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El sueño de la mosca horripilante


Li Wei soñaba que una mosca horripilante rondaba por su habitación, interrumpiendo inoportunamente una de sus profundas meditaciones. Molesto, comenzó a perseguirla tratando de acallar con un golpe su desagradable zumbido. Portaba en la mano, con tal objetivo, la primera edición de Con la copa de vino en la mano interrogo a la luna, poema épico de su entrañable amigo Li Taibo. Corrió y corrió incansablemente entre el reducido espacio de esas cuatro paredes, sacudiendo sus brazos cual si fuera él mismo una mosca. Dicha empresa le sirvió de poco. La mosca, posada en el marco del retrato de su amada, lo miraba con aburrida indiferencia.
Exhausto por la persecución, Li Wei se despertó agitado. Sobre la mesa de luz estaba posado, distraído, el fastidioso insecto. De un viril manotazo, el filósofo acabó con la corta vida de la triste mosca.
Li Wei jamás sabrá si mató a una mosca o a uno de sus sueños

El paraíso de los gatos - Émile Zola

Una tía mía me legó un gato de angora que sin duda es el animal más estúpido que conozco. Esto es lo que me contó mi gato una tarde de invierno, al amor de las brasas. 

I

Tenía yo dos años por entonces, y era el gato más gordo e ingenuo que se viera. A esa tierna edad aún mostraba la presunción de un animal que desdeña las comodidades del hogar. Y sin embargo, ¡cuánto tenía que agradecer a la Providencia que me hubiera acomodado en casa de su tía! La buena mujer me adoraba. En el fondo de un armario yo tenía un verdadero dormitorio, con tres colchas y un cojín de pluma. La comida no le iba a la zaga. Nada de pan ni sopa; solo carne, carne roja de la buena.   

Pues bien, en medio de aquellos placeres yo no tenía más que un deseo, un sueño: deslizarme por la ventana entreabierta y escapar por los tejados. Las caricias me parecían insulsas, la blandura de mi cama me producía náuseas, y estaba tan orondo que me asqueaba a mí mismo. 

Y me aburría el día entero de ser tan feliz. Debo decirle que, alargando el cuello, había visto desde la ventana el tejado de enfrente. Cuatro gatos se peleaban allí aquel día, con la piel erizada y la cola en alto, rodando sobre la azulada pizarra, calentándose al sol y lanzando juramentos de alegría. 

Nunca había contemplado un espectáculo tan extraordinario. Entonces me convencí de que la verdadera felicidad se hallaba en aquel tejado, detrás de la ventana que cerraban con tanto cuidado. Me lo demostraba el hecho de que cerraran así las puertas de los armarios tras los cuales escondían la carne.   
 
Concebí el proyecto de huir. En la vida debía haber algo más que carne roja. Algo ideal, desconocido. Y un día que olvidaron cerrar la ventana de la cocina, salté a un tejadillo que había debajo.    

 II

¡Qué bonitos eran los tejados! Los bordeaban largos canalones que exhalaban deliciosos aromas. Seguí voluptuosamente aquellos canalones, hundiendo las patas en un fino barro de una tibieza y suavidad infinitas. Me parecía estar caminando sobre terciopelo, y hacía calorcito al sol, un sol que derretía mi grasa. No le negaré que temblaba como un flan. 

El miedo se mezclaba con la alegría. Me acuerdo sobre todo de una terrible impresión que a punto estuvo de hacerme caer sobre el asfalto. Tres gatos bajaron de la techumbre de una casa y se acercaron a mí, maullando espantosamente. Y como yo desfallecía, me llamaron gordinflón y me dijeron que lo hacían para divertirse. Me puse a maullar con ellos. Era delicioso. Aquellos fulanos no estaban tan estúpidamente gordos como yo, y se burlaron de mí cuando resbalé como una bola sobre las placas de cinc recalentadas por el sol de mediodía. 

Un viejo gato de aquella banda me tomó especial aprecio y se ofreció a educarme, lo que acepté agradecido.   
¡Ay, cuán lejos estaban las comodidades de su tía! Yo bebía de los canalones, y ninguna leche azucarada me había sabido tan dulce. Todo me parecía bueno y hermoso. Una gata deslumbrante pasó a mi lado, una gata que me colmó de una emoción desconocida. 

Hasta entonces solo en sueños había visto esas deliciosas criaturas cuyo espinazo parece tan adorablemente flexible. Mis tres compañeros y yo nos precipitamos al encuentro de la recién llegada. Me adelanté al resto y, cuando me disponía a cortejar a la encantadora gata, uno de mis camaradas me mordió salvajamente en el cuello. Lancé un grito de dolor. —¡Bah! —me dijo el viejo gato, apartándome—. Ya habrá otras.  

III
 
Al cabo de una hora de paseo sentí un hambre feroz. —¿Qué se come en los tejados? —le pregunté a mi amigo. —Lo que se encuentra —me respondió él, sabiamente. Su respuesta me desconcertó, pues por mucho que buscaba, no encontraba nada. Por fin, en una buhardilla vi a una joven obrera que se estaba preparando la comida. Sobre la mesa, debajo de la ventana, se veía una hermosa chuleta de un rojo apetitoso. «Esta es la mía», pensé con toda ingenuidad.   
 
Y salté sobre la mesa para coger la chuleta. Pero la obrera, al verme, me atizó un terrible escobazo en el lomo. Solté la carne y huí, lanzando un terrible juramento. —¿Es que acabas de llegar del pueblo? —me dijo el gato—. La carne que está sobre las mesas es para desearla de lejos. Donde hay que buscar es en los canalones. Nunca pude entender que la carne de las cocinas no perteneciese a los gatos. 

Mis tripas comenzaban a quejarse seriamente. El gato me remató diciendo que había que esperar a la noche. Entonces bajaríamos a la calle y escarbaríamos en los cubos de basura. ¡Esperar a la noche! Y lo decía tan tranquilo, como un filósofo curtido. Yo me sentí desfallecer ante la sola idea de aquel ayuno prolongado.    

IV
 
La noche llegó lentamente, una noche brumosa y helada. Empezó a caer una lluvia fina y penetrante, azotada por bruscas ráfagas de viento. Bajamos por el ventanal de una escalera. ¡Qué fea me pareció la calle! Había desaparecido el calorcillo gustoso, el sol resplandeciente, los tejados blancos de luz en los que revolcarse a placer. 

Mis patas resbalaban sobre el pavimento, y recordé con amargura mis tres colchas y mi cojín de pluma. Tan pronto estuvimos en la calle, mi amigo empezó a temblar. Se encogió hasta hacerse pequeño y corrió furtivamente delante de las casas, diciéndome que lo siguiera lo más rápidamente posible. 

Cuando encontró una puerta cochera, se refugió presto en ella, dejando escapar un ronroneo de satisfacción. Al preguntarle por esa huida, me dijo: —¿Viste a ese hombre que llevaba un capacho y un garfio? —Sí. —Pues si nos hubiera visto, nos habría matado y comido asados. —¡Asados! —exclamé—. ¿Pero entonces la calle no es nuestra? ¡En vez de comer, nos comen!    

V

Entretanto habían arrojado las basuras delante de las puertas. Escarbé en los montones con desesperación y encontré dos o tres huesos mondos que habían tirado a las cenizas. Entonces comprendí cuán suculenta es la comida de su tía. Mi amigo hurgaba con destreza entre las sobras. Me tuvo corriendo hasta el amanecer, examinando cada adoquín, sin apresurarse. 

