esta ocasión tuvo un fugacísimo vislumbre de la imponente cuesta alzada y extendida ante él, centelleando en el atardecer, escarpada, cristalina. La montaña ocultaba buena parte del cielo, por lo que Dilvish dedujo que debían estar cerca.

Black continuó avanzando más despacio. El rugiente viento bajó su voz. La nieve golpeó a Dilvish con fuerza ligeramente disminuida. Dilvish miró hacia atrás por encima del hombro. Vio la gran pendiente extendida detrás, reluciente como los mosaicos de los baños de Ankyra. Hacia abajo, hacia abajo y hacia atrás... Habían recorrido una gran distancia.

Black iba más despacio. Dilvish escuchó tanto como vio el crujir de nieve y hielo aplastados bajo los cascos. Se soltó un poco, se echó ligeramente hacia atrás, levantó la cabeza. Allí estaba el último trecho hacia la torre, que relucía oscuramente, mucho más cerca ya.

De pronto, el viento cesó. El monolito debía estar bloqueándolo, decidió Dilvish. La nieve flotaba con mucha más suavidad. El paso de Black se había transformado en un mediogalope, aunque se esforzaba con no menos diligencia que hasta entonces. El viaje por el túnel cubierto de blanco estaba próximo a su fin.

Dilvish varió de nuevo su posición para examinar mejor la elevada escarpa. En este lugar, su superficie se había convertido en un conjunto de texturas. Con el aleteo de las sombras, Dilvish distinguió prominencias, grietas. Roca desnuda sobresalía en numerosos lugares. Rápidamente Dilvish recorrió posibles caminos hacia la cumbre.

Black iba más despacio todavía, casi paseando, pero ya estaban cerca del lugar donde empezaba la escarpadura más abrupta. Dilvish miró alrededor en busca de un punto donde parar.

—¿Qué te parece ese borde de la derecha, Black? —preguntó.

—No es gran cosa —fue la réplica—. Pero vamos hacia allí. La parte más arriesgada será llegar a la roca. No te sueltes aún.

Dilvish se agarró fuertemente mientras Black salvaba cien metros, cien más.

—Desde aquí parece más ancho que desde abajo —observó.

—Sí. Y también más alto. Agárrate bien. Si resbalamos aquí, hay un largo trecho hasta abajo.

El paso de Black se aceleró un poco con la cercanía del saliente que se alzaba casi hasta la altura de un hombre en la ladera. Estaba encajado ligeramente en la faz de la escarpa. Black saltó. Sus cascos traseros golpearon una prominencia de medio metro, una desnuda arruga de helada roca que se extendía horizontalmente por debajo del saliente. El impulso le permitió continuar. La prominencia se partió y destrozó, pero las patas delanteras de Black ya estaban en el rocoso zócalo y las traseras se enderezaron con un suave brinco. Black se debatió en el saliente y encontró un punto de apoyo.

—¿Estás bien? —preguntó Black.

—Sí —dijo Dilvish.

Volvieron simultáneamente la cabeza, despacio, y contemplaron las olas de blanco levantadas por el viento, nubes de humo que atravesaban el rutilante paraje. Dilvish extendió la mano y dio unas palmadas en el lomo de Black.

—Bien hecho —dijo—. En algunos momentos he estado un poco preocupado.

—¿Piensas que has sido el único?

—No. ¿Podremos bajar otra vez?

Black hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Pero tendremos que hacerlo con bastante más lentitud que el ascenso. Es posible que hasta tengas que caminar junto a mí, agarrado. Ya veremos. Este saliente parece prolongarse un poco hacia la montaña. Lo examinaré mientras te dedicas a tus asuntos. Quizás haya un camino de descenso algo mejor. Será más fácil averiguarlo desde aquí.

—De acuerdo —dijo Dilvish, y desmontó por el lado más próximo a la faz de la montaña.

Se quitó los guantes y se frotó las manos, sopló encima de ellas, se las metió bajo las axilas unos instantes.

—¿Has determinado el lugar para tu escalada?

—A la izquierda. —Dilvish señaló el lugar con la cabeza—. Esa grieta llega casi hasta arriba, y es bastante irregular a ambos lados.

