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Mirada - Guill de Raice






Yo soy la mirada que guarda silencio
que sonroja a la muerte
y ciega la bruma.
Habito el vacío,  abrazo la soledad,
respiro tristeza,
que nunca se irá.

Respuesta - Fredric Brown

Dwar Ev soldó ceremoniosamente la última conexión con oro. Los ojos de una docena de cámaras de televisión le contemplaban y el subéter transmitió al Universo una docena de imágenes sobre lo que estaba haciendo.
Se enderezó e hizo una seña a Dwar Reyn, acercándose después a un interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, inmediatamente, todo aquel monstruo de máquinas computadoras con todos los planetas habitados del Universo –noventa y seis mil millones de planetas– en el supercircuito que los conectaría a todos con una supercalculadora, una máquina cibernética que combinaría todos los conocimientos de todas las galaxias.
Dwar Reyn habló brevemente a los miles de millones de espectadores y oyentes. Después, tras un momento de silencio, dijo:
–Ahora, Dwar Ev.
Dwar Ev accionó el interruptor.
Se produjo un impresionante zumbido, la onda de energía procedente de noventa y seis mil millones de planetas. Las luces se encendieron y apagaron a lo largo de los muchos kilómetros de longitud de los paneles.
Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.
–El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.
–Gracias –repuso Dwar Reyn–, será una pregunta que ninguna máquina cibernética ha podido contestar por sí sola.
Se volvió de cara a la máquina.
–¿Existe Dios?
La impresionante voz contestó sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.
–Sí, ahora existe un Dios.
Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un salto para agarrar el interruptor.
Un rayo procedente del cielo despejado le abatió y produjo un cortocircuito que inutilizó el interruptor.

