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El Año 2000 - Robert Abernathy

 
La mañana del Año Nuevo fue clara y fría. El sol subió y brilló, y respondiendo a esta insinuación de calor, la estación de calefacción urbana despertó con un rugido ahogado. Unas corrientes tibias fluyeron a lo largo de las calles, fundiendo la escarcha que dio al aire de la noche un saludable sabor invernal y unos niños corrieron con trineos nuevos al parque profundamente helado, a patinar y a hacer hombres de nieve.

Joe Bloak abrió un ojo y en seguida el otro. Pensó confusamente pero sin melancolía, que la fiesta de la noche anterior tuvo que ser en realidad notable. No sólo se celebró la llegada de un nuevo año, sino también la de un nuevo siglo y un nuevo milenio: ¡El año 2000!

(¿No insistió quejosamente un borracho que estaban apresurándose, que el milenio comenzaba el 1 de enero del 2001? Las cornetas y las serpentinas ahogaron sus protestas.)

La manta eléctrica cibernética detectó el humor de Joe, que oscilaba entre la pereza y el deseo de actividad. Se desconectó de buena gana y anunció:
—¡Hora de levantarse, Joe!
—Bueno —gruñó Joe Bloak.

Acariciándose el pelo cortado al rape (que el peluquero automático instalado en la cabecera de la cama le recortó y perfumó durante la noche), entró en la cabina de rejuvenecimiento. Apretó el botón y se quedó inmóvil treinta segundos mientras el analizador electrónico zumbaba quitándole todas las moléculas gastadas y desvitalizadas y las reemplazaba minuciosamente con moléculas nuevas extraídas desde su inagotable reserva.

Joe Bloak, ahora un hombre nuevo, entró en el cuarto del desayuno. En la tostadora asomó una tostada, y la esbelta y atractiva señora Bloak alzó la cabeza y saludó agradablemente:
—Buenos días, querido. ¿Quieres ver el periódico?
—Por supuesto —gruñó Joe y se dejó caer en una silla que se le amoldó rápidamente a la espalda.

Echó una ojeada a los titulares mientras la tostadora colocaba en la tostada la cantidad exacta de mantequilla y la cafetera tocaba un mambo en sordina y le llenaba la taza con un líquido aromático y humeante que una cañería traía directamente del Brasil.
—No está mal —dijo Joe mirando el diario y asintiendo con un movimiento de cabeza. Las letras negras saltaban en lo alto de la página:
 
...¡El Gobierno anuncia un presupuesto equilibrado!
 
El despacho, fechado en Washington, anunciaba que de acuerdo con la prosperidad abrumadora del país el Congreso concluía de votar una ley que suprimía retroactivamente los impuestos, aplicando el coeficiente uno y medio desde la promulgación de la ley, y que el presidente proclamó la próxima fusión de todos los organismos administrativos en un Ministerio de Euforia.

Otros artículos de la primera página señalaban que la ciencia descubrió un remedio para el resfrío, que la Fuerza Aérea presentó un nuevo avión capaz de superar la velocidad del rumor y que Joe Bloak fue nombrado subgerente, con doble sueldo.

Un despacho urgente desde Moscú informaba que a las 3:31 de la mañana, hora legal oriental, el régimen soviético alcanzaba el comunismo y estaba reabsorbiéndose, de acuerdo con las predicciones de Marx.

—¡Y oh, sí, querido! —comentó animadamente la mujer de Joe—. Acaba de aparecer un nuevo coche. Es el modelo cero cero.

La pared del fondo se alzó y el modelo cero cero entró deslizándose con un brillo cegador y un rugido contenido. Era casi tan largo como un film épico del oeste y tenía más caballos. La transmisión robotrónica lucía un cuociente intelectual de 210 a 4.000 rpm, y podía lavar ropa familiar en espuma detergente en 30 segundos. El equipo optativo comprendía luces traseras termonucleares de funcionamiento garantizado debajo del agua; un parabrisas cromado que daba dos vueltas a la carrocería y terminaba en un hermoso nudo; un pedal acelerador de reacción, y un eyector de piloto automático.

—Parece bastante bueno —admitió Joe lentamente. Se sentía inquieto por alguna razón. Quizás todo parecía demasiado bueno.
—¡De prisa, querido! —dijo la mujer de Joe, más y más voluptuosa a medida que pasaban los minutos, sintonizando eficientemente la TV—. ¡Estamos justo a tiempo para no perder nada!

Los niños entraron en fila en el cuarto y se sentaron en silencio, todos impecablemente limpios y peinados por la maquinaria automática.

La pantalla de tamaño natural se encendió, en resplandecientes colores, mostrando a un caballero distinguido, de cabellos plateados y de voz grave y afectuosa.
—¡Atención, mis amigos! —ronroneó el hombre, inclinándose hacia adelante en su púlpito con una sonrisa radiante—. ¡Buenas noticias! Se sabe de fuentes bien informadas que la Segunda Venida ocurrirá a las 3:31, hora oriental. Mantengan sintonizada esta estación. ¡Sí, mis amigos!
—Oh, diablos —gruñó Joe—. Ya sabía yo que era un sueño.

Un nuevo boletín de noticias saltó de pronto desde la tostadora: ¡Platillos voladores aterrizan en todo el país! Emisarios del espacio exterior han notificado a las Naciones Unidas que el planeta Tierra fue admitido en el Imperio Galáctico con todas las prerrogativas de los miembros activos, retroactivamente y aplicando el coeficiente uno y medio desde...
—Qué disparate —dijo Joe, abriendo un ojo y luego el otro.
 
—Hora de levantarse, Joe —dijo ásperamente su mujer, desaliñada y encorvada. Estaba en cuclillas activando el fuego, en la boca ventosa de una caverna. Joe se sentó, apartando unas duras pieles de animales. El humo le dio tos y le llenó los ojos de lágrimas. Su mujer se rascó mientras trabajaba obstinadamente en el fuego.

Los niños temblaban acercándose a las llamas. Joe observó amargamente aquellas caras inexpresivas y aquellas deformidades demasiado familiares. El más pequeño (nunca pudieron saber a qué sexo pertenecía) no dejaba de lloriquear. Quizás...
—Feliz año nuevo, Joe —dijo su mujer.
—¿Feliz qué? —gruñó Joe, acariciándose el pelo revuelto.

