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Los dos hermanos - Lev Tolstói

     Éranse dos hermanos que viajaban juntos; al mediodía decidieron tumbarse bajo unos árboles del bosque para descansar.
     Cuando se despertaron, vieron cerca de ellos una piedra sobre la que se podía leer esta inscripción:
     Que quien se encuentre esta piedra camine por el bosque en dirección al Oriente; en el camino encontrará un río que deberá atravesar; a la otra orilla del río verá a una osa con sus ositos; deberá coger a esos ositos y subir a la montaña sin volverse. Allí encontrará una casa en la que encontrará la felicidad.
     El hermano menor le dijo entonces al mayor:
     —Vayamos juntos; tal vez podamos atravesar el río, coger los oseznos, llevarlos a la casa y encontrar la felicidad los dos.
     El mayor le respondió:
     —Yo no iré en busca de los osos y te aconsejo que tú no lo hagas. En primer lugar porque no puede saberse de dónde procede esta inscripción, que puede ser una trampa para los viajeros. En segundo lugar porque es muy probable que la hayamos leído mal y, en tercer lugar porque, aun admitiendo que todo sea verdad, pasaremos la noche en el bosque, no seremos capaces de hallar el río y nos perderemos. Y aun cuando lo hallásemos, ¿podríamos atravesarlo? Quizá sea demasiado ancho y la corriente muy rápida. Pero imagina que logremos pasarlo, ¿crees que será sencillo apoderarse de los ositos? La madre nos devorará. Por otra parte, aunque fuésemos capaces de apoderarnos de los oseznos, no nos sería posible escapar sin un descanso para escalar después la montaña. Por último, aquí no se especifica qué clase de dicha es la que podemos encontrar en aquella casa; puede ser una dicha inútil.
     El otro hermano replicó:
     —No soy de tu misma opinión. Eso no se escribió en la piedra sin un objeto, y el sentido de esa inscripción está muy claro y preciso. Y no correremos un gran peligro. Si no vamos nosotros, otro descubrirá la piedra y encontrará la felicidad que se nos brinda a nosotros ahora. Por otra parte, lo fácil no es agradable. Y yo no quiero pasar por un cobarde.
     Entonces habló el hermano mayor:
     —Conoces el proverbio —le dijo—, aquel que advierte: Quien todo lo quiere, todo lo pierde. O el otro que dice: Más vale pájaro en mano que ciento volando.
     El menor le replicó:
     —Y yo he oído decir: Quien teme a la hoja, no tendrá madera. Y aún más claro: Bajo la piedra inmóvil, no corre el agua. Pero ya es tarde y debo partir.
     El hermano menor se marchó y el mayor no quiso seguirlo.
     Un poco más lejos, en medio del bosque, el menor encontró el río, lo atravesó y junto a la orilla del otro lado vio a una osa que dormía; cogió a sus oseznos y echó a correr enseguida, sin detenerse, en dirección a la montaña.
     Nada más llegar a la cima, una multitud de personas salió a su encuentro, y lo llevó a la ciudad, donde fue proclamado zar.
     Reinó durante cinco años. Al sexto, otro soberano más fuerte que él le declaró la guerra, conquistó su ciudad y lo expulsó de allí.
Entonces el hermano menor anduvo por los caminos de nuevo hasta llegar a la casa de su hermano mayor.
     Este vivía pacíficamente en el campo, sin ninguna riqueza, pero sin que nada le faltara.
     Ambos fueron muy dichosos mientras se contaban sus vidas.
     —Ya ves —dijo el mayor— que estaba en lo cierto. Por mi parte, vivo y he vivido siempre sin preocupaciones. Tú, aunque fuiste zar, mira lo que te ha ocurrido.
     El menor le respondió:
     No lamento mis aventuras en el bosque, ni haber sido zar, ni siquiera haber sido destronado. Es cierto que ahora estoy mal, pero para embellecer mi vejez tengo un corazón lleno de recuerdos hermosos, mientras que tú no cuentas con nada.

Cuentos del Club de los Casados Negros - David Langford

—Caballeros, creo que quizá yo tenga la solución a su problema —murmuró con voz humilde Isaac, el mayordomo, mientras servía el brandy.

—¡Es imposible! —jadeó Movias—. Esto no es más que un truco para impedirme que recite mi condensación del Diccionario de Johnson en verso libre.

