Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Rincón de la Poesía: Intelectual - Lucía Rivadeneyra
Rincón de la Poesía: Nocturna suma - Elías Nandino
Deletreo el espacio y no comprendo
esas gotas de luz en plena noche
que tiemblan, que se ensanchan, que se encogen,
y expresan desde el cielo
las frases de su pulso luminoso.
Yo no sé si es altura o es abismo
el sitio en donde asoman,
o si son o no son; pero las miro
como enjambre de islas en incendio
y sufro su atracción, su intenso brillo,
su tímido mirar...
Las cuento, muchas veces, muchas veces...
Me olvido de la cuenta y me detengo
para empezar la cuenta nuevamente,
y la vuelvo a perder, cayendo siempre
en la fuga de un número disperso.
Las cuento, muchas veces, muchas veces...
Y si gozo al contar, es porque siento
que capto más y más, al Creador,
cuando sumo y me sumo en sus estrellas.
La mejor mentira - Cuento judío
Hershele vivía en una pequeña aldea de Polonia que se llamaba Ostropolie. Era un hombre muy pobre, y le costaba alimentar a su familia. Sin embargo, tenía tanta alegría de vivir que se podía permitir venderle un poco a los demás.
Un día, hambriento como de costumbre, Hershele entró en una panadería.
–¿Me daría uno de esos pancitos con semilla de amapola? –le pidió al panadero.
–Cómo no, Hershele, siempre que tengas con qué pagarlo –dijo el panadero. Y le alcanzó un pancito de aspecto tierno y delicioso.
Hershele lo miró por todos lados sin mucho interés y finalmente se decidió:
–Disculpe, pero cambié de idea, se lo devuelvo. Prefiero esa rosquita dulce. El precio es el mismo, ¿verdad?
El panadero volvió a poner el pan en su lugar y le dio a Hershele la rosquita.
–¡Mmm, qué deliciosa! –dijo nuestro pícaro amigo–. Creo que voy a comérmela aquí mismo.
Dicho y hecho, se la devoró en un instante sin dejar ni una miga. Se estaba por ir cuando el panadero lo detuvo.
–Hershele, no me pagaste la rosquita dulce.
–¿Cómo que no? –contestó Hershele–. Le di a cambio el pancito. ¿Acaso no valen igual?
–¡Pero si el pancito tampoco me lo pagaste!
–¿Y por qué lo iba a pagar si no me lo comí?
El panadero lo miró un instante desconcertado. Se habría lanzado a atraparlo si no hubiera sido porque un rico forastero, que estaba por casualidad en la panadería, pagó la deuda de Hershele.
–Ese hombre me interesa –le dijo al panadero–. Estoy organizando una gran fiesta y me gustaría contratarlo para que entretenga a mis invitados.
Por supuesto, Hershele ya estaba en la calle, alejándose de la panadería lo más rápido posible. El forastero lo alcanzó.
–Hershele Ostropolier –le dijo–, he oído hablar mucho de sus picardías. Quiero ofrecerle un trabajo. Pero antes me gustaría comprobar por mí mismo qué clase de hombre es usted. Le pagaré una moneda de plata si me dice una mentira rápida.
–¿Por qué una, si me prometió dos? –contestó Hershele.
Y así consiguió el trabajo.
La fiesta se hizo en una hermosa noche de verano, después de la cosecha, y todos los invitados estaban de muy buen humor. Uno de ellos se jactaba de ser el mejor mentiroso de todos los tiempos y desafió a Hershele a una competencia, que nuestro amigo aceptó muy contento.
–Ayer atrapé a una pulga de las orejas –dijo el campeón de las mentiras–. Luchaba tratando de soltarse, pero yo le até las patas con un pelo. De pronto se me resbaló de la mano y cayó en el barril de aceite. Pensé que se habría muerto ahogada, pero esta mañana cuando me desperté, el barril estaba vacío. La maldita pulga se había tomado todo el aceite y había crecido tanto que se estaba poniendo mi levita para salir a pasear por el pueblo.