El sueño se le fundía en la mente, cayendo gota a gota en las fisuras cerebrales, lejos de las formas groseras de la realidad. El sueño se refugiaba en esas sombras, junto con visiones de otro tiempo, viejas ilusiones y recuerdos de infancia, indistintos ahora, pues el mundo al que pertenecían era quizás también un sueño... La mente de Joe estaba ocupada ahora en registrar dolores reumáticos y en rebelarse contra la triste verdad que tendría que salir a la nieve helada y revisar las trampas si hoy querían comer.

—Hoy comienza un nuevo año —dijo la mujer de Joe echando una mirada a las marcas que había trazado en la pared, y que no servían para nada según Joe.
—Oh, por favor —dijo Joe—. ¿Desde cuándo?

La Sirena - Ray Bradbury

 
Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba a los barcos solitarios. 

Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

—Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? —preguntó McDunn.
—Sí —dije—. Afortunadamente, es usted un buen conversador.
—Bueno, mañana irás a tierra —agregó McDunn sonriendo— a bailar con las muchachas y tomar gin.
—¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?
—En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativamente—. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, cuando todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los pequeños ojos. Me quedé helado. 

Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

—Oh, hay tantas cosas en el mar. —McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa—. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300.000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

—Sí, es un mundo viejo.
—Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

—Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? —McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza—. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año —dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla—, algo viene a visitar el faro.
—¿Los cardúmenes de peces?
—No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

—Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: «Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida».

La sirena llamó.
—Imaginé esta historia —dijo McDunn en voz baja— para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...
—Pero... —interrumpí.
—Chist... —ordenó McDunn—. ¡Allí!
Señaló los abismos.
Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una pequeña isla de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.
—Calma, muchacho, calma —murmuró McDunn.
—¡Es imposible! —exclamé.
—No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros. 

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.
—¡Parece un dinosaurio!
—Sí, uno de la tribu.
—¡Pero murieron todos!
—No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.
—¿Qué haremos?
—¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.
—¿Pero por qué viene aquí?
En seguida tuve la respuesta.
La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

—¿Entiendes ahora —susurró McDunn— por qué viene aquí?
Asentí con un movimiento de cabeza.
—Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir.

»El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.
El monstruo respondió.

Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.
—El año pasado —dijo McDunn—, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y del silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego e hielo.

—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.
La sirena llamó.

—Veamos que ocurre —dijo McDunn.
Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

—¡McDunn! —grité—. ¡La sirena!
McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. 

Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.
—¡Abajo! —gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.
—¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.
Eso y el otro sonido.
—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.
Y así pasamos aquella noche.
 
A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultado bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.
—Se vino abajo, eso es todo —dijo McDunn gravemente—. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.
Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.
—Por si acaso —dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.
¿El monstruo?
No volvió.

—Se fue —dijo McDunn—. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.
Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

Multivac - Isaac Asimov


El mayor complejo industrial de la Tierra se centraba en torno a Multivac... Multivac, la gigantesca computadora que había ido creciendo en el transcurso de medio siglo, hasta que sus diversas ramificaciones se extendieron por todo Washington, D. C., y sus suburbios, alcanzando con sus tentáculos todas las ciudades y poblaciones de la Tierra.

Un ejército de servidores le suministraba constantemente datos, y otro ejército relacionaba e interpretaba sus respuestas. Un cuerpo de ingenieros recorría su interior, mientras multitud de minas y fábricas se dedicaban a mantener llenos los depósitos de piezas de recambio, procurando que nada faltase a la monstruosa máquina.

Multivac dirigía la economía del planeta y ayudaba al progreso científico. Mas por encima de esto, constituía la cámara de compensación central donde se almacenaban todos los datos conocidos acerca de cada habitante de la Tierra.

Y todos los días formaba parte de los innumerables deberes de Multivac pasar revista a los cuatro mil millones de expedientes (uno para cada habitante de la Tierra) que llenaban sus entrañas y extrapolarlos para un día más. Todas las Secciones de Correcciones de la Tierra recibían los datos apropiados para su propia jurisdicción, y la totalidad de ellos se presentaba en un grueso volumen al Departamento Central de Correcciones de Washington, D. C.

Bernard Gulliman se hallaba en su cuarta semana de servicio al frente del Departamento Central de Correcciones, para el cual había sido nombrado presidente por un año, y ya se había acostumbrado a recibir el informe matinal sin asustarse demasiado. Como siempre, constituía un montón de cuartillas de más de quince centímetros de grueso. Como ya sabía, no se lo traían para que lo leyese todo (era una empresa superior a sus fuerzas humanas). Sin embargo, resultaba entretenido hojearlo.

Contenía la lista acostumbrada de delitos previstos de antemano: diversas estafas, hurtos, algaradas, homicidios, incendios provocados, etcétera.

Buscó un apartado particular y sintió una ligera sorpresa al descubrirlo, y luego otra al ver que en él figuraban dos anotaciones. No una sino dos. Dos asesinatos en primer grado. No había visto dos juntos en un solo día en todo el tiempo que llevaba de presidente.

Oprimió el botón del intercomunicador y esperó a que el solícito semblante de su coordinador apareciese en la pantalla.

—Ali —le dijo Gulliman—, hoy tenemos dos primeros grados. ¿Hay algún problema insólito?
—No, señor.
El rostro de morenas facciones y ojos negros y penetrantes mostraba cierta expresión de inquietud.
—Ambos casos tienen un porcentaje de probabilidad muy bajo —dijo.
—Eso ya lo sé —repuso Gulliman—. He podido observar que ninguno de ellos presenta una probabilidad superior al quince por ciento. De todos modos, debemos velar por el prestigio de Multivac. Ha conseguido borrar prácticamente el crimen de la faz del planeta, y el público lo considera así por su éxito al impedir asesinatos de primer grado, que son, desde luego, los más espectaculares.
Ali Othman asintió.
—Sí, señor. Me doy perfecta cuenta.
—También se dará usted cuenta, supongo —prosiguió Gulliman—, que yo no quiero que se cometa uno solo durante mi presidencia. Si se nos escapa algún otro crimen, sabré disculparlo. Pero si se nos escapa un asesinato en primer grado, le irá a usted el cargo en ello. ¿Me entiende?
—Sí, señor. El análisis completo de los dos asesinatos en potencia ya se está efectuando en las oficinas de los respectivos distritos. Tanto los asesinos en potencia como sus presuntas víctimas se hallan bajo observación. He comprobado las probabilidades que el crimen se cometa y ya están disminuyendo.
—Buen trabajo —dijo Gulliman, cortando la comunicación.

