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Terrible, cuando piensa uno en ello - Graham Greene

Cuando el niño me miró y guiñó los ojos desde su cesto de mimbre, depositado en el asiento frente al mío y en algún lugar entre Reading y Slough, me sentí incómodo. Era como si hubiera descubierto mi oculto interés.

Es terrible lo poco que cambiamos. Con mucha frecuencia un antiguo conocido, alguien con quien no nos hemos cruzado en cuarenta años, desde que ocupaba un pupitre lleno de cicatrices y manchado de tinta no lejos del nuestro, nos para en la calle con su inoportuna memoria. 

Ya de niños llevamos el futuro en nosotros. La ropa no puede cambiarnos, las ropas son el uniforme de nuestro carácter y nuestro carácter cambia tan poco como la forma de la nariz y la expresión de los ojos.

En los trenes mi afición ha sido siempre descubrir en los rasgos de un niño al hombre futuro, el que frecuenta los bares, el que vagabundea por las calles, el que asiste a bodas elegantes. 

Sólo hay que imaginarlo con la gorra de género o el sombrero de copa gris, el uniforme del triste, alegre o presuntuoso futuro. Pero siempre he sentido cierto desdén por los niños que he estudiado con tan superior sabiduría (ellos apenas lo notan). 

La semana pasada me sobresaltó que una criatura no sólo me pescara en plena observación, sino también que me hiciera ese gesto de entendimiento, como si participara de mi clarividencia respecto al futuro que le estaba destinado.

Su madre lo había dejado solo por unos minutos en el asiento frente al mío. Me había sonreído, con el tácito acuerdo de que cuidaría de su hijo unos instantes. Después de todo, ¿qué podía pasarle a la criatura? (Quizás ella no estuviera tan segura de su sexo como yo. Claro que ella sabía qué ocultaban los pañales, pero las formas engañan: las partes se alteran, se hacen operaciones...) Ella no podía ver lo que yo había visto: el sombrero hongo, el paraguas colgado del brazo. (Aunque no se veía ningún brazo bajo la manta estampada con conejos rosa.)

Cuando me cercioré de que la mujer había salido del vagón, me incliné sobre el cesto y le hice una pregunta. Nunca había ido tan lejos en mis indagaciones.

-¿Qué quieres tomar?
Sus labios produjeron una firme pompa blanca, parda en los bordes. No había la menor duda de su respuesta: «Un vaso de la mejor cerveza».
-Hace mucho que no te veo... ya sabes... en el lugar de siempre.

Sonrió, haciendo estallar la pompa. Después volvió a hacerme un guiño. Sin duda decía: « ¿Otra más?».
A mi vez, hice una pompa. Hablábamos el mismo lenguaje.
Volvió la cabeza ligeramente a un lado. No quería que nadie oyera lo que iba a decirme.
-¿Sabes algún soplo?

Mi pregunta no debe interpretarse mal. Yo no buscaba información sobre las carreras. Desde luego no podía verle el cuerpo bajo la manta con los conejos rosa pero sabía perfectamente bien que llevaba chaleco cruzado y que no tenía nada que ver con las pistas. Su madre podría regresar en cualquier momento, de modo que dije rápidamente:
-Mis corredores de bolsa son Druce, Davis y Burrows.
Me miró con ojos inyectados. En la comisura de los labios empezó a formársele una línea de saliva.
-Oh, ya sé que no son tan buenos. Pero en este momento me recomiendan que compre Grandes Almacenes.

El niño dio un chillido de dolor. Podría creerse que se debía al aire pero yo sabía que no. En su club no servían mejunjes.
-Te advierto que no estoy de acuerdo -dije.
Dejó de quejarse, hizo otra pompa, una resistente pompa que persistió en sus labios.
Entendí en seguida lo que quería decirme.
-Es mi ronda -dije-. ¿Qué te parece si pedimos algo fuerte?
Asintió.
-¿Whisky?
Sé que muy pocos podrán creerme, pero levantó un poco la cabeza y sin lugar fijó la mirada en mi reloj.
-¿Un poco temprano? -dije-. ¿Una ginebra con angostura?

No necesité esperar su respuesta.
-Sírvalas bien grandes -dije al imaginario camarero.
El niño hizo estallar la pompa, de modo que agregué:
-Suprima la angostura.
-Bueno -dije-, aquí tienes. A tu salud.
Sonreímos satisfechos.
-No sé que me aconsejarás -dije-. Pero las acciones de Tabacos están muy bajas. Cuando pienso que las de Imps estaban a 80 a comienzos del treinta y ahora se pueden conseguir a menos de 60... Este miedo al cáncer no puede seguir. La gente tiene derecho a divertirse.

Al oír la palabra «divertirse» volvió a hacerme un guiño, miró cautelosamente alrededor y comprendí que quizás había seguido una pista equivocada. Después de todo, no era del mercado de valores de lo que quería hablar.
-Ayer me contaron uno muy bueno... -dije-. Un hombre sube al metro y ve a una muchacha muy bonita con una media arrugada...
Bostezó y cerró los ojos.
-Lo siento -dije-. Creí que era nuevo. Cuéntame uno tú.

¿Saben ustedes que el condenado estaba dispuesto a complacerme? Pero pertenecía a la escuela de los que se divierten con sus propios chistes y cuando trató de hablar, sólo consiguió reírse. Rió, hizo un guiño, volvió a reírse... Sin duda era un chiste muy bueno. 

Hubiera podido comer fuera de casa durante semanas gracias a su comicidad. Agitó las piernas en el cesto; hasta trató de sacar las manos de la manta con los conejos rosa. Al fin cesó su risa. Casi lo oí decir: «Te lo contaré después, amigo».

La madre abrió la portezuela del compartimiento.
-Ha estado entreteniendo al niño... ¡Qué amable! ¿Le gustan los niños?

Me miró con tal expresión -pequeñas arrugas de ternura en torno a la boca y los ojos- que estuve a punto de contestarle con la cordialidad e hipocresía previsibles, pero me contuvo la mirada implacable del niño.
-Bueno, en realidad no me gustan -dije.
Seguí divagando y perdiendo todas mis oportunidades ante esos ojos azules y cristalinos.
-Es que nunca tuve un hijo... Pero los peces me gustan mucho.

Supongo que, en cierto modo, tuve mi recompensa. El niño produjo toda una serie de pompas. Estaba satisfecho; después de todo, un tipo no se insinúa a la madre de otro tipo sobre todo cuando pertenece al mismo club... Porque de repente supe sin lugar a dudas a qué club pertenecería él dentro de veinticinco años. «Otra ronda para todos; invito yo», decía ahora, evidentemente, el niño. Pero yo esperé que no me quedaran tantos años de vida.

Venganza - Juan José Hernández

Todas las noches, antes de acostarse, ordena su colección de objetos preciosos: una araña pollito sumergida en formol, un talismán de hueso que tiene la virtud de curar los orzuelos, un mono de chocolate, recuerdo de su último cumpleaños, y la famosa medalla de su tío, que los chicos del barrio envidian: Alfonso XII al Ejército de Filipinas. Valor, Disciplina, Lealtad.