Todos aplaudieron entusiasmados y miraron a Hershele. ¿Qué podría decir que fuese todavía más ridículo o gracioso o mentiroso? Hershele miró a todos con mucha seriedad.
–Lo siento, pero tendremos que suspender el concurso, porque este caballero está haciendo trampa. Lo que acaba de contar no es ninguna mentira. Yo estuve allí y lo vi con mis propios ojos.
Por supuesto, Hershele ganó la competencia.
Chac Mool - Carlos Fuentes
Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por el sudor de la cocina tropical, bailar el sábado de gloria en La Quebrada y sentirse «gente conocida» en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien, pero ahora, a los cuarenta y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, y a medianoche, un trecho tan largo! Frau Müller no permitió que se velara —cliente tan antiguo— en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido en su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos a la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos; el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos de lonas , para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.
Salimos de Acapulco todavía en la brisa. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Con el desayuno de huevos y chorizo, abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico viejo; cachos de la lotería; el pasaje de ida —¿sólo de ida?—, y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.
Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómito, y cierto sentimiento natural de respeto a la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría —sí, empezaba con eso— nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá, sabría por qué fue declinando, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni «Sufragio Efectivo». Por qué, en fin, fue corrido, olvidada la pensión, sin respetar los escalafones.
«Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros —de hecho librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían la baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos (quizá los más humildes) llegarían muy alto, y aquí, en la escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas, modernizadas —también, como barricada de una invasión, la fuente de sodas— y pretendí leer expedientes. Vi a muchos, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían, o no me querían reconocer. A lo sumo —uno o dos— una mano gorda y rápida en el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo, mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé de los expedientes. Desfilaron los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando, y al cabo, quién sabrá a dónde fueron a parar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera. Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? No dejaba, en ocasiones, de asaltarme el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la vista a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.»
«Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta: en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si no fuera mexicano, no adoraría a Cristo, y —No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adores a un Dios, muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?… Figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos de caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y en todo México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.
»Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas del arte indígena mexicano. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala, o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.
»Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch…!»
«Hoy, domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga para convencer a los turistas de la autenticidad sangrienta de la escultura.
»El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol, vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho en la oscuridad del sótano, como simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco exactamente vertical a la escultura, que recortaba todas las aristas, y le daba una expresión más amable a mi Chac Mool. Habrá que seguir su ejemplo.»
«Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina, y se desbordó, corrió por el suelo y llegó hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron; y todo esto en día de labores, me ha obligado a llegar tarde a la oficina.»
«Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.»
«Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé que eran ladrones. Pura imaginación.»
«Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlos, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.»
«El plomero no viene, estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.»
«Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a un apartamento, y en el último piso, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero no puedo dejar este caserón, ciertamente muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana, pero que es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una casa de decoración en la planta baja.»
«Fui a raspar la lama del Chac Mool con una espátula. El musgo parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No era posible distinguir en la penumbra, y al dar fin al trabajo, con la mano seguí los contornos de la piedra. Cada vez que repasaba el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he puesto encima unos trapos, y mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.»
«Los trapos están en el suelo. Increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido, pero no vuelve a la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, lo aprieto como goma, siento que algo corre por esa figura recostada… Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.»
«Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina; giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es imaginación, o delirio, o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.»
Hasta aquí, la escritura de Filiberto era la vieja, la que tantas veces vi en memoranda y formas, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:
«todo es tan natural; y luego, se cree en lo real… pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta de rojo el agua… Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?… Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué…? Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí, y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en un caracol. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy: era movimiento, reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o la muerte que llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad que sabíamos estaba allí, mostrenca, y que debe sacudirnos para hacerse viva y presente. Creía, nuevamente, que era imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un Dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir… No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volví a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.
