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Algo mío - Sivela Tanit

    La lectura, para mí, significó abrir una dimensión nueva y espectacular, la vida adquiría sentido y un motivo.

Siempre leía lo que caía en mis manos, como suele suceder mi primer acercamiento fue con la biblioteca de mi casa, recuerdo los cuentos que venían en los libros de la escuela, mi mamá me compró una enciclopedia para niños permeada de muchas historias, cuentos, poemas, resúmenes de novelas y artículos de conocimiento en general.   

Más adelante, estando en secundaria comencé a leer cosas que les encargaron a mis hermanos mayores de cuando cursaron su secundaria o preparatoria, como “Corazón: Diario de un niño” escrita por Edmundo de Amicis; “María” de Jorge Isaacs; “Las dos caras de la moneda” del autor Ellery Queen; “Un mundo feliz” novela del escritor Aldous Huxley, entre otras.

El acercamiento con cada uno de esas novelas me dio una perspectiva diferente de lo que se podía crear. Debo confesar que en ese entonces no tenía la capacidad de entender la lectura en una primera leída, tuve que hacerlo lento, repetir hojas y consultar muchas veces el diccionario, pero todo ello me ayudó a entender y a crecer como lectora, me hizo madurar en mi capacidad interpretativa y en mi nivel de ortografía y redacción.

En la preparatoria, ya conocía el género de los ensayos con Octavio Paz y su famoso “Laberinto de la Soledad” y tuve el privilegio de leer su primera versión, antes de que televisa le diera un contrato y él aligerara la carga critica de su obra, leí partes de “Don Quijote de la Mancha” escrita por Miguel de Cervantes Saavedra, me adentré con “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry.​ Conocí autores mexicanos como José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, Armando Ramírez, Rosario Castellanos, entre otros.

La profesión que tomé me alejó un poco de la literatura, pero nunca la olvidé.

Leer me hace libre y me hace soportable la rudeza de la vida.

 

Cuando ya comencé a trabajar me pagué cursos que me acunaron en lo que más me gustaba: leer, disfrutar y también comencé a desarrollar un gusto por el género fantástico, (horror, policíaco, ciencia ficción) y las novelas biográficas.

Gozaba tanto con lo que leía y descubría, cada vez que un cuento o novela se abría ante mí con sus giros en el final, que yo deseaba poderlo compartir con todos, quería que los demás sintieran como su corazón se aceleraba o se detenía, como las neuronas del cerebro explotaban al descubrir un final que no se esperaba, la emoción de la sorpresa que esperaba al protagonista y a uno como lector, entonces, llena de esperanza, hice un blog.

En este blog comencé a subir los cuentos que amaba, los que me sorprendían, mis favoritos o los que me habían cautivado. Al día de hoy, han pasado 12 años y siguiendo la vida, he logrado hacer una pequeñísima biblioteca, siempre con el afán de alcanzar a los amantes de la lectura como yo, o por lo menos atrapar a algún curioso y que descubra que sí le gustan y continúe en el camino.

Sin embargo todo evoluciona y todo cambia, cada vez observo que todo se aleja de la lectura de calidad y se busca lo simple, lo que no hace pensar, lo que entretiene y mantiene a la mente como una sopa aguada.

Y me entristece.

 

Este es mi blog, que ofrece historias alternas a la realidad, que da la oportunidad de hacerte soñar y sorprenderte. La contribución de mi blog, es para hacerte pensar y crecer.  

 

No espero que nadie lo tome, no espero que nadie lo lea.

 

Esto es algo mío y lo comparto con gusto.

