Horatius, un oficial romano apostado en la recién conquistada provincia de Averonia, busca en vano a su desaparecido compañero, Galbius, de quien no existe al parecer ni señal ni rumor entre los nativos. Horatius, desesperado,solicita por último un oráculo de los druidas paganos: el [temible] y maligno oráculo del espantoso dios Sadoqua, el cual se cree dormita eternamente bajo tierra en una caverna en medio de los profundos bosques de Averonia.
Encuentra el lugar, acompañado por varios soldados, y es llevado por los sombríos, repulsivos druidas que le [ordenan] entrar en la cueva del oráculo [solo]. En una gruta hendida de arriba a abajo, donde la luz de fuera desciende lúgubremente al interior de medio veladas sombras, halla a un extraño ser
mitad humano, peludo, atezado, encadenado junto a una [fétida, humeante]sima de donde vahean hórridos, hediondos vapores. El ser [responde] habla en un semiarticulado latín, y da una críptica contestación a sus preguntas relativas al destino de Galbius. Horatius se siente extrañamente desasosegado por algo en la voz; y cuando la medio tamizada luz del sol cae por un momento sobre el insólito oráculo, cree ver en este ser un remoto, deformado, imposible parecido con el perdido Galbius. La criatura, empero, niega ser Galbius; y Horatius se marcha con sus hombres, más dolorosamente perplejo y confuso que antes. Al irse, se encuentra con una preciosa chica pagana, que mora en las proximidades de la caverna. Se produce una inmediata atracción entre los dos;y Horatius regresa más tarde, solo, para continuar conociéndola. El amor crece entre ellos y la chica le cuenta, de mala gana, alguno de los verdaderos secretos de la caverna del oráculo, y confiesa que el actual oráculo es efectivamente el perdido Galbius, quien fue secuestrado por los druidas y encadenado al lado de la sima. Los vapores elevándose desde ella le habían hecho olvidar rápidamente todos sus recuerdos normales y habían causado su degradación en una forma subhumana. De esta manera, se había convertido en un apropiado médium a fin de ser influido por el durmiente dios Sadoqua, el que conoce todas las cosas; y podía responder las preguntas con las respuestas que el dios le dictaba. Muchos otros habían sido los oráculos del dios. Se decía que los vapores emanados de la sima eran su mismo aliento; y su efecto era tan terrible que pocos mortales podían resistirlos mucho tiempo sin morir o cuando menos tornarse tan embrutecidos que ya no eran capaces de hablar y perdían su valor como mediadores. Al saber esto, [Horatius] encolerizado entra de nuevo en la cueva secreta, y se encuentra con que Galbius se ha convertido en una casi informe masa de negro, velludo plasma,que profiere inarticulados sonidos. Horrorizado, trata de matar a la cosa. Los druidas entran y lo prenden mientras hunde su espada en el metamorfoseado Galbius. Es dejado inconsciente de un golpe. Al recobrar más tarde la consciencia, se encuentra a sí mismo encadenado junto a la maligna sima, inhalando los humos que le hacen olvidar su pasado humano en un loco,primigenio delirio.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Escapar por los Pelos - Lord Dunsany
Ocurrió bajo tierra.
En aquella malsana y húmeda cueva bajo Belgrave Square las paredes goteaban. Mas ¿qué le importaba eso al mago? lo que necesitaba era discreción, no sequedad. Allí sopesó la marcha de los acontecimientos, determinó destinos y urdió brebajes mágicos.
Durante los últimos años, la serenidad de sus reflexiones se había visto perturbada por el ruido del autobús. Entre tanto, a su fino oído llegaba a lo lejos el estruendo y la convulsión del tren subterráneo bajando Sloane Street; y lo que oía del mundo que
tenía por encima de su cabeza no decía mucho a su favor.
Un atardecer, allá abajo en su oscura y maloliente cámara con su horrible pipa, decidió que Londres había vivido ya demasiado, había desaprovechado sus oportunidades; en resumidas cuentas, había llevado demasiado lejos su civilización. Así es que decidió
destruirla.
Por consiguiente, hizo señas a su acólito desde el extremo cubierto de maleza de la caverna y dijo: "Tráeme el corazón del sapo que mora en Arabia junto a las montañas de Bethany". El acólito se escabulló por una puerta oculta, dejando a tan torvo anciano
con su espantosa pipa; y adónde se fue o por qué camino volvió, sólo lo saben los gitanos. Mas al cabo de un año estaba de nuevo en la caverna, después de haberse introducido en secreto por el escotillón mientras el anciano fumaba, trayendo consigo una pequeña cosa carnosa que se descomponía dentro de un cofre de oro macizo.
–¿Qué es eso? –gruñó el anciano.
–Es –respondió el acólito– el corazón del sapo que mora en Arabia junto a las montañas de Bethany.
Los retorcidos dedos del anciano se aferraron al cofre, mientras bendecía al acólito con voz áspera y levantaba una mano que parecía una garra; el autobús rodaba por encima de sus cabezas en su interminable trayecto; a lo lejos, el tren sacudió Sloane Street.
–Ven –dijo el anciano mago–, ya va siendo hora.
E inmediatamente abandonaron ambos la caverna cubierta de maleza, llevando el acólito un caldero, un atizador de oro y todo lo necesario, y salieron afuera a la luz. Y el anciano presentaba un aspecto maravilloso con su gorra y su chaquetilla de jockey.