Casi sin aliento encendí la luz.
Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaban los dos ojillos, casi bizcos, muy pegados a la nariz triangular. Los dientes inferiores, mordiendo el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casquetón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia la cama; entonces empezó a llover.»
Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del director, y rumores de locura y aun robo. Esto no lo creí. Sí vi unos oficios descabellados, preguntando al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, lo habían enervado. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:
«Chac Mool puede ser simpático cuando quiere… un glu-glu de agua embelesada… Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales, el castigo de los desiertos; cada planta arranca su paternidad mítica: el sauce, su hija descarriada; los lotos, sus mimados; su suegra: el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las chanclas flamantes de ancianidad. Con risa estridente, el Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon, y puesto, físicamente, en contacto con los hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y la tempestad, natural; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado al escondite es artificial y cruel. Creo que nunca lo perdonará el Chac Mool. Él sabe de la inminencia del hecho estético.
He debido proporcionarle sapolio para que se lave el estómago que el mercader le untó de ketchup al creerlo azteca. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tláloc, y, cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsitvos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, en mi cama.»
«Ha empezado la temporada seca. Ayer, desde la sala en que duermo ahora, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí y entreabrí la puerta de la recámara: el Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño… Luego bajó jadeante y pidió agua; todo el día tiene corriendo las llaves, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido no empapar la sala más.» [1]
«El Chac Mool inundó hoy la sala. Exasperado, dije que lo iba a devolver a la Lagunilla. Tan terrible como su risilla —horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o animal— fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de brazaletes pesados. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era distinta: yo dominaría al Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez —¿quién lo dijo?— es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta… Ha tomado mi ropa, y se pone las batas cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, por siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme. Mientras no llueva —¿y su poder mágico?— vivirá colérico o irritable.»
Hoy descubrí que en las noches el Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una canción chirriona y anciana, más vieja que el canto mismo. Luego, cesa. Toqué varias veces a su puerta, y cuando no me contestó, me atreví a entrar. La recámara, que no había vuelto a ver desde el día en que intentó atacarme la estatua, está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.»
«Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; ha hecho que telefonee a una fonda para que me traigan diariamente arroz con pollo. Pero lo sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará; también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas… Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada, y quise gritar.»
«Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse en piedra otra vez. He notado su dificultad reciente para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, y parece ser, de nuevo un ídolo. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiera arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables en que relataba viejos cuentos; creo notar un resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: se está acabando mi bodega; acaricia la seda de las batas; quiere que traiga una criada a la casa; me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Creo que el Chac Mool está cayendo en tentaciones humanas, incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado. Pero también, aquí, puede germinar mi muerte: el Chac no querrá que asista a su derrumbe, es posible que desee matarme.»
«Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para adquirir trabajo, y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Necesito asolearme, nadar, recuperar fuerza. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo el Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.»
Aquí termina el diario de Filiberto. No quise volver a pensar en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo psicológico. Cuando a las nueve de la noche llegamos a la terminal, aún no podía concebir la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y desde allí ordenar su entierro.
Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata; su cara, polveada, quería cubrir las arrugas; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.
—Perdone… no sabía que Filiberto hubiera…
—No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.
Rincón de la poesía: En un lugar de tu vientre - Jesús Gómez Morán
lanzó en un grito el alma desgarrada;
después, eché a reír, y en aquel punto
me despertó mi propia carcajada.
“Sueños” Heinrich Heine
Cual gota cuyo rostro se fractura
es mi sonrisa que recuerda la hora
cuando puse en tu vientre, hecha de aurora
una pequeña perla de locura.
Surge tu sombra de la torcedura
de un cristal vuelto pócima impostora
pues en mi paladar, quien más te añora,
milagro inverso al vino hizo aguadura.
La foto sin sonrisas, se repite
y aunque depositó en mi alma la seca
perla de la amargura, haré un desquite:
si de ese instante quedan sólo cáscaras
ríamos, que entre más grande es la mueca
de dolor, lo serán también sus máscaras.