—Parece una buena elección. ¿Cómo llegarás hasta allí?

—Comenzaré a subir por aquí. Estos agarraderos parecen bastante buenos. Llegaré a esa grieta después de la primera raja, esa tan grande.

Dilvish se quitó el cinto con la espada y se lo echó al hombro. Se frotó de nuevo las manos, se puso los guantes después.

—Será mejor que me ponga en marcha —dijo—. Gracias, Black. Ya nos veremos.

—Buen detalle que calces esas botas elfas —dijo Black—. Si tropiezas, sabes que caerás de pie... al final.

Dilvish soltó una risotada y extendió la mano hacia el primer agarradero.

Vistiendo un oscuro vestido, envuelta en un mantón verde, la bruja se hallaba sentada en una banqueta en el rincón del recinto subterráneo. Las antorchas llameaban y despedían humo en los dos huecos de la pared, fundiendo las porciones superiores y laterales del barniz de hielo que cubría paredes y techo. Una lamparilla de aceite ardía cerca de sus pies en la roca cubierta de paja del suelo. La bruja canturreó mientras acariciaba una de las hogazas de pan que llevaba en su manto.

Frente a ella había tres pesadas puertas de madera, cerradas con barras de oxidado metal, con ventanillas de rejas en lo alto. Tenues ruidos de movimiento brotaban de la del centro, pero la bruja no les prestaba atención. El agua que goteaba del irregular techo de piedra por encima de las antorchas había formado charcos que se extendían por la hierba y perdían sus lindes. El ruido del goteo acompañaba de forma sincopada el canturreo de la bruja.

—Mis pequeñas, mis preciosas —cantaba—. Venid, Meg. Venid con mamá Meg.

Hubo ruido de fuga precipitada en la paja, en el oscuro rincón próximo a la puerta de la izquierda. Apresuradamente la bruja partió un trozo de pan y lo echó en esa dirección. Hubo nuevos crujidos y suaves movimientos. La bruja hizo un gesto de aprobación, se meció en su asiento y sonrió.

En algún punto, tal vez detrás de la puerta central, hubo un tenue gemido. La bruja ladeó la cabeza un instante, pero después solo hubo silencio.

Lanzó otra miga de pan al mismo rincón. Los ruidos que siguieron fueron más rápidos, más pronunciados. La paja se alzó y descendió. La bruja echó otro trozo, frunció los labios y pronunció un suave ruido de gorjeo. Lanzó más pan.

—Mis pequeñas —cantó de nuevo, mientras una decena de ratas se aproximaban, saltaban sobre el pan, lo partían y lo tragaban. Más animales salieron de las partes oscuras y se unieron a los primeros para luchar por la comida. Se produjeron aislados chillidos con aumentada frecuencia, que poco a poco convergieron en un coro.

La bruja rió entre dientes. Lanzó más pan, más cerca. Treinta o cuarenta ratas se pelearon por las migas.

Tras la puerta central hubo un resonar de cadenas, seguido por otro gemido. Pero la atención de la bruja se centraba en sus pequeñas. Se inclinó hacia adelante y cambió la lamparilla a una posición próxima a la pared de la derecha. Partió otro trozo de pan y dispersó las migas por el suelo ante sus pies.

Numerosos cuerpecillos hicieron susurrar la paja al acercarse. Los chillidos cobraron más fuerza. Hubo un fuerte resonar de cadenas, un gemido mucho más potente. Algo se movió dentro de la celda y chocó contra la puerta, que se agitó, y otro gemido se alzó sobre los ruidos de las ratas.

La bruja volvió la cabeza en esa dirección, arrugando un poco la frente. El siguiente golpe en la puerta produjo un retumbo. Durante un segundo, algo similar a un ojo enorme pareció atisbar por las rejas. El gemido sonó otra vez, casi formando palabras:

—¡Meg!... ¡Meg!...

La bruja se incorporó en la silla y miró fijamente la puerta de la celda. El siguiente estrépito, el más fuerte hasta entonces, hizo resonar violentamente la puerta. Las ratas estaban ya frotando las piernas de la bruja, levantadas sobre sus patas traseras, danzando. La bruja extendió la mano para acariciar a una, a otra... Les dio de comer en sus manos.