Combate Singular - Robert Abernathy

Salió con extremo cuidado de la cámara subterránea y cerró tras él la puerta con llave. Sus tensos nervios le empujaron repentinamente a huir. Subió corriendo la escalera. Tropezó con un peldaño podrido, recuperó a duras penas su equilibrio, y se detuvo, las piernas temblando, jadeante, luchando contra su pánico.
Tranquilo. Nada te empuja.
Calmosamente, regresó a la puerta y comprobó una vez más la solidez de la maciza cerradura. Se metió la llave en el bolsillo, luego la volvió a sacar con una mueca de disgusto, y la arrojó a la reja metálica que cubría el desagüe. La llave golpeó contra uno de los travesaños y rebotó, reluciente, en el cemento.
Febrilmente, como un hombre pateando un escorpión, la empujó hacia la reja. La llave se colgó a uno de los travesaños, osciló durante unos segundos, tintineó contra el metal, y luego desapareció de su vista.
Se sentía nuevamente dueño de sus reacciones nerviosas. Subió los peldaños sin girarse, y se detuvo en la embocadura de la desierta calle. Nadie a la vista; nada excepto la suciedad de aquel estrecho pasaje, coronado por los ciegos ojos de las ventanas manchadas de pintura blanca. Un cubo de basura yacía en mitad del pasaje, rodeado de grasientos papeles. En la pared de ladrillo alguien había colocado cuidadosamente de pie una botella vacía, como si, una vez sorbido su contenido, no hubiera sabido qué hacer con ella.
Contempló todas aquellas cosas, símbolo de una fealdad que durante tanto tiempo había inundado su mente hasta hacerle perder casi la razón, con un nuevo e irónico despego, considerándolas como temporales y desprovistas de toda importancia.
El claro cielo de aquel atardecer era como un velo desplegado sobre la ciudad. Tras aquellas achaparradas edificaciones, ennegrecidas por la suciedad, se erguían los grandes inmuebles, brillando a través de todas sus ventanas. Sobre todo aquello, flotaban perezosamente las motas de hollín, deslizándose en un aire quieto y asfixiador. Los coches pasaban con gran estruendo por las calles, y los vapores que dejaban tras de sí se mezclaban con el olor del asfalto sobrecalentado. La calleja hedía; la ciudad hedía; incluso el río, con sus rápidas aguas, hedía.
Echando la cabeza hacia atrás, frunciendo los ojos para poder soportar la reverberación, inspiró aquel aire cargado con la acritud de los recuerdos.
El hedor de innumerables veranos... Levántate, huelo a gas. No, es el viento, que sopla desde la otra orilla. Las refinerías de allá abajo. Pero al pequeño le cuesta respirar. ¿Es que no podemos hacer nada? El eterno gruñido ronco, la voz de la gran ciudad... ¡Malditos camiones! ¿Por qué no se paran por la noche? ¡No hay forma de dormir! Si tan sólo pudiera dormir un poco... Las voces roncas, los pitidos, los golpes, la brutalidad de la vida aprisionada por una jungla de cemento y acero... ¡Dale una paliza! Que no vuelva a poner los pies en el barrio. ¡Vamos, dale! Maldito negro, sucio chicano, cochino judío... El asfalto quemándote los pies a través de las suelas de tus zapatos, gastadas por kilómetros y kilómetros de andadura... Llega usted demasiado tarde, ya no contratamos a nadie. Vamos, lárguese. No, porque no, porque le digo que no. Vamos, lárguese. No. No. El eterno odio, acumulado sin cesar...
Escupió contra la pared de ladrillo.
—Tú te lo has buscado —dijo a media voz—. Cuando ocurra..., quizá comprendas que he sido yo, yo, quien te ha hecho eso.
En aquel momento imaginó que la ciudad le oía, que temblaba ante él, presa del pánico. Que un estremecimiento la recorría de extremo a extremo, propagándose a lo largo de sus nervios de acero y de cobre, desde lo alto de las más altas flechas tendidas al cielo hasta sus entrañas profundamente hundidas en el suelo, desde las moradas de los ricos en las alturas hasta los inmundos sótanos de los ghettos.
No te apresures. Nada te empuja. Tres horas aún. Estaría lejos, contemplándolo todo, cuando ocurriera. Una cita aproximada de las Escrituras acudió a su mente: Y contemplarán a lo lejos el humo de sus incendios, y el humo de sus incendios ascenderá, ascenderá eternamente.
Salió casi ciegamente del callejón y se abrió camino por la acera entre la gente. Un paso, luego otro, luego otro, luego otro... Cada paso le alejaba de la cámara subterránea de la puerta cerrada con llave.
Un paso, luego otro, luego otro... Como tantas veces en las que, movido por su cansancio, su desesperación y su odio, había recorrido aquellas mismas calles. Pero ahora, a cada paso, le parecía como si la ciudad temblara bajo sus pies, como si los altos edificios vacilaran ante la inminencia del derrumbe final, y la ciudad tuviera miedo.
Los ciegos caminantes, los muertos en vida, no notaban nada. No veían que él, hasta ahora mezquino y denigrado, se había convertido en más alto que los más altos rascacielos, se había convertido en un gigante justiciero...
Un chirriar de frenos. Dio un salto atrás, desconcertado. Hubiera jurado que hacía tan sólo un segundo el semáforo estaba verde para él, cuando había bajado de la acera.
Los motores roncaban coléricos, las enormes ruedas laminaban el desigual asfalto. La calle se había convertido de repente en algo inmenso y lleno de peligros. Volvió a la acera, con la mirada fija en la tenebrosa luz roja, y se pegó al escaparate del almacén que hacía esquina, intentando dominar el temblor de sus dedos mientras buscaba un cigarrillo en sus bolsillos.
Podía haber resultado muerto.
No ahora, pensó. No en un estúpido accidente. Porque hubiera podido resultar peor que muerto. Se imaginó a sí mismo herido, transportado al hospital, unos restos sangrantes, pero con toda su conciencia y el horrible pensamiento que allá abajo, no muy lejos de él, tras la puerta cerrada con llave, un elemento se transformaba en otro a una velocidad inmutable, que se acercaba la hora.
Accionó en forma brusca y temblorosa el encendedor, pero la llama se negó obstinadamente a prender. Dirigió una maldición al mecanismo, y de repente se sintió sobrecogido por un sudor frío. Sus oídos registraron la estridente vibración de una cuerda tensa rompiéndose, un ruido de origen indeterminable, azotando sus nervios ya sobreexcitados.
Miró ansiosamente a derecha, a izquierda, a todos lados. Entonces, distintamente, dominando los ruidos de la calle, momentáneamente descendidos de nivel, oyó proveniente de arriba un chasquido de metal desgarrado, torturado. Levantó furtivamente la mirada, soltó encendedor y cigarrillo, y dio un salto de costado. Su corazón latía dolorosamente en su pecho.
Justo encima del lugar donde había estado unos segundos antes, la marquesina que sostenía un gran anuncio publicitario cedió, doblándose, inclinándose peligrosamente, con sus nervios de acero retorciéndose, a punto de romperse.
La contempló fascinado, sin sentir siquiera el sudor que chorreaba por su rostro. El anuncio osciló, pero no llegó a caer. Sin embargo, tuvo la absurda convicción que, si regresaba al lugar que ocupaba unos minutos antes, el anuncio caería.
Era una idea absurda. Intentó echarse a reír, pero su garganta estaba agarrotada. Retrocedió prudentemente unos pasos, luego dio media vuelta y se alejó apresuradamente del cruce. Caminaba siguiendo el bordillo de la acera, levantando frecuentemente la cabeza.
Cuando había recorrido la mitad de la manzana se dio cuenta, con un sobresalto que lo envaró, que estaba volviendo sobre sus pasos, regresando a la cámara subterránea cerrada con llave.
Se detuvo en seco. Pero se sentía incapaz de regresar al cruce que había intentado atravesar. Permaneció unos instantes inmóvil, vacilante, esforzándose una vez más en dominar su pánico.
En la acera opuesta, justo ante él, se abría una boca de metro. Si no se hubiera sentido tan agitado la habría visto la primera vez.
Evidentemente..., el metro. Un cuarto de hora de camino, y estaría seguro. Miró a derecha e izquierda, luego hacia arriba —con una nueva circunspección que se estaba convirtiendo ya en un hábito—, y se lanzó a la calzada.
A medio camino se detuvo tan bruscamente que estuvo a punto de caer. Se giró, estremecido: sus pasos le habían conducido en línea recta hacia la boca de una cloaca abierta al cielo, sin tapa, sin ninguna protección.
Con el cuerpo agitado por el estremecimiento de la reacción nerviosa, llegó ante la entrada del metro. Y, de repente, tuvo la impresión que aquel ya no era un lugar familiar, sino unas fauces de cemento que conducían a regiones infernales. De aquellas profundidades, de algún lugar más allá de las escaleras débilmente iluminadas que contemplaban sus ojos, surgía un vasto rugido, el aliento de un aire fétido y cargado de húmedas viscosidades.
El peligro estaba presente en todas partes, en el aire y bajo tierra. El rugido de un tren pasando bajo sus pies era como una voz triunfante elevándose de los infiernos, a la que se sobreponía una cacofonía de notas más agudas: los gritos de las víctimas aplastadas, aullando en las tinieblas inferiores. Ni por todo el oro del mundo se atrevería a poner el pie en aquellos peldaños. Se alejó de aquel abismo y se detuvo, intentando reflexionar.
Había otros medios de transporte. Los autobuses, por ejemplo... Los taxis...
Pero no se movió.
En aquellas horas del atardecer, la calzada era un denso flujo de vehículos, moviéndose al compás de sus jadeos y de sus gruñidos. Los frenos chirriaban, los neumáticos gemían, las bocinas lanzaban hoscas advertencias, el metal resonaba contra el metal. En alguna parte, en una calle cercana, el aullido de una sirena sonó como un sollozo anunciando un desastre.
Pensó en accidentes, en colisiones, en un millón de riesgos. No podía resignarse a no sentir bajo sus pies el tranquilizante contacto del pavimento.
Nada te empuja. Él era quien mejor podía saberlo: él había hecho los reglajes y establecido el contacto. Mantén tu sangre fría; puedes ir lo bastante lejos a pie.
Otro pensamiento, fugaz, eludido por su conciencia: Ellos podrían haberle proporcionado un medio rápido de evadirse, como quizás habían hecho con todos los demás que habían realizado su tarea y se habían ido antes que él. Pero, desde el principio al fin, le habían concedido muy poco margen de reflexión. Había ejecutado sus órdenes, aprendido sumisamente sus slogans, tan ruidosos y carentes de sentido como un juguete infantil, sabiendo desde un principio que ellos tan sólo existían por una única razón: hacer de él el verdugo encargado de ejecutar a la ciudad. Los motivos que tenían para actuar así no le preocupaban en absoluto: él tenía sus propios motivos.
Mantén tu sangre fría y aléjate.
Los accidentes. En una ciudad como aquella ocurrían constantemente accidentes. Debía evitarlos y no dejarse desarmar por tan poco. No debía llamar la atención..., arriesgarse a ser detenido y conducido a la comisaría. Tenía aún mucho tiempo si no se dejaba ganar por el nerviosismo.
Pero la calle se había hundido ya en las sombras, y en un gran anuncio, sobre los edificios frente a él, la luz cambiaba, reflejando la cálida coloración que precede al crepúsculo.
Se puso nuevamente en marcha. Observaba cuidadosamente dónde ponía los pies, y vigilaba también el cielo, cada vez más oscuro. Quizá porque estaba atento, nada ocurrió. Cada nueva calle atravesada era una victoria, o un paso que le acercaba a la victoria.
Aparecieron las primeras luces. Las farolas rechazaron la naciente oscuridad, y una multitud de rótulos de colores empezaron a brillar y a parpadear, atrayendo las miradas de la multitud, que se apiñaba cada vez más numerosa en las aceras a medida que caía la tarde.
Las luces decían: Aquí se come y se bebe, aquí les ofrecemos música y la ocasión de olvidarlo todo por unos momentos.
La gente giraba como polillas bajo las luces, creyendo todo lo que anunciaban. Estaban cansados, no pedían otra cosa que creer. Hoy el día había sido duro, y suponían que el día siguiente sería igual, como lo había sido el día anterior y todos los demás.
Sólo él, abriéndose paso entre la gente, estaba mejor informado. Para la mayor parte de aquellos que le rodeaban, no habría día siguiente. Para la mayor parte...
Había recorrido ya unos tres kilómetros desde el Punto Cero, la cámara subterránea cerrada con llave en el centro de la ciudad, pero ni siquiera aquí comprenderían nada cuando todo ocurriera.
No los odiaba; incluso los compadecía un poco. Estaban atrapados en la trampa como él lo había estado. Pero odiaba la trampa, la ciudad en sí, con el veneno de todos aquellos amargos años...
Se detuvo un breve instante al otro lado de la calle. Y aquello estuvo a punto de costarle la vida.
En aquel lugar alejado del centro, los tranvías avanzaban a una respetable velocidad. Uno de ellos pasaba por su lado, un mastodonte rugiendo en forma atronadora sobre sus rieles de acero. Cuando su trole alcanzó la intersección de cables del cruce, algo saltó, y el hilo se tensó y se rompió con un resplandor parecido al de un relámpago. El extremo del hilo seccionado cayó sobre él como una gran serpiente, silbando rabiosamente y escupiendo llamas azules.
Sus reflejos le salvaron haciéndole dar un salto del que nunca se hubiera creído capaz. Se tiró de bruces al suelo, despellejándose las manos y las rodillas contra el pavimento y, sin concederse el menor respiro, se levantó de nuevo y echó a correr, con el cerebro sorbido por el miedo.
Con un inaudito esfuerzo de voluntad, se obligó a sí mismo a dejar de correr y miró hacia atrás. A la distancia de una manzana, la gente empezaba a aglomerarse alrededor del tranvía averiado —¿había, entre ellos, alguien que le buscaba?—, y se oyó el silbato de un policía.
El sonido del silbato le penetró hasta la médula, comunicándole un nuevo pánico. Atravesó, corriendo como un loco, la afortunadamente vacía calle —sin perder la noción de la dirección hacia donde debía proseguir—, y se sumergió en la oscuridad de una callejuela encajada entre oscuros inmuebles.
Mientras corría en la penumbra de la callejuela, algo, un sexto sentido, le hizo una advertencia, y saltó de costado como un jugador de rugby evitando a un contrario. El trozo de cornisa, cayendo sin ruido desde lo alto, se desmenuzó en fragmentos y polvo a un metro de él. Allá arriba, las palomas, asustadas, huyeron batiendo blandamente sus alas.
Salió a cielo abierto, a una calle iluminada pero casi desierta. Se detuvo apenas durante un segundo —con la sensación que cualquier vacilación podía serle fatal—, y luego, reconociendo el lugar donde se hallaba, giró bruscamente a la derecha y partió a la carrera.
La acera, allí, era vieja e irregular. De repente sintió que las losas se levantaban y que el suelo se curvaba ante él, en un esfuerzo por hacerle tropezar y caer, pero franqueó de un salto la zona peligrosa y prosiguió su agitada carrera. Subió una ligera pendiente y comenzó a descender por el otro lado. Allá abajo la calle terminaba en su cruce con otra, perpendicular, y las luces no seguían más allá: luego había tan sólo la oscuridad, con la sensación de un espacio despejado y el atisbo de un lejano reflejo de agua.
Ya casi estaba, dentro de poco iba a llegar...
... De la amplia calle bordeada de árboles surgió un enorme camión cisterna con remolque que tomó la curva demasiado aprisa. Con un patinaje y una brusca sacudida, la barra de enganche cedió y, mientras la unidad de tracción se subía a la acera, derribando una farola antes de inmovilizarse, el remolque de cubo volcaba, bloqueando la calle con un ruido infernal de hierros retorcidos. Todas las luces se apagaron instantáneamente, pero, un momento después, la calle era iluminada por las crecientes llamas, una gigantesca hoguera que escupía una negra humareda elevándose como una muralla.
Giró sobre sí mismo, estando a punto de caer, y se apoyó con tanta fuerza en una pared de ladrillo que estuvo a punto de romperse la muñeca. Echó a correr. Ahora sabía sin la menor duda que estaba siendo perseguido..., no, al menos por el momento, por seres humanos, sino por algo mucho más poderoso e inimaginable. Corría como un animal acorralado, con repentinos cambios de dirección destinados a confundir a un enemigo implacable. Debía existir un límite al número de trampas que éste podía poner en su camino...
Giró una vez más, metiéndose en una calle que conducía hacia el río, y la recorrió a grandes zancadas, respirando ávidamente. Más lejos..., más lejos... A lo largo del césped que bordeaba la amplia calle había luces de obras, allá adelante se divisaba una barrera hecha con maderos y, más allá, la profunda oscuridad de un negro agujero. Estaba demasiado lanzado como para detenerse y dar media vuelta; haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, saltó desesperadamente, y aterrizó como una pelota, intentando sujetarse a la blanda tierra que se desmenuzaba bajo sus dedos... ¡Auténtica tierra!


