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Mostrando entradas de noviembre, 2025

Los dos hermanos - Lev Tolstói

     Éranse dos hermanos que viajaban juntos; al mediodía decidieron tumbarse bajo unos árboles del bosque para descansar.      Cuando se despertaron, vieron cerca de ellos una piedra sobre la que se podía leer esta inscripción:      Que quien se encuentre esta piedra camine por el bosque en dirección al Oriente; en el camino encontrará un río que deberá atravesar; a la otra orilla del río verá a una osa con sus ositos; deberá coger a esos ositos y subir a la montaña sin volverse. Allí encontrará una casa en la que encontrará la felicidad.      El hermano menor le dijo entonces al mayor:      —Vayamos juntos; tal vez podamos atravesar el río, coger los oseznos, llevarlos a la casa y encontrar la felicidad los dos.      El mayor le respondió:      —Yo no iré en busca de los osos y te aconsejo que tú no lo hagas. En primer lugar porque no puede saberse de dónde procede esta inscripción...

Cuentos del Club de los Casados Negros - David Langford

—Caballeros, creo que quizá yo tenga la solución a su problema —murmuró con voz humilde Isaac, el mayordomo, mientras servía el brandy. —¡Es imposible! —jadeó Movias—. Esto no es más que un truco para impedirme que recite mi condensación del Diccionario de Johnson en verso libre. —Continúa, Isaac —dijo Savimo—. No hagas caso de ese pesado. —Gracias, señor. En primer lugar, enseguida me di cuenta de que el difunto doctor Osmavi era, evidentemente, un caballero muy erudito. —¿Y qué pruebas tienes de eso? —preguntó Movias. —Señor, el que en su apartamento estuviera presente La tabla periódica de Primo Levi. En otras palabras…, un libro. —¡Por… supuesto! —Bien, caballeros, ya sabemos que el Departamento de Policía de Nueva York examinó ese libro de la forma más concienzuda posible, buscando el código secreto que, según las últimas palabras del doctor Osmavi, debía encontrarse « en el libro». Buscaron por entre todas las páginas; hurgaron en el lom o y despegaron las tapas. Pero no se les...

Jefes descarriados - Fritz Leiber

Cuando la encargada jefe del Departamento de Matemáticas llegó para programar la Gran Computadora en una soleada mañana de primavera, gruesas franjas de crema blanca le surcaban la cara, especialmente debajo de la nariz y bajo los ojos, siguiendo la curva de los pómulos. Era de conocimiento general que el Jefe de dicho departamento no esquiaba ni practicaba deportes náuticos. Después de dejar durante dos horas que todos se rompieran la cabeza respecto al motivo de sus adornos faciales, declaró que iba a realizar un viaje orbital para asistir a una convención de matemáticos en las antípodas, y no quería recibir quemaduras a causa de la intensa luz espacial. Pero eso no explicaba el motivo que tuviera justamente tres manchas más acentuadas debajo de cada uno de los ojos. Durante la comida con su jefe adjunto en el Club Cuadrángulo, admitió, al cabo de un momento, mientras suspiraba y se encogía de hombros, que los círculos de color violeta y del tamaño de una moneda que cubrían su rostro...

¿Dónde están los dioses? - Ernesto Laureano

—¿Dónde están los dioses? —preguntó el Pequeño, mientras se ocultaba con su familia en la caverna,  de aquella noche de tormenta primordial. Y sus padres le enseñaron como hacer fuego para iluminar su historia pintada en los muros, y a danzar a  los dioses que un día llegaron a ellos y que se fueron con el tiempo de sus ancestros... ...Y fue la mañana del primer día. Luego, el Pequeño preguntó a su tribu: —¿Dónde están los dioses? Y junto con sus padres atravesó un largo invierno en busca de un lugar para sembrar su futuro... ...Y fue la mañana y la tarde del segundo día. Y el Joven preguntó a su pueblo, mientras reía a orillas del río: —¿Dónde están los dioses? Y sus padres le enseñaron a someter a otros pueblos, a otros hombres. Construyó pirámides en los  desiertos, y en las selvas vírgenes construyó ciudades. Aprendió otros cultos y leyendas junto a sabios y  maestros que se perdieron con el tiempo y el viento del olvido... ...Y fue la mañana y la tarde del terce...

Mejor que arder - Clarice Lispector

Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros. Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció. Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor. Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca. Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó: -Mortifica el cuerpo. Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada. Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó. Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entr...

Rostros - Yasunari Kawabata

Desde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre lloraría si ella lo hacía fue la primera visión que tuvo de la vida. Para ella, las caras se aprestaban a llorar indefectiblemente, si ella estaba en escena. Y como no había un solo rostro que no comprendiera, el mundo para ella se presentaba con un aspecto fácilmente comprensible. No había ningún actor en toda la compañía capaz de hacer llorar a tantos en la platea como lo lograba esa pequeña actriz. A los dieciséis, dio a luz a una niña. -No se parece a mí. No es mi hija. No tengo nada que ver con ella -dijo el padre de la criatura. -Tampoco se parece a mí -dijo la joven-. Pero es mi hija. Ese rostro fue el primero al que no pudo comprender. Y sabrán que su vida como niña actriz se acabó cuando tuvo a su hija.  Entonces se dio cuenta de que había un gran foso entre el escenario donde llor...

Vida de los vampiros - Jorge Ibargüengoitia

El vampirismo no es enfermedad. Los vampiros son muertos que andan –explica un científico a la mitad de toda película de vampiros. La vampirología es un conocimiento extenso. Admirable si se tiene en cuenta que es el estudio de algo que no existe. Además de ser extenso, está muy extendido: la gente común y corriente sabe más de vampiros que de los otomíes, por ejemplo. En las películas de vampiros, los espectadores saben más de vampirología que los protagonistas, que para enterarse de lo que está pasando tienen que recurrir a un pequeño manual del siglo XVIII, o bien a un pergamino, que desenrollan con música de fondo, de preferencia de armonio. El que abre el manual o desenrolla el pergamino aprende muchas cosas, pero está casi siempre perdido, con grandes probabilidades de terminar vampirizado. Los demás protagonistas, en cambio, no dan pie con bola, y hacen una serie de cosas que a nadie se le ocurriría hacer sabiendo que la película es de vampiros: caminar por el bosque a la media ...

Espiral - Enrique Anderson Imbert

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que er...

Nostalgia de los topos - Eugenio Mandrini

  No todo es plenitud de oscuridad en el mundo subterráneo de los topos. A veces algo como una pálida penumbra, pero luz al fin, surca por un instante las intrincadas galerías.  Eso sucede cada vez que algún topo, de pronto, permanece rígido como en estado de trance, al recordar la vieja historia que todos ellos conocen, la del primer antecesor, el que padeció tal tristeza al ver la muerte de las luciérnagas explotando en el aire, que huyó despavorido, y al no encontrar refugio en ese páramo que habitaba, comenzó a cavar la tierra, iniciando para su especie un nuevo mundo, sombrío pero propio.  Ese recuerdo que en súbitos momentos relampaguea en la memoria de los topos, es obra evidente de la nostalgia, creadora de penumbra aun en la oscuridad más suprema.