El nuevo Papá Noel - Brian W. Aldiss

Roberta, la menuda anciana, bajó el reloj del estante y lo puso sobre la hornalla; luego tomó la tetera e intentó darle cuerda. El reloj había llegado casi al punto de ebullición antes de que ella se diera cuenta. Chillando en voz baja, para no despertar al viejo Robin, tomó el reloj con un repasador y lo dejó caer sobre la mesa. Marchaba furiosamente. Lo contempló.
Aunque Roberta daba cuerda al reloj todas las mañanas al levantarse, llevaba meses sin echarle una mirada. Esa mañana, al contemplarlo, vio que eran las 7:30 del día de Navidad, 2388.
–¡Dios mío! –exclamó–. ¡Navidad, ya! ¡Si parece que apenas han pasado las Pascuas!
Ni siquiera tenía idea de que fuera el año de 2388. Tanto ella como Robin llevaban mucho tiempo en la fábrica. Se sintió contenta de que fuera Navidad, porque le gustaban las sorpresas... pero también sintió algo de miedo. Porque aquello la llevaba a recordar al Nuevo Papá Noel, y habría preferido no pensar en eso. El Nuevo Papá Noel, según se decía, hacía sus rondas en la mañana de Navidad.
–Debo contárselo a Robin –dijo.
Pero el pobre Robin había estado demasiado susceptible en los últimos tiempos; era de suponer que se pondría de malhumor al encontrarse de pronto con la Navidad encima. De cualquier modo, como Roberta era incapaz de reservarse nada, tendría que bajar a contárselo a los vagabundos.
Tras poner la tetera al fuego, salió de la vivienda para entrar a la fábrica, como un ratón que emergiera de su nido oloroso a pastel de fruta. Roberta y Robin vivían en lo alto de la fábrica, y los vagabundos habían fijado su domicilio ilegal en la parte más baja. Roberta fue bajando en puntas de pies por muchas, muchas escaleras de metal.
La fábrica estaba poblada por ese tipo de sonidos que Robin llamaba «el ruido silencioso». Era constante, día y noche, y hacía tiempo que los dos humanos habían dejado de escucharlo. Cuando los dos fueran ya incapaces de oír nada, el ruido proseguiría. Esa mañana, las máquinas estaban más atareadas que nunca, y no tenían el menor aspecto navideño. Roberta reparó especialmente en dos máquinas por las que sentía un odio especial: una se movía como un telar, empacando un alambre increíblemente fino en cajas increíblemente pequeñas; la otra se revolcaba como si luchara contra algún enemigo invisible, aparentemente sin producir nada.
La anciana pasó con cautela junto a ellas y bajó al sótano. Al llegar frente a una puerta gris, llamó con los nudillos. De inmediato pudo oír que los vagabundos se echaban contra la puerta, del lado interior, gritándose ásperamente.
Roberta, incapaz de alzar la voz, esperó que hicieran silencio, y entonces dijo, tan claramente como pudo:
–Soy yo, muchachos.
Tras una pausa muda, la puerta se abrió unos milímetros. En seguida se abrió por completo. Tres siluetas ojerosas se presentaron ante ella, con expresiones de angustia: Jerry, el exescritor, y Tony y Dusty, quienes nunca habían sido ni serían más que vagabundos. Jerry, el más joven, tenía cuarenta años; le quedaba, por lo tanto, media vida para dormitar por ahí. Tony tenía cincuenta y cinco, y Dusty sufría de erupciones.
–¡Creímos que era la Barredora Infernal! –exclamó Tony.
Cada mañana, la Barredora Infernal barría toda la fábrica. Cada mañana, los vagabundos se veían obligados a parapetarse en la habitación, para que la barredora no los arrojara con todas sus pertenencias por los vertederos de basura.
–Entre, por favor –dijo Jerry–. Perdone el desorden.
Roberta entró; fatigada por su larga caminata, se sentó en un cajón de embalaje. El cuarto de los vagabundos la ponía nerviosa; sospechaba que a veces llevaban mujeres allí; además, había calzoncillos colgados en un rincón.
–Tengo algo que deciros, a los tres –empezó.
Todos esperaron, corteses aunque intrigados. Jerry se limpiaba las uñas con una chincheta.
–Acabo de olvidar qué era –confesó la anciana.
Los vagabundos suspiraron ruidosamente, con alivio. Tenían miedo de todo lo que amenazara perturbar su tranquilidad. Tony se sintió comunicativo.
–Hoy es Navidad –dijo, echando a su alrededor una mirada furtiva.
–¿De veras? –exclamó Roberta–. ¡Pero si recién han pasado las Pascuas!
–Permítanos –dijo Jerry– desearle una Navidad segura y un Año Nuevo libre de persecuciones.
Esa muestra de cortesía hizo rebrotar los temores latentes de Roberta.
–Vosotros... no creéis en el Nuevo Papá Noel, ¿verdad? –les preguntó.
Ninguno respondió, pero la cara de Dusty tomó el color de la cáscara de limón; ella comprendió que sí, que creían en él. También ella.
–Será mejor que vengáis al departamento para celebrar este día feliz –dijo–. Después de todo, la unión hace la fuerza.
–Yo no puedo pasar por la fábrica –dijo Dusty–; las máquinas me hacen brotar la erupción. Es una especie de alergia.
–De cualquier modo, iremos –decidió Jerry–. Nunca se debe desperdiciar una invitación.
Los cuatro treparon las escaleras como pesados ratones, y atravesaron la fábrica en constante expansión. Las máquinas fungieron ignorarlos.
En el departamento los esperaba un verdadero pandemónium. La tetera estaba hirviendo, y Robin gritaba pidiendo auxilio. Aunque oficialmente estaba condenado a guardar cama, podía levantarse en momentos críticos; ahora estaba de pie junto a la puerta del cuarto, y Roberta tuvo que ir a quitar la tetera del fuego antes de ir a tranquilizarlo.
–¿Y por qué has traído aquí a esa gente? –inquirió, en un violento susurro.
–Porque son nuestros amigos, Robin –contestó Roberta, tratando de llevarlo de nuevo a la cama.
–¡Ésos no son amigos míos! –protestó él.
Se le ocurrió algo terrible para decirle; temblando, luchó con la idea, y finalmente no dijo nada. El esfuerzo lo dejó débil e irritable. Era horrendo estar bajo el dominio de su mujer. Su obligación, como cuidador de la gran fábrica, era cuidar de que no entrara ninguna persona indeseable; pero, tal como estaban las cosas, no podía expulsar a los vagabundos, puesto que su mujer los defendía. La vida era, sin lugar a dudas, algo exasperante.
–Vinimos a desearle una segura Navidad, señor Proctor –dijo Jerry, deslizándose en el dormitorio con sus dos compañeros–. ¡Navidad, y yo con erupciones!