Rincón de la Poesía: Espuma virgen - Oscar Wong
Una mujer preguntará por mí,
su voz resonará en las piedras,
se volverá rescoldo, brisa,
alba danzarina.
Y el viento me traerá el rubor,
su condición de tulipán sonoro
y ante la espuma virgen
se inclinará el corazón enmudecido.
Bajo el suave aleteo incandescente
del mediodía que palpita
una mujer hermosa preguntará por mí.
Y yo seré la hierba agradecida.
Médico y maestro - Cuento alemán
Cuando el tremendo pícaro alemán Till Eulenspiegel llegó a Nuremberg, lo primero que hizo fue poner carteles en las puertas de las iglesias presentándose como un famoso médico capaz de curar toda clase de enfermedades.
Lo cierto es que en el hospital de Nuremberg había muchos enfermos; demasiados. El director estaba preocupado y pensó que nada perdería con probar. Se encontró con Till y le preguntó si podía hacer algo por sus pacientes.
–Por quinientas monedas de plata –aseguró Till–, puedo curarlos a todos.
El director del hospital, por supuesto, no le creyó una palabra. Pero tenía curiosidad por saber cómo se las arreglaría ese farsante para hacerse pasar por médico.
–Está bien –le dijo–. Podemos pagar las quinientas monedas, pero sólo después de ver con mis propios ojos que los pacientes están sanos y fuera del hospital.
Till Eulenspiegel fue de inmediato al hospital, donde revisó cuidadosamente a los enfermos, uno por uno. Antes de despedirse, hacía jurar al enfermo que no le contaría a nadie el secreto que le iba a revelar. Hecho el juramento, le informaba a cada uno lo siguiente:
–Querido amigo, por suerte existe un remedio infalible que me va a permitir curarlos a todos. Es muy simple: debo quemar a uno de ustedes hasta convertirlo en cenizas. Cuando los demás beban ese polvillo mezclado con agua, recobrarán la salud. Pero no quiero quemar a nadie que tenga esperanzas de curación. Por eso debo elegir al que esté más grave. Mañana vendré con el director del hospital y les pediré a todos que se levanten de la cama y salgan. Te he tomado simpatía y por eso decidí avisarte: es importante que estés muy atento y no se te ocurra dormirte, porque al que se quede en su cama, lo convertiré en cenizas. Si se levantan todos, tendré que elegir para quemar al que esté peor, es decir, al que salga último.
Al día siguiente, Till se presentó en el hospital con el director.
–El que esté sano, ¡que salga! –gritó con todas sus fuerzas.
Todos los enfermos se levantaron a la vez, de un salto, y aun con sus piernas enfermas o inválidas, se las arreglaron para salir a toda velocidad, empujándose unos a otros, con tanto entusiasmo y tanto apuro que el director estaba asombradísimo. Allí se vio caminar ¡y hasta correr! a pacientes que en muchos meses no se habían levantado de la cama.
Cuando el hospital quedó vacío, Till cobró sus quinientas monedas de plata y escapó de la ciudad lo más rápido que pudo.
A los tres días, poco a poco, el hospital comenzó a llenarse otra vez con los mismos enfermos: la cura misteriosa había durado poco.
Las fechorías de Till no le permitían quedarse mucho tiempo en ningún lado. En sus vagabundeos llegó un día a Erfurt, ciudad que tenía una importante universidad. El problema era que su fama de pícaro tramposo había llegado antes que él y tanto los profesores como los estudiantes estaban listos para recibirlo. ¡No se burlaría de ellos!
Nuestro amigo colocó avisos por todas partes asegurando que era capaz de enseñarle a cualquiera a leer y escribir, por más lenta que fuese su inteligencia. El mismísimo rector de la Universidad aceptó el desafío y lo mandó llamar. Le tenían preparada una buena broma.
