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Lemmings - Richard Matheson

-¿De dónde vienen? - preguntó Reordon. -De todas partes - replicó Carmack. Ambos hombres permanecían junto a la carretera de la costa, y, hasta donde alcanzaban sus miradas, no podían ver más que coches. Miles de automóviles se en¬contraban embotellados, costado contra costado y parachoques contra parachoques. La carretera formaba una sólida masa con ellos. -Ahí vienen unos cuantos más - señaló Carmack. Los dos policías miraron a la multitud que caminaba hacia la playa. Bastantes charlaban y reían. Algunos pero manecían silenciosos y serios. Pero todos iban hacia la playa. -No lo comprendo - dijo Reordon, meneando la cabeza. En aquella semana debía de ser la centésima vez que hacía el mismo comentario -. No puedo comprenderlo. Carmack se encogió de hombros. -No pienses en ello. Ocurre. Eso es todo. -¡Pero es una locura! -Sí, pero ahí van - replicó Carmack. Mientras los dos policías observaban, el gentío atra¬vesó las grises arenas de la playa y comenzó a adentrarse en las aguas...

La vista fija - Alberto Chimal

Érase una niña pequeñita y muy bonita, con chapas rojas rojas cual flores de rubor, vestidito rosa y bonito cabello rizado. Jugaba en un parque con su pelota y era muy feliz. Oyóse entonces un disparo, y la frente de la niña hizo ¡pop!, y una emisión hubo de sangre y sesos entremezclados que, flor también de rubor (aunque de otro, ¡ay, de otro rubor!), cayó en el pasto un segundo o dos antes que la propia niña. De la pelota no se supo más, y yo creo que alguien se la robó. Debe haber sido fácil porque hasta la niña, que no se movía y de cuya frente seguía manando ese caldo rojo y tremebundo, llegó una mujer que pants que se quedó con la vista fija en ella; un señor de traje barato que también se quedó con la vista fija en ella; un par de muchachos, con uniforme y peinados de escuela militarizada, que también se quedaron con la vista fija en ella. Y una anciana de coche con chofer, su chofer, un grupo de novicias, tres policías, un comerciante informal, un malabarista de crucero, un...

Informe negro - Francisco Hinojosa

1. Agoté la Constitución y el Código Civil. Como no encontré ninguna ley que lo prohibiera me autonombré detective privado en una ceremonia íntima y sencilla. 2. Mandé imprimir un ciento de tarjetas de presentación con un logotipo moderno que yo mismo diseñé. 3. La sala de la casa quedó transformada en una auténtica oficina de detective. Ordené mis libros detrás del escritorio, en una vitrina que resté al mobiliario del comedor, desempolvé un viejo sillón de familia para los clientes y dispuse el carrito-cantina junto al escritorio. 4. Pagué un anuncio en el periódico en el que ofrecía absoluta eficacia y discreción en toda índole de investigaciones. 5. Renuncié por teléfono a mi trabajo en la fábrica de clips. Mi jefe se lamentó: "Nos mete en un apuro, señor Sanabria, nadie como usted conoce esta empresa. Es una lástima." 6. Me puse corbata nueva y un saco sport, eché las piernas sobre el escritorio y me entregué a la lectura del periódico en espera de la llamada d...

El tritón malasio - Jane Yolen

Las tiendas no eran visibles desde la calle principal, y además casi se perdían en el laberinto de callejones. Pero la señora Stambley era una experta en antigüedades. Una ciudad nueva y un callejón nuevo excitaban sus instintos de cazadora y coleccionista, como ella gustaba explicar a su grupo en el hogar. Que esa ciudad se hallara a medio mundo de distancia de su cómoda casa de Salem, Massachusetts, no la preocupaba. Ella suponía que sabía cómo buscar, en Inglaterra o en los Estados Unidos. Había dormitado al sol mientras el barco recorría el Támesis. A su edad las cabezadas eran importantes. Su cabeza se bamboleó tranquilamente bajo la cubierta de flores plegadas en una diadema de color vino. Ni siquiera escuchó la perorata del guía turístico. En Greenwich desembarcó mansamente junto con el resto de turistas, pero se escabulló con facilidad del yugo del guía, que llevó al resto del rebaño a comprobar el tiempo medio de Greenwich. La señora Stambley, con su abultado bolso de cuero n...

El cuenco de cobre - George Fielding Eliot

Yuan Li, el mandarín, se recostó en su sillón de palisandro y habló sin alzar la voz: —Está escrito que un buen servidor es un don de los dioses, mientras que uno malo... El alto y corpulento hombre que permanecía humildemente en pie ante la figura enfundada en una túnica y sentada en su sillón, hizo tres reverencias apresuradas y sumisas. A pesar de que iba armado y de que le consideraban un hombre valiente, el miedo brilló en sus ojos. Podría haber quebrado al menudo mandarín de rostro lampiño doblándolo sobre su rodilla, y sin embargo... —Diez mil perdones, ¡oh magnánimo! —le dijo—. Lo he hecho todo obedeciendo vuestra honorable orden de no matar al hombre ni causarle una lesión permanente... He hecho todo cuanto he podido, pero... — ¡ Pero no habla! — murmuró el mandarín —. ¿Y me vienes con el cuento de que has fracasado? ¡No me gustan los fracasos, capitán Wang! El mandarín jugueteó con un pequeño cortaplumas que estaba sobre la mesi...

Las ratas del cementerio - Henry Kuttner

El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se había asentado en el cementerio una verdadera colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió eliminarlas. Al principio colocaba cebos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio. Eran grandes, aún tratándose de la especie de «decumagus», cuyos ejemplares miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los b...