Su meta era las afueras de Londres. El anciano caminaba delante a grandes zancadas y el acólito corría tras él, y había algo mágico en el paso del solitario anciano, sin contar su maravillosa vestimenta, en el caldero, en la varita, en el apresurado acólito y en el pequeño atizador de oro.
La chiquillería se mofó hasta llamar la atención del anciano. La extraña procesión de dos siguió atravesando Londres a una velocidad que imposibilitaba su seguimiento. Allá arriba las cosas parecían peor que en la caverna, y cuanto más avanzaban en
dirección a las afueras de Londres, tanto peor encontraban a la ciudad.
–Ya va siendo hora –dijo el anciano–, no hay duda.
Y de esta manera llegaron finalmente a las afueras de Londres y a una pequeña colina desde la que se observaba una lúgubre vista. Era tan desagradable que el acólito echó de menos la caverna, a pesar de ser malsana y húmeda y estar poseída por las terribles sentencias que el anciano profería mientras dormía.
Ascendieron la colina y dejaron el caldero en el suelo; luego, metieron dentro todo lo necesario, encendieron un fuego con hierbas que ningún boticario vendería ni ningún jardinero decente cultivaría, y finalmente removieron el caldero con el atizador de oro.
El mago reservó una parte, refunfuñando; luego, volvió a acercarse al caldero a grandes zancadas y, cuando todo estuvo listo, abrió de pronto el cofre y dejó que la cosa carnosa se cociera.
Después hizo sortilegios y levantó los brazos. Cuando los vapores del caldero penetraron en su mente dijo cosas horribles que antes no sabía y utilizó espantosas runas que hicieron chillar al acólito; maldijo a Londres, desde su bruma hasta sus minas de marga, desde el cenit al abismo, autobuses, fábricas, parlamento, gente.
–Dejemos que todo esto perezca –dijo– y Londres desaparecerá; dejemos que desaparezcan las líneas de tranvías, los ladrillos y el pavimento, usurpadores del campo por demasiado tiempo, y volverán las liebres salvajes, la zarzamora y la gavanza.
–Dejemos que desaparezcan –siguió diciendo–, que desaparezcan ahora, que desaparezcan completamente.
En medio de aquel silencio momentáneo el anciano tosió, luego esperó con ojos ansiosos; y el gran murmullo de Londres zumbó como siempre lo ha hecho desde que se establecieron junto al río las primeras chozas de carrizo, cambiando a veces de tono pero sin dejar de zumbar noche y día, aunque con voz quebrada por los años; y así continuó.
Y el anciano se volvió en redondo hacia su tembloroso acólito y le dijo con voz terrible mientras se hundía bajo tierra:
"¡NO ME TRAJISTE EL CORAZÓN DEL SAPO QUE MORA EN ARABIA JUNTO A LAS MONTAÑAS DE BETHANY!".
En aquella malsana y húmeda cueva bajo Belgrave Square las paredes goteaban. Mas ¿qué le importaba eso al mago? lo que necesitaba era discreción, no sequedad. Allí sopesó la marcha de los acontecimientos, determinó destinos y urdió brebajes mágicos.
Durante los últimos años, la serenidad de sus reflexiones se había visto perturbada por el ruido del autobús. Entre tanto, a su fino oído llegaba a lo lejos el estruendo y la convulsión del tren subterráneo bajando Sloane Street; y lo que oía del mundo que
tenía por encima de su cabeza no decía mucho a su favor.
Un atardecer, allá abajo en su oscura y maloliente cámara con su horrible pipa, decidió que Londres había vivido ya demasiado, había desaprovechado sus oportunidades; en resumidas cuentas, había llevado demasiado lejos su civilización. Así es que decidió
destruirla.
Por consiguiente, hizo señas a su acólito desde el extremo cubierto de maleza de la caverna y dijo: "Tráeme el corazón del sapo que mora en Arabia junto a las montañas de Bethany". El acólito se escabulló por una puerta oculta, dejando a tan torvo anciano
con su espantosa pipa; y adónde se fue o por qué camino volvió, sólo lo saben los gitanos. Mas al cabo de un año estaba de nuevo en la caverna, después de haberse introducido en secreto por el escotillón mientras el anciano fumaba, trayendo consigo una pequeña cosa carnosa que se descomponía dentro de un cofre de oro macizo.
–¿Qué es eso? –gruñó el anciano.
–Es –respondió el acólito– el corazón del sapo que mora en Arabia junto a las montañas de Bethany.
Los retorcidos dedos del anciano se aferraron al cofre, mientras bendecía al acólito con voz áspera y levantaba una mano que parecía una garra; el autobús rodaba por encima de sus cabezas en su interminable trayecto; a lo lejos, el tren sacudió Sloane Street.
–Ven –dijo el anciano mago–, ya va siendo hora.
E inmediatamente abandonaron ambos la caverna cubierta de maleza, llevando el acólito un caldero, un atizador de oro y todo lo necesario, y salieron afuera a la luz. Y el anciano presentaba un aspecto maravilloso con su gorra y su chaquetilla de jockey.
Su meta era las afueras de Londres. El anciano caminaba delante a grandes zancadas y el acólito corría tras él, y había algo mágico en el paso del solitario anciano, sin contar su maravillosa vestimenta, en el caldero, en la varita, en el apresurado acólito y en el pequeño atizador de oro.