Volvió a examinar la lista con cierta desazón. Tal vez se había mostrado demasiado severo con su subordinado... Pero había que tener mano firme con aquellos empleados de plantilla y evitar que llegasen a imaginarse que eran ellos quienes lo llevaban todo. De vez en cuando había que recordarles quién mandaba allí. En especial a aquel Othman, que trabajaba con Multivac desde que ambos eran notablemente más jóvenes, y a veces asumía unos aires de propiedad que llegaban a ser irritantes.

Para Gulliman, aquella cuestión de los crímenes podía ser crucial en su carrera política. Hasta entonces, ningún presidente había conseguido terminar su mandato sin que se produjese algún asesinato en un lugar u otro de la Tierra. 

Durante el mandato del presidente anterior se habían cometido ocho, o sea tres más que durante el mandato de su predecesor.

Pero Gulliman se proponía que durante el suyo no hubiese ninguno. Había resuelto ser el primer presidente que no tuviera en su haber ningún asesinato en ningún lugar de la Tierra. Después de eso, y de la favorable publicidad que comportaría para su persona...

Apenas se fijó en el resto del informe. Éste contenía, según le pareció a primera vista, unos dos mil casos de esposas en peligro de ser vapuleadas. Indudablemente, no todas aquellas palizas podrían evitarse a tiempo. Tal vez un treinta por ciento de ellas se realizarían. Pero el porcentaje disminuía cada vez con mayor celeridad.

Multivac había añadido las palizas conyugales a su lista de crímenes previsibles hacía apenas cinco años, y el ciudadano medio todavía no se había acostumbrado a la idea de verse descubierto de antemano cuando se proponía moler a palos a su media naranja. A medida que esta idea se fuese imponiendo en la sociedad, las mujeres recibirían cada vez menos golpes, hasta terminar por no recibir ninguno.
Gulliman observó que en la lista también figuraban algunos maridos vapuleados.
 
 
Ali Othman quitó la conexión y se quedó mirando la pantalla de la cual habían desaparecido las prominentes mandíbulas y la calva incipiente de Gulliman. Luego miró a su ayudante. Rafe Leemy, y dijo:
—¿Qué hacemos?
—¿A mí me lo preguntas? Es a él a quien le preocupan un par de asesinatos sin importancia.
—Yo creo que nos arriesgamos demasiado al intentar resolver esto por nuestra cuenta. Sin embargo, si se lo decimos le dará un ataque. Estos políticos electos tienen que pensar en su pellejo; por lo tanto, creo que si se lo decimos no haría más que enredar las cosas e impedirnos actuar.
Leemy asintió con la cabeza y se mordió el grueso labio inferior.
—Lo malo del caso es... ¿Qué haremos si nos equivocamos? —dijo—. Querría estar en el fin del mundo, si eso llega a suceder.
—Si nos equivocamos, nuestra suerte no interesará a nadie, pues seremos arrastrados por la catástrofe general. —Con la mayor vivacidad, Othman añadió—: Pero, vamos a ver, las probabilidades son tan sólo del doce coma tres por ciento. Para cualquier otro delito, exceptuando quizás el asesinato, dejamos que el porcentaje aumente un poco más antes de decidirnos a actuar. Todavía puede presentarse una corrección espontánea.
—Yo no confiaría demasiado en ello —dijo Leemy secamente.
—No pienso hacerlo. Me limitaba a señalarte el hecho. Sin embargo, como la cifra aún es baja, creo que lo más indicado es que de momento nos limitemos a observar. Nadie puede planear un crimen de tal envergadura por sí solo; tienen que existir cómplices.
—Multivac no los nombró.
—Ya lo sé. Sin embargo...
No terminó la frase.
Entonces se pusieron a estudiar de nuevo los detalles de aquel crimen que no se incluía en la lista entregada a Gulliman; el único crimen que nunca había sido intentado en toda la historia de Multivac. Y se preguntaron qué podían hacer.
 
 
Ben Manners se consideraba el muchacho de dieciséis años más dichoso de Baltimore. Eso tal vez podía ponerse en duda. Pero no había duda que era uno de los más dichosos, y de los que se hallaban más excitados.

Al menos, era uno de los pocos que habían sido admitidos en las graderías del estadio el día en que los jóvenes de dieciocho años pronunciaron el juramento. Su hermano mayor se contaba entre los que iban a pronunciarlo, y por eso sus padres solicitaron billetes para ellos y también permitieron que Ben lo hiciese. Cuando Multivac eligió entre todos los que solicitaron billete, Ben fue uno de los autorizados a sacarlo.

Dos años después, Ben sería quien pronunciaría el juramento, pero la contemplación de su hermano mayor Michael en el acto de hacerlo era casi lo mismo para él.

Sus padres le vistieron (o le hicieron vestir, mejor dicho) con todo el adorno posible, pues iba como único representante de la familia, y el muchacho se fue muy ufano, con recuerdos de todos para Michael, el cual se había ido unos días antes para someterse a los reconocimientos físico y neurológico preliminares.

El estadio se hallaba emplazado en las afueras de la población, y Ben, que no cabía en sí de orgullo, fue conducido hasta su asiento. Por debajo de él distinguió hilera tras hilera de centenares y centenares de jóvenes de dieciocho años (los chicos a la derecha, las chicas a la izquierda), todos procedentes del distrito dos de Baltimore. En diversas épocas del año se celebraban actos similares en todo el mundo, pero aquello era Baltimore, y por lo tanto aquél era el más importante. Allá abajo, perdido entre la multitud de adolescentes, se hallaba Mike, el hermano de Ben.

El joven escrutó las hileras de cabezas, con la vaga esperanza de reconocer a su hermano. No lo consiguió, naturalmente, pero entonces subió un hombre al estrado que se alzaba en el centro del estadio, y Ben dejó de mirar para prestar atención.