Del interior de la celda brotó de nuevo el gemido, esta vez formando extraños sonidos:

—Mmmmegg... Mmeg...

La bruja levantó la cabeza una vez más y miró en esa dirección. Hizo ademán de levantarse. En ese instante, empero, una rata saltó a su regazo. Otro animal trepó por su espalda y se posó en su hombro derecho.

—Preciosas... —dijo ella, frotando su mejilla con una y acariciando a la otra—. Preciosas...

Hubo un ruido como de una cadena partiéndose, seguido por un terrorífico golpe en la puerta. Sin embargo, la bruja no prestó atención, porque sus preciosas ratas estaban bailando y jugando para ella...

 

(CONTINUARÁ...) 

El hombre con piernas - Al Sarrantonio

—No te creo.

—Pues debes.

—No.

—Lo harás —insistió Nellie—. La prueba será un viaje en autobús.

—Yo tengo la lista de precios —dijo Willie. Sus ojos relucían—, y pagaré nuestro viaje, pues no te creo, y haré que digas que no está allí.

—Está.

—Demuéstralo.

—Sólo hay una manera.

—Una manera —canturreó Willie—. Una manera —repitió, haciendo rodar las palabras por su lengua, sobre sus labios, y lanzándolas por último a la atmósfera.

Los ojos de Nellie estaban ensombrecidos en contraste con los suyos jóvenes.

—Lo demostraré —dijo ella, con frialdad.

—Lo harás —coreó Willie.

Después de que Willie fuese al baño (él siempre tenía que ir al baño), salieron de la casa. Se pusieron gruesos abrigos de invierno, espesas manoplas y negras botas brillantes, y se escurrieron de la casa por la puerta trasera, sigilosamente. La madre debía de estar en la parte delantera, junto a la cálida luz del televisor, contemplando sus soporíferas óperas.

—Tenemos dos horas —dijo Willie, en un tono que en realidad no daba a entender de cuánto tiempo disponían.

—Nos sobra tiempo —añadió Nellie.

El autobús del sábado llegaba tarde. Se detuvieron ante la segunda parada para que ni la madre ni ninguna de sus amigas los pudiesen reconocer. Willie palpó con sus dedos el monedero dentro de su bolsillo, corrió la cremallera que liberaba el dinero, y la volvió a cerrar. Pateó el suelo debido al frío. Nellie permanecía rígida, su anorak de un azul vivo le daba las dimensiones de un hombre de las nieves. Sus ojos estaban semiocultos por el gorro, que se había calado hasta las orejas, y evitaba la mirada de Willie.

—Él no está allí —dijo Willie en un tono de voz lento e irritante.

—Sí que está —le replicó Nellie entre sus dientes, que le castañeteaban violentamente.

—Todo fue un sueño.

—Lo vi ayer, cuando pasamos con el autobús escolar —le contestó Nellie con rudeza—. Lo vi con tanta claridad como tus labios. Él estaba allí, parado en el porche de su casa, y me vio cuando el autobús pasó por delante.

—Lo soñaste.

—No.

—Nunca encontrarás la casa.

—La grabé en mi mente.

—¡Bah! —dijo.

Ella se volvió para golpearle, pero él evitó con agilidad su acometida, haciendo que todavía se enfureciese más.

—No existe —dijo él, sacudiendo su mano ante ella en un gesto de negación.

Ella tomó un puñado de nieve y se lo tiró a él con rabia.

—Ya lo verás todo enterito.

Permanecieron callados sobre la nieve, esperando el autobús, golpeándose los cuerpos para ahuyentar el frío. La temperatura había descendido. La luz relucía brillante sobre la nieve. De no haber estado tan habituados a ella, el resplandor les hubiese dañado los ojos.

—No te creo —dijo Willie.

En aquel momento llegó el autobús.

Subieron resoplando, y Willie sacó su monedero, depositando el dinero sobre la palma de su mano. Tenía lo justo. Por unos instantes, retuvo una moneda, esperando que fuese suficiente, y luego la depositó en la bandeja, sonriendo al conductor. Éste no le devolvió la sonrisa. Se desplazaron hasta el centro del vehículo, eligiendo dos asientos en el lado que Nellie dijo que era el adecuado.