La chiquillería se mofó hasta llamar la atención del anciano. La extraña procesión de dos siguió atravesando Londres a una velocidad que imposibilitaba su seguimiento. Allá arriba las cosas parecían peor que en la caverna, y cuanto más avanzaban en
dirección a las afueras de Londres, tanto peor encontraban a la ciudad.
–Ya va siendo hora –dijo el anciano–, no hay duda.
Y de esta manera llegaron finalmente a las afueras de Londres y a una pequeña colina desde la que se observaba una lúgubre vista. Era tan desagradable que el acólito echó de menos la caverna, a pesar de ser malsana y húmeda y estar poseída por las terribles sentencias que el anciano profería mientras dormía.
Ascendieron la colina y dejaron el caldero en el suelo; luego, metieron dentro todo lo necesario, encendieron un fuego con hierbas que ningún boticario vendería ni ningún jardinero decente cultivaría, y finalmente removieron el caldero con el atizador de oro.
El mago reservó una parte, refunfuñando; luego, volvió a acercarse al caldero a grandes zancadas y, cuando todo estuvo listo, abrió de pronto el cofre y dejó que la cosa carnosa se cociera.
Después hizo sortilegios y levantó los brazos. Cuando los vapores del caldero penetraron en su mente dijo cosas horribles que antes no sabía y utilizó espantosas runas que hicieron chillar al acólito; maldijo a Londres, desde su bruma hasta sus minas de marga, desde el cenit al abismo, autobuses, fábricas, parlamento, gente.
–Dejemos que todo esto perezca –dijo– y Londres desaparecerá; dejemos que desaparezcan las líneas de tranvías, los ladrillos y el pavimento, usurpadores del campo por demasiado tiempo, y volverán las liebres salvajes, la zarzamora y la gavanza.
–Dejemos que desaparezcan –siguió diciendo–, que desaparezcan ahora, que desaparezcan completamente.
En medio de aquel silencio momentáneo el anciano tosió, luego esperó con ojos ansiosos; y el gran murmullo de Londres zumbó como siempre lo ha hecho desde que se establecieron junto al río las primeras chozas de carrizo, cambiando a veces de tono pero sin dejar de zumbar noche y día, aunque con voz quebrada por los años; y así continuó.
Y el anciano se volvió en redondo hacia su tembloroso acólito y le dijo con voz terrible mientras se hundía bajo tierra:
"¡NO ME TRAJISTE EL CORAZÓN DEL SAPO QUE MORA EN ARABIA JUNTO A LAS MONTAÑAS DE BETHANY!".
Rincón de la poesía: Vampire - Xandria
Dark are the streets, gloom's creeping out of the walls
Dirt comes alive and all the neon-lights call
Demons and fools and a lady of black
She's of the kind nighttime-insomniac
She sees the prey and she's aware
The times are hard but she don't care
She's a vampire
Desire darker than black
She's a vampire
Reach higher, no turning back
Her wings are curtains of the night
She knows no wrong or right
Dead are the places where this goddess has been
Cold is the skin that this creature has seen
Her universe is an ocean of blood
Her dining table the cradle of mud
She sees the prey and she's aware
The times are hard but she don't care
She's a vampire...
The night is blind, the mistress she is calling you
To be by her side forevermore
Follow her until her thirst is sated
an immortal lie, heartblood
Can't help yourself, she's got you paralyzed
So would you kiss the sun goodbye
And give your life to never die?
She's a vampire...
Oscuras son las calles, la oscuridad arrastrándose fuera de los muros
La suciedad cobra vida y todas las luces de neón de la palabra
Demonios y necios y una dama de negro
Ella es el tipo de la noche - insomnia
Ella ve la presa y ella es consciente
Los tiempos son difíciles, pero ella no le importa
Ella es un vampiro
Deseo más oscuro que el negro
Ella es un vampiro
Llegar más alto, sin vuelta atrás
Sus alas son cortinas de la noche
Ella no conoce mal o derecho
Muertos son los lugares en los que esta diosa ha sido
La piel está fría, que ha visto a esta criatura
Su universo es un océano de sangre
La mesa de comedor la cuna de barro
Ella ve la presa y ella es consciente
Los tiempos son difíciles, pero ella no le importa
Ella es un vampiro
Deseo más oscuro que el negro
Ella es un vampiro
Llegar más alto, sin vuelta atrás
Sus alas son cortinas de la noche
Ella no conoce mal o derecho
La noche es ciego, la señora que ella está llamando
Para estar a su lado para siempre
Siga hasta que ella es saciado su sed
Inmortal mentira,corazon de sangre
No se puede ayudar a usted, ella tiene usted paralizado
Así que usted besa el sol adiós
Y para dar su vida nunca mueren?
Ella ve la presa y ella es consciente
Los tiempos son difíciles, pero ella no le importa
Ella es un vampiro
Deseo más oscuro que el negro
Ella es un vampiro
Llegar más alto, sin vuelta atrás
Sus alas son cortinas de la noche
Ella no conoce mal o derecho
Dirt comes alive and all the neon-lights call
Demons and fools and a lady of black
She's of the kind nighttime-insomniac
She sees the prey and she's aware
The times are hard but she don't care
She's a vampire
Desire darker than black
She's a vampire
Reach higher, no turning back
Her wings are curtains of the night
She knows no wrong or right
Dead are the places where this goddess has been
Cold is the skin that this creature has seen
Her universe is an ocean of blood
Her dining table the cradle of mud
She sees the prey and she's aware
The times are hard but she don't care
She's a vampire...