–No es Navidad –gimoteó Robin, mientras Roberta le metía los pies bajo las frazadas–. Lo decís sólo para molestarme.
¡Si pudieran al menos intuir la cólera que rodaba por sus venas como una enfermedad! En ese momento, el conducto de distribución del correo tintineó, y un sobre entró en la habitación, como lanzado por una catapulta. Robin lo tomó de manos de Roberta y lo abrió, tembloroso. Dentro había una tarjeta de Navidad, firmada por el Ministro de Fábricas Automáticas.
–Esto prueba que hay otra gente viva en el Mundo –dijo Robin.
Aquellos tres tontos no eran lo bastante importantes como para recibir tarjetas de Navidad. Su esposa echó una mirada miope sobre la firma del ministro.
–Esto es un sello de goma, Robin –dijo–. No prueba nada.
Eso terminó de ponerlo furioso. ¡Que lo contradijera delante de esa canalla! Además, desde la Navidad pasada las mejillas de Roberta se habían arrugado más, cosa que lo molestaba profundamente. Cuando estaba a punto de desollarla, sus ojos se posaron casualmente en la dirección escrita en el sobre; decía: «Robin Proctor, F. A. X10».
–¡Pero si esta fábrica no es X10! –protestó a viva voz–. Es la SC541.
–A lo mejor hace treinta y cinco años que estamos en una fábrica que no nos corresponde –dijo Roberta–. ¿Qué importancia tiene?
La pregunta era tan absurda que el anciano apartó las cobijas hasta los pies de la cama.
–¡Bueno, ve a averiguar, vieja estúpida! –chilló–. El número de la fábrica está grabado en la salida. Ve a ver qué dice. Si no dice SC541, debemos salir de aquí en seguida. ¡Rápido!
–La acompaño –dijo Jerry a la anciana.
–¡Todos vosotros iréis con ella! –dijo Robin–. No quiero que os quedéis aquí conmigo. ¡Me asesinaríais en esta misma cama!
Sin gran sorpresa (aunque Tony lanzó, al pasar, una mirada triste a la tetera vacía) se encontraron en los preñados estratos de la fábrica, y bajaron hacia la salida. Allí había cintas transportadoras que llevaban los productos terminados hacia los vehículos que esperaban.
–Esto no me gusta mucho –dijo Roberta, intranquila–. Con sólo echar una mirada fuera siento que mi agorafobia se agrava.
De cualquier modo, hizo lo que Robin le había indicado. Sobre la puerta de salida, un cartel rezaba: X10.
–Robin no me creerá cuando se lo diga –se quejó.
–Yo creo que la fábrica cambió de nombre –observó Jerry, tranquilo–. Quizá cambió también de ramo. Después de todo, no hay nadie que verifique; puede hacer lo que quiera. ¿Siempre ha fabricado estos huevos?
En silencio, contemplaron la interminable línea móvil de huevos de acero. Eran pulidos, grandes como huevos de avestruz; salían al exterior, donde varios robots los apilaban dentro de los camiones encargados del transporte.
–Nunca supe de una fábrica que pusiera huevos –rió Dusty, rascándose el hombro–. Será mejor que volvamos antes de que la Barredora Infernal nos atrape.
Subieron lentamente los innumerables escalones.
–Yo creía que aquí se fabricaban televisores –dijo Roberta, en algún momento.
–Si ya no hay hombres –observó Jerry, sombrío–, no hacen falta televisores.
–No recuerdo bien si...
Cuando se lo dijeron a Robin, se descompuso de furia; llegó a caerse de la cama, y amenazó con bajar a ver con sus propios ojos el nombre de la fábrica. Sólo se contuvo porque tenía la secreta teoría de que la fábrica entera no era sino una de las tantas alucinaciones de Roberta.
–Y en lo que respecta a los huevos... –barbotó.
Jerry metió la mano en uno de sus rotosos bolsillos y sacó uno de los huevos, depositándolo en el piso. En el silencio siguiente, todos pudieron oír que el huevo hacía tic-tac...
–Hiciste mal, Jerry –dijo Dusty en tono áspero–. Eso equivale a... interferir –todos miraron a Jerry, más asustados aún porque ignoraban la causa del miedo que sentían.
–Lo traje porque pensé que la fábrica debía hacernos un regalo de Navidad –explicó Jerry, soñador, agachándose para mirar el huevo–. Saben... Hace mucho tiempo, antes de que las máquinas declararan prescindibles a los escritores como yo, conocí a un robot-escritor. Lo habían dejado para chatarra, pero me contó un par de cosas. Me dijo que las máquinas, al asumir las obligaciones del hombre, también habían adoptado sus mitos. Por supuesto, adaptaron esos mitos a sus propias creencias. Pero creo que les gustaría la idea de entregar regalos de Navidad.
Dusty hizo rodar a Jerry de un puntapié.
–¡Toma, por tu idea! –le dijo–. ¿Estás loco, muchacho? Las máquinas vendrán aquí a buscar ese huevo. No sé qué podemos hacer.
–Pondré el té para preparar la tetera –dijo Roberta, con mucho tino.
Ese comentario estúpido colmó la paciencia de Robin.
–¡Devolved el huevo, todos vosotros! –chilló–. Eso es robar, y nada más que robar, y yo no quiero que se me complique en semejante cosa. ¡Y después, vosotros, vagabundos, salid de la fábrica!
Jerry, que se había acomodado a gusto en el suelo, dijo, sin levantar la vista:
–No quisiera asustarlo, señor Proctor, pero el Nuevo Papá Noel vendrá por usted, si no tiene cuidado. Aquel viejo mito navideño fue uno de los que las máquinas adoptaron y modificaron. El Nuevo Papá Noel es todo metal y vidrio; en vez de dejar juguetes nuevos, se lleva a las máquinas y a la gente que ya está vieja.
Roberta, que escuchaba junto a la puerta, quedó tan blanca como una sábana.
–Tal vez es por eso que el Mundo se ha despoblado tanto últimamente –dijo–. Será mejor que vaya a preparar un poco de té.
Robin se las compuso para salir de la cama, aguijoneado por su tremenda irritación. Mientras avanzaba tambaleante hacia Jerry, el huevo se cascó.
Se partió limpiamente en dos mitades, dejando al descubierto una pequeña maquinaria. Cuatro diminutos maniquíes saltaron fuera y entraron en acción. En un segundo, mediante pequeñísimos soldadores, habían convertido la cáscara en una doble cúpula; del interior surgía un ruido de martillos.
–¡Van a construir otra fábrica aquí mismo, esos desfachatados! –exclamó Roberta.
Intentó aplastar las cúpulas con la tetera, pero ni siquiera logró mellarlas. De inmediato, un leve tintineo invadió la habitación.
–¡Cielos! –exclamó Jerry–. ¡Están telegrafiando para pedir ayuda! ¡Debemos salir en seguida de aquí!
Salieron con Robin, que temblaba de cólera.
Y el Nuevo Papá Noel los atrapó a todos en la escalera.