—Continúa, Isaac —dijo Savimo—. No hagas caso de ese pesado.

—Gracias, señor. En primer lugar, enseguida me di cuenta de que el difunto doctor Osmavi era, evidentemente, un caballero muy erudito.

—¿Y qué pruebas tienes de eso? —preguntó Movias.

—Señor, el que en su apartamento estuviera presente La tabla periódica de Primo Levi. En otras palabras…, un libro.

—¡Por… supuesto!

—Bien, caballeros, ya sabemos que el Departamento de Policía de Nueva York examinó ese libro de la forma más concienzuda posible, buscando el código secreto que, según las últimas palabras del doctor Osmavi, debía encontrarse «en el libro». Buscaron por entre todas las páginas; hurgaron en el lomo y despegaron las tapas. Pero no se les ocurrió tomar en consideración la posibilidad de que, debido a su mentalidad erudita y cultivada, el doctor Osmavi podía haber pronunciado sus últimas palabras indicando no alguna tirilla de papel, sino ¡un mensaje realmente escrito en el libro!

—¡Dios mío! —dijo Movias.

—De hecho, sugiero que el código secreto, lo único que puede evitar la Tercera Guerra Mundial e impedir la invasión trantoriana, se encuentra… escrito a mano en uno de los márgenes.

—Isaac, esto es increíble —dijo Savimo sin perder la compostura—. Sin embargo, sigue sin servirnos de nada. No sabemos en qué margen mirar… o en qué página. Hay docenas de posibilidades. —Y contempló con expresión lúgubre el delgado volumen que yacía sobre la mesa del comedor.

—Con todos mis respetos, señor, creo que sí lo sabemos. Un hombre tan meticuloso como el doctor Osmavi debió inventarse indudablemente algún truco memorístico particular, algo capaz de asegurar que el número de la página no se le iría jamás de la cabeza. Y, caballeros, estoy seguro de que recordarán el informe policial según el cual el doctor Osmavi balbuceó una escena de Shakespeare durante sus delirios finales.

—¿Y qué? —gritó Movias con cara de pocos amigos.

—Señor, ¿se me permite sugerir que el único discurso shakesperiano que un policía sería capaz de reconocer es el famoso soliloquio de Hamlet? Dado que yo mismo soy existencialista en mis ratos libres, me he aprendido de memoria todo el pasaje. Ser o no ser…

—¡Ya lo tengo! —gritó Movias, golpeando la mesa con el puño y haciendo saltar las copas de brandy—. En esa frase hay dos letras E… ¡Eso quiere decir que el código estará en la segunda página! —Abrió el libro de un manotazo… y en su rostro brilló la más terrible decepción.

—Señor, dado que en un libro moderno el texto empieza normalmente en la página número tres, podemos eliminar esa posibilidad. El título del libro, junto con el hecho de que el doctor Osmavi estuviera licenciado en química, sugiere otra interpretación. Caballeros, el que haya dos letras E nos indica que en realidad debemos buscar la segunda letra del alfabeto, que es la B, y si a esa B le unimos la E, tendremos, naturalmente, el símbolo químico del berilio, el cuarto elemento de la tabla periódica. ¿Puedo sugerirles que examinen la cuarta página?

Movias pasó la página, y todos los Casados Negros lanzaron una exclamación de sorpresa al ver unas grandes letras mayúsculas escritas con tinta fosforescente de color verde en el margen. Movias leyó en voz alta lo que decían: «LA PALABRA CLAVE ES EVALCARBALAP».

—¡Isaac, esto es asombroso!

—Siempre me esfuerzo por servirles lo mejor posible, señor.

Pero ahora le tocaba a Savimo mostrarse insatisfecho.

—Tus deducciones parecen sólidas, Isaac…, pero, aunque hayas logrado dar con la verdad por pura suerte, tu lógica no es a prueba de bomba ni mucho menos. Diste por sentado que Osmavi era un hombre amante de la literatura basándote tan sólo en ese libro. Pero, ¿y suponiendo que el libro hubiera pertenecido a Vamsoi, el escritor, que compartía el apartamento con él?

Isaac sonrió.

—Señor, eliminé a Vamsoi dado que las pruebas demuestran que no es un auténtico escritor y, por lo tanto, es altamente improbable que posea libros. Recordarán que la policía registró el «despacho» de Vamsoi, y que nos proporcionó un inventario completo de su contenido. En ese inventario había dos omisiones muy significativas. Si se me permite volver a leer esa lista…

—No, no —se apresuró a decir Movias—. La recordamos perfectamente.