Su tío la llevaba de adorno, colgada del llavero, pero él insistió tanto que acabó por regalársela. Con su abuela las cosas son más complicadas. En vano le ha pedido aquella piedra que trajo de la Gruta de la Virgen del Valle, el año de su peregrinación a Catamarca. Durante un tiempo agotó sus recursos de nieto predilecto para conseguirla: se hizo cortar el pelo, aprendió las lecciones de solfeo. Su abuela persistió en la negativa. Ni siquiera pudo conmoverla cuando estuvo enfermo de sarampión y ella se quedaba junto a la cama, leyéndole.

Una tarde, mientras bebía jugo de naranja, interrumpió la lectura y volvió a pedirle la piedra de la Virgen. Su abuela le dijo que no fuera cargoso, que se trataba de una piedra bendita y que con reliquias no se juega. El chico, enfurecido, derramó el jugo de naranja sobre la cama. La abuela pensó que lo había hecho sin querer.

Unos días después de este incidente, el chico abandonó la cama y cruzó a la casa de enfrente, donde vive la abuela. Tiene el propósito de sentarse en la silla de hamaca, cerca de la pajarera principal, y terminar Robinson Crusoe. Se siente débil y el médico ha recomendado que lo hagan tomar un poco de sol, por las mañanas. La casa de la abuela está llena de pájaros y plantas.

En los patios hay jaulas de alambre tejido con cardenales y canarios; a lo largo de las paredes, casales de pájaros finos seleccionados para cría; en el jardín del fondo, pajareras de mimbre con reinamoras. Tupidos helechos desbordan los macetones de barro cocido, y toda la casa es fresca, manchada y luminosa, como con luz cambiante de tormenta. 

Dentro de las habitaciones, la abuela, dos veces viuda, se consagra al recuerdo de sus maridos y a sus santos de siempre. San Roque y su perro, amparado por un fanal de vidrio, goza de la mayor devoción. Lamparitas de aceite arden todo el tiempo sobre la mesa que sirve de altar; flores de papel y un escapulario bordado en oro, con un corazón en llamas, completan la sencilla decoración.

Allí también está la piedra de la Virgen, brillante de mica y de prestigio.

Sentado en la silla de hamaca, el chico mira a su abuela, que ayudada por la criada riega las plantas, corta brotes malsanos y cambia el agua de las pajareras.

Tiene entre las manos Robinson Crusoe, pero no lee. Piensa en la piedra que nunca será suya, en la negativa odiosa de la abuela. No ha vuelto a hablarle del asunto desde la tarde en que derramó el jugo de naranja sobre la cama. Imposible robársela. Es una piedra bendita. Y quién sabe si al intentar hacerlo no cae fulminado por un rayo como se cuenta de Uzza, en la Historia Sagrada, que tocó el Arca de Dios. 

El chico quiere leer y no puede. Observa la pajarera principal cuyo techo, de lata verde, imita el de una pagoda china. La abuela y la criada están distraídas regando las hortensias del jardín del fondo. Entonces se incorpora sin hacer ruido y abre una puerta de la pajarera. El primer canario vacila, desconfía, trina, y de pronto echa a volar. Los demás, siguiendo el ejemplo, huyen alborotados hacia los árboles del vecino.

Kitty descubre su poder - Paula Harrison

 Al día siguiente, cuando Kitty se despertó, su madre le estaba apartando el pelo de la cara. Se sorprendió al ver que estaba en el asiento junto al alféizar de la ventana y no en la cama. Entonces recordó todo lo que había pasado la noche anterior. Miró hacia la ventana abierta, pero el gatito ya no estaba allí. 

—Buenos días, Kitty —la saludó su madre—. Parece que anoche viviste una aventura. 

Kitty miró su traje de superheroína.

 —¡Fue increíble! Un gato que se llama Fígaro vino buscándote. Era una emergencia, así que fui a ayudar yo en tu lugar. 

—¿Te hago el desayuno y me lo cuentas todo? —dijo su madre. 

—¡Ay, sí, por favor! Pero… —Kitty se asomó afuera con la frente arrugada—. ¿Ves por ahí a un gatito anaranjado? Cuando me fui a dormir estaba aquí, en el alféizar. 

Apartó la manta, se asomó por la ventana y escuchó con atención. Solo se oían los cantos de los pajaritos y los coches que pasaban por la calle. A Kitty se le cayó el alma a los pies. Habría querido cuidar al gatito anaranjado porque no tenía hogar. Ojalá se hubiera atrevido a entrar.

—Igual sigue por aquí cerca —dijo su madre—. ¿Por qué no sales a llamarlo?

Kitty salió por la ventana y trepó al tejado. El sol brillaba cálido y en el cielo azul claro flotaban unas pequeñas nubes. Kitty se detuvo al llegar a la cresta del tejado y gritó: —Hola, ¿sigues por ahí?

Al principio no respondió nadie. Luego, una carita atigrada y bigotuda asomó tras una chimenea. 

Se le iluminaron los ojos cuando vio a Kitty. 

Pero retrocedió, nervioso. 

La madre de Kitty, que la había seguido, susurró:

 —¿Es un gatito tímido lo que tenemos aquí?

 —Creo que está nervioso porque hasta ahora siempre ha vivido solito —explicó Kitty—. Anoche no quería entrar. No está acostumbrado a tener casa.

 —¡Ya veo! —Su madre arrugó la frente, pensativa—. Bueno, pues si él no quiere venir con nosotras, quizá deberíamos ir nosotras con él. Ven a ayudarme con las cosas del desayuno, Kitty. 

Entre las dos prepararon un montón de tortitas doradas. Olían tan bien que a Kitty se le hizo la boca agua.

Las sacaron al tejado con una jarra de zumo de naranja recién hecho.

Y también llevaron pescado fresco por si el gatito tenía hambre. 

Extendieron la manta de Kitty en el tejado, junto a la chimenea.

 Kitty echó un chorrito de miel en una tortita y le dio un mordisco. 

—¡Mmm! Al aire libre todo sabe mejor. 

—La verdad es que sí —dijo su madre, riendo. 

—Me pregunto si el pescado también estará bueno —dijo Kitty, mirando hacia la chimenea.

La carita del gato asomó de nuevo y agitó la nariz al olor del desayuno. Se acercó tímidamente al bol de pescado. 

—Buenos días —sonrió Kitty—. Espero que tengas hambre. 

—Buenos días. —El gatito anaranjado meneó la colita tímidamente y luego mordisqueó un poquito de comida—. Este pescado está riquísimo. 

—¿Alguien ha dicho pescado? —Fígaro apareció de un salto en el tejado y se detuvo para limpiarse el refinado pelaje blanco y negro—. ¡Espero que haya también para mí!

Katsumi, que venía detrás, meneó su elegante cola. 

—¿En serio, Fígaro? ¡No deberías autoinvitarte si la comida es de otro!

Misi, que llegó la última, olisqueó el aire. El sol relucía en su sedoso pelaje blanco. 

—Es verdad que huele genial. ¡Me siento como si hubiese llegado a un espléndido banquete!

Katsumi inclinó la cabeza ante Kitty y su madre. 

—Disculpad que interrumpamos vuestro desayuno. Solo veníamos a dar los buenos días y a agradecer a Kitty que nos ayudara anoche. 

