Cuando se abrió la puerta que daba a la sala del tribunal y el ujier dijo:
«El doctor Lane, por favor», Thomas Lane se puso en pie y se arregló la
americana antes de lanzar una ojeada al joven y a la muchacha que estaban
sentados junto a él, en el banco de madera.
Janet Watkins le
devolvió la mirada, su rostro pálido pero tranquilo, rodeado por el halo de
cabellos rubio ceniza, sus ojos color de avellana abiertos e indefensos, hasta
el punto que podía leerse claramente en ellos la duda y la incertidumbre, en el
preciso instante en que trataba de esbozar una sonrisa de aliento. Janet
Watkins había sido ya interrogada y no podía hacer más que esperar la decisión
que liberaría a Don Maynard o le inculparía de asesinato.
A su lado, Maynard
exhibía una sonrisa estereotipada y fingida, pero su mirada fue franca y segura
cuando se cruzó con la de Lane, reflejando más confianza que temor y
reafirmando el convencimiento del médico de que Maynard no podía haber
asesinado a su esposa.
—No os preocupéis
—declaró Lane, con una seguridad que estaba muy lejos de sentir—. Todo saldrá
bien.
Forbes, el abogado
de Maynard, que encendía cigarrillo tras cigarrillo desde hacía una hora,
suspiró y dijo:
—Eso tal vez
dependa de usted, doctor.
La sala alta de
techo recordó a Lane las aulas de la Universidad; los miembros del jurado no
estaban alineados unos al lado de otros como había esperado, sino repartidos al
azar delante de él de igual modo que sus alumnos, ante unas mesas, para que
pudieran tomar notas con más facilidad. Inmediatamente se dio cuenta de su
interés, y, cuando hubo prestado juramento, dirigió a su auditorio una sonrisa
ausente, sabiendo que estaba impecable en su traje oscuro, su camisa blanca y
su corbata lisa, seguro de que sus abundantes cabellos blancos estaban bien
peinados.
Dijo cómo se
llamaba, dónde vivía y en qué se ocupaba, añadiendo que a pesar de tener el
título de médico había decidido hacía muchos años dedicar su vida a la investigación
y a la enseñanza. Cuando se había jubilado, tres años antes, ocupaba un cargo
de profesor en la Universidad; posteriormente, se había dedicado a escribir una
obra acerca de las consecuencias de la vida moderna sobre el funcionamiento del
corazón.
—Y ahora —dijo el
fiscal del distrito, llamado MacCann—, ¿puede usted decirnos cuánto tiempo hace
que conoce a Janet Watkins?
Con sus modales
reposados, el médico respondió que la conocía desde hacía año y medio,
aproximadamente. Había tenido necesidad de alguien que mecanografiara un
manuscrito, y la Universidad le había recomendado a la joven. Desde entonces,
la había visto casi una vez por semana.
—¿Siente usted
mucho afecto por ella, doctor?
—Sí.
Lane consideró
inútil añadir que había llegado a estimar a Janet Watkins como a la hija que
ahora tendría si hubiese vivido lo suficiente.
Luego explicó lo
que sabía de Don Maynard, y que Janet le había traído a su casa, hacía nueve
meses. A partir de entonces, el muchacho solía presentarse cuando la joven tenía
que entregar algún manuscrito, y a veces se quedaban a tomar café con él. De
cuando en cuando, jugaban a cartas.
—Usted sabía que
Mrs. Maynard vivía al otro lado del patio de su casa, en aquel grupo de
inmuebles —dijo MacCann—. En el mismo piso, creo. ¿La conocía usted antes de
entablar conocimiento con su marido?
—De vista
—respondió Lane.
No añadió que
hubiera sido imposible dejar de fijarse en ella, con sus vestidos ceñidos, su
andar provocativo y sus llameantes cabellos rubios, cuya tonalidad sólo podía
haber sido obtenida por algún procedimiento químico.
—Usted sabía que
Mrs. Maynard recibía, visitas de cuando en cuando —continuó el fiscal,
consultando sus notas—. Con frecuencia, llegaba a su casa acompañada por algún
hombre.
Lane esperó,
sabiendo que había hecho todas aquellas declaraciones al comienzo de la
investigación. No había prestado atención a aquellos hombres ni había espiado
conscientemente el piso de enfrente. Había comprobado que las luces estaban
encendidas a menudo hasta muy tarde, pero casi nunca se había preguntado el
significado de aquel hecho.
—Usted no
simpatizaba con Mrs. Maynard —dijo MacCann. Y, en vista de que no llegaba
ninguna respuesta—: Consideraba usted que era una situación más bien sórdida.
—Sórdida, tal vez;
pero no única.