The night is blind, the mistress she is calling you
To be by her side forevermore
Follow her until her thirst is sated
an immortal lie, heartblood
Can't help yourself, she's got you paralyzed
So would you kiss the sun goodbye
And give your life to never die?
She's a vampire...
Oscuras son las calles, la oscuridad arrastrándose fuera de los muros
La suciedad cobra vida y todas las luces de neón de la palabra
Demonios y necios y una dama de negro
Ella es el tipo de la noche - insomnia
Ella ve la presa y ella es consciente
Los tiempos son difíciles, pero ella no le importa
Ella es un vampiro
Deseo más oscuro que el negro
Ella es un vampiro
Llegar más alto, sin vuelta atrás
Sus alas son cortinas de la noche
Ella no conoce mal o derecho
Muertos son los lugares en los que esta diosa ha sido
La piel está fría, que ha visto a esta criatura
Su universo es un océano de sangre
La mesa de comedor la cuna de barro
Ella ve la presa y ella es consciente
Los tiempos son difíciles, pero ella no le importa
Ella es un vampiro
Deseo más oscuro que el negro
Ella es un vampiro
Llegar más alto, sin vuelta atrás
Sus alas son cortinas de la noche
Ella no conoce mal o derecho
La noche es ciego, la señora que ella está llamando
Para estar a su lado para siempre
Siga hasta que ella es saciado su sed
Inmortal mentira,corazon de sangre
No se puede ayudar a usted, ella tiene usted paralizado
Así que usted besa el sol adiós
Y para dar su vida nunca mueren?
Ella ve la presa y ella es consciente
Los tiempos son difíciles, pero ella no le importa
Ella es un vampiro
Deseo más oscuro que el negro
Ella es un vampiro
Llegar más alto, sin vuelta atrás
Sus alas son cortinas de la noche
Ella no conoce mal o derecho
De cómo llegó el enemigo a Thulnrana - Lord Dunsany
Desde hace mucho tiempo había sido profetizado y previsto de antiguo que el enemigo llegaría a Thlunrana. Y se conocía la fecha de su destrucción y la puerta por la que aquél entraría, aunque nadie había profetizado quién sería el enemigo, excepto que se
trataría de uno de los dioses que vivían entre los hombres. Mientras tanto, Thlunrana,esa lamasería secreta, esa catedral mayor de la magia, era el terror del valle en el que estaba asentada y de todas las tierras que lo circundaban. Sus ventanas eran tan
estrechas y altas, y tan extrañas cuando estaban iluminadas de noche, que parecían contemplar a la gente con una diabólica mirada de soslayo, como si guardaran algún secreto en la oscuridad. Quiénes eran los magos y sus delegados y el gran hechicero jefe de aquel furtivo lugar nadie lo sabe, pues iban cubiertos con capas, capuchas y velos totalmente negros.
Aunque su destrucción estaba próxima y el enemigo de la profecía debía llegar aquella misma noche a través de la puerta abierta del sur que llamaban la Puerta de la Perdición, la rocosa estructura de Thlunrana permanecía todavía misteriosa, venerable,
terrible, oscura, y espantosamente coronada por su funesto destino. No era frecuente que alguien se atreviera a vagar de noche por las cercanías de Thlunrana, cuando el lamento de los magos invocando no se sabe a Quién se alzaba débilmente desde las cámaras interiores, asustando a los murciélagos a la deriva; mas la última noche llegó el hombre de la cabaña con techo de paja negro junto a los cinco pinos, ya que quería ver Thlunrana una vez más antes de que el enemigo, que aunque vivía entre los hombres era divino, viniera contra ella y la destruyera. Ascendió el sombrío valle con audacia, mas sus temores fueron en aumento; su valor le sostenía todavía aunque le empezaba a flaquear. Entró por la puerta del sur que llaman Puerta de la Perdición.
Llegó a un oscuro vestíbulo y, subiendo una escalera de mármol, pasó a ver lo que quedaba de Thlunrana. Apartó una cortina de terciopelo negro y entró en una cámara,más tenebrosa que cualquier otra que pueda uno imaginarse, donde colgaban otras muchas cortinas. En otra cámara sombría, vislumbrada a través de una arcada, unos magos con cirios encendidos practicaban su magia y decían conjuros en voz baja.
Todas las ratas del lugar habían desaparecido, yéndose gimoteando escalera abajo. El hombre de la cabaña con techo de paja negro atravesó esta segunda cámara: los magos no le miraron ni cesaron de susurrar. Dejó atrás pesadas cortinas, también de terciopelo negro, y entró en una cámara de mármol negro donde nada se movía.
Únicamente ardía un cirio en aquella tercera cámara; no había ventanas. Sobre el pulido suelo, al pie de la lisa pared, se levantaba un pabellón de seda con sus cortinas corridas: era el sanctasanctórum de aquel siniestro lugar, su misterio más recóndito. A uno y otro lado había enigmáticas figuras agachadas, hombres o mujeres, o estatuas cubiertas, o bestias amaestradas para estar calladas. Y cuando la horrible quietud de aquel lugar era mayor de lo que podía soportar, el hombre de la cabaña con techo de paja negro junto a los cinco pinos se dirigió al pabellón de seda y, descorriendo con determinación una de las cortinas, contempló el misterio oculto y se rió. Y la profecía se cumplió, y Thlunrana nunca más fue el terror del valle, sino que los magos
abandonaron sus terroríficas salas y huyeron a campo abierto, lamentándose y dándose golpes de pecho, pues la risa era el enemigo que, según estaba predestinado, vendría contra Thlunrana por la puerta del sur conocida como la Puerta de la Perdición, y aunque habita entre los hombres se trata de uno de los dioses.