—¿Y por qué no en el otro lado? De todas maneras, tampoco vamos a ver la casa.

—Siéntate —dijo Nellie.

El autobús era cálido. Se distrajeron contemplando las formas de la nieve en el exterior. Willie observó las casas conforme iban pasando. Parecían sueños envueltos en la niebla. Lo que más le atraía eran los conos de agua helada que pendían de los alerones de los tejados. Algunos colgaban de tal manera que casi tocaban a sus simétricos que se elevaban desde el suelo.

—Brrr —gruñó Nellie, contemplando la misma escena a través del círculo que había abierto en el entelado cristal de la ventanilla.

—Es precioso —dijo Willie, volviéndose hacia ella.

—Brrr —dijo ella de nuevo, provocándolo—. Eres demasiado joven para entender lo que el frío significa.

Él se encogió de hombros y se volvió, admirando el multicolor resplandor del hielo sobre un grupo de casas. En su mente, todo el mundo se convirtió en una bola de nieve.

—Ahí está —gritó Nellie de repente, dándole una enérgica sacudida—. Eso es.

Willie siguió con su mirada el dedo de ella, allá donde éste le indicaba a través del espacio abierto en el vaho que empañaba la ventanilla.

—Sigo sin creérmelo —dijo, pero su voz era un susurro y sabía que estaba mintiendo.

Allí había una casa distinta de las otras; se elevaba solitaria, con un espacio abierto a ambos lados. Aunque rodeada de bloques de viviendas, se vislumbraba con singularidad. Parecía una casa encantada; sus ventanas conformaban un rostro, y la entrada, amplia de extremo a extremo, era la boca. La casa permanecía enigmática y solitaria y, allí, cubierta de nieve, daba una sensación de respeto, cual si fuera una gran araña blanca.

—Haré que me creas —dijo Nellie.

Estaba tratando de alcanzar el tirador que daba la señal de parada al autobús, cuando la mano de Willie tomó la suya. Él quería detenerla. Deseaba permanecer allí, dentro del cálido autobús, contemplando el mundo exterior hasta que éste cumpliese todo su itinerario y lo dejase de nuevo ante la puerta de su hogar. Luego haría rápidamente un castillo con la nieve y entraría a tiempo de cenar.

—Te creo, vamos a casa —dijo.

Nellie se plantó ante él, sonriendo.

—Ya te dije que era verdad.

—Tú eres mayor que yo —dijo Willie por toda respuesta.

—Ya lo sé —dijo ella, tirando de la cuerda y empezando a caminar hacia la salida, así que el autobús hubo parado en una parada que había junto a la curva.

Él se ajustó las manoplas, que se había quitado para vaciar sus bolsillos y le habían quedado prendidas de su abrigo invernal, sujetas por unos cordoncillos, y corrió tras ella cuando su cabeza ya se perdía de vista entre los escalones de la salida.

Permanecieron plantados, solos, en la parada, mientras el autobús se alejaba.

La tarde empezaba a declinar y estaba todo sumido en el más absoluto silencio. En aquellos momentos, el mero sonido de las cadenas que para la nieve llevaban ajustadas a sus ruedas los vehículos habría perturbado al universo, y en lo hondo de su corazón, ambos sabían que tal coche no pasaría por allí. Hasta los hilos telefónicos permanecían inmóviles; la brisa que los había estado sacudiendo durante el día también se había apaciguado.

—Vamos —dijo Nellie, avanzando sobre la nieve de la calle.

Willie se desplazó inquieto tras ella.

Cruzaron la calle cogidos de la mano, y sólo entonces, cuando llegaron al lado opuesto de la curva frente a la casa, el mundo empezó a girar de nuevo.

Un coche con cadenas sobre sus neumáticos cruzó ante ellos.

—Ya te dije que te creía —dijo Willie, tratando de tomar una vez más su mano.

Ella no le correspondió.

—Pero no sé si me creo a mí misma —dijo ella.