Tras casi diez horas bajo la lluvia, yo tiritaba de frío. ¡Maldita calle, maldita libertad! ¡Cómo añoraba mi cárcel! Por la mañana, el gato, viéndome flaquear, me preguntó con aire extraño: —¿Has tenido bastante? —Ya lo creo —respondí. —¿Quieres volver a casa? —Claro, pero ¿cómo encontrarla? —Ven. Al verte salir esta mañana, comprendí que un gato rollizo como tú no está hecho para las ásperas alegrías de la libertad. Sé dónde vives. Te dejaré en la puerta. 

Aquel digno gato dijo esto con toda sencillez. Cuando llegamos me dijo sin mostar ninguna emoción: —Adiós. —¡No —exclamé—, no nos despediremos así! Ven conmigo, compartiremos la misma cama y la misma comida. Mi ama es una buena mujer... No me dejó acabar. —Calla —dijo bruscamente—, eres tonto. Yo me moriría en la calidez de tu hogar. 

Tu vida regalada es buena para gatos bastardos, pero los gatos libres nunca pagarán con la prisión tus manjares y tu cojín de plumas. Adiós. Y trepó de nuevo a los tejados. Vi su gran silueta delgada estremecerse de placer al sentir los rayos del sol naciente. Cuando entré en casa, su tía cogió el zurriago y me administró un correctivo que recibí con profunda alegría. Saboreé a fondo el placer de sentir calor y ser castigado. Mientras ella me zurraba, yo me relamía pensando en la comida que me daría después.    

VI

—¿Lo ve? —concluyó mi gato, estirándose frente a las brasas—. La verdadera felicidad, el paraíso, mi querido amo, consiste en ser encerrado y golpeado en una habitación donde haya carne. Hablo de los gatos, claro.   

El silencio de las sirenas - Franz Kafka

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación.
He aquí la prueba: Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos.
El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bién quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría. Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio.
No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus
cantos, aunque nunca de su silencio.
Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas. En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción. Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas. Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Relato de acontecimiento - Rubem Fonseca

En la madrugada del día 3 de mayo, una vaca marrón camina por el puente del río Coroado, en el kilómetro 53, en dirección a Río de Janeiro.
Un autobús de pasajeros de la empresa Única Auto Ómnibus, placas RF 80-07-83 y JR 81-12-27, circula por el puente del río Coroado en dirección a São Paulo.
Cuando ve a la vaca, el conductor Plínio Sergio intenta desviarse. Golpea a la vaca, golpea en el muro del puente, el autobús se precipita al río.
Encima del puente la vaca está muerta.
Debajo del puente están muertos: una mujer vestida con un pantalón largo y blusa amarilla, de veinte años presumiblemente y que nunca será identificada; Ovídia Monteiro, de treinta y cuatro años; Manuel dos Santos Pinhal, portugués, de treinta y cinco años, que usaba una cartera de socio del Sindicato de Empleados de las Fábricas de Bebidas; el niño Reinaldo de un año, hijo de Manuel; Eduardo Varela, casado, cuarenta y tres años.
El desastre fue presenciado por Elías Gentil dos Santos y su mujer Lucília, vecinos del lugar.
Elías manda a su mujer por un cuchillo a la casa. ¿Un cuchillo?, pregunta Lucília. Un cuchillo, rápido, idiota, dice Elías. Está preocupado. ¡Ah!, se da cuenta Lucília. Lucília corre.
Aparece Marcílio da Conceição. Elías lo mira con odio. Aparece también Ivonildo de Moura Júnior.
¡Y aquella bestia que no trae el cuchillo!, piensa Elías. Siente rabia contra todo el mundo, sus manos tiemblan. Elías escupe en el suelo varias veces, con fuerza, hasta que su boca se seca.
Buenos días, don Elías, dice Marcílio. Buenos días, dice Elías entre dientes, mirando a los lados, ¡este mulato!, piensa Elías.
Qué cosa, dice Ivonildo, después de asomarse por el muro del puente y ver a los bomberos y a los policías abajo. Sobre el puente, además del conductor de un carro de la Policía de Caminos, están sólo Elías, Marcílio e Ivonildo.
La situación no está bien, dice Elías mirando a la vaca. No logra apartar los ojos de la vaca.
Es cierto, dice Marcílio.
Los tres miran a la vaca.
A lo lejos se ve el bulto de Lucília, corriendo.
Elías volvió a escupir. Si pudiera, yo también sería rico, dice Elías. Marcílio e Ivonildo balancean la cabeza, miran la vaca y a Lucília, que se acerca corriendo. A Lucília tampoco le gusta ver a los dos hombres. Buenos días doña Lucília, dice Marcílio. Lucília responde moviendo la cabeza.
¿Tardé mucho?, pregunta, sin aliento, al marido.
Elías asegura el cuchillo en la mano, como si fuera un puñal; mira con odio a Marcílio e Ivonildo.
Escupe en el suelo. Corre hacia la vaca.
En el lomo es donde está el filete, dice Lucília. Elías corta la vaca.
Marcílio se acerca. ¿Me presta usted después su cuchillo, don Elías?, pregunta Marcílio. No, responde Elías.
Marcílio se aleja, caminando de prisa. Ivonildo corre a gran velocidad.
Van por cuchillos, dice Elías con rabia, ese mulato, ese cornudo. Sus manos, su camisa y su pantalón están llenos de sangre. Debiste haber traído una bolsa, un saco, dos sacos, imbécil. Ve a buscar dos sacos, ordena Elías.
Lucília corre.
Elías ya cortó dos pedazos grandes de carne cuando aparecen, corriendo, Marcílio y su mujer, Dalva, Ivonildo y su suegra, Aurelia, y Erandir Medrado con su hermano Valfrido Medrado.
Todos traen cuchillos y machetes. Se echan encima de la vaca.
Lucília llega corriendo. Apenas y puede hablar. Está embarazada de ocho meses, sufre de helmintiasis y su casa está en lo alto de una loma. Lucília trajo un segundo cuchillo. Lucília corta en la vaca.
Alguien présteme un cuchillo o los arresto a todos, dice el conductor del carro de la policía. Los hermanos Medrado, que trajeron varios cuchillos, prestan uno al conductor.
Con una sierra, un cuchillo y una hachuela aparece João Leitão, el carnicero, acompañado por dos ayudantes.
Usted no puede, grita Elías.
João Leitão se arrodilla junto a la vaca.
No puede, dice Elías dando un empujón a João. João cae sentado.
No puede, gritan los hermanos Medrado.
No puede, gritan todos, con excepción del policía.
João se aparta; a diez metros de distancia, se detiene; con sus ayudantes, permanece observando.
La vaca está semidescarnada. No fue fácil cortar el rabo. La cabeza y las patas nadie logró cortarlas. Nadie quiso las tripas.
Elías llenó los dos sacos. Los otros hombres usan las camisas como si fueran sacos.
El primero que se retira es Elías con su mujer. Hazme un bistec, le dice sonriendo a Lucília. Voy a pedirle unas papas a doña Dalva, te haré también unas papas fritas, responde Lucília.
Los despojos de la vaca están extendidos en un charco de sangre. João llama con un silbido a sus auxiliares. Uno de ellos trae un carrito de mano. Los restos de la vaca son colocados en el carro. Sobre el puente sólo queda una poca de sangre.

Teoría de Dulcinea - Juan José Arreola

En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta. Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de hazañas, embustes y despropósitos.
En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.
El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire.
Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca. Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.