trataría de uno de los dioses que vivían entre los hombres. Mientras tanto, Thlunrana,esa lamasería secreta, esa catedral mayor de la magia, era el terror del valle en el que estaba asentada y de todas las tierras que lo circundaban. Sus ventanas eran tan
estrechas y altas, y tan extrañas cuando estaban iluminadas de noche, que parecían contemplar a la gente con una diabólica mirada de soslayo, como si guardaran algún secreto en la oscuridad. Quiénes eran los magos y sus delegados y el gran hechicero jefe de aquel furtivo lugar nadie lo sabe, pues iban cubiertos con capas, capuchas y velos totalmente negros.
Aunque su destrucción estaba próxima y el enemigo de la profecía debía llegar aquella misma noche a través de la puerta abierta del sur que llamaban la Puerta de la Perdición, la rocosa estructura de Thlunrana permanecía todavía misteriosa, venerable,
terrible, oscura, y espantosamente coronada por su funesto destino. No era frecuente que alguien se atreviera a vagar de noche por las cercanías de Thlunrana, cuando el lamento de los magos invocando no se sabe a Quién se alzaba débilmente desde las cámaras interiores, asustando a los murciélagos a la deriva; mas la última noche llegó el hombre de la cabaña con techo de paja negro junto a los cinco pinos, ya que quería ver Thlunrana una vez más antes de que el enemigo, que aunque vivía entre los hombres era divino, viniera contra ella y la destruyera. Ascendió el sombrío valle con audacia, mas sus temores fueron en aumento; su valor le sostenía todavía aunque le empezaba a flaquear. Entró por la puerta del sur que llaman Puerta de la Perdición.
Llegó a un oscuro vestíbulo y, subiendo una escalera de mármol, pasó a ver lo que quedaba de Thlunrana. Apartó una cortina de terciopelo negro y entró en una cámara,más tenebrosa que cualquier otra que pueda uno imaginarse, donde colgaban otras muchas cortinas. En otra cámara sombría, vislumbrada a través de una arcada, unos magos con cirios encendidos practicaban su magia y decían conjuros en voz baja.
Todas las ratas del lugar habían desaparecido, yéndose gimoteando escalera abajo. El hombre de la cabaña con techo de paja negro atravesó esta segunda cámara: los magos no le miraron ni cesaron de susurrar. Dejó atrás pesadas cortinas, también de terciopelo negro, y entró en una cámara de mármol negro donde nada se movía.
Únicamente ardía un cirio en aquella tercera cámara; no había ventanas. Sobre el pulido suelo, al pie de la lisa pared, se levantaba un pabellón de seda con sus cortinas corridas: era el sanctasanctórum de aquel siniestro lugar, su misterio más recóndito. A uno y otro lado había enigmáticas figuras agachadas, hombres o mujeres, o estatuas cubiertas, o bestias amaestradas para estar calladas. Y cuando la horrible quietud de aquel lugar era mayor de lo que podía soportar, el hombre de la cabaña con techo de paja negro junto a los cinco pinos se dirigió al pabellón de seda y, descorriendo con determinación una de las cortinas, contempló el misterio oculto y se rió. Y la profecía se cumplió, y Thlunrana nunca más fue el terror del valle, sino que los magos
abandonaron sus terroríficas salas y huyeron a campo abierto, lamentándose y dándose golpes de pecho, pues la risa era el enemigo que, según estaba predestinado, vendría contra Thlunrana por la puerta del sur conocida como la Puerta de la Perdición, y aunque habita entre los hombres se trata de uno de los dioses.
Spitfire - Gilberto Solís
Agosto 20, 1941
En algún lugar sobre Inglaterra...
¡El zumbido lo alertó de la proximidad de su enemigo! Desesperado giró la cabeza hacía uno y otro lado, buscándolo con la vista. ¡Ah! ¡ahí! ¡detrás, por arriba y acercándose con celeridad!.
A toda velocidad se elevó, trazando un arco hacia la izquierda. Su oponente, aun incapaz de salir de su picado, lo rebasó y se niveló unos 300 metros mas abajo.
Ahora era su turno.
Girando grácilmente se lanzó en una hábil catenaria sobre él, a la vez que aumentaba la velocidad.
Pero el otro lo había visto, giró con presteza a la derecha ciñéndose en el giro, en un intento bastante hábil por confrontarlo.
Al ver esta reacción desaceleró. Su blanco, ahora malogrado, se dirigió hacia él.
Aumentó la velocidad una vez más. Si era un duelo lo que el otro quería, le iba a mostrar que él no era de los que los rehuían.
Ambos contendientes se aproximaron velozmente uno contra el otro. ¡Aquel que declinase el duelo estaba perdido! Con seguridad su adversario lo perseguiría hasta derrotarlo.
Pero ninguno cedió, antes bien; acelerando, se rebasaron uno al otro guiñando sobre sus ejes apenas a tiempo de evitar la colisión... ninguno abrió fuego.
Al salir de la suave curva ascendente que se habían visto obligados a efectuar, ambos rivales se saludaron, el uno con un sonoro rugido, el otro con un acrobático giro, y a continuación se separaron.