Ascendieron los escalones del porche, los cuales crujieron suavemente, incluso bajo el níveo manto. Alguien había tirado sal sobre los peldaños intencionadamente, y sus botas se aferraban tan bien que Willie pensó en unas manos emergiendo de la madera y anclando allí sus botas, escalón a escalón.

Una vez alcanzado el peldaño superior, Nellie señaló.

—Fue aquí donde lo vi —dijo—, Justo al lado de esta ventana junto a la puerta.

—Yo... no sé —dijo Willie.

Ella se elevó para alcanzar el timbre, pero esa vez las manos de Willie alcanzaron las de ella y las mantuvieron sujetas.

—Por favor.

Ella volvió los ojos hacia él, y su mirada le dijo: «Dime por qué, sólo una razón por la cual debería detenerme».

—Porque no quiero saber —dijo Willie conteniendo un sollozo.

—Tú no quieres saber —dijo ella—, pero yo sí quiero.

Su mano se liberó de la presión de las suyas y presionó el timbre con firmeza.

En alguna parte, muy al interior de la casa, sonó una armonía musical.

Luego silencio.

Nellie pulsó el timbre de nuevo; esta vez por más tiempo, manteniendo su manopla sobre él.

Dong. Dong. Dong. Dong.

Ahora, desde el interior, les llegó el sonido de unos pasos.

Al principio dudosos, pasos de alguien inseguro, y a continuación firmes y resueltos.

Tardaron bastante en llegar hasta la puerta, pero Nellie y Willie aguardaron.

Dong. Dong.

Nellie apartó su mano del timbre.

La puerta, una estrecha apertura en la boca de la araña —de la casa-araña—, se abrió.

Alguien se quedó mirándolos fijamente y dijo:

—¿Sí?

Nellie dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos.

—Pa... —empezó a decir.

—...dre —concluyó Willie, con la boca completamente abierta.

 

Ante ellos se alzaba un hombre con su negro pelo enmarañado y una expresión infantil en su ancho rostro. Su boca esbozaba una media sonrisa, como predispuesta a decir algo. Un tenue aroma a tabaco emanaba de su camisa de franela y de él mismo. Llevaba tirantes.

—Disculpadme, ¿de qué se trata? —dijo, con un aire de pasmo cruzando sus facciones.

—Yo..., usted... —empezó a decir Willie.

—Padre —dijo Nellie simplemente desde el suelo.

Las cejas del hombre se contrajeron, pero no perdieron su sonrisa.

—Lo que ella quiere decir es que pensó que usted era nuestro padre —dijo Willie.

Y tomó a su hermana de la mano empezando a descender los escalones del porche.

Nellie clavó sus pies en la nieve.

—No —gritó—, yo tengo razón. —Y volviéndose hacia el hombre en la puerta le dijo—: Usted es nuestro padre.

—¿Eh?... Sí, puede ser.

El hombre los observó de arriba abajo, deteniendo su vista sobre las botas de goma de los muchachos.

—¿Puede ser? —dijo Nellie balbuceando.

Luego se quedó con los brazos colgándole a ambos costados, hasta que tomó conciencia de que eran sus manos, y sin saber qué hacer con ellas, las introdujo en sus bolsillos.

—Mamá nos dijo que habías muerto —le espetó Willie inconscientemente.

El hombre pareció meditar, y luego abrió las puertas de par en par.

—Entrad y protegeos del frío —dijo.

Nellie empezó a adelantarse, pero Willie no se movió.

—No creí que pudieses ser tú —dijo casi para sí mismo.

—Entrad —dijo el hombre con suavidad.

Tras ellos quedó el tenue chasquido de la puerta al cerrarse, y luego la tibieza de la casa los embargó. Casi hacía demasiado calor allí dentro.

—Vamos a la sala —dijo él, avanzando ante ellos.

Fue entonces cuando Willie se dio cuenta de su cojera. Se movía con rigidez, al igual que un hombre sobre unos zancos. Y aunque la expresión de su cara no parecía alterarse, Willie podía intuir el esfuerzo tras su inexpresividad: un gruñido que acompañaba a cada uno de sus pasos.

—Sentaos —les indicó el hombre.

Tomaron asiento en un enorme sofá verde que los engulló a medias envueltos en mullidos cojines.