Se levantó, atontado, y prosiguió caminando durante algunos metros, sintiendo la hierba y la tierra bajo sus pies en lugar del cemento y el asfalto, viendo ramas recortándose contra el cielo.
Se derrumbó, agotado, y al tender una mano para buscar apoyo sintió bajo sus dedos la superficie áspera y rugosa de una corteza. Con un sentimiento de gratitud se inclinó hacia el rudo tronco y lo abrazó como si fuera lo más querido en su vida. Bajo él había hierba, hojas secas y humus, los insectos cantaban monótonamente a su alrededor.
A una cierta distancia, más allá de la excavación que acababa de franquear, se erguían las fachadas de los edificios, con ventanas iluminadas, más o menos distanciadas, como ojos mal situados. Había luces en las calles, y al otro lado del río veía las estrellas fugaces de la circulación, y los gigantescos inmuebles parecidos a constelaciones, cuyo reflejo temblaba en el agua. Entre cielo y tierra permanecía suspendida una estrella roja, encendiéndose y apagándose regularmente: una señal para los aviones, una advertencia... Pero allí estaba seguro, al menos por el momento.
Aquella franja de césped, a lo largo de la orilla del río, era como una isla: estaba dentro de la ciudad sin formar parte de ella, como el propio río, cuyas aguas eran como un espejo a una veintena de metros y chapoteaban suavemente contra las piedras de la orilla. Aquí podría descansar unos instantes, reflexionar acerca de un medio de escapar.
No sabía la hora exacta, pero sí sabía que era tarde. Sin embargo, no aún demasiado tarde. Todavía tenía tiempo...
El tiempo de alcanzar un refugio lo suficientemente alejado..., salvo accidentes. Pero ya no creía en los accidentes.
En lugar de ello, ahora tenía una certeza. El miedo premonitorio era la expresión de una verdad establecida. Se pegó a su árbol, viendo la ciudad a su alrededor, colosal, viva..., un auténtico Leviatán.
La ciudad había crecido sin cesar a lo largo de tres siglos. Crecimiento..., una ley de vida elemental. Como un cáncer desarrollándose a partir de algunas células indisciplinadas, encajado entre el río y el mar, proliferando, proyectando tentáculos que ascendían varios kilómetros a través del valle y se infiltraban por entre las colinas, mordiendo más y más profundamente en la tierra sobre la que reposaba.
A medida que iba creciendo, extraía su alimento de un centenar, de un millar de kilómetros cuadrados del interior del país; el campo le entregaba sus riquezas, y los bosques eran talados como campos de trigo, los hombres y los animales nacían y se multiplicaban para aplacar su hambre, siempre más devoradora. Semejantes a largos dedos, sus muelles se extendían penetrando en el océano para capturar los buques que llegaban de todos los continentes. Y, además de alimentarse, arrojaba todos sus desechos en el mar, exhalaba su aliento ponzoñoso al aire, y se convertía en más infecta a medida que se hacía más poderosa.
Gradualmente se había ido proveyendo de un sistema nervioso central de hilos aéreos y de cables subterráneos, de un sistema circulatorio hecho de bombas y de depósitos, de un sistema excretor. De una criatura invertebrada y parásita se había convertido en una criatura superior dotada de los atributos tangibles que acompañan a los conceptos subjetivos de voluntad, pensamiento y conciencia...
Podía imaginar su conciencia, y adivinar sus pensamientos últimos..., pero sentía el dolor de la carne atormentada contra las piedras de la ciudad, y se daba cuenta con un estremecimiento de hasta qué punto la ciudad debía odiarle. Altanera, impersonalmente..., pero ya no con indiferencia. Porque ahora, por primera vez en tres siglos, la ciudad se sentía amenazada.
Y, como represalia, había intentado arrebatarle su vida.
Aún no había conseguido escapar. La ciudad era rica en medios y ardides. Le seguía acechando, aguardando el momento favorable. Sabía que él no podía quedarse indefinidamente allá. Las luces le contemplaban fijamente como grandes ojos, como haciéndole señas.
Los pensamientos se atropellaban en su cabeza. Aún estaba a tiempo...
A tiempo para abandonar la partida, para dar media vuelta. Podía regresar apresuradamente a la cámara subterránea cerrada con llave (pero había arrojado la llave, y necesitaría pedir ayuda para derribar la puerta), podía llegar a tiempo para detener la transformación química que se estaba operando allá. Hacer lo que tan sólo él en toda la ciudad era capaz de hacer. Si actuaba así no habría más accidentes, estaba seguro de ello. Lo ocurrido no tenía más finalidad que debilitar su voluntad, hacerle retroceder en su decisión.
Repentinamente se envaró, deslumbrado por aquella revelación. Y entonces se echó a reír..., no alegremente, sino con una risa nerviosa, sardónica, mientras giraba lentamente la cabeza para contemplar las luces que lo rodeaban por todas partes.
—¡Pero no te atreves a matarme! —exclamó—. Soy el único que aún puede salvarte. Puedes intentar asustarme para que regrese allá abajo..., ¡pero no puedes matarme porque, si yo muero, perderás tu última esperanza!
Se puso en pie, tambaleándose, y se apoyó en el tronco del árbol. Pero sentía cómo las fuerzas volvían a su cuerpo, las fuerzas empujadas por el odio.
—¡Intenta detenerme! —dijo entre dientes—. ¡Inténtalo!
Se lanzó ciegamente hacia adelante, tan pronto caminando, tan pronto corriendo a pequeños saltos. Ya no miraba ni al aire ni a sus pies. Atravesando una amplia avenida sin preocuparse de los semáforos, estalló en una carcajada cuando la caja de un camión casi le rozó al efectuar un viraje. Sabía que no podía ocurrir de otro modo.
Se echó a reír de nuevo cuando la barrera de un paso a nivel se cerró ante sus narices y pasó por debajo de ella para atravesar tranquilamente las vías con la sonrisa en los labios, bajo el amenazador ojo de la locomotora..., seguro que, si se le ocurría detenerse en medio de las vías, el tren descarrilaría antes que tocarle.
Llegó ante un cartel que advertía en gruesas letras: PELIGRO, y se echó a reír sonoramente, sin desviarse ni un centímetro de su camino.
Había obreros trabajando a la luz de los focos a lo largo de toda aquella calle de los suburbios, un trabajo urgente según todas las apariencias, y cuya suprema ironía sólo él podía captar. Estaban frenéticamente ocupados en demoler una hilera de viejas casas carcomidas, preparando el terreno para cualquier nueva construcción que nunca llegaría a ver el día. A tal distancia del Punto Cero, allá abajo, en el centro de la ciudad, se hallaban ya fuera del radio de destrucción total, pero incluso aquí quedarían muy pocas casas en pie tras la explosión y los incendios... Siguió su camino, sin preocuparse de los focos ni de los obreros, y echaba a correr de nuevo cuando alguien gritó:
—¡Eh, allí! ¡Cuidado!
Un sordo bramido resonó sobre su cabeza, y levantó la vista con aire alucinado para ver toda una pared de ladrillos combarse junto a él, luego partirse en dos en su estruendosa caída. Parecía caer sobre él a una viscosa lentitud..., pero no había ninguna forma de evitarla.