—Buenos días —sonrió su madre—. Os invitamos a desayunar con nosotras. Tenemos pescado de sobra en la nevera.

—¡Muy amables! —exclamó Fígaro, y Katsumi y Misi también murmuraron sus agradecimientos. 

La madre de Kitty entró de nuevo y volvió con otros tres boles de comida.

 El gatito anaranjado se terminó el desayuno y relamió el cuenco con su pequeña lengua rosa. 

—¡Estaba delicioso! 

Se acercó tímidamente a Kitty y se hizo un ovillo en su regazo. 

Kitty sonrió y le acarició el pelo con suavidad.

 —Buenos días. —El padre de Kitty subió a Max al tejado—. ¿Eso que huelo son tortitas?

En unos segundos, estaban todos desayunando y comentando la aventura de Kitty la noche anterior. Fígaro se encargó de recordarles a todos que había sido idea suya ir a buscar a Kitty. 

—Estaba convencido de que los superpoderes felinos de Kitty eran lo que necesitábamos —le dijo a todo el mundo. 

Kitty se sonrojó. 

—Yo no me creía capaz… ¡Pero cuanto más lo intentaba, más fácil me resultaba!

—Estoy muy orgullosa de ti, Kitty. —Su madre sonrió antes de volverse hacia el gatito anaranjado—. ¿Y a ti te gustaría vivir con nosotros? Tenemos un montón de sitio en casa, y nos encantaría que te quedaras. Seguro que es mucho mejor que dormir ahí fuera, en una puerta. 

A Kitty le dio un vuelco el corazón. Esperaba que a su familia le gustara tanto aquel gatito como a ella. Contuvo el aliento, esperando su respuesta.

 —¿De verdad queréis que me quede? ¿No solo un día, sino para siempre?

—¡Sí, por favor! —Kitty le acarició entre las orejas—. Y creo que deberíamos ayudarte a elegir un nombre. —Arrugó la frente, intentando pensar—. ¿Qué te parece «Mandarino»? Te queda bien, porque tienes un pelo naranja precioso.

—¡Me encanta el nombre! ¿De verdad os parece que me pega?

—¡Es perfecto! —le dijo Katsumi. 

Mandarino frotó la carita contra Kitty cuando ella lo abrazó con todas sus fuerzas, notando su suave pelo contra la mejilla. 

—Creo que, algún día, dentro de no mucho, me gustaría vivir otra aventura a la luz de la luna —dijo Mandarino. 

—¿Seguro? ¿No te va a dar miedo la oscuridad? —le preguntó Kitty.

Mandarino se lo pensó. 

—Igual un poquito, pero es mucho más fácil ser valiente cuando estoy contigo. 

Kitty lo abrazó fuerte. ¡Se alegraba tanto de haber encontrado a Mandarino! ¡Y también se moría de ganas de vivir otra aventura!

Una foto - Milia Gayoso

Vestido rojo y botas de lluvia. Cuatro años y mi peso sobre sus rodillas. La foto en blanco y negro debió ser descrita una y otra vez, para que fueran satisfechas mis curiosidades sobre el color de mi indumentaria. Piqué rojo. ¿Qué es piqué, mamá?
Seguramente llovió aquel día, por eso también él tenía botas de goma, pero altas y negras que le permitían entrar en el río para acomodar sus canoas. Olvidé preguntar por el color de las mías. ¿Serían las grises? ¿Las celestes? ¿La amarilla y roja? Posiblemente me hayan puesto la amarilla con patos rojos y un par de nubecitas sin color.
Los dos sonreíamos. Mi cara redonda como una toronja, y sus ojos verdes que eran puro hechizo. (¿Habrás dejado un rato tu trabajo para venir a mimarme abuelo?) Quizás llovía mucho y no había pasajeros.
Me parece oler los buñuelos fritos bajo el galpón del fondo. Puedo verla a ella sentada en su silleta más grande que la mía con infinita paciencia dando vuelta una y otra vez a sus redondas bolitas de harina, huevo casero, azúcar y limón rallado, que luego bañará en azúcar morena y llevará a la mesa con su cafetera enlozada de color verde, exhalando el exquisito olor a cocido quemado.
Miro la foto y creo escuchar el golpeteo de las olas, en la costa del río y el salto de los peces festejando la caída de más agua. ¿Quién nos sacó la foto? Quizás algún fotógrafo viajero con su máquina vieja con manivela y caja oscura y misteriosa. ¿Quién me puso la ropa? Veo a mamá adolescente arreglándome el pelo y limpiando el barro de mis botas, para que no se viera en la foto.
E imagino a abuela corriendo desde el fondo a la sala, para ver a su «princesa» posando sobre el trono. Mirándonos con esa ternura tan honda que transmitían sus ojos, mirándonos feliz, mientras sus buñuelitos se quemaban en la paila.

Unos asesinatos muy reales - Charlaine Harris

Me desperté con una sonrisa. Me llevó un momento recordar por qué, pero al recordarlo la sonrisa se amplió. Se habían terminado los asesinatos. Durante el sueño me había convencido de que Benjamin había confesado porque lo había hecho y deseaba la atención y la infamia al precio que fuese, por mucho que también las hubiese deseado aunque no lo hubiese hecho. Después de todo, había anunciado su candidatura a la alcaldía y eso debió de haberle dado cuerda para rato. Era viernes, no tenía que ir al trabajo esa tarde, Phillip iba a venir y estaba interesada en dos hombres, aunque lo mejor es que ellos también lo estaban en mí. ¿Qué más podía pedir una bibliotecaria de veintiocho años?

Me acicalé con mucho cuidado, me divertí con la sombra de ojos y me puse la blusa y la falda más alegres que pude encontrar. Era un conjunto indudablemente primaveral, blanco con flores amarillas, y me dejé el pelo suelto con una cinta amarilla que lo mantenía hacia atrás.

Tomé un copioso desayuno, con cereales, tostadas e incluso un plátano, y recorrí el camino hacia el coche canturreando.

—Estás cantarina esta mañana —dijo Bankston, que estaba vestido con un traje muy sobrio, muy adecuado para un banquero. Él también sonreía y recordé que había visto el coche de Melanie salir de su aparcamiento esa mañana muy temprano.

—¡Y tengo buenas razones! Puede que no lo hayas oído todavía, pero alguien ha confesado ser el asesino.

—¿Quién? —preguntó Bankston después de quedarse mirándome un instante.

—Benjamin Greer. —En ese momento me pregunté tardíamente si no estaría traicionando una confidencia. Pero recuperé la seguridad al recordar que Arthur no me había dicho que guardara ningún secreto, y yo tampoco le había dicho que haría tal cosa. Además, ya se lo había dicho a Robin, quien me lo habría sacado de todos modos si, después de colgar a Arthur, me hubiese negado a contarle nada. Un momento; tenía que dejar de decirme cosas tan exageradas.

Bankston estaba pasmado.

—Pero ¡si la semana pasada se pasó por el banco para pedir un préstamo para la campaña de su candidato! Lo siento, no debí mencionarlo. Era una transacción privada, cosas del banco. Pero es que estoy… alucinado.