—Quitaos los abrigos.

El hombre se sentó en una silla de rígido respaldo, arrastrándola hasta el extremo de la pieza, ante ellos. Le costó bastante esfuerzo acomodarse en ella.

A la derecha de los niños ardía un fuego, una gran fogata; la habitación estaba a oscuras, pero debido al resplandor ambarino del fuego y al reflejo que la nieve aportaba desde el exterior a través de los amplios ventanales, en la habitación reinaba una confortable y cálida claridad.

Ninguno de los dos se movió para quitarse los abrigos.

—Tenemos que regresar pronto con el autobús —se explicó Nellie, sin apartar su mirada del hombre—. Ella nos dijo que habías muerto.

—¿Eso hizo? —dijo el hombre, buscando su mirada y sosteniéndola—. Qué interesante.

La sonrisa suavizó su rostro, haciéndole parecer más niño aún.

—¿Fuiste herido en un choque de trenes? —dijo Willie cuidadosamente—, ¿esa es la razón de tu cojera?

Los ojos del hombre se posaron en el suelo, antes de elevarse y encontrarse con los suyos.

—No —dijo simplemente.

Sus ojos se posaron en las piernas de Willie, antes de volver a mirar a Nellie.

—Él era muy pequeño para acordarse —dijo ella—. Pero yo lo recuerdo todo muy bien. Dijeron que moriste cuando el tren en el que viajabas se saltó una señal y chocó con los vagones de cola de otro convoy. Ellos dijeron que perdiste ambas piernas...

—¿Es lo que dijeron?

—Sí.

—Entonces, creo que estaban equivocados.

—Padre —musitó Nellie, como acostumbrándose a la palabra.

El hombre, por toda respuesta, asintió lentamente con la cabeza.

—¿Cuánto tiempo te has estado escondiendo? —preguntó Willie.

Empezaba a sentirse incómodo en aquel sofá, y se semidesabrochó el anorak.

—No podemos quedarnos más —interrumpió Nellie—, no, al menos esta vez.

El hombre sonrió.

—¿Cuánto tiempo escondiéndote? —insistió Willie.

El hombre inspiró profundamente y reflexionó.

—Veamos —dijo—. Debió de ser... —Contó con sus dedos—. Cinco años.

Cuando lo hubo dicho, sus manos se depositaron con suavidad sobre sus piernas.

—¿Por qué? —preguntó Nellie—. ¿Por qué tuviste que esconderte?

—Tuve que irme. —Se sujetó las piernas de repente, como si se fuese a incorporar—. ¿Qué tal si os hago un poco de chocolate? Todavía debéis de tener frío. Luego podemos continuar charlando.

—En realidad nos tendríamos que ir en seguida.

—Por favor... —La súplica en su voz era temblorosa; había brotado imprevista.

—De acuerdo —dijo Nellie con rapidez—. Lo que pasa es que todavía... no te conocemos lo suficiente.

—Eso es cierto.

Se elevó con gestos forzados, y suspiró cuando por fin consiguió ponerse en pie, ayudándose del respaldo de la silla.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Nellie.

—Sí —dijo él. Sus ojos no se apartaron de los pies de ella, y se estiró como lo hubiese hecho un tipo duro—. Volveré en unos instantes.

Desapareció en la parte trasera de la casa y ellos permanecieron unos instantes siguiéndole con la vista.

—¿Me crees ahora? —dijo Nellie.

—Es igual que el retrato que hay en el dormitorio de mamá —admitió Willie, huraño—. Pero no me gusta.

—A mí sí —dijo ella con énfasis—. Lo que le pasa es que hace demasiado tiempo que no nos ve.

Willie se levantó.

—No me gusta la forma que tiene de caminar.

—¿Adonde vas?

—Al baño —respondió Willie en un susurro.

—Espera hasta que él regrese.

—Si en efecto es papá, puedo ir al baño ahora.

—Tiene que serlo.

Willie se alejó, sacudiendo su cabeza.