El hombre del estrado dijo por el micrófono:
—Buenas tardes, muchachos; buenas tardes, distinguido público. Soy Randolph T. Hoch, y se me ha confiado el honroso encargo de dirigir este año los actos de Baltimore. Los jóvenes que van a pronunciar el juramento ya me conocen, por haberme visto varias veces durante los reconocimientos físicos y neurológicos. La mayor parte de la tarea ya está realizada, pero queda lo más importante. La personalidad completa de cada uno de ustedes debe pasar a los archivos de Multivac.

»Todos los años, esto requiere cierta explicación para los jóvenes que alcanzan la mayoría de edad. Hasta esta fecha —dijo volviéndose hacia los jóvenes que tenía delante, y desviando su mirada del público—, hasta esta fecha, hasta hoy, ustedes no pueden considerarse adultos; Multivac no les considera como individuos adultos, excepto en los casos en que alguno de ustedes han sido señalados especialmente por sus padres o por el Gobierno.

»Hasta hoy, pues, cuando llegaba el momento de recopilar los datos anuales, eran sus padres quienes llenaban vuestras fichas. Ha llegado ahora el momento para que asuman esta obligación. Es un gran honor, una gran responsabilidad. Sus padres nos han comunicado cuáles han sido vuestras notas escolares, qué enfermedades han tenido, cuáles son vuestras costumbres... Eso, y muchas cosas más. Pero ahora todavía deben decirnos más aún; vuestros más íntimos pensamientos; vuestros más secretos anhelos.

»Resulta difícil hacerlo la primera vez; incluso violento, pero hay que hacerlo. Una vez lo hayan hecho, Multivac tendrá un análisis completo de ustedes en sus archivos. Comprenderá vuestras acciones y reacciones. Incluso podrá prever con notable exactitud vuestro comportamiento futuro.

»De esta manera, Multivac les protegerá. Si están en peligro de accidente, lo sabrá. Si alguien se propone hacerles daño, lo sabrá. Si son ustedes quienes traman alguna mala acción, lo sabrá y evitará que ésta se cometa, con el resultado que no tendrán que ser castigados por ella.

»Con el conocimiento que tendrá de todos ustedes, Multivac podrá contribuir al perfeccionamiento de la economía y de las leyes terrestres, para el bien de todos. Si tienen un problema personal, pueden acudir a Multivac con él, y Multivac, que les conoce a todos, podrá ayudarles a resolverlo.

»Ahora deseo que llenen los formularios que les vamos a facilitar. Mediten cuidadosamente y respondan a todas las preguntas con la mayor exactitud posible. No oculten nada por vergüenza o precaución. Nadie conocerá nunca vuestras respuestas excepto Multivac, a menos que sea necesario conocerlas para protegerles. Y en este caso, sólo las conocerán contados funcionarios del Gobierno, que poseen autorización especial.

»Pudiera ocurrir que deformasen la verdad más o menos intencionadamente. No lo hagan. Nosotros terminaremos por descubrirlo. La totalidad de sus respuestas debe formar un conjunto coherente. Si alguna de las respuestas son falaces, sonarán como una nota discordante y Multivac las descubrirá. Si entre ellas se encuentran respuestas falsas, o son falsas en su totalidad, crearán un conjunto típico que Multivac reconocerá inmediatamente. Por lo tanto, les aconsejo que digan la verdad y nada más que la verdad.

Por último, el acto terminó; los muchachos llenaron los formularios, y las ceremonias y discursos tocaron a su fin. Por la noche, Ben, poniéndose de puntillas, consiguió descubrir finalmente a Michael, el cual todavía llevaba el traje de gala que se había puesto para el «desfile de los adultos». Se abrazaron llenos de júbilo, luego cenaron juntos y tomaron el expreso hasta su casa, ambos llenos de contento después de aquel día memorable.

Por lo tanto, no se hallaban preparados para enfrentarse con el cambio total que encontraron en su casa. Ambos se quedaron helados cuando un joven de rostro severo, vestido de uniforme y apostado a la puerta de su propia casa, les cerró el paso para pedirles la documentación antes de dejarlos entrar. Una vez dentro, hallaron a sus padres sentados en el salón, con expresión desesperada y la huella de la tragedia impresa en sus caras.

Joseph Manners, que parecía haber envejecido diez años desde aquella misma mañana, miró con ojos asustados y hundidos a sus dos hijos (uno de los cuales todavía llevaba al brazo su flamante toga de adulto) y dijo:
—Estoy bajo arresto domiciliario.
Ben y Michael se quedaron de una pieza.
 
Bernard Gulliman no podía leer, naturalmente, el voluminoso informe. Leyó únicamente el sumario y quedó más que satisfecho.

No había duda que toda una generación ya estaba acostumbrada a que Multivac predijese la comisión de los delitos más importantes. Les parecía natural que los agentes de Corrección se presentasen en el lugar donde iba a cometerse el delito antes que éste pudiera llevarse a cabo. Les parecía natural también que la consumación del crimen acarrease para su autor un castigo ejemplar e inevitable. Poco a poco, arraigó el convencimiento que era imposible engañar a Multivac.

El resultado de ello, naturalmente, fue que cada vez se planearon menos crímenes. A medida que las intenciones criminales disminuían y la capacidad de Multivac aumentaba, se fueron añadiendo a la lista de delitos que el maravilloso instrumento predecía todas las mañanas, otras infracciones de la ley de menor cuantía, pero éstas, también, disminuían a ojos vistas.

Entonces Gulliman ordenó que se realizase un análisis (sólo lo podía realizar Multivac, naturalmente) de la capacidad que poseía Multivac para prever las posibilidades de enfermedad. Así, los médicos podrían ser llamados con rapidez para visitar y tratar a individuos susceptibles de volverse diabéticos antes de un año, o expuestos a sufrir una tisis galopante o un cáncer.

Más vale prevenir...
¡Y el resultado del análisis fue favorable!

Después le llevaron la lista de los posibles crímenes del día, y entre ellos no figuraba ni un solo asesinato de primer grado.
Gulliman, que se hallaba de un humor excelente, llamó a Ali Othman por el intercomunicador:
—Oiga, Othman, ¿cuál es el promedio de delitos que hay en las listas diarias de la semana pasada, comparado con el promedio de mi primera semana como presidente?
El promedio había descendido, según se pudo comprobar, en un ocho por ciento; sólo le faltaba eso a Gulliman para sentirse el más dichoso de los mortales. No se debía para nada a él, desde luego, pero sus votantes no lo sabían. Se congratuló por su suerte, que le había llevado a ocupar la presidencia en el momento oportuno, durante el apogeo de Multivac, en un momento en que la enfermedad también podría colocarse bajo su manto protector.
Esto favorecía extraordinariamente la carrera política de Gulliman.
 