—Recientemente,
cuando Mr. Maynard y Miss Watkins empezaron a visitarle, ¿emitió usted alguna
opinión acerca de Mrs. Maynard?
—Nunca hablábamos
de ella.
—¿De veras?
—MacCann se permitió una leve sonrisa dedicada al jurado, y luego su voz se
hizo más incisiva—. Pero, durante ese período, esas dos personas se enamoraron
una de otra. Usted debió darse cuenta del hecho.
—Supongo que sí.
—Sentía usted mucho
afecto por Janet Watkins. Estaba usted interesado en su felicidad. Sin embargo,
aprobaba aquellos sentimientos, sabiendo que Maynard estaba ya casado.
—El matrimonio de
Don fue un error de juventud —respondió Lane—. Una consecuencia de la guerra de
Corea.
—Eso es una opinión
suya, doctor.
—Los Maynard
estaban separados desde hacía un año cuando Don conoció a Janet —insistió
Lane—. Ella no tuvo nada que ver en su ruptura.
—Sin embargo,
Maynard pidió el divorcio a causa de Janet Watkins.
El médico no
discutió, ya que conocía demasiado bien los hechos: Don había vendido sus
escasos bonos del tesoro y había pedido prestado algún dinero sobre su seguro
de vida para dar a su esposa una suma compensadora. Luego, en el último
momento, ella había exigido unas sumas complementarias a entregar semanalmente.
—Lo cual nos
conduce a la noche del 12 de diciembre —continuó MacCann—. Maynard acababa de
enterarse de que su esposa exigía una suma semanal que él no podía entregar.
Fue a su casa de usted —el Fiscal del Distrito consultó sus notas—, a eso de
las nueve cuarenta y cinco. ¿Para qué, doctor? ¿Quería un consejo? Y, en caso
afirmativo, ¿qué le aconsejó usted?
La escena había
quedado claramente impresa en la memoria del médico, y pensó de nuevo en el
joven que esperaba fuera en compañía de Janet Watkins. Aquella noche fatal,
Maynard tenía un rostro cansado, surcado de arrugas, y su resentimiento y su
excitación se traicionaban en su voz y en los movimientos nerviosos de su
cuerpo mientras andaba de un lado a otro de la estancia, explicándole la
situación. El médico no dio ahora ningún detalle.
—Maynard sabía que
su esposa mantenía relaciones con otros hombres —dijo—. Le sugerí que
contratara, por desagradable que pudiera resultarle, los servicios de un
detective privado a fin de poder obtener el divorcio sin verse obligado a
desembolsar ningún dinero.
MacCann se volvió
hacia el jurado y resumió la posición de la acusación. Pero el médico no le
escuchaba ya: conocía de sobra aquella posición. Fastidiado por una esposa a la
cual odiaba, Maynard había salido del piso del doctor Lane lleno de impotente
rabia, había cruzado el patio y se había precipitado a casa de su esposa con un
revólver en el bolsillo. Ella insistió en sus pretensiones, y Maynard utilizó
el revólver.
Dado que una de sus
ventanas estaba abierta, el médico había oído la detonación. Otros inquilinos
la habían oído también. La hora exacta había sido determinada con precisión,
pero sólo una persona se había preocupado por el disparo. Tres o cuatro minutos
después de sonar el tiro, un hombre que vivía en el mismo rellano, impulsado
por una esposa curiosa que deseaba enterarse de lo sucedido, había salido de su
casa. La puerta del piso de Maynard estaba entreabierta y, echando una ojeada,
el vecino en cuestión había visto a Maynard arrodillado junto al cadáver de su
esposa, con un revólver en la mano: un recuerdo de guerra cuya procedencia no
había podido establecer la policía.
A tales evidencias,
Maynard no podía oponer más que una absurda historia. Reconoció que estaba
contrariado y trastornado por las exigencias de su esposa, y que había subido a
su casa en aquella disposición de ánimo, pero no llevaba encima ninguna arma y
sólo tenía la intención de amenazarla. Negó haberse precipitado a casa de su
esposa… sus preocupaciones le habían hecho aflojar el paso. Al entrar en el
inmueble, un hombre que salía corriendo había tropezado con él en el vestíbulo.
Como la iluminación era deficiente, Maynard no había podido distinguir su
rostro, pero tenía una idea de la estatura del desconocido y del traje que
llevaba. Sostuvo que aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el
cuaderno de direcciones de su esposa— tuvo que ser el asesino de Mrs. Maynard,
puesto que cuando él entró en el piso la había encontrado muerta. Estupefacto y
sin darse cuenta de lo que hacía, había recogido el revólver. Y seguía
teniéndolo en la mano cuando el vecino le había visto.