—A mí me pasó lo mismo —le aseguré.

—Bueno, bueno, tendré que hacer una parada y contárselo a Melanie —dijo tras un instante de meditación—. Será todo un alivio para ella. Lo ha pasado muy mal desde que encontraron el bolso de la señora Wright en su coche.

Claro. Ser declarada mártir en la iglesia y que te hagan una propuesta de matrimonio es muy duro. Pero estaba demasiado contenta como para envidiar a Melanie; había salido un par de veces con Bankston y no lo tenía precisamente en una bandeja de plata, como solía decir mi madre.

Mi madre. Ella también debía ser partícipe de las buenas noticias. La llamaría hoy mismo. Le encantaría que se refiriesen a ella como «lo peor del capitalismo». Un golpe duro que encajar después del trabajo duro y la lucha que había tenido que mantener durante los primeros años del negocio, aunque, por aquel entonces, contaba con la presencia de mi padre para recargar las pilas. Él no se fue hasta que mi madre estuvo bien encarrilada en la senda del éxito. Me sorprendí derivando hacia pensamientos negativos y me forcé a rectificar rápidamente. La alegría era la nota del día.

En el trabajo, todos los bibliotecarios y los voluntarios parecían conocer ya las buenas noticias y yo había vuelto al redil. Lillian había vuelto a ser la maliciosa de siempre, lo que resultaba casi reconfortante. Sam Clerrick emergió de sus tablas, gráficos y presupuestos para darme una palmada en el hombro al pasar junto a mí. Me dediqué a estampar tarjetas vigorosamente, recibía el dinero de los préstamos prolongados con una sonrisa en vez de la típica desaprobación inexpresiva y colocaba los volúmenes con precisión. La mañana no pasó rápidamente, sino que brincó como nunca lo había hecho.

El teléfono sonó un par de veces mientras comía mi almuerzo recalentado en el microondas y hojeaba una enciclopedia de los asesinatos del siglo XX. Tenía la irritante sensación de que alguien, en algún momento, había mencionado algo interesante en lo que me apetecía ahondar, nombres a los que me apetecía dar vueltas, y pensé que zambullirme en un libro me serviría. Pero el teléfono acabó con esa chispa incipiente.

El primero en llamar fue mi padre, que siempre empezaba con un «¿Qué tal está mi muñequita?».

Detestaba llamarme Roe y yo odiaba que me llamase muñequita. No habíamos encontrado un punto de encuentro.

—Estoy bien, papá —dije.

—¿Sigues queriendo que vaya Phillip? —preguntó, ansioso—. Ya sabes, si estás alterada con todo lo que ha pasado en Lawrenceton últimamente, puede quedarse en casa.

De fondo podía oír a Phillip interrumpiendo sin parar:

—¿Puedo ir, papá? ¿Puedo ir?

—Parece que todo ha terminado —le conté, contenta.

—¿Han arrestado a alguien?

—Alguien ha confesado, más bien. Estoy segura de que todo volverá a la normalidad —dije. Quizá no estuviera tan segura. Pero de lo que no albergaba dudas era de que yo sí que iba a volver a la normalidad. Y me apetecía ver a mi hermano pequeño.

—Vale, pues entonces lo llevaré sobre las cinco —indicó mi padre—. Betty Jo te manda un beso. Te estamos muy agradecidos.

No estaba muy segura del beso de Betty Jo, pero sí de que apreciaban poder pasar libres todo un fin de semana con una niñera fiable como yo cuidando de su hijo.

La siguiente llamada fue de mi madre, por supuesto. Aún debía de tener algún tipo de vínculo psíquico con mi padre, porque siempre que él me llamaba, ella no tardaba ni una hora en hacer lo propio. Ella era como Lauren Bacall y él como Humphrey Bogart: un tipo feo con un carisma que le salía por las orejas. Y, bendito sea, no parecía en absoluto consciente de ello. Pero ese carisma seguía emitiendo ondas alfa o algo hacia mi madre.

Sabía que debía de estar ya al tanto de la confesión de Benjamin, y así era. También sabía que Benjamin había dicho que Morrison Pettigrue estaba detrás de los bombones. Tenía sus dudas.

—¿Cómo iba a saber Morrison Pettigrue nada de los bombones Mrs. See’s? —preguntó—. ¿Cómo iba a saber que siempre me como los de crema?

—No tenía por qué saber que solo te comes esos —señalé—. Es imposible meter matarratas en los rellenos de nuez.

—Es verdad —admitió—. Pero me sigue costando creerlo. Apenas nos conocíamos. Coincidí con él en alguna reunión de la Cámara de Comercio, si mal no recuerdo, y hablamos de la necesidad de más aceras en el centro. Fue una conversación cordial y en ese momento no dio la sensación de pensar que yo era una especie de sanguijuela que vive a costa de los demás, o lo que sea.

Pero si Benjamin mentía sobre lo de los bombones, podía estar mintiendo sobre otras cosas también. Solo deseaba que dijera la verdad y nada más que la verdad.

—Será mejor que lo archivemos hasta que conozcamos más detalles —sugerí—. Quizá acabe diciendo algo que dé sentido a todo esto.

—Tu hermano… ¿aún pasará el fin de semana contigo? —me preguntó en uno de sus inesperados giros.

Suspiré en silencio.

—Sí, madre. Papá lo traerá sobre las cinco y se quedará conmigo hasta la noche del domingo. —Evitar a Phillip habría estado por debajo de la dignidad de mi madre, pero después de coincidir un par de veces con él, solía mantenerse apartada el tiempo que pasaba en mi casa.

—Bueno, pues ya hablaremos —dijo. Estaba segura de ello. Le pregunté por el negocio y se puso a hablar de él unos minutos.

—¿Seguís pensando en casaros John y tú? —pregunté.

—Lo estamos hablando. —Había una sonrisa en su voz—. Prometo que serás la primera en saberlo cuando decidamos algo definitivo.

—Así me gusta —dije—. Me alegro mucho por vosotros.

—He oído que tienes un nuevo novio —señaló mi madre, lo cual, bien pensado, me parecía una progresión lógica en la conversación.

—¿De cuál has oído hablar? —pregunté. Era incapaz de resistirme.

En alguien más joven que mi madre, habría considerado el ruido que hizo como una risita de deleite. Colgamos con una recarga de cariño mutuo y volví al trabajo con la indudable sensación de que la vida me volvía a sonreír.

 

 

El «novio» de mi madre, John Queensland, vino a la biblioteca esa tarde mientras me encontraba en el mostrador de préstamos. Me di cuenta entonces de que era todo lo contrario que mi padre: un maduro atractivo que rezumaba la misma reserva y dignidad que mi madre. Hacía tiempo que había enviudado, pero seguía viviendo en la gran casa de dos pisos que había compartido con su esposa y dos hijos, los cuales ya tenían su propia descendencia. Eran de mi quinta, me recordé amargamente.

Mientras él hojeaba dos biografías serias de gente famosa, comentó que alguien había irrumpido en su garaje en las últimas tres semanas.