El piloto estaba contento, había sido una magnífico duelo y su oponente había estado a la altura. A pesar de que lo había sorprendido en un principio este se había repuesto con rapidez y reaccionando con pericia, el Spitfire MK-1 se alejó en
dirección al Este, hacia su base.
Su rival, por su parte, también estaba satisfecho, había mantenido su territorio y expulsado a aquel intruso de ruidosa voz; incluso había disfrutado el duelo.
Después de todo no es frecuente que dos SPITFIRES (escupe fuegos) se enfrenten en duelos amistosos sobre los cielos de Inglaterra. Contento, el dragón enfiló hacia el Norte, hacia su hogar.
En algún lugar sobre Inglaterra...
¡El zumbido lo alertó de la proximidad de su enemigo! Desesperado giró la cabeza hacía uno y otro lado, buscándolo con la vista. ¡Ah! ¡ahí! ¡detrás, por arriba y acercándose con celeridad!.
A toda velocidad se elevó, trazando un arco hacia la izquierda. Su oponente, aun incapaz de salir de su picado, lo rebasó y se niveló unos 300 metros mas abajo.
Ahora era su turno.
Girando grácilmente se lanzó en una hábil catenaria sobre él, a la vez que aumentaba la velocidad.
Pero el otro lo había visto, giró con presteza a la derecha ciñéndose en el giro, en un intento bastante hábil por confrontarlo.
Al ver esta reacción desaceleró. Su blanco, ahora malogrado, se dirigió hacia él.
Aumentó la velocidad una vez más. Si era un duelo lo que el otro quería, le iba a mostrar que él no era de los que los rehuían.
Ambos contendientes se aproximaron velozmente uno contra el otro. ¡Aquel que declinase el duelo estaba perdido! Con seguridad su adversario lo perseguiría hasta derrotarlo.
Pero ninguno cedió, antes bien; acelerando, se rebasaron uno al otro guiñando sobre sus ejes apenas a tiempo de evitar la colisión... ninguno abrió fuego.
Al salir de la suave curva ascendente que se habían visto obligados a efectuar, ambos rivales se saludaron, el uno con un sonoro rugido, el otro con un acrobático giro, y a continuación se separaron.
El piloto estaba contento, había sido una magnífico duelo y su oponente había estado a la altura. A pesar de que lo había sorprendido en un principio este se había repuesto con rapidez y reaccionando con pericia, el Spitfire MK-1 se alejó en
dirección al Este, hacia su base.
Su rival, por su parte, también estaba satisfecho, había mantenido su territorio y expulsado a aquel intruso de ruidosa voz; incluso había disfrutado el duelo.
Después de todo no es frecuente que dos SPITFIRES (escupe fuegos) se enfrenten en duelos amistosos sobre los cielos de Inglaterra. Contento, el dragón enfiló hacia el Norte, hacia su hogar.
Camino - Luis Vigil
—¡A la derecha, David, a la derecha!
—¡Cuidado ahora, Ana! ¡Afírmate bien, no vayas a salir despedida!
Delante de su vehículo, una densa humareda negra marcaba el lugar donde otro que les precedía no había podido mantenerse en la ruta y se había estrellado contra la pared. Una mano crispada, sanguinolenta, se erguía entre el montón de chatarra.
Otro vehículo, zigzagueando, les sobrepasó a una velocidad increíble. Vieron el rostro de su conductor, una máscara del más abyecto terror, mientras trataba de hacerse con la dirección sin conseguirlo. Se perdió de vista en la siguiente curva y, poco después, un tremendo estallido les indicó que no había podido franquearla.
Dando una salvaje vuelta al volante, David logró evitar los nuevos escombros que se escondían traicioneramente a la salida de la curva de velocidad reducida y que aún lanzaban tremendas llamaradas. Las ruedas patinaron en el aceite derramado en la ruta y el humo apenas si le permitía ver lo que había delante. Por un momento David se creyó perdido.
Un chirrido le hizo ver que su salvación había sido cosa de milímetros, o menos, tal vez, pues el costado del coche había rozado contra la pared que bordeaba la curva.
—¡Ánimo, Ana! —gritó David para hacerse oír por encima del rugido del motor—, ¡esto ya se acaba!
Un tremendo abismo se abrió súbitamente ante ellos. Ana gritó histéricamente mientras se agarraba con fuerza a la barra de retención. La aceleración les aplastó contra los asientos, y sus estómagos volaron hacia las nubes mientras el vehículo caía por la bajada final.
Al término del descenso, Ana y David bajaron tambaleantes, ayudados por un empleado.
—¡Dios mío! —dijo ella—. ¡Jamás había pasado tanto miedo!
—Sí —admitió él—. ¡Esto sí que son montañas rusas, y no las del siglo veinte!
—¡Cuidado ahora, Ana! ¡Afírmate bien, no vayas a salir despedida!
Delante de su vehículo, una densa humareda negra marcaba el lugar donde otro que les precedía no había podido mantenerse en la ruta y se había estrellado contra la pared. Una mano crispada, sanguinolenta, se erguía entre el montón de chatarra.
Otro vehículo, zigzagueando, les sobrepasó a una velocidad increíble. Vieron el rostro de su conductor, una máscara del más abyecto terror, mientras trataba de hacerse con la dirección sin conseguirlo. Se perdió de vista en la siguiente curva y, poco después, un tremendo estallido les indicó que no había podido franquearla.