No perdió el conocimiento, pero no podía moverse, y el dolor que sentía era casi intolerable. No debía tener muchos huesos rotos, pero una tonelada de piedras aprisionaba sus piernas, y otra masa se apoyaba contra su pecho, no con todo su peso pero sí inmovilizando su cuerpo arqueado contra una viga.
Había voces, rostros, luces, flotando en un caos a su alrededor. Algunas manos tiraban de los cascotes, en un fútil esfuerzo.
—¡Dios mío! ¿Acaso no vio el letrero? ¿Por qué no prestó más atención?
—¡Vamos, no te quedes ahí! ¡Ve a buscar un gato!
—Cuidado, si toda esa masa se desliza...
Permanecía suspendido allá, bajo la cegadora luz de los focos, como sujeto entre los dedos de una mano gigantesca. Unos dedos que tenían tan sólo que crisparse, la masa de piedras que se mantenía sobre él deslizarse unos pocos centímetros, para que su columna vertebral se partiera como un cristal.
Cuando intentaron liberarle con ayuda de palancas, lanzó un aullido, y ya no ensayaron de nuevo.
—Tranquilo, pronto llegará ayuda.
—¿Alguien ha avisado a los bomberos?
Se oyó el ulular de una sirena acercándose, y luego se interrumpió. Aparecieron otras luces. Una nueva sirena acudiendo... Vio confusamente uniformes, insignias. Gentes al servicio de la ciudad.
Hizo un esfuerzo por recuperar su aliento y gritó:
—¡Imbéciles! ¡Ustedes no son más que corpúsculos! ¡Eso es lo que son..., tan sólo corpúsculos!
—Pobre hombre, está delirando.
—¡Retrocedan! ¡Apártense! —gritó de nuevo—. Ya lo sé, ya sé lo que ella quiere, pero no voy a decir nada...
—Vamos, muchacho, cálmate. Vamos a...
—No diré que...
La masa de piedras que lo abrumaba se movió uno o dos centímetros. Su voz se quebró. Su mirada recorrió los rostros y las luces. Sintió un repentino pánico. Gimió:
—No, no... Lo diré. ¡Lo diré todo!
—No se excite, vamos a sacarle de aquí...
—¡Imbéciles! —jadeó—. Y, con una incoherente prisa, en forma entrecortada, se los dijo todo: lo que había en la cámara subterránea cerrada con llave, y dónde estaba, y cómo desarmar el artefacto sin hacer que estallara.
Apenas quedaba ya tiempo.
Le escucharon con rostros asombrados.
—Debe estar delirando, por supuesto... Pero es mejor no correr ningún riesgo con algo así. ¿Has anotado la dirección? ¿Lo has anotado todo?
Una voz habló cerca de él, seca, rápida, transmitiendo el mensaje a lo largo del sistema neurálgico de la ciudad. En la lejanía, en el amenazado corazón de la masa de cemento, las sirenas despertaron una tras otra y le aullaron a la noche.
—Vamos, aún no hemos terminado aquí —dijo alguien—. Trae ese gato...
Entonces se produjo un siniestro crujido. La pesada masa de ladrillos empezó a ceder lentamente. Un centímetro, dos centímetros, tres... Los hombres se lanzaron con todas sus fuerzas contra el bloque, pero fue en vano. El atrapado fugitivo lanzó un penetrante aullido, que se cortó en seco cuando la masa cedió definitivamente.
Pálidos, los hombres se contemplaron con un profundo sentimiento de impotencia.
La ciudad no conocía la clemencia.