—Ya no lo uso. Aparco detrás de la casa. El garaje está lleno de los cacharros de los chicos. No consigo que decidan qué hacer con todos esos trastos. —Sonaba más a padre feliz que a queja—. Pero, bueno, fui a buscar mis viejos palos de golf porque había pensado echar unos hoyos con Bankston, ahora que empieza a mejorar el tiempo, pero alguien se ha colado y me los ha robado.

Dado que John formaba parte de Real Murders, estaba segura de que había hallado un significado a ese robo. Le comenté lo de Gifford Doakes y su hachuela (por sorprendente que parezca, no tenía noticia del asunto) y dejé que sacase sus propias conclusiones.

—Sé que Benjamin Greer ha confesado —le dije—, pero es una prueba que la policía podría necesitar. Creo que con una confesión no basta.

—Creo que me pasaré por la comisaría cuando vuelva a la oficina —aseguró John, pensativo—. Será mejor que informe sobre los palos. Se llevaron toda la bolsa, y es un conjunto de los que no pasan desapercibidos. Siempre que mis hijos viajaban a alguna parte le pegaban una pegatina de donde hubiesen estado. Una broma familiar. —Y, sumido en su abstracción, John salió de la biblioteca. Pensé en Arthur y lancé un suspiro. Me preguntaba cómo se tomaría este otro imprevisto.

Palos de golf. Quizá ya los habían utilizado. Quizá los habían usado con Mamie. Jamás se halló el arma de ese crimen, al menos que yo supiera. Puede que Benjamin pudiera contarle a la policía dónde estaban.

Me dejé rondar por la idea hasta llegar a casa y ver el coche de mi padre aguardando frente al apartamento. Mientras saludaba a mi padre y daba un abrazo a mi hermanastro, me conjuré para no pensar en los asesinatos durante un par de días. Me apetecía disfrutar de la compañía de Phillip.

Phillip está en primero y puede ser tan divertido como exasperante. Es capaz de comerse cinco cosas con entusiasmo, cinco cosas nutritivas, quiero decir. (Cualquier alimento sin valor nutritivo es perfectamente válido para él). Afortunadamente para mí, unas de esas cosas son la salsa de espaguetis y la tarta de nueces, aunque tampoco se puede decir que ninguno de los dos sean alimentos precisamente saludables.

—¡Roe! ¿Vamos a cenar espaguetis esta noche? —preguntó, entusiasta.

—Claro —dije con una sonrisa. Me incliné y le di un beso antes de que pudiera añadir: «¡Puaj! ¡No me beses!».

Me devolvió un besito fugaz y se fue corriendo a por su maleta y, lo más importante, una bolsa de basura llena de sus juguetes esenciales.

—Los pondré en mi habitación —le dijo a mi padre, que sonreía con indisimulado orgullo paterno.

—Hijo, me tengo que ir —contestó mi padre—. Mamá está como loca por llegar donde tenemos que ir. Pórtate bien con tu hermana mayor y haz lo que te mande sin causar problemas.

Phillip, que escuchaba a medias, farfulló un «Vale, papá» y fue a colocar sus cosas.

—Bueno, muñequita, eres un cielo por hacer esto —me dijo mi padre cuando desapareció Phillip.

—Él me gusta —confesé honestamente—. Me encanta pasar unos días con él.

—Aquí tienes los números donde podrás localizarnos —advirtió sacándose una hoja de bloc de notas del bolsillo—. Si surge un problema, cualquier cosa, llámanos inmediatamente.

—Vale, vale —lo tranquilicé—. No te preocupes. Pasadlo bien. Nos vemos el domingo por la noche.

—Eso es. Deberíamos llegar alrededor de las cinco o las seis. Si vemos que vamos a tardar, te llamo. No te olvides recordarle sus oraciones. Oh… Si le da fiebre o algo, aquí tienes una caja de aspirina infantil masticable. Debería tomarse tres. Y hay que ponerle un vaso de agua en la mesilla por la noche.

—Me acordaré. —Nos abrazamos y se metió en su coche con una sonrisa asimétrica y un saludo descuidado que difícilmente podría olvidar cualquier mujer. Observé cómo salía del aparcamiento y oí a Phillip que gritaba desde el interior:

—¡Roe! ¿Tienes galletas?

Le hice un par de sándwiches de galleta horribles que decía que eran sus favoritos. Satisfecho, salió con su bolsa de juguetes, dejando los de «interior» en mi cocina comedor.

—Seguro que quieres ponerte a cocinar, así que me salgo a jugar fuera —dijo seriamente.

Pillé la indirecta y me puse manos a la obra con la salsa de espaguetis.

La siguiente vez que miré por la ventana para vigilar, vi a través de mi patio abierto que Phillip ya se había incautado de Bankston para que jugase con él al béisbol en el aparcamiento. Phillip despreciaba abiertamente mi habilidad con ese deporte, pero Bankston gozaba de su aprobación. Este se había desprendido de la chaqueta del traje y la corbata a la primera de cambio, y no parecía en absoluto tan estirado mientras lanzaba la pelota hacia el bate de Phillip. Ya habían jugado durante otras visitas de mi hermanastro, y Bankston nunca lo consideró una imposición.

Cuando Robin llegó a casa, también fue reclutado para el juego, e hizo de cácher para Phillip hasta que llamé desde la ventana de la cocina que daba al patio para anunciar que la cena estaba lista.

—¡Yuju! —gritó Phillip, dejando su bate apoyado contra la pared del patio. Me encogí de hombros hacia sus abandonados compañeros de juego y le susurré a Phillip:

—Da las gracias a Bankston y a Robin por la partida.

—Gracias —dijo Phillip, obediente, antes de sentarse corriendo en mi pequeña mesa de cocina. Atisbé la coronilla de Melanie cuando Bankston entró en casa.

—Luego nos vemos para probar esa tarta de nueces. Me encanta tu hermano pequeño —indicó Robin mientras entraba por la puerta de su patio. Me sentí feliz y orgullosa por tener un hermano tan encantador, aunque también tuvo que ver la sonrisa de Robin, que sin duda iba por un lado más personal.

Durante los siguientes veinte minutos estuve ocupada asegurándome de que Phillip usara la servilleta, pronunciara sus oraciones y comiera al menos un poco de verdura. Contemplé con cariño un cabello marrón claro en eterna rebelión y sus observadores ojos azules, tan diferentes de los míos. Entre bocados de espaguetis y pan de ajo, Phillip me contó una larga e intrincada historia sobre una pelea en el patio del colegio entre un chico que sabía karate y otro que tenía toda la colección de vehículos de los G. I. Joe. Le escuché con una oreja, permitiendo que el resto de mi mente se centrara cada vez más en la molesta sensación de que algo se me escapaba. Me estaba olvidando de algo. ¿O es que había visto algo? Fuese lo que fuese ese «algo», necesitaba recordarlo.

—¡Mi pelota de béisbol! —gritó Phillip de repente.

Había captado toda mi atención. El grito, emanado de su garganta sin previo aviso mientras me contaba las medidas que había tomado el director con los dos contrincantes del patio escolar, me había puesto el corazón en la garganta.

—Pero, Phillip, ya ha oscurecido —protesté cuando salió disparado de su silla hacia la puerta. Traté de recordar si alguna vez lo había visto caminar sin más, y decidí que ocurrió una vez, cuando apenas tenía doce meses—. Toma, al menos llévate la linterna.