Dando una salvaje vuelta al volante, David logró evitar los nuevos escombros que se escondían traicioneramente a la salida de la curva de velocidad reducida y que aún lanzaban tremendas llamaradas. Las ruedas patinaron en el aceite derramado en la ruta y el humo apenas si le permitía ver lo que había delante. Por un momento David se creyó perdido.
Un chirrido le hizo ver que su salvación había sido cosa de milímetros, o menos, tal vez, pues el costado del coche había rozado contra la pared que bordeaba la curva.
—¡Ánimo, Ana! —gritó David para hacerse oír por encima del rugido del motor—, ¡esto ya se acaba!
Un tremendo abismo se abrió súbitamente ante ellos. Ana gritó histéricamente mientras se agarraba con fuerza a la barra de retención. La aceleración les aplastó contra los asientos, y sus estómagos volaron hacia las nubes mientras el vehículo caía por la bajada final.
Al término del descenso, Ana y David bajaron tambaleantes, ayudados por un empleado.
—¡Dios mío! —dijo ella—. ¡Jamás había pasado tanto miedo!
—Sí —admitió él—. ¡Esto sí que son montañas rusas, y no las del siglo veinte!
Peligro en las Cavernas Subterráneas - Gustavo Masso
El metro avanzaba envuelto en su olor de hule quemado y sudor humano. La mujer en el incómodo asiento leía su revista femenina de rigor mientras, disimuladamente, miraba de reojo a los hombres del vagón y escogía uno. Con un gesto muy estudiado alzó la vista, miró al hombre que estaba frente a ella y sonrió. El hombre recibió el doble destello de mirada y sonrisa, y sonrió también, deslumbrado. Lo único que veía ahora era la vagina que se abría enorme ante él. Supo entonces que estaba perdido, pero no pudo resistir la tremenda atracción y se dirigió hacia ella. Las puntas de los senos lo guiaron con su señal roja y atracó en ese puerto con bandera franca, justo entre las piernas de la mujer. Y se debatió ahí sin ninguna esperanza, con un placer masoquista, mientras su cuerpo se perdía, se iba por ese vórtice erótico. Casi al final sintió miedo, y en un intento desesperado se agarró con fuerza de los senos y se sostuvo así un momento, pero fue inútil y, entre las convulsiones del orgasmo, desapareció.
Del hombre aquel sólo quedó la figura encorvada que descendió en la siguiente estación.
La mujer cruzó las piernas, sonrió satisfecha y empezó a elegir su próxima víctima.
Del hombre aquel sólo quedó la figura encorvada que descendió en la siguiente estación.
La mujer cruzó las piernas, sonrió satisfecha y empezó a elegir su próxima víctima.
El Eclipse - Augusto Monterroso
Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topogáfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, en el convento de Los Abrojos, donde Carlos V
condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible,que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel
conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo -, puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre una piedra de los sacrificios (brillante bajo la luz opaca de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible,que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel
conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo -, puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre una piedra de los sacrificios (brillante bajo la luz opaca de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
El sueño del Rey Karna–Vootra - Lord Dunsany
El rey Karna–Vootra, sentado en su trono que todo lo domina, dijo:
–La pasada noche vi con toda claridad a la majestuosa Vava–Nyria. Aunque estaba parcialmente oculta por grandes nubarrones que continuamente pasaban por delante de ella, dando vueltas a su alrededor, su rostro estaba descubierto y en él resplandecía el claro de luna.
Le dije a ella:
–Pasea conmigo por los grandes estanques de la hermosa y llena de jardines Istrakhan, donde flotan lirios que producen deliciosos sueños; o, descorriendo la cortina de orquídeas colgantes, ven conmigo a través de un sendero secreto a la otra jungla impenetrable que cubre el único paso entre las montañas que rodean a Istrakhan. La cercan y la contemplan con alegría por la mañana y al anochecer, cuando los estanques todavía no están habituados a la luz, e incluso, a veces, en su alegría, derriten la fatal nieve que mata a los montañeros en las cumbres solitarias. Entre ellas hay valles más antiguos que los pliegues de la luna.
"Ven conmigo allí o quédate aquí e iremos a tierras románticas, de esas que los hombres de las caravanas únicamente evocan en sus canciones; o si no, pasearemos indiferentemente por una tierra tan encantadora que incluso las mariposas que por ella revolotean se asustan de su belleza al ver sus imágenes reflejadas en los estanques sagrados; y por la noche oiremos a innumerables ruiseñores cantando a coro a las estrellas hasta morir. Si te decides, enviaré heraldos lejos de aquí con noticias de tu belleza, los cuales se apresurarán y llegarán a Séndara y hablarán de ella a los hombres que cuidan los rebaños de ovejas marrones; y desde Séndara el rumor se esparcirá por las dos orillas del río sagrado Zoth, e incluso los constructores de cercas de las llanuras oirán hablar de tu belleza y la cantarán. Más tarde, los heraldos irán hacia el norte atravesando las colinas hasta llegar a Sooma. Y en esa ciudad de oro informarán a los reyes, sentados en sus arrogantes tronos de alabastro, de tu extraña e inesperada sonrisa. Y, a menudo, tu historia será contada en mercados lejanos por los mercaderes de Sooma, entre otros cuentos despreocupados con los que atraen a la gente hacia sus mercancías."
"Y los heraldos llegarán incluso a Ingra, donde la gente está siempre bailando. Y allí hablarán de ti, de manera que tu nombre será cantado en aquella alegre ciudad. Y pedirán allí camellos prestados y atravesarán las arenas y, por caminos desiertos, irán
a la distante Nirid a hablar de ti a los hombres solitarios de los monasterios de las montañas."