–¿Estás dispuesto a enseñarle a leer a un burro?
–Claro que sí –aseguró Till, sin echarse atrás.
Sólo pidió que le dieran un poco más de tiempo considerando que, en su estado normal, el burro es un animal que no sólo no lee, sino que ni siquiera habla y que, además, no es famoso por su brillante inteligencia. El maestro Till se expresaba con tanta corrección, seriedad y entusiasmo que los bromistas empezaron a dudar. Parecía muy seguro de lo que decía. Finalmente se pusieron de acuerdo en que la hazaña llevaría en total unos veinte años.
“Somos tres”, pensó Till Eulenspiegel. “En veinte años pueden pasar muchas cosas. Si el rector muere, me libero del problema. Si muero yo, quién puede pedirme cuentas. Y si muere mi alumno, quedo libre de todas maneras.”
Acordaron que le pagarían mil monedas de oro cuando el burro fuera capaz de leer de corrido. Entre tanto, el maestro cobraría diez monedas de oro por cada letra que el borrico fuese capaz de reconocer.
El maestro y su alumno se fueron a la posada. Till compró un libro muy grande y metió granos de avena entre las páginas. El burro aprendió enseguida a dar vuelta las hojas con la boca y la lengua, y cuando no encontraba más avena se ponía a rebuznar: “¡Iiiii Aaaaaa! ¡Iiiiii Aaaaaaa!”.
Till fue a ver al rector de la universidad.
–Mi querido amigo, ¿quiere ver los progresos que ha hecho mi discípulo?
–Estimado profesor, ¿es que puede aprender realmente un burro?
–Se lo diré: es muy torpe como alumno y me resulta verdaderamente difícil enseñarle. Sin embargo, con mucho esfuerzo y trabajo, conseguí que reconozca algunas vocales.
Cuando el rector y un grupo de profesores llegaron, el pobre alumno estaba en ayunas desde el día anterior. En cuanto le pusieron el libro delante, empezó a pasar las hojas rápidamente buscando avena. Como no encontraba, se puso a rebuznar: “¡IIIII AAAAA IIIII AAAAA!”.
–Observen, estimados caballeros –dijo Till–, con qué claridad puede leer ya esas dos vocales: la “i” y la “a”. Es todo lo que he logrado hasta ahora, pero supongo que vamos a adelantar muy rápido.
Poco después murió el rector de la Universidad. Till liberó a su alumno y se escapó de Erfurt muy contento, con las veinte monedas oro que había ganado por enseñarle al burro sus primeras (y últimas) letras.
Olvido - César Antonio Alurralde
Busco a mi perro que lo apodamos Olvido, cuyo mote jamás recuerdo. Mi mujer le colgó del cogote un collar con la palabra Olvido para ayudarme.
Todo resultó en vano pues el perro se lo pasa en la calle. Yo en casa, y con mi falta de memoria, traté de
llamarlo por su nombre que siempre olvido, aunque de solo pensarlo, él viene.
Durmientes - Antonio di Benedetto
En su interioridad tan guardada que ni murmura lo que está soñando, en la noche para nada interrumpida en su silencio, el hombre sueña la muerte repentina de un ser querido.
La mujer, que duerme a su lado, da un grito desgarrado de pena.
El hombre despierta.
Ella sigue durmiendo, pero soñando que llora.
Amor 77 - Julio Cortázar
La montaña - Enrique Anderson Imbert
El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio.
Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del niño una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevadade la cabeza, el niño no vio a nadie.
La deuda de la tortuga - Cuento de Camerún
Mbo, la tortuga, se había quedado sin un centavo, lo que le pasaba bastante seguido. ¿Para qué cuidar algo que se podía conseguir tan fácilmente?
–Cerdo, por favor, necesito que me prestes un poco de plata.
–¡Nunca es un poco tratándose de Mbo! –le contestó el cerdo de mal humor–. ¿Y cómo puedo saber que me la vas a devolver?