Tienda de chatarra - John Brosnan

Joe descubrió la tienda por casualidad durante uno de sus paseos a la hora del almuerzo. Estaba apretujada entre una fábrica en ruinas y un vacío almacén en una pequeña callejuela. Si le preguntan el lugar exacto, Joe será incapaz de contestar, aunque él sabe que se hallaba cerca de las cocheras de tranvías. No era lo que se llama propiamente una tienda, dice Joe; no había escaparate, no había nada, en realidad no era más que una barraca.
En fin, Joe se detiene al llegar a la tienda y atisba el interior. No consigue ver gran cosa porque el sol brilla bastante ese día, y el interior está oscuro, pero vislumbra un letrero en una mesa, cerca de la puerta, que tiene escrita la palabra CHATARRA. Joe, como es sabido, es aficionado a husmear en tiendas de chatarra y similares, y entra. Todavía no puede ver nada, deslumbrado como está por el sol, pero el lugar huele mal. El ambiente es caluroso y húmedo, tiene un sabor «metálico» (si le preguntan a Joe qué pretende decir con eso, él supondrá que se trata del criadero perfecto para uno de sus dolores de cabeza). Pero Joe decide que echará una rápida ojeada, y cuando por fin sus ojos se adaptan a la oscuridad interior, empieza a husmear.
Las existencias, suponiendo que se las pueda llamar así, están dispuestas en dos hileras de mesas largas y estrechas que se extienden hasta la misma parte trasera de la tienda. Al principio nada parece prometedor a Joe, en realidad ni siquiera reconoce lo que ve; pero eso no le sorprende, ya que supone que los objetos más vulgares parecen extraños cuando están alejados de su habitual entorno. Al coger una retorcida pieza de metal, preguntándose si procede de las entrañas de un motor de reacción o de una lavadora, Joe nota de pronto que alguien está de pie junto a él. Sorprendido, se vuelve y ve a un anciano vestido con un sucio mono.
Suponiendo que debe de ser el propietario de la tienda, como así es realmente, Joe sonríe y le dice:—Sólo estoy echando una ojeada. Le parece bien, ¿no? —-Claro —dice el viejo—, mire cuanto quiera. Él es un extraño bobalicón, según Joe. Piel amarillenta, ¿saben?, como de ictericia, y ojos de brillante color anaranjado. Bien, pregunten a Joe luego. La cuestión es que a Joe no le gusta el aspecto del anciano y confía en que se esfume. Joe considera que ser observado anula toda la diversión de curiosear.
—Estaré detrás —dice el viejo—. Dé un grito si encuentra algo que le guste.
Y se va. Sintiéndose más feliz, Joe continúa su fisgoneo y, dos minutos más tarde, topa con algo que le interesa. Es una esfera en forma de huevo, de veinte centímetros de diámetro, hecha con vidrio transparente o algo similar. Como por arte de magia —y Joe tiene sus ideas al respecto— el anciano vuelve a estar junto a él con aire ansioso. Joe está tan sorprendido que el objeto por poco se le escapa de las manos.
—¿Le gusta? —pregunta el viejo.
—Oh, no sé —dice Joe—. ¿Qué es? No será una de esas bolas de cristal, ¿eh?
—Nooo —dice el viejo—. Es lo que podría llamarse una novedad. Mire fijamente el interior.
Joe obedece. Descubre que el huevo tiene un trozo de reluciente neblina en el centro.
—Observe —dice el viejo.
Joe observa y ve que la zona de neblina se encoge. Se hace cada vez más pequeña hasta que es imposible verla. Luego hay un brillante centelleo de luz y la zona de neblina reaparece, pero en esta ocasión creciendo.
—¿Qué es? —vuelve a preguntar Joe.
—El universo —responde el anciano.
—Oh —dice Joe, y luego piensa un poco—. Muy ingenioso, ciertamente. Como una de esas escenas de Navidad para los niños. Las agitas y parece como si nevara dentro.
—Nooo —dice el anciano—. Esto es genuino. Lo que está sosteniendo usted es su verdadero universo.
—Me está tomando el pelo —dice Joe—. ¿Cómo puede meterse el universo entero en un huevo de cristal de este tamaño?
—No lo sé —responde el viejo—. Supongo que es como meter un barco dentro de una botella. Era un hobby de un antepasado mío. Ni siquiera tengo una pista de cómo lo hacía.
—Pero ¿cómo podemos estar aquí sosteniendo el universo? —pregunta Joe—. ¿No deberíamos estar también dentro del huevo?
—Estamos, o estaremos, o estuvimos; no estoy seguro. Una escala de tiempo muy distinta, eso está claro por el hecho de que podemos ver la vibración del universo. Mientras hablamos, millones de años pasan dentro del huevo.
—Hummm —dice Joe.
—Bien, ¿lo quiere? Será una maravillosa curiosidad en su cuarto de estar. Es francamente espectacular si apaga las luces.
—No quiero que se forme una idea equivocada —dice Joe—, pero me resulta difícil tragar esta bola. ¿Puede demostrar que es el universo verdadero?
El anciano suspira.
—Naturalmente —dice—. Basta con que me mire los ojos.
—Bueno... —dice Joe, y empieza a retroceder.
—Mire —repite el viejo.
Y Joe, simplemente para darle gusto, observa los curiosos ojos anaranjados del viejo chiflado, y de repente comprende, comprende —pero no le pidan que explique cómo— que el anciano está diciéndole la verdad.
—¡Cristo! —exclama Joe—. ¡Vaya antepasados que tiene!
El viejo tipo ofrece una sonrisa a modo de excusa y se encoge de hombros.
—Pero, como puede ver, yo he topado con tiempos difíciles...
Joe vuelve a mirar el huevo.
—Cristo —murmura—, el verdadero universo... —Luego le asalta un pensamiento—. Eh, ¿cuánto quiere por esto?
El anciano medita.
—¿Qué le parece un dólar y medio? —pregunta,Joe menea la cabeza y, con aire de tristeza, deja el huevo en la mesa.
—Lo que pensaba —comenta—, demasiado. ¿Qué otras cosas tiene?