El suicida - Enrique Anderson Imbert

Al pie de la Biblia abierta  -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo-  alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno. ¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa?
Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo.
Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó la cuchilla de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando navajazos. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como el agua, y las carnes recobraban su lasitud como el agua después que pescan al pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban  chirriando.
Corrió hacia el balcón, y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.

El tutú - Paul Fournel

Josette Baconnier nunca tuvo edad de bailar. Había nacido en una familia de temperamento y de gustos rústicos, en la que cada día le prometían que bailaría al día siguiente. Cuando el día siguiente llegó y pudo ir a su primer baile, conoció al hombre de su vida, que se casó con ella tras haber bailado juntos un único tango. Le reclamó otros más, pero su esposo, que era el mejor hombre del mundo, respondía a todos sus pedidos con un lacónico: «Ya no es propio de nuestra edad».
Josette se acostumbró a la idea de que era muy vieja para bailar... Aunque eso no hizo, que el deseo desapareciera.
Pensó que la maternidad la curaría definitivamente y lo cierto es que en los últimos meses de su primer embarazo no soñó más con cabriolas, pero, no bien hubo nacido su hijo, se vio forzada a admitir que el deseo había regresado. Y después del nacimiento del tercero, este era más fuerte aún.
Tuvo, pues, que vivir con él.
Decidió bailar a escondidas.
Hizo el cálculo de los momentos de soledad disponibles en el día, y pensó en aprovecharlos. Podía trabajar, a grandes rasgos, dos medias horas por día.
Cada mañana bajaba antes que los demás para preparar el desayuno en la cocina. Era el mejor momento. Mientras miraba hervir la leche, hacía ejercicios de barra empleando el borde de la mesa. Los hacía tan intensamente como su robustez se lo permitía, y lo más suavemente posible para no despertar a toda la casa. Su único pesar era que debía hacerlos en pantuflas; las zapatillas de satén, asomando de su bata de nylon guatineado, no habrían dejado de llamar la atención. Para atenuar su decepción, tenía la costumbre, antes de empezar, de fingir que anudaba en torno a sus pantorrillas los lazos rosas de sus zapatillas imaginarias. Era el gesto mágico que le permitía entrar en la realidad de su sueño.
Los ejercicios matutinos eran muy rigurosos. Se imponía a sí misma una serie de ejercicios de estiramiento, luego algunas series de fouettés y de entre-chats. La fantasía y la improvisación estaban excluidas.
Al bajar por la escalera, unos veinte minutos más tarde, sus hijos y su marido la encontraban sentada a la mesa, tranquila, la tez rozagante y el apetito abierto.
En su jornada había un segundo momento de relativa calma al regresar del trabajo, al final de la tarde, antes de que su esposo volviese y mientras sus hijos hacían los deberes en la primera planta. Entonces daba rienda suelta a su pasión, pero nunca sobrepasaba los límites de la alfombra que sofocaba el ruido de sus saltos.
Al principio, no se sentía muy segura de su técnica y no se atrevía a comprar libros que hubiesen traicionado su secreto. Se las arregló por lo tanto como pudo hasta el bendito día en que su única hija, Micheline, cumplió los seis años.
Con la excusa de que una niña debe saber bailar y que no debe aprender en cualquier lugar, fue a la ciudad y visitó todos los cursos de danza que encontró. No era sectaria: le gustaba la danza en general y se dirigió tanto a las salas de danza clásica como a las de danza moderna, popular o jazz.
Fue como un cuento de hadas.
La pesquisa duró dos sábados que para Josette Baconnier fueron días inolvidables. Con su hija aterrorizada, aferrada a su falda, vio desfilar unas legiones de ratitas en tutú corto, unas oleadas de bailarinas, delgadas como juncos y con casacas de color. En la roja penumbra de un curso de tango, vio ondular vestidos con volantes, vio combarse unas espaldas de toreros, vio brillar unos ojos achinados.
Por todas partes oía una música atronadora, esa música esencial de la que se hallaba privada. Ya que estaba fuera de toda cuestión que ella pusiera un disco durante sus sesiones de trabajo, excluido incluso canturrear una melodía o contar en voz alta los compases.
Aprovechó su pesquisa para archivar la mayor cantidad de imágenes posibles, para almacenar una provisión de movimientos inéditos que a continuación repetía delante del horno.
Escogió para su hija un curso de danza clásica y la acompañó a su primera lección. Muy pronto tuvo que rendirse ante las pruebas: Micheline era pata dura y nada en ella dejaba prever una futura estrella de la Ópera de París.
A la pequeña, de hecho, le gustaba muy poco el ejercicio, se aburría mortalmente y no entendía qué interés podía haber en estirar de esa forma los músculos de los muslos.
Pero era una buena niña y se esforzó.
Josette aprendió mucho.
Observaba tanto, tanto, y participaba con tal ardor interior que acababa las lecciones más molida que su hija.
Pronto se convirtió en una especialista en ballet clásico. Mientras Micheline se duchaba y repeinaba, ella asistía a los cursos de las mayores que preparaban una gran fiesta de fin de año.
La televisión también era para Josette una fuente de valiosas informaciones. Sin embargo debía utilizarla con más precaución. Cada vez que unas bailarinas aparecían en la tele, su marido decía:
-¡Mira cómo gesticulan las imbéciles!
Frase que sus hijos repetían, por supuesto, para imitar a papá.
Ella, por norma, solía ubicarse de pie, detrás del sofá en el que todos se hallaban apoltronados, para que no pudieran ver brillar sus ojos, y no se perdía ni una migaja del espectáculo. Así fue como descubrió a Bejart, Carolyn Carlson, las estrellas del Bolshoi, Jorge Donn, Maia Plisetskaia y Les Clodettes.
Una noche, una bailarina ejecutó un movimiento tan perfecto y tan curioso que no pudo resistirse a la tentación de intentarlo en el acto. Se lanzó, lo más discretamente que pudo, y cayó redonda detrás del sofá. Había calculado mal su impulso.
Afortunadamente para ella, la familia pensó en una descompostura, la tendieron sobre el sofá, le pusieron en la frente unas compresas de agua fría.
Desafortunadamente para ella, apagaron también el televisor.
Su hija cumplió quince años. Su figura se afinó, sus piernas se alargaron y encontró un lugar entre las «grandes». Llegado el momento, preparó una gala.
Josette se fue agotando. Ensayaba mentalmente de la mañana a la noche cada encadenamiento, le angustiaba la idea de un público, tenía miedo de que las compañeritas no estuvieran a la altura...
A cuatro meses del acontecimiento, decidió no perder ni un minuto más y confeccionar ella el tutú romántico. Trabajó sin tregua. Y, como su hija no estaba allí, se lo probó ella misma.
La gala iría tal vez a convertir a su marido. A lo mejor, viendo bailar a su hija, se dejaría llevar y cambiaría de parecer; a lo mejor pronto tendría un hogar lleno de música, en el cual todos podrían bailar a su antojo...
Cuando Micheline llegó en el ómnibus del sábado, Josette se abalanzó sobre ella, la arrastró a su habitación y, radiante, le entregó el tutú.
La jovencita no mostró entusiasmo alguno.
La decepción de Josette fue terrible. Pero recibió otro golpe aún más terrible: Micheline le anunció con calma su irrevocable decisión de no participar en la gala y de no bailar más.
Fue un duro impacto.
Josette envolvió cuidadosamente el tutú en un papel suave, lo guardó en el armario del espejo y no habló nunca más del tema. Durante todo el fin de semana, apretó en su bolsillo un pañuelo hecho una bola y refunfuñó bastante.
No estaba enfadada con ella, pero le parecía una pena haber llegado tan lejos y abandonar sólo a pocas semanas de la gala...
Debió pasar algún tiempo para que se recobrara de la decepción.
Ya no tenía ningún motivo para asistir a los cursos y, sin pasión, se puso a bailar en sus recuerdos.
Josette, volvió a tener coraje el día en que el menor de sus hijos partió también a la ciudad. Entonces pudo darse el lujo de correr el sofá y de poner música. Tuvo la sensación de estar haciendo serios progresos. Josette estaba de visita en casa de una amiga cuando su marido murió por culpa de un pequeño mal paso en un andamio. La vinieron a buscar y corrió a toda prisa hasta la obra, sin ponerse ni siquiera el impermeable.
Sintió una pena espeluznante.
No había pensado que la muerte fuese así. Se habría quedado con gusto a solas con su esposo por algunas horas, pero no tuvo ni un segundo libre.
Debió arreglar los detalles del entierro, hacerle firmar los papeles al doctor, lavar el cuerpo, vestirlo, ordenar la casa, encargarse de las flores, conseguir la capilla ardiente, avisar a la familia y sobre todo soportar las condolencias de todas y de todos, detenerse mil veces para escucharse decir que era una desgracia, que los mejores son quienes parten primero...
Se refregaba los ojos, respiraba hondo y partía rumbo a sus obligaciones.
Durante todo el día, una idea la persiguió: se odiaba por no haber sido más perfecta con su esposo. Se odiaba en especial por no haberle dicho todo y por haber guardado en secreto una parte tan importante. Cien veces había tenido la intención de confesarle todo, y cien veces la había pospuesto. Ya sentía instalarse un nudo de remordimientos, con el cual tendría que convivir en adelante.
La jornada pasó como un remolino.
Micheline y los varones llegarían al día siguiente.
Hubo tanto y tanto que hacer que Josette sólo tuvo unrespiro después de medianoche.
El pueblo estaba dormido. La capilla ardiente ponía una mancha de luz anaranjada en la casa silenciosa y negra.
Josette permaneció largo rato en el umbral de la pieza, a solas por primera vez. Gruesas lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas. No sentía más el cansancio, de tan cansada que estaba, y los remordimientos, allá en la penumbra, resurgían para torturarla.
Después de un largo momento mirando el cadáver, se dirigió al armario apoyando apenas las puntas de sus pantuflas. Se desvistió frente al espejo, conservando tan sólo sus bragas y su camiseta de tricota. Abrió la puerta y extrajo del papel el preciado tutú.
Lo ató a su cintura, tiró hacia atrás los cabellos que sujetó con ayuda de una peineta y le ofreció a su esposo muerto su primera gala.
Le mostró todo cuanto había aprendido, todo cuanto sabía, bailó mejor que en un sueño, mejor que con un disco...
Su tutú, al girar, hacía mecer las llamas de los cirios, alargando su sombra en las paredes.
Mantuvo los ojos cerrados, la cabeza gacha, los bazos arqueados. Los fouettés borraron toda fatiga, las puntas alejaron sus temores.
Tenía en su cabeza toda la vida y toda la música posibles, todos los violines de Viena, todas las orquestas de todas las óperas, e iba llenando la habitación silenciosa con el terrible crujido de sus rodillas.