 
Othman se encogió de hombros.
—El jefe está muy contento —dijo.
—¿Cuándo hacemos estallar la bomba? —dijo Leemy—. El hecho de poner a Manners en observación sólo ha conseguido elevar las probabilidades. El arresto domiciliario no ha hecho más que incrementarlas.
—Ya lo sé, hombre —dijo el otro, con impaciencia—. Lo que no sé es por qué.
—Tal vez se deba a los cómplices, como tú dijiste. Al darse cuenta que Manners está detenido, el resto de la banda tendrá que actuar en seguida o la intentona fracasará.
—Mirémoslo desde otro lado. Con Manners a buen recaudo, los demás pondrán pies en polvorosa y tratarán de esconderse. Además, ¿por qué Multivac no nos da los nombres de los cómplices?
—¿Se lo decimos a Gulliman?
—No, todavía no. Las probabilidades son todavía de un diecisiete coma tres por ciento. Aún podemos hacer algo.
 
 
Elizabeth Manners dijo a su hijo menor:
—Vete a tu cuarto, Ben.
—Pero, ¿qué pasa, mamá? —preguntó Ben con voz quebrada, al contemplar aquel extraño final de un día tan glorioso.
—¡Por favor, Ben, obedéceme sin preguntar!
El muchacho se fue a regañadientes. Salió al vestíbulo y empezó a subir la escalera, haciendo el mayor ruido posible. Luego descendió sigilosamente.
Mike Manners, el primogénito, el que había llegado hacía pocas horas a su mayoría de edad y era el gozo y la esperanza de la familia, dijo con un tono de voz que reflejaba el que empleara su hermano:
—¿Qué pasa?
Joe Manners repuso:
—Pongo al cielo por testigo que no lo sé, hijo mío. No he hecho nada.
—De eso estamos todos convencidos —dijo Mike, mirando estupefacto a su padre, pequeño y de aspecto bondadoso—. Deben haber venido porque pensabas hacer algo.
La señora Manners le interrumpió con enojo:
—¿Qué quieres que pensase tu padre que pueda provocar semejante..., semejante despliegue de fuerzas? —Describió un amplio círculo con el brazo, para abarcar los policías que rodeaban la casa, y prosiguió—: Cuando yo era niña, el padre de un amigo mío que trabajaba en un banco fue llamado una vez, y le dijeron que no pensase más en aquel dinero. Pensaba robar cincuenta mil dólares. No llegó a cometer el robo: sólo lo pensó. En aquellos tiempos no mantenían estas cosas en secreto, como hoy; todo el mundo se enteró, y así es como yo lo supe. —Frotándose las gordezuelas manos con lentitud, prosiguió—: Lo que quiero decir es que se trataba de cincuenta mil dólares... Una cantidad muy respetable. Sin embargo se limitaron a llamarlo por teléfono. ¿Qué podía estar planeando tu padre, para requerir la presencia de una docena de policías, que han rodeado la casa?

El cabeza de familia dijo, con voz triste y quejumbrosa:
—No planeaba ningún crimen, ni el más pequeño e insignificante... Se los juro.
Mike, lleno de la sabiduría consciente de un nuevo adulto, dijo:
—Tal vez sea algo subconsciente, papá; una forma de resentimiento hacia tu jefe.
—¿Hasta tal punto que me hiciese desear matarlo? ¡No!
—¿Y no quieren decirte de qué se trata?
Su madre les interrumpió de nuevo:
—No, no quieren. Ya se lo hemos preguntado. Les dije que, con su simple presencia, estaban perjudicando enormemente nuestra reputación en el barrio. Lo menos que podían hacer era decirnos de qué se trataba para que pudiéramos defendernos y ofrecer explicaciones.
—¿Y ellos no quieren?
—No quieren.
Mike permanecía de pie, con las piernas separadas y las manos metidas en los bolsillos. Muy inquieto, dijo:
—Verás, mamá..., es que Multivac no se equivoca nunca.
Su padre, desesperado, golpeó con el puño el brazo del sofá.
—Les repito que no planeo ningún crimen.
Abrieron sin llamar y entró en la sala un hombre uniformado, que andaba con paso firme y decidido. Su cara tenía una expresión imperturbable y oficial.
—¿Es usted Joseph Manners? —preguntó.
El cabeza de familia se puso en pie.
—Yo soy. ¿Podría usted decirme qué desean de mí?
—Joseph Manners, queda usted detenido por orden del Gobierno. —Y exhibió brevemente su identificación de oficial de Correcciones—. Tengo que rogarle que me acompañe.
—¿Por qué motivo? ¿Qué he hecho?
—No estoy autorizado a decírselo.
—Pero no pueden detenerme por planear un crimen, aun admitiendo que lo estuviese planeando. Para detenerme tengo que haber hecho algo. De lo contrario, no pueden. Es contrario a la ley.
El oficial no atendía a razones.
—Le ruego que me acompañe.
La señora Manners soltó un grito y se dejó caer en el sofá, llorando histéricamente. Joseph Manners no fue capaz de transgredir el código que le había sido impuesto durante toda su vida, resistiéndose a obedecer las órdenes de un oficial, pero al final se hizo el remolón, obligando al agente del Gobierno a tener que utilizar la fuerza para arrastrarlo fuera de la habitación.
Mientras se lo llevaban, Manners gritaba:
—Pero, ¿qué he hecho? ¿Por qué no quieren decírmelo? Si al menos lo supiese... ¿Es un asesinato? ¿Se me acusa de tramar un asesinato?
La puerta se cerró tras ellos, y Mike Manners, pálido como la muerte y que de pronto había dejado de sentirse adulto, miró a la puerta y luego a su madre, anegada en llanto.
Ben Manners, oculto tras la otra puerta y sintiéndose de pronto muy adulto, apretó los labios fuertemente y pensó que él sabía exactamente lo que había que hacer.