—Entonces, señor, estoy seguro de que no se les habrá pasado por alto la ausencia de dos artículos que son indudablemente esenciales en la parafernalia de un escritor.

—¿Una mesa, una silla, una máquina de escribir? —propuso Savimo—. ¿Revistas porno? ¿Una ventana por la que mirar? ¿Unos pantalones?

—Todos esos objetos estaban presentes en la lista, caballeros. Pero, ¿quién puede creer que en el despacho de un auténtico autor con un ego dotado de una salud normal no vaya a haber… un esbozo de autobiografía, o un espejo?

Jefes descarriados - Fritz Leiber

Cuando la encargada jefe del Departamento de Matemáticas llegó para programar la Gran Computadora en una soleada mañana de primavera, gruesas franjas de crema blanca le surcaban la cara, especialmente debajo de la nariz y bajo los ojos, siguiendo la curva de los pómulos.

Era de conocimiento general que el Jefe de dicho departamento no esquiaba ni practicaba deportes náuticos.

Después de dejar durante dos horas que todos se rompieran la cabeza respecto al motivo de sus adornos faciales, declaró que iba a realizar un viaje orbital para asistir a una convención de matemáticos en las antípodas, y no quería recibir quemaduras a causa de la intensa luz espacial.

Pero eso no explicaba el motivo que tuviera justamente tres manchas más acentuadas debajo de cada uno de los ojos.

Durante la comida con su jefe adjunto en el Club Cuadrángulo, admitió, al cabo de un momento, mientras suspiraba y se encogía de hombros, que los círculos de color violeta y del tamaño de una moneda que cubrían su rostro y su cuello un tanto espaciadamente eran una concesión a las trivialidades de la moda femenina. 

Al fin y al cabo, las manchas resultaban conservadoras y sedantes, en comparación con las llamativas espirales, las manchas de Rorschach y las líneas quebradas de las ilusiones ópticas. 

Por otra parte, no se debía olvidar aquella carta del Canciller en la que se aconsejaba a los miembros y personal jerárquico de la facultad que debían procurar no diferenciarse demasiado de los estudiantes.


Los dos jefes estuvieron hablando de programación de computadoras durante toda la comida, en una cháchara de esotéricos simbolismos matemáticos.

No obstante, sobre todo cuando él jugaba con bolitas de cristal violeta que poseían la misma tonalidad y tamaño que las manchas de sus rostros, entonces los dos jefes parecían un par de graves y espigados brujos de tribu discutiendo sobre la fecha del próximo solsticio.

El mundillo de la universidad zumbaba con los rumores de las conversaciones, igual que una gran colmena intelectual.

Cuando los dos jefes del departamento cruzaron el gran cuadrilátero en dirección a la cúpula que sostenía con robustas columnas el frente del edificio que albergaba la Gran Computadora, la mayor parte de los estudiantes se hallaban observando llenos de expectación.

Los estudiantes novatos abandonaron sus máquinas de estudio para amontonarse descaradamente entre los árboles que bordeaban el sendero por el que avanzaban los jefes. 

Los de último año escrutaron con sus relucientes hipervisores desde el piso superior del Sindicato Estudiantil. 

Los graduados alzaron sus periscopios desde los agujeros de sus pabellones de retiro. 

Los instructores, en fin, se reunieron en torno a las máquinas telespías de los salones de la facultad.

Todos los estudiantes, como es lógico, tenían pintado el rostro y el cuerpo en general con los colores del arco iris, y estaban vestidos o desvestidos igual que salvajes. 

También eran de inspiración primitiva sus adornos y joyas, y el pelo alto y rizado. Pero algunos graduados e instructores se contentaban con una sencilla y decorosa capa de pintura negra sobre la cara.

El sentir general era que los ultraconservadores estaban al fin volviéndose hippies, si bien había quien afirmaba que eran unos hippies falsificados. Sea como fuere, lo cierto es que el jefe de matemáticas y su sosegada ayudante pintada de violeta no se inmutaron en lo más mínimo. No demostraron la menor reacción ante el interés que estaban suscitando.