Sennin - Ryunosuke Akutagawa

 Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.
  Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba filmando su larga pipa de bambú:
  - Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin.[1]¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?
  El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.
  - ¿No me oyó usted, señor Empleado? dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?
  - Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá...
  Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:
  - Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionadamente, si no lo cumple.
  Frente a su argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:
 - Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-; pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.
  Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa, y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.
  Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:
  - Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?
  Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.
 - Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.
 - ¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.
  El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.
  Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:
  - Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?
  La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:
  - Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.
  Esta frase hizo callar a su marido.
  A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:
  - Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.
  - Bien, señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero... justamente lo que sentía en ese instante.
  - Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?
  - Sí, señora, con tal de serlo.
  - Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.
  - ¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.
  - Pero -añadió ella-, durante veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?
  - Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.
  De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años, que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo; tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.
  Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.
  Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.
  - Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-, ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?
  - Y ahora, ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír la petición. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabia respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.
  - Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.
  La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:
  - Muy bien, entonces se lo enseñaré yo; pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.
  - Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.
  - Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.
  Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.
  - Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.
  De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.
  - Ahora suelte la mano derecha.
  Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.
  - Suelte también la mano izquierda.
  - Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido, atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.
  - En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?
  En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego... y luego... Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.
  - Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.
  Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.

[1]  Según la tradición china, el Sennin es un ermitaño sagrado que vive en el corazón de una montaña, y que tiene poderes mágicos, como el de volar cuando quiere y disfrutar de una extrema longevidad.

Un caso de Psicoanálisis - Castle y Caraván

Era una hermosa mañana, una de esas mañanas agradables que prometen una jornada llena de satisfacciones. El doctor Nicholls se frotó las manos con alegría y las pasó luego por su calva cabeza, silbando algo parecido a una tonada popular, mientras se hamacaba en su sillón giratorio. El caro y elegante escritorio brillaba bajo la luz solar. En ese momento el reloj dio diez campanadas.
—¡El tiempo es oro! —gritó el doctor Nicholls, hablando consigo mismo—. ¡Al trabajo, al trabajo!
Su índice tocó el timbre que sobresalía a su derecha. La decorativa secretaria apareció silenciosamente.
—Hay un paciente, doctor. Uno nuevo.
El corazón del sicoanalista dio un salto gozoso en su pecho, como una trucha jugueteando sobre las aguas tras un escarabajo dorado.
—¡Que pase! —exclamó—. ¡No lo haga esperar, señorita! ¿Necesito peinarme la barba?
—No, doctor. Está perfectamente bien.
—¡Entonces no perdamos tiempo!
—Doctor... —la muchacha pareció dudar.
—¿Bueno?
—Este paciente no parece rico...
—¿No?
—¡Y además tiene todo el aspecto de un verdadero loco!
El color dorado desapareció de los rayos solares: la mañana perdió todo su encanto. Los pacientes habituales del doctor Nicholls eran señoras gordas, ricas y neuróticas.
Cuando aparecía algún enfermo que era menos rico y más neurótico que el término medio, el doctor lo internaba inmediatamente en un hospital gratuito y se lavaba las manos. Esto podía hacerle perder toda una tarde.
Lanzando un suspiro, el sicoanalista exclamó:
—Está bien, Martha. Hágalo pasar. Y vaya llamando al Hospital de Caridad para que preparen una cama.
—¿Qué sala, doctor?
—¿Cómo podría saberlo sin ver al paciente primero? Dígales que en la guardia de enfermos furiosos. Siempre se ponen furiosos cuando los hago encerrar —esta ocurrencia le devolvió el perdido buen humor y lanzó una carcajada mostrando sus dientes de oro—. ¡Hágalo pasar!
Nuevamente de buen talante, aguardó la entrada del presunto paciente.
—¡Hola, tío Milton!
El doctor Nicholls saltó sobre sus pies.
—¡Bosley! —gritó irritado— ¿Qué haces aquí?
—Estoy loco, tío Milton.
—¡Vete antes de que te eche!
Bosley se pasó una mano por el pajizo cabello.
—Será mejor que me cures, tío —dijo—. Suponte que vaya a hablar con tus pacientes y les explique lo que quiere decir la frase en latín que adorna tu diploma...
El doctor se dejó caer sobre la silla.
—¡No serías capaz! — murmuró quejumbroso.
—"Por el presente diploma certificamos que Milton Nicholls ha cursado los estudios correspondientes requeridos para recibir los honores, derechos y beneficios de los graduados en esta escuela de Estudios por Correspondencia siendo desde este momento Técnico en Televisión (2ª Clase)" —entonó Bosley.
—¡Está bien! ¡Está bien!
—¿Por qué Segunda Clase, tío Milton?
—Me bocharon.
—¡Oh!
—Ahora dime qué quieres, Bosley.
—Te lo dije, tío. Estoy loco y necesito que me cures.
—¿Qué sientes?
—Es algo raro...
—Apresúrate, Bosley. “El tiempo es oro”.
—¡Precisamente eso es, tío Milton! ¡Mi problema se relaciona con el tiempo y el oro! ¡Hace un par de años tuve una idea y ahora me estoy volviendo loco!
El sicoanalista hizo un gesto amargo, señalando su camilla:
—Acuéstate —dijo—. Cuéntame todo.
—Si me acuesto me quedo dormido.
—Puedes cambiar de dieta, comer muchos vegetales, respirar aire fresco y viajar. ¡Hasta la vista!
—¡Un momento! No puedo viajar pues no tengo dinero.
—¿No tienes dinero?
—Pero si me curas te pagaré un millón de dólares.
—¡Por última vez! ¿Me querrás decir de qué estás hablando?
—Escúchame, tío Milton: se me ocurrió que si aprendía de memoria los resultados de las carreras podría ganar dinero. ¿Comprendes?
El doctor se tiró de la barba y meneó la cabeza negativamente.
—No.
—Muy simple. Se trataba dé saber quién era el ganador y retroceder luego en el tiempo hasta el día de la carrera. Por eso pasé dos años estudiando los resultados...
El sicoanalista miró seriamente a su sobrino.
—Pues mi consejo es que te apresures para retroceder con tiempo y poder apostar, Bosley. ¡Buenas tardes!
—¡Es que no puedo!
—¿No puedes? ¿No puedes retroceder ni siquiera una miserable semana? ¡Qué vergüenza, Bosley! ¿Prueba nuevamente, eh? Pero en otro sitio, no en mi consultorio.
—¡Te digo que no puedo! Por eso me estoy volviendo loco, tío. ¡Tienes que arreglarme para que se me vaya la inhibición que me impide viajar hacia atrás en el tiempo!
Así fue como durante seis meses el doctor Nicholls dedicó una hora diaria de su valioso tiempo a curar a su sobrino para quitarle la inhibición que le impedía viajar en el tiempo.
—Bosley —le dijo al terminar el sexto mes—. ¿Estás seguro que sabes de memoria el resultado de todas las carreras de caballos de los últimos cien años?
—Positivamente, tío.
El sicoanalista tomó un librito negro y lo hojeó.
—¿Quién fue el triunfador del Derby de Dublín el 16 de junio de 1904?
—Arrastrado —repuso sonriendo Bosley—. ¿Quieres saber el tiempo empleado?
—¡No interesa! ¡Tenía esperanzas de que hubieras olvidado esa absurda información!
—No es absurda, tío Milton. Apenas pueda retroceder en el tiempo, la usaré.
—Escúchame, Bosley —el sicoanalista se inclinó hacia adelante y cruzó las manos sobre el escritorio. Había trabajado duramente para llegar a ese momento—. Si realmente pudieras viajar al pasado... ¿recordarías lo que aprendiste en el futuro?
—¡No seas tonto, tío! ¿Cómo podría recordar algo que no ha ocurrido aún?
—¿Entonces cómo harías para saber quién es el ganador?
—No lo sé, tío Milton. Pero estoy seguro que estando totalmente curado, iría a buscar al apostador y jugaría al caballo indicado.
Los ojos del doctor Nicholls brillaron y se inclinó más aun sobre el escritorio.
—¿En tal caso cómo sabes que no has retrocedido?
—¿Cómo?
—Eso mismo. ¿Cómo sabes que no has retrocedido del futuro hasta este momento del tiempo y lo has olvidado? Mira las cosas así, Bosley, y el absurdo complejo que te domina desaparecerá solo. Tú no quieres viajar al pasado. Ya lo has hecho. Piensa que vives en el pasado y has olvidado el futuro. Todas las mañanas repítelo al levantarte. ¿Comprendido?
Bosley pareció bastante confundido.
Pero al día siguiente volvió con una maleta llena de billetes de mil, contó un millón de dólares y lo colocó sobre el escritorio de su tío.
—Gracias, tío Milton —dijo alegremente—. Tu método me ha curado.
¡Ayer por la tarde conseguí recordar ocho ganadores!