Maniático - Fredric Brown


    He oído el rumor —dijo Sangstrom— de que usted… —Volvió la cabeza y miró a su alrededor para asegurarse de que el farmacéutico y él estaban solos en la pequeña botica. El farmacéutico era un hombrecito de aspecto retorcido cuya edad podía situarse entre los cincuenta y los cien años. Estaban solos, pero Sangstrom bajó todavía más la voz—… de que usted tiene un veneno que no deja el menor rastro.

El farmacéutico asintió. Dio la vuelta al mostrador y cerró la puerta de la botica. Luego se dirigió hacia una puerta situada detrás del mostrador.

—Precisamente iba a cerrar para tomar una taza de café —dijo—. Venga conmigo y lo tomaremos juntos.

Sangstrom aceptó la invitación y entró en una trastienda, en la cual había hileras de estanterías llenas de botellas y de frascos, desde el suelo hasta el techo. El farmacéutico enchufó una cafetera eléctrica, sacó dos tazas y las colocó encima de una mesa que tenía una silla a cada lado. Hizo una seña a Sangstrom para que ocupara una de las sillas, y se sentó en la otra.

—Ahora, dígame —inquirió—: ¿a quién desea matar, y por qué?

—¿Es necesario? —dijo Sangstrom—. ¿No basta con que le pague…?

El farmacéutico le interrumpió levantando una de sus manos.

—Sí, es necesario. Tengo que convencerme de que merece usted lo que puedo darle. De no ser así…

Se encogió de hombros.

—De acuerdo —dijo Sangstrom—. El quién es mi esposa. El porqué

Empezó una larga historia. Antes de que hubiera terminado, la cafetera había realizado su tarea y el farmacéutico le interrumpió brevemente para ir en busca del café. Sangstrom terminó su historia.

El farmacéutico asintió.

—Sí, ocasionalmente proporciono un veneno que no deja rastro. Lo hago completamente gratis; no cobro nada por él, si creo que el caso lo merece. He ayudado a muchos asesinos.

—Muy bien —dijo Sangstrom—. Siendo así, le ruego que me lo proporcione.

El farmacéutico sonrió.

—Ya lo he hecho. Cuando el café estuvo preparado, había decidido ya que usted merecía el veneno. Tal como le he dicho, no voy a cobrarle nada por él. No tiene que abonarme nada. Pero el antídoto tiene un precio.

Sangstrom había palidecido intensamente. Pero ya había previsto… no precisamente esto, sino la posibilidad de un doble juego o de alguna forma de chantaje. Sacó un revólver de su bolsillo.

El farmacéutico soltó una risita.

—Yo no me atrevería a utilizar eso. ¿Puede usted encontrar el antídoto entre esos millares de botellas y frascos? ¿Quiere exponerse a ingerir un veneno todavía más virulento? —Hizo una breve pausa—. Bien, si cree usted que le engaño, dispare. Dentro de tres horas, cuando el veneno empiece a producir sus efectos, conocerá la respuesta.

—¿Cuánto vale el antídoto? —gruñó Sangstrom.

—Un precio razonable. Mil dólares. Después de todo, un hombre tiene que vivir. Aunque su manía sea la de impedir los asesinatos, no existe ningún motivo por el que deba renunciar a ganar un poco de dinero, ¿no le parece?

Maldiciendo en voz baja, Sangstrom dejó el revólver sobre la mesa, al alcance de su mano, y sacó su cartera. Tal vez cuando tuviera el antídoto podría utilizar el revólver. Contó mil dólares en billetes de cien y los empujó hacia el farmacéutico. Éste no hizo el menor movimiento para cogerlos. Dijo:

—Y otra cosa… para seguridad de su esposa y mía. Escribirá usted una confesión de sus intenciones —de sus antiguas intenciones, confío— de asesinar a su esposa. Luego esperará hasta que la envíe por correo a un amigo mío de la Brigada de Homicidios. Él la conservará como prueba, por si a última hora decidiera usted asesinar a su esposa utilizando cualquier otro medio. O a mí, que también podría ser.

»Cuando haya echado la confesión al correo volveré aquí y le entregaré el antídoto. Aquí tiene papel y pluma…

»¡Oh! Otra cosa…, aunque ésta la dejo a su voluntad. Haga correr la voz acerca de mi veneno que no deja rastro, ¿quiere? Nunca se sabe lo que puede ocurrir, Mr. Sangstrom. La vida que usted salve, si tiene algún enemigo, puede ser la suya…

Un asesinato refinado - Jack Ritchie

    Creo que la salchicha es una de las invenciones más nobles del género humano —dijo Henry Chandler—. Y presentada en forma de bocadillo, no sólo es nutritiva, sino también sumamente práctica. Permite seguir comiendo mientras se realizan otras tareas: leer, vigilar, o empuñar un revólver…

En la pared, el reloj eléctrico señalaba las doce y cuarto del mediodía, y aparte de Chandler y de mí mismo, en las oficinas no había nadie.

Chandler mordió el bocadillo, masticó y tragó. Luego sonrió.

—Usted y mi esposa han sido discretos, Mr. Davis. Excepcionalmente discretos, cosa que ahora redundará en beneficio mío. Desde luego, arreglaré las cosas de modo que parezca que usted se ha suicidado. Pero si la policía no se deja engañar y llega a la conclusión de que se ha cometido un asesinato, no podrá dar con el motivo. No hay nada que nos relacione de un modo especial, aparte del hecho de que soy un empleado suyo… al igual que otros veinte.

Coloqué mis helados dedos encima del escritorio.

—Su esposa lo sabrá. Acudirá a la policía.

—¿De veras? Permítame que lo dude. Una mujer es capaz de hacer grandes cosas por su amante… mientras está vivo. Pero, una vez muerto, ya es harina de otro costal. Las mujeres son muy prácticas, Mr. Davis. Y, además, ella podrá sospechar que le he asesinado a usted, pero no lo sabrá a ciencia cierta. Y esa incertidumbre, en el peor de los casos, le impedirá acudir a la policía. Se dirá a sí misma, muy razonablemente, que no existe ningún motivo para airear el lío que tuvo con usted. Quizás existan docenas de personas que deseen su muerte…

La desesperación era evidente en mi voz.

—La policía efectuará pesquisas. Descubrirá que usted se quedó aquí cuando los demás se marcharon.

Sacudió la cabeza.

—No lo creo. Nadie sabe que estoy aquí. Me marché cuando se marcharon los demás, y regresé cuando supe que usted estaba solo. Se me ocurrió que lo más juicioso sería matarle a la hora del almuerzo, Mr. Davis. Es la hora en que resulta más difícil «situar» a cualquiera. La gente come, pasea o va a comprar algo, y luego regresa a su trabajo. Casi es imposible comprobar… o refutar… dónde dice haber estado.

Volvió a morder el bocadillo.

—Habitualmente, almuerzo en cualquiera de las numerosas cafeterías que hay por estos alrededores. Pero no soy el tipo de hombre que llama la atención… o que se echa de menos. Durante dos semanas, Mr. Davis, he estado esperando que usted se quedara después de marcharse el personal. —Sonrió—. Y esta mañana me he dado cuenta de que se había traído el almuerzo a la oficina. ¿Decidió usted que estaría demasiado ocupado para salir a almorzar?

Me relamí los labios.

—Sí.

Chandler alzó el trozo de bocadillo que le quedaba y contempló las dos pequeñas salchichas.

—El cuerpo humano reacciona de un modo muy raro —dijo—. Tengo entendido que en momentos de grave apuro —enojo, miedo, rabia— reacciona a menudo con una sensación de hambre. Y en este momento, Mr. Davis, puedo asegurarle que siento un apetito atroz. —Sonrió—. ¿Está seguro de que no se comería un bocadillo? Después de todo, son suyos.