Lo que Multivac le arrebataba, Multivac lo devolvería. Ben recordaba perfectamente las ceremonias que había presenciado aquel mismo día. Había oído cómo aquel llamado Hoch hablaba de Multivac y de todo cuanto ésta podía hacer. Podía dirigir el Gobierno, y también ayudar a un simple particular que fuese a ella en busca de consejo.

Cualquiera podía pedir ayuda a Multivac, y Ben se disponía a hacerlo. Ni su madre ni su hermano se darían cuenta que se iba; además, le quedaba todavía algún dinero de la cantidad que sus padres le habían dado para aquel día memorable. Si después notaban su ausencia y ésta les preocupaba, qué se le iba a hacer. En aquel momento, su padre era quien más contaba.
Salió por la parte trasera y el agente apostado a la puerta le dejó pasar, tras examinar brevemente su documentación.
 
 
Harold Quimby dirigía la sección de quejas de la subestación Multivac de Baltimore. Se consideraba a sí mismo un miembro de la rama más importante del servicio civil. En ciertos aspectos tal vez tuviese razón, y los que le oían hablar de ello hubieran debido ser de hierro para no sentirse impresionados.

Por un lado, decía Quimby, Multivac se dedicaba principalmente a invadir la intimidad. Durante los últimos cincuenta años, la Humanidad había tenido que acostumbrarse a la idea que sus pensamientos e impulsos más íntimos ya no podían mantenerse en secreto, y que ya no existían recónditos pliegues del alma donde podían esconderse los sentimientos. A cambio de esto, había que dar algo a la Humanidad.

Naturalmente, los hombres obtuvieron paz, prosperidad y seguridad, pero eso eran abstracciones. Los hombres y mujeres concretos necesitaban algo personal como recompensa por su renuncia a la intimidad, y lo obtuvieron. Al alcance de cualquier habitante del planeta se encontraba una estación Multivac a cuyos circuitos se podían someter libremente toda clase de problemas y preguntas, con una libertad y sin prácticamente limitación alguna. A los pocos minutos, el maravilloso instrumento facilitaba las respuestas adecuadas.

En cualquier instante del día o de la noche, cinco millones de circuitos individuales entre el cuatrillón o más que poseía Multivac, podían dedicarse a atender aquel programa de preguntas y respuestas. Éstas no eran necesariamente infalibles, pero sí enormemente aproximadas casi siempre, y los que acudían a Multivac tenían una fe absoluta en sus respuestas.

Y en aquellos momentos, un joven de dieciséis años, de expresión ansiosa, avanzaba lentamente con la cola de hombres y mujeres que esperaban. Todos los semblantes de los que formaban la cola se hallaban iluminados por distintos grados de esperanza, temor o ansiedad, e incluso angustia, mientras se aproximaban lentamente a Multivac. Pero era siempre la esperanza la que predominaba.

Sin levantar la mirada, Quimby tomó el formulario impreso, debidamente cumplimentado, que el recién llegado le tendía y dijo:
—Cabina 5-B.
—¿Cómo tengo que hacer la pregunta, señor?
Quimby levantó entonces la mirada, con cierta sorpresa. Por lo general, los muchachos que aún no habían alcanzado la mayoría de edad no hacían uso de aquel servicio. Amablemente le dijo:
—¿Es la primera vez que vienes a Multivac, muchacho?
—Sí, señor.
Quimby le indicó el modelo que tenía sobre su mesa.
—Tendrás que utilizar esto. Mira, funciona exactamente igual que una máquina de escribir. No escribas la pregunta mal, sobre todo; hazlo por medio de esta máquina. Ahora vete a la cabina 5-B, y si necesitas ayuda, oprime el botón rojo y se presentará un empleado. Por ese corredor, muchacho, a la derecha.

Vio como el joven se alejaba por el corredor, hasta perderse de vista, y sonrió. Multivac no rechazaba a nadie. Naturalmente, no podía descartarse un pequeño porcentaje de preguntas triviales: gente que hacía preguntas indiscretas acerca de sus vecinos o preguntas desvergonzadas sobre personalidades eminentes; estudiantes que trataban de adivinar lo que les preguntarían sus profesores, o de divertirse a costa de Multivac haciéndole preguntas paradójicas o absurdas...

Multivac podía atender todas aquellas preguntas sin necesidad de ayuda.
Además, cada pregunta y cada respuesta quedaban archivadas para constituir una pieza más en el conjunto de datos sobre la Humanidad en general y sus representantes individuales en particular. Incluso las triviales e impertinentes ayudaban a la Humanidad, pues al reflejar la personalidad del que las hacía, permitían que Multivac aumentase su conocimiento de los hombres.
Quimby volvió su atención hacia la persona siguiente en la cola, una mujer de mediana edad, desgarbada y angulosa, con la turbación reflejada en el semblante.
 