Pronto se extravió. Siguiendo el camino que tomase el hombre, saliendo por la misma puerta, apareció en un corredor que parecía formar parte de un laberinto. Era completamente distinto al resto de la casa. Los azulejos del suelo, blancos y verdes, estaban destrozados y de las paredes colgaban desconchadas capas de pintura. 

El primer corredor desembocaba en otro, y en otro, y éste en otro más. Willie se vio pronto rodeado de pasadizos que se bifurcaban ante él en una oscuridad cada vez más creciente; diminutas bombillas sobre su cabeza despedían macilentos haces de luz.

Willie avanzó con suavidad, tanteando las paredes, hasta que un sonido percutiendo al fondo de uno de los corredores hizo que se adentrase en él.

Un sonido agudo, un canto, y tras él el sonido del metal chocando entre sí.

Willie se detuvo ante una puerta, la entreabrió y echó un vistazo. Se veían unos escalones descendiendo entre la oscuridad hacia una zona que se adivinaba mejor iluminada.

Allá abajo, alguien estaba canturreando.

Una voz dichosa, aunque de una tonalidad similar al gemido de un gato cuando alguien le pisa la cola inesperadamente.

Los metales dejaron de chocar entre sí.

El canto se detuvo.

Se oyó un gruñido y el sonido de algo al ser golpeado y cerrado, luego un susurro de ropas, y poco después, pasos.

Diminutos pasos de danza, más gruñidos, y de repente, fuertes pisadas.

Alguien subía por la escalera.

Willie retrocedió y se quedó encogido en la oscuridad.

Tras una larga espera, durante la cual Willie contó veinte pasos, la puerta se abrió ante él, y vio ante sí al hombre que era su padre. Su camisa de franela estaba desabrochada y Willie pudo ver finas correas y hebillas cruzadas sobre su piel.

El hombre avanzó al interior de la casa.

Willie contó hasta cincuenta y luego emergió de entre las sombras. Conteniendo su respiración, abrió la puerta de la bodega y observó hacia abajo. La luz seguía encendida. Descendió dos peldaños y atisbo, estirando su cuello. De la bodega no subía ningún sonido.

Bajó hasta abajo.

Suspiró.

Aunque sabía que no se hallaba allí, la llamó involuntariamente:

—Nellie...

En todas las paredes de la habitación, en todas y cada una de las paredes de la pieza, se veían, colgando en racimos, agrupadas, apiladas sobre cajas, apoyadas en las esquinas, piernas...

...piernas.

Las había a cientos, quizá mil pares de piernas. De todas las tallas y tamaños. Cada una de ellas estaba apropiadamente vestida, con medias o calcetines, zapatillas o zapatos, botas o babuchas. Willie pudo casi imaginarse el resto de la gente que debería estar unida a esas extremidades: banqueros y aprendices; chicos de reparto y mensajeros; vendedores, ejecutivos... 

Había un par de gruesas piernas que parecían de un carnicero, y algunos pares estilizados que debían ser de bailarines; de un conductor de autobuses, o de un deportista. Todas ellas tenían tirantes en la parte superior, un marco de cuero, una almohadilla y unas hebillas.

Había un par de piernas para cada personaje que uno pudiese imaginar.

—Oh, Nellie —suspiró Willie, deseando que su hermana estuviese allí, para sujetarle fuertemente la mano.

Aparte de las piernas, el único objeto que había en la habitación era una pequeña mesa en el rincón más alejado y, sobre ella, un potente fluorescente iluminaba con crudeza los instrumentos de tortura que se encontraban sobre ella.

Sierras, cuchillos y navajas; brillantes sierras dispuestas para hacer su trabajo.

—Oh, Nellie, Nellie —suspiró Willie de nuevo.

Un ruido le llegó desde la parte alta.

Una luz se encendió en la escalera.

Fuertes pisadas.

Conteniendo la respiración, Willie se volvió.

Un rostro le contemplaba, mirándolo de arriba abajo.

—¡Nellie!

—¡Shhh!

Ella volvió a desaparecer en lo alto de la escalera. Willie oyó el ruido de la puerta al ser cerrada y luego ella volvió a estar junto a él. Willie empezó a empujarla, mostrándole los centenares de piernas colgando de las paredes.

—Nellie, él...

