Entradas

La muchacha de oro - Ellis Peters

-Shakespeare... - dijo el sobrecargo, pensativo, mientras tomaba su segunda cerveza después de salir del teatro -. Desde luego, este año sólo se representa a Shakespeare. Sin embargo, él también plagió lo suyo. Eso de "mis ducados y mi hija"... Hubo otro tipo que escribió eso mucho mejor. Una vez la obra se llamaba El judío de Malta, y el autor era un tal Marlowe. "¡Oh, fortuna, oh, muchacha! ¡Oh, belleza! ¡Oh, mi dicha!" Esta noche, viendo El Mercader, me he acordado. Y de un caso real que conocí... sólo que ella no era su hija, ni mucho menos. "Entonces era yo un jovenzuelo inexperto, y servía a las órdenes del viejo McLean, en el Áurea. De esto hará... bueno, unos diez años o así. Algunas veces sueño con ello, aunque ahora no me ocurre con tanta frecuencia. Ibamos a zarpar a Liverpool con destino a Bombay. Era mi tercera travesía. Aquella pareja llegó durante el bullicio anterior a la salida, y, no obstante, nadie dejó de fijarse en ellos a causa de la chic...

Los Brown no tienen baño - Margot Bennet

Antes de que el agente de bienes raíces tuviera tiempo de parpadear, se encontró con que había alquilado la casa a la señora Brown. Esta la aceptó, sin verla, y firmó un contrato de arrendamiento por diez años. Mientras regresaba al cuarto sótano en el que ella y su marido vivían en aquellos momentos, la mujer depositó una libra en el sombrero de un artista que pintaba en la acera. Para la señora Brown, aquella libra marcaba el final de un año de esfuerzos por ocultar su furiosa desesperación tras una fachada de despreocupada y casi aristocrática serenidad. Ahora, al fin, había encontrado un hogar. Al abrir la puerta delantera de su nueva casa, la mujer se sintió como Robinson Crusoe echando el primer vistazo a los que iban a ser sus dominios. El sol habría dado de lleno sobre el feo mosaico del vestíbulo de no ser por los turbios y policromos cristales de la galería. El suelo de ésta era de ladrillos, lo cual permitía que en ella se pudieran poner macetas. -Una preciosa casita –dijo...

El Origen - Sivela Tanit

Sólo y con frío, el engendro chilló y sus gritos movieron la materia, se crearon mundos, se disgregó lo oscuro de lo luminoso, hubo tiempo y orden, aparecieron seres… Cansado y hambriento, el engendro murió al dar su séptimo grito.

Barba Azul - Charles Perrault

Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban. Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres. Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pa...

Año Nuevo 2013

Imagen
"Cigüeñas" - Mary Cano Año Nuevo 2013

La séptima víctima - Robert Sheckley

Sentado ante su escritorio, Stanton Frelaine se esforzaba en aparentar el aire atareado que se espera de un director de empresa a las nueve y media de la mañana. Pero era algo que estaba más allá de sus fuerzas. Ni siquiera conseguía concentrarse en el texto del anuncio que había redactado el día anterior; no lograba dedicarse a su trabajo. Esperaba la llegada del correo..., y era incapaz de hacer nada más. Hacía ya dos semanas que tendría que haberle llegado la notificación. ¿Por qué la Administración no se apresuraba un poco? La puerta de cristal con el rótulo: Morger & Frelaine, Confección se abrió, y E. J. Morger entró cojeando, un re¬cuerdo de su vieja herida. Era un hombre cargado de espaldas, pero eso, a la edad de setenta y tres años, suele tener poca importancia. —Hola, Stan —dijo—. ¿Dónde está esa publicidad? Hacía dieciséis años que Frelaine se había asociado con Morger. Tenía por aquel entonces veintisiete años. Juntos habían convertido la sociedad «El Traje Protect...

Proceso - Alfred E. Van Vogt

Bajo la brillante luz de aquel lejano sol, el bosque respiraba y estaba vivo. Era consciente de la nave que acababa de aparecer, tras atravesar las ligeras brumas de la alta atmósfera. Pero su automática hostilidad hacia cualquier cosa alienígena no iba acompañada inmediatamente por la alarma. Por decenas de miles de kilómetros cuadrados, sus raíces se entrelazaban bajo el suelo, y sus millones de copas se balanceaban indolentemente bajo miles de brisas. Y más allá, extendiéndose a lo ancho de las colinas y las montañas, y más allá aún, hasta el borde de un mar casi interminable, se extendían otros bosques, tan fuertes y poderosos como él mismo. Desde un tiempo inmemorial el bosque había guardado el suelo de un peligro cuya comprensión se había perdido. Pero ahora empezaba a recordar algo de este peligro. Provenía de naves como aquella que descendía ahora del cielo. El bosque no llegaba a determinar exactamente cómo se había defendido a sí mismo en el pasado, pero sí recordaba claram...

El flautista - Ray Bradbury

—¡Ahí está, Señor! ¡Míralo! ¡Ahí está! —cloqueó el viejo, señalando con un calloso dedo—. ¡El viejo flautista! ¡Completamente loco! ¡Todos los años igual! El muchacho marciano que estaba a los pies del viejo agitó sus rojizos pies en el suelo y clavó sus grandes ojos verdes en la colina funeraria donde permanecía inmóvil el flautista. —¿Y por qué hace esto? —preguntó. —¿Qué? —el apergaminado rostro del viejo se frunció en un laberinto de arrugas—. Está loco, eso es todo. No hace más que permanecer ahí, soplando su música desde el anochecer hasta el alba. El tenue sonido de la flauta se filtraba en la penumbra, creando apagados ecos en las bajas prominencias y perdiéndose poco a poco en el melancólico silencio. Luego aumentó su volumen, haciéndose más alto, más discordante, como si llorara con una voz aguda. El flautista era un hombre alto, delgado, con el rostro tan pálido y vacío como las lunas de Marte, los ojos de color cárdeno; se mantenía erguido recortándose contra el tenebr...

La segunda variedad - Phillip K. Dick

El soldado ruso subía nervioso la ladera, con el fusil preparado. Miró a su alrededor, se lamió los secos labios. De vez en cuando se llevaba una enguantada mano al cuello y se enjugaba el sudor y se abría el cuello de la guerrera. Eric se volvió al cabo Leone. —¿Lo quieres tú? ¿O lo mato yo? —ajustó el punto de mira de modo que la cara del ruso quedase encuadrada en la lente cortada por las líneas del blanco. Leone lo pensó. El ruso estaba cerca, se movía con rapidez, casi corriendo. —No dispares. Espera. No creo que sea necesario. El ruso incremento su velocidad, pateando cenizas y montones de escombros a su paso. Llegó a la cima de la ladera y se detuvo, jadeando, y miró a su alrededor. Había un cielo plomizo de móviles nubes de partículas grises. Brotaban de tanto en tanto troncos de árboles; el suelo pelado y desnudo, lleno de desperdicios y de ruinas de edificios surgiendo de cuando en cuando como amarilleantes cráneos. El ruso estaba inquieto. Sabía que algo iba mal. Miró ...