Pero Mbo se lo juró por la luna y el sol, por la salud de sus hijos y por la felicidad de su mujer, se lo juró por su vida y finalmente consiguió convencerlo.
–Espero cobrar ese dinero en la próxima luna –dijo el cerdo.
Pero pasó un mes, pasaron dos, tres, y la tortuga no parecía acordarse en absoluto de la deuda.
Furioso, el cerdo decidió ir a la casa de Mbo a cobrar su dinero como fuera. Por la ventana, la tortuga vio que el cerdo gruñía de muy mal humor mientras se acercaba. En ese momento su esposa estaba moliendo maíz sobre una gran piedra.
–Querida mía, quiero que escondas la piedra y uses mi caparazón como si fuera una piedra de moler –dijo Mbo–. Cuando llegue el cerdo, no contestes a nada de lo que te diga.
Metió la cabeza y las patas para adentro y de verdad parecía una gran piedra. La señora Tortuga seguía moliendo maíz cuando el cerdo le dio un empujón a la puerta y se metió en la casa.
–Tengo que hablar con su marido, señora Tortuga –dijo el cerdo.
Pero la señora Tortuga no contestó ni sí ni no, ni aquí ni allá. Simplemente, siguió moliendo maíz como si no lo hubiera escuchado.
–Présteme atención, señora –insistió el cerdo–. Su marido se ha portado muy mal conmigo. Me pidió plata prestada hace tres lunas y no me la devolvió.
La tortuga se limitó a moler el grano con más fuerza, golpeando sobre el caparazón de su marido. Y se puso a silbar mientras trabajaba.
–¡Pero contésteme de una vez! ¡No sea maleducada! ¡Dígame ahora mismo dónde está Mbo!
La señora Tortuga seguía haciéndose la sorda y el cerdo estaba cada vez más furioso. Al final, perdió por completo la paciencia, agarró la piedra de moler sobre la que trabajaba la señora, la levantó y la tiró por la ventana, mientras gritaba como loco: –¡No se haga la idiota y contésteme de una vez lo que le pregunto!
Entonces doña Tortuga reaccionó y se puso a llorar y a gritar con desesperación.
–¡Mi piedra de moler! ¡Mi bonita piedra de moler! ¡La única que tenía, la mejor! ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a moler el maíz para la comida?
Mientras el cerdo, arrepentido de lo que había hecho, trataba de calmarla, Mbo se levantó del lugar donde había caído y entró en su casa como si viniera desde muy lejos.
–¿Qué pasa aquí? –gritó muy enojado–. ¿Por qué llora mi mujer? ¿Qué le has hecho, cerdo malvado?
–Me tiró mi piedra de moler maíz... –lloró la señora Tortuga–. ¡La levantó y la tiró por la ventana! Y yo no le había hecho nada.
–¿No le da vergüenza, señor Cerdo, comportarse así con un vecino? ¡Por algo lo llaman cerdo! Meterse en mi casa, amenazar a mi mujer, dejarme sin mi piedra de moler...
–¡Un momento! –dijo el cerdo–. Estoy seguro de que puedo devolverle la piedra que tiré.
Y salió corriendo a buscar la piedra que había arrojado por la ventana. Estaba ahí nomás, él la había visto caer.
–Más vale que la encuentre enseguida –le dijo Mbo, amenazador–. ¡Esa piedra vale mucho más que el dinero que usted me prestó!
Por supuesto, en el terreno que rodeaba la casa de las tortugas no había ni rastros de la piedra de moler. El cerdo buscó por aquí y buscó por allá, desesperado, sin entender lo que pasaba. Y sigue buscando todavía. Dicen que es por eso que todos los cerdos van arrastrando la nariz contra el suelo, como si estuvieran oliendo la tierra. Buscan la piedra de moler para poder devolvérsela a Mbo, la pícara tortuga.