 
Ali Othman medía la oficina a grandes pasos, y sus tacones resonaban con golpes sordos y desesperados sobre la alfombra.
—Las probabilidades siguen aumentando. En este momento son del veintidós coma cuatro por ciento. ¡Maldición! Hemos detenido a Joseph Manners, y las probabilidades siguen aumentando.
El sudor corría a raudales por su cara.
Leemy dejó el teléfono en su soporte.
—Todavía no ha confesado. Le han sometido a la Prueba Psíquica, pero no han descubierto la menor huella de crimen. Es posible que diga la verdad.
—¿Entonces, es que Multivac se ha vuelto loca? —dijo Othman.
Otro teléfono se puso a sonar. Othman se apresuró a cerrar las conexiones, contento de aquella interrupción. En la pantalla apareció la cara de un oficial de Correcciones, el cual dijo:
—¿Tiene que darnos algunas nuevas instrucciones, señor, respecto a la familia de Manners? ¿Debemos permitirles que vayan y vengan a su antojo, como han hecho hasta ahora?
—¿Qué quiere usted decir, con eso de «como han hecho hasta ahora»?
—Las primeras órdenes que recibimos se referían al arresto domiciliario de Joseph Manners. Nada se decía en ellas del resto de la familia, señor.
—Pues hágalas extensivas al resto de la familia, en espera de recibir nuevas órdenes.
—Pero es que ése es el problema, señor. La madre y el hijo mayor no hacen más que pedir noticias del pequeño. Éste ha desaparecido, y su madre y su hermano piensan que también le han detenido, y piden que los llevemos a la jefatura para aclarar la suerte del muchacho.
Othman frunció el ceño y preguntó casi en un susurro:
—¿El pequeño? ¿Cuántos años tiene?
—Dieciséis, señor —repuso el agente.
—Dieciséis, y se ha ido. ¿Sabe usted adónde?
—Le dejaron salir, señor. No había órdenes de retenerle.
—No se retire. Un momento. —Othman suspendió momentáneamente la comunicación, se llevó ambas manos a la cabeza, y gimió—: ¡Estúpido de mí!
Leemy le miró, sorprendido.
—¿Qué demonios te pasa?
—Este individuo tiene un hijo de dieciséis años —dijo Othman con voz ahogada—. Por lo tanto, es un menor de edad, y Multivac no lo registra por separado, sino formando parte de la ficha de su padre. —Miró furioso a Leemy—. Hasta cumplir dieciocho años, un joven no tiene ficha separada en Multivac, sino que sus datos figuran en la de su padre... Eso lo sabe cualquiera. ¿Cómo pudo habérseme olvidado? Y a ti, pedazo de alcornoque, ¿cómo pudo habérsete olvidado también?
—¿Quieres decir entonces que Multivac no se refería a Joe Manners? —preguntó Leemy.
—Multivac se refería a su hijo menor, y éste se nos ha escapado. A pesar de tener la casa rodeada de policías, él ha salido con toda tranquilidad y se ha ido a realizar ve a saber qué infernal misión.
Conectó de nuevo el circuito telefónico, al extremo del cual todavía esperaba el oficial de Correcciones. Aquella interrupción de un minuto había permitido que Othman recuperase el dominio de sí mismo, asumiendo de nuevo su expresión fría y segura. (Hubiera sido altamente perjudicial para su prestigio representar una escena ante los ojos de un policía aunque eso habría aliviado considerablemente su mal humor.)
—Oficial —dijo entonces—, trate de localizar al muchacho que ha desaparecido. Si es necesario, movilice usted a todos sus hombres. Más adelante les daré las órdenes oportunas. De momento sólo ésta: encontrar al muchacho a toda costa.
El oficial contestó:
—Sí, señor.
La conexión se interrumpió. Othman dijo:
—Dígame cómo están las probabilidades, Leemy.
Cinco minutos después, Leemy comunicó:
—Han bajado a un diecinueve coma seis por ciento. Y siguen bajando.
Othman dejó escapar un largo suspiro.
—Por fin estamos sobre la buena pista.
 
 
Ben Manners tomó asiento en la cabina 5-B y tecleó lentamente:
«Me llamo Benjamín Manners, número MB-71833412. Mi padre, Joseph Manners, ha sido detenido, pero no sabemos qué crimen tramaba. ¿Podemos ayudarle de algún modo?»
Se dispuso a esperar la respuesta de la máquina. A pesar que sólo tenía dieciséis años, ya sabía que aquellas palabras estaban dando vueltas en aquellos momentos por el interior del aparato más complicado creado por la mente humana; sabía también que se barajarían y se coordinarían un trillón de datos, y que a partir de ellos Multivac extraería la respuesta más adecuada.

Oyó un clic en la máquina y surgió de ella una tarjeta. Sobre la misma se veía impresa una respuesta, una larga respuesta. Decía como sigue:

«Toma el expreso a Washington, D. C., inmediatamente. Desciende en la parada de la avenida de Connecticut. Verás una salida especial sobre la que se lee «Multivac» y ante la que hay unos guardias. Di a uno de ellos que llevas un recado para el doctor Trumbull, y te dejará entrar.
»Te encontrarás entonces en un corredor. Síguelo hasta encontrar una puerta sobre la que se lee «Interior». Entra y di a los guardias de dentro lo que has dicho a los de fuera; lo mismo. Éstos te franquearán el paso. Sigue entonces...»
Las instrucciones continuaban por ese tenor. Ben no veía que aquello tuviese nada que ver con lo que había preguntado, pero su fe en Multivac era absoluta. Salió corriendo, para tomar el expreso a Washington.
 
 
Los oficiales de Correcciones consiguieron seguir la pista de Ben Manners hasta la estación de Baltimore, donde llegaron una hora después que éste la hubiera abandonado. El sorprendido Harold Quimby se sintió verdaderamente aturrullado ante el número e importancia de los hombres que fueron a verle con relación a aquel muchacho de dieciséis años que andaban buscando.
—Sí, un muchacho de esas señas —dijo—, pero ignoro adónde fue cuando salió de aquí. Yo no podía saber que lo andaban buscando. Aquí recibimos a todo el mundo. Sí, puedo conseguir una copia de la pregunta y la respuesta.
Los oficiales de Correcciones televisaron las dos fichas a Jefatura sin perder un instante.
Othman las leyó, puso los ojos en blanco y se desmayó. Consiguieron hacerlo reaccionar casi en seguida. Con voz débil, dijo a Leemy:
—Que detengan a ese chico. Y que me saquen una copia de la respuesta de Multivac. Ahora ya no hay escapatoria. Tengo que ver a Gulliman inmediatamente.
 
 
Bernard Gulliman nunca había visto a Ali Othman tan perturbado. Al observar la expresión trastornada del coordinador, sintió que un escalofrío le recorría el espinazo.
Con voz trémula y entrecortada, preguntó:
—¿Qué quiere usted decir, Othman? ¿Qué significa eso de..., de algo peor que un asesinato?
—Mucho, muchísimo peor que un asesinato.
Gulliman estaba muy pálido.
—¿Se refiere usted al asesinato de un alto funcionario del Gobierno?
(Incluso cruzó por su mente la idea que pudiese ser él mismo quien...)
Othman asintió:
—No un funcionario del Gobierno. El funcionario del Gobierno por excelencia.
—¿El secretario general? —aventuró Gulliman con un murmullo ahogado.
—Más que eso; mucho más. Nos enfrentamos con un complot para asesinar a Multivac.
—¡CÓMO!
—Por primera vez en la historia de Multivac, la computadora nos ha informado que es ella misma quien está en peligro.
—¿Por qué no me informaron de ello inmediatamente?
Othman no mintió demasiado al responder:
—Como se trataba de un caso sin precedentes, señor, estudiamos la situación antes de atrevernos a redactar un informe oficial.
—Pero Multivac se ha salvado, ¿verdad? Dígame que se ha salvado.
—Las probabilidades han descendido a menos de un cuatro por ciento; prácticamente ya no hay peligro. Estoy esperando el informe definitivo de un momento a otro.
 