El enviado - Jesús Abascal

Corrió hacia la boca del pozo como un desesperado. De las profundas aguas de su interior, a más de un centenar de pies de la superficie, los quejidos se hacían más prolongados y estremecedores. Moisés se inclinó sobre el brocal de piedras y asomó la sudorosa cabeza por el oscuro círculo. Abajo, alguien se ahogaba. Con sólo echar una soga el infeliz podría salvarse.
Moisés tenía en sus manos la vida de aquel hombre. Afirmándose con cuidado en las piedras, Moisés gritó con decisión: "¡Hermano, no te angusties más, que tu agonía ha terminado!". Al escuchar este mensaje redentor el desdichado inmerso columbró un luminoso rayo de esperanza. Y con la voz ronca y entrecortada sollozó con inmensa gratitud: "¡Gracias, Dios mío, por oír mis plegarias!". Entonces Moisés, instrumento del Altísimo, cumplió la promesa que había  hecho y tomando entre sus recios brazos una pesada rueda de hierro que había cerca, la dejó caer dentro del pozo.
Como no volviera a escuchar ningún otro lamento, Moisés se retiró discretamente para continuar sus labores.

El ojo en el dedo - Raúl Avila

Una tarde llegó un anciano a un pueblo. Se veía fatigado y hambriento. Tocó en la puerta de una casa.
– ¿Quién es? –respondió una niña.
– ¡Soy yo! -dijo el anciano.
–¿Quién es yo?
– ¡Pues yo! ¿Quién más ha de ser?
La niña pensó que era algún latoso. Pero como en ese momento estaba jugando a “la casita” con sus amigas, se imaginó que todo era parte del juego y abrió la puerta.
–¿Qué quieres? –le dijo al viejito.
–Quiero pan –contestó.
–¿Y si no te dan?
–Entonces quiero queso.
–¿Y si te dan un hueso?
–Lo acepto si está cubierto.
–¿Con plata y oro?
–Con carne y todo.
Entonces la niña le dijo al señor que pasara. Éste si sabe jugar –pensó–. Ahora si nos vamos a divertir mucho. Así pues, lo llevó a donde estaban jugando a “la casita” y allí le dieron muchas cosas de comer. Se ve que el viejito tenía hambre, pues se comió treinta y dos pasteles, quince caldos, veinticinco empanadas, nueve platos de ensalada y dos gelatinas (es que no les habían salido muy buenas a las niñas). Además, cada vez que se comía algo se bebía un vaso –o mejor: un dedal– de agua. En total fueron setenta y un vasos de agua, de siete colores diferentes. Al final las niñas estaban tristes porque ya casi no tenían comida.
Entonces el anciano les dijo:
–Ya veo que están tristes porque casi me acabé la comida. Pero no se preocupen. Yo soy mago, y como ustedes han sido muy buenas conmigo, les voy a conceder un deseo.Todas se pusieron a saltar de gusto, y empezaron a pedir muchas cosas. Uno pidió una muñeca grandota que fuera obediente. Otra quería una casa chiquitita, pero de a de veras. Otra deseaba globos irrompibles. En fin, pidieron de todo: espejos, pelotas, trastecitos, patines, bicicletas y mil cosas más.
Total, que entre tantos deseos no se podían poner de acuerdo, porque el mago sólo iba a conceder una cosa.
A la única que no le hacían caso era a Almendrita, una niña de cuatro años. Desde hacía rato decía que quería un ojo chiquito. Por fin la escucharon, pues gritaba muy fuerte.
–¡Tonta! -dijeron las demás-. ¿Para qué quieres un ojo chiquito si ya tienes dos grandotes?
–Para ponérmelo en el dedo.
–¿En el dedo? ¡Niña boba! ¿Para qué sirve un ojo en el dedo?
–Es que cuando voy al cine nunca puedo ver porque siempre me tapan. Con un ojo en el dedo puedo levantar la mano y ver muy bien.
–¡Qué inteligente! –dijeron todas–. Y empezaron a ver que un ojo en un dedo sería muy útil.
Carmelita dijo que podría buscar las cosas debajo de la cama sin tener que agacharse. Beatriz vio que así se podría peinar sin tener que verse en el espejo. Zoila -que era un poco miope– se preocupó al pensar que a lo mejor necesitaría también un anteojo –o “antededo”– para su nuevo ojo. Licha dijo que podría copiar a sus compañeros sin que la vieran. Chela pensaba que no le convenía tener el ojo en el dedo índice de la mano derecha porque se le pondría morado cuando escribiera. Paz y Oralia vieron que así encontrarían más fácilmente lo que guardaban en sus bolsas de mano, que siempre estaban llenas de cosas raras. Gloria dijo que si tuviera ese ojo podría vigilar a sus sobrinos con sólo levantar la mano y darle vuelta al dedo.
Total, que el mago, ante el entusiasmo de todas, aceptó concederles el deseo, pero puso una condición: que cada quien dijera en qué dedo quería el ojo y para qué lo usaría.
¿Puedes decirlo tú?