"Ven conmigo ahora, pues es primavera."
Y, cuando dije aquello, ella movió su cabeza, ligera aunque perceptiblemente. Y sólo entonces recordé que yo había perdido la juventud y que ella estaba muerta desde hacía cuarenta años.
–La pasada noche vi con toda claridad a la majestuosa Vava–Nyria. Aunque estaba parcialmente oculta por grandes nubarrones que continuamente pasaban por delante de ella, dando vueltas a su alrededor, su rostro estaba descubierto y en él resplandecía el claro de luna.
Le dije a ella:
–Pasea conmigo por los grandes estanques de la hermosa y llena de jardines Istrakhan, donde flotan lirios que producen deliciosos sueños; o, descorriendo la cortina de orquídeas colgantes, ven conmigo a través de un sendero secreto a la otra jungla impenetrable que cubre el único paso entre las montañas que rodean a Istrakhan. La cercan y la contemplan con alegría por la mañana y al anochecer, cuando los estanques todavía no están habituados a la luz, e incluso, a veces, en su alegría, derriten la fatal nieve que mata a los montañeros en las cumbres solitarias. Entre ellas hay valles más antiguos que los pliegues de la luna.
"Ven conmigo allí o quédate aquí e iremos a tierras románticas, de esas que los hombres de las caravanas únicamente evocan en sus canciones; o si no, pasearemos indiferentemente por una tierra tan encantadora que incluso las mariposas que por ella revolotean se asustan de su belleza al ver sus imágenes reflejadas en los estanques sagrados; y por la noche oiremos a innumerables ruiseñores cantando a coro a las estrellas hasta morir. Si te decides, enviaré heraldos lejos de aquí con noticias de tu belleza, los cuales se apresurarán y llegarán a Séndara y hablarán de ella a los hombres que cuidan los rebaños de ovejas marrones; y desde Séndara el rumor se esparcirá por las dos orillas del río sagrado Zoth, e incluso los constructores de cercas de las llanuras oirán hablar de tu belleza y la cantarán. Más tarde, los heraldos irán hacia el norte atravesando las colinas hasta llegar a Sooma. Y en esa ciudad de oro informarán a los reyes, sentados en sus arrogantes tronos de alabastro, de tu extraña e inesperada sonrisa. Y, a menudo, tu historia será contada en mercados lejanos por los mercaderes de Sooma, entre otros cuentos despreocupados con los que atraen a la gente hacia sus mercancías."
"Y los heraldos llegarán incluso a Ingra, donde la gente está siempre bailando. Y allí hablarán de ti, de manera que tu nombre será cantado en aquella alegre ciudad. Y pedirán allí camellos prestados y atravesarán las arenas y, por caminos desiertos, irán
a la distante Nirid a hablar de ti a los hombres solitarios de los monasterios de las montañas."
"Ven conmigo ahora, pues es primavera."
Y, cuando dije aquello, ella movió su cabeza, ligera aunque perceptiblemente. Y sólo entonces recordé que yo había perdido la juventud y que ella estaba muerta desde hacía cuarenta años.
Charon - Lord Dunsany
Charon se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.
Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.
Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.
Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.
Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades.
Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Charon considerar el porqué de estas cosas en su alma gris.
Charon se inclinaba hacia adelante y remaba.
Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.
Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Charon grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.
Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Charon.
Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Charon volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.
"Soy el último", dijo.
Nunca nadie antes había hecho sonreír a Charon, nunca nadie antes lo había hecho llorar.
Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.
Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.
Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.
Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades.
Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Charon considerar el porqué de estas cosas en su alma gris.
Charon se inclinaba hacia adelante y remaba.
Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.
Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Charon grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.
Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Charon.
Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Charon volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.
"Soy el último", dijo.
Nunca nadie antes había hecho sonreír a Charon, nunca nadie antes lo había hecho llorar.
El Vampiro - Delmira Agustini
En el regazo de la tarde triste
yo invoqué tu dolor...Sentirlo era
¡Sentirte el corazón! Palideciste
hasta la voz, tus párpados de cera.
Bajaron...y callaste...Pareciste
oír pasar la muerte...Yo que abriera
tu herida mordí en ella -¿Me sentiste?-
¡Como en el oro de un panal mordiera!
Y exprimí más, traidora, dulcemente
tu corazón herido mortalmente;
por la cruel daga rara y exquisita
de un mal sin nombre, ¡Hasta sangrarlo en llanto!
y las mil bocas de mi sed maldita
tendí a esa fuente abierta en tu quebranto
¿Por qué fui tu vampiro de amargura?
¿Soy flor o estirpe de una especie oscura
que come llagas y que bebe el llanto?
yo invoqué tu dolor...Sentirlo era
¡Sentirte el corazón! Palideciste
hasta la voz, tus párpados de cera.
Bajaron...y callaste...Pareciste
oír pasar la muerte...Yo que abriera
tu herida mordí en ella -¿Me sentiste?-
¡Como en el oro de un panal mordiera!
Y exprimí más, traidora, dulcemente
tu corazón herido mortalmente;
por la cruel daga rara y exquisita
de un mal sin nombre, ¡Hasta sangrarlo en llanto!
y las mil bocas de mi sed maldita
tendí a esa fuente abierta en tu quebranto
¿Por qué fui tu vampiro de amargura?
¿Soy flor o estirpe de una especie oscura
que come llagas y que bebe el llanto?
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