—Veamos, doctor
—dijo MacCann—. En su declaración a la policía, afirmó usted que habían
transcurrido dos minutos, como máximo, después de marcharse Maynard, cuando oyó
usted el disparo fatal. Ha confirmado usted sus declaraciones acerca de ese
extremo, pero ha reconocido también que no miró el reloj cuando Maynard se
marchó, ni cuando oyó el disparo.
—En efecto.
—¿Acaso posee usted
un sentido especial del tiempo que le permite determinar la hora con exactitud?
—Que yo sepa, no.
—Entonces no se
trata de una certeza propiamente dicha…, sino únicamente de una conjetura.
Antes de que el
médico pudiera responder, una mujer miembro del jurado preguntó:
—¿Puedo formular
una pregunta? —Estaba sentada en las primeras filas…, una mujer regordeta, de
rostro amable, que llevaba un vestido de paño gris—. ¿Comprobó la policía el
tiempo que necesita un hombre para ir de un piso al otro?
—Sí —respondió
MacCann—. En condiciones diversas. Puede bajarse por la escalera tan
rápidamente como con el ascensor. Un hombre con cierta prisa, que cruce sin
correr, pero a buen paso, el espacio existente entre los dos edificios, puede
recorrer el trayecto en dos minutos y diez segundos. Añadiendo otros diez
segundos para llegar al piso y utilizar el arma…
No terminó, pero se
volvió hacia el médico:
—Me gustaría
comprobar su noción del tiempo, doctor. ¿Ve usted algún inconveniente?
Lane había
sospechado que iba a producirse algo por el estilo. En realidad, él había
proporcionado una coartada a Maynard. Si el jurado creía que había transcurrido
un máximo de dos minutos entre la salida de Maynard de su casa y la detonación,
era evidente que el disparo tuvo que hacerlo otra persona. MacCann tenía que
atacar aquella coartada —demostrar que la noción que el médico tenía del tiempo
no era exacta, ni mucho menos—, y Lane sabía que lo único que podía hacer era
afrontar tranquilamente la prueba. Cuando hubo inclinado la cabeza en señal de
asentimiento, MacCann dijo:
—Hagamos antes una
prueba de ensayo. Usted, señora —se dirigía a la mujer vestida de gris—, ¿tiene
inconveniente en volverse de espaldas al reloj y cerrar los ojos? Gracias. Voy
a dar la señal, y usted me dirá cuándo le parece que han transcurrido dos
minutos.
El médico no pudo
evitar volver la cabeza para mirar el reloj de pared que había detrás de él.
Oyó la señal de MacCann y vigiló la saeta de los segundos. Quedó a la vez
sorprendido y aterrado cuando, al cabo de setenta y dos segundos, la mujer
declaró.
—Ahora han pasado
dos minutos.
En la sala se oyeron
algunas risas, mientras MacCann se dirigía a un hombre, sentado a su derecha:
—¿Quiere usted
probar, caballero?
De nuevo, el médico
miró el reloj, dándose cuenta de que aquel hombre sabría calcular los dos
minutos completos pero experimentó la misma sensación de decepción cuando vio
que el cálculo del miembro del jurado sobrepasaba en veintiocho segundos los
dos minutos. En la sala se repitieron las risas, y MacCann se dirigió ahora al
médico:
—Por favor, doctor,
si está usted dispuesto, vamos a ver con qué precisión puede usted calcular ese
intervalo de dos minutos del cual hemos oído hablar tanto. Y, para que no pueda
usted guiarse por las reacciones del jurado, tenga la bondad de inclinar la
cabeza y de cerrar los ojos… ¡Oh! Otra cosa más: su reloj.
—¿Cómo dice?
MacCann se tomó el
tiempo necesario para sonreír al jurado, y su voz adquirió un leve acento de
reproche.
—Veo que lleva
usted un reloj de pulsera. Y no creo que quiera usted hacer trampa, ¿verdad,
doctor?
Lane notó que sus
mejillas se teñían de púrpura mientras se quitaba el reloj de pulsera y lo
introducía en uno de sus bolsillos; luego cruzó las manos e inclinó ligeramente
el busto hacia delante, con la cabeza baja. Era una actitud que tomaba el
domingo en la iglesia y que en aquel momento parecía adecuada, ya que, mientras
el Fiscal del Distrito se disponía a dar la señal, en el corazón del doctor
Lane había una plegaria.
Concentrándose,
Lane se dio cuenta de la importancia de aquella prueba. Comprendía ahora todo
el sentido de lo que había dicho Forbes, el abogado de Maynard, un poco antes.