La plapla - María Elena Walsh

Felipito Tacatún estaba haciendo los deberes. Inclinado sobre el cuaderno y sacando un poquito la lengua, escribía enruladas “emes”, orejudas “eles” y elegantísimas “zetas”.
De pronto vio algo muy raro sobre el papel.
–¿Qué es esto?, se preguntó Felipito, que era un poco miope, y se puso un par de anteojos.
Una de las letras que había escrito se despatarraba toda y se ponía a caminar muy oronda por el cuaderno.
Felipito no lo podía creer, y sin embargo era cierto: la letra, como una araña de tinta, patinaba muy contenta por la página.
Felipito se puso otro par de anteojos para mirarla mejor.
Cuando la hubo mirado bien, cerró el cuaderno asustado y oyó una vocecita que decía:
–¡Ay!
Volvió a abrir el cuaderno valientemente y se puso otro par de anteojos y ya van tres.
Pegando la nariz al papel preguntó:
–¿Quién es usted señorita?
Y la letra caminadora contestó:
–Soy una Plapla.
–¿Una Plapla?, preguntó Felipito asustadísimo, ¿qué es eso?
–¿No acabo de decirte? Una Plapla soy yo.
–Pero la maestra nunca me dijo que existiera una letra llamada Plapla, y mucho menos que caminara por el cuaderno.
–Ahora ya lo sabes. Has escrito una Plapla.
–¿Y qué hago con la Plapla?
–Mirarla.
–Sí, la estoy mirando pero... ¿y después?
–Después, nada.
Y la Plapla siguió patinando sobre el cuaderno mientras cantaba un vals con su voz chiquita y de tinta.
Al día siguiente, Felipito corrió a mostrarle el cuaderno a la maestra, gritando entusiasmado:
–¡Señorita, mire la Plapla, mire la Plapla!
La maestra creyó que Felipito se había vuelto loco.
Pero no.
Abrió el cuaderno, y allí estaba la Plapla bailando y patinando por la página y jugando a la rayuela con los renglones.
Como podrán imaginarse, la Plapla causó mucho revuelo en el colegio.
Ese día nadie estudió.
Todo el mundo, por riguroso turno, desde el portero hasta los nenes de primer grado, se dedicaron a contemplar a la Plapla.
Tan grande fue el bochinche y la falta de estudio, que desde ese día la Plapla no figura en el Abecedario.
Cada vez que un chico, por casualidad, igual que Felipito, escribe una Plapla cantante y patinadora la maestra la guarda en una cajita y cuida muy bien de que nadie se entere.
Qué le vamos a hacer, así es la vida.
Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra, ¿no?

El regalo de boda - Neil Gaiman

Después de las alegrías y los quebraderos de cabeza de la boda, después de la locura y la magia de todo el acontecimiento (sin olvidar la vergüenza por el discurso del padre de Belinda al final de la cena, con proyección de diapositivas de familia y todo), después de que la luna de miel se hubiera acabado literalmente (aunque metafóricamente aún no) y antes de que sus nuevos bronceados se hubiesen atenuado en el otoño inglés, Belinda y Gordon se pusieron manos a la obra para abrir los regalos de boda y escribir las cartas de agradecimiento: por cada toalla y cada tostadora, por el exprimidor y la máquina de hacer pan, por la cubertería y la vajilla y el juego de té y las cortinas.
―Bien ―dijo Gordon―. Los objetos grandes ya están. ¿Qué nos queda?
―Sobres con cosas dentro ―dijo Belinda―. Cheques, espero.
Había varios cheques, unos cuantos vales para regalos e incluso un vale de diez libras de parte de Marie, la tía de Gordon, que era más pobre que las ratas, le dijo Gordon a Belinda, pero un encanto, y que le había enviado un vale para un libro cada año por su cumpleaños desde que tenía memoria. Y entonces, debajo de todo el montón, había un sobre grande marrón y sobrio.
―¿Qué es? ―preguntó Belinda.
Gordon abrió la solapa y sacó una hoja de papel de color de crema agria, rasgada por arriba y por abajo, con algo mecanografiado en una cara. Las palabras estaban escritas con una máquina de escribir manual, algo que Gordon no había visto desde hacía varios años. Leyó la página lentamente.
―¿Qué es? ―preguntó Belinda―. ¿De quién es?
―No lo sé ―dijo Gordon―. De alguien que aún tiene una máquina de escribir. No está firmada.
―¿Es una carta?
―No exactamente ― dijo él, y se rascó una aleta de la nariz y la volvió a leer.
―Bueno ―dijo ella con voz exasperada (aunque no estaba exasperada de verdad; estaba contenta. Se despertaba por la mañana y comprobaba si aún estaba tan contenta como lo había estado cuando se fue a dormir la noche anterior o cuando Gordon la había despertado por la noche al rozarla o cuando ella le había despertado a él. Y sí lo estaba.)―. Bueno, ¿qué es?
―Parece que es una descripción de nuestra boda ―dijo él―. Está muy bien escrita. Toma ―y se la pasó.

En un día frío y despejado de principios de octubre Gordon Robert Johnson y Belinda Karen Abingdon prometieron amarse el uno al otro, ayudarse y honrarse mientras viviesen. La novia estaba radiante y preciosa, el novio estaba nervioso, pero se le notaba orgulloso y también contento.

