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El pulpo que no murió - Sakutaro Hagiwara

Un pulpo que agonizaba de hambre fue encerrado en un acuario por muchísimo tiempo. Una pálida luz se filtraba a través del vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó de este lóbrego acuario. Se podía suponer que el pulpo estaba muerto y sólo se veía el agua podrida iluminada apenas por la luz del crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y cuando despertó de su sueño tuvo que sufrir hambre terrible, día tras día en esa prisión solitaria, pues no había carnada alguna ni comida para él. Entonces comenzó a comerse sus propios tentáculos. Primero uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra. En esta forma el pulpo terminó comiéndose todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su estómago; absolutamente todo. Una mañana llegó un cuidador, miró dentro del acuario y sólo vio el agua sombría y las algas ondulantes. El pulpo prácticamente había desap...

El aterrizaje - Jacques Sternberg

  Cuando los stralkos se contactaron por primera vez con nuestro mundo, aterrizaron en África, en medio de la maleza, muy cerca de una aldea zulú.  Tomaron notas, dedujeron las leyes y las costumbres generales y, un año más tarde, invadieron la Tierra con el objeto de anexarla. Se habían maquillado de negro, habían untado sus cuerpos con abundantes pinturas y se habían armado con piedras y flechas. Pero, esta vez, aterrizaron en Estados Unidos, entre Boston y Chicago.

Safari a las Estrellas - Ernst Vlcek

El sol no había salido todavía, pero sobre el campamento pesaba ya un bochorno irresistible. Los gorgunianos fueron despertando, tomaron sus tam­bores y comenzaron el tam-tam que ya no cesaría hasta la noche. Argin Dallas se levantó bañado en sudor de su catre de campaña. Le habían despertado los tam­bores. No se encontraba del todo bien. La desacos­tumbrada comida del safari hacía que su estómago se rebelara, por lo que ahora, a primera hora de la mañana, tenía mal sabor de boca. Además, el calor le producía dolor de cabeza.  Una ducha le propor­cionó alivio, pero apenas se hubo puesto la ropa de caza, sudaba de nuevo. Dallas era un joven de veintiocho años, menudo y de aspecto débil, que iba algo encogido y llamaba la atención por la extraordinaria blancura de su piel, aunque la exposición al sol de los últimos días se la había enrojecido. Argin abandonó su tienda. Georg Rusk, el cazador, aguardaba ya en la pe­queña explanada cubierta y fumaba su pipa de ma­nera pausada. Cu...