—Si inculpan a Don,
el trabajo será nuestro, ya que la policía olvidará a todos esos individuos que
visitaban a su esposa. Sabemos que uno de ellos la asesinó, y si el fiscal del
distrito no obtiene la inculpación de Don, la policía se verá obligada a buscar
entre aquellos individuos. Sólo así podrá ser descubierto el culpable.
La sala estaba
ahora profundamente silenciosa. No llegaba el menor sonido del reloj, ni el
menor ruido de respiración del jurado, que se había convertido en mudo e
inmóvil. Los segundos que transcurrían parecían interminables, pero la
concentración del doctor era ahora muy intensa.
Reflexionando de
nuevo en las palabras del abogado, vio otro aspecto de la cuestión, y ese
aspecto fue el que alivió su conciencia. Los años dedicados a la enseñanza le
habían hecho adquirir una perspicacia en materia de caracteres que rara vez
fallaba, como había podido comprobar en estudiantes cuya vida posterior había
confirmado su juicio, bueno o malo.
En el fondo de su
corazón, no creía que Maynard hubiera asesinado a su esposa, y su opinión se
basaba en la actitud del joven cuando estaba con Janet Watkins. No eran
únicamente las miradas y los buenos modales de Maynard, sino también su
ternura, que se manifestaba especialmente cuando contemplaba a la muchacha
creyendo que nadie le observaba. Sin embargo, había tenido la posibilidad
material de asesinar a su esposa…, y en esto se basaba la acusación.
El médico no
deseaba en absoluto ejercer las funciones de juez y de jurado, pero sabía que
un veredicto de «no ha lugar» no es lo mismo que una absolución. Si surgían
unos testimonios complementarios —si más adelante se adquiría la prueba de que
Maynard era efectivamente culpable—, podría reunirse un nuevo jurado y dictar
un veredicto distinto. De momento, lo importante era que la policía se viera
obligada a buscar otro culpable…
—Ahora, creo —dijo
con voz ahogada, levantando la cabeza.
Oyó la mal
disimulada reacción del jurado: sofocados murmullos, que se convirtieron en un
zumbido de exclamaciones a media voz. Comprendió que había ganado antes incluso
de haber visto la expresión de incredulidad que crispó el rostro de MacCann y
el encogimiento de hombros, confesión de fracaso, que acompañó a aquella
expresión…
Un poco más tarde,
después que el jurado hubo votado el «no ha lugar», Forbes insistió para que
fueran a tomar una copa con él en la cafetería de la esquina. El joven y la
muchacha estaban sentados uno al lado del otro, con los ojos brillantes de
alegría y de gratitud, los dedos unidos debajo de la mesa.
Forbes, que había
discutido brevemente el caso con el fiscal del distrito, después del veredicto,
se dirigió al médico con aire de triunfo:
—Ha sido usted el
testigo clave, y MacCann no se ha repuesto todavía de su asombro. Si el jurado
le creía a usted, ¿cómo podía votar de modo distinto al que lo ha hecho? —Se
echó a reír—. Dice MacCann que sólo se equivocó usted de un segundo.
—Añadí a propósito
un segundo más —respondió el médico.
—¿Que añadió a
propósito…?
El médico sonrió.
Miró a los dos jóvenes, comprendiendo su alegría y compartiéndola.
—Tenía los dedos
apoyados en las muñecas —explicó—, de modo que pudiera tomarse el pulso.
—¿El pulso? —Forbes
se inclinó hacia delante, con expresión de sorpresa—. Pero, yo creía que
variaba…, que la menor emoción lo aceleraba.
—¡Oh, sí!
Normalmente, sí. Para un profano, la sola idea de algo divertido (por ejemplo,
unas vacaciones o una tarde de golf) acelera los latidos. Pero yo estoy lejos
de ser un profano. —Sonrió—. He dedicado una gran parte de mi existencia a unos
estudios sobre el corazón, y me había tomado el pulso innumerables veces
mientras escribía mi obra. Y en toda clase de circunstancias.
—¡Oh!
—Y también… —Volvió
a sonreír, sin vanidad, con dignidad—, también resulta posible llegar a
controlar los pensamientos… Tengo un pulso lento y regular. Muy constante.
Sesenta y cuatro pulsaciones. Deliberadamente, añadí un par de pulsaciones
suplementarias. Un cálculo demasiado exacto hubiera podido despertar sospechas.
Diez días más
tarde, el médico se tomaba una copa solo. Había tenido remordimientos de
conciencia de cuando en cuando, al pensar cómo había engañado a MacCann. Pero
ahora estaba completamente tranquilo, mientras releía en el periódico la
noticia de que el asesino de Mrs. Maynard había sido detenido y había confesado
de plano.
Y la confesión de
aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el cuaderno de
direcciones de Mrs. Maynard— ponía fin al caso…