No dije nada.

Chandler se secó los labios con una servilleta de papel.

—En su actual estado de evolución, el hombre todavía necesita comer carne. Sin embargo, desde el punto de vista de alguien que posea mi sensibilidad, existen ciertos obstáculos para gozar con su consumo. Cuando voy a comerme un filete, por ejemplo, experimento cierta prevención. Y si por casualidad muerdo un trozo de cartílago, me entra tal repugnancia que no puedo terminar de comer.

Me contempló fijamente.

—Tal vez crea usted que estoy un poco chiflado al oírme hablar de comida en un momento como éste. En realidad, no sé cómo no le he matado ya. ¿Será porque gozo de este momento y deseo prolongarlo? ¿O porque temo el acto final? —Se encogió de hombros—. Pero, incluso en el caso de que lo temiera, permítame asegurarle que no pienso renunciar a él.

Simulando indiferencia, alargué la mano hacia el paquete de cigarrillos que reposaba encima de mi escritorio.

—¿Sabe usted dónde está Helen ahora? —inquirí.

—¿Desea usted despedirse de ella? ¿O intentar que me convenza para que no haga esto? Lamento no poder complacerle, Mr. Davis. Helen se marchó el jueves a casa de su hermana para pasar allí unos días.

Encendí un cigarrillo y aspiré voluptuosamente una bocanada de humo.

—No me preocupa morir. Ni lo lamento. Antes de marcharme de este mundo, ya habré hecho las paces con él.

Chandler sacudió ligeramente la cabeza, sin comprender.

—Ha sucedido tres veces —dije—. Tres veces. Antes de Helen hubo una Beatrice, y antes de Beatrice hubo una Dorothy.

Chandler sonrió.

—¿Está hablando para ganar tiempo? Le advierto que no se saldrá con la suya, Mr. Davis. He cerrado las puertas que dan al pasillo. Si alguien regresa antes de la una, cosa que dudo, no podrá entrar. Y si se muestra insistente y llama, me limitaré a disparar contra usted y a salir por la puerta de atrás.

Las puntas de mis dedos dejaron unas manchas húmedas sobre el escritorio.

—El amor y el odio son dos sentimientos que van muy unidos, Chandler. De un modo especial en mi caso. Cuando amo (y cuando odio) lo hago apasionadamente.

Contemplé mi cigarrillo.

—Amé a Dorothy y estaba convencido de que ella me amaba. Íbamos a casarnos. Lo tenía todo preparado. Lo esperaba. Pero, en el último momento, ella me dijo que no me amaba. Que nunca me había amado.

Chandler sonrió y mordió su bocadillo, mejor dicho, mi bocadillo.

Escuché unos instantes el tránsito de la calle.

—No pudo ser mía, pero no fue de nadie. —Miré a Chandler—. La maté.

Parpadeó y me miró fijamente.

—¿Por qué me cuenta eso?

—¿Qué importa, ahora? —Di un par de chupadas al cigarrillo—. La maté, pero aquello no era suficiente. ¿Comprende, Chandler? No era suficiente. Yo la odiaba. La odiaba.

Aplasté el cigarrillo contra el cenicero y continué, en voz baja:

—Compré un cuchillo y una pequeña sierra. Y cuando terminé mi tarea, metí los trozos en un saco, lo acabé de llenar con piedras y lo tiré al río.

El rostro de Chandler había palidecido.

Contemplé la colilla en el cenicero.

—Dos años más tarde conocí a Beatrice. Estaba casada, pero salíamos juntos. La cosa duró seis meses. Creí que me amaba del mismo modo que yo la amaba a ella. Pero cuando le pedí que se divorciara de su marido… para casarse conmigo… se echó a reír. Se echó a reír.

Chandler había retrocedido un paso.

Noté que mi rostro estaba empapado en sudor.

—Aquella vez, el cuchillo y la sierra no fueron suficientes. No me dejaron satisfecho. —Me incliné hacia delante—. Cuando tiré el saco a los animales era de noche. Brillaba la luna. Y contemplé cómo se peleaban por devorar el contenido del saco. Luego se acercaron a los barrotes, pidiendo más.

Los ojos de Chandler estaban muy abiertos.

Me puse en pie lentamente. Toqué el bocadillo que Chandler había dejado sobre mi escritorio y levanté la rebanada de pan de la parte superior. Luego sonreí.

—Las tripas de cerdo para embutidos vienen empaquetadas en sal, Chandler. ¿Lo sabía? En una pequeña caja de cartón, redonda. Cincuenta pies de tripa por ochenta y cinco centavos.

Volví a colocar la rebanada de pan en su sitio.

—¿Sabía usted que una máquina de picar carne para hacer salchichas vale treinta y cinco dólares?

Sonreí.

—Primero se corta la carne en trozos de un tamaño adecuado. Las magras, el sebo, las ternillas…

Le miré a los ojos.

—Su esposa no quería abandonarle, Chandler. Había estado jugando conmigo. La amé… y la odié. La odié con todas mis fuerzas, más de lo que había odiado a nadie en el mundo. Y me acordé de los animales, y de lo mucho que habían gozado…

Me miré en los horrorizados ojos de Chandler.

—¿Dónde cree usted que está ahora su esposa?

Y luego empujé hacia él el bocadillo a medio comer.

 

Después del entierro, ayudé a Helen a subir al automóvil. Cuando estuvimos solos, se volvió hacia mí.

—Estoy convencida de que Henry no sabía nada de lo nuestro. No puedo comprender por qué se suicidó… y en tu oficina.

En aquel momento cruzábamos las verjas del cementerio. Sonreí.

—No sé. Tal vez le sentó mal algo que comió.

Una coartada de dos minutos - George Harmon Coxe

    Cuando se abrió la puerta que daba a la sala del tribunal y el ujier dijo: «El doctor Lane, por favor», Thomas Lane se puso en pie y se arregló la americana antes de lanzar una ojeada al joven y a la muchacha que estaban sentados junto a él, en el banco de madera.

Janet Watkins le devolvió la mirada, su rostro pálido pero tranquilo, rodeado por el halo de cabellos rubio ceniza, sus ojos color de avellana abiertos e indefensos, hasta el punto que podía leerse claramente en ellos la duda y la incertidumbre, en el preciso instante en que trataba de esbozar una sonrisa de aliento. Janet Watkins había sido ya interrogada y no podía hacer más que esperar la decisión que liberaría a Don Maynard o le inculparía de asesinato.

A su lado, Maynard exhibía una sonrisa estereotipada y fingida, pero su mirada fue franca y segura cuando se cruzó con la de Lane, reflejando más confianza que temor y reafirmando el convencimiento del médico de que Maynard no podía haber asesinado a su esposa.

—No os preocupéis —declaró Lane, con una seguridad que estaba muy lejos de sentir—. Todo saldrá bien.

Forbes, el abogado de Maynard, que encendía cigarrillo tras cigarrillo desde hacía una hora, suspiró y dijo:

—Eso tal vez dependa de usted, doctor.

La sala alta de techo recordó a Lane las aulas de la Universidad; los miembros del jurado no estaban alineados unos al lado de otros como había esperado, sino repartidos al azar delante de él de igual modo que sus alumnos, ante unas mesas, para que pudieran tomar notas con más facilidad. Inmediatamente se dio cuenta de su interés, y, cuando hubo prestado juramento, dirigió a su auditorio una sonrisa ausente, sabiendo que estaba impecable en su traje oscuro, su camisa blanca y su corbata lisa, seguro de que sus abundantes cabellos blancos estaban bien peinados.

Dijo cómo se llamaba, dónde vivía y en qué se ocupaba, añadiendo que a pesar de tener el título de médico había decidido hacía muchos años dedicar su vida a la investigación y a la enseñanza. Cuando se había jubilado, tres años antes, ocupaba un cargo de profesor en la Universidad; posteriormente, se había dedicado a escribir una obra acerca de las consecuencias de la vida moderna sobre el funcionamiento del corazón.