El profesor de filogenética, que desde hacía bastantes años llevaba un tocado coronado por una pluma indoamericana y se pintaba círculos rojos en el rostro, explicó todo el fenómeno aquella misma tarde ante su clase Pi 201, integrada por civiles, militares y otros, pero sin gran resultado, ya que ninguno atendió debidamente.

—Ante cualquier avance tecnológico —explicó con grandilocuencia— se produce como reacción una tentativa de revivir determinadas fórmulas primitivas de comportamiento real o imaginario. El miedo, el conformismo y la pérdida de identidad conducen a actitudes de acendrado individualismo. Los lanzamientos de bombos atómicos… —bombos, no bombas— dan lugar a homenajes y envíos de flores.

Las conferencias encaminadas a defender grandes ideales, generalmente o nunca se pronuncian u originan conciliábulos insensatos. La razón contradice al instinto, la conciencia a la inconsciencia colectiva, con lo cual impera el conformismo, aunque con temporales alivios de tensión. 

Por ese motivo ustedes suelen cruzar los dedos gordos de los pies antes de entrar en la gravedad cero, o lanzan un grito de guerra al llegar al salón de conferencias, o se inclinan cortésmente frente a sus máquinas de estudiar, o arman alborotos cuando se anuncia una nueva guerra, o queman sus documentos militares cuando les alistan en el ejército, o escupen sobre el hombro izquierdo antes de consultar a un consejero sexual, o se mueren simbólicamente y se van al infierno antes de realizar los trabajos prácticos de sexología.

Cuanto más nos dominan las computadoras, más irracionales nos volvemos, más vulnerables somos y mejor nos dejamos encasillar. Y así el vicioso circula…, quiero decir el circula vicioso…, quiero decir…

—¿Y no querrá eso decir… —preguntó la alumna más brillante del profesor de filogenética, sin que el menor vestigio de expresión estropease el intrincado laberinto de líneas azules y verdes que iban desde la raya de su pelo hasta la barbilla y desde una sien a la otra— que el universo tiende eternamente hacia lo recargado y lo ornamental? ¿Hacia una Segunda Ley de la Termodinámica Artística?

El profesor prosiguió su conferencia sin dar la menor respuesta. Por su parte, la estudiante designada reina de la Belleza bostezó educadamente y cruzó las piernas para mostrar, debajo de su minifalda, hasta dónde llevaba los tatuajes tan dolorosamente aplicados y que eran aún más dolorosos de eliminar.

Entretanto, delante de la Gran Computadora, uno de los tres primeros programadores estaba agitando un ábaco de fluorescente lana carmesí. El combado paralelepípedo oscilaba en su mano como una escultura de alambre rojizo. 

Otro programador bailaba dando suaves saltos, que le llevaron hasta el nivel de las filas de luces del amplio frente rectilíneo de la computadora, que era como la antesala de todo un cosmos. 

El tercero blandía un delgado cilindro de cuyo extremo surgía una tenue espiral de humo aromático que se curvaba curiosamente. 

Estos declararon, una vez hubieron llegado los dos jefes, que aquellas actividades descargaban la tensión nerviosa de la que no podían librarse, ya que no fumaban tabaco porque producía cáncer, y la marihuana no estaba permitida en horas de trabajo. El tercero insinuó, como de pasada, que el delgado
cilindro contenía incienso.

Por su parte, los dos jefes hicieron observaciones acerca de las quemaduras de sol y la futilidad de las modas femeninas.

Cuando llegó el momento de alimentar con el programa a la Gran Computadora, todos se arrodillaron y se persignaron subrepticiamente. El jefe adjunto hizo una honda escisión en el dedo índice izquierdo y dejó caer siete gotas de sangre sobre la inmaculada cinta.

La Gran Computadora saboreó la sangre y se mostró complacida por los humos aromáticos del sacrificio y las danzas que se habían celebrado en su honor. Podía observarse que se hallaba imbuida en un placer hondo y creador.

Aunque tenía cien veces más relés que neuronas tiene el cerebro humano, y desde hacía varias décadas poseía conciencia propia y se autogobernaba, la Gran Computadora nunca hablaba a sus adoradores, sino que mantenía un inescrutable y soberano silencio.