No puedo evitar decir adiós - Ann Mackenzie

Me llamo Karen Anders y tengo nueve años y soy pequeña y morena y corta de vista y vivo con Max y Libby y no tengo amigas

Max es mi hermano y es veinte años mayor que yo y tiene los ojos juntos y aire preocupado nosotros los Anders fuimos siempre muy caseros tiene asma también

Libby siempre fue guapa pero ahora ha cogido peso y en su bikini nuevo parece una luchadora de lucha libre a mí me gustaría tener un bikini pero Lib no me lo comprará yo creo que no me daría tanto miedo el agua si tuviera un bikini amarillo que ponerme en la playa

Una vez cuando yo tenía siete años mi padre y mi madre fueron de compras y no volvieron nunca a casa hubo un atraco en el banco como en la tele y Lib dijo que aquel loco les segó por la mitad

Antes de que se fueran yo sabía que tenía que despedirles y yo dije claro y despacito adiós Mamá primero y luego adiós Papá pero nadie se fijó mucho viendo que sólo iban de compras pero después Max se acordó y le dijo a Libby por la forma en que esa nena dijo adiós se podría pensar que lo sabía lo que iba a pasar

Libby dijo por amor de Dios sé razonable querido cómo iba ella a poder saberlo pero me imagino que ahora somos nosotros los responsables de ella has pensado en eso

Por su tono de voz no parecía precisamente complacida

Bueno después que vine a vivir con Max y Libby yo supe que tenía que despedirme del hermano de Lib Dick estaba jugando a las cartas con ellos en la salita y cuando Lib gritó Karen vete a la cama me acerqué a él y me planté toda tiesa con las manos caídas y los dedos entrelazados como la señorita Jones nos manda en la escuela cuando tenemos coro

Yo dije muy despacio y claro bueno adiós Dick y Libby me echó una especie de mirada rara