—Él me lo contó todo —dijo ella interrumpiéndole.

—¿Dónde está él? —preguntó Willie.

—Arriba. —Sus ojos se contrajeron—. Le conté que el conductor del autobús es el novio de mamá y que si no nos veía en la parada, vendría a por nosotros. Evidentemente y porque no tenía por qué no hacerlo, me creyó.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo Willie lleno de temor.

—El quiere que nos quedemos —contestó Nellie.

—¡No!

—Él no es malo, Willie. La mayoría de estas piernas son de gente que ya había muerto cuando él las consiguió.

—Pero...

—Si nos quedamos, dice que será nuestro padre la mayor parte del tiempo. Y yo quiero que él lo sea.

—Pero Nellie...

—Lo necesito, Willie. Al igual que él necesita ser la gente cuyas piernas va usando.

—¡Quiero irme a casa! ¡Él no me gusta!

Temblando, Willie se aferró a su hermana, abrazándola junto a su pecho.

En su espalda, sobre la blusa y bajo el anorak, Willie notó correas y hebillas.

—¡Tú! —gritó, apartándola con energía.

—Sí —contestó Nellie con frialdad.

Willie se dio cuenta entonces de con cuanta lentitud y rigidez se movía ella.

—¡Nellie! —sollozó Willie.

—En esta habitación puedo ser cualquier cosa —dijo Nellie, volviéndose con rigidez y señalando las paredes con el dedo—. Puedo ser el hombre que reparte flores, o la mujer que da clases de piano. Una mañana puedo ser el cartero, o el cobrador de seguros. Maestra, sacerdote, o dentista. Puedo ser —dijo agitando una sierra de acero azulado en el aire— una niña o un niño pequeño.

Willie se lanzó escalera arriba pero tropezó y cayó de rodillas sobre los primeros escalones. Reptando sobre los peldaños, logró alcanzar la puerta superior.

No pudo abrirla.

Nellie subió lentamente tras él. En su rostro había una sonrisa que la auténtica Nellie nunca antes había tenido; una sonrisa de vieja, nada parecida a la que mostrase cuando, haciéndose la hermana mayor, trató de convencerle.

Cuando ella se hallaba a dos pasos de él, Willie le dio un puntapié en las piernas.

—¡Nooo! —gritó ella, cayendo de espaldas.

Como en un sueño, el cuerpo de Nellie se partió en dos. La parte inferior, dos apéndices rodeados de correas y hebillas, golpeó insonoramente los peldaños hasta quedar inmóvil al fondo de la escalera.

La parte superior se transformó en algo distinto. Ya no era Nellie. Ya no era algo humano: cartero, sacerdote, o dentista, sino que se tornó en una blancuzca y chillona criatura, una forma encogida que rodó escaleras abajo cual un insecto albino sobre dos manos deformadas.

—¡Noooooo! —gimió, desplazándose más allá de las dos piernas al fondo de la escalera en dirección a la parte interior de la habitación.

Willie empujó desesperado la puerta de la bodega, y de repente, con un quejido apagado, ésta se abrió. Una vez más estaba en el laberinto. Mosaicos verdiblancos salían despedidos, mientras sus pies trataban de avanzar. 

Giró una y otra vez hasta acabar frente a la puerta de la bodega. Desde el interior le llegó un alarido gimiente que le hizo temblar hasta los huesos. Lo intentó de nuevo: tanteando las paredes, trató de hallar la salida.

Sin saber cómo, apareció en la sala. El mismo fuego ardía en el hogar; los mismos muebles de madera de olivo le rodeaban.

Cruzó la sala corriendo en busca de la salida. Ahí estaba, junto a la puerta, el gran ventanal; tras él el muro exterior, donde le esperaban fuertes nevadas, la televisión, la cena, su madre.

Milagrosamente, cuando miró afuera vio junto a la parada detenido el autobús, esperando.

Su mano estaba sobre el pomo de la puerta.

Tiró para abrirla.

Un pie presionó la hoja para mantenerla cerrada.

Una voz, una voz ahogada, como la de alguien que ha tenido que correr con rapidez, la voz de alguien que él podía haber conocido, dijo:

—Acompáñame, ¿quieres?