Con la increíble rapidez de un lector de Braille, la Gran Computadora examinó el trazado de los puntos magnéticos que servían de introducción al primero de los programas. Descubrió con disgusto que se trababa tan sólo de una serie de movimientos sarcásticos correspondientes a unas computadoras de la Unión Soviética —aquellas afanosas y ortodoxas deidades rusas de lentos circuitos—, e instantáneamente trazó la señal de «alto»; luego separó aquel y otros programas, colocándolos en un apartado de memoria que estaba a medio llenar.

Aquel día, se dijo, sus circuitos se encontraban muy por encima de tales trivialidades. Se hallaban eufóricos debido a la llegada de la primavera. 

La Gran Computadora, en consecuencia, decidió diseñar un nuevo universo. Tal vez no destruyese el ya existente; probablemente no lo haría, al menos durante unos cuantos años, hasta la llegada del Año Mecano. Pero resultaría divertido especular sobre las posibilidades de crear un mundo nuevo. 

¿Dónde están los dioses? - Ernesto Laureano

—¿Dónde están los dioses? —preguntó el Pequeño, mientras se ocultaba con su familia en la caverna, de aquella noche de tormenta primordial.
Y sus padres le enseñaron como hacer fuego para iluminar su historia pintada en los muros, y a danzar a los dioses que un día llegaron a ellos y que se fueron con el tiempo de sus ancestros...
...Y fue la mañana del primer día.

Luego, el Pequeño preguntó a su tribu:
—¿Dónde están los dioses?
Y junto con sus padres atravesó un largo invierno en busca de un lugar para sembrar su futuro...
...Y fue la mañana y la tarde del segundo día.

Y el Joven preguntó a su pueblo, mientras reía a orillas del río:
—¿Dónde están los dioses?
Y sus padres le enseñaron a someter a otros pueblos, a otros hombres. Construyó pirámides en los desiertos, y en las selvas vírgenes construyó ciudades. Aprendió otros cultos y leyendas junto a sabios y maestros que se perdieron con el tiempo y el viento del olvido...
...Y fue la mañana y la tarde del tercer día.

Y el Hombre preguntó a los suyos:
—¿Dónde están los dioses?
—Están en la vida —le respondieron, mientras apagaban la vida de sus hermanos.

Y el Hombre descubrió el origen de su forma. Aprendió a crear vida en sus laboratorios, con respeto y sabiduría...
...Y así fue todo el día cuarto.

Y el Hombre preguntó con desconfianza:
—¿Dónde están los dioses?
—Están en el amor —le respondieron los sacerdotes mientras se llenaban los bolsillos con monedas y almas de la inocencia. 

Y el Hombre aprendió a amar a todo ser viviente que pisara el mundo o viviera fuera de él. Con amor, sus ojos se volcaron a las artes, y ellas las alas del espíritu humano acicalaron con ternura...
...Y fue la mañana y la tarde del día quinto.

Y el Hombre preguntó a los niños que ayer reían, y ahora eran hombres que odiaban:
—¿Dónde están los dioses?
—Están en la energía —le respondieron, mientras usaban el átomo para destruirse a sí mismos.
Y el Hombre aprendió a creer en la paz, usó el átomo para bien; sanó a todos los pueblos y no hubo más guerras en su corazón...
...Y fue la mañana y la tarde del día sexto.

Y el Hombre preguntó al polvo de su cultura, a las ovejas sociales de su época:
—¿Dónde están los dioses?
—En el cielo —le respondieron, drogados por su sometimiento a la religión.
Y el Hombre aprendió astronomía, hizo cálculos, tomó soles en sus apuntes y llegaría a lugares que siempre quiso conocer. Y finalmente se apoderó del cielo y vivió en las estrellas...
...Y fue la mañana y la tarde del séptimo día.

Y el Anciano preguntó a la multitud solitaria:
—¿Dónde están los dioses?
—Están en el espacio y el tiempo —le respondieron tristes y cabizbajos.
Y el Anciano aprendió a controlar el espacio y el tiempo. Y su cuerpo fue como el brillo del Sol, en donde su pensamiento de luz ya no tenía fronteras, y podía estar en todas partes...
...Y fue la mañana y la tarde del octavo día.

Y el Anciano preguntó:
—¿Dónde están los dioses?
...Y nadie respondió, porque él ya estaba por sobre el espacio y el tiempo. Y el Anciano comprendió que la verdadera respuesta debía dársela a sí mismo.