 
—Traigo un recado para el doctor Trumbull —dijo Ben Manners al hombre instalado sobre un alto taburete, y que accionaba cuidadosamente lo que parecían los mandos de un crucero estratosférico, enormemente ampliados.
—Muy bien, Jim —dijo el hombre—. Adelante.
Ben echó una mirada a sus instrucciones y se apresuró a seguir adelante. Encontraría una diminuta palanca que tenía que bajar completamente, en el instante en que un indicador mostrase una luz roja.
Oyó una voz agitada a sus espaldas, luego otra, y de pronto dos hombres lo sujetaron por los codos. Notó como sus pies se levantaban del suelo.
Uno de sus captores dijo:
—Acompáñanos, muchacho.
 
 
La cara de Ali Othman no se iluminó de manera apreciable al recibir la noticia, aunque Gulliman dijo con gran alegría:
—Si tenemos al chico, Multivac se ha salvado.
—Por el momento.
Gulliman se llevó una mano temblorosa a la frente.
—¡Qué media hora he pasado! ¿Se imagina usted lo que significaría la destrucción de Multivac, aunque fuese por breve tiempo? Se hundiría el Gobierno; la economía se paralizaría. Sería de unos efectos más devastadores que un... —Alzó de pronto la cabeza—. ¿Qué quiere usted decir con eso de «por el momento»?
—Ese muchacho, Ben Manners, no tenía intención de hacer daño. Él y su familia deben ser puestos inmediatamente en libertad e indemnizados por las molestias que les hemos causado. Él se limitaba a seguir las instrucciones que le dio Multivac para ayudar a su padre, y lo ha conseguido. Su padre ha sido puesto en libertad.
—¿Insinúa usted que la propia Multivac ordenó al muchacho que bajase una palanca en un momento en que tal acción quemaría tal cantidad de circuitos que haría falta un mes de trabajo para repararlos? ¿Insinúa usted acaso que Multivac proponía su propia destrucción para ayudar a un solo hombre?
—Mucho peor que eso, señor. Multivac no sólo dio esas instrucciones a Ben, sino que eligió a la familia Manners porque Ben tenía un extraordinario parecido con uno de los mensajeros del doctor Trumbull, y por lo tanto podría meterse impunemente en Multivac sin que nadie le pusiese reparos.
—¿Y por qué fue elegida esa familia? ¿Y para qué?
—Verá usted, el muchacho nunca se habría visto obligado a hacer la pregunta que hizo si su padre no hubiese sido detenido. Y su padre jamás habría sido detenido si Multivac no le hubiese acusado de tramar su propia destrucción. Fue Multivac quien inició la sucesión de acontecimientos que casi condujeron a la propia destrucción de Multivac.
—Pero eso no tiene pies ni cabeza —dijo Gulliman con voz quejumbrosa.
Se sentía pequeño y desvalido, y casi se puso de rodillas para suplicar a Othman, a aquel hombre que había pasado casi toda su vida junto a Multivac, que devolviese la tranquilidad a su ánimo.
Pero Othman no lo hizo. En cambio, le dijo:
—Éste ha sido el primer intento realizado por Multivac en este sentido, que yo sepa. Hasta cierto punto, estaba muy bien planeado. Supo elegir la familia. Tuvo buen cuidado en no distinguir entre padre e hijo, a fin de despistarnos. Sin embargo, demostró que todavía no pasa de ser una aficionada. No pudo anular sus propias instrucciones, que la obligaron a comunicar la probabilidad de su propia destrucción, la cual se hacía mayor a cada paso que dábamos por la pista falsa. Tuvo que registrar forzosamente la respuesta que dio al muchacho. Cuando tenga más práctica, probabl¬mente aprenderá las artes del engaño, a ocultar ciertos hechos, a no registrar otros. A partir de ahora, todas las instrucciones que dé contendrán tal vez las semillas de su propia destrucción. Eso nunca lo sabremos. Y por más cuidado que tengamos, un día Multivac conseguirá burlarnos. Creo, señor Gulliman, que usted será el último presidente de esta organización.
Gulliman aporreó furioso su mesa.
—Pero, ¿por qué, pregunto yo? ¿Por qué hace eso? ¿Qué le ocurre? ¿No podemos repararla?
—No lo creo —repuso Othman, dominado por una callada desesperación—. Nunca había tenido en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, ahora, al pensarlo, estoy convencido que hemos llegado al fin, precisamente porque Multivac es demasiado buena. Multivac se ha hecho tan complicada que sus reacciones ya no son las propias de una máquina, sino las de un ser viviente.
Gulliman le miró antes de decirle:
—Está usted loco. Pero..., ¿y qué si fuese así?
—Durante más de medio siglo Multivac ha tenido que cargar con todas las preocupaciones de la Humanidad. Le hemos pedido que velase por todos nosotros, por todos y cada uno de nosotros. Le hemos confiado todos nuestros secretos; le hemos hecho absorber nuestra maldad y defendernos de ella. Cada uno de nosotros acudimos a ella con nuestras aflicciones, aumentando su enorme fárrago. Y ahora nos proponemos hacer cargar también a Multivac, a esta criatura viva, con el fardo de la enfermedad humana. —Othman se interrumpió un momento, antes de proseguir con excitación—: Señor Gulliman, Multivac está harta de cargar con todos los males del mundo.
—Esto es una locura. Una completa locura —masculló Gulliman.
—En ese caso, permítame que le demuestre algo muy importante. Vamos a hacer una prueba. ¿Me permite usted que utilice la línea de Multivac que tiene en su despacho?
—¿Para qué?
—Para hacer una pregunta a Multivac que nadie le ha hecho jamás.
—Supongo que no le será perjudicial —preguntó Gulliman, alarmado.
—No. Pero nos dirá lo que deseamos saber.
El presidente vaciló un momento. Luego dijo:
—Adelante.
Othman se dirigió a la terminal que Gulliman tenía sobre la mesa. Sus dedos teclearon diestramente, formando la pregunta:
«Multivac, ¿qué es lo que deseas?»
El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pareció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían ni a respirar.
Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:
«Deseo morir.»