Logré encajarla en su mano únicamente porque le encantaban las linternas e hizo la pausa indispensable para que la cogiera de uno de los armarios de la cocina.

—¡Y trata de recordar dónde la viste la última vez! —grité tras él.

Había terminado de cenar mientras Phillip me relataba su interminable historia, así que limpié el plato y lo dejé en el lavavajillas (Robin llegaría en poco tiempo y quería adecentar el lugar). Los platos de postre ya estaban fuera, todo estaba listo, así que, mientras aguardaba el triunfal regreso de Phillip con su pelota, me quedé mirando distraídamente las estanterías, recolocando algunos libros que estaban desordenados. Contemplé los títulos de todos esos volúmenes que trataban sobre personas malas, locas o enloquecidas, hombres y mujeres cuyas vidas habían sobrepasado la delgada línea que separa a los que pueden pero no lo hacen de los que pueden y lo hacen.

Phillip llevaba mucho tiempo fuera; podía oírlo en el aparcamiento.

Sonó el teléfono.

—¿Sí? —dije abruptamente por el auricular.

—Roe, soy Sally Allison.

—Qué…

—¿Has visto a Perry?

—¿Cómo? ¡No!

—¿Te ha… estado siguiendo más?

—No…, al menos no me he dado cuenta si así ha sido.

—Él… —Sally no pudo seguir.

—¡Venga, Sally! ¿Qué ha pasado? —pregunté sin paños calientes. Observé por la ventana de la cocina, deseando ver el destello de la linterna parpadeante a través de las rejillas de la valla del patio. Recordé la noche que había visto a Perry al otro lado de la calle, aguardando en la oscuridad a que Robin me trajera a casa. Estaba aterrada.

—Hoy no se ha tomado la medicación. No ha ido al trabajo. No sé dónde está. Creo que ha tomado más de esas pastillas.

—Entonces llama a la policía. ¡Consigue que se pongan a buscarlo, Sally! ¿Qué pasa si está aquí? ¡Mi hermano pequeño acaba de salir solo en la oscuridad! —Colgué el teléfono con un golpe histérico. Aferré mi enorme llavero con la idea de coger el coche y registrar los alrededores de la manzana y saqué otra linterna que también guardaba.

Era culpa mía. Alguien en la oscuridad se había llevado a mi hermano pequeño, un niño de seis años, y era culpa mía. Oh, Dios bendito, Señor de los cielos, protégelo.

Dejé la puerta de atrás abierta de par en par, la luz del interior atravesando la honda penumbra de fuera. La puerta del patio estaba abierta; Phillip nunca se acordaba de cerrarla. Su bate estaba apoyado a un lado, tal como lo había dejado para venir a cenar.

—¡Phillip! —aullé. Entonces pensé que quizá sería mejor guardar silencio y optar por el sigilo. Presa del frenesí, apunté con la linterna de un lado a otro. A pocos metros, un coche encendió el motor y abandonó su lugar de aparcamiento. A medida que avanzaba, vi que se trataba de Melanie en el coche de Bankston. Ella sonrió y me saludó con la mano. Abrí la boca para decir algo, pero no me salieron las palabras. ¿Cómo era posible que no me oyera gritar?

Pero no podía razonar en ese momento. Seguí avanzando y barriendo el suelo con el haz de luz sin ver nada, nada en absoluto.

—¿Qué te pasa, Roe? ¡Iba de camino a tu casa! —me abordó Robin desde la oscuridad.

—¡Phillip ha desaparecido, alguien se lo ha llevado! ¡Salió a buscar su pelota de béisbol en la oscuridad y no ha vuelto!

—Voy a por una linterna —dijo Robin inmediatamente. Se volvió para dirigirse hacia su teléfono. Sin dejar de moverse, me habló por encima del hombro—: Oye, no será de los que se divierten escondiéndose, ¿no?

—No lo creo —contesté. Me hubiera encantado pensar que Phillip estaba riéndose de nosotros detrás de un arbusto, pero estaba segura de que no era así. No sería capaz de estar escondido durante tanto tiempo en la oscuridad. Habría saltado de su escondite mucho antes para darnos el susto, iluminando su cara con una sonrisa de triunfo—. Escucha, Robin, pregunta a los Crandall si han visto al niño y llama a la policía. La madre de Perry Allison acaba de llamar para decirme que su hijo anda suelto por alguna parte. No creo que ella llame a la policía. Voy a buscar en el jardín delantero.

—Vale —asintió Robin brevemente antes de desaparecer en su casa.

Avancé rápidamente por la oscuridad (que ya era absoluta), únicamente precedida por el haz de luz de la linterna. De vez en cuando me detenía, hacía un barrido con la linterna y seguía avanzando. Pasé por la verja de los Crandall y no encontré nada. Abrí la puerta exterior de Bankston. La luz delató algo en el patio.

La pelota de Phillip.

Oh, Dios, había estado allí todo el tiempo, no era de extrañar que Phillip no la encontrase. Probablemente Bankston la había cogido en el aparcamiento para devolvérsela a Phillip a la mañana siguiente.

Levanté la mano para llamar a la puerta trasera de Bankston y la detuve a medio camino. Pensé en Melanie saliendo del aparcamiento de forma tan extraña. No cabía duda: tenía que haber escuchado el grito.

Y le había dicho a Phillip que pensase dónde había visto la pelota por última vez. Claro, la había visto en la mano de Bankston.

¿Estaba Bankston tumbado y escondido en su coche? ¿Estaba encima de Phillip para no delatar su presencia?

Se había encontrado un largo cabello marrón en casa de los Buckley. Benjamin no tenía el pelo largo y marrón. El suyo era ralo y rubio. Como el de Bankston. Era de mediana altura, como Bankston, y su cara era redonda. Como la de Bankston. Era a Bankston a quien había visto la joven madre del callejón, no a Benjamin Greer.

Melanie tenía el pelo largo y marrón. Juntos. Habían cometido los asesinatos juntos.

Y en ese momento recordé el pensamiento que me había estado importunando todo ese tiempo. Cuando John Queensland había descrito su bolsa de golf, dijo que tenía pegatinas por todas partes. La misma bolsa de palos de golf que llevaba Bankston a su casa el miércoles, tan tarde después de la hora del almuerzo que no esperaba encontrarse conmigo, y mucho menos saliendo por la puerta de los Crandall. Bankston se la había robado a John Queensland.

¿Había estado Phillip en la casa de Bankston? Apunté la linterna hacia la cerradura. «Esto no puede considerarse allanamiento», me dije, histérica. Tenía una llave. Era la casera. La metí en la cerradura, abrí la puerta con mucho sigilo y entré.

No llamé. Dejé la puerta trasera abierta.

La luz de la cocina estaba encendida y el conjunto que formaba con el salón estaba hecho un desastre. En la encimera había un libro de la biblioteca abierto, uno que yo misma tenía en mi colección personal: Beyond Belief, de Emlyn Williams. Me mareé y tuve que inclinarme para leerlo.