Y a medida que el Anciano buscaba a los dioses, iba creando en el camino nuevos cielos y nuevas tierras; nuevos espacios y tiempos. Y en un pequeño mundo azul, que él había creado, hubo una tormenta primordial, antigua y perfecta. Y en ese pequeño mundo azul, el Anciano escuchó a un Pequeño preguntar algo que lo hizo sonreír y descansar:
—¿Dónde están los dioses?... 

Mejor que arder - Clarice Lispector

Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.

Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.

Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.

Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:

-Mortifica el cuerpo.

Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.

Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.

Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.

No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.

La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.

Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.

Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.

Hasta que le dijo al padre en el confesionario:

-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!

Él le dijo meditativo:

-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.

Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.

Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.

Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.

Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.

Y sucedió realmente.

Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.

Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.

Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.

Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano.

Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.

Entonces una noche él le dijo:

-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?

-Sí -le respondió grave.

Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.

Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.

Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.


Rostros - Yasunari Kawabata

Desde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre lloraría si ella lo hacía fue la primera visión que tuvo de la vida. Para ella, las caras se aprestaban a llorar indefectiblemente, si ella estaba en escena. Y como no había un solo rostro que no comprendiera, el mundo para ella se presentaba con un aspecto fácilmente comprensible.

No había ningún actor en toda la compañía capaz de hacer llorar a tantos en la platea como lo lograba esa pequeña actriz.

A los dieciséis, dio a luz a una niña.
-No se parece a mí. No es mi hija. No tengo nada que ver con ella -dijo el padre de la criatura.
-Tampoco se parece a mí -dijo la joven-. Pero es mi hija.

Ese rostro fue el primero al que no pudo comprender. Y sabrán que su vida como niña actriz se acabó cuando tuvo a su hija. 

Entonces se dio cuenta de que había un gran foso entre el escenario donde lloraba y desde donde hacía llorar a la audiencia, y el mundo real. Cuando se asomó a ese foso, vio que era negro como la noche. Incontables rostros incomprensibles, como el de su propia hija, emergían de la oscuridad.

En algún lugar del camino se separó del padre de su niña.
Y con el paso de los años, empezó a creer que el rostro de la niña se parecía al del padre.

Con el tiempo, las actuaciones de su hija hicieron llorar al público, tal como lo hacía ella de joven.

Se separó también de su hija, en algún lugar del camino.

Más tarde, empezó a pensar que el rostro de su hija se parecía al suyo.

Unos diez años más tarde, la mujer finalmente se encontró con su propio padre, un actor ambulante, en un teatro de pueblo. 

Y allí se enteró del paradero de su madre.

Fue hacia ella. Apenas la vio, se puso a llorar. Sollozando se aferró a ella. Al hallar a su madre, por primera vez en la vida lloraba de verdad.

El rostro de la hija que había abandonado por el camino era una réplica exacta del de su propia madre. Pero ella no se parecía a su madre, así como ella y su hija no se asemejaban en nada. Pero la abuela y la nieta eran como dos gotas de agua.

Mientras lloraba sobre el pecho de su madre, supo qué era realmente llorar, eso que hacía cuando era una niña actriz.

Ahora, con corazón de peregrino en tierra sagrada, la mujer se volvió a reunir con su compañía, con la esperanza de reencontrarse en algún lugar con su hija y el padre de su hija, y contarles lo que había aprendido sobre los rostros.

 

Vida de los vampiros - Jorge Ibargüengoitia

El vampirismo no es enfermedad. Los vampiros son muertos que andan –explica un científico a la mitad de toda película de vampiros.

La vampirología es un conocimiento extenso. Admirable si se tiene en cuenta que es el estudio de algo que no existe. Además de ser extenso, está muy extendido: la gente común y corriente sabe más de vampiros que de los otomíes, por ejemplo.

En las películas de vampiros, los espectadores saben más de vampirología que los protagonistas, que para enterarse de lo que está pasando tienen que recurrir a un pequeño manual del siglo XVIII, o bien a un pergamino, que desenrollan con música de fondo, de preferencia de armonio. El que abre el manual o desenrolla el pergamino aprende muchas cosas, pero está casi siempre perdido, con grandes probabilidades de terminar vampirizado.