—Y ahora —dijo el fiscal del distrito, llamado MacCann—, ¿puede usted decirnos cuánto tiempo hace que conoce a Janet Watkins?

Con sus modales reposados, el médico respondió que la conocía desde hacía año y medio, aproximadamente. Había tenido necesidad de alguien que mecanografiara un manuscrito, y la Universidad le había recomendado a la joven. Desde entonces, la había visto casi una vez por semana.

—¿Siente usted mucho afecto por ella, doctor?

—Sí.

Lane consideró inútil añadir que había llegado a estimar a Janet Watkins como a la hija que ahora tendría si hubiese vivido lo suficiente.

Luego explicó lo que sabía de Don Maynard, y que Janet le había traído a su casa, hacía nueve meses. A partir de entonces, el muchacho solía presentarse cuando la joven tenía que entregar algún manuscrito, y a veces se quedaban a tomar café con él. De cuando en cuando, jugaban a cartas.

—Usted sabía que Mrs. Maynard vivía al otro lado del patio de su casa, en aquel grupo de inmuebles —dijo MacCann—. En el mismo piso, creo. ¿La conocía usted antes de entablar conocimiento con su marido?

—De vista —respondió Lane.

No añadió que hubiera sido imposible dejar de fijarse en ella, con sus vestidos ceñidos, su andar provocativo y sus llameantes cabellos rubios, cuya tonalidad sólo podía haber sido obtenida por algún procedimiento químico.

—Usted sabía que Mrs. Maynard recibía, visitas de cuando en cuando —continuó el fiscal, consultando sus notas—. Con frecuencia, llegaba a su casa acompañada por algún hombre.

Lane esperó, sabiendo que había hecho todas aquellas declaraciones al comienzo de la investigación. No había prestado atención a aquellos hombres ni había espiado conscientemente el piso de enfrente. Había comprobado que las luces estaban encendidas a menudo hasta muy tarde, pero casi nunca se había preguntado el significado de aquel hecho.

—Usted no simpatizaba con Mrs. Maynard —dijo MacCann. Y, en vista de que no llegaba ninguna respuesta—: Consideraba usted que era una situación más bien sórdida.

—Sórdida, tal vez; pero no única.

—Recientemente, cuando Mr. Maynard y Miss Watkins empezaron a visitarle, ¿emitió usted alguna opinión acerca de Mrs. Maynard?

—Nunca hablábamos de ella.

—¿De veras? —MacCann se permitió una leve sonrisa dedicada al jurado, y luego su voz se hizo más incisiva—. Pero, durante ese período, esas dos personas se enamoraron una de otra. Usted debió darse cuenta del hecho.

—Supongo que sí.

—Sentía usted mucho afecto por Janet Watkins. Estaba usted interesado en su felicidad. Sin embargo, aprobaba aquellos sentimientos, sabiendo que Maynard estaba ya casado.

—El matrimonio de Don fue un error de juventud —respondió Lane—. Una consecuencia de la guerra de Corea.

—Eso es una opinión suya, doctor.

—Los Maynard estaban separados desde hacía un año cuando Don conoció a Janet —insistió Lane—. Ella no tuvo nada que ver en su ruptura.

—Sin embargo, Maynard pidió el divorcio a causa de Janet Watkins.

El médico no discutió, ya que conocía demasiado bien los hechos: Don había vendido sus escasos bonos del tesoro y había pedido prestado algún dinero sobre su seguro de vida para dar a su esposa una suma compensadora. Luego, en el último momento, ella había exigido unas sumas complementarias a entregar semanalmente.

—Lo cual nos conduce a la noche del 12 de diciembre —continuó MacCann—. Maynard acababa de enterarse de que su esposa exigía una suma semanal que él no podía entregar. Fue a su casa de usted —el Fiscal del Distrito consultó sus notas—, a eso de las nueve cuarenta y cinco. ¿Para qué, doctor? ¿Quería un consejo? Y, en caso afirmativo, ¿qué le aconsejó usted?

La escena había quedado claramente impresa en la memoria del médico, y pensó de nuevo en el joven que esperaba fuera en compañía de Janet Watkins. Aquella noche fatal, Maynard tenía un rostro cansado, surcado de arrugas, y su resentimiento y su excitación se traicionaban en su voz y en los movimientos nerviosos de su cuerpo mientras andaba de un lado a otro de la estancia, explicándole la situación. El médico no dio ahora ningún detalle.

—Maynard sabía que su esposa mantenía relaciones con otros hombres —dijo—. Le sugerí que contratara, por desagradable que pudiera resultarle, los servicios de un detective privado a fin de poder obtener el divorcio sin verse obligado a desembolsar ningún dinero.

MacCann se volvió hacia el jurado y resumió la posición de la acusación. Pero el médico no le escuchaba ya: conocía de sobra aquella posición. Fastidiado por una esposa a la cual odiaba, Maynard había salido del piso del doctor Lane lleno de impotente rabia, había cruzado el patio y se había precipitado a casa de su esposa con un revólver en el bolsillo. Ella insistió en sus pretensiones, y Maynard utilizó el revólver.

Dado que una de sus ventanas estaba abierta, el médico había oído la detonación. Otros inquilinos la habían oído también. La hora exacta había sido determinada con precisión, pero sólo una persona se había preocupado por el disparo. Tres o cuatro minutos después de sonar el tiro, un hombre que vivía en el mismo rellano, impulsado por una esposa curiosa que deseaba enterarse de lo sucedido, había salido de su casa. La puerta del piso de Maynard estaba entreabierta y, echando una ojeada, el vecino en cuestión había visto a Maynard arrodillado junto al cadáver de su esposa, con un revólver en la mano: un recuerdo de guerra cuya procedencia no había podido establecer la policía.

A tales evidencias, Maynard no podía oponer más que una absurda historia. Reconoció que estaba contrariado y trastornado por las exigencias de su esposa, y que había subido a su casa en aquella disposición de ánimo, pero no llevaba encima ninguna arma y sólo tenía la intención de amenazarla. Negó haberse precipitado a casa de su esposa… sus preocupaciones le habían hecho aflojar el paso. Al entrar en el inmueble, un hombre que salía corriendo había tropezado con él en el vestíbulo. Como la iluminación era deficiente, Maynard no había podido distinguir su rostro, pero tenía una idea de la estatura del desconocido y del traje que llevaba. Sostuvo que aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el cuaderno de direcciones de su esposa— tuvo que ser el asesino de Mrs. Maynard, puesto que cuando él entró en el piso la había encontrado muerta. Estupefacto y sin darse cuenta de lo que hacía, había recogido el revólver. Y seguía teniéndolo en la mano cuando el vecino le había visto.

—Veamos, doctor —dijo MacCann—. En su declaración a la policía, afirmó usted que habían transcurrido dos minutos, como máximo, después de marcharse Maynard, cuando oyó usted el disparo fatal. Ha confirmado usted sus declaraciones acerca de ese extremo, pero ha reconocido también que no miró el reloj cuando Maynard se marchó, ni cuando oyó el disparo.

—En efecto.

—¿Acaso posee usted un sentido especial del tiempo que le permite determinar la hora con exactitud?

—Que yo sepa, no.

—Entonces no se trata de una certeza propiamente dicha…, sino únicamente de una conjetura.

Antes de que el médico pudiera responder, una mujer miembro del jurado preguntó:

—¿Puedo formular una pregunta? —Estaba sentada en las primeras filas…, una mujer regordeta, de rostro amable, que llevaba un vestido de paño gris—. ¿Comprobó la policía el tiempo que necesita un hombre para ir de un piso al otro?