Dick no levantó la mirada de sus cartas y dijo buenas noches nena La noche siguiente antes de que ninguno de nosotros volviera a verle estaba muerto de una enfermedad llamada peritonitis te revienta en el estómago y te lo llena de agujeros

Lib dijo Max oíste como le dijo adiós a Dick y Max empezó a jadear y a dar boqueadas y dijo que ya te lo dije verdad que había algo raro lo que me pone enfermo de miedo es de quien se va a despedir la próxima vez ya me gustaría saberlo y Lib dijo vamos querido vamos procura tranquilizarte

Yo salí de detrás de la puerta donde estaba escuchando y dije no te preocupes Max estarás perfectamente

Tenía la cara toda llena de ronchas y la boca azul y con un susurro rasposo dijo cómo lo sabes

Qué pregunta más tonta como si fuera a decírselo aunque lo supiera

Libby se inclinó hacia mí y pegó su cara a la mía y su aliento olía a cigarrillos y a licor y a ensalada de ajo

Ella solo dijo entre dientes nunca vuelvas a decirle adiós a nadie oyes nunca jamás

Lo malo es que no puedo evitar decir adiós

Después de esto todo fue bien y yo creí que a lo mejor se habían olvidado pero Libby seguía sin querer comprarme el bikini nuevo

Un día en la escuela supe que tenía que despedirme de Kimberley y Charlene y Brett y de Susie

Bueno pues entrecrucé las manos delante de mí y les fui diciendo adiós lenta y cuidadosamente uno por uno

La señorita Jones dijo por Dios Karen por qué tanta solemnidad querida y yo le contesté bueno verá es que se van a morir

Ella dijo Karen eres una niña cruel y malvada no debes decir cosas así mira cómo has hecho llorar a la pobre Susie y ella dijo Susie querida entra en el coche pronto estarás en casa y te encontrarás perfectamente

Así que Susie se secó las lágrimas y corrió detrás de Kimberley y Charlene y Brett y se subió al coche justo al lado de la mamá de Charlene porque esa semana le tocaba a ella traer y llevar los niños a la escuela

Y esa fue la última vez que les vimos porque el coche patinó y se salió de la carretera de la montaña y cayó dando vueltas por toda la pendiente basta el fondo del valle y se incendió

Al día siguiente no hubo escuela porque fueron los funerales y cantamos canciones y echamos flores en las tumbas

Nadie quería ponerse a mi lado

Cuando acabó la señorita Jones se acercó a ver a Libby y yo dije buenas noches y ella me respondió pero rehuyendo la mirada y ella respiraba como ansiosa cuando Libby me mandó que me fuera a jugar

Bueno cuando la señorita Jones se fue Libby me llamó para que volviera y me dijo no te dije que nunca jamás volvieras a decir adiós a nadie

Ella me agarró con fuerza y parecía como si los ojos le ardiesen y me retorció el brazo y me dolía y yo grité no por favor no pero ella siguió retorciendo y retorciendo así que dije si no me sueltas le diré adiós a Max

Fue lo único que se me ocurrió para hacer que parase

Ella dejó de retorcerme el brazo pero seguía agarrándomelo y dijo Dios mío quieres decir que puedes hacer que pase que puedes hacerlos morir

Bueno claro que no puedo pero yo no iba a decírselo a ella así que por si pensaba volver a hacerme daño yo dije sí que puedo

Ella me soltó y caí de espaldas con fuerza y ella me dijo estás bien te he hecho daño Karen querida y yo dije sí y más vale que no vuelvas a hacerlo y ella dijo que yo solo estaba bromeando y que no lo decía en serio

Así que entonces supe que ella me tenía miedo y yo dije que quería un bikini para llevar en la playa uno amarillo porque el amarillo es mi color favorito

Ella dijo bueno querida ya sabes que hemos de tener cuidado con los gastos y yo dije quieres que me despida de Max o no

Ella se dejó caer contra la pared y cerró los ojos y se quedó quieta del todo durante un rato y yo dije qué haces y ella contestó pensando

Entonces de repente abrió los ojos y me sonrió y dijo oye sabes que mañana vamos a ir a comer a la playa y yo dije quieres decir que me vas a comprar un bikini y ella dijo sí tu bikini y todo lo que quieras

Así que ayer por la tarde compramos el bikini y hoy a primera hora Lib fue a la cocina y preparó para la comida el pollo frito y la macedonia de naranja y la tarta de chocolate y las rosquillas especiales que hace para acompañarla y dijo Karen estás segura de que todo está de tu gusto y yo dije claro todo tiene un aspecto magnifico y ahora que tengo mi bikini nuevo no voy a tener miedo de las olas y Libby se rió y puso la cesta de la comida en el coche ella tiene unos brazos morenos muy fuertes y dijo no me parece que no

Entonces subí a mi cuarto y me puse el bikini que me venía perfectamente y fui a mirarme en el 'espejo y miré y miré y después entrecrucé los dedos delante de mí y me sentí rara y dije despacio y claro adiós Karen adiós Karen adiós adiós

