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Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj - Julio Cortázar

 Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo.  Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca.  Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico.  Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa.  Te regalan su mar...

Los dorados años de Harry - Gahan Wilson

Unos cortecitos aquí, unos cosidos allá; un par de tirones por un lado y soltar por el otro; cambiar algu­nas viejas tuberías y Harry van Deventer se sintió como nuevo. O casi. Bastante bien, al menos. Harry anudó el cinturón de su gabán y contempló, satisfecho, la imagen que le devolvía el espejo. Por otra parte, ignoraba que aquel espejo no reflejaba el color grisáceo de su piel. Al contrario, le daba un rosado tinte de bebé. Tampoco estaba enterado de que aquella Luna atenuaba las arrugas de la piel y no acusaba el violáceo cerco de sus ojos. Era natural, pues, que creyera estar en posesión de un físico inmejorable. Sonrió, dándose unas palmaditas en la barriga, tan lisa como una plancha, después de la ardua labor de los cirujanos. Harry ignoraba también este detalle. –No está mal –aprobó quedamente. Se abrió la puerta y apareció la enfermera. Tenía un aspecto inmejorable. Todo un tipo. Harry recordó lo salvaje que había sido la pasada noche y sonrió. Le encantaba recordar...

Instrucciones para dar cuerda al reloj - Julio Cortázar

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Instructivo para evitar la flacidez en la lengua - Sivela

- Elija a una persona a criticar - Este al tanto de sus acciones - Aumente los defectos de lo que hace - Invente errores a los aciertos - Ante su grupo de amigos cambie la versión para que usted sea la inteligente que es incomprendida - Aún cuando este de acuerdo con las ideas del criticado, muestre oralmente lo contrario - No dé cabida a nada nuevo. Usted lo sabe todo - Cuando las críticas se le regresen diga que es por ardidas - Y recuerde, lo más importante para evitar la flacidez es: No tener una vida propia de la cual ocuparse.