—Sí —respondió MacCann—. En condiciones diversas. Puede bajarse por la escalera tan rápidamente como con el ascensor. Un hombre con cierta prisa, que cruce sin correr, pero a buen paso, el espacio existente entre los dos edificios, puede recorrer el trayecto en dos minutos y diez segundos. Añadiendo otros diez segundos para llegar al piso y utilizar el arma…

No terminó, pero se volvió hacia el médico:

—Me gustaría comprobar su noción del tiempo, doctor. ¿Ve usted algún inconveniente?

Lane había sospechado que iba a producirse algo por el estilo. En realidad, él había proporcionado una coartada a Maynard. Si el jurado creía que había transcurrido un máximo de dos minutos entre la salida de Maynard de su casa y la detonación, era evidente que el disparo tuvo que hacerlo otra persona. MacCann tenía que atacar aquella coartada —demostrar que la noción que el médico tenía del tiempo no era exacta, ni mucho menos—, y Lane sabía que lo único que podía hacer era afrontar tranquilamente la prueba. Cuando hubo inclinado la cabeza en señal de asentimiento, MacCann dijo:

—Hagamos antes una prueba de ensayo. Usted, señora —se dirigía a la mujer vestida de gris—, ¿tiene inconveniente en volverse de espaldas al reloj y cerrar los ojos? Gracias. Voy a dar la señal, y usted me dirá cuándo le parece que han transcurrido dos minutos.

El médico no pudo evitar volver la cabeza para mirar el reloj de pared que había detrás de él. Oyó la señal de MacCann y vigiló la saeta de los segundos. Quedó a la vez sorprendido y aterrado cuando, al cabo de setenta y dos segundos, la mujer declaró.

—Ahora han pasado dos minutos.

En la sala se oyeron algunas risas, mientras MacCann se dirigía a un hombre, sentado a su derecha:

—¿Quiere usted probar, caballero?

De nuevo, el médico miró el reloj, dándose cuenta de que aquel hombre sabría calcular los dos minutos completos pero experimentó la misma sensación de decepción cuando vio que el cálculo del miembro del jurado sobrepasaba en veintiocho segundos los dos minutos. En la sala se repitieron las risas, y MacCann se dirigió ahora al médico:

—Por favor, doctor, si está usted dispuesto, vamos a ver con qué precisión puede usted calcular ese intervalo de dos minutos del cual hemos oído hablar tanto. Y, para que no pueda usted guiarse por las reacciones del jurado, tenga la bondad de inclinar la cabeza y de cerrar los ojos… ¡Oh! Otra cosa más: su reloj.

—¿Cómo dice?

MacCann se tomó el tiempo necesario para sonreír al jurado, y su voz adquirió un leve acento de reproche.

—Veo que lleva usted un reloj de pulsera. Y no creo que quiera usted hacer trampa, ¿verdad, doctor?

Lane notó que sus mejillas se teñían de púrpura mientras se quitaba el reloj de pulsera y lo introducía en uno de sus bolsillos; luego cruzó las manos e inclinó ligeramente el busto hacia delante, con la cabeza baja. Era una actitud que tomaba el domingo en la iglesia y que en aquel momento parecía adecuada, ya que, mientras el Fiscal del Distrito se disponía a dar la señal, en el corazón del doctor Lane había una plegaria.

Concentrándose, Lane se dio cuenta de la importancia de aquella prueba. Comprendía ahora todo el sentido de lo que había dicho Forbes, el abogado de Maynard, un poco antes.

—Si inculpan a Don, el trabajo será nuestro, ya que la policía olvidará a todos esos individuos que visitaban a su esposa. Sabemos que uno de ellos la asesinó, y si el fiscal del distrito no obtiene la inculpación de Don, la policía se verá obligada a buscar entre aquellos individuos. Sólo así podrá ser descubierto el culpable.

La sala estaba ahora profundamente silenciosa. No llegaba el menor sonido del reloj, ni el menor ruido de respiración del jurado, que se había convertido en mudo e inmóvil. Los segundos que transcurrían parecían interminables, pero la concentración del doctor era ahora muy intensa.

Reflexionando de nuevo en las palabras del abogado, vio otro aspecto de la cuestión, y ese aspecto fue el que alivió su conciencia. Los años dedicados a la enseñanza le habían hecho adquirir una perspicacia en materia de caracteres que rara vez fallaba, como había podido comprobar en estudiantes cuya vida posterior había confirmado su juicio, bueno o malo.

En el fondo de su corazón, no creía que Maynard hubiera asesinado a su esposa, y su opinión se basaba en la actitud del joven cuando estaba con Janet Watkins. No eran únicamente las miradas y los buenos modales de Maynard, sino también su ternura, que se manifestaba especialmente cuando contemplaba a la muchacha creyendo que nadie le observaba. Sin embargo, había tenido la posibilidad material de asesinar a su esposa…, y en esto se basaba la acusación.

El médico no deseaba en absoluto ejercer las funciones de juez y de jurado, pero sabía que un veredicto de «no ha lugar» no es lo mismo que una absolución. Si surgían unos testimonios complementarios —si más adelante se adquiría la prueba de que Maynard era efectivamente culpable—, podría reunirse un nuevo jurado y dictar un veredicto distinto. De momento, lo importante era que la policía se viera obligada a buscar otro culpable…

—Ahora, creo —dijo con voz ahogada, levantando la cabeza.

Oyó la mal disimulada reacción del jurado: sofocados murmullos, que se convirtieron en un zumbido de exclamaciones a media voz. Comprendió que había ganado antes incluso de haber visto la expresión de incredulidad que crispó el rostro de MacCann y el encogimiento de hombros, confesión de fracaso, que acompañó a aquella expresión…

Un poco más tarde, después que el jurado hubo votado el «no ha lugar», Forbes insistió para que fueran a tomar una copa con él en la cafetería de la esquina. El joven y la muchacha estaban sentados uno al lado del otro, con los ojos brillantes de alegría y de gratitud, los dedos unidos debajo de la mesa.

Forbes, que había discutido brevemente el caso con el fiscal del distrito, después del veredicto, se dirigió al médico con aire de triunfo:

—Ha sido usted el testigo clave, y MacCann no se ha repuesto todavía de su asombro. Si el jurado le creía a usted, ¿cómo podía votar de modo distinto al que lo ha hecho? —Se echó a reír—. Dice MacCann que sólo se equivocó usted de un segundo.

—Añadí a propósito un segundo más —respondió el médico.

—¿Que añadió a propósito…?

El médico sonrió. Miró a los dos jóvenes, comprendiendo su alegría y compartiéndola.

—Tenía los dedos apoyados en las muñecas —explicó—, de modo que pudiera tomarse el pulso.

—¿El pulso? —Forbes se inclinó hacia delante, con expresión de sorpresa—. Pero, yo creía que variaba…, que la menor emoción lo aceleraba.

—¡Oh, sí! Normalmente, sí. Para un profano, la sola idea de algo divertido (por ejemplo, unas vacaciones o una tarde de golf) acelera los latidos. Pero yo estoy lejos de ser un profano. —Sonrió—. He dedicado una gran parte de mi existencia a unos estudios sobre el corazón, y me había tomado el pulso innumerables veces mientras escribía mi obra. Y en toda clase de circunstancias.

—¡Oh!

—Y también… —Volvió a sonreír, sin vanidad, con dignidad—, también resulta posible llegar a controlar los pensamientos… Tengo un pulso lento y regular. Muy constante. Sesenta y cuatro pulsaciones. Deliberadamente, añadí un par de pulsaciones suplementarias. Un cálculo demasiado exacto hubiera podido despertar sospechas.

 Diez días más tarde, el médico se tomaba una copa solo. Había tenido remordimientos de conciencia de cuando en cuando, al pensar cómo había engañado a MacCann. Pero ahora estaba completamente tranquilo, mientras releía en el periódico la noticia de que el asesino de Mrs. Maynard había sido detenido y había confesado de plano.

Y la confesión de aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el cuaderno de direcciones de Mrs. Maynard— ponía fin al caso…