Ella la examinó.
Así es como empezaba. Pasaba a describir la ceremonia y la fiesta con claridad y sencillez y de forma entretenida.
―Qué gracia ―dijo ella―. ¿Qué pone en el sobre?
―"La boda de Gordon y Belinda" ―leyó él.
―¿No hay ningún nombre? ¿Nada que indique quién lo envió?
―No.
―Pues tiene mucha gracia y es un detalle ―dijo ella―. Sea de quien sea.
Belinda miró dentro del sobre para ver si había algo que hubiesen pasado por alto, una nota de fuera cual fuese de sus amigos (o de Gordon, o de ambos) que lo hubiera escrito, pero no había nada, así que, ligeramente aliviada de que hubiera una nota de agradecimiento menos que escribir, volvió a poner la hoja de papel crema en el sobre, que puso en un archivador, junto a una copia del menú del banquete nupcial, los contactos de las fotos de la boda y una rosa blanca del ramo.
Gordon era arquitecto y Belinda era veterinaria. Para ambos lo que hacían era una vocación, no un trabajo. Tenían poco más de veinte años. Ninguno de los dos había estado casado antes, ni siquiera habían tenido una relación seria con otra persona. Se conocieron cuando Gordon trajo a su perro cobrador dorado, Goldie, una hembra de trece años, de hocico gris y medio paralizada, al consultorio de Belinda para que la matase. Había tenido a la perra desde que era un niño e insistió en estar con ella al final. Belinda le cogió la mano mientras él lloraba y entonces, de repente y de modo poco profesional, le abrazó, con fuerza, como si, estrujándole, pudiese quitarle el dolor y la pérdida y la pena. Uno le preguntó al otro si podían verse esa tarde en el bar del barrio para tomar una copa y, después, ninguno de los dos estaba seguro de quién lo había propuesto.
Lo más importante que hay que saber sobre sus dos primeros años de matrimonio es que fueron bastante felices. De vez en cuando reñían y, ocasionalmente, tenían una discusión tremenda por muy poca cosa que solía acabar en una reconciliación llena de lágrimas y, entonces, hacían el amor y se quitaban las lágrimas a besos el uno al otro y se susurraban al oído disculpas sinceras. Al final del segundo año, seis meses después de que dejara de tomar la píldora, Belinda descubrió que estaba embarazada.
Gordon le compró una pulsera con incrustaciones de rubíes diminutos y convirtió el cuarto de los invitados en el de los niños, empapelándolo él mismo. El papel pintado estaba cubierto de personajes de canciones infantiles, con la pequeña Bo Peep y Humpty Dumpty y el Plato que se escapaba con la Cuchara, repetidos una y otra vez.
Belinda volvió a casa del hospital, con la pequeña Melanie en su capazo, y la madre de Belinda
vino a pasar una semana con ellos y durmió en el sofá de la sala.
Habían pasado tres días cuando Belinda sacó el archivador para enseñarle a su madre los recuerdos de la boda y para rememorar aquel día. Parecía que su boda hubiese ocurrido hacía ya tanto tiempo. Sonrieron al ver aquella cosa marrón y seca en que se había convertido la rosa blanca y se regocijaron al leer el menú y la invitación. En el fondo de la caja había un sobre grande y marrón.
―"La boda de Gordon y Belinda" ―leyó la madre de Belinda.
―Es una descripción de nuestra boda ―dijo Belinda―. Tiene mucha gracia. Incluso hay una parte sobre la proyección de diapositivas de papá.
Belinda abrió el sobre y sacó la hoja de papel crema. Leyó lo que estaba escrito en el papel e hizo una mueca. Entonces lo guardó sin decir nada.
―¿No puedo verla, cielo? ―preguntó su madre.
―Creo que Gordon me ha gastado una broma ―dijo Belinda―. Y no es de muy buen gusto, la verdad.
Belinda estaba sentada en la cama aquella noche, dando de mamar a Melanie, cuando le dijo a Gordon, que estaba mirando con sonrisa de tonto a su mujer y a su hija recién nacida, "Cariño, ¿por qué escribiste esas cosas?"
―¿Qué cosas?
―En la carta. Aquello de la boda. Ya sabes.
―No, no sé.
―No me ha hecho ninguna gracia.
Él suspiró.
―¿De qué estás hablando?
Belinda señaló el archivador, que había traído arriba y colocado sobre el tocador. Gordon lo abrió y sacó el sobre. "¿Siempre ha puesto esto en el sobre?", preguntó. "Pensé que ponía algo sobre nuestra boda." Entonces sacó y leyó la hoja de papel con los bordes rasgados y arrugó la frente. "Yo no he escrito esto." Le dio la vuelta al papel y miró el lado en blanco como si esperase ver alguna otra cosa escrita ahí.
―¿No lo escribiste tú? ―preguntó ella―. ¿De verdad que no? ―Gordon negó con la cabeza.
Belinda le limpió al bebé un chorrito de leche que le caía por la barbilla―. Te creo ―dijo―. Pensé que lo habías escrito tú, pero no lo hiciste.
―No.
―Déjame verlo otra vez ―dijo ella. Él le pasó el papel―. Es tan raro. No tiene ninguna gracia y ni siquiera es cierto.
Escrito a máquina en el papel había una breve descripción de los dos años anteriores de Gordon y Belinda. No habían sido dos años buenos, según la hoja mecanografiada. Seis meses después de haberse casado, a Belinda le mordió un pequinés en la mejilla y fue tan grave que tuvieron que suturarle la herida. Le había quedado una cicatriz muy fea. Peor que eso, se le habían dañado los nervios y empezó a beber, quizá para aplacar el dolor. Sospechaba que a Gordon le repugnaba su cara, mientras que el bebé recién nacido, decía el papel, era un intento desesperado de unir a la pareja.
―¿Por qué tenían que decir algo así? ―preguntó ella.
―¿Quiénes?
―Quien quiera que haya escrito esta cosa horrible ―se pasó un dedo por la mejilla: estaba perfecta y sin marcas. Era una mujer joven y muy hermosa, aunque en aquel momento se la veía cansada y frágil.
―¿Cómo sabes que son más de uno?
―No lo sé ―dijo ella, pasando al bebé al pecho izquierdo―. Parece cosa de más de uno. Escribir eso y cambiarlo por la carta vieja y esperar a que uno de nosotros lo leyera... Vamos, Melanie, pequeña, ya está, eres una niña estupenda...
―¿La tiro?
―Sí. No. No lo sé. Creo que... ―le acarició la frente al bebé―. Guárdala. Tal vez la necesitemos como prueba. Me pregunto si fue Al quien lo organizó. ―Al era el hermano menor de Gordon.
Gordon volvió a poner el papel en el sobre y puso el sobre en el archivador. Lo metieron debajo de la cama y, más o menos, lo olvidaron.
Entre que tenían que dar de comer a Melanie por la noche y que ésta lloraba constantemente, ya que era propensa a los cólicos, ninguno de los dos durmió mucho durante los meses siguientes. El archivador se quedó debajo de la cama. Y entonces a Gordon le ofrecieron un trabajo en Preston, a varios cientos de kilómetros al norte y, ya que Belinda estaba de baja laboral y no tenía planeado volver de inmediato al trabajo, la idea le atrajo bastante. Así que se mudaron.
Encontraron una casa adosada en una calle empedrada, alta y vieja y profunda. Belinda hacía suplencias de vez en cuando para el veterinario del barrio, examinando a animales pequeños y a mascotas. Cuando Melanie tenía dieciocho meses, Belinda dio a luz a un hijo, al que llamaron Kevin por el difunto abuelo de Gordon.
A Gordon le hicieron socio de pleno derecho del estudio de arquitectos. Cuando Kevin empezó a ir al jardín de infancia. Belinda volvió a trabajar.
El archivador nunca se perdió. Estaba en uno de los cuartos de invitados que había en el último piso, bajo una pila tambaleante de ejemplares de La revista del arquitecto y el Boletín arquitectónico. De vez en cuando, Belinda pensaba en el archivador y en lo que contenía, y una noche en la que Gordon estaba en Escocia, adonde había ido a consultar las reformas de una casa solariega, hizo algo más que pensar.