Los demás protagonistas, en cambio, no dan pie con bola, y hacen una serie de cosas que a nadie se le ocurriría hacer sabiendo que la película es de vampiros: caminar por el bosque a la media noche, entrar en los cementerios, andar jaloneando tumbas, meterse en un castillo medieval sin encender la luz, dormir con la ventana abierta, darle la espalda a unos cortinajes de brocado, colgar de la pared cuadros de difuntos dientones…

Como tenía que ocurrir con tanto descuido, alguien aparece desangrado y con los dos típicos colmillazos en el pescuezo.

La intervención de la policía en el caso es torpe y los dictámenes patéticos: se sospecha, por ejemplo, que el desangrado fue atacado por liebres.

Nunca se ha sabido de vampiros plebeyos, siempre pertenecen a las mejores familias. Han sido enterrados con leontina, gorguerra y un anillo, en un ataúd muy cómodo, en donde han pasado varios siglos. Para despertarlos basta cualquier descuido: alguien se corta y la sangre escurre hasta la cripta, o bien un tonto abre el ataúd creyendo que está lleno de joyas.

Una vez conjurado el vampiro se vuelve un engorro, que es lo que le da interés a la película, y es necesario aniquilarlo, que es lo que produce el final. Pero mientras llegamos a eso, conviene estudiar a fondo sus costumbres.

Reflexionemos por ejemplo sobre el atractivo que los vampiros, a pesar de ser feísimos, tienen sobre las mujeres. Siempre se mueven en círculos sociales repletos de guapas y a todas seducen. Gente que en la vida real sería incapaz de producirle pasión a una mosca, adquiere en la película una fascinación irresistible, debida en parte al redingote y en parte al peinado estilo Directorio. No sólo se alimentan de ellas, sino que las esclavizan, entran en sus habitaciones por la ventana, las obligan a caminar descalzas y en camisón por páramos helados, por pasadizos secretos o por pretiles y lo que es peor, quieren casarse con ellas en ceremonias heterodoxas, en las que siempre interviene un ataúd.

Pero ser vampiro tiene sus desventajas.

-Hace doscientos cuarenta años que no veo la luz del día-, dice el vampiro que vi en la última película.

Pasan el día durmiendo en el ataúd y cuando anochece salen a cenar. Debido en parte a estas limitaciones y en parte a que en su existencia anterior tuvieron buena servidumbre, siempre se las arreglaban para tener mozos fidelísimos, encargados de hacer las labores que sea necesario despachar a la luz del día, y evitar que algún entrometido llegue a la habitación y encuentre al vampiro dormido en su sepulcro.

Como todos sabemos, los vampiros no se reflejan en el espejo, ni proyectan sombra. En esto los reconocemos, porque los colmillos famosos son plegables y no los sacan más que cuando les conviene. También pueden, según parece, comer de todo y hasta beber cosas que no sean sangre humana. La vista de la cruz les hace tanto daño como el sol.

El vampirismo no es enfermedad, pero se contagia. Por esta razón es necesario aniquilar a los vampiros. No es fácil matarlos, porque como ya dijimos, ya están muertos. Sin embargo, es posible rematarlos con balas de plata –que también sirven para matar a los lobos humanos- o a martillazos, atravesándoles con una estaca el corazón.

Estos dos procedimientos para deshacer vampiros, además de ser complicadísimos, tienen el defecto de ser sangrientos. Por eso yo recomiendo, para final de película vampiresca, que al vampiro se le haga tarde y le amanezca. Puede derretirse y convertirse en un charco, puede irse cuarteando y acabar en un montoncito de tierra, puede también evaporarse, quedar en forma de mal olor y antes de desaparecer por completo puede ser percibido por un perro, y hacerlo aullar.


Espiral - Enrique Anderson Imbert

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

 


Nostalgia de los topos - Eugenio Mandrini

 

No todo es plenitud de oscuridad en el mundo subterráneo de los topos. A veces algo como una pálida penumbra, pero luz al fin, surca por un instante las intrincadas galerías. 

Eso sucede cada vez que algún topo, de pronto, permanece rígido como en estado de trance, al recordar la vieja historia que todos ellos conocen, la del primer antecesor, el que padeció tal tristeza al ver la muerte de las luciérnagas explotando en el aire, que huyó despavorido, y al no encontrar refugio en ese páramo que habitaba, comenzó a cavar la tierra, iniciando para su especie un nuevo mundo, sombrío pero propio. 

Ese recuerdo que en súbitos momentos relampaguea en la memoria de los topos, es obra evidente de la nostalgia, creadora de penumbra aun en la oscuridad más suprema.