En esta ocasión habían decidido seguir el patrón de Myra Hindley y Ian Brady, los «Asesinos del páramo». Iban a matar a un niño. Iban a matar a mi hermano. El monstruo no estaba metido en una celda de la cárcel de Lawrenceton. Los monstruos vivían aquí mismo.

Hindley y Brady torturaban a los niños durante varias horas, así que cabía la posibilidad de que Phillip siguiera con vida. Si estaba en el coche, si lo estaban llevando a casa de Melanie, estuviese donde estuviese (vale, la misma calle donde vivía Jane Engle), quizá hubiera dejado algún rastro.

Dejando de lado el sigilo, subí corriendo las escaleras. No había nadie. En el dormitorio más grande había una cama de matrimonio y un rollo de cuerda al lado. Sobre el tocador habían dejado una cámara.

Hindley y Brady, dos oficinistas de bajo nivel que se conocieron en el trabajo, habían grabado en cinta y fotografiado a sus víctimas.

El otro dormitorio estaba lleno de material para hacer ejercicio, el origen de la mejora muscular de Bankston. Había una caja archivadora con la tapa deslizada hacia atrás y la llave aún puesta en la cerradura. Deseaba ver cualquier cosa que guardase bajo llave. La abrí del todo y las revistas de su interior se derramaron como un chorro de lodo. Miré horrorizada la que estaba abierta. No sabía que se pudieran comprar fotos de mujeres tratadas de ese modo. Cuando supe del movimiento antipornográfico, pensé en mujeres que, al menos aparentemente, estaban dispuestas, cobraban y seguían sanas después de la sesión fotográfica.

Bajé corriendo por las escaleras, eché un vistazo al salón y abrí los armarios. Nada. Abrí la puerta del sótano. La luz estaba apagada, así que la escalera se sumía en la oscuridad en su medio tramo final. Pero había algo blanco en uno de los peldaños inferiores, apenas visible gracias a la poca luz que se colaba desde la cocina.

Bajé los peldaños y me agaché para recogerlo. Era un cromo de béisbol.

Oí un ruido ahogado y tuve tiempo para pensar: «¡Phillip!», pero entonces sentí un punzante dolor por el hombro y el cuello. Caí de frente, los brazos y las piernas enmarañados, dando con la cara en el borde de las escaleras. Lo siguiente que supe era que estaba tumbada en el suelo del sótano, contemplando el rostro de Bankston que se cernía sobre mí, más impasible que nunca bajo la tenue luz, aunque sonriente como una gárgola. Tenía un palo de golf en la mano.

Había otro interruptor al fondo de las escaleras y lo pulsó. Volví a escuchar el sonido ahogado y, con gran dolor, volví la cabeza para ver a Phillip, amordazado y con las manos atadas, sentado en una silla recta junto a la secadora. Su cara estaba empapada de lágrimas y su cuerpecito se había hecho todo el ovillo que le permitía la silla. Sus pies no tocaban el suelo.

Se me partió el corazón.

Toda mi vida había oído decir eso a la gente; que se les había roto el corazón porque su amor les había dejado, porque se les había muerto el gato o porque habían roto el jarrón de la abuela.

Iba a morir y mi hermano también iba a pagarlo con su vida, y se me partió el corazón ante la perspectiva de lo que podría durar hasta que se cansasen de él y lo matasen.

—Te oímos entrar —dijo Bankston, sonriente—. Estábamos aquí esperándote, ¿no es así, Phillip?

Increíble; Bankston, el banquero. Bankston, el de la lavadora y secadora tono almendra a juego. Bankston, el que concede un préstamo para un empresario por la tarde y se dedica a machacar la cabeza de Mamie Wright por la noche. Melanie, la secretaria; la que ocupa su tiempo libre matando a los Buckley con un hacha mientras su jefe está fuera. La pareja perfecta.

Phillip lloraba desconsoladamente.

—Cállate, Phillip —le dijo el mismo hombre que había estado jugando al béisbol con él esa tarde—. Cada vez que llores, pegaré a tu hermana. ¿Verdad que sí, hermanita? —Y Bankston descargó un golpe con el palo de golf que me rompió la clavícula. Mi aullido debió de ahogar los pasos de Melanie, porque de repente vi que estaba allí, mirándome con placer.

—Cuando llegué, el espantapájaros estaba registrando el aparcamiento —le contó a Bankston—. Aquí está la grabadora. ¡No puedo creer que nos la hubiésemos olvidado!

Caramba, vaya pareja de chiflados. Había sonado como la típica ama de casa que se olvida de la ensalada de patatas en la nevera justo cuando la familia está saliendo para un picnic.

Cuando el dolor amainó lo suficiente como para pensar, decidí que el «espantapájaros» al que se refería era Robin. Me esforcé para volver a mirar a Phillip. Intenté desterrar el dolor para infundirle seguridad, pero apenas pude mantener la vista en él sin gritar. Si lo hacía, Bankston me molería a palos.

O puede que pegase a Phillip.

—¿Qué opinas? —le preguntó Bankston a Melanie.

—Será imposible sacarlos de aquí ahora —dijo ella con suma naturalidad—. El otro me ha dicho que ha llamado a la policía. Será mejor que uno de nosotros suba pronto para unirse a la búsqueda. Si no lo hacemos, supongo que la poli querrá registrar la casa y sospechará. No nos podemos permitir eso, ¿verdad? —Y sonrió pícaramente, dándome un golpecito en la pierna con su pie, como si yo fuese una travesura que tuviesen que ocultar por conveniencia. Me pilló mirándola—. Levántate y ponte junto al niño —ordenó antes de darme una patada. Sollocé—. Siempre quise hacer eso —le dijo a Bankston con una sonrisa.

No eran solo los golpes los que me dificultaban el movimiento, sino la conmoción. Me encontraba en ese sótano prosaico a más no poder con esas dos personas, prosaicas a más no poder, monstruos que iban a matarme junto a mi hermano. Durante años había leído y me había maravillado acerca de gente que vivía puerta con puerta con psicópatas sin sospechar nunca nada. Y allí me encontraba yo, intentando arrastrarme desesperadamente sobre el suelo de cemento de un edificio propiedad de mi madre mientras mis amigos buscaban fuera a mi hermano, sencillamente porque pensé que algo así jamás iba a pasarme. Tardé un poco en ponerme junto a Phillip, a pesar de las patadas que me propinó la joven que conocía de toda la vida y con la que había ido a la iglesia más de una vez. Agarré el borde de la silla y me arrastré como pude hasta arrodillarme, rodeando torpemente a mi hermano con el brazo sano. Recé por que Phillip se desmayara. Su expresión era mucho más de lo que podía soportar y no encontraba consuelo para él. Estábamos ante dos demonios, y todas las normas de educación y cortesía con las que nos habíamos criado con tanto esmero Phillip y yo ya no tenían validez alguna. No había recompensa para el buen comportamiento.

—Tengo la grabadora, pero ahora no podemos usarla —se quejaba Melanie—. Creo que empezó a sospechar cuando me vio salir del aparcamiento. No quería ayudarla a buscar, así que tuve que fingir que no la había oído. Creo que esta noche no vamos a tener diversión.