Los dos niños estaban durmiendo. Belinda subió las escaleras hasta la parte sin decorar de la casa. Apartó las revistas y abrió la caja, que, donde no había estado tapada por las revistas, estaba cubierta del polvo de dos años. En el sobre aún ponía La boda de Gordon y Belinda, y la verdad era que Belinda no sabía si alguna vez había puesto otra cosa.
Sacó el papel del sobre y lo leyó. Luego lo guardó y se quedó allí sentada, en el último piso, sintiéndose sobrecogida y mareada.
Según el mensaje cuidadosamente mecanografiado, Kevin, su segundo hijo, no había nacido; había perdido al bebé a los cinco meses. Desde entonces, Belinda había estado sufriendo frecuentes ataques de una depresión sombría y profunda. Gordon casi nunca estaba en casa, decía el papel, porque tenía un lío bastante lamentable con la socia mayoritaria de la compañía, una mujer muy atractiva pero nerviosa que era diez años mayor que él. Belinda bebía más y solía ponerse cuellos altos y pañuelos para esconder la cicatriz con forma de telaraña que tenía en la mejilla. Belinda y Gordon hablaban poco, a excepción de las discusiones pequeñas e insignificantes de aquellos que temen las grandes discusiones, pues sabían que lo único que quedaba por decir era demasiado enorme para decirlo sin destruir sus vidas.
Belinda no le dijo nada a Gordon sobre la última versión de La boda de Gordon y Belinda. Pero la leyó él mismo, o algo bastante parecido, varios meses después, cuando la madre de Belinda se puso enferma y Belinda fue al sur una semana para ayudar a cuidarla.
En la hoja de papel que Gordon sacó del sobre había un retrato del matrimonio similar al que Belinda había leído, aunque, en ese momento, su lío con la jefa había acabado mal y su trabajo corría peligro.
A Gordon le gustaba bastante su jefa, pero no era capaz de imaginarse a sí mismo teniendo una relación romántica con ella. Disfrutaba de su trabajo, aunque quería algo que le supusiera un reto mayor.
La madre de Belinda mejoró y Belinda volvió a casa en menos de una semana. Su marido y los
niños estaban aliviados y encantados de verla.
Gordon no le habló del sobre a Belinda hasta Nochebuena.
―Tú también lo has mirado, ¿verdad? ―habían entrado sigilosamente en los cuartos de los niños a primeras horas de la noche y habían rellenado los calcetines que sus hijos habían colgado para los regalos de Navidad. Gordon se había sentido eufórico al atravesar la casa, al quedarse parado junto a las camas de sus hijos, pero era una euforia teñida de una pena profunda: el saber que aquellos momentos de felicidad absoluta no podían durar; que uno no podía detener el Tiempo.
Belinda sabía a qué se refería.
―Sí ―dijo―, lo he leído.
―¿Qué opinas?
―Bueno ―dijo ella―. Ya no creo que sea una broma. Ni siquiera una broma de muy mal gusto.
―Mm ―dijo él―. ¿Entonces qué es?
Estaban en la sala de la parte delantera de la casa con las luces atenuadas, y el tronco que ardía sobre el lecho de carbón iluminaba la habitación con una luz parpadeante naranja y amarilla.
―Creo que es un regalo de boda de verdad ―le dijo Belinda a Gordon―. Es el matrimonio que no estamos teniendo. Lo malo está sucediendo allí, en la página, no aquí, en nuestras vidas. En vez de vivirlo, lo estamos leyendo, sabiendo que podría haber salido así y también que nunca lo hizo.
―¿Estás diciendo que es mágico? ―no lo habría dicho en voz alta, pero era Nochebuena y las luces estaban amortiguadas.
―No creo en la magia ―negó ella rotundamente―. Es un regalo de boda y creo que deberíamos guardarlo en un lugar seguro.
El veintiséis de diciembre Belinda sacó el sobre del archivador y lo puso en el joyero, que siempre mantenía cerrado con llave, donde lo dejó extendido bajo los collares y los anillos, las pulseras y los broches.
La primavera se convirtió en verano. El invierno se convirtió en primavera.
Gordon estaba exhausto. De día trabajaba para clientes, diseñando y actuando de enlace con los constructores y los contratistas; de noche solía quedarse levantado hasta tarde, trabajando por cuenta propia, diseñando museos y galerías y edificios públicos para concursos. Algunas veces sus diseños recibían menciones honoríficas y salían en revistas de arquitectura.
Belinda trabajaba más con animales grandes y eso le gustaba, visitaba a granjeros y examinaba y trataba a caballos, ovejas y vacas. Algunas veces, cuando hacía las visitas, se llevaba a los niños con ella.
Su teléfono móvil sonó cuando estaba en un prado intentando examinar a una cabra preñada que resultó que no tenía ningún deseo de que la cogieran y aún menos de que la examinaran.
Se retiró de la batalla, dejando a la cabra que la miraba furiosa desde el otro lado del campo, y abrió el teléfono con el pulgar.
―¿Sí?
―¿Sabes qué?
―Hola, cariño. Hum. ¿Has ganado la lotería?
―No. Pero casi. El diseño que hice para el Museo de Patrimonio Británico ha sido preseleccionado. Todavía quedan algunos contendientes, pero la lista es muy corta.
―¡Eso es maravilloso!
―He hablado con la Sra. Fulbright y le pedirá a Sonja que nos haga de canguro esta noche.
Vamos a celebrarlo.
―Genial. Te quiero ―dijo ella―. Ahora tengo que volver a ocuparme de la cabra.
Bebieron demasiado champán durante una excelente cena de celebración. Esa noche en su dormitorio, mientras se quitaba los pendientes, Belinda dijo:
―¿Miramos qué pone en el regalo de boda?
Gordon la miró con gravedad desde la cama. Sólo llevaba puestos los calcetines.
―No, creo que no. Es una noche especial. ¿Por qué estropearla?
Belinda puso los pendientes en el joyero y lo cerró con llave. Luego se quitó las medias.
―Supongo que tienes razón. De todos modos, ya me imagino lo que pone. Yo estoy borracha y deprimida y tú eres un triste perdedor. Mientras tanto, estamos... bueno, la verdad es que estoy un poquitín achispada, pero eso no es lo que quiero decir. Está ahí, sin más, en el fondo del joyero, como el cuadro que había en el ático en El retrato de Dorian Gray.
―"Y sólo lo reconocieron por los anillos". Sí. Me acuerdo. Lo leímos en el colegio.
―Eso es lo que me asusta en realidad ―dijo ella, poniéndose un camisón de algodón―. Que lo que hay en el papel sea el auténtico retrato de nuestro matrimonio en estos momentos y que lo que tenemos ahora no sea más que un cuadro bonito. Que eso sea real y nosotros no. Quiero decir ―en ese momento hablaba muy concentrada, con la gravedad de los que están ligeramente borrachos―, ¿nunca piensas que lo nuestro es demasiado bueno para ser verdad?
Él asintió.
―A veces. Esta noche, desde luego que sí.
Ella se estremeció.
―A lo mejor sí que estoy borracha y tengo un mordisco de perro en la mejilla y tú te follas todo lo que se te pone por delante y Kevin nunca nació y... todo eso otro tan horrible.
Gordon se levantó, caminó hacia ella, la rodeó con los brazos.
―Pero no es verdad ―señaló―. Esto es real. Tú eres real. Yo soy real. Ese regalo de boda es sólo un cuento. No son más que palabras. ―Y la besó y la abrazó con fuerza, y ya no hablaron mucho más esa noche.
Pasaron seis largos meses hasta que se anunció que el diseño de Gordon para el Museo del Patrimonio Británico había ganado, aunque lo ridiculizaron en The Times por ser demasiado "agresivamente moderno" y en varias revistas de arquitectura por ser demasiado anticuado, y uno de los jueces le describió, en una entrevista para el Sunday Telegraph, como "un candidato que era, en cierta manera, aceptable para todos. La segunda elección de todo el mundo".
