INICIO

La Puerta y El Pino - Robert Louis Stevenson

Aborrecía el conde a cierto barón alemán, forastero en Roma. Las razones de este aborrecimiento no importan; pero como tenía el firme propósito de vengarse, con un mínimo de peligro, las mantuvo secretas aun del barón. En verdad, tal es la primera ley de la venganza, ya que el odio revelado es odio impotente. El conde era curioso e inquisitivo; tenía algo de artista; todo lo ejecutaba con una perfección exacta que se extendía no sólo a los medios o instrumentos. Cabalgaba un día por las afueras y llegó a un camino borrado que se perdía en los pantanos que circundaban a Roma. A la derecha había una antigua tumba romana; a la izquierda, una casa abandonada entre un jardín de siemprevivas. Ese camino lo condujo a un campo de ruinas, en cuyo centro, en el declive de una colina, vio una puerta abierta y, no lejos, un solitario pino atrofiado, no mayor que un arbusto. El sitio era desierto y secreto; el conde presintió que algo favorable acechaba en la soledad; ató el caballo al pino, encendió la luz con el yesquero y penetró en la colina. La puerta daba a un corredor de construcción romana; este corredor, a unos veinte pasos, se bifurcaba. El conde tomó por la derecha y llegó tanteando en la oscuridad a una especie de barrera, que iba de un muro a otro. Adelantando el pie, encontró un borde de piedra pulida, y luego el vacío. Interesado, juntó unas ramas secas y encendió un fuego. Frente a él había un profundísimo pozo; sin duda algún labriego, que lo había usado para sacar agua, puso la barrera. El conde se apoyó en la baranda y miró el pozo, largamente. Era una obra romana y, como todas las de este pueblo, parecía construida para la eternidad. Sus paredes eran lisas y verticales, el desdichado que cayera en el fondo no tendría salvación. Un impulso me trajo a este lugar, pensaba el conde. ¿Con qué fin? ¿Qué he logrado? ¿Por qué he sido enviado a mirar en este pozo? La baranda cedió, el conde estuvo a punto de caer. Saltó hacia atrás para salvarse, y apagó con el pie las últimas brasas del fuego. ¿He sido enviado aquí para morir?, dijo con temblor. Tuvo una inspiración.

Se arrastró hasta el borde del pozo y levantó el brazo, tanteando; dos postes habían sostenido la baranda; ahora, esta pendía de una de ellos. El conde la repuso de modo que cediera al primer apoyo. Salió a la luz del día, como un enfermo.

Al otro día, mientras paseaba con el barón, se mostró preocupado. Interrogado por el barón, admitió finalmente que la había deprimido un extraño sueño. Quería interesar al barón –hombre supersticioso que fingía desdeñarlas supersticiones- El conde, instado por su amigo, le dijo bruscamente que se precaviera, porque había soñado con él. Por supuesto, el barón no descansó hasta que le contaron el sueño.

-Presiento- dijo que conde con aparente desgano- que este relato será infausto; algo me lo dice. Pero, si para ninguno de los dos puede haber paz hasta que usted lo oiga, cargue usted con la culpa. Este era el sueño. Lo vi a usted cabalgando, no sé donde, pero debe de haber sido cerca de Roma; de un lado había una antigua tumba romana, del otro un jardín de siemprevivas. Yo le gritaba, le volvía a gritar que no prosiguiera, en una suerte de éxtasis de terror. Ignoro si usted me oyó, porque siguió adelante. El sendero le llevó a un lugar desierto entre las ruinas, donde había una puerta en una ladera y, cerca de la puerta, un pino deforme. Usted se apeó (a pesar de mis súplicas), ató el caballo al pino, abrió la puerta y entró resueltamente. Adentro estaba oscuro, pero en el sueño yo seguía viéndolo y rogándole que volviera. Usted siguió el muro de la derecha, dobló otra vez por la derecha y llegó a una cámara, en la que había un pozo y una baranda. Entonces no sé porque, mi alarma creció, y volví a gritarle que aún era tiempo y que abandonara ese vestíbulo. Esa fue la palabra que usé en el sueño, y entonces le atribuí un sentido preciso; pero ahora despierto, no sé lo que significaba para mí. No escuchó usted mi súplica: se apoyó en la baranda y miró largamente el agua del pozo. Entonces le comunicaron algo. No creo haber sabido lo que era, pero el pavor me arrancó del sueño, y me desperté llorando y temblando. Y ahora le agradezco de corazón haber insistido. Este sueño estaba oprimiéndome, y ahora, que lo he contado a la luz del día, me parece trivial.

-Quien sabe –dijo el barón-. Tienen algunos detalles extraños. ¿Me comunicaron algo, dijo usted? Si, es un sueño raro. Divertirá a nuestros amigos.

-No sé –dijo el conde-. Estoy casi arrepentido. Olvidémoslo.

-De acuerdo –dijo el barón.

No hablaron más de sueño. A los pocos días el conde la invitó a salir a caballo; el otro aceptó. Al regresar a Roma el con de sofrenó el caballo, se tapó los ojos y dio un grito.

-¿Qué pasa? –dijo el barón.

-Nada –gritó el conde-. No es nada. Volvamos pronto a Roma.

Pero el barón había mirado a su alrededor y, a mano izquierda, vio un borroso camino con una tumba y con un jardín de siemprevivas.

-Si –contestó con la voz cambiada-. Volvamos a Roma inmediatamente. Temo que usted se halle indispuesto

-Por favor –gritó el conde-. Volvamos a Roma, quiero acostarme.

Regresaron en silencio. El conde, que había sido invitado a una fiesta, se acostó, alegando que tenía fiebre. Al día siguiente había desaparecido el barón; alguien halló su caballo atado al pino. ¿Fue este un asesinato?

(The master of Ballantare, 1989)

El mayordomo - Roald Dahl

En cuanto George Cleaver ganó el primer millón, él y la señora Cleaver se trasladaron de su pequeña casa de las afueras a una elegante mansión de Londres. Contrataron a un cocinero francés que se llamaba monsieur Estragón y a un mayordomo inglés de nombre Tibbs. Ambos cobraban unos sueldos exorbitantes. Con la ayuda de estos dos expertos, los Cleaver se lanzaron a ascender en la escala social y empezaron a ofrecer cenas varias veces a la semana sin reparar en gastos.

Pero estas cenas nunca acababan de salir bien. No había animación, ni chispa que diera vida a las conversaciones, ni gracia. Sin embargo, la comida era excelente y el servicio inmejorable.

-¿Qué demonios les pasa a nuestras fiestas Tibbs? -le preguntó el señor Cleaver al mayordomo-. ¿Por qué nadie se siente cómodo?

Tibbs ladeó la cabeza y miró al techo.

-Espero que no se ofenda si le sugiero una cosa, señor.

-Diga, diga.

-Es el vino, señor.

-¿Qué le pasa al vino?

-Pues verá, señor, monsieur Estragón sirve una comida excelente. Una comida excelente debe ir acompañada de un vino igualmente excelente, pero ustedes ofrecen un tinto español barato y bastante corriente.

-¿Y por qué no me lo ha dicho antes, hombre de Dios? -exclamó el señor Cleaver-. El dinero no me falta. ¡Les daré el mejor vino del mundo, si eso es lo que quieren! ¿Cuál es el mejor vino del mundo?

-El clarete, señor -contestó el mayordomo-, de los grandes cháteaus de Burdeos: Lafite, Latour, Haut-Brion, Margaux, Mouton-Rothschild y Chevel Blanc. Y solamente de las grandes cosechas, que en mi opinión son las de 1906, 1914, 1919 y 1945. Chevel Blanc también tuvo unos años magníficos en 1895 y 1921, y Haut-Brion en 1906.

-¡Cómprelos todos! -dijo el señor Cleaver-. ¡Llene la bodega de arriba abajo!

-Puedo intentarlo, señor -dijo el mayordomo-, pero esa clase de vinos son difíciles de encontrar y cuestan una fortuna.

-¡Me importa tres pitos el precio! –exclamó el señor Cleaver-. ¡Cómprelos!

Era más fácil decirlo que hacerlo. Tibbs no encontró vino de 1895, 1906, 1914 ni 1921 ni en Inglaterra ni en Francia. Pero se hizo con unas botellas del 29 y del 45. Las facturas fueron astronómicas. Eran tan grandes que hasta el señor Cleaver empezó a reflexionar sobre el tema. Y este interés se transformó en verdadero entusiasmo cuando el mayordomo le sugirió que tener ciertos conocimientos de vinos era un valor social muy estimable. El señor Cleaver compró libros sobre vinos y los leyó de cabo a rabo. También aprendió mucho de Tibbs, que le enseñó, entre otras cosas, a catar el vino.

-En primer lugar, señor, tiene que olerlo durante un buen rato, con la nariz sobre la copa, así. Después bebe un sorbo, abre los labios un poquito y toma aire, dejando que pase por el vino. Observe cómo lo hago yo. A continuación se enjuaga la boca con fuerza y, por último, se lo traga.

Con el paso del tiempo, el señor Cleaver llegó a considerarse un experto en vinos e, inevitablemente, se convirtió en un pelmazo tremendo.