—No lo he planeado lo suficiente —convino Bankston—. Ahora se pasarán toda la noche buscándolos, y encima tendremos que sumarnos a la búsqueda. Al menos, ahora que tenemos sus llaves, no podrán usar el juego maestro para entrar aquí. —Las sostuvo visiblemente. Debí de perderlas mientras caía por las escaleras.

—¿Crees que insistirán en registrar todos los apartamentos? —preguntó Melanie, ansiosa—. No podemos negarnos si lo piden.

Bankston meditó. Aún estaban al pie de las escaleras. No podría alcanzarlas. No podía ver ningún arma, aparte del palo de golf, pero aunque los atacara con el brazo bueno y la poca energía que me quedaba, los dos me reducirían con facilidad y nadie oiría el ruido, a menos que los Crandall hubieran decidido pasar la noche en su sótano.

—Tendremos que improvisar —resolvió finalmente Bankston.

¡La pelota de béisbol! Quizá Robin la viera, como la vi yo.

—¿Hablaste con alguien antes de entrar? —preguntó Bankston.

—Solo lo que te he dicho antes. Robin me preguntó si había visto al crío y le dije que no, pero que me encantaría ayudar en la búsqueda —respondió Melanie sin rastro de ironía—. Roe se dejó la puerta trasera abierta, pero la he cerrado con llave. Y he recogido el bate del niño, que seguía en el patio.

Aquella era nuestra sentencia de muerte, pensé.

Bankston maldijo.

—¿Cómo acabó ahí fuera? Estaba seguro de haberlo metido en casa.

—No te preocupes —dijo Melanie—. Aunque lo hubieran encontrado, podrías haber dicho que se lo estabas guardando, pero que nunca se presentó para reclamarlo.

—Tienes razón —admitió Bankston, convencido—. ¿Y qué hacemos con estos dos? Si los dejamos amordazados aquí mientras subimos a buscar con los demás, podrían soltarse. Si los matamos ya, perdemos la diversión con el chico. —Avanzó hacia nosotros, seguido por Melanie.

—Actuaste impulsivamente cuando lo secuestraste —observó Melanie—. Creo que deberíamos encargarnos de ellos ahora y esconderlos bien. Luego, cuando se calmen los ánimos y dejen de buscar, veremos si podemos meterlos en el coche y tirarlos por ahí. La próxima vez intenta contenerte, haremos lo que hemos planeado sin extras.

—¿Me estás criticando? —se revolvió Bankston. Su tono era bajo y amenazante.

La expresión de Melanie cambió por completo. Jamás había visto nada parecido. Se acobardó, se doblegó y se convirtió en otra persona.

—No, jamás —lloriqueó y se inclinó para lamerle la mano. Vi sus ojos. Estaba interpretando, y eso la excitaba inmensamente.

Se me revolvió el estómago. Ojalá estuviese interponiéndome lo suficiente en la línea visual de Phillip. Me arrimé más a él, a pesar de que el dolor de la clavícula se hacía cada vez más intenso. Phillip estaba temblando y se había orinado encima. Su respiración era cada vez más entrecortada y de vez en cuando afloraban sollozos apagados.

Melanie y Bankston se estaban besando y este se desvió un poco para morderle el hombro. Ella lo abrazó como si ambos estuviesen dispuestos a hacerlo allí mismo, pero en ese momento se separaron y ella dijo:

—Será mejor que acabemos ahora. ¿Por qué correr más riesgos?

—Tienes razón —convino Bankston. Pasó el palo de golf a su compañera y ella lo agitó en el aire ensayando el golpe mientras él rebuscaba en sus bolsillos. Con sus pantalones negros, jersey verde y el pañuelo anudado al cuello, Melanie parecía a punto de ir a pasar unas horas en el club de campo. El palo silbó a pocos centímetros de mí en ese diminuto espacio e iba a protestar cuando me di cuenta de que a Melanie no podía importarle menos. Las viejas asunciones son difíciles de reprimir.

Vi un pie asomando por las escaleras, tras ellos.

—Dame tu pañuelo, Mel —dijo Bankston de repente. Melanie se lo desató al instante—. Así será menos aparatoso, y es la primera vez que lo intento —observó él, feliz. En ningún momento nos miraron a mí o a Phillip, salvo de pasada, y tenía la certeza de que, para ellos, no éramos personas en absoluto.

Al pie se le unió otro igual, y el primero avanzó silenciosamente sobre el siguiente peldaño.

—Quizá debería grabar esto —dijo Melanie alegremente—. No es lo que teníamos planeado, pero seguro que será interesante.

El siguiente paso hizo ruido y yo empecé a chillar:

—¡Ojalá os pudráis en el infierno! ¿Cómo podéis hacerme esto? ¿Cómo podéis hacerle esto a un niño?

Estaban tan asombrados como si la silla se hubiese puesto a hablar. Melanie alzó el palo de repente con ambas manos. Cubrí a Phillip en la silla con mi propio cuerpo, pero el golpe fue tan fuerte que la silla se tambaleó. No me costó aullar tan fuerte como un tren de mercancías. Vi que los pies apuraban las escaleras a toda prisa.

—¡Cállate, zorra! —restalló Melanie, furiosa.

—Cállate tú —le recomendó una voz monótona.

Era el viejo señor Crandall, y llevaba una pistola grande.

El único sonido que se oía en el sótano era el que provenía de mis sollozos, mientras pugnaba por controlarme. Phillip levantó sus muñecas atadas para rodearme la cabeza con los brazos. Deseé más que nunca que se desmayara.

—No vas a disparar —dijo Bankston—, viejo idiota. Rebotará en el suelo de hormigón y les dará a ellos.

—Antes les pegaría un tiro que dejártelos a ti —dijo el señor Crandall llanamente.

—¿A quién de los dos dispararás primero? —inquirió Melanie, presa de la furia. Se estaba alejando poco a poco de Bankston—. No podrás con los dos, viejo.

—Pero yo sí —dijo Robin desde lo alto de las escaleras, y no estaba tan tranquilo como el señor Crandall. Conseguí alzar la mirada. Vi a Robin descendiendo con una escopeta recortada—. No sé tanto de armas como el señor Crandall, pero me ha cargado esta y, si apunto y la disparo, estoy seguro de que a algo le daré.

Si iban a intentar algo a la desesperada, sería ahora. Podía sentir la agitación que rezumaban sus poros. Se miraron mutuamente. Solo podía observar a través de la neblina del dolor y el pañuelo verde que sostenía Bankston en la mano. Debían de ser cada vez más conscientes de que todo había terminado.

De repente la voluntad de lucha se les evaporó. Recuperaron la imagen de lo que solían ser, al menos por un instante: un administrativo de préstamos bancarios y una secretaria que parecían incapaces de recordar dónde estaban y cómo habían llegado allí. Bankston dejó caer el pañuelo. Melanie bajó el palo de golf. Ya no se miraban mutuamente.

Empezó a oírse un tumulto arriba, y Arthur y Lynn Liggett aparecieron bajando por las escaleras para detenerse en seco ante la escena que tenían delante.

El aliento de Phillip surgió de detrás de la mordaza en un profundo suspiro y se desmayó. Me pareció una buenísima idea y seguí su ejemplo.