Se mudaron a Londres, tras alquilar la casa de Preston a un pintor y a su familia, porque Belinda no quería que Gordon la vendiera. Gordon trabajaba intensa y felizmente en el proyecto del museo. Kevin tenía seis años y Melanie ocho. Melanie descubrió que Londres la intimidaba, pero a Kevin le encantó. Al principio, los dos niños estaban consternados porque se habían quedado sin sus amigos y su colegio. Belinda encontró un empleo a tiempo parcial en una pequeña clínica de animales en Camden, donde trabajaba tres tardes a la semana. Echaba de menos a las vacas.
Los días en Londres se convirtieron en meses y luego en años y, a pesar de algún revés presupuestario ocasional, Gordon estaba cada vez más entusiasmado. Se acercaba el día en que empezaría la primera fase del museo.
Una noche Belinda se despertó de madrugada y observó a su marido dormido a la luz amarillo sodio de la farola que había fuera, tras la ventana de su dormitorio. Las entradas se le pronunciaban cada vez más y estaba perdiendo el pelo de la parte de atrás de la cabeza. Belinda se preguntó cómo sería su vida cuando estuviera casada con un hombre calvo. Decidió que sería muy parecida a la vida que había llevado hasta entonces. Casi siempre feliz. Casi siempre buena.
Se preguntó qué les estaría pasando a ellos en el sobre. Sentía su presencia, seca e inquietante, en el rincón del dormitorio, guardada bajo llave y a salvo. Se compadeció, de repente, de la Belinda y el Gordon atrapados en el sobre en su papel, odiándose el uno al otro y a todo lo demás.
Gordon empezó a roncar. Ella le besó, suavemente, en la mejilla y dijo, "Sssh". Él se movió y se calló, pero no se despertó. Ella se le arrimó y pronto volvió a quedarse dormida.
Después de comer, al día siguiente, en plena conversación con un importador de mármol toscano, Gordon puso cara de mucha sorpresa y se llevó una mano al pecho. Dijo, "Lo siento muchísimo", y entonces se le doblaron las rodillas y cayó al suelo. Llamaron a una ambulancia pero, cuando llegó, Gordon ya estaba muerto. Tenía treinta y seis años.
En la investigación el juez de instrucción anunció que la autopsia había demostrado que Gordon sufría del corazón por un defecto congénito. Podía haberle fallado en cualquier momento.
Los primeros tres días después de la muerte de Gordon, Belinda no sintió nada, una nada profunda y horrible. Consoló a los niños, habló con sus amigos y con los amigos de Gordon, con su familia y la familia de Gordon, aceptando sus condolencias con cortesía y delicadeza, como se aceptan regalos que no se han pedido. Escuchaba a gente que lloraba por Gordon, algo que ella todavía no había hecho. Decía todas las cosas correctas y no sentía nada en absoluto.
Melanie, que tenía once años, parecía que lo llevaba bien. Kevin abandonó los libros y los videojuegos y se quedó sentado en su dormitorio, mirando por la ventana, sin querer hablar.
El día después del funeral los padres de Belinda regresaron al campo, llevándose a los dos niños con ellos. Belinda no quiso ir. Había, dijo, demasiado que hacer.
El cuarto día después del funeral estaba haciendo la cama de matrimonio que ella y Gordon habían compartido, cuando empezó a llorar y los sollozos la atravesaron con espasmos de dolor enormes y feos y le cayeron las lágrimas del rostro a la colcha y le gotearon mocos transparentes de la nariz y se sentó en el suelo de repente, como una marioneta a la que le han cortado los hilos y lloró durante casi una hora, porque sabía que no le volvería a ver.
Se secó la cara. Luego abrió el joyero y sacó el sobre y lo abrió. Extrajo la hoja de papel de color crema y leyó las palabras cuidadosamente mecanografiadas. La Belinda del papel había tenido un accidente con el coche cuando estaba borracha y estaba a punto de perder el permiso de conducir. Ella y Gordon llevaban días sin hablarse. Él había perdido su empleo hacía unos dieciocho meses y se pasaba casi todos los días sentado sin hacer nada en la casa de Salford.
Sacaban todo el dinero que tenían con el trabajo de Belinda. Melanie estaba fuera de control: Belinda, mientras limpiaba la habitación de Melanie, había encontrado un alijo de billetes de cinco y diez libras. Melanie no había dado ninguna explicación sobre cómo una niña de once años había conseguido el dinero, sólo se había encerrado en su habitación y les miraba furiosa y muda, cuando la interrogaban. Ni Gordon ni Belinda habían hecho más averiguaciones, asustados por lo que podrían haber descubierto. La casa de Salford estaba sucia y húmeda, tanto que el revoque se caía del techo a pedazos enormes que se deshacían, y los tres habían contraído feas toses bronquiales.
Belinda les compadecía.
Volvió a meter el papel en el sobre. Se preguntó cómo sería odiar a Gordon, que él la odiase. Se preguntó cómo sería no tener a Kevin en su vida, no ver sus dibujos de aviones ni oír sus interpretaciones magníficamente desafinadas de canciones populares. Se preguntó de dónde habría sacado Melanie ―la otra Melanie, no su Melanie sino la Melanie que estaría allí de no haber sido por la gracia de Dios― ese dinero y se sintió aliviada de que su propia Melanie pareciera estar interesada en pocas cosas aparte del ballet y los libros de Enid Blyton.
Echaba tanto de menos a Gordon que sentía como si le estuvieran clavando algo afilado en el pecho, un pincho, quizá, o un carámbano de hielo, hecho de frío y soledad y del conocimiento de que no le volvería a ver en este mundo.
Entonces llevó el sobre abajo, a la sala, donde un fuego de carbón ardía en la chimenea, porque a Gordon le habían encantado los fuegos. Decía que una chimenea le daba vida a una habitación. A ella no le gustaban los fuegos de carbón, pero lo había encendido esa noche por rutina y por costumbre, y porque no encenderlo habría significado reconocer que, a un nivel absoluto, él no volvería jamás a casa.
Belinda se quedó mirando el fuego durante un rato, pensando en lo que tenía en la vida y en las cosas a las que había renunciado; y en si sería peor amar a alguien que ya no estaba allí o no amar a alguien que sí lo estaba.
Y entonces, al final, casi por casualidad, lanzó el sobre al fuego y observó cómo se ondulaba y se ennegrecía y prendía, observó las llamas amarillas que bailaban en medio del azul.
Pronto, el regalo de boda no era más que unas virutas negras de ceniza que bailaban con las corrientes ascendentes y subían por la chimenea, como una carta de un niño a Santa Claus, para perderse en la noche.
Belinda se recostó en la silla y cerró los ojos y esperó a que la cicatriz le brotara en la mejilla.

Los dos reyes y los dos laberintos - Jorge Luis Borges

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan complejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "¡Oh, rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso."
Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquél que no muere.

Amor y muerte - Sivela Tanit

Cae la briza de tus rezos en mi cuerpo , tus lágrimas con como lluvia que apaga mi último sol, bajo la esquelética caja con mis restos y tus manos nunca dejarán de tocar mi recuerdo...

Estas frases las escribí en un tiempo donde perdí a mi hija, cuando ella se va y tu mundo se derrumba, cuando no te queda nada de ella más que una foto que se seca y algo que usaba siempre. 
El corazón es simple y los recuerdos duros, sin embargo, a pesar del dolor... ya no lloro como antes, pero sigo sintiendo su ausencia.

Reflexiones - Sivela Tanit

Enfrentarse a la creación de algo nuevo, siempre causa un estupor en mi. Es dejar de hacer algo ya establecido y renovarse.
Hoy quiero renovar.
Hoy quiero comenzar a vivir y contar cada día día mi vida como algo valioso.
Hoy es mi nuevo día.