Sangre - Fredric Brown

En su máquina del tiempo, Vron y Dreena, los dos últimos sobrevivientes de la raza de los vampiros, huyeron hacia el futuro para escapar de la aniquilación. Se estrechaban fuertemente las manos y se prodigaban mutuas palabras de consuelo, tan grandes eran su terror y su hambre.
En el siglo XXII la Humanidad los había descubierto, averiguando que la leyenda de los vampiros que vivían en secreto entre los seres humanos no era una leyenda sino una realidad. Hubo una matanza en la que perecieron todos los vampiros pero aquellos dos, que ya habían estado trabajando en una máquina del tiempo y que consiguieron terminarla a punto, pudieron huir con ella. Hacia el futuro, a un futuro tan lejano que el término vampiro hubiese caído en el olvido, con el resultado que ellos podrían pasar de nuevo inadvertidos... y con su simiente hacer surgir una nueva raza.
- Tengo hambre, Vron. Un hambre terrible.
- Yo también, mi querida Dreena. Pronto volveremos a parar.
Ya se habían detenido cuatro veces y en cada una de ellas salvaron la vida por los pelos. Los seres que vivían en el planeta no les habían olvidado. La última parada, medio billón de años atrás, les había mostrado un mundo gobernado por los perros... un mundo de perros, al pie de la letra: los seres humanos se habían extinguido y los perros se habían civilizado, ocupando el lugar del hombre. Sin embargo, les reconocieron y supieron lo que eran. Pudieron alimentarse sólo una vez con la sangre de una tierna perrita, pero los canes los persiguieron hasta su máquina del tiempo y tuvieron que emprender nuevamente la huida.
- Te agradezco que hayas parado - dijo Dreena, suspirando.
- No tienes por que agradecérmelo - observó Vron, ceñudo-. Hemos llegado al fin del trayecto. Se nos ha terminado el combustible y aquí no encontraremos... a la sazón todos los compuestos radiactivos deben de haberse convertido ya en plomo. Viviremos aquí... o moriremos.
Salieron a explorar.
- Mira - dijo Dreena con voz excitada, señalando a algo que caminaba hacia ellos-. ¡Una nueva criatura! Los perros han desaparecido y algo los sustituye. Estoy segura que ya nos han olvidado.
El ser que se aproximaba era telépata.
- He escuchado vuestros pensamientos - dijo una voz dentro de sus cerebros-. Os preguntáis si nosotros conocemos a los vampiros, sean estos lo que sean. Pues, no, no los conocemos.
- ¡Es la libertad! -murmuró ávidamente Dreena-. ¡Y comida!
- También os preguntáis -continuó la voz- acerca de mi origen y evolución.
Actualmente, toda la vida en el planeta es vegetal. Yo... -les hizo una reverencia- yo, miembro de la raza dominante, era antaño lo que vosotros llamábais un nabo.

La Primera Máquina del Tiempo - Fredric Brown

El doctor Grainger dijo solemnemente:
- Caballeros, la primera máquina del tiempo.
Sus tres amigos la contemplaron con atención.
Era una caja cuadrada de unos quince centímetros de lado con esferas y un interruptor.
- Basta con sostenerla en la mano - prosiguió el doctor Grainger- , ajustar las esferas para la fecha que se desee, oprimir el botón y ya está.
Smedley, uno de los tres amigos del doctor, tomó la caja para examinarla.
- ¿De veras funciona?
- Realicé una breve prueba con ella - repuso el sabio-. La puse un día atrás y oprimí el botón. Me vi a mí mismo - mi propia espalda-  saliendo de esta sala.
Me causó cierta impresión, como pueden suponer.
- ¿Qué hubiera sucedido si usted hubiese echado a correr hacia la puerta para propinar un buen puntapié en salva sea la parte a usted mismo?
El doctor Grainger no pudo contener una carcajada.
- Tal vez no hubiese podido hacerlo... porque eso hubiese sido alterar el pasado.
Es la antigua paradoja de los viajes por el tiempo, como ustedes saben. ¿Qué pasaría si uno volviese al pasado para matar a su propio abuelo antes que éste se casase con su abuela?
Smedley, con la caja en la mano, se apartó súbitamente de los otros tres reunidos.
Les miró sonriendo y dijo:
- Eso es precisamente lo que voy a hacer. He ajustado el aparato para sesenta años atrás mientras ustedes charlaban.
- ¡Smedley! ¡No haga eso!
El doctor Grainger se adelantó hacia él.
- Deténgase, doctor, o apretaré el botón ahora mismo. Deme tiempo para que le explique.
Grainger se detuvo.
- Yo también conozco esa paradoja. Y siempre me ha interesado porque sabía que, si alguna vez se me presentase la ocasión, asesinaría a mi abuelo sin contemplaciones. Le odiaba. Era un matón, un individuo cruel y pendenciero, que convirtió en un verdadero infierno la vida de mi pobre abuela y de mis padres. Y ahora se ha presentado la ocasión que tanto ansiaba.
Smedley apretó el botón.
Durante una fracción de segundo, todo se hizo borroso... después, Smedley se encontró en medio de un campo. Tardó poco en orientarse. Si allí era donde se construiría la casa del doctor Grainger, entonces la granja de su bisabuela no podía estar a más de un kilómetro y medio hacia el sur. Emprendió la marcha en esa dirección. Por el camino se adueñó de un madero que constituiría un buen garrote.
Cerca de la granja, encontró a un joven pelirrojo que daba de latigazos a un perro.
- ¡Basta, bruto! - dijo Smedley, corriendo hacia él.
- No se meta en lo que no le importa - dijo el joven, propinando un nuevo latigazo al can.
Smedley enarboló el garrote.
Sesenta años más tarde, el doctor Grainger dijo solemnemente:
- Caballeros, la primera máquina del tiempo.
Sus dos amigos la contemplaron con atención.