-Damas y caballeros -anunciaba a la hora de la cena, alzando la copa-, éste es un Margaux del 29. ¡El mejor año del siglo! ¡Un bouquet fantástico! ¡Huele a primavera! ¡Y observen ese sabor que queda después y el gusto a tanino que le da ese toque astringente tan agradable! Maravilloso, ¿eh?

Los invitados asentían, tomaban un sorbo y murmuraban alabanzas, pero nada más.

-¿Qué les pasa a esos idiotas? -le pregunto el señor Cleaver a Tibbs después de que esta situación se repitiera varias veces-. ¿Es que nadie sabe apreciar un buen vino?

El mayordomo torció la cabeza a un lado y dirigió los ojos hacia arriba.

-Creo que lo apreciarían si pudieran catarlo, señor -dijo-. Pero no pueden.

-¿Qué diablos quiere decir? ¿Cómo que no pueden catarlo?

-Tengo entendido que usted ha ordenado a monsieur Estragón que aliñe generosamente las ensaladas con vinagre, señor.

-¿Y qué? Me gusta el vinagre.

-El vinagre -dijo el mayordomo- es enemigo del vino. Destruye el paladar. El aliño debe hacerse con aceite puro de oliva y un poco de zumo de limón. Nada más.

-¡Qué estupidez! -exclamó el señor Cleaver.

-Lo que usted diga, señor.

-Se lo voy a repetir, Tibbs. Eso son estupideces. El vinagre no me estropea para nada el paladar.

-Tiene usted mucha suerte, señor -murmuró el mayordomo, al tiempo que abandonaba la habitación.

Aquella noche, durante la cena, el anfitrión se burló del mayordomo delante de los invitados.

-El señor Tibbs -dijo- ha intentado convencerme de que no puedo apreciar el vino si el aliño de la ensalada lleva mucho vinagre. ¿No es así, Tibbs?

-Sí, señor -replicó Tibbs gravemente.

-Y yo le respondí que no dijera estupideces. ¿No es así, Tibbs?

-Sí, señor.

-Este vino -continuó el señor Cleaver, alzando la copa- a mí me sabe exactamente a Cháteau Lafite del 45; aun más, es un Cháteau Lafite del 45.

Tibbs, el mayordomo, estaba inmóvil y erguido junto al aparador, la cara muy pálida.

-Disculpe, señor -dijo-, pero no es un Lafite del 45.

El señor Cleaver giró en su silla y se quedó mirando al mayordomo.

-¿Qué diablos quiere decir? -preguntó-. ¡Ahí están las botellas vacías para demostrarlo!

Tibbs siempre cambiaba de recipiente aquellos excelentes claretes antes de la cena, pues eran viejos y tenían muchos posos. Los servía en jarras de cristal tallado y, siguiendo la costumbre, dejaba las botellas vacías en el aparador. En ese momento había dos vacías de Lafite del 45 a la vista de todos.

-Resulta que el vino que están ustedes bebiendo -dijo tranquilamente el mayordomo- es ese tinto español barato y bastante normalito, señor.

El señor Cleaver miró el vino de su copa, y después clavó los ojos en el mayordomo. La sangre empezó a subírsele a la cara, y la piel se le tiñó de rojo.

-¡Eso es mentira, Tibbs! -gritó.

-No, señor, no estoy mintiendo -replicó el mayordomo-. De hecho nunca les he servido otro vino que tinto español. Parecía gustarles.

-¡No le crean! -gritó el señor Cleaver a sus invitados-. Se ha vuelto loco.

-Hay que tratar con respeto a los grandes vinos -dijo el mayordomo-. Ya es bastante con destrozar el paladar con tres o cuatro copas antes de la cena, como hacen ustedes, pero si encima riegan la comida con vinagre, lo mismo da que beban agua de fregar.

Diez rostros furibundos estaban clavados en el mayordomo. Los había cogido desprevenidos. Se habían quedado sin habla.

-Ésta -continuó el mayordomo, extendiendo el brazo y tocando con cariño una de las botellas vacías-, ésta es la última botella de la cosecha del 45.

Las del 29 ya se han acabado. Pero eran unos vinos excelentes. El señor Estragón y yo hemos disfrutado enormemente con ellos.

El mayordomo hizo una reverencia y salió lentamente de la habitación. Atravesó el vestíbulo, traspasó la puerta de la casa y salió a la calle, donde le esperaba el señor Estragón cargando el equipaje en el maletero del cochecito que compartían.

El deseo - Roald Dahl

Bajo la palma de la mano, el niño notó la costra de una antigua cortadura que se había hecho en la rodilla. Se inclinó para observarla atentamente. Una costra siempre era algo fascinante; suponía un reto muy especial al que nunca podía resistirse.

Sí, pensó; me la voy a arrancar aunque todavía no esté punto, aunque esté pegada por el centro y me duela muchísimo.

Se puso a hurgar cuidadosamente en los bordes con una uña.

La metió por debajo y cuando levantó la costra un poquito, se desprendió toda entera, dura y marrón, limpiamente, dejando un circulito de piel suave y roja muy curioso.

Estupendo. Se frotó el círculo y no le dolió. Cogió la costra, se la puso en el muslo, le dio un golpecito que la hizo salir volando y aterrizar en el borde de la alfombra, aquella enorme alfombra roja, negra y amarilla que ocupaba todo el vestíbulo desde las escaleras en las que él estaba sentado hasta la lejana puerta. Era una alfombra gigantesca, más grande que la pista de tenis. Sí, mucho más grande. La contempló muy serio, posando los ojos en ella con cierto placer. Hasta entonces no se había dado cuenta, pero de repente le pareció que los colores cobraban un brillo misterioso y saltaban deslumbrantes hacia él.

Pero yo sé cómo funciona esto, se dijo. Las partes rojas de la alfombra son trozos de carbón encendido. Lo que tengo que hacer es cruzarla hasta la puerta sin pisarlos. Si piso el rojo, me quemaré. Me quemaré entero. Y las partes negras..., sí, las partes negras son serpientes, serpientes venenosas, sobre todo víboras y cobras, gordas como troncos de árbol, y si piso alguna me morderá y me moriré antes de la hora del té. Y si la atravieso sin que me pase nada, sin quemarme y sin que me muerdan, mañana, que es mi cumpleaños, me regalarán un perrito.

Se levantó y subió unos peldaños de la escalera para tener una panorámica mejor de aquel enorme tapiz de color y muerte. ¿Podría hacerlo? ¿Habría suficiente amarillo? El amarillo era el único color que podía pisar. ¿Lo conseguiría? Aquel viaje no podía tomarse a la ligera: los riesgos eran demasiado grandes. Al mirar por encima de la barandilla, en la cara del niño —flequillo de un dorado casi blanco, enormes ojos azules y una barbilla pequeña y puntiaguda— se reflejaba la ansiedad. En algunos puntos escaseaba el amarillo y se abrían uno o dos vacíos enormes, pero parecía que llegaba hasta el otro extremo. Para una persona que ayer mismo había logrado recorrer el sendero enlosado que va desde los establos hasta el cenador sin pisar raya, aquella alfombra no tendría que ser demasiado difícil. Lo peor eran las serpientes. Sólo de pensar en ellas una leve corriente eléctrica le recorrió las piernas hasta la planta de los pies, como si fueran alfileres.

Bajó despacio las escaleras y llegó hasta el borde de la alfombra. Extendió un piececito enfundado en una sandalia y lo colocó con precaución en una mancha amarilla. Después levantó el otro pie; tenía el sitio justo para poner los dos juntos. ¡Muy bien! ¡Había empezado! En su resplandeciente rostro ovalado había una extraña expresión de concentración, y quizá estuviera un poco más pálido que antes. Llevaba los brazos separados del cuerpo para mantener el equilibrio. Dio otro paso, levantando mucho el pie por encima de una mancha negra, tanteando cuidadosamente con el dedo gordo para alcanzar un estrecho canal amarillo que había al otro lado. Una vez dado este segundo paso se detuvo para descansar; se quedó inmóvil, muy erguido. El estrecho canal amarillo ocupaba un trecho ininterrumpido de al menos cuatro metros y medio, y avanzó por él cautelosamente, poco a poco, como si caminara por la cuerda floja. En el punto en que el canal amarillo se deshacía en arabescos laterales tuvo que dar otra larga zancada, esta vez para evitar una zona negra y roja con un aspecto atroz. A mitad de camino empezó a tambalearse. Agitó los brazos desesperadamente, como un molino de viento, para mantener el equilibrio, logró llegar al otro extremo sano y salvo, y volvió a descansar. Estaba jadeante y en tensión, de puntillas, los brazos estirados a los lados del cuerpo y los puños apretados. Se encontraba a salvo, en una gran isla amarilla. Tenía mucho sitio, era imposible caerse, y se quedó allí tomando un respiro, dubitativo, a la espera, con el deseo de seguir para siempre en aquella isla amarilla de seguridad. Pero el temor a que no le regalasen el cachorro le empujó a seguir adelante.

Siguió avanzando paso a paso, bordeando las manchas, deteniéndose entre una y otra para decidir el lugar exacto en que debía poner el pie. En una ocasión pudo elegir entre continuar por la izquierda o por la derecha. Se decidió por la primera posibilidad porque, aunque parecía la más difícil, no había tanto negro. Era este color lo que le ponía nervioso. Lanzó una rápida ojeada por encima del hombro para ver lo que había avanzado. Había recorrido casi medio camino, y ya no podía volverse atrás. Había llegado a la mitad y no podía ni retroceder ni saltar a un lado porque se encontraba demasiado lejos; y al contemplar la gran mancha roja y negra que se extendía ante él experimentó una antigua sensación de miedo y mareo en el pecho, como aquella vez que se perdió en la parte más oscura del bosque de Piper, una tarde de la Pascua pasada.

Avanzó un paso más, colocando cuidadosamente el pie en el único trocito amarillo que tenía a su alcance, y en esta ocasión, la punta del pie quedó a un centímetro del negro. No lo pisaba, estaba seguro de que no lo pisaba, de que una estrecha franja amarilla separaba la punta de la sandalia de la mancha negra; pero la serpiente se agitó como si sintiera la proximidad del niño, levantó la cabeza y clavó en el pie sus ojos brillantes como cuentas de cristal, esperando el momento en que la tocara.

¡No te estoy pisando! ¡No me muerdas! ¡Sabes que no te estoy pisando!

Otra serpiente se deslizó sin ruido junto a la primera y levantó la cabeza; ya eran dos cabezas, dos pares de ojos que miraban el pie, que contemplaban un trocito desnudo de pie, justo por debajo de la tira de la sandalia, por donde se veía la piel. El niño se puso de puntillas y se quedó inmóvil, muerto de miedo. Pasaron unos minutos antes de que se atreviera a moverse.

El paso siguiente tendría que ser largo de verdad. Había un río negro, profundo y sinuoso que discurría de un extremo a otro de la alfombra en toda su anchura, y debido a esta circunstancia, el niño se veía obligado a atravesarlo por la parte más ancha. Al principio pensó en dar un salto, pero comprendió que no podía tener la seguridad de aterrizar exactamente en la estrecha franja amarilla del otro lado. Tomó una profunda bocanada de aire, levantó un pie y lo fue moviendo centímetro a centímetro, y después lo fue bajando poco a poco hasta que, finalmente, la punta de la sandalia quedó en el otro extremo, sana y salva, en el borde de la mancha amarilla. Se inclinó, pasando todo su peso al pie que estaba delante. A continuación intentó levantar también el pie de atrás. Estiró el cuerpo y dio una violenta sacudida, pero tenía las piernas demasiado separadas y no lo logró. Trató de volver hacia atrás. Tampoco pudo. Estaba totalmente despatarrado y literalmente clavado en el suelo. Miró hacia abajo y vio aquel profundo y sinuoso río negro debajo de él. En algunas zonas había empezado a agitarse; se deslizaba y retorcía, con un siniestro destello grasiento. El niño se tambaleó y agitó frenéticamente los brazos para mantener el equilibrio, pero sólo sirvió para empeorar las cosas. Se caía. Primero fue hacia la derecha, despacio al principio; después, cada vez más deprisa, hasta que en el último momento estiró instintivamente la mano para protegerse en la caída, y a continuación vio que su mano desnuda se hundía en una masa negra enorme y reluciente. Al tocarla soltó un penetrante grito de terror.

Allá lejos, detrás de la casa, la madre buscaba a su hijo a la luz del día.

Nacido De Hombre Y Mujer - Richard Matheson

X - Hoy cuando apareció la luz mamá me llamó monstruo. Eres un monstruo me dijo. Vi en los ojos de mamá que estaba enojada. ¿Qué quiere decir monstruo?
Hoy cayó agua de arriba. Cayó por todas partes. Yo la vi. Vi la tierra por la ventanita. La tierra se chupó el agua como una boca que tiene sed. Bebió demasiado y se enfermó y se puso oscura. No me gustó.
Mamá es bonita yo sé. Donde yo duermo con todas las paredes frías alrededor tengo un papel detrás de la estufa. Ahí dice “Estrellas de cine”. En las figuras veo caras como las de mamá y papá. Papá dice que son bonitas. Una vez lo dijo.
Y también mamá dijo. Mamá tan bonita y yo bastante bien. Mírate dijo papá y no tenía una cara buena. Le toqué el brazo y dije está bien papá. Papá se sacudió y se fue donde yo no podía alcanzarlo.
Hoy mamá me sacó la cadena un rato así que pude mirar por la ventanita. Vi el agua que caía de arriba.
XX - Hoy está amarillo arriba. Sé que lo miro y los ojos duelen. Después de mirar el sótano es rojo.
Me parece que eso es la iglesia. Se van de arriba. La máquina grande los traga y camina y ya no está. En la parte de atrás está la mamita. Es mucho más chica que yo. Yo soy grande. Es un secreto pero saqué la cadena de la pared. Puedo ver por la ventanita todo lo que quiero.
Hoy cuando estuvo oscuro me comí la comida y unos bichos. Oí risas arriba. Me gusta saber por qué hay risas. Saqué la cadena de la pared y me la envolví en el cuerpo. Fui despacio a las escaleras. Gritan cuando yo las piso. Las piernas me resbalan porque por las escaleras no camino. Los pies se me pegan a la madera.
Subí y abrí una puerta. Era un lugar blanco. Blanco como la luz blanca que viene de arriba a veces. Entré y me quedé quieto. Oí otra vez risas. Caminé hasta el sonido y abrí un poco una puerta y miré la gente. Era mucha gente. Pensé reír con ellos.
Mamá vino y empujó la puerta. Me golpeó y dolió. Caí para atrás en el piso liso y la cadena hizo ruido. Lloré. Mamá silbó dentro de ella y se puso la mano en la boca. Tenía los ojos grandes.
Me miró. Oí que papá llamaba. Qué cayó dijo. Mamá dijo la tabla de planchar. Ven a ayudarme dijo. Papá vino y dijo bueno es tan pesada qué necesitas. Me vio y se puso grande. Los ojos de papá se enojaron. Me golpeó. El líquido me salió de un brazo. El piso quedó verde y feo.
Papá me dijo que fuera al sótano. Tuve que ir. La luz me dolía ahora en los ojos. No era como en el sótano abajo.

Papá me ató los brazos y las piernas. Me puso en la cama. Arriba oí risas mientras yo estaba quieto y miraba una araña negra que bajaba a donde estaba yo. Pensé lo que dijo papá. Oh dios dijo. Y no tiene más que ocho.

XXX - Hoy papá puso otra vez la cadena en la pared antes de aparecer la luz. Tengo que sacarla otra vez. Papá dijo que yo era malo si iba arriba. Me dijo que no lo haga otra vez o me pegará fuerte. Eso duele.

Me duele. Dormí de día y puse la cabeza en la pared. Pensé en el lugar blanco de arriba.

XXXX - Saqué la cadena de la pared. Mamá estaba arriba. Escuché risitas muy altas. Miré por la ventanita. Vi toda gente chiquita como mamita y también papitos. Son hermosos.

Estaban haciendo bonitos ruidos y saltaban por la tierra. Movían mucho las piernas. Son como mamá y papá. Mamá dice que toda la gente normal es así.

Uno de los papás pequeños me vio. Señaló la ventana. Yo me fui resbalando por la pared hasta abajo en lo oscuro. Me apreté para que no me vieran. Oí las voces junto a la ventana y pies que corrían. Arriba una puerta hizo ruido. Oí a la mamita que llamaba arriba. Oí pies pesados y corrí al lugar de la cama. Puse la cadena en la pared y me acosté mirando para abajo.

Oí a mamá que venía. Estuviste en la ventana me dijo. Escuché que estaba enojada. No te acerques a la ventana me dijo. Sacaste otra vez la cadena.

Mamá tomó el palo y me golpeó. No lloré. No puedo hacer eso. Pero mi líquido corrió por toda la cama. Mamá lo vio y se fue para atrás haciendo un ruido. Oh dios mío dios mío dijo por qué me hiciste esto. Oí que el palo caía en el piso. Mamá corrió y subió. Dormí de día.

XXXXX - Hoy había agua otra vez. Cuando mamá estaba arriba oí a la mamita que bajaba los escalones. Me escondí en la carbonera porque mamá se enoja si la mamita me ve.

Mamita tenía una cosa pequeña viva. Caminaba en los brazos de ella y tenía las orejas en punta. La mamita le hablaba.

Todo estaba bien pero la cosa viva me olió. Corrió a la carbonera y me miró con el pelo todo duro. Hacía un ruido enojado en la garganta. Yo silbé pero la cosa saltó sobre mí.

Yo no quería lastimarla. Tuve miedo porque me mordió más fuerte que la rata. Yo la agarré y la mamita gritó. Apreté fuerte la cosa viva. Hacía ruidos que yo nunca había oído. La apreté más. Estaba toda aplastada y roja sobre el carbón negro.

Me escondí ahí cuando mamá llamó. Yo tenía miedo del palo. Mamá se fue. Subí por el carbón con la cosa. La escondí debajo de la almohada y me acosté encima. Puse la cadena en la pared otra vez.

X - Hoy es otro día. Papá puso la cadena apretada. Me duele porque me golpeó. Esta vez le saqué el palo de la mano y después hice ruido. Papá se fue y tenía la cara blanca. Salió corriendo de mi lugar y cerró la puerta con llave.

No estoy tan contento. Todo el día hace frío aquí. La cadena tarda mucho en salir de la pared. Y estoy muy enojado con mamá y papá. Les mostraré. Haré lo mismo que otro día.

Primero gritaré y me reiré fuerte. Correré por las paredes. Después me colgaré cabeza para abajo de todas mis piernas y me reiré y echaré verde por todas partes hasta que ellos estén tristes porque no fueron buenos conmigo.

Y si quieren golpearme otra vez los lastimaré. Sí los lastimaré.

El Diablo y el Relojero - Daniel Defoe

Viva en la parroquia de St. Bennet Funk, cerca del Royal Exchange, una honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos instrumentos, según es costumbre en esta actividad.

Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y bajara al pobre desdichado.

En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que llevaba un escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la soga para soltarlo.

Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y le dijo:

-¡Sube y ayuda al hombre!

Suponía que algo impedía su acción.

Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se quedaran quietos y no entraran, como diciendo: «Lo haré inmediatamente».

Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le gritó:

-¿Que pasa? ¿Por qué no bajáis al pobre hombre?

Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la empujó y le dijo:

-Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré -y con estas palabras llegó arriba y a la habitación donde estaban los extraños.

Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara y expirara.

El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas tijeras, lo cual le dio gran trabajo.

Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo convenceros de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el diablo, que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien con la naturaleza del demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar. Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al diablo con tal acción.

Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.

Los niños y la literatura de horror - Ricardo Bernal

Sólo los niños conocen el horror
Nunca olvidan que debajo de su piel
está escondido un esqueleto

NESTOR ZENER


Pregúntale a cualquier niño acerca de los Olmecas o la Revolución Mexicana y seguramente habrá olvidado la lección; pregúntale acerca de Drácula, Frankenstein o el hombre lobo y te hablará, emocionado y sin titubear, de estos y otros monstruos. Y no es que una cosa sea mejor que otra, sino que lo no obligatorio, lo que estimula la imaginación de una manera interesante y entretenida es más fácil de guardar en la memoria. Nada como el horror para estimular la imaginación.

A los ojos de los adultos es más práctico simplificar el mundo, las cosas son como son y en honor a la paz mental resulta preferible no cuestionarse acerca de la muerte, el dolor o el más allá. Para un niño esto no tiene por qué ser así forzosamente: el cristo malherido que cuelga en la recámara de mamá es terrible y monstruoso, al igual que la sonrosada cabezota de cerdo que descansa en la vitrina del carnicero o la puerta entreabierta del desván. Entre más sensible sea un niño, más miedo le causará la oscuridad y más afilados serán los colmillos del monstruo que vive en el clóset. Sin embargo, es sabido que detrás del miedo está la curiosidad y el obsesionante empeño en dar una explicación razonable a lo desconocido. La niñez viene a ser el equivalente psíquico a ese tiempo primordial en que la humanidad trataba de explicarse el origen del universo a través del mito. Si revisamos estos mitos, veremos que están repletos de escenas monstruosas y terribles. Según la psicología junguiana, esto explicaría la fascinación que tiene el hombre por lo grotesco: hay una búsqueda de trascendencia y control sobre la naturaleza a través de exorcizar los demonios que conforman nuestra sombra, es decir, la parte irracional de la psique humana. Cuando un niño disfruta del horror en una película o en un libro, está enfrentándose a los propios miedos que le acechan al apagar la luz y de alguna manera comprende que el temor es parte incuestionable de su naturaleza, es una forma de aprender que no se trata de no sentir miedo sino de controlar los efectos que le produce. Sin embargo, uno de los grandes prejuicios acerca de permitir a un niño leer ese género literario consiste en creer que se convertirá en un ser violento o despiadado como resultado de la influencia de la lectura, sin ver que lo que crea personalidades antisociales no son los libros sino las experiencias de violencia dentro de la vida cotidiana.

Otro prejuicio al respecto, es creer que la inocencia es traducible como ignorancia total. Mucha de la que se considera literatura apta para el público infantil parece destinada a fomentar la pereza mental y la simpleza de pensamiento. Incontables escritores de cuento para niños se dedican a inventar anécdotas facilonas en total insulto a la inteligencia de sus lectores, como si ser niño significara por ende, ser estúpido. En gran medida esta actitud es parte de un triste legado que parece llegar directo desde la época victoriana, en que los editores se aplicaron a retraducir los cuentos de hadas, descendientes de una riquísima tradición de narrativa oral y que en un principio fueron concebidos más bien como fábulas aleccionadoras que buscaban elogiar valores como la honestidad, la generosidad y la compasión. Los victorianos, en su feroz cruzada por la moral y las buenas maneras, mutilaron estas exuberantes historias purgándolas de cuanta escena violenta o ajena al buen gusto había en ellas de acuerdo a su criterio. Al parecer olvidaron que no puede ensalzarse el bien sin tener a la vista al mal como contrapunto necesario. Es curioso observar que, como fenómeno paralelo, en la misma época victoriana, dentro del rubro de literatura adulta se crean muchas de las grandes obras de horror como Drácula, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Otra vuelta de tuerca, El retrato de Dorian Gray, y todos los cuentos de fantasmas que instituyen la manera clásica de hablar de aparecidos. Casi como fenómeno social, estos autores realizan la tarea que su época se negaba a cumplir, alguien tenía que seguir exorcizando a los demonios. Más tarde, el género horrorífico se convertiría en un buen negocio en las revistas, el cine y la televisión, y sus destinatarios serían generalmente el público infantil o adolescente.

A lo largo de los años que llevo enseñando literatura fantástica y de horror, he constatado que muchos de los lectores adultos comenzaron leyendo, de niños, obras no consideradas infantiles: los libros de H. P. Lovecraft, Ray Bradbury, Stephen King, los cuentos de Edgar Allan Poe y Horacio Quiroga, etc. Todas ellas, obras que no suelen formar parte de programas escolares y que más que retratar la realidad se ocupan de crear mundos extraños, siniestros e inquietantes. De alguna manera, el proceso de lectura se convierte así en una forma de satisfacer la imaginación y, al mismo tiempo, de aprender a dirigirla. Entrar voluntariamente al miedo y salir de él a través de la lectura, resulta una manera constructiva y eficaz de controlarlo.

En conclusión, un niño sensible a la lectura debe ser considerado lector a secas, independientemente de su edad. Como cualquier lector, se guiará por sus gustos y responderá a lo que le atrae, le interesa o le estimula la fantasía. Y es un hecho que pocos géneros estimulan tanto la fantasía como la literatura de horror. Alguien que responde al llamado de la lectura y se ve fascinado por ella continuará estándolo de manera permanente; y alguien que se acerca a los libros corre un solo riesgo: alejarse, tal vez para siempre, de la ignorancia y la insensibilidad.

¡AY MIS HIJOS...! - Doris Camarena

Dicen que aparece caminando sola. Que su paso es lento y majestuoso, o simplemente un andar igual a cualquier otro. Que su llanto aterrador y lastimero es capaz de enloquecer al que lo escucha.
Es una madre en busca de sus hijos perdidos para siempre. Es el dolor de todas las madres unido en un solo espectro y vaga dispuesta a llorar por ellos hasta el fin de los tiempos.
Es “La llorona”, una de las leyendas más antiguas y también una de las más vigentes de la historia de México. Quizá también una de las más sobrecogedoras.

Su origen se remonta en realidad hasta la época prehispánica, bajo el nombre de la diosa Cihuacoatl, una deidad de apariencia terrible, con su rostro permanentemente surcado por lágrimas, su gesto petrificado en el esplendor de un gemido eterno. La Cihuacoatl recibía en su reino a las almas de las mujeres que, al morir dando a luz, ascendían a la categoría de diosas y se convertían en cihuateteos, lloronas menores, espíritus divinos que desde aquel reino espectral seguían velando por sus huérfanos.

Según la profecía, uno de los siete presagios que anunciarían la caída imparable del gran imperio azteca sería la llegada de Cihuacoatl, su descenso desde las montañas nevadas hasta el valle de Tenochtitlan, llorando a gritos la derrota de sus desdichados hijos, los aztecas. Pero la profecía no acababa ahí. Cihuacoatl había de regresar después para anunciar el resurgimiento, un nuevo periodo de gloria en el que Tenochtitlan se levantaría triunfante de sus propias ruinas.


Los indígenas vencidos aguardaron por años el regreso de la diosa para augurarles el fin de su sometimiento. Por eso cuando, a mediados del siglo dieciséis, la Nueva España presenció el crimen y la condena de la mestiza Luisa del Carmen, muchos alientos se vieron suspendidos en un silencio expectante.
Luisa del Carmen era una hermosa mestiza que cedió a la seducción de un español, Don Nuño de Montesclaros. Sin mediar matrimonio entre ellos engendraron dos hijos. Luego de cierto tiempo, Nuño abandonó a Luisa para contraer nupcias con una mujer de su clase. Luisa, loca de dolor y de celos, acuchilló a sus hijos. Con ello borraba la huella del amante traidor, arrojaba al rostro del infiel la doble evidencia de su propio corazón destrozado.
Muchas de las calles que hoy cruzan el centro de la ciudad de México eran entonces acequias por las que navegaban mercaderes llevando provisiones a la plaza mayor. Dicen que en una de esas acequias la madre homicida dejó caer los dos cadáveres. Luego, percatándose de la magnitud de su tragedia, lanzó al aire un alarido lleno de culpa.
Luisa fue apresada y condenada a morir en ejecución pública. Desde el patíbulo volvió a gritar el ¡Ay mis hijos! que marcaría su inmortalidad.
Los españoles vieron en ella una simple asesina; los indígenas y mestizos, una extraña encarnación del presagio que podía liberarlos. Y surgió la leyenda. Se hablaba de cómo el alarido de la muerta se repetía en las noches más oscuras, cerca de los lugares donde corriera el agua. El espectro, decían, buscaba ver flotar los cuerpos de sus niños para rescatarlos. La aparición se ensañaba con los hombres, los incitaba a seguirla y luego les lanzaba su grito espeluznante. Tal vez en ellos quería vengarse del que la orilló al crimen y a la muerte.

Desde la colonia hasta nuestros días, la llorona extiende su dominio a lo largo y ancho del país. En cada ciudad, en cada población, suburbio y ranchería su lamento se deja escuchar. Los azorados testigos tienen siempre una explicación distinta para la presencia del doliente espectro. El antecedente de alguna mujer que abandonó a sus hijos y vuelve a pedir perdón desde la muerte para lo que en vida fuera imperdonable. La historia de alguna filicida que ensució sus manos con la sangre de su descendencia y anuncia a gritos su arrepentimiento. Perpetradoras de abortos. En fin, mujeres que renunciaron de modo tajante o sanguinario a verse atrapadas en una maternidad que no querían.
Cierta o no, tal vez la leyenda nos habla entre líneas del dilema cada vez más frecuente que aqueja al género femenino: el mito del instinto maternal, una creencia que, conforme avanza la historia se vuelve más cuestionable.

En una época de competencia abierta entre masculino y femenino, de militancia homosexual y anticonceptivos, en que mujeres y hombres ponen en tela de juicio la supuesta obligación de reproducirse, tal vez la leyenda de la llorona sea sólo el resabio de la dictadura católica que durante siglos unió indisolublemente el título de mujer al de madre y jamás al de individuo.
Pero también está la otra vertiente, el otro posible subtexto de esta historia fascinante: La llorona es parte de la memoria colectiva, la esperanza inconsciente de un pueblo que espera a su antigua Diosa, a Cihuacoatl la triunfante, que volverá con un llanto gozoso a anunciar la nueva gloria, ese esplendor y esa abundancia que no acaban de llegar.
O quizás, sólo quizás, la llorona represente nuestra necesidad de husmear los entresijos de la muerte, de volver a una inocencia perdida que nos habla de magia y espectros, que nos devuelve la posibilidad de creer en lo increíble.

Monsieur le revenant - Fernando Iwasaki

Todo comenzó viendo televisión hasta la medianoche, en uno de esos canales por cable que sólo pasan películas de terror de bajo presupuesto. Luego vinieron el desasosiego y los bares de mala muerte, las borracheras vertiginosas y las cofradías siniestras de la madrugada. Por eso perdí mi trabajo, porque dormía de día hasta resucitar en la noche, insomne y hambriento.
No es fácil convertirse en un trasnochador cuando toda la vida has disfrutado del sol y de los horarios comerciales, pero la noche tiene sus propias leyes y también sus negocios. Así caí en aquella mafia de hombres decadentes y mujeres fatales. Malditos sean.
Siempre regreso temeroso de las primeras luces del alba para desmoronarme en la cama, donde despierto anochecido y avergonzado sobre vómitos coagulados. Tengo mala cara. Me veo en el espejo y me provoca llorar. Lo del espejo es mentira. Lo de los crucifijos también.

La jarra - Ray Bradbury

    Era una de esas cosas que guardan dentro de jarras, en las tiendas de las ferias en las afueras de un pueblito somnoliento. Una de esas cosas pálidas que flotan en plasma de alcohol, y sueñan y dan vueltas y vueltas, de ojos despellejados y muertos que te miran y nunca te ven. De algún modo, son parte del silencio de las últimas horas de la noche, cuando sólo se oye el chirrido de los grillos y las ranas que sollozan en las tierras húmedas. Una de esas cosas que se guardan en jarrones y te revuelven el estómago, como cuando ves un brazo conservado en una vasija de laboratorio.

Charlie le devolvió la mirada un largo rato.

Un largo rato, las manazas rudas y de dedos velludos apretaron la cuerda que retenía a la gente curiosa. Charlie había pagado y ahora miraba.

Se hacia tarde. El tiovivo se adormecía cayendo en un perezoso tintineo mecánico. Los vendedores de entradas fumaban detrás de una tienda y maldecían jugando al poker. Las luces se apagaban y sobre la feria había un resplandor de verano. La gente volvía a las casas en hileras y grupos. En alguna parte atronaba una radio, que se apagaba en seguida, y el cielo de Louisiana se abría en estrellas silenciosas.

No había nada en el mundo para Charlie excepto aquella cosa pálida encerrada en un universo seroso. Boquiabierto, mostrando los dientes, miraba con ojos curiosos, admirados, asombrados.

Alguien caminaba en las sombras, detrás, pequeño, comparado con la estatura desgarbada de Charlie.

—Oh —dijo la sombra, saliendo al resplandor de la luz eléctrica—. ¿Está usted ahí todavía?

—Sí —dijo Charlie como un hombre que habla en sueños.

El dueño de la tienda apreciaba la curiosidad de Charlie. Señaló con un movimiento de cabeza al viejo conocido de la jarra.

—Le gusta a todo el mundo, de un cierto modo, quiero decir.

Charlie se acarició la larga mandíbula huesuda.

—Usted... este... ¿nunca pensó en venderla?

El dueño abrió los ojos, y los cerró en seguida. Gruñó.

—No. Trae clientes. Les gusta ver cosas así. Seguro.

Charlie emitió un "oh" decepcionado.

—Bueno —reflexionó el dueño—, si un hombre tiene dinero, quizá...

—¿Cuánto dinero?

—Si un hombre tiene. .. —El dueño calculó, mirando a Charlie mientras extendía un dedo tras otro.— Si un hombre tuviera tres, cuatro, digamos, quizá siete, ocho...

Charlie asentía cada vez que aparecía un dedo expectante. El dueño elevó entonces el total.

— ...quizá diez dólares, o quizá quince...

Charlie frunció el ceño, preocupado.

El dueño se retractó.

—Digamos que un hombre tuviera doce dólares. —Charlie sonrió.— Bueno, yo podría venderle esa cosa de la jarra —concluyó, el dueño.

—Qué coincidencia —dijo Charlie—. Tengo justo doce dólares en el bolsillo. Y he estado pensando qué pasaría si me llevara algo así, si me llevara a mi casa algo como esto y lo pusiera en el estante, junto a la mesa. La gente iría a verme, estoy seguro.

—Bueno, pues mire usted... —dijo el dueño.

La venta se completó poniendo la jarra en el asiento trasero del carro de Charlie. El caballo sacudió los cascos cuando vio la jarra, y lloriqueó.

El dueño de la tienda abrió los ojos, aliviado, casi.

—Ya estaba cansado de verla, de todos modos. No me dé las gracias. En este último tiempo me venían ideas raras a la cabeza... pero, no me haga caso, soy un fulano charlatán. ¡Adiós, granjero!

Charlie se alejó. Las lámparas desnudas y azules se retiraron como estrellas moribundas; la noche campesina y oscura de Louisiana se extendió alrededor del carro y el caballo. No había nadie excepto Charlie, el caballo que movía acompasadamente los cascos grises, y los grillos.

Y la jarra detrás del asiento alto.

Un chapoteo, adelante y atrás, adelante y atrás. Un movimiento húmedo. Y la cosa gris y fría, que golpeaba el vidrio, somnolienta, y miraba y miraba y no veía nada, nada.

Charlie se inclinó hacia atrás y tocó la tapa. La mano volvió oliendo a un licor raro, cambiada y fría, y temblorosa, excitada. Si, señor, pensó Charlie. ¡Sí, señor!

Un chapoteo, un chapoteo.

En el valle, unos faroles verdes como la hierba y rojos como la sangre echaban una luz polvorienta sobre unos hombres que murmuraban y escupían, sentados en el almacén de ramos generales.

Conocían los crujidos chirriantes del carro de Charlie, y cuando oyeron que se detenía, no movieron los cráneos toscos y de pelo pardo. Los cigarros de los hombres eran luciérnagas, las voces eran murmullos de ranas en una noche de verano.

Charlie se volvió hacia adelante, ansiosamente.

—¡Hola, Clem! ¡Hola. Mult!

—Hola, Charlie. Hola —murmuraron los hombres.

El conflicto político continuó. Charlie lo cortó en seco.

—Tengo algo aquí. ¡Tengo algo que todos ustedes querrán ver!

Los ojos de Tom Carmody centellearon, verdes a la luz de la lámpara, en el porche del almacén. Le parecía a Charlie que Tom Carmody se pasaba la vida a la sombra de los porches, o a la sombra de los árboles, o en los extremos más lejanos de los cuartos, mirándolo a uno con ojos brillantes desde la oscuridad. Uno nunca sabía que cara tenía en ese momento, y los ojos estaban siempre burlándose de uno. Y cada vez que lo miraban a uno se veían de un modo diferente.

-No tienes nada que queramos ver, compadre.

Charlie cerró un puño y lo miró.

—Algo en una jarra —dijo—. Parece un cerebro, parece una medusa de mar en conserva, parece... bueno, ¡vean ustedes mismos!

Alguien quebró un cigarro en una lluvia de cenizas rosadas y fue a mirar. Charlie alió solemnemente la jarra, y a la luz incierta del farol la cara del hombre cambió de pronto.

—Eh, pero . . . ¿qué demonios es eso?

El primer deshielo de la noche. Otros hombres se movieron perezosamente, poniéndose de pie; se inclinaron hacia adelante, y caminaron impulsados por la atracción de la gravedad. No hacían ningún esfuerzo, excepto el de poner un zapato delante de otro para no caer de bruces sobre las caras insólitas. Se amontonaron alrededor de la jarra. Y Charlie, por primera vez en la vida, concibió una oculta estrategia y guardó la jarra.

—¿Quieren ver más? ¡Vayan a mi casal Estará allí —declaró generosamente.

Tom Carmody escupió desde la cueva del porche.

- ¡Ja!

—¡Déjame ver otra vez! —gritó el abuelo Medknowe— . ¿Es un octópodo?

Charlie sacudió la» riendas. El caballo se movió tropezando.

—¡Vengan todos! ¡Serán bienvenidos!

—¿Qué dirá tu mujer?

—¡Nos echará a escobazos!

Pero Charlie y el carro ya estaban del otro lado de la loma. Los hombres, todos, se quedaron de pie, mordiéndose las lenguas, entornando los ojos, vueltos hacia el camino oscuro. Tom Carmody juró entre dientes desde el porche . . .

Charlie subió los escalones de la cabaña y llevó la jarra al trono del vestíbulo, pensando que de ahora en adelante la casucha sería un palacio, con un emperador. ¡Esta era la palabra! Un emperador todo frío y blanco y silencioso que nadaba en una piscina privada, alto en el trono del estante, por encima de la mesa rústica.

La jarra, mientras Charlie miraba, quemó la niebla fría que flotaba sobre la casa, a orillas del pantano.

—¿Qué tienes ahí?

La voz de soprano de Thedy sacó a Charlie de aquel largo ensimismamiento. Thedy, malhumorada, miraba desde la puerta del dormitorio. Tenía el pelo recogido en una trenza detrás de las orejas rojas, y un batón de color azul desvaído le cubría el cuerpo delgado. Los ojos eran también desvaídos, como el batón.

—Bueno —repitió—. ¿Qué es eso?

—¿Qué te parece a ti, Thedy?

Thedy se adelantó apenas, moviendo lentamente, perezosamente el péndulo de las caderas, con los ojos fijos, y los labios entreabiertos mostrando unos felinos dientes de leche.

La cosa pálida y muerta flotaba en el- suero.

Thedy le echó a Charlie una mirada de color azul apagado, luego miró la jarra y otra vez a Charlie, y de nuevo la jarra, y al fin dio una rápida media vuelta.

—Se... se parece... ¡se parece a ti, Charlie! —gritó.

La puerta del dormitorio se cerró de golpe.

La reverberación no perturbó los contenidos de la jarra. Pero Charlie se quedó allí, inmóvil, sintiendo que el corazón le latía frenéticamente. Mucho después, ya tranquilo, le habló a la cosa en la jarra.

—Trabajo la tierra hasta pelarme los huesos todos los años, y Thedy toma el dinero y corre a visitar a sus padres, y se queda allá nueve semanas seguidas. No puedo con ella. Thedy y los hombres del almacén me toman el pelo. No sé cómo dominarla, y sin embargo... ¡trataré!

Filosóficamente, los contenidos de la jarra no aconsejaron nada.

-¿Charlie?

Alguien estaba en la puerta del patio de enfrente.

Charlie se volvió, sorprendido, y rompió en una sonrisa.

Eran algunos de los hombres del almacén.

—Eh... Charlie... nosotros... pensamos... bueno. .. vinimos a echarle una ojeada a... lo que tienes ahí en la jarra esa...

Julio pasó con su calor, y llegó agosto.

Por primera vez en años, Charlie se sentía feliz como una espiga que crece luego de una sequía. Era bueno oír a la noche las botas que aplastaban los pastos, el ruido de los hombres que escupían en la zanja antes de poner los pies en el porche, el ruido de los cuerpos pesados y el crujido de las tablas, y el quejido de la casa cuando aún otro hombro se apoyaba en el marco de la puerta y otra voz decía mientras una muñeca velluda limpiaba unos labios:

—¿Se puede entrar?

En una estudiada indiferencia, Charlie invitaba a los recién llegados. Había sillas, o cajones para todos, o por lo menos alfombras para sentarse en cuclillas. Y cuando los grillos se rascaban las patas con un zumbido de verano, y las ranas hinchaban las gargantas corno señoras con paperas que gritan en la noche, la gente del valle colmaba la sala.

AI principio nadie abría la boca. En esas noches, la primera media hora, mientras la gente entraba y se instalaba, todos se entretenían en armar cigarrillos. Ponían cuidadosamente el tabaco en la hojita de papel, la enroscaban, la golpeaban, como enroscaban y golpeaban los pensamientos y temores y asombros de la noche. Eso les daba tiempo para pensar. Uno podía verles los cerebros que funcionaban detrás de los ojos mientras preparaban los cigarrillos.

Parecían un grupo de fieles en una iglesia pobre. Sentados, en cuclillas, apoyados en las paredes de yeso, se volvían uno a uno, y con una angustia reverente, hacia la jarra del estante.

No clavaban en seguida los ojos. No, volvían la cabeza lentamente, como si miraran alrededor del cuarto, dejando que los ojos se pasearan- por cualquier objeto viejo que se revelase al foco de la conciencia.

Y —sólo por accidente, claro está— los ojos se detenían siempre en el mismo sitio. Al cabo de un rato todos los ojos del cuarto estaban fijos en la jarra como alfileres clavados en un alfiletero increíble. Y sólo se oía un sonido: el de alguien que chupaba una espiga de maíz. O los pies desnudos de los niños que se escurrían por las tablas del porche. Quizá una voz de mujer decía entonces: "Ustedes los niños afuera. ¡Vamos!" Se oía una risita, como un agua suave y rápida, y los pies desnudos corrían a asustar a los sapos.

Charlie estaba delante de todos, naturalmente, en su silla mecedora, con una almohada de tartán bajo el trasero huesudo, meciéndose lentamente, disfrutando de la jarra y las miradas fijas que se había ganado, junto con la jarra.

Thedy había sido vista en un extremo del cuarto entre las otras mujeres, todas grises y calladas, apartadas de los hombres.

Thedy parecía a punto de estallar en un chillido de celos. Pero no decía nada, y miraba a los hombres que se atropellaban en el cuarto y se sentaban a los pies de Charlie, vueltos hacia aquello que parecía el Santo Grial, y apretaba los labios fríos y no hablaba con nadie.

Luego de un período de apropiado silencio, alguien, quizá el viejo abuelo Medknowe de Crick Road, carraspeaba, aclarándose las flemas en alguna caverna profunda, se inclinaba hacia delante, parpadeaba, se humedecía los labios, quizá, y un temblor raro le sacudía los dedos callosos.

Esto era para todos la señal de empezar a hablar. Las orejas se alzaban. La gente se instalaba como cerdos en el barro húmedo, luego de una lluvia.

El abuelo miraba largo rato, se medía los labios con una lengua de lagartija, y luego se echaba hacia atrás y decía como siempre, con voz atenorada de viejo:

—¿Sabe alguien qué es? ¿Sabe alguien si es macho o hembra, o una criatura neutra? Me despierto de noche, me vuelvo en mi jergón, y pienso en la jarra, aquí, en la larga oscuridad. Pienso en esa cosa que flota en un líquido, pacífica y pálida, como una ostra. A veces despierto a Maw, y los dos pensamos...

Mientras hablaba, el abuelo movía los dedos en una estremecida pantomima. Todos miraban el grueso pulgar que tejía en el aire, y los otros dedos ondulantes de uñas anchas.

—… los dos pensamos, acostados. Y sentimos un escalofrío. La noche es sofocante quizá, y los árboles sudan y hace tanto calor que ni siquiera vuelan los mosquitos, pero nosotros sentimos ese escalofrío, de cualquier modo, y damos vueltas en la cama, tratando de dormir…

El abuelo volvía al silencio, como si ese discurso fuera más que suficiente, y dejaba que otra voz expresara el asombro, la angustia, el extrañamiento.

Juke Marmer, de Willow Sump, se enjugaba en las rodillas el sudor de las manos y decía suavemente:

—Recuerdo cuando yo era mocoso. Había una gata en casa que se pasaba el tiempo teniendo cría. Dios todopoderoso, la tenía cada vez que daba un salto y se subía a una cerca... —Juke hablaba con una especial dulzura beatífica, benevolente.— Bueno, regalábamos los gatitos, pero cuando apareció esta camada particular, todos los vecinos tenían ya uno o dos gatitos, de regalo.

"De modo que Ma salió al porche, con una jarra de dos litros, llena de agua hasta el borde. Me dijo: "Juke, ¡tú ahogarás los gatitos!" Me recuerdo aún en el porche, de pie: los gatitos maullaban, moviéndose en círculo, ciegos, pequeños, desamparados, y graciosos. .. empezaban a abrir los ojos. Miré a Ma, y dije: "¡Yo no, Ma! ¡Tú!" Pero Ma se puso pálida y dijo que no había otro remedio, y yo era el único a mano. Y entró a batir una salsa y preparar un pollo. Yo... recogí uno... un gatito. Lo sostuve en las manos. Era tibio. Maullaba apenas, y yo tuve ganas de echar a correr, y no volver más. —Juke asentía con movimientos de cabeza, los ojos brillantes, jóvenes, vueltos hacia el pasado, resucitándolo, modelándolo con palabras, alisándolo con la lengua.— Eché el gatito al agua. El gatito cerró los ojos, abrió la boca, buscando aire. Recuerdo cómo estiraba las uñitas, y sacaba la lengua rosada, y las burbujas subían en fila a la superficie.

"No he olvidado aún cómo flotaba el gatito, cuando todo había terminado, dando vueltas, lentamente y sin preocuparse, mirándome, sin acusarme por lo que yo le había hecho. Pero no me quería tampoco, no. Ahhh...

Los corazones se sobresaltaban. Los ojos iban de Juke a la jarra en el estante, y bajaban, y se alzaban de nuevo, aprensivamente.

Una pausa.

Jadhoo, el negro de Heron Swamp, echaba hacia atrás las órbitas de marfil, como un juglar oscuro. Los nudillos morenos se doblaban y estiraban: langostas vivas.

—¿Saben ustedes qué es esto? ¿No lo saben? Yo les diré. Eso es el centro de la vida, ¡sí, señor!

Sacudiéndose rítmicamente como un árbol, movido por un viento que nadie podía ver, oír o sentir, excepto él mismo, Jadhoo ponía otra vez los ojos en blanco, y parecía que se le iban a soltar en las órbitas. En seguida hablaba con una voz que tejía una trama oscura, tomando a todos por las orejas y metiéndolos en el dibujo.

—De ahí, asomaron una mano, y un pie, y una lengua, y un cuerno, mientras crecían. Una ameba pequeña quizá. Luego un sapo de cuello bolsudo. ¡Si! —Jadhoo se apretó los nudillos.— Se alzó sobre unos huesos blandos, ¡y fue un hombre! ¡El centro de la creación! Eso es la mamá Midbambú de donde nacimos todos, hace diez mil años, ¡créanme!

—¡Hace diez mil años! —murmuraba la abuela Garnation.

—Es vieja. ¡Mírenla! No se preocupa. Sabe lo que hace. Flota como una costilla de cerdo en una sartén. Tiene ojos para ver, pero no parpadean, no miran enojados, ¿no es cierto? No, señor. Sabe lo que hace. Sabe que nosotros venimos de ahí, y volvemos ahí.

—¿De qué color tiene los ojos?

—Grises.

—¡No, verdes!

-¿De qué color tiene el pelo? ¿Castaño?

—¡Negro!

—¡Rojo!

-iNo! ¡Gris!

Entonces Charlie daba su fatigada opinión. Algunas noches decía lo mismo que la noche antes. No importaba. Cuando uno dice lo mismo noche tras noche en pleno verano, siempre suena distinto. Los grillos lo cambian. Las ranas lo cambian: La cosa en la jarra lo cambia. Charlie decía:

—Un hombre se pierde en el pantano, o un muchacho quizá, y se pasa allí los años dando vueltas, entrando en los abismos de noche, y la piel se le pone pálida y se enfría y se encoge. Lejos del sol se marchita y reduce y al fin se queda ahí tendido, como una especie de nata, como una larva que duerme en el agua fangosa. Bien, ¡quizá esto sea alguien que conocemos! Alguien con quien hablamos una vez...

Un siseo entre las mujeres, en las sombras. Una mujer se ponía de pie, los ojos negros y brillantes, buscando palabras. Se llamaba señora Thidden y murmuraba:

—Muchos niñitos corren desnudos al pantano todos los años. Corren y no vuelven. Yo misma casi me pierdo un día. Yo... yo perdí así a mi niñito, Foley. No dirá usted... no dirá usted...

El aliento se quedaba en las narices, constreñido, apretado. Las bocas se doblaban en las comisuras, estiradas por músculos duros. Las cabezas se volvían sobre unos cuellos de tallos de apio, y los ojos leían el horror y la esperanza de la señora Thidden. El cuerpo de la señora Thidden, duro como el alambre, se apo¬yaba de espaldas en la pared, sosteniéndose con las puntas de los dedos.

—Mi nene —murmuraba, jadeando—. Mi nenito. Mi Foley. ¡Foley! ¡Foley! ¿eres tú? ¡Foley! Foley, dime, niñito, ¿eres tú?

Todos retenían el aliento, mirando la jarra.

La cosa de la jarra no decía nada. Se contentaba con mirar fijamente por encima de la multitud, y allá dentro, en los huesos, un jugo secreto de miedo corría como una rana de primavera, y la serenidad y la certidumbre resuelta y la humildad fácil eran mordidas y devoradas por ese jugo y se disolvían en un torrente. Alguien gritó.

—¡Se mueve!

—No, no. Te engañan los ojos.

—¡Es verdad! —gritó Juke—. Vi que se movía como un gatito muerto.

—Cálmate. Está muerta desde hace mucho. Quizá desde antes que nacieras.

—¡Me hizo una señal —chilló la señora Thidden—. ¡Es mi Foley! ¡Mi niñito! ¡Tenía tres años! ¡Mi niñito que se extravió y desapareció en el pantano!

Un sollozo quebrado.

—Vamos, señora Thidden. Vamos. Tranquilícese. Domínese. No es su niñito ni el mío. Vamos.

Una de las mujeres abrazó a la señora Thidden y los sollozos se apagaron y fueron una respiración convulsiva y un aleteo en los labios, y un temblor de mariposa: el roce temeroso del aliento.

Cuando todo estuvo tranquilo otra vez, la abuela Carnation, con una marchita flor rosada en el pelo gris que le caía sobre los hombros, chupó la pipa que tenía en la boca y habló alrededor de la boquilla sacudiendo la cabeza de modo que los cabellos le bailaban a la luz.

—Tanta charla y tanta palabrería. Como si fuésemos a averiguar alguna ve? qué es eso. Como si no fuese cierto que no queremos saberlo. Es como los trucos de los magos en las ferias. Una vez que se descubre la trampa, se acabó la diversión. ¿No venimos aquí cada diez noches, y charlamos todos, y siempre hay algo que decir? Pues si supiéramos que es esa cosa condenada, ¡no habría de qué hablar!

—¡Bueno, maldición! —rugió una voz de toro—. ¡No creo que sea nada! Tom Carmody.

Tom Carmody de pie, como siempre, en las sombras. Afuera en el porche, espiando el interior de la casa, con una sonrisa burlona en los labios. La risa de Carmody entró en Charlie como el aguijón de una avispa, Thedy había preparado la escena. Thedy estaba tratando de matar la vida nueva de Charlie, ¡si!

—Nada —repitió Carmody roncamente—. No hay nada en esa jarra. Sólo un pedazo de medusa de mar, ¡una extravagancia maloliente y podrida!

—No seas celoso, primo Carmody —dijo Charlie, lentamente.

—¡Ja! —gruñó Carmody—. He venido a ver cómo un montón de tontos charlan sobre nada. Habrán notado que nunca puse el pie adentro. Me voy para casa ahora. ¿Alguien viene conmigo?

Nadie le ofreció compañía a Carmody. Se rió otra vez, como si esto fuese un chiste más gracioso (a qué extremos podía llegar la gente), mientras Thedy se clavaba las uñas en las palmas de las manos allá en un rincón del cuarto. Charlie vio que a Thedy se le torcía la boca, una boca fría, y no podía hablar.

Carmody, todavía riéndose, taconeó en el porche, y se fue con el sonido de los grillos. La abuela Carnation clavó las encías en la pipa. —Como decía antes de la tormenta, esa cosa del estan¬te, ¿por qué no puede tener algo de... todas las cosas? Muchas cosas. Todas clases de vida... muerte... no sé. Lluvia y sol, y abono y jalea, todo eso junto. Hierbas y víboras y niños y niebla y todas las noches y días en el cañaveral muerto. ¿Por qué ha de ser una cosa? Quizá sea montones.

Y la charla transcurrió tranquilamente durante otra hora y Thedy se deslizó a la noche detrás de Tom Carmody, y Charlie empezó a sudar. Estaban metidos en algo, esos dos. Planeaban algo. Charlie sudó calor todo el resto de la noche...

La reunión terminó tarde, y Charlie se fue a la cama confundido. La reunión había estado bien, ¿pero qué pasaba con Thedy y Tom?

Luego, cuando ciertas bandadas de estrellas descendieron por el cielo señalando el tiempo que seguía a la medianoche, Charlie oyó el susurro de las hierbas altas apartadas por el péndulo de las caderas de Thedy. Los tacos puntearon en el porche, y luego en la casa, en el dormitorio.

Se tendió en silencio en la cama, mirando a Charlie con ojos de gato. Charlie no podía verlos, pero sentía la mirada.

—¿Charlie?

Charlie esperó.

Luego dijo:

—Estoy despierto.

Luego Thedy esperó.

-¿Charlie?

-¿Qué?

—Apuesto que no sabes dónde he estado. Apuesto que no lo sabes.

La voz de Thedy era como una canción irrisoria y débil en la noche.

Charlie esperaba.

Thedy esperó también, de nuevo. Sin embargo, no pudo esperar demasiado, y continuó:

—He estado en la feria de Cape City. Tom Carmody me llevó allá. Nosotros... hablamos con el dueño de la feria, Charlie, sí, ¡si!

Y Thedy se rió de algún modo, entre dientes, secre¬tamente. Charlie se sentía frío como el hielo. Se levantó apoyándose en un codo.

—Descubrimos qué es esa cosa que tienes en la jarra, Charlie —dijo Thedy, insinuante.

Charlie se derrumbó en la cama, llevándose las ma¬nos a las orejas.

—¡No quiero oír!

—Oh, pero tienes que oír, Charlie. Es un buen chiste. Oh, es divertido, Charlie —siseó Thedy.

—Vete —dijo Charlie.

— ¡Oh! No, no, señor Charlie. Cómo, no, Charlie...

querido. ¡No hasta que te lo diga!

— ¡Fuera!

—¡Un momento! Hablamos con el dueño, y él... él se quería morir de risa. Dijo que habla vendido la jarra y lo que había dentro a un... granjero... por doce dólares. ¡Y todo no vale más de dos dólares!

La risa floreció en la oscuridad, directamente de la boca de Thedy, una temible especie de risa.

Thedy concluyó, rápidamente.

—¡Es sólo basura, Charlie! ¡Goma, papel secante, seda, algodón, ácido bórico! ¡Nada más! ¡Un armazón de metal adentro! Nada más, Charlie. ¡Nada más! -chilló Thedy.

— ¡No, no!

Charlie se sentó rápidamente, desgarrando las sába¬nas con los dedazos, rugiendo, rugiendo:

— ¡No quiero oír! ¡No quiero oír!

—Espera a que los otros sepan cómo todo es un en¬gaño. ¡Como se reirán! Se desternillarán de risa.

Charlie la tomó por las muñecas.

—No les dirás nada.

—No querrás que sea una mentirosa, ¿eh, Charlie?

Charlie la empujó, apartándola.

—Déjame solo. ¡Fuera! Fuera, ¡malvada y celosa de todo lo que hago! Perdiste los estribos cuando traje la jarra. ¡No podías dormir si no arruinabas las cosas!

Thedy se rió.

—Entonces no se lo diré a nadie —dijo.

Charlie la miró fijamente.

—Estropeaste mi diversión. Eso es lo que cuenta. No importa si se lo dices o no a los otros. Yo lo sé. Y no me divertiré más. Tú y ese Tom Carmody. Cómo me gustaría ahogarle esa risa. ¡Se ha reído de mí durante años! Bueno, cuéntaselo a los otros, al resto... ¡diviértete tú también!

Charlie se apartó, colérico, tornó violentamente la jarra, de modo que el líquido se sacudió dentro, y ya iba a arrojarla afuera cuando se detuvo, temblando, y la depositó suavemente en la mesa alta. Se inclinó sobre la jarra, sollozando. Si perdía esto, perdía el mundo. Y estaba perdiendo a Thedy también. Cada mes que pasaba. Thedy bailaba un poco más lejos, burlándose de él, tomándole el pelo. Durante muchos años las caderas de Thedy habían sido el péndulo que le había marcado a Charlie el tiempo de la vida. Pero otros hombres —Tom Carmody, por ejemplo— estaban midiendo el tiempo con el mismo péndulo.

Thedy estaba esperando a que Charlie destrozara la jarra. Pero Charlie la acariciaba una y otra vez, hasta que al fin se tranquilizó. Pensó en las veladas largas y amables del último mes, esas animadas veladas de charla y amigos, que se movían por el cuarto. Esto por lo menos estaba bien, aunque no hubiera otra cosa.

Charlie se volvió lentamente hacia Thedy. La había perdido para siempre.

—Thedy, no fuiste a la feria.

-Sí, fui.

—Estás mintiendo —dijo Charlie, en calma.

—¡No, no miento!

—En... en esta jarra... tiene que haber algo. Algo además de esa basura que dices. Mucha gente piensa que hay algo ahí, Thedy. No puedes negarlo. Ese hombre de la feria miente, si es que hablaste con él. —Char¬lie tomó aliento, largamente, y dijo:— Ven, Thedy.

—¿Qué quieres? —preguntó Thedy, de mal humor.

—Ven aquí. —Charlie dio un paso hacia la mujer.— Ven aquí.

—No te acerques, Charlie.

—Sólo quiero mostrarte algo, Thedy. —La voz de Charlie era dulce, grave, insistente.— Aquí, gatito. Aquí, gatito, gatito, gatito... ¡Aquí, gatito!

Otra noche, una semana después. Llegaron el abuelo Medknowe y la abuela Carnation, seguidos por el joven Juke y la señora Thidden, y Jadhoo, el hombre de color. Seguidos por todos los otros, jóvenes y viejos, dulces y amargos, que se instalaban en las sillas, crujientes, todos con su idea, esperanza, miedo, y asombro. Y todos apartando los ojos del estante y diciéndole hola en voz baja a Charlie.

Esperaron a que llegaran los otros. En el brillo de los ojos uno podía ver que todos encontraban algo distinto en la jarra, algo de la vida pálida que sigue a la vida, y de la vida en la muerte y de la muerte en la vida, todos con su historia, su signo, su línea, familiar y vieja, pero nueva.

Charlie estaba solo.

—Hola, Charlie. —Alguien echó una mirada al dor¬mitorio vacío.— ¿Tu mujer otra vez visitando a sus padres?

—Sí, se ha ido a Tennessee. Volverá en un par de semanas. No se puede quedar en un sitio. Ya la conoces a Thedy.

—Siempre dando saltos por ahí, esa mujer.

Voces suaves que hablaban, serenas, y luego de pronto, caminando por el porche oscuro y mirando a la gente y con los ojos brillantes, llegó... Tom Garmody.

Torn Carmody se quedó de pie en el umbral, las rodillas débiles y temblorosas, los brazos colgando y temblando a los costados, los ojos claros. Tom Carmody no se atrevió a entrar. Tom Carmody, boquiabierto, pero sin sonreír. Los labios húmedos y tirantes, la cara pálida como tiza, como si hubiese estado enfermo mucho tiempo.

El abuelo alzó los ojos a la jarra, carraspeó y dijo:

—Caramba, nunca lo había visto tan claramente. Tiene los ojos azules.

—Siempre tuvo los ojos azules —dijo la abuela Carnation.

—No —lloriqueó el abuelo—. No, eran castaños la última vez que estuve aquí. —Parpadeó.— Y otra cosa... le crecieron unos pelos... castaños. ¡No tenía pelos castaños antes!

—Sí, sí, los tenía —suspiró la señora Thidden.

—¡No, no!

-¡Sí, sí!

Tom Carmody se estremeció en la noche de verano, mirando fijamente la jarra. Charlie, alzando los ojos hacia la jarra, todo paz y serenidad, seguro de su vida y de sus pensamientos. Tom Carmody, solo, viendo cosas en la jarra que nunca había visto antes. Todos veían lo que querían ver: todos los pensamientos se sucedían en una lluvia rápida.

Mi niñito, mi riiñito, pensaba la señora Thidden.

Un cerebro, pensaba el abuelo.

El hombre de color se apretaba los nudillos. ¡Mamá Midibambú!

Un pescador fruncía los labios. ¡Una medusa de mar! ¡Gatito! ¡Aquí! ¡gatito, gatito, gatito! Los pensamientos se ahogaban clavando las garras en los ojos de Juke. ¡Gatito!

¡Todo y nada!, chillaba el pensamiento de la abuela. ¡La noche, el pantano, la muerte, las cosas pálidas, las cosas húmedas del mar!

Silencio. Y luego el abuelo murmuraba:

—Me pregunto. Me pregunto si será macho o hembra o una criatura neutra.

Charlie alzaba los ojos, satisfecho, golpeando el cigarrillo, llevándoselo a la boca. Luego miraba a Tom Carmody, que ya nunca sonreía, en la puerta.

—Me parece que nunca lo sabremos. Sí, nunca lo sabremos.

Charlie sacudía la cabeza lentamente y se instalaba con sus huéspedes, mirando, mirando.

Era una de esas cosas que guardan dentro de jarras en las tiendas de las ferias en las afueras de un pueblito somnoliento. Una de esas cosas pálidas que flotan en plasma de alcohol, y sueñan y dan vueltas y vueltas, de ojos despellejados y